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viernes, 5 de junio de 2026

Casas Viejas

 

Casas Viejas





Enero de 1933. La madrugada había descendido sobre la campiña gaditana con esa tristeza mansa que tienen los inviernos del sur. No era una noche de tormenta ni de viento. Era peor. Era una de esas noches inmóviles en las que parecía que hasta los perros callaban para escuchar cómo respiraba la tierra.

Los campos, empapados por las lluvias recientes, despedían un olor oscuro a barro removido y raíces mojadas. A lo lejos, las encinas dibujaban manchas negras sobre un horizonte sin luna, y las humildes luces de Casas Viejas temblaban como luciérnagas enfermas en medio de la llanura.

El guardia de Asalto Julián Ortega viajaba en la parte trasera del camión, envuelto en su capote. Tenía veintitrés años y aquella edad incierta en la que todavía se cree que los hombres pueden arreglar el mundo con decretos, discursos y buena voluntad.

Había nacido en un barrio obrero de Sevilla. Su padre, ferroviario, había celebrado la llegada de la República como quien recibe la lluvia después de una larga sequía. En su casa se hablaba de escuelas, de jornales dignos y de un país nuevo que parecía asomarse, tímidamente, detrás de los viejos siglos de pobreza.

Ahora, mientras el vehículo avanzaba entre charcos y surcos, Julián contemplaba la oscuridad del campo andaluz y pensaba que aquella tierra seguía siendo la misma de siempre: la tierra de los señoritos y de los gañanes; la tierra de los cortijos blancos bajo el sol de agosto y de las chozas donde el hambre pasaba el invierno sentada junto al brasero. La tierra donde los hombres discutían de política con palabras grandiosas mientras las mujeres seguían amasando pan escaso y los niños aprendían demasiado pronto el significado de la necesidad.

A su lado viajaban otros guardias, envueltos también en sus capotes oscuros. El traqueteo del camión apenas permitía conversar, pero de vez en cuando alguna cerilla iluminaba fugazmente un rostro cansado. Estaba Morales, un malagueño flaco que llevaba siempre una copla en los labios y que aquella noche permanecía callado; estaba el gallego Souto, que fumaba sin descanso mientras observaba la oscuridad como si esperara ver surgir algo de ella; y estaba también el sargento Valcárcel.

Julián sentía por él una mezcla de respeto y temor. Valcárcel rondaba los cuarenta y cinco años y tenía el rostro curtido de los hombres que pasan demasiado tiempo bajo el sol y demasiado cerca de la muerte. Lucía un bigote entrecano y una cicatriz que le cruzaba la mandíbula izquierda desde la oreja hasta el mentón. Decían que se la había hecho una gumía rifeña en una emboscada cerca de Annual.
Había combatido en Marruecos durante años. Pocas veces hablaba de aquello. Pero cuando lo hacía, los demás escuchaban.
Aquella noche permanecía sentado junto a la portezuela, inmóvil, con las manos apoyadas sobre el fusil. Parecía uno de esos viejos centinelas de piedra que vigilan fortalezas olvidadas.
—Esto me recuerda al Rif —murmuró de pronto, sin dirigirse a nadie en particular.
Algunos levantaron la vista.
—¿Por el barro, mi sargento? —preguntó Morales.
Valcárcel negó lentamente con la cabeza.
—No. Por el silencio.
Nadie respondió.
El veterano escupió por un lado del camión.
—Cuando un pueblo entero calla de esa manera es que algo malo ha pasado... o está a punto de pasar.
Volvió a guardar silencio.

Julián observó el perfil endurecido del sargento recortado contra la noche. Pensó que aquel hombre había visto morir a compañeros en barrancos africanos cuyos nombres apenas figuraban ya en los periódicos. Había sobrevivido a Annual, a las cabilas y a las marchas interminables bajo el sol marroquí. Y, sin embargo, había algo en su mirada que parecía preocuparlo más aquella noche que cualquiera de las historias que contaban sobre él. Quizá porque en Marruecos el enemigo estaba lejos, al otro lado de una trinchera o de una loma. Allí no. Allí eran españoles.

