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domingo, 15 de marzo de 2026

El hombre que se parecía

 El hombre que se parecía






El invierno se había retirado lentamente de Madrid con esa elegancia fatigada, casi ceremoniosa, propia de los hidalgos viejos al abandonar una larga velada. La ciudad empezaba a llenarse de una luz suave y apagada, casi religiosa, como si el cielo entero estuviera hecho de una fina ceniza suspendida sobre los tejados.

A esa hora incierta del día —la de las sombras que se alargan sobre las aceras y las campanas que llegan desde lejos con un eco melancólico— Nuria Valdés solía descubrir, con una mezcla de sorpresa y resignación, que el recuerdo de su marido continuaba caminando a su lado con una obstinación silenciosa. No era un espectro terrible ni una aparición inquietante, sino una presencia doméstica, casi cotidiana: el eco lejano de una risa en el pasillo vacío, el gesto distraído de un hombre al encender un cigarrillo en la terraza de un bar, el rumor del agua estremeciéndose levemente en la superficie de una piscina.

Porque Gabriel había muerto ahogado, y hay ciertas muertes —como ésta— que no terminan de morir nunca del todo. Desde entonces Nuria había descubierto algo extraño, casi inquietante: el agua posee memoria. En las fuentes de Madrid, en los vasos olvidados sobre las mesas de los cafés, incluso en la lluvia que resbalaba contra los cristales de su ventana, siempre le parecía escuchar un murmullo antiguo que la llamaba por su nombre.

Habían transcurrido ya ocho meses y, sin embargo, Madrid seguía viviendo con su bullicio obstinado, con esa energía indiferente que parece ignorar cualquier tragedia privada: los taxis cruzaban sin descanso el paseo de la Castellana, los estudiantes discutían de política con fervor en los cafés cercanos a Atocha y el sol continuaba cayendo cada tarde con la misma determinación sobre las fachadas de piedra antigua. Pero para Nuria el tiempo había adquirido una naturaleza distinta: ya no avanzaba con la serenidad de antes, sino que parecía girar, obstinado y casi caprichoso, alrededor de un único recuerdo.

Vivía sola en un piso amplio de Chamartín, donde cada habitación conservaba la memoria de Gabriel con la fidelidad silenciosa de un viejo criado que nunca abandona su puesto. Él tenía una manera muy particular de mirar los cuadros: inclinaba ligeramente la cabeza hacia un lado, como si tratara de escuchar algo que los demás no podían oír o como si esperara que el cuadro le revelara un secreto. A Nuria le parecía ahora que aquel gesto sencillo contenía toda su presencia.

Su vecino del rellano, Roberto, aparecía de vez en cuando con cualquier pretexto insignificante: una botella de vino que decía haber comprado de más, una revista olvidada en el buzón o una pregunta trivial sobre la calefacción del edificio. Había sido amigo de Gabriel y, desde la muerte de éste, parecía esperar algo que nunca llegaba. Nunca lo decía abiertamente, pero en su mirada había esa paciencia resignada —casi humilde— del hombre que cree merecer, tarde o temprano, una segunda oportunidad.

Nuria lo sabía. Y también sabía, con una claridad dolorosa que no admitía engaños, que no podía dársela. Porque el amor —cuando ha sido verdadero— deja en el corazón una noble ruina: hermosa, digna incluso de admiración, pero inhabitable para cualquiera que llegue después.

Tal vez por eso, una tarde cualquiera, sin haberlo pensado demasiado, entró en la Galería Herrera, cerca del Museo del Prado. Durante años había sido uno de aquellos pequeños rituales de los sábados cuando Gabriel aún vivía. Paseaban entre los cuadros que ninguno de los dos entendía del todo, discutían sobre ellos con una gravedad más teatral que sincera y terminaban siempre bebiendo vermú en una taberna cercana mientras el día se apagaba lentamente sobre la ciudad.

Aquella tarde Nuria entró en la galería como quien regresa a una iglesia antigua: con respeto, con una ligera inquietud y con la vaga esperanza de encontrar algo que tal vez se había perdido para siempre. Y entonces lo vio. Un hombre observaba un cuadro con la cabeza levemente inclinada hacia un lado. El gesto, la línea serena de los hombros, las manos unidas detrás de la espalda y, sobre todo, aquella leve inclinación de la cabeza que Nuria conocía tan bien... Durante unos segundos absurdos —casi infantiles— tuvo la sensación de que si pronunciaba el nombre de Gabriel en voz alta, el hombre se volvería y le respondería con la naturalidad de siempre.
El hombre se volvió. No era Gabriel. Pero su rostro se parecía tanto al de él que, por un momento, la razón se quedó sin palabras. No era una copia exacta —la naturaleza rara vez incurre en semejantes redundancias—, pero existía entre ambos una afinidad inquietante, como si la Providencia hubiera decidido repetir el mismo boceto introduciendo apenas unas pequeñas variaciones.
Nuria salió de la galería con el corazón temblando.

