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sábado, 13 de junio de 2026

«SI YO CREYERA ESO...». PEMÁN

 «SI YO CREYERA ESO...»


Graham Greene ha expresado algo muy agudo y penetrante cuando dice que es, muchas veces, instructivo y eficaz para el creyente dialogar con aquellos que no tienen fe; porque éstos, de un golpe, le dan toda la medida y nivel real de lo que el creyente tiene... y parece que no tiene por el desgaste familiar de la convivencia.

El no creyente honrado que oye el despliegue de todos los dogmas y artículos de la fe saca unas conclusiones totales y rectilíneas y se desliga por una lógica metálica e insobornable que avergüenza nuestras incongruencias: nuestras situaciones cotidianas de «fe muerta». El no creyente dice con ingenuidad: «Si yo creyera eso...», y pronuncia, como consecuencia de su hipótesis, el más deslumbrador sermón del olvidado e intrépido contenido de nuestra creencia. Todo lo que nosotros pensamos, lejano y especulativamente, del santo, lo piensa él sencillamente del lógico.

A mí me ha impresionado siempre observar que en las grandes misas polifónicas —así la de Victoria; así la del «Papa Marcelo», de Palestrina— el Credo es la pieza de mayor excelencia y altura musical. Porque, bien mirado, el Credo no es más que una tabla de artículos de fe. No exclama, no reza, no celebra: expone sencillamente. A nadie se le ha ocurrido hacer una pieza musical de la «Declaración de los Derechos del Hombre» o de la «Constitución de los Estados Unidos». ¿Qué entraña musical tienen los artículos del Credo que se deslizan tan fácilmente al himno?

Y a mí me parece que no deja de ser higiénico trasladar esta observación a todas las posiciones en que, de algún modo, interviene cierta forma de fe. Ni es improcedente recordar eso en estos días todavía cercanos a la fecha nacional del 18 de Julio. Se canta en ese día reiteradamente el «credo» nacional y político. Pero no puede cantarse ningún credo sin derivar hacia la consecuencia himnaria.

Otra cosa parecerá revelar la misma inconsecuencia; la misma situación de «fe muerta» que denunciaba Greene en el área religiosa. Hace poco el doctor Stuermer hablaba en «Punta Europa» de los esfuerzos que la UNESCO realiza por lograr lo que se está llamando la «integración de la historiografía europea», o sea, una operación de cuidadosa depuración de los textos históricos para eliminar las herencias poco amistosas, los puntos de fricción. Pero, naturalmente, esto se ha realizado más urgentemente en aquellas líneas más próximas y vistosas que, por episodios bélicos recientes, se suponen propicias al odio prefabricado. Se revisa cuidadosamente la historia franco-alemana, anglo-alemana, franco-italiana.

España, con su buena carga de deformación histórica frente a tantos pueblos —Francia, Inglaterra, Países Bajos—, se viene quedando al margen de la metódica revisión oficial. Pero casi no importa: la simple probidad científica de los grandes maestros, sin acuciamientos estatutarios, por pura pasión de verdad, va realizando una gran revisión histórica, que gana en pureza lo que pierde en oficialidad.

Chesterton, Belloc, Dawson, Ranke, Toynbee, Kempe... La nómina de nuestros amigos no es deleznable, y darles las gracias parecería extemporáneo porque la ciencia pura no es cuestión de cortesías ni encargos.

«Cuando España deja de ser española y huye de sí misma —ha escrito el último, Richard Kempe—, se desnaturaliza y apenas aporta nada al continente. Los que se mantienen fieles a las esencias nacionales son los únicos que, a la postre, son tomados en consideración allende las fronteras».

Y el primero, Chesterton, había dejado escrito rotundamente que la historia de España, olvidando sus fines y aportaciones y reconcentrada en sus piezas instrumentales —Inquisición, autoritarismo—, era tan descabellada como sería la historia de Nelson en aquel que desconociera concienzudamente su genio, sus victorias, sus planes, su sabiduría náutica y sólo tuviera copiosas referencias de la existencia del gato del barco o del sádico e implacable cómitre que obligaba a remar a las tripulaciones.

Todo dinamismo humano tiene su pieza fea escondida en el motor. Conocer de la historia de nuestro Imperio y nuestra defensa de la Cristiandad europea nada más que la Inquisición sería tan asombroso como hacer la historia de esa última gran guerra, que ellos llaman de la democracia frente a la tiranía, a través del espionaje o la censura de correos y telégrafos.

Pero se me ocurre si será sólo el mundo exterior el que necesita esa defensa de la historiografía hispánica para encajarla en ese concierto universal amistoso. ¿No necesitamos, antes, nosotros mismos, los españoles, integrarla en nuestros espíritus?

De los tranquilos panoramas históricos de Ranke o Toynbee resulta una España, «marca» y avanzada de Europa, como Macedonia lo fue un día de Grecia: salvadora físicamente frente al Islam y los turcos, creadora de todo un mundo cristiano y europeo.

Y como lógica consecuencia, según Chesterton, el país donde se está observando el retroceso de la ola tremenda que llevó a Europa a la locura. Esto desemboca en una menuda fe, en un credo: lo que hemos establecido en España para salvaguardar este movimiento salvador y difícil es, en sus líneas maestras, nuestra verdad. Una disminución de la libertad mecánica para salvar las libertades espirituales; una autoridad fuerte; el deseo de una catolicidad auténtica; una reviviscencia de la vida social en un orden sindical que asegure la justicia.

Todo este credo está ahí: lleno de caídas, de impurezas, de imperfecciones, pero intocable en su impulso. Y ahí está también el proyecto histórico de prolongarlo en una continuidad monárquica, llena de pasión popular y católica.

Pero ¿no nos parece estar oyendo decir a los otros pueblos no creyentes; a los que, rotos desde el Renacimiento con esa fe, no pueden seguirnos en el vuelo espiritual; a los comprometidos con blanduras y disoluciones democráticas, la objeción del incrédulo de Greene: «¡Si yo creyera eso!...»?

¿Es verdad del todo nuestra fe? A veces parece que nuestra falta de ímpetu consecuente objeta frente a la integridad de nuestro antecedente de fe. Parece que transitamos, como tantos en la esfera religiosa, por la zona opaca de la «fe muerta».

Sí, eso es así: es así en la historia, en el libro, en la ciencia, en la proclamación de nuestro credo. Pero... Y frente a principios tan exactos y concretos, el «pero» es huidizo, nebuloso: «¿Quién va a estas alturas?», «¡El mundo va ya por otro lado!», «¿Cómo vamos ahora?».

Parece que sufrimos un pudor paralizante construido de meras razones circunstanciales. Tenemos todavía una cierta conciencia lineal y progresista, y no entendemos nada que parezca retorno, reencuentro. ¡Como si no nos enseñara la historia todo el cúmulo de persuasiones, desde el repudio de Lope y los autos sacramentales hasta la fe en Diderot o Voltaire y hasta la ilusión de la poesía didáctica, que parecían dogmas en el alma de un hombre de 1790 y han sido sustituidos por convicciones vueltas a sacar de fondos anteriores del equipaje histórico!

