Vistas de página en total

sábado, 25 de febrero de 2012

EL INCUNABLE



EL INCUNABLE



Torciendo a la izquierda de la calle de Alberto Alcocer, subiendo hacia el norte, en el corazón del Olivar de Chamartín, se encuentra silenciosa y sombría, la que fuera morada de Menéndez Pidal, convertida hoy en la fundación que lleva su nombre. Un recio chalet de tres plantas con jardín que apenas es visible por los árboles. En cada habitación, pasillo o rincón de la casa hay estanterías que contienen libros antiquísimos, libros acumulados por millares, libros que parecen dormir esperando a que alguien, un erudito, libere el tesoro encerrado en sus hojas, escritas cuando el castellano estaba en pañales.
***

Castellana arriba marcha el  coche del ujier de la Fundación. Va pensando en que no hace ni media hora que lo han llamado de urgencia desde la central. «Señor, — le ha dicho una voz de telefonista— , es urgente. Ha saltado la alarma en una de las habitaciones de la Fundación. Allí se encuentra uno de nuestros vigilantes junto con la policía, pero no pueden comprobarla porque no tienen llaves para acceder al interior. Es preciso que un responsable vaya a abrirles». Se ha vestido presuroso, la cosa no es para menos, ha cogido el coche y ha salido volando. Luego mientras conduce se ha ido poniendo de mal humor. Allí estaba él, un Domingo, de mañana, solícito a un reclamo. Él, que era todo un doctor en lenguas románicas, a abrirles la puerta a unos cualesquiera como un portero cualquiera. Acudiendo como un perrillo al reclamo del pastor.

—¡De portero! Me tienen hoy, a mí, de portero. Hala, «véngase para acá» y yo como un pelele a llevarles las llaves a unos tíos que, a  buen seguro, no sabrán ni quién era el tal cancerbero. Ni malditas las ganas. Este puesto tiene mucho de honorario, pero de «honorarios» nada (y ríe el juego de palabras que le ha salido). Viste sí, queda bien en las tarjetas, pero esto de tener que dejar mi libro para hacer de portero… ¡En domingo!…

El ujier tiene, como muchos españoles, en baja estima a los de uniforme y en muy alta a sí mismo. La cosa del exceso de orgullo personal. 

Son ya las doce del mediodía. El sol de julio cae a plomo sobre el asfalto. Junto a la verja de la Fundación Menéndez Pidal hay un vigilante que, con cara de aburrido, mira para el principio de la calle, como esperando algo. En efecto, al poco llega un vehículo de policía y de él se bajan dos hombres. Uno, joven, alto y delgado, de mirar despierto; el otro, maduro de cincuenta y tantos, corpulento, con gesto adusto y pinta de poder contar muchas batallas. Saludan con dos «buenos días» cordiales; respondido con otro «buenos días» que suena hospitalario.
—¿Qué tenemos —pregunta el hombre cuyas arrugas del rostro atestiguan haber visto despierto un montón de amaneceres.
—Pues nada, lo de siempre: ha saltado la alarma dentro, en una habitación, y no tenemos llave, con lo que no puedo entrar para comprobarla.
—Ya empezamos con «lo de siempre». Je. ¿Y qué solución te han dado?
—Van a avisar a un responsable, que ya, según me han dicho, se ha puesto de camino. Estará al caer, pues hoy no hay tráfico. Yo desde luego llevo aquí ya una hora.
—¿Y qué hay aquí dentro que lo haga tan importante, tú, para llamarnos a nosotros?
—¡Libros! —responde el joven que ha leído con grata sorpresa que se trata de la fundación de un hombre al que venera—. Aquí dentro hay de todo, libros antiguos, únicos… hasta un ejemplar del Mío Cid. Es como la Biblioteca Nacional pero en pequeño. Aquí tenemos un tesoro bibliográfico.

