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domingo, 26 de junio de 2011

EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA


EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA






     Venir a Madrid, de cuando en cuando, es un modo de encontrar los problemas socio-políticos ya planteados ; ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia en el segundo acto : cuando el desenlace se vislumbra cercano, y las fuerzas dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.
En esta ocasión me encuentro - ¡otra vez !- el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es este de calificarlo como "problema". En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema : es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que ésos sí son problema !.
Ahora el tema hecha chispas, porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza se ha dicho que se tuviera cuidado con el catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos inoficiales con este texto : "No hables catalán, habla la lengua del Imperio". Se iniciaba esa fórmula que había de emplearse en muchas cosas : contestar a los hechos con los vocabularios. A mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los «Jocs Florals», que iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en catalán. También confidencialmente se me rogaba que no hiciera la exaltación de Joan Boscán, el primer poeta catalán que , a finales del siglo XV, escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se organizaba un acto «separatista»" : que de una raya o frontera tanto puede uno separarse de un lado como de otro; y por una ley dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.
Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días en el orden cultural se armó revuelo cuando D’Ors publicó una «lista de las cosas que los griegos no tenían», en la que enumeraba, al lado de las gafas o la bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con igual convencionalismo : los partidos, el parlamento, la Prensa... el idioma catalán. Clasificadas así las cosas se les aplicaban soluciones absolutistas : enmendándole la plana a Dios ; que , por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que los hombres se suban el cuello del abrigo, y otra porción de cosas que indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando el enfermo se cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del que hace la prohibición.
Para darse cuenta de que el catalán es una realidad evidente y biológica, basta observar el actual episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos, y le replican a coro la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XIII, donde dice que hay que "promover el desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua, su cultura o sus costumbres". Se citan también parecidas consignas de la UNESCO. Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentales muy por encima de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley económico, mercantil, financiero, acuden a opinar ; convocados o espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubs de fútbol, los catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes almacenes... Está bien claro : es la "vida" en su totalidad espiritual y física la que se ha sentido convocada.
Todas estas realidades vivas se sienten dolidas al ver que como se propone cachear a los viajeros de las líneas de aviación, previendo la piratería aérea, se propongan algunos cachear al catalán por si lleva por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez Pelayo fue mantenedor de unos Jocs Florals, pronunciando en catalán parte de su discurso ; y en que el poeta premiado con la «englatina de oro» era Jacinto Verdaguer, que declamó parte de su "Atlántida" ; desde ese día había un hecho irreversible, que la política no podía desconocer : porque no era de la familia de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física como la montaña de Montserrat, el Llobregat o el Mediterráneo.
Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen que ésta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar a Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que aunque hablen perfectamente el castellano piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir la Hispanidad al que no valora en el pleito del catalán lo que es la lengua del pensamiento.
Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las cosas en un sentido positivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la Comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio. Sin entender que el episodio tenía un valor positivo; y lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes contra las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno : que es a lo que el Papa quería poner remedio. Lo que nos asombra no es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa suspicacia de impureza, frente a una criatura tan limpia y transparente como el agua.
Del mismo modo, el catalán no es un hecho que se «conlleva» o al que se resigna uno. Es un hecho, no pasivo, sino activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el contenido y el cristalino continente, nada hay en este tema que sea resignación o componenda. Hablar o leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara.

Por José María Pemán

lunes, 20 de junio de 2011

MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)






MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)



LIBRO PRIMERO
 —I—


En la periferia de la ciudad,
asomado a la ventana de un viejo edificio, Martín mira las afueras. A lo lejos se divisa la Ciudad Universitaria, con las carreteras que llevan y traen vehículos a sus pies, y, al fondo, recortándose bajo un cielo gris y azul plata, los montes nevados. Tiene treinta y siete años y una taza de café en la mano. Observa cómo el sol de invierno resbala, macilento, por las fachadas de las facultades y relampaguea al aparecer en los cristales, mientras las manadas de estudiantes entran por las puertas de forma rutinaria, a centenares, como engullidos por un gigante. Da un sorbo y se le vienen a la cabeza sus tiempos de estudiante, lejanos ya. «No era bueno, algo vago, pero era brillante».

Entra. Por todo el salón hay recuerdos de ella. Aquella misma habitación en la que había vivido horas felices ahora le parece hostil. Se sienta después en el escritorio, remata de un trago el café, respira y, repentinamente, como si en el último sorbo hubiera estado la decisión, empieza a retirar los libros de ascenso sobre los que llevaba meses apretando los codos, preparándose para subir de categoría. Los mete en un cajón, dejándolos caer. Ayer mismo tuvo noticia por su jefe de que no aprobará la entrevista. «No va a ser porque —le dijo secamente— toca a otros este año, quizá el siguiente, Martín».

