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sábado, 7 de septiembre de 2013

EL FARO XV






PARTE DECIMOQUINTA
-XXXI-




El cielo está encapotado. Un día triste. Llueve apaciblemente sobre Oviedo, y las gotas de lluvia se desmoronan en torrentes que salen con furia por los canalones o que resbalan por las columnas que rodean la estación, distribuidas en soportales, sobre las que se sostiene una plataforma que hace las veces de tejadillo para proteger a los pasajeros de las inclemencias cuando suben o bajan de los autocares. La estación de la compañía ALSA es el patio interior de un edificio gris de viviendas, grande y alto, modernista, al que llaman por su peculiar forma La Colmena, cuyas dos alas ocupan una manzana entera; mirando hacia arriba, hacia el cielo, se pueden ver una sucesión ajedrezada de terrazas interiores, de ventanas desalineadas, y tendederos de ropa cubiertos por plásticos. Por el túnel que comunica el tráfico rodado con la calle hace cinco minutos que ha entrado el procedente de Madrid y en la dársena, justo ahora, se detiene el de Valladolid, y cuando al instante sus pasajeros salen se convierten rápidamente en una muchedumbre que, arrastrando maletas, avanza hacia la salida y pasa por el banco donde está sentado Martín. Había hombres, mujeres y niños de todas las clases, tamaños, aspectos y condiciones que pasaron ante los ojos de Martín sin que éste apenas se apercibiera de ello concentrado como estaba en el tablero de llegadas  y rumiando las malas noticias. Faltaban quince minutos para las siete, en el tablero se anunciaba la inminente llegada del de Salamanca. Faltaba poco, muy poco. Llegó a la estación de Alsa con mucha anticipación. Martín quería tener tiempo para asegurarse de encontrar hueco donde estacionar el coche, lo que hizo debajo de una marquesina, previendo que así cuando introdujera la maleta de ella no se mojarían, y para tranquilizarse. No quería darle a María la sensación de que estaba ansioso por el reencuentro. El anuncio del accidente de coche de los Vargas lo había dejado impactado y las palabras de la conversación telefónica le resonaban una y otra vez en la cabeza: «se han estrellado con el coche cerca de Cangas de Onís, el guardiacivil que me lo comunicó esta mañana no me dio más detalles, o no quiso, pero parece grave, Martín, muy grave». En efecto, se estaba diciendo Martín, hubiera deseado mucho volver a verla, pero no por este motivo. Después estuvo largo rato de pie hasta que finalmente  encontró sitio para sentarse en uno de los bancos y se metió entre un hombre vestido con un traje azul y una chica joven y gordita. El hombre, con aspecto de vendedor de seguros, estaba leyendo el As. Como no le  gustaban los deportes, se giró hacia la joven que leía un libro y escuchaba música en un walkman. Había tratado de leer unos párrafos para saber de qué libro se trataba cuando esta se giró bruscamente y le dio la espalda. En un primer momento pensó que lo hacía para evitarlo a él, pero luego comprendió que era debido a que no oía nada y que se habría girado probablemente por efecto de la música que escuchaba. Se echó con los dedos el flequillo hacia atrás recordando una ocasión en que lo había hecho María, tiernamente, muy de mañana, luego de haberse despertado y haber estado hablando un rato, rendidos por toda una noche de sexo, su pelo estaba revuelto y los ojos encendidos, hablaba en voz baja susurrando lo mucho que le apreciaba. Comprobó, otra vez, en el tablero, que aún faltaban más de diez minutos ―cinco minutos más de demora―. Por el túnel salía ahora el de línea que va a Gijon. Martín, aburrido, volvió su atención de nuevo a la joven sentada a su derecha, en el extremo del banco, y que continuaba leyendo a todo volumen. Dedujo que tendría unos dieciocho años. Tenía granitos en la mejillas, oscurecidos por una mancha anaranjada de maquillaje, y mascaba sonoramente un chicle, quizá no se daba cuenta de ello tampoco por el ruido de la música que hasta Martín podía escuchar perfectamente saliendo de los auriculares. Por lo que alcanzaba a ver era un libro de bolsillo de su editorial. A la fuerza tengo que conocer el título, pensó. Un momento después, la joven se volvió a girar y quedó prácticamente en la posición original, y Martín, intrigado, se inclinó ligeramente a su derecha para echarle una ojeada al título. Contra todas sus expectativas era un libro escrito por él: PisandoLa luz del Amanecer, su tercera  novela. Martín, en otro tiempo, había imaginado a menudo esta situación: el repentino e inesperado placer de encontrar a uno de sus lectores. Incluso había imaginado la conversación que seguiría: él, se mostraría afable y tímido mientras el desconocido alababa el libro, luego, con modestia, aceptaría firmarle una dedicatoria  en la página del título, «si insiste». En otro tiempo, mas no en el presente: a estas alturas la popularidad ya no iba con él, convencido de su vocación de anonimato. Estaba bien así. Además, ahora que la escena estaba teniendo lugar se sentía muy decepcionado, incluso contrariado. No le gustaba la chica que estaba sentada a su lado y le ofendía que ella leyera así superficialmente las páginas, pasándolas deprisa, casi sin leerlas, saltándose párrafos, sin pensar, que con tanto esfuerzo había escrito. En la contraportada aparecía su fotografía de estudio: serio, la ceja levantada, la mirada profunda, sonriendo con fingida campechanía. Le azoraba contemplar su propia imagen expuesta en un libro. Leyó los párrafos para conocer por qué parte iba y luego la miró tratando de oír las palabras que en ese momento resonarían en su cabeza. Sus ojos iban y venían rápidamente por la página. Nada. Ni un atisbo de ninguna sensación. Como si estuviera leyendo un prospecto. Probablemente lo hizo con demasiada atención porque un instante después ella se volvió con expresión de fastidio, se quitó un auricular de la oreja izquierda, y le dijo:

—¿Tienes algún problema, tío?

Martín sonrió débilmente.

—No —dijo templado—. Disculpa. Sólo me preguntaba si te gustaba el libro.

La chica se encogió de hombros.

—¡Pse! Los he leído mejores y también peores.

Martín quiso terminar ahí la conversación pero algo le empujaba a decir más. Antes de que hubiera podido levantarse y marcharse, las palabras habían salido de su boca:

—¿Te hace pensar?

La chica volvió a encogerse de hombros y masticó su chicle ruidosamente. Esta vez lo miró con extrañeza, con cara de: qué clase de pregunta era esa.

—Yo leo para pasar el rato. Para no pensar.

—¿Y de qué va?

―Va de la infidelidad. Un señor que le pone los cuernos a su mujer.

―¿Y ese no es un tema interesante?

―No mucho.

—Y si no es interesante, ¿por qué sigues leyéndolo?

—No sé —la chica se encogió de hombros una vez más—. Para pasar el rato, supongo. Ya te digo, es sólo un libro. Leo para pasar el rato.

Estaba a punto de decirle quién era cuando la chica, indiferente, volvió a colocarse el auricular sumiéndose de nuevo en la sordera ruidosa y en la lectura, fue entonces, por ese gesto, cuando consideró que aquella chica era imbécil, ¡leer para pasar el rato! Además ni lo reconocía. No se enteraba de que tenía a su lado al mismísimo autor cuya cara, seguro, estaba harta de ver en la fotografía del libro. Se iba a levantar airadamente cuando resonó la megafonía: «El autobús procedente de Salamanca hace su entrada en estos momentos, dársena nueve». Y se alegró por ello. Recorrió con la vista a lo largo del autobús que iba saliendo del túnel, y, acostumbrado por su antigua agudeza profesional de sabueso, no tardó en distinguirla del resto del pasaje gracias a su melena ensortijada y rojiza, en la cuarta ventanilla, irreal, deformada su imagen por las gotas de lluvia que se deslizaban a borbotones por el cristal, como una metáfora de color entre tanto gris, buscándolo con sus ojos de miel entre la gente. Ah, se dijo, María trae consigo detrás la lluvia. No lo veía. Y se abstuvo de hacerle una señal. Quería comprobar el mayor tiempo posible cuánta ansiedad y cuántas ganas de verlo de nuevo había en aquel rostro y en aquella mirada. Dentro, María estaba confusa, se había mareado algo en el viaje, y no acertaba a ver a Martín afuera. Dios, pensaba, cuántas veces lo había tratado de llamar. Cuántas veces había necesitado saber de él, de oír su voz y cuántas veces había acariciado la bola de cristal y había vuelto a releer el cuarto libro. Igual no había sido buena idea llamarlo, él había dicho: «tomémonos un tiempo ambos para verlo todo con cierta perspectiva», pero había dejado pasar mucho tiempo y no sabía cómo reaccionar ante alguien que, por breve tiempo, fue su ¿amante?, y con el que en otro orden de cosas, de haberse dado otras circunstancias, no haber tantos peros, podía haber llegado a ser algo más, estaba segura, y del que no había vuelto a saber nada ni a tener noticias, porque, qué coño, también podía haber llamado él, y haber conseguido su número de teléfono, como hizo ella llamando a su tío Héctor a Madrid, a los pocos días, y pidiéndoselo, pero sí era mejor opción que haber avisado a su exnovio, el motorista. Esa sí que era una puerta cerrada y tapiada. Como la de Carlos. Acabó con la relación de Carlos mal y de mala forma: llamando a su mujer y revelándoselo todo, y después de eso ya no lo había vuelto a ver más. Sí, cerró de un portazo y para siempre esa puerta que tanto daño le causaba, aunque de una forma que la remordía a veces, por vengativa. Y porque por irse a hacerlo, temía haber cerrado también la de Martín. ¿Debería haberse quedado algún día más en el faro? ¡Cómo saber qué era lo correcto! Asimismo le ocurría que como llevaba tanto tiempo centrada en doctorarse, investigando y escribiendo durante muchas horas, prácticamente todo el día, que una vez conseguido, leída y aprobada su tesis doctoral, conseguido el más alto grado académico,  no sabía qué hacer con su vida. Además de eso, se le terminaba la beca que percibía: cesado el motivo de concesión por finalización de estudios. Se quedaba sin un dinero que junto con las treinta mil pesetas que mensualmente le enviaba su madre eran su único sustento. Tendría que ponerse a trabajar o volver  al pueblo, a casa. Ya no había pasado, no tenía un hombre, ni un trabajo ni nada que la atara a Salamanca y el futuro era tan incierto como los acontecimientos deparasen esta tarde de hoy.