 En eso están cuando llega el Ujier. Saluda con un «buenos días» que ya, por la hora, debiera ser «tardes» y que suena seco, más que frío, distante. Apenas si presta atención a lo que le responden ocupado en sacar un manojo de oxidadas llaves. Abre la puerta y con un gesto les indica que entren.
—¡No se les vaya a ocurrir tocar nada, que aquí todo es muy valioso! 
Todos se vuelven ante una frase lapidaria como aquella, tan de advertencia divina.
El vigilante le echa una mirada al veterano como diciendo: «¡Vaya tío nos ha tocado hoy!»; que éste responde con una mueca interpretable como: «Paciencia, mucha paciencia y buenos alimentos».
La casa es espaciosa y amplia, y huele a mezcla de caverna con madera de barco. Tiene varias habitaciones que los cuatro hombres van recorriendo e inspeccionando por orden; y largos pasillos por donde resuenan los ecos de sus pasos. Todo son estanterías, todo son libros y más libros, y polvo de siglos acumulado en ellos.
El joven tiene en el lugar más florido de su biblioteca el Manual de Gramática Histórica Española (1942), piensa que estos libros que descansan allí son los mismos con los que su maestro trabajó, y se lo puede imaginar allí sentado escudriñando a Góngora y Santillana. Se siente observador privilegiado. La casa representa para él el templo del saber filológico y el ujier su sumo sacerdote. Sin embargo el ujier piensa que aquellos tres son unos paganos que lo están profanando. Todo el tiempo que llevan investigando no ha cesado de repetir que si cuidado con esto, que si no abran aquello, que si mira que llega a faltar algún papiro. Cuidado, hombres, cuidado.
 El joven entra en una sala con terraza que lleva el nombre de Lapesa, otro lingüista muy leído por él, y contempla, junto a una mesa, un viejo libro de tapas coriáceas que está abierto sobre un atril. Se acerca para olerlo. Quiere saber cómo huelen trescientos años juntos, uno tras otro, emanando de aquellas hojas amarillentas.
—¡Cuidado, hombre, que eso es un incunable!—grita el ujier a viva voz.
—Tranquilícese, pierda cuidado que no lo iba a tocar. Nunca lo haría; sólo lo miraba para ver si era latín, pero, ya que lo dice, éste no es un incunable —le responde con calma no exenta de una, digamos, seriedad académica.
El hombre se acerca como ultrajado en su quintaesencia académica. «Cómo que no es un incunable. ¡Me va éste tío a decir a mí, doctor por la Complutense, lo que es o no es o deja de ser!», va pensando. Se coloca las gafas y se acerca al libro en cuestión hundiendo en él su nariz. Sorprendido, con cara de pasmo, rectifica y dice:
—Tiene usted razón, no es un incunable sino un códice.
El joven le sonríe como si no pasase nada y continúa con la inspección ocular como si tal cosa. El vigilante y el veterano han estado observando cariacontecidos la escena. «¡Toma del frasco Carrasco!», se han dicho, esta vez arqueando las cejas.
Terminan de recorrer la vieja casona: la alarma resultó falsa. Fuera ya, los cuatro hombres se despiden, montan en sus vehículos y se van del lugar. El chalet recupera su silencio, el sol se cuela por entre las hojas tiñendo de oros las blancas paredes, y los libros siguen durmiendo con sus arcanos por descubrir.

 
***

El ujier, camino de casa, no deja de pensar en que ha quedado como un tarugo al confundir un incunable con un códice, y en que aquel joven debía ser un erudito que, por alguna extraña razón que no comprende, se metió a policía. «Eso es. Cómo coño si no iba a saber un polizonte eso», musita.  El doctor en románicas se ha quedado con ganas de hablar con el joven, de saber algo más de él. Nunca sabrá que el joven estuvo a punto de hacerle una broma con el can Cerbero mitológico al verlo con las llaves cerrando la puerta. Pero no lo hizo. Ambos corrieron un estúpido velo.
El vigilante  ha vuelto a otra alarma más —la décima de esa mañana—. Se olvida pronto de la anterior, después se olvida del veterano que le comprendía sin hablar, y, al poco, del incunable.
El veterano, en la barra del bar donde han ido a tomar algo, le pregunta al joven:
—¿Pero bueno, compañero, cómo coño sabías lo de ese libro?
—Je, no sé nada de incunables, amigo, de hecho, nunca había visto ninguno, lo que ocurre es que me sabía la definición de incunable: se trata, básicamente, de los primeros libros que se imprimieron al inventarse la imprenta. Y aquel era un manuscrito, o sea, hecho a mano, vamos: que no estaba impreso ¿entiendes?
—¡Qué jodío! Por un momento pensé: «Hostia, ando de patrulla con una eminencia y no lo sabía» (risas). Cómo sois los jóvenes. Qué corte se ha llevado el estirado ese. Gilipollas.
Y ríe a mandíbula batiente. Parece que se vaya a partir en dos.
El fantasma de don Ramón, con sus luengas barbas, se asoma en un espejo del bar y le guiña un ojo al joven.
El joven, aunque no ha mentido, no ha dicho toda la verdad.

