Nunca te han gustado las entrevistas. No porque desconfíes de quienes llegan hasta tu despacho, sino porque hace mucho comprendiste que ninguna persona debería verse obligada a resumir una vida en dos horas de preguntas. Siempre ocurre lo mismo: delante de ti se sienta alguien que ha atravesado medio mundo para sobrevivir y tú acabas reduciendo esa existencia a un número de expediente, unas diligencias y un informe. A veces piensas que la burocracia es la forma que tienen los Estados de enfrentarse al sufrimiento: lo clasifican, lo numeran y lo archivan. Después alguien decide si esa vida merece una oportunidad más.
Por eso procuras que el hastío nunca se note. Enciendes la pantalla del ordenador, alineas el expediente con el borde de la mesa, colocas el teclado frente a ti y dejas la botella de agua en el mismo sitio de siempre. El fluorescente del techo emite un zumbido tenue al que hace años dejaste de prestar atención. Dentro de unos minutos entrará un desconocido. Dos horas después, su vida cabrá en unas cuantas páginas.
A la hora prevista, llaman a la puerta.
La abogada entra primero. La conoces desde hace años; trabaja para una de las organizaciones que asisten a solicitantes de protección internacional y habéis coincidido en decenas de entrevistas. Detrás de ella aparece el ciudadano iraquí. Es más bajo de lo que imaginabas por la fotografía del expediente y lleva una carpeta de plástico azul apretada contra el pecho, como si en ella cupiera todo lo que ha conseguido salvar de su vida.
—La intérprete está de camino —dice la letrada mientras deja el bolso sobre la silla—. Me ha llamado hace un momento. Se ha quedado atrapada en un atasco.
Miras el reloj. Todavía hay margen.
Les indicas que se sienten mientras compruebas que todo está preparado. El iraquí no dice nada. Recorre el despacho con la vista, despacio, deteniéndose en la pantalla del ordenador, la impresora, la botella de agua sobre la mesa y la luz que entra por la ventana. Al final fija los ojos en ti. Sigue durante unos segundos la forma en que ordenas el expediente y cómo dejas el bolígrafo junto al teclado.
Entonces sonríe.
Le faltan los dos incisivos superiores y las encías quedan al descubierto, pero la sonrisa conserva una cordialidad tan limpia que resulta imposible no corresponderla. Te da los buenos días en un español vacilante y, antes de que puedas responder, rebusca en el bolsillo de la cazadora hasta sacar un teléfono protegido por una funda gastada. Lo sostiene un instante entre las manos, mira a la abogada y le dice unas palabras en árabe.
Ella sonríe.
—Quiere enseñarle una cosa, pero prefiere esperar a que llegue la intérprete para poder explicársela bien.
Asientes sin hacer preguntas. Tomas el bolígrafo por pura costumbre, lo haces girar entre los dedos y vuelves a dejarlo sobre la mesa. El iraquí mantiene la vista en ti un instante más, como si intentara recordar algo, antes de bajarla hacia el teléfono.
Durante unos momentos reina un silencio incómodo. Tú repasas el expediente; la abogada ordena sus documentos; el iraquí sostiene el teléfono entre las manos y, de vez en cuando, vuelve a levantar la vista hacia ti con una expresión que no consigues descifrar.
Cinco minutos después llaman otra vez. La intérprete entra con el pelo algo revuelto y el bolso todavía colgado del hombro.
—Perdonad el retraso. La autovía estaba completamente parada. Ha habido un accidente.
Deja la chaqueta sobre el respaldo de la silla mientras recupera el aliento. Tú le restas importancia con un gesto. No es la primera vez que un atasco decide el ritmo de una entrevista.
Cuando por fin todos ocupan su sitio, el iraquí saca de nuevo el teléfono del bolsillo. Dice unas palabras en árabe sin apartar la vista de la pantalla y la intérprete sonríe.
—Antes de empezar, le gustaría enseñarle unas fotografías de su trabajo.
Asientes. Durante un instante esperas encontrar imágenes de heridas, de una casa reducida a escombros o de algún documento que deba incorporarse al expediente. En cambio aparecen peinados.
