La conocí en una ciudad castellana donde el invierno llegaba pronto y se instalaba en las calles como un huésped desagradable. Era una de esas ciudades de piedra amarillenta, soportales húmedos, campanas que daban las horas con desgana y cafés donde los hombres discutían de política para no tener que hablar de sus asuntos. Yo había llegado huyendo de Madrid, sin otro motivo que el cansancio. A cierta edad uno descubre que los grandes motivos suelen ser una invención y que, detrás de casi todas las decisiones, hay una mezcla de aburrimiento, orgullo y miedo.Me alojaba en una fonda de la calle Mayor, en un cuarto estrecho con cama de hierro, palangana desportillada y una ventana que daba a un patio donde las mujeres sacudían alfombras por las mañanas. Pasaba las horas leyendo periódicos atrasados y dando paseos sin rumbo. No esperaba nada; o, mejor dicho, esperaba que sucediera algo sin tener que molestarme en provocarlo.Una tarde de octubre fui a la estación. El tren de Madrid venía retrasado, como casi siempre, y los viajeros aguardaban en el andén con esa resignación que produce el trato prolongado con la administración y los ferrocarriles. La vi junto a una columna. Llevaba un vestido oscuro, un abrigo demasiado ligero para aquella época del año y una maleta pequeña de cuero gastado. Miraba las vías. Tenía el rostro pálido y unas ojeras que le daban un aire de cansancio antiguo. Me acerqué a preguntarle la hora.—Las cinco y veinte —contestó.Después volvió a mirar hacia la boca del túnel. El tren tardó todavía media hora. Hablamos del frío, del retraso y de la incomodidad de esperar. Se llamaba Elena, vivía en un pueblo cercano y había ido a la ciudad a resolver unos asuntos familiares. Cuando me preguntó qué hacía yo allí, respondí que estaba de paso.Sonrió ligeramente.—Todos estamos de paso.Lo dijo sin tristeza, como quien comenta el tiempo. Sin embargo, aquella frase se me quedó grabada. Llevaba años viviendo de esa manera, de paso en todas partes y sin acabar de llegar a ningún sitio.Volví a encontrarla dos días después, en la plaza. Estaba sentada en un banco, leyendo una novela de cubierta amarilla. Me reconoció y me saludó con la cabeza. A partir de entonces empezamos a vernos. Paseábamos por las afueras, tomábamos café en un establecimiento oscuro y hablábamos de cosas que no tenían demasiada importancia. Elena no era una mujer habladora. Escuchaba con atención y respondía a menudo con una frase breve que desbarataba mis razonamientos. Yo tenía la costumbre de explicarlo todo; ella parecía haber llegado a la conclusión de que casi nada merece una explicación.Una tarde salimos por el camino del trigal. El campo estaba segado y quedaban algunas espigas secas que el viento inclinaba hacia el suelo. El sol caía sobre la tierra con una luz rojiza. Elena se detuvo.—Mire.—¿Qué?—La tarde.Miré el campo. No había nada extraordinario: unos surcos, un carro a lo lejos y una nube que se deshacía sobre el horizonte.—¿Qué tiene de particular?—No lo sé. Pero me gustaría acordarme de ella.Me pareció una idea un poco absurda, aunque me quedé mirando el paisaje. La luz tenía algo extraño, como si el día estuviera a punto de apagarse de golpe. Pensé que nada suena como el recuerdo, que nada vuelve a sonar igual. El presente es torpe y desordenado; el recuerdo, en cambio, selecciona lo que necesita y elimina lo demás.—¿Le ha ocurrido alguna vez —preguntó Elena— que un momento le parezca conocido antes de haberlo vivido?—Sí. Aunque supongo que será una ilusión.—Quizá. A veces pienso que hay instantes que nos esperan.La miré. Tenía el rostro vuelto hacia el sol y los ojos entornados.—¿Y cree que este es uno de ellos?Tardó en contestar.—No lo sé.Luego echó a andar y yo la seguí. Regresamos a la ciudad sin hablar demasiado. Tuve la impresión de que aquella tarde se había quedado atrás de una manera distinta de las demás, aunque no habría sabido explicar por qué.A finales de octubre, Elena empezó a hablar de su familia. Su padre había tenido una tienda de tejidos en el pueblo y había muerto dos años antes. Su madre vivía con una hermana casada. Ella había trabajado algún tiempo en una oficina, pero lo dejó. No parecía tener planes ni ganas de fingir que los tenía.