Vistas de página en total

jueves, 26 de marzo de 2026

Romance en memoria del protector

 

Romance en memoria del protector


 

En la mañana gris del barrio,
cuando el cielo llora lento,
un reloj midió el destino
con metálico silencio.
Trece minutos y trece
sobre el filo del invierno,
y la suerte del más justo
se jugaba en un momento.

Dentro, el miedo era un susurro
temblando entre los reflejos,
una muchacha apretaba
contra el pecho su secreto;
y un hombre, con manos duras
de trabajo y desaliento,
miraba al suelo pensando
que el dolor llega sin precio.

Entraron sombras armadas,
con la prisa de los necios;
y el aire se hizo de plomo,
y el latido, más pequeño.
Pero afuera, en la esquina,
dos guardianes del silencio
con café aún en los labios
recibían su llamamiento.

No sabían que la historia
ya les abría su cuaderno,
ni que el barro de la calle
iba a tornarse lucero.
Uno miró hacia la vida,
otro hacia el deber más cierto,
y avanzaron entre sombras
como quien cruza un desierto.

—Deja a la niña —dijo firme—,
no te lleves su recuerdo.
Pero el odio, que es cobarde,
respondió con gesto fiero.
Entonces, como en la infancia,
cuando el valor fue primero,
guardó el arma y alzó el puño
contra el filo del acero.

Fue relámpago en la lluvia,
fue campana en el silencio,
fue justicia que, sin ruido,
rompe el miedo desde dentro.
Y al caer la tarde herida
sobre el barrio estremecido,
la sangre del hombre noble
se mezcló con el aguacero.

Dicen que el cielo callaba,
dicen que el tiempo era lento,
que la niña vio en sus ojos
un adiós casi deshecho.
Y él pensó en un niño solo
esperando el nacimiento
del Belén de cada año
bajo el calor del recuerdo.

Mas no quiso la fortuna
que se apagara su aliento;
porque hay hombres cuya vida
no se rinde al desaliento.
Y la sangre de tres manos,
como un milagro discreto,
volvió a encender la esperanza
que latía en su silencio.

Desde entonces, cuando llueve
sobre el barrio marinero,
hay quien mira a las farolas
como buscando un destello.
Dicen que es la estrella blanca
del valor y del esfuerzo,
que se posa en los que cumplen
sin pedir jamás un premio.

Y que en cada sorteo humano
donde el azar va jugando,
el mayor de los tesoros
no lo dicta ningún canto:
es el hombre que, en la sombra,
da su vida sin reclamo,
y deja, como aquel día,
la justicia entre sus manos.




Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936


 Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936





La noche del 17 de julio de 1936 cayó sobre Oviedo con una gravedad que no traían los relojes, sino los rumores. En los cafés se hablaba bajo; en los balcones, las sombras parecían escuchar. Llegaban noticias desde Marruecos, noticias de pólvora y de disciplina, de columnas que se alzaban como si el mapa de España hubiese decidido erguirse sobre sí mismo. Y, como si la ciudad hubiese oído un toque de campana invisible, el Frente Popular llamó a sus militantes, y Oviedo comenzó a llenarse de pasos apresurados y de voces tensas. 

A la mañana del día 18, aún con la bruma del amanecer apoyada en las torres, el coronel Aranda —recto como una espada en su vaina— ordenó la concentración de la Guardia Civil. Desde los caminos asturianos comenzaron a llegar, silenciosos y firmes, los guardias, mientras la ciudad, por su parte, se llenaba de obreros y mineros descendidos de las cuencas. Venían con mono y pañuelo rojo, como si el trabajo y la lucha se hubieran fundido en un mismo uniforme. Algunos traían armas guardadas desde la tormenta del 34; otros sólo traían la determinación, que a veces pesa más que el hierro. 

El gobernador civil pidió armas; Aranda pidió órdenes. La ciudad pidió certezas; nadie las tenía. Y aun así, doscientos mosquetones fueron entregados en Santa Clara, como si aquel gesto fuese una chispa arrojada sobre un campo seco. Mientras tanto, en la estación, partía la llamada expedición de mineros hacia Madrid. El tren avanzó entre vapores, y parecía que Asturias misma, hecha de carbón y de coraje, enviaba su aliento hacia la capital. 

