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martes, 31 de mayo de 2011

LA REVOLUCIÓN

LA REVOLUCIÓN






Al día siguiente de la revolución el hombre despertó, abrió los ojos y vio una extraña escena: En el techo estaban la cama, la mesita y la alfombra, y a su izquierda la lámpara, colgando del revés. Se frotó los ojos, incrédulo, y descubrió que donde había dormido toda la noche no era el suelo sino el techo y que, aún más grave, seguía allí  en ese momento, sin despegarse.  Dio saltos, desesperado, tratando de volver al suelo, pero todo fue en vano. Por más que saltaba continuaba en el techo. Así, aterrorizado, gritando «¡Estos cabrones han debido invertir la polaridad del sistema!» salió de la casa por una ventana y cayó en el cielo.
Todavía está cayendo, solitario, esperando que se le atraviese algún revolucionario compasivo que revierta la polaridad. 

La amistad, la gratitud y el olvido.

La amistad, la gratitud y el olvido.





Dos amigos cruzaban el desierto cuando una disputa los enfrentó. La palabra subió de tono y uno de ellos, cegado por el arrebato, acabó propinando al otro una bofetada. El ofendido no dijo nada. Se inclinó, tomó la arena entre los dedos y escribió:
«Hoy mi mejor amigo me ha dado una bofetada».
Reanudaron el camino en silencio hasta que alcanzaron un oasis. Allí, buscando alivio del calor, decidieron bañarse. El que había recibido la bofetada, aún dolorido, resbaló en el agua y comenzó a ahogarse. Sin vacilar, el otro se lanzó a salvarlo.
Cuando el peligro pasó y el aliento volvió a su pecho, el salvado tomó un estilete y empezó a grabar unas palabras en una gran piedra. Al terminar, podía leerse:
«Hoy mi mejor amigo me ha salvado la vida».
Intrigado, el amigo le preguntó:
—¿Por qué cuando te herí escribiste en la arena y ahora escribes en la roca?
El otro sonrió con serenidad y respondió:
—Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir la ofensa en la arena, para que el viento del perdón y del olvido la borre sin dejar rastro. Pero cuando un amigo nos salva, nos honra o nos regala algo grande, es justo grabarlo en la piedra firme de la memoria del corazón, donde ningún viento del mundo pueda jamás borrarlo.


Adaptación de texto. 

lunes, 23 de mayo de 2011

«Platonica amore»




LIBRO PRIMERO
«Platonica amore»





M
arisa es rubia, de ojos azul cobalto. Tiene veinte años. No es muy alta, más bien —y sin tacones— se diría que tira a baja, pero su talle proporcionado lo compensa. Cursa segundo de periodismo y tiene el sueño y la pretensión de escribir. Hace seis meses que ella y su grupo de amigos han fundado un taller literario, y todos los jueves se reúnen en una mítica cervecería del casco antiguo para leer, ante todos, sus escritos, hacerse críticas y sugerencias, debatir sobre si es o no bueno, declamar poemas y chorradas por el estilo. Vive de alquiler en un apartamento próximo a la ciudad universitaria, acompañada únicamente de un canario al que ha puesto por nombre Marcel en honor a uno de sus escritores preferidos (Proust).