Cuando aparecieron las primeras casas del pueblo, nadie habló. El silencio se había instalado entre los guardias como un pasajero más. Todos sabían que habían corrido disparos. Todos sabían que había muertos. Y todos intuían, aunque ninguno quisiera decirlo, que aquella noche no iban a asistir a un simple servicio de orden público.

Valcárcel fue el primero en distinguir las luces dispersas entre las sombras. Las observó durante unos segundos y luego se acomodó la guerrera con un gesto cansado.
—Ojalá me equivoque —dijo en voz baja.
Julián no supo si hablaba para ellos o para sí mismo.
***

—Han atacado el cuartel —dijo un sargento mientras descendían del vehículo—. Dos compañeros heridos. Uno está muy grave.
Nadie añadió nada más.

Julián ajustó la correa del fusil y observó a sus camaradas. Eran hombres jóvenes en su mayoría, llegados de Madrid, Sevilla o Málaga. Ninguno tenía aspecto de héroe. Parecían obreros a quienes el uniforme había impuesto una gravedad inesperada.

Aquello le tranquilizaba. O al menos eso quiso creer.

Durante la tarde comenzaron las detenciones.

Los nombres corrían de boca en boca: sindicalistas, campesinos, anarquistas. Hombres que apenas poseían otra riqueza que una escopeta vieja y una choza de barro.

Casas Viejas olía a humo de leña, a pobreza antigua y a miedo reciente.


Al caer la noche llegó el capitán Rojas. Su presencia cambió algo en el aire. No levantó la voz. No necesitó hacerlo. Los oficiales duros suelen hablar poco. Escuchó los informes, hizo algunas preguntas y miró hacia una choza situada al final de una calle estrecha.
—Ahí están.
La choza pertenecía a Francisco Cruz, «Seisdedos».
Julián oyó el apodo por primera vez aquella noche. Un viejo carbonero, con más de setenta años.
Dentro estaban algunos de los hombres acusados de participar en el levantamiento.
Se ordenó rodear la vivienda.
Cuando intentaron entrar, sonaron los disparos. La oscuridad se llenó de fogonazos. Un guardia cayó hacia atrás con el pecho abierto. Otro quedó herido.
Los disparos procedentes de la choza continuaron durante varios minutos. Después llegó el silencio. Un silencio espeso, terrible.

Julián permanecía agachado tras un muro. Podía escuchar su propia respiración. El crepitar de unas brasas en una cocina cercana. Incluso el miedo de los hombres.
Entonces llegó la orden de abrir fuego.
Los fusiles comenzaron a tronar. Después las ametralladoras. Las balas golpeaban las paredes de barro, levantando pequeñas nubes de polvo. Aquello duró una eternidad. O quizá solo unos minutos. El tiempo se comporta de forma extraña cuando los hombres intentan matarse.
Luego vino el fuego.
Julián vio acercarse a varios compañeros con haces encendidos.
Comprendió lo que iban a hacer. Comprendió también que ya nadie estaba pensando en detener a nadie.
Las llamas comenzaron a trepar por la paja seca. La choza ardió deprisa. Demasiado deprisa. Desde dentro llegaron gritos. Primero uno. Luego varios. Después ninguno.