Encima de la mesa pone un manuscrito que lleva interrumpido dos años, desde el mismo instante en que, como ahora lo del ascenso, decidió dejarlo: desde el día en que el terrón de azúcar del amor se disolvió en el café del hastío y ella desapareció de su vida para siempre, y con ella la ilusión. La ilusión, como los motores, marcha bien al principio; empieza luego a tener achaques y, por fin, queda inservible. Y aquel motor se paró, exhausto, hace ahora dos años. Lo intenta, pero no puede seguir; se da cuenta de que le falta el aceite.

De pronto, como movido por un resorte, Martín sale a la calle y dirige sus pasos a la Ciudad Universitaria. Necesita engrasarse, que el aire fresco de febrero le dé en la cara y conseguir librarse de la mujer de cabellos negros, con brillo de antracita, que tanto le observa, dejando encerrado en las paredes de casa su fantasma. Buscando encontrarse consigo mismo, Martín se halla frente a las puertas de la Facultad de Ciencias de la Información. Corre un viento frío. Buenos recuerdos le asoman justo un segundo antes de decidir entrar, al comprender que en el suelo de aquellas aulas, como en un espejo, flota el paisaje de la orilla en la que sueña atracar y que le proporcionará la identidad de esa verdad perdida que busca.

Son las diez y suena un timbre. Martín entra con otros alumnos en una clase y se sienta en uno de los muchos pupitres vacíos. El aula es grande, amplia y moderna, tipo anfiteatro, muy diferente de los arcaicos y planos cuartos que tenía la facultad de su ciudad, donde cursó estudios de filología y donde se arracimaban para oír al profesor. Aquí la acústica es buena por la forma curvada y al profesor se le oye por megafonía, aunque muchos no escuchan. Se oye un rumor de fondo de alumnos que, en susurros, hablan entre sí.
La mañana pasa pronto. Martín disfruta oyendo disertar a aquel profesor acerca de la escritura como modo de vida, y al que viene después, sobre la narración periodística, y al último de todos, que se alegra de que los nuevos periodistas no recurran ya a ninguno de los formatos canónicos del periodismo: la pirámide invertida ni ningún derivado de esa otra fórmula, la estructura focal. Después, por la tarde, se va a trabajar. Al día siguiente vuelve, y al otro. Y así permanece durante un buen tiempo, acudiendo por las mañanas a clases, sobre todo a las de Lengua Española, Redacción Periodística y Análisis de Textos.


Las explicaciones de los catedráticos sobre los mecanismos del lenguaje iluminaban de nuevo lo contenido en las celdas apagadas de su cabeza y hacían resucitar su creatividad dormida, y para evitar que las ideas que le nacían se le escapasen empezó a tomar notas en un cuaderno. Otra vieja costumbre que, asimismo, recuperaba. Luego, en casa, esas notas, breves párrafos, a veces pequeñas frases, las desarrollaba en un texto más o menos largo o las dejaba en barbecho, para otra ocasión.
Por un lado estaba maravillado con aquello de aprender por el puro placer de aprender, por el otro, se sentía como un polizón que navegaba de forma furtiva a bordo de las aulas de aquella universidad, con temor a ser sorprendido. A cuyo sostenimiento, pensaba sin embargo, contribuía de manera infinitesimal.

 

—II—



En el ecuador de una noche, cuando ya la sala de espera se encontraba vacía de público y, por la hora que era, no se esperaban más visitas y el papeleo de los detenidos estaba terminado, entra en la oficina de denuncias en la que trabaja Martín una muchacha que pide hablar con un responsable en privado, no sin cierto aire de misterio. Martín la invita a pasar a su despacho y a sentarse, cerrando la puerta. La muchacha es rubia, muy atractiva, representa veinte años, lleva puesta una gabardina muy elegante. Antes de que pueda preguntarle el motivo de su visita le hace la confidencia de que debajo de la gabardina no llevaba nada, y dicho esto se levanta y, con una mirada fiera y torva, como de deseo, empieza a desabrochársela. Martín se incorpora haciendo aspavientos con las manos en señal de que pare, de que no haga eso, de que respete el lugar en el que se encuentra. Parpadeó volviendo a la realidad. Aún tenía extendidas las manos, con las palmas hacia fuera, que movía. No había nadie frente a él. Se había quedado traspuesto. Afuera se oía el ronco gemido del tráfico circulando por la rotonda y la brisa que movía blandamente las hojas de los árboles del patio de la comisaría.
Acabado el turno de noche, ya por la mañana, al salir de la boca de metro Martín tomó para la facultad en lugar de a su casa, a descansar. Los árboles del campus se alienaban a su paso y las ramas, trenzadas por su copa, parecían marcarle el camino. Se encontraba a gusto en aquella onírica dimensión a la que le trasportaba la clase. Era una pequeña droga que le proporcionaba sumo placer.


