Una lealtad sin nombre
La noche lo aguardaba con esa gravedad antigua que tienen las cosas importantes. No era una noche cualquiera: era una de esas que parecen escritas de antemano, con tinta solemne y márgenes estrechos. El agente —que para el mundo respondía a un nombre discreto y para sí mismo a ninguno— avanzó por la calle como quien cumple un deber heredado, no elegido.Había aprendido que el secreto no es esconderse, sino mantenerse erguido. Y así caminaba: recto, sobrio, con la dignidad silenciosa de los oficios ingratos. Bajo la gabardina llevaba un arma; en el pecho, una lealtad antigua, quizá ya anacrónica, pero firme como una oración bien dicha. Servía a un país que rara vez agradecía y a una causa que jamás firmaba recibos.La mujer lo esperaba sentada, manos cruzadas, gesto contenido. Tenía en los ojos una tristeza educada, casi noble, como si supiera que ciertas verdades no deben decirse en voz alta. Él la saludó con una leve inclinación de cabeza, cortesía de otro tiempo, de cuando las formas importaban incluso al borde del abismo.—Sabes por qué he venido —dijo él.—Sí —respondió ella—. Y sé también que no saldrás indemne.El agente sonrió con melancolía. No con ironía, sino con ese pudor sereno de los hombres que aceptan su destino sin aspavientos. Había servido a gobiernos que cambiaron de rostro y de discurso, pero no de necesidad. Sabía que hay sacrificios que no piden aplauso, solo silencio.—Hay causas —dijo— que no se defienden para vencer, sino para que no se pierdan del todo.Ella bajó la mirada. Afuera, la ciudad dormía con el sueño contradictorio de las naciones viejas, mientras unos pocos velaban para que el alba llegara intacta. El camarero fingía secar vasos que ya estaban secos; la prudencia también se aprende.El agente se levantó con calma. Cada movimiento era una declaración de principios. No miró atrás al marcharse; sabía que algunas despedidas se estropean si se prolongan. En la calle, el aire olía a cal húmeda y a historia acumulada. Las fachadas parecían observarlo con la severidad indulgente de quien ha visto pasar demasiados hombres convencidos de tener razón.Caminó despacio, sin prisa ni miedo. El miedo —había aprendido— solo es útil cuando se reconoce y se mantiene a raya, como un caballo nervioso con la rienda corta. Pensó en la patria, no como consigna, sino como suma de cosas pequeñas: una plaza al amanecer, un café servido en silencio, una bandera doblada con cuidado en un cajón. Por eso seguía adelante. No por órdenes ni recompensas, sino por fidelidad a una idea exigente del deber, esa que no admite testigos.Al doblar la esquina, supo que no estaba solo. No hizo ademán alguno. Ajustó el nudo de la corbata, gesto casi litúrgico, y recordó a su padre hablándole de honor como quien habla del clima: algo que no se elige, pero se soporta. Si llegaba el final, llegaría como deben llegar las cosas importantes: sin ruido, sin queja, sin teatralidad.Y así continuó, internándose en la noche con la serenidad de los hombres que no esperan ser comprendidos. Porque sabía —y eso bastaba— que, mientras muchos dormían confiados, otros caminaban en la sombra para que el orden del mundo no se deshilachara del todo. Aunque al amanecer nadie preguntara por ellos.