El fuego iluminó los rostros de los guardias. Algunos observaban fijamente las llamas. Otros apartaban los ojos. Julián no pudo hacerlo. Todavía recordaría aquel incendio treinta años después. Todavía lo vería en sueños.
Cuando todo terminó, la estructura era una montaña de brasas rojas bajo el cielo negro. Creyó que había acabado, pero se equivocaba. Las peores cosas suelen ocurrir cuando la batalla ya ha terminado.
Poco antes del amanecer comenzaron a reunir detenidos. Eran hombres sacados de sus casas; algunos iban a medio vestir, otros temblaban. Nadie parecía entender exactamente qué estaba ocurriendo. Julián tampoco.
Los condujeron cerca de las ruinas humeantes. Allí estaba el cadáver del guardia muerto.
La tensión era insoportable. Los oficiales hablaban en voz baja. Los guardias evitaban mirarse. Y entonces sonó un disparo. Uno solo. Seco. Inesperado. Después llegaron muchos más.
Julián vio caer a los primeros hombres. Vio cómo otros intentaban cubrirse inútilmente. Vio cuerpos desplomándose sobre el barro. Vio sangre mezclándose con la tierra húmeda de Andalucía. Y no hizo nada.
Años más tarde se reprocharía precisamente eso, no haber hecho nada. Pero la verdad era más compleja. Tenía veintitrés años, un fusil entre las manos, oficiales dando órdenes, compañeros disparando. Miedo. Confusión. Y la certeza brutal de que el mecanismo te absorbía o te trituraba.
Cuando amaneció, Casas Viejas parecía un lugar saqueado por una guerra.
Había humo, cadáveres, puertas abiertas, mujeres llorando y niños observando desde las esquinas.
La República había llegado prometiendo escuelas, justicia y reforma agraria. Ahora dejaba tras de sí un pueblo lleno de muertos.

 

Mientras el camión abandonaba Casas Viejas, Julián miró hacia atrás. Vio las últimas columnas de humo elevándose sobre las chozas. Pensó en los campesinos, en los guardias muertos, en aquel anciano llamado Seisdedos. Pensó también en España. Y comprendió algo que jamás olvidaría: las guerras civiles no empiezan cuando los hombres disparan. Empiezan mucho antes. Empiezan cuando unos dejan de reconocer a los otros como semejantes. Cuando la miseria se convierte en odio. Cuando la política sustituye a la compasión.

España llevaba demasiado tiempo acumulando agravios para que aquello fuera tan sencillo.

Cuando el camión se alejaba por los caminos embarrados, Julián volvió la cabeza una última vez. Casas Viejas quedaba atrás, envuelta en humo. Las primeras luces del amanecer comenzaban a derramarse sobre los tejados y las huertas, dorando con una piedad engañosa aquel escenario de muerte.

Parecía un pueblo cualquiera. Uno de esos pueblos andaluces donde los campanarios marcan las horas lentas de la vida, donde los hombres hablan en las plazas y las mujeres riegan los geranios cuando llega la primavera.

Y, sin embargo, algo se había roto para siempre. Quizá no solo en Casas Viejas. Quizá en toda España.

Porque las naciones, igual que los hombres, poseen heridas invisibles que tardan años en abrirse y apenas unos segundos en desangrarse.

Julián contempló por última vez la columna de humo que ascendía recta hacia el cielo claro de enero. Pensó en los muertos, en los campesinos, en los guardias, en los hijos que no volverían a ver a sus padres y en las madres que aquella mañana llorarían sin comprender del todo por qué.

Y sintió que sobre aquella tierra antigua, hermosa y desdichada, estaba cayendo una sombra larga.
Todavía nadie la llamaba guerra.
Todavía faltaban tres años.

Pero caminaba ya entre los surcos, avanzaba por los caminos y respiraba en los corazones de los hombres, como esas tormentas del Atlántico que los marineros presienten mucho antes de divisar las primeras nubes sobre el horizonte.


© Humberto 2026.

jueves, 28 de mayo de 2026

I'm not in love




I'm not in love







No estoy enamorado
(texto basado en la letra de la canción del mismo nombre)



No estoy enamorado,
no confundas mi sombra con el fuego.
Es solo esta tristeza leve,
como la niebla que atraviesa los campos
cuando cae la tarde de noviembre.

Y si pronuncio tu nombre
en la penumbra del teléfono,
no creas que he rendido el alma;
hay voces que regresan solas,
igual que el agua vuelve al cauce
sin preguntarle al río.