El día 19 amaneció con la inquietud prendida en los tejados. Las armas no bastaban, y la exigencia crecía. Llegó la orden del ministro; llegó también la respuesta de Aranda, escrita con tinta que parecía acero: no cumplir, por honor y por patria. En la Sala de Banderas, los oficiales escucharon palabras que no eran sólo órdenes, sino destino. Había que dominar Oviedo, reducir los focos, evitar una lucha inútil… aunque nadie ignoraba que la lucha ya respiraba en las calles. 

Fue entonces cuando el nombre del comandante Caballero cobró relieve, como esas figuras que, al cambiar la luz, emergen con nitidez del fondo del cuadro. Nacido en Vitoria en 1890, había abrazado la milicia casi desde la adolescencia, y su vida se había ido templando, año tras año, en la disciplina del cuartel y en el cumplimiento silencioso del deber. En la revolución de 1934 defendió el Gobierno Civil, y más tarde mandó el 10.º Grupo de Asalto en Oviedo, donde su figura quedó asociada al orden firme y a la autoridad sin aspavientos. 

Los sucesos políticos de 1936 y la llegada del nuevo poder le apartaron del Cuerpo; pidió la baja y marchó a Zaragoza, como quien se retira con dignidad, sin ruido ni queja. Pero la historia —que a veces llama a los hombres por su nombre— lo trajo de nuevo a Asturias en las vísperas decisivas. Volvió para colaborar con Aranda, y en su gesto había esa serenidad grave del profesional que no improvisa y esa resolución íntima del hombre que sabe que los instantes decisivos no admiten demora, porque la historia, cuando pasa, no concede prórrogas ni segundas oportunidades

Cuando llegó al Regimiento Milán se presentó al coronel Aranda. Las palabras entre ambos fueron breves, casi ceremoniales: la guarnición estaba unida al movimiento y sólo quedaban indecisas las compañías de Asalto. Caballero respondió sin vacilar que estaba al servicio de España, y prometió dominar el cuartel de Santa Clara antes de una hora.

Se encaminó hacia allí con unos pocos hombres. Ante el retén que vigilaba el acceso, avanzó solo, con una mezcla de audacia y autoridad. Dio a escoger: obedecerle o disparar. Los guardias, conmovidos por su determinación, se pusieron a sus órdenes. El cuartel estaba lleno de milicianos armándose; subieron por escaleras estrechas, se produjeron disparos, y Caballero recibió un rasponazo en el hombro. Aun así, se asomó y proclamó que el cuartel quedaba bajo control. La confusión se adueñó del patio; los resistentes se replegaron, y en menos de una hora, como había prometido, Santa Clara quedó dominado.
Aranda dispuso entonces la defensa. Se ocuparon posiciones, se aseguró la Loma de Pando, y el 20 de julio, a las diez, una compañía salió con bandera, banda y música. Sonó el himno de Riego, y entre notas y fusiles, se declaró el estado de guerra. Era una escena casi ceremonial, como si la historia, incluso en su crudeza, no quisiera renunciar a cierta solemnidad.
 
Los meses de julio y agosto pasaron con una calma engañosa. En septiembre, la presión se hizo más dura; en octubre, el cerco se cerró. En los combates de la Loma del Canto cayó el teniente coronel Iglesias, y Caballero, al conocer la noticia, marchó a hacerse cargo de la posición. Recuperó una altura perdida y continuó alentando a los defensores hasta que una herida gravísima en la cabeza lo derribó. No murió, pero perdió un ojo, como si la guerra hubiese querido dejar en su rostro la señal permanente de aquellos días. 
Y cuando todo parecía inclinarse hacia el derrumbe, en la noche del 16 al 17 de octubre, desde El Escamplero avanzó la columna de socorro. Marchaba con urgencia, con ese paso que sólo conocen quienes saben que el tiempo es un enemigo más. Al atardecer del día 17, en la calle Independencia, se produjo el encuentro: defensores y socorristas se reconocieron entre el polvo y la emoción. El cerco se había roto. Y fue como si, de pronto, la ciudad entera hubiese recuperado el pulso, como quien, tras larga congoja, vuelve a sentir el aire limpio en los pulmones. Oviedo respiraba; respiraba con ese aliento hondo y agradecido que sólo conocen las plazas que han mirado de cerca a la muerte y han decidido seguir viviendo. 

Luego vendrían los años, con su cortejo inevitable de cargos, honores y controversias; la vida —que siempre prosigue— llevaría al comandante, ya general, por caminos más serenos, lejos del fragor de aquellos días encendidos. Pero Oviedo, celosa guardiana de su memoria, conservaría en lo más íntimo la estampa de aquel octubre: una ciudad cercada como una fortaleza antigua, unos hombres firmes como columnas, y entre ellos la figura de quien había empeñado su palabra y la había cumplido con la exactitud solemne de un juramento. 

