—¡Abuelo! —gritó el niño con ojos brillantes, llenos de risa y de prisa.—Dime, hijito…—¿Me das un abrazo? Pero rápido.—Claro que sí, mi pequeño, pero ¿por qué rápido?—Porque mamá está a punto de despertarme, y no sé cuándo volveré a tener otra oportunidad.
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lunes, 12 de enero de 2026
Abrazos eternos
sábado, 20 de julio de 2019
EL RETROVISOR

Había salido de viaje al terminar el turno, la idea de arañar horas al sueño y amanecer en mi cama de Asturias, aunque fuera tarde, me pudo. A medida que caía la noche, la autopista se había ido quedando en calma. Escuchaba música en la radio cuando, surgido de la nada, apareció frente a mí el Kamikaze. Los focos me deslumbraron. Logré esquivarlo de un volantazo.
Miré por el espejo retrovisor, atrás, a la carretera marchando, sintiendo que yo era ya mi pasado, que el futuro estaba sucediendo a mis espaldas.
martes, 12 de diciembre de 2017
En las primeras horas de la madrugada
Frank Sinatra detuvo el coche en un semáforo. Los peatones pasaban presurosos delante de
su parabrisas, pero, como siempre ocurría, hubo alguien que no lo hizo. Se trataba
de una muchacha de unos veinte años que se había quedado en la acera mirándolo
fijamente. Él la veía de soslayo y sabía, porque sucedía casi a diario, que
estaría pensando: «Se le parece, pero ¿será él?».
Cuando el disco iba a cambiar, Sinatra se
volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos, esperando la reacción de
asombro que no tardaría en manifestarse. Así fue, y él le sonrió. Ella contestó
con otra sonrisa, y Sinatra salió disparado.
martes, 10 de enero de 2017
Asomada a la ventana

Se
acercó a la ventana. La lluvia rompía en los cristales en ese momento, pero
Sara estaba mucho más allá, en ese mucho más allá ilocalizable adonde ponen
proa los ojos de todas las mujeres cuando miran por una ventana y la convierten
en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen
invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se
acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines
ignotos, pensaba Martín mientras estudiaba su rostro como si fuera la primera
vez. O como la última.
jueves, 10 de diciembre de 2015
EL CARTEL
EL CARTEL
Está de rodillas en la acera de una calle muy comercial, sobre cartones, tiene delante un cartel que dice: soy ciego, una ayuda, gracias. Martín, que se ha detenido en la acera contraria lo lleva observando un rato, desde la lejanía. Aunque la calle está llena de transeúntes, comprueba, nadie deja ninguna moneda en el cesto. Todos parecen más preocupados de los escaparates, de las luces y de los adornos que del hombre. Finalmente decide salir del vehículo patrulla. Lleva un rotulador en la mano. Hola, buenas tardes, le dice al ciego quitando el tapón que deja mordido en la boca. Buenos tardes, responde éste con acento del este. De cerca puede ver sus ropas raídas, la barba de varios días asomando y el iris de sus ojos sin luz. Sobre cincuenta y pico de años, le calcula. Pocos más años que los que él mismo tiene. Toma el cartel, le da la vuelta y escribe en el reverso: concentrado, con soltura, sin mirar a ningún lado. Lo deja de nuevo en el sitio, guarda el rotulador satisfecho de que, después de tantos años, haber aprendido a rotular le haya servido para algo útil, se hurga en el bolsillo, suelta unas monedas en el cesto. Muchas gracias, caballero, sonríe el ciego mostrando unas encías descarnadas, ignorante de todo. A continuación Martín vuelve al coche, ante las miradas atónitas de varias señoras que portan muchas bolsas con compras navideñas y la de Pablo, su compañero.—¿Qué le has escrito, compañero?Martín sonríe de medio lado, mientras se gira para observar por la ventanilla cómo las mujeres que antes lo miraban, se han acercado a depositar también unas monedas.—La frase del cartel no era afortunada. Se la he cambiado por otra.—¿Cuál? No puedo ver desde esta distancia, la gente me tapa.Martín no dice nada, arranca y deja al ciego atrás, que se va haciendo más y más diminuto hasta que desaparece por completo.—HA LLEGADO LA NAVIDAD, PERO NO PUEDO VERLA —le contesta finalmente.Pablo sonríe con la ocurrencia de su compañero. Si hace lo que siempre ha hecho, piensa Martín, obtendrá los resultados que siempre ha obtenido.
©Humberto, 2015.
