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lunes, 23 de marzo de 2026

Romance del policía veterano

 Romance del policía veterano 




Te miras la mano un instante,
bajo la luz del cuartel,
y en los tendones te late
lo que no se quiere ir.

Cincuenta abriles te escoltan
como guardia fiel y gris,
y aún te subes al patrulla
como aquel primer abril.

Quién te diría, muchacho,
cuando aprendías a oír
la voz dura de los días
y el silencio del fusil,

que el tiempo no era descanso
ni el final del porvenir,
sino una calle más larga
que había que proseguir.

Fuiste de noche y de escarcha,
de verano y de perfil
recortado en las farolas
de un servicio sin dormir.

Y viste caer promesas
como hojas de un jardín,
mientras otros, a tu lado,
aprendían a fingir.

Mas hubo honra en tus pasos,
aunque nadie la dé aquí;
que hay victorias silenciosas
que no saben escribir.

Hoy los jóvenes te miran
sin saber bien qué decir,
y en sus ojos aún se enciende
lo que en ti empieza a morir.

Déjalos —piensas despacio—,
nadie aprende sin vivir;
cada cual lleva su noche
y su forma de seguir.

Y aunque el mundo haya cambiado,
y no sea igual que allí,
queda intacto un juramento
que no sabe de fin.

Que serás, cuando te vayas,
ese nombre sin perfil,
esa sombra en los pasillos
que nadie nombra al partir.

Pero habrá otros. Siempre otros.
Con su luz por construir.
Y en sus manos, como en las tuyas,
volverá el deber a latir.

Muerte en 14 de abril


Muerte en 14 de abril



 A Anastasio de los Reyes lo conocían pocos, y los que lo conocían tampoco tenían mucho que contar. Era un hombre seco, de esos que han pasado media vida obedeciendo órdenes y la otra media esperando que alguien se las dé. Había nacido en un pueblo de Toledo, de familia pobre y sin historia, y entró en la Guardia Civil siendo casi un muchacho, cuando todavía creía que el mundo era una cosa más o menos ordenada. Con los años se le fue quitando esa idea.

No era un hombre brillante ni ambicioso. Ascendió despacio, como ascienden los que no empujan a nadie: por antigüedad, por paciencia, por estar siempre donde se le mandaba. Cuando en 1936 le dieron el grado de alférez, ya tenía más de cincuenta años. Era un ascenso tardío, casi una broma administrativa, fruto de esos cambios que hacen los gobiernos sin pensar demasiado en las personas. A él le daba igual. Había aprendido a no esperar gran cosa.
Vivía en Madrid y trabajaba en el Parque de Automóviles de la Guardia Civil. Llevaba una vida tranquila, sin sobresaltos, o eso parecía. Pero en aquel Madrid de 1936 la tranquilidad era una apariencia frágil, como el cristal fino.

El 14 de abril, aniversario de la República, decidió ir a ver el desfile. No iba de uniforme. Quería mirar, simplemente, como un espectador más. Quizá por curiosidad, quizá por costumbre, quizá porque no tenía nada mejor que hacer. La ciudad estaba inquieta. Había gente en las aceras, grupos que hablaban alto, otros que callaban. Se notaba una tensión sorda, difícil de explicar pero fácil de sentir. Cuando pasaron las unidades de la Guardia Civil, empezaron los gritos. Unos aplaudían, otros insultaban. Era como si cada cual llevara dentro una pequeña guerra.

Anastasio no era hombre de quedarse quieto si veía un desorden. Se acercó, discutió con unos jóvenes, gritó también. Dicen que gritó «España». Puede ser. En aquellos días todo el mundo gritaba algo. Luego vinieron los disparos. Fueron rápidos, secos. Nadie supo bien de dónde salieron. Anastasio sintió el golpe antes de entender lo que pasaba. Cayó al suelo. No tuvo tiempo de pensar gran cosa. Quizá en su casa, quizá en su hijo, quizá en nada. Murió como había vivido: sin ruido.

Lo llevaron a un hospital, pero ya no había nada que hacer. Allí, revisando sus papeles, supieron quién era. Un alférez de la Guardia Civil muerto en plena calle, en el centro de Madrid. Aquello no era un incidente más. Era otra cosa. Las autoridades se inquietaron. No por él, que ya estaba muerto, sino por lo que podía venir después. Intentaron que todo fuera rápido, discreto. Un entierro sin gente, sin palabras, sin problemas. Como si la muerte pudiera esconderse. Pero las cosas no son tan fáciles.