 © Humberto 2009.

 
Dedicado a todos los que fuimos alguna vez a alguna que otra «alarma falsa», también a los que peleamos dos veces: una, al tener que ir a vivir a Madrid y, luego, otra, al salir de Madrid para volver. Dedicado además a los que creen en ese falso tópico de nuestra incultura.
 

sábado, 18 de febrero de 2012

EL BRAZO PERDIDO


       EL BRAZO PERDIDO



 

Julio de 1936. Los mozos de izquierdas se reúnen frente a la iglesia del pueblo. Se han enterado de que los militares de África se han sublevado y de que, por fin, sus compañeros mineros, sus camaradas de las Cuencas, han hecho la revolución truncada años antes. Ahora todo será como en Rusia: amor libre; paro y huelga del obrero; igualdad. No habrá que trabajar para ganarse el pan. Mandarán los obreros y no habrá patrón.

Ellos deciden aportar su granito de arena y tumbar la estatua del Cristo que, con los brazos abiertos, corona el ábside central de la iglesia. Representa el símbolo de sus problemas. Al grito de: «¡al carajo con él!», le atan un cabo y, todos a una, con mucha fuerza, quiebran su base y tiran al suelo al falso ídolo, el tótem opiáceo de un pueblo que empieza a despertar. La estatua se precipita contra el suelo. Se parte en varios pedazos y, casualmente, queda medio cuerpo sin un brazo. El brazo que le queda, eso sí, está como saludando hacia arriba. Uno de los presentes dice: «Mirad, el muy hijoputa está haciendo el saludo falangista». Acto seguido, coge una maza y fractura aquel brazo de un solo golpe. Sus amigos hacen añicos el resto. Pronto llegaría la guerra y luego la paz, con un desfile victorioso de por medio al que todos procuraron acudir, y con el tiempo todos se olvidaron del Cristo, como se olvidaron de la guerra y sus penurias: pasaron página.

1996. Un cura de los de aquí te espero, exprofesor de filosofía, ya mayor, llega a la parroquia como nuevo párroco. Pronto se hace con los parroquianos; es jovial, inteligente y muy llano; al decir de todos, muy preparado. Estudia el templo, lee los documentos que tiene y se percata de que falta la estatua del Cristo, y decide, además de restaurar sus frescos interiores, devolverle el Cristo tal y como estaba inicialmente. Para ello pide dinero a sus feligreses y cuelga un papelito en la iglesia: «Una cuestación para el nuevo Cristo». 

Al día siguiente, un hombre manco se le acerca tras leerlo. Viene despacio, con ese respeto torpe de quien no sabe bien si tiene derecho a hablar, y le entrega un cheque en blanco por la totalidad —dice— de lo que cueste esculpirlo de nuevo. El papel tiembla apenas entre los dedos, como si no fuera dinero lo que ofreciera, sino una forma tardía de pedir perdón.

—Padre, yo fui quien le dio el mazazo al Cristo —y, bajando la voz, le explica a continuación el episodio—. Aquellos días todo era ruido y prisa, y uno no pensaba; se hacía lo que hacían los demás, o lo que parecía que debía hacerse. Luego, en la guerra, cuando la cosa se puso mal —prosigue—, y empecé a pasar hambre, me pasé al otro bando. No fue por ideas, ni por valentía; fue por un plato caliente y por seguir vivo. Acabé de soldado nacional y, en la batalla del Ebro, peleando contra los que se suponía que eran los míos, perdí el brazo por un tiro que me dieron. Recuerdo el golpe seco, la tierra, el silencio después del estruendo… y la sensación de que todo quedaba saldado de golpe.

Hace una pausa, mira al suelo y aprieta el sombrero contra el pecho.

—Y yo siempre pensé que Dios me había castigado por aquello. Que aquel mazazo volvió a mí en forma de bala. Por eso vengo, padre: no para comprar nada —que eso no se compra—, sino para ver si aún hay modo de reparar, aunque sea un poco, lo que rompí aquel día.