Y la ciudad, herida pero erguida, contempló el crepúsculo con esa emoción silenciosa de quien vuelve a ver la luz después de una larga vigilia. Porque hay instantes en que la historia no se escribe con tinta ni con discursos, sino con el latido obstinado de una ciudad que, aun sangrando, decide no arrodillarse. Y entonces —como en aquella tarde— el cielo parece más alto, las campanas más hondas y la patria, aunque fatigada, vuelve a sentirse viva.

lunes, 23 de marzo de 2026

Romance del policía veterano

 Romance del policía veterano 




Te miras la mano un instante,
bajo la luz del cuartel,
y en los tendones te late
lo que no se quiere ir.

Cincuenta abriles te escoltan,
policía fiel, callado y gris,
y aún te subes al patrulla
como aquel primer abril.

¿Quién te diría, muchacho,
cuando a escuchar aprendías,
la voz dura de los días
y del arma el seco contacto,

que el tiempo no era descanso
ni remanso del vivir,
sino una calle más larga
que había que proseguir?

Fuiste de noche y de escarcha,
de verano y de perfil
recortado en las farolas
de un servicio sin dormir.

Y viste caer promesas
como hojas de un jardín,
mientras otros, a tu lado,
aprendían a fingir.

Mas hubo honra en tus pasos,
aunque nadie la dé aquí;
que hay victorias silenciosas
que no saben escribir.

Hoy los jóvenes te miran
sin saber bien qué decir,
y en sus ojos aún se enciende
lo que en ti empieza a morir.

Déjalos —piensas despacio—,
nadie aprende sin vivir;
cada cual lleva su noche
y su forma de seguir.

Y aunque el mundo haya cambiado,
y no sea igual que allí,
queda intacto un juramento
que no sabe de su fin.

Serás, cuando al fin te vayas,
ese nombre sin perfil,
esa sombra en los pasillos
que se apaga al partir.
Pero habrá otros. Siempre otros.
Con su luz por construir.
Y en sus manos, como en las tuyas,
volverá el deber a latir.


©Humberto 2026.

Muerte en 14 de abril


Muerte en 14 de abril



 A Anastasio de los Reyes lo conocían pocos, y los que lo conocían tampoco tenían mucho que contar. Era un hombre seco, de esos que han pasado media vida obedeciendo órdenes y la otra media esperando que alguien se las dé. Había nacido en un pueblo de Toledo, de familia pobre y sin historia, y entró en la Guardia Civil siendo casi un muchacho, cuando todavía creía que el mundo era una cosa más o menos ordenada. Con los años se le fue quitando esa idea.

No era un hombre brillante ni ambicioso. Ascendió despacio, como ascienden los que no empujan a nadie: por antigüedad, por paciencia, por estar siempre donde se le mandaba. Cuando en 1936 le dieron el grado de alférez, ya tenía más de cincuenta años. Era un ascenso tardío, casi una broma administrativa, fruto de esos cambios que hacen los gobiernos sin pensar demasiado en las personas. A él le daba igual. Había aprendido a no esperar gran cosa.
Vivía en Madrid y trabajaba en el Parque de Automóviles de la Guardia Civil. Llevaba una vida tranquila, sin sobresaltos, o eso parecía. Pero en aquel Madrid de 1936 la tranquilidad era una apariencia frágil, como el cristal fino.

El 14 de abril, aniversario de la República, decidió ir a ver el desfile. No iba de uniforme. Quería mirar, simplemente, como un espectador más. Quizá por curiosidad, quizá por costumbre, quizá porque no tenía nada mejor que hacer. La ciudad estaba inquieta. Había gente en las aceras, grupos que hablaban alto, otros que callaban. Se notaba una tensión sorda, difícil de explicar pero fácil de sentir. Cuando pasaron las unidades de la Guardia Civil, empezaron los gritos. Unos aplaudían, otros insultaban. Era como si cada cual llevara dentro una pequeña guerra.

