SOTILLOS (Sabero, León), 20 de noviembre de 1922/23.
Copla de Crodulfo (Clodulfo)
A la Virgen del Amparo
le pido que me dé valor
para poder explicar
este crimen tan atroz.
En la provincia de León
este caso ha sucedido:
cuatro muertes cometidas
en el pueblo de Sotillos.
Ese referido pueblo
es del valle de Sabero,
y el criminal, Crodulfo,
era tipo bandolero.
Ese infame criminal
al pueblo tuvo revuelto;
todos le querían mal
por su mal comportamiento.
Al mirarle con desprecio
a Francia se había marchado,
y volvió luego a Sotillos
a la boda del cuñado.
Poco después de casada
su cuñada con Elías,
con su mujer y su suegra
reñía todos los días.
Ese infame criminal
era grande calavera;
quería que su cuñada
siempre estuviese soltera.
Siempre estaba ojo avizor
sobre cuñada y cuñado;
el día veinte de noviembre
a los dos había matado.
Por no tener más familia
que a su mujer afeaba,
viendo que el capital de la suegra
para su cuñada quedaba.
Para cometer el crimen
se ha forjado una ganzúa,
perforando bien la puerta
y corriendo la chaveta.
Una vez dentro de casa
como fiera corrompida,
sin temor ninguno a Dios
allí les quitó la vida.
Estando todos durmiendo,
descansando en sueño fijo,
también disparó dos tiros
en el cuerpo del sobrino.
Los tres cuerpos se encontraban
tendidos sobre su lecho:
en medio de padre y madre
estaba el niño de pecho.
Ese león carnicero
mata a la gente sin tasa;
después de matar a los tres
bajó luego para casa.
Llama entonces a su suegra
y con frialdad le dice:
—¡Aquí sólo mando yo!
Los de arriba ya se encuentran
entregados a su Dios;
con usted haré lo mismo.
Y su mujer dijo: —¡Por Dios!
Si tú matas a mi madre,
mátame a mí, por favor.
Él contestó a su mujer:
—No lo puedo resistir;
a ti te dejo en el mundo
para penar y sufrir.
Yo creo que tú eres buena,
siempre lo he creído así;
a ti te dejo en el mundo
para que te acuerdes de mí.
Después de matar a la suegra
de unos tiros muy certeros,
coge escopeta y canana
y se baja para Sabero.
En el camino se acuerda
este criminal tirano
que debe despedirse
de su muy querido hermano.
Una vez ya con su hermano
en el pueblo de Sahelices,
un poco sobresaltado
estas palabras le dice:
—He dado muerte a los míos
con resignación y fe;
hermano, vete y da parte
al presidente y al juez.
El hermano, al oír aquello,
mucho le recriminó,
y su hermano, el criminal,
al momento se marchó.
Ya dan parte a la Justicia,
cosa que era de esperar;
se ponen en movimiento
en busca del criminal.
Lo buscan por todas partes,
anda de izquierda a derecha;
también fueron a buscarle
al pueblo de Felechas.
Su presencia en ese pueblo
pocos días había faltado,
como hacen los mozos solteros
cuando están enamorados.
Con disculpa de cazar
a Felechas se llegaba;
en casa del señor Jerónimo
allí comía y cenaba.
Como los mozos solteros
estas palabras narraba:
—Por querer a otra mujer
aborrecí a la mía.
Bien sabía esa mujer,
y también el criminal,
que él se encontraba casado
con una mujer formal.
A la maestra de Felechas
a declarar la llevaron
ante la justicia de Cistierna,
pues algo grave ha pasado.
Dejemos a la maestra
y sigamos con lo primero,
por ver si han capturado
a Crodulfo el carnicero.
Ya se puso la noticia
de que le habían encontrado
en el pueblo de Sabero
y que se había suicidado.
Ya le han dado sepultura
a ese malvado león,
aparte de entre los buenos
como a los perros rabiosos.
Fuera quedó del cementerio
por estar excomulgado,
al no tener ya derecho
a ser bien enterrado.
Había mandado venir un coche
al mismo cruce de Sabero;
pero al demorarse éste
y no llegar a tiempo,
no tuvo otra alternativa
que ser él su propio justiciero.
Se fue luego para la iglesia
y al no poder entrar dentro
quedó apenado en la puerta
con gran arrepentimiento.
