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lunes, 26 de octubre de 2026

Lo que queda.




Lo que queda





La conocí en una ciudad castellana donde el invierno llegaba pronto y se instalaba en las calles como un huésped desagradable. Era una de esas ciudades de piedra amarillenta, soportales húmedos, campanas que daban las horas con desgana y cafés donde los hombres discutían de política para no tener que hablar de sus asuntos. Yo había llegado huyendo de Madrid, sin otro motivo que el cansancio. A cierta edad uno descubre que los grandes motivos suelen ser una invención y que, detrás de casi todas las decisiones, hay una mezcla de aburrimiento, orgullo y miedo.

Me alojaba en una fonda de la calle Mayor, en un cuarto estrecho con cama de hierro, palangana desportillada y una ventana que daba a un patio donde las mujeres sacudían alfombras por las mañanas. Pasaba las horas leyendo periódicos atrasados y dando paseos sin rumbo. No esperaba nada; o, mejor dicho, esperaba que sucediera algo sin tener que molestarme en provocarlo.

Una tarde de octubre fui a la estación. El tren de Madrid venía retrasado, como casi siempre, y los viajeros aguardaban en el andén con esa resignación que produce el trato prolongado con la administración y los ferrocarriles. La vi junto a una columna. Llevaba un vestido oscuro, un abrigo demasiado ligero para aquella época del año y una maleta pequeña de cuero gastado. Miraba las vías. Tenía el rostro pálido y unas ojeras que le daban un aire de cansancio antiguo. Me acerqué a preguntarle la hora.
—Las cinco y veinte —contestó.
Después volvió a mirar hacia la boca del túnel. El tren tardó todavía media hora. Hablamos del frío, del retraso y de la incomodidad de esperar. Se llamaba Elena, vivía en un pueblo cercano y había ido a la ciudad a resolver unos asuntos familiares. Cuando me preguntó qué hacía yo allí, respondí que estaba de paso.
Sonrió ligeramente.
—Todos estamos de paso.
Lo dijo sin tristeza, como quien comenta el tiempo. Sin embargo, aquella frase se me quedó grabada. Llevaba años viviendo de esa manera, de paso en todas partes y sin acabar de llegar a ningún sitio.

Volví a encontrarla dos días después, en la plaza. Estaba sentada en un banco, leyendo una novela de cubierta amarilla. Me reconoció y me saludó con la cabeza. A partir de entonces empezamos a vernos. Paseábamos por las afueras, tomábamos café en un establecimiento oscuro y hablábamos de cosas que no tenían demasiada importancia. Elena no era una mujer habladora. Escuchaba con atención y respondía a menudo con una frase breve que desbarataba mis razonamientos. Yo tenía la costumbre de explicarlo todo; ella parecía haber llegado a la conclusión de que casi nada merece una explicación.

Una tarde salimos por el camino del trigal. El campo estaba segado y quedaban algunas espigas secas que el viento inclinaba hacia el suelo. El sol caía sobre la tierra con una luz rojiza. Elena se detuvo.
—Mire.
—¿Qué?
—La tarde.
Miré el campo. No había nada extraordinario: unos surcos, un carro a lo lejos y una nube que se deshacía sobre el horizonte.
—¿Qué tiene de particular?
—No lo sé. Pero me gustaría acordarme de ella.
Me pareció una idea un poco absurda, aunque me quedé mirando el paisaje. La luz tenía algo extraño, como si el día estuviera a punto de apagarse de golpe. Pensé que nada suena como el recuerdo, que nada vuelve a sonar igual. El presente es torpe y desordenado; el recuerdo, en cambio, selecciona lo que necesita y elimina lo demás.
—¿Le ha ocurrido alguna vez —preguntó Elena— que un momento le parezca conocido antes de haberlo vivido?
—Sí. Aunque supongo que será una ilusión.
—Quizá. A veces pienso que hay instantes que nos esperan.
La miré. Tenía el rostro vuelto hacia el sol y los ojos entornados.
—¿Y cree que este es uno de ellos?
Tardó en contestar.
—No lo sé.
Luego echó a andar y yo la seguí. Regresamos a la ciudad sin hablar demasiado. Tuve la impresión de que aquella tarde se había quedado atrás de una manera distinta de las demás, aunque no habría sabido explicar por qué.

A finales de octubre, Elena empezó a hablar de su familia. Su padre había tenido una tienda de tejidos en el pueblo y había muerto dos años antes. Su madre vivía con una hermana casada. Ella había trabajado algún tiempo en una oficina, pero lo dejó. No parecía tener planes ni ganas de fingir que los tenía.
—¿No le gustaría marcharse? —le pregunté una tarde.
Estábamos sentados en un banco de las afueras. El viento levantaba polvo del camino y las primeras hojas secas se acumulaban junto a una tapia.
—¿Adónde?
—A Madrid. A París. A cualquier sitio.
Se encogió de hombros.
—La gente cree que cambiando de lugar cambia de vida. Luego descubre que se ha llevado consigo lo mismo que quería dejar atrás.
Me molestó que tuviera razón. Yo había pasado años buscando una ciudad donde empezar de nuevo. Siempre encontraba alguna razón para marcharme: el trabajo, la gente, la falta de dinero, el ambiente. Nunca se me había ocurrido pensar que quizá el inconveniente viajaba conmigo. Es una posibilidad incómoda, porque no permite echarle la culpa a nadie.
—¿Y usted no desea nada? —pregunté.
Elena miró hacia el camino.
—Claro que deseo cosas.
—¿Por ejemplo?
—Que algunas cosas no terminen.
No supe qué responder. Al cabo de un rato añadió:
—Pero terminan. Es lo único que hacen con absoluta puntualidad.
Me eché a reír. Ella también sonrió, aunque no parecía haber hecho una broma. Elena no era resignada porque esperase poco de la vida, sino porque había esperado bastante.