Era el mes de febrero y, hasta entonces, Marisa nunca antes lo había visto. Esa mañana, a primera hora, aquel hombre se sentó junto a ella en la clase de expresión escrita de la facultad de Ciencias de la Información. Era moreno y delgado, algo alto. Rostro anguloso. Aparentaba tener unos treinta y tantos años largos; con aquella edad desentonaba del resto de alumnos que, en su mayoría, no pasaban de los veinte, y porque además el muy capullo, allí sentado, parecía disfrutar con la ponencia del profesor. ¿Un alumno que disfrutaba? Puede que fuera por eso que se encendiera la llama, o quizá, tal vez, el detonante ocurriera unos días después, otra mañana en que se le dirigió por primera vez cuando estaban en pleno ejercicio de comentar un texto en cuyo encabezamiento figuraba un latinajo de cuatro palabras, que a Marisa le hizo soltar un gruñido de queja.
—Así para otros, no para vosotros —le dijo el hombre susurrando.
—Perdona, ¿Cómo dices?
—Es lo que significa la frase en latín del encabezamiento, «sic vos non vobis»: así para otros, no para vosotros.
—¡Ah!, gracias.
Mientras continuaba escribiendo, hundida la cabeza entre las líneas,  no hacía más que pensar: ¿Un hombre culto? ¿O ha sido  suerte de conocer el latinajo? No pudo evitar mirarlo varias veces de soslayo comprobando que estaba realmente concentrado, entregado a la tarea de escribir. Se le forjó la idea de que era uno de esos licenciados, puede que de filología, que a los años deciden volver a matricularse en otra carrera para ampliar conocimientos o para completar formación. Pensándolo mejor, seguro que se trataba de un periodista ejerciente con ganas de refrendar trabajo con título.

Puede que no fuera ese día cuando empezó, se decía Marisa en soliloquios cuando, pasado todo, pensaba sobre el asunto, sino otro, cuando en un descanso le vi en la cafetería sentado solo, con su inseparable cuadernillo sobre la mesa y un libro entre las manos. Los intelectuales me han atraído desde siempre.
Marisa no pudo evitarlo y, disimuladamente, pasó caminando cerca para ver el título: A la busca del tiempo perdido — Marcel Proust.
«¡Era un hombre culto!».

No, no le encontraba respuesta porque lo cierto era que no la había, Marisa se había ido acostumbrado a observar cosas como que a diferencia de los demás, que lo hacían en folio, él tomaba notas en un cuadernillo de cuero, a lápiz, con letra muy menuda. O en que ponía todos los acentos, algo que en ella era obcecación. Y por cosas tan banales, aunque le parecieran espirituales y etéreas, como la forma en que se le caía el flequillo sobre la frente o por la seriedad que aparentaba en todo momento y que le asomaba en forma de extraño brillo en los ojos.  Daba igual cuándo, ocurrió, simplemente en algún momento la curiosidad pasó a  obsesión. Se obsesionó hasta las trancas con verlo y de esa obsesión nació algo que no sabía muy bien qué era pero que se negaba a definir como amor. Así, cada mañana, al inicio de clases, lo buscaba anhelante para ver dónde estaba sentado, una vez lo localizaba se entregaba a la tarea de observarlo sin que él lo percibiera. Hallaba  verdadera fruición  cuando al espiarlo le veía abrir su cuadernillo, posarlo con cuidado sobre el pupitre y escribir en él con minuciosidad de relojero, o quitarse la chaqueta y dejarla tras del asiento, o guardarse el lapicero en el bolsillo de ésta. También le encantaba ver la forma en que tenía de fruncir el ceño. A veces se decía: «Tía, estás muy mal ¡Con lo que tú eras!». Pero después se convencía de que lo suyo era la complacencia para las impresiones costumbristas, de que todo lo hacía para tener una historia que contar algún día, en un artículo de opinión, por ejemplo, daba igual el tema, en el periódico de tirada nacional en el que trabajase o, mejor aún, en el libro que escribiría siendo mayor y que, qué leches, sería toda una revolución en su género. Trató de enterarse de su nombre preguntando a otros alumnos pero ninguno lo conocía. Nadie sabía quién era. Llegó a pensar que se trataba de un ser invisible para todos menos para ella, alguien que no existía salvo en su imaginación: el espectro del amor invisible y platónico.


