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viernes, 20 de febrero de 2026

Un asunto turbio

Un asunto turbio




Madrid, en la primavera de 1994, amanecía cada día con una gravedad antigua, como si sus calles, sus fachadas ennegrecidas y sus árboles veteranos hubieran visto pasar demasiadas historias como para sorprenderse ya de ninguna, y Javier Maulén, mientras caminaba bajo los soportales de la calle Alcalá con el abrigo bien cerrado y la mirada distraída, sentía que aquella ciudad lo observaba con la misma paciencia implacable con la que observa a todos los que creen que pueden atravesarla sin dejar rastro.

Aparentaba la seguridad de un hombre instalado en su sitio, con traje caro y modales heredados, aunque bastaba mirarlo con un poco de atención para advertir en sus ojos una fatiga antigua, una sombra que no procedía del trabajo ni de la edad, sino de un pasado que se resistía a quedarse quieto.

La vio por primera vez en el Café Comercial, una tarde lluviosa en la que Madrid parecía recogerse en sí misma con cierta melancolía elegante, como una actriz veterana que conoce de memoria su papel. Clara Roche estaba sentada junto a la ventana, fumando con calma, y cuando alzó la vista para mirarlo, Javier tuvo la sensación incómoda de que aquella mujer ya lo estaba esperando.

—Madrid está especialmente triste hoy —dijo ella, sin preámbulos, mientras apagaba el cigarrillo.
—Madrid siempre está triste —respondió Javier—. Lo que pasa es que a veces disimula mejor.

Hablaron de cosas inofensivas, del ruido de la ciudad, de la lluvia, de los cafés que ya no eran lo que habían sido, y sin embargo, bajo aquella conversación trivial, Javier percibía una corriente subterránea que lo mantenía en guardia, como si cada palabra tuviera un doble fondo cuidadosamente calculado.

Mientras Clara hablaba, la memoria lo arrastró a otro tiempo, a otro encuentro en el mismo lugar, cuando todavía creía que la vida se podía ordenar con cierta lógica.

Aquel día, su padre, don Rafael Maulén, le había presentado a un alto cargo del Ministerio del Interior con una cortesía impecable, y después, ya a solas, le había dicho con voz serena:

—Escucha más de lo que hablas, Javier. En este país sobrevive el que sabe cuándo callar.

—¿Y si no estás de acuerdo? —preguntó él entonces.
Don Rafael sonrió con paciencia.
—Eso también se aprende a callarlo.

La relación con Clara avanzó sin declaraciones ni compromisos, como suelen hacerlo las historias que se sostienen sobre silencios compartidos, y pronto comenzaron a verse en un piso discreto de Argüelles, con las persianas siempre a medio bajar, no por romanticismo sino por prudencia, porque ambos sabían que la luz directa no favorece a ciertas verdades.

Clara hablaba poco de su marido y aún menos de su pasado, pero de vez en cuando dejaba caer frases que a Javier le resultaban inquietantes.

—La gente cree que el pasado se queda atrás —comentó una noche, sirviendo dos copas—. Pero el pasado tiene muy mala memoria para el olvido.

—A veces no queda más remedio que convivir con él —respondió Javier, midiendo las palabras.
Clara lo miró con una leve sonrisa.
—O pagarle la cuenta.

Aquella frase lo persiguió durante días, mezclándose con el recuerdo de la carretera secundaria que llevaba a Colmenar, del frío de aquella noche y del rostro de Luis Montalvo, iluminado por la luz amarillenta del coche.

—Tu padre no es intocable —le había dicho Luis, con una mezcla de cansancio y obstinación—. Sólo ha tenido suerte.
—No sabes de lo que hablas —respondió Javier.
—Lo sé demasiado bien.

El empujón fue torpe, más fruto del miedo que de la ira, y el silencio posterior, espeso y definitivo, se le quedó grabado como una losa que ya no abandonaría su conciencia.

Desde entonces, la culpa se manifestaba en pequeños detalles, en el insomnio recurrente, en ciertas miradas esquivas, mientras Madrid seguía funcionando con la serenidad distante de una ciudad acostumbrada a sobrevivir a dramas ajenos.

Las llamadas comenzaron poco después, siempre mudas, siempre a deshora, y a ellas se sumó la presencia de un hombre con gabardina gris que parecía conocer sus rutinas, una figura que Javier aprendió a aceptar como parte del decorado urbano, del mismo modo que se aceptan las estatuas o los edificios antiguos.

Su padre lo citó una mañana en el despacho de Serrano, rodeado de madera noble y fotografías de otros tiempos, y fue directo.

—Estás siendo imprudente.
—No he hecho nada —respondió Javier.
Don Rafael lo miró con una paciencia fatigada.
—Eso es lo que más me preocupa.

Recordó entonces los documentos amarillentos que había encontrado años atrás, pruebas silenciosas de cómo su padre había atravesado épocas más duras sacrificando a otros con una calma casi elegante, y comprendió que su apellido no era un refugio, sino una deuda.

La desaparición de Clara no lo sorprendió tanto como hubiera cabido esperar. Al reconstruir los hechos entendió que ella había sido el vínculo entre su presente y aquel pasado mal enterrado, que había amado a Luis antes que a él y que quizá nunca buscó justicia.

Tal vez sólo equilibrio.

Aquella última noche caminó durante horas por las calles, sin rumbo, observando la dignidad silenciosa de una ciudad que seguía hermosa incluso en su indiferencia, y entendió que no existía salida limpia para alguien que había vivido demasiado tiempo entre silencios.

Al amanecer entró en la comisaría.

—Vengo a declarar —dijo al funcionario de guardia.
—¿Sobre qué asunto?
Javier respiró hondo.
—Sobre uno antiguo. Y turbio.

Madrid continuó su rutina con la elegancia distante de siempre, porque la ciudad no castiga ni consuela, simplemente permanece, y los asuntos turbios, tarde o temprano, acaban cerrando su círculo con la puntualidad de lo inevitable.


©Humberto 2026


 

jueves, 19 de febrero de 2026

La cuesta y el destino


La cuesta y el destino



Recuerda —como si el aire aún trajera aquel olor a mañana incierta— que hace muchas lunas bajaba por la cuesta de Canillas, con una maleta de madera en una mano y quinientas pesetas en el bolsillo. No llevaba más equipaje que la esperanza, ni más patrimonio que una fe juvenil en el porvenir. Y, sin embargo, ¡qué caudal tan inmenso le parecía entonces!

Han pasado ya cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro campanadas —como dijera un buen amigo suyo— son muchas para una profesión como aquélla; demasiadas quizá, cuando cada jornada trae su afán y su zozobra, y uno aprende a rumiar, al clarear el día, los sinsabores con que se desayuna al cruzar la puerta del servicio. Catorce trienios son algo así como dos vidas profesionales encadenadas; demasiado tiempo para una sola digestión del alma, demasiadas madrugadas y demasiadas noches para un único corazón.

Y, sin embargo, en el rincón más íntimo de su memoria siguen vivos los rostros de quienes dejó atrás. Grandes guerreros, hombres de temple recio, cuya singularidad no se la dio el uniforme sino la calle; porque es en la calle donde se forjan los espíritus de cuerpo y se cincelan las lealtades que no figuran en ningún reglamento. Eran policías, son policías, y él sólo pide que se les permita seguir siéndolo con la dignidad que conquistaron paso a paso, esquina a esquina.

Aún recuerda su primer día. Iba a vivir su primera y, sin saberlo, la más grande de sus aventuras. No había épica en los papeles ni música en los despachos; la épica estaba en el deber callado, en la mirada cómplice del compañero, en el silencio que precede a la decisión justa.

Y si alguna vez el camino pareció conducir al infierno, fue sólo porque toda vocación verdadera exige atravesar su propia sombra. Pero incluso en esa senda áspera, el hombre descubre quién es y por qué eligió quedarse.

Así fue aquel comienzo: una cuesta, una maleta humilde, quinientas pesetas… y un destino.


Adaptación de texto.

martes, 17 de febrero de 2026

Permanece en el camino.



Permanece en el camino


 

El frío había llegado antes que él. Se sentía en el viento que recorría los caminos solitarios, en el susurro de los álamos, en la piedra húmeda de los puentes. Antonio caminaba despacio, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, escuchando esa voz invisible que parecía hablarle desde el aire: sigue… sigue…

El viejo que vivía al borde del río le había dicho, años atrás, que los caminos sabían más que los hombres. Que quienes perseveraban en ellos, aunque el invierno los azotara y los cielos retuvieran la alegría, acabarían encontrando lo que buscaban. Antonio recordaba sus palabras mientras la tarde se hundía en sombras largas.

El frío me habla
por caminos solitarios.
El viejo siente el hielo
y me dice: «Sigue».

Donde la primavera debería florecer, el mundo parecía contener la vida. Sombras cubrían los recuerdos de un amor que no se rendía, pero que se escondía entre silencios y distancias. Sin embargo, había fuerza en su corazón, una fuerza que le recordaba a los ríos que atraviesan los álamos secos, que no se detienen aunque todo parezca inmóvil.

Donde la alegría florece,
los cielos la retienen;
sombras cubren tu amor.
Sé fuerte, corazón,
como río entre álamos secos.
Sigue…
nos encontraremos.

Y así Antonio siguió, un paso tras otro, por esos caminos que solo él podía recorrer. Sabía que el invierno había pasado, que la soledad podía apretarle el pecho, pero también sabía que al final de esa senda lo esperaba alguien: amor mío, nos encontraremos. La voz del frío ya no era amenaza, sino guía.

El invierno ha pasado,
la tarde me deja solo,
pero sigo, amor mío:
nos encontraremos.

Con cada paso, el aire parecía dibujar los recuerdos, las esperanzas y el silencio. Los álamos se mecían como testigos antiguos, y los caminos, húmedos y callados, confirmaban lo que el viejo había dicho: los que caminan con fe nunca se pierden. Y Antonio caminó, confiado, hasta que la tarde y el frío se hicieron uno con su memoria, y el amor, invisible pero cierto, lo esperaba al final del sendero.




©Humberto 2026

sábado, 14 de febrero de 2026

Una lealtad sin nombre


Una lealtad sin nombre

 


La noche lo aguardaba con esa gravedad antigua que tienen las cosas importantes. No era una noche cualquiera: era una de esas que parecen escritas de antemano, con tinta solemne y márgenes estrechos. El agente —que para el mundo respondía a un nombre discreto y para sí mismo a ninguno— avanzó por la calle como quien cumple un deber heredado, no elegido.
Había aprendido que el secreto no es esconderse, sino mantenerse erguido. Y así caminaba: recto, sobrio, con la dignidad silenciosa de los oficios ingratos. Bajo la gabardina llevaba un arma; en el pecho, una lealtad antigua, quizá ya anacrónica, pero firme como una oración bien dicha. Servía a un país que rara vez agradecía y a una causa que jamás firmaba recibos.

La mujer lo esperaba sentada, manos cruzadas, gesto contenido. Tenía en los ojos una tristeza educada, casi noble, como si supiera que ciertas verdades no deben decirse en voz alta. Él la saludó con una leve inclinación de cabeza, cortesía de otro tiempo, de cuando las formas importaban incluso al borde del abismo.
—Sabes por qué he venido —dijo él.
—Sí —respondió ella—. Y sé también que no saldrás indemne.
El agente sonrió con melancolía. No con ironía, sino con ese pudor sereno de los hombres que aceptan su destino sin aspavientos. Había servido a gobiernos que cambiaron de rostro y de discurso, pero no de necesidad. Sabía que hay sacrificios que no piden aplauso, solo silencio.
—Hay causas —dijo— que no se defienden para vencer, sino para que no se pierdan del todo.

Ella bajó la mirada. Afuera, la ciudad dormía con el sueño contradictorio de las naciones viejas, mientras unos pocos velaban para que el alba llegara intacta. El camarero fingía secar vasos que ya estaban secos; la prudencia también se aprende.

El agente se levantó con calma. Cada movimiento era una declaración de principios. No miró atrás al marcharse; sabía que algunas despedidas se estropean si se prolongan. En la calle, el aire olía a cal húmeda y a historia acumulada. Las fachadas parecían observarlo con la severidad indulgente de quien ha visto pasar demasiados hombres convencidos de tener razón.

Caminó despacio, sin prisa ni miedo. El miedo —había aprendido— solo es útil cuando se reconoce y se mantiene a raya, como un caballo nervioso con la rienda corta. Pensó en la patria, no como consigna, sino como suma de cosas pequeñas: una plaza al amanecer, un café servido en silencio, una bandera doblada con cuidado en un cajón. Por eso seguía adelante. No por órdenes ni recompensas, sino por fidelidad a una idea exigente del deber, esa que no admite testigos.

Al doblar la esquina, supo que no estaba solo. No hizo ademán alguno. Ajustó el nudo de la corbata, gesto casi litúrgico, y recordó a su padre hablándole de honor como quien habla del clima: algo que no se elige, pero se soporta. Si llegaba el final, llegaría como deben llegar las cosas importantes: sin ruido, sin queja, sin teatralidad.

Y así continuó, internándose en la noche con la serenidad de los hombres que no esperan ser comprendidos. Porque sabía —y eso bastaba— que, mientras muchos dormían confiados, otros caminaban en la sombra para que el orden del mundo no se deshilachara del todo. Aunque al amanecer nadie preguntara por ellos.



©Humberto 2026.



 

jueves, 5 de febrero de 2026

Actitudes que iluminan



Actitudes que iluminan




Una madre de apenas veintiséis años miraba absorta a su hijo, que se moría de leucemia terminal. No le daban más de un mes de vida. «Trate de hacer cumplir un deseo que tenga», había dicho la psicóloga, con voz que mezclaba ciencia y compasión. Como toda madre, ella había soñado con verlo crecer, con verlo llegar a ser hombre y alcanzar todos esos sueños que, desde la infancia, se fraguan como castillos de aire y esperanza. Pero nada de ello sería posible: la maldita enfermedad había ganado la partida y no dejaba resquicio a la esperanza. Allí estaba ella, consternada, sin saber qué decir, acariciando la mejilla de su hijo, que sostenía entre los dedos un coche de policía; pálido, ojeroso, distraído en su pequeño universo de juguetes.
—Juan —le preguntó finalmente—, ¿alguna vez pensaste en lo que querías ser cuando fueses mayor? ¿Soñaste alguna vez con a qué te dedicarías en la vida?
El niño levantó los ojos y respondió con seguridad:
—Mamá, siempre quise ser policía cuando fuera mayor.
Hubo un silencio. La madre sonrió y, como masticando una idea que le sobrevenía, dijo:
—Veamos si podemos hacer realidad tu sueño.


Esa misma tarde se presentó en la Comisaría de Policía. Explicó, con la esperanza temblándole en la voz, lo que deseaba para su hijo. Al principio, el policía que la escuchaba, de rostro adusto y ojos graves, parecía un muro de piedra. Pero cuando ella preguntó si sería posible que un niño de seis años diera un paseo en un coche patrulla, aquel semblante se ablandó.
—Podemos hacer algo aún mejor —dijo Pedro, con esa autoridad suave que nace del corazón—. Que su hijo esté listo el miércoles a las ocho en punto de la mañana. Lo haremos «Policía Honorario» durante todo un día. Vendrá a comisaría, comerá con nosotros, nos acompañará en llamadas y recorrerá todo el distrito.
—Gracias —respondió ella, sorprendida y emocionada.
—Y si nos da sus medidas, le conseguiremos un uniforme auténtico, con placa, no una de juguete, sino la que todos llevamos junto al corazón —añadió, señalándose el pecho. 
Pedro, pese a su mirada seria, tenía el corazón tan grande como su placa.


Tres días después, Pedro recogió a Juan, lo vistió con su uniforme, le colocó la gorra y le prendió ceremoniosamente la placa. Lo condujo desde la cama del hospital hasta el vehículo policial.
—A esto lo llamamos un Zeta —le explicó Pablo, su compañero, saludándolo marcialmente con la mano en la gorra—. La flor y la nata de la policía.
Le dieron equipo y lo acomodaron en la parte trasera. Mientras patrullaban por el barrio, «el nuevo», así lo bautizaron, ayudó a recibir los comunicados de la sala.
—H-50, aquí zeta-2015, buenos días a todos, iniciamos servicio —dijo el niño con su vocecita de cristal, repitiendo lo que Pedro le susurraba al oído.
«Buenos días, zeta-2015, bienvenido. Es un placer contar con usted este turno», respondió la emisora.
Juan se sentía como flotando en una nube. Hubo tres llamadas en el distrito a las que acudió con sus compañeros, y fue testigo de cómo ayudaban a otras personas. A media mañana, los chicos de la UIP lo ficharon y lo llevaron en la furgona a visitar el estadio de fútbol, y comió con ellos en la Unidad. No hubo uno solo que no se hiciera un selfie con «el nuevo».
A continuación, Juan recorrió la comisaría: la oficina de denuncias, el DNI, el gabinete de criminalística y los calabozos, donde colaboró en el ingreso de un detenido que, en realidad, no era otro que un inspector figurante dispuesto a todo por aquel pequeño. Todos los presentes aplaudieron cuando, al rematar la faena, Juan cerró con gesto firme la puerta de la celda. También salió en el coche camuflado con los chicos de la Secreta. La prensa y la televisión lo grabaron y fotografiaron, saludando marcialmente con su uniforme y la bandera ondeando sobre sus hombros.
—Aquí zeta-2015, buenas tardes a todos, este indicativo finaliza y se despide —repitió el niño.
«Buenas tardes, zeta-2015, enhorabuena por la profesionalidad demostrada. Ha sido un placer y un honor contar con su presencia hoy. Compañero», respondió la emisora. Luego siguieron más saludos de otros indicativos, hasta completar todos los distritos.
Habiendo cumplido su sueño y recibiendo todo el amor y la atención posibles, Juan vivió tres meses más de lo que los médicos habían pronosticado.


Una noche, sus signos vitales comenzaron a decaer drásticamente. El Jefe de Enfermería, creyente en que nadie debe morir solo, llamó a la familia. Recordó entonces el día que Juan pasó como policía y lo feliz que fue, y llamó al Comisario para pedirle que enviara a un policía uniformado al hospital para acompañar al niño.
—Haremos algo mejor —dijo el Comisario—. Estaremos allí en cinco minutos. Cuando escuchen sirenas y luces centelleando, anuncien por los altavoces que no hay alarma: la policía viene a visitar a uno de sus mejores miembros. Y, por favor, abra las ventanas para que nos vea.
Exactamente cinco minutos después, quince policías perfectamente formados se alinearon en el exterior, iluminados por la luz azulada de tres Zetas y una furgona. Al verlo, se cuadraron y saludaron con la mano al ojal de la gorra. Se escuchaban aplausos y vítores.
Con permiso de su madre, los quince subieron al tercer piso, entrando uno por uno, encabezados por el Comisario y Pedro. Se cuadraban, lo saludaban marcialmente y lo abrazaban antes de colocarse en formación para dejar paso al siguiente. Juan, con su aliento debilitado, miró al Comisario y preguntó:
—Jefe, ¿de verdad soy un policía?
Hubo un silencio. El Comisario tragó saliva, suspiró y respondió:
—Sí, Juan, lo eres.
Juan sonrió dulcemente, quiso decir algo más o devolver el saludo, pero sólo escapó un estertor. Cerró los ojos inocentes por última vez.


Porque en la mirada amiga, en la mano tendida,
en la palabra que conforta, se muestra la vida;
y en el corazón del prójimo, humilde y entregado,
se revela el cielo con su fulgor sagrado.

No en los palacios ni en los tesoros escondidos,
sino en los gestos de amor, en los actos sentidos,
hallamos la verdad que nos eleva y nos guía:
el saber que ilumina y la caridad que no se olvida.


Readaptación de texto, ©Humberto 2015.

miércoles, 4 de febrero de 2026

Antes del último día



Antes del último día


 




Caminas por Lavapiés como quien atraviesa un tribunal invisible, con la solemnidad obligada de quien sabe que la sentencia no requiere testigos. No hace falta que nadie te señale: la ciudad, vieja y sabia, ha dictado su veredicto desde el primer instante en que pusiste un pie en sus calles. Las farolas derraman sobre los charcos una luz cansada, y en cada reflejo se asoma un rostro que ya no reconoces como propio. Madrid no se inmuta; ha visto demasiados hombres como tú creer que podían escapar de sí mismos y, sin embargo, ninguno logra sustraerse a su destino.

El teléfono sonó de madrugada, tres veces, con la insistencia de una campana de difuntos que llama a los vivos para recordarles la fragilidad de su existencia.

—Tienes que volver —te dijeron—. Todo lo que creías saber es mentira.

Colgaste, y supiste, con una certeza tan fría como inevitable, que no habría marcha atrás. Porque hay verdades que no llaman: reclaman.

Llegaste a Madrid huyendo, creyendo que el ruido de la capital ahogaría las preguntas que te perseguían desde niño. Te equivocaste. Aquí las preguntas no se callan: se reproducen, multiplicándose con obstinación cruel. En los bares de Malasaña, entre humo rancio y vasos pegajosos, la música suena como una burla constante de tu ignorancia. En Gran Vía, los neones iluminan tu rostro como focos de un interrogatorio eterno. Todo te observa. Todo espera.

Buscas la verdad con la obstinación de quien confunde la luz con la salvación. Quieres saber quién eres, de dónde vienes, qué error cometiste antes incluso de tener memoria. No lo haces por soberbia —te dices—, sino por justicia. Pero hay justicias que no fueron hechas para los hombres; y hay verdades que, una vez reveladas, pesan más que cualquier pecado.

El destino te alcanza una noche en la M-30. El asfalto, brillante y traicionero bajo la lluvia, parece querer recordarte que nada escapa a la ley de las causas y los efectos. Un choque seco, metal contra metal. Sales ileso. El otro hombre no. Más tarde sabrás que era tu padre; no el que te crió, sino el verdadero, aquel que debía morir por tu mano aunque tú ignoraras su existencia. Madrid no necesita oráculos: usa carreteras y espera pacientemente.

En la comisaría conoces a Lucía. Periodista, mirada clara, voz firme, con la serenidad antigua de quien ha aprendido a leer la vida sin asirse a las ilusiones. Investigáis juntos: archivos polvorientos, hospitales con luces que deforman la piel y la memoria, papeles amarillentos que huelen a polvo y a culpa. Cada documento cae como una losa, con la precisión inexorable de la justicia divina. Ella sabe más de lo que dice; tú preguntas más de lo que deberías.

—Hay verdades que no se buscan —te advierte—. Se soportan.

No la escuchas. Nunca lo hiciste.

Entonces lo entiendes. No de golpe, sino con la lentitud cruel con que se acomodan las verdades definitivas: el hombre muerto en la M-30, la mujer que ahora te observa con mezcla de piedad y horror, las fechas, los silencios, las medias palabras que pesan más que cualquier sentencia. Comprendes que no hubo error ni desviación posible: ellos eran tus verdaderos padres. Siempre lo fueron. Y tú, sin saberlo, has cumplido cada paso de la sentencia dictada antes de que aprendieras siquiera a nombrarte.

Recuerdas los oráculos, las advertencias que despreciaste con la soberbia del hombre moderno. Oráculos —pensabas—, supersticiones para cobardes. Y sin embargo, aquí estás: habiendo matado al padre, habiendo amado a la madre, habiendo confirmado, una a una, todas las predicciones que juraste evitar. No huiste del destino; lo recorriste paso a paso, con la obediencia inadvertida de un instrumento dócil.

La ciudad no dice nada. Madrid sigue su curso: el metro ruge bajo Sol, los camareros limpian la barra, los taxis pitan con la furia heredada de generaciones. La ciudad no se detiene por las tragedias privadas. Y tú, que creíste dominar tu destino, comprendes demasiado tarde que solo has cumplido con él.

La noche que todo se cerró sobre ti estaba viva de ruidos y luces, como una plaza mayor en vísperas de condena. Gran Vía brillaba bajo tus pasos como un río de neón y humo, con escaparates cargados de vanidades inútiles y carteles de cines donde la violencia se anunciaba como entretenimiento trivial. Madrid exhibía su fulgor sin pudor, ajena al drama del hombre que camina creyéndose libre.

En los callejones de Malasaña, la lluvia caía con la paciencia de un juez antiguo sobre adoquines rotos. Los grafitis, torpes y desafiantes, murmuraban verdades que no querías oír, como si la ciudad entera se hubiera conjurado para hablar cuando ya era tarde. Cada esquina era una advertencia; cada sombra, un reproche.

Te maldices. Maldices tu hambre de verdad, tu fe arrogante en la voluntad, tu empeño en mirar cuando debiste aceptar la sombra. Maldices al destino, a los dioses mudos, a esa maquinaria invisible que te utilizó sin concederte siquiera el consuelo de la ignorancia. Pero incluso en la blasfemia comprendes la última humillación: todo reproche llega tarde.

Frente al espejo empañado de tu piso lo ves todo con una lucidez que ya no necesitas. Comprendes, por fin, que ver fue siempre tu mayor falta. No hubo error mayor que querer saberlo todo. No hubo castigo más justo que este. No gritas: el silencio es más severo.

Te arrancas los ojos no por desesperación, sino por justicia: porque quien ha mirado demasiado no merece seguir viendo. Y mientras cumples el castigo, Madrid continúa rugiendo detrás de los cristales —neones, motores, voces, lluvia— indiferente y despiadada, como toda verdad que llega cuando ya no puede salvar a nadie.

Ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso

©Humberto 2026.

sábado, 31 de enero de 2026

LA LLENA DE GRACIA

 

LA LLENA DE GRACIA

(Reescritura de epíteto mariano clásico)



Nazaret era una aldea florida, recostada sobre la ondulación suave de una loma; un lugar donde el tiempo parecía detenerse y la vida transcurría al ritmo pausado de la fuente cristalina que, fresca y abundante, era orgullo del pueblo y refrigerio seguro de las caravanas. La aurora se insinuaba apenas; el poblado reposaba aún entre sombras, mientras una luz diáfana deshacía la negrura de la noche. Venus, el lucero rezagado que da los buenos días a la mañana, despedía sus últimos fulgores de plata sobre tejados y huertos.

María, la doncella más hermosa de Nazaret, despertaba siempre con las estrellas. Abrió su ventana y dejó que la brisa del alba besara su rostro. Hija de Joaquín y Ana, de la regia estirpe de David, esposa de José, el varón justo de la vara florida, María vivía rodeada de la sencillez y la gracia del hogar. La casa de Joaquín estaba adornada con un emparrado en la puerta y un pequeño huertecillo al costado; de aquel huertecillo asomaba su ventana, y rosales y geranios trepaban con codicia, como deseando contemplar la hermosura que en ella se encarnaba.

Los ojos de María, azules como el cielo y luminosos como estrellas, se elevaban en alabanza y gratitud. Arrodillada, comenzaba su oración, y era tal su belleza que la misma reverencia parecía realzarla: frente tersa como oriente de perlas, mejillas encendidas como rosas de Jericó, párpados entrecerrados semejantes a conchas preciosas, cabellos rubios que relucían como espigas doradas al sol. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, recordaban lirios recién abiertos; su talle inclinado, la reverencia de una azucena que se inclina al soplo de la brisa. La blanca túnica y el manto azul, nimbados por la luz de un halo celestial, la hacían parecer un ángel, un ángel de carne y espíritu.

María había sido moldeada en el templo, instruida en las Escrituras, y su alma guardaba con celo las virtudes que el Sabio recomendaba a la mujer perfecta. En los Reyes y los Profetas había bebido inspiraciones nobles y ansias del Mesías, esperando con impaciencia el día y la hora de su encuentro. Su corazón suspiraba por Él, como suspira la Esposa de los Cantares.

De pronto, un resplandor rompió la estancia. Envuelto en luz celestial apareció el ángel, de vestiduras rosadas y alas de armiño. Su voz, semejante al canto de serafines, llenó la habitación al saludar a María:
—Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo.

La doncella se turbó, estremecida por la majestad de la aparición. El ángel continuó:
—Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, llamaráse Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el Trono de David.

Palabras deslumbradoras para la joven de Israel, que jamás habría soñado ser madre del Mesías. María vaciló, guardando la flor de su virginidad. Pero Gabriel, cautivado por aquella pureza, la tranquilizó:
—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá.

Sus entrañas permanecerán puras, y de ellas brotará el Salvador.

Un estremecimiento de místico gozo recorrió a María. Meditó el alcance del mensaje divino, mientras la naturaleza parecía contener la respiración. Hasta la golondrina, posada en la rama cercana, permaneció inmóvil, testigo silente de aquel instante sagrado.

Al fin, quebrada por la emoción, su voz respondió con solemnidad:
—He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Y en aquel fiat, cielo y tierra se conmovieron. Los almendros se cubrieron de flores nuevas; los trinos de las alondras sonaron más claros y vivos; las rosas del huerto de la Virgen abrieron sus corolas tempranas, y la fuente de Nazaret murmuró con alegría renovada. Las golondrinas del emparrado gorjearon con insistencia, y el sol se elevó, más brillante que nunca, bañando la aldea en un fulgor que parecía celestial. En lo alto, los ángeles tañeron sus arpas de oro, sintiendo el éxtasis de la bienaventuranza.

¡Y el Verbo se hizo carne!