Va deslizando una fotografía tras otra con un orgullo sereno. Cortes impecables. Barbas perfiladas con una precisión casi artesanal. Niños sonriendo frente al espejo. Ancianos que parecen recuperar diez años después de un afeitado. En varias imágenes aparece él mismo, tijeras en mano, con la misma sonrisa desdentada que ahora ilumina su rostro.
—Era peluquero.
Amplías una de las fotografías casi sin darte cuenta. El degradado es perfecto.
—Tiene muy buena mano.
La intérprete traduce la frase. El hombre entiende el elogio incluso antes de escuchar las palabras. Sonríe con una satisfacción tranquila, guarda el teléfono con el mismo cuidado con el que otros guardarían una fotografía de familia y, por un instante, deja de ser un solicitante de protección internacional.
Vuelve a ser simplemente un peluquero orgulloso de su oficio.
La intérprete deja el bolso junto a la silla y se sienta mientras la abogada ordena la documentación sobre la mesa. Tú abres el expediente en el ordenador y compruebas los documentos. Durante las próximas dos horas intentarás convertir una vida en un relato administrativo. Nunca has conseguido verlo de otra manera.
La mayoría de tus compañeros teclean deprisa: pregunta, respuesta, punto y aparte; lo imprescindible para que el expediente siga su curso. Tú trabajas de otro modo. Siempre has pensado que una declaración mal escrita puede ser tan injusta como una declaración falsa. Las palabras importan, y también el orden en que aparecen. No es lo mismo escribir que un hombre huyó que explicar por qué tuvo que hacerlo.
Quizá por eso, hace años, cuando todavía creías que algún día tendrías tiempo, escribiste un par de cuentos y los enviaste a un concurso literario. No llegaron muy lejos, pero desde entonces conservas la costumbre de buscar la palabra exacta incluso en un documento policial. Nunca adornas ni inventas; sólo intentas que quien lea aquella entrevista dentro de seis meses pueda escuchar, entre las frases, la voz del hombre que hoy tienes delante.
Colocas las manos sobre el teclado y levantas la vista.
—Cuando quiera.
La abogada hace un leve gesto al solicitante para tranquilizarlo. La intérprete asiente, preparada para traducir. El hombre inspira despacio, como quien lleva demasiado tiempo esperando ese instante.
—Nací en Tarmiyah...
No escribes. Hace años aprendiste que las mejores declaraciones empiezan escuchando. Al principio intentabas seguir el ritmo de la traducción, pero acababas redactando frases demasiado pegadas a las palabras y demasiado lejos de lo que realmente querían decir. Ahora esperas. Escuchas. Ordenas cada respuesta antes de escribirla. El cursor parpadea en la pantalla. Tú también sabes esperar.
—Cuénteme cómo era su vida antes de tener problemas.
La pregunta cruza la mesa, se detiene un instante en la intérprete y llega finalmente al iraquí.
—Nací en Tarmiyah. Si cierro los ojos todavía puedo recorrer sus calles sin perderme. Recuerdo el polvo que levantaban los coches al pasar, el olor del pan recién hecho al amanecer y las voces de los comerciantes cuando abrían el mercado. Vivía con mi madre, mi hermano y mi hermana, que sufría ataques de epilepsia desde niña. Mi padre había sido director de un banco durante el régimen de Saddam Hussein. De joven estudió en Estados Unidos y hablaba de aquel país con una mezcla de admiración y melancolía. Nunca fue un hombre de consignas ni de banderas. Decía que la política siempre terminaba entrando en casa, aunque uno cerrara la puerta, y que no merecía la pena salir a buscarla. Murió en 2020, enfermo del estómago. A veces pienso que tuvo suerte. No llegó a ver hasta dónde podía degradarse un país.
Hace una pausa para beber un sorbo de agua. Aprovechas para escribir las primeras líneas. Dudas un instante entre «falleció» y «murió». Borras la primera palabra y dejas la segunda. Se parece más a la voz del hombre que tienes delante.