A tercera hora hubo un cambio de alumnado, marcharon unos y entraron nuevos provenientes de otras clases. La compañera que le toca al lado es rubia, comprueba, turbado, que lleva puesta una gabardina idéntica a la de la chica del sueño. Hasta la muchacha se parecía. No, corrigió, era igual. Era ella. De repente se gira y le mira con sus ojos azules. Parecía querer decirle algo. Entonces sonríe y acercándose a su oído le dice en voz baja que no llevaba ropa interior puesta.
Martín abrió los ojos. Un sudor frío le recorría el cuerpo. Se había vuelto a quedar dormido. «Es hora de irse a casa», piensa.
***
Un mes después, tumbado en la cama, junto a un reproductor de música, Martín pensaba. Por la ventana se veían el cielo azul, los arboles desnudos y las calles desiertas.
Relee la carta un antiguo compañero de facultad que está de director en un colegio privado de su ciudad natal, en la que le propone dar clases de Lengua y literatura. «El sueldo no es muy allá pero yo sé que tú vales para esto, y que aunque lo niegues es lo que mejor sabes hacer. No te lo pienses mucho pues tengo la junta esperando y ellos apuestan por otros candidatos. Un abrazo».
Encima de la mesa, alumbrada por la mortecina luz de un flexo, está la petición de excedencia, que le dirige al director general, mecanografiada a doble espacio y sin firmar.
Martín es filólogo, o lo era, porque en vez de ejercer vocación se hizo de oficio policía. Todo un cambio. Siempre pensó que su vida era una continua sucesión de interrupciones: Abandonó un trabajo como profesor para hacer la tesis doctoral, y el doctorando para escribir un libro que dejaría, a los años, para ingresar en la policía y poder tener algo fijo con lo que vivir, y con ello, al cambiar de ciudad y de latitudes, a un amor de toda la vida por otro que era para el «resto de la vida», y a la literatura que tanto amaba por éste nuevo amor de cabello de antracita, amor que finalmente lo acabaría abandonando una fría mañana, largándose con otro que no tenía más que dinero y un descapotable. Y la lista seguía: Un ascenso que se le negaba, un destino que no se producía, una medalla que no se le concede…
—III—




A Martín, los del grupo del taller literario le han parecido unos farsantes, que nada más están allí para ligar y para alabarse mutuamente. Hablan como notarios, muy engolados. Decepcionante cuanto le han leído: vanos ejercicios escolares, superficiales y frívolos.
Lo ha invitado esta mañana Marisa, una chica rubia, compañera de clase, que ahora está sentada a su lado. Al llegar a la vieja cervecería del casco antiguo, los ha visto sentados al fondo, en una mesa redonda sobre la que hay, depositados en desorden, varios libros, ninguno de cuyos autores es español, predominando los americanos, un par de ceniceros y más cafés y más cañas que personas: señal de que los de la tertulia llevan allí bastante tiempo. Cuenta siete chicas de un total de doce. De pie, uno de ellos, que a tenor de cómo lo miran, parece el más admirado por todos, estaba leyendo un poema suyo. Marisa le hace una señal a Martín y éste se sienta junto a ella en la silla que le ofrece, y presta atención. El poeta se lo toma en serio, pone intención, pero así y todo no evitaba con ello que Martín piense que el verso es rematadamente malo, además de libre e insulso. Todos aplauden entusiasmados al orate cuando termina. Uno le dice: ¡viva! Otra, una pelirroja con boina que le confiere un aire como francés, le da un abrazo. Martín guarda un prudente silencio.
Martín se había preparado una respuesta por si, más adelante, se entablaba una conversación y alguien le preguntaba a qué se dedicaba. Les diría que corrector. Lo cual, en parte, era cierto. A tiempo parcial trabajaba para un editorial corrigendo textos. «Lo de este tío sí que necesita de una corrección ¡urgente!».


Ahora se levanta una de las chicas, una morena de mirada lánguida y gruesa cadera, que se empeña en leer un capítulo de su novela. «Esto es aún peor. ¡En primera persona y en femenino!», piensa Martín, con sorna, al inicio de la lectura. Y al final: «¡Qué tostón! Tendría que usar los elementos novelísticos puros: descripciones, personajes, diálogos, monólogos interiores… No estas digresiones pseudoensayísticas. Suena todo pedante y confuso». Sin embargo, el auditorio se entusiasma hasta el delirio extático, lo que el líder del grupo, que se llama Luis, califica de «proeza literaria». —Vosotros, al escribir, ¿con qué soñáis? —pregunta Martín, dejando la cuestión en el aire.
—Yo con poder definir lo inefable, como descubrir el alba dentro de las sombras —dice Luis, que se queda tan ancho.
—Yo con escribir un best seller que me haga millonaria —dice la pelirroja de aire parisino, muy ocurrente y riéndose, con un estilo impresionista, eso sí.
—Lo importante es el nudo, la historia —repuso un tercero que había estado callado—, con tal de que el lector entre en feroz y cordial contacto con la realidad que se le cuenta...