Anastasio no era hombre de quedarse quieto si veía un desorden. Se acercó, discutió con unos jóvenes, gritó también. Dicen que gritó «España». Puede ser. En aquellos días todo el mundo gritaba algo. Luego vinieron los disparos. Fueron rápidos, secos. Nadie supo bien de dónde salieron. Anastasio sintió el golpe antes de entender lo que pasaba. Cayó al suelo. No tuvo tiempo de pensar gran cosa. Quizá en su casa, quizá en su hijo, quizá en nada. Murió como había vivido: sin ruido.

Lo llevaron a un hospital, pero ya no había nada que hacer. Allí, revisando sus papeles, supieron quién era. Un alférez de la Guardia Civil muerto en plena calle, en el centro de Madrid. Aquello no era un incidente más. Era otra cosa. Las autoridades se inquietaron. No por él, que ya estaba muerto, sino por lo que podía venir después. Intentaron que todo fuera rápido, discreto. Un entierro sin gente, sin palabras, sin problemas. Como si la muerte pudiera esconderse. Pero las cosas no son tan fáciles.

El hijo, David, quiso el cuerpo de su padre. Se lo negaron. Entonces fue a ver a los compañeros del muerto. Y los compañeros, que tenían un sentido más simple de la justicia, decidieron actuar. Fueron al depósito y se llevaron el cadáver. No hubo grandes discursos ni planes complicados: entraron, lo cogieron y salieron. A veces las cosas más graves se hacen así, con una naturalidad que asusta. 
El féretro fue llevado al cuartel. Allí empezaron a llegar hombres: guardias civiles, militares, curiosos, gente que no sabía bien por qué estaba allí pero sentía que debía estar. El ambiente se fue cargando poco a poco.

El entierro se fijó para la tarde, en contra de lo que quería el Gobierno. Ya no era sólo un entierro. Era una especie de desafío. Cuando salió la comitiva, Madrid estaba tenso como una cuerda. Al principio todo fue más o menos ordenado. Luego empezaron los insultos. Después, los disparos. Desde una esquina, desde una ventana, desde un edificio en obras. Nadie sabía bien quién disparaba. O tal vez sí, pero daba igual. 
La gente corría, se agachaba, respondía al fuego. El cortejo avanzaba entre tiros, como si aquello fuera lo más natural del mundo. Algunos llevaban armas. Otros no. Todos llevaban miedo.

Hubo peleas, persecuciones, confusión.

En un punto, un grupo asaltó un edificio desde donde habían disparado. En otro, se discutió cambiar el recorrido y llevar el cadáver al Congreso. La idea tenía algo de locura y algo de lógica, pero al final no se hizo. No obstante, la violencia continuó. Fue en la plaza de Manuel Becerra donde todo vino a quebrarse con estrépito. La Guardia de Asalto, llamada al orden, se volvió —trágico sino— contra quienes eran, al cabo, hermanos de oficio. Mandaba la fuerza un teniente, Castillo: hombre de ideas recias, de pulso nervioso, y significado con el Frente Popular. Dio la orden de disparar. Y dispararon.

Cuando cesó el estruendo y el humo empezó a disiparse, la tierra mostraba su amarga cuenta: seis muertos tendidos sobre el polvo y una multitud de heridos. Eran demasiados para la paz de un entierro.

Castillo logró abandonar el lugar con gran dificultad, protegido por sus hombres, mientras centenares de manifestantes, llenos de rabia, querían lincharlo allí mismo. Prestó declaración en la Dirección General de Seguridad, fue puesto en libertad sin cargos y regresó al servicio, como si nada hubiera pasado.

El féretro siguió su camino hacia el cementerio, casi en silencio, como si ya no importara a nadie.

Lo que ocurrió después se encadenó inevitablemente: mataron a Castillo. Luego a José Calvo Sotelo. Y después vino todo lo demás, sin remedio posible.

La muerte de Anastasio de los Reyes fue una más en un país donde empezaban a sobrar muertos. Pero tuvo algo particular: sucedió en el momento justo, en el lugar preciso, cuando todo estaba a punto de romperse. Y se rompió.


©Humberto 2026 

El entierro a tiros

El entierro a tiros

 



La Segunda República española fue cosa rara, tirando a esperpento, como esas comidas recalentadas que uno no sabe si le van a sentar mal o a matarlo directamente. Y lo peor no fue lo que pasó —que ya tuvo tela—, sino lo que algunos han contado después, con más fantasía que vergüenza. Porque hay que tener cuajo para convertir aquel lodazal en una función de teatro mal ensayada, con héroes de cartón y villanos de opereta. No hacía falta. La realidad ya venía lo bastante torcida.
El 14 de abril de 1936, aniversario de la criatura, Madrid se puso de tiros largos, o eso pretendía. Desfile por la Castellana, banderas, música, autoridades en tribuna. Arriba, Manuel Azaña, serio como una mala noticia, bajo la bandera tricolor. Abajo, milicianos socialistas vestidos con camisa azul, corbata roja y pañuelo al cuello, como si no acabaran de decidir si iban a una romería o a partirle la cara a alguien. España, ese país donde lo grotesco se toma en serio.