A veces quisiera verte,
sí,
como quien mira un camino antiguo
que una vez creyó suyo.
Pero no por eso eres patria,
ni casa,
ni destino.
No hagas ruido de esto,
no despiertes a los pájaros dormidos,
no cuentes a tus amigos
que dos soledades se rozaron un instante.

Guardo tu retrato en la pared.
Dicen que es amor;
yo sé que apenas cubre
la vieja herida del yeso,
la grieta silenciosa
que deja el tiempo en las habitaciones vacías.

No estoy enamorado.
O quizá sí,
pero de esa forma triste y lenta
en que se enamoran los hombres
que ya han perdido algo.

Y tú…
tú esperarás mucho tiempo,
como esperan los árboles al invierno,
sin saber
si volverá la primavera.

No estoy enamorado.
Eso me digo
mientras la noche
vuelve a pronunciar tu nombre.


© Humberto 2026.  

jueves, 30 de abril de 2026

Frank Sinatra - Prisoner of Love


Un prisionero de amor




Un prisionero de amor (versión libre de «Prisoner of Love» de Frank Sinatra

 

Solo, de noche en noche, me encontrarás,
como quien va arrastrando su sombra por la tierra,
demasiado débil ya para romper
las cadenas calladas que mi alma encierra.

No necesito hierros ni cerrojos:
basta tu nombre,
basta el recuerdo leve de tus ojos,
para saberme preso,
prisionero de amor.

A una sola palabra tuya espero,
quieto, como el árbol bajo el viento;
de ti depende ya mi rumbo entero,
mi pequeña verdad, mi pensamiento.

No puedo huir: es tarde.
Ya la noche cayó sobre el camino,
y voy siguiendo, triste y cobarde,
la senda que me lleva a tu destino.

¿De qué me sirve amarte
si otros brazos recogen tu ternura?
¿De qué este corazón, si al entregarte
ya no me queda en él sino amargura?

Aunque otro amor te nombre,
yo no puedo buscar otra ribera;
no soy libre: en la sombra de tu nombre
mi vida entera espera.

Estás en mis sueños,
despierto o dormido,
como una fuente clara entre peñascos,
como un rumor perdido.

Y de rodillas, humilde, voy hacia ti,
como va la tarde hacia la noche,
como va el agua hacia el río,
sin saber regresar, sin reproche.

Mi vida está en tus manos,
como la hoja seca en el otoño;
y yo, calladamente,
soy tan solo un prisionero de amor.




 

sábado, 25 de abril de 2026

Anécdotas del servicio diario: La citación

Anécdotas del servicio diario:

La citación




Mi compadre y yo tocamos el timbre del telefonillo para entregarle una citación a una señora, en un barrio cualquiera de Madrid, en un año cualquiera del siglo pasado, una mañana cualquiera de abril.
Nadie respondió al telefonillo, pero la puerta del portal sonó abriéndose.
Subimos las escaleras hasta el segundo piso y nos encontramos la puerta del domicilio entreabierta, dejando ver un pasillo y, al fondo, un salón iluminado por amplios ventanales.
Llamamos con los nudillos.
Entonces oímos una voz de mujer que salía desde dentro:
—Te estaba esperando, pasa, tontorrón.
Antes de poder aclarar que no éramos «el tontorrón», sino nosotros —la policía—, ella salió al pasillo sonriente y con los brazos abiertos, como para albergar en ellos una columna.
No llevaba ropa ninguna: como Dios la trajo al mundo.
Dijo:
—¡Opps!
Y desapareció sobre sus propios pasos.
Justo un segundo después volvía a salir. Ahora llevaba puesto un exiguo mantón de Manila, que apenas cubría sus carnes y que, aunque nosotros no lo veíamos, tampoco debía de proteger gran cosa de la retaguardia.
—Es una citación. Firme aquí —advirtió mi compadre, carraspeando.
Hubo un instante de silencio.
Ella nos miró con expresión elocuente, como diciendo: «¿Y dónde coño voy a llevar yo un bolígrafo para firmar?».
—¿Me dejan un boli?
Y se rompió el hechizo.
No puedo asegurar si se nos caía la baba, porque ninguno mirábamos al otro. Estábamos profundamente concentrados en… la diligencia.
—Sí, tenga —dijo mi compadre, extendiéndole uno que, con cierta demora estratégica, sacó de la chaqueta.
Ella firmó, siempre sonriente, con la mano que le quedaba libre, mientras con la otra sujetaba el mantón, no fuera a enseñar de nuevo el monte de Venus.
Devolvió el bolígrafo y, muy educadamente, cerró la puerta, privándonos de la contemplación de su… iluminado salón.
Nos fuimos algo alterados.
Mirábamos la puerta, luego nos mirábamos entre nosotros y luego a todas partes.
No dábamos crédito.
¿Sería una cámara oculta?
Si mi compadre hubiese sido de letras, quizá le habría dicho que era la misma Venus de Botticelli; pero era de ciencias, así que me limité a soltarle:
—¿Así que hacer citaciones era algo aburrido?
—¡Qué buena estaba la tía, tú! —respondió, muy de ciencias, mi compadre.
—En las citaciones nadie dijo que habría excitaciones —contesté yo, muy de letras.
Luego, ya dentro del vehículo, patrullando adelante sobre el negro asfalto bajo aquella mañana luminosa, y como éramos unos guardias, ambos coincidimos en que era una pena que ninguno de los dos hubiésemos sido el sustituto del tontorrón.
O los dos a la vez, que también.
Y otras lindezas que me van a perdonar que no les cuente.
—Espera a que lo cuente en comisaría.
—Tenías que escribirlo.
—¡Quién sabe! Quizá algún día.


© Humberto 2011. 

Anécdotas del servicio diario: La fiesta de espuma


Anécdotas del servicio diario:
La fiesta de espuma





Según me la contaron.
Hace unos quince años —que ya son años—, en las afueras de uno de esos pueblos perdidos de Asturias donde la niebla parece formar parte del catastro y los perros ladran con resignación, dos policías nacionales acudieron de madrugada a un incendio en una casa destartalada.
El humo salía a borbotones por la puerta principal, que permanecía entreabierta como la boca de un borracho dormido. Era una vivienda antigua, de las de antes: pasillo largo, habitaciones pequeñas, humedad en las paredes y la cocina al fondo, allá donde siempre terminan las tragedias domésticas.
Entraron pasillo adelante hasta la cocina, nunca mejor dicho.

El incendio resultó ser una simple sartén olvidada al fuego. El aceite se había achicharrado y soltaba una humareda negra, espesa y venenosa, como una locomotora vieja o como ciertos discursos oficiales, pero de llamas, por fortuna, nada.

El humo era tan denso que no se veía un palmo delante de la nariz, y tan tóxico que cada bocanada parecía una puñalada en los pulmones. Retiraron la sartén de los fogones a toda prisa; pensaron en abrir las ventanas, pero los ojos les lloraban como a viudas de guerra, así que optaron por la táctica más sensata: salir de allí cagando leches, previa localización de la inquilina, una anciana diminuta y testaruda que parecía más preocupada por la sartén que por su propia vida.

Encararon con ella el pasillo de regreso, que ahora se les antojaba más largo que una posguerra.

Y fue entonces cuando apareció el tercer actor de la comedia.

En el otro extremo, ajeno a todo aquello, entraba un policía local con un extintor en la mano y expresión de héroe de cine americano de tercera regional. La cantidad de humo lo había convencido de que aquello era el infierno de Dante con licencia municipal. Iba pensando en Llamaradas, en esas películas donde los bomberos mueren con nobleza mientras una viuda guapa llora al fondo, y se preparaba mentalmente para su momento de gloria.