Volvió al día siguiente. Y también al siguiente. Hasta que un comentario casual, escuchado casi por accidente, terminó revelándole su nombre.
—Es el profesor Tomás Rivas —decía una mujer a otra—. Da clases en la universidad de Alcalá.

Así que aquel rostro no era sólo una coincidencia extraña: tenía una historia, una vida propia que nada tenía que ver con la de Gabriel.
Nuria tardó varios días en reunir el valor suficiente para acercarse. Finalmente entró en una de sus clases.
Tomás estaba hablando de Velázquez con una serenidad elegante, casi caballerosa. En su voz había una mezcla sutil de ironía y melancolía que hacía pensar en los profesores de otra época, aquellos que todavía creían que el arte era, ante todo, una conversación entre almas y no simplemente un ejercicio académico.
Cuando sus miradas se cruzaron por primera vez, Nuria sintió una emoción tan intensa que tuvo que levantarse. Salió del aula sin decir una sola palabra.
Pasaron semanas antes de que regresara. Pero el destino —que suele tener más paciencia que nosotros— terminó imponiéndose con su discreta insistencia.
—Quiero aprender a pintar —le dijo un día.
Tomás sonrió con una serenidad casi divertida.
—Cuidado —respondió con calma—. La pintura tiene el inconveniente de revelar verdades que uno preferiría ignorar.
Aceptó darle clases.
Nuria nunca mencionó el parecido. Ni una sola vez.
El amor que nace después de una pérdida profunda posee algo parecido a un acto de fe: no es el entusiasmo impetuoso de la juventud, sino más bien una forma de misericordia silenciosa entre dos almas cansadas que han aprendido a no exigir demasiado a la vida.

Entre tardes dedicadas a la pintura, copas de vino y conversaciones que se prolongaban hasta bien entrada la noche, Tomás empezó a quedarse en la casa de Nuria cada vez más tiempo. Primero sólo un rato más de lo habitual; luego una cena improvisada; después noches enteras.
Se hicieron amantes con esa serenidad casi solemne que caracteriza a los afectos tardíos.
Pero había sombras.
Una mañana Roberto vio a Tomás salir del piso de Nuria. Se detuvo en el rellano y, durante unos segundos, lo miró fijamente, como si tratara de recordar algo.
Luego dijo, con una voz extrañamente tranquila:
—Perdone… por un momento pensé que era Gabriel.
Tomás no entendió la frase. Pero Nuria, desde la puerta entreabierta, sintió que el corazón se le detenía.

La vida empezó a dividirse en dos mundos: el público y el secreto. Porque cualquiera que hubiera conocido a Gabriel habría reconocido la semejanza y habría hecho preguntas. Preguntas que Nuria no deseaba responder.

Sin embargo, Tomás también guardaba sus propios silencios. Hablaba con frecuencia con su exmujer, con quien mantenía una amistad tranquila después de diez años de divorcio. Y había algo más: un dolor ocasional en el pecho, un diagnóstico que prefería no nombrar, un corazón enfermo.

Un día su hija Susana apareció sin avisar, entró en la casa y vio a Tomás en la cocina; su rostro se endureció de inmediato.
—¿Quién es ese hombre?
Nuria no respondió.
Dos días después le propuso viajar.
—Necesito ver el mar —dijo.
Fueron a un hotelito familiar en la costa asturiana, cerca de una playa donde Nuria y Gabriel habían pasado veranos felices años atrás. Tomás encontró por casualidad una fotografía colgada tras la barra del bar del hotel, tomada cuando ellos eran clientes años atrás. En ella, Nuria y su marido aparecían abrazados. La semejanza era imposible de ignorar. Tomás miró la fotografía durante largo tiempo sin decir nada. Cuando volvió a mirar a Nuria, ella ya sabía que todo estaba perdido.
—¿Era él? —preguntó finalmente.
Nuria no pudo responder y corrió hacia el mar embravecido, tal vez para huir, tal vez para desaparecer, con la imagen del agua estremeciéndose levemente en la superficie de una piscina en su memoria.
Tomás la alcanzó entre las olas agitadas y la llevó de vuelta a la arena.

Esa noche permanecieron abrazados durante largo tiempo, comprendiendo en silencio la misma verdad: que su amor había nacido sobre una semejanza y que ninguna semejanza puede reemplazar una vida entera.
***

 

Un año después, el otoño regresó a Madrid. Susana encontró en el correo de su madre una invitación de la Galería Herrera. Era una exposición conmemorativa. Tomás Rivas había muerto a causa de su enfermedad del corazón. Pero durante su último año había pintado con una intensidad extraordinaria.