El desfile empezó sin novedad, que ya era novedad en sí misma. Pero a los veinte minutos apareció un tal Isidro Ojeda, falangista, con ganas de dejar su firma. Se acercó a la tribuna y lanzó un artefacto que hizo ruido y humo. Una traca, poca cosa. Pero bastó para que el personal se pusiera a correr como gallinas sin cabeza. Durante unos segundos, el miedo se hizo dueño del aire, espeso y caliente. Azaña no se movió. Otros sí. Cada cual se retrata como puede.
La cosa se calmó, pero sólo lo justo. Porque cuando pasó la Guardia Civil, empezaron los gritos: unos aplaudiendo, otros berreando vivas a Rusia y mueras al Cuerpo. Y entonces, como quien no quiere la cosa, sonaron tiros. El alférez Anastasio de los Reyes estaba por allí, de paisano, mirando el desfile como quien mira llover. No tenía obligación de meterse en líos. Pero se metió. Quizá por oficio, quizá por carácter, quizá porque en aquel tiempo uno acababa haciendo lo que no quería. Intentó poner orden. Y acabó en el suelo, con un tiro por la espalda.

Murió allí mismo, en mitad de la calle, sin épica y sin música. Después vino el resto, que es donde la historia se vuelve más sucia. El Gobierno quiso enterrar el asunto deprisa y sin ruido, como quien barre debajo de la alfombra. Funeral discreto, sin alboroto. Pero la familia y algunos mandos dijeron que no, que aquello no se tapaba así. Y entonces pasó lo que pasa cuando la autoridad se queda en palabras: que otros hacen lo que les da la gana.
Fueron al depósito, se llevaron el cadáver y santas pascuas. Sin permiso, sin papeles y sin pedir perdón. A plena luz del día. Nadie los paró. Nadie pudo. O nadie quiso.

El féretro salió a la calle y empezó a rodar Madrid arriba, acompañado por uniformes, por caras tensas, por gente que olía la tormenta. Aquello ya no era un traslado. Era un desafío.

El entierro, fijado para una hora incómoda, se cambió sobre la marcha. Decisión de los presentes. Desobediencia clara. Y el día señalado, la ciudad entera parecía saberlo. A pesar de órdenes y maniobras, la comitiva fue grande. Y fea.

Porque pronto empezaron los tiros. Otra vez. Disparos desde esquinas, desde ventanas, desde donde se pudiera. La gente respondía. Militares y civiles avanzaban armados, escoltando al muerto como si fuera un tesoro o una excusa. Un entierro con fusiles. Un entierro con miedo. Un entierro con ganas de bronca.

Hubo peleas, carreras, insultos. En un punto, asaltaron un edificio desde donde les disparaban. En otro, alguien propuso llevar el cadáver al Congreso, como si aquello pudiera acabar bien. Por suerte —o por cansancio— no se hizo.

Pero la sangre ya corría. En Manuel Becerra, la cosa se desbordó del todo. Allí estaba el teniente Castillo, con sus hombres, intentando poner orden en un lugar donde el orden ya no existía. Y disparó. Contra la gente. Con bala de verdad. Tal vez por miedo, tal vez por rabia, tal vez porque ya daba igual.

El resultado fue el de siempre cuando se pierde la cabeza: muertos y heridos. Seis muertos. Treinta y dos heridos. En un entierro. Conviene repetirlo, por si alguien no lo ha entendido: en un entierro.
Aquello no fue un accidente. Fue una señal. De que el país estaba roto. De que las dos mitades ya no se hablaban, ni se soportaban, ni se reconocían. De que cualquier chispa podía prender fuego a todo.
Y el Gobierno, mientras tanto, hizo lo que peor podía hacer: mirar a un lado. Castigar a unos, perdonar a otros, y dejar que el resentimiento creciera como mala hierba. Ni siquiera cuando un policía disparó contra la multitud se tomaron medidas serias. Nada. Silencio. Y a otra cosa.
Pero las cosas no se olvidan. Se guardan. Poco después, el propio Castillo caería abatido. Y luego vendría lo demás, que ya se sabe: venganzas, represalias, nombres que hoy suenan en los libros y entonces sonaban a muerte.
El entierro del alférez De los Reyes no empezó la guerra. Pero ayudó. Como ayudan las gotas que colman el vaso, o los empujones que terminan tirando al que ya estaba al borde.
En aquella España, la gente empezó a pensar —y no sin motivo— que era más seguro jugársela contra el Gobierno que quedarse quieto esperando. Y cuando un país llega a eso, lo demás viene solo. Sin prisa, pero sin remedio.



