Enero de 1933. La madrugada había descendido sobre la campiña gaditana con esa tristeza mansa que tienen los inviernos del sur. No era una noche de tormenta ni de viento. Era peor. Era una de esas noches inmóviles en las que parecía que hasta los perros callaban para escuchar cómo respiraba la tierra.Los campos, empapados por las lluvias recientes, despedían un olor oscuro a barro removido y raíces mojadas. A lo lejos, las encinas dibujaban manchas negras sobre un horizonte sin luna, y las humildes luces de Casas Viejas temblaban como luciérnagas enfermas en medio de la llanura.El guardia de Asalto Julián Ortega viajaba en la parte trasera del camión, envuelto en su capote. Tenía veintitrés años y aquella edad incierta en la que todavía se cree que los hombres pueden arreglar el mundo con decretos, discursos y buena voluntad.Había nacido en un barrio obrero de Sevilla. Su padre, ferroviario, había celebrado la llegada de la República como quien recibe la lluvia después de una larga sequía. En su casa se hablaba de escuelas, de jornales dignos y de un país nuevo que parecía asomarse, tímidamente, detrás de los viejos siglos de pobreza.Ahora, mientras el vehículo avanzaba entre charcos y surcos, Julián contemplaba la oscuridad del campo andaluz y pensaba que aquella tierra seguía siendo la misma de siempre: la tierra de los señoritos y de los gañanes; la tierra de los cortijos blancos bajo el sol de agosto y de las chozas donde el hambre pasaba el invierno sentada junto al brasero. La tierra donde los hombres discutían de política con palabras grandiosas mientras las mujeres seguían amasando pan escaso y los niños aprendían demasiado pronto el significado de la necesidad.A su lado viajaban otros guardias, envueltos también en sus capotes oscuros. El traqueteo del camión apenas permitía conversar, pero de vez en cuando alguna cerilla iluminaba fugazmente un rostro cansado. Estaba Morales, un malagueño flaco que llevaba siempre una copla en los labios y que aquella noche permanecía callado; estaba el gallego Souto, que fumaba sin descanso mientras observaba la oscuridad como si esperara ver surgir algo de ella; y estaba también el sargento Valcárcel.Julián sentía por él una mezcla de respeto y temor. Valcárcel rondaba los cuarenta y cinco años y tenía el rostro curtido de los hombres que pasan demasiado tiempo bajo el sol y demasiado cerca de la muerte. Lucía un bigote entrecano y una cicatriz que le cruzaba la mandíbula izquierda desde la oreja hasta el mentón. Decían que se la había hecho una gumía rifeña en una emboscada cerca de Annual.Había combatido en Marruecos durante años. Pocas veces hablaba de aquello. Pero cuando lo hacía, los demás escuchaban.Aquella noche permanecía sentado junto a la portezuela, inmóvil, con las manos apoyadas sobre el fusil. Parecía uno de esos viejos centinelas de piedra que vigilan fortalezas olvidadas.—Esto me recuerda al Rif —murmuró de pronto, sin dirigirse a nadie en particular.Algunos levantaron la vista.—¿Por el barro, mi sargento? —preguntó Morales.Valcárcel negó lentamente con la cabeza.—No. Por el silencio.Nadie respondió.El veterano escupió por un lado del camión.—Cuando un pueblo entero calla de esa manera es que algo malo ha pasado... o está a punto de pasar.Volvió a guardar silencio.Julián observó el perfil endurecido del sargento recortado contra la noche. Pensó que aquel hombre había visto morir a compañeros en barrancos africanos cuyos nombres apenas figuraban ya en los periódicos. Había sobrevivido a Annual, a las cabilas y a las marchas interminables bajo el sol marroquí. Y, sin embargo, había algo en su mirada que parecía preocuparlo más aquella noche que cualquiera de las historias que contaban sobre él. Quizá porque en Marruecos el enemigo estaba lejos, al otro lado de una trinchera o de una loma. Allí no. Allí eran españoles.Cuando aparecieron las primeras casas del pueblo, nadie habló. El silencio se había instalado entre los guardias como un pasajero más. Todos sabían que habían corrido disparos. Todos sabían que había muertos. Y todos intuían, aunque ninguno quisiera decirlo, que aquella noche no iban a asistir a un simple servicio de orden público.Valcárcel fue el primero en distinguir las luces dispersas entre las sombras. Las observó durante unos segundos y luego se acomodó la guerrera con un gesto cansado.—Ojalá me equivoque —dijo en voz baja.Julián no supo si hablaba para ellos o para sí mismo.
—Han atacado el cuartel —dijo un sargento mientras descendían del vehículo—. Dos compañeros heridos. Uno está muy grave.Nadie añadió nada más.
Julián ajustó la correa del fusil y observó a sus camaradas. Eran hombres jóvenes en su mayoría, llegados de Madrid, Sevilla o Málaga. Ninguno tenía aspecto de héroe. Parecían obreros a quienes el uniforme había impuesto una gravedad inesperada.
Aquello le tranquilizaba. O al menos eso quiso creer.
Durante la tarde comenzaron las detenciones.
Los nombres corrían de boca en boca: sindicalistas, campesinos, anarquistas. Hombres que apenas poseían otra riqueza que una escopeta vieja y una choza de barro.
Casas Viejas olía a humo de leña, a pobreza antigua y a miedo reciente.