Si tenemos una fe, tengamos unas obras. A veces, cuando oigo al hombre de la calle, muy persuadido de lo que le conviene, fabricarse, sin embargo, sus propios entorpecimientos vacuos y calumniar los propios principios, instituciones y personas que el buen sentido elemental y rectilíneo propone para «continuar», pienso si la «operación descrédito», que fue la «leyenda negra», al ser abandonada por la enemistad forastera, no se está traspasando a la bobería interior.

 

José María Pemán
De la Real Academia Española

El Almanaque de 1935

 

El Almanaque de 1935

 




Angelines soplaba sobre las brasas con el empeño de quien sabe que, en ciertas noches de invierno, mantener vivo un fuego equivale casi a mantener viva la casa. Su abuela dormitaba en la penumbra, envuelta en mantas cuyo color original se había perdido. Más allá de aquella pequeña burbuja de calor y luz que apenas resistía el avance de las sombras, la noche engullía las piedras de la vieja casa, las calles desiertas de la aldea y las tierras devastadas por una guerra que parecía haber pasado por allí dejando tan solo silencio, ruina y ausencia.

Entre las dos habían intentado reparar la pared destrozada por el último bombardeo, y a Angelines le dolía todo el cuerpo; le dolían los brazos, la espalda y las manos agrietadas por el frío. Pero sonreía. Sonreía porque sabía que su madre habría estado orgullosa de verla trabajar con aquella obstinación silenciosa.

Muchas veces le había contado que, cuando llegó la hora de dar a luz, la matrona le pidió que cerrase los ojos y se imaginase en un lugar tranquilo. Y ella, sin vacilar, se vio caminando por un inmenso prado cubierto de margaritas. Todo era verde, amarillo y blanco. Todo respiraba una paz luminosa que parecía no tener fin. Por eso le puso aquel nombre.

Angelines se imaginaba el cielo de la misma manera: un horizonte infinito cubierto de flores que se mecían bajo una luz suave y eterna. Allí veía a su madre sonriéndole, con aquella sonrisa capaz de convertir cualquier desgracia en algo soportable.

El lugar donde podría estar su padre no lo tenía tan claro. Decían que lo habían fusilado por traidor, y ella sabía que los traidores no iban al cielo. Aun así, rezaba todas las noches a la Virgen María con la esperanza de que algún día pudiera perdonarlo, porque le parecía imposible que un hombre que la había llevado tantas veces sobre sus hombros, que le había enseñado los nombres de los pájaros y que la había hecho reír junto al río, pudiera haberse vuelto indigno de la misericordia de Dios.

Angelines removió el contenido del puchero. Las berzas estaban listas y aquella noche, además, había un trozo de pan. La porción de su abuela la ablandó en el caldo, sabiendo que ya apenas podía masticar.

Cuando le acercaba el plato, la anciana parecía despertar de su letargo y, como quien retoma una oración aprendida de memoria, comenzaba a hablar de los viejos tiempos; de los días en que el sol maduraba las espigas de trigo, de las mañanas de siega, de las eras llenas de gente y de los inviernos en que toda la familia se reunía alrededor del fuego. Hablaba quedamente y sin mirar a su nieta, como si las palabras brotasen solas desde algún rincón remoto de la memoria.

Pero a veces, mientras evocaba aquellos veranos perdidos, una claridad fugitiva cruzaba sus ojos apagados, semejante al último resplandor de una lámpara que se resiste a extinguirse.

Después de la frugal cena, Angelines se arrebujaba en la manta junto a ella, extraía del sayo una sobada revista de historietas y, antes de comenzar a leer, la acercaba a su rostro y aspiraba el aroma del papel impreso en vivos colores, como si aquel olor pudiera abrir una puerta secreta hacia otro mundo.

«Almanaque 1935», podía leerse en la primera página, la fecha de la última Navidad que Angelines recordaba.

En la trébede, donde siempre se colocaba el pequeño Nacimiento de loza, ahora solo había hollín y cascotes. El alegre crepitar del carbón que antaño calentaba la cocina se había convertido en el chisporroteo de unas pocas ramas secas de piorno. Y como si alguien hubiese borrado un mundo entero de la memoria de los hombres, tan solo una anciana y una niña permanecían allí como testigos de algo que empezaba a parecer un sueño.

Pero para Angelines aquellas páginas tenían más verdad que la realidad misma, pues allí seguían floreciendo las Navidades, intactas como un milagro guardado entre dos cubiertas de papel. Allí la luna era amiga de los muñecos de nieve, los pavos acudían como convidados a la mesa de Nochebuena y los acebos crecían sin conocer el hollín ni la ceniza. Cada hoja abierta era una ventana; cada ilustración, una rendija por la que escapaba el alma para refugiarse en un reino donde la guerra no había conseguido entrar.

Y, por encima de todas había una a la que regresaba siempre, como si guardase un tesoro secreto. Era la historieta de la página central, «Viajes extraordinarios del perro Top», el único relato seriado de la revista, que comenzaba con un breve resumen del episodio anterior y concluía invariablemente con la promesa de un «continuará».

Angelines la releía cada noche con una fidelidad casi ritual. Sus manos recorrían despacio las hojas gastadas; sus ojos seguían el dibujo de cada línea y de cada color, demorándose en los detalles como quien contempla un paisaje amado, y sus labios, apenas entreabiertos, iban repitiendo las palabras en voz baja, temerosos de quebrar el hechizo de aquella aventura interminable. Entonces acudía a su rostro una sonrisa serena y luminosa, una sonrisa que parecía no pertenecer al mundo de las ruinas y de las privaciones, sino al de quienes aún conservan la capacidad de encontrar una esperanza donde los demás solo alcanzan a ver sombras.

Por eso, cuando el relato llegaba al «continuará», la imaginación de Angelines continuaba también. Continuaba en una nueva historia cada noche, en aventuras de mares imposibles, islas remotas y tesoros enterrados. Allí no existían las ruinas, el hambre ni los inviernos interminables. Allí siempre amanecía.

Y cuando el sueño terminaba por vencerla, su rostro hablaba de calma en la tempestad y de serenidad en la amargura. La niña dormida parecía guardar un secreto que el mundo había olvidado.

Su abuela la observaba entonces y comprendía que aquella criatura frágil, aquella huérfana que apenas poseía más riqueza que una revista gastada y un mendrugo de pan, sostenía sin saberlo algo más valioso que los tejados derruidos, los campos abandonados o las viejas casas vacías, pues era ella quien mantenía viva la esperanza en medio de tanta ruina.

Algunos copos de nieve descendían por las grietas del tejado, como si el cielo quisiera entrar en la casa para velar el sueño de sus últimos habitantes. Eran muchas las ruinas que aún aguardaban unas manos capaces de devolverles la forma perdida, y ella no era ya más que una anciana cansada, una sombra rezagada en el camino de los años; pero, al volver la vista hacia la niña dormida a su lado, comprendía también que mientras Angelines siguiese soñando, mientras hubiese en su corazón espacio para las aventuras imposibles y en sus ojos lugar para la maravilla, ninguna piedra caída estaría del todo vencida, ninguna derrota sería definitiva y ninguna noche, por larga y oscura que pareciese, lograría adueñarse por completo de la tierra de los hombres.

viernes, 12 de junio de 2026

La chica del balcón



La chica del balcón



El bar olía a madera vieja, café recalentado y lluvia reciente. Era uno de esos locales que parecían resistirse al paso del tiempo, refugiados en una esquina olvidada de la ciudad, donde las lámparas proyectaban una luz ámbar sobre las mesas y el murmullo de las conversaciones se confundía con el tintinear de los vasos. Detrás de la barra, un televisor sin sonido emitía imágenes de un partido que nadie miraba, mientras afuera la noche de otoño empapaba las calles y convertía los escaparates en manchas difusas de luz reflejada sobre el asfalto.