©Humberto 2026 

domingo, 22 de marzo de 2026

«Como Cagancho en Almagro»

 «Como Cagancho en Almagro»



 

Hay expresiones que, aun desvaídas por el tiempo, conservan intacto su nervio. Decir que alguien «queda como Cagancho en Almagro» equivale, todavía hoy, a certificar un fracaso clamoroso, público y sin paliativos. Y lo curioso del caso es que no se trata de una metáfora vaga, sino de un hecho histórico preciso, fechado y, por así decirlo, inmortalizado en la memoria popular.

Conviene, ante todo, presentar al protagonista. Joaquín Rodríguez Ortega, «Cagancho», fue una de las grandes figuras del toreo en las primeras décadas del siglo XX. Y decir “gran figura” entonces era decir mucho más que ahora: en una España donde el fútbol aún no había alcanzado su hegemonía y el cine daba sus primeros pasos, los toros constituían uno de los espectáculos de masas por excelencia. Un torero célebre era, en su ámbito, lo que hoy podría ser una estrella global del deporte o de la música.

Por eso, cuando se anunció su presencia en Almagro el 26 de agosto de 1927, la expectación se desbordó. Aquel pequeño núcleo manchego se vio invadido por una auténtica riada humana. El ferrocarril, principal vía de acceso, llegó repleto hasta lo inverosímil: viajeros en los estribos, en los topes, en cualquier resquicio imaginable. Se pagaban sumas desorbitadas en la reventa por una localidad.

La plaza, como tantas de la época, tenía una elasticidad muy española: siempre cabía uno más. Pero aquel día no cabía nadie. Mucho antes del inicio del festejo, el recinto estaba atestado. El calor, según relatan las crónicas, era insoportable; la espera, larga; el ambiente, denso de rumores. Corría la especie de que el diestro no acudiría. Los nervios crecían. Pero Cagancho llegó, puntual al paseíllo.

La corrida la completaban Antonio Márquez y Manuel del Pozo, matadores de menor relieve. Y ya desde los primeros compases se advirtió que algo no marchaba. El público, fatigado por la espera y el calor, comenzó a impacientarse. Cagancho, por su parte, se mostró ausente, desganado, casi ajeno al espectáculo.

Cuando por fin le correspondió su primer toro, la inquietud se tornó en desagrado. El animal lo desarmó en un quite, obligándole a refugiarse precipitadamente en la barrera. Aquella retirada encendió la chispa. La faena posterior no hizo sino agravar la impresión: el torero, inseguro, evitaba el embroque, huía del riesgo, y ejecutaba la suerte suprema de forma impropia, pinchando en lugares vedados por la más elemental ortodoxia taurina.

El público, que había pagado caro y soportado mucho, comenzó a exteriorizar su enojo. Primero, protestas; luego, lanzamiento de almohadillas; después, de cuanto objeto tuviera a mano. La tensión subía por momentos. El mando de la fuerza pública, intuyendo lo que podía venir, ordenó extremar la vigilancia.

Pero lo peor estaba por llegar.

El último toro de Cagancho, de imponente presencia, sembró el pánico entre los lidiadores. Ni subalternos ni picadores parecían dispuestos a acercarse más de lo imprescindible. Y el propio matador, lejos de sobreponerse, optó por una lidia defensiva, distante, casi caricaturesca. En un momento que las crónicas recogen con asombro, llegó incluso a herir al animal en zonas impropias, desatando la indignación general.

El espectáculo degeneró entonces en caos. El toro, malherido y sin rematar, seguía en pie; el torero, refugiado; y el público, fuera de sí. Sonaron los avisos sin que la faena concluyese. Y, finalmente, la multitud invadió el ruedo.