Martín no siguió escuchando más. Le habría gustado decirles que novelar consiste en hacer presente la realidad del segundo mundo en que consiste la novela, el que se sueña, delante del lector, y hacerlo con consistencia y expresividad. Novelar es presentar, no referir ni contar. Pero su atención se desviaba ahora sobre Marisa. De repente, la mujer que había estado a su lado se volvía radiante como un amanecer. ¿Cuál era el color de sus ojos en aquella penumbra de la cervecería? ¿Azul o gris cobalto?
—¿Nos vamos? —preguntó ella en tono que sonaba afirmativo.
—Si tú quieres —respondió él en tono igualmente afirmativo.
—¿Me puedes acompañar a casa?
—Vale.

Salen afuera; el macilento sol de marzo estaba cayendo, sus últimos rayos se iban a clavar sobre las fachadas del viejo barrio que miran a poniente y a esconderse entre los cabellos de oro de Marisa, que a ojos de Martín cobraba apariencia seductora por momentos. Pasean por las calles empedradas entre el gentío. Ella habla poco y sonríe todo el tiempo, clava en él sus ojos como inquiriendo unas respuestas que no se producen. El bullicio callejero suple el silencio. «Azul cobalto», sentencia Martín cuando se paran frente al portal y reciben la luz que viene de dentro. «¡Son azul cobalto!».

Martín cada vez está más convencido de que Marisa, la chica rubia que ahora está allí parada de pie junto a él, cuyos pechos suben y bajan al respirar, es la misma chica rubia con la que ha soñado. Teme despertarse de nuevo y que todo aquello no sea más que una ilusión y desaparezca.

—¿Se trata de la chica rubia, la que se me aparece cuando sueño? ¡No, no es ella! Esta no tiene gabardina… Luego ¡es real! Debería serlo —musita en voz baja.

Los labios de ella no dicen nada, pero son una invitación. Se besan compulsivamente y entran dentro.

Por la mañana temprano, aún es de noche aunque ya se adivina el alba, cuando Martín sale del portal. Camina calle abajo y al rato se detiene frente a un escaparate para ver su imagen reflejada. Trata de comprobar si todo ha pasado realmente. Trata de cerciorarse de si no seguirá soñando. «Ha sucedido. Ocurrió. Marisa existe. Y eso me recuerda que se me ha concedido la excedencia y que he aceptado el trabajo; por la tarde, cuando coja el tren, empezará para mí un nuevo día».

Martín, el soñador, ha despertado firmemente anclado en un trozo de lo real y no entre fantasmas, como se temía, y eso será la fuente de un nuevo ímpetu creador que le impulsará por fin hacia la expresión lírica, la ilusión perdida por escribir. El motor de la ilusión, lubricado con el aceite de la vocación, suena rotundo de nuevo, sin achaques.

Todas las notas que ha ido tomando cobran ahora sentido al encajar, como las piezas de un puzle, en una idea general.
—IV—




Han pasado ocho años, en una televisión entrevistan a Martín.
—En su primeras novelas aparece una mujer joven y rubia, ¿en ésta segunda también?
—Pues sí.
— ¿A que es debido? ¿Tiene usted algún tipo de fijación por las rubias?
—No especialmente. Supongo que es debido a que estamos en España, si estuviéramos en Suecia probablemente entonces hablaría en mis novelas de una mujer morena.
(Risas)
Toda realidad —continúa—nace de un ensueño. Y toda obra literaria nace de una mujer. ¡Si ellas se dieran cuenta de lo capacitadas que están para poner al hombre en condiciones de producir!...
— ¿Las mujeres?
—Las mujeres llegan inesperadamente, nos hacen sufrir y nos obligan a pensar.
—Tengo entendido que usted escribió estas dos novelas, del tirón, en apenas un par de años.
—En efecto, cuando llegue de Madrid y me instalé de nuevo en mi tierra, me puse a escribir y a escribir, y no podía parar, me sobraba material para novelar, así que decidí no ponerle fin. Vamos, lo que se dice continuar viaje sin fecha hasta la estación término. Las ideas estaban ahí almacenadas, como el agua en un embalse, y me salían a borbotones por la esclusa. El resultado fueron tres «ladrillos».
— ¿Tres?
—Sí, en realidad es una trilogía. Le digo en primicia que el último se publicará a su tiempo, pero que también está escrito.
— ¿Y cómo fue?
—Cuando hube terminado corregí el primero y lo mandé a varias editoriales hasta que, al tiempo, una me contestó interesada en él. Cuando mi editor, a la vista del relativo éxito de ventas obtenido, me pidió al año que me comprometiera y escribiese otro, le solté encima de la mesa el segundo. ¿Ya lo tienes escrito? me preguntó extrañado, pues sí le respondí, no sólo eso sino que también tengo el tercero.
—En su primera novela habla de la realidad de los sueños, de la memoria de lo soñado, de la otra cara de lo que percibimos, del reverso de los pensamientos ¿De qué hablan las otras dos?
—En esta hablo del amor interrumpido, de aquellos amores que lo son aunque no hubieran cuajado, aunque sólo hubieran estado en una única ocasión, en una noche, o hablando a propósito por qué no podían serlo, de esa clase de amores que ninguno de los dos pueda ya olvidar su cara el resto de su vida. Y en la tercera… Bueno de esa sólo hablaré en presencia de mi abogado.
(Risas)