Hacía años que mi amigo y yo nos reuníamos allí una vez al mes. Era una costumbre nacida tras mi recuperación y consolidada con el tiempo, una de esas rutinas discretas que terminan formando parte de la vida sin que uno se dé cuenta. Aquella noche hablábamos de recuerdos, de gente que habíamos conocido y perdido por el camino, de los extraños giros que da el destino cuando menos lo esperas. Fue entonces cuando mencioné a la chica del balcón.
—Justo enfrente.
Mi amigo levantó la vista de la copa y arqueó una ceja.
—¿Cómo que justo enfrente?
—Cinco metros, tal vez alguno menos. La distancia exacta que separaba mi balcón del suyo. Entre ambos no había más que un patio de luces dos pisos más abajo, algunas cuerdas de tender cruzando el vacío y una colección de geranios que las vecinas cuidaban como si en ello les fuera la vida. Lo curioso es que no compartíamos nada más: ni colegio, ni amigos, ni familia. Nuestras madres apenas se saludaban cuando coincidían tendiendo la ropa y jamás nos habíamos cruzado en la calle. Sin embargo, cuando Internet todavía era una fantasía reservada a las novelas y a las películas americanas, ya habíamos inventado una forma rudimentaria de relación a distancia. La nuestra funcionaba gracias a una cuerda de tender que unía ambos balcones y por la que viajaban notas dobladas, pequeños regalos y todos aquellos mensajes que, por alguna razón, no podían decirse en voz alta.

Mi amigo sonrió.
—Eso merece otra ronda.

Esperé a que el camarero se alejara antes de continuar.
—Teníamos once años cuando empezó. Era una tarde de septiembre, de esas que llegan cargadas de una tristeza difícil de explicar. El verano acababa de terminar y regresaba de dos meses de playa, bicicletas y libertad absoluta. A esa edad uno no conoce todavía la palabra nostalgia, pero sí conoce perfectamente su peso. Recuerdo estar sentado en el balcón con las piernas colgando entre las rejas, contemplando el patio interior como un preso contempla el mundo desde su celda, cuando apareció ella.

Hice una pausa.
—Llevaba una falda de tablas, una rebeca azul y una cinta sujetándole el pelo. Se quedó observándome unos segundos y luego dijo:
—Pareces un mono enjaulado.
—Una presentación memorable.
—Lo fue. Respondí con alguna tontería y ella replicó. Después vino otra ocurrencia y otra más. Cuando mi madre me llamó para cenar llevábamos casi una hora intercambiando bromas de balcón a balcón. Aquella noche terminé acostándome pensando en una niña a la que no conocía de nada y que, sin embargo, había conseguido borrar de golpe toda la melancolía del final del verano.

Durante los meses siguientes el balcón se convirtió en nuestro territorio. Allí hablábamos de todo y de nada, de profesores que aún no conocíamos, de películas, de música, de sueños infantiles y de preocupaciones que hoy resultarían ridículas pero que entonces nos parecían trascendentales. Poco a poco aquellas conversaciones empezaron a importar más que los partidos de fútbol en la plaza o las carreras interminables por las calles del barrio. Había algo en ella que hacía el mundo más grande.

Cuando comenzaron las clases tuvimos que espaciar los encuentros. Los sábados por la mañana se convirtieron en nuestro momento favorito y, mientras la ciudad despertaba entre el campaneo del butanero, el silbido del afilador y los gritos del chatarrero, seguíamos allí, asomados a nuestros respectivos balcones, construyendo una amistad tan intensa como improbable.

Los años pasaron y cumplimos trece. Entonces ocurrió lo inevitable. A esa edad el cuerpo cambia antes que la cabeza y el corazón cambia antes que ambos. Una mañana apareció sin la cinta del pelo; el cabello negro le caía sobre los hombros y algo había cambiado en su forma de mirarme. También había cambiado quien la observaba desde enfrente, aunque entonces no lo supiera. Las conversaciones comenzaron a llenarse de silencios distintos, ya no pausas cómodas sino territorios desconocidos en los que ninguno sabía cómo moverse.

El día de su cumpleaños conseguí regalarle el disco que llevaba meses deseando. Costó semanas reunir el dinero, pero cuando vio aparecer el paquete deslizándose por la cuerda de tender quedó claro que había merecido la pena. Nunca olvidaré aquella sonrisa. Fue entonces cuando comprendí que aquello que nos unía ya no era exactamente amistad.

Llegó el calor del verano y con él una cercanía nueva. Inventamos un código con pinzas de colores para citarnos por la noche y, cuando toda la casa dormía, salíamos al balcón en pijama y camisón para hablar durante horas bajo la luz amarillenta de las ventanas vecinas. Los gatos callejeros eran nuestros únicos testigos. Nos contábamos secretos, fantasías y miedos. No nos tocábamos. Ni siquiera habíamos estado nunca a menos de cinco metros de distancia. Sin embargo, jamás he vuelto a sentirme tan cerca de alguien.

—Supongo que entonces llegó el instituto.
—Llegó el instituto.
El cambio de colegio fue también el cambio de mundo: nuevos compañeros, nuevos profesores, nuevas reglas. El primer día la vi en un pasillo.

Me quedé mirando el reflejo de las luces en mi copa antes de continuar.
—Nos reconocimos inmediatamente. Ella venía por un extremo y yo por el otro. Nos detuvimos a la misma distancia que separaba nuestros balcones: cinco metros. Permanecimos quietos, mirándonos, sin decir una sola palabra, hasta que sonó el timbre y una riada de alumnos nos arrastró hacia nuestras respectivas aulas.
—¿Y no hablasteis?
—No.
—¿Por qué?
—Llevo media vida haciéndome esa pregunta.

Durante las semanas siguientes nos cruzamos muchas veces: en el recreo, en los pasillos, a la salida de clase. Siempre ocurría lo mismo: nos veíamos, bajábamos la mirada y buscábamos refugio en cualquier grupo de amigos para evitar quedarnos a solas.

—El miedo.
—Supongo. El miedo, la torpeza o esa crueldad involuntaria que acompaña a la adolescencia. Lo cierto es que el primer sábado ninguno salió al balcón. La mañana entera transcurrió vigilando desde detrás de la cortina, esperando verla aparecer. Nunca salió y la noche llegó con una sensación extraña: la de haber perdido algo que ni siquiera había llegado a poseer.

Con el tiempo la herida fue cerrándose. Alguna vez coincidimos en las ventanas y cruzamos un saludo tímido. Después mis padres se mudaron de barrio, cambié de instituto, cambié de vida, y la chica del balcón quedó convertida en uno de esos recuerdos que uno guarda en una caja invisible junto a los veranos felices y las oportunidades perdidas.