En noviembre recibí una carta de Madrid. Un conocido me ofrecía trabajo en una oficina. El sueldo no era gran cosa, pero bastaba para vivir y me permitiría salir de aquella ciudad donde empezaba a sentirme demasiado cómodo. La noticia me produjo una alegría inmediata. Después pensé en Elena.
No había entre nosotros ninguna promesa. Ni siquiera éramos amantes, al menos no de una manera que pudiera explicarse sin recurrir a demasiadas palabras. Nos encontrábamos por las tardes, hablábamos, caminábamos juntos. A veces nuestras manos se rozaban. Ninguno hacía nada para evitarlo, pero tampoco nos atrevíamos a convertir aquel gesto en otra cosa.
Durante unos días me dije que debía quedarme; después me convencí de que aquello era una tontería. No se puede organizar la vida alrededor de una posibilidad, me repetía. Es una frase razonable y, como casi todas las frases razonables, sirve para justificar las decisiones que nos dan miedo.
Se lo conté una tarde, en el café.
—Me marcho el lunes.
Elena dejó la cucharilla sobre el plato.
—¿Tan pronto?
—El trabajo no puede esperar.
—Ya.
No hubo reproches ni preguntas sobre si pensaba volver. Aquella falta de resistencia me irritó. Yo había esperado que me pidiera quedarme, que mi partida le importara lo suficiente como para obligarme a tomar una decisión difícil. Quería que hiciera por mí lo que yo no estaba dispuesto a hacer por ella: pronunciar las palabras que pudieran cambiar las cosas.
—Podría volver dentro de unos meses —dije.
—Sí, podría.
Miró hacia la ventana. Afuera, la gente cruzaba la calle con el cuello del abrigo levantado. Estuve a punto de decirle que no quería marcharme. No porque tuviera un plan ni porque pudiera ofrecerle una vida mejor, sino porque aquellas tardes se habían convertido en lo único que esperaba con verdadera impaciencia. Pero no lo dije. Ella tampoco me pidió que me quedara.
Nos despedimos como dos conocidos que esperan encontrarse cualquier otro día. Al salir del café me sentí ridículo. Había deseado que adivinara lo que yo no me atrevía a decir y ahora estaba enfadado porque no lo había adivinado. La vanidad humana tiene estas cosas: prefiere perder lo que desea antes que reconocer que lo desea.
El domingo fuimos por última vez al camino del trigal. El cielo estaba cubierto y hacía frío. Los campos tenían un color pardo, sin la luz que los había animado unas semanas antes. Elena llevaba el vestido oscuro de la estación, el mismo con el que la había visto por primera vez. Caminamos hasta la bifurcación.
—¿Se acordará de mí? —preguntó.
La pregunta me sorprendió por su sencillez. No me preguntó si volvería, si la echaría de menos o si había significado algo para mí. Solo quería saber si la conservaría en la memoria.
—Claro que sí.
Me miró.
—La gente dice esas cosas cuando se despide.
—Yo no las digo por eso.
No sé si me creyó. Me habría gustado que lo hiciera, aunque tampoco tenía manera de demostrarlo. Seguimos unos pasos más. El viento movía la hierba seca junto a la cuneta.
—¿Sabe una cosa? —dijo—. A veces pienso que todo lo que tenemos es esto. Unas cuantas cosas que recordamos y que nadie puede quitarnos del todo.
—También podemos engañarnos con ellas.
—Naturalmente. Pero incluso los engaños forman parte de nuestra vida.
Nos detuvimos en la bifurcación y le estreché la mano. Ella apretó la mía durante un instante y después se volvió hacia el pueblo. Yo seguí por el otro camino. Al llegar a una pequeña elevación miré hacia atrás. Elena se alejaba entre los árboles desnudos; su figura fue haciéndose pequeña hasta confundirse con la sombra de la carretera.
Me quedé allí unos minutos. Después regresé a la fonda y, al día siguiente, tomé el tren.

Madrid me recibió con el humo de las chimeneas, el ruido de los tranvías y las voces de los vendedores ambulantes. Encontré una habitación en una casa de huéspedes y empecé a trabajar en la oficina. La vida se organizó pronto. Por las mañanas copiaba documentos y hacía cuentas; por las tardes iba a un café donde los habituales discutían sobre política, literatura y el porvenir de España. Casi todos tenían una explicación para el fracaso del país y una solución que nunca habían intentado poner en práctica. Yo hablaba poco y me acostumbré a pensar en Elena sin proponérmelo.

No era una obsesión. Podía pasar días sin recordarla, pero de pronto algo me devolvía a ella: el color de un vestido en una calle, una mujer que miraba por la ventanilla de un tren, una tarde fría sobre los tejados. Recordaba cosas insignificantes: la forma en que sujetaba la taza con ambas manos, la arruga que se le formaba en la frente cuando escuchaba con atención o el modo de apartarse el pelo cuando el viento se lo echaba sobre los ojos.

Una noche, un amigo me preguntó por qué estaba tan callado.
—¿Tienes problemas?
—No.
—¿Entonces?
—Me acuerdo de una mujer.
Se rio.
—Eso no es un problema. Es una enfermedad bastante corriente.
No le contesté. Para él, recordar era una debilidad, una forma de perder el tiempo. A mí no me parecía triste conservar aquellos detalles. Si los recordaba era porque había estado allí, porque durante unas semanas aquella mujer había formado parte de mi vida. No necesitaba que nuestra historia hubiera terminado bien para admitir que había existido.

Pasaron varios años. Cambié de trabajo, de habitación y de amistades. Tuve otras relaciones, algunas breves y otras más largas. Conocí mujeres inteligentes, mujeres alegres, mujeres que parecían capaces de organizar la vida de una manera que yo nunca había conseguido. Ninguna fue Elena, aunque eso no significa que fueran menos importantes.

Una tarde de invierno recibí la noticia de la muerte de un antiguo conocido de la ciudad castellana. Había sido un hombre de la estación, alguien con quien había hablado alguna vez. Su nombre me devolvió a aquellos meses y, por primera vez en mucho tiempo, me pregunté qué habría sido de Elena. No tenía su dirección, nunca había conocido a su familia y ni siquiera estaba seguro de recordar el nombre completo del pueblo donde vivía. Pensé en escribir a alguien, pero no sabía a quién. Dejé pasar los días y después los meses.

Hasta que una primavera, por motivos de trabajo, tuve que viajar a una ciudad cercana y decidí desviarme para volver al lugar donde la había conocido. La estación seguía allí, aunque habían pintado las paredes y cambiado los bancos. En el andén, un empleado discutía con un viajero; una mujer joven sujetaba a un niño que quería acercarse a las vías. Pregunté por Elena a un antiguo trabajador del ferrocarril. El hombre entornó los ojos.
—Elena... ¿La hija del de la tienda de tejidos?
—Esa misma.
—Creo que se marchó. Hace muchos años. Su madre tenía familia en otra provincia. No sabría decirle más.

No insistí. Salí de la estación y fui a la plaza. El café había desaparecido y en su lugar había una oficina bancaria. La ciudad me pareció más pequeña de lo que recordaba. Caminé hasta las afueras, pero el trigal ya no existía. Habían levantado unas naves industriales y una carretera cortaba el camino por el que paseábamos. Me detuve junto a una valla y miré el terreno. No había nada que reconocer.

Me sorprendió que aquello me afectara. No esperaba encontrar las cosas intactas, pero una parte de mí había supuesto que el paisaje conservaría algo de lo que habíamos vivido. El mundo no tiene esa obligación.

Me senté en un muro bajo. El viento levantaba polvo de la carretera y el sol comenzaba a caer detrás de las naves. Pensé en Elena y me pregunté si se habría casado, si habría tenido hijos, si alguna vez se acordaría de un hombre que había conocido durante unas semanas de otoño. Quizá yo no hubiera sido para ella más que un episodio menor. Tal vez recordase mi cara vagamente, sin poder asociarla a un nombre. No tenía derecho a exigirle al pasado que me confirmara nada.

Sin embargo, mientras miraba el sol hundirse detrás de los tejados, me pareció sentir otra vez aquel fulgor repentino junto al trigal. Una claridad breve, inexplicable, como un relámpago que ilumina un paisaje durante un segundo y después lo deja más oscuro. Me pregunté si Elena lo habría sentido también. No había manera de saberlo.

Regresé a la estación cuando empezaba a anochecer. Me senté en un banco y esperé el tren. Dos hombres hablaban de fútbol junto a una máquina expendedora; un empleado arrastraba una caja por el vestíbulo. En la vía contigua pasó lentamente un tren de mercancías, haciendo temblar el suelo. Saqué del bolsillo un cuaderno y busqué una página en blanco. Hacía años que no escribía nada que no fueran notas de trabajo. Apoyé el cuaderno sobre las rodillas y anoté:
Nada suena como el recuerdo,
nada vuelve a sonar igual.