miércoles, 11 de junio de 2014
Estaba seguro de que vendrías
Estaba seguro de que vendrías
La calle, después del tiroteo, se había llenado de coches de policía, y montones de curiosos se asomaban a las ventanas. En la entrada del banco se veía el cuerpo tendido de un policía, sobre un charco de sangre, y el de uno de los atracadores, en decúbito supino, con un agujero en la sien y una mueca de imbécil, consecuencia del rigor mortis.Según algunos testigos, los atracadores habían descerrajado varios tiros a bocajarro al agente cuando este se asomó para ver qué ocurría dentro, pues algo parecía haber levantado sus sospechas, y se topó con ellos al salir. Aun así, le dio tiempo a efectuar un único y certero disparo, desde el suelo, que mandó al otro barrio al que parecía el cabecilla. Después, el resto de la banda —unos cinco en total— había respondido con subfusiles al fuego del compañero de dotación, a quien todo le había sorprendido en el exterior y que hizo lo que pudo y supo: rodilla en tierra, el brazo estirado con el arma, disparo a disparo, tratando de evitar que volvieran a rematar a su compañero. La respuesta fue una ráfaga que lo regó todo de casquillos y sembró el terror en la calle. A continuación, los atracadores, al verse bloqueados, cerraron las puertas tras de sí y se hicieron fuertes en el interior, capturando rehenes y disparando, a las primeras de cambio, contra todo lo que se moviera o se acercara a las puertas.Mariano, compañero del Zeta del agente abatido, sorteando furgones y ambulancias, se acercó al comisario, que estaba parapetado tras un blindado, y le dijo:—Es mi compañero el que está ahí tirado, señor. Solicito permiso para ir a recogerlo.El comisario miró primero a Mariano, frunciendo el ceño, y después al cuerpo del policía. Negó con la cabeza.—No. Ni hablar. Denegado —replicó—. No quiero que arriesgue usted su vida ni la seguridad del operativo por un hombre que, probablemente, ha muerto. Ya está bien por hoy.Había arrastrado la palabra «probablemente».Se hizo un silencio. Al cabo de unos segundos, Mariano se giró, dándole la espalda. Hizo ademán de volver a su puesto, pero, de repente, haciendo caso omiso de la orden, soltó una imprecación, se saltó el cordón policial y, corriendo como un galgo, se lanzó hacia la entrada.Los de dentro abrieron fuego al verlo llegar. Y los policías del cordón también. Todo se quebró en fogonazos, chasquidos de impactos y esquirlas volando. Las cristaleras, ya dañadas por refriegas anteriores, terminaron de fragmentarse y venirse abajo, y el techo de pladur se desprendió, cayendo sobre el interior del banco y levantando una nube de polvo blanco que se mezcló con el de la pólvora.Cuando se produjo un alto el fuego y cesaron los silbidos de las balas, tan pronto como se disiparon el humo y el polvo, los policías pudieron ver que Mariano se levantaba y, tambaleante, herido de varios disparos, regresaba cargando el cadáver de su compañero.El comisario estaba furioso; las venas del cuello se le hinchaban.—¡Ya le dije que estaría muerto!Mariano permanecía sombrío, con una firmeza que dejó al otro pensativo. La sangre le manaba del brazo y del costado y, al bajar por la pernera, empapaba y teñía de rojo el uniforme. De pronto, cayó desplomado.Entonces el comisario tragó saliva y reculó. Se agachó, se acercó a él y le habló de cerca:—Dígame, ¿merecía la pena ir hasta allí para traer un cadáver?Y Mariano, moribundo, en el último impulso de la agonía, respondió:—Claro que sí, señor. Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: «Estaba seguro de que vendrías».
martes, 31 de mayo de 2011
LA REVOLUCIÓN
LA REVOLUCIÓN
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Al día siguiente de la revolución el hombre despertó, abrió los ojos y vio una extraña escena: En el techo estaban la cama, la mesita y la alfombra, y a su izquierda la lámpara, colgando del revés. Se frotó los ojos, incrédulo, y descubrió que donde había dormido toda la noche no era el suelo sino el techo y que, aún más grave, seguía allí en ese momento, sin despegarse. Dio saltos, desesperado, tratando de volver al suelo, pero todo fue en vano. Por más que saltaba continuaba en el techo. Así, aterrorizado, gritando «¡Estos cabrones han debido invertir la polaridad del sistema!» salió de la casa por una ventana y cayó en el cielo.Todavía está cayendo, solitario, esperando que se le atraviese algún revolucionario compasivo que revierta la polaridad.
La amistad, la gratitud y el olvido.
La amistad, la gratitud y el olvido.
Dos amigos cruzaban el desierto cuando una disputa los enfrentó. La palabra subió de tono y uno de ellos, cegado por el arrebato, acabó propinando al otro una bofetada. El ofendido no dijo nada. Se inclinó, tomó la arena entre los dedos y escribió:«Hoy mi mejor amigo me ha dado una bofetada».Reanudaron el camino en silencio hasta que alcanzaron un oasis. Allí, buscando alivio del calor, decidieron bañarse. El que había recibido la bofetada, aún dolorido, resbaló en el agua y comenzó a ahogarse. Sin vacilar, el otro se lanzó a salvarlo.Cuando el peligro pasó y el aliento volvió a su pecho, el salvado tomó un estilete y empezó a grabar unas palabras en una gran piedra. Al terminar, podía leerse:«Hoy mi mejor amigo me ha salvado la vida».Intrigado, el amigo le preguntó:—¿Por qué cuando te herí escribiste en la arena y ahora escribes en la roca?El otro sonrió con serenidad y respondió:—Cuando un amigo nos ofende, debemos escribir la ofensa en la arena, para que el viento del perdón y del olvido la borre sin dejar rastro. Pero cuando un amigo nos salva, nos honra o nos regala algo grande, es justo grabarlo en la piedra firme de la memoria del corazón, donde ningún viento del mundo pueda jamás borrarlo.
Adaptación de texto.
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