Mi amigo bebió un sorbo.
—Un final triste, pero bastante normal.
—Ese no es el final.

La lluvia golpeaba los cristales y, al otro lado de la calle, los faros de los coches dejaban estelas fugaces sobre el pavimento mojado.
—El segundo capítulo comenzó muchos años después, cuando tuve el accidente.

Su expresión se ensombreció.
—Ya.
—Recuerdo poco de aquellos primeros días. Desperté en una cama de hospital con medio cuerpo roto, inmovilizado y aturdido por los calmantes. Había momentos en los que deseaba no volver a abrir los ojos. Entonces una enfermera se inclinó para comprobar una vía y me susurró al oído:
—Pareces un mono enjaulado.

Mi amigo dejó la copa sobre la mesa.
—No puede ser.
—Eso mismo pensé.
Aquel comentario atravesó de golpe veinte años de distancia. Los años habían cambiado su rostro, pero no su mirada ni aquella forma burlona de decir las cosas.

Nos reconocimos y durante las semanas siguientes hablamos mucho. Al principio de manera casual, luego cada vez más. Me contó su vida: había terminado sus estudios, se había casado, tenía hijos. Una existencia entera resumida entre cambios de turno y conversaciones robadas en los pasillos del hospital.
Cuando llegó el alta seguimos hablando. Primero por mensajes, después por teléfono. Más tarde llegaron los correos electrónicos, las videollamadas y las conversaciones interminables que se prolongaban hasta la madrugada. Lo llamamos amistad porque era la palabra más cómoda, porque era la única palabra aceptable, pero ambos sabíamos que aquello ya no cabía dentro de ella.

—¿Y entonces?
—Entonces ocurrió lo que llevaba décadas esperando.
Volvimos a vernos, primero en cafeterías discretas, luego en paseos cada vez más largos y después en encuentros que ninguno de los dos se atrevía a definir. Poco a poco fuimos agotando todas las excusas posibles, hasta que una tarde dejamos de fingir.

Ella lloró, y yo sentí cómo se me quebraba por dentro algo que llevaba demasiados años intacto. También hubo lágrimas al otro lado. Nos abrazamos y, por primera vez en nuestras vidas, desaparecieron aquellos cinco metros que durante tanto tiempo habían marcado la distancia entre nosotros.

La besé y ella me devolvió el beso con una mezcla de ternura y tristeza que todavía recuerdo. No fue un gesto impulsivo ni una rendición al deseo. Fue más bien el reconocimiento de una verdad antigua, como encontrar una carta olvidada dentro de un libro y descubrir que llevaba años esperando ser leída.

Fuimos a casa. Subimos en ascensor casi sin hablar y, al llegar al dormitorio, volvimos a abrazarnos. Durante unos instantes pareció que el mundo entero desaparecía alrededor y que sólo existíamos nosotros dos, suspendidos en aquel momento que habíamos imaginado tantas veces. Sin embargo, cuando todo parecía conducirnos hacia el mismo lugar, nos detuvimos. Fue en el último instante, piel contra piel, respirando el mismo aire, sintiendo el mismo deseo y también la misma culpa, como si de repente hubiéramos comprendido el verdadero precio de aquello que tanto tiempo habíamos esperado.
Nos vestimos en silencio. Ella mirando hacia una pared y yo hacia la otra. Ninguno encontró palabras para explicar lo que acabábamos de comprender.

—¿Y desde entonces?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Y qué piensas hacer?

Miré la lluvia deslizarse lentamente por el cristal.
—No lo sé. Pero algo ocurrirá. Lo noto.
Mi amigo permaneció callado unos segundos.
—Si la quieres, tendrás que decidirte.

Sonreí con tristeza.
—Quizá.
—De todas formas, falta algo.
—¿El qué?
—El final sorpresa. Llevas una hora contándome esta historia y todavía no me has dado el golpe final.

Lo observé durante unos instantes y luego terminé mi copa.
—La enfermera de trauma.
—Sí.
—La chica del balcón.
—Sí.
—Se llama Lola.

Frunció el ceño.
—¿Y?
—Que es tu Lola.

Durante unos segundos no ocurrió nada. El ruido del bar pareció alejarse. Incluso la lluvia dejó de existir.
Mi amigo me miró sin comprender.
Vi cómo la incredulidad se transformaba en certeza y la certeza en dolor. Ninguno de los dos habló. Al otro lado de la barra alguien dejó caer un vaso, sonó una carcajada en una mesa lejana y la vida continuó exactamente igual para todos los presentes. Para todos menos para nosotros, porque hay historias de amor que terminan mal. Y luego están aquellas que esperan veinte años para hacerlo.


© Humberto 2026. 

Ya está bien. Pemán.


Ya está bien

 

SERÍA ya el momento de que nos preocupáramos de la exclusiva preponderancia, casi de obsesión y monopolio, con que el «deporte» y, muy especialmente, el fútbol se coloca y mantiene en el primer plano de la mentalidad española.

Son cosas que tardan mucho tiempo en decirse. Hay un sistema de frenos —pudores de sentirse arcaizantes, miedo de «no estar al día»— que actúan sobre nuestro espíritu cuando nos vamos a oponer a corrientes tan multitudinarias y masivas.

Vencidos, pues, esos pudores, ese miedo de «qué dirán», yo creo que hay ya signos bastantes para plantarse y decir con un poco de resolución: «Ya está bien».

Ya está bien de que la conversación juvenil esté casi totalmente colonizada por fichajes, Liga y tanteos; ya está bien de que de diez personas que encuentra uno en el metro, ocho estén leyendo un diario deportivo; ya está bien de que los periódicos de los lunes y martes sean como un océano de goles, quinielas y declaraciones en los vestuarios, entre cuyas olas se anegan y naufragan el concierto, la conferencia, el libro y la vida.

Yo no quiero dar crédito a ese clamor que asegura que detrás de este desbordamiento deportivo, sin sobriedad ni economía alguna en su resonancia publicitaria, discurre un taimado y maquiavélico propósito de anestesia de las masas y como una «operación de diversión», como dicen los tácticos, que desvía por flancos laterales atenciones o iracundias.

Hay gente que cree que, por debajo de ese furor deportivo, corre toda una operación psicológica; una combinatoria de evasivas: algo así como una crónica de un más trascendente encuentro que fuera diciendo: «el ministro tal cede el balón a Gento, el cual se lo pasa a Di Stéfano sobre la cabeza del director general de Carreteras».

El «pase de balón» creen algunos que ha educado al público en evasivas laterales. Yo no creo en tan refinadas estrategias psicológicas. Creo más bien que en esa suspicacia funciona algo así como un recuerdo de ciertas fórmulas de clásico tratamiento de muchedumbre.

«Panis et circenses» es la fórmula clásica: «pan y juegos de circo». «Pan y toros» fue luego la fórmula de nuestro castizo despotismo, cantado y reído por las melodías zumbonas de Barbieri. Por eso la malicia popular tiende a figurarse que ahora funciona un parecido sedante de «pan y fútbol».