Cuentan que los espectadores, ya sin freno, comenzaron a perseguir a Joaquín Rodríguez Ortega, quien, espada en mano, buscaba la salida con más prisa que concierto. En tal trance, uno de ellos, asiéndolo por el cuello, lo volvió hacia el ruedo y le increpó con una frase que ha quedado como cifra de aquella indignación colectiva:

—¡Al toro, hombre! ¡Cobarde!

Lo que siguió fue una escena de tumulto. La multitud, enardecida, cercó al diestro con ánimo de agredirlo, mientras el toro —aún vivo— añadía peligro a la confusión. Solo la intervención decidida de la Guardia Civil y de fuerzas de Caballería logró, no sin dificultad, restablecer un mínimo de orden y evacuar al torero, protegido por un cordón de agentes y bajo una lluvia de insultos y objetos.

La jornada no terminó ahí. En los alrededores de la plaza se produjeron disturbios, cargas y enfrentamientos. Aquella tarde, Almagro vivió algo más que una mala corrida: vivió una auténtica conmoción colectiva.

El eco fue inmediato y duradero. Desde entonces, «quedar como Cagancho en Almagro» pasó a significar el fracaso más sonoro imaginable. No un simple tropiezo, sino una caída estrepitosa, pública y sin excusa posible.

Las crónicas finales dibujan una estampa casi literaria: el torero, aún vestido de luces, refugiado en dependencias municipales, custodiado para evitar males mayores, fumando en silencio, como quien acepta —con fatalismo muy español— que hay días en que el destino se tuerce sin remedio.

Y acaso sea ahí donde reside la fuerza de la expresión. Porque no alude solo al error, sino a esa forma de errar que ocurre ante todos, cuando ya no cabe disimulo ni componenda. Cuando, en fin, no queda otra cosa que asumir —con mayor o menor dignidad— que no ha podido ser.


©Humberto 2026 

Casas Viejas

 Casas Viejas




La Segunda República Española suele dividirse, en lo tocante a sus gobiernos, en tres tiempos bien definidos. Un primer bienio —llamado constitucional— en el que las izquierdas alumbran la arquitectura legal del nuevo régimen; un segundo, dominado por las derechas, durante el cual tiene lugar la mal llamada Revolución de Asturias de 1934; y un tercero, el del retorno de las izquierdas bajo el Frente Popular.

Cada uno de estos periodos tuvo, por así decirlo, su propia sepultura política. La del Frente Popular fue la guerra civil; la del bienio de derechas, los escándalos que minaron su crédito; y la del primer bienio, más temprana y quizá más trágica en su simbolismo, fue el episodio de Casas Viejas. Tan áspero, tan incómodo, que hasta el nombre del lugar —hoy Benalup-Casas Viejas— parece querer suavizar su memoria.

Corría el año 1933 cuando el anarquismo, fatigado de promesas incumplidas, decidió pasar de la espera a la acción. Hasta entonces había sido compañero de viaje de la República, pero un compañero difícil. Frente al reformismo burgués de muchos republicanos, e incluso frente al socialismo posibilista de figuras como Julián Besteiro, los anarquistas se mantenían fieles a su horizonte de comunismo libertario, sin concesiones ni plazos.

A este divorcio ideológico vino a sumarse el fracaso —parcial, pero dolorosamente visible— de la reforma agraria. Fallos de diseño, resistencia de los propietarios y, sobre todo, la falta de recursos, dejaron a muchos jornaleros en la misma miseria de antes, cuando no en peor. Medidas como la Ley de Términos Municipales, bienintencionadas en su origen, terminaron por encerrar a no pocos trabajadores en comarcas sin empleo posible.

Así, el campo andaluz se convirtió en terreno abonado para la agitación. Tras las acciones de la Federación Anarquista Ibérica en 1932 —que costaron la deportación de líderes como Buenaventura Durruti o Francisco Ascaso—, la insurrección de enero de 1933 extendió su llama por diversas ciudades y, sobre todo, por la baja Andalucía.

En ese contexto se sitúa Casas Viejas, entonces pedanía de Medina Sidonia, en la provincia de Cádiz. Una aldea de unos mil doscientos habitantes, casi todos jornaleros, donde el paro alcanzaba cifras estremecedoras. De las seis mil hectáreas cultivables de la zona, apenas una quinta parte se trabajaba. El hambre no era metáfora, sino costumbre.