El hijo, David, quiso el cuerpo de su padre. Se lo negaron. Entonces fue a ver a los compañeros del muerto. Y los compañeros, que tenían un sentido más simple de la justicia, decidieron actuar. Fueron al depósito y se llevaron el cadáver. No hubo grandes discursos ni planes complicados: entraron, lo cogieron y salieron. A veces las cosas más graves se hacen así, con una naturalidad que asusta. 
El féretro fue llevado al cuartel. Allí empezaron a llegar hombres: guardias civiles, militares, curiosos, gente que no sabía bien por qué estaba allí pero sentía que debía estar. El ambiente se fue cargando poco a poco.

El entierro se fijó para la tarde, en contra de lo que quería el Gobierno. Ya no era sólo un entierro. Era una especie de desafío. Cuando salió la comitiva, Madrid estaba tenso como una cuerda. Al principio todo fue más o menos ordenado. Luego empezaron los insultos. Después, los disparos. Desde una esquina, desde una ventana, desde un edificio en obras. Nadie sabía bien quién disparaba. O tal vez sí, pero daba igual. 
La gente corría, se agachaba, respondía al fuego. El cortejo avanzaba entre tiros, como si aquello fuera lo más natural del mundo. Algunos llevaban armas. Otros no. Todos llevaban miedo.

Hubo peleas, persecuciones, confusión.

En un punto, un grupo asaltó un edificio desde donde habían disparado. En otro, se discutió cambiar el recorrido y llevar el cadáver al Congreso. La idea tenía algo de locura y algo de lógica. Al final no se hizo. Pero la violencia siguió.  En la plaza de Manuel Becerra, todo estalló. La Guardia de Asalto intervino. Al mando iba un teniente, Castillo, hombre de ideas firmes y carácter nervioso. Dio la orden de disparar.
Y dispararon.
Cuando terminó todo, había muertos en el suelo. Seis. Y muchos heridos. Demasiados para un entierro.

El féretro, mientras tanto, siguió su camino hacia el cementerio, casi en silencio, como si ya no importara. Lo que pasó después fue una cadena de hechos que parecían inevitables. Mataron a Castillo. Luego mataron a José Calvo Sotelo. Y después vino lo demás, que ya no tuvo remedio. La muerte de Anastasio de los Reyes fue una más en un país donde empezaban a sobrar muertos. Pero tuvo algo especial: ocurrió en el momento justo, en el lugar preciso, cuando todo estaba a punto de romperse.
Y se rompió.

El entierro a tiros

El entierro a tiros

 



La Segunda República española fue cosa rara, tirando a esperpento, como esas comidas recalentadas que uno no sabe si le van a sentar mal o a matarlo directamente. Y lo peor no fue lo que pasó —que ya tuvo tela—, sino lo que algunos han contado después, con más fantasía que vergüenza. Porque hay que tener cuajo para convertir aquel lodazal en una función de teatro mal ensayada, con héroes de cartón y villanos de opereta. No hacía falta. La realidad ya venía lo bastante torcida.
El 14 de abril de 1936, aniversario de la criatura, Madrid se puso de tiros largos, o eso pretendía. Desfile por la Castellana, banderas, música, autoridades en tribuna. Arriba, Manuel Azaña, serio como una mala noticia, bajo la bandera tricolor. Abajo, milicianos socialistas vestidos con camisa azul, corbata roja y pañuelo al cuello, como si no acabaran de decidir si iban a una romería o a partirle la cara a alguien. España, ese país donde lo grotesco se toma en serio.

El desfile empezó sin novedad, que ya era novedad en sí misma. Pero a los veinte minutos apareció un tal Isidro Ojeda, falangista, con ganas de dejar su firma. Se acercó a la tribuna y lanzó un artefacto que hizo ruido y humo. Una traca, poca cosa. Pero bastó para que el personal se pusiera a correr como gallinas sin cabeza. Durante unos segundos, el miedo se hizo dueño del aire, espeso y caliente. Azaña no se movió. Otros sí. Cada cual se retrata como puede.
La cosa se calmó, pero sólo lo justo. Porque cuando pasó la Guardia Civil, empezaron los gritos: unos aplaudiendo, otros berreando vivas a Rusia y mueras al Cuerpo. Y entonces, como quien no quiere la cosa, sonaron tiros. El alférez Anastasio de los Reyes estaba por allí, de paisano, mirando el desfile como quien mira llover. No tenía obligación de meterse en líos. Pero se metió. Quizá por oficio, quizá por carácter, quizá porque en aquel tiempo uno acababa haciendo lo que no quería. Intentó poner orden. Y acabó en el suelo, con un tiro por la espalda.

