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jueves, 3 de septiembre de 2026

LA PELEA SIN MOTIVOS. PEMÁN


LA PELEA SIN MOTIVOS

 


HACE un siglo, en la hora de la Restauración canovista, había traje de etiqueta para las naciones. Así como al pie del cartón que contenía ciertas invitaciones sociales, corría un letrerito que decía: «Se exige la etiqueta», al pie de la invitación a la modernidad y decencia política había su pequeña advertencia: «Se exige el parlamentarismo». Todavía, hace quince años, al acabar la contienda universal con la victoria de las democracias, parecía existir un «figurín» establecido: «Se exige la democracia».

Ahora, la guerra fría, el poder atómico, las liberaciones y revoluciones continuas han trastocado totalmente la psicología de los países. El profesor Letón Waston escribía hace poco que la ciencia política de 1960 había de tener su receptividad abierta, sin escrúpulo, para toda fórmula o arbitrio que de algún modo salve la libertad en el seno de la autoridad y el orden.

Ya no se exige de etiqueta ni figurín determinado. «Sea eficaz… aunque lo haga en pijama». Casi en pijama doctrinal, las naciones se dedican ahora a ser eficaces.

La democracia francesa, tan literaria e ideológica ayer, se corrige a sí misma con el autoritarismo de De Gaulle. La alemana se miente con la interposición de Adenauer. Creíamos que «democracia» era cosa de ágora, pueblo y multitud: y ahora, de pronto, resulta que es cosa de gigantones absolutistas.

Por su parte, Inglaterra ha encontrado hace tiempo la fórmula más admirable y adulta. Allí el Estado se concede todas las mayores latitudes democráticas, y la sociedad se ocupa de que no sean verdad. Son poseedores de tanta libertad que ni por asomo se les ocurre usarla.

No existe límite para la Prensa: pero se ocupa de ponérselo muchas veces la censura social. Constitucionalmente pueden existir cuantos partidos se quieran; lo cual no es peligroso mientras los ingleses se ocupen concienzudamente de que no sean más que dos.

Las prerrogativas de la Corona son casi ilimitadas, a costa de que la Corona no las use. El Rey puede ponerle el «veto» a cualquier ley, cosa tradicional y bonita con tal de que no se le ponga nunca.

En los Estados Unidos la cosa es todavía más habilidosa. Este, como toda América, es un país «hecho» violentamente: «ganado» a la Naturaleza. El americano sabe que su país no fue una cosa fácil ni gratuita. Las películas de la abundancia, con millonarios, señoras mundanas, pieles y besos, representan mucho menos a América que las llamadas «del Oeste», con tiros, caballos y temeridades. Gary Cooper es un señor que lleva dos pistolas para luego poderse poner un frac.

Sirviendo a esta trastienda histórica, a esta formación épica, los Estados Unidos han ideado el modo de ser un poco César o Napoleón, y entonces buscaron el modo de fabricarse, cada cuatro años, su autócrata a la vista del público. Durante tres meses suspenden todos los verbos —hacer, pelear, prosperar, guerrear— para construirles su sujeto gramatical. Sino que también el modo de construirlo es de una sustancia democrática bastante problemática. Cuando llega el momento cumbre, sonoro y trepidante, caballeresco, publicitario, marrullero y gitano de «elegir» teóricamente un presidente entre los millones de ciudadanos americanos, en realidad no quedan más que dos.

Estos dos «finalistas» —una especie de «Madrid» y «Barcelona» de la Copa U. S. A.— representan inevitablemente los dos equipos nacionales: «demócratas» y «republicanos», por cuyos controles y convenciones han pasado.

La democracia americana es buena como el café: a fuerza de filtros y concentraciones. Café muy negro, pero taza muy chica.

La democracia, que empezó con nueve mil ciudadanos en Atenas y que en la Bastilla se creyó que era el «pueblo todo», a fuerza de depuración se ha quedado reducida a dos señores. Como traducción del «demos», no deja de ser una traducción bastante libre.

En su momento decisivo y electoral, la «democracia» más grande del planeta cabe en un «biskuter». Pero el problema estaba en disimular esto y dar pasión y agitación al instante electoral, para justificar así los cuatro años venideros de autocracia.

El juego de los dos partidos daba, en realidad, poco juego pasional. Todos votan por su color disciplinadamente. Bastaría, en definitiva, contar los socios de cada club y podía uno ahorrarse carteles, discursos, televisión y bandas de música…

Pero, en esto, ha surgido un creciente elemento de desarreglo: una arenilla en los cojinetes de la artificiosa maquinaria.

La democracia social depende de los neutrales, de la llamada «masa sin partido». Es como si en la final «Madrid-Barcelona» el público se echara a la cancha y fuera él el que metiera el gol.

Con esto no contábamos. Y ahora se plantea un problema angustioso. Llegado a ese punto, la democracia se empeña en recuperar algo perdido en todo ese camino de artificiosas esterilizaciones: un poco de verdad.

Hay que actuar «de verdad» sobre el ciudadano. Hay que convencerle. Pero ¿con qué se le convence?

Los dos equipos no son más que dos colores. ¿Cómo excitar con sus nombres de demócratas y republicanos a un país donde todos son republicanos y demócratas?

Ideas trascendentes apenas existen en los Estados Unidos, sino la de cierta vaga «misión» universalista de hacer libre a toda la humanidad: idea tan gigantesca y teórica que la profesan por igual Kennedy, Nixon y sus lecheros y peluqueros.

En esta contienda apuntó algo posiblemente tembloroso y pasional: el catolicismo de Kennedy. Pero en seguida se pactó que eso sería irrelevante. Kennedy mismo se ocupó de recortarlo y anestesiarlo como una convicción inoperante y teórica.

Los teólogos del Norte se apresuran a advertir que un obispo no es un valor electoral y que, aunque se juegue en la contienda el «control de natalidad», tiene que estarse calladito.

Decididamente, esto de la pasión ideológica es cosa europea y latina. Si por estas tierras hubiera que elegir entre un Kennedy y un Nixon, ya estarían desempolvándose Lepanto, la Inquisición; y ya habría quien estaría aprendiéndose de memoria aquello de que «grande es Dios en el Sinaí». Cancelado así o amortiguado todo lo especulativo, los candidatos han de refugiarse en una dialéctica rabiosamente somática y psicológica de sastrería y domesticidad. Su señora, su perro, su sonrisa, su traje, su casa, todo esto es lo que tiene que intervenir en el desesperado esfuerzo de diferenciarse. Cuando dicen en la pantalla «estos son mis poderes», señalan sus dientes blancos, a sus niños chicos. Una de las palabras más sonoras de la historia —«democracia»— ha venido a acabar en dos señores que discuten sobre cuál es el más simpaticón y sonriente. Cuando Nixon y Kennedy, al acabar el jaleo, se den la mano, harán el acto más razonable de estos tres meses. Porque, realmente, al verles ahora agitarse y gritar, dan ganas de meterse por medio como en ciertas discusiones: «Pero no se pongan así… esto lo arreglo yo en cinco minutos».



José María PEMÁN. 

sábado, 13 de junio de 2026

«SI YO CREYERA ESO...». PEMÁN

 «SI YO CREYERA ESO...»


Graham Greene ha expresado algo muy agudo y penetrante cuando dice que es, muchas veces, instructivo y eficaz para el creyente dialogar con aquellos que no tienen fe; porque éstos, de un golpe, le dan toda la medida y nivel real de lo que el creyente tiene... y parece que no tiene por el desgaste familiar de la convivencia.

El no creyente honrado que oye el despliegue de todos los dogmas y artículos de la fe saca unas conclusiones totales y rectilíneas y se desliga por una lógica metálica e insobornable que avergüenza nuestras incongruencias: nuestras situaciones cotidianas de «fe muerta». El no creyente dice con ingenuidad: «Si yo creyera eso...», y pronuncia, como consecuencia de su hipótesis, el más deslumbrador sermón del olvidado e intrépido contenido de nuestra creencia. Todo lo que nosotros pensamos, lejano y especulativamente, del santo, lo piensa él sencillamente del lógico.

A mí me ha impresionado siempre observar que en las grandes misas polifónicas —así la de Victoria; así la del «Papa Marcelo», de Palestrina— el Credo es la pieza de mayor excelencia y altura musical. Porque, bien mirado, el Credo no es más que una tabla de artículos de fe. No exclama, no reza, no celebra: expone sencillamente. A nadie se le ha ocurrido hacer una pieza musical de la «Declaración de los Derechos del Hombre» o de la «Constitución de los Estados Unidos». ¿Qué entraña musical tienen los artículos del Credo que se deslizan tan fácilmente al himno?