Mientras tanto, los otros dos, que seguían sin ver absolutamente nada, encendieron las linternas buscando el final de aquel maldito pasillo, más largo que un día sin pan y más traicionero que una promesa electoral.
Y entonces ocurrió.
El municipal vio la luz al fondo y pensó, con esa lógica aplastante que sólo concede el pánico:
—Ésta es la mía. A mí no me vas a quemar, cabrona.
Y apretó la maneta del extintor con la fe ciega de los conversos.
No oyó los gritos.
No supo nunca que, en lugar de sofocar el incendio, estaba blanqueando a conciencia a sus compañeros y a la anciana, como si los preparase para una procesión de Semana Santa.

Cuando salieron a la calle, la escena era digna de Goya con resaca: tres figuras completamente blancas, espectrales, irreales, cubiertas de espuma seca y dignidad arruinada, mirándose unas a otras con esa expresión de quien acaba de descubrir que Dios no existe y, además, se ríe.
Allí fuera esperaba el respetable.
Un grupo de gitanos, tan ociosos como atentos, seguía el espectáculo con el entusiasmo de quien presencia gratis su particular Coloso en llamas local. Cuando distinguieron en la noche las siluetas níveas de los dos maderos, estallaron en aplausos, vítores y carcajadas de una sinceridad admirable.

Aquello desató un rosario de insultos contra el municipal, que bastante tenía con intentar pedir perdón sin encontrar las palabras adecuadas. Pobre hombre: la épica le había durado exactamente ocho segundos.

Uno de los policías, quizá herido en su orgullo más que en su uniforme, sintió que se le subían los humos —nunca mejor dicho—. Sacó la defensa reglamentaria, blanca como la nieve y tan ridícula como una espada de merengue, e hizo ademán de lanzarse a repartir democracia entre los espectadores.
Pero se vio. Se vio a sí mismo: cubierto de polvo blanco, con la porra en la mano, oliendo a extintor y haciendo el payaso bajo una farola de pueblo.
Y entonces, como sucede en los grandes momentos de lucidez, le entró la risa.
Una risa fea, descompuesta, inevitable. Tuvo que guardar la defensa. Y envainársela.

Cuando llegaron a comisaría todavía dejaban huellas blancas por el suelo. Uno de los compañeros, al verlos entrar, levantó la vista del café, los observó en silencio unos segundos y dictó sentencia con la gravedad de un juez asturiano:
—¿Qué ye, que habéis estado en una fiesta de espuma o qué, ho?


© Humberto 2008. 

Anécdotas del servicio diario: El brindis

Anécdotas del servicio diario:

El brindis




Aquella mañana no había venido nadie a comisaría. Lo más normal otros días era que, a las doce del mediodía, no parase de entrar y salir tanta gente por la puerta principal como sale del vomitorio de un estadio de fútbol. Era una de las de Distrito, y en cualquier otra jornada la sala de espera habría estado abarrotada, pero aquella mañana no: no había venido ni un alma ni se habían producido llamadas.

Puede que se debiese a que era domingo y el pulso de la ciudad latía lento y perezoso, como el de un enfermo, sin apenas dejarse sentir; puede que porque fuese primer día de mes o porque fueran los primeros días del año; quizá porque la noche anterior había sido Nochevieja y los ciudadanos dormían todavía la cogorza y la «vigilia»; o quizá, quién sabe, porque era el jodido día de Año Nuevo, arrancaba todo de nuevo y nadie tenía nada que denunciar.
Lo cierto es que, a esas alturas, no se había vendido ni una triste escoba.

Sin nada mejor que hacer en un día tan inusual como aquel, el grupo de agentes que componíamos el servicio (pringábamos, mejor dicho) charlábamos amigablemente en la sala de seguridad, junto a los teletipos y la emisora, contando anécdotas, chistes, chascarrillos y demás tonterías típicas de esas fechas y tópicas entre policías.

Sobre la mesa había unas veinte botellas de cava, comida variada y un sinfín de dulces procedentes de distintos regalos de comerciantes que, por costumbre, enviaban a la comisaría por Navidad.