Murió allí mismo, en mitad de la calle, sin épica y sin música. Después vino el resto, que es donde la historia se vuelve más sucia. El Gobierno quiso enterrar el asunto deprisa y sin ruido, como quien barre debajo de la alfombra. Funeral discreto, sin alboroto. Pero la familia y algunos mandos dijeron que no, que aquello no se tapaba así. Y entonces pasó lo que pasa cuando la autoridad se queda en palabras: que otros hacen lo que les da la gana.
Fueron al depósito, se llevaron el cadáver y santas pascuas. Sin permiso, sin papeles y sin pedir perdón. A plena luz del día. Nadie los paró. Nadie pudo. O nadie quiso.

El féretro salió a la calle y empezó a rodar Madrid arriba, acompañado por uniformes, por caras tensas, por gente que olía la tormenta. Aquello ya no era un traslado. Era un desafío.

El entierro, fijado para una hora incómoda, se cambió sobre la marcha. Decisión de los presentes. Desobediencia clara. Y el día señalado, la ciudad entera parecía saberlo. A pesar de órdenes y maniobras, la comitiva fue grande. Y fea.

Porque pronto empezaron los tiros. Otra vez. Disparos desde esquinas, desde ventanas, desde donde se pudiera. La gente respondía. Militares y civiles avanzaban armados, escoltando al muerto como si fuera un tesoro o una excusa. Un entierro con fusiles. Un entierro con miedo. Un entierro con ganas de bronca.

Hubo peleas, carreras, insultos. En un punto, asaltaron un edificio desde donde les disparaban. En otro, alguien propuso llevar el cadáver al Congreso, como si aquello pudiera acabar bien. Por suerte —o por cansancio— no se hizo.

Pero la sangre ya corría. En Manuel Becerra, la cosa se desbordó del todo. Allí estaba el teniente Castillo, con sus hombres, intentando poner orden en un lugar donde el orden ya no existía. Y disparó. Contra la gente. Con bala de verdad. Tal vez por miedo, tal vez por rabia, tal vez porque ya daba igual.

El resultado fue el de siempre cuando se pierde la cabeza: muertos y heridos. Seis muertos. Treinta y dos heridos. En un entierro. Conviene repetirlo, por si alguien no lo ha entendido: en un entierro.
Aquello no fue un accidente. Fue una señal. De que el país estaba roto. De que las dos mitades ya no se hablaban, ni se soportaban, ni se reconocían. De que cualquier chispa podía prender fuego a todo.
Y el Gobierno, mientras tanto, hizo lo que peor podía hacer: mirar a un lado. Castigar a unos, perdonar a otros, y dejar que el resentimiento creciera como mala hierba. Ni siquiera cuando un policía disparó contra la multitud se tomaron medidas serias. Nada. Silencio. Y a otra cosa.
Pero las cosas no se olvidan. Se guardan. Poco después, el propio Castillo caería abatido. Y luego vendría lo demás, que ya se sabe: venganzas, represalias, nombres que hoy suenan en los libros y entonces sonaban a muerte.
El entierro del alférez De los Reyes no empezó la guerra. Pero ayudó. Como ayudan las gotas que colman el vaso, o los empujones que terminan tirando al que ya estaba al borde.
En aquella España, la gente empezó a pensar —y no sin motivo— que era más seguro jugársela contra el Gobierno que quedarse quieto esperando. Y cuando un país llega a eso, lo demás viene solo. Sin prisa, pero sin remedio.

domingo, 22 de marzo de 2026

«Como Cagancho en Almagro»

 «Como Cagancho en Almagro»



 

Hay expresiones que, aun desvaídas por el tiempo, conservan intacto su nervio. Decir que alguien «queda como Cagancho en Almagro» equivale, todavía hoy, a certificar un fracaso clamoroso, público y sin paliativos. Y lo curioso del caso es que no se trata de una metáfora vaga, sino de un hecho histórico preciso, fechado y, por así decirlo, inmortalizado en la memoria popular.