Y a mí me parece que no deja de ser higiénico trasladar esta observación a todas las posiciones en que, de algún modo, interviene cierta forma de fe. Ni es improcedente recordar eso en estos días todavía cercanos a la fecha nacional del 18 de Julio. Se canta en ese día reiteradamente el «credo» nacional y político. Pero no puede cantarse ningún credo sin derivar hacia la consecuencia himnaria.

Otra cosa parecerá revelar la misma inconsecuencia; la misma situación de «fe muerta» que denunciaba Greene en el área religiosa. Hace poco el doctor Stuermer hablaba en «Punta Europa» de los esfuerzos que la UNESCO realiza por lograr lo que se está llamando la «integración de la historiografía europea», o sea, una operación de cuidadosa depuración de los textos históricos para eliminar las herencias poco amistosas, los puntos de fricción. Pero, naturalmente, esto se ha realizado más urgentemente en aquellas líneas más próximas y vistosas que, por episodios bélicos recientes, se suponen propicias al odio prefabricado. Se revisa cuidadosamente la historia franco-alemana, anglo-alemana, franco-italiana.

España, con su buena carga de deformación histórica frente a tantos pueblos —Francia, Inglaterra, Países Bajos—, se viene quedando al margen de la metódica revisión oficial. Pero casi no importa: la simple probidad científica de los grandes maestros, sin acuciamientos estatutarios, por pura pasión de verdad, va realizando una gran revisión histórica, que gana en pureza lo que pierde en oficialidad.

Chesterton, Belloc, Dawson, Ranke, Toynbee, Kempe... La nómina de nuestros amigos no es deleznable, y darles las gracias parecería extemporáneo porque la ciencia pura no es cuestión de cortesías ni encargos.

«Cuando España deja de ser española y huye de sí misma —ha escrito el último, Richard Kempe—, se desnaturaliza y apenas aporta nada al continente. Los que se mantienen fieles a las esencias nacionales son los únicos que, a la postre, son tomados en consideración allende las fronteras».

Y el primero, Chesterton, había dejado escrito rotundamente que la historia de España, olvidando sus fines y aportaciones y reconcentrada en sus piezas instrumentales —Inquisición, autoritarismo—, era tan descabellada como sería la historia de Nelson en aquel que desconociera concienzudamente su genio, sus victorias, sus planes, su sabiduría náutica y sólo tuviera copiosas referencias de la existencia del gato del barco o del sádico e implacable cómitre que obligaba a remar a las tripulaciones.

Todo dinamismo humano tiene su pieza fea escondida en el motor. Conocer de la historia de nuestro Imperio y nuestra defensa de la Cristiandad europea nada más que la Inquisición sería tan asombroso como hacer la historia de esa última gran guerra, que ellos llaman de la democracia frente a la tiranía, a través del espionaje o la censura de correos y telégrafos.

Pero se me ocurre si será sólo el mundo exterior el que necesita esa defensa de la historiografía hispánica para encajarla en ese concierto universal amistoso. ¿No necesitamos, antes, nosotros mismos, los españoles, integrarla en nuestros espíritus?

De los tranquilos panoramas históricos de Ranke o Toynbee resulta una España, «marca» y avanzada de Europa, como Macedonia lo fue un día de Grecia: salvadora físicamente frente al Islam y los turcos, creadora de todo un mundo cristiano y europeo.

Y como lógica consecuencia, según Chesterton, el país donde se está observando el retroceso de la ola tremenda que llevó a Europa a la locura. Esto desemboca en una menuda fe, en un credo: lo que hemos establecido en España para salvaguardar este movimiento salvador y difícil es, en sus líneas maestras, nuestra verdad. Una disminución de la libertad mecánica para salvar las libertades espirituales; una autoridad fuerte; el deseo de una catolicidad auténtica; una reviviscencia de la vida social en un orden sindical que asegure la justicia.

Todo este credo está ahí: lleno de caídas, de impurezas, de imperfecciones, pero intocable en su impulso. Y ahí está también el proyecto histórico de prolongarlo en una continuidad monárquica, llena de pasión popular y católica.

Pero ¿no nos parece estar oyendo decir a los otros pueblos no creyentes; a los que, rotos desde el Renacimiento con esa fe, no pueden seguirnos en el vuelo espiritual; a los comprometidos con blanduras y disoluciones democráticas, la objeción del incrédulo de Greene: «¡Si yo creyera eso!...»?

¿Es verdad del todo nuestra fe? A veces parece que nuestra falta de ímpetu consecuente objeta frente a la integridad de nuestro antecedente de fe. Parece que transitamos, como tantos en la esfera religiosa, por la zona opaca de la «fe muerta».

Sí, eso es así: es así en la historia, en el libro, en la ciencia, en la proclamación de nuestro credo. Pero... Y frente a principios tan exactos y concretos, el «pero» es huidizo, nebuloso: «¿Quién va a estas alturas?», «¡El mundo va ya por otro lado!», «¿Cómo vamos ahora?».

Parece que sufrimos un pudor paralizante construido de meras razones circunstanciales. Tenemos todavía una cierta conciencia lineal y progresista, y no entendemos nada que parezca retorno, reencuentro. ¡Como si no nos enseñara la historia todo el cúmulo de persuasiones, desde el repudio de Lope y los autos sacramentales hasta la fe en Diderot o Voltaire y hasta la ilusión de la poesía didáctica, que parecían dogmas en el alma de un hombre de 1790 y han sido sustituidos por convicciones vueltas a sacar de fondos anteriores del equipaje histórico!

Si tenemos una fe, tengamos unas obras. A veces, cuando oigo al hombre de la calle, muy persuadido de lo que le conviene, fabricarse, sin embargo, sus propios entorpecimientos vacuos y calumniar los propios principios, instituciones y personas que el buen sentido elemental y rectilíneo propone para «continuar», pienso si la «operación descrédito», que fue la «leyenda negra», al ser abandonada por la enemistad forastera, no se está traspasando a la bobería interior.

 

José María Pemán
De la Real Academia Española

viernes, 12 de junio de 2026

Ya está bien. Pemán.


Ya está bien

 

SERÍA ya el momento de que nos preocupáramos de la exclusiva preponderancia, casi de obsesión y monopolio, con que el «deporte» y, muy especialmente, el fútbol se coloca y mantiene en el primer plano de la mentalidad española.

Son cosas que tardan mucho tiempo en decirse. Hay un sistema de frenos —pudores de sentirse arcaizantes, miedo de «no estar al día»— que actúan sobre nuestro espíritu cuando nos vamos a oponer a corrientes tan multitudinarias y masivas.

Vencidos, pues, esos pudores, ese miedo de «qué dirán», yo creo que hay ya signos bastantes para plantarse y decir con un poco de resolución: «Ya está bien».

Ya está bien de que la conversación juvenil esté casi totalmente colonizada por fichajes, Liga y tanteos; ya está bien de que de diez personas que encuentra uno en el metro, ocho estén leyendo un diario deportivo; ya está bien de que los periódicos de los lunes y martes sean como un océano de goles, quinielas y declaraciones en los vestuarios, entre cuyas olas se anegan y naufragan el concierto, la conferencia, el libro y la vida.

Yo no quiero dar crédito a ese clamor que asegura que detrás de este desbordamiento deportivo, sin sobriedad ni economía alguna en su resonancia publicitaria, discurre un taimado y maquiavélico propósito de anestesia de las masas y como una «operación de diversión», como dicen los tácticos, que desvía por flancos laterales atenciones o iracundias.

Hay gente que cree que, por debajo de ese furor deportivo, corre toda una operación psicológica; una combinatoria de evasivas: algo así como una crónica de un más trascendente encuentro que fuera diciendo: «el ministro tal cede el balón a Gento, el cual se lo pasa a Di Stéfano sobre la cabeza del director general de Carreteras».

El «pase de balón» creen algunos que ha educado al público en evasivas laterales. Yo no creo en tan refinadas estrategias psicológicas. Creo más bien que en esa suspicacia funciona algo así como un recuerdo de ciertas fórmulas de clásico tratamiento de muchedumbre.

«Panis et circenses» es la fórmula clásica: «pan y juegos de circo». «Pan y toros» fue luego la fórmula de nuestro castizo despotismo, cantado y reído por las melodías zumbonas de Barbieri. Por eso la malicia popular tiende a figurarse que ahora funciona un parecido sedante de «pan y fútbol».

Lo único indudable es que el «pan» permanece como componente inalterable de toda esa fórmula. «No sólo de pan vive el hombre», sino que el hombre, en lugar de tirar de ese apotegma hacia arriba y añadirle al «pan» espíritu, fe, caridad y gracia, tira hacia abajo y le añade fuerza física, agilidad animal, patadas y golpes.

La obsesión deportiva de las masas, en paridad con el pan más elemental, puede certificarse en lo que ocurre en mi rincón gaditano, en torno a un famoso «Trofeo» de magnífica resonancia internacional que se celebra anualmente. El «Trofeo» ha llegado a tener un impacto sociológico y masivo que antes sólo tenían las dos grandes fiestas —temporal y divina— del año: el Carnaval y el Corpus Christi.