Alguien dijo que era el momento oportuno de hacer un brindis y propuso abrir una de aquellas botellas. Otro eligió la que, según él, era la mejor por ser la más cara: un cava catalán, por supuesto. Tiró del corcho, pero se quedó con la cabeza en la mano y el cuerpo dentro, obturando la salida del ansiado y espumoso vino.
—¡Ya la cagaste, Burt Lancaster! ¡Anda, abre otra!
—No. Yo sé cómo abrirla. En Asturias lo hacemos así cuando se queda el corcho de la sidra —dijo un asturiano resueltamente.
Y acto seguido cogió la botella seleccionada y un cojín, salió del cuarto y se fue al fondo del pasillo. Puso el cojín contra la pared con una mano y, con la otra, sin dudarlo, con fuerza y ganas, golpeó resueltamente el culo de la botella contra la pared, amortiguando y protegiendo el casco con el cojín.
No pasó nada, aparte del ruido del golpe.
Nos miró y le miramos sin pestañear, como los lagartos.
(Risas generales y generalizadas).
—Te habrás cagado del esfuerzo, ja, ja, ja…
—¡Pues esto siempre funcionaba! —dijo con gesto de incredulidad.
—Anda, déjalo. Vamos a abrir otra. Si es que estás muy mayor, asturiano, y eso sería cuando eras crío; ahora ya no va.
El asturiano miraba con sus ojos verdes la verde botella y las burbujas que se batían con furia en su interior, sin comprender qué había fallado.
«No le di con suficiente fuerza», debió pensar.
Y decidió, como Moisés a la roca, darle otro golpe aún más duro, más contundente.
Volvió a repetir la operación, esta vez soltando un «¡ah!».
Sonó una explosión.
Para los que estábamos dentro del cuarto se hizo la noche. Una nube vino perpendicular al suelo, regándonos: un tsunami de burbujas.
Luego volvió la luz.
La pared de detrás de nosotros estaba completamente manchada, a excepción de unos huecos: nuestras siluetas.
Pegado sobre el cuadro del Rey estaba, algo aplastado, lo que debía ser el corcho.
Todo olía a cava avinagrado y los damnificados por la catástrofe nos limpiábamos los ojos sin dar crédito, profiriendo los insultos acostumbrados en acontecimientos similares.
El asturiano, un poco sordo por la explosión, con ojos de pasmo miraba unas veces la botella, que ya no tenía nada en su interior, y otras a nosotros, que debíamos de tener la misma cara de susto que quien recibe un rayo y no lo mata.
Quería pedir perdón y disculparse, pero no le acertaban a salir las palabras.
«¡Menudo papelón!»
También quería dar una explicación científica de lo sucedido, pero no encontraba los términos. Solo acertaba a decir:
—Yo… yo, es que… si no era mi… coño, perdonad, pero es que…
Alguno ya estaba pensando en tirarse a su chepa cuando, en eso, entró una señora mayor: era la primera clienta de la mañana.
Una de «las de antes», que debía venir de misa.
Al principio, al ver al policía que la recibía con una botella en la mano, sonrió picaronamente diciendo:
—¿Qué, de brindis por el Año Nuevo, no?
Luego se puso algo seria cuando acertó a mirar dentro del cuarto y nos descubrió de aquella guisa: empapados, oliendo a cava y tratando inútilmente de aparentar normalidad.
Al punto, su gesto fue de extrañeza al fijarse en nuestras siluetas dibujadas a gotelé en la pared; y, al final, de espanto al ver el insólito punto que tenía el retrato del Rey en la frente.
¿Qué peregrino juego de puntería, qué macabro procedimiento de vudú o qué irreverencia de lesa majestad era aquello, por Dios bendito?


© Humberto 2009.