Conviene, ante todo, presentar al protagonista. Joaquín Rodríguez Ortega, «Cagancho», fue una de las grandes figuras del toreo en las primeras décadas del siglo XX. Y decir “gran figura” entonces era decir mucho más que ahora: en una España donde el fútbol aún no había alcanzado su hegemonía y el cine daba sus primeros pasos, los toros constituían uno de los espectáculos de masas por excelencia. Un torero célebre era, en su ámbito, lo que hoy podría ser una estrella global del deporte o de la música.

Por eso, cuando se anunció su presencia en Almagro el 26 de agosto de 1927, la expectación se desbordó. Aquel pequeño núcleo manchego se vio invadido por una auténtica riada humana. El ferrocarril, principal vía de acceso, llegó repleto hasta lo inverosímil: viajeros en los estribos, en los topes, en cualquier resquicio imaginable. Se pagaban sumas desorbitadas en la reventa por una localidad.

La plaza, como tantas de la época, tenía una elasticidad muy española: siempre cabía uno más. Pero aquel día no cabía nadie. Mucho antes del inicio del festejo, el recinto estaba atestado. El calor, según relatan las crónicas, era insoportable; la espera, larga; el ambiente, denso de rumores. Corría la especie de que el diestro no acudiría. Los nervios crecían. Pero Cagancho llegó, puntual al paseíllo.

La corrida la completaban Antonio Márquez y Manuel del Pozo, matadores de menor relieve. Y ya desde los primeros compases se advirtió que algo no marchaba. El público, fatigado por la espera y el calor, comenzó a impacientarse. Cagancho, por su parte, se mostró ausente, desganado, casi ajeno al espectáculo.

Cuando por fin le correspondió su primer toro, la inquietud se tornó en desagrado. El animal lo desarmó en un quite, obligándole a refugiarse precipitadamente en la barrera. Aquella retirada encendió la chispa. La faena posterior no hizo sino agravar la impresión: el torero, inseguro, evitaba el embroque, huía del riesgo, y ejecutaba la suerte suprema de forma impropia, pinchando en lugares vedados por la más elemental ortodoxia taurina.

El público, que había pagado caro y soportado mucho, comenzó a exteriorizar su enojo. Primero, protestas; luego, lanzamiento de almohadillas; después, de cuanto objeto tuviera a mano. La tensión subía por momentos. El mando de la fuerza pública, intuyendo lo que podía venir, ordenó extremar la vigilancia.

Pero lo peor estaba por llegar.

El último toro de Cagancho, de imponente presencia, sembró el pánico entre los lidiadores. Ni subalternos ni picadores parecían dispuestos a acercarse más de lo imprescindible. Y el propio matador, lejos de sobreponerse, optó por una lidia defensiva, distante, casi caricaturesca. En un momento que las crónicas recogen con asombro, llegó incluso a herir al animal en zonas impropias, desatando la indignación general.

El espectáculo degeneró entonces en caos. El toro, malherido y sin rematar, seguía en pie; el torero, refugiado; y el público, fuera de sí. Sonaron los avisos sin que la faena concluyese. Y, finalmente, la multitud invadió el ruedo.

Cuentan que los espectadores, ya sin freno, comenzaron a perseguir a Joaquín Rodríguez Ortega, quien, espada en mano, buscaba la salida con más prisa que concierto. En tal trance, uno de ellos, asiéndolo por el cuello, lo volvió hacia el ruedo y le increpó con una frase que ha quedado como cifra de aquella indignación colectiva:

—¡Al toro, hombre! ¡Cobarde!

Lo que siguió fue una escena de tumulto. La multitud, enardecida, cercó al diestro con ánimo de agredirlo, mientras el toro —aún vivo— añadía peligro a la confusión. Solo la intervención decidida de la Guardia Civil y de fuerzas de Caballería logró, no sin dificultad, restablecer un mínimo de orden y evacuar al torero, protegido por un cordón de agentes y bajo una lluvia de insultos y objetos.

La jornada no terminó ahí. En los alrededores de la plaza se produjeron disturbios, cargas y enfrentamientos. Aquella tarde, Almagro vivió algo más que una mala corrida: vivió una auténtica conmoción colectiva.

El eco fue inmediato y duradero. Desde entonces, «quedar como Cagancho en Almagro» pasó a significar el fracaso más sonoro imaginable. No un simple tropiezo, sino una caída estrepitosa, pública y sin excusa posible.