***
La primera semana de marzo él faltó a clase. La siguiente semana igual, faltó toda ella, y ya el jueves se angustió. «No volveré a verlo» —concluyó—. Esa noche no cenó ni durmió. La atención sobreexcitada le hacía percibir los más leves sonidos, se la pasó toda en blanco pensando en que se habría esfumado de su vida sin saber ni siquiera su nombre. Pero al día siguiente, el viernes, lo volvió a ver sentado junto a ella, con su flequillo y su cuadernillo, ¡El muy capullo! ¡Estaba serio y circunspecto como si tal cosa! Por unos minutos Marisa entró en cólera, estuvo a punto de echarle una bronca, pero, reconsiderándolo, se contuvo: al fin y al cabo quién era ella para pedirle cuentas a un desconocido, todo no ocurría sino en su cabeza.
—De ser algo, es un mal digerido impulso; para esto del amor fui siempre muy cerebral ¿Qué me pasa?
 Se juzgó un instante y dictó sentencia: Se estaba comportando como una colegiala, de forma pueril, por tanto dejaría de ser un ensueño o no sería nada. Ella era una mujer, toda una mujer. Tenía que hacer algo, decidirse, dar el paso, pero no podía plantarse ante él y simplemente soltárselo. «Oye, mira, que me he fijado en ti y…». No, así no, con su edad la tomaría por una chiquilla o por una fresca, o por ambas cosas. O peor aún, una loca. Se imponía mejor utilizar las armas de mujer, la secular estrategia que tan buenos resultados da siempre si se sabe utilizar, y bien que la había utilizado con sus otros novios. Así que resolvió iniciar de una vez una relación de amistad y dejar para más adelante lo que el destino quisiese dar por servido.
No se lo pensó mucho más, y ese mismo día lo abordó en la cafetería. Lo saludó, le preguntó por varias cosas de clase, disimulando su nerviosismo con una sonrisa. Y finalmente lo soltó.
— Oye, ¿Quieres venir a una tertulia literaria?
— ¿Una tertulia de escritores?
— Sí, somos una pandilla que leemos, declamamos y esas cosas, pienso que tú debes de saber un montón más que nosotros sobre eso.
—Vale.

***

Salieron de la cervecería donde, con su grupo de la tertulia, habían estado toda la tarde debatiendo sin que él apenas participase. Por lo extraño del tono nada más recordaba que les había preguntado si soñaban, y luego a los que dijeron que sí, con qué.  Recorrieron las calles del viejo Madrid bajo el cielo plomizo de la tarde, hasta llegar al domicilio de ella. Ella sonrió todo el tiempo. Él parecía atraído. Ya en el portal, sin apenas haberlo sugerido, se empezaron a besar de forma compulsiva. No hubo muchos preámbulos: Fueron dejando un rastro de ropa desde la entrada hasta la cama. El apartamento era pequeño, de una sola habitación y salón que a la vez sirve de recibidor, cocina y pasillo. Cuando todo hubo terminado, y el fuego desatado sobre la cama se exilió bajo sus sabanas al cubrirse, evitando más la vergüenza que el enfriamiento, la pareja se quedó un rato en silencio, como pensando. Sólo se oía la respiración mezclada con el tráfico de la calle, roto por él para preguntar con qué soñaba.
—Sueño con ser escritora, no sé, con plasmar algo maravilloso.
Él sonrió con su respuesta.
—Me he dado cuenta, con los años, que  nuestro mundo externo pierde en solidez, si creemos que no existe por sí, sino por nosotros. Pero que  si, por contra, miramos adentro, entonces todo nos viene de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que no existe.
— ¿Qué hacer, entonces?
—Pues amiga mía, tejer el hilo que nos dan, soñar nuestro sueño, vivir.
Ella se quedó un poco confundida con aquella respuesta y guardo silencio, esperando una aclaración que no se producirá.
—El amor de una mujer —prosiguió, cambiando de tercio— es un regalo inesperado en un momento inesperado. — Que sonó a tengo que decir algo bonito antes de irme para salvar este momento.
En efecto, dicho esto empezó a vestirse, le dio un último beso y abrió la puerta excusándose con que mañana madrugaba y tenía muchas cosas que hacer. Marisa se había imaginado esa escena con ellos dos acurrucados charlando toda la noche, rasgándose las entrañas y desempolvando sus confidencias personales hasta que la sombría aurora entrara por la ventana. Pero la realidad era otra, que como no se cocina se sirve cruda. El Romeo se iba, sonaba la melodía que preludia el fin.
—No te he preguntado cómo te llamas, no sé ni tu nombre.
Martín.
Y cerró la puerta.
Oyó el eco de sus pasos bajar por la escalera hasta ser engullidos por el ruido del tráfico.