—¿Piensas que Dios te ha castigado? No, hijo, no. Dios no castiga. No hay ese juego de causa y efecto. No por rezarle ha de mandar la lluvia o traer el sol. Piensa que, de ser así, a alguien como De Juana Chaos le habría enviado, por lo que hizo, las siete plagas y la lepra juntas, por lo menos. Toma el cheque, hijo; no se te va a devolver el brazo, y el perdón por aquello es gratis. Estás perdonado, porque esto cuenta como confesión a mis ojos y a los de Él —y señalaba con el índice hacia arriba, al cielo—.

—El cheque está bien. Quiero pagar esa estatua y descansar tranquilo, pues cometí un error: dejé manco a Cristo y, al convertirme en manco yo, comprendí que no hay que ser injusto, que no hay que prejuzgar a nadie y que los errores, más tarde o más temprano, se pagan. Es hora ya de que pague el mío, aunque sea con dinero.

—Es curioso, porque esa estatua, según me consta, la pagaron entre todos los del pueblo, tus paisanos, por suscripción popular. La tumbaron unos del pueblo, los que no habían cotizado, y ahora uno solo del pueblo la quiere poner en su sitio.

—Así es. Los mozos pensábamos entonces que hacíamos la revolución. Ya sabe. Que nuestros padres y vecinos estaban equivocados y que con nosotros o contra nosotros; y me va a perdonar, pero entonces usted y yo estaríamos peleados o, ¡quién sabe!, le hubiésemos incluso pegado un tiro. Y hoy ya ve cómo estamos. Hablando.

—Tu herida es de otra naturaleza. Pero parece que hoy le has puesto miel sobre hojuelas.

En la actualidad, la iglesia luce remozada en su estado primigenio, y la estatua, tras un paréntesis de sesenta y cuatro años, corona nuevamente la iglesia, como siempre había sido. Como nunca debió dejar de ser. De nuevo sobre el ábside rectangular, testigo mudo y silencioso de los avatares y miserias, los alzamientos y hundimientos del jodido sino humano. Y la historia casi nadie la conoce, salvo sus dos protagonistas y un servidor.

La estatua le corroía en la memoria. La herida estaba abierta y, para cicatrizarla, puso una tirita existencial: resultó. Esperaba con aquello ser perdonado o corregir una mala acción con otra buena. Algo muy de catecismo quizá, pero es así: si no siembras, no esperes recoger, y si solo siembras vientos…

FIN

En una guerra civil, muchas veces, no se elige el bando; le toca a uno jugar con fichas de un color una partida en un terreno que ni siquiera ha escogido. Al principio se involucraron tan solo los profesionales y los ideólogos; después, la movilización alcanzó a todos. Y al final, cada cual tuvo su guerra particular. Cada uno recuerda la suya, y la recuerda a su manera. Pero esa memoria empieza ahora a mudarse, no porque así lo decidan quienes la vivieron, sino porque se les persuade de que fue distinta. Se reabre la vieja herida y se reaviva el viejo orgullo del vencido. No: perdieron todos, y nadie ganó. Hubo quien murió injustamente, sí; hubo quien supo mudarse a tiempo y salir vencedor; hubo perdedores que acabaron ganando y vencedores que terminaron perdiendo; y hubo incluso quien, sin haber participado, tomó el barco por si acaso y se fue de nuestro país, como participantes hubo que regresaron en barco sabiendo que estaban perdonados.

Marco Tulio Cicerón tenía a la historia por maestra de la vida: magistra vitae est. La vida de los hombres es una lección de historia y, si la historia es maestra de algo, lo es precisamente de la contundencia de nuestros errores. Las historias humanas son también la Historia misma, pues, al fin y al cabo, son los hombres quienes la escriben; pero no deben pretender dirigirla ni consentir que les sea dirigida. Aprendamos de ella, sí, pero no demos lecciones. Que cada cual se aplique el cuento y aprenda, en silencio, la lección bien


©Humberto 2008.