El 11 de enero, un grupo de anarquistas locales, siguiendo consignas generales, tomó las armas —escopetas de caza—, izó la bandera rojinegra y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Hubo tiroteo; dos guardias resultaron heridos. Durante unas horas, los sublevados dominaron el pueblo.

La reacción del Estado no se hizo esperar. Desde Cádiz llegaron refuerzos de la Guardia de Asalto al mando del teniente Fernández Artal, que logró restablecer parcialmente el orden. Sin embargo, un pequeño grupo de insurrectos, encabezado por «Seisdedos», se atrincheró en una vivienda, dispuesto a resistir.

Mientras tanto, en Madrid, la maquinaria del poder comenzaba a moverse con inquietud. En la Dirección General de Seguridad, su titular, Arturo Menéndez, bajo presión para sofocar cualquier conato revolucionario, ordenó el envío de refuerzos desde la capital. Al frente de ellos iba el capitán Manuel Rojas.

Es aquí donde la historia adquiere su tono más sombrío. Según diversos testimonios, Menéndez transmitió órdenes de extrema dureza: evitar, en la medida de lo posible, heridos y prisioneros. Una consigna que, en manos de quien debía ejecutarla, podía traducirse fácilmente en licencia para el exceso.

A la mañana siguiente, en Casas Viejas, Rojas decidió poner fin al asedio mediante el fuego. La choza de Seisdedos fue incendiada con medios rudimentarios. Algunos ocupantes lograron salir; otros fueron abatidos al intentarlo; el resto murió abrasado. La tragedia, en sí misma, habría bastado para marcar el episodio.

 Pero no fue el final.

Tras el incendio, se practicaron detenciones masivas. Y en un acto que desbordaba cualquier legalidad, un grupo de detenidos —desarmados, atados— fue ejecutado sumariamente. Aquella decisión convirtió lo que podía haber sido una represión dura en una matanza sin paliativos.

El Gobierno, presidido por Manuel Azaña, reaccionó inicialmente con una versión incompleta y atenuada de los hechos, transmitida por el ministro Santiago Casares Quiroga. Sin embargo, la realidad se abrió paso. Periodistas como Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán llevaron al papel testimonios que desmentían el relato oficial.

Cuando las Cortes reanudaron sus sesiones, el escándalo era ya inevitable. Interpelaciones como la de Eduardo Ortega y Gasset pusieron cifras y nombres a lo ocurrido. La intervención de Alejandro Lerroux forzó a Azaña a responder, y lo hizo con una frase que ha quedado como una losa en su memoria: «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir».

Aquellas palabras, más que aclarar, enturbiaron. La creación de una comisión parlamentaria, resistida primero y aceptada después, no logró disipar la impresión de que el Gobierno había querido, cuando menos, ganar tiempo.

Con el paso de las semanas, las pruebas se acumularon. Declaraciones, careos, informes. El propio Rojas terminó por admitir la realidad de los fusilamientos. Menéndez dimitió. El Parlamento debatió, votó, concluyó. Pero la herida ya estaba abierta.

Políticamente, el daño fue profundo. La confianza en el Gobierno se erosionó, y aunque la mayoría parlamentaria logró sostenerlo a corto plazo, la opinión pública —ese tribunal sin acta pero con memoria— no olvidó. Las derrotas electorales posteriores y la dimisión de Azaña en septiembre de 1933 no pueden entenderse sin la sombra de Casas Viejas.

¿Qué juicio cabe hacer, a la distancia? No es sencillo. Algunos han sostenido la ignorancia de Azaña; otros la niegan. Pero en un sistema democrático, la responsabilidad no se agota en el conocimiento directo. Gobernar es responder, también, de lo que se hace en nombre propio.

Más difusa aún es la figura de Menéndez, cuya orden —si efectivamente fue tal— difícilmente se explica sin un clima político que la hiciese concebible. Y en ese clima, hecho de miedo a la revolución y de urgencia por sofocarla, se incubó la lógica que llevó al desastre.

Casas Viejas no fue solo una tragedia local. Fue, sobre todo, una advertencia. Mostró hasta qué punto un régimen puede verse desbordado por sus propias tensiones internas; hasta qué punto el orden, cuando se defiende sin medida, puede dejar de ser orden para convertirse en otra cosa.

Y dejó, en fin, una lección incómoda: que la legitimidad de un poder no se prueba en sus aciertos, sino en la manera en que afronta sus errores. En Casas Viejas, la República no supo —o no quiso— estar a la altura de esa prueba.


Subida en curso: 291848 de 291848 bytes subidos.