***
Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.

 

***

 

Ese mismo día, por la tarde, se acercó a la comisaría, subió los escalones y en la segunda planta, la del archivo, visitó a un antiguo compañero y amigo. Se saludaron efusivamente y tras regalarle el nuevo libro, debidamente firmado, Martín le pidió un favor por los viejos tiempos.
—Necesito que me encuentres a una amiga, anda, búscame en los archivos a una chica de la que solo sé que se llama Marisa, madrileña, periodista, de unos veintiocho años.
— ¿Sólo tienes eso?
— ¡Bah! Una dirección donde pudo haber vivido hace ocho años.
— ¡Pues estamos aviados! No sé, no sé, es mucho favor. Me llevara diez minutos por lo menos— espeta riéndose—. Anda. Cuando salga el tercero me lo tendrás que regalar también.
—Dalo por hecho.
—Te llamaré mañana con lo que tenga y ahora ¡largo de aquí! ¡A escribir!
Cuando ya en la puerta se despiden.
— ¿Merece la pena?
—Qué, ¿el libro?
—No, coño, la chica ésta, ¡Marisa…!
Martín ha hecho como que se va, ha bajado un escalón y tras meditar un instante se ha girado. Sonriendo, responde:
—Tanto como la vida que soñamos frente a la que tenemos.
-FIN-

DIÁLOGOS CON EL CAIMÁN


Para todos aquellos que empiezan; para los que se preguntan sobre cómo serán o cómo eran. Para los que simplemente tienen la curiosidad de saberlo. Ahí va un relato que tratará de explicarlo. Contiene muchas vivencias reales de compañeros, pero cuyo parecido con la realidad es mera coincidencia. También es cierto y hay que tener presente al leerlo, que los tiempos cambian y los hombres viven el tiempo que les toca vivir y que esto que se narra era en los albores de los noventa.







Cuando aquel joven de prácticas llegó a aquel perdido distrito de Madrid, le pusieron, en su primer día, a patrullar con un «veterano» de dos meses de antigüedad efectiva.

En aquel ciclo: mañana, tarde y noche, movidos ambos por la vocación y por sus espíritus jóvenes e inquietos, pasaron 32 filiados y otras tantas matrículas, patrullaron incansables por aquellas largas calles metiéndole al destartalado BX un centenar y medio de Kilómetros más, y fueron con los pirulos puestos a casi todas las llamadas a las que acudieron. Aquel joven de prácticas no tuvo, en aquella ocasión, su primer detenido pero aprendió, según le dijo su veterano, que se debía patrullar entre 9:00 y las 10:00 horas de la mañana insistentemente por las calles con comercios pues es cuando abren y cuando pueden ser atracadas. En general se sentía a gusto con aquel compañero pese a que en una riña domiciliaria les habían ninguneado un poco.

Cuando terminaban y salían del servicio de noche, el viejo guardia que estaba de operador de sala, se acercó a ellos y les echó la bronca:

—¿Os habéis pensado que vosotros estáis aquí para pasar a todos los madrileños y sus coches, y que yo estoy aquí sólo para daros gusto o qué?

«Otro caimanorro», pensaron y se fueron a  dormir sin más.

 

Al volver al siguiente turno, la fortuna ya no sonreía al de prácticas: le habían puesto de compañero a un caimán.

—¿Tienes ganas de trabajar hoy como el otro día con fulano, El Nuevo? —le preguntó aquel gigantón de cincuenta y tantos años, con una voz que hacía que temblara la estancia y cuyo eco se propagaba por los pasillos de Comisaría.

