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viernes, 24 de julio de 2026

El peluquero de Tarmiyah

 

El peluquero de Tarmiyah



Nunca te han gustado las entrevistas. No porque desconfíes de quienes llegan hasta tu despacho, sino porque hace mucho comprendiste que ninguna persona debería verse obligada a resumir una vida en dos horas de preguntas. Siempre ocurre lo mismo: delante de ti se sienta alguien que ha atravesado medio mundo para sobrevivir y tú acabas reduciendo esa existencia a un número de expediente, unas diligencias y un informe. A veces piensas que la burocracia es la forma que tienen los Estados de enfrentarse al sufrimiento: lo clasifican, lo numeran y lo archivan. Después alguien decide si esa vida merece una oportunidad más.

Por eso procuras que el hastío nunca se note. Enciendes la pantalla del ordenador, alineas el expediente con el borde de la mesa, colocas el teclado frente a ti y dejas la botella de agua en el mismo sitio de siempre. El fluorescente del techo emite un zumbido tenue al que hace años dejaste de prestar atención. Dentro de unos minutos entrará un desconocido. Al cabo de dos horas su vida cabrá en unas cuantas páginas.

A la hora prevista llaman a la puerta.
La abogada entra primero. La conoces desde hace años; trabaja para una de las organizaciones que asisten a solicitantes de protección internacional y habéis coincidido en decenas de entrevistas. Detrás de ella aparece el ciudadano iraquí. Es más bajo de lo que imaginabas por la foto de su expediente y lleva una carpeta de plástico azul apretada contra el pecho, como si en ella cupiera todo lo que ha conseguido salvar de su vida.
—La intérprete está de camino —dice la letrada mientras deja el bolso sobre la silla—. Me ha llamado hace un momento. Se ha quedado atrapada en un atasco.
Miras el reloj. Todavía hay margen.

Les indicas que se sienten mientras compruebas que todo está preparado. El iraquí no habla. Recorre el despacho con la vista, despacio, deteniéndose en la pantalla del ordenador, en la impresora, en la botella de agua sobre la mesa y en la luz que entra por la ventana. Después sus ojos se posan en ti. Observa unos segundos cómo ordenas el expediente, cómo sostienes el bolígrafo entre los dedos antes de dejarlo junto al teclado.

Entonces sonríe.

Le faltan los dos incisivos superiores y las encías quedan al descubierto, pero la sonrisa conserva una cordialidad tan limpia que resulta imposible no corresponderla. Te da los buenos días en un español vacilante y, antes de que puedas responder, rebusca en el bolsillo de la cazadora hasta sacar un teléfono protegido por una funda gastada. Lo sostiene un instante entre las manos, mira a la abogada y le dice unas palabras en árabe.
Ella sonríe.
—Quiere enseñarle una cosa, pero prefiere esperar a que llegue la intérprete para poder explicársela bien.
Asientes sin hacer preguntas. Tomas el bolígrafo, lo haces girar entre los dedos por costumbre y vuelves a dejarlo sobre la mesa. El iraquí sigue observándote un instante más antes de bajar la vista hacia el teléfono, como si estuviera esperando el momento oportuno para empezar a contar una historia que lleva demasiado tiempo guardando.
Durante unos instantes reina un silencio incómodo. Tú repasas documentos; la abogada ordena los suyos; el iraquí sostiene el teléfono entre las manos y, de vez en cuando, vuelve a levantar la vista hacia ti con una expresión difícil de interpretar.

Cinco minutos después llaman otra vez.
La intérprete entra con el pelo algo revuelto y el bolso todavía colgado del hombro.
—Perdonad el retraso. La autovía estaba completamente parada. Ha habido un accidente.
La intérprete deja la chaqueta sobre el respaldo de la silla mientras recupera el aliento. Tú le restas importancia con un gesto. No es la primera vez que un atasco decide el ritmo de una entrevista. Cuando por fin todos ocupan su sitio, el iraquí vuelve a sacar el teléfono del bolsillo. Dice unas palabras en árabe sin apartar los ojos de la pantalla y la intérprete sonríe.
—Antes de empezar, le gustaría enseñarle unas fotografías de su trabajo.
Asientes. Durante un instante esperas encontrar imágenes de heridas, de una casa reducida a escombros o de algún documento que deba incorporarse al expediente. En cambio aparecen peinados.
Desliza una fotografía tras otra con un orgullo tranquilo. Cortes impecables. Barbas perfiladas con una precisión casi artesanal. Niños sonriendo frente al espejo. Ancianos que parecen recuperar diez años después de un afeitado. En varias imágenes aparece él mismo con unas tijeras en la mano y la misma sonrisa desdentada que ahora ilumina su rostro.
—Era peluquero.
Amplías una de las fotografías casi sin darte cuenta. El degradado es perfecto.
—Tiene muy buena mano.
La intérprete traduce la frase. El hombre entiende el elogio incluso antes de escuchar las palabras. Sonríe con una satisfacción serena, guarda el teléfono con el mismo cuidado con el que otros guardarían una fotografía de familia y, por un instante, deja de ser un solicitante de protección internacional. Vuelve a ser simplemente un peluquero enseñando su trabajo.

Entonces abres la carpeta y la entrevista comienza de verdad.
La intérprete deja el bolso junto a la silla, vuelve a disculparse por el retraso y ocupa su sitio mientras la abogada ordena la documentación sobre la mesa. Tú despiertas la pantalla del ordenador, compruebas los datos del expediente y abres el documento en blanco donde, durante las próximas dos horas, irás convirtiendo una vida en un relato administrativo. Nunca has conseguido verlo de otra manera. La mayoría de tus compañeros teclean deprisa: pregunta, respuesta, punto y aparte; los hechos imprescindibles para que el expediente siga su curso. Tú trabajas de otro modo. Siempre has pensado que una declaración mal escrita puede ser tan injusta como una declaración falsa. Las palabras importan, y el orden en que aparecen también. No es lo mismo escribir que un hombre huyó que explicar por qué tuvo que hacerlo.

Quizá por eso, hace años, cuando todavía creías que algún día tendrías tiempo, escribiste un par de cuentos y los enviaste a un concurso literario. No llegaron muy lejos, pero desde entonces conservas la costumbre de buscar la palabra exacta incluso en un documento policial. Nunca adornas ni inventas; sólo intentas que quien lea aquella entrevista dentro de seis meses pueda escuchar, entre las frases, la voz del hombre que hoy tienes delante. Abres los dedos sobre el teclado, ajustas el cursor al comienzo del documento y levantas la vista.
—Cuando quiera.
La abogada hace un leve gesto al solicitante para tranquilizarlo. La intérprete asiente, preparada para traducir. El hombre inspira despacio, como quien lleva demasiado tiempo esperando ese instante.
—Nací en Tarmiyah...

No escribes. Hace años aprendiste que las mejores declaraciones empiezan escuchando. Al principio intentabas seguir el ritmo de la traducción, pero terminabas redactando frases torpes, demasiado pegadas a las palabras y demasiado lejos de lo que realmente querían decir. Ahora esperas. Escuchas. Ordenas mentalmente cada respuesta y sólo entonces comienzas a teclear. El cursor parpadea en la pantalla. Tú también sabes esperar.
—Cuénteme cómo era su vida antes de tener problemas.
La pregunta cruza la mesa, se detiene unos segundos en la intérprete y llega finalmente al iraquí.
—Nací en Tarmiyah. Si cierro los ojos todavía puedo recorrer sus calles sin perderme. Recuerdo el polvo que levantaban los coches al pasar, el olor del pan recién hecho al amanecer y las voces de los comerciantes cuando abrían el mercado. Vivía con mi madre, mi hermano y mi hermana, que sufría ataques de epilepsia desde niña. Mi padre había sido director de un banco durante el gobierno de Saddam Hussein. De joven estudió en Estados Unidos y hablaba de aquel país con una mezcla de admiración y melancolía. Nunca fue un hombre de consignas ni de banderas. Decía que la política siempre terminaba entrando en casa, aunque uno cerrara la puerta, y que no merecía la pena salir a buscarla. Murió en 2020, enfermo del estómago. A veces pienso que tuvo suerte. No llegó a ver hasta dónde podía degradarse un país.