Me detuve. No sabía si aquellos versos eran buenos. Ni siquiera sabía si eran míos o si los había recogido de alguna conversación antigua, de una lectura olvidada o de esa parte de la memoria donde las cosas se mezclan hasta perder su origen. Seguí escribiendo:

Dime qué cosa pequeña
guardarías al partir.

Pensé en Elena, en su pregunta junto al camino. Me acordé de su vestido oscuro, de sus manos alrededor de la taza y de su manera de decir que todos estábamos de paso. Después cerré el cuaderno. El tiempo borraba unas cosas, inventaba otras y, de vez en cuando, devolvía un detalle con una precisión casi cruel. No conservábamos el pasado: conservábamos lo que el pasado había hecho de nosotros.

El tren llegó con retraso. Subí al vagón y me senté junto a la ventanilla. Cuando el convoy se puso en marcha, vi alejarse los andenes, las casas bajas y los campos desnudos. Después la ciudad quedó atrás y solo se distinguieron algunas luces dispersas en la oscuridad. Pensé que la vida era un viaje extraño. Uno pasa los años buscando algo que no sabe nombrar y, cuando cree haberlo encontrado, empieza a temer que lo perderá. Después lo pierde, como era de esperar, y se pasa el resto del tiempo tratando de averiguar qué significó. No es una manera muy práctica de vivir, pero tampoco conozco otra.

Cerré los ojos y volví a ver a Elena junto al camino, con el vestido oscuro y el rostro vuelto hacia la luz. No parecía más joven ni más vieja. Estaba allí como la había recordado durante todos aquellos años, inmóvil en una tarde que ya no existía. Comprendí que no era necesario saber qué había sido de ella. Tampoco necesitaba descubrir si se había acordado de mí. Habíamos compartido unas tardes, unas palabras y algunos silencios. Por un tiempo, nuestros caminos se habían cruzado. Luego cada uno había seguido el suyo.

El tren avanzaba en la noche. Abrí los ojos y miré mi reflejo en el cristal. Vi a un hombre mayor, con el pelo gris y la cara cansada. Me pareció un desconocido. Después sonreí, sin saber muy bien por qué. No era felicidad ni tristeza, sino el reconocimiento de algo que había sucedido y que todavía continuaba dentro de mí.

Afuera, el viento arrastraba el polvo por los campos.
Y el camino seguía allá.


 © Humberto 2026. 

EL VIAJERO Y LOS RÍOS. PEMÁN.

 

EL VIAJERO Y LOS RÍOS

 

MIENTRAS por el cielo Borman, Lovell y Anders cumplen la máxima hazaña espacial, por la tierra Pedro de Lorenzo, extremeño de pro, cumple una gran hazaña terrena: una hazaña andariega e investigadora, de versos, piedras y ríos.

A la empresa cósmica, los cálculos y las exactitudes previas le dan un carácter de rigor científico. A la empresa española, caminante y fluvial, la libertad de iniciativa, el azar y el vagabundeo le dan todavía sentido quijotesco.

Pedro de Lorenzo ha escrito su Viaje de los ríos de España como quien construye un barco difícil con apoyos de maderamen, gálibos y arbotantes de cebo y estopa, que le sirvan de dique maternal, de lecho para su lanzamiento y botadura. Tuvo, para el reposo de escribir el libro, beca o pensión de la Fundación March. Para su estampa y publicación, turno y acogida de la Editora Nacional; y ahora, ya de regreso el caminante, el Premio Nacional de Literatura, que se decora con el nombre de «Azorín».

Todo está en orden. En América, millones para ir a la Luna. En España, unas frágiles bolsas de estudiante o peregrino para ir a los ríos. Todo está en orden. Y esa conjunción de impulsos y ayudas estatales y esfuerzo creador individual sitúa perfectamente el libro donde están su alma y su sentido: en una especie de renovación del «despotismo ilustrado»; en un modo y estilo de Ilustración dieciochesca, a lo Jovellanos, a lo Moratín, a lo Ceán.

Porque ha sido muy expeditivo y ligero ese lugar común o bache intelectual en que cayeron tantos, que de una plumada despachaban el siglo XVIII con un marbete o precinto expeditivo de afrancesamiento o descastado desvío de la tradición.

Por el contrario, es el XVIII el siglo en que España se decidió a conocerse a sí misma, atravesando con resuelto empuje crítico la bruma triunfalista y apologética de nuestro siglo barroco y dorado. Feijoo, Sarmiento, Burriel o el padre Flórez escudriñan en nuestros archivos. Por primera vez, cachean a España y le piden la documentación. Porque el «documento» queda y el adjetivo se esfuma. Por su parte, Mayáns, Forner, Masdeu, Lampillas y Moratín refrescan nuestras letras clásicas.

Por otro lado, Ponz, Ceán, Piferrer, hasta Quadrado, viajan por el interior de España. Es lo que había hecho don Quijote, con tan rico botín de revelaciones nacionales y universales. Detrás fueron todos esos peregrinos enamorados, piedra a piedra. Detrás, aldea a aldea, Azorín. Detrás, valle a valle, Víctor de la Serna. Detrás, modismo a modismo, palabra a palabra, o incluso palabrota a palabrota, Camilo Cela. Detrás, río a río, Pedro de Lorenzo.

Dentro de esta variedad de mapas o «michelines» geoliterarios, casi diría yo que Pedro de Lorenzo escogió la mejor parte. En nuestra cuadriculada geografía cantonal de valles y sierras, son los ríos, encapsulados en esas tuberías geodésicas, los que humedecen nuestra altivez y desplante.

Desde que le sirvieron a Jorge Manrique de imagen total para la vida —«nuestras vidas son los ríos»—, nuestros ríos tienen vida intelectual y curso reflexivo. Algunos dan truchas, otros salmones, incluso algunos, en el sur, esturiones y caviar; pero lo que dan todos es filosofía hispana, sonetos y canciones; estas últimas, para ablandar aquella primera; humedad de verso para hacer barro maleable de la sequedad política y filosófica del ser español.

Porque la cifra casi estremecedora de España está en esa paradoja que late en todo el espléndido y paciente libro de Pedro de Lorenzo: todo él es un libro que, aun siendo viajero de ríos, sabe a viaje «tierra adentro».

Es un libro polvoriento, pedregoso, artesonado de sol y nube y alfombrado de escarcha y piedra, como lo es el Quijote, que solo al final va a Barcelona a descubrir el Mediterráneo.

El gran escritor y entrañado español que es Pedro de Lorenzo —conquistador extremeño de nuevos mundos interiores— ha querido, desde el inicio de su libro, desde la elección de su tema, hacer paces con el agua. Ha buscado al río como camino y traza, y ha librado la fiera batalla del río con el valle y la sierra.

Se ha resistido a ese chupón o tironazo del interior hispánico que sorbe a los hombres de la periferia y se lleva al bilbaíno Unamuno a Salamanca; al levantino Azorín, a la Mancha; al sevillano Machado, a Soria.

Es muy difícil despegar los zapatos de los españoles del polvo y del barro. Cuando comprendió el español su destino marítimo, lo comprendió de manera tan seca y convencional que, al hacer un esfuerzo titánico por ganarle la mar a los ingleses, su último adjetivo triunfalista —«invencible»— se le convirtió en mote y zumba de una escuadra vencida y rota.