Lo único indudable es que el «pan» permanece como componente inalterable de toda esa fórmula. «No sólo de pan vive el hombre», sino que el hombre, en lugar de tirar de ese apotegma hacia arriba y añadirle al «pan» espíritu, fe, caridad y gracia, tira hacia abajo y le añade fuerza física, agilidad animal, patadas y golpes.

La obsesión deportiva de las masas, en paridad con el pan más elemental, puede certificarse en lo que ocurre en mi rincón gaditano, en torno a un famoso «Trofeo» de magnífica resonancia internacional que se celebra anualmente. El «Trofeo» ha llegado a tener un impacto sociológico y masivo que antes sólo tenían las dos grandes fiestas —temporal y divina— del año: el Carnaval y el Corpus Christi.

Estas dos fiestas tenían ese periodo preparatorio que los traficantes del Mercado de Abastos suelen llamar «cuaresmilla». La carne es el alimento más caro y más de lujo para el andaluz. Por razones de economía y gusto, es de la carne de lo que más pronto el gaditano prescinde en su alimentación.

Pues bien, esas fiestas —Carnaval, Corpus— tenían «cuaresmillas». Eran precedidas de un período vegetariano y de vigilia en que el pueblo sacrificaba la carne en homenaje de los gastos que había de hacer en esas fiestas.

Ahora es el «Trofeo» futbolístico el que se anuncia con una «cuaresmilla». La carne se retrae para dejarle sitio a los treinta duros del abono de tribuna. Hay una vigilia deportiva o, si queréis más exactamente, un «ramadán» del fanatismo futbolístico.

Cuando se registra, llegado el día, el impresionante lleno del estadio, gran parte del espectáculo está apuntalado por otro semejante y paralelo «lleno» de los almacenes del Monte de Piedad.

Por todo eso me parece que empieza a justificarse el «ya está bien». Porque no siempre el exceso y la libre expansión deportiva sirven para liberar y embotar pasiones masivas; a veces pueden servir involuntariamente para incitarlas o fermentarlas.

Así, por ejemplo, en la zona de la deseducadora pasión española de la insolidaridad. En cuanto el lector oiga decir de dos ciudades españolas, vecinas o limítrofes, que son «hermanas», dé por descontado que los espectadores de sus encuentros futbolísticos andan a palos o, por lo menos, se obsequian con ineducadas pitas.

«Hermanas» es un último recurso literario que la prensa fuerza para cubrir, sin demasiada mentira, la iracundia de los Abeles y Caines urbanos.

En resumen, se equivocaría quien pensara que yo escribo estas líneas desde una posición apasionadamente «anti». No hay tal cosa. Yo soy aficionado al fútbol como cualquier ser humano. Pero también me gusta beber una copa y no apruebo la embriaguez. También me gusta pasear al sol y no suelo llegar, en mi paseo, hasta Málaga o hasta Córdoba.

Y sobre todo no apruebo el desequilibrio de una pasión colectiva sobre tantas otras que podrían encauzar al espíritu popular hacia metas más altas.

Porque, a pesar de todas las condescendencias que tengamos para el espíritu de cada época, la jerarquía de los valores subsiste. Jamás transigiré con que un partido de fútbol, aunque me esfuerce en hallar en el fondo de él los escombros del clásico olimpismo griego, estético y moral, pueda ponerse al nivel de un concierto.

En plena vulgaridad —porque esto se ha dicho mil veces— a mí me apena el desequilibrio entre nuestro furor deportivo y la pasión con que Francia ha seguido, por ejemplo, la crisis y reforma de la Comédie Française. Cada cosa tiene su sitio.

Y en los teatros depurados, en los conciertos, en los festivales, me parece a mí que hay siempre en España un palco vacío… Es el palco que tiene que llenar la convicción directiva de que el orden clásico de los valores humanos no ha sido cancelado.

 

José María Pemán
de la Real Academia Española

jueves, 11 de junio de 2026

Los muertos de la curva

 


Los muertos de la curva







La cruz apareció tras una revuelta de la carretera, y el viejo redujo la velocidad sin darse cuenta. Al pie de un desmonte árido y calcinado se alzaba una cruz de piedra, asentada sobre un zócalo escueto cuya inscripción apenas podía leerse. Le había ocurrido otras veces, en lugares donde el pasado, terco y sin reposo, parecía aún acecharle: una tapia horadada por la metralla, una estación abandonada, un cementerio perdido entre los montes. Lugares donde la Historia dejaba su huella —como quien firma sin cuidado— y luego se marchaba, olvidándose de borrarla.

Detuvo el coche junto al arcén y bajó despacio. Las rodillas protestaron. La edad era una deuda que el cuerpo cobraba sin contemplaciones. Frente a él seguía alzada la cruz: indemne, inexorable, obstinada. Exactamente como la recordaba. La piedra había envejecido. También el país. También él. Pero allí continuaba.

Leyó la inscripción sin necesidad de acercarse. Conocía aquellos nombres de memoria. Había compartido guardias, comidas y noches de servicio con algunos de ellos. Los había visto vivos pocas horas antes de que todo sucediera.

Recordó el olor antes que ninguna otra cosa. Siempre era así. No la sangre, ni los disparos, ni los gritos: el olor. Una mezcla de pólvora, sudor, tierra removida y muerte. Hay recuerdos que permanecen agazapados durante décadas, esperando una simple ráfaga de aire para regresar.

Se quitó la gorra, permaneció unos instantes inmóvil y luego regresó al coche para continuar camino. La carretera descendía entre barrancos y lomas secas, serpenteando bajo el sol de mayo.

El paisaje volvió a él con la precisión de una emboscada: espartales, pedrizas, almendros retorcidos, bancales suspendidos sobre barrancos imposibles. Conservaba un recuerdo nítido de todo aquello, como si el tiempo hubiera decidido respetar aquellas imágenes. Las mismas alquerías blancas, los mismos rebaños desperdigados por las laderas, los mismos hombres inclinados sobre una tierra que nunca recompensó suficientemente a quienes la trabajaban.

Pensó entonces que el paisaje posee una forma singular de crueldad: sobrevive. Ve pasar generaciones enteras, contempla la muerte de verdugos y víctimas y permanece casi inalterable. Aquellas montañas habían visto demasiadas cosas —hambre, caciques, guardias civiles, jornaleros, incendios, venganzas y entierros clandestinos—. Habían contemplado la República, la guerra, la victoria y el miedo que vino después; luego asistieron a décadas de silencio. Sobre todo, de silencio.

Cuando llegó a la Fuensanta detuvo de nuevo el vehículo. La sequía había retirado las aguas y los viejos caminos reaparecían entre el barro reseco: muros, terrazas, restos de viviendas, fragmentos de un mundo desaparecido emergían lentamente bajo la luz dura de la tarde. Permaneció observándolos largo rato.

Aquello le recordó algo que había comprendido muy tarde: la memoria funciona igual que un embalse. Durante años permanece cubierta por una superficie tranquila, invisible, pero basta con que el nivel descienda para que reaparezcan los caminos, las ruinas y los muertos. Nada desaparece del todo; solo espera.

Había aprendido esa lección en Yeste.