Nuria asistió a la inauguración. La exmujer de Tomás recibía a los invitados con una serenidad digna y silenciosa. Entre los cuadros expuestos, uno detuvo a Nuria. Se titulaba El rostro del amor. En él aparecía Tomás pintándose a sí mismo. Y detrás, Nuria, de pie junto a la piscina de su casa de Madrid, mirándolo. No con culpa. No con deseo. Sino con esa expresión compleja que sólo puede surgir cuando el amor, la memoria y la tristeza se confunden en un mismo sentimiento.
Nuria lloró en silencio. Porque comprendió algo que quizá Tomás había entendido antes que ella: que el amor verdadero no muere, pero tampoco se repite. Simplemente cambia de forma, como la luz del atardecer sobre los tejados de Madrid, y permanece —callado y fiel— en algún rincón del alma.

 

©Humberto 2026.


domingo, 8 de marzo de 2026

Copla de Crodulfo (Clodulfo)

 SOTILLOS (Sabero, León), 20 de noviembre de 1922/23.



Copla de Crodulfo (Clodulfo)

A la Virgen del Amparo
le pido que me dé valor
para poder explicar
este crimen tan atroz.

En la provincia de León
este caso ha sucedido:
cuatro muertes cometidas
en el pueblo de Sotillos.

Ese referido pueblo
es del valle de Sabero,
y el criminal, Crodulfo,
era tipo bandolero.

Ese infame criminal
al pueblo tuvo revuelto;
todos le querían mal
por su mal comportamiento.

Al mirarle con desprecio
a Francia se había marchado,
y volvió luego a Sotillos
a la boda del cuñado.

Poco después de casada
su cuñada con Elías,
con su mujer y su suegra
reñía todos los días.

Ese infame criminal
era grande calavera;
quería que su cuñada
siempre estuviese soltera.

Siempre estaba ojo avizor
sobre cuñada y cuñado;
el día veinte de noviembre
a los dos había matado.

Por no tener más familia
que a su mujer afeaba,
viendo que el capital de la suegra
para su cuñada quedaba.

Para cometer el crimen
se ha forjado una ganzúa,
perforando bien la puerta
y corriendo la chaveta.

Una vez dentro de casa
como fiera corrompida,
sin temor ninguno a Dios
allí les quitó la vida.

Estando todos durmiendo,
descansando en sueño fijo,
también disparó dos tiros
en el cuerpo del sobrino.

Los tres cuerpos se encontraban
tendidos sobre su lecho:
en medio de padre y madre
estaba el niño de pecho.

Ese león carnicero
mata a la gente sin tasa;
después de matar a los tres
bajó luego para casa.

Llama entonces a su suegra
y con frialdad le dice:
—¡Aquí sólo mando yo!

Los de arriba ya se encuentran
entregados a su Dios;
con usted haré lo mismo.

Y su mujer dijo: —¡Por Dios!
Si tú matas a mi madre,
mátame a mí, por favor.

Él contestó a su mujer:
—No lo puedo resistir;
a ti te dejo en el mundo
para penar y sufrir.

Yo creo que tú eres buena,
siempre lo he creído así;
a ti te dejo en el mundo
para que te acuerdes de mí.

Después de matar a la suegra
de unos tiros muy certeros,
coge escopeta y canana
y se baja para Sabero.

En el camino se acuerda
este criminal tirano
que debe despedirse
de su muy querido hermano.

Una vez ya con su hermano
en el pueblo de Sahelices,
un poco sobresaltado
estas palabras le dice:

—He dado muerte a los míos
con resignación y fe;
hermano, vete y da parte
al presidente y al juez.

El hermano, al oír aquello,
mucho le recriminó,
y su hermano, el criminal,
al momento se marchó.

Ya dan parte a la Justicia,
cosa que era de esperar;
se ponen en movimiento
en busca del criminal.

Lo buscan por todas partes,
anda de izquierda a derecha;
también fueron a buscarle
al pueblo de Felechas.

Su presencia en ese pueblo
pocos días había faltado,
como hacen los mozos solteros
cuando están enamorados.

Con disculpa de cazar
a Felechas se llegaba;
en casa del señor Jerónimo
allí comía y cenaba.

Como los mozos solteros
estas palabras narraba:
—Por querer a otra mujer
aborrecí a la mía.

Bien sabía esa mujer,
y también el criminal,
que él se encontraba casado
con una mujer formal.

A la maestra de Felechas
a declarar la llevaron
ante la justicia de Cistierna,
pues algo grave ha pasado.

Dejemos a la maestra
y sigamos con lo primero,
por ver si han capturado
a Crodulfo el carnicero.

Ya se puso la noticia
de que le habían encontrado
en el pueblo de Sabero
y que se había suicidado.

Ya le han dado sepultura
a ese malvado león,
aparte de entre los buenos
como a los perros rabiosos.

Fuera quedó del cementerio
por estar excomulgado,
al no tener ya derecho
a ser bien enterrado.

Había mandado venir un coche
al mismo cruce de Sabero;
pero al demorarse éste
y no llegar a tiempo,
no tuvo otra alternativa
que ser él su propio justiciero.