Así, su mayor gloria de mar fue Lepanto: victoria lograda por el «abordaje», o sea, por la juntura de cubierta a cubierta, que improvisaba así, sobre el movible y líquido elemento, su pequeña meseta de Castilla para el andar de don Quijote o el cuerpo a cuerpo de la infantería.

Pedro de Lorenzo, Pizarro de nuestros Perús interiores, se mete tierra adentro, exorcizando e hisopando la paramera, la sierra o la llanura con versos humanos y fluviales.

Cumpliendo su tarea con la seriedad de un investigador, encuentra, como oasis verdes y amenos, ninfas en el Henares; pastoras en el Tajo; serranas en el Guadarrama y en el Tormes; señoras de buena sociedad en el Guadalquivir o en el Genil.

Garcilaso, que iba a ser el gran poeta del amor, murió joven en la guerra con Francia. El divino Herrera, que iba a ser el gran poeta de la guerra, se diluyó en sonetos petrarquescos para doña Leonor de Milán. La guerra nos privó de muchos sonetos de amor, y el amor nos privó de muchas canciones de guerra.

Todo lo demás —Duero, Guadiana, Ebro— es pura epopeya. España, definida como tierra del Cid o de Fernán González. El español humaniza el paisaje, pero lo humaniza con sentido de cíclope o gigantón en pelea brazo a brazo. El español ve el paisaje como una hercúlea fisiología, derrotada y tumbada delante de él, como Goliat delante de David.

Y así lo denuncia en su vocabulario: la espalda de la sierra; la garganta del río; el pie de la colina; los ojos del Guadiana. Y cuando el Tajo se decide a profetizar bajo la pluma de fray Luis, lo primero que hace es sacar el pecho: «el río sacó fuera el pecho y habló de esta manera».

El río profetiza con ademán desafiante y chulesco. Nuestros ríos se abren en todas direcciones como las patas de un inmenso lagarto espachurrado. Y como se ven vencidos por la meseta, todos los ríos se vuelven iracundos y torrenciales. No «corren»: se tiran desde la altiplanicie; se suicidan.

Apenas quedan trozos sosegados para las ninfas, el amor y el soneto. Guadalquivir y Genil, apenas, para el endecasílabo. Casi todo lo demás, para el alejandrino y la gesta.

El libro impar de Pedro de Lorenzo es de un redondo y total españolismo. El noventa y ocho, con su pasión regeneradora, anticipa la divisa juvenil, crítica y militante: «Amamos a España porque no nos gusta».

Pedro de Lorenzo es ese nuevo tipo de español que ama a España porque le gusta: le gusta la tierra adentro, el pedregal, el río bravo, la guerra ideológica, los toros, el género chico. Le gusta la ascética desnudez del suelo. Eso que hacía decir a Keyserling que Castilla la Vieja era el único sitio de la Tierra donde él había visto el planeta. Y que hacía decir a Waldo Frank: «El Guadiana marcha sin un árbol hacia el sur... Es un río sediento, que añora las colinas de su juventud...».

Si el río tiene sed, ¿qué habrá en España que no tenga sed? Hay una sed española multiforme, de lo físico a lo moral. Pedro de Lorenzo le ha ofrecido un buche de agua de su calabacita de peregrino para la sed española de su propio conocimiento.


José María PEMÁN

De la Real Academia Española

CUANDO EL DOLOR SE VUELVE PENSAMIENTO. PEMÁN

 

CUANDO EL DOLOR SE VUELVE PENSAMIENTO



ESTOY en momentos propicios para que el pavoroso problema alma-cuerpo se le plantee a uno no como perspectiva filosófica o abstracta, sino como urgencia bien concreta. Los seres queridos que se van se quedan de algún modo en la vida de otro ser. Cuando un tren arranca llevándose a una persona, esta no se va del todo si queda en el andén el amor de otro.

Hay muchos temas o proposiciones en la fe que decimos que son oscuros y misteriosos. La verdad es que son clarísimos, puesto que su expresión verbal es diáfana como la luz. «Esto es mi Cuerpo»: más claro, imposible. «La resurrección de la carne»: ni el vocabulario ni la gramática sufren distorsión alguna en ese enunciado. Son planteamientos clarísimos para la mente. Para lo que son oscurísimos es para la imaginación. Todo eso yo puedo creerlo sin esfuerzo; lo que no puedo es imaginármelo, por mucho esfuerzo que haga.

La resurrección de la carne en el último día es cosa clara, lógica e imaginable. Pero ¿qué es, mientras tanto, la existencia del ser que se fue? ¿Qué es un espíritu sin cuerpo que le sirva de instrumento? ¿Qué es un pensamiento sin cerebro que lo organice, lo comunique o lo guarde? Nunca ha existido un alma humana sin un cuerpo creado especialmente para ella.

Los bienaventurados de la Divina Comedia le dicen a Dante que son felices, pero echan de menos el cuerpo: «la carne de que fiú revestita la nostra persona». Por eso Leonardo da Vinci decía genialmente que la muerte era «un desastre para el alma». El alma se queda sin amigo, sin criado, sin pies y sin manos; sin asno en que cabalgar, en una concepción franciscana del tema; sin belleza que exhibir, en una concepción apolínea; sin cerebro para pensar, en una simple concepción psicosomática.

Ya se comprende qué terreno bien abonado era mi espíritu dolorido para recibir unas letras de Carmen Gayarre Gil, en las que me transmite sus hechos y sus sueños en torno a la Fundación Centro de Enseñanza Especial para subnormales o retrasados.

Hace años que conocí a la señora de Gil, a quien me presentó mi entrañable don Carlos Jiménez Díaz, llevándole un problema concreto de subnormalidad infantil. La señora Gil me dijo esa frase desgarradora que habría repetido cientos de veces: «No puedo hacer nada para su problema. En España no hay nada todavía para estos casos».

Para un alma y una vocación tan arrebatadas como las de la señora Gil, cada «no» de ese tipo debía de ser como una puñalada que la convertiría en verdadera Dolorosa, con su panoplia de negativas dramáticas que la purificaban y la disponían para el luminoso «sí» de esa Fundación que ahora puede ofrecer a tantos dolores y tantas esperanzas de muchos españoles.

Todo eso está en la línea de esa especie de «escalada» social y científica que ahora, de pronto, ha planteado redondamente en medio de la vida española el problema de los inferiores y retrasados.

La filosofía, a menudo por caminos turbios y negativos, y la fe, por caminos positivos y esperanzadores, se han volcado sobre el problema central del «hombre»: para los unos, porque así pretenden cubrir de alguna manera, con lo único que les queda, la vacante de Dios; para los otros, porque es un modo cristiano de completar la redención de toda esa humanidad deficiente, para la que Velázquez mojó sus pinceles en caridad y humanismo, disimulados en la objetividad con que representó a sus modelos de bobos, enanos y jorobados.

En esa línea está esa última madurez del amor y de la ciencia que se vuelca sobre los seres tarados o retrasados.

El subnormal, sí, es esa «catástrofe para el alma» de que hablaba Leonardo. No es la separación del alma y el cuerpo. Es, con más refinado dolor, la rebeldía del cuerpo que abandona el servicio del espíritu. Es la miniatura deforme de una trágica desobediencia de las manos, los pies, los ojos y la lengua.