Llegó al pueblo a media tarde y comprobó enseguida cuánto había cambiado: donde antes había solares polvorientos ahora se levantaban bloques de viviendas de ladrillo visto; había talleres mecánicos, tractores aparcados junto a las fachadas y automóviles donde en otro tiempo hubo mulas y carros. España entera parecía estar cambiando de piel. Sin embargo, el cuartel seguía allí: macizo, silencioso, como un veterano que hubiera sobrevivido a demasiadas campañas.

Se quedó observándolo desde la plaza. Todavía podía verse entrando por aquella puerta con poco más de veinticinco años, el uniforme impecable y una confianza casi insolente en el orden de las cosas. Sintió cierta compasión por aquel muchacho. No sabía nada. Ignoraba que la verdad rara vez habita entera en un solo bando, que las guerras civiles son trituradoras de certezas y que, con el paso de los años, los muertos terminan pareciéndose mucho más entre sí de lo que les gustaría a los vivos.

Subió después hasta el cementerio. Desde allí el pueblo aparecía recogido bajo el castillo, con la torre de la iglesia dominando los tejados y las montañas cerrando el horizonte. Más abajo serpenteaba la carretera y, en una de sus curvas, estaba el lugar que había venido a buscar. Descendió a pie. Las piedras resbalaban bajo las botas. La tarde empezaba a apagarse. Localizó la vieja atarjea, o lo que quedaba de ella, y se detuvo. Allí había estado.

No recordaba las palabras ni el orden exacto de los acontecimientos. La memoria nunca conserva los hechos; conserva las heridas. Veía aún una multitud extendida por las laderas, hombres y mujeres llegados de las aldeas, armados con palos, horcas, hachas y herramientas de trabajo. Recordaba los gritos, la tensión, el rumor sordo de centenares de personas moviéndose al mismo tiempo bajo el sol.
Ellos eran pocos. Aquel detalle no se borró jamás de su memoria.
Habían acudido seguros de que la autoridad bastaría para imponer el orden. Así piensa la juventud, que cree en la rectitud de las normas y en la eficacia de los mandatos. Los años enseñan otra cosa: que el hambre, el miedo y la desesperación son fuerzas antiguas, poco dadas a la obediencia, y que cuando despiertan hablan un lenguaje que rara vez entienden los gobiernos ni los hombres de uniforme.
Conservaba mejor los rostros que las palabras: rostros curtidos por el trabajo y la pobreza, acostumbrados a pedir poco y recibir menos; rostros de mujeres que gritaban desde las primeras filas. No vio monstruos ni héroes, solo personas arrastradas hacia un lugar del que ya nadie parecía capaz de retroceder.

También recordaba el miedo: un miedo seco y animal que nada tenía que ver con el valor o la cobardía, sino con la certeza de que la situación podía escapar al control de cualquiera.

Después todo ocurrió demasiado deprisa: empujones, carreras, gritos. Vio caer a un compañero, luego a otro. Los disparos llegaron después, o eso creyó recordar; tal vez fuera al revés. Los años habían borrado los detalles y solo habían dejado la certeza de la tragedia.

Durante décadas escuchó versiones distintas de lo sucedido. Cada cual conservaba su propia verdad. Unos hablaban de una agresión salvaje contra la Guardia Civil, otros de una represión brutal contra campesinos desesperados. Los periódicos, los políticos y los historiadores discutieron durante años sobre responsabilidades, culpas y justificaciones.

Él había llegado a una conclusión más sencilla: cuando empezó la violencia, todos perdieron.

Porque nadie miente tanto como los hombres cuando hablan de una guerra civil. Los vencedores mienten para justificarse, los vencidos para sobrevivir, los testigos para poder dormir, y los gobiernos porque las verdades suelen resultar incómodas.

Miró alrededor. No había cruces, ni placas, ni flores: solo monte bajo, zarzas y piedras. Los cinco guardias tenían una cruz junto a la carretera; los campesinos muertos no tenían nada. Pensó que incluso la memoria obedece a veces a las antiguas jerarquías de este país, donde algunos muertos reciben mármol y oraciones mientras otros quedan abandonados a la erosión de la lluvia y del olvido.

Sin embargo, después de tantos años, aquella diferencia ya no le producía indignación sino tristeza. Había visto demasiadas cosas para seguir creyendo en relatos sencillos.

Miró una última vez la atarjea. Allí habían muerto hombres distintos, enfrentados por razones que entonces parecían suficientes; el tiempo, sin embargo, había terminado por igualarlos. La tierra los había recibido a todos del mismo modo.

La luz rojiza del crepúsculo comenzó a extenderse por las laderas. El viejo emprendió el regreso caminando despacio. Pensó en los compañeros asesinados, en los campesinos abatidos, en los encarcelados, en los represaliados, en las viudas, en los hijos que heredaron odios que nunca eligieron. Pensó en aquel país extraño que, después de cuarenta años de silencio, empezaba por fin a hablar en voz alta de muchas cosas, también de sus muertos.

Cuando alcanzó el coche, la cruz reapareció a lo lejos, recortada contra el cielo oscurecido. Permaneció unos instantes contemplándola. Ya no representaba únicamente a aquellos cinco hombres ni siquiera a una causa o una bandera: era algo más antiguo y más profundo, la señal de que la tierra conserva memoria de cuanto sucede sobre ella, aunque los hombres se empeñen en olvidarlo.

Arrancó el motor y reanudó la marcha. La cruz fue empequeñeciéndose en el retrovisor hasta desaparecer tras una curva. Entonces comprendió que los muertos, al cabo, siempre encuentran reposo. Los recuerdos no: siguen viajando con nosotros, silenciosos y fieles, ocupando para siempre el asiento vacío de al lado.

© Humberto 2026.

lunes, 8 de junio de 2026

Las palabras que nunca dijo

 

Las palabras que nunca dijo

(Adaptación libre de un texto breve leído en Internet)





Mi padrastro, Jorge, jamás me dijo que me quería. Ni una sola vez en todos los años que compartimos techo, mesa y estaciones. Era un hombre hecho de silencio, de esos hombres que parecen haber sido tallados en la misma piedra con la que levantan edificios. Trabajaba en la construcción. Salía de casa cuando la noche todavía se aferraba a las calles y regresaba cuando el día ya había consumido su última luz. Llegaba cubierto de polvo y cansancio, comía sin quejarse, dormía sin pedir nada y, a la mañana siguiente, volvía a entregarle su fuerza al mundo.

Yo crecí convencido de que me toleraba más de lo que me quería. Nunca me abrazó. Nunca me revolvió el pelo. Nunca escuché de sus labios una palabra de ternura. Pagó mis estudios universitarios, pagó el coche con el que aprendí a recorrer mi propia vida y pagó mil pequeñas necesidades que yo daba por hechas. Pero yo era joven, y los jóvenes solemos medir los afectos por las palabras que oímos, no por los sacrificios que otros esconden. Por eso pensé durante años que me guardaba una distancia deliberada. Al fin y al cabo, yo no era su hijo. Era el hijo de otro hombre. Una herencia ajena que le vino con el matrimonio. Así lo creí. Y así me equivoqué.