A la madre de Daniela
rézale un Ave María;
Dios la tenga descansando
y la acoja en su compañía.
Y los nombres de los muertos
yo también se los diré:
el hombre se llama Elías,
Anatalia la mujer;
y su suegra Genoveva,
y el del niño, José.
El inventor de estas coplas
Suceso Fernández es,
que en el pueblo de Sotillos
todos le conocen bien.
Fueron recogidos estos datos
en Colle, el 3 de mayo de 1986,
a los sesenta años del suceso,
por J.G.F. y V.
León: asesina a cuatro personas de su familia en Sotillos, de Sabero
Caben pocas dudas de que los «Locos años veinte» fueron así en más de un sentido. En España, algunos de esos sentidos se manifestaron de manera casi literal: la locura de la época se filtraba también en la crónica negra, dejando tras de sí episodios que la memoria colectiva no olvidaría jamás. Entre ellos, destacan matanzas que, por su crueldad, marcaron para siempre a quienes las conocieron y dejaron un eco sombrío en generaciones futuras.
Uno de estos terribles sucesos ocurrió en la entonces próspera cuenca minera leonesa, en el nordeste de la Montaña de Riaño. Allí, en el pequeño pueblo de Sotillos de Sabero, un hombre de nombre tan extraño como su destino, Clodulfo Ruiz Sordo, de 32 años, dejaría una huella imborrable. Calificado de «vago» por la prensa de la época y temido por su carácter violento, Clodulfo asesinó a cuatro miembros de su propia familia —entre ellos un bebé de apenas nueve meses— antes de poner fin a su vida en el pórtico de la iglesia parroquial, que se convirtió en testigo mudo de un horror que aún hoy se recuerda.
Clodulfo había trabajado en Francia durante la Primera Guerra Mundial, aprovechando la demanda de mano de obra que la contienda exigía. A su regreso a León, lo hacía con la mirada puesta en la herencia de su familia política, un terreno donde su temperamento arisco y violento era causa de miedo y desconfianza. Separado de su esposa en tiempos en los que la sociedad castigaba duramente esas rupturas, Clodulfo vivía con la sensación de ser incomprendido y de que la vida le había cerrado puertas a su manera de ser.
La noche de la tragedia
La madrugada del 21 de noviembre de 1923 estaba destinada a cambiar la calma de Sotillos de Sabero para siempre. Clodulfo, planeando con frialdad cada detalle, aguardó el silencio de la noche y la vulnerabilidad de sus víctimas. Armado con una escopeta de dos cañones y una pistola con dos cargadores, llevaba consigo 16 proyectiles preparados para desatar su violencia sin piedad.
Alrededor de las dos de la mañana, irrumpió en la casa de su suegra a través de un boquete en la pared. Su esposa dormía junto a su madre, temerosa de él, mientras Clodulfo avanzaba hacia la habitación de su cuñado, Elías Álvarez González. Un disparo directo al corazón bastó para acabar con su vida. El silencio de la noche se rompió con el eco del primer acto de una pesadilla que apenas comenzaba.
A continuación, Natalia González Gómez, esposa de Elías, cayó bajo sus disparos: dos de pistola y un tercero de escopeta. La inocencia más absoluta no estaba a salvo; el bebé de nueve meses, José Álvarez González, recibió dos balas que apagaron su breve existencia, dejando atrás un acto de crueldad comparable a los peores relatos bíblicos de Herodes.
La última víctima y el final
Clodulfo no se detuvo hasta dirigirse a la habitación de su suegra, Genoveva González Sánchez, de 63 años. Allí se encontraba su esposa. Tras relatar lo que había hecho, disparó tres veces a su suegra, asegurando su muerte inmediata. A su esposa, por el contrario, la dejó vivir. No era un gesto de compasión, sino de perversidad: quería que ella cargara con el dolor, que sobreviviera al horror y enfrentara el resto de su vida marcada por la tragedia, con el recuerdo de una noche que había cambiado todo.
Clodulfo escribió una nota explicando los motivos de su macabra acción, un documento que se convertiría en un testimonio escalofriante para la comarca carbonífera que hasta entonces había vivido en calma. Finalmente, puso fin a su existencia con un disparo en la sien. Su cuerpo fue hallado alrededor de las nueve de la mañana en el pórtico de la iglesia parroquial de San Pedro, sellando un capítulo sangriento que pasaría a la historia de la crónica negra española.

Recorte ABC, 1922.