Se fue luego para la iglesia
y al no poder entrar dentro
quedó apenado en la puerta
con gran arrepentimiento.

A la madre de Daniela
rézale un Ave María;
Dios la tenga descansando
y la acoja en su compañía.

Y los nombres de los muertos
yo también se los diré:
el hombre se llama Elías,
Anatalia la mujer;
y su suegra Genoveva,
y el del niño, José.

El inventor de estas coplas
Suceso Fernández es,
que en el pueblo de Sotillos
todos le conocen bien.

Fueron recogidos estos datos
en Colle, el 3 de mayo de 1986,
a los sesenta años del suceso,
por J.G.F. y V.



León: asesina a cuatro personas de su familia en Sotillos, de Sabero

Caben pocas dudas de que los «Locos años veinte» fueron así en más de un sentido. En España, algunos de esos sentidos se manifestaron de manera casi literal: la locura de la época se filtraba también en la crónica negra, dejando tras de sí episodios que la memoria colectiva no olvidaría jamás. Entre ellos, destacan matanzas que, por su crueldad, marcaron para siempre a quienes las conocieron y dejaron un eco sombrío en generaciones futuras.

Uno de estos terribles sucesos ocurrió en la entonces próspera cuenca minera leonesa, en el nordeste de la Montaña de Riaño. Allí, en el pequeño pueblo de Sotillos de Sabero, un hombre de nombre tan extraño como su destino, Clodulfo Ruiz Sordo, de 32 años, dejaría una huella imborrable. Calificado de «vago» por la prensa de la época y temido por su carácter violento, Clodulfo asesinó a cuatro miembros de su propia familia —entre ellos un bebé de apenas nueve meses— antes de poner fin a su vida en el pórtico de la iglesia parroquial, que se convirtió en testigo mudo de un horror que aún hoy se recuerda.

Clodulfo había trabajado en Francia durante la Primera Guerra Mundial, aprovechando la demanda de mano de obra que la contienda exigía. A su regreso a León, lo hacía con la mirada puesta en la herencia de su familia política, un terreno donde su temperamento arisco y violento era causa de miedo y desconfianza. Separado de su esposa en tiempos en los que la sociedad castigaba duramente esas rupturas, Clodulfo vivía con la sensación de ser incomprendido y de que la vida le había cerrado puertas a su manera de ser.

La noche de la tragedia

La madrugada del 21 de noviembre de 1923 estaba destinada a cambiar la calma de Sotillos de Sabero para siempre. Clodulfo, planeando con frialdad cada detalle, aguardó el silencio de la noche y la vulnerabilidad de sus víctimas. Armado con una escopeta de dos cañones y una pistola con dos cargadores, llevaba consigo 16 proyectiles preparados para desatar su violencia sin piedad.

Alrededor de las dos de la mañana, irrumpió en la casa de su suegra a través de un boquete en la pared. Su esposa dormía junto a su madre, temerosa de él, mientras Clodulfo avanzaba hacia la habitación de su cuñado, Elías Álvarez González. Un disparo directo al corazón bastó para acabar con su vida. El silencio de la noche se rompió con el eco del primer acto de una pesadilla que apenas comenzaba.

A continuación, Natalia González Gómez, esposa de Elías, cayó bajo sus disparos: dos de pistola y un tercero de escopeta. La inocencia más absoluta no estaba a salvo; el bebé de nueve meses, José Álvarez González, recibió dos balas que apagaron su breve existencia, dejando atrás un acto de crueldad comparable a los peores relatos bíblicos de Herodes.

La última víctima y el final

Clodulfo no se detuvo hasta dirigirse a la habitación de su suegra, Genoveva González Sánchez, de 63 años. Allí se encontraba su esposa. Tras relatar lo que había hecho, disparó tres veces a su suegra, asegurando su muerte inmediata. A su esposa, por el contrario, la dejó vivir. No era un gesto de compasión, sino de perversidad: quería que ella cargara con el dolor, que sobreviviera al horror y enfrentara el resto de su vida marcada por la tragedia, con el recuerdo de una noche que había cambiado todo.

Clodulfo escribió una nota explicando los motivos de su macabra acción, un documento que se convertiría en un testimonio escalofriante para la comarca carbonífera que hasta entonces había vivido en calma. Finalmente, puso fin a su existencia con un disparo en la sien. Su cuerpo fue hallado alrededor de las nueve de la mañana en el pórtico de la iglesia parroquial de San Pedro, sellando un capítulo sangriento que pasaría a la historia de la crónica negra española.




 

Recorte ABC, 1922.

A Paco (in memoriam)


A Paco (in memoriam)


 

Se llamaba Francisco Díaz Jiménez, pero en la humilde geografía del cariño nadie lo llamaba así. Para su madre, para sus amigos, para los compañeros de turno y de madrugada, era simplemente Paco. Los hombres buenos suelen llevar nombres cortos: nombres que caben en una palmada en el hombro, en una broma de patrulla, en la confianza de quien comparte la guardia y el peligro.