Las puertas se abrieron y empezaron a bajar pasajeros, algunos, con ojos de ansiedad, buscaban a seres queridos entre el corrillo que se estaba formando. Otros preocupados nada más que en hallar y recoger la suya de entre las muchas maletas del maletero, cuando se abría la portezuela, y de que nadie marchara con la de otro. Y los menos, se iban garbosos hacia la calle sin equipaje y sin familiares. Martín permaneció oculto detrás de un señor alto, mientras observaba a María que había bajado un maletín de la parte superior y esperaba a que le cedieran el paso para discurrir por el pasillo hacia la puerta, dirigiendo  miradas a ambos lados, buscándolo a él. Por fin bajó, vestía un traje oscuro de pantalón, zapatos de tacón bajo y un pañuelo de seda en el cuello. Y lo vio rápidamente, parapetado entre un señor alto y delgado como una espingarda y una columna.

Se miraron mutuamente, Martín con sonrisa de medio lado, María con amplia sonrisa. Se confundían las voces de los pasajeros con la de la megafonía, sonando, arriba, y con la de algunos vecinos, asomados a las ventanas, discutiendo por algún problema de la ropa de los tendederos, cuando ambos se fundieron en un abrazo. María no pudo evitar un estremecimiento.

―Gracias por venir a recogerme, no sabía muy bien a quién dirigirme para llegar cuanto antes al hospital de Arriondas.

―No hay de qué, para eso estamos. Me alegra verte.

Le preguntó si tenía equipaje y ella asintió indicándole cuál era su maleta: La roja de cuero. Martín la recogió, diligente, colándose ágil entre dos señoras gruesas, lo que motivó la risa de ella, después, volvió airoso y poniéndole el brazo libre en la espalda le señaló su coche, estacionado a veinte metros.

―¿Tiramos para Arriondas directamente o necesitas tomar algo?

―Sí ―asintió―. Tiremos ya, no perdamos tiempo. Si eso, a mitad de camino paramos.

Se introdujeron en el coche. Arrancó y salió por el túnel a la calle, girando a la derecha y tomando rápidamente para la carretera de Santander. María se mordía el labio inferior y adelantaba el mentón, de cuando en cuando, como si pretendiera estirar la piel del cuello que quedaba oculta bajo la camisa. Parecía nerviosa, como deseando soltar algo que la quemaba dentro. A María, Martín le pareció, dentro de su acostumbrada serenidad, que estaba algo turbado, y que el pelo, algo más largo que la vez anterior, le quedaba bien; así, ocultándole el flequillo una ceja, le recordaba a un actor de una serie de televisión que habían pasado en los ochenta, cuyo apellido era Paré o algo así; por otra parte, la avenida, la misma avenida que un mes atrás había cruzado montada en la moto de su exnovio, y que veía aparecer cada vez que el limpiaparabrisas, zis-zas, borraba las gotas de lluvia cayendo mansas y pertinaces sobre el cristal, la encontró más triste que nunca, todo parecía contagiado de una tristeza gris y cenicienta.

Estaban en ruta. La ciudad quedaba atrás, ya sólo se veía, altanera, la torre unigénita de la catedral por encima de la línea oscura de tejados. Los carteles anunciaban Arriondas a cincuenta kilómetros. Zis-zas, seguían luchando los limpiaparabrisas con la lluvia. El motor zumbaba alegre, regularmente. Los árboles de las cunetas desfilaban a gran velocidad. Desde las ventanillas se divisaba el campo abierto, de un verde tierno, con diferentes matices, pero siempre verde, las perspectivas acotadas por la bruma, el horizonte borrado bajo el cielo derrumbado como un sollozo retenido. El coche negro que les precedía disminuyó repentinamente la velocidad para salirse de la carretera y detenerse en una sidrería, y Martín dio un frenazo y lo sorteó garbosamente por el lado izquierdo.

―¡Cuidado! ―exclamó María.

―¡Coño, cuidado! Ni siquiera ha puesto el intermitente, el tío.

María miró hacia atrás.

―Tía, ―dijo.

Y esperó a que él soltara lo de «tía tenía que ser». Pero eso no ocurrió: el bueno de Martín, siempre tan correcto. En el radiocasete sonaba melifluamente:

«You and I won't lose our heads the way some lovers do. Saying this will last forever. ¹».

Martín bajó un poco la música.

―¿Es grave, María?

―Sí ―dijo bajando la vista. Se salieron de la carretera y cayeron al río. Iban a gran velocidad. Pero el guardiacivil que me informó del accidente no me dijo nada más.

Martín carraspeó, visiblemente turbado. Estiró la barbilla como para ayudar a que le salieran las palabras. Dijo con voz sofocada:

― ¿Han muerto?

Las lágrimas asomaron a los ojos de María. Con hilo de voz, entrecortada, dijo:

―Creo… que sí.

Después de eso, ambos se sumieron en un silencio. Cuando los carteles anunciaban quince para Arriondas, Martín detuvo el coche junto a un bar de carretera. Un café nos sentará bien, dijo.

Dentro, en penumbra, con la escasa luz de unos ventanales enrejados orientados a mediodía, dos hombres de edad, las boinas caladas hasta los ojos, fumaban parsimoniosamente ante dos vasos de vino, junto al mostrador. En el momento de entrar, el más viejo, un octogenario con las encías deshuesadas, decía con voz chillona:

―Al hombre, según decían, lo sacaron muerto ya. La mujer, cuando lograron sacarla,  estaba aún con vida.

―Los guardias tuvieron que emplearse a fondo con una cizalla para poder cortar los hierros. El coche quedó hecho un amasijo ―comentaba el tabernero.  Iban a doscientos, por lo menos.

Éste no alteró la expresión para dirigirse a ellos:

―¿Qué va a ser?

―Dos cafés con leche ―dijo Martín.

Les sirvió lentamente, en silencio, con la atención concentrada en verter la leche en las tazas. Detrás de él, en la estantería sobre la máquina de café, se amontonaban latas de conserva, chicles, cajetillas de tabaco y cajas de galletas, y, abajo en el suelo, había apiladas cestas de botellines de cerveza y refrescos.

―Una desgracia ―continuó diciendo el octogenario.

―Y no se entiende que se salieran así de la carretera, en una recta ―apostilló el tabernero.

―¿Hablan del accidente de esta mañana? ―interrogó Martín, dando tientos al café.

―Ese mismo, mejicanos parece ser que eran.

―¿Dice usted que él ha muerto?

―Eso dicen.

María comenzó a temblar y tuvo que dejar la taza en el mostrador.

―¿Y qué se sabe de la mujer?

―¿Son ustedes parientes o los conocían?―preguntó el tercer hombre, que tendría unos sesenta años, al observar la reacción de María.

―Sí. Aquí, ella, es sobrina.

Los dos viejos la observaban, fumando, con compasiva curiosidad. El tabernero se rascó prolongadamente la nuca y dijo:

―Pues perdonen ustedes la metedura de pata. Mis condolencias.

―Nos hacemos cargo.

―Nada es seguro ―continuó el tabernero― pero se comenta en el pueblo que él ha muerto, sí. No sabemos más que eso. Y  que ella, la que conducía, está muy grave, que la llevaron en ambulancia rápidamente al hospital de Arriondas. Eso, al menos, fue lo que la pareja de guardias comentó hace un par de horas cuando pararon aquí mismo a tomar café y que a ellos les habían contado los de tráfico.

Los tres hombres miraban a María, el aire compasivo, luego cambiaron de tema y continuaron hablando entre ellos. Martín pagó dejando unas monedas junto a la taza, dio el último sorbo al café y pasándole el brazo por el hombro a ella, salieron y se fueron.

Ante el stop de la general, Martín detuvo el coche, miró a un lado y a otro y se incorporó a la carretera. Apenas diez minutos después, al doblar una curva, surgió ante ellos el pueblo de Arriondas.

―Ya estamos, María.

―Sí.

Ella temblaba; el corazón le latía precipitadamente encogido por la tristeza que habitaba en las malas noticias. Continuó hasta alcanzar las primeras casas del pueblo y el cruce del hospital. Allí giró a la izquierda, en dirección al río, y estacionó el vehículo en el aparcamiento. María salió del coche y se quedó parada de pie, observando la entrada de Urgencias, dejando que la lluvia fina mojase su frente nueva. Estuvo así un rato, después lo miró a él y rompió a llorar desconsolada, dejando que sus lágrimas reprimidas hasta entonces, escaparan y se confundieran en sus mejillas con gotas de lluvia.





(¹) Tú y yo no perderíamos la cabeza como otros amantes, diciendo que esto será eterno.