Las crónicas finales dibujan una estampa casi literaria: el torero, aún vestido de luces, refugiado en dependencias municipales, custodiado para evitar males mayores, fumando en silencio, como quien acepta —con fatalismo muy español— que hay días en que el destino se tuerce sin remedio.

Y acaso sea ahí donde reside la fuerza de la expresión. Porque no alude solo al error, sino a esa forma de errar que ocurre ante todos, cuando ya no cabe disimulo ni componenda. Cuando, en fin, no queda otra cosa que asumir —con mayor o menor dignidad— que no ha podido ser.

Casas Viejas

 Casas Viejas




La Segunda República Española suele dividirse, en lo tocante a sus gobiernos, en tres tiempos bien definidos. Un primer bienio —llamado constitucional— en el que las izquierdas alumbran la arquitectura legal del nuevo régimen; un segundo, dominado por las derechas, durante el cual tiene lugar la mal llamada Revolución de Asturias de 1934; y un tercero, el del retorno de las izquierdas bajo el Frente Popular.

Cada uno de estos periodos tuvo, por así decirlo, su propia sepultura política. La del Frente Popular fue la guerra civil; la del bienio de derechas, los escándalos que minaron su crédito; y la del primer bienio, más temprana y quizá más trágica en su simbolismo, fue el episodio de Casas Viejas. Tan áspero, tan incómodo, que hasta el nombre del lugar —hoy Benalup-Casas Viejas— parece querer suavizar su memoria.

Corría el año 1933 cuando el anarquismo, fatigado de promesas incumplidas, decidió pasar de la espera a la acción. Hasta entonces había sido compañero de viaje de la República, pero un compañero difícil. Frente al reformismo burgués de muchos republicanos, e incluso frente al socialismo posibilista de figuras como Julián Besteiro, los anarquistas se mantenían fieles a su horizonte de comunismo libertario, sin concesiones ni plazos.

A este divorcio ideológico vino a sumarse el fracaso —parcial, pero dolorosamente visible— de la reforma agraria. Fallos de diseño, resistencia de los propietarios y, sobre todo, la falta de recursos, dejaron a muchos jornaleros en la misma miseria de antes, cuando no en peor. Medidas como la Ley de Términos Municipales, bienintencionadas en su origen, terminaron por encerrar a no pocos trabajadores en comarcas sin empleo posible.

Así, el campo andaluz se convirtió en terreno abonado para la agitación. Tras las acciones de la Federación Anarquista Ibérica en 1932 —que costaron la deportación de líderes como Buenaventura Durruti o Francisco Ascaso—, la insurrección de enero de 1933 extendió su llama por diversas ciudades y, sobre todo, por la baja Andalucía.

En ese contexto se sitúa Casas Viejas, entonces pedanía de Medina Sidonia, en la provincia de Cádiz. Una aldea de unos mil doscientos habitantes, casi todos jornaleros, donde el paro alcanzaba cifras estremecedoras. De las seis mil hectáreas cultivables de la zona, apenas una quinta parte se trabajaba. El hambre no era metáfora, sino costumbre.

El 11 de enero, un grupo de anarquistas locales, siguiendo consignas generales, tomó las armas —escopetas de caza—, izó la bandera rojinegra y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Hubo tiroteo; dos guardias resultaron heridos. Durante unas horas, los sublevados dominaron el pueblo.

La reacción del Estado no se hizo esperar. Desde Cádiz llegaron refuerzos de la Guardia de Asalto al mando del teniente Fernández Artal, que logró restablecer parcialmente el orden. Sin embargo, un pequeño grupo de insurrectos, encabezado por «Seisdedos», se atrincheró en una vivienda, dispuesto a resistir.

Mientras tanto, en Madrid, la maquinaria del poder comenzaba a moverse con inquietud. En la Dirección General de Seguridad, su titular, Arturo Menéndez, bajo presión para sofocar cualquier conato revolucionario, ordenó el envío de refuerzos desde la capital. Al frente de ellos iba el capitán Manuel Rojas.

Es aquí donde la historia adquiere su tono más sombrío. Según diversos testimonios, Menéndez transmitió órdenes de extrema dureza: evitar, en la medida de lo posible, heridos y prisioneros. Una consigna que, en manos de quien debía ejecutarla, podía traducirse fácilmente en licencia para el exceso.