El subnormal cruza a nuestro lado por la vida como una «checa» individual y ambulante para martirizar al propio espíritu, que debió ser dueño de aquel cuerpo. Parece, a una dura y despiadada primera vista, algo así como una «bufonada», como un espectáculo para el regocijo de la altivez feudal de los sanos. Pero es mucho más. Cada retrasado ofrece, ante nuestra frialdad de espectadores olímpicos, la tragedia de un Prometeo encadenado.

Sus gritos animalescos no son nunca simples quejas de dolor. Todo subnormal grita en el Cáucaso solitario y abrupto de una tragedia prometeica y máxima.

Es ahora cuando el hombre empieza a tomar conciencia de ese hundimiento abismático que lleva en sí la partícula «sub». El cristianismo —lo escribí hace poco— convoca a todos a esa batalla contra el subdesarrollo, el suburbio y el subnormal.

Tan dramático y doloroso considera el cristiano ese «sub», con resonancias de cripta, subterráneo o refugio, que hasta busca un rodeo léxico para evitarlo. En el vocabulario internacional se evita cada vez más el rótulo deprimente «nación subdesarrollada» para decir «nación en vías de desarrollo». Así querría el nuevo humanismo de la caridad que el subnormal se nombrase y existiera como un ser en devenir de normalidad; en ascenso hacia la norma y la regla; en cualquier caso, hacia la esperanza.

Al lado de ese hundimiento de la trágica partícula «sub», las palabras «normal» o «regular», que venían considerándose como un deslucido y perezoso conformarse con la «norma» o la «regla», entendidas ambas con un mínimo existencial, han empezado a pensarse como niveles excelsos y cotas de sobrenaturaleza.

Por eso, la señora Gayarre de Gil no ha disuelto su entusiasmo en ninguna espectacularidad que pudiera ser tan vistosa como insuficiente. Paso a paso, a través de su «no» desgarrador de tantos años, ha llegado, con tenacidad de ciencia, de orden y de economía, al luminoso «sí» de la Fundación, pensada y sentida como una irreversible seguridad.

Dijo el poeta: «Lo más amargo del dolor humano es que el dolor se vuelva pensamiento...». Pero la señora Gil ha andado sin miedo y sin descanso toda su vía de amargura. Se ha vestido de rigidez científica y de puntualidad administrativa. Y así ha realizado su permanente ilusión: meter en un orden de pensamiento todo el desorden bendito del Amor.


José María PEMÁN

De la Real Academia Española

LOS DEMÁS. PEMÁN

 

«ESPEJO DE LOS DÍAS»

LOS DEMÁS

Es muy difícil al hombre asimilar del todo el ser y la vida de otro hombre. El otro es una noción que no se ajusta fácilmente al esquema cognoscitivo de su semejante, precisamente porque su definición parte de ser «el otro». Unamuno y Azorín le dieron vuelta a esa noción diferencial, que se agrava todavía más cuando entra en una casilla todavía más contigua y casi displicente: «los demás». Para Sartre, el infierno son los demás...

Se comprende que esta dificultad de asimilación integral del semejante se multiplica cuando el semejante es un ser variopinto, voluble o, simplemente, un poliedro de planos distintos y aun contradictorios. Cuando se ha construido la hipótesis del «complejo de Edipo» y se ha afirmado la radical importancia de la «libido», es muy difícil contemplar en paz y hondura toda la teoría psicoanalítica de Freud, que revolucionó genialmente la psicología. Cuando se han recetado como medicina geriátrica las inyecciones de glándulas de mono, es muy difícil entender a Voronoff como un gran clínico y un sabio psicólogo, que es lo que fue.

Esto ocurre con los escritores. Así lo pensaba yo estos días leyendo a José M. Gironella en su recopilación de artículos Gritos de la tierra. Es muy difícil traspasar la barrera monopolizadora de sus grandes novelas. Sus títulos, tan poéticos como Los cipreses creen en Dios o tan ruidosos como Un millón de muertos, las traducciones a muchas lenguas y la proclamación del best seller en Nueva York... Es muy difícil traspasar, digo, todo eso para valorar con justicia su condición de asombroso articulista.

Ya saben mis lectores que he sostenido muchas veces que el artículo o el ensayo corto es un género literario en «devenir», destinado a consolidarse como el género literario de nuestra hora. Pero esto solo puede decirse al hilo de los articulistas cargados de conocimientos, por lo menos superpuestos, de los sucesos, ideas y conceptos que hierven, como espuma, sobre nuestra ola actualista. Gironella es uno de los articulistas que, sin menoscabo de la amenidad y la ligereza, carga sus renglones de una gran densidad de noticias y cultura. Renglón tras renglón, todo es punzante, tanto en los hechos como en las ideas.

En Milán se ha propuesto que, en el próximo certamen de belleza, sea nombrado Miss Italia un varón: se quiere que sea moreno, violento y polígamo, para que así, por contraste, luzcan más las cualidades de las candidatas del sexo femenino. Todo lo contrario de esas otras propuestas nórdicas de legitimar matrimonios unisexuales, a efectos del derecho a piso o a cupo racionado.

La ciencia es ahora mucho más creadora que la fantasía: se ha descubierto que las vacas suministran más leche si el ordeño se acompaña con música en discos de Beethoven o Rachmaninoff. Las estadísticas son de una amenidad diabólica. El ser humano, que ha resistido bastante bien la enfermedad, la miseria, el hambre, el frío y el calor, se decide a resistir el reto mucho más peligroso de la abundancia. Habrá cada día más reactores y cada día más sordos; habrá más cantidad de «ocio» y de aburrimiento.

Todo se resume en que toda la filosofía, el pensamiento y la cultura del planeta se han reconcentrado en el Hombre, que es el nuevo «absoluto» de toda la concepción del mundo. El Hombre es el objetivo, el mimado, el acariciado por la idea. Es el nuevo «Numen» extraído del pensamiento abstracto, de allí de donde Kant quería extraer el noúmeno, que no pasa de ser un lío filológico.

Para los niños, todo es Numen. Recuerdo yo la desconcertada sensación que me invadió en un asilo de Sevilla cuando fui rey Melchor de la cabalgata ateneística. ¡Qué ojos, los ojos de los niños, cuando miran a un Numen! Uno se siente sobrenatural en la medida en que los niños son sobrerracionales.

Otra vez me sentí Numen con ocasión del reconocimiento médico que exige la Marina de guerra, en la que yo senté plaza para cumplir el servicio militar. Me encuadraron en una larga cola de futuros marineros. La cola desfilaba por delante de un tribunal médico que te decía olímpicamente: «Desnúdese».

Como casi todos eran gente de la mar —pescadores, mariscadores, marinos—, llevaban poquísima ropa y, en pocos segundos, se desprendieron de ella y pasaron a estar desnudos de modo absoluto. Pero, naturalmente, cuando a mí me dijeron «desnúdese», empecé a comprobar lo lento y complicado que resulta desnudarse cuando se va vestido de «señorito». No se da cuenta la gente de la importancia que tiene el botón del cuello como centro gravitatorio de la indumentaria, ni de la escolta de botones funcionales en chaqueta, chaleco y pantalones.

Total: que yo tardé unos largos minutos en la operación que mis compañeros habían despachado en segundos. Me tallaron, me auscultaron, me pesaron y resumieron: «Bien... ¡Vístase!». Pero el tribunal comprendió que yo iba a necesitar otros cinco minutos para vestirme, como acababa de tardar en desnudarme, y aún más todavía, porque abrochar botones es mucho más laborioso que soltarlos.