Prefab Sprout, All the world loves lovers (1990)


Continuará... 
        ©Humberto, 2013

martes, 6 de agosto de 2013

EL FARO XIV




 


PARTE DECIMOCUARTA
-XXX-



Ileana se detiene en seco y decide que no va. No va. Es una tontería lo que hago y lo echaría todo a perder. Aunque se haya prometido que es lo justo, que tiene que corresponder así a la generosidad de Martín. Su gesto es tan abrupto que el hombre que viene caminando detrás de ella, casi tropieza y a duras penas logra esquivarla rodeándola por la izquierda. Algo le dice que si se presenta en su casa así, de sopetón, sin avisar, le va a parecer mal, como una invasión de su intimidad. O, al contrario, peor aún, podría estar dando a entender otra cosa: una mujer sola, y un hombre solo, a solas en un piso...Voy. Iré. Camina unos pasos hacia el portal que se encuentra a cinco metros escasos. Está segura de muy pocas cosas, pero esa es una de sus escasas certezas: de bien nacidos, ser agradecidos. Así se lo enseñaron en su país. Se presentará, nada de sutilezas preparatorias. Nada de sabes qué pasa, Martín, que estuve pensando, que tal vez, que podría ser, que qué te parece, o cualquiera de esas formas coloquiales que tiene este idioma; he venido, le dirá, seca y llanamente, a dejarte el apartamento como los chorros del oro, él tratará de negarse, pero será en vano. Se mira en la vidriera del portal. Veintiocho años. Estatura baja, rondando el metro sesenta, algo floja la silueta que, tras el último embarazo, no parece querer volver a su sitio. La nariz ancha, el rostro anguloso. «Mierda», se ve obligada a concluir. No soy nada bonita. Debería haberse vestido, lamenta, con ese traje blanco que tiene para las ocasiones, tan elegante, y llevar tacones que la estilizan y hacen parecer un poco más alta. Pero, de haberlo hecho, muy bien, estaría más mona, vale, pero no encajaría con el motivo que le había llevado a aquella casa, que era limpiar. Por eso, aunque lo pensó antes de salir, decidió vestirse sencilla. Lleva tejanos, una camiseta de tirantes que le marca el pecho y una chaqueta cubriendo  los hombros, y calzado cómodo. La camiseta es lo único llamativo. Pensar en eso la ha puesto más triste todavía. Da dos pasos, como si el movimiento pudiese librarla de esa nueva tristeza adicional, añadida. Se mira de nuevo en el vidrio. ¿Se me notará mucho el maquillaje? Un paso más. Sube el escalón. Ya tiene a treinta centímetros, a mano izquierda, el telefonillo. Mira la hora: doce menos cuarto. Debe estar a ésta hora en casa, escribiendo, tal y como me ha contado suele hacer por la mañana. Gira en redondo. Pone un pie en la acera, y se detiene indecisa. Definitivamente no va. Tal vez otro día, la siguiente semana, cuando vuelva a librar y los niños estén en el cole. No es la primera vez que se le ocurre la idea desde que hace una semana le prestara el dinero y pudiese mudarse con sus hijos al nuevo piso, pero sí es la primera que consigue juntar el suficiente valor que necesita para intentar llevarla a cabo. Le da vergüenza. Una vergüenza horrible que le cala los huesos. Qué puede llegar a pensar de mí. ¿Qué soy una buscona? O tal vez es simplemente que le asusta lo otro, lo de estar a solas con él y provocar de algún modo, que él, llevado por la situación, deje de inhibir un sentimiento y se desate el animal que lleva dentro y acaben acostándose. No, no, eso no ocurrirá. Eres una ilusa, seguramente sigue enamorado de la mujer de Salamanca o de la de Méjico y ni se le pasará por la cabeza. Ni me mirará el escote o el culo. Sí va. Se gira de nuevo y pulsa el timbre. Suena un zumbido eléctrico y, con un leve tirar de la manilla, abre la puerta. Avanza, a paso firme, haciendo ruido con las francesitas de suela sobre las baldosas blancas y negras del pasillo. Mientras espera el ascensor piensa: Ileana, qué coño estás haciendo; no te ha visto, aún estas a tiempo de irte, nunca lo sabría. Llega al séptimo. La puerta está entreabierta. Da dos golpecitos suaves y escucha la voz de Martín decir: adelante. Cuando traspone la puerta, él está parado de pie al fondo del salón, con unos papeles en la mano, lleva puesto un pantalón corto y zapatillas de deporte, el  torso desnudo, sorprendido le pregunta:
―¿A qué es debido el honor de tu visita?
En realidad, le pregunta: ¿qué estás haciendo aquí? y ¿cómo no estás aprovechando tu día libre?, que no es lo mismo. Está incómodo. Pero Ileana quiere evitar enmarañarse en la cuestión de su presencia allí, se disciplina al extremo para concluir que sí o sí, definitiva, total y absolutamente, ha venido para correspondiendo a su generosidad, y le va a limpiar el piso, no solo eso, va a venir todos los martes, su día libre, a hacerlo, y hasta a cocinarle.
Un instante antes de este momento, Martín había tocado el pulsador, entreabierto la puerta y esperado a que subiera quien carajo fuese el que estuviera llamando, mientras lo hacía contemplaba distraído la calle, donde una furgoneta se había detenido junto a la confitería León, y un hombrecillo vestido con mandil blanco introducía bandejas de Carballones, Medias lunas y Milhojas. Eran casi las doce del mediodía, Martín no había desayunado todavía, y la visión de las bandejas acentuó el vacío de su estómago. No había pasado buena noche. Tras escribir hasta tarde, después de repasar los últimos capítulos y ver un poco la tele, se había acostado ya de madrugada y había dormido mal. Un sueño inquieto, interrumpido por accesos de nostalgia. Sombras incómodas, silueta de mujer, ojos de miel líquida; vueltas y revueltas entre sábanas arrugadas, sobresaltos de la memoria, escenas íntimas de alcoba se le aparecían en la duermevela y lo acometían de improviso, produciéndole violentos estallidos de ansiedad. Hacía medio mes que no tenía noticias del matrimonio Vargas. Ni una llamada. No sabía qué había sido de ellos ni lo que les había ocurrido, y eso era desacostumbrado en ambos. No era la forma de ser de ninguno, antes al contrario solían hacerlo al menos una vez por semana. Pensó, en varias ocasiones durante los últimos días, en telefonearlos él mismo, pero desechó la idea pensando que era una intromisión. No tenía derecho. Ya no, después de lo que había hecho. O peor: Erika, faltando a su juramento, podía haberle revelado a Héctor lo suyo con él y todo podría haberse vuelto un caos, y no querer dirigirle la palabra. Con qué cara le hablaría entonces. Qué puede decir un amigo traidor en su descargo. Y Erika, ¿se habría separado de Héctor, estaría libre por ahí?, y si era así ¿Por qué no lo llamaba? A lo mejor Héctor se había salido con la suya y había conseguido su sueño y ahora andaban los tres juntos en el faro tan felices que no se acordaban del amigo escritor para nada. El anhelado trío, la terna mejicana. También pensaba en María, ¿qué habría sido de ella?, ¿que estaría haciendo ahora?, ¿tendría ganas de verlo? ¿Lo amaría? También había tenido una pesadilla. Primero se le apareció una diosa mejicana, ardiente y distante, que lo llevó de la mano por un camino blanco, alejándolo de todo lo que le ataba,  en dirección a los montes, que reía franca todo el tiempo y lo miraba como sólo ella era capaz de hacerlo; y luego apareció una salmantina de melena flamígera, que llegó hasta ellos corriendo, que los separaba y se ponía a discutir muy furibunda con la otra, gritándose y empujándose, y, de improviso, llena de celos, le clavaba un puñal. Y se vio a sí mismo, sereno, compungido, leyendo en el funeral unos versos.
Al despertarse, aún impresionado, anotó en su cuaderno, en el cuaderno a propósito para anotar las citas y frases que se le ocurren de improviso:
Soñé que eras tú la que me llevabas por una blanca vereda, atravesando un campo verde, hacia el azul de las sierras, hacia los montes azules donde nada ni nadie nos echaría de menos ni nos buscaría, una mañana serena de sol de infancia.  Sentía tu mano en la mía, tu mano de compañera, sentía la sal de tu boca en mi boca, tu voz de Troya en mi oído y tus ojos viejos con luz dorada de miel nueva, como una mañana virgen de un alba de primavera. ¡Eran tu voz y tu mano, en sueños, tan verdaderas! Pero al despertar, me vi de nuevo en la noche sin vida, en la vida sin sueños, en los sosegados sueños que desembocan al río del olvido. Viviendo al norte de un amor sucedido, soñando un beso sin labios de hace ya mucho tiempo. Sueño de un amor fallecido que vivirá cuando se te trague la tierra.
 