—¿No le gustaría marcharse? —le pregunté una tarde.Estábamos sentados en un banco de las afueras. El viento levantaba polvo del camino y las primeras hojas secas se acumulaban junto a una tapia.—¿Adónde?—A Madrid. A París. A cualquier sitio.Se encogió de hombros.—La gente cree que cambiando de lugar cambia de vida. Luego descubre que se ha llevado consigo lo mismo que quería dejar atrás.Me molestó que tuviera razón. Yo había pasado años buscando una ciudad donde empezar de nuevo. Siempre encontraba alguna razón para marcharme: el trabajo, la gente, la falta de dinero, el ambiente. Nunca se me había ocurrido pensar que quizá el inconveniente viajaba conmigo. Es una posibilidad incómoda, porque no permite echarle la culpa a nadie.—¿Y usted no desea nada? —pregunté.Elena miró hacia el camino.—Claro que deseo cosas.—¿Por ejemplo?—Que algunas cosas no terminen.No supe qué responder. Al cabo de un rato añadió:—Pero terminan. Es lo único que hacen con absoluta puntualidad.Me eché a reír. Ella también sonrió, aunque no parecía haber hecho una broma. Elena no era resignada porque esperase poco de la vida, sino porque había esperado bastante.En noviembre recibí una carta de Madrid. Un conocido me ofrecía trabajo en una oficina. El sueldo no era gran cosa, pero bastaba para vivir y me permitiría salir de aquella ciudad donde empezaba a sentirme demasiado cómodo. La noticia me produjo una alegría inmediata. Después pensé en Elena.No había entre nosotros ninguna promesa. Ni siquiera éramos amantes, al menos no de una manera que pudiera explicarse sin recurrir a demasiadas palabras. Nos encontrábamos por las tardes, hablábamos, caminábamos juntos. A veces nuestras manos se rozaban. Ninguno hacía nada para evitarlo, pero tampoco nos atrevíamos a convertir aquel gesto en otra cosa.Durante unos días me dije que debía quedarme; después me convencí de que aquello era una tontería. No se puede organizar la vida alrededor de una posibilidad, me repetía. Es una frase razonable y, como casi todas las frases razonables, sirve para justificar las decisiones que nos dan miedo.Se lo conté una tarde, en el café.—Me marcho el lunes.Elena dejó la cucharilla sobre el plato.—¿Tan pronto?—El trabajo no puede esperar.—Ya.No hubo reproches ni preguntas sobre si pensaba volver. Aquella falta de resistencia me irritó. Yo había esperado que me pidiera quedarme, que mi partida le importara lo suficiente como para obligarme a tomar una decisión difícil. Quería que hiciera por mí lo que yo no estaba dispuesto a hacer por ella: pronunciar las palabras que pudieran cambiar las cosas.—Podría volver dentro de unos meses —dije.—Sí, podría.Miró hacia la ventana. Afuera, la gente cruzaba la calle con el cuello del abrigo levantado. Estuve a punto de decirle que no quería marcharme. No porque tuviera un plan ni porque pudiera ofrecerle una vida mejor, sino porque aquellas tardes se habían convertido en lo único que esperaba con verdadera impaciencia. Pero no lo dije. Ella tampoco me pidió que me quedara.Nos despedimos como dos conocidos que esperan encontrarse cualquier otro día. Al salir del café me sentí ridículo. Había deseado que adivinara lo que yo no me atrevía a decir y ahora estaba enfadado porque no lo había adivinado. La vanidad humana tiene estas cosas: prefiere perder lo que desea antes que reconocer que lo desea.El domingo fuimos por última vez al camino del trigal. El cielo estaba cubierto y hacía frío. Los campos tenían un color pardo, sin la luz que los había animado unas semanas antes. Elena llevaba el vestido oscuro de la estación, el mismo con el que la había visto por primera vez. Caminamos hasta la bifurcación.—¿Se acordará de mí? —preguntó.La pregunta me sorprendió por su sencillez. No me preguntó si volvería, si la echaría de menos o si había significado algo para mí. Solo quería saber si la conservaría en la memoria.—Claro que sí.Me miró.