Estas dos fiestas tenían ese periodo preparatorio que los traficantes del Mercado de Abastos suelen llamar «cuaresmilla». La carne es el alimento más caro y más de lujo para el andaluz. Por razones de economía y gusto, es de la carne de lo que más pronto el gaditano prescinde en su alimentación.

Pues bien, esas fiestas —Carnaval, Corpus— tenían «cuaresmillas». Eran precedidas de un período vegetariano y de vigilia en que el pueblo sacrificaba la carne en homenaje de los gastos que había de hacer en esas fiestas.

Ahora es el «Trofeo» futbolístico el que se anuncia con una «cuaresmilla». La carne se retrae para dejarle sitio a los treinta duros del abono de tribuna. Hay una vigilia deportiva o, si queréis más exactamente, un «ramadán» del fanatismo futbolístico.

Cuando se registra, llegado el día, el impresionante lleno del estadio, gran parte del espectáculo está apuntalado por otro semejante y paralelo «lleno» de los almacenes del Monte de Piedad.

Por todo eso me parece que empieza a justificarse el «ya está bien». Porque no siempre el exceso y la libre expansión deportiva sirven para liberar y embotar pasiones masivas; a veces pueden servir involuntariamente para incitarlas o fermentarlas.

Así, por ejemplo, en la zona de la deseducadora pasión española de la insolidaridad. En cuanto el lector oiga decir de dos ciudades españolas, vecinas o limítrofes, que son «hermanas», dé por descontado que los espectadores de sus encuentros futbolísticos andan a palos o, por lo menos, se obsequian con ineducadas pitas.

«Hermanas» es un último recurso literario que la prensa fuerza para cubrir, sin demasiada mentira, la iracundia de los Abeles y Caines urbanos.

En resumen, se equivocaría quien pensara que yo escribo estas líneas desde una posición apasionadamente «anti». No hay tal cosa. Yo soy aficionado al fútbol como cualquier ser humano. Pero también me gusta beber una copa y no apruebo la embriaguez. También me gusta pasear al sol y no suelo llegar, en mi paseo, hasta Málaga o hasta Córdoba.

Y sobre todo no apruebo el desequilibrio de una pasión colectiva sobre tantas otras que podrían encauzar al espíritu popular hacia metas más altas.

Porque, a pesar de todas las condescendencias que tengamos para el espíritu de cada época, la jerarquía de los valores subsiste. Jamás transigiré con que un partido de fútbol, aunque me esfuerce en hallar en el fondo de él los escombros del clásico olimpismo griego, estético y moral, pueda ponerse al nivel de un concierto.

En plena vulgaridad —porque esto se ha dicho mil veces— a mí me apena el desequilibrio entre nuestro furor deportivo y la pasión con que Francia ha seguido, por ejemplo, la crisis y reforma de la Comédie Française. Cada cosa tiene su sitio.

Y en los teatros depurados, en los conciertos, en los festivales, me parece a mí que hay siempre en España un palco vacío… Es el palco que tiene que llenar la convicción directiva de que el orden clásico de los valores humanos no ha sido cancelado.

 

José María Pemán
de la Real Academia Española

martes, 14 de abril de 2026

En la muerte de Dionisio Ridruejo

 

En la muerte de Dionisio Ridruejo
Pedro Laín Entralgo




Nos juntó el azar, que por azar se juntaron o se apartaron las vidas de los españoles, cuando a todas las hizo saltar de su cauce la terrible guerra civil. Nos vinculó el destino, porque vinculación había de nacer entre quienes entendíamos o soñábamos del mismo modo el sentido histórico que esa no querida guerra pudo tener y no tuvo. Nos unió al fin, y de un modo cada vez más apretado, la mutua amistad, el hecho de sentir y saber que ya no se puede ser con integridad «uno mismo», sin la viviente existencia del otro. Ha muerto Dionisio Ridruejo, y desde la íntima, irreparable pérdida de un hombre que así era amigo mío tengo que hablar de él.

Otro día contaré con detalle las vicisitudes del proceso a lo largo del cual ese encuentro azaroso se hizo vinculación en el destino, y ésta fue convirtiéndose en amistad más y más entrañable. Sacando fuerzas de flaqueza, porque el dolor me hace ahora muy difícil dar figura de palabra a lo que sólo debiera ser sollozo, me limitaré a exponer en grandes rasgos cómo ante mis ojos -los ojos de alguien para el cual, agustinianamente, sólo por el amor puede accederse con derechura a la verdad-, fue la egregia persona real de mi amigo muerto. Seis rasgos principales vi yo en ella, cuando en pocos años pasó de ser precoz espiga verde, que así la conocí yo, a ser definitiva espiga dorada: lucidez, valentía, nobleza, abnegación, exigencia y melancolía.

Lucidez. «Eres hombre luciferino», solía decirle, jugando en primera potencia con la etimología, y en segunda, con la semántica, nuestro malogrado Ángel Álvarez de Miranda. Siempre habló Dionisio de lo que sabía o de lo que podía adivinar, nunca de lo que no sabía; y cuando la palabra -descriptiva, definitoria, interpretativa o adivinadora- brotaba de su boca, en todo momento fue luz que esclarecía, lumbre que hacía ver con claridad lo que por su naturaleza puede ser visto y que a la vez era capaz de respetar lo que para nuestra inteligencia sólo penumbra debe ser. Literatura, política, concreta realidad de un hombre, de una ciudad, de un país, de una situación; cualquiera que fuese el tema, Dionisio, de una manera cada vez más serena, menos arrebatada, sabía presentarlo al oyente con luminosidad eficaz y matizadora. Más o menos articuladamente, quien había tenido la suerte de escucharle se despedía de él con esta firme convicción en su alma: «Todo más claro».

Valentía. Precisaré: valentía sin jactancia y sin dureza. Hay valientes jactanciosos; los que para ejercitar su arrojo necesitan de un público. Hay valientes duros; los que no conciben el valor sin una armadura de violencia. Bien distinto el de Dionisio. Nadie con más llaneza y suavidad -sólo la sonrisa era su armadura-, en el trance de asumir un riesgo sólo propio. Nadie con tal decisión para hacer suyo, únicamente suyo, un riesgo que por su condición tuviera que ser compartido. La recatada y fina valentía de quien no sabía ni quería ser valentón; esa fue siempre, desde que en la puerta segoviana de San Quirce le conocí, la de este Dionisio que todos hemos perdido. Esa «clara valentía, del viento entre los árboles», que hace años cantaron dos hermosos versos de Luis Rosales.

Nobleza. ¿En qué consiste la nobleza? En ser preclaro, ilustre, generoso, honroso y estimable, dice nuestro diccionario. No me basta ahora la definición oficial. Noble es para mí quien sobre ese conjunto de cualidades, dando a todas ellas oportuna y cambiante realidad convivencial, sabe transformar el buen trato en amistad delicadamente personalizada, y con hidalguía tan ingénita como cultivada es totalmente incapaz de transformar la hostilidad en odio. ¿Quién como mi amigo muerto para ser a la vez amigo de éste, y de éste, y de éste, y nunca, con la baratera y trivial amabilidad de los héroes de sainete, «el amigo Dionisio»? ¿Qué adversario suyo -no pocos tuvo-, fue por él jamás tratado con injusticia o con rencor?

Abnegación: la virtud del que negándose o esfumándose a sí mismo, dispuesto siempre a decir: «Aquí estoy», sabe regalar a los demás la existencia, una ventaja sobreañadida o una dignidad que sin él nunca hubiese podido conseguir. En su puesto de mando o en la celda de una prisión, ¿cuándo dejó de ser abnegado, noble y valientemente abnegado nuestro Dionisio? Del león, baste una uña: durante nuestro común trabajo en Burgos, calladamente, clandestinamente Dionisio -luego lo supe- hacía pasar a mi módico sueldo cierta parte del suyo, para que mi mujer y mi hija pudiesen pagar su hospedaje en un albergue incomprensiblemente llamado «hotel»: ocho pesetas diarias.

(Un inciso, por amor a la precisión. Con la intención que sea, déjeseme reservar mi juicio sobre ella, cierta pluma ha escrito: «En Roma estuvo Dionisio tres años. Eran entonces angustiosamente parvos los sueldos de los corresponsales del Movimiento. Dionisio se había casado. Honesto y limpio hasta el sacrificio, contrajo deudas en la capital de Italia. Un día recibí orden de cancelarlas todas: me la dio personalmente don Francisco Franco».
: con más sentido de la generosidad que de la economía, Dionisio contrajo entonces —bien parvas— algunas deudas: las correspondientes al magnánimo decoro de un modesto representante de España, que se creía en la obligación de atender, aunque fuese en una trattoria del Trastevere, a los muchos españoles que pasaban por Roma. Yo, que en Roma gocé de sus atenciones y contemplé sus apuros, puedo hablar ahora como testigo de mayor excepción.)