A la mañana siguiente, en Casas Viejas, Rojas decidió poner fin al asedio mediante el fuego. La choza de Seisdedos fue incendiada con medios rudimentarios. Algunos ocupantes lograron salir; otros fueron abatidos al intentarlo; el resto murió abrasado. La tragedia, en sí misma, habría bastado para marcar el episodio.

 Pero no fue el final.

Tras el incendio, se practicaron detenciones masivas. Y en un acto que desbordaba cualquier legalidad, un grupo de detenidos —desarmados, atados— fue ejecutado sumariamente. Aquella decisión convirtió lo que podía haber sido una represión dura en una matanza sin paliativos.

El Gobierno, presidido por Manuel Azaña, reaccionó inicialmente con una versión incompleta y atenuada de los hechos, transmitida por el ministro Santiago Casares Quiroga. Sin embargo, la realidad se abrió paso. Periodistas como Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán llevaron al papel testimonios que desmentían el relato oficial.

Cuando las Cortes reanudaron sus sesiones, el escándalo era ya inevitable. Interpelaciones como la de Eduardo Ortega y Gasset pusieron cifras y nombres a lo ocurrido. La intervención de Alejandro Lerroux forzó a Azaña a responder, y lo hizo con una frase que ha quedado como una losa en su memoria: «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir».

Aquellas palabras, más que aclarar, enturbiaron. La creación de una comisión parlamentaria, resistida primero y aceptada después, no logró disipar la impresión de que el Gobierno había querido, cuando menos, ganar tiempo.

Con el paso de las semanas, las pruebas se acumularon. Declaraciones, careos, informes. El propio Rojas terminó por admitir la realidad de los fusilamientos. Menéndez dimitió. El Parlamento debatió, votó, concluyó. Pero la herida ya estaba abierta.

Políticamente, el daño fue profundo. La confianza en el Gobierno se erosionó, y aunque la mayoría parlamentaria logró sostenerlo a corto plazo, la opinión pública —ese tribunal sin acta pero con memoria— no olvidó. Las derrotas electorales posteriores y la dimisión de Azaña en septiembre de 1933 no pueden entenderse sin la sombra de Casas Viejas.

¿Qué juicio cabe hacer, a la distancia? No es sencillo. Algunos han sostenido la ignorancia de Azaña; otros la niegan. Pero en un sistema democrático, la responsabilidad no se agota en el conocimiento directo. Gobernar es responder, también, de lo que se hace en nombre propio.

Más difusa aún es la figura de Menéndez, cuya orden —si efectivamente fue tal— difícilmente se explica sin un clima político que la hiciese concebible. Y en ese clima, hecho de miedo a la revolución y de urgencia por sofocarla, se incubó la lógica que llevó al desastre.

Casas Viejas no fue solo una tragedia local. Fue, sobre todo, una advertencia. Mostró hasta qué punto un régimen puede verse desbordado por sus propias tensiones internas; hasta qué punto el orden, cuando se defiende sin medida, puede dejar de ser orden para convertirse en otra cosa.

Y dejó, en fin, una lección incómoda: que la legitimidad de un poder no se prueba en sus aciertos, sino en la manera en que afronta sus errores. En Casas Viejas, la República no supo —o no quiso— estar a la altura de esa prueba.


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viernes, 20 de marzo de 2026

Yeste

Yeste



Como modesto aficionado a los estudios de la Segunda República y de la Guerra Civil, no deja de llamarme la atención el escaso relieve que, por lo común, se concede a los sucesos acaecidos en Yeste durante la segunda mitad de mayo de 1936. Se diría —y no sin fundamento— que la voluntad, entonces patente, de amortiguar su trascendencia por parte del Gobierno ha terminado por filtrarse, a través de la literatura posterior, hasta la mesa de no pocos investigadores y lectores de nuestro tiempo.

Y, sin embargo, Yeste debería ocupar un lugar propio en el imaginario republicano. No tanto por el número de víctimas —comparable, aunque no superior, al de Sucesos de Casas Viejas— como por su hondo significado: el choque frontal entre los movimientos rurales de izquierda y el poder constituido, encarnado, en el campo, por la Guardia Civil.

Conviene, para entenderlo, proceder con orden.