Al ver a Ileana se ha quedado un poco perplejo, las gotas de sudor resbalándole por la piel brillante, las cejas muy arqueadas sobre los ojos negros. Supuso que se trataría de algún mensajero de la editorial ―andan revueltos y le envían uno a diario para que firme el contrato definitivo, renuente a hacerlo con el anterior porque con algunas cláusulas no estaba conforme si no las eliminaban―. Unos instantes antes sonreía pensativo al rostro sudado que lo miraba desde el espejo tras volver de correr. El correr le resultaba útil en lo de echar el recuerdo de Erika Vargas fuera, y que sus palabras, hechas de silencios y reflejos de miel líquida, no lo asaltasen como lo estaban haciendo. Como en el pasado, corriendo liberaba los demonios, o se le figuraba que lo intentaba al menos. Había decidido recuperar esa sana forma de hacer ejercicio y cargarse de buenas vibraciones. Salió, temprano, a correr por la falda del monte Naranco. Diez kilómetros. Cuarenta y cinco minutos. No más de sesenta pulsaciones. Y cuando sonó el timbre estaba justo pensando en ducharse, lo que habría hecho ya si antes no le hubiera dado por releer lo escrito ayer, y, antes de eso, no le hubiera dado por hacer flexiones.
―He venido para limpiarte la casa —empezó a decir ella, sintiéndose súbitamente torpe. Insegura de dónde se había metido y arrepentida ya de haberse presentado de sorpresa.
―De ningún modo. Ya puedes irte por donde has venido ―había un punto de dureza en sus palabras.
―Insisto.
―Que no. Me enfado ―el punto seguía ahí.
―Lo siento.
Ileana entiende que, para variar, ha metido la pata. Por muy buenas que fueran sus intenciones llegó en mal momento e invadió su intimidad hasta el punto de pillarlo sin camiseta. Pero no había remedio ya, irse era peor que quedarse. De modo que trata de no seguir esa conversación que se podría prolongar hasta el infinito, se quita la chaqueta, dejando al descubierto sus hombros, se va hasta una alacena donde, ha intuido, guarda los productos de limpieza y para evitar volver al salón, donde todavía se encontraba Martín, al que oía negar y renegar de su presencia allí, se introdujo en el despacho y se puso a la tarea, tratando de no mover ninguno de los papeles que tenía sobre la mesa al entender que era el tipo de hombre a los que les disgusta toquen sus cosas. Después, cuando de soslayo, a través de la puerta entreabierta, lo vio cruzar  por detrás de ella y, al segundo, lo escuchó entrar en el cuarto de baño y abrir los grifos de la ducha, decidió pasar a la cocina: allí sí había tarea. A la media hora había terminado y como no se atrevió a entrar en su dormitorio, por si volvía de la ducha donde sin duda permanecía, decidió pasar el aspirador por el salón. Al poco entró Martín. Percibió que olía a jabón y a algo de perfume. Al cabo Ileana se giró a mirarlo: llevaba la cartera en las manos, se había afeitado y vestido. Estaba muy guapo.
—Lo siento ―repitió―. ¿Te he molestado?
Martín se tocó la nariz y no dijo nada.
No me conoces ―dijo un momento después―. Lo ignoras todo sobre mí.
De nuevo tenía un punto de dureza en la voz. Ileana miró a un lado y luego a otro y siguió pasando el aspirador. Curiosamente no se sentía intimidada, ni fuera de lugar. Había ido a verlo, haciendo lo que creyó debía hacer. Y habría dado cualquier cosa por ser una mujer elegante, que hablara bien, sin acento. O al menos con cultura. Con algo que ofrecer, aunque fuese sexo. Pero no era su caso, no estaba atraído por ella, eso lo tenía claro. Por eso callaba, y estaba allí plantada de espaldas a él, con la mayor sencillez de que era capaz, y se limitaba a ser su amiga, y a limpiarle la casa. Y eso no era mucho, pero era todo.
―Ya que eres necia, que no obedeces y no me haces maldito el caso; ya que no te voy a convencer, dándolo por imposible, te dejo hacer. Tú ganas. Adelante. Voy a salir un momento enfrente. Vuelvo ahora. Bienvenida.
Sonaron las palabras sin el punto de dureza. Detuvo el aspirador, se giró y había una sonrisa en la boca de Martín. Una sonrisa reflexiva, casi expectante, la primera de ese día. Pero sobre todo una sonrisa familiar. Por un instante fugaz, le pareció que era una de esas sonrisas que los maridos ponen a las mujeres al irse a trabajar y que a ella nunca el suyo puso jamás, ni siquiera al principio. Se había estado arrepintiendo de su osadía, sin embargo, tras encajar aquella sonrisa ya no, aún más, empezaba a pensar que hizo lo correcto.
―Gracias. Bien hallada.
Martín abrió la boca como para decir algo, tal vez entonar una disculpa, pero cambiando de parecer no dijo nada y salió.
Ahora estaba sola en aquella casa, en la casa de Martín. Apagó el aspirador y se dispuso a echar un vistazo. Sentía curiosidad: fijándose podría encontrar respuestas en pequeños detalles. Las ventanas del salón, la cocina y el despacho se abrían a la misma calle que ella veía desde Casa Juanito, comprobó que desde aquella altura le parecía muy diferente, y al edificio de la Estación del Norte, con el reloj en su frente. Lejana, por encima de los tejados asomaba, imponente, la torre de la Catedral en el casco antiguo y, más próxima, la cúpula del Hotel de La Reconquista que a esa hora relucía en tonos de oro viejo. Al otro lado de los automóviles estacionados junto a la acera, entre los bancos existentes, unos viejitos charlaban en corro. Martín había dejado música puesta. Se trataba de una melodía quebrada y triste que ninguna vez antes había escuchado y en la que sonaba un instrumento que le recordaba al acordeón. El piso no era lujoso pero andaba por encima de la media, con sillones de cuero de buena calidad, diseño italiano, y un cuadro auténtico en la pared, un óleo moderno de vivos colores, y cortinas de buen gusto en las ventanas; y la cocina en la que ella había estado antes, tenía aspecto limpio, vanguardista y luminoso, con un microondas, un frigorífico de aluminio y una mesa de cristal y cuatro taburetes de cuero y acero, todo ello de diseño muy actual. El salón lo formaban cuatro estanterías lisas y blancas; la del centro, al fondo, tenía un televisor grande y un equipo de alta fidelidad. Se acercó a él y leyó en la portada del disco abierto: ASTOR PIAZZOLLA/EL INFIERNO TAN TEMIDO (1979).  Ni idea, pensó, de quién era el tal Astor, pero es agradable. Miró en torno suyo. El resto de anaqueles estaba ocupado con películas, discos y principalmente con libros. Muchos libros; aquel lugar ―esa había sido la impresión al entrar― era una biblioteca, estaba lleno de todo tipo de libros, arracimados, en hilera, en pilas, en rimeros… Los había hasta en el pasillo, dispuestos en pequeños muebles libreros de un metro y medio que rellenaban los espacios entre puertas, y se preguntó, admirada, si los habría leído todos. Avanzó por el pasillo y antes de entrar en el dormitorio, se alisó el cabello ante el espejo del fondo del pasillo, pasando primero una mano y después la otra por las sienes. Allí estaba ella, los ojos negros y grandes, sintiendo que cometía una profanación. Son sólo cuatro paredes, dijo tratando de convencerse de lo contrario. Hizo su cama que, se notaba, no había cambiado ni hecho en varios días. Y mientras estiraba los pliegues de la colcha,  reparó en una foto que había sobre la cómoda: él, adolescente y con calzón corto de deporte y una camiseta de tirantes, luciendo una medalla al pecho; a su izquierda un hombre de camisa blanca, cabello corto y tez morena. Unos cincuenta años la edad del hombre, calculó. Y tal vez catorce o quince, la de Martín. Había al fondo lo que parecía un cuartel: dos torres, un águila como escudo sobre la puerta y un mástil con la bandera; y también se advertía un evidente parecido entre el muchacho de la fotografía y aquel hombre: la forma de la frente, los ojos serenos, la línea de la cara, el mentón suave. Su padre. Era su padre, dedujo. Al lado derecho de la foto, un reloj muy viejo con leontina y la inscripción en el reverso: Vulnerant omnes, ultima necat, y, al otro lado, el izquierdo, una bola de cristal con un pingüino dentro. El interior, advierte, se veía borroso porque era muy antiguo. Pasa la mano por las camisas del ropero, una por una, alienadas y no muy bien planchadas. Le gustan las camisas de Martín y aún más cómo le sientan de bien. Sobre el respaldo de una silla ve que está colgada su veterana cazadora de cuero, algo raída en las mangas. Por la ventana entreabierta que da al patio, y que hacía de tendedero ―en ese momento sin ropa colgada―, llegaba el sonido de una radio lejana, mezclado con los ecos de distintas voces.
***
Martín e Ileana comen en la cocina lo que aquel acababa de comprar y traerse de la confitería León: menestra de verduras salteadas y entrecot de buey en salsa de setas silvestres. Comida preparada para llevar. También hay media docena de pasteles, para cuando lleguen al postre. Los que no nos comamos te los llevas para los críos, le había dicho, abriendo el papel de su envoltorio. Después, no sin insistirle para que ella lo hiciera, se habían sentado a la mesa a comer y él había abierto una botella de Ribera del Duero de las que, de vez en cuando, le mandaba Asier, mientras que Ileana, locuaz, recuperada la confianza, desterrado el punto de dureza, le había estado hablando del piso que alquilara gracias al dinero prestado durante bastante rato, tras lo cual se quedó callada mirándolo como si lo viera por primera vez, esperando a reunir el valor de hacer la pregunta que le había estado rondado por la cabeza desde la noche en que le atizara a su exmarido. El momento propicio llegó cuando él había pedido disculpas por su actitud, justo cuando terminaba de abrazarla y le decía: soy como un lobo estepario, me gusta la soledad y reacciono mal cuando me visitan, perdona, sabes que te aprecio. ¿Por qué a mí?, había soltado ella finalmente. ¿Por qué eres amigo mío? Quiero decir, ¿por qué yo, que no soy bonita ni espectacular, no tengo cultura, ni distinción soy tu «amiga especial»? Y ¿Por qué me dijiste aquello de «la chica del este»?
Martín le está respondiendo a sus preguntas:
―Es lo más cerca que he estado de una chica del este. Sí.
―Cuéntame algo más ―el tono quejoso.
―Solo bromeaba. Me caes bien y te tengo aprecio. Y, no lo voy a negar, me interesa el hecho de que seas de la Europa oriental.
―Pero habrá algo más ¿no? ¿Por qué te parecemos interesantes?
―Pues me han interesado de siempre.
―Pero por qué, ¿a qué se debe? No seas tan misterioso.
―Tuve durante un tiempo un sueño recurrente ―explicó―, en el que aparecía una mujer arrebatadoramente bella. Y era tan fuerte el sueño que en ocasiones no sabía si la imaginaba o la veía realmente. Si estaba soñando despierto, o si tenía visiones.
―¿Era del Este?
Una mueca nostálgica arribó a la boca de Martín, que la miró como preguntándose hasta qué punto era bueno hablarle de sus obsesiones.