«Valentía sin jactancia y sin dureza»


Prosigo. No es necesaria mucha imaginación para saber que Dionisio, de no haber querido ser abnegadamente fiel a sí mismo, hubiese podido ser ministro, o embajador, o beneficiario de permisos de importación o directivo de una empresa gobernada por el Estado, o gerente de cualquier favorecida organización inmobiliaria; y no imaginación, sino muy elemental memoria basta para recordar que por abnegada fidelidad a sí mismo Dionisio no conoció esas prebendas, sino la prisión, el exilio, la deportación, el silencio v la calumnia. Con orgullo de lo que vuestro padre fue, Gloria, Dionisio, Eva, decid a los que acaso maliciosamente hayan comentado las líneas antes transcritas: «De los que un tiempo estuvieron al lado de mi padre, muchos pudieron ser ministros, y lo fueron; y embajadores, y lo fueron; y beneficiarios de permisos de importación, y lo fueron; y directivos de empresas gobernadas por el Estado, y lo fueron; y gerentes de favorecidas empresas inmobiliarias, y lo fueron. Desde nuestra honrosa pobreza, preguntamos nosotros: ¿cuáles son las fortunas que todos ellos legarán, cuando les llegue su última hora, a sus mujeres y a sus hijos?». Quien tenga los oportunos datos, que responda. Buena falta hace, añado yo, si queremos ser tan sensibles a la contaminación moral como a la polución atmosférica).

Exigencia. Con su ejemplo, no con su palabra, exigía Dionisio. Viéndole, oyéndole, el juicio íntimo —«Algo debo hacer yo»— surgía ineludiblemente en el seno del alma, por escasa que fuese la sensibilidad personal ante el mandamiento del destino histórico, el imperativo de la libertad civil, la sed de justicia social y el requerimiento de la dignidad moral de nuestro pueblo. Aunque la desesperanza terrenal —la desesperanza mundana de la españolía en cuanto tal— tantas y tantas veces hiciera presa en el hondón más secreto de uno mismo. Porque Dionisio, sin proponérselo, tenía la virtud unamuniana de convertir en otro Manuel Bueno a quien con él seriamente trataba.


Melancolía. Melancolía, sí, en el fondo último de la acción o en el invisible acaso insospechable envés de la palabra o que definitoria o suasoriamente con tan irrestañable vocación, Dionisio se entregaba. Melancolía que él, salvo en las efusiones de la más íntima y sincera amistad, con tanta delicadeza y tan bien disimulado esfuerzo ocultaba, y que en los penetrables de su alma fue poco a poco creciendo, desde que adquirió cabal conciencia de lo que en no escasa parte es nuestra sociedad y, sobre todo, desde que la certidumbre de llevar mortalmente herido el corazón se le fue metiendo en la raíz misma de su vida cotidiana. La lúcida, valiente, noble, abnegada y exigente melancolía de este gran hijo de España, de este Manuel Buenísimo de nuestros últimos treinta años. «España, tierra de luz y de melancolía», escribió hace nueve lustros Xavier Zibiri. En esa tierra se hincaron las raíces de nuestro Dionisio, y a ella -como el varón que ya enriquecido y depurado por la total realidad del mundo vuelve a su amor primero-, le vi poco a poco regresar, para en ella morir.

La Castilla en llamas y en armas de sus primeros cinco lustros, la Cataluña que paisajística, conyugal y amistosamente le descubrió, la para él inédita dulzura de España, y, luego, la férrea Alemania, y una Rusia que no podía serle enemiga, porque la miraba con un amor nuevo, y Roma, cuya melada y ocre belleza él había de cantar como nadie, y un forzoso París donde, si ello fuera posible, se empapó todavía más de libertad e inteligencia, y la América plácida y convivencial de los campuses universitarios en que gozó el placer inédito e inesperado de aprender enseñando... Pero al término de todo, llevándolo todo en su ya doliente y cansado corazón -ahí está su insuperable Castilla la Vieja, ahí las conmovedoras, últimas palabras de su postrera entrevista en las páginas de Destino-, Dionisio, español y hombre universal, desde su alta y pobre Castilla quiso mirarse a sí mismo y ver a España entera.
Acaba de llamarme desde Santiago, para compartir con palabras nuestra común desolación, Domingo García Sabell. «Se me han acercado estudiantes que no conocían a Dionisio —me ha dicho— para darme testimonio de su dolor. Como cuando murió Albert Camus». Es verdad. Porque a todos los españoles se nos ha muerto este hombre limpio, que ha dado a su pueblo su vida, su obra, su truncada posibilidad, su incumplida y final esperanza secreta. Y ojalá, suprema herencia, logre darle su ejemplo.

domingo, 8 de marzo de 2026

Copla de Crodulfo (Clodulfo)

 SOTILLOS (Sabero, León), 20 de noviembre de 1922/23.



Copla de Crodulfo (Clodulfo)

A la Virgen del Amparo
le pido que me dé valor
para poder explicar
este crimen tan atroz.

En la provincia de León
este caso ha sucedido:
cuatro muertes cometidas
en el pueblo de Sotillos.

Ese referido pueblo
es del valle de Sabero,
y el criminal, Crodulfo,
era tipo bandolero.

Ese infame criminal
al pueblo tuvo revuelto;
todos le querían mal
por su mal comportamiento.

Al mirarle con desprecio
a Francia se había marchado,
y volvió luego a Sotillos
a la boda del cuñado.

Poco después de casada
su cuñada con Elías,
con su mujer y su suegra
reñía todos los días.

Ese infame criminal
era grande calavera;
quería que su cuñada
siempre estuviese soltera.

Siempre estaba ojo avizor
sobre cuñada y cuñado;
el día veinte de noviembre
a los dos había matado.

Por no tener más familia
que a su mujer afeaba,
viendo que el capital de la suegra
para su cuñada quedaba.

Para cometer el crimen
se ha forjado una ganzúa,
perforando bien la puerta
y corriendo la chaveta.

Una vez dentro de casa
como fiera corrompida,
sin temor ninguno a Dios
allí les quitó la vida.

Estando todos durmiendo,
descansando en sueño fijo,
también disparó dos tiros
en el cuerpo del sobrino.

Los tres cuerpos se encontraban
tendidos sobre su lecho:
en medio de padre y madre
estaba el niño de pecho.

Ese león carnicero
mata a la gente sin tasa;
después de matar a los tres
bajó luego para casa.

Llama entonces a su suegra
y con frialdad le dice:
—¡Aquí sólo mando yo!

Los de arriba ya se encuentran
entregados a su Dios;
con usted haré lo mismo.

Y su mujer dijo: —¡Por Dios!
Si tú matas a mi madre,
mátame a mí, por favor.

Él contestó a su mujer:
—No lo puedo resistir;
a ti te dejo en el mundo
para penar y sufrir.

Yo creo que tú eres buena,
siempre lo he creído así;
a ti te dejo en el mundo
para que te acuerdes de mí.

Después de matar a la suegra
de unos tiros muy certeros,
coge escopeta y canana
y se baja para Sabero.

En el camino se acuerda
este criminal tirano
que debe despedirse
de su muy querido hermano.

Una vez ya con su hermano
en el pueblo de Sahelices,
un poco sobresaltado
estas palabras le dice:

—He dado muerte a los míos
con resignación y fe;
hermano, vete y da parte
al presidente y al juez.

El hermano, al oír aquello,
mucho le recriminó,
y su hermano, el criminal,
al momento se marchó.

Ya dan parte a la Justicia,
cosa que era de esperar;
se ponen en movimiento
en busca del criminal.

Lo buscan por todas partes,
anda de izquierda a derecha;
también fueron a buscarle
al pueblo de Felechas.

Su presencia en ese pueblo
pocos días había faltado,
como hacen los mozos solteros
cuando están enamorados.

Con disculpa de cazar
a Felechas se llegaba;
en casa del señor Jerónimo
allí comía y cenaba.

Como los mozos solteros
estas palabras narraba:
—Por querer a otra mujer
aborrecí a la mía.

Bien sabía esa mujer,
y también el criminal,
que él se encontraba casado
con una mujer formal.

A la maestra de Felechas
a declarar la llevaron
ante la justicia de Cistierna,
pues algo grave ha pasado.

Dejemos a la maestra
y sigamos con lo primero,
por ver si han capturado
a Crodulfo el carnicero.

Ya se puso la noticia
de que le habían encontrado
en el pueblo de Sabero
y que se había suicidado.

Ya le han dado sepultura
a ese malvado león,
aparte de entre los buenos
como a los perros rabiosos.

Fuera quedó del cementerio
por estar excomulgado,
al no tener ya derecho
a ser bien enterrado.