Hace una pausa para beber un sorbo de agua. Tú aprovechas para escribir las primeras líneas. Dudas un instante entre «falleció» y «murió». Borras la primera palabra y dejas la segunda. Suena menos administrativa y más cercana a la voz del hombre que habla.
—Yo nunca quise parecerme a él. Mi padre entendía de números; yo sólo entendía de personas. Descubrí muy pronto que me gustaba cortar el pelo. Dejé el instituto con quince años porque no conseguía pensar en otra cosa. Mientras mis amigos hablaban de encontrar un empleo cualquiera, yo sólo quería aprender a manejar unas tijeras.

El despacho vuelve a quedarse en silencio salvo por el zumbido de los fluorescentes y el golpeteo de tus dedos sobre el teclado.
—Mi maestro me enseñó despacio. Primero barría el suelo. Después preparaba las toallas calientes, limpiaba las navajas y observaba. Pasé meses mirando antes de atreverme a cortar un mechón de pelo. Él decía que cualquiera podía aprender la técnica, pero que un peluquero de verdad tenía que saber leer la cara de quien se sentaba delante. «Hay hombres que vienen a cortarse el pelo y otros que sólo necesitan que alguien los escuche durante veinte minutos».

La intérprete traduce la última frase con una sonrisa apenas perceptible. Tú relees lo que acabas de escribir y apenas cambias una palabra.
Mi maestro decía que algunos clientes sólo necesitaban que alguien los escuchara durante veinte minutos.
Podrías resumir toda aquella explicación en una línea: peluquero desde los quince años. Bastaría para el expediente. Sin embargo, dejas la frase donde está. A veces una vida cabe en una fecha; otras, en el recuerdo de quien enseñó un oficio.

Continúas escribiendo. Mientras corriges una coma, notas por el rabillo del ojo que el solicitante vuelve a observarte. Levantas la cabeza. Él aparta la mirada apenas un instante y vuelve a sonreír antes de fijarse en tus manos, en la forma en que sostienes el bolígrafo mientras relees una línea. No dices nada. Piensas que quizá sólo agradece el trato correcto y sigues tecleando.

—La peluquería me dio una buena vida. No era rico, pero tampoco necesitaba serlo. Podía ayudar a mi madre, pagar los medicamentos de mi hermana y ahorrar algo de dinero. Me gustaba abrir el negocio por las mañanas. Siempre era el primero en llegar. Preparaba el café mientras levantaba la persiana y esperaba al primer cliente. Todavía recuerdo aquellos sonidos. Hay ruidos que terminan formando parte de una persona: el zumbido de las máquinas de cortar el pelo, las tijeras abriéndose y cerrándose, el vapor de las toallas calientes, incluso ese silencio que se hace cuando un cliente se mira por primera vez en el espejo después de un corte. Ésa era mi vida, y me bastaba.

La abogada escucha con los brazos cruzados. Lleva años asistiendo a entrevistas como aquélla y sabe reconocer cuándo alguien recita una historia aprendida y cuándo habla desde la memoria. La memoria nunca avanza en línea recta: se entretiene en un olor, en un ruido, en un gesto sin importancia, y deja escapar fechas que cualquier expediente consideraría esenciales. El iraquí recuerda así. Va y viene sin perderse. La intérprete también empieza a percibirlo. Traduce con naturalidad, casi olvidándose de sí misma.

Entonces vuelve a ocurrir.
Mientras termina una frase, el hombre no la mira a ella. Te mira a ti. No es una mirada fugaz ni distraída. Se detiene en tus manos mientras escribes, en la forma de sostener el bolígrafo cuando relees una línea, en esa ligera inclinación de la cabeza con la que escuchas antes de hacer la siguiente pregunta. La abogada deja de tomar notas un instante y levanta apenas las cejas. La intérprete responde con un gesto casi imperceptible antes de continuar la traducción. Ninguna dice nada. No hace falta.

—Todo empezó a cambiar después de la caída de Saddam Hussein. Al principio todos creímos que las cosas mejorarían. Nos equivocamos. Las milicias apoyadas por Irán fueron ocupándolo todo poco a poco. Primero aparecieron hombres armados en las carreteras; después llegaron los controles y, más tarde, ya nadie supo quién mandaba realmente. El Gobierno decía una cosa y ellos hacían otra. Nosotros éramos suníes. Con eso bastaba para convertirnos en sospechosos.

Hace una pausa. Pide permiso con un gesto para beber un poco de agua. La intérprete espera a que deje el vaso sobre la mesa antes de continuar.

—Mi padre empezó a preocuparse. Yo seguía creyendo que, mientras trabajara y no me metiera en política, nadie tendría motivos para hacerme daño. Era joven, y los jóvenes solemos creer que la violencia siempre encuentra el camino hacia la puerta de otro, hasta que un día descubre la nuestra.

Anotas la última frase casi sin modificarla. Dudas un instante entre «hostigamiento» y «acoso» en una respuesta anterior, borras la primera palabra y sigues escribiendo.

—Me tuvieron secuestrado veintisiete días. Me golpeaban con la culata de los fusiles durante los interrogatorios. Uno de aquellos golpes me rompió los dos dientes delanteros. También me quemaron la espalda con hierros al rojo. El hombre que me rompió los dientes me lanzó una servilleta para que me limpiara la sangre. Cuando fui a cogerla vi que dentro había una rata muerta. Creo que querían que sobreviviera para que, cuando me soltaran, contara lo que habían hecho y el resto del pueblo tuviera miedo.

Hace una pausa. Bebe un sorbo de agua antes de sacar el teléfono. Busca unas fotografías y las desliza despacio hasta ti. Son tres imágenes de las heridas que le dejaron durante el cautiverio. Las observas unos segundos y vuelves a dejarlas sobre la mesa sin hacer ningún comentario. Continúas escribiendo.

—Al cabo de veintisiete días nos abandonaron a un médico y a mí en un descampado, cerca de Rajdiya. Nos llevaban envueltos en una manta. Durante el trayecto volvieron a golpearnos. Al médico le habían cortado una oreja y los dos estábamos cubiertos de sangre cuando nos dejaron allí. Unos vecinos nos encontraron y nos llevaron a casa.

Hace una pausa.
—Recuerdo que, antes de que llegara nadie, los dos nos quedamos un momento tendidos en el suelo. Yo pensaba que no iba a poder levantarme. Entonces el médico me miró y dijo, con una tranquilidad que todavía hoy no entiendo: «A partir de aquí ya nada puede ir a peor».

El hombre guarda silencio unos segundos.
—Nunca volví a saber de él.
Carraspea un poco, pero la voz del iraquí no cambia.
—Cuando mi hermana me vio llegar se desmayó. Mi madre me dijo que ya no podía quedarme en Irak. Al día siguiente marché hacia la frontera con Turquía. Mi familia fue a despedirse de mí y me llevó el pasaporte para que pudiera cruzar.

Mientras la intérprete termina de traducir una respuesta, el hombre vuelve a mirarte. No es una mirada fugaz. Se detiene en tu rostro, en tus manos, en la forma en que sostienes el bolígrafo antes de volver a escribir.

La abogada deja de tomar notas un instante. Conoce al solicitante desde que llegó al albergue y nunca lo ha visto mostrarse tan abierto con nadie. Mientras observa cómo busca una y otra vez la mirada del investigador, se pregunta si no será simplemente porque le resulta atractivo. A fin de cuentas, sigue siendo un hombre guapo, aunque ya maduro, de esos cuya serenidad inspira confianza.
Aparta enseguida la idea y vuelve al expediente.
—¿Desea añadir alguna cosa más?
El iraquí permanece unos segundos en silencio. No parece buscar las palabras; más bien decide si merece la pena pronunciarlas. Cuando habla, la intérprete deja de traducir durante unos instantes. Frunce ligeramente el ceño, vuelve a mirarlo y, antes de decir nada, dirige una rápida mirada hacia la abogada.
—¿Qué ocurre? —preguntas sin apartar las manos del teclado.
Ella tarda un momento en responder.
—Dice... que espera no haberle incomodado mirándole tanto durante la entrevista.
Levantas la vista y sonríes.
—En absoluto.
El hombre continúa hablando. Esta vez la intérprete tarda todavía unos segundos más en traducir.
—Dice que, cuando usted abrió la puerta, creyó durante un instante que era otra persona.
Tus dedos quedan suspendidos sobre el teclado.
—¿Quién?
El iraquí baja los ojos. Cuando vuelve a levantarlos, ya no parece mirar el despacho, sino un lugar muy lejano.
—El médico con el que estuve secuestrado.