 

jueves, 16 de febrero de 2012

«El padrísimo»


 

 «El padrísimo»


Año 1942. Crudo invierno. En una taberna del viejo Madrid un hombre habla solo. Se trata de uno de los bebedores habituales, un anciano de aspecto venerable que hoy está más ajerezado de la cuenta. Nadie lo conoce más que de vista y por el nombre, puede ser que se llame o atienda por Nicolás. Ha entrado dando vaivenes y apenas se sostiene, por lo que para seguir vertical está, más que apoyado, agarrado a la barra del bar. El soliloquio que está repitiendo empieza a entenderse.
 —Digo, ¡«Paquito» en El Pardo! —musita en voz baja.
El tabernero se percata de lo que ha dicho, pero hace como que no lo oye.
El hombrecillo sube la voz y, esta vez, lo oyen todos.
—«Paquito» en El Pardo, ¡pero si no sirve para nada! Ramón es el que tenía que estar ahí ¡Ese sí que valía!, ¡si lo sabré yo!
La clientela se vuelve hacia el hombrecillo. «Ha llamado ‘Paquito’ al Caudillo», suelta uno al fondo. «Está insultando al ‘generalísimo’», advierte el otro. «Hay que hacer algo» resuelve alguno.
Si hubieran estado solos a lo mejor el tabernero no hubiera hecho nada, pero delante de toda esa gente lo mejor, por si acaso, era llamar a la policía no sea que luego alguien se chivara de él por no haberlo hecho y buscando, buscando, le encontraran algún pecadillo de juventud. Eran los tiempos en los que unos tenían que significarse y otros evitar hacerlo. Tiempos difíciles: Los vencedores quieren cosechar, los vencidos olvidar y ser olvidados, y, los más, vendimiar algo de la cosecha como sea, es decir, cambiando de chaqueta. Afuera hay una «causa general» pendiente y una España humeante y hambrienta que sueña con jamones, llena nada más que de ausencias y pérdidas, de silencios rotos por muchos gritos. Hay miedo.
El hombrecillo de mirada perdida seguía con su letanía injuriosa cuando una dotación de policía armada se presentó. Todos señalaron a Nicolás con el dedo. «Es aquel tío».
El cabo, ex combatiente, iba a preguntarle por lo que había estado diciendo del «Generalísimo» pero no hizo falta. Seguía repitiendo su letanía como si tal cosa, ajeno al uniforme que tenía delante y a la realidad. No daba crédito. Nunca nadie había osado decirle eso ante sus mismos bigotes. «La policía es como el rayo que a unos fulmina y a otros espanta». Era entrar él y hacerse el silencio. Esos comentarios eran de paredón.
 —Vamos, ¡Andando, estás detenido!
Y el cabo auxiliado por los otros tres policías soltaron, acto seguido, una serie de muy hispanas imprecaciones.
Introducido a empellones en el vehículo fue conducido a la Puerta del Sol (D.G.S.). Por el camino iba diciendo: «¡Paquito en El Pardo!».
—Tú sigue, rojo canalla, que verás la que te espera.
Al llegar lo arrojaron en un banquillo con otros detenidos, donde se fue desplomando como un muñeco. Los inspectores que recibieron a aquel hombre de vida disoluta para instruirle unas diligencias y meterle el paquete de los gordos, no tardaron en sacar su ficha del recién creado DNI: Don Nicolás Franco salgado -Araujo, Intendente General de la Armada en situación de Reserva. Todos los presentes se quedaron de piedra cuando el agente de 2ª lo leyó, menos el susodicho que estaba ya durmiendo la mona. Acababan de detener, de forma expeditiva, al padre de Franco, el Jefe del Estado, Su Excelencia el Generalísimo. Por Dios Santo y todos los Ángeles del Cielo. Lo mismo un dudoso amanecer de estos se encontraban todos ellos ante un pelotón. Carreras y prisas. Alarma general.
«¡Avisen al Comisario!».
Inmediatamente, tras deliberarlo un rato y con más miedo que vergüenza, se contactó con El Pardo para consulta y espera de instrucciones. La orden recibida:
—Llévenlo a casa y procuren que no salga de allí en ese estado. Y de lo actuado me den cumplida cuenta a la mayor brevedad, y con la mayor de las discreciones (Saludo al uso: Arriba España).
Con tanta rapidez como amabilidad dejaron a aquel hombrecillo en su domicilio de la calle de Fuencarral, dentro de su cama. Cuentan que cuando ya se iban, dando reverencias y taconazos, don Nicolás se volvió e insistió:
—Digo, ¡«Paquito» en El Pardo!