—Pues sí, tengo ganas… para eso nos pagan ¿no?

—¡Pues siéntate ahí hasta que se te pasen! —le dijo mientras el resto de veteranos del grupo, incluido el jefe de turno, le reían la gracia. Cosa que a él, lógicamente, no le hizo ni pizca.

Ya en el vehículo, unos minutos después, le volvió a preguntar: ¿sabes lo primero que hay que hacer por las mañanas?

—Sí, supongo que patrullar los comercios para evitar robos —contestó como creyéndose poseedor de una verdad inmutable.

—Pues no, eso es algo que te habrá dicho ese ‘puto nuevo’ que acaba de salir del cascarón, pero no es eso, lo primero es desayunar. Porque si ‘el guardia’ no desayuna no rinde bien.

 

Tras el desayuno, a eso de las 9:30 horas, aquel barbudo con mirada de león fiero, sin decir ni oste ni moste, le llevó a los límites del Distrito que eran las afueras de la ciudad, donde el paisaje de los comercios, los edificios y el asfalto se cambiaba, en rápida transición, por el de los arrabales, las chabolas y los senderos; donde se acaba todo para los ciudadanos pero empieza el inframundo para los policías y los delincuentes. Le señaló un coche aparcado junto a otros y le dijo: «ése está robado». Efectivamente así era. Recuperó su primer vehículo sustraído esa mañana. Le explicó —con tono irónico— que los ‘choros’ no son madrugadores y que los coches que roban en la noche los abandonan, al amanecer, en sitios como aquel, donde tardarían mucho en ser descubiertos porque los policías “nuevos” se dedican a pasearse por las calles dejando esto para los guardias viejos. Por las mañanas temprano —le dijo— apunta: buscar coches sustraídos.

Luego tras terminar de hacer el papeleo en Comisaría, le dio un par de vueltas por su sector y en un momento dado le dijo que «ya estaba bien de hacer kilómetros» y le llevó «a hacer gestiones», que al joven le sonaron a «escaqueo feroz». Paró el vehículo y se fue andando a varios Bancos, en alguno de los cuales tenía cuenta y donde aprovechó para hacer unos pagos. En otros simplemente se dedicaba a hablar con los empleados, todos parecían conocerle y agradecer la visita. Aparte de banalidades, le hablaron sobre varios sujetos que habían tratado de cobrar cheques falsos y sobre un par de sudamericanos que les parecían “cogoteros”.

Al joven de prácticas no le gustaba nada que el zeta estuviese parado, le parecía que al no circular se estaba perdiendo algo en la gran ciudad. Lo suyo era ir a toda velocidad, creía que patrullando por muchos lugares a la vez, por probabilidad, se encontrarían con los servicios buenos. En su ingenuidad pensaba que no era de infantería sino de caballería.

 

El veterano siguió a lo suyo y hacía con el joven como si este no existiese: detenía el vehículo y se bajaba a hablar con la floristera, con la tendera, o con el charcutero, y se ponía a charlar con ellos de fútbol o de lo que fuera, sin mirar para él. Al final de cada conversación sus contertulios siempre le advertían de algún ‘pájaro’ al que habían visto merodeando; y esto al joven siempre le parecía una excusa para salvar el hecho de haber estado perdiendo el tiempo. Su aversión contra el espíritu de aquel hombre le sostenía en su lucha secreta; lucha profunda que llega a dar cierta serenidad estúpida al que la siente, y una seguridad entre épica y altiva al que al padece.

Luego, como para fastidiar y no contento con esto, el veterano paraba el vehículo para hablar además con los jardineros, los barrenderos y todos los operarios municipales, que se encontraba en el camino.

—¡El tío éste, gañán, no hace otra cosa que hablar con todo Dios! —pensaba.

Uno de estos, un barrendero, le entregó una cartera que alguien había perdido. Hicieron una minuta.

Cuando ya eran la 13.00 horas, le preguntó:

—¿Qué has aprendido hoy, novato?

—Pues… como no sea teoría y práctica de la plática.

—¡No coño, no! ¡Hemos sembrado para el día de mañana recoger! Esa gente son tus ojos cuando tú no estás. Te han visto de cerca y no desde un vehículo, te conocen por tu nombre y no por tu número. Te avisarán un día de algo. Descuida. Y, entretanto, te ponen al día de todo lo que se mueve y menea por aquí. Desde el zeta no te ven, y así además piensan que te preocupas por ellos. Se recogen cosillas que luego te pueden servir. Hala págate una caña, pringao.

Y el joven pagó su primera ronda: de caña y de zumo.