Tenía treinta y tres años. Una edad en la que la vida aún huele a camino largo, a proyectos por cumplir, a tardes que todavía no han sido vividas. Vestía el uniforme de policía en la UPR de Fuengirola, no como quien se pone un traje, sino como quien acepta una responsabilidad antigua: la de ponerse entre el desorden y los demás.

Aquella noche de mayo de 2014 no ocurrió nada extraordinario. Y precisamente por eso fue tan terrible. Paco hizo lo que hacen miles de policías cada día: acercarse, preguntar, identificar, intentar que la ley —esa frágil arquitectura que sostiene la convivencia— siga en pie un día más.

Pero hay momentos en que la sombra decide responder con violencia. Y un cuchillo jamonero, empuñado por un hombre que acumulaba peligros y cuentas pendientes con la justicia, segó de golpe la vida de aquel muchacho que sólo cumplía con su deber.

Murió Paco, y con él se apagó una risa, un futuro, una silla en muchas mesas. Pero no murió su ejemplo.

Porque muchos años después, su nombre sigue recorriendo las comisarías de España como una advertencia y como una enseñanza. Nos recuerda que el policía no es de hierro, que su vida también pesa, también importa. Que defender la ley no significa ofrecer el pecho al cuchillo.

Y por eso Paco —sin quererlo, sin buscarlo— dejó también una lección para los que siguen patrullando: que ante el ataque injusto, la vida del policía es lo primero. Que cuando alguien levanta el arma para arrebatarla, el deber también es defenderse. No por dureza. No por rabia. Sino porque detrás de cada uniforme hay un hombre. Y detrás de cada hombre, un hogar que espera que vuelva.

sábado, 7 de marzo de 2026

Acordes Suspendidos

Acordes Suspendidos




En la apacible Atherton, donde las tardes se estiraban sobre avenidas de árboles altos y las casas guardaban silencio como viejos conventos, coincidieron por primera vez dos jóvenes que aún no sabían que el destino —ese director invisible de las grandes tragedias sentimentales— ya había escrito sus nombres en la misma partitura.

Ella se llamaba Stevie Nicks. Su voz no parecía aprenderse en ninguna escuela; más bien se recogía del viento, como si trajera ecos de otras épocas, susurros de lunas ya olvidadas. Él era Lindsey Buckingham, muchacho de dedos inquietos, capaz de arrancarle a la guitarra sonidos que parecían pensamientos dichos en voz baja.

Se encontraron en la misma escuela, cuando la vida todavía no pesa y el porvenir es una palabra que se pronuncia con ligereza. Al principio solo fueron dos más entre los pasillos y los cuadernos. Pero incluso entonces había en sus conversaciones una electricidad tenue, como la de tormentas lejanas que todavía no descargan.

Pasaron los años, y la música —a veces vocación, otras fatalidad— los reunió en un grupo llamado Fritz. Ella cantaba, él tocaba. Entre ensayos y escenarios modestos, entre aplausos tímidos y luces que apenas se encendían, se descubrieron el uno al otro.

Como suele suceder en la juventud, la música y el amor comenzaron a confundirse.

Abandonaron la universidad —esa patria prudente de caminos seguros— para perseguir el sueño incierto de la canción. Así nació su primer intento serio: el álbum Buckingham Nicks, publicado en 1973. No fue un triunfo clamoroso; más bien pasó como una carta que nadie abre. Sin embargo, en él había una canción, Frozen Love, que llevaba dentro una promesa.

Esa promesa llegó a oídos de Mick Fleetwood, quien los invitó a unirse a su banda: Fleetwood Mac. Y así comenzó la historia tal como la recuerda el mundo.

Porque Stevie Nicks no era un simple acompañante en aquella aventura musical. No era —como se dice a veces con injusta ligereza— «la novia de». Tenía canciones propias, versos nacidos de una sensibilidad casi mística, y una presencia escénica que convertía cada concierto en ceremonia.

Junto a ellos, la banda grabó Fleetwood Mac y más tarde Rumours, discos que parecían escritos para quedarse a vivir en la memoria de una generación.

Pero mientras los discos ascendían, la relación descendía.

En 1976, Stevie y Lindsey pusieron fin a su romance. Lo extraordinario fue que no rompieron la música; al contrario, hicieron de la música el escenario de su ruptura. Él escribió Go Your Own Way, canción amarga, casi una carta abierta donde la decepción se vuelve ritmo. Ella respondió con Dreams, balada etérea, tan suave que parecía flotar, pero con la firmeza de una verdad irrebatible.

Dos canciones.
Dos versiones del mismo amor.
Dos heridas cantadas ante millones.

Y aún quedaba otro capítulo.

Entre las composiciones de Stevie Nicks, hay una que guarda el temblor más íntimo de aquella historia: Silver Springs. La escribió poco después de la ruptura, pero quedó fuera de Rumours, y aquello la dejó, dicen, profundamente herida.