El zumbido del fluorescente vuelve a hacerse audible. Nadie mueve una silla. Nadie busca otra pregunta. Durante un instante, la habitación entera parece contener la respiración.
—Dice que el parecido es extraordinario. La forma de caminar. La manera de escuchar sin interrumpir. Incluso cómo inclina la cabeza antes de hacer una pregunta. Sabe que usted no puede ser él. Han pasado demasiados años. Pero, cuando abrió la puerta, durante unos segundos creyó que España le devolvía a un hombre al que siempre dio por muerto.

Nadie dice nada.
La intérprete baja despacio la vista hacia la mesa. La abogada cierra la carpeta sin hacer ruido. Ninguna busca la mirada de la otra. Tú permaneces inmóvil unos instantes, con las manos sobre el teclado. El cursor sigue parpadeando al final de la última línea del documento.
Por primera vez en toda la mañana no encuentras una pregunta que formular.
Guardas las manos en el regazo, vuelves a levantar la vista y sólo aciertas a decir:
—Ojalá siga vivo.
La intérprete traduce la frase. El iraquí sonríe. Es la misma sonrisa desdentada con la que entró en el despacho, la misma que te había parecido incompatible con todo lo que acababas de escuchar. Responde con apenas unas palabras.
La intérprete tarda un instante en traducirlas.
—Dice que él también lo espera. Pero que, si no es así, al menos usted consiguió devolvérselo durante unos segundos.

No escribes nada más.
El solicitante firma la declaración. Después lo hacen la abogada y la intérprete. Ella recoge la chaqueta del respaldo de la silla; la letrada guarda los documentos en su carpeta azul. El iraquí deja el bolígrafo sobre la mesa con el mismo cuidado con el que, dos horas antes, había guardado el teléfono después de enseñarte las fotografías de la barbería.

Los acompañas hasta la puerta. Intercambiáis una despedida breve. Los ves alejarse por el pasillo, los tres en silencio, hasta que doblan la esquina.
Cuando vuelves al despacho sólo queda el zumbido del aire acondicionado y el cursor parpadeando sobre la pantalla.
Relees la primera línea del documento.
    El solicitante manifiesta...
La borras.
Apoyas las manos en el teclado y escribes despacio:
    Nació en Tarmiyah y durante muchos años fue peluquero.
© Humberto 2026.

















martes, 14 de julio de 2026

El origen etimológico de aquí, acá, allí y allá: historia de los adverbios demostrativos del español.





El origen etimológico de aquí, acá, allí y allá: historia de los adverbios demostrativos del español.

 

Introducción

Los adverbios demostrativos de lugar constituyen uno de los sistemas deícticos más antiguos y conservadores de las lenguas romances. Palabras tan frecuentes como aquí, acá, allí y allá son herederas directas de una compleja evolución del latín clásico y, sobre todo, del latín vulgar. Su historia revela procesos fonéticos, morfológicos y semánticos que ilustran perfectamente cómo una lengua reorganiza su sistema espacial a lo largo de los siglos.

Mientras que el latín poseía un rico inventario de adverbios locativos (hic, huc, ibi, illīc, illāc, hinc, inde), el castellano medieval simplificó ese sistema mediante la creación de nuevas formas reforzadas con partículas demostrativas. El resultado fue el paradigma moderno: 
  • aquí / acá
  • ahí
  • allí / allá

Estas formas no aparecieron simultáneamente, sino que son el producto de diferentes innovaciones desarrolladas entre los siglos VIII y XIII.

1. El sistema locativo latino

El latín distinguía cuidadosamente la posición, la dirección y el origen del movimiento.
Entre los principales adverbios estaban:
  • hic = aquí, en este lugar
  • huc = hacia aquí
  • ibi = ahí
  • illīc = allí
  • illāc = por allí, hacia allí
  • hinc = de aquí
  • inde = de allí

A diferencia del español moderno, el latín utilizaba distintas palabras según se tratara de:
  • ubicación
  • movimiento hacia un lugar
  • movimiento desde un lugar

Con la desaparición progresiva del sistema de casos, estas diferencias comenzaron a perderse.

2. El papel del latín vulgar: eccum

Uno de los elementos decisivos fue la aparición en el latín vulgar de la partícula enfática eccum («he aquí», «mira aquí»).

Esta partícula servía para reforzar los demostrativos.
Así surgieron formas como:
  • eccum hic
  • eccum hinc
  • eccum illāc

Con el paso del tiempo, estas secuencias dejaron de percibirse como dos palabras independientes y terminaron fusionándose.

Este fenómeno recibe en filología el nombre de lexicalización.

3. El origen de «aquí».

La explicación aceptada por Corominas, Pascual y el Diccionario Histórico de la Lengua Española parte del latín vulgar:

eccum hīc («he aquí»)
La evolución aproximada sería:
eccum hic
ec(h)ic
aquic
aquí

Durante la evolución se produjeron varios cambios fonéticos: pérdida de consonantes finales; debilitamiento del grupo consonántico; aparición de una vocal inicial (a-) procedente de la reducción fonética de eccum; conservación del elemento deíctico -quí.

Por tanto, el español no heredó directamente el latín hic, sino una forma reforzada del latín popular.

La presencia de esa a- inicial constituye precisamente el resto fosilizado del antiguo demostrativo enfático.

4. El origen de «acá».

Acá no procede de hic, sino de otra forma del mismo sistema. Generalmente se reconstruye a partir del latín vulgar:
  • eccum hāc
o bien

  •  eccum hinc

según los diferentes autores.

La forma terminó simplificándose hasta:
  • acá
Originalmente poseía un valor más dinámico que aquí.

Todavía hoy se observa esa diferencia:

  •  Estoy aquí.
  • Ven acá.


En muchas variedades americanas, sin embargo, ambas formas se han neutralizado prácticamente.

5. El origen de allí

La etimología es mucho más transparente.
Procede del latín:
  • illīc

que significaba:

  • «en aquel lugar»

La evolución fue aproximadamente:
illīc
alli
allí

La geminación de la ll se conservó en castellano, mientras que la consonante final desapareció.
Es una evolución regular.

6. El origen de «allá».

El caso de allá es diferente. No deriva de illīc, sino de:
  • illāc

adverbio latino que significaba:
  • por allí
  • hacia allí
  • por aquel lado

La evolución fonética fue:

illāc
allac
allá

La pérdida de la consonante final produjo la vocal tónica abierta actual.
Esta diferencia explica por qué allí y allá nunca fueron completamente sinónimos.

7. ¿Por qué existen dos palabras para «allí»?

Latín                        Español
illīc                             allí
illāc                            allá


En latín ya tenían significados ligeramente diferentes.

Illīc indicaba un punto concreto.

Illāc indicaba una dirección o una zona.

Esa diferencia todavía sobrevive.
Por ejemplo:

  • Está allí.
(frente a un lugar determinado)
pero
  • Vive allá por Asturias.

(zona imprecisa)

La Real Academia Española sigue manteniendo esta distinción: allí designa un lugar más delimitado, mientras que allá expresa una localización más amplia, lejana o poco precisa.

8. La oposición «aquí/acá».

Lo mismo ocurre con el par cercano.
Históricamente:
aquí

designaba un punto preciso.

acá

una dirección o una zona.
Por eso resulta natural decir:
Ven acá.
pero menos frecuente:
Ven aquí.
En muchas regiones americanas:

  • acá
  • allá

son las formas dominantes.

Mientras que en gran parte de España predominan:
  • aquí
  • allí.

9. La misteriosa «a-» inicial

Una de las preguntas clásicas de la filología románica es:
¿Por qué el español dice aquí mientras el italiano conserva qui?

La respuesta reside en el latín vulgar.

Las lenguas romances occidentales desarrollaron una tendencia a reforzar los demostrativos mediante partículas como:

 

  • ecce
  • eccum
  • accu

El castellano conservó ese refuerzo convertido en una simple vocal inicial.
Por ello:

 

  • aquí
  • acá
  • ahí
  • allá

comparten esa a- protética, ausente en latín clásico.

El italiano, por el contrario, mantuvo formas mucho más próximas al original:

 

  • qui
  • qua

El portugués ocupa una posición intermedia:

 

  • aqui
  • ali

lo que confirma que el fenómeno pertenece al conjunto de innovaciones del romance occidental.

10. La evolución del sistema español

Durante la Edad Media coexistían numerosas variantes:

 

  • ayá
  • alá
  • aillá
  • aliá
  • aiá

El Tesoro de los Diccionarios Históricos de la Lengua Española documenta estas grafías entre los siglos XII y XVI antes de imponerse las formas actuales.

Finalmente el castellano fijó el sistema moderno:
Cercanía                                                     Español
máxima                                                         aquí / acá
media                                                             ahí
lejana                                                             allí / allá


Este sistema es paralelo al de los demostrativos:

 

  • este
  • ese
  • aquel

Conclusión

Los adverbios aquí, acá, allí y allá son auténticos fósiles lingüísticos. Su origen se remonta al latín vulgar, donde las antiguas partículas demostrativas (eccum) reforzaron los adverbios heredados (hic, hāc, illīc, illāc). De esa fusión nacieron las formas romances que el castellano conservó y reorganizó en un sistema de tres grados de distancia.

La coexistencia de aquí/acá y allí/allá no constituye una redundancia, sino la supervivencia de una antigua oposición latina entre localización puntual y localización direccional o difusa. Así, detrás de palabras aparentemente simples se esconde una evolución de casi dos mil años que conecta el español moderno con el latín hablado del Imperio romano.

 


Bibliografía básica
Corominas, Joan y José A. Pascual. Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (DCECH), voces «aquí», «acá», «allí» y «allá».
Real Academia Española. Tesoro de los Diccionarios Históricos de la Lengua Española, entradas «allá» y relacionadas.
Real Academia Española y ASALE. Diccionario histórico de la lengua española.
Menéndez Pidal, Ramón. Manual de gramática histórica española.
Penny, Ralph. Gramática histórica del español.
Lapesa, Rafael. Historia de la lengua española.

sábado, 11 de julio de 2026

Canto del expediente

 

Canto del expediente


«Per correr miglior acque alza le vele...»

«Para navegar mejores aguas», escribió Dante al comenzar el Purgatorio. Los policías, sin embargo, rara vez eligen las aguas por las que navegan.

Cuando Javier cruzó la puerta tuvo la absurda sensación de entrar en una iglesia donde Dios hubiera sido sustituido por archivadores grises. Todo estaba en silencio, pero no en un silencio solemne, sino administrativo: el de las impresoras cuando descansan, las puertas cortafuegos al cerrarse despacio y los funcionarios que han aprendido que las palabras también dejan rastro. Sobre la pared, una única inscripción: RÉGIMEN DISCIPLINARIO. Nada más. Las amenazas verdaderas nunca necesitan adornarse.
A su lado iba Álvaro. Llevaban casi cuatro años patrullando juntos, tiempo suficiente para descubrir que, en los servicios importantes, el silencio comunica más que cualquier conversación. La confianza absoluta empieza cuando las palabras dejan de ser necesarias. Álvaro era el más sereno de los dos. Había heredado de su padre, guardia civil en el norte durante los años difíciles, una forma peculiar de entender el uniforme.
—No trabajes para gustarle a un jefe —le había dicho una vez, mientras limpiaba una vieja escopeta de caza—. Trabaja para poder afeitarte sin bajar la mirada del espejo.
Nunca olvidó aquella frase.
Javier, en cambio, todavía esperaba algo de justicia. Era más joven por dentro que por fuera. Seguía creyendo que hacer bien el trabajo acababa imponiéndose. Aún no había aprendido que las instituciones están hechas de hombres y que los hombres llevan sus miserias al despacho igual que llevan el paraguas cuando llueve.
Avanzaron por el pasillo sin hablar.
Todo había comenzado cuarenta y tres días antes, con un aviso recibido poco antes de medianoche: violencia doméstica, gritos, posible agresión; extremen las precauciones. La ciudad siempre parece distinta cuando una sirena rompe la noche. Las calles dejan de ser calles y se convierten en un tablero donde cada segundo pesa demasiado.
Habían llegado en menos de cuatro minutos. La mujer tenía el labio partido y varias magulladuras. Un niño lloraba detrás del sofá. El hombre estaba borracho. No estaba furioso; eso habría sido más sencillo. Estaba ofendido. Y pocas personas resultan tan peligrosas como un cobarde convencido de haber sido humillado.
Habían hablado. Habían intentado calmarlo. Le habían pedido que mostrara las manos. El hombre había retrocedido. Por un instante pareció que todo iba a terminar allí.
Entonces dio un paso al frente y empujó a Álvaro.
Javier sintió ese instante imposible de explicar a quien nunca ha llevado un uniforme. No dura más de un segundo, pero dentro de él caben todas las decisiones de una carrera: esperar, reducir, confiar, golpear, dudar. Eligieron. Lo inmovilizaron, sin rabia, sin castigo, solo con la fuerza imprescindible para impedir que siguiera haciendo daño. Cinco minutos después todo había terminado. Llegaron otra patrulla, la ambulancia, los sanitarios, las cámaras corporales, los testigos, las fotografías y, después, los informes. Todo encajaba. Era una intervención correcta. Ni brillante. Ni heroica. Solo correcta. Y precisamente por eso estaba destinada a perderse entre miles de actuaciones idénticas.
Hasta que apareció el inspector Salvatierra. No odiaba a Javier ni a Álvaro. El odio exige pasión. Él necesitaba algo mucho más sencillo: recordar cada día que el poder pertenece a quien firma. Veinte años atrás había sido un policía excelente; eso decían. Después llegaron los despachos, los ascensos, las estadísticas, los cursos de liderazgo. Y, poco a poco, algo empezó a morir. No ocurre de golpe. Nadie se convierte en un mal jefe una mañana cualquiera. Sucede como el hierro que se oxida. Un día descubres que has dejado de mandar para proteger; ahora mandas para demostrar que mandas. Observó los vídeos. No encontró excesos. Buscó otra cosa: matices, palabras, ángulos. Toda verdad admite un orden distinto. Redactó el informe. No mintió; eso habría sido demasiado fácil de desmontar. Hizo algo peor: ordenó los hechos para que parecieran otra cosa. La literatura y la burocracia comparten un secreto antiguo: el orden de las palabras modifica la realidad. El expediente nació aquella misma tarde, como nacen casi todas las injusticias administrativas: sin estruendo.
Antes de que la instructora los recibiera salió a su encuentro el secretario. Les estrechó la mano con esa naturalidad de quien todavía saluda como un policía de calle antes que como un hombre de despacho. Era un hombre muy estimado en la plantilla. No por el cargo, sino porque todos sabían que, antes de acabar allí, había sido un buen policía. De los que nunca necesitan recordarlo. Conservaba intacta una serenidad que no nacía del despacho, sino de los años de servicio. Apenas habló. Cada oficio inventa sus palabras; el de los policías de calle, además, inventó silencios cargados de significado. En él caben la confianza, la lealtad y la certeza de que hay hombres a quienes uno entregaría la espalda sin volver la cabeza. Los tres se entendieron sin necesidad de explicaciones. Javier notó que la tensión aflojaba un poco. A veces la autoridad no la da el puesto, sino el respeto que uno deja tras de sí.
—¿Saben por qué están aquí?
La instructora levantó la vista. Rondaba los cincuenta años. Cabello gris. Voz tranquila. Ojos cansados. Había visto demasiadas carreras arruinadas por errores reales y por errores inventados como para dejarse impresionar con facilidad.
—Sí —respondió Álvaro—. Porque alguien piensa que actuamos mal.
Ella negó despacio.
—No.
Hizo una breve pausa.
—Porque alguien afirma que actuaron mal. Y eso no es lo mismo.
Aquella frase alivió algo. Muy poco. Pero algo.
Comenzaron las declaraciones. Una hora. Después otra. Detalles. Metros. Segundos. Distancias. Órdenes verbales. Posiciones de las manos. El lenguaje administrativo intenta reducir la vida a verbos en pretérito. Pero la vida siempre se resiste.

Mientras respondía, Javier sintió miedo. No al castigo, sino al olvido. Al privilegio terrible de que una firma pudiera pesar más que una noche entera protegiendo a desconocidos. Entonces recordó al niño escondido detrás del sofá. Nadie había vuelto a preguntar por él. Ahora todo el procedimiento giraba alrededor de la fuerza empleada para detener al agresor, no alrededor del miedo que había obligado a aquel niño a esconderse. Pensó que la burocracia posee una forma muy peculiar de ceguera: mide con precisión aquello que puede contarse y casi nunca aquello que importa.

***

Al salir encontraron, sentado en un banco del pasillo, a un subinspector jubilado. Esperaba declarar como testigo en otro expediente. Leía un ejemplar gastado de la Divina Comedia, con el lomo vencido por los años y varias esquinas dobladas. Al verlos levantó la vista y sonrió con esa cordialidad serena de quienes ya no necesitan demostrar nada.
—¿Sabéis por qué Dante puso el Purgatorio en una montaña?
Ninguno respondió. Cerró el libro con cuidado, como quien interrumpe una conversación y no una lectura.
—Porque solo asciende quien acepta el peso de lo que carga.
Dejó que el silencio hiciera su trabajo antes de continuar.
—El Infierno es fácil. Allí todos están convencidos de tener razón.
Los miró un instante, con una serenidad que solo conceden los años y una vida entera llevando uniforme.
—El Purgatorio es otra cosa. Aquí uno descubre quién sigue siendo.
Guardó el libro bajo el brazo. No añadió nada más. Tampoco hacía falta.

 ***

La resolución llegó dos meses después. Ninguno abrió el correo electrónico durante varios minutos. Conocían demasiados policías cuya vida había cambiado por una sola frase: una suspensión, un traslado, una anotación desfavorable. La carrera de un funcionario puede desviarse para siempre con la misma suavidad con la que una pluma cambia de dirección sobre el papel. Álvaro respiró hondo, abrió el documento y leyó despacio, muy despacio: No se aprecia infracción disciplinaria. Procede el archivo. Cuatro palabras. Nada más. No una disculpa. No una explicación. Ni una sola línea sobre el daño. Solo el archivo.

Javier permaneció en silencio. Había imaginado que sentiría alivio, incluso alegría, pero no llegó ninguna de las dos cosas; solo un cansancio inmenso, como el de quien alcanza la cima de una montaña y descubre que el paisaje no aligera el peso de los kilómetros recorridos.
—¿Ya está? —preguntó al fin.
Álvaro asintió.
—Sí.
—¿Y él?
No hacía falta pronunciar el nombre. Álvaro tardó unos segundos en responder.
—Seguirá siendo quien es.
Hizo una pausa.
—Eso también forma parte de la justicia. No siempre corrige. A veces solo revela.
Salieron del edificio descendiendo la escalinata, pero era como iniciar un ascenso. Había llovido. La ciudad olía a piedra mojada. Las nubes empezaban a abrirse. Javier levantó la vista y comprendió entonces algo que ningún reglamento enseñaba: el paraíso de un policía no consiste en recibir medallas, ni felicitaciones, ni ascensos; consiste en conservar intacta la voluntad de acudir cuando alguien marca un número de emergencia. Habían atravesado el Purgatorio. El expediente quedaría archivado. El cansancio también acabaría pasando. Lo único que de verdad importaba era otra cosa: no habían dejado allí la parte de sí mismos que los había llevado a vestir el uniforme.

El nombre de su indicativo volvió a sonar por la emisora. Caminaron hacia el vehículo. A su espalda quedaban los pasillos, los expedientes, las pequeñas condenas de la burocracia. Delante seguía esperándolos la ciudad: imperfecta, ingrata, necesitada de hombres que, aun conociendo el precio, siguieran respondiendo cuando otros pedían ayuda. Entonces Javier comprendió el verdadero sentido del viaje. El Paraíso nunca había sido el archivo del expediente. Era descubrir que el Purgatorio no había conseguido cambiar su manera de mirar a las personas.


 

CANTO A MODO DE EPÍLOGO:

Bajaron una escalera
y ascendieron una montaña.

No vencieron a un enemigo,
sino al cansancio,
a la duda,
al rencor.

El expediente terminó.
El viaje, no.

Porque el Paraíso
comienza el día en que nadie
consigue arrancarte
la voluntad de servir.




La verdadera victoria

No pesa más la espada que la culpa,
ni el papel más que el deber.
Todo hombre tiene un monte que subir
con la carga invisible de su nombre.

Dichoso quien, al llegar arriba,
descubre que no ganó un juicio,
sino algo mucho más difícil:
no haberse perdido a sí mismo.




© Humberto 2026.

lunes, 15 de junio de 2026

El horizonte y la esperanza

 


El horizonte y la esperanza
(basado en un relato de Pemán)


Cada tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse sobre los campos dorados, don Álvaro acostumbraba a detenerse en la loma que dominaba el valle. Desde allí contemplaba el horizonte. Era una línea sencilla, apenas un encuentro entre la tierra y el cielo, pero para él encerraba un misterio que nunca terminaba de comprender.

Los muchachos del pueblo solían preguntarle por qué permanecía tanto tiempo mirando aquella lejanía.
—Porque el horizonte es la promesa de algo que aún no vemos —respondía—. Y el hombre vive de promesas tanto como de pan.
Don Álvaro había conocido tiempos mejores. En su juventud, la comarca prosperaba; los campos producían cosechas abundantes y las familias crecían en paz. Sin embargo, los años difíciles llegaron poco a poco. Una larga sequía castigó la tierra, muchos jóvenes marcharon a la ciudad y las casas comenzaron a cerrarse una tras otra.

El desaliento fue extendiéndose entre los vecinos como una sombra silenciosa. Los más ancianos hablaban del pasado con nostalgia; los más jóvenes apenas encontraban motivos para permanecer allí.

Una tarde, reunidos en la plaza, varios hombres discutían sobre el porvenir del pueblo.
—Todo se acaba —decía uno.
—No queda nada que hacer —afirmaba otro.

Don Álvaro escuchó aquellas palabras sin interrumpirlos. Luego señaló hacia los campos que se extendían más allá de las últimas casas.
—¿Veis aquel horizonte?
Los hombres asintieron.
—Parece siempre el mismo y, sin embargo, nunca lo es. Cada amanecer trae una luz distinta; cada estación cambia sus colores. Lo que nos engaña es la costumbre. Creemos que porque hoy vemos dificultad, mañana veremos lo mismo.
Nadie respondió.
—La esperanza no consiste en esperar sentados a que ocurra un milagro —continuó—. Consiste en trabajar como si el milagro pudiera llegar.

Aquellas palabras quedaron resonando en el ánimo de algunos vecinos.

Durante los meses siguientes comenzaron a reparar acequias abandonadas, limpiaron caminos y recuperaron tierras que llevaban años sin cultivarse. El trabajo era duro y los resultados tardaban en aparecer, pero poco a poco el pueblo empezó a recobrar algo que había perdido: la confianza.

La primavera siguiente llegó acompañada de lluvias generosas. Los campos reverdecieron y las cosechas mejoraron. No fue una transformación repentina ni prodigiosa; fue simplemente el fruto de muchas voluntades que habían decidido no rendirse.

Una tarde, cuando el sol descendía sobre el valle, varios jóvenes acompañaron a don Álvaro hasta la loma.
El anciano contempló una vez más la línea lejana donde el cielo parecía descansar sobre la tierra.
—Ahora lo comprendéis mejor —dijo con una sonrisa.
—¿El qué? —preguntó uno de ellos.
—Que el horizonte siempre está lejos. Si caminamos hacia él, se aleja otro poco. Y, sin embargo, gracias a él seguimos avanzando.

Los muchachos guardaron silencio.

La tarde se volvió lentamente dorada. Una brisa suave recorrió los sembrados y las campanas del pueblo comenzaron a sonar a lo lejos.

Entonces comprendieron que la esperanza se parece al horizonte: nunca se alcanza del todo, pero ilumina el camino de quienes tienen el valor de seguir caminando hacia ella.


© Humberto 2026.

sábado, 13 de junio de 2026

«SI YO CREYERA ESO...». PEMÁN

 «SI YO CREYERA ESO...»


Graham Greene ha expresado algo muy agudo y penetrante cuando dice que es, muchas veces, instructivo y eficaz para el creyente dialogar con aquellos que no tienen fe; porque éstos, de un golpe, le dan toda la medida y nivel real de lo que el creyente tiene... y parece que no tiene por el desgaste familiar de la convivencia.

El no creyente honrado que oye el despliegue de todos los dogmas y artículos de la fe saca unas conclusiones totales y rectilíneas y se desliga por una lógica metálica e insobornable que avergüenza nuestras incongruencias: nuestras situaciones cotidianas de «fe muerta». El no creyente dice con ingenuidad: «Si yo creyera eso...», y pronuncia, como consecuencia de su hipótesis, el más deslumbrador sermón del olvidado e intrépido contenido de nuestra creencia. Todo lo que nosotros pensamos, lejano y especulativamente, del santo, lo piensa él sencillamente del lógico.

A mí me ha impresionado siempre observar que en las grandes misas polifónicas —así la de Victoria; así la del «Papa Marcelo», de Palestrina— el Credo es la pieza de mayor excelencia y altura musical. Porque, bien mirado, el Credo no es más que una tabla de artículos de fe. No exclama, no reza, no celebra: expone sencillamente. A nadie se le ha ocurrido hacer una pieza musical de la «Declaración de los Derechos del Hombre» o de la «Constitución de los Estados Unidos». ¿Qué entraña musical tienen los artículos del Credo que se deslizan tan fácilmente al himno?

Y a mí me parece que no deja de ser higiénico trasladar esta observación a todas las posiciones en que, de algún modo, interviene cierta forma de fe. Ni es improcedente recordar eso en estos días todavía cercanos a la fecha nacional del 18 de Julio. Se canta en ese día reiteradamente el «credo» nacional y político. Pero no puede cantarse ningún credo sin derivar hacia la consecuencia himnaria.

Otra cosa parecerá revelar la misma inconsecuencia; la misma situación de «fe muerta» que denunciaba Greene en el área religiosa. Hace poco el doctor Stuermer hablaba en «Punta Europa» de los esfuerzos que la UNESCO realiza por lograr lo que se está llamando la «integración de la historiografía europea», o sea, una operación de cuidadosa depuración de los textos históricos para eliminar las herencias poco amistosas, los puntos de fricción. Pero, naturalmente, esto se ha realizado más urgentemente en aquellas líneas más próximas y vistosas que, por episodios bélicos recientes, se suponen propicias al odio prefabricado. Se revisa cuidadosamente la historia franco-alemana, anglo-alemana, franco-italiana.

España, con su buena carga de deformación histórica frente a tantos pueblos —Francia, Inglaterra, Países Bajos—, se viene quedando al margen de la metódica revisión oficial. Pero casi no importa: la simple probidad científica de los grandes maestros, sin acuciamientos estatutarios, por pura pasión de verdad, va realizando una gran revisión histórica, que gana en pureza lo que pierde en oficialidad.

Chesterton, Belloc, Dawson, Ranke, Toynbee, Kempe... La nómina de nuestros amigos no es deleznable, y darles las gracias parecería extemporáneo porque la ciencia pura no es cuestión de cortesías ni encargos.

«Cuando España deja de ser española y huye de sí misma —ha escrito el último, Richard Kempe—, se desnaturaliza y apenas aporta nada al continente. Los que se mantienen fieles a las esencias nacionales son los únicos que, a la postre, son tomados en consideración allende las fronteras».

Y el primero, Chesterton, había dejado escrito rotundamente que la historia de España, olvidando sus fines y aportaciones y reconcentrada en sus piezas instrumentales —Inquisición, autoritarismo—, era tan descabellada como sería la historia de Nelson en aquel que desconociera concienzudamente su genio, sus victorias, sus planes, su sabiduría náutica y sólo tuviera copiosas referencias de la existencia del gato del barco o del sádico e implacable cómitre que obligaba a remar a las tripulaciones.

Todo dinamismo humano tiene su pieza fea escondida en el motor. Conocer de la historia de nuestro Imperio y nuestra defensa de la Cristiandad europea nada más que la Inquisición sería tan asombroso como hacer la historia de esa última gran guerra, que ellos llaman de la democracia frente a la tiranía, a través del espionaje o la censura de correos y telégrafos.

Pero se me ocurre si será sólo el mundo exterior el que necesita esa defensa de la historiografía hispánica para encajarla en ese concierto universal amistoso. ¿No necesitamos, antes, nosotros mismos, los españoles, integrarla en nuestros espíritus?

De los tranquilos panoramas históricos de Ranke o Toynbee resulta una España, «marca» y avanzada de Europa, como Macedonia lo fue un día de Grecia: salvadora físicamente frente al Islam y los turcos, creadora de todo un mundo cristiano y europeo.

Y como lógica consecuencia, según Chesterton, el país donde se está observando el retroceso de la ola tremenda que llevó a Europa a la locura. Esto desemboca en una menuda fe, en un credo: lo que hemos establecido en España para salvaguardar este movimiento salvador y difícil es, en sus líneas maestras, nuestra verdad. Una disminución de la libertad mecánica para salvar las libertades espirituales; una autoridad fuerte; el deseo de una catolicidad auténtica; una reviviscencia de la vida social en un orden sindical que asegure la justicia.

Todo este credo está ahí: lleno de caídas, de impurezas, de imperfecciones, pero intocable en su impulso. Y ahí está también el proyecto histórico de prolongarlo en una continuidad monárquica, llena de pasión popular y católica.

Pero ¿no nos parece estar oyendo decir a los otros pueblos no creyentes; a los que, rotos desde el Renacimiento con esa fe, no pueden seguirnos en el vuelo espiritual; a los comprometidos con blanduras y disoluciones democráticas, la objeción del incrédulo de Greene: «¡Si yo creyera eso!...»?

¿Es verdad del todo nuestra fe? A veces parece que nuestra falta de ímpetu consecuente objeta frente a la integridad de nuestro antecedente de fe. Parece que transitamos, como tantos en la esfera religiosa, por la zona opaca de la «fe muerta».

Sí, eso es así: es así en la historia, en el libro, en la ciencia, en la proclamación de nuestro credo. Pero... Y frente a principios tan exactos y concretos, el «pero» es huidizo, nebuloso: «¿Quién va a estas alturas?», «¡El mundo va ya por otro lado!», «¿Cómo vamos ahora?».

Parece que sufrimos un pudor paralizante construido de meras razones circunstanciales. Tenemos todavía una cierta conciencia lineal y progresista, y no entendemos nada que parezca retorno, reencuentro. ¡Como si no nos enseñara la historia todo el cúmulo de persuasiones, desde el repudio de Lope y los autos sacramentales hasta la fe en Diderot o Voltaire y hasta la ilusión de la poesía didáctica, que parecían dogmas en el alma de un hombre de 1790 y han sido sustituidos por convicciones vueltas a sacar de fondos anteriores del equipaje histórico!

Si tenemos una fe, tengamos unas obras. A veces, cuando oigo al hombre de la calle, muy persuadido de lo que le conviene, fabricarse, sin embargo, sus propios entorpecimientos vacuos y calumniar los propios principios, instituciones y personas que el buen sentido elemental y rectilíneo propone para «continuar», pienso si la «operación descrédito», que fue la «leyenda negra», al ser abandonada por la enemistad forastera, no se está traspasando a la bobería interior.

 

José María Pemán
De la Real Academia Española

El Almanaque de 1935

 

El Almanaque de 1935

 




Angelines soplaba sobre las brasas con el empeño de quien sabe que, en ciertas noches de invierno, mantener vivo un fuego equivale casi a mantener viva la casa. Su abuela dormitaba en la penumbra, envuelta en mantas cuyo color original se había perdido. Más allá de aquella pequeña burbuja de calor y luz que apenas resistía el avance de las sombras, la noche engullía las piedras de la vieja casa, las calles desiertas de la aldea y las tierras devastadas por una guerra que parecía haber pasado por allí dejando tan solo silencio, ruina y ausencia.

Entre las dos habían intentado reparar la pared destrozada por el último bombardeo, y a Angelines le dolía todo el cuerpo; le dolían los brazos, la espalda y las manos agrietadas por el frío. Pero sonreía. Sonreía porque sabía que su madre habría estado orgullosa de verla trabajar con aquella obstinación silenciosa.

Muchas veces le había contado que, cuando llegó la hora de dar a luz, la matrona le pidió que cerrase los ojos y se imaginase en un lugar tranquilo. Y ella, sin vacilar, se vio caminando por un inmenso prado cubierto de margaritas. Todo era verde, amarillo y blanco. Todo respiraba una paz luminosa que parecía no tener fin. Por eso le puso aquel nombre.

Angelines se imaginaba el cielo de la misma manera: un horizonte infinito cubierto de flores que se mecían bajo una luz suave y eterna. Allí veía a su madre sonriéndole, con aquella sonrisa capaz de convertir cualquier desgracia en algo soportable.

El lugar donde podría estar su padre no lo tenía tan claro. Decían que lo habían fusilado por traidor, y ella sabía que los traidores no iban al cielo. Aun así, rezaba todas las noches a la Virgen María con la esperanza de que algún día pudiera perdonarlo, porque le parecía imposible que un hombre que la había llevado tantas veces sobre sus hombros, que le había enseñado los nombres de los pájaros y que la había hecho reír junto al río, pudiera haberse vuelto indigno de la misericordia de Dios.

Angelines removió el contenido del puchero. Las berzas estaban listas y aquella noche, además, había un trozo de pan. La porción de su abuela la ablandó en el caldo, sabiendo que ya apenas podía masticar.

Cuando le acercaba el plato, la anciana parecía despertar de su letargo y, como quien retoma una oración aprendida de memoria, comenzaba a hablar de los viejos tiempos; de los días en que el sol maduraba las espigas de trigo, de las mañanas de siega, de las eras llenas de gente y de los inviernos en que toda la familia se reunía alrededor del fuego. Hablaba quedamente y sin mirar a su nieta, como si las palabras brotasen solas desde algún rincón remoto de la memoria.

Pero a veces, mientras evocaba aquellos veranos perdidos, una claridad fugitiva cruzaba sus ojos apagados, semejante al último resplandor de una lámpara que se resiste a extinguirse.

Después de la frugal cena, Angelines se arrebujaba en la manta junto a ella, extraía del sayo una sobada revista de historietas y, antes de comenzar a leer, la acercaba a su rostro y aspiraba el aroma del papel impreso en vivos colores, como si aquel olor pudiera abrir una puerta secreta hacia otro mundo.

«Almanaque 1935», podía leerse en la primera página, la fecha de la última Navidad que Angelines recordaba.

En la trébede, donde siempre se colocaba el pequeño Nacimiento de loza, ahora solo había hollín y cascotes. El alegre crepitar del carbón que antaño calentaba la cocina se había convertido en el chisporroteo de unas pocas ramas secas de piorno. Y como si alguien hubiese borrado un mundo entero de la memoria de los hombres, tan solo una anciana y una niña permanecían allí como testigos de algo que empezaba a parecer un sueño.

Pero para Angelines aquellas páginas tenían más verdad que la realidad misma, pues allí seguían floreciendo las Navidades, intactas como un milagro guardado entre dos cubiertas de papel. Allí la luna era amiga de los muñecos de nieve, los pavos acudían como convidados a la mesa de Nochebuena y los acebos crecían sin conocer el hollín ni la ceniza. Cada hoja abierta era una ventana; cada ilustración, una rendija por la que escapaba el alma para refugiarse en un reino donde la guerra no había conseguido entrar.

Y, por encima de todas había una a la que regresaba siempre, como si guardase un tesoro secreto. Era la historieta de la página central, «Viajes extraordinarios del perro Top», el único relato seriado de la revista, que comenzaba con un breve resumen del episodio anterior y concluía invariablemente con la promesa de un «continuará».

Angelines la releía cada noche con una fidelidad casi ritual. Sus manos recorrían despacio las hojas gastadas; sus ojos seguían el dibujo de cada línea y de cada color, demorándose en los detalles como quien contempla un paisaje amado, y sus labios, apenas entreabiertos, iban repitiendo las palabras en voz baja, temerosos de quebrar el hechizo de aquella aventura interminable. Entonces acudía a su rostro una sonrisa serena y luminosa, una sonrisa que parecía no pertenecer al mundo de las ruinas y de las privaciones, sino al de quienes aún conservan la capacidad de encontrar una esperanza donde los demás solo alcanzan a ver sombras.

Por eso, cuando el relato llegaba al «continuará», la imaginación de Angelines continuaba también. Continuaba en una nueva historia cada noche, en aventuras de mares imposibles, islas remotas y tesoros enterrados. Allí no existían las ruinas, el hambre ni los inviernos interminables. Allí siempre amanecía.

Y cuando el sueño terminaba por vencerla, su rostro hablaba de calma en la tempestad y de serenidad en la amargura. La niña dormida parecía guardar un secreto que el mundo había olvidado.

Su abuela la observaba entonces y comprendía que aquella criatura frágil, aquella huérfana que apenas poseía más riqueza que una revista gastada y un mendrugo de pan, sostenía sin saberlo algo más valioso que los tejados derruidos, los campos abandonados o las viejas casas vacías, pues era ella quien mantenía viva la esperanza en medio de tanta ruina.

Algunos copos de nieve descendían por las grietas del tejado, como si el cielo quisiera entrar en la casa para velar el sueño de sus últimos habitantes. Eran muchas las ruinas que aún aguardaban unas manos capaces de devolverles la forma perdida, y ella no era ya más que una anciana cansada, una sombra rezagada en el camino de los años; pero, al volver la vista hacia la niña dormida a su lado, comprendía también que mientras Angelines siguiese soñando, mientras hubiese en su corazón espacio para las aventuras imposibles y en sus ojos lugar para la maravilla, ninguna piedra caída estaría del todo vencida, ninguna derrota sería definitiva y ninguna noche, por larga y oscura que pareciese, lograría adueñarse por completo de la tierra de los hombres.


© Humberto 2026. 

viernes, 12 de junio de 2026

La chica del balcón



La chica del balcón



El bar olía a madera vieja, café recalentado y lluvia reciente. Era uno de esos locales que parecían resistirse al paso del tiempo, refugiados en una esquina olvidada de la ciudad, donde las lámparas proyectaban una luz ámbar sobre las mesas y el murmullo de las conversaciones se confundía con el tintinear de los vasos. Detrás de la barra, un televisor sin sonido emitía imágenes de un partido que nadie miraba, mientras afuera la noche de otoño empapaba las calles y convertía los escaparates en manchas difusas de luz reflejada sobre el asfalto.

Hacía años que mi amigo y yo nos reuníamos allí una vez al mes. Era una costumbre nacida tras mi recuperación y consolidada con el tiempo, una de esas rutinas discretas que terminan formando parte de la vida sin que uno se dé cuenta. Aquella noche hablábamos de recuerdos, de gente que habíamos conocido y perdido por el camino, de los extraños giros que da el destino cuando menos lo esperas. Fue entonces cuando mencioné a la chica del balcón.
—Justo enfrente.
Mi amigo levantó la vista de la copa y arqueó una ceja.
—¿Cómo que justo enfrente?
—Cinco metros, tal vez alguno menos. La distancia exacta que separaba mi balcón del suyo. Entre ambos no había más que un patio de luces dos pisos más abajo, algunas cuerdas de tender cruzando el vacío y una colección de geranios que las vecinas cuidaban como si en ello les fuera la vida. Lo curioso es que no compartíamos nada más: ni colegio, ni amigos, ni familia. Nuestras madres apenas se saludaban cuando coincidían tendiendo la ropa y jamás nos habíamos cruzado en la calle. Sin embargo, cuando Internet todavía era una fantasía reservada a las novelas y a las películas americanas, ya habíamos inventado una forma rudimentaria de relación a distancia. La nuestra funcionaba gracias a una cuerda de tender que unía ambos balcones y por la que viajaban notas dobladas, pequeños regalos y todos aquellos mensajes que, por alguna razón, no podían decirse en voz alta.

Mi amigo sonrió.
—Eso merece otra ronda.

Esperé a que el camarero se alejara antes de continuar.
—Teníamos once años cuando empezó. Era una tarde de septiembre, de esas que llegan cargadas de una tristeza difícil de explicar. El verano acababa de terminar y regresaba de dos meses de playa, bicicletas y libertad absoluta. A esa edad uno no conoce todavía la palabra nostalgia, pero sí conoce perfectamente su peso. Recuerdo estar sentado en el balcón con las piernas colgando entre las rejas, contemplando el patio interior como un preso contempla el mundo desde su celda, cuando apareció ella.

Hice una pausa.
—Llevaba una falda de tablas, una rebeca azul y una cinta sujetándole el pelo. Se quedó observándome unos segundos y luego dijo:
—Pareces un mono enjaulado.
—Una presentación memorable.
—Lo fue. Respondí con alguna tontería y ella replicó. Después vino otra ocurrencia y otra más. Cuando mi madre me llamó para cenar llevábamos casi una hora intercambiando bromas de balcón a balcón. Aquella noche terminé acostándome pensando en una niña a la que no conocía de nada y que, sin embargo, había conseguido borrar de golpe toda la melancolía del final del verano.