—Yo nunca quise parecerme a él. Mi padre entendía de números; yo sólo entendía de personas. Descubrí muy pronto que me gustaba cortar el pelo. Dejé el instituto con quince años porque no conseguía pensar en otra cosa. Mientras mis amigos hablaban de encontrar un empleo cualquiera, yo sólo quería aprender a manejar unas tijeras.
El despacho vuelve a quedarse en silencio, roto únicamente por el zumbido de los fluorescentes y el golpeteo de tus dedos sobre el teclado.
—Mi maestro me enseñó despacio. Primero barría el suelo. Después preparaba las toallas calientes, limpiaba las navajas y observaba. Pasé meses mirando antes de atreverme a cortar un mechón de pelo. Él decía que cualquiera podía aprender la técnica, pero que un peluquero de verdad tenía que saber leer la cara de quien se sentaba delante. «Hay hombres que vienen a cortarse el pelo y otros que sólo necesitan que alguien los escuche durante veinte minutos».
La intérprete traduce la última frase con una sonrisa apenas perceptible. Relees lo que acabas de escribir y apenas cambias una palabra.
«Su maestro le decía que algunos clientes sólo necesitaban que alguien los escuchara durante veinte minutos».
Podrías resumir toda aquella explicación en una sola línea: peluquero desde los quince años. Bastaría para el expediente. Sin embargo, dejas la frase donde está. A veces una vida no se entiende por las fechas, sino por quien enseñó un oficio.
Continúas escribiendo. Mientras corriges una coma, notas por el rabillo del ojo que el solicitante vuelve a mirarte. Levantas la cabeza. Él sostiene la mirada apenas un instante antes de sonreír y volver a fijarse en tus manos mientras escribes. No dices nada. Piensas que quizá sólo agradece el trato correcto y continúas tecleando.
—La peluquería me dio una buena vida. No era rico, pero tampoco necesitaba serlo. Podía ayudar a mi madre, pagar los medicamentos de mi hermana y ahorrar algo de dinero. Me gustaba abrir el negocio por las mañanas. Siempre era el primero en llegar. Preparaba el café mientras levantaba la persiana y esperaba al primer cliente. Todavía recuerdo aquellos sonidos. Hay ruidos que terminan formando parte de una persona: el zumbido de las máquinas de cortar el pelo, las tijeras abriéndose y cerrándose, el vapor de las toallas calientes; incluso ese silencio que se hace cuando un cliente se mira por primera vez en el espejo después de un corte. Ésa era mi vida, y me bastaba.
La abogada escucha con los brazos cruzados. Lleva años asistiendo a entrevistas como aquélla y sabe distinguir cuándo alguien recita una historia aprendida y cuándo habla desde la memoria. La memoria nunca avanza en línea recta: se detiene en un olor, en un ruido, en un gesto sin importancia, y deja escapar fechas que cualquier expediente consideraría esenciales. El iraquí recuerda así. Va y viene sin perderse. La intérprete también empieza a percibirlo. Traduce con naturalidad, casi olvidándose de sí misma.
Entonces vuelve a ocurrir. Mientras termina una frase, el hombre no mira a la intérprete. Te mira a ti.
La abogada levanta apenas las cejas. La intérprete responde con un gesto casi imperceptible antes de continuar la traducción. Ninguna dice nada. No hace falta.
—Todo empezó a cambiar después de la caída de Saddam Hussein. Al principio todos creímos que las cosas mejorarían. Nos equivocamos. Las milicias apoyadas por Irán fueron ocupándolo todo poco a poco. Primero aparecieron hombres armados en las carreteras; después llegaron los controles y, más tarde, ya nadie supo quién mandaba realmente. El Gobierno decía una cosa y ellos hacían otra. Nosotros éramos suníes. Con eso bastaba para convertirnos en sospechosos.
Hace una pausa y pide permiso con un gesto para beber un poco de agua. La intérprete espera a que deje el vaso sobre la mesa antes de continuar.
—Mi padre empezó a preocuparse. Yo seguía creyendo que, mientras trabajara y no me metiera en política, nadie tendría motivos para hacerme daño. Era joven, y los jóvenes solemos creer que la violencia siempre encuentra el camino hacia la puerta de otro, hasta que un día descubre la nuestra.
Anotas la última frase casi sin modificarla. Dudas un instante entre «hostigamiento» y «acoso», borras la primera palabra y continúas escribiendo.
—Me tuvieron secuestrado veintisiete días. Me golpeaban con las culatas de los fusiles durante los interrogatorios. Uno de aquellos golpes me rompió los dos dientes delanteros. También me quemaron la espalda con hierros al rojo. El hombre que me rompió los dientes me lanzó una servilleta para que me limpiara la sangre. Cuando fui a cogerla vi que dentro había una rata muerta. Creo que querían que sobreviviera para que, cuando me soltaran, contara lo que habían hecho y el resto del pueblo tuviera miedo.
Se detiene. Bebe un sorbo de agua antes de sacar el teléfono. Busca unas fotografías y las desliza despacio hacia ti. Son tres imágenes de las heridas que le dejó el cautiverio. Las observas en silencio y le devuelves el móvil. No haces ningún comentario. Continúas escribiendo.
—Al cabo de veintisiete días nos abandonaron, a un médico y a mí, en un descampado, cerca de Rajdiya. Nos llevaban envueltos en una manta. Durante el trayecto volvieron a golpearnos. Al médico le habían cortado una oreja y los dos estábamos cubiertos de sangre cuando nos dejaron allí. Unos vecinos nos encontraron y nos llevaron a casa.
Hace una pausa.
—Recuerdo que, antes de que llegara nadie, los dos nos quedamos tendidos en el suelo, demasiado debilitados y magullados para levantarnos. Yo pensaba que no iba a poder hacerlo. Entonces el médico me miró y dijo, con una tranquilidad que todavía hoy no entiendo: «A partir de aquí ya nada puede ir a peor».
El hombre guarda silencio unos segundos.
—Nunca volví a saber de él.
Carraspea, pero la voz no le cambia.
—Cuando mi hermana me vio llegar se desmayó. Mi madre me dijo que ya no podía quedarme en Irak. Al día siguiente marché hacia la frontera con Turquía. Mi familia fue a despedirse de mí y me llevó el pasaporte para que pudiera cruzar.
El iraquí permanece unos segundos en silencio. No parece buscar las palabras; más bien decide si merece la pena pronunciarlas. Cuando habla, la intérprete tarda unos segundos en traducir. Frunce ligeramente el ceño, vuelve a mirarlo y dirige una rápida mirada hacia la abogada.
—¿Qué ocurre? —preguntas.
Ella tarda un instante en responder.
—Dice... que espera no haberle incomodado por haberlo mirado tanto durante la entrevista.
Levantas la vista y sonríes.
—En absoluto.
El hombre continúa hablando.
La intérprete tarda un instante antes de traducir.
—Dice que, cuando usted abrió la puerta, creyó durante unos segundos que era otra persona.
Tus dedos quedan suspendidos sobre el teclado.
—¿Quién?
El iraquí baja la vista. Cuando vuelve a levantarla, ya no parece mirar el despacho, sino un lugar muy lejano.
—El médico con el que estuve secuestrado.
El zumbido del fluorescente vuelve a hacerse audible.
Nadie dice nada.
—Dice que el parecido es extraordinario. El pelo. La cara. Los ojos. Incluso la forma de mirar y el tono de voz. Sabe que usted no puede ser él. Han pasado demasiados años. Pero, cuando abrió la puerta, por un instante creyó que España le devolvía a un hombre al que siempre dio por muerto.
Durante un instante tienes la extraña sensación de que un fantasma del pasado acaba de comprobar que él sigue vivo.
La intérprete baja despacio la vista hacia la mesa. La abogada cierra la carpeta sin hacer ruido.
Tú permaneces inmóvil, con las manos sobre el teclado. El cursor sigue parpadeando al final de la última línea del documento.
Por primera vez en toda la mañana no encuentras una pregunta que formular.
Al final sólo aciertas a decir:
—Ojalá siga vivo.