La semana pasada, Jorge murió de un ataque al corazón. La muerte tiene a veces la brusquedad de una puerta que se cierra de golpe: un instante antes hay una vida entera; un instante después, apenas queda el eco. Pasados unos días, me dispuse a ordenar su vieja camioneta. Quería ocupar las manos para que el dolor no me ocupase el alma.

La camioneta conservaba el olor del trabajo: metal, madera, polvo y sol. Mientras revisaba la guantera encontré una libreta gastada, pequeña, humilde, con las esquinas vencidas por los años. La abrí sin pensar y descubrí que era un diario. La primera anotación decía: «Hoy conocí a una mujer con un niño. El niño parece triste. Quiero hacerlo sonreír».

Me quedé inmóvil. Aquellas palabras parecían escritas por un hombre distinto al que yo había conocido. Seguí leyendo.

«El niño necesita aparatos. Estoy haciendo turnos extra».

Pasé varias páginas.

«Hoy me llamó Jorge por primera vez».

Y más adelante:


«Hoy se graduó. Me quedé atrás para no avergonzarlo con mi ropa de trabajo sucia.
Nunca he estado más orgulloso».

Las letras comenzaron a temblar ante mis ojos. No porque se movieran en el papel, sino porque las lágrimas empezaban a nublarme la vista. Continué leyendo y allí estaba mi vida entera: mi primera bicicleta, mis fracasos, mis éxitos, mis miedos, mis sueños. Todo recogido en aquellas páginas con la paciencia humilde de quien guarda tesoros que nadie más considera valiosos. Jorge había sido el cronista secreto de mi existencia, y yo nunca lo supe.
Llegué al final. La última anotación parecía escrita con una mano cansada:

«Ojalá supiera cómo hablar con él. Solo espero que sepa que moriría por él».

Y entonces comprendí. Comprendí de golpe, como se comprende la luz cuando desaparece la niebla. Me senté en el asiento del conductor de aquella camioneta envejecida por los caminos y los años, apreté la libreta contra el pecho y lloré. Lloré por el tiempo perdido, por los juicios injustos, por las palabras que nunca pronunciamos y por los abrazos que nunca nos dimos. Lloré porque acababa de descubrir que había sido amado durante toda mi vida de una manera tan profunda que no necesitó anunciarse.

Hay hombres que hablan del amor y hay hombres que lo trabajan. Lo levantan cada mañana como quien coloca ladrillos bajo el sol. Lo mezclan con sudor. Lo sostienen con sacrificios. Lo esconden bajo manos encallecidas para que otros puedan vivir más cómodamente. Jorge pertenecía a esa raza antigua. No sabía decir «te quiero», pero supo quedarse. Supo proteger. Supo renunciar. Supo dar. Y acaso el amor más verdadero sea precisamente ese: el que no busca ser admirado ni agradecido; el que se consume en silencio para alumbrar la vida de otro.

Mientras salía de la camioneta con la libreta entre las manos, tuve la extraña certeza de que Jorge, por fin, me había hablado. No con su voz, ni siquiera con aquellas palabras escritas a lápiz, sino con la elocuencia inmensa de toda una vida entregada. Entonces comprendí que el amor no siempre florece en los labios. A veces habita en unas manos callosas, en una espalda cansada, en una camisa manchada de yeso y en el corazón de un hombre sencillo que pasó años enteros diciendo, sin decirlo jamás: «Hijo, te quiero».


© Humberto 2026. 

viernes, 5 de junio de 2026

Casas Viejas

 

Casas Viejas





Enero de 1933. La madrugada había descendido sobre la campiña gaditana con esa tristeza mansa que tienen los inviernos del sur. No era una noche de tormenta ni de viento. Era peor. Era una de esas noches inmóviles en las que parecía que hasta los perros callaban para escuchar cómo respiraba la tierra.

Los campos, empapados por las lluvias recientes, despedían un olor oscuro a barro removido y raíces mojadas. A lo lejos, las encinas dibujaban manchas negras sobre un horizonte sin luna, y las humildes luces de Casas Viejas temblaban como luciérnagas enfermas en medio de la llanura.

El guardia de Asalto Julián Ortega viajaba en la parte trasera del camión, envuelto en su capote. Tenía veintitrés años y aquella edad incierta en la que todavía se cree que los hombres pueden arreglar el mundo con decretos, discursos y buena voluntad.

Había nacido en un barrio obrero de Sevilla. Su padre, ferroviario, había celebrado la llegada de la República como quien recibe la lluvia después de una larga sequía. En su casa se hablaba de escuelas, de jornales dignos y de un país nuevo que parecía asomarse, tímidamente, detrás de los viejos siglos de pobreza.

Ahora, mientras el vehículo avanzaba entre charcos y surcos, Julián contemplaba la oscuridad del campo andaluz y pensaba que aquella tierra seguía siendo la misma de siempre: la tierra de los señoritos y de los gañanes; la tierra de los cortijos blancos bajo el sol de agosto y de las chozas donde el hambre pasaba el invierno sentada junto al brasero. La tierra donde los hombres discutían de política con palabras grandiosas mientras las mujeres seguían amasando pan escaso y los niños aprendían demasiado pronto el significado de la necesidad.

A su lado viajaban otros guardias, envueltos también en sus capotes oscuros. El traqueteo del camión apenas permitía conversar, pero de vez en cuando alguna cerilla iluminaba fugazmente un rostro cansado. Estaba Morales, un malagueño flaco que llevaba siempre una copla en los labios y que aquella noche permanecía callado; estaba el gallego Souto, que fumaba sin descanso mientras observaba la oscuridad como si esperara ver surgir algo de ella; y estaba también el sargento Valcárcel.

Julián sentía por él una mezcla de respeto y temor. Valcárcel rondaba los cuarenta y cinco años y tenía el rostro curtido de los hombres que pasan demasiado tiempo bajo el sol y demasiado cerca de la muerte. Lucía un bigote entrecano y una cicatriz que le cruzaba la mandíbula izquierda desde la oreja hasta el mentón. Decían que se la había hecho una gumía rifeña en una emboscada cerca de Annual.
Había combatido en Marruecos durante años. Pocas veces hablaba de aquello. Pero cuando lo hacía, los demás escuchaban.
Aquella noche permanecía sentado junto a la portezuela, inmóvil, con las manos apoyadas sobre el fusil. Parecía uno de esos viejos centinelas de piedra que vigilan fortalezas olvidadas.
—Esto me recuerda al Rif —murmuró de pronto, sin dirigirse a nadie en particular.
Algunos levantaron la vista.
—¿Por el barro, mi sargento? —preguntó Morales.
Valcárcel negó lentamente con la cabeza.
—No. Por el silencio.
Nadie respondió.
El veterano escupió por un lado del camión.
—Cuando un pueblo entero calla de esa manera es que algo malo ha pasado... o está a punto de pasar.
Volvió a guardar silencio.

Julián observó el perfil endurecido del sargento recortado contra la noche. Pensó que aquel hombre había visto morir a compañeros en barrancos africanos cuyos nombres apenas figuraban ya en los periódicos. Había sobrevivido a Annual, a las cabilas y a las marchas interminables bajo el sol marroquí. Y, sin embargo, había algo en su mirada que parecía preocuparlo más aquella noche que cualquiera de las historias que contaban sobre él. Quizá porque en Marruecos el enemigo estaba lejos, al otro lado de una trinchera o de una loma. Allí no. Allí eran españoles.