Al caer la noche llegó el capitán Rojas. Su presencia cambió algo en el aire. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Los oficiales duros suelen hablar poco. Escuchó los informes, hizo algunas preguntas y miró hacia una choza situada al final de una calle estrecha.—Ahí están.La choza pertenecía a Francisco Cruz, «Seisdedos».Julián oyó el apodo por primera vez aquella noche. Un viejo carbonero, con más de setenta años.Dentro estaban algunos de los hombres acusados de participar en el levantamiento.Se ordenó rodear la vivienda.Cuando intentaron entrar, sonaron los disparos. La oscuridad se llenó de fogonazos. Un guardia cayó hacia atrás con el pecho abierto. Otro quedó herido.Los disparos procedentes de la choza continuaron durante varios minutos. Después llegó el silencio. Un silencio espeso, terrible.Julián permanecía agachado tras un muro. Podía escuchar su propia respiración. El crepitar de unas brasas en una cocina cercana. Incluso el miedo de los hombres.Entonces llegó la orden de abrir fuego.Los fusiles comenzaron a tronar. Después las ametralladoras. Las balas golpeaban las paredes de barro, levantando pequeñas nubes de polvo. Aquello duró una eternidad. O quizá solo unos minutos. El tiempo se comporta de forma extraña cuando los hombres intentan matarse.Luego vino el fuego.Julián vio acercarse a varios compañeros con haces encendidos.Comprendió lo que iban a hacer. Comprendió también que ya nadie estaba pensando en detener a nadie.Las llamas comenzaron a trepar por la paja seca. La choza ardió deprisa. Demasiado deprisa. Desde dentro llegaron gritos. Primero uno. Luego varios. Después ninguno.El fuego iluminó los rostros de los guardias. Algunos observaban fijamente las llamas. Otros apartaban los ojos. Julián no pudo hacerlo. Todavía recordaría aquel incendio treinta años después. Todavía lo vería en sueños.
Cuando todo terminó, la estructura era una montaña de brasas rojas bajo el cielo negro. Creyó que había acabado, pero se equivocaba. Las peores cosas suelen ocurrir cuando la batalla ya ha terminado.
Poco antes del amanecer comenzaron a reunir detenidos. Eran hombres sacados de sus casas; algunos iban a medio vestir, otros temblaban. Nadie parecía entender exactamente qué estaba ocurriendo. Julián tampoco.Los condujeron cerca de las ruinas humeantes. Allí estaba el cadáver del guardia muerto.La tensión era insoportable. Los oficiales hablaban en voz baja. Los guardias evitaban mirarse. Y entonces sonó un disparo. Uno solo. Seco. Inesperado. Después llegaron muchos más.Julián vio caer a los primeros hombres. Vio cómo otros intentaban cubrirse inútilmente. Vio cuerpos desplomándose sobre el barro. Vio sangre mezclándose con la tierra húmeda de Andalucía. Y no hizo nada.Años más tarde se reprocharía precisamente eso, no haber hecho nada. Pero la verdad era más compleja. Tenía veintitrés años, un fusil entre las manos, oficiales dando órdenes, compañeros disparando. Miedo. Confusión. Y la certeza brutal de que el mecanismo te absorbía o te trituraba.Cuando amaneció, Casas Viejas parecía un lugar saqueado por una guerra.Había humo, cadáveres, puertas abiertas, mujeres llorando y niños observando desde las esquinas.La República había llegado prometiendo escuelas, justicia y reforma agraria. Ahora dejaba tras de sí un pueblo lleno de muertos.
Mientras el camión abandonaba Casas Viejas, Julián miró hacia atrás. Vio las últimas columnas de humo elevándose sobre las chozas. Pensó en los campesinos, en los guardias muertos, en aquel anciano llamado Seisdedos. Pensó también en España. Y comprendió algo que jamás olvidaría: las guerras civiles no empiezan cuando los hombres disparan. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando unos dejan de reconocer a los otros como semejantes. Cuando la miseria se convierte en odio. Cuando la política sustituye a la compasión.España llevaba demasiado tiempo acumulando agravios para que aquello fuera tan sencillo.Cuando el camión se alejaba por los caminos embarrados, Julián volvió la cabeza una última vez. Casas Viejas quedaba atrás, envuelta en humo. Las primeras luces del amanecer comenzaban a derramarse sobre los tejados y las huertas, dorando con una piedad engañosa aquel escenario de muerte.Parecía un pueblo cualquiera. Uno de esos pueblos andaluces donde los campanarios marcan las horas lentas de la vida, donde los hombres hablan en las plazas y las mujeres riegan los geranios cuando llega la primavera.Y, sin embargo, algo se había roto para siempre. Quizá no solo en Casas Viejas. Quizá en toda España.Porque las naciones, igual que los hombres, poseen heridas invisibles que tardan años en abrirse y apenas unos segundos en desangrarse.Julián contempló por última vez la columna de humo que ascendía recta hacia el cielo claro de enero. Pensó en los muertos, en los campesinos, en los guardias, en los hijos que no volverían a ver a sus padres y en las madres que aquella mañana llorarían sin comprender del todo por qué.Y sintió que sobre aquella tierra antigua, hermosa y desdichada, estaba cayendo una sombra larga.Todavía nadie la llamaba guerra.Todavía faltaban tres años.Pero caminaba ya entre los surcos, avanzaba por los caminos y respiraba en los corazones de los hombres, como esas tormentas del Atlántico que los marineros presienten mucho antes de divisar las primeras nubes sobre el horizonte.