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jueves, 16 de abril de 2026

Historias matritenses: Besos robados sobre fondo gris


Historias matritenses

 Besos robados sobre fondo gris




Madrid, en 1968, tenía una tristeza polvorienta. Las fachadas ennegrecidas, los cafés con humo espeso y los tranvías chirriantes componían un decorado de resignación. Bajo aquella grisura había, sin embargo, una vida menuda, irónica, casi desafiante. La ciudad no prometía nada, pero siempre ofrecía algo. Antonio Duval llegó con una maleta pequeña y la expresión de quien ha aprendido demasiado pronto que el mundo suele ser más áspero de lo que uno imagina.

Lo habían expulsado del ejército, pese a haberse alistado como voluntario, quizá por huir de sí mismo. Pasó más tiempo en la enfermería que haciendo instrucción o servicios, y cuando no estaba allí acababa en el calabozo por faltas menores: llegar tarde, contestar con ironía o simplemente distraerse. El día de su salida tuvo algo de escena absurda: un oficial cansado, papeles firmados con desgana, y el joven saliendo al sol con una libertad que le pesaba. Caminó por la ciudad con la sensación de que la vida era una partida en la que siempre jugaba con cartas mediocres.

Antes de ir a ver a su amiga Cristina Farpón, habló con dos prostitutas en una calle lateral de la Gran Vía. No hubo pasión, ni siquiera deseo; solo un intercambio torpe e incómodo que lo dejó más solo que antes. Luego subió al piso de Cristina. Ella no estaba. Sus padres lo recibieron con educación prudente. El señor Farpón, hombre práctico, le consiguió trabajo como portero de noche en un hotel cercano a la plaza de Santo Domingo.

El trabajo le duró poco. Antonio abría y cerraba la puerta con seriedad mecánica, pero su ingenuidad lo perdió. Un detective privado le pidió que avisara discretamente cuando una mujer subiera con un hombre. Antonio, sin comprender del todo, accedió. El escándalo posterior, con marido incluido, terminó con su despido inmediato. Sin embargo, el detective, divertido por la torpeza del muchacho, trabó amistad con él y le ofreció trabajar en su agencia.

Antonio empezó a trabajar allí. Tenía intuición para leer a la gente, pero ninguna habilidad para seguirla. Perdía a los sospechosos, se distraía, anotaba detalles inútiles. Investigó a un prestidigitador casado cuya amante pagaba los servicios; vigiló a una niñera que se desnudaba durante la jornada; escuchó historias ajenas que le confirmaban que la vida de los otros tampoco era gran cosa.

Mientras tanto, intentaba retomar su relación con Cristina. La visitaba con insistencia incómoda. En alguna ocasión, la joven, con la complicidad de su madre, salía por la puerta trasera para evitarlo. Él, herido y confuso, buscaba consuelo en relaciones pasajeras o, cuando la soledad se hacía más pesada, acudía a prostitutas de la calle Ballesta, con una tristeza que lo dejaba aún más vacío. A veces ella lo escuchaba con paciencia; otras lo evitaba. Antonio, sin dramatismo, buscaba consuelo donde podía. Había en él una resignación precoz, la de quien sospecha que el amor también es una trampa amable.

En la agencia de detectives, Antonio recibió encargos diversos. Era torpe, pero observador. Le mandaron vigilar a un prestidigitador que actuaba en cafés modestos. Descubrió que el hombre estaba casado y que quien lo había contratado era su amante celosa. En otra ocasión siguió a una niñera que, durante las horas de trabajo, se dedicaba a hacer un discreto striptease para clientes ocasionales en un piso alquilado. Antonio contemplaba estas historias con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si el mundo fuese un espectáculo extraño al que asistía sin comprender del todo.

El caso más singular fue el del señor Carreras, un zapatero de la calle Fuencarral. El hombre quería saber por qué nadie lo quería. Antonio se hizo pasar por empleado. La tienda olía a cuero y a resignación. Allí conoció a Lucrecia, la esposa del zapatero, mujer elegante y algo aburrida. Las dependientas, con malicia, insinuaron que Antonio estaba prendado de ella. Lucrecia, halagada, comenzó a buscar su conversación.

Antonio se sintió incómodo, pero no supo retirarse a tiempo. La situación lo superaba. Decidió dejar el trabajo, pero Lucrecia lo siguió hasta su pensión. Le propuso un pacto: pasarían una mañana juntos y no volverían a verse jamás. Antonio aceptó con una especie de fatalismo. Aquella mañana tuvo un aire irreal, como si no le perteneciera.

Sin embargo, otra empleada de la agencia vigilaba a Lucrecia. Antonio tuvo que confesar a su jefe que él era el hombre buscado. Perdió el empleo sin dramatismo, como quien pierde algo que nunca ha poseído del todo.

Volvió a vagar por Madrid hasta conseguir trabajo reparando electrodomésticos en un pequeño taller. Un día, el señor Farpón se cruzó con él en la calle y descubrió su nuevo oficio. Se saludaron con cordialidad incómoda.

Pasó el tiempo. Cristina y Antonio apenas se veían. Una tarde, ella se quedó sola en casa. Descompuso deliberadamente la radio y llamó al servicio de reparación. Antonio acudió sin saberlo. Cuando abrió la puerta y la vio, ambos quedaron en silencio.

Él desmontó el aparato con manos inseguras. No estaba realmente estropeado. Cristina lo observaba desde el sofá. Hablaron primero de cosas triviales, luego del pasado. La conversación fue sencilla, sin exaltación. Madrid, al otro lado de la ventana, seguía gris.

Antes de irse, Antonio, con su habitual torpeza, casi sin levantar la voz, dijo:
—Podríamos casarnos.
Cristina lo pensó un instante.
—Sí —respondió con una sonrisa leve, como quien firma un acuerdo razonable.

Salieron a pasear por la calle de Princesa. La tarde caía lentamente. Antonio sentía, por primera vez en mucho tiempo, una calma modesta. No era felicidad, pero sí una compañía contra la soledad. Caminaban juntos sin promesas grandilocuentes. Antonio comprendió que la felicidad, si existía, era algo breve y frágil, como una tregua en mitad de la batalla cotidiana.

Y entonces entendió algo que no supo decir en voz alta: que lo único verdaderamente suyo en toda aquella vida habían sido los momentos fugaces, casi clandestinos, en los que el afecto se colaba sin permiso. Besos robados, como si la ternura tuviera que ser siempre un pequeño hurto al destino. Y le pareció suficiente.


©Humberto 2026.

martes, 14 de abril de 2026

En la muerte de Dionisio Ridruejo

 

En la muerte de Dionisio Ridruejo
Pedro Laín Entralgo




Nos juntó el azar, que por azar se juntaron o se apartaron las vidas de los españoles, cuando a todas las hizo saltar de su cauce la terrible guerra civil. Nos vinculó el destino, porque vinculación había de nacer entre quienes entendíamos o soñábamos del mismo modo el sentido histórico que esa no querida guerra pudo tener y no tuvo. Nos unió al fin, y de un modo cada vez más apretado, la mutua amistad, el hecho de sentir y saber que ya no se puede ser con integridad «uno mismo», sin la viviente existencia del otro. Ha muerto Dionisio Ridruejo, y desde la íntima, irreparable pérdida de un hombre que así era amigo mío tengo que hablar de él.

Otro día contaré con detalle las vicisitudes del proceso a lo largo del cual ese encuentro azaroso se hizo vinculación en el destino, y ésta fue convirtiéndose en amistad más y más entrañable. Sacando fuerzas de flaqueza, porque el dolor me hace ahora muy difícil dar figura de palabra a lo que sólo debiera ser sollozo, me limitaré a exponer en grandes rasgos cómo ante mis ojos -los ojos de alguien para el cual, agustinianamente, sólo por el amor puede accederse con derechura a la verdad-, fue la egregia persona real de mi amigo muerto. Seis rasgos principales vi yo en ella, cuando en pocos años pasó de ser precoz espiga verde, que así la conocí yo, a ser definitiva espiga dorada: lucidez, valentía, nobleza, abnegación, exigencia y melancolía.

Lucidez. «Eres hombre luciferino», solía decirle, jugando en primera potencia con la etimología, y en segunda, con la semántica, nuestro malogrado Ángel Álvarez de Miranda. Siempre habló Dionisio de lo que sabía o de lo que podía adivinar, nunca de lo que no sabía; y cuando la palabra -descriptiva, definitoria, interpretativa o adivinadora- brotaba de su boca, en todo momento fue luz que esclarecía, lumbre que hacía ver con claridad lo que por su naturaleza puede ser visto y que a la vez era capaz de respetar lo que para nuestra inteligencia sólo penumbra debe ser. Literatura, política, concreta realidad de un hombre, de una ciudad, de un país, de una situación; cualquiera que fuese el tema, Dionisio, de una manera cada vez más serena, menos arrebatada, sabía presentarlo al oyente con luminosidad eficaz y matizadora. Más o menos articuladamente, quien había tenido la suerte de escucharle se despedía de él con esta firme convicción en su alma: «Todo más claro».

Valentía. Precisaré: valentía sin jactancia y sin dureza. Hay valientes jactanciosos; los que para ejercitar su arrojo necesitan de un público. Hay valientes duros; los que no conciben el valor sin una armadura de violencia. Bien distinto el de Dionisio. Nadie con más llaneza y suavidad -sólo la sonrisa era su armadura-, en el trance de asumir un riesgo sólo propio. Nadie con tal decisión para hacer suyo, únicamente suyo, un riesgo que por su condición tuviera que ser compartido. La recatada y fina valentía de quien no sabía ni quería ser valentón; esa fue siempre, desde que en la puerta segoviana de San Quirce le conocí, la de este Dionisio que todos hemos perdido. Esa «clara valentía, del viento entre los árboles», que hace años cantaron dos hermosos versos de Luis Rosales.

Nobleza. ¿En qué consiste la nobleza? En ser preclaro, ilustre, generoso, honroso y estimable, dice nuestro diccionario. No me basta ahora la definición oficial. Noble es para mí quien sobre ese conjunto de cualidades, dando a todas ellas oportuna y cambiante realidad convivencial, sabe transformar el buen trato en amistad delicadamente personalizada, y con hidalguía tan ingénita como cultivada es totalmente incapaz de transformar la hostilidad en odio. ¿Quién como mi amigo muerto para ser a la vez amigo de éste, y de éste, y de éste, y nunca, con la baratera y trivial amabilidad de los héroes de sainete, «el amigo Dionisio»? ¿Qué adversario suyo -no pocos tuvo-, fue por él jamás tratado con injusticia o con rencor?

Abnegación: la virtud del que negándose o esfumándose a sí mismo, dispuesto siempre a decir: «Aquí estoy», sabe regalar a los demás la existencia, una ventaja sobreañadida o una dignidad que sin él nunca hubiese podido conseguir. En su puesto de mando o en la celda de una prisión, ¿cuándo dejó de ser abnegado, noble y valientemente abnegado nuestro Dionisio? Del león, baste una uña: durante nuestro común trabajo en Burgos, calladamente, clandestinamente Dionisio -luego lo supe- hacía pasar a mi módico sueldo cierta parte del suyo, para que mi mujer y mi hija pudiesen pagar su hospedaje en un albergue incomprensiblemente llamado «hotel»: ocho pesetas diarias.

(Un inciso, por amor a la precisión. Con la intención que sea, déjeseme reservar mi juicio sobre ella, cierta pluma ha escrito: «En Roma estuvo Dionisio tres años. Eran entonces angustiosamente parvos los sueldos de los corresponsales del Movimiento. Dionisio se había casado. Honesto y limpio hasta el sacrificio, contrajo deudas en la capital de Italia. Un día recibí orden de cancelarlas todas: me la dio personalmente don Francisco Franco».
: con más sentido de la generosidad que de la economía, Dionisio contrajo entonces —bien parvas— algunas deudas: las correspondientes al magnánimo decoro de un modesto representante de España, que se creía en la obligación de atender, aunque fuese en una trattoria del Trastevere, a los muchos españoles que pasaban por Roma. Yo, que en Roma gocé de sus atenciones y contemplé sus apuros, puedo hablar ahora como testigo de mayor excepción.)


«Valentía sin jactancia y sin dureza»


Prosigo. No es necesaria mucha imaginación para saber que Dionisio, de no haber querido ser abnegadamente fiel a sí mismo, hubiese podido ser ministro, o embajador, o beneficiario de permisos de importación o directivo de una empresa gobernada por el Estado, o gerente de cualquier favorecida organización inmobiliaria; y no imaginación, sino muy elemental memoria basta para recordar que por abnegada fidelidad a sí mismo Dionisio no conoció esas prebendas, sino la prisión, el exilio, la deportación, el silencio v la calumnia. Con orgullo de lo que vuestro padre fue, Gloria, Dionisio, Eva, decid a los que acaso maliciosamente hayan comentado las líneas antes transcritas: «De los que un tiempo estuvieron al lado de mi padre, muchos pudieron ser ministros, y lo fueron; y embajadores, y lo fueron; y beneficiarios de permisos de importación, y lo fueron; y directivos de empresas gobernadas por el Estado, y lo fueron; y gerentes de favorecidas empresas inmobiliarias, y lo fueron. Desde nuestra honrosa pobreza, preguntamos nosotros: ¿cuáles son las fortunas que todos ellos legarán, cuando les llegue su última hora, a sus mujeres y a sus hijos?». Quien tenga los oportunos datos, que responda. Buena falta hace, añado yo, si queremos ser tan sensibles a la contaminación moral como a la polución atmosférica).

Exigencia. Con su ejemplo, no con su palabra, exigía Dionisio. Viéndole, oyéndole, el juicio íntimo —«Algo debo hacer yo»— surgía ineludiblemente en el seno del alma, por escasa que fuese la sensibilidad personal ante el mandamiento del destino histórico, el imperativo de la libertad civil, la sed de justicia social y el requerimiento de la dignidad moral de nuestro pueblo. Aunque la desesperanza terrenal —la desesperanza mundana de la españolía en cuanto tal— tantas y tantas veces hiciera presa en el hondón más secreto de uno mismo. Porque Dionisio, sin proponérselo, tenía la virtud unamuniana de convertir en otro Manuel Bueno a quien con él seriamente trataba.


Melancolía. Melancolía, sí, en el fondo último de la acción o en el invisible acaso insospechable envés de la palabra o que definitoria o suasoriamente con tan irrestañable vocación, Dionisio se entregaba. Melancolía que él, salvo en las efusiones de la más íntima y sincera amistad, con tanta delicadeza y tan bien disimulado esfuerzo ocultaba, y que en los penetrables de su alma fue poco a poco creciendo, desde que adquirió cabal conciencia de lo que en no escasa parte es nuestra sociedad y, sobre todo, desde que la certidumbre de llevar mortalmente herido el corazón se le fue metiendo en la raíz misma de su vida cotidiana. La lúcida, valiente, noble, abnegada y exigente melancolía de este gran hijo de España, de este Manuel Buenísimo de nuestros últimos treinta años. «España, tierra de luz y de melancolía», escribió hace nueve lustros Xavier Zibiri. En esa tierra se hincaron las raíces de nuestro Dionisio, y a ella -como el varón que ya enriquecido y depurado por la total realidad del mundo vuelve a su amor primero-, le vi poco a poco regresar, para en ella morir.

La Castilla en llamas y en armas de sus primeros cinco lustros, la Cataluña que paisajística, conyugal y amistosamente le descubrió, la para él inédita dulzura de España, y, luego, la férrea Alemania, y una Rusia que no podía serle enemiga, porque la miraba con un amor nuevo, y Roma, cuya melada y ocre belleza él había de cantar como nadie, y un forzoso París donde, si ello fuera posible, se empapó todavía más de libertad e inteligencia, y la América plácida y convivencial de los campuses universitarios en que gozó el placer inédito e inesperado de aprender enseñando... Pero al término de todo, llevándolo todo en su ya doliente y cansado corazón -ahí está su insuperable Castilla la Vieja, ahí las conmovedoras, últimas palabras de su postrera entrevista en las páginas de Destino-, Dionisio, español y hombre universal, desde su alta y pobre Castilla quiso mirarse a sí mismo y ver a España entera.
Acaba de llamarme desde Santiago, para compartir con palabras nuestra común desolación, Domingo García Sabell. «Se me han acercado estudiantes que no conocían a Dionisio —me ha dicho— para darme testimonio de su dolor. Como cuando murió Albert Camus». Es verdad. Porque a todos los españoles se nos ha muerto este hombre limpio, que ha dado a su pueblo su vida, su obra, su truncada posibilidad, su incumplida y final esperanza secreta. Y ojalá, suprema herencia, logre darle su ejemplo.

lunes, 13 de abril de 2026

Historias matritenses: Noche de San Juan

Historias matritenses
Noche de San Juan



Madrid, 24 de junio de 1965: el solsticio se despliega como una herida luminosa que no termina de cerrarse. La ciudad, bajo ese día imposible —el más largo del año— parece suspendida en una vigilia sin noche, como si el tiempo hubiese olvidado caer. Las calles arden sin consumirse, y cada sombra se resiste a morir, estirándose con la terquedad de lo que sabe que será vencido.

Cuando caía la noche, la ciudad parecía despojarse de su prisa y adoptar una elegancia antigua, casi de zarzuela. Las luces amarillas de la Gran Vía se alineaban como un collar fatigado sobre el cuello de la madrugada, y el aire, aún tibio, traía ecos de conversaciones que se deshacían lentamente en los cafés, como si la ciudad exhalara su propio cansancio.

Emilio caminaba entonces con una sensación discreta de pertenencia, como si la noche le hubiera concedido una ciudadanía provisional. Era un joven sin dinero y con un modesto trabajo de administrativo. A sus 26 años —ocho vividos en Madrid— seguía siendo solitario y soñador; nunca había mantenido una conversación significativa ni tenido amigos. Lo que más lo definía era su tono literario al hablar y su extrema timidez; aun así, siempre intentaba ayudar a los demás. Era sencillo, noble y generoso. De día, en cambio, Madrid era otra cosa: áspera, ruidosa, poco hospitalaria. La gente cruzaba las aceras con un gesto de urgencia que lo dejaba al margen, como si la ciudad fuese un salón al que él no había sido invitado, o al que siempre llegaba demasiado tarde.

Vivía en un piso estrecho de Lavapiés, sin ascensor. Doña Remedios, la portera, fregaba el portal cada mañana con una paciencia que parecía heredada de otras décadas. Emilio la observaba a veces y pensaba que aquella mujer, con su delantal de rayas grises y su silencio respetuoso, era una reliquia doméstica de un Madrid que se iba borrando sin ruido.

Fue aquella noche de San Juan, con la luz mortecina aún estirada por la inercia del día más largo, cuando la vio en el puente de Segovia. El Manzanares corría oscuro, con esa modestia antigua que nunca había perdido, y la muchacha se apoyaba en la barandilla como si el río fuese un confidente serio. Lloraba. Emilio dudó; quizá lo prudente era no interrumpir. Pero un borracho se acercó, dijo algo insolente, y la escena adquirió de pronto un tono desagradable. Emilio intervino, apartándolo con una firmeza que no sabía que poseía. El hombre, contrariado, se alejó mirándolo de soslayo.

La joven le tomó del brazo con una firmeza inesperada, aún con los ojos húmedos. Bajaron hacia La Latina, donde las calles estrechas olían a verano y a conversación tardía. Se llamaba Carmen. Emilio, sorprendido por su propia franqueza, le confesó su soledad: nunca había sabido hablar con mujeres; vivía imaginando diálogos que jamás llegaban a suceder. Ella lo escuchaba con una sonrisa leve, jugando distraídamente con el borde del bolso, como si aquella torpeza tuviera algo noble, casi antiguo, una fragilidad que no era del todo triste.

Al despedirse, frente a un portal en penumbra, ella le dijo que volvería al día siguiente. Podía acompañarla si quería, pero con una condición: que no se enamorara. Lo dijo con ligereza, como quien establece un pequeño orden en la noche. Emilio aceptó; no se le ocurría otra respuesta posible.

La segunda noche, Carmen le contó su historia. Vivía con una abuela casi ciega que la vigilaba con una mezcla de ternura y autoridad. Habían alquilado una habitación a un estudiante de último curso de Derecho, que comenzó a acercarse a ella de forma discreta y afectuosa. Le regalaba libros y, gracias a él, Carmen descubrió la lectura de autores como Proust, Baroja o Cela. Poco a poco, entre ambos nació un vínculo silencioso. El joven la llevó una vez al cine a ver Un ángel tuvo la culpa, pero al terminar el curso tuvo que marcharse a Granada. Antes de irse, Carmen le pidió que se casara con ella; él la rechazó, prometiéndole que volvería en un año cuando tuviera estabilidad. Carmen, sin embargo, lo seguía esperando con una fidelidad sin estridencias.

Emilio escuchaba y sentía que la ciudad, a su alrededor, adquiría un tono más íntimo: los balcones cerrados, las farolas encendidas, el rumor lejano de los coches. Todo parecía inclinarse hacia aquella confidencia.

La tercera noche le ayudó a escribir una carta. Fingía entusiasmo; por dentro le nacía una melancolía serena, como esas tardes madrileñas en que el cielo se vuelve pálido y el ruido pierde consistencia. Ella le agradecía su amistad; decía que lo quería porque no estaba enamorado. Emilio pensó que se equivocaba, pero no quiso romper la delicada armonía de aquellas conversaciones que parecían sostenerla.

La cuarta noche llovía. Madrid, bajo la lluvia, adquiría una dignidad casi teatral: los soportales devolvían la luz como espejos sucios y los transeúntes caminaban con la solemnidad de una escena detenida. Emilio le confesó su amor. Carmen dudó, bajando la mirada y deslizando los dedos por la barandilla mojada. «Quizá, con el tiempo», dijo finalmente. Hablaron entonces de un futuro modesto: vivirían en la habitación de arriba de su casa, traerían a la abuela; una vida sin sobresaltos. Parecía posible, incluso natural, como si la ciudad entera lo autorizara por un instante.

Entonces apareció frente a ellos un joven de gabardina clara que la llamó por su nombre. Carmen soltó el brazo de Emilio y corrió hacia él con una alegría inmediata, casi luminosa. Se abrazaron. Ella volvió un segundo, le besó la mejilla y se marchó sin mirar atrás. La carta, pensó, había dado, desgraciadamente, resultado. Emilio quedó bajo la lluvia, viendo cómo la ciudad recuperaba su indiferencia habitual. Madrid volvía a ser grande, demasiado grande, otra vez ajena.

A la mañana siguiente recibió una carta que leyó en las escaleras, junto a los buzones. Ella se disculpaba, le daba las gracias y lo invitaba a la boda. Lloró en silencio. Doña Remedios entró diciendo que había quitado las telarañas del pasillo. Emilio, disimulando, la miró: le pareció más vieja, como si el tiempo hubiera decidido instalarse definitivamente en aquel piso.

Y, sin embargo, no se desesperó. Aquellas noches, breves y claras, habían sido suyas. Salió a la calle. Madrid amanecía con una luz dorada, casi solemne, prolongada como un resto del día más largo. Emilio caminó con una resignación tranquila, guardando en el ánimo la impresión intacta de haber vivido, por un instante, una pequeña y delicada forma de felicidad.


©Humberto 2026.

viernes, 10 de abril de 2026

El fuego de la barbacoa en la fiesta del pueblo

El fuego de la barbacoa en la fiesta del pueblo


 

Llegaste sin hacer ruido y, sin ser de nuestra sangre,
pasaste a ser familia.
Como llegan las cosas sencillas que, sin saber cómo,
echan raíces, prenden y se quedan.
Prendiendo en lo hondo, sin hacer ruido,
hasta volverse costumbre y latido;
presencia callada, firme y segura,
que ya no se nombra, pero perdura.

Te quedas en lo simple, en lo de cada día,
en la risa que brota con limpia alegría;
en anécdotas que vuelven, sin perder su encanto,
y en la mesa compartida, donde todo es tanto.

En el humo que asciende, festivo y ligero,
con el sol en lo alto,  brillante y sincero;
en la fiesta del pueblo, en su gozo sencillo,
donde el tiempo se aquieta y reluce el brillo.

Y en tu forma callada, de estar sin pesar,
sin querer ocupar, sin venir a mandar;
como quien no reclama ni busca lugar,
y, sin embargo, todo lo sabe llenar.

Ahora el tiempo, vuelto más frágil, parece detenerse,
y las palabras, como si supieran, pesan más.
Pero hay una serenidad honda,
una paz que nace de un cariño que no entiende de finales.

Porque quien ha sido hogar en la memoria
no conoce la ausencia.
Permanece, fiel, en la raíz de lo vivido,
en la huella limpia que deja lo verdadero.

Y cuando el silencio llegue,
será tu nombre en voz baja,
tu risa en los recuerdos,
y tu presencia, sencilla y cierta,
viviendo —por siempre— en nuestros corazones.


©Humberto 2026.

jueves, 26 de marzo de 2026

Romance en memoria del protector

 

Romance en memoria del protector


 

En la mañana gris del barrio,
cuando el cielo llora lento,
un reloj midió el destino
con metálico silencio.
Trece minutos y trece
sobre el filo del invierno,
y la suerte del más justo
se jugaba en un momento.

Dentro, el miedo era un susurro
temblando entre los reflejos,
una muchacha apretaba
contra el pecho su secreto;
y un hombre, con manos duras
de trabajo y desaliento,
miraba al suelo pensando
que el dolor llega sin precio.

Entraron sombras armadas,
con la prisa de los necios;
y el aire se hizo de plomo,
y el latido, más pequeño.
Pero afuera, en la esquina,
dos guardianes del silencio
con café aún en los labios
recibían su llamamiento.

No sabían que la historia
ya les abría su cuaderno,
ni que el barro de la calle
iba a tornarse lucero.
Uno miró hacia la vida,
otro hacia el deber más cierto,
y avanzaron entre sombras
como quien cruza un desierto.

—Deja a la niña —dijo firme—,
no te lleves su recuerdo.
Pero el odio, que es cobarde,
respondió con gesto fiero.
Entonces, como en la infancia,
cuando el valor fue primero,
guardó el arma y alzó el puño
contra el filo del acero.

Fue relámpago en la lluvia,
fue campana en el silencio,
fue justicia que, sin ruido,
rompe el miedo desde dentro.
Y al caer la tarde herida
sobre el barrio estremecido,
la sangre del hombre noble
se mezcló con el aguacero.

Dicen que el cielo callaba,
dicen que el tiempo era lento,
que la niña vio en sus ojos
un adiós casi deshecho.
Y él pensó en un niño solo
esperando el nacimiento
del Belén de cada año
bajo el calor del recuerdo.

Mas no quiso la fortuna
que se apagara su aliento;
porque hay hombres cuya vida
no se rinde al desaliento.
Y la sangre de tres manos,
como un milagro discreto,
volvió a encender la esperanza
que latía en su silencio.

Desde entonces, cuando llueve
sobre el barrio marinero,
hay quien mira a las farolas
como buscando un destello.
Dicen que es la estrella blanca
del valor y del esfuerzo,
que se posa en los que cumplen
sin pedir jamás un premio.

Y que en cada sorteo humano
donde el azar va jugando,
el mayor de los tesoros
no lo dicta ningún canto:
es el hombre que, en la sombra,
da su vida sin reclamo,
y deja, como aquel día,
la justicia entre sus manos.




Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936


 Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936





La noche del 17 de julio de 1936 cayó sobre Oviedo con una gravedad que no traían los relojes, sino los rumores. En los cafés se hablaba bajo; en los balcones, las sombras parecían escuchar. Llegaban noticias desde Marruecos, noticias de pólvora y de disciplina, de columnas que se alzaban como si el mapa de España hubiese decidido erguirse sobre sí mismo. Y, como si la ciudad hubiese oído un toque de campana invisible, el Frente Popular llamó a sus militantes, y Oviedo comenzó a llenarse de pasos apresurados y de voces tensas. 

A la mañana del día 18, aún con la bruma del amanecer apoyada en las torres, el coronel Aranda —recto como una espada en su vaina— ordenó la concentración de la Guardia Civil. Desde los caminos asturianos comenzaron a llegar, silenciosos y firmes, los guardias, mientras la ciudad, por su parte, se llenaba de obreros y mineros descendidos de las cuencas. Venían con mono y pañuelo rojo, como si el trabajo y la lucha se hubieran fundido en un mismo uniforme. Algunos traían armas guardadas desde la tormenta del 34; otros sólo traían la determinación, que a veces pesa más que el hierro. 

El gobernador civil pidió armas; Aranda pidió órdenes. La ciudad pidió certezas; nadie las tenía. Y aun así, doscientos mosquetones fueron entregados en Santa Clara, como si aquel gesto fuese una chispa arrojada sobre un campo seco. Mientras tanto, en la estación, partía la llamada expedición de mineros hacia Madrid. El tren avanzó entre vapores, y parecía que Asturias misma, hecha de carbón y de coraje, enviaba su aliento hacia la capital. 

El día 19 amaneció con la inquietud prendida en los tejados. Las armas no bastaban, y la exigencia crecía. Llegó la orden del ministro; llegó también la respuesta de Aranda, escrita con tinta que parecía acero: no cumplir, por honor y por patria. En la Sala de Banderas, los oficiales escucharon palabras que no eran sólo órdenes, sino destino. Había que dominar Oviedo, reducir los focos, evitar una lucha inútil… aunque nadie ignoraba que la lucha ya respiraba en las calles. 

Fue entonces cuando el nombre del comandante Caballero cobró relieve, como esas figuras que, al cambiar la luz, emergen con nitidez del fondo del cuadro. Nacido en Vitoria en 1890, había abrazado la milicia casi desde la adolescencia, y su vida se había ido templando, año tras año, en la disciplina del cuartel y en el cumplimiento silencioso del deber. En la revolución de 1934 defendió el Gobierno Civil, y más tarde mandó el 10.º Grupo de Asalto en Oviedo, donde su figura quedó asociada al orden firme y a la autoridad sin aspavientos. 

Los sucesos políticos de 1936 y la llegada del nuevo poder le apartaron del Cuerpo; pidió la baja y marchó a Zaragoza, como quien se retira con dignidad, sin ruido ni queja. Pero la historia —que a veces llama a los hombres por su nombre— lo trajo de nuevo a Asturias en las vísperas decisivas. Volvió para colaborar con Aranda, y en su gesto había esa serenidad grave del profesional que no improvisa y esa resolución íntima del hombre que sabe que los instantes decisivos no admiten demora, porque la historia, cuando pasa, no concede prórrogas ni segundas oportunidades

Cuando llegó al Regimiento Milán se presentó al coronel Aranda. Las palabras entre ambos fueron breves, casi ceremoniales: la guarnición estaba unida al movimiento y sólo quedaban indecisas las compañías de Asalto. Caballero respondió sin vacilar que estaba al servicio de España, y prometió dominar el cuartel de Santa Clara antes de una hora.

Se encaminó hacia allí con unos pocos hombres. Ante el retén que vigilaba el acceso, avanzó solo, con una mezcla de audacia y autoridad. Dio a escoger: obedecerle o disparar. Los guardias, conmovidos por su determinación, se pusieron a sus órdenes. El cuartel estaba lleno de milicianos armándose; subieron por escaleras estrechas, se produjeron disparos, y Caballero recibió un rasponazo en el hombro. Aun así, se asomó y proclamó que el cuartel quedaba bajo control. La confusión se adueñó del patio; los resistentes se replegaron, y en menos de una hora, como había prometido, Santa Clara quedó dominado.
Aranda dispuso entonces la defensa. Se ocuparon posiciones, se aseguró la Loma de Pando, y el 20 de julio, a las diez, una compañía salió con bandera, banda y música. Sonó el himno de Riego, y entre notas y fusiles, se declaró el estado de guerra. Era una escena casi ceremonial, como si la historia, incluso en su crudeza, no quisiera renunciar a cierta solemnidad.
 
Los meses de julio y agosto pasaron con una calma engañosa. En septiembre, la presión se hizo más dura; en octubre, el cerco se cerró. En los combates de la Loma del Canto cayó el teniente coronel Iglesias, y Caballero, al conocer la noticia, marchó a hacerse cargo de la posición. Recuperó una altura perdida y continuó alentando a los defensores hasta que una herida gravísima en la cabeza lo derribó. No murió, pero perdió un ojo, como si la guerra hubiese querido dejar en su rostro la señal permanente de aquellos días. 
Y cuando todo parecía inclinarse hacia el derrumbe, en la noche del 16 al 17 de octubre, desde El Escamplero avanzó la columna de socorro. Marchaba con urgencia, con ese paso que sólo conocen quienes saben que el tiempo es un enemigo más. Al atardecer del día 17, en la calle Independencia, se produjo el encuentro: defensores y socorristas se reconocieron entre el polvo y la emoción. El cerco se había roto. Y fue como si, de pronto, la ciudad entera hubiese recuperado el pulso, como quien, tras larga congoja, vuelve a sentir el aire limpio en los pulmones. Oviedo respiraba; respiraba con ese aliento hondo y agradecido que sólo conocen las plazas que han mirado de cerca a la muerte y han decidido seguir viviendo. 

Luego vendrían los años, con su cortejo inevitable de cargos, honores y controversias; la vida —que siempre prosigue— llevaría al comandante, ya general, por caminos más serenos, lejos del fragor de aquellos días encendidos. Pero Oviedo, celosa guardiana de su memoria, conservaría en lo más íntimo la estampa de aquel octubre: una ciudad cercada como una fortaleza antigua, unos hombres firmes como columnas, y entre ellos la figura de quien había empeñado su palabra y la había cumplido con la exactitud solemne de un juramento. 

Y la ciudad, herida pero erguida, contempló el crepúsculo con esa emoción silenciosa de quien vuelve a ver la luz después de una larga vigilia. Porque hay instantes en que la historia no se escribe con tinta ni con discursos, sino con el latido obstinado de una ciudad que, aun sangrando, decide no arrodillarse. Y entonces —como en aquella tarde— el cielo parece más alto, las campanas más hondas y la patria, aunque fatigada, vuelve a sentirse viva.

lunes, 23 de marzo de 2026

Romance del policía veterano

 Romance del policía veterano 




Te miras la mano un instante,
bajo la luz del cuartel,
y en los tendones te late
lo que no se quiere ir.

Cincuenta abriles te escoltan,
policía fiel, callado y gris,
y aún te subes al patrulla
como aquel primer abril.

¿Quién te diría, muchacho,
cuando a escuchar aprendías,
la voz dura de los días
y del arma el seco contacto,

que el tiempo no era descanso
ni remanso del vivir,
sino una calle más larga
que había que proseguir?

Fuiste de noche y de escarcha,
de verano y de perfil
recortado en las farolas
de un servicio sin dormir.

Y viste caer promesas
como hojas de un jardín,
mientras otros, a tu lado,
aprendían a fingir.

Mas hubo honra en tus pasos,
aunque nadie la dé aquí;
que hay victorias silenciosas
que no saben escribir.

Hoy los jóvenes te miran
sin saber bien qué decir,
y en sus ojos aún se enciende
lo que en ti empieza a morir.

Déjalos —piensas despacio—,
nadie aprende sin vivir;
cada cual lleva su noche
y su forma de seguir.

Y aunque el mundo haya cambiado,
y no sea igual que allí,
queda intacto un juramento
que no sabe de su fin.

Serás, cuando al fin te vayas,
ese nombre sin perfil,
esa sombra en los pasillos
que se apaga al partir.
Pero habrá otros. Siempre otros.
Con su luz por construir.
Y en sus manos, como en las tuyas,
volverá el deber a latir.


©Humberto 2026.