© Humberto 2009
PD: Don Nicolás, el «padrísimo», falleció al poco de este episodio.

lunes, 6 de febrero de 2012

QUEJAS DE HOY, QUEJAS DE SIEMPRE


QUEJAS DE HOY, QUEJAS DE SIEMPRE




Pamplona (Navarra). Año 1961. Un joven policía, en su turno de descanso en la Cárcel Provincial, se acerca al fuego que arde en un bidón. Entre garita y garita, el frío se le ha metido en los huesos. El mosquetón Mauser con el que anda pesa mucho. «Ojalá fuese un subfusil», musita. Los veteranos que lo contemplan claman al cielo:
—¡Vaya lo que nos ha venido! Estos jóvenes no valen para nada, ¡blandengues! ¡Estáis como para ir al frente! —dice uno, mientras añade un tronco a la lumbre.
—Si hubierais vivido una batalla como la del Ebro o un frente como el de Teruel… ¡Allí sí que hacía frío! —refuta otro, liándose un cigarrillo.
Afuera hiela; dentro, se congela una réplica: «no hay nada malo en estar arrecido de frío». Luego, animados por el crepitar del fuego, aquellos supervivientes de cara cetrina y arrugas prematuras cuentan historias de guardias de asalto batiéndose el cobre con los mineros, de camaradas caídos por cartuchos de dinamita, de heladas que congelaban los mocos de la nariz.
El joven no sabe nada de la guerra, solo que nació en medio. Tampoco entiende por qué razón se chupa una hora más de garita que un veterano, y siempre los turnos a horas más intempestivas. Lo comprenderá años después, cuando tenga canas: la veteranía es un grado. Recuerda, eso sí, las palabras de su padre, veterano de guerra:
—Si te vas a la Policía Armada, vete, pero luego no te quejes. No te quejes nunca.
Razón tenía, porque una vez, recién llegado de Sevilla, fue a quejarse al capitán y le metió tres días por réplicas desatentas.

Año 1981, sede de la Circunscripción de Asturias, León y Santander. En la cantina, un joven policía nacional se queja ante los veteranos de los militares, del Código Militar, de la medicina de la Seguridad Social… y de las dos horas de puertas con subfusil al hombro que acaba de cumplir.
—Afortunado tú, que no conociste la sanidad militar ni a los militares «de verdad». Ahora se puede hablar, pero entonces… ¡solo por esto te hubiesen arrestado! —le contesta un viejo policía de ojos grises, mirada lánguida que da fe, como los surcos de sus arrugas en la frente, de años amargos y duros.
Los veteranos se ríen: lo de quejarse siendo joven está mal visto. Alguien le dice que si hubiera conocido «lo de antes», las Banderas Móviles y los desplazamientos sin previo aviso a las huelgas; los viajes en Land Rover: calor en verano, frío en invierno; los militares que venían del ejército; aquellos coroneles rígidos, taciturnos, marciales que exigían obediencia ciega; los veteranos que habían sido guardias de asalto, la mala hostia que tenían, las putadas que les hacían a los nuevos…
Al poco se hace el silencio. En la tele juegan la Real Sociedad y el Madrid; parece que van a ganar los vascos. Uno suelta un improperio. Por el sueldo nadie protestará en esos años, pues el ministro Martín Villa, unos años antes, se lo acaba de subir y les puso a la altura de un ATS (o, como se decía entonces, un practicante). Tampoco por el horario: ya no se hace el 24x24, doblando con gimnasia, instrucción y orden cerrado.
El joven no entiende que, con su bachillerato terminado y sus inquietudes por el derecho y por formarse profesionalmente, esté allí chupando puerta, de seguridad, con aquellos haraganes desertores del arado. Así que, con el tiempo, echará minuta para el 091, y, obtenida la plaza, se irá allí.
El servicio de Radiopatrullas es otra cosa: no tiene nada que ver con el cuartelero de Prevención. Se patrulla en Talbot y en 131. «Se es policía de verdad», piensa. Allí coincide con el veterano de Pamplona. Como le ve tan animoso, éste le da el sabio consejo de que se presente para cabo. A la primera, el joven aprueba.