Cuando aparecieron las primeras casas del pueblo, nadie habló. El silencio se había instalado entre los guardias como un pasajero más. Todos sabían que habían corrido disparos. Todos sabían que había muertos. Y todos intuían, aunque ninguno quisiera decirlo, que aquella noche no iban a asistir a un simple servicio de orden público.

Valcárcel fue el primero en distinguir las luces dispersas entre las sombras. Las observó durante unos segundos y luego se acomodó la guerrera con un gesto cansado.
—Ojalá me equivoque —dijo en voz baja.
Julián no supo si hablaba para ellos o para sí mismo.
***

—Han atacado el cuartel —dijo un sargento mientras descendían del vehículo—. Dos compañeros heridos. Uno está muy grave.
Nadie añadió nada más.

Julián ajustó la correa del fusil y observó a sus camaradas. Eran hombres jóvenes en su mayoría, llegados de Madrid, Sevilla o Málaga. Ninguno tenía aspecto de héroe. Parecían obreros a quienes el uniforme había impuesto una gravedad inesperada.

Aquello le tranquilizaba. O al menos eso quiso creer.

Durante la tarde comenzaron las detenciones.

Los nombres corrían de boca en boca: sindicalistas, campesinos, anarquistas. Hombres que apenas poseían otra riqueza que una escopeta vieja y una choza de barro.

Casas Viejas olía a humo de leña, a pobreza antigua y a miedo reciente.


Al caer la noche llegó el capitán Rojas. Su presencia cambió algo en el aire. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Los oficiales duros suelen hablar poco. Escuchó los informes, hizo algunas preguntas y miró hacia una choza situada al final de una calle estrecha.
—Ahí están.
La choza pertenecía a Francisco Cruz, «Seisdedos».
Julián oyó el apodo por primera vez aquella noche. Un viejo carbonero, con más de setenta años.
Dentro estaban algunos de los hombres acusados de participar en el levantamiento.
Se ordenó rodear la vivienda.
Cuando intentaron entrar, sonaron los disparos. La oscuridad se llenó de fogonazos. Un guardia cayó hacia atrás con el pecho abierto. Otro quedó herido.
Los disparos procedentes de la choza continuaron durante varios minutos. Después llegó el silencio. Un silencio espeso, terrible.

Julián permanecía agachado tras un muro. Podía escuchar su propia respiración. El crepitar de unas brasas en una cocina cercana. Incluso el miedo de los hombres.
Entonces llegó la orden de abrir fuego.
Los fusiles comenzaron a tronar. Después las ametralladoras. Las balas golpeaban las paredes de barro, levantando pequeñas nubes de polvo. Aquello duró una eternidad. O quizá solo unos minutos. El tiempo se comporta de forma extraña cuando los hombres intentan matarse.
Luego vino el fuego.
Julián vio acercarse a varios compañeros con haces encendidos.
Comprendió lo que iban a hacer. Comprendió también que ya nadie estaba pensando en detener a nadie.
Las llamas comenzaron a trepar por la paja seca. La choza ardió deprisa. Demasiado deprisa. Desde dentro llegaron gritos. Primero uno. Luego varios. Después ninguno.

El fuego iluminó los rostros de los guardias. Algunos observaban fijamente las llamas. Otros apartaban los ojos. Julián no pudo hacerlo. Todavía recordaría aquel incendio treinta años después. Todavía lo vería en sueños.
Cuando todo terminó, la estructura era una montaña de brasas rojas bajo el cielo negro. Creyó que había acabado, pero se equivocaba. Las peores cosas suelen ocurrir cuando la batalla ya ha terminado.
Poco antes del amanecer comenzaron a reunir detenidos. Eran hombres sacados de sus casas; algunos iban a medio vestir, otros temblaban. Nadie parecía entender exactamente qué estaba ocurriendo. Julián tampoco.
Los condujeron cerca de las ruinas humeantes. Allí estaba el cadáver del guardia muerto.
La tensión era insoportable. Los oficiales hablaban en voz baja. Los guardias evitaban mirarse. Y entonces sonó un disparo. Uno solo. Seco. Inesperado. Después llegaron muchos más.
Julián vio caer a los primeros hombres. Vio cómo otros intentaban cubrirse inútilmente. Vio cuerpos desplomándose sobre el barro. Vio sangre mezclándose con la tierra húmeda de Andalucía. Y no hizo nada.
Años más tarde se reprocharía precisamente eso, no haber hecho nada. Pero la verdad era más compleja. Tenía veintitrés años, un fusil entre las manos, oficiales dando órdenes, compañeros disparando. Miedo. Confusión. Y la certeza brutal de que el mecanismo te absorbía o te trituraba.
Cuando amaneció, Casas Viejas parecía un lugar saqueado por una guerra.
Había humo, cadáveres, puertas abiertas, mujeres llorando y niños observando desde las esquinas.
La República había llegado prometiendo escuelas, justicia y reforma agraria. Ahora dejaba tras de sí un pueblo lleno de muertos.

 

Mientras el camión abandonaba Casas Viejas, Julián miró hacia atrás. Vio las últimas columnas de humo elevándose sobre las chozas. Pensó en los campesinos, en los guardias muertos, en aquel anciano llamado Seisdedos. Pensó también en España. Y comprendió algo que jamás olvidaría: las guerras civiles no empiezan cuando los hombres disparan. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando unos dejan de reconocer a los otros como semejantes. Cuando la miseria se convierte en odio. Cuando la política sustituye a la compasión.

España llevaba demasiado tiempo acumulando agravios para que aquello fuera tan sencillo.

Cuando el camión se alejaba por los caminos embarrados, Julián volvió la cabeza una última vez. Casas Viejas quedaba atrás, envuelta en humo. Las primeras luces del amanecer comenzaban a derramarse sobre los tejados y las huertas, dorando con una piedad engañosa aquel escenario de muerte.

Parecía un pueblo cualquiera. Uno de esos pueblos andaluces donde los campanarios marcan las horas lentas de la vida, donde los hombres hablan en las plazas y las mujeres riegan los geranios cuando llega la primavera.

Y, sin embargo, algo se había roto para siempre. Quizá no solo en Casas Viejas. Quizá en toda España.

Porque las naciones, igual que los hombres, poseen heridas invisibles que tardan años en abrirse y apenas unos segundos en desangrarse.

Julián contempló por última vez la columna de humo que ascendía recta hacia el cielo claro de enero. Pensó en los muertos, en los campesinos, en los guardias, en los hijos que no volverían a ver a sus padres y en las madres que aquella mañana llorarían sin comprender del todo por qué.

Y sintió que sobre aquella tierra antigua, hermosa y desdichada, estaba cayendo una sombra larga.
Todavía nadie la llamaba guerra.
Todavía faltaban tres años.

Pero caminaba ya entre los surcos, avanzaba por los caminos y respiraba en los corazones de los hombres, como esas tormentas del Atlántico que los marineros presienten mucho antes de divisar las primeras nubes sobre el horizonte.


© Humberto 2026.