—La gente dice esas cosas cuando se despide.—Yo no las digo por eso.No sé si me creyó. Me habría gustado que lo hiciera, aunque tampoco tenía manera de demostrarlo. Seguimos unos pasos más. El viento movía la hierba seca junto a la cuneta.—¿Sabe una cosa? —dijo—. A veces pienso que todo lo que tenemos es esto. Unas cuantas cosas que recordamos y que nadie puede quitarnos del todo.—También podemos engañarnos con ellas.—Naturalmente. Pero incluso los engaños forman parte de nuestra vida.Nos detuvimos en la bifurcación y le estreché la mano. Ella apretó la mía durante un instante y después se volvió hacia el pueblo. Yo seguí por el otro camino. Al llegar a una pequeña elevación miré hacia atrás. Elena se alejaba entre los árboles desnudos; su figura fue haciéndose pequeña hasta confundirse con la sombra de la carretera.Me quedé allí unos minutos. Después regresé a la fonda y, al día siguiente, tomé el tren.Madrid me recibió con el humo de las chimeneas, el ruido de los tranvías y las voces de los vendedores ambulantes. Encontré una habitación en una casa de huéspedes y empecé a trabajar en la oficina. La vida se organizó pronto. Por las mañanas copiaba documentos y hacía cuentas; por las tardes iba a un café donde los habituales discutían sobre política, literatura y el porvenir de España. Casi todos tenían una explicación para el fracaso del país y una solución que nunca habían intentado poner en práctica. Yo hablaba poco y me acostumbré a pensar en Elena sin proponérmelo.No era una obsesión. Podía pasar días sin recordarla, pero de pronto algo me devolvía a ella: el color de un vestido en una calle, una mujer que miraba por la ventanilla de un tren, una tarde fría sobre los tejados. Recordaba cosas insignificantes: la forma en que sujetaba la taza con ambas manos, la arruga que se le formaba en la frente cuando escuchaba con atención o el modo de apartarse el pelo cuando el viento se lo echaba sobre los ojos.Una noche, un amigo me preguntó por qué estaba tan callado.—¿Tienes problemas?—No.—¿Entonces?—Me acuerdo de una mujer.Se rio.—Eso no es un problema. Es una enfermedad bastante corriente.No le contesté. Para él, recordar era una debilidad, una forma de perder el tiempo. A mí no me parecía triste conservar aquellos detalles. Si los recordaba era porque había estado allí, porque durante unas semanas aquella mujer había formado parte de mi vida. No necesitaba que nuestra historia hubiera terminado bien para admitir que había existido.Pasaron varios años. Cambié de trabajo, de habitación y de amistades. Tuve otras relaciones, algunas breves y otras más largas. Conocí mujeres inteligentes, mujeres alegres, mujeres que parecían capaces de organizar la vida de una manera que yo nunca había conseguido. Ninguna fue Elena, aunque eso no significa que fueran menos importantes.Una tarde de invierno recibí la noticia de la muerte de un antiguo conocido de la ciudad castellana. Había sido un hombre de la estación, alguien con quien había hablado alguna vez. Su nombre me devolvió a aquellos meses y, por primera vez en mucho tiempo, me pregunté qué habría sido de Elena. No tenía su dirección, nunca había conocido a su familia y ni siquiera estaba seguro de recordar el nombre completo del pueblo donde vivía. Pensé en escribir a alguien, pero no sabía a quién. Dejé pasar los días y después los meses.Hasta que una primavera, por motivos de trabajo, tuve que viajar a una ciudad cercana y decidí desviarme para volver al lugar donde la había conocido. La estación seguía allí, aunque habían pintado las paredes y cambiado los bancos. En el andén, un empleado discutía con un viajero; una mujer joven sujetaba a un niño que quería acercarse a las vías. Pregunté por Elena a un antiguo trabajador del ferrocarril. El hombre entornó los ojos.—Elena... ¿La hija del de la tienda de tejidos?—Esa misma.