Había mandado venir un coche
al mismo cruce de Sabero;
pero al demorarse éste
y no llegar a tiempo,
no tuvo otra alternativa
que ser él su propio justiciero.

Se fue luego para la iglesia
y al no poder entrar dentro
quedó apenado en la puerta
con gran arrepentimiento.

A la madre de Daniela
rézale un Ave María;
Dios la tenga descansando
y la acoja en su compañía.

Y los nombres de los muertos
yo también se los diré:
el hombre se llama Elías,
Anatalia la mujer;
y su suegra Genoveva,
y el del niño, José.

El inventor de estas coplas
Suceso Fernández es,
que en el pueblo de Sotillos
todos le conocen bien.

Fueron recogidos estos datos
en Colle, el 3 de mayo de 1986,
a los sesenta años del suceso,
por J.G.F. y V.



León: asesina a cuatro personas de su familia en Sotillos, de Sabero

Caben pocas dudas de que los «Locos años veinte» fueron así en más de un sentido. En España, algunos de esos sentidos se manifestaron de manera casi literal: la locura de la época se filtraba también en la crónica negra, dejando tras de sí episodios que la memoria colectiva no olvidaría jamás. Entre ellos, destacan matanzas que, por su crueldad, marcaron para siempre a quienes las conocieron y dejaron un eco sombrío en generaciones futuras.

Uno de estos terribles sucesos ocurrió en la entonces próspera cuenca minera leonesa, en el nordeste de la Montaña de Riaño. Allí, en el pequeño pueblo de Sotillos de Sabero, un hombre de nombre tan extraño como su destino, Clodulfo Ruiz Sordo, de 32 años, dejaría una huella imborrable. Calificado de «vago» por la prensa de la época y temido por su carácter violento, Clodulfo asesinó a cuatro miembros de su propia familia —entre ellos un bebé de apenas nueve meses— antes de poner fin a su vida en el pórtico de la iglesia parroquial, que se convirtió en testigo mudo de un horror que aún hoy se recuerda.

Clodulfo había trabajado en Francia durante la Primera Guerra Mundial, aprovechando la demanda de mano de obra que la contienda exigía. A su regreso a León, lo hacía con la mirada puesta en la herencia de su familia política, un terreno donde su temperamento arisco y violento era causa de miedo y desconfianza. Separado de su esposa en tiempos en los que la sociedad castigaba duramente esas rupturas, Clodulfo vivía con la sensación de ser incomprendido y de que la vida le había cerrado puertas a su manera de ser.

La noche de la tragedia

La madrugada del 21 de noviembre de 1923 estaba destinada a cambiar la calma de Sotillos de Sabero para siempre. Clodulfo, planeando con frialdad cada detalle, aguardó el silencio de la noche y la vulnerabilidad de sus víctimas. Armado con una escopeta de dos cañones y una pistola con dos cargadores, llevaba consigo 16 proyectiles preparados para desatar su violencia sin piedad.

Alrededor de las dos de la mañana, irrumpió en la casa de su suegra a través de un boquete en la pared. Su esposa dormía junto a su madre, temerosa de él, mientras Clodulfo avanzaba hacia la habitación de su cuñado, Elías Álvarez González. Un disparo directo al corazón bastó para acabar con su vida. El silencio de la noche se rompió con el eco del primer acto de una pesadilla que apenas comenzaba.

A continuación, Natalia González Gómez, esposa de Elías, cayó bajo sus disparos: dos de pistola y un tercero de escopeta. La inocencia más absoluta no estaba a salvo; el bebé de nueve meses, José Álvarez González, recibió dos balas que apagaron su breve existencia, dejando atrás un acto de crueldad comparable a los peores relatos bíblicos de Herodes.

La última víctima y el final

Clodulfo no se detuvo hasta dirigirse a la habitación de su suegra, Genoveva González Sánchez, de 63 años. Allí se encontraba su esposa. Tras relatar lo que había hecho, disparó tres veces a su suegra, asegurando su muerte inmediata. A su esposa, por el contrario, la dejó vivir. No era un gesto de compasión, sino de perversidad: quería que ella cargara con el dolor, que sobreviviera al horror y enfrentara el resto de su vida marcada por la tragedia, con el recuerdo de una noche que había cambiado todo.

Clodulfo escribió una nota explicando los motivos de su macabra acción, un documento que se convertiría en un testimonio escalofriante para la comarca carbonífera que hasta entonces había vivido en calma. Finalmente, puso fin a su existencia con un disparo en la sien. Su cuerpo fue hallado alrededor de las nueve de la mañana en el pórtico de la iglesia parroquial de San Pedro, sellando un capítulo sangriento que pasaría a la historia de la crónica negra española.




 

Recorte ABC, 1922.

martes, 13 de enero de 2026

EL REQUETÉ. PEMÁN

 EL REQUETÉ






El general Redondo y el comandante Zabala han escrito un libro claro, vivo, directo, que se llama El Requeté. Sea el origen de esta palabra el toque de atención de uno de los batallones de Zumalacárregui o el toque de jauería de los cazadores bearneses, lo evidente es que entraña algo onomatopéyico. Imita una corneta. Es grito, más que palabra. No expone ideas: convoca voluntades. La «e» es la vocal que mejor se sostiene y se lanza a distancia al aire libre. Por eso, de huerta a huerta, los valencianos crearon, antecediendo a todo recado, el «che». Los tenores les piden a los libretistas una «e» baja para notas que desean prolongar. Para jujarse.

Esa entraña de onomatopeya parece bien expresiva del contenido mismo del vocablo. El «requeté» es, primero que nada, una actitud humana. Redondo y Zabala pueden llenar páginas bellísimas de su libro con anécdotas pasmosas de los requetés navarros, levantinos, andaluces. Pero por eso mismo importa mucho no concentrar la exaltación de ese gran tipo humano —el requeté— en esa sola y gloriosa explosión vital. Redondo y Zabala dedican muchas páginas, como contenido de ese grito y onomatopeya, al tradicionalismo. Un grito no es nada si no arrastra palabras detrás.

Pero esto es ya mucho más delicado. El perfil legendario del tipo humano —requeté— puede gravitar sobre su objetivo mental y hacer que este se piense también como algo legendario; inserto en un tipo de «tradición» que casi se entiende como un modo de «evocación». Eso no. Sabido es que «tradición» viene de «tradere»: entregar. Y solo es tradicional lo que se entrega al presente. La Tradición es esencialmente una dimensión del Progreso. El hombre primitivo, frotando dos piedras, inventó el fuego, realizó un progreso. Pero ese progreso se hubiera secado si él no se lo transmite a su hijo, y este a su nieto; es decir, si no se convierte en Tradición. La Tradición es como esa fila y cadena de operaciones que se van pasando las cosas, de mano a mano, desde la fábrica al carro. Tan Tradición es la fila mirándola por una punta como por otra: en la fábrica o en el carro; en los siglos pretéritos o en el minuto presente.

Es más: cuando la Tradición se hace política —es decir, tradicionalismo— apoya su acento más en su actual eficacia que en su sustancia pretérita; porque la política es siempre cosa de hoy. Ese «ismo» que se le añade, como una contera, a la palabra Tradición, no es nada si no nos alcanza a nosotros y nos hurga y cosquilla. Por eso casi todo lo que llamamos castizo o tradicional —trajes populares, danzas, folklore, romerías, cerámicas— está cuajado en los siglos XVIII y XIX. No escapa de esta ley el «tradicionalismo» político. La plena conciencia de una Tradición española, utilizaba políticamente, nace cuando en la gran crisis de finales del siglo XVIII algunos «ilustrados» católicos, como Jovellanos, piensan que entre absolutismo y liberalismo hay un término equilibrado: la Monarquía reformada según la constitución social y tradicional de España. La idea de recurrir a la tradición como moderadora de la Monarquía, por ser vitalizadora de los núcleos naturales, nace más vencida hacia el lado del progreso que hacia el lado de la evocación.

El tradicionalismo se encarna, con el Rey, con un aire popular y orgánicamente democrático, que merecería calificarse de liberal si todas estas palabras no las hubieran monopolizado y desgastado los revolucionarios. Porque las Cortes doceañistas traicionan luego esa idea; pero ya nunca podrán sepultarla. Como un corcho, reaparece y sobrenada en la superficie, con el «Manifiesto de los Persas», con los «apostólicos», con las guerras de la Regencia y, al fin, con el Carlismo.