Anécdotas del servicio diario: El marido de Ramona



Anécdotas del servicio diario:
El marido de Ramona


«El marido de Ramona», así le llamaban, según la costumbre asturiana al uso, a aquellos de fuera que se casaban con una mujer de aquí. De nada le valía a don Camilo Alonso Vega haber sido veterano de la guerra de Marruecos; de nada haber defendido Villarreal (Álava) del asedio de la columna de Carrillo, participado exitosamente en la campaña del Norte al mando de una brigada y vuelto a defender Navarra de la invasión del Valle de Arán, que desde Francia, otra vez, comandaba Carrillo, en el año 44; de nada ser en la actualidad director general de la Guardia Civil, con grado de teniente general; de nada tener trato de excelentísimo señor; de nada ser caballero de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén con el grado de Gran Cruz; tampoco el hecho de que fuese amigo de infancia, paisano y compañero de armas del mismísimo Caudillo.
Nada, no había manera: era llegar de Madrid a su casa de Noreña, de donde era natural su señora, y pasaba a ser simplemente el «marido de la Ramona». El ferrolano, que ya sabía que iba a ser en breve ministro de la Gobernación (Interior), encajaba todas estas cosas del lugar con filosofía y chanza gallegas, sin darles mayor importancia. «Los asturianos son asina», decía, imitando el acento en las tertulias del café donde iba a echar por las tardes la partida.

Como antiguo cadete del arma de Infantería y exjefe legionario que fue, gustaba de mantenerse en forma y, para ello, solía ir a trotar por senderos apartados, seguido a distancia por su chófer, quien, para no estar importunándole ni gastar combustible, y siguiendo sus indicaciones, paraba el vehículo, esperaba y, cada cierto tiempo, emprendía la marcha hasta hacer contacto visual, para volver a apagarlo. Así, sucesivamente.

Sucedió un día de verano, en un camino solitario de las afueras de la villa, estando en esas de lo que ahora llamaríamos footing (o más recientemente, running), años antes de inventarse. Ataviado con un chándal, resoplando y cubierto de sudor, don Camilo se topó con una pareja de la Guardia Civil: uno a cada lado del camino, tricornio, capa y mosquetón al hombro. Al verlo de aquella guisa, le dieron el consabido:
—¡Alto a la Guardia Civil!
Don Camilo se detuvo, extrañado de que no le reconociesen.
—¡Buenas, identifíquese!
El general había estado en tantas campañas, en tantos frentes, y había mandado a tantos hombres distintos, de toda condición y laya (moros, legionarios, vascos, navarros…), que creía saber hacer ver quién era sin necesidad de sacar ningún documento. Así que lo que sacó fue una voz gutural y profunda, y dijo:
—Soy el director general de la Guardia Civil.
Acompañaba el tono con un gesto muy serio, grave y circunspecto, de legionario, pero ya en el momento de decirlo supo que había metido la pata. Repasó mentalmente:
«No llevo documentación, menuda facha que tengo, desde luego nada viril. Este ha hecho la guerra y seguro que hasta se las ha visto con el maquis a tiros, y el chófer aún va a tardar. Estamos en la España del año 57, donde se actúa primero y se pregunta después... ¡La que me van a liar!».

El guardia observó detenidamente aquellas prendas de algodón ajustadas y llenas de sudor, sus zapatillas deportivas de goma, como las que llevaban algunos veraneantes; le miró finalmente la cara de seriedad y su jadeo. Frunció el ceño, movió el bigote y resopló.
—¿Con que sí, eh? ¿Y puede saberse por qué ye que corres?
El otro guardia, desde lejos, preguntó a su compañero:
—¿Qué ye lo que diz esi, ho?
—Na, oh, diz que ye el director general de la Guardia Civil.
—¡Day dos hosties! —ordenó.

Ya el rudo brazo picoleto había girado para coger impulso y dar un sonoro bofetón al hombre que era, o parecía, un maquis disfrazado, cuando de pronto apareció el vehículo oficial. El retrato de su director general les era desconocido, pero reconocieron enseguida las tres estrellas del banderín. Esas eran inconfundibles.
—A las órdenes de vuecencia, mi general. Perdone vuecencia el «atrevimientu».
—Perdonados, prosigan.

© Humberto 2010.