Los años pasaron. El tiempo, que suele apagar brasas, solo las cubrió de ceniza.

En 1997, durante la gira The Dance, Stevie cantó Silver Springs mirando directamente a Lindsey sobre el escenario. No hizo falta discurso; una sola mirada bastó para recordar que algunas historias no terminan nunca del todo. Ni siquiera cuando parecen haber terminado.

Hubo reuniones, separaciones, reconciliaciones musicales y nuevas disputas. En 2018, Lindsey Buckingham dejó la banda en medio de tensiones que nunca quedaron del todo claras. Parecía el último acto de una obra demasiado larga.

Y sin embargo…

En julio de 2025, algo hizo sonreír a los románticos del rock. En sus redes sociales, primero Stevie publicó una frase de Frozen Love:
«And if you go forward…»

Poco después, Lindsey respondió:
«I’ll follow you there».

Cincuenta años después de aquella canción que los unió.

¿Un mensaje secreto? ¿Una reconciliación? ¿O simplemente la nostalgia inevitable de quienes compartieron juventud, música y tormenta?

Nadie lo sabe.

Pero hay historias —sobre todo las que nacen entre canciones— que nunca se cierran con un punto final.
Solo con un acorde suspendido en el aire.

©Humberto 2026.

Eternidad Suspendida: Lindsey y Stevie en Say Goodbye

 Eternidad Suspendida: Lindsey y Stevie en Say Goodbye





Las luces del escenario caen con una suavidad casi litúrgica, como si el teatro entero comprendiera que aquello no es una simple canción, sino un instante suspendido en el tiempo. El público llena la sala, sí; pero desde el círculo de luz donde están Lindsey Buckingham y Stevie Nicks, parece no existir. Es una presencia lejana, como el rumor del mar escuchado desde un acantilado. Ellos están de pie. Frente a frente. Mirándose con esa intensidad tranquila que solo conocen quienes han compartido juventud, sueños y heridas.

La guitarra de Lindsey empieza a trazar los primeros acordes de Say Goodbye. No es una melodía grandilocuente; al contrario, tiene la modestia de las cosas verdaderas. Suena como una confesión que llega tarde, pero llega. Y las palabras empiezan a caer entre los dos.

«Así que te enfrentas al ayer… pensando en los días antiguos… y en el precio que pagamos por un amor que no pudimos sostener».

Stevie escucha. No necesita mirar al público. No necesita hacer ningún gesto. La canción ya lo dice todo.

«Te dejé escabullirte… no había nada que pudiera hacer… fue hace mucho tiempo… y aun así, a menudo pienso en ti».

La guitarra continúa. La voz de Lindsey no es ya la de un muchacho que quiere conquistar el mundo, sino la de un hombre que ha vivido lo suficiente para entender lo que perdió.

Stevie lo observa. La luz se enreda en su cabellera rubia, que aún cae sobre los hombros con ese aire de misterio antiguo que tantas veces hechiza a los escenarios. Los años han pasado —como pasan por todos—, pero en su mirada sigue viviendo la muchacha que un día cree que la música puede sostenerlo todo.

Mientras la canción avanza, ella piensa inevitablemente en otra. Porque entre todas las joyas emocionales que escribió, Silver Springs ocupa un lugar casi sagrado. La compone poco después de su ruptura, cuando el amor todavía duele como una herida abierta. Pero el destino —o las decisiones de un estudio— quiere que aquella canción quede fuera de Rumours. Aquello la deja devastada. Fue como si una parte esencial de su historia quedara arrancada del libro.

Años más tarde, durante la gira de The Dance, Stevie por fin la canta frente a Lindsey. Aquella noche lo mira mientras pronuncia cada palabra, y el mundo entero es testigo de algo que no se ensaya.

Una mirada. Solo una. Pero en ella cabe más verdad que en mil entrevistas. Stevie lo dice una vez con una frase sacada de una novela de William Faulkner: «Éramos tan compatibles como una boa constrictor y una rata». Y aun así, siguen tocando juntos. Porque hay pasiones —las que mezclan tanto amor con tanto orgullo— que no se consumen. Arden. Permanecen. Son, por decirlo de algún modo, incombustibles.

La canción continúa.

«Me caigo… me levanto… y siempre he tenido que luchar… por todo lo que estaba bien».

La guitarra avanza con la serenidad de quien ya no discute con el pasado.

«Ahora finalmente encontré mi camino… ahora sé qué hacer… una vez me dijiste adiós… y ahora soy yo quien se despide de ti».

Las palabras flotan entre ellos como hojas que el tiempo no ha querido llevarse.