Al salir, cuando les llegó el relevo, el de la sala, que era amigo de éste,  se les acercó y les dijo:

—Le estás enseñando bien, ¡así da gusto! Una placa; un recuperado. No como el otro día, vaya cantamañanas: pasasteis hasta la placa de un vehiculo camuflado.

 

Al día siguiente, en el servicio de tarde, el veterano le seguía cayendo antipático al joven de prácticas. Al pasar frente a unos chavales que estaban sentados en un banco, se armó de valor y le preguntó si no pasaba filiados.

—¡Para qué y por qué!

—¿Cómo que para qué? para ver si están en Búsqueda y por pillar algún malo.

—En este Distrito a los que están en Búsqueda ya los pillará la Secreta. Yo no identifico a nadie sino tengo un motivo, y el que vayan por la calle sin más o tengan malas pintas no lo es. Aquí a los que buscan tienen buena pinta, porque aquí hay mucho choro de guante blanco. No se puede ir por ahí pidiendo los ‘carneses’ como el que pide tabaco. Otra cosa es que hubieran estado fumando porros o bebiendo litronas, pero no es el caso. Una mala intervención da problemas casi siempre. Una intervención que no se hace, casi nunca —sentenció.

La tarde se fue pasando, pues, sin filiados. Parando en alguna taberna que otra para hablar de lo suyo, de alguna batallita, y de algún malo que el tabernero había visto merodeando; mientras uno se tomaba una cerveza siempre y el otro, invariable, un Biosolan Multifrutas. La emisora (que los coordina) sacó al joven de sus malos pensamientos para con la salud de su compañero. Acudieron a  una riña en un domicilio. Los gritos de la discusión se oían desde el portal. Llamaron a la puerta y nada más abrir el matrimonio de treintañeros se quedó como mudo al ver el aspecto del veterano, que más parecía que venía a matarles a ambos que a mediar en un conflicto.

—Buenas tardes o malas, depende ¿no? —dijo con aquella voz autoritaria que tenía, clavando su fieros ojos en los de ambos.

«¡Coño qué manera de entrarles!» , pensó el joven, cuando el ambiente hostil aún se podía cortar con cuchillo, aunque también veía que lo que sí se había cortado era el escándalo, y de cuajo.

Pasaron dentro del piso y le dijo a ella que hablara. Ella contó su versión y cuando le llegó el turno a él, el veterano preguntó: ¿eso que huelo es café?

—Pues sí, ¿quiere una taza?

—Sí, gracias. Yo a estas horas mataría por un buen café. Ande tráigame uno si es tan amable, mujer.

La señora, un poco chocada, se fue y mientras, en su ausencia, el marido, que era un poco meapilas, les contó su versión. Justo lo contrario de la de su parienta, claro. Para cuando volvió la señora con la taza, el veterano ya tenía convencido a aquel tipo de qué era lo mejor, y de que debía hacer las paces y seguir con la vida, ya que para cuatro días que estaba uno... Se tomó el café en tanto que la pareja aquella de mojigatos se terminó de reconciliar. Cuando se marchaba por la puerta, se volvió y les dijo:

—Dentro de un par de días vuelvo por aquí a veros. Si no hay problemas me hacéis un café, y si los hay… pues también. Y se fue dejando tanta paz como ira había al entrar.

El joven de prácticas alucinaba en colores, aún no entendía cómo aquel gañán barbudo sin conocimientos de psicología, sin formación y sin apenas vocabulario se había hecho con la situación, pero le encantó la forma en que dominó la situación, muy diferente a la otra en que los había ninguneado. Ya fuera, de regreso en el coche, le dijo:

—Recuerda: cuando haya una riña o una reyerta separa las partes siempre, con la excusa que sea, pero tenlos separados, así te será más fácil hablar e imponerte.

 

El veterano cuando se juntaba con otros como él hablaban de los viejos tiempos, del compañerismo, del 24x24, de circunscripciones y de banderas (la doce y la once), de Radiopatrullas e Inspecciones de Guardia, y de cabos y sargentos; en tanto que él sólo hablaba de vocación, de los cinco turnos, de Bases y Brigadas y Unidades, y de la ODAC y el SAC, de oficiales y de subinspectores. Eran dos mundos y dos generaciones separados por un alto muro de incomprensión mutua.