No lo volvió a ver más. Martín nunca volvió a aparecer por clase. El resto del curso Marisa se lo pasó pensando en él, al principio con remordimiento, «La culpa fue mía por haber roto el cascarón de la ensoñación para hacer la tortilla de la realidad », luego con odio, «Todos los hombres son iguales, unos capullos», y al final con indiferencia «No merecía la pena». La herida se restañó en septiembre, cuando Marisa conoció a un chico y se diluyó, como el hielo, el fantasma de Martín: La mancha de una mora con otra verde se quita.
***
Pasaron cadenciosos, diez años. Marisa trabaja desde hace dos como reportera para una tele local cubriendo todo tipo de eventos, y lo consideraba como un mérito después de haber estado tres como freelance. La vida no ha resultado como esperaba. En el amor tampoco: hace unos meses que rompió con su último novio, que era el cuarto. En todo ese tiempo, entre amores que iban y venían,  el recuerdo de Martín le asaltó algunas veces como el forajido en el camino. Se trataba de un recuerdo vago, siempre el mismo, en clave de hipótesis sobre lo que podía haber sido y no fue. Hoy se encuentra en la sala de conferencias de un Hotel del norte de la ciudad, donde el último galardonado con el premio nosecuántos (aún no se lo preparado, es el segundo acto de las cuatro que tendrá que cubrir esa mañana), dará una rueda de prensa y después firmará libros. Hay una veintena de redactores y otro tanto de fotógrafos. Entra el conferenciante, entre el relampagueo de los flashes y precedido por el anuncio «fue policía, profesor y escritor, por ese orden. Un gran aplauso para él» que vomita en alto el presentador. Pese a las canas lo reconoce enseguida: se trata de Martín. Sorpresas te da la vida —susurra— la vida te da sorpresas.
Martín, en su discurso acerca del libro habla de los sueños, «son el motor, más que vivirlos hay que tratar  realizarlos para descubrir que en ese preciso instante dejan de serlo». Luego le toca al editor que ensalza, cómo no, el libro y promete que será un superventas, etcétera, y finaliza diciendo: Ahora, para los que lo hayáis comprado, Martín os firmará el libro.
Marisa ha guardado la cola impaciente preguntándose si la reconocerá, mientras le entrega el libro ha creído notar algo parecido al momento justo antes de saber la nota de un examen.
— ¿A quién se lo dedico?
—Es para mí, me llamo Marisa.
¡No la ha reconocido!, piensa con desilusión, cierra el libro, lo guarda en el bolso y se va del lugar corriendo a la boca del metro pues se ha retrasado y llega tarde a la siguiente cita, que para variar es en el otro extremo. No ha mirado atrás. Ya en el metro, con más calma, abre el libro para ver la dedicatoria. Se lleva las manos a la cara de sorpresa. En la portada, con letra de menuda de lapicero, dice:

Para Marisa:
Al igual que tú, yo también soñaba con ser escritor y por miedo al mundo exterior y al interior no lo era; no supe sino hasta conocerte el modo de tejer los hilos y vivir el sueño de la vida.
«sic mihi, non tibi»