En la aldea albaceteña de La Graya, los jornaleros habían recurrido a una práctica nada infrecuente en aquellos años: trabajar tierras sin previo consentimiento del propietario, para reclamar después el jornal correspondiente. La comarca, ya de suyo conflictiva, arrastraba además una situación particularmente grave desde que la construcción del pantano de Fuensanta anegase extensas zonas de pinar, privando de sustento a cerca de mil familias que vivían de su explotación.

La llegada al poder del Frente Popular trajo consigo algunos intentos de encauzar el problema: se creó una Comisión Gestora y se autorizó la tala en un monte comunal, la Dehesa de Tus. Más tarde, los jornaleros roturaron también la Solana del río Segura. Pero, agotadas estas posibilidades, extendieron su acción a terrenos cuya condición comunal era, cuando menos, dudosa. Los arrendatarios de dichos montes, los hermanos Alfaro, acudieron entonces a las autoridades.

Persistiendo las talas, fue enviada a la zona una fuerza de la Guardia Civil con órdenes de impedirlas. La respuesta de los campesinos, reunidos en asamblea, fue la de proseguir con su actividad. Cuando uno de los guardias fue comisionado para solicitar refuerzos en Yeste, fue interceptado por los jornaleros, lo que elevó de inmediato la tensión.

La noticia llegó a la cabecera del término, donde el brigada Félix Velando Gómez, tras entrevistarse con el alcalde, decidió acudir a La Graya en la noche del 27 de mayo. El alcalde, en su arenga a los campesinos, recomendó formalmente acatar la legalidad; mas, en un gesto final no exento de ambigüedad, levantó el puño y concluyó con un «¡Salud, camaradas! Ya sabéis lo que tenéis que hacer», sembrando inquietud entre los agentes.

Aquella misma noche, reforzada ya la dotación de la Guardia Civil, la casa en que se alojaban los guardias fue rodeada por una multitud hostil. Una salida con disparos al aire bastó para dispersarla momentáneamente, procediéndose a la detención de seis dirigentes campesinos.

El día 28 transcurrió sin incidentes visibles, aunque no inactivo: fue jornada de preparativos. Al amanecer del 29, cerca de dos mil campesinos se habían concentrado entre La Graya y Yeste, dispuestos a impedir el traslado de los detenidos. A pesar de conocer el riesgo, la fuerza —diecisiete hombres— emprendió la marcha.

Entre tanto, en Yeste se buscaba una solución. El brigada Velando aceptó, no sin reservas, liberar a los detenidos bajo la condición de que compareciesen ante la autoridad municipal en el plazo de veinticuatro horas. Con tal propósito salió al encuentro de la fuerza.

El encuentro, sin embargo, se produjo en condiciones ya irreversibles. La Guardia Civil, ante la presencia de la multitud en posición elevada, ocupó un cerro cercano. Fue entonces cuando, pese al anuncio de la liberación de los presos, la masa campesina, excitada por consignas y gritos, se lanzó al asalto.

Lo que siguió fue menos un combate que una explosión de violencia desordenada. Un guardia, Pedro Domingo Requena, murió en la primera acometida; varios más resultaron heridos. Hubo desarme parcial, disparos cruzados, confusión absoluta. Solo la acción sostenida de unos pocos agentes logró, finalmente, dispersar a los atacantes.

El balance fue trágico: diecisiete campesinos muertos, además de las bajas en la fuerza pública. Los supervivientes regresaron a Yeste con sus heridos y su muerto, dejando atrás un episodio que, por su crudeza, difícilmente podía ser reducido a una simple nota marginal.

Pese a ello, así ocurrió. En los días siguientes, y singularmente tras la intervención parlamentaria de figuras como Antonio Mije, se impuso una interpretación que, a la vez que denunciaba el supuesto exceso represivo, exoneraba al Gobierno de toda responsabilidad, desplazando la culpa hacia factores secundarios. Era, en cierto modo, una forma de no mirar de frente.

Yeste no es Casas Viejas. Allí hubo ejecución de detenidos; aquí, en gran medida, defensa desesperada. Pero ambos episodios comparten un rasgo inquietante: la dificultad del poder para asumir, sin ambages, las consecuencias de su propia política de orden público.

Yeste revela, además, el estado del campo español en la primavera del 36: un mundo en el que la esperanza había empezado a trocarse en impaciencia, y ésta, con demasiada facilidad, en violencia. No se trataba ya de un fenómeno circunscrito al sur; alcanzaba, como vemos, a provincias como Albacete, señal de una extensión más profunda del malestar.

El Gobierno, atrapado entre la comprensión hacia sus bases sociales y la obligación de mantener el orden, osciló peligrosamente entre ambas exigencias. Y en esa oscilación, al no afirmar con claridad la legitimidad del uso de la fuerza cuando era atacada, transmitió a amplios sectores de la sociedad una impresión de debilidad que no podía sino agravar la crisis.

Tal vez por eso Yeste fue, en su momento, silenciado. No convenía a nadie: ni a quienes querían ver en la República un orden perfecto, ni a quienes preferían reducirla a un caos absoluto. Pero la historia, cuando es verdadera, no admite tales comodidades. Yeste permanece, así, como un episodio incómodo, sí, pero también revelador: un espejo, acaso, en el que se reflejan las tensiones irresueltas de toda una época.

miércoles, 18 de marzo de 2026

Dialéctica tras los barrotes

 

Dialéctica tras los barrotes




 

La comisaría estaba en silencio, con ese aire espeso de las madrugadas largas. La luz caía de lado, amarillenta, sobre los barrotes del calabozo. Dentro, el detenido daba vueltas cortas, como un animal encerrado que no termina de acostumbrarse.
El policía, sentado en una silla con ruedas, lo observaba sin prisa. Tenía el gesto tranquilo, casi distraído.
—Esto es siempre lo mismo —dijo el detenido de pronto—. Yo aquí dentro… y ustedes ahí fuera. Y todo por culpa del sistema.
El policía no respondió enseguida. Se levantó, se acercó despacio a los barrotes y apoyó una mano en el hierro frío.
—¿Del sistema, dices?
—Claro. ¿O qué? ¿Se cree que estoy aquí porque quiero?
El policía esbozó una leve sonrisa, como si ya hubiera oído aquello demasiadas veces.
—Mira… eso que dices es tu tesis.
El detenido se detuvo.
—¿Mi qué?
—Tu tesis. Tu forma de ver las cosas. «Estoy aquí por culpa del sistema». Es una afirmación cómoda.
—Cómoda no, real.
—Puede ser —respondió el policía, con calma—. Pero toda tesis tiene su contraria.
El detenido lo miró con recelo.
—¿Y cuál es la contraria? ¿Que soy culpable de todo?
—Esa sería la antítesis —dijo el policía—. Que no es el sistema, que eres tú, tus decisiones, lo que te ha traído aquí.
El detenido soltó una risa seca.
—Claro. Y usted tan tranquilo.
—No te equivoques —replicó el policía, sin perder el tono—. Ninguna de las dos explica todo. Ni tu tesis ni su contraria bastan por sí solas.
Hubo un silencio breve. El detenido frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué?
El policía dio un paso más cerca.
—La síntesis.
—¿Y eso qué arregla?
—No es cuestión de arreglar —dijo—. Es cuestión de entender. Ni todo es culpa del sistema, ni todo es culpa tuya. Es la mezcla, el choque de ambas cosas. Has vivido en unas condiciones, sí… pero también has tomado decisiones dentro de ellas.
El detenido bajó la mirada un instante.
—Eso suena a echar balones fuera.
—No —respondió el policía—. Suena a aceptar la realidad entera, no solo la parte que te conviene.
El zumbido de la bombilla llenó el silencio que siguió.
—Si te quedas en la tesis —continuó el policía—, no cambias nada. Todo es culpa de fuera. Si te quedas en la antítesis, te hundes: todo es culpa tuya. Pero en la síntesis… —hizo una pausa— …ahí tienes margen. Ahí puedes hacer algo distinto.
El detenido volvió a sentarse en el banco, más despacio que antes.
—¿Y usted cree que eso sirve de algo?
El policía se encogió de hombros.
—Es lo único que suele servir.
El hombre apoyó los codos en las rodillas, pensativo.
—Entonces… según usted, no soy solo lo que me ha pasado.
—Ni solo lo que has hecho —añadió el policía.
Otra pausa. Más larga.
—Vaya rollo filosófico para un calabozo —murmuró el detenido.
El policía sonrió levemente y se apartó.
—Los calabozos dan para pensar más de lo que parece.
Se alejó unos pasos, dejando al otro en silencio. Esta vez, el detenido no se levantó. Se quedó quieto, mirando el suelo, como si por primera vez no tuviera tan claro contra quién estaba luchando.


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