 

Al tercer día, la noche se le hizo muy larga con aquel aldeano con el que apenas si tenía cosas de las que hablar y con el que, quedaba claro, no hablaba el mismo idioma ni había conexión posible. El veterano le llevó a varios sitios donde había «mujeres solitarias que fuman». Charlaba con ellas y ellas con él, sin ningún pudor, como si sus dos profesiones perteneciesen a la misma esfera social y marginal. Era una idea, la de mezclarse promiscuamente con cierta gente residual, que le martirizaba tanto como la de llegar a contratar, de servicio, sus «servicios». Pero no pasó nada de eso. De nuevo le contaron, al final, como para justificar tanta parla, de alguna ave nocturna de las de mal agüero a la que veían planear por entre las sombras de aquellas calles, de vez en cuando. Al joven, una de las más jóvenes y también de las más guapas de entre aquellas trabajadoras autónomas del amor, le guiñó el ojo cuando se iban. Él pensó en devolverle el guiño pero no se atrevió. Sintió, no obstante, algo raro, algo que empezaba a cambiar en su interior.

—Hijo, la morena te ha mirado ¡Ay, si yo tuviera tú edad y treinta kilos menos! Si quieres que te respeten habla con ellas, pero no mezcles trabajo con placer. Eso como filiar a lo tonto: casi nunca sale bien.

 

En algún bar de los que es necesario tener mucha sed para verte en la necesidad de entrar, el veterano llevó al novato y tomaron lo de costumbre. Allí, entre tanto personaje noctámbulo y tanto humo flotando en el ambiente, se apareció el jefe de servicio. El joven se puso más tieso que una vela. Pero observó, con alivio, que aquel hombre no venía pedir cuentas sino a charlar un poco. Encima se hablaba con el veterano como si de dos antiguos camaradas se tratase. Pidió una cañita, se la bebió y, cuando ya se iba, les recordó que estuviesen pendientes de un par de coches que se habían dado en la fuga, no nos fueran a hacer un “alunizaje” y otro par de ellos que habían sido sustraídos.

—Bien —pensó el joven ilusionado—, algo de acción por fin.

 

Pero no, hacia el ecuador de aquella noche, cuando cesó el ajetreo y la actividad disminuyó gradualmente hasta hacerse el silencio, y la emisora se quedó callada, el veterano detuvo el coche en un lugar apartado, donde reinaban las sombras de la noche, y se echó a dormir.

El joven se puso a pensar en todo lo que había anhelado que llegase ese momento: el de estar subido a un zeta por fin, en su vocación, en lo que se había esforzado en la oposición, lo estudiado en las clases de Ávila, todo lo sufrido hasta salir de la Academia. Y ahora estaba en uno de esos momentos, tan temidos por él como anunciados por todos, y se vio y sintió ridículo. Por pensar pensó en el otro veterano, “el nuevo”, en su espíritu y animosidad…y le echó de menos.

La emisora rompió su silencio y el soliloquio interior del joven. Se estaba produciendo un alunizaje en una calle céntrica, muy próxima a su punto. Despertó al caimán, éste arrancó y salieron zumbando. Llegaron a tiempo de detener a uno de los dos individuos que se encontraban junto al escaparate fracturado de una tienda de ropa: El joven creyó estar viviendo en una película. Era su primer detenido. Se fijó que el viejo, sin embargo, actuó como si fuera algo normal, de toda la vida, algo a lo que parecía estar muy acostumbrado, dando la descripción y la situación del compinche que se iba por pies del lugar: al que detuvieron tres calles más allá.

Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la ventana de la Inspección de Guardia anunciaban que llegaba el día y se acababa, por fin, el servicio.

 

Luego vendrían más días de servicio y más detenidos, y más compañeros. Y el joven de prácticas supo, mucho tiempo después de aquel día, que aquel veterano barbudo y gañán era un policía dos veces condecorado con La Blanca porque había sido herido en un atentado y había tenido muchos enfrentamientos armados con atracadores de bancos en los setenta, cuando era joven, aunque él decía que se la habían dado por idiota e inconsciente; que se pasaba todo su tiempo libre velando, como un esclavo, a un hijo pequeño que tenía con leucemia en el hospital. Motivo por el cual, en ocasiones, tenía falta de sueño. Para entonces ya no le caía tan antipático; para entonces empezó a comprender muchas cosas que antes no, como que es posible quedarse traspuesto si tienes razones, aunque no las digas por orgullo, y a entender que, libre de prejuicios, otras tantas cambiarían en adelante su forma de pensar. A partir de entonces aceptaría los guiños que le iba ofreciendo el azar, a tomarle el pulso a la ciudad y a escuchar lo que decían sus gentes. Para entonces se podría decir que empezó a admirarlo y que se le fue desprendiendo algo de la ingenuidad que traía adherida en los laterales de la pequeña maleta de viaje con la que iniciaba el recorrido de su vida. Y poco a poco, con los años, se quitó la coraza de impasibilidad por donde habían estado resbalando todas las lecciones que le habían ido enseñando aquel, y otros caimanes que vendrían después. 
 

¿Dónde están que no se les ve? ¿Ya no quedan de aquellos caimanes?


FIN

© Humberto