—Creo que se marchó. Hace muchos años. Su madre tenía familia en otra provincia. No sabría decirle más.No insistí. Salí de la estación y fui a la plaza. El café había desaparecido y en su lugar había una oficina bancaria. La ciudad me pareció más pequeña de lo que recordaba. Caminé hasta las afueras, pero el trigal ya no existía. Habían levantado unas naves industriales y una carretera cortaba el camino por el que paseábamos. Me detuve junto a una valla y miré el terreno. No había nada que reconocer.Me sorprendió que aquello me afectara. No esperaba encontrar las cosas intactas, pero una parte de mí había supuesto que el paisaje conservaría algo de lo que habíamos vivido. El mundo no tiene esa obligación.Me senté en un muro bajo. El viento levantaba polvo de la carretera y el sol comenzaba a caer detrás de las naves. Pensé en Elena y me pregunté si se habría casado, si habría tenido hijos, si alguna vez se acordaría de un hombre que había conocido durante unas semanas de otoño. Quizá yo no hubiera sido para ella más que un episodio menor. Tal vez recordase mi cara vagamente, sin poder asociarla a un nombre. No tenía derecho a exigirle al pasado que me confirmara nada.Sin embargo, mientras miraba el sol hundirse detrás de los tejados, me pareció sentir otra vez aquel fulgor repentino junto al trigal. Una claridad breve, inexplicable, como un relámpago que ilumina un paisaje durante un segundo y después lo deja más oscuro. Me pregunté si Elena lo habría sentido también. No había manera de saberlo.Regresé a la estación cuando empezaba a anochecer. Me senté en un banco y esperé el tren. Dos hombres hablaban de fútbol junto a una máquina expendedora; un empleado arrastraba una caja por el vestíbulo. En la vía contigua pasó lentamente un tren de mercancías, haciendo temblar el suelo. Saqué del bolsillo un cuaderno y busqué una página en blanco. Hacía años que no escribía nada que no fueran notas de trabajo. Apoyé el cuaderno sobre las rodillas y anoté:Nada suena como el recuerdo,
nada vuelve a sonar igual.Me detuve. No sabía si aquellos versos eran buenos. Ni siquiera sabía si eran míos o si los había recogido de alguna conversación antigua, de una lectura olvidada o de esa parte de la memoria donde las cosas se mezclan hasta perder su origen. Seguí escribiendo:Dime qué cosa pequeña
guardarías al partir.Pensé en Elena, en su pregunta junto al camino. Me acordé de su vestido oscuro, de sus manos alrededor de la taza y de su manera de decir que todos estábamos de paso. Después cerré el cuaderno. El tiempo borraba unas cosas, inventaba otras y, de vez en cuando, devolvía un detalle con una precisión casi cruel. No conservábamos el pasado: conservábamos lo que el pasado había hecho de nosotros.El tren llegó con retraso. Subí al vagón y me senté junto a la ventanilla. Cuando el convoy se puso en marcha, vi alejarse los andenes, las casas bajas y los campos desnudos. Después la ciudad quedó atrás y solo se distinguieron algunas luces dispersas en la oscuridad. Pensé que la vida era un viaje extraño. Uno pasa los años buscando algo que no sabe nombrar y, cuando cree haberlo encontrado, empieza a temer que lo perderá. Después lo pierde, como era de esperar, y se pasa el resto del tiempo tratando de averiguar qué significó. No es una manera muy práctica de vivir, pero tampoco conozco otra.Cerré los ojos y volví a ver a Elena junto al camino, con el vestido oscuro y el rostro vuelto hacia la luz. No parecía más joven ni más vieja. Estaba allí como la había recordado durante todos aquellos años, inmóvil en una tarde que ya no existía. Comprendí que no era necesario saber qué había sido de ella. Tampoco necesitaba descubrir si se había acordado de mí. Habíamos compartido unas tardes, unas palabras y algunos silencios. Por un tiempo, nuestros caminos se habían cruzado. Luego cada uno había seguido el suyo.El tren avanzaba en la noche. Abrí los ojos y miré mi reflejo en el cristal. Vi a un hombre mayor, con el pelo gris y la cara cansada. Me pareció un desconocido. Después sonreí, sin saber muy bien por qué. No era felicidad ni tristeza, sino el reconocimiento de algo que había sucedido y que todavía continuaba dentro de mí.Afuera, el viento arrastraba el polvo por los campos.Y el camino seguía allá.
© Humberto 2026.

