Los escritores se sientan en la cabina del aeroplano y despegan desde la perspectiva más cómoda para su forma de narrar. Sin embargo, muchas veces es necesario adentrarse en el triángulo de las Bermudas —yo, tú, él— y elegir uno de sus vértices.
Todo vuelo literario lo emprende un escritor que, de la mano de un narrador, cuenta la historia de un personaje a un lector. El punto de vista narrativo es uno de los aspectos clave del relato. La pregunta esencial es: ¿quién cuenta?
Siempre contamos desde una perspectiva. El punto de vista del narrador sustituye, como recurso literario, al del autor. En español, el pronombre personal (yo, tú, él) puede omitirse, ya que la conjugación verbal remite al sujeto. La tercera persona puede sustituirse por cualquier sustantivo —persona, cosa o animal—, mientras que la primera y la segunda persona remiten a una experiencia o diálogo humano.
Tres tipos de narradores
Narración en primera persona
La ventaja del «yo» reside en su verosimilitud: convence al lector por la intimidad que transmite. El narrador se presenta como testigo —o protagonista— de lo sucedido.Narración en tercera persona
La tercera persona narra la acción desde fuera, mediante un narrador oculto y omnisciente. El autor impone su autoridad: conoce tanto los hechos como los pensamientos y sentimientos de los personajes.Narración en segunda persona
La segunda persona construye un relato en forma de diálogo en el que solo habla uno. El «tú» provoca una fuerte empatía entre lector y protagonista. Al principio sobresalta, porque el lector se siente interpelado; después comprende que el destinatario real es el personaje.La diferencia principal entre los tipos de narrador depende de si este participa o no en la acción. Narrar en primera persona implica que el narrador es un personaje. El punto de vista elegido cumple una función dentro del relato y su elección resulta decisiva para el desenlace.
Como ejercicio, reescribiremos en primera y segunda persona El eclipse, de Augusto Monterroso, para observar el efecto del cambio de perspectiva. Este ejemplo explica la elección de la tercera persona por parte del autor guatemalteco:
«Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido, aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable, definitiva. Ante su ignorancia topográfica, se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo».
Si el relato se inicia en primera persona, pierde consistencia, ya que el personaje muere al final.
«Cuando me sentí perdido, acepté que ya nada podría salvarme. La selva poderosa de Guatemala me había apresado, implacable, definitiva. Ante mi ignorancia topográfica, me senté con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar me encontré rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarme».
Si se narra en segunda, el lector se pregunta por qué el narrador no evitó el desenlace.
«Cuando te sentiste perdido, aceptaste que ya nada podría salvarte. La selva poderosa de Guatemala te había apresado, implacable, definitiva. Ante tu ignorancia topográfica, te sentaste con tranquilidad a esperar la muerte. (…) Al despertar te encontraste rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarte».
Ejemplos:
Martín y Erika estaban sentados bajo la sombra de un árbol. (Tercera persona)
Estabas sentado junto a Erika bajo la sombra de un árbol. (Segunda persona)
Me senté junto a Erika bajo la sombra de un árbol. (Primera persona)