Porque Say Goodbye tiene algo de respuesta tardía. No es una disculpa declarada ni una defensa orgullosa, sino algo más sereno: la sensación de que Lindsey está diciendo, con décadas de distancia, aquello que entonces no sabe —o no puede— decir. Una réplica suave. Casi humilde. Stevie empieza a cantar también, y su voz tiene esa gravedad que dan los años bien vividos y las penas bien atravesadas. No hay reproche en ella, tampoco nostalgia amarga; solo la serenidad de quien comprende que el amor, cuando ha sido verdadero, nunca desaparece del todo: cambia de forma, se vuelve memoria, música, silencio compartido.
«Es tan difícil encontrar tu camino… cuando las mentiras vienen alrededor… pero no dejes que te derriben».

Lindsey levanta la mirada. Y por un instante ocurre algo extraño, algo que no pertenece al reloj ni al calendario. Se vuelven a ver como cuando son jóvenes. Como en aquellos días lejanos de Atherton, cuando el mundo todavía no empieza a separarlos.
La canción se acerca al final.

«Será mejor que me vaya… antes de que la noche se vuelva azul… una vez me dijiste adiós… y ahora me despido de ti».

El público sigue allí, respirando con la música. Pero entre ellos dos se abre un espacio distinto, casi secreto. Un lugar hecho de recuerdos, de versos cantados demasiadas veces, de caminos que se separan y sin embargo nunca dejan de rozarse.

El último acorde queda suspendido en el aire. Y durante un segundo —uno solo— el tiempo parece detenerse entre ellos, como si la música, por pura misericordia, decidiera concederles un instante de eternidad.
©Humberto 2026.



Say Goodbye

Así enfrentas el ayer,
recordando los días que se fueron,
y el precio que pagamos
por un amor que no pudimos sostener.
Te dejé escapar,
no había nada que pudiera hacer,
fue hace tanto tiempo…
pero aún pienso en ti.

Caigo y me levanto,
siempre he tenido que luchar
contra lo que estaba mal
por lo que valía la pena.

Y ahora finalmente encontré mi camino,
sé exactamente qué hacer.
Tú me dijiste adiós,
y ahora yo te digo adiós.

Es tan difícil hallar tu rumbo
cuando las mentiras giran a tu alrededor,
pero sucede cada día,
así que no dejes que te venza.

Un tiempo dentro del tiempo,
un plan dentro de otro plan,
un pequeño mundo dentro de otro mundo…
¿acaso un sueño es solo un sueño?

Y ahora finalmente encontré mi camino,
sé exactamente qué hacer.
Tú me dijiste adiós,
y ahora yo te digo adiós.

Debo seguir mi rumbo
antes de que la noche se tiña de azul.
Tú me dijiste adiós,
y ahora yo te digo adiós.
Tú me dijiste adiós,

y ahora yo te digo adiós. 

domingo, 1 de marzo de 2026

Lindsey Buckingham - Surrender The Rain

 

Ríndete a la lluvia (adaptación libre de la canción del mismo nombre)

Necio pretendiente, dime,
¿no es ya hora de rendirte?
La lluvia llama a tu frente,
la lluvia quiere pasar.

Mudan los colores del mundo,
la ocasión no volverá;
lo que hoy se ofrece en silencio
mañana será cristal.

Huye, huye hacia tu casa,
vuela antes de ser metal,
antes de que el alma, inmóvil,
se acostumbre a no temblar.

Oh necio pretendiente,
¿por qué persistes igual?
La soberbia te hace estatua,
la costumbre, eternidad.

Silencio de piedra dura,
memoria de antigua faz,
vergüenza que no se nombra
pero no deja de estar.

Suelta las riendas del mando,
entrega falso reinar,
que no es dueño quien se aferra
sino quien sabe soltar.

Ríndete, al fin, a la lluvia:
no castiga, viene a dar;
que lava, que juzga y salva,
como Dios cuando es verdad.




miércoles, 25 de febrero de 2026

El rey sin reino


El rey sin reino


 