Una vez, siendo un inspector primerizo y novato, con la tinta del nombramiento del despacho aún fresca, Martín se había cruzado con una mujer en el curso de una investigación. El encuentro duró un par de minutos, el tiempo exacto que la puerta de la casa en la que estaban y por la que la veía a ella, permaneció abierta. Habían ido aquella mañana a una lujosa mansión de Aravaca, para hacerle preguntas al líder de una organización criminal instalada recientemente en España al empezar a desaparecer la URRSS, acerca de un asesinato ocurrido en la calle de Princesa y del que tenía todos los boletos para ser el sospechoso, autor de asesinato por inducción. Un pez gordo, fichado y con antecedes en la OIPC, del que sabían, aunque no se le había conseguido probar, movía numerosos entramados por todo el país dedicados al tráfico de drogas. Acompañaba esa mañana al jefe del grupo, quien, desde la altiva veteranía, le había dicho antes de entrar: tú calladito, hablaré yo ¿de acuerdo? Preguntaron por el señor de la casa, identificándose con sus placas al individuo con pinta de sicario y cara de pocos amigos, que les abrió la puerta, justo un segundo antes de que casi la cerrara en las narices, y que a regañadientes, perdonándoles la vida por haber osado venir a molestar,  les condujo hasta lo que anunció como su despacho, pasando pasillos y puertas sin cuento hasta llegar a una puerta donde había otro gorila, con peor cara aún que el anterior. Por toda la casa había gorilas de aquellos y criados, dieciséis había contado Martín hasta el momento. «Son de la pasma, vienen a hablar con el señor», dijo el primero. El segundo, impasible, miró a su colega y luego a Martín y a su compañero, puso la mano en señal de esperen, y abrió la puerta. Dentro había un hombre sentado tras de una mesa de despacho vuelto hacia el ventanal, y tras dos puertas corredizas que daban a otro salón, una mujer tumbada en su diván que leía un libro. Martín dirigió hacia ella su mirada: era rubia, con el pelo recogido sobre la nuca, y su aspecto evocaba a mujeres vestidas de blanco que uno había visto muchas veces en las películas. Mujeres bellas e indolentes, protegidas bajo el ala amplia de un sombrero o un quitasol,  apareciendo a través de la ventanilla de un tranvía. Esfinges que entornaban los ojos contemplando el mar azul, leían o callaban. Espías con rostro angelical que venían del otro lado del telón de acero. Enfermeras que tocaban la balalaika. Amantes de revolucionarios que lo mismo inspiraban un poema que una melodía o un lienzo. Martín siguió con mal disimulada avidez aquel rostro a través de la abertura de las puertas, estudiando el perfil, el mentón inclinado, los ojos bajos, concentrados en la lectura ―Wuthering Heights by Emily Brontë, alcanzaba a ver en la cubierta―, el cabello tirante en las sienes. Era rusa o polaca, tal vez húngara, desde luego no era española. Del este en todo caso. De siempre, pensó, los hombres morían o mataban o se arruinaban por mujeres como ésa. Entonces el matón, tras intercambiar unas palabras con el jefe en un idioma eslavo, o de por ahí, sin dejar el rostro indiferente y de pocos amigos, hizo con la mano la señal de adelante. Y entraron, pudo entonces ver al tipo que estaba con la chica, cuando éste se volvió por fin hacia ellos: nariz aguileña, ojos claros, cabello gris, piel bronceada contrastando con una ridícula vestimenta deportiva blanca ―era evidente  que con aquella barriga no hacia deporte alguno―. Nacional de Rusia, Georgia, exmilitar y exkagebé, ponía su ficha. Martín no atendió a la conversación que se desarrollaba entre su jefe y el jefe de los gorilas de la puerta, dueño de la casa, ni a las técnicas del interrogatorio que éste de seguro estaba poniendo en práctica con aquel,  y volvió a observar a la mujer, quería confirmar el color que suponía de sus ojos. Un segundo más tarde ella alzó el rostro y miró directamente a Martín, clavando sus ojos azules y claros en los de él. Azules, o hechos de azul, ratificó. Le dirigió una mirada ni fugaz ni detenida, ni curiosa ni indiferente. Tan serena y segura de sí que no parecía de este mundo. Y Martín se preguntó cuántas sesiones de espejo eran necesarias para mirar de ese modo. En aquel momento sintió una confusión terrible y apartó un poco la vista, azorado, por estar observándola tan de cerca. Era tan atractiva que contemplarla quemaba un poco. Ella se levantó seguidamente y se acercó hasta las puertas, dijo algo en un idioma desconocido, un idioma que bien podía ser del este, como el de todos allí, puso una mano en cada hoja sin dejar de mirar a Martín, y este pudo ver más cerca todavía sus ojos y las líneas perfectas de su rostro esculpido, durante apenas un segundo, después, sin mover un músculo de la cara, la mujer cerró de golpe las puertas, juntándolas, y a partir de ese momento no pudo verla más. Ni la volvería a ver más tampoco en su vida, viva. Años después le tocaría reconocer el cadáver desfigurado de una mujer sin identificar que hacía varios días que descansaba bajo una sábana manchada de sangre en la morgue del Instituto Anatómico Forense,  y que una patrulla había encontrado en un descampado, con los dedos quemados con ácido y la tráquea rota. Había muerto torturada salvajemente ―comentaba el forense―, nunca había visto algo así. Comprobó que los ojos de aquel cadáver eran idénticos a aquellos ojos azules que había sentido penetrar hasta sus entrañas una vez, una mañana lejana. Que el azul sin vida que aparecía al abrirle los párpados era el mismo azul, frío y distante, de aquella chica de la que nada más pudo saberse, ni su nombre ni de dónde era, salvo que era una chica del este.
―Sí, era una chica del este, rubia y de ojos azules ―dijo después de haber evocado aquel recuerdo, pasando inmediatamente la hoja y guardando el álbum en el lugar correspondiente de la memoria, decidiendo en ese instante explicarle el sueño prescindiendo de su fulminante―. Te vas a reír de mí. Se me aparecía vestida únicamente con una gabardina, como la Romy Schneider en la película francesa El Cordero Enardecido (traducido absurdamente como El trepa).
Ileana niega con la cabeza: no ha visto la película.
―Bueno, en la escena a la que me refiero, ella que tenía una mirada capaz de cortar la leche del café que estuvieras tomando, aparece en casa del amante vestida con una gabardina blanca. Viene de la calle. Una vez dentro él se la quita y se queda totalmente desnuda, inexpresiva, con absoluta normalidad. No llevaba ropa interior.
Soñé mucho con esa chica del Este que se me aparecía como un fantasma. Aún me ocurre alguna vez.
―Ah. Comprendo ―dijo agitando con suavidad el vino de su copa―. ¿Y por qué tenía que ser del Este?
―Siempre me ha gustado el cine y el tipo de mujeres que salían en ellas. Sofisticadas. Aquellas mujeres en blanco y negro, o tecnicolor, que antes se hubieran muerto o saltado por la ventana, que salir mal vestidas a la calle. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja ―la sonrisa nostálgica―. Esas siluetas, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas, que las obligaba a moverse de un modo determinado, con suave contoneo, y un garbo propio e inconfundible.
Debería haberme puesto finalmente el vestido y los tacones, lamenta Ileana.
―Pero también ―continúa― estaban otras, como Julie Christie representando a la adolescente Lara Antipova, en Doctor Zhivago. La intensidad de su mirada azul y aquel rostro anguloso es la quintaesencia, para mí, de la belleza y la sensibilidad que requería el papel de ésta joven rusa, que fue amante, enfermera y madre, y que luchó por sobrevivir en un tiempo convulso, y por querer a un hombre casado y con familia, y que  inspiró en el doctor, unos poemas que llevan su nombre. Pasiones y desamores con la misma cadencia de un tango, pero con el escenario de la nieve blanca y los crudos inviernos detrás. Hay una secuencia sublime, su amante, un mecenas aprovechado, le cubre la cabeza con un estimulante velo que luego doblará libidinosamente sobre sus labios, dejando al descubierto toda la provocadora belleza de su mirada, para después enfrentar, en un plano contra plano, la impúdica lascivia reflejada en los ojos del hombre y el rubor no exento de deseo que intentará ocultar Lara, cuando éste  retira bruscamente el velo de su boca.
Calló y miró al vacío, detrás de Ileana, a las apagadas cristaleras de las casa de enfrente. Recordaba que era la misma mirada embriagadora y azul que la de la chica rubia, compañera del ruso mafioso. Cada vez que ve la película la ve a ella: Sensual, hermosa, delicada, dura... Extremadamente deseable.
Sus ojos, pensó Ileana, tenían el brillo de los videntes. Y volvió a mover la cabeza, tampoco la había visto.
―Supongo ―prosigue― que yo me muevo, fiel a mis mitos, y aúno los rostros y actitudes de muchas de aquellas estrellas en una sola. Y mi imaginación hace el resto. Y supongo también que es debido a que compruebo que ya no quedan de aquellas mujeres, sino en ese lugar de Europa donde el tiempo se detuvo tras el telón de acero. Luego está la literatura: Ana Karénina, Doctor Zhivago ―además de excelente película una buena novela―, La insoportable levedad del ser, En brazos de la mujer madura. Etcétera. En resumen: Actrices y mujeres del Este.
―Actrices y mujeres del Este ―repitió Ileana.
―Lo más cerca que he estado de una actriz ha sido de Erika Vargas. Y lo más cerca que he estado de una mujer del Este, ha sido contigo ―sonríe burlón.
Los ojos de Ileana parpadean, soflamados. Y ha carraspeado tratando de decir algo. Pero en ese momento suena el teléfono y Martín se levanta a cogerlo, apenas descuelga Ileana ve que su expresión pasa de la camaradería gozosa a la sorpresa y después a la preocupación, quizá incluso a la inquietud. Se trata de la tal María, la de Salamanca, que ha puesto una conferencia desde algún lugar de «la provincia de Valladolid», y aunque no oye más que parte de sus palabras, las expresiones de Martín son lo bastante claras para que comprenda lo que le dice. Parece que ha habido una desgracia, un accidente. ¡Cómo están ellos!, inquiere Martín, despacio, sin obtener respuesta; ella en cambio le dice que ya hablarán, que está viniendo, viajando en un autobús para Oviedo, que han hecho un alto en el camino y que ha aprovechado para llamarlo, que con las prisas no se le había ocurrido hacerlo antes. ¿A qué hora llegas?, pregunta Martín y tras escucharse que a las siete, añade: a esa hora estaré allí, en la estación, esperándote, e iremos juntos al hospital. Un abrazo.
Ha colgado el auricular y ha apretado el puño de la mano libre contra la pared. Después se ha quedado un rato así, de pie, quieto, mirando los tendones de su puño. Y luego se ha vuelto hacia ella con suavidad, abriendo la boca como para decir algo que se le ahogaba dentro sin salir. Los iris le relucían, agresivos, preocupados. Aquello duró un momento, y en ese espacio de tiempo Ileana se despidió mentalmente de cualquier esperanza  de poder llegar a ser su chica del Este y de todo el singular ensueño que la había llevado hasta él, esa mañana. Y entendió que con respecto a aquel hombre que tenía enfrente ella no sería más que una muy buena amiga. Una amiga especial. La mejor y más leal de sus amigas.