Entonces, el presidente del tribunal médico ordenó en mi favor: «Pase al despacho contiguo y vístase allí». Recogí mi ropa, que había dejado en un montoncito al lado de la báscula, saludé y empujé la puerta que se me había señalado.

De pronto, como una sacudida eléctrica, me di cuenta de que estaba en una oficina. Apenas alcancé a ver dos mecanógrafas «púberes» que huían como ninfas sorprendidas en el bosque. Quedaban aporreando sus máquinas dos mecanógrafos varones que, por su seriedad imperturbable, daban la sensación de que se hubieran hundido con el barco si este se hundía. Verdaderamente, mi aparición debió de parecerse a la del Apolo de Velázquez cuando entra de visita, con igual uniforme somático, en la fragua de Vulcano.

El Hombre ha sido exaltado por la nueva filosofía. Pero es muy difícil «sacar al hombre del anonimato masivo». Todos los días, la pequeña pantalla nos presenta el espectáculo de un pelotón de ciclistas o un pelotón de caballos corriendo desaforadamente por una carretera o en un hipódromo. ¿Y qué ocurre? Pues ocurre que uno llega primero.

Entonces comprende uno que esto resulta un espectáculo bastante trivial: ver correr muchos ciclistas o muchos caballos y que un ciclista o un caballo llegue el primero. Desde los Juegos Olímpicos de Grecia hasta hoy, siempre que han corrido juntos caballos, personas, motos o autos, hay uno que llega primero.

El espectáculo no deja de ser insulso hasta que uno conoce los nombres y los colores de los corredores, lo que en ese momento libera al pelotón de un individuo que pasa a ser «el nuestro».

La vida se desarrolla entre pelotones, generaciones, masas, solistas y protagonistas. O, simplemente, personas que entran desnudas en una oficina. Porque, bien mirado, nadie está de verdad desnudo hasta que le rodean otros que están vestidos. O hasta que los articulistas se fijan en él con la curiosidad literaria y sagaz de Gironella.



11 de julio de 1971

De la Real Academia Española, por José María Pemán 

domingo, 25 de octubre de 2026

PENSAR Y ELEGIR. PEMÁN


«ESPEJO DE LOS DÍAS»

PENSAR Y ELEGIR



He escrito ya alguna vez —cuando me cito, no cito ningún dogma, sino que, como en los estrados de los tribunales, «me cito a juicio»—, he escrito, digo, que muchas veces la concentración sincopada de las palabras expresa que estas han entrado en un cierto uso de convencional insinceridad. Así, si envío a un amigo mi «pésame», cumplo un rito social en el que se deseca y acartona el jugo vital de la frase «me pesa», que yo le diría si me pesara de verdad la pena que le aflige.

Esta ley, en la que, como en tantas otras, la gramática es espejo de realidades existenciales, se repite en la coagulación léxica de unos rótulos que todavía se repiten de vez en cuando, como si quisieran alargar de modo aparencial la vida de conceptos inevitablemente desvitalizados. Así, el libre pensamiento.

Algunos escritores franceses y algunos italianos creían, hace poco, en artículos pretendidamente doctrinales, que la cultura humana, asaltada ahora por nuevos dogmatismos totalitarios, retrocedía con relación a la atmósfera oxigenada y alpinista que permitió hace unos setenta años, en 1904, la celebración en Roma de un «Congreso del libre pensamiento».

Ya en el rótulo de la convocatoria hay un guion que está enganchando la libertad y el pensamiento como una locomotora y un furgón de mercancías. Sin guion, existe el peligro de que la libertad recobre su anárquico vuelo de mariposa y deje la mercancía pensante abandonada e inmóvil en la vía muerta de la esterilidad.

Asistir a un congreso, sobre todo hace cincuenta años, cuando las grandes exposiciones universales encendían en los hombres civilizados anchas curiosidades andariegas, se convirtió en una gran tentación, porque la almendra científica o dialéctica del tema se recubría de festejos y recepciones que demostraban ad absurdum la pureza y laboriosidad de los congresistas, que necesitaban «divertirse» precisamente como alivio del desgaste y la concentración mental a los que tenían entregadas sus vidas, y especialmente en aquellos días de labor comunitaria.

Por eso, el Congreso del libre pensamiento en Roma, además del picantón rebelde de celebrarse a la vera de esa especie de perpetuo congreso del pensamiento dogmático que es el Vaticano, tuvo gran éxito de asistencia. Porque otros muchos congresos de los que iban convocándose en aquellas fechas, y superándose en los jolgorios sociales y las atracciones, se centraban sobre materias tan conocidas y especializadas que requerían ciertos antecedentes y constancias diplomadas.

No era fácil inscribirse en un Congreso de Oceanografía, por ejemplo, sin haber salido nunca de Jaén, o en uno de Medicina por el simple hecho de estar enfermo del hígado. Pero «librepensador» podía ser cualquiera. Es más: no había necesidad de serlo de antemano, como quien ostenta un título universitario. No había necesidad de ser «librepensador» para ir al Congreso del «libre pensamiento», sino que, precisamente por el hecho de ir, se convertía uno en «librepensador».

Precisamente ese recuerdo de las horas felices y primaverales del libre pensamiento, y de su Congreso con aire de anticoncilio y antivaticano, fue aireado en un diario italiano como ejemplo del retroceso del nivel de civilización, atribuido ahora a España, que en estos días engaña con liturgias electorales la recluta de sus futuros «procuradores», que, representando familias y organismos, se sentarán en sus futuras Cortes.

Según el articulista, un Estado totalitario y un «partido único» no tienen esperanza alguna de ser recobrados para la civilización liberal. Pero yo creo que no gana nada esa afirmación pretendiendo ser parangonada, para su vergüenza y confusión, con los felices himnos del libre pensamiento de la Roma de 1904.

Porque ¿qué era el «librepensador» que allí se exaltaba y honraba? El que «piensa lo que quiere». Pero el «querer» es una segregación de la voluntad que, al anteceder al pensamiento, se convierte en su dictador y su ordenación totalitaria.

A la Razón Pura de Kant la destruyó el propio Kant con el golpe de Estado de la Razón Práctica. El filósofo se casaba con la señorita Sánchez. Pero luego se aburría de ella y se proponía casarse con la señorita Pérez. Es posible que hasta fuera al Congreso del «libre pensamiento» para rodear su desorganizada vida amatoria con una mayor decencia filosófica. Pero la verdad es que su problema tiene poco que ver con el pensamiento ni con la libertad. Él no piensa libremente ninguna doctrina o tesis. El «quiere» sencillamente a la señorita Pérez.

La convocatoria electoral española se salva, o se atenúa, únicamente en su entraña de planteamiento liberal por lo que tiene de pieza de un planteamiento tan «totalitario» y tan «único» que todo lo asume en sí, como la esencia de Dios.

La metáfora alfarera será siempre la más aleccionadora para entender esta otra artesanía mental. Un botijo de Talavera o Fajalauza roto en dos partes (bipartidismo) es fácil de lañar o pegar. Roto en muchos pedazos (pluripartidismo), es dificilísimo de recomponer. Pero lo más sencillo y cómodo es siempre el «partido único», que viene a ser no romper nada y dejar el botijo como está.