Año 1995. Madrid. En el cuarto de los zetas de una Comisaría de Distrito, un joven del CNP, recién jurado el cargo, se queja: del BX que no tiene aire acondicionado, del sueldo, del horario de los cinco turnos (americano), de lo exiguas que son las pagas extras en comparación con las de los locales, que cobran el doble, del dichoso cambio del Código Penal que tendrá que estudiar de nuevo, e incluso del jefe, que es un «ogro» y un «dictador».
Todos los veteranos lo miran como pensando: «¡Vaya!, nos ha descubierto que la tierra gira». El que lo oye, un subinspector —no otro que el joven anterior, solo que ha envejecido, añejándose, y ha tenido que hacer las maletas dos veces por sus «inquietudes», una a Basauri (Vizcaya) y otra a Madrid, más otra que se va a producir en breve— le dice que no se queje tanto, que desconoce lo que había antes. Que ha patrullado en vehículos peores, ¡mucho peores!, recalca. Que lo del sueldo es cíclico: ahora están por debajo de los municipales de Madrid, pero en otro tiempo no lejano estuvieron muy por encima, incluso de los bomberos. Que el horario fue peor, y le habla del 24x48 que padeció. Le habla, incluso, de la «Universidad de Canillas», que no gozaba de las comodidades de la Ávila.
El joven aprenderá pronto que quejarse del mal de muchos es tontería, como lamentarse del polvo en el desierto o del runrún del mar en una costa.

Año 2007. Asturias. Comisaría Local. Una «de pueblo». Un joven con apenas dos trienios se queja ante el veterano del jefe y del sueldo. El veterano lo mira y no dice nada. Piensa que este joven, que raja tanto, ha estado siempre en el País Vasco, sin pisar la calle, sin saber lo que es seguridad ciudadana ni los cinco turnos (con sus diferentes cadencias), cobrando más, librando más, y que en la mitad de tiempo ha conseguido venirse adonde a él le costó más de nueve años.
Se está quejando del jefe —de éste, que es un trozo de pan, maldice—, cuando no ha conocido a fulano, el «ogro», ni a mengano, el «dictador», ni a… e inmediatamente pasan por delante de él un álbum de fotografías. Una galería de personajes de muy diferentes tonalidades.
—«Comisario» —repasa—, esa palabra le inspiró siempre respeto, la asociaba a categoría humana y profesional, pero es lo primero que aprendió a perder, y lo peor es que no sabe muy bien por qué.
—¡Nueve años de zeta!, que son un montón de amaneceres juntos —reflexiona—. Pero unos cuantos miles.
Luego el joven le habla de la peligrosidad y de los atentados, de la zona conflictiva, de tantas cosas por las que mereció venirse primero, antes de tiempo. Toda una lista.
—No ha habido de eso en Madrid. No. Allí todo era más fácil —musita irónico.
Parece como si no hubiera oído. Y continúa con la lista de porqués. La lista es larga, al contrario que su currículo.

Año 2009. Los dos anteriores, algo más viejos, oyen impertérritos cómo un «agregado», obscenamente más joven que nadie en la plantilla, se queja de que le van a subir la retención, que va a cobrar menos por ello en enero y de que, ¡oh ingrata fortuna!, el jefe le ha asignado Nochevieja. Que esa noche debía estar pagada, que un portero de discoteca no trabaja por menos de 190 euros, que si él tiene unos estudios… Al punto, pregunta por la paga extra, que le ha parecido una «mierda».
—¿Sabes lo que eran las «bufandas», joven? —dice, al fondo de la puerta, un jubilado que ha venido de visita y lo ha estado escuchando.
—No.
—Pues no te quejes tanto.
Sonríe, saluda con la mano y se va.
El anciano no recuerda muy bien lo que hizo ayer, pero sí su primer día en Pamplona. Aún le parece estar oyendo los ecos de las alertas en la cárcel: «¡Aleeeerta el uno!», «¡Aleeerta el dos!»… «¡Alerta estáaaan!». Y viendo las sombras de sus guardias viejos, que ya habrán ido todos a formar… por última vez.
No quejarse ha sido su máxima. Las quejas, como las palabras, se las lleva el viento; lágrimas en medio de la lluvia. Son los hechos y los papeles los que permanecen.
Afuera llueve. Y dentro de la comisaría también. Cae agua, como caen lamentos y quejas, con una letanía pasmosa. Desde siempre ha sido así.



© Humberto 2010