Continuará... 
        ©Humberto, 2013




 

martes, 23 de julio de 2013

EL FARO XII




DUODÉCIMA PARTE

-XXVIII-


 

Al sentir el roce de la brisa en el cuello, Martín dejó de teclear y levantó la cabeza. La ventana se había abierto detrás de él y las dos hojas se balanceaban movidas por el empuje del viento. Trató de correr la silla para evitar la corriente en el cogote, pero ya no pudo seguir escribiendo: Había vuelto de su introspección a la realidad. Observó la taza sobre su mesa, la misma que una hora antes había estado humeando, fría y a medio terminar, el libro de Antología Poética abierto y vuelto sobre la mesa en la última página leída, el bote cilíndrico de madera con lápices y bolígrafos, y, por último, paseó satisfecho la mirada en todo lo que llevaba escrito en aquellos días y que se había sumado a lo escrito en el faro, en su letra manuscrita, de líneas compactas y menudas en el margen de los textos mecanografiados, en el taco de folios que se apilaba a un extremo de la mesa, junto a los varios rimeros que formaban los periódicos y los libros. Iba por la mitad de la novela, doscientas páginas ya. Hacía años que no escribía con tanta fluidez, sin apenas tener que corregir, con un ritmo que le recordaba a los primeros tiempos, a cuando escribió de una sentada su trilogía, y pensaba que todo era debido a su estancia vivificadora en el faro. Es más, le gustaba creer que Erika le había devuelto la facultad creadora. «Hilvanada te llevo a la vida por la levedad de un sueño largamente acariciado», había escrito no hacía ni diez minutos, poniéndolo en boca de su protagonista: el viejo y enfermo actor, cuando su adorable amante de leve cintura, empezaba a querer poner fin al idilio para seguir su vida allí donde se había interrumpido cinco meses para estar con él. Todo estaba igual que una hora antes, sin embargo ya no deseaba seguir escribiendo. Posó los ojos en el último párrafo interrumpido, dijo:
—¿Qué estaba yo escribiendo?...
Al murmurar se tamborileaba la sien con la cabeza del portaminas, mientras su mirada recorría las últimas líneas tecleadas tratando inútilmente de restablecer la ilación de sus ideas plasmadas en el folio preso en la máquina de escribir. Infructuoso. Ya estaba bien por hoy. Había dejado la otra vida, un mundo sólo de él, que parecía latir en los renglones mecanografiados ennegrecidos al margen por su escritura. A impulsos del deseo cabalgaba por éstos, releyendo su pensamiento como si fuese de otro, encontrando una deleitación melancólica y dolorosa al unirse de nuevo con sus recuerdos, fragmentados y puestos en desorden sobre sus personajes. No escribo más, volvió a murmurar. De la calle llegaban, confundidos con voces de vecindario, los tañidos de las campanas de la Caja de Ahorros anunciando la hora, que mitigaban los toques del piano y los gemidos de los violines provenientes del aparato de alta fidelidad, encendido en una esquina, que llevaba sonando bajito prácticamente todo el día.
Se levantó y apoyado en el alfeizar, la cabeza afuera, miró por la ventana. Hacía calor a pesar de la brisa. En la acera opuesta los del bar han salido al fresco de la tarde a jugar la partida sentándose en una de las tres mesas de la terraza. Le gustaba contemplar la calle y escrutar los distintos matices que ofrecían las fachadas de los edificios según la hora del día. Inusitadamente el sol salió de una nube y reverberó sobre los cristales y sobre los tejados, realzando su rojo, destacando sus texturas, mientas que el monte Naranco salió de su tono azul oscuro cuando un rayo le tocó la cumbre que cambió por un verdoso. Le había comprado aquel apartamento al venirse de Madrid, a otro profesor jubilado. Setenta metros cuadrados, cocina y salón, dos habitaciones. Una de las cuales, en la que estaba ahora, destinó a despacho. Hubo una tercera que decidió eliminar y que unió al salón. Llevaba ocho años en él, conviviendo con su colección de libros, casi todos viejos, la mayor parte pertenecían a la biblioteca  que heredó de su abuelo y la otra a los que fue adquiriendo aquí y allá, a lo largo de su vida; sus elepés de música, sus películas en VHS y sus recuerdos. Tenía, según decían las amistades, un acogedor aire intelectual.
El resplandor iluminaba nubes grises corriendo hacia el sudeste por el cielo que oscurecía, y supo que la temperatura iba a bajar y que tal vez llovería aquella noche. Aún quedaban tres horas de luz. Entró en el baño se acicaló un poco y cinco minutos después salió a la calle. Estaba en el portal con las manos en los bolsillos en tanto decidía si tirar a la izquierda o a la derecha; entre ir a ver a Ileana en casa Juanito, lo que suponía una especie de reencuentro, o, como había hecho todos los otros días desde que volviera (una semana), demorar la visita prometida y darse un paseo hasta la plaza del mercado, husmear en las librerías de antiguo y en los tenderetes, comprar algún libro rescatándolo del olvido, y, tras esto,  tomarse un par de gintonics, o tal vez uno, caso de que estuviera muy cargado, leyendo en una terraza de la plaza del ayuntamiento, con la última claridad de la tarde. Hace tres días que se ha topado con Ana en un café de los de la Avenida de Galicia, ella tiene una feliz relación con otro hombre ―un agente inmobiliario divorciado de treinta y cinco años, alto y guapote, que en todo momento miró a Martín sonriendo altanero―, lo que hace que Martín lamente un poco no haber mantenido el contacto con ella desde la última vez que se acostaron de tan volcado que estaba en la novela, no haberle devuelto alguna que otra llamada de teléfono y haber dejado enfriarse tanto la relación, hasta el punto de que haya terminado por congelarse del todo. «La alumna de la risa luminosa», ha dicho sonriendo mientras ella le ponía al día de sus proyectos académicos. Pero, ha sido sólo una momentánea punzada de nostalgia agridulce, una vez se despide y se ha alejado, a los treinta metros, deja de sentir, ya que en el fondo sabe que hizo lo correcto: agua que no has de beber, déjala correr. Su risa no era lo suficiente como para que se sufriese por ella de anhelo, en la forma en que, como en determinados momentos, le ocurre con Erika Vargas, de la que no había vuelto a tener noticias, o con su sobrina María, a quien, aunque desea mucho volver a ver, y tecleó por varias veces su número de teléfono, que consiguió recurriendo a sus viejos amigos en la policía, desistió colgando en el último momento. Temía cometer el error de iniciar lo que pondría fin a su soledad de escritor sin ataduras que dispone del tiempo completo para sentarse en la platea que forma su despacho, a contemplar el espectáculo de la vida y escribir sobre él sin reclamos, sin horarios, sin la esclavitud de la convivencia. Aunque vuelve a surgir, alternándose con el sentimiento hacia la tía, el sentimiento hacia la sobrina, la correctora de pelo flamígero que no le puso trabas en el faro y que le dejaba hacer sin estorbar, amándolo cuando él la buscaba, no lo hará, no cometerá la torpeza de tentar al destino, si el destino se sirve y dispone juntarlos que lo haga, él no lo hará.
Empezaba a haber algo de tráfico en la calle, hasta donde alcanzaba la vista se simultaneaban los árboles y las farolas. Lo pensó diez segundos más y, justo cuando el semáforo situado a su derecha se puso en rojo para los peatones, decidió echar a la izquierda e ir a Casa Juanito. Recorrió los escasos cinco metros que le separaban y al empujar la puerta de vidrio un golpe de humo y de conversaciones le golpearon en la cara.
 
