«SI YO CREYERA ESO...»
Graham Greene ha expresado algo muy agudo y penetrante cuando dice que es, muchas veces, instructivo y eficaz para el creyente dialogar con aquellos que no tienen fe; porque éstos, de un golpe, le dan toda la medida y nivel real de lo que el creyente tiene... y parece que no tiene por el desgaste familiar de la convivencia.
El no creyente honrado que oye el despliegue de todos los dogmas y artículos de la fe saca unas conclusiones totales y rectilíneas y se desliga por una lógica metálica e insobornable que avergüenza nuestras incongruencias: nuestras situaciones cotidianas de «fe muerta». El no creyente dice con ingenuidad: «Si yo creyera eso...», y pronuncia, como consecuencia de su hipótesis, el más deslumbrador sermón del olvidado e intrépido contenido de nuestra creencia. Todo lo que nosotros pensamos, lejano y especulativamente, del santo, lo piensa él sencillamente del lógico.
A mí me ha impresionado siempre observar que en las grandes misas polifónicas —así la de Victoria; así la del «Papa Marcelo», de Palestrina— el Credo es la pieza de mayor excelencia y altura musical. Porque, bien mirado, el Credo no es más que una tabla de artículos de fe. No exclama, no reza, no celebra: expone sencillamente. A nadie se le ha ocurrido hacer una pieza musical de la «Declaración de los Derechos del Hombre» o de la «Constitución de los Estados Unidos». ¿Qué entraña musical tienen los artículos del Credo que se deslizan tan fácilmente al himno?
Y a mí me parece que no deja de ser higiénico trasladar esta observación a todas las posiciones en que, de algún modo, interviene cierta forma de fe. Ni es improcedente recordar eso en estos días todavía cercanos a la fecha nacional del 18 de Julio. Se canta en ese día reiteradamente el «credo» nacional y político. Pero no puede cantarse ningún credo sin derivar hacia la consecuencia himnaria.
Otra cosa parecerá revelar la misma inconsecuencia; la misma situación de «fe muerta» que denunciaba Greene en el área religiosa. Hace poco el doctor Stuermer hablaba en «Punta Europa» de los esfuerzos que la UNESCO realiza por lograr lo que se está llamando la «integración de la historiografía europea», o sea, una operación de cuidadosa depuración de los textos históricos para eliminar las herencias poco amistosas, los puntos de fricción. Pero, naturalmente, esto se ha realizado más urgentemente en aquellas líneas más próximas y vistosas que, por episodios bélicos recientes, se suponen propicias al odio prefabricado. Se revisa cuidadosamente la historia franco-alemana, anglo-alemana, franco-italiana.
España, con su buena carga de deformación histórica frente a tantos pueblos —Francia, Inglaterra, Países Bajos—, se viene quedando al margen de la metódica revisión oficial. Pero casi no importa: la simple probidad científica de los grandes maestros, sin acuciamientos estatutarios, por pura pasión de verdad, va realizando una gran revisión histórica, que gana en pureza lo que pierde en oficialidad.
Chesterton, Belloc, Dawson, Ranke, Toynbee, Kempe... La nómina de nuestros amigos no es deleznable, y darles las gracias parecería extemporáneo porque la ciencia pura no es cuestión de cortesías ni encargos.
«Cuando España deja de ser española y huye de sí misma —ha escrito el último, Richard Kempe—, se desnaturaliza y apenas aporta nada al continente. Los que se mantienen fieles a las esencias nacionales son los únicos que, a la postre, son tomados en consideración allende las fronteras».
Y el primero, Chesterton, había dejado escrito rotundamente que la historia de España, olvidando sus fines y aportaciones y reconcentrada en sus piezas instrumentales —Inquisición, autoritarismo—, era tan descabellada como sería la historia de Nelson en aquel que desconociera concienzudamente su genio, sus victorias, sus planes, su sabiduría náutica y sólo tuviera copiosas referencias de la existencia del gato del barco o del sádico e implacable cómitre que obligaba a remar a las tripulaciones.
Todo dinamismo humano tiene su pieza fea escondida en el motor. Conocer de la historia de nuestro Imperio y nuestra defensa de la Cristiandad europea nada más que la Inquisición sería tan asombroso como hacer la historia de esa última gran guerra, que ellos llaman de la democracia frente a la tiranía, a través del espionaje o la censura de correos y telégrafos.
Pero se me ocurre si será sólo el mundo exterior el que necesita esa defensa de la historiografía hispánica para encajarla en ese concierto universal amistoso. ¿No necesitamos, antes, nosotros mismos, los españoles, integrarla en nuestros espíritus?
De los tranquilos panoramas históricos de Ranke o Toynbee resulta una España, «marca» y avanzada de Europa, como Macedonia lo fue un día de Grecia: salvadora físicamente frente al Islam y los turcos, creadora de todo un mundo cristiano y europeo.
Y como lógica consecuencia, según Chesterton, el país donde se está observando el retroceso de la ola tremenda que llevó a Europa a la locura. Esto desemboca en una menuda fe, en un credo: lo que hemos establecido en España para salvaguardar este movimiento salvador y difícil es, en sus líneas maestras, nuestra verdad. Una disminución de la libertad mecánica para salvar las libertades espirituales; una autoridad fuerte; el deseo de una catolicidad auténtica; una reviviscencia de la vida social en un orden sindical que asegure la justicia.
Todo este credo está ahí: lleno de caídas, de impurezas, de imperfecciones, pero intocable en su impulso. Y ahí está también el proyecto histórico de prolongarlo en una continuidad monárquica, llena de pasión popular y católica.
Pero ¿no nos parece estar oyendo decir a los otros pueblos no creyentes; a los que, rotos desde el Renacimiento con esa fe, no pueden seguirnos en el vuelo espiritual; a los comprometidos con blanduras y disoluciones democráticas, la objeción del incrédulo de Greene: «¡Si yo creyera eso!...»?
¿Es verdad del todo nuestra fe? A veces parece que nuestra falta de ímpetu consecuente objeta frente a la integridad de nuestro antecedente de fe. Parece que transitamos, como tantos en la esfera religiosa, por la zona opaca de la «fe muerta».
Sí, eso es así: es así en la historia, en el libro, en la ciencia, en la proclamación de nuestro credo. Pero... Y frente a principios tan exactos y concretos, el «pero» es huidizo, nebuloso: «¿Quién va a estas alturas?», «¡El mundo va ya por otro lado!», «¿Cómo vamos ahora?».
Parece que sufrimos un pudor paralizante construido de meras razones circunstanciales. Tenemos todavía una cierta conciencia lineal y progresista, y no entendemos nada que parezca retorno, reencuentro. ¡Como si no nos enseñara la historia todo el cúmulo de persuasiones, desde el repudio de Lope y los autos sacramentales hasta la fe en Diderot o Voltaire y hasta la ilusión de la poesía didáctica, que parecían dogmas en el alma de un hombre de 1790 y han sido sustituidos por convicciones vueltas a sacar de fondos anteriores del equipaje histórico!
Si tenemos una fe, tengamos unas obras. A veces, cuando oigo al hombre de la calle, muy persuadido de lo que le conviene, fabricarse, sin embargo, sus propios entorpecimientos vacuos y calumniar los propios principios, instituciones y personas que el buen sentido elemental y rectilíneo propone para «continuar», pienso si la «operación descrédito», que fue la «leyenda negra», al ser abandonada por la enemistad forastera, no se está traspasando a la bobería interior.
José María Pemán
De la Real Academia Española