—Fin—

©Humberto

jueves, 19 de mayo de 2011

Bachillerato de excelencia

Bachillerato de excelencia



Por Luis María Ansón, de la Real Academia Española

«El bachillerato -decía Pedro Sainz Rodríguez- es la gimnasia imprescindible para formar la musculatura intelectual que permita elegir luego la carrera acorde con las facultades de cada alumno. Lo primero que necesita un deportista es la preparación atlética. Luego, según sus preferencias y aptitudes, escogerá el tenis, el fútbol, el baloncesto o la natación. La adecuada formación en el bachillerato permitirá al alumno acertar al elegir Derecho, Medicina, Periodismo, Arquitectura o Ciencias Exactas».
Pedro Sainz Rodríguez estableció el mejor bachillerato que ha conocido España con relación a su época. Se respetaba en él la tradición educacional española, se innovaba lo que era necesario y se abría la enseñanza a la modernidad. Desde entonces, muchos han sido los aciertos y considerables también los errores y vaivenes en los incontables planes para el estudio del bachillerato. El adanismo adolescente de Zapatero ha comprometido también nuestro entero sistema educacional. Ahora, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, por mimetismo con distintas experiencias de otros países, ha decidido establecer un Bachillerato de Excelencia al que tendrán acceso principalmente los estudiantes con Premio Extraordinario en la ESO. La decisión de Esperanza Aguirre, cuya sabiduría en materia de educación tiene generosas lagunas, ha despertado un debate de fuerte ebullición en la clase política española, de tan dilatada tradición bovina. El balido más generalizado es que se va a establecer una fórmula discriminatoria y segregadora, arbitrada además por los poderes públicos. En lugar de dejar trabajar a la iniciativa privada, la tentación totalitaria del Estado se desploma sobre una parcela especialmente delicada para modelarla a su antojo. Al antojo del gobernante de turno que en ocasiones será conservador, en ocasiones socialista, tal vez comunista. En un Gobierno de coalición PSOE-IU, la consejería de Educación recaerá indefectiblemente en un político comunista.

Al margen de esos riesgos, deberían ser los propios colegios, los que, por su exigencia y buena gestión, definan la excelencia. Recuerdo de mis tiempos pasados lo que significaban en Madrid el Instituto Ramiro de Maeztu o el colegio del Pilar, y fuera de España, Hun School o Eton. Ahora, Esperanza Aguirre quiere ser ella la que establezca la excelencia creando un bachillerato sin experiencia y con fuertes dosis de discriminación. Se trata de una aventura más del Estado voraz frente a una sociedad empequeñecida por el ansia de mandar de los políticos.
Claro es que la iniciativa anunciada por la presidenta madrileña tiene ventajas; claro que parece conveniente incentivar a los mejores. No todo resulta negativo en el Bachillerato de Excelencia como afirman sus detractores. Entre el blanco y el negro se extiende una sutil gama de grises. Tal vez lo prudente sería no imponer nada y sugerir a los centros privados que fueran ellos los que arbitraran fórmulas para que los mejores alumnos encuentren cauces adecuados para estimular y acentuar su formación.

Las tres formas de estilo principales, según PÍO BAROJA

Las tres formas de estilo principales, según PÍO BAROJA

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Creo que hay tres formas de estilo principales:
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La primera considera el estilo constituido por las formas literarias antiguas famosas; este estilo se capta con la lectura de los clásicos. Hay un libro de un profesor francés, Albalat, que creo que se titula La formación del estilo por la asimilación de los autores. Para este escritor hay que asimilar a los autores griegos, sobre todo a Homero. La cosa es un poco absurda, porque ¿cuántos escritores habrá que puedan leer a Homero en el original? Para ello, un escritor, un sainetero, tendría que ser un helenista, pero un helenista sabio.

Porque asimilarse a Homero en una traducción al castellano o al catalán es bastante cómico. ¡Qué cantidad de necedades dicen los profesores sabios!

El sainetero Labiche, que a mí me parece un autor magnífico, tendría que haberse puesto a leer la Ilíada o la Odisea para escribir el Viaje de monsieur Perrichón.

La segunda tendencia sería el considerar el estilo como ornamentación verbal. El estilo bueno, según esta tendencia, es el que tiene palabras de aire brillante cogidas en la calle y en los diccionarios. También sería prueba de buen estilo, según esta versión, el perseguir los "ques" y evitarlos, como los verbos auxiliares "haber", "ser", "estar" y los asonantes.

El estilista con este criterio sería siempre el que dijera las cosas, no con más perfección y exactitud, sino de una manera más llamativa y menos corriente.

La tercera tendencia consistiría en considerar el estilo como una manifestación, la más completa, de la personalidad y la individualidad literaria.

Yo me considero partidario de esta tendencia. Me gusta siempre el autor que se expresa con mayor claridad, con mayor precisión, con más rapidez y, al mismo tiempo, con los mayores matices.
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PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Tusquets, Barcelona, 2006, págs. 528 y 529