Ileana está tras la barra del bar, con la mirada perdida en el horizonte de aquel atardecer, mecánicamente sirviendo vasos de vino o poniendo cañas, pasándole el trapo a las copas o introduciendo, cuando se acumula, el menaje sucio en el lavavajillas. A los seis días de su charla con Martín abandonó a su marido y se separó de él, y no lo ha vuelto a  ver. La idea le rondaba la cabeza hacía tiempo y las palabras de Martín contribuyeron, pero aquella noche, al llegar  a casa, cansada después de muchas horas de trabajo, terminó de decidirse cuando se encontró el siguiente panorama: los niños abandonados, sucios, llorando porque tenían hambre y a él tumbado como solía en el sofá mirando la tele y, como siempre, ebrio, diez latas vacías de cerveza sobre la mesita. Estaría mejor sola que mal acompañada con un hombre que, encima, no necesitaba ya para nada. Vago, al que no duraban los trabajos, ni los buscaba y al que mantenía, violento y machista. Al preguntarle que por qué razón no les había bañado ni dado de cenar, se rio y encogió de hombros, indiferente, como si eso no fuera misión de hombres o como si ver la tele fuera más importante que cuidarlos, y por toda respuesta le anunció que no había dinero, que el poco que ella llevaba a casa, el que descontado el alquiler era para comer, se lo había gastado en aperos de pesca. No queda, nada, resumió desafiante, tendrás que hacer horas extras. Tengo pensado ir a pescar con un amigo, mañana. Ileana estalló en cólera, y le gritó de rabia contenida y lo insultó en rumano. Utilizaba su lengua materna para insultar, así los vecinos no sabían de lo que hablaban.  Le puso a bajar de un burro, como decían aquí, y se sorprendió del valor de hacerlo sin medir las consecuencias. El hombre, a pesar de su borrachera, se ofendió hondamente en su quintaesencia masculina por ese inesperado escupir procacidades y decidió castigarla. Ileana no vio más que el primero de los golpes. Luego cerró los ojos.
A la mañana siguiente, en tanto él trasegaba cerveza con otros compatriotas en un banco del parque como era su costumbre, cogió unos pocos enseres y se fue, con los dos críos, a casa de Marifé, su compañera. Ésta al verla magullada y llena de cardenales, trató de convencerla para que lo denunciase, pero Ileana no era así. Ese proceder no iba con ella. Había internalizado, interiorizado la culpa que persigue a las mujeres que se separan, su parte de culpa, la de no aguantar lo suficiente o la de provocar al animal que los hombres llevan dentro. Tampoco quería escándalos ni verlo ir esposado camino del calabozo, ponerse a mal con la familia de su marido. Estaba bien así, se iba y adiós muy buenas. Ya quedarían más adelante, cuando el temor y los moratones hubieran desaparecido, para acordar las visitas a sus hijos si él quería ejercer de padre, ya que lo que es como marido había acabado. Estaba bien fastidiada, pensaba ahora pasándose una mano sobre el hombro dolorido donde el muy animal, estando tirada en el suelo, le había dado un puntapié que la hizo girar sobre sí misma. No tenía ni un duro. Prácticamente ese mes, hasta que cobrara, dependía para comer de su amiga y tendría que abusar de su hospitalidad al menos otro mes más hasta que reuniera lo suficiente para cogerse algo en alquiler.
―Ponme un cortado, Ile.
―¿Con este calor, don Manuel?
―Ya ves, hija. ¿Y ese ojo? ¿Ese moratón por qué fue?
―Me golpee sin querer.
Sonríe a don Manuel, el viejito que fuera empleado de correos, tan mecánicamente como le pone la taza o le oculta la verdad disimulando por vergüenza. En esos momentos se sentía vacía por completo, en un desierto de sentimientos y emociones. Nada, absolutamente nada sentía, ni ira ni angustia, ni rabia ni odio, era una ausencia total de emociones y sentimientos. Solo tristeza. El dolor había sido tanto en su vida que ya a esas alturas se había vuelto resistente, inmune a todo, era como si estuviera muerta en vida. Solo sus dos pequeños la tenían asida al mundo de los vivos y sólo ellos le daban un poco de color entre tanta oscuridad que la rodeaba, solo ellos eran la luz al final de la senda por la que le tocaba caminar. Por las noches, cuando se dormían por fin acurrucados junto a ella en la pequeña cama del tabuco, viéndose sola, sin testigos, se permitía llorar para sacar las lágrimas contenidas de tanto llorar por dentro. Así se pasaba un rato, lagrimando desapercibidamente, hasta que se acordaba de Martín y se le pasaba la llantina. En todo este tiempo había pensado en el solitario hombre de la esquina, apenas lo conocía pero congeniaba con él de una forma inusitada, se preguntaba una y otra vez por qué él se había fijado en ella, tenía ganas de que regresara por fin y de verlo para desahogar con alguien. Le gustaría que le hablase con su tono profesoral, en torno a unas tazas de café,  y le dijese qué hacer. A veces se imaginaba que los llevaba a los tres a la playa y que les leía a todos cosas que escribía. A los niños les había caído bien, les hacía mucha ilusión que su madre conociera a alguien cuya foto salía en un libro. A un famoso. Y constantemente se lo señalaban, tocando con los deditos su retrato de la portada del libro que él mismo le había regalado, diciendo: mira, mamá, tú amigo el famoso. Era soltero, guapo, culto y muy amable. Por qué perdía su tiempo, que seguramente era muy valioso, charlando con ella. Únicamente con ella, ni siquiera con el dueño, el tal Juanito. Por qué con una extranjera y no con una compatriota, como Marifé, que era más guapa, y hablaba mejor que ella el español, o con otras clientes que paraban por el bar y que, de seguro, estarían encantadas de hacerlo con alguien tan popular y tan especial. No se hacía ilusiones con respecto a un hombre así, por supuesto, si algo sabía de esta puñetera vida era reconocer cuándo los hombres se sentían atraídos por ella, se los veía venir a la legua, y Martín, estaba claro, no lo estaba en ese sentido. Era amistad pura y dura, de una clase de amistad de las que ocurren entre dos personas de distinto sexo una vez entre un millón de posibilidades. O entre un billón. De hecho, ni sabía que se podían tener amigos así. Cada mañana se despertaba pronto y miraba aquel cielo gris o hecho de gris, cuya luz no hería, tan diferente al de su país. Su primer pensamiento era para el capullo de su exmarido, y un estremecimiento le recorría el cuerpo. ¿Dónde andaría? ¿La estaría buscando? Todo allí era tan diferente que se siente extraña aquí. En Rumanía se habría presentado en el trabajo y la hubiera devuelto a la fuerza a casa. Y todos hubieran pensado que era lo correcto. Hasta ella misma. Sin embargo aquí es diferente. Tienen leyes que protegen a las esposas de hombres maltratadores. Apoyan la decisión de separarse cuando el amor o la convivencia  se acaban, y  la policía, si la llamas, actúa, te defienden. Por eso se siente segura y a salvo en el trabajo. Su ex no se atreverá, aquí es un cobarde. Y también en casa de Marifé, porque él no tiene ni idea de la dirección.
Le ha sonreído a don Manuel pero artificialmente, necesitaría sonreír de verdad. Está buscando un sentido a su vida, una ilusión, un hálito de aliento, un sueño o quizás una esperanza que le dé la fuerza necesaria para seguir creyendo, para seguir viviendo, para seguir encarando la vida, ¡Ah, cuánta falta le hacía sonreír! Lo necesitaba urgentemente, necesitaba encontrar ese algo que la impulsara porque aún, a pesar de todo, era consciente de que no podía dejarse vencer ni abandonarse como le pedía el cuerpo. Por sus dos hijos. ¡No! Aún no era su momento y no podía desistir, así sintiera que las fuerzas día a día disminuían. De vez en cuando miraba a los ventanales opacos, esperanzada. Le gustaría que alguna de las siluetas que se acercaban a la puerta se convirtiera al entrar en Martín. Tenía ganas de verlo de nuevo. Era, aparte de sus hijos, su única motivación entre tanto desamparo y tanta soledad. Había transcurrido un largo espacio de tiempo sin que los vidrios reflejasen el paso de una persona. Pero ahora alguien vino a asomarse, pegando la nariz al vidrio como tratando de ver dentro. Los pelos como escarpias se le ponen cuando al franquear  la puerta, la persona que ve que entra y que con cara de pocos amigos se presenta en el bar no es otra que su exmarido. Como siempre, quiere que vuelva a casa, ordena señalando amenazante con un dedo. Ella niega como nunca, moviendo la cabeza, haciéndole ver que tiene más que decidido que todo se acabó y que es la última vez que la pega. Poco a poco, a medida que el tono de voz de él se eleva, se va haciendo el silencio entre los presentes que no hacen ni dicen nada. Solo miran de reojo, cuchichean entre ellos y hacen como que continúan a lo suyo. En este país suele ser así: nadie se mete en cuestiones de matrimonios. Después, él, envalentonado al comprobar que allí nadie se meterá,  sube el tono. Le grita. La insulta. Ella también grita e insulta, trata de no arredrarse aunque lo está. Discuten en rumano. El hombre alza un dedo y golpea violentamente el hombro de la mujer, que retrocede un paso y grita: cobarde. Este se inclina sobre el mostrador y, alargando el brazo, la vuelve a golpear con el dedo índice. Ileana se queda inmóvil, aterrorizada. Momento en  que se estira un poco más y la agarra por los cabellos. Es entonces cuando ocurre algo inesperado, así, cuando ya la tensión había subido violentamente, la tenía asida por los pelos y la atraía hacia sí para pegarle un bofetón, levantando la mano libre por encima del hombro izquierdo, oscilante, como tratando de  coger potencia y de no errar el golpe, que un individuo salió de la nada, probablemente estuviera allí o se moviera muy rápido ―lo cierto es que ni Ileana ni su exmarido habían reparado en él―, agarra, firme, por la muñeca el brazo con la que pretendía atizarla y se lo queda mirando fijamente.