La verdad es que el Carlismo estalla, al fin, como una condensación de todo esto que se ha apartado mucho de los ideológicos equilíbrios de Jovellanos. El liberalismo ha explotado con tal violencia que el Carlismo tiene que hacerse grito, onomatopeya de corneta que pronto será «requeté». Buscar pulcritudes científicas e históricas en ese estallido es tarea vana. Libertad y tradición son dos emociones en aquel momento: en definitiva, dos modos de nombrar la incredulidad y la fe. Los dos bandos violentan su antecedente histórico en aquel instante. Los liberales sostienen, en Isabel, la herencia directa del absolutista Fernando que odian. Los carlistas se amparan en la Ley Sálica, afrancesada, excluyente de las hembras, sustancialmente ajena a la tradición del pueblo de Isabel la Católica. Si bien el absolutismo de esta, hasta con injusticia para el europeo don Fernando el Católico, es obra, en gran parte, de historiadores liberales.

No es tanto, pues, la Historia bastante maltratada y negada por todos, la que da perfil definitivo al Tradicionalismo. Se lo da, como a toda Tradición, el siglo XIX y el mismo XX: cuando perfilan en inteligencia doctoresca emocional, tradicional, leales carlistas como Nocedal y Aparisi; carlistas disidentes como Mella; cristinos o alfonsinos como Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo, Chesterton o Vílum. Cuando le dan estilo actualísimo Maeztu o Pradera. Cuando llega a todos con «Acción Española» y hoy con la «Biblioteca del Pensamiento Actual».

Hay que mirar la Tradición en el último saco de la fila que carga el presente. Hay que valorizar en ella todo lo que tiene de anti-absolutista, de realización de esa ansia vaga de libertad que agita a la juventud. Hay que dialogar anchamente con el hambre «social» tan característico de esta hora. ¡Qué gusto va a dar esto a un movimiento popular, tan señorial, que jamás caerá en ningún señoritismo! Dos requetés cayeron fusilados a derecha e izquierda de José Antonio. Uno era un mecánico; el otro, un agente mercantil. Lo «social» en José Antonio, marqués, jurista y poeta, era una heroica voluntad inteligente, en aquellos muchachos era un lógico problema tan propio que casi no habían tenido que formularlo.

Por eso, por ese cúmulo de contactos y diálogos que le son propios, el Tradicionalismo nunca ha querido llamarse Partido, sino Comunión. La Tradición es, como la Patria, demasiado ancha para poderse sostener con pocas manos. Nadie la puede tener por «suya» ni meterla por vías muertas o narcisistas. Es eso: Comunión. No se puede «excomulgar» a nadie que, en gracia de España, ceda de cualquier parroquia, se acerque al comulgatorio.

Lo que no quita para que el heroísmo del libro de Redondo y Zabala se desprenda de toda la generosidad y centinela que el Carlismo ha ejercido. No quito ni una sílaba a lo que, en días de República, decía uno de sus líderes: «La blancura de vuestra flor es, sin duda, la blancura de un pasado que es una historia sin tacha; y la blancura de un porvenir donde todavía puede escribirse todo porque nada ha fracasado todavía». No hay salida posible del momento actual sino contenido con esa gran libertad y las posibilidades sociales de la Tradición. Frente a cualquier otra volvería a sonar la onomatopeya del incansable toque de atención: «¡Requeté!». Incansable porque la «e» es la vocal que más tiempo se sostiene y alarga a la intemperie.

José María Pemán
de la Real Academia Española

DOCUMENTO Y MANIFIESTO. PEMÁN


DOCUMENTO Y MANIFIESTO

 

Me parece que habría que decidirse a meter los buenos libros que hierven en la literatura universal en una clasificación básica: libros-«documento» y libros-«manifiesto».
Los primeros son los que dan testimonio de los problemas, angustias e inquietudes de cada momento. Los segundos, los que proponen respuestas y soluciones afirmativas.

Todo «manifiesto» o respuesta aloja en su seno una serie de «documentos» o datos parciales con que ha sido elaborado. Así es como se mueve la Historia: resumiendo, como el cine, en una línea sintética y viva, una serie de actitudes parciales, de «fotogramas». Por eso los libros-«documento» suelen ser duros, patéticos y hasta feos. Como son chocantes e inarmónicas las diferentes instantáneas de los gestos de un orador o del galope de un caballo que, luego, sintetizadas por la velocidad, se resuelven en belleza y armonía. Un bello discurso significa la superposición de una sucesión de actitudes grotescas.

Uno de los peligros mayores para el común de los lectores es la confusión de estos géneros: el tomar por «manifiesto» lo que es «documento», tomar por respuesta lo que todavía es pregunta. Ha sido el caso de Unamuno. A Unamuno le han empujado hasta el Index sus admiradores. Se empeñaron en tomar por «manifiesto» su patético documento individual; en que nos enseñara el camino el que nos decía que no había encontrado el suyo propio.

Unamuno es el modelo típico de escritor «documento». Es la exhibición brutal de una actitud. Gabriel de Armas, en un libro duro y agresivo sobre don Miguel, ha llenado página y media con una muestra de sus frases y palabras tabernarias. Ortega decía que el color rojizo que es famoso cada tarde sobre las piedras de la Universidad de Salamanca significaba el rubor de estas al oír hablar al rector. Pero había que advertir que este es el estilo propio de los «documentos»: de las exhibiciones de actitudes intermedias de crisis.

Incluso en el orden ortodoxo se han usado y se usan estos vocabularios extremos. En la crisis reformadora de la Iglesia que se inicia en el siglo XIV hay una serie de «documentos» gritadores. El papa Urbano VI califica a los cardenales disidentes de «imbéciles» y «pillos». Y a la dulce y violenta Santa Catalina de Siena les llama «diablos con cara humana». Todo esto se resolverá, al cabo, en la respuesta y «manifiesto» de Trento. Los cánones de Trento serán tranquilos y hasta elegantes. Los documentos anteriores, incluso de santos y de papas, son malhablados.

Todo este esquema de valores literarios sería conveniente tenerlo claro en la mente para leer gran parte de las novelas o ensayos últimos. Así, por ejemplo, cuando ahora Miguel del Castillo, el niño desgraciado de las tremendas experiencias —el Madrid rojo a los seis años; el campo de concentración alemán; el reformatorio español— da su tercera novela de éxito universal, estamos ante un modelo típico de libro «documento». El que quiera buscar respuestas y caminos, que los busque por otro lado. Pero el que quiera saber cómo pregunta la juventud de hoy, que lea a Miguel del Castillo.

Todo su nuevo libro —Le colleur d’affiches: otra vez un libro de suburbios, guerra civil y dolor— está montado sobre un tema de Camus:
«¡He escuchado tantos razonamientos, que me han mareado la cabeza o han mareado otras cabezas lo suficiente para llevarles a consentir el asesinato!… Por lo cual he resuelto rehusar todo lo que, de lejos o de cerca, por buenas o malas razones, hace morir o justificar que uno mate».

Castillo confiesa en su prólogo que no escribe un libro de «hallazgos», sino de «busca». Está buscando a Dios, a la verdad, y es leal a su busca, ya que no lo pueda ser a su encuentro. De lo único que cree estar ya seguro es de no encontrar a Dios a través de la violencia. Apoyado en esa convicción básica, sus revisiones críticas son implacables.

Así la del marxismo. La mentalidad marxista es la única que trata de ser, en el mundo actual, evidente, precisa, montada sobre «ideas claras». Pero hay que desconfiar de todo lo demasiado claro, porque la vida es complicación. El Partido Comunista ha caído en lo que reprochaba a la Iglesia: la excesiva suficiencia y el tener respuestas listas para todo. Quiere «explicarlo» todo. ¿Pero cómo se explica el cadáver de un niño o de una monja, en que acaban no pocas veces sus explicaciones?

Claro está que sería desleal presentar este «no» al marxismo como pronunciado desde una afirmación contraria: católica o nacionalista. Ya hemos dicho que no es el de Castillo un libro de afirmaciones y que la dialéctica de una guerra civil —blanco o negro, rojo o azul— no sirve para entenderlo. Objetar que del lado contrario al marxismo no hubo ese absolutismo sádico de violencia que significa la monja violada, la checa refinada o el retablo de Berruguete triturado es entrar en una contarriña de más o de menos que al escritor, como a tantos jóvenes, no le convencería nada.

Porque Castillo vota por una solución cualitativa, ambiciosa, que vislumbra, y ninguna respuesta cuantitativa puede satisfacerle. Vota por la revolución profunda del amor, porque toda «revolución» demasiado clara y organizada lo que hace es aplazar con el espejismo de decir que «ya está». Castillo, en el fondo, desdeña la parcelita que cualquier política social puede medio organizar en un mundo donde seguiremos siendo desiguales por el carácter, la belleza, la salud, la estatura.

Su inquietud no tiene nada de política. Es plenamente angustia metafísica. Su actitud es religiosa. Él sabe que se ha empeñado en hacer una cuenta que no puede cerrarse sino en el exterior de la pizarra.

