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sábado, 19 de septiembre de 2026

What Kind Of Fool Are You? - Swing Out Sister

 

¿Qué clase de tonto eres?


 


Traducción libre inspirada en la canción «What Kind of Fool Are You?»

 

En algún lugar,
de alguna manera,
llévame al lugar que un día conocí,
a aquel tiempo en que la vida
era sencilla y verdadera,
y todo parecía estar en su sitio.

Ámame,
ódiame,
vuélveme invisible otra vez.
Quizá así pueda olvidar
que alguna vez aprendí tu nombre,
que alguna vez fue mío
el camino que llevaba hasta ti.

¿Qué clase de tonto eres,
si quieres para ti el mundo entero?
¿Qué clase de tonto eres,
si no quieres mi amor?

Quién sabe.
Qué importa ya.
¿Por qué jugaste
a este juego sin sentido?
Bien sabes que al final
solo queda tu culpa,
como una sombra al borde del camino.

¿Qué clase de tonto eres,
si quieres para ti el mundo entero?
¿Qué clase de tonto eres,
si no quieres mi amor?

¿Cuántas veces me dijeron
los amigos que debí saberlo,
que hay caminos que se pierden
mucho antes de llegar?

¿Cuántas veces oí sus voces
y dejé pasar sus palabras
como pasa el agua
sin detenerse en la piedra?

¿Cómo iba yo a saber
que no había nadie más,
que no era otro el nombre
que guardabas en tu corazón?

¿Cómo iba yo a saberlo,
si amarte era mi certeza
y a dudar, todavía,
no había aprendido?

¿Qué clase de tonto eres
cuando al final descubres
que aquello que buscabas
no era nada?

Nada.

Porque todo lo que parece serlo
se vuelve sombra y silencio
cuando no queda nadie
que camine a tu lado.

Hipatia y el peligro de las historias demasiado perfectas.

 

Hipatia y el peligro de las historias demasiado perfectas




 

Hay historias que nacen dos veces. La primera, cuando suceden; la segunda, cuando los hombres las cuentan. Casi siempre, la segunda acaba siendo más fuerte que la primera. La historia de Hipatia de Alejandría es una de ellas. Durante mucho tiempo nos la han presentado como una especie de santa laica de la razón: mujer extraordinariamente culta, matemática, astrónoma y filósofa, asesinada por una turba de cristianos fanáticos que no podía soportar que una mujer defendiese la ciencia frente a la superstición. Al otro lado queda Cirilo de Alejandría, obispo oscuro y fanático, que habría señalado a Hipatia como enemiga de la fe. La estampa tiene la ventaja de ser sencilla. Demasiado sencilla. Y cuando una historia resulta excesivamente cómoda, conviene desconfiar un poco. Los hombres rara vez son tan ordenados como las historias que se cuentan sobre ellos.

Hipatia existió. Fue una mujer excepcionalmente culta para su tiempo y gozó de un considerable prestigio intelectual. Era hija de Teón de Alejandría, matemático y astrónomo, y recibió una educación extraordinaria. El historiador cristiano Sócrates Escolástico, que escribió relativamente cerca de los acontecimientos, afirma que había alcanzado un conocimiento superior al de muchos filósofos de su época y que enseñaba públicamente filosofía. No estamos, pues, ante un personaje inventado. Tampoco hace falta adornarlo. Las fuentes la relacionan con la tradición matemática y astronómica de su tiempo y con la transmisión y el comentario de obras de autores como Diofanto y Apolonio. Pero no hay fundamento suficiente para convertirla en una especie de Kepler de la Antigüedad, capaz de descubrir mil años antes las órbitas elípticas de los planetas. Tampoco fue la inventora del astrolabio. El instrumento existía antes de ella. Parecen detalles pequeños, pero no lo son. Cuando se fabrica un personaje histórico a nuestra medida, se acaba perdiendo precisamente aquello que lo hacía interesante. Hipatia no necesitaba ser una científica moderna disfrazada de mujer antigua. Era otra cosa: una filósofa neoplatónica, matemática y astrónoma que vivió en una sociedad muy distinta de la nuestra. Su pensamiento pertenecía al mundo intelectual de la Antigüedad tardía, un mundo en el que filosofía, matemáticas, astronomía y religión podían mezclarse de una manera que hoy nos cuesta comprender. No era una atea racionalista, ni tampoco una feminista del siglo XXI que hubiese aparecido por error en Alejandría. Estas categorías hablan más de nosotros que de ella.

Hay, además, un hecho incómodo para la leyenda: Hipatia tuvo discípulos cristianos. Uno de ellos, Sinesio de Cirene, llegó a ser obispo. En sus cartas recuerda a su maestra con admiración y afecto. La realidad histórica, como suele ocurrir, resulta menos cinematográfica que el mito. También suele ser más interesante.

Alejandría tampoco era una ciudad tranquila en la que una mujer de ciencia pudiera vivir pacíficamente entre libros mientras, al otro lado de la calle, los fanáticos esperaban el momento de destruir la cultura clásica. Era una ciudad violenta. Las luchas religiosas, sociales y políticas eran frecuentes. Cristianos y judíos se enfrentaban; las autoridades civiles y religiosas competían por el poder; las multitudes intervenían en los conflictos y, cuando intervenían, no solían hacerlo con delicadeza. En el año 412 llegó a la sede episcopal de Alejandría Cirilo. Poco después comenzó un duro enfrentamiento entre el obispo y Orestes, prefecto imperial de la ciudad. Aquí empieza a deshacerse buena parte de la leyenda, porque Orestes era cristiano. No se trataba, por tanto, de una guerra sencilla entre cristianos y paganos. Había también una lucha por el poder entre dos autoridades cristianas: la autoridad civil del prefecto y la creciente autoridad del obispo.

Las fuentes antiguas muestran esa tensión. En medio de ella apareció Hipatia. Era una mujer prestigiosa, perteneciente a las élites cultas de Alejandría y relacionada con Orestes. Su influencia sobre determinados sectores de la ciudad era conocida. Entonces comenzó a circular un rumor: Hipatia estaría impidiendo que Orestes se reconciliara con Cirilo. Sócrates Escolástico considera aquella acusación una calumnia. Pero los rumores tienen una propiedad desagradable: no necesitan ser ciertos para producir consecuencias. En marzo del año 415, durante la Cuaresma, un grupo de cristianos interceptó a Hipatia cuando se desplazaba por la ciudad. La sacaron de su carruaje, la llevaron hasta un edificio público y allí la asesinaron brutalmente. No hay que suavizar el hecho. Fue un crimen, y quienes lo cometieron eran cristianos. La muerte de Hipatia fue espantosa, y la propia fuente cristiana que nos la transmite no intenta justificarla. Sócrates Escolástico afirma que el asesinato produjo escándalo y descrédito para Cirilo y para la Iglesia de Alejandría. Hasta aquí, los hechos son bastante claros. Lo que ya no resulta tan claro es por qué murió.

Ésta es la pregunta que suele desaparecer cuando la historia se convierte en leyenda. ¿Fue asesinada porque era científica? ¿Porque era pagana? ¿Porque era mujer? ¿Porque defendía la razón frente al cristianismo? Las fuentes no permiten contestar de una manera tan cómoda. Sócrates Escolástico, que escribió cerca de los acontecimientos, sitúa el asesinato en el contexto de los conflictos políticos de Alejandría. Hipatia habría caído víctima de las luchas y de los celos políticos de aquel momento, en particular de la creencia de que ella impedía la reconciliación entre Orestes y Cirilo. Esto no quiere decir que la religión careciese de importancia. En aquella sociedad, política, religión, prestigio y poder estaban mezclados. Pretender separarlos con la precisión de un bisturí moderno sería probablemente falsear el mundo antiguo. Pero tampoco parece legítimo dar el salto desde ahí hasta afirmar que Hipatia fue asesinada porque el cristianismo odiaba la ciencia. Eso es otra historia, una historia escrita mucho después. Y las historias escritas mucho después tienen una ventaja sobre las verdaderas: suelen saber perfectamente quiénes son los buenos y quiénes los malos. La vida, en cambio, tiene la mala costumbre de no aclararlo.

Con los siglos, Hipatia fue cambiando. En el siglo XVII, autores como Voltaire la utilizaron como ejemplo de los males del fanatismo religioso. Más tarde, otros escritores contribuyeron a consolidar la imagen de Hipatia como mártir de la razón frente a la Iglesia. En tiempos recientes, la cultura popular terminó el trabajo. La película Ágora, de Alejandro Amenábar, presentó una Hipatia moderna, racionalista y casi anticipadora de la ciencia de la Edad Moderna. Cinematográficamente, la historia funciona; históricamente, es mucho más discutible. El cine necesita personajes reconocibles y conflictos claros. La historia rara vez los proporciona. El problema comienza cuando confundimos una buena película con un buen documento histórico. La Hipatia cinematográfica es una mujer de nuestro tiempo vestida con ropas de la Antigüedad. La Hipatia histórica era una mujer de la Antigüedad. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. También se ha dicho que fue la última bibliotecaria de la gran Biblioteca de Alejandría y que su muerte estuvo relacionada con la destrucción de la biblioteca. No hay evidencia suficiente para sostenerlo. Tampoco es cierto que con Hipatia muriese la ciencia de Alejandría. Después de ella continuaron trabajando filósofos y estudiosos en la ciudad y en otros centros intelectuales del mundo antiguo. La historia real no se acaba porque muera un personaje famoso. Eso sucede, sobre todo, en las películas.

Y queda Cirilo. Aquí tampoco conviene fabricar un santo ni un demonio. Cirilo fue una figura de enorme importancia en el cristianismo antiguo y uno de los grandes teólogos de los primeros siglos. Desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Éfeso y en las controversias cristológicas de su tiempo. Pero una cosa no borra la otra. Que Cirilo fuera un importante teólogo cristiano no demuestra que ordenara matar a Hipatia. Y que no tengamos una fuente contemporánea que pruebe que dio la orden tampoco demuestra que no tuviera ninguna responsabilidad política o indirecta. Hay que aceptar la incertidumbre. Eso es lo que distingue al historiador del propagandista. Un autor pagano, Damascio, escribió aproximadamente un siglo después de la muerte de Hipatia y responsabilizó a Cirilo de una manera mucho más directa. Pero su testimonio debe valorarse teniendo en cuenta la distancia temporal y su abierta hostilidad hacia el cristianismo. Sócrates Escolástico escribió mucho antes y tampoco era un admirador incondicional de Cirilo. Lo critica en otros episodios y señala algunos de sus excesos. Sin embargo, no afirma que el obispo ordenara asesinar a Hipatia. No sabemos, por tanto, si Cirilo dio la orden. Y decir «no lo sabemos» no es una cobardía. A veces es la única respuesta honrada.

La historia de Hipatia debería servirnos para algo más que para alimentar una guerra cultural entre creyentes y no creyentes. Debería servirnos para desconfiar de las historias demasiado perfectas. Una mujer culta fue asesinada brutalmente por una turba cristiana. Esto es cierto y no necesita maquillaje. Que aquel crimen fuera cometido por cristianos tampoco obliga a ningún cristiano de hoy a justificarlo. Del mismo modo, un crimen cometido por personas pertenecientes a una religión, una ideología o una nación no convierte automáticamente a todos sus miembros, presentes o futuros, en responsables del crimen. La historia no funciona así. Tampoco funciona al revés. No hace falta convertir a Hipatia en una heroína racionalista moderna para condenar su asesinato, ni hace falta convertir a Cirilo en un monstruo para reconocer que en la Alejandría de aquellos años hubo violencia religiosa y política.

Podemos sostener varias verdades a la vez: Hipatia fue una mujer extraordinariamente culta; fue filósofa neoplatónica y estudiosa de las matemáticas y la astronomía; tuvo discípulos cristianos; fue asesinada brutalmente por una multitud cristiana; el asesinato se produjo en un contexto de fuertes luchas políticas y religiosas; y las fuentes antiguas no permiten afirmar con seguridad que fuera asesinada por ser científica ni que Cirilo ordenara directamente su muerte. Todo esto es menos espectacular que la leyenda. Pero la verdad histórica suele tener esa mala costumbre: es menos espectacular y bastante más difícil de manipular.

Quizá ésa sea la verdadera lección de Hipatia. No que la ciencia venciera a la religión, ni que la religión destruyera la ciencia, sino que los hombres, cuando entran en conflicto por el poder, son capaces de encontrar justificaciones para casi cualquier cosa. Los hombres de Alejandría no eran muy distintos de nosotros. Tenían sus partidos, sus autoridades, sus disputas, sus prejuicios, sus rumores y sus multitudes. También tenían intelectuales que intentaban comprender el mundo mientras, alrededor de ellos, otros discutían por quién mandaba en la ciudad. La diferencia es que nosotros disponemos de mejores archivos. Y, sin embargo, seguimos contando las mismas historias.

Tal vez porque una historia complicada exige pensar, mientras que una historia sencilla sólo exige elegir bando. Por eso conviene volver de vez en cuando a Hipatia, no para convertirla en santa de la ciencia ni en mártir de una determinada causa, sino para dejarla en paz; para devolverle su época, sus ideas, sus discípulos, sus límites y, sobre todo, su condición de ser humano. La Historia no necesita héroes fabricados. Necesita lectores que sepan desconfiar de quienes les cuentan una historia demasiado redonda. Porque los hombres tienen una curiosa afición a redondear aquello que les incomoda. Y, cuando una historia queda demasiado redonda, suele ser porque alguien ha limado las aristas. Las aristas son precisamente lo que queda cuando se ha pasado el tiempo. Y quizá por eso convenga conservarlas.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Giges: belleza, sangre y corona


Giges: belleza, sangre y corona

 


En Lidiacomo en casi todos los reinos donde el oro alcanza para comprar conciencias, los reyes solían tener dos clases de problemas: enemigos al otro lado de las murallas y estupideces al amparo de las mismas. Candaules tenía ambos.
Giges era uno de sus hombres de confianza. Soldado, servidor fiel y hombre lo bastante prudente para saber que los asuntos de alcoba de un rey se parecen a las serpientes: lo sensato es no acercarles la mano. Pero Candaules no era un hombre prudente. Amaba a su esposa hasta el punto de haber perdido el juicio y, como si eso no fuera suficiente, tenía la peligrosa costumbre de hablar demasiado.
—Es la mujer más hermosa del mundo —le decía a Giges.
Giges asentía.
—No has visto nada igual.
Giges volvía a asentir.
—Deberías verla desnuda.
Esta vez, Giges no supo qué responder.
—No sería apropiado, majestad.
Candaules sonrió. Era una de esas sonrisas que anuncian que un hombre está a punto de cometer una estupidez y que, por desgracia, otros tendrán que pagar las consecuencias.
Aquella noche, el rey escondió a Giges en la habitación de la reina.
—Mírala —le ordenó—. Después me darás la razón.
Giges obedeció, porque los reyes tienen esa desagradable costumbre de convertir sus caprichos en órdenes. Se ocultó entre las sombras y esperó. Al poco, la reina entró. Giges apartó la mirada casi de inmediato, pero ya había visto lo suficiente para comprender la fascinación de Candaules. Ante él apareció una belleza serena, de plástica armonía, ajena por completo a la mirada clandestina que la contemplaba desde la oscuridad. No había nada de impúdico en ella. Era la mirada de Giges, y no la reina, la que pertenecía a aquel lugar.
Esperó el momento de escapar. Entonces, al abandonar la estancia, la reina levantó los ojos y lo vio. Sus miradas se cruzaron apenas un instante. Fue suficiente. Giges comprendió demasiado tarde que había entrado en un juego cuyas reglas no conocía y del que nadie, probablemente, saldría indemne.
A la mañana siguiente, la reina mandó llamarlo. No gritó, no lloró, no pidió ayuda. Aquello fue lo que más miedo le dio.
—Anoche estuviste en mi habitación.
Giges permaneció en silencio. La reina esperó.
—Me viste.
Giges bajó la mirada.
—Sí.
—No por voluntad propia.
—No, señora. Fue el rey quien me lo ordenó.
La reina guardó silencio y lo observó durante un largo momento, como si estuviera sopesando su vida en una balanza invisible.
—Entonces no eres tú quien debe morir.
Giges levantó lentamente los ojos.
—¿Qué queréis decir?
Ella dio un paso hacia él.
—Esta noche vas a entrar en su habitación.
Giges sintió que se le helaba la sangre.
—Señora...
—Te acercarás a su lecho mientras duerme.
El silencio se hizo más espeso.
—¿Y después?
La reina sostuvo su mirada.
—Después, Giges, ocuparás su lugar.
Giges tardó un instante en comprender.
—¿Queréis que lo mate?
—No —respondió ella, con una calma terrible—. Quiero que dejes de ser su hombre y te conviertas en el rey.
Aquella noche, Sardes, la capital del reino de Lidia, parecía contener la respiración. El palacio se extendía bajo la oscuridad como una criatura enorme y silenciosa. Las lámparas de aceite derramaban círculos amarillentos sobre las paredes; más allá de las columnas, los guardias conversaban en voz baja y, de vez en cuando, llegaba hasta los corredores el sonido apagado de alguna risa. Giges oyó una y le pareció un sonido absurdo. ¿Cómo podía alguien reír aquella noche?
Llevaba el puñal oculto bajo la túnica. Introdujo los dedos bajo la tela y palpó la empuñadura. Seguía allí. Durante un instante pensó en dar media vuelta. Podía marcharse, abandonar el palacio, cruzar las puertas de Sardes antes del amanecer y cabalgar hasta que la ciudad desapareciera tras él. Podía dejar que otros resolvieran el desastre que Candaules había provocado con su vanidad. Podía fingir que aquella noche no había ocurrido. Entonces recordó el rostro de la reina y sus palabras: O él, o tú.
Giges siguió caminando.
Llegó ante la puerta de la cámara real y se detuvo. Al otro lado dormía el hombre al que había jurado servir: su rey, su señor, el hombre que podía ordenar su muerte con una sola palabra. Giges apoyó la mano en la puerta, pero no la abrió. Todavía no. Desde el patio llegó el rumor de una fuente. El agua caía con una regularidad casi hipnótica. Después se oyeron pasos. Giges se apartó de la puerta y aguardó. Un guardia apareció al fondo del corredor. La llama de su antorcha avanzó lentamente por las paredes, acercándose, creciendo, hasta iluminar durante un instante el rostro de Giges. El soldado siguió de largo. Giges esperó unos segundos más. Luego abrió.
Candaules dormía. Había dejado una lámpara encendida junto al lecho. La llama vacilaba con cada corriente de aire y proyectaba sombras inquietas sobre las paredes. Sobre una mesa descansaban una copa y una espada. Giges miró la espada. Después miró al hombre dormido. Por un momento pensó en despertarlo, decirle la verdad, advertirle. Tal vez todavía hubiera una salida. Pero la idea murió antes de llegar a sus labios. Un rey despierto seguía siendo un rey, y un hombre que había llegado hasta allí para matarlo ya no podía permitirse el lujo de esperar.
Desenvainó el puñal. El metal produjo un sonido casi imperceptible. Candaules se movió en sueños y Giges quedó inmóvil. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temió que su propio cuerpo lo traicionara. Esperó. Candaules volvió a quedarse quieto y la habitación recuperó su silencio. Entonces Giges avanzó.
Un paso. Otro.
La distancia entre ambos se hizo pequeña, ridículamente pequeña. Ya no había palacio, ni guardias, ni Sardes, ni reino. Solo estaban ellos dos: el hombre que dormía y el hombre que sostenía el puñal.
Giges levantó el brazo y, durante un último instante, comprendió algo que ningún oráculo habría podido decirle: aquella hoja no solo iba a atravesar el cuerpo de un hombre; también iba a cortar su propia vida en dos. Después de aquel momento podía perder la vida, podía perder el reino, podía perderlo todo, pero ya nunca podría recuperar al hombre que había sido antes de entrar en aquella habitación.
Bajó el puñal.

Y Candaules dejó de ser rey.


© Humberto 2026.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Elegía a la muerte del maestro. PEMÁN

 

Elegía a la muerte del maestro



En recuerdo de D. Antonio Chacón,
el gran maestro jerezano

NO sé si es copla gitana
o si es refrán español
el que nos dice que el sol
si hoy se va, vuelve mañana.

TIENE razón el refrán.
Hay mil cosas que se van,
y como se van, volvieron.
Pero hay cosas que se fueron,
y que ya no volverán....

VOLVERÁ, sí, la guitarra,
esa que rompe y desgarra
con ayes el corazón,
volverá a hablar de pasión
de un flamenco entre los brazos,
cuando le quiten los lazos
que ahora lleva de crespón;
y volverán a sonar
juntas guitarra y cantar,
con sus gritos de pasión
y sus notas de ilusión
y sus ternuras risueñas....
¡¡pero aquellas malagueñas
de don Antonio Chacón!!

José María PEMÁN

Revista del Ateneo de Jerez, enero-marzo de 1933

LA PELEA SIN MOTIVOS. PEMÁN


LA PELEA SIN MOTIVOS

 


HACE un siglo, en la hora de la Restauración canovista, había traje de etiqueta para las naciones. Así como al pie del cartón que contenía ciertas invitaciones sociales, corría un letrerito que decía: «Se exige la etiqueta», al pie de la invitación a la modernidad y decencia política había su pequeña advertencia: «Se exige el parlamentarismo». Todavía, hace quince años, al acabar la contienda universal con la victoria de las democracias, parecía existir un «figurín» establecido: «Se exige la democracia». Ahora, la guerra fría, el poder atómico, las liberaciones y revoluciones continuas han trastocado totalmente la psicología de los países. El profesor Letón Waston escribía hace poco que la ciencia política de 1960 había de tener su receptividad abierta, sin escrúpulo, para toda fórmula o arbitrio que de algún modo salve la libertad en el seno de la autoridad y el orden.

Ya no se exige de etiqueta ni figurín determinado. «Sea eficaz… aunque lo haga en pijama». Casi en pijama doctrinal, las naciones se dedican ahora a ser eficaces. La democracia francesa, tan literaria e ideológica ayer, se corrige a sí misma con el autoritarismo de De Gaulle. La alemana se miente con la interposición de Adenauer. Creíamos que «democracia» era cosa de ágora, pueblo y multitud: y ahora, de pronto, resulta que es cosa de gigantones absolutistas.

Por su parte, Inglaterra ha encontrado hace tiempo la fórmula más admirable y adulta. Allí el Estado se concede todas las mayores latitudes democráticas, y la sociedad se ocupa de que no sean verdad. Son poseedores de tanta libertad que ni por asomo se les ocurre usarla.

No existe límite para la Prensa: pero se ocupa de ponérselo muchas veces la censura social. Constitucionalmente pueden existir cuantos partidos se quieran; lo cual no es peligroso mientras los ingleses se ocupen concienzudamente de que no sean más que dos.

Las prerrogativas de la Corona son casi ilimitadas, a costa de que la Corona no las use. El Rey puede ponerle el «veto» a cualquier ley, cosa tradicional y bonita con tal de que no se le ponga nunca.

En los Estados Unidos la cosa es todavía más habilidosa. Este, como toda América, es un país «hecho» violentamente: «ganado» a la Naturaleza. El americano sabe que su país no fue una cosa fácil ni gratuita. Las películas de la abundancia, con millonarios, señoras mundanas, pieles y besos, representan mucho menos a América que las llamadas «del Oeste», con tiros, caballos y temeridades. Gary Cooper es un señor que lleva dos pistolas para luego poderse poner un frac.

Sirviendo a esta trastienda histórica, a esta formación épica, los Estados Unidos han ideado el modo de ser un poco César o Napoleón, y entonces buscaron el modo de fabricarse, cada cuatro años, su autócrata a la vista del público. Durante tres meses suspenden todos los verbos —hacer, pelear, prosperar, guerrear— para construirles su sujeto gramatical. Sino que también el modo de construirlo es de una sustancia democrática bastante problemática. Cuando llega el momento cumbre, sonoro y trepidante, caballeresco, publicitario, marrullero y gitano de «elegir» teóricamente un presidente entre los millones de ciudadanos americanos, en realidad no quedan más que dos. Estos dos «finalistas» —una especie de «Madrid» y «Barcelona» de la Copa U. S. A.— representan inevitablemente los dos equipos nacionales: «demócratas» y «republicanos», por cuyos controles y convenciones han pasado. La democracia americana es buena como el café: a fuerza de filtros y concentraciones. Café muy negro, pero taza muy chica.

La democracia, que empezó con nueve mil ciudadanos en Atenas y que en la Bastilla se creyó que era el «pueblo todo», a fuerza de depuración se ha quedado reducida a dos señores. Como traducción del «demos», no deja de ser una traducción bastante libre.

En su momento decisivo y electoral, la «democracia» más grande del planeta cabe en un «biskuter». Pero el problema estaba en disimular esto y dar pasión y agitación al instante electoral, para justificar así los cuatro años venideros de autocracia.

El juego de los dos partidos daba, en realidad, poco juego pasional. Todos votan por su color disciplinadamente. Bastaría, en definitiva, contar los socios de cada club y podía uno ahorrarse carteles, discursos, televisión y bandas de música…

Pero, en esto, ha surgido un creciente elemento de desarreglo: una arenilla en los cojinetes de la artificiosa maquinaria. La democracia social depende de los neutrales, de la llamada «masa sin partido». Es como si en la final «Madrid-Barcelona» el público se echara a la cancha y fuera él el que metiera el gol.

Con esto no contábamos. Y ahora se plantea un problema angustioso. Llegado a ese punto, la democracia se empeña en recuperar algo perdido en todo ese camino de artificiosas esterilizaciones: un poco de verdad. Hay que actuar «de verdad» sobre el ciudadano. Hay que convencerle. Pero ¿con qué se le convence? Los dos equipos no son más que dos colores. ¿Cómo excitar con sus nombres de demócratas y republicanos a un país donde todos son republicanos y demócratas? Ideas trascendentes apenas existen en los Estados Unidos, sino la de cierta vaga «misión» universalista de hacer libre a toda la humanidad: idea tan gigantesca y teórica que la profesan por igual Kennedy, Nixon y sus lecheros y peluqueros.

En esta contienda apuntó algo posiblemente tembloroso y pasional: el catolicismo de Kennedy. Pero en seguida se pactó que eso sería irrelevante. Kennedy mismo se ocupó de recortarlo y anestesiarlo como una convicción inoperante y teórica. Los teólogos del Norte se apresuran a advertir que un obispo no es un valor electoral y que, aunque se juegue en la contienda el «control de natalidad», tiene que estarse calladito.

Decididamente, esto de la pasión ideológica es cosa europea y latina. Si por estas tierras hubiera que elegir entre un Kennedy y un Nixon, ya estarían desempolvándose Lepanto, la Inquisición; y ya habría quien estaría aprendiéndose de memoria aquello de que «grande es Dios en el Sinaí». Cancelado así o amortiguado todo lo especulativo, los candidatos han de refugiarse en una dialéctica rabiosamente somática y psicológica de sastrería y domesticidad. Su señora, su perro, su sonrisa, su traje, su casa, todo esto es lo que tiene que intervenir en el desesperado esfuerzo de diferenciarse. Cuando dicen en la pantalla «estos son mis poderes», señalan sus dientes blancos, a sus niños chicos. Una de las palabras más sonoras de la historia —«democracia»— ha venido a acabar en dos señores que discuten sobre cuál es el más simpaticón y sonriente. Cuando Nixon y Kennedy, al acabar el jaleo, se den la mano, harán el acto más razonable de estos tres meses. Porque, realmente, al verles ahora agitarse y gritar, dan ganas de meterse por medio como en ciertas discusiones: «Pero no se pongan así… esto lo arreglo yo en cinco minutos».



José María PEMÁN. 

sábado, 29 de agosto de 2026

El hombre que no se resignó a morir


El hombre que no se resignó a morir




La noche del 21 de marzo de 1937, Madrid tenía ese aspecto sucio y cansado de las ciudades que llevan demasiado tiempo en guerra. Desde la Cárcel Modelo apenas llegaba el rumor de la calle, amortiguado por los muros y por una oscuridad que parecía haberse instalado allí para quedarse. Muñoz Grandes llevaba nueve meses encerrado, y nueve meses son mucho tiempo cuando uno sabe que al hombre de la celda de al lado pueden venir a buscarlo de madrugada y que, cuando llegue la mañana, nadie preguntará demasiado. Había aprendido a dormir vestido, a distinguir por el sonido de los pasos quién venía por el pasillo y, sobre todo, a no hacer preguntas. En una cárcel como aquélla la curiosidad podía ser más peligrosa que el miedo. Así que esperaba, sentado en la penumbra, con la espalda contra el muro y las manos quietas, mientras afuera España se desangraba y los nombres de los muertos iban llenando poco a poco la memoria de los vivos.

Quizá fue entonces, en aquellas horas interminables, cuando Marruecos regresó a su memoria. No como un recuerdo ordenado, sino en relámpagos: una loma desnuda bajo un sol que parecía caer a plomo, el polvo pegándose a las botas, una descarga seca al otro lado del barranco, el grito de un hombre y después ese silencio extraño que queda unos segundos después de los disparos. El Rif. Los años en que todavía era posible creer que la guerra tenía fronteras claras y que bastaba con ser más valiente que el enemigo para sobrevivir. En 1924 había destacado durante la retirada de Xauen, cuando las columnas españolas tuvieron que abrirse paso en medio del desastre y la presión de las cabilas. Al año siguiente, en Alhucemas, una bala le atravesó el pecho y estuvo a punto de dejarlo allí, sobre aquella tierra africana que tantos hombres había tragado. Pero Muñoz Grandes rechazó entonces la posibilidad de convertirse en ayudante del rey Alfonso XIII. Podía haber elegido el palacio, el uniforme impecable y una vida más cómoda. Prefirió volver a la harka. Era de esos hombres que, una vez acostumbrados al olor de la pólvora, encontraban difícil respirar lejos de ella.

Y quizá por eso, cuando llegó la hora, los Guardias de Asalto no olvidaron quién había estado al principio de todo. Muñoz Grandes había sido su jefe y uno de los hombres decisivos en la creación y organización de aquel cuerpo destinado a mantener el orden en una España cada vez más ingobernable. Había mandado a aquellos hombres antes de que la política terminara por separar a unos españoles de otros, y muchos conservaron por él un respeto que sobreviviría incluso a la guerra. Después vino Asturias, en octubre de 1934: humo, barricadas, tiros y aquella vieja certeza de que, detrás de cada bandera, siempre hay hombres de carne y hueso que son quienes terminan pagando las cuentas. Luego lo apartaron del mando. Volvió a África, regresó al Rif, ocupó cargos en el Protectorado y ascendió a coronel. Mientras tanto, en Madrid, otros oficiales hablaban en voz baja de la necesidad de salvar España de quienes, según ellos, la estaban destruyendo. Muñoz Grandes escuchó aquellas conversaciones y tomó partido. El 18 de julio llegó con la precisión brutal de las fechas que cambian la vida de un país. Pero la sublevación fracasó en Madrid y, para hombres como él, comenzó entonces otra clase de guerra: una guerra sin frente, sin trincheras y sin posibilidad de saber desde dónde llegaría el siguiente disparo.

El 24 de julio lo detuvieron y lo llevaron a la Cárcel Modelo. Durante nueve meses vio entrar hombres que no volvía a ver salir. A veces llegaban rumores, a veces órdenes, a veces simplemente el ruido de los camiones que se detenían ante la prisión. Eran las famosas «sacas»: grupos de presos llamados por sus nombres, conducidos fuera de la cárcel con cualquier pretexto y cuyo destino, demasiado a menudo, era una tapia y un pelotón de fusilamiento. En aquellos meses, la muerte tenía muchos procedimientos y todos eran bastante sencillos. Muñoz Grandes sabía que su nombre podía aparecer en cualquier lista y que, una vez pronunciado, de poco servirían sus galones, sus antiguos cargos o sus servicios en Marruecos.

Pero había algo que los milicianos no podían borrar tan fácilmente: la memoria de los hombres que él había mandado. Los Guardias de Asalto conservaban por su antiguo jefe un respeto intacto. Algunos intercedieron para que se respetara su vida y pidieron que fuera absuelto, y ese vínculo personal resultó decisivo en aquellos días en que una detención podía terminar convertida, en cuestión de horas, en un linchamiento o en una «saca». Hombres que ahora vestían el uniforme de un bando distinto recordaban todavía al oficial que los había formado, al jefe que había estado con ellos antes de que España se partiera en dos. Y en una guerra civil, donde casi todo puede ser borrado por el odio, aquella memoria podía valer más que cualquier documento.

Tal vez también ayudó el doctor Gómez Ulla, viejo conocido de Marruecos, cirujano de guerra, hombre acostumbrado a trabajar con la muerte sin concederle nunca la última palabra. Gómez Ulla había visto a Muñoz Grandes llegar herido desde el frente y había intervenido aquel cuerpo donde otros sólo veían un cadáver. Ahora había que intervenir otra cosa: su destino. La fuga que se preparó meses después no tuvo nada de cinematográfica. No hubo centinelas degollados ni puertas derribadas ni nada de eso. Hubo algo mucho más eficaz: ayuda, silencios, complicidades y cálculo. La noche del 21 de marzo de 1937, Muñoz Grandes salió de la cárcel, enfermo, en una ambulancia que tenía como destino Valencia. Pero nunca llegó a la ciudad. En algún punto del trayecto, se bajó del vehículo y desapareció.

Durante unas horas dejó de ser coronel, conspirador, antiguo jefe de la Guardia de Asalto o cualquier otra cosa que pudiera costarle la vida. Fue sólo un fugitivo. Un hombre que caminaba deprisa, que miraba antes de cruzar una calle y que sabía que cualquier uniforme podía ser una sentencia. Madrid quedó atrás poco a poco. Después vinieron los caminos, las precauciones, los nombres falsos y el avance hacia el territorio controlado por los sublevados. Quizá entonces comprendió que aquella fuga no era el final de nada, sino el comienzo de otra vida.

El 25 de marzo alcanzó finalmente la zona nacional. Debió de parecerle extraño volver a encontrarse entre soldados, escuchar órdenes, ver uniformes conocidos y sentir otra vez bajo los pies un suelo que ya no pertenecía al enemigo. Quizá alguien le estrechó la mano. Quizá simplemente siguió andando. No hacía falta hablar demasiado. Los hombres que habían pasado por la Modelo sabían que algunas cosas no se cuentan y que otras se llevan encima para siempre. Muñoz Grandes llevaba las dos. Y mientras delante se extendía una guerra que todavía tardaría más de dos años en terminar, detrás quedaban la cárcel, los muertos y aquellos antiguos Guardias de Asalto que, pese a encontrarse en el bando contrario, habían recordado al hombre que los mandó y, con ello, habían contribuido a que siguiera vivo.

Entonces, durante un instante, pudo volver a ser el hombre de Marruecos. El que caminaba hacia el fuego mientras otros lo seguían. El que conocía el olor de la pólvora antes de que empezaran los disparos. El que había aprendido, muchos años atrás, que las guerras cambian de uniforme, de bandera y de nombre, pero que al final siempre terminan pidiendo lo mismo a los hombres: que avancen cuando lo razonable sería quedarse quietos. Aquella fuga no terminaba una historia: allí comenzaría la leyenda del hombre que, con el tiempo, llegaría a ser Capitán general.



© Humberto 2026. 

viernes, 24 de julio de 2026

El peluquero de Tarmiyah

 

El peluquero de Tarmiyah




No hay reloj
capaz de medir una vida.
Ni pregunta
que alcance el tamaño
de una esperanza.


Nunca te han gustado las entrevistas. No porque desconfíes de quienes llegan hasta tu despacho —después de tantos años, distingues una mentira bastante antes de que llegue al final de la frase—, sino porque hace tiempo comprendiste que ninguna vida cabe en dos horas de preguntas. Siempre ocurre igual: frente a ti se sienta alguien que ha cruzado medio mundo para seguir respirando. Tú preguntas, él responde, cuenta lo que le han dicho que cuente, calla lo que no puede contar y procura no hablar demasiado para no meter la pata. Al final, toda aquella vida termina reducida a un número de expediente, unas diligencias y un informe. A veces piensas que la burocracia es la manera que tienen los Estados de mirar el sufrimiento sin mancharse las manos: lo clasifican, lo numeran y lo archivan. Después, en algún despacho donde nadie conoce ese rostro, alguien decide si aquella vida merece otra oportunidad.

Por eso procuras que el hastío nunca se note. Enciendes la pantalla del ordenador, alineas el expediente con el borde de la mesa, colocas el teclado frente a ti y dejas la botella de agua en el mismo sitio de siempre. Son cosas pequeñas, pero has comprobado que, cuando uno pasa demasiados años haciendo lo mismo, acaba necesitando que cada cosa esté en su sitio. El fluorescente del techo emite un zumbido tenue al que hace años dejaste de prestar atención. Afuera se oye alguna puerta, el arrastre de unos zapatos por el pasillo, una voz que pregunta algo y se pierde enseguida. Dentro de unos minutos entrará un desconocido. Se sentará frente a ti y empezará a contarte su vida. Dos horas después, todo lo que ha sido, todo lo que ha perdido y todo lo que aún espera cabrá en unas cuantas páginas.

A la hora prevista, llaman a la puerta. La abogada entra primero. La conoces desde hace años; trabaja para una de las organizaciones que asisten a solicitantes de protección internacional y habéis coincidido en decenas de entrevistas. Detrás de ella aparece el ciudadano iraquí. Es más bajo de lo que imaginabas por la fotografía del expediente y lleva una carpeta de plástico azul apretada contra el pecho, como si en ella cupiera todo lo que ha conseguido salvar de su vida.

—La intérprete está de camino —dice la letrada mientras deja el bolso sobre la silla—. Me ha llamado hace un momento. Se ha quedado atrapada en un atasco.

Miras el reloj. Todavía hay margen.

Les indicas que se sienten mientras compruebas que todo está preparado. El iraquí no dice nada. Recorre el despacho con la vista, despacio, deteniéndose en la pantalla del ordenador, la impresora, la botella de agua sobre la mesa y la luz que entra por la ventana. Al final fija los ojos en ti. Sigue durante unos segundos la forma en que ordenas el expediente y cómo dejas el bolígrafo junto al teclado.

Entonces sonríe. Le faltan los dos incisivos superiores y las encías quedan al descubierto, pero la sonrisa conserva una cordialidad tan limpia que resulta imposible no corresponderla. Te da los buenos días en un español vacilante y, antes de que puedas responder, rebusca en el bolsillo de la cazadora hasta sacar un teléfono protegido por una funda gastada. Lo sostiene un instante entre las manos, mira a la abogada y le dice unas palabras en árabe.

Ella sonríe.

—Quiere enseñarle una cosa, pero prefiere esperar a que llegue la intérprete para poder explicársela bien.

Asientes sin hacer preguntas. Tomas el bolígrafo por pura costumbre, lo haces girar entre los dedos y vuelves a dejarlo sobre la mesa. El iraquí mantiene la vista en ti un instante más, como si intentara recordar algo, antes de bajarla hacia el teléfono.

Durante unos momentos reina un silencio incómodo. Tú repasas el expediente; la abogada ordena sus documentos; el iraquí sostiene el teléfono entre las manos y, de vez en cuando, vuelve a levantar la vista hacia ti con una expresión que no consigues descifrar.

Cinco minutos después llaman otra vez. La intérprete entra con el pelo algo revuelto y el bolso todavía colgado del hombro.

—Perdonad el retraso. La autovía estaba completamente parada. Ha habido un accidente.

Deja la chaqueta sobre el respaldo de la silla mientras recupera el aliento. Tú le restas importancia con un gesto. No es la primera vez que un atasco decide el ritmo de una entrevista.

Cuando por fin todos ocupan su sitio, el iraquí saca de nuevo el teléfono del bolsillo. Dice unas palabras en árabe sin apartar la vista de la pantalla y la intérprete sonríe.

—Antes de empezar, le gustaría enseñarle unas fotografías de su trabajo.

Asientes. Esperas encontrar imágenes de heridas, de una casa reducida a escombros o de algún documento que deba incorporarse al expediente. En cambio aparecen peinados.

Va deslizando una fotografía tras otra con un orgullo sereno. Cortes impecables. Barbas perfiladas con una precisión casi artesanal. Niños sonriendo frente al espejo. Ancianos que parecen recuperar diez años después de un afeitado. En varias imágenes aparece él mismo, tijeras en mano, con la misma sonrisa desdentada que ahora ilumina su rostro.

—Era peluquero.

Amplías una de las fotografías casi sin darte cuenta. El degradado es perfecto.

—Tiene muy buena mano.

La intérprete traduce la frase. El hombre entiende el elogio incluso antes de escuchar las palabras. Sonríe con una satisfacción tranquila, guarda el teléfono con el mismo cuidado con el que otros guardarían una fotografía de familia y, por un instante, deja de ser un solicitante de protección internacional: vuelve a ser simplemente un peluquero orgulloso de su oficio.

La intérprete deja el bolso junto a la silla y se sienta mientras la abogada ordena la documentación sobre la mesa. Tú abres el expediente en el ordenador a la vez que compruebas los documentos. Durante las próximas dos horas intentarás convertir una vida en un relato administrativo. Nunca has conseguido verlo de otra manera.

La mayoría de tus compañeros teclean deprisa: pregunta, respuesta, punto y aparte; lo imprescindible para que el expediente siga su curso. Tú trabajas de otro modo. Siempre has pensado que una declaración mal escrita puede ser tan injusta como una declaración falsa. Las palabras importan, y también el orden en que aparecen. No es lo mismo escribir que un hombre huyó que explicar por qué tuvo que hacerlo.

Quizá por eso, hace años, cuando aún creías que tenías madera de escritor, escribiste un par de cuentos y los enviaste a un concurso literario. No llegaron muy lejos, pero desde entonces conservas una costumbre que nunca has perdido: buscar la palabra exacta, incluso en un atestado o en un informe policial. Nunca adornas ni inventas; sólo procuras que quien lea esa entrevista dentro de seis meses pueda oír, entre las líneas, la voz del hombre que hoy tiene sentado delante.

Colocas las manos sobre el teclado y levantas la vista.

—Cuando quiera.

La abogada hace un leve gesto al solicitante para tranquilizarlo. La intérprete asiente, preparada para traducir. El hombre inspira despacio, como quien lleva demasiado tiempo esperando ese instante.

—Nací en Tarmiyah...

No escribes. Hace años aprendiste que las mejores declaraciones empiezan escuchando. Al principio intentabas seguir el ritmo de la traducción, pero acababas redactando frases demasiado pegadas a las palabras y demasiado lejos de lo que realmente querían decir. Ahora esperas. Escuchas. Ordenas cada respuesta antes de escribirla. El cursor parpadea en la pantalla. Tú también sabes esperar.

—Cuénteme cómo era su vida antes de tener problemas.

La pregunta cruza la mesa, se detiene un instante en la intérprete y llega finalmente al iraquí.

—Nací en Tarmiyah. Si cierro los ojos todavía puedo recorrer sus calles sin perderme. Recuerdo el polvo que levantaban los coches al pasar, el olor del pan recién hecho al amanecer y las voces de los comerciantes cuando abrían el mercado. Vivía con mi madre, mi hermano y mi hermana, que sufría ataques de epilepsia desde niña. Mi padre había sido director de un banco durante el régimen de Saddam Hussein. De joven estudió en Estados Unidos y hablaba de aquel país con una mezcla de admiración y melancolía. Nunca fue un hombre de consignas ni de banderas. Decía que la política siempre terminaba entrando en casa, aunque uno cerrara la puerta, y que no merecía la pena salir a buscarla. Murió en 2020, enfermo del estómago. A veces pienso que tuvo suerte. No llegó a ver hasta dónde podía degradarse un país.

Se detiene para beber un sorbo de agua. Aprovechas para escribir las primeras líneas. Dudas un instante entre «falleció» y «murió». Borras la primera palabra y dejas la segunda. Se parece más a la voz del hombre que tienes delante.

—Yo nunca quise parecerme a él. Mi padre entendía de números; yo sólo entendía de personas. Descubrí muy pronto que me gustaba cortar el pelo. Dejé el instituto con quince años porque no conseguía pensar en otra cosa. Mientras mis amigos hablaban de encontrar un empleo cualquiera, yo sólo quería aprender a manejar unas tijeras.

El despacho vuelve a quedarse en silencio, roto únicamente por el zumbido de los fluorescentes y el golpeteo de tus dedos sobre el teclado.

—Mi maestro me enseñó despacio. Primero barría el suelo. Después preparaba las toallas calientes, limpiaba las navajas y observaba. Pasé meses mirando antes de atreverme a cortar un mechón de pelo. Él decía que cualquiera podía aprender la técnica, pero que un peluquero de verdad tenía que saber leer la cara de quien se sentaba delante. «Hay hombres que vienen a cortarse el pelo y otros que sólo necesitan que alguien los escuche durante veinte minutos».

La intérprete traduce la última frase con una sonrisa apenas perceptible. Relees lo que acabas de escribir y apenas cambias una palabra.

Su maestro le decía que algunos clientes sólo necesitaban que alguien los escuchara durante veinte minutos.

Podrías resumir toda aquella explicación en una sola línea: peluquero desde los quince años. Bastaría para el expediente. Sin embargo, dejas la frase donde está. A veces una vida no se entiende por las fechas, sino por quien enseñó un oficio.

Continúas escribiendo. Mientras corriges una coma, notas por el rabillo del ojo que el solicitante vuelve a mirarte. Levantas la cabeza. Él sostiene la mirada apenas un instante antes de sonreír y volver a fijarse en tus manos mientras escribes. No dices nada. Piensas que quizá sólo agradece el trato correcto y continúas tecleando.

—La peluquería me dio una buena vida. No era rico, pero tampoco necesitaba serlo. Podía ayudar a mi madre, pagar los medicamentos de mi hermana y ahorrar algo de dinero. Me gustaba abrir el negocio por las mañanas. Siempre era el primero en llegar. Preparaba el café mientras levantaba la persiana y esperaba al primer cliente. Todavía recuerdo aquellos sonidos. Hay ruidos que terminan formando parte de una persona: el zumbido de las máquinas de cortar el pelo, las tijeras abriéndose y cerrándose, el vapor de las toallas calientes; incluso ese silencio que se hace cuando un cliente se mira por primera vez en el espejo después de un corte. Ésa era mi vida, y me bastaba.

La abogada escucha con los brazos cruzados. Lleva años asistiendo a entrevistas como aquélla y sabe distinguir cuándo alguien recita una historia aprendida y cuándo habla desde la memoria. La memoria nunca avanza en línea recta: se detiene en un olor, en un ruido, en un gesto sin importancia, y deja escapar fechas que cualquier expediente consideraría esenciales. El iraquí recuerda así. Va y viene sin perderse. La intérprete también empieza a percibirlo. Traduce con naturalidad, casi olvidándose de sí misma.

Entonces vuelve a ocurrir. Mientras termina una frase, el hombre no mira a la intérprete. Te mira a ti.

La abogada levanta apenas las cejas. La intérprete responde con un gesto casi imperceptible antes de continuar la traducción. Ninguna dice nada. No hace falta.

—Todo empezó a cambiar después de la caída de Saddam HusseinAl principio todos creímos que las cosas mejorarían. Nos equivocamos. Las milicias apoyadas por Irán fueron ocupándolo todo poco a poco. Primero aparecieron hombres armados en las carreteras; después llegaron los controles y, más tarde, ya nadie supo quién mandaba realmente. El Gobierno decía una cosa y ellos hacían otra. Nosotros éramos suníes. Con eso bastaba para convertirnos en sospechosos.

Pide permiso con un gesto para beber un poco de agua. La intérprete espera a que deje el vaso sobre la mesa antes de continuar.

—Mi padre empezó a preocuparse. Yo seguía creyendo que, mientras trabajara y no me metiera en política, nadie tendría motivos para hacerme daño. Era joven, y los jóvenes solemos creer que la violencia siempre encuentra el camino hacia la puerta de otro, hasta que un día descubre la nuestra.

Anotas la última frase casi sin modificarla. Dudas un instante entre «hostigamiento» y «acoso», borras la primera palabra y continúas escribiendo.

—Me tuvieron secuestrado veintisiete días. Me golpeaban con las culatas de los fusiles durante los interrogatorios. Uno de aquellos golpes me rompió los dos dientes delanteros. También me quemaron la espalda con hierros al rojo. El hombre que me rompió los dientes me lanzó una servilleta para que me limpiara la sangre. Cuando fui a cogerla vi que dentro había una rata muerta. Creo que querían que sobreviviera para que, cuando me soltaran, contara lo que habían hecho y el resto del pueblo tuviera miedo.

Se detiene. Bebe un sorbo de agua antes de sacar el teléfono. Busca unas fotografías y las desliza despacio hacia ti. Son tres imágenes de las heridas que le dejó el cautiverio. Las observas en silencio y le devuelves el móvil. No haces ningún comentario. Continúas escribiendo.

—Al cabo de veintisiete días nos abandonaron, a un médico y a mí, en un descampado cerca de Rajdiya. Nos llevaban envueltos en mantas viejas. Durante el trayecto volvieron a golpearnos. Al médico le habían cortado una oreja y los dos estábamos cubiertos de sangre cuando nos dejaron allí tirados, en un vertedero. Unos lugareños nos encontraron y nos llevaron a una aldea, donde nos dieron agua y nos curaron.

Se queda callado unos segundos.

—Recuerdo que, antes de que llegara nadie, los dos nos quedamos tendidos en el suelo, demasiado debilitados y magullados para levantarnos. Yo pensaba que no iba a poder hacerlo. Entonces el médico me miró y dijo, con una tranquilidad que todavía hoy no entiendo: «A partir de aquí ya nada puede ir a peor».

El hombre guarda silencio unos segundos.

—Nunca volví a saber de él.

Carraspea, pero la voz no le cambia.

—Cuando, días después, mi hermana me vio llegar a casa, se desmayó. Mi madre me dijo que ya no podía quedarme en Irak. Al día siguiente marché hacia la frontera con Turquía. Mi familia fue a despedirse de mí y me llevó el pasaporte para que pudiera cruzar.

A partir de ahí, el relato cambia de ritmo. Los años transcurren con la rapidez de quien ya ha contado esa parte demasiadas veces. Turquía, donde lo estafan. Austria, donde conoce a la que será su mujer. Alemania, donde tiene a su hija. Centros de acogida. Trabajos esporádicos. Solicitudes rechazadas porque su intención era terminar en España. Nuevos desplazamientos por Francia, donde le roban en una estación. Finalmente, España.

La abogada deja de tomar notas. Conoce al solicitante desde que llegó al albergue y nunca lo ha visto mostrarse tan abierto con nadie. Aprovechando que el iraquí no habla español, se inclina ligeramente hacia ti y murmura, con una sonrisa cómplice:

—Creo que le has gustado.

Sonríes sin apartar la vista del expediente y niegas con un leve gesto de cabeza.

—¿Desea añadir alguna cosa más?

El iraquí permanece unos segundos en silencio. No parece buscar las palabras; más bien decide si merece la pena pronunciarlas. Cuando habla, la intérprete tarda unos segundos en traducir. Frunce ligeramente el ceño, vuelve a mirarlo y dirige una rápida mirada hacia la abogada.

—¿Qué ocurre? —preguntas.

Ella tarda un momento en responder.

—Dice... que espera no haberle incomodado por haberlo mirado tanto durante la entrevista.

Levantas la vista y sonríes.

—En absoluto.

El hombre continúa hablando.

La intérprete se toma un momento antes de traducir.

—Dice que, cuando usted abrió la puerta, creyó durante unos segundos que era otra persona.

Tus dedos quedan suspendidos sobre el teclado.

—¿Quién?

El iraquí baja la vista. Cuando vuelve a levantarla, ya no parece mirar el despacho, sino un lugar muy lejano.

—El médico con el que estuve secuestrado.

El zumbido del fluorescente vuelve a hacerse audible.

Nadie dice nada.

—Dice que el parecido es extraordinario. El pelo. La cara. Los ojos. Incluso la forma de mirar y el tono de voz. Sabe que usted no puede ser él. Han pasado demasiados años. Pero, cuando abrió la puerta, por un instante creyó que España le devolvía a un hombre al que siempre dio por muerto.

De pronto tienes la extraña sensación de que un fantasma del pasado acaba de comprobar que él sigue vivo.

La intérprete baja despacio la vista hacia la mesa. La abogada cierra la carpeta sin hacer ruido.

Tú permaneces inmóvil, con las manos sobre el teclado. El cursor sigue parpadeando al final de la última línea del documento.

Por primera vez en toda la mañana no encuentras una pregunta que formular.

Al final sólo aciertas a decir:

—Ojalá siga vivo.

La intérprete traduce la frase.

El iraquí sonríe. Es la misma sonrisa desdentada con la que entró en el despacho. Responde con apenas unas palabras. La intérprete tarda un momento en traducirlas.

—Dice que él también lo espera. Pero que, si no es así, al menos usted consiguió devolvérselo durante unos segundos.

No escribes nada más.

El solicitante firma la declaración. Después lo hacen la abogada y la intérprete. Ella recoge la chaqueta; la letrada guarda la documentación en su carpeta azul. El iraquí deja el bolígrafo sobre la mesa con el mismo cuidado con el que, dos horas antes, había guardado el teléfono.

Los acompañas hasta la puerta. Intercambiáis una despedida breve. Los ves alejarse por el pasillo hasta que doblan la esquina.

Cuando vuelves al despacho sólo quedan el zumbido del fluorescente y el cursor parpadeando sobre la pantalla.

Relees la primera línea del documento.

El solicitante manifiesta…

La borras. Apoyas las manos sobre el teclado y escribes despacio:

Nació en Tarmiyah. Durante muchos años fue peluquero.



 

 

 

© Humberto 2026.