Durante los meses siguientes el balcón se convirtió en nuestro territorio. Allí hablábamos de todo y de nada, de profesores que aún no conocíamos, de películas, de música, de sueños infantiles y de preocupaciones que hoy resultarían ridículas pero que entonces nos parecían trascendentales. Poco a poco aquellas conversaciones empezaron a importar más que los partidos de fútbol en la plaza o las carreras interminables por las calles del barrio. Había algo en ella que hacía el mundo más grande.

Cuando comenzaron las clases tuvimos que espaciar los encuentros. Los sábados por la mañana se convirtieron en nuestro momento favorito y, mientras la ciudad despertaba entre el campaneo del butanero, el silbido del afilador y los gritos del chatarrero, seguíamos allí, asomados a nuestros respectivos balcones, construyendo una amistad tan intensa como improbable.

Los años pasaron y cumplimos trece. Entonces ocurrió lo inevitable. A esa edad el cuerpo cambia antes que la cabeza y el corazón cambia antes que ambos. Una mañana apareció sin la cinta del pelo; el cabello negro le caía sobre los hombros y algo había cambiado en su forma de mirarme. También había cambiado quien la observaba desde enfrente, aunque entonces no lo supiera. Las conversaciones comenzaron a llenarse de silencios distintos, ya no pausas cómodas sino territorios desconocidos en los que ninguno sabía cómo moverse.

El día de su cumpleaños conseguí regalarle el disco que llevaba meses deseando. Costó semanas reunir el dinero, pero cuando vio aparecer el paquete deslizándose por la cuerda de tender quedó claro que había merecido la pena. Nunca olvidaré aquella sonrisa. Fue entonces cuando comprendí que aquello que nos unía ya no era exactamente amistad.

Llegó el calor del verano y con él una cercanía nueva. Inventamos un código con pinzas de colores para citarnos por la noche y, cuando toda la casa dormía, salíamos al balcón en pijama y camisón para hablar durante horas bajo la luz amarillenta de las ventanas vecinas. Los gatos callejeros eran nuestros únicos testigos. Nos contábamos secretos, fantasías y miedos. No nos tocábamos. Ni siquiera habíamos estado nunca a menos de cinco metros de distancia. Sin embargo, jamás he vuelto a sentirme tan cerca de alguien.

—Supongo que entonces llegó el instituto.
—Llegó el instituto.
El cambio de colegio fue también el cambio de mundo: nuevos compañeros, nuevos profesores, nuevas reglas. El primer día la vi en un pasillo.

Me quedé mirando el reflejo de las luces en mi copa antes de continuar.
—Nos reconocimos inmediatamente. Ella venía por un extremo y yo por el otro. Nos detuvimos a la misma distancia que separaba nuestros balcones: cinco metros. Permanecimos quietos, mirándonos, sin decir una sola palabra, hasta que sonó el timbre y una riada de alumnos nos arrastró hacia nuestras respectivas aulas.
—¿Y no hablasteis?
—No.
—¿Por qué?
—Llevo media vida haciéndome esa pregunta.

Durante las semanas siguientes nos cruzamos muchas veces: en el recreo, en los pasillos, a la salida de clase. Siempre ocurría lo mismo: nos veíamos, bajábamos la mirada y buscábamos refugio en cualquier grupo de amigos para evitar quedarnos a solas.

—El miedo.
—Supongo. El miedo, la torpeza o esa crueldad involuntaria que acompaña a la adolescencia. Lo cierto es que el primer sábado ninguno salió al balcón. La mañana entera transcurrió vigilando desde detrás de la cortina, esperando verla aparecer. Nunca salió y la noche llegó con una sensación extraña: la de haber perdido algo que ni siquiera había llegado a poseer.

Con el tiempo la herida fue cerrándose. Alguna vez coincidimos en las ventanas y cruzamos un saludo tímido. Después mis padres se mudaron de barrio, cambié de instituto, cambié de vida, y la chica del balcón quedó convertida en uno de esos recuerdos que uno guarda en una caja invisible junto a los veranos felices y las oportunidades perdidas.

Mi amigo bebió un sorbo.
—Un final triste, pero bastante normal.
—Ese no es el final.

La lluvia golpeaba los cristales y, al otro lado de la calle, los faros de los coches dejaban estelas fugaces sobre el pavimento mojado.
—El segundo capítulo comenzó muchos años después, cuando tuve el accidente.

Su expresión se ensombreció.
—Ya.
—Recuerdo poco de aquellos primeros días. Desperté en una cama de hospital con medio cuerpo roto, inmovilizado y aturdido por los calmantes. Había momentos en los que deseaba no volver a abrir los ojos. Entonces una enfermera se inclinó para comprobar una vía y me susurró al oído:
—Pareces un mono enjaulado.

Mi amigo dejó la copa sobre la mesa.
—No puede ser.
—Eso mismo pensé.
Aquel comentario atravesó de golpe veinte años de distancia. Los años habían cambiado su rostro, pero no su mirada ni aquella forma burlona de decir las cosas.

Nos reconocimos y durante las semanas siguientes hablamos mucho. Al principio de manera casual, luego cada vez más. Me contó su vida: había terminado sus estudios, se había casado, tenía hijos. Una existencia entera resumida entre cambios de turno y conversaciones robadas en los pasillos del hospital.
Cuando llegó el alta seguimos hablando. Primero por mensajes, después por teléfono. Más tarde llegaron los correos electrónicos, las videollamadas y las conversaciones interminables que se prolongaban hasta la madrugada. Lo llamamos amistad porque era la palabra más cómoda, porque era la única palabra aceptable, pero ambos sabíamos que aquello ya no cabía dentro de ella.

—¿Y entonces?
—Entonces ocurrió lo que llevaba décadas esperando.
Volvimos a vernos, primero en cafeterías discretas, luego en paseos cada vez más largos y después en encuentros que ninguno de los dos se atrevía a definir. Poco a poco fuimos agotando todas las excusas posibles, hasta que una tarde dejamos de fingir.

Ella lloró, y yo sentí cómo se me quebraba por dentro algo que llevaba demasiados años intacto. También hubo lágrimas al otro lado. Nos abrazamos y, por primera vez en nuestras vidas, desaparecieron aquellos cinco metros que durante tanto tiempo habían marcado la distancia entre nosotros.

La besé y ella me devolvió el beso con una mezcla de ternura y tristeza que todavía recuerdo. No fue un gesto impulsivo ni una rendición al deseo. Fue más bien el reconocimiento de una verdad antigua, como encontrar una carta olvidada dentro de un libro y descubrir que llevaba años esperando ser leída.

Fuimos a casa. Subimos en ascensor casi sin hablar y, al llegar al dormitorio, volvimos a abrazarnos. Durante unos instantes pareció que el mundo entero desaparecía alrededor y que sólo existíamos nosotros dos, suspendidos en aquel momento que habíamos imaginado tantas veces. Sin embargo, cuando todo parecía conducirnos hacia el mismo lugar, nos detuvimos. Fue en el último instante, piel contra piel, respirando el mismo aire, sintiendo el mismo deseo y también la misma culpa, como si de repente hubiéramos comprendido el verdadero precio de aquello que tanto tiempo habíamos esperado.
Nos vestimos en silencio. Ella mirando hacia una pared y yo hacia la otra. Ninguno encontró palabras para explicar lo que acabábamos de comprender.

—¿Y desde entonces?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Y qué piensas hacer?

Miré la lluvia deslizarse lentamente por el cristal.
—No lo sé. Pero algo ocurrirá. Lo noto.
Mi amigo permaneció callado unos segundos.
—Si la quieres, tendrás que decidirte.

Sonreí con tristeza.
—Quizá.
—De todas formas, falta algo.
—¿El qué?
—El final sorpresa. Llevas una hora contándome esta historia y todavía no me has dado el golpe final.

Lo observé durante unos instantes y luego terminé mi copa.
—La enfermera de trauma.
—Sí.
—La chica del balcón.
—Sí.
—Se llama Lola.

Frunció el ceño.
—¿Y?
—Que es tu Lola.

Durante unos segundos no ocurrió nada. El ruido del bar pareció alejarse. Incluso la lluvia dejó de existir.
Mi amigo me miró sin comprender.
Vi cómo la incredulidad se transformaba en certeza y la certeza en dolor. Ninguno de los dos habló. Al otro lado de la barra alguien dejó caer un vaso, sonó una carcajada en una mesa lejana y la vida continuó exactamente igual para todos los presentes. Para todos menos para nosotros, porque hay historias de amor que terminan mal. Y luego están aquellas que esperan veinte años para hacerlo.


© Humberto 2026.