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viernes, 18 de mayo de 2012

Mariano, el solitario

                                    
   Mariano, el solitario




«A una madre se la quiere siempre con igual cariño y a cualquier edad se es niño cuando una madre se muere»
                                                                                                                                                                (Pemán)

Declina la tarde. Nieva cadenciosamente, un manto blanco y virginal se ha extendido por la llanura, ennegrecida acá y allá por árboles deshojados. Un manto que deshonran las rodadas de un carro que tira un viejo caballo de andar cansino, en el que van tres hombres. Son tres guardiaciviles que, en la víspera de Reyes, han tenido la ocurrencia de disfrazarse de reyes magos y acercarse hasta el hospicio para llevar regalos. Han cambiado tricornios y capas por túnicas y coronas, y  se han propuesto repartir, mediando la magia, felicidad a unas criaturas infelices.

Fuera porque ellos, Miguel y Juan, habían sido huérfanos; fuera porque era tiempo de navidad y de compartir, de estrecha amistad y de unión; o tal vez por quitarse un rato de los sinsabores de un servicio duro haciendo cosas más humanas, más gratificantes; o, quizá, porque la bondad también es divisa que está en el fondo de sus cartillas, debajo del honor; fuera por lo que fuese el caso es que allí estaban ellos más el persuadido y siempre silente Mariano, aquel año, la tarde de un 5 de enero, siempre fieles a una solicitud del páter director.

Un año atrás, mediando la década de los cincuenta, en una España que se recuperaba del hambre tímidamente y tímidamente olvidaba sus heridas, se habían venido a aquel paraje castellano un grupo de monjes con unas cuantas criaturas a ocupar un viejo caserón, situado a orillas del Duero y a las afueras del pueblo, cedido por la Diputación. Era más la disposición que tenían para la empresa que los medios con que contaban. Pero echaban adelante.

Al llegar las navidades, y los rigores del frío, el páter director solicitó un poco de ayuda al comandante de puesto. Todos arrimaron el hombro. Todos los beneméritos y sus familias se entregaron a la tarea. Hicieron  acopio de todo aquello que fuera susceptible de serles regalado, desde fabricar ellos mismos juguetes tallándolos en madera o haciéndolos de hojalata, hasta esquilmar la despensa del cuartel. Temiendo se quedasen cortos solicitaron a los vecinos del pueblo algo de colaboración. La respuesta fue contundente: todo el mundo se rascó la despensa y hurgó en los desvanes y horneras, y, en cajas, fueron llegando al cuartelillo: caramelos, dulces, frutos secos... Hasta el carnicero regaló un jamón. También dejaron infinidad de juguetes usados. El día antes de la noche mágica, consiguieron tener listo un carro lleno de regalos y comestibles.


A Miguel y a Juan se les ocurrió entonces lo de hacer de reyes magos porque, como huérfanos de padre que ambos fueron, bien sabían ellos lo que se pasa y bien conocían lo que estas cosas, aunque poco, ayudan.
Les faltaba un tercero. Tenían que convencer a Mariano, el solitario.
—Pero, Mariano, si con ese bigotazo eres la misma imagen del rey Baltasar.
—Que no, que no me disfrazo.
—Venga hombre, no seas así, que tú también fuiste huérfano.
—No.

«Mariconadas las justas —se decía—». El corazón de Mariano era de hielo; no había tenido ni padre ni madre, muertos ambos cuando un obús voló por los aires la casa cuartel, en la guerra, tras un asedio, y se había criado en el Colegio De Huérfanos desde el biberón hasta que le llegó la edad para ser guardia. Para él su única familia era la Guardia Civil y como hogar no conocía otra cosa que el puesto en el que servía. Podría decirse que su vida entera era La Benemérita. Hombre adusto, hosco y de pocas palabras, que casi nunca sonreía, algo taciturno y dado a caminar en solitario. Cuando iba de pareja solía ir con un andaluz parlanchín que ya hablaba por los dos y le quitaba de ese trance mundano de conversar.
El silencio intenso con el aire de la sierra soplándole en la cara cetrina y angulosa que tenía, era la mejor manera que encontraba de restañar el corazón de las heridas. Sus silencios le defendían de las preguntas sin respuesta de la gente. Era el guardia perfecto: disciplinado, serio, callado; nunca jamás se quejaba como nunca jamás negó un cambio de servicio —que rara vez se cobraba— a otro compañero.
No puede decirse que tuviera mucha instrucción o poseyera grandes conocimientos, aunque sabía leer con soltura, y algún libro que otro leía por las noches, estando de imaginaria. Había uno de romances que, en particular, le gustaba, y un par de estrofas que se había aprendido de memoria. Detalle este último, de saberse estrofas, que nadie de los del cuartelillo sospechaba siquiera.

En sus ratos libres rondaba a una moza que servía de mesonera, llamada María, o eso creía él. Lo cierto es que nada más hacía que pasarse por la venta cuando sabía que  estaba ella, pedir un chato de vino y mirarla de vez en cuando. Si era sorprendido disimulaba, apartaba la vista y paseaba su enigmática mirada  por ninguna parte. Nunca le decía nada ni tampoco se dirigía a los habituales. En silencio, aislado de todo y de todos, pensando en sus cuitas a la vez que en la bonita sonrisa y el fino talle de María. Cuando se terminaba el chato se iba. Así muchos días.

***

Finalmente el hosco compañero cