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domingo, 1 de marzo de 2026

Lindsey Buckingham - Surrender The Rain

 

Ríndete a la lluvia (adaptación libre de la canción del mismo nombre)

Necio pretendiente, dime,
¿no es ya hora de rendirte?
La lluvia llama a tu frente,
la lluvia quiere pasar.

Mudan los colores del mundo,
la ocasión no volverá;
lo que hoy se ofrece en silencio
mañana será cristal.

Huye, huye hacia tu casa,
vuela antes de ser metal,
antes de que el alma, inmóvil,
se acostumbre a no temblar.

Oh necio pretendiente,
¿por qué persistes igual?
La soberbia te hace estatua,
la costumbre, eternidad.

Silencio de piedra dura,
memoria de antigua faz,
vergüenza que no se nombra
pero no deja de estar.

Suelta las riendas del mando,
entrega falso reinar,
que no es dueño quien se aferra
sino quien sabe soltar.

Ríndete, al fin, a la lluvia:
no castiga, viene a dar;
que lava, que juzga y salva,
como Dios cuando es verdad.




miércoles, 25 de febrero de 2026

El rey sin reino


El rey sin reino


 



Ligeras como sombras dóciles, las manos de Clara le acariciaron la cabeza y luego reposaron con abandono confiado; las yemas de los dedos quedaron inmóviles sobre las sienes del hombre, donde latían con un ritmo lento y cálido, interno, casi solemne. Al final, sus palmas cubrieron aquel cráneo sólido como una certidumbre.
—Todo está vacío —murmuró Andrés.
Las palabras le salieron pesadas, torpes, como si no estuvieran hechas para sostenerse solas.
Clara contempló desde arriba el cuerpo relajado y fuerte que ocupaba toda la longitud del sofá. Un pie —el calcetín arrugado en torno al tobillo— colgaba lacio sobre el borde. Mientras lo miraba, la mano de él abandonó el costado y fue, vacilante, hasta la boca, donde se tocó los labios aún fruncidos.
—Todo es mentira —añadió, hablando ya detrás de los dedos.
Clara no respondió de inmediato. Seguía observándolo con una atención cansada que no era del todo ternura ni del todo paciencia. Pensó —como pensaba siempre en noches semejantes— que los escritores hablan demasiado cuando no escriben, y que cuanto más se les cierra la página, más se les abre la boca, como si las palabras no usadas exigieran salir de cualquier modo, aun deformadas.
—El problema —dijo al fin— es que confundes pensar con decir. Y escribir no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas. Es sentarse cuando ya no queda nadie escuchando.
Andrés sonrió apenas, sin abrir los ojos.
—Eso lo dicen los que todavía creen que van a terminar algo.
Habían apagado la calefacción una hora antes, y el piso —un tercero interior cerca de la glorieta de Bilbao— empezaba a enfriarse con una resignación antigua. Clara miró el reloj: la una. A esas horas Madrid seguía respirando ahí fuera, como si la ciudad se negara a reconocer el cansancio. Dentro, en cambio, el frío avanzaba despacio. No había corrientes; algunas espirales opalinas de humo permanecían inmóviles cerca del techo, suspendidas como ideas que no llegan a nacer.
Su mirada recorrió la habitación con la precisión de quien examina un escenario tras el ensayo: la botella de whisky, las piezas de ajedrez revueltas sobre la mesa camilla, un cuaderno abierto y boca abajo en el suelo —el suyo, con dos páginas escritas y muchas más pensadas—, y las colillas y cerillas consumidas, restos de una velada que había querido parecer brillante.
De repente, recordó a Luis. Había venido aquella tarde, unos días atrás, con su maletín de cuero y sus manos tranquilas, apenas rozando los papeles de su cuaderno. —No quiero interrumpir —le había dicho—, solo venía a recoger el manuscrito que me dejaste. Su presencia había sido un alivio inesperado; sus ojos claros parecían capaces de leer sin juzgar, de sostener la ansiedad que Clara sentía cada vez que Andrés se exaltaba. Ella había sentido, por un instante, que la literatura podía ser algo que se hacía, no solo algo que se decía. Luis se había marchado sin hacer ruido, y su paso calmado había dejado un recuerdo de orden y mesura en aquella habitación que siempre parecía a punto de desbordarse.
—Vamos, tápate —dijo, desdoblando la manta—. Estas casas viejas se llenan de aire malo por la noche. Andrés abrió los ojos. Eran de un azul verdoso, del mismo tono gastado que el jersey que llevaba. En el rabillo de uno, una delicada red de venillas rosadas le daba una inocencia impropia de un hombre que había publicado un libro hacía años y llevaba otros diez hablando de los siguientes. Con la cabeza recostada en las rodillas de Clara, la garganta arqueada sobre el cuello abierto de la camisa, resultaba extrañamente vulnerable.
—Un rey sin reino… —dijo.
Al hablar, bajó los párpados hasta dejar los ojos reducidos a una rendija burlona. Y Clara supo, con un sobresalto seco, que no estaba tan borracho como fingía. Aquello no era alcohol: era resentimiento.
—Luis ya se ha ido —dijo ella—. No queda nadie a quien convencer.
—Siempre queda alguien —respondió Andrés—. Alguien que todavía cree que va a escribir algo que importe.
Clara no replicó. Pensó en su cuaderno, en las frases tachadas, en las que aún no se atrevía a escribir. Pensó también en Andrés, en cómo había convertido la literatura en una patria perdida y la derrota en una forma de estilo.
—Todo está hueco… —añadió él—. Hueco por dentro.
Ella le apoyó la mano en la barbilla.
—No —dijo—. Lo que pasa es que tú ya no sabes qué hacer con el silencio.
El silencio se hizo espeso, casi físico. Andrés no respondió. Permaneció inmóvil, como si aquella frase hubiera terminado por apagarle algo que ya venía fallando desde hacía años. Clara retiró la mano y se levantó con cuidado, como si temiera hacer ruido en una habitación donde ya no quedaba nada que proteger.
Fue hasta la mesa camilla y recogió su cuaderno. Lo sostuvo un instante entre las manos, dudando, como si esperara que pesara más. Luego lo abrió. Las dos páginas escritas seguían allí, torpes y valientes, llenas de tachaduras. Arrancó la primera con un tirón seco, la dobló con precisión y la dejó sobre la mesa, junto al vaso vacío y las piezas de ajedrez caídas.
Andrés abrió los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó, sin alarma, como quien llega tarde a una escena.
—Dejar de ensayar —dijo ella.
Se puso el abrigo sin mirar atrás. En el pasillo, la luz era más blanca, más impersonal. Abrió la puerta y el rumor de Madrid entró como una respiración ajena, viva, indiferente. Antes de salir, se volvió una última vez.
Andrés seguía sentado en el sofá, encorvado, con la manta mal echada y la hoja de papel delante, sin atreverse a tocarla. Por primera vez en toda la noche no hablaba.
Clara cerró la puerta con cuidado.
En el piso quedaron el frío, el humo detenido, la botella vacía. Y un hombre solo, frente a una página que ya no era suya, escuchando cómo la ciudad seguía escribiéndose sin él.

©Humberto 2026

sábado, 21 de febrero de 2026

Ayuda vecinal, ley ancestral

Ayuda vecinal, ley ancestral



Al clarear el día, cuando el sol aún se despereza entre dudas, Elena abrió la puerta del patio y se quedó inmóvil. Allí estaban: cuarenta y siete postes de cerca, alineados con una dignidad casi litúrgica, como si la noche hubiera trabajado en silencio para dejarle un mensaje. El suelo, todavía vencido por la tormenta, era un lodazal triste y espeso.

Y entonces —como una marea que vuelve— le asaltó el recuerdo. Días atrás, con el barro aún fresco y la pena reciente, el contratista había hecho un gesto de cálculo y cansancio, y le soltó la cifra con voz neutra, casi piadosa: nueve mil euros. Nueve mil euros para recomponer la tierra, para levantar una cerca que pusiera orden donde la tormenta había sembrado ruina. Elena había asentido sin discutir, sabiendo que aquella cantidad no le pertenecía.

Volvió al presente al oír pasos. Sus vecinos, leoneses de la montaña, recogían las herramientas con la sobriedad de quien no busca aplauso. Fue el mayor de todos ellos, encorvado por los años pero de mirada firme, quien se acercó despacio. Dijo que había aprendido de su padre, y éste del suyo, una norma que no figura en los papeles: al vecino que saluda cada día, se le ayuda sin preguntar.

Entonces Elena comprendió. Aquella cerca no se había levantado contra el barro, sino contra la soledad. No la habían pagado cifras ni presupuestos, sino los buenos días constantes, la cortesía sin interés, la vecindad vivida como deber. Había construido, sin saberlo, el muro que no podía costear: uno hecho de humanidad callada, más firme que la madera y más duradero que cualquier contrato.

©Humberto 2026

viernes, 20 de febrero de 2026

Un asunto turbio

Un asunto turbio




Madrid, en la primavera de 1994, amanecía cada día con una gravedad antigua, como si sus calles, sus fachadas ennegrecidas y sus árboles veteranos hubieran visto pasar demasiadas historias como para sorprenderse ya de ninguna, y Javier Maulén, mientras caminaba bajo los soportales de la calle Alcalá con el abrigo bien cerrado y la mirada distraída, sentía que aquella ciudad lo observaba con la misma paciencia implacable con la que observa a todos los que creen que pueden atravesarla sin dejar rastro.

Aparentaba la seguridad de un hombre instalado en su sitio, con traje caro y modales heredados, aunque bastaba mirarlo con un poco de atención para advertir en sus ojos una fatiga antigua, una sombra que no procedía del trabajo ni de la edad, sino de un pasado que se resistía a quedarse quieto.

La vio por primera vez en el Café Comercial, una tarde lluviosa en la que Madrid parecía recogerse en sí misma con cierta melancolía elegante, como una actriz veterana que conoce de memoria su papel. Clara Roche estaba sentada junto a la ventana, fumando con calma, y cuando alzó la vista para mirarlo, Javier tuvo la sensación incómoda de que aquella mujer ya lo estaba esperando.

—Madrid está especialmente triste hoy —dijo ella, sin preámbulos, mientras apagaba el cigarrillo.
—Madrid siempre está triste —respondió Javier—. Lo que pasa es que a veces disimula mejor.

Hablaron de cosas inofensivas, del ruido de la ciudad, de la lluvia, de los cafés que ya no eran lo que habían sido, y sin embargo, bajo aquella conversación trivial, Javier percibía una corriente subterránea que lo mantenía en guardia, como si cada palabra tuviera un doble fondo cuidadosamente calculado.

Mientras Clara hablaba, la memoria lo arrastró a otro tiempo, a otro encuentro en el mismo lugar, cuando todavía creía que la vida se podía ordenar con cierta lógica.

Aquel día, su padre, don Rafael Maulén, le había presentado a un alto cargo del Ministerio del Interior con una cortesía impecable, y después, ya a solas, le había dicho con voz serena:

—Escucha más de lo que hablas, Javier. En este país sobrevive el que sabe cuándo callar.

—¿Y si no estás de acuerdo? —preguntó él entonces.
Don Rafael sonrió con paciencia.
—Eso también se aprende a callarlo.

La relación con Clara avanzó sin declaraciones ni compromisos, como suelen hacerlo las historias que se sostienen sobre silencios compartidos, y pronto comenzaron a verse en un piso discreto de Argüelles, con las persianas siempre a medio bajar, no por romanticismo sino por prudencia, porque ambos sabían que la luz directa no favorece a ciertas verdades.

Clara hablaba poco de su marido y aún menos de su pasado, pero de vez en cuando dejaba caer frases que a Javier le resultaban inquietantes.

—La gente cree que el pasado se queda atrás —comentó una noche, sirviendo dos copas—. Pero el pasado tiene muy mala memoria para el olvido.

—A veces no queda más remedio que convivir con él —respondió Javier, midiendo las palabras.
Clara lo miró con una leve sonrisa.
—O pagarle la cuenta.

Aquella frase lo persiguió durante días, mezclándose con el recuerdo de la carretera secundaria que llevaba a Colmenar, del frío de aquella noche y del rostro de Luis Montalvo, iluminado por la luz amarillenta del coche.

—Tu padre no es intocable —le había dicho Luis, con una mezcla de cansancio y obstinación—. Sólo ha tenido suerte.
—No sabes de lo que hablas —respondió Javier.
—Lo sé demasiado bien.

El empujón fue torpe, más fruto del miedo que de la ira, y el silencio posterior, espeso y definitivo, se le quedó grabado como una losa que ya no abandonaría su conciencia.

Desde entonces, la culpa se manifestaba en pequeños detalles, en el insomnio recurrente, en ciertas miradas esquivas, mientras Madrid seguía funcionando con la serenidad distante de una ciudad acostumbrada a sobrevivir a dramas ajenos.

Las llamadas comenzaron poco después, siempre mudas, siempre a deshora, y a ellas se sumó la presencia de un hombre con gabardina gris que parecía conocer sus rutinas, una figura que Javier aprendió a aceptar como parte del decorado urbano, del mismo modo que se aceptan las estatuas o los edificios antiguos.

Su padre lo citó una mañana en el despacho de Serrano, rodeado de madera noble y fotografías de otros tiempos, y fue directo.

—Estás siendo imprudente.
—No he hecho nada —respondió Javier.
Don Rafael lo miró con una paciencia fatigada.
—Eso es lo que más me preocupa.

Recordó entonces los documentos amarillentos que había encontrado años atrás, pruebas silenciosas de cómo su padre había atravesado épocas más duras sacrificando a otros con una calma casi elegante, y comprendió que su apellido no era un refugio, sino una deuda.

La desaparición de Clara no lo sorprendió tanto como hubiera cabido esperar. Al reconstruir los hechos entendió que ella había sido el vínculo entre su presente y aquel pasado mal enterrado, que había amado a Luis antes que a él y que quizá nunca buscó justicia.

Tal vez sólo equilibrio.

Aquella última noche caminó durante horas por las calles, sin rumbo, observando la dignidad silenciosa de una ciudad que seguía hermosa incluso en su indiferencia, y entendió que no existía salida limpia para alguien que había vivido demasiado tiempo entre silencios.

Al amanecer entró en la comisaría.

—Vengo a declarar —dijo al funcionario de guardia.
—¿Sobre qué asunto?
Javier respiró hondo.
—Sobre uno antiguo. Y turbio.

Madrid continuó su rutina con la elegancia distante de siempre, porque la ciudad no castiga ni consuela, simplemente permanece, y los asuntos turbios, tarde o temprano, acaban cerrando su círculo con la puntualidad de lo inevitable.


©Humberto 2026


 

jueves, 19 de febrero de 2026

La cuesta y el destino


La cuesta y el destino



Recuerda —como si el aire aún trajera aquel olor a mañana incierta— que hace muchas lunas bajaba por la cuesta de Canillas, con una maleta de madera en una mano y quinientas pesetas en el bolsillo. No llevaba más equipaje que la esperanza, ni más patrimonio que una fe juvenil en el porvenir. Y, sin embargo, ¡qué caudal tan inmenso le parecía entonces!

Han pasado ya cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro campanadas —como dijera un buen amigo suyo— son muchas para una profesión como aquélla; demasiadas quizá, cuando cada jornada trae su afán y su zozobra, y uno aprende a rumiar, al clarear el día, los sinsabores con que se desayuna al cruzar la puerta del servicio. Catorce trienios son algo así como dos vidas profesionales encadenadas; demasiado tiempo para una sola digestión del alma, demasiadas madrugadas y demasiadas noches para un único corazón.

Y, sin embargo, en el rincón más íntimo de su memoria siguen vivos los rostros de quienes dejó atrás. Grandes guerreros, hombres de temple recio, cuya singularidad no se la dio el uniforme sino la calle; porque es en la calle donde se forjan los espíritus de cuerpo y se cincelan las lealtades que no figuran en ningún reglamento. Eran policías, son policías, y él sólo pide que se les permita seguir siéndolo con la dignidad que conquistaron paso a paso, esquina a esquina.

Aún recuerda su primer día. Iba a vivir su primera y, sin saberlo, la más grande de sus aventuras. No había épica en los papeles ni música en los despachos; la épica estaba en el deber callado, en la mirada cómplice del compañero, en el silencio que precede a la decisión justa.

Y si alguna vez el camino pareció conducir al infierno, fue sólo porque toda vocación verdadera exige atravesar su propia sombra. Pero incluso en esa senda áspera, el hombre descubre quién es y por qué eligió quedarse.

Así fue aquel comienzo: una cuesta, una maleta humilde, quinientas pesetas… y un destino.


Adaptación de texto.

martes, 17 de febrero de 2026

Permanece en el camino.



Permanece en el camino


 

El frío había llegado antes que él. Se sentía en el viento que recorría los caminos solitarios, en el susurro de los álamos, en la piedra húmeda de los puentes. Antonio caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, escuchando esa voz invisible que parecía hablarle desde el aire: sigue… sigue…

El viejo que vivía al borde del río le había dicho, años atrás, que los caminos sabían más que los hombres. Que quienes perseveraban en ellos, aunque el invierno los azotara y los cielos retuvieran la alegría, acabarían encontrando lo que buscaban. Antonio recordaba sus palabras mientras la tarde se hundía en sombras largas.

El frío me habla
por caminos solitarios.
El viejo siente el hielo
y me dice: «Sigue».

Donde la primavera debería florecer, el mundo parecía contener la vida. Sombras cubrían los recuerdos de un amor que no se rendía, pero que se escondía entre silencios y distancias. Sin embargo, había fuerza en su corazón, una fuerza que le recordaba a los ríos que atraviesan los álamos secos, que no se detienen aunque todo parezca inmóvil.

Donde la alegría florece,
los cielos la retienen;
sombras cubren tu amor.
Sé fuerte, corazón,
como río entre álamos secos.
Sigue…
nos encontraremos.

Y así Antonio siguió, un paso tras otro, por esos caminos que solo él podía recorrer. Sabía que el invierno había pasado, que la soledad podía apretarle el pecho, pero también sabía que al final de esa senda lo esperaba alguien: amor mío, nos encontraremos. La voz del frío ya no era amenaza, sino guía.

El invierno ha pasado,
la tarde me deja solo,
pero sigo, amor mío:
nos encontraremos.

Con cada paso, el aire parecía dibujar los recuerdos, las esperanzas y el silencio. Los álamos se mecían como testigos antiguos, y los caminos, húmedos y callados, confirmaban lo que el viejo había dicho: los que caminan con fe nunca se pierden. Y Antonio caminó, confiado, hasta que la tarde y el frío se hicieron uno con su memoria, y el amor, invisible pero cierto, lo esperaba al final del sendero.




©Humberto 2026

sábado, 14 de febrero de 2026

Una lealtad sin nombre


Una lealtad sin nombre

 


La noche lo aguardaba con esa gravedad antigua que tienen las cosas importantes. No era una noche cualquiera: era una de esas que parecen escritas de antemano, con tinta solemne y márgenes estrechos. El agente —que para el mundo respondía a un nombre discreto y para sí mismo a ninguno— avanzó por la calle como quien cumple un deber heredado, no elegido.
Había aprendido que el secreto no es esconderse, sino mantenerse erguido. Y así caminaba: recto, sobrio, con la dignidad silenciosa de los oficios ingratos. Bajo la gabardina llevaba un arma; en el pecho, una lealtad antigua, quizá ya anacrónica, pero firme como una oración bien dicha. Servía a un país que rara vez agradecía y a una causa que jamás firmaba recibos.

La mujer lo esperaba sentada, manos cruzadas, gesto contenido. Tenía en los ojos una tristeza educada, casi noble, como si supiera que ciertas verdades no deben decirse en voz alta. Él la saludó con una leve inclinación de cabeza, cortesía de otro tiempo, de cuando las formas importaban incluso al borde del abismo.
—Sabes por qué he venido —dijo él.
—Sí —respondió ella—. Y sé también que no saldrás indemne.
El agente sonrió con melancolía. No con ironía, sino con ese pudor sereno de los hombres que aceptan su destino sin aspavientos. Había servido a gobiernos que cambiaron de rostro y de discurso, pero no de necesidad. Sabía que hay sacrificios que no piden aplauso, solo silencio.
—Hay causas —dijo— que no se defienden para vencer, sino para que no se pierdan del todo.

Ella bajó la mirada. Afuera, la ciudad dormía con el sueño contradictorio de las naciones viejas, mientras unos pocos velaban para que el alba llegara intacta. El camarero fingía secar vasos que ya estaban secos; la prudencia también se aprende.

El agente se levantó con calma. Cada movimiento era una declaración de principios. No miró atrás al marcharse; sabía que algunas despedidas se estropean si se prolongan. En la calle, el aire olía a cal húmeda y a historia acumulada. Las fachadas parecían observarlo con la severidad indulgente de quien ha visto pasar demasiados hombres convencidos de tener razón.

Caminó despacio, sin prisa ni miedo. El miedo —había aprendido— solo es útil cuando se reconoce y se mantiene a raya, como un caballo nervioso con la rienda corta. Pensó en la patria, no como consigna, sino como suma de cosas pequeñas: una plaza al amanecer, un café servido en silencio, una bandera doblada con cuidado en un cajón. Por eso seguía adelante. No por órdenes ni recompensas, sino por fidelidad a una idea exigente del deber, esa que no admite testigos.

Al doblar la esquina, supo que no estaba solo. No hizo ademán alguno. Ajustó el nudo de la corbata, gesto casi litúrgico, y recordó a su padre hablándole de honor como quien habla del clima: algo que no se elige, pero se soporta. Si llegaba el final, llegaría como deben llegar las cosas importantes: sin ruido, sin queja, sin teatralidad.

Y así continuó, internándose en la noche con la serenidad de los hombres que no esperan ser comprendidos. Porque sabía —y eso bastaba— que, mientras muchos dormían confiados, otros caminaban en la sombra para que el orden del mundo no se deshilachara del todo. Aunque al amanecer nadie preguntara por ellos.



©Humberto 2026.