―¡Suéltale el pelo! ―ordenó, tajante. La ceja derecha se le subió arriba, hasta casi ocultarse bajo el flequillo.
Al quedarse bloqueado, soltó la cabellera de Ileana y sonrió fanfarrón, respiró dos veces y, cerrando el puño, trató de atizarle lanzando un fuerte puñetazo que éste esquivó con brusco giro de cadera, y que únicamente  golpeó en el aire. Acto seguido, sin apenas dar tiempo para verlo,  el otro contraatacó por el flanco dejado al descubierto: un directo a la mandíbula, que resonó seco como un trueno. El impacto fue tan fuerte que la cabeza giró bruscamente al lado contrario, se le abrió la boca en fea mueca y gotitas de saliva salieron disparadas al aire, en tanto que reculó varios metros dando pasos torpes hacia atrás y dibujando aspavientos en el aire con las manos tratando de no perder el equilibrio, pero finalmente cayó: de espaldas en el suelo, plaf, batacazo descomunal a todo lo largo del costillar, dándose, de paso, en mitad del trayecto, con una taburete en la sien. A continuación, trató de incorporarse y volver al improvisado ring, y seguir el combate, pero todo le daba vueltas. Mira a su contendiente, examinándolo de nuevo: Alto. Con los puños y antebrazos crispados y vigorosos, asomando bajo las mangas dobladas de la camisa blanca. Los hombros compactos, la mirada serena. Concluye y comprende que no. Que no va a poder con él, no después de una hostia como la que acaba de encajar. Pues la cuestión no es únicamente que esté fuerte y en forma, y que sepa pelear: esquivar es suerte; mientras que fintar es técnica aprendida, también hay que tener en cuenta su alarmante serenidad. Esa clase de serenidad en las broncas le recuerda a ciertos tipos de su país con los que valía más no meterse y con lo que lo más inteligente era, llegado el caso, irse, si te dejaban, porque al final resultaba que eran del gobierno: Mal asunto. Muchos problemas y complicaciones. Así que en cuanto puede levantarse, cuando las estrellas dejan de aparecérsele, sale serpenteante, rascándose la espalda y comprobando que la quijada y los dientes están en su sitio,  y ya en la puerta del bar, se vuelve y dirige un último vistazo a Ileana, y otro a al hombre desconocido. Odio y rencor, decían sus ojos.
Ileana, al darse cuenta de que quien la había defendido y atizado a su ex era Martín, se ha llevado una mano a la boca para ahogar un grito. Después se ha quedado de pie, tras el mostrador, sin saber qué decir. Silencio que espera que éste considere una manifestación de agradecimiento pero que no es otra cosa que le no se le ocurre nada que decir. Al llevarse una mano a la mejilla, Ileana comprueba que está llorando.
Una hora más tarde Ileana y Martín están conversando en una terraza próxima. Han terminado y pedido dos cañas más justo cuando la llovizna ha cesado. El pavimento grisáceo, mate de humedad, refleja la luz de las farolas. Ella le ha contado todo lo que le ha ocurrido en este tiempo: el día que se marchó de casa porque él la había zurrado, golpeándola sin tregua y con saña durante cinco largos minutos, sin que le importara hacerlo delante de los niños; su convivencia en estos días con Marifé y los niños en un piso tan pequeño, de cuarenta y pocos metros, lo que origina episodios «de malos rollos» que van llevando como pueden; sus apuros económicos y de las muchas ganas que tiene de irse en cuanto pueda a un piso sola; del temor a la soledad, a lo que le deparará el futuro si, como supone, le va a resultar muy complicado rehacer su vida al no contar con tiempo suficiente para ni tan siquiera encontrar un hombre que merezca la pena.
Las pupilas desguarnecidas le brincaban inquietas de un lado a otro en contraste con las de Martín, que permanecían quietas, fija la suya en la mirada de ella, estudiando con interés cada cosa que su interlocutora le contaba. Y cuando ha terminado es Martín el que, como correspondiendo a las intimidades reveladas, se ha puesto a hablar de lo que le ha ocurrido a él en estas tres semanas, lo hace sin las reservas de otro tiempo, confesándose sin ambages. Eso sorprende a Ileana, que se siente muy orgullosa de que le confíe sus secretos. Le cuenta la obsesión «largamente acariciada» que se le despertó por la mujer de un amigo suyo, llamada Erika, mejicana, y que, como un canalla,  una noche trató de sofocar con su exalumna Ana; de su partida al faro para descansar del esfuerzo de su novela, de la impresión que le produjo descubrir en él su retrato ―aquí se prodiga en elogios y epítetos hacia su belleza―, la misteriosa aparición de María, la sobrina de Erika, doctoranda de Salamanca, una mañana al despertarse dentro de su cama y su posterior idilio ―Ileana arqueó las cejas, sorprendida, y exclamó: qué atrevida―; la no menos misteriosa aparición estelar de la propia Erika prácticamente al marcharse ésta, que lo sedujo esa misma noche y que como en las mejores películas acabó por hacer realidad su obsesivo sueño y superar lo imaginado en sesenta y dos horas de idilio. Y para remate de comedia francesa, la aparición en escena del marido, su amigo Héctor Vargas. Le refiere su bronca de madrugada tras volver de cenar  los tres, por una larga infidelidad, qué cosas, treinta años, de él con una amante, y el mal ambiente que provocaría su decisión de marcharse por  la mañana. Y, no sin vencer cierto rubor, le describió a Ileana, el episodio de Erika introduciéndose en su cama de madrugada, para amarse por última vez, estando su marido abajo, durmiendo.
―Después Erika se levantó y, saliendo por la puerta, en voz baja, me dijo que aquella había sido su forma de despedirse.
La voz de Martín se fue haciendo más cálida hasta alcanzar un tono de recital. Ileana escuchaba con concentrada atención, conmovida, pues estaba ante un hombre que se exteriorizaba y le abría el contenido de su alma. «Y me sonrió. O me lo figuré. Hilvanada la llevo a mi vida por la levedad de un sueño largamente acariciado», terminó diciendo. Eso fue lo que dijo y a Ileana le pareció, sin entender qué significaba hilvanar, que era lo más bonito que nadie dijera jamás de una mujer, y que ojalá alguien le dijera alguna vez aquello de: «sueño largamente acariciado».
―Estoy sorprendida ―dijo tímidamente.
―¿Por la de cosas que me pasaron?
―Más que eso, porque nunca imaginé que ningún hombre me contara lo tú me has contado. Entre mujeres son normales ese tipo de confidencias, pero no entre una mujer y un hombre.
―Sorprendida gratamente, espero ―con una chispita de perplejidad en la cara.
―Sí, por supuesto. Gratamente. Y con admiración.
Martín sonríe. Ella le devuelve la sonrisa. Así de frente, los ojos tranquilos, oscuros y dulces, irradiaban tanta lealtad, que la hacían pensar en ciertos galanes de telenovela cuando miran a la protagonista como si esta fuera una hermana, sin importar el que sea un bellezón, y una sabe que mirando así no lo va a intentar jamás.
―Es curioso, nunca antes me había pasado esto de abrir mi alma, se me ha debido pegar algo de la sinceridad liberal de Erika.
Hace una pausa y bebe un sorbo de cerveza.
―O quizá, pensándolo mejor ―continúa―, sea debido a que nunca antes tuve una amiga como tú, para hacerlo. Una amiga especial.
Eso de «amiga especial» ha disparado todas las alarmas, ¿está tratando de seducirla? No obstante, sigue confiando en él. Escruta sus ojos por si acaso, siguen diciendo lealtad, y no advierte en su rostro más de lo que advertiría en el de una estatua. Mira, entonces, la hora en el reloj de él, girándole la muñeca. Le gustaría estar más tiempo charlando, le dice, pero como no quiere abusar de la paciencia de su amiga Marifé, que se habrá hecho cargo de los críos en su ausencia ―tendrá que mentirle un poco y contarle que estuvieron hablando de consejos legales para que no le dé por pensar que encima de mantenida se anda divirtiendo por ahí con el primer hombre que se la cruza―, y disculpándose se despide, ha sido un placer pero me tengo que ir, y se levanta. Martín insiste en acompañarla hasta su casa para asegurarse de que al doblar cualquier esquina en cualquier calle no se encuentre a su exmarido, y la tenga. La noche es perfecta, estrellada, la brisa ha barrido las nubes y la luna está en su sitio. Aparea su paso al del hombre, y trata de mirar en la dirección en la que él lo hace, al horizonte: asegurando la zona, cerciorándose de que todo va bien. Así, de pie y de perfil, aún le parece todavía más alto y más guapo. Miró sus manos hinchadas por el trabajo y el vestido que llevaba: uno viejo, pasado de moda. Lamenta no llevar tacones y algo de maquillaje, y no estar vestida adecuadamente, lo que no ha hecho en el tiempo que lleva separada. Al pasar frente a un escaparate vio su reflejo y se sintió poco atractiva, llevaba demasiado tiempo ocupada en sus problemas para pensar en sí misma que era como si la cuestión de su aspecto hubiera dejado de importarle, hasta ahora, pero afortunada de tener un amigo especial como Martín a quien eso traía sin cuidado. Le empezaban a gustar esas dos palabras: amigo y especial. Y segura. No sabría decir por qué pero se siente segura junto a aquel enigmático solitario escritor que fue capaz de jugársela y de pelearse por defenderla, y que gasta su tiempo con alguien como ella, una extranjera ignorante que por desconocer, desconoce la mitad de las palabras que ha pronunciado en la conversación. Es como una mezcla del hermano mayor que nunca tuvo y de un padrino, que tampoco.
Por qué a mí, Martín, ¿por qué a mí me cuentas lo que a nadie? Es la pregunta que se le quedó en la boca y que no se atrevió a formular cuando con dos besos, muy formal y protocolario, se despidió de ella en el portal, y que se fue preguntando todo el trayecto arriba al subir las escaleras ―era un quinto sin ascensor―.



Continuará... 
        ©Humberto, 2013