Ligeras como sombras dóciles, las manos de Clara le acariciaron la cabeza y luego reposaron con abandono confiado; las yemas de los dedos quedaron inmóviles sobre las sienes del hombre, donde latían con un ritmo lento y cálido, interno, casi solemne. Al final, sus palmas cubrieron aquel cráneo sólido como una certidumbre.
—Todo está vacío —murmuró Andrés.
Las palabras le salieron pesadas, torpes, como si no estuvieran hechas para sostenerse solas.
Clara contempló desde arriba el cuerpo relajado y fuerte que ocupaba toda la longitud del sofá. Un pie —el calcetín arrugado en torno al tobillo— colgaba lacio sobre el borde. Mientras lo miraba, la mano de él abandonó el costado y fue, vacilante, hasta la boca, donde se tocó los labios aún fruncidos.
—Todo es mentira —añadió, hablando ya detrás de los dedos.
Clara no respondió de inmediato. Seguía observándolo con una atención cansada que no era del todo ternura ni del todo paciencia. Pensó —como pensaba siempre en noches semejantes— que los escritores hablan demasiado cuando no escriben, y que cuanto más se les cierra la página, más se les abre la boca, como si las palabras no usadas exigieran salir de cualquier modo, aun deformadas.
—El problema —dijo al fin— es que confundes pensar con decir. Y escribir no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas. Es sentarse cuando ya no queda nadie escuchando.
Andrés sonrió apenas, sin abrir los ojos.
—Eso lo dicen los que todavía creen que van a terminar algo.
Habían apagado la calefacción una hora antes, y el piso —un tercero interior cerca de la glorieta de Bilbao— empezaba a enfriarse con una resignación antigua. Clara miró el reloj: la una. A esas horas Madrid seguía respirando ahí fuera, como si la ciudad se negara a reconocer el cansancio. Dentro, en cambio, el frío avanzaba despacio. No había corrientes; algunas espirales opalinas de humo permanecían inmóviles cerca del techo, suspendidas como ideas que no llegan a nacer.
Su mirada recorrió la habitación con la precisión de quien examina un escenario tras el ensayo: la botella de whisky, las piezas de ajedrez revueltas sobre la mesa camilla, un cuaderno abierto y boca abajo en el suelo —el suyo, con dos páginas escritas y muchas más pensadas—, y las colillas y cerillas consumidas, restos de una velada que había querido parecer brillante.
De repente, recordó a Luis. Había venido aquella tarde, unos días atrás, con su maletín de cuero y sus manos tranquilas, apenas rozando los papeles de su cuaderno. —No quiero interrumpir —le había dicho—, solo venía a recoger el manuscrito que me dejaste. Su presencia había sido un alivio inesperado; sus ojos claros parecían capaces de leer sin juzgar, de sostener la ansiedad que Clara sentía cada vez que Andrés se exaltaba. Ella había sentido, por un instante, que la literatura podía ser algo que se hacía, no solo algo que se decía. Luis se había marchado sin hacer ruido, y su paso calmado había dejado un recuerdo de orden y mesura en aquella habitación que siempre parecía a punto de desbordarse.
—Vamos, tápate —dijo, desdoblando la manta—. Estas casas viejas se llenan de aire malo por la noche. Andrés abrió los ojos. Eran de un azul verdoso, del mismo tono gastado que el jersey que llevaba. En el rabillo de uno, una delicada red de venillas rosadas le daba una inocencia impropia de un hombre que había publicado un libro hacía años y llevaba otros diez hablando de los siguientes. Con la cabeza recostada en las rodillas de Clara, la garganta arqueada sobre el cuello abierto de la camisa, resultaba extrañamente vulnerable.
—Un rey sin reino… —dijo.
Al hablar, bajó los párpados hasta dejar los ojos reducidos a una rendija burlona. Y Clara supo, con un sobresalto seco, que no estaba tan borracho como fingía. Aquello no era alcohol: era resentimiento.
—Luis ya se ha ido —dijo ella—. No queda nadie a quien convencer.
—Siempre queda alguien —respondió Andrés—. Alguien que todavía cree que va a escribir algo que importe.
Clara no replicó. Pensó en su cuaderno, en las frases tachadas, en las que aún no se atrevía a escribir. Pensó también en Andrés, en cómo había convertido la literatura en una patria perdida y la derrota en una forma de estilo.
—Todo está hueco… —añadió él—. Hueco por dentro.
Ella le apoyó la mano en la barbilla.
—No —dijo—. Lo que pasa es que tú ya no sabes qué hacer con el silencio.
El silencio se hizo espeso, casi físico. Andrés no respondió. Permaneció inmóvil, como si aquella frase hubiera terminado por apagarle algo que ya venía fallando desde hacía años. Clara retiró la mano y se levantó con cuidado, como si temiera hacer ruido en una habitación donde ya no quedaba nada que proteger.
Fue hasta la mesa camilla y recogió su cuaderno. Lo sostuvo un instante entre las manos, dudando, como si esperara que pesara más. Luego lo abrió. Las dos páginas escritas seguían allí, torpes y valientes, llenas de tachaduras. Arrancó la primera con un tirón seco, la dobló con precisión y la dejó sobre la mesa, junto al vaso vacío y las piezas de ajedrez caídas.
Andrés abrió los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó, sin alarma, como quien llega tarde a una escena.
—Dejar de ensayar —dijo ella.
Se puso el abrigo sin mirar atrás. En el pasillo, la luz era más blanca, más impersonal. Abrió la puerta y el rumor de Madrid entró como una respiración ajena, viva, indiferente. Antes de salir, se volvió una última vez.
Andrés seguía sentado en el sofá, encorvado, con la manta mal echada y la hoja de papel delante, sin atreverse a tocarla. Por primera vez en toda la noche no hablaba.
Clara cerró la puerta con cuidado.
En el piso quedaron el frío, el humo detenido, la botella vacía. Y un hombre solo, frente a una página que ya no era suya, escuchando cómo la ciudad seguía escribiéndose sin él.

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