Documentos parecidos se encuentran hoy día por todas partes. En París se presenta una comedia joven donde se pinta, en irrespetuosa y sacrílega broma, el paso de los galos al cristianismo. Por consejo del druida o sacerdote bárbaro, la princesa o sacerdotisa gala, fuerte y primaria como la Naturaleza, se casa con el barón del lugar, adicto a la nueva Iglesia. De este modo la Iglesia bendice la introducción en su seno, como una mina explosiva o una conspiración latente, de una fuerza bárbara y naturista que queda ahí esperando el instante de su revancha.

La ortodoxia reconoce que se asimiló esa fuerza. El joven heterodoxo opina que fue imperfectamente y que sus explosiones en forma de guerra, violencia, Inquisición hacen saltar, de vez en cuando, en pedazos, la obra de Cristo: el Amor.

Es otra vez el «documento» de la exigencia de amor, del repudio de la sangre. Es demasiado simplista resolver que esta actitud, saldo de una generación que sabe de demasiadas barbaridades recientes, se califique con cuatro palabras del vocabulario más a ras de tierra: blandura, «pancismo», afeminamiento. Hay que ser un poco más cautos para calificar a una generación de escritores que se quieren citar en un futuro más misericordioso.

¿Utopía? Hace tiempo que, para curarme de la excesiva facilidad de esta evasiva, yo tengo colgado, en un marco, en mi gabinete de trabajo, un documento curioso. Me lo regalaron en La Habana. Es un recibo de mil novecientos pesos por la compra de seis negros. Su fecha: 1820, ayer como quien dice. Un documento jurídico y tranquilo, escrito sobre la seguridad de que la esclavitud, soporte de todo un orden económico, era inevitable.

¿Cuántas cosas no se escriben hoy sobre una parecida seguridad dogmática de la violencia, la sangre, la guerra? ¿No firmamos, acaso, todos los días nuestros «recibos» por cuatro o cinco ideas establecidas, como aquel, hace un siglo, por su media docena de negros?

No desplacemos tan pronto a los utopistas. Son los purasangres de la ilusión. Pueden llegar antes a metas y lugares adonde, un día, llegarán con retraso los percherones de la lógica.

José María Pemán
de la Real Academia Española



lunes, 17 de noviembre de 2025

ARTÍCULO: CLIMA ARTIFICIAL

 



CLIMA ARTIFICIAL





Como los casinos andaluces son muchas veces riquísimos porque todos los trajinantes y labradores del pueblo han de ser socios de él, dado que lo utilizan como oficina y centro de contratación, resulta que en el Casino Mercantil y Agrícola del pueblo del Séneca se permitieron el lujo de poner la refrigeración. Desde aquel día en el casino se discutió, se opinó y se gesticuló de otro modo. Hasta las bolas de billar parecía que se tropezaban de un modo más suave y diplomático. Disminuyó el consumo de gaseosas y aumentó el de cafés calientes. Los socios, antes de salir a la calle, decían a sus mujeres: «Sácame la ropa de abrigo que voy al casino».

Porque hasta que esa técnica llegó al pueblo del Séneca y se puso en con tacto con su vieja sabiduría meditativa, no nos dimos cuenta de la importancia sociológica que puede tener la nueva creación mecánica de climas artificiales. Parece admitido que la influencia climatológica es bastante decisiva para la psicología colectiva de los pueblos. Siempre se han establecido relaciones traslaticias entre los ardores del trópico y ciertas vehemencias políticas y eróticas; entre las nieblas escandinavas y ciertas correcciones constitucionales. Pero ahora resulta que, de pronto, se enclavan en cual quier zona tórrida pequeños Gibraltares climatológicos; zonas irredentes de la canícula. Así en el Casino Mercantil y Agrícola descendieron las voces al nivel de la temperatura y se tuvieron «juntas generales» con votaciones honestas. Has ta que un día me encontré que el "Sé neca" y su tertulia cotidiana habían sacado sus mecedoras a la acera rabiosa mente cálida y soleada. Allí estaba bebiendo cerveza, opinando a gritos; di vagando en plena dialéctica absolutista con redondeces carlistas, anarquistas y totalitarias, y emitiendo sobre las mujeres que pasaban opiniones no menos absolutistas y redondas.
—¿Qué hacéis ahí fuera, Séneca, con este sol?
—Nos estamos recobrando a nosotros mismos, don José. Ahí dentro nos estábamos volviendo holandeses.
Y fue aquel día cuando el Séneca se aseguró que dentro del casino, que era una especie de Escocia, parecía la cosa más natural del mundo que el gordo presidente de Rusia se pasease por América entre pensamientos antípodas pancartas insultantes, periodistas impávidamente curiosos y políticos profesionalmente sonrientes. Pero en cuanto se ponía el pie en la acera vehemente de sol, se comprendía mucho mejor que Fidel Castro deje que le cante Carmelita Sevilla porque le ha cantado antes al general mentalidad lógica y humana: arroyan al clima artificial Trujillo. «Figúrese usted, don José, si lo comprenderemos nosotros, que no hemos permitido que el Deán de Córdoba nos predique los cultos de la Virgen de las Angustias porque le ha predicado antes al notario Sánchez la novena de la Virgen de las Lágrimas.

Yo intenté elevar un poco la apreciación, con más abstracta pedantería. Le expliqué al Séneca que lo que pasaba es que las carabelas hispánicas habían echado sobre América un puñado de andaluces, vascos y extremeños que se habían subido, a medio trayecto, en el tren de unos pueblos indígenas y en marcha. Venían de climas ardientes y llegaban a climas sensuales. El Mestizo es un vagón que ha admitido en una estación de tránsito nuevos viajeros al lado de los que ya venían del punto de origen. Pero el tren sigue. Por eso Cuba o Paraguay o Santo Domingo son los pueblos que ya eran y que siguen su curva de des arrollo. Pasan ahora, un poco, su vital y espléndida Edad Media. El Séneca, más listo que el hambre, cogió al vuelo la idea:

—¿No le parece a usted, don José, que don Fidel Castro y don Leónidas Trujillo lo que son es «marqueses»? Porque hoy creemos que un marqués es un ser elegante, correcto y educado. Pero yo he leído que «marqués» era el que defendía una marca: un límite, o una avanzada. Todavía en el lenguaje de los deportes se usa la palabra ‘marca’ para señalar la raya máxima a la que llega un salto o una jabalina. La ‘marca’ es algo que se sostiene con un empuje animal. Así Trujillo sostiene la raya de Haití contra los negros. O Castro su isla entre un coro de discrepantes. Don Fidel, con sus barbas, debe parecerse mucho más a un «marqués» del siglo catorce que no el marqués de la Valdavia, que es todo cortesía, simpatía y educación. Aquí, en la acera llena de sol, se entiende perfectamente que lo que Castro y Trujillo hacen es reintegrar las cosas a suela enemigo, se preparan invasiones, se encastillan en sus almenas y frente a la gran tonadillera de Sevilla se comportan —«¡o tú o yo!»—como se comportaban en un duelo medieval dos rivales frente a una sola dama. Es preciso, don José, meterse dentro del clima suave del casino para entender ese impávido terceto de vodevil que se trae esa otra tonadillera que es la Política, con sus dos galanes, ruso y americano. No era, ni mucho menos que el Séneca aprobase el vehemente y primario absolutismo tropical —verdadero desnudismo de la lógica— de ese comportamiento antillano. Lo que hacía era explicarlo y disculparlo en función del clima. Dentro del casino, efectivamente, arrullados todos por el zumbido adormecedor de la máquina productora de frescura y, primavera, florecían las más templadas ideas de convivencia. Los planes idílicos, de absoluto «desarme», presentados por el ruso, se consideraban dignos de estudio. Las ideas todas estaban refrigeradas. Las políticas más divergentes debían de dialogar y regatear. Parecía prometedor ver a los Estados Unidos enseñando, al gordo ruso las vicetiples de Hollywood y el maíz híbrido de sus campos.

Uno acaba comprendiendo que si en las Antillas se lograra colocar una gigantesca máquina refrigeradora como la que ha comprado el Casino Mercantil y Agrícola, a los pocos meses Castro se afeitaría e iría a hacer una «visita de buena vecindad» a Santo Domingo. Porque allí, en aquel clima constitucional, de dieciocho grados, parecía barbarie y despotismo entorpecer el peso de isla a isla de Carmelita Sevilla. Había que ir al desarme de la canción. Una agitación e indignación civilizada agitaba las tertulias. Pero de las tertulias el Séneca salió a la calle. El clima dio un brinco de veinte grados, y la acera le abofeteó con un soplo, entre africano y tropical. Todo el cuerpo del Séneca se estremeció da resonancias ancestrales y morunas. Se paró a beber en un tabanco una caña de manzanilla. Plenamente reintegrado a su absorbente absolutismo tórrido, pasó los ojos por una revista que se había traído del casino. Tropezó con el retrato de Carmelita Sevilla, sonriente, luminosa, guapísima. Empezó a pensar en el pleito político de los dos «marqueses» antillanos. Resumió:
—A mí, la verdad, lo que me molesta es que le cante a cualquiera de los dos...
Luego se quedó pensativo. Y acabó:
—O a cualquier otro... que no sea yo mismo.

José María PEMÁN de la Real Academia Española

miércoles, 12 de noviembre de 2025

BLASCO IBÁÑEZ EN AMÉRICA

 BLASCO IBÁÑEZ EN AMÉRICA 

Por José María Pemán




Se celebra el centenario de Vicente Blasco Ibáñez. Blasco Ibáñez fue, íntegra y expresivamente, un «mediterráneo». Le es muy difícil a un artista creador nacido a las orillas del «Mare Nostrum» ser exclusivamente artista. La claridad mediterránea parece que exige por sí misma el tránsito de la idea y la palabra a la acción. No hay bruma, ni niebla de ninguna clase, que se interponga en el espontáneo proceso lógico. Muchas de las abstracciones mentales que dignifican el pensamiento germánico, por ejemplo, riman y se acomodan bien con las nieblas circundantes. Son pensadores prisioneros en sí mismos : porque su aeródromo está cerrado a causa de la niebla. 

Por eso es muy difícil que no se «politice» intensamente cualquier producto artístico o literario nacido en las claras orillas mediterráneas. Así, la Divina Comedia. Para nosotros, amortizado todo su contenido de comadreo municipal político, es el gran poema de la teología medieval: el gran «turismo» metafísico que recorre las postrimerías del hombre : infierno, purga torio y paraíso. Pero para un lector de su mismo siglo XIII fue, ante todo, un boletín político en el que se recuentan todas las luchas municipales de Florencia y las peleas de los güelfos y los gibelinos. 

No es extraño, por lo tanto, que el desbordante y sanguíneo novelista de la Malvarrosa cayera rápidamente en la «acción política», sin la cual le parece a un mediterráneo que se quiebra a la mitad de la línea lógica del pensamiento : porque todo se piensa «para algo». Al fin y al cabo es el proceso de todos os artistas de las costas valencianas. Empiezan siempre por el color, la visión exterior y cierta superficialidad de exposición directa. Así, Sorolla en la pintura, o en la palabra hablada Federico García Sanchiz. Sorolla, menos empujado por la limitación de sus propios pinceles a una plenitud de acción política, no pudo, por lo menos, privarse de rotular sus cuadros anecdóticos y narrativos con ciertas proposiciones sociológicas: ¡Y luego dicen que el pescado es caro! Se ve que su pincel está, como potro antes de la carrera, temblando por convertirse en pluma; se ve que el rótulo explicativo de su cuadro de los pescadores y los naufragios está como iniciando un artículo de fondo. 

Pero Blasco Ibáñez, que tenía ya en la mano la pluma, no podía, ni debía, negarse a sí mismo esa especie de «ley de la gravedad» que lleva a la acción el pensamiento mediterráneo. Se ensayó, primero, en las calles de Valencia, con esa política típicamente italiana de los «blasquistas» y los «sorianistas», que llenó de voces, bandos y tiros las mañanas de la capital. Eran los güelfos y los gibelinos de Florencia, a medida valenciana. Sino que esto no era más que una especie de «ensayo general». El ímpetu lógico y dialéctico del valenciano acaba llevándole al mundo. Así le había pasado a Luis Vives, que sentó sus reales en Brujas para propagar la razón; o a San Vicente Ferrer, que plantó púlpitos coloristas, con cierto aire de «fallas», por media Europa, para predicar la fe e incluso anunciar el «fin del mundo». 

Vicente Blasco Ibáñez obedeció también a la tradicional llamada universalista del valenciano, y después de haberse acreditado en Europa, y sobre todo en Francia, cede a la tentación inevitable de la gira de conferencias por la América española. Estamos ante la parcela menos conocida de la producción blasquista, ahora salvada y recogida gracias al cuidado y amor de Emilio Gaseó Contell, el que fue siempre fiel amigo de Blasco y en algunas ocasiones su laborioso secretario. 

Es un fenómeno curioso. Así como en España puede existir con calidades originales y adecuadísimas «un público de toros», o en Londres «un público de tenis», en nuestra América de habla española, sobre todo en Buenos Aires, existe definidamente un «público de conferencias». Es un gusto u oficio característico de aquel sector humano del planeta y no fácil mente explicable en cuanto el mecanismo de sus resortes inter nos. No se trata de una parcialidad ideológica que, con su anuencia preconcebida y su entusiasmo almacenado a presión, espera el «verbo» de quien venga a halagar sus convicciones; así, por ejemplo, el partido comunista en cualquier parte del planeta o las masas cristianas de un Congreso Eucarístico. Se trata de un público dispuesto a escuchar a una serie de personas que van a exponerle una gama policromada de pensamientos varios y contrapuestos. Así, aquel año de 1909, en que Blasco Ibáñez es contratado para dar conferencias en el teatro Odeón de Buenos Aires, alternando con Clemenceau, Guillermo Ferrerò, Jean Jaurès y Anatole France

Y ocurre entonces el fenómeno inevitable en todos estos casos. El novelista valenciano no entra en fila con esa especulativa nómina de expositores de ideas. El público del Odeón, que tiene lista y preparada su elegante curiosidad para su «abono» de conferencias, se encuentra, de pronto, con que a Blasco tiene que compartirlo con la calle. El día que llega el valenciano se produce en la gran ciudad un auténtico día de fiesta. Envuelto en un entusiasmo delirante, Blasco es conducido hasta el hotel, y el balcón de su cuarto ha de ser su primera tri buna americana. Pero oigan mejor el relato hecho, con sus gotas de vinagre, por J. J. Brousson, el secretario de Anatole France: «Competencia: ha llegado a Buenos Aires otro conferenciante: Blasco Ibáñez. De llegada ya nos da jaque mate. Una multitud inmensa y delirante ha ido a esperarle, llevándole en triunfo hasta su hotel. Desde el balcón, el célebre nove lista ha improvisado una furiosa arenga que ha precipitado, bajo él, como oleadas, la turba convulsionaria. Con sus poten tes manos modelaba el hierro de la barandilla. Le echaba a la multitud el corazón, el pañuelo, los puños de la camisa. Había en él algo del matador que brinda en la arena, del tenor que «bisa» un aria, del capuchino que se agita en el púlpito, del rey de los «camelots», del poeta que improvisa, del sacamuelas... El pueblo ha permanecido largo tiempo bajo el balcón vacío. Hasta hubo sus conatos de motín. Y para apaciguarlos, el escritor español ha tenido que recomenzar cinco o seis veces su calurosa arenga. El programa de Blasco Ibáñez nos hace mu cho daño. Hay que confesar que su minuta es más copiosa y variada que la nuestra. Nosotros no tenemos más que un solo plato, «Rabelais», bastante duro de roer. Blasco Ibáñez hablará, sucesivamente, de Napoleón, de Wagner, de los pinto res del Renacimiento, de la Revolución francesa, de Cervantes, de cocina, de Filosofía, del teatro contemporáneo, de la cuestión social, de la ciencia, de la Argentina...» 

«Es el hombre-orquesta—ha murmurado Anatole France—. No me pueden exigir, a mi edad, que yo haga lo mismo.» Pero lo más curioso es que si, por una parte, del lado del público, se produce ese fenómeno delirante, por la otra, de par te del conferenciante, se produce otro fenómeno correlativo, que puede anotarse en casi lodos los españoles intelectuales visitantes. Blasco se siente poseído por una idea de «misión». Sus conferencias dejan de ser espectáculo y se convierten en acción y diálogo. Las oposiciones ideológicas y políticas españolas—republicanos, socialistas—dentro de la metrópoli suelen arrancar su discrepancia desde la historia misma. Son los impulsos de ese que se ha llegado a llamar «la pequeña tradición» o la «tercera España». Pero toda esa discriminación interna desaparece del todo en el enfrentamiento de Blasco con su público de Buenos Aires. Ante él, el valenciano se nos aparece exaltando la aportación de España a aquella tierra; celebran do la fuerza unitiva y humanizante del Catolicismo ; disculpando la Inquisición ; tratando con caballerosa benevolencia a la reina Isabel II, y atacando, como un paladín por su dama, los tópicos de la leyenda negra; considerando como un hecho hispánico, de un lado y otro del mar, esa política militar que resuelve medio siglo español con jugadas castrenses entre Espartero, Prim, O’Donnell, Narváez y Pavía

Interesa mucho ver a Blasco colocado, como para experiencia de laboratorio, ante el reactivo que viene a ser el público de Buenos Aires. Se forma como una circulación de entusiasmos de ida y vuelta. Todo es sumido en una onda comunitaria. El público aguanta verdades. El conferenciante corrige tópicos peninsulares. Hablar en nuestras viejas tierras hispánicas es un ejercicio de moral pública.


Mundo Hispánico. Núm. 228, marzo 1967