Lo que pasa es que la política es cosa de hacer y de vivir: de pegar, lañar y componer. Lo quieto e intocable es cosa de muerte, no de vida.

El libre pensamiento, que es un totalitarismo de la voluntad, y la libre elección, que consiste en elegir al que se quiere con tal de que se quiera al que ha sido elegido de antemano, son, sencillamente, modos de dejar entero el botijo.



3 de octubre de 1971 — José María Pemán

De la Real Academia Española 

Licencia para reír. Pemán

 Licencia para reír



Por José María Pemán De la Real Academia Española

Todo lector se ha sentido confortado y satisfecho ante esa fotografía que, a toda plana, publicó «Blanco y Negro», en la que el Santo Padre y Eisenhower reían a todo reír en la sala vaticana donde se celebraba la diplomática visita. No sonreían según el esfumado figurín convencional, tradicional en la diplomacia y en la fotografía. No; reían estrepitosamente. Ike se echaba para atrás para que su diafragma expeliera mejor su torrecilla de carcajadas. Juan XXIII se echaba hacia adelante como persiguiendo, para recogerla y hacerla retroceder, su propia risa fugada. Probablemente la viñeta se corresponde a ese momento, revelado por las agencias telegráficas, en que Su Santidad asombró al presidente haciendo unos pinitos en la lengua inglesa que ahora está aprendiendo. Con su ancha humanidad humilde del gran párroco de la Cristiandad torpe, ante Ike, su inglés incipiente. Y ambos rieron conmovedoramente de la dulce facilidad pontificia en materias de filología... Parece un episodio intrascendente y puede tener insospechadas resonancias. La Cristiandad toda se habrá sentido confortada como cuando dice un superior: «Podéis ir a misa». La Cristiandad, en estas horas de la filosofía de la angustia, del pesimismo crítico, anota esa especie de alta licencia vaticana. Entonces... ¿se puede reír?

Ya antes se había tomado la delantera otra de las fuerzas severas y trascendentes del espíritu: la Cultura. También la risa acampó en otra de las provincias de la seriedad empinada. En esa especie de Vaticano de las Letras que es la Academia Francesa, bajo esa otra cúpula famosa, también ha sonado esa música específicamente humana que es la carcajada. Muchos cronistas lo anotaron entre maliciosos y absortos: en el palacio del bostezo se ha reído «como en cualquier teatrillo de bulevar». Ingresaban, efectivamente, en la casa de las severas formas, dos grandes maestros de la comicidad: Marcel Achard y Marcel Pagnol. «Patatze» y «Topace» subieron al estrado de la Academia Francesa y no economizaron sus ingeniosidades, sus burlas, sus bufonadas. Se desinfectó aquel día el recinto de exigencias cartesianas. Entraron los cascabeles de la farsa en la fábrica de ese apretado diccionario francés en el que no entran dos quintas partes de las palabras de la calle. Molière, a quien no admitió la Academia por ser cómico, se sintió vengado en aquella solemne y riente sesión.

Probablemente en una y otra risa —la vaticana y la académica— se recobraban muchos valores injustamente reseñados. Las dos anchas clientelas abrigadas por una y otra cúpula tenían cuentas atrasadas con la risa. La Cristiandad sale ahora de un cierto túnel puritano y jansenista. Ante ciertas claudi­caciones del Renacimiento y la Modernidad, la Reforma ensayó el volver a partir de cero; y aun dentro de la ortodoxia, cierto cristianismo crítico, de «talante protestante», coreó esa exigencia haciendo objeciones a la Iglesia a nombre de su propio Evangelio y de su propio Fundador. Se quería repetir el momento germinal, absoluto y vehemente de la Iglesia primera, no insertada todavía en el mundo porque se sentía fugaz y provisional, esperando en su propia generación la «parusía» o nueva venida de Cristo. Pero la “parusía” no llegó; y la Iglesia tuvo que ir acumulando siglo sobre siglo; circunstancia sobre circunstancia. Es esta inserción en lo temporal lo que construyó aquella Iglesia medieval con su teatro en los porches; con aquel baile del obispo y los canónigos en los trascoros de algunas basílicas; con aquella “sonrisa de Reims” que, por primera vez, descompuso la impasibilidad de las estatuas clásicas con la esperanzada alegría de la auténtica imaginería cristiana. Todo esto se ennegreció después con reformismos, puritanismos y severidades pascalianas y jansenistas. Pero la otra tarde en la biblioteca Vaticana, guiados por la batuta del Padre y coreados por un protestante americano, han vuelto a reír San Francisco de Asís y fray Junípero, el «truhán del cielo»; y San Francisco de Sales, el simpático; y Santa Teresa, la bromista; y San Felipe Neri, el que bailaba para alegrar a un enfermo, y para predicar la humildad salía por las calles de Roma dando brincos con media barba afeitada y media no. Y hasta aquel padre Joseph Boneta, que escribió un delicioso librito que se titulaba así: “Gracias de la Gracia; saladas agudezas de los Santos y ejemplos de cómo practicaban la virtud de la Eutrapelia”.

Pero la cultura, sin saberlo a veces ella misma, sigue en líneas más bajas las incidencias de la espiritualidad. También ella ha sufrido su tenebrosidad jansenista. Las letras francesas enfermaron también de un cierto puritanismo cortesano que no era en ellas nativo ni vital. Sobre muchos productos neoclásicos y académicos del siglo XVIII, desde la pureza de Racine a la elegancia de Bossuet, se refleja como un gesto imperativo de Luis XIV y sus cortesanos, ordenando moderaciones y tesituras e imponiendo como se le impone a un criado en un salón —un poco de sordina a esa risa gozosa y goliardesca, tan de la Francia profunda, que va desde Rabelais a Balzac, porque Francia, en cuanto afloja la tensión directiva, recae en el desorden vital. En cuanto Boileau se distrae un poco, Rabelais, Balzac o Céline pronuncian «le mot de Cambronne». No lo han pronunciado precisamente los dos Marcel —Achard y Pagnol—, pero han reclamado bajo la cúpula de lo «académico» su honor y su sitio para ese ruido tan antiacadémico y tan francés que es la carcajada. Porque en Francia lo académico, lo jansenista o lo autoritario es como el tapón en el champagne. Cuando salta se derrama la espuma.

Y como el mundo todo se ha orientado y regido mucho en lo espiritual y en lo cultural por esas dos cúpulas —guardadas las distancias—, toda la humanidad culta ha cruzado un tanto, a la zaga de esas locomotoras, por el túnel alumbrado de lo puritano. La misma nación la ven y rectora de América, mientras pasea por el mundo la sonrisa abierta de su presidente y publica en las pantallas mejores optimismos deportivos o musicales; en sus más altas líneas culturales y dramáticas traiciona la risa y expende la retorcida y morbosa angustia social y sexual de sus viajantes y sus ninfas a quienes provoca deseo hasta el tranvía que pasa. Y la misma Francia, tan cabaretera y acompañada, hace agüita a los autores cómicos, como a Molière a la puerta de la Academia, mientras se extasía con la tiesura nihilista de Sartre o la impavidez de la Sagan, que cuenta las indecencias con seriedad de evangelios. Quizá los que mejor se han arreglado han sido los ingleses, porque como en ellos el puritanismo ha sido dulce hipocresía, lo han guardado para sus formas educadas mientras han dejado que se rían de ellos sus mejores literatos: Dickens, de «Pickwick»; Oscar Wilde, Bernard Shaw. Todos ellos son grandes autores ingleses en la misma medida en que son anti-ingleses por definición.

Nosotros tampoco hemos estado exentos del contagio. No hay pueblo donde sea más forzada una filosofía de la angustia. Nosotros hemos dicho siempre “tomar las cosas con filosofía” a la actitud de riente aceptación. Pero no hemos sido justos con la risa tampoco. No hemos dado todo el valor que tiene a esa fila excepcional de nuestros autores cómicos que va desde Jardiel a Llopis, Paso, Mihura. Ellos prosiguen una de las líneas más netas y sanas de nuestras letras: desde el Arcipreste a la picaresca y a don Ramón de la Cruz. No hemos sido justos cuando después de reír sanamente dos horas, poniéndonos el abrigo en nuestra butaca, recobrábamos nuestra seriedad asnal: «Nos hemos reído. Pero, ¿qué tontería?».
La tontería será no enterarse de que la Vaticana y la Academia Francesa han dado licencia para reír.

José María PEMÁN 

De la Real Academia Española

El duradero. Pemán.

 

El duradero








Por José María Pemán (De la Real Academia Española)

Julio de 1983.

«DURAR» no es en los actuales sistemas políticos un verbo perteneciente a la cronología, al cómputo del tiempo. Es una pieza constitucional con un contenido propio en la filosofía política. Todavía el derecho político arrastra mucha chatarra léxica sobreviviente de sistemas varios. Puede hablarse de «emperador» donde ya no impera nadie; de «liberales» donde ya no hay libertad. En cambio sería mucho más realista que se discerniera al que lo logre y merezca, el cargo del «duradero»: cuya función, «durar», no admite falsificaciones ni trampantojos sino que es algo que tiene que realizarse a la vista del público con inequívoca visibilidad.

En la cima olímpica del Kremlin se pelea desde hace años una sorda batalla en torno a la obtención del título y cargo de «duradero». Es cargo que ostentó Lenin sostenido por la Historia; que también ostentó Stalin sostenido por su barbarie. Que intentó ostentar Kruscheff, sin lograrlo redondear y rematar. Ahora está intentando Brezhnef ser el «duradero». Y los salones del Kremlin se llenan de cálculos y filosofías de esa nueva tarea política que es «durar».

Porque no se trata de un simple hecho temporal, hijo, que hubieran dicho los mitólogos griegos, de la Monotonía y el Aburrimiento. Se trata de algo más complicado que tiene en sí mismo una morfología propia, y un dinamismo específico. Ya he referido alguna vez la reacción de un gitano —familiarizado con el «cante jondo» que nutre su propia hondura del personalismo del «cantaor»— cuando oyó por primera vez un orfeón; el orfeón gallego que vino a dar una audición en la plaza de toros. Cantan una alborada «que ya viene el Sol; que se va la Luna». Objetaba el gitano: «¿Qué falta harán setenta tíos pa decir tós lo mismo?» Pero ahora resulta, o por lo menos así lo piensa Brezhnef en sus largas meditaciones para opositar al cargo de «duradero», que las cosas ocurren paradójicamente al revés. Para decir todos lo mismo hace falta una concentración masiva. En cambio para decir cosas distintas y aun contradictorias hace falta un «divo», un solista, que al durar y ser el mismo siempre, puede vigilar los efectos de sus inconsecuencias y lograr una volubilidad corregida donde lo móvil y cambiante de las palabras sea disimulado por la inmovilidad monolítica de la persona del que las pronuncia. No faltan opiniones contrarias y dialécticas en el Kremlin. En todo régimen personalista con éxito aparecen invariablemente los que... coronan de flores las estatuas del tirano. En el Julio César de Shakespeare o en el Tito de Racine, ambos se niegan a recibir coronas de flores, la fuerza del autócrata radica en sus negaciones, que en grado de mimetismo hipócrita, conservan algo de la apariencia moral de la humildad. Brezhnef maneja esta filosofía del poder como un experto consumado. Por nada del mundo parece, por ahora, dispuesto a renunciar al sistema de mando colegiado del Politburó: a la «troika» constituida por él, más Podgorny y Kosygin. La filosofía política se hace heredocsa y ladina a medida que nos metemos por Oriente y nos separamos del racionalismo aristotélico y el monoteísmo bíblico o koránico. Brezhnef no escuchará nunca la insinuación de las brujas de Macbeth: «tú serás rey». En la Humanidad ha quedado como un recelo instintivo hacia los monólogos silbantes de la serpiente que insinúa su sugestión y su oferta: «seréis como dioses». Brezhnef quiere que las brujas de Macbeth le digan más moderada y eficazmente: «tú serás tres», «tú llevarás las riendas, pero no te bajarás de la “troika”».

La aprobación y anuencia de los otros da un sentido trinitario al poder: y la reiteración de las mismas palabras las carga de un prestigio acústico y coral. En cambio la duración de un hombre solo es la estructura más eficaz para contradecirse. La Historia es, por esencia, cambiante y nadie se amolda mejor al cambio que aquel al que le quedan muchas cosas que no cambian: voz, figura, tono, oportunidad. Decir que en su día entrará en la guerra unido al Eje, y luego no entrar de ninguna manera para acabar bien entendido con los aliados; decirle a Mussolini que no restaurará la monarquía y proclamar poco después a España como Reino; estar dispuesto a recibir a Hitler durante la guerra y hacerlo con apoteosis a Eisenhower durante la paz; colocar en las pacientes aceras primaverales al buen pueblo de Madrid para que vea el saludo desorbitado de Nixon que abre los brazos como si estrechara en ellos una columna de El Escorial; a Lanusse que saluda a lo militar porque no ha tenido tiempo de aprenderlo a lo civil; y a las pocas semanas a Cámpora, que todavía en rodaje, saluda como quien pone banderillas de las cortas; son cosas que Franco puede hacerlas o decirlas en su primera edición con tal que en la segunda edición, discrepante, las lance Franco también.

Entre la abundantísima literatura de innumerables países y filiaciones políticas que ha producido la guerra española, destaca por su sereno acopio de palabras difíciles para episodios novísimos la «Historia de la España franquista» de Max Gallo. No hay una sola concesión a la adjetivación lóbrega usadera para los gobernantes absolutos: cruel, torturador, paranoico. El autor se agarra a un concepto funcional que repite casi en todas las páginas: la habilidad. Franco es sobre todo, para él, un habilidoso, un montador de maniobras y soluciones hábiles.

Prestidigitador consumado, ha sacado su victoria militar ni siquiera de un sombrero de copa, sino de un gorrillo de legionario como quien saca un conejo. Muy pocas veces Max Gallo desliza su prosa hacia la terminología tópica y convencional de la polémica política como esgrima de injurias.

He analizado varias veces el dificultoso sentido radicalmente antagónico de casi todos los problemas inscritos en la agenda universal: judíos y palestinos; Saigón y Hanoi; China y Corea; victoria total y rendición sin condiciones. Franco no manipula nunca esa terminología puramente polémica: la España y la anti-España. «El que tiene el terrible dolor de España que yo tengo, no puede nunca sentirse vencedor satisfecho de otros españoles.»

Eso lo dijo Unamuno y lo repitió Azaña. Entre las cosas que permite la «duración» está la posibilidad de que los soldados cancelen una parcelita, por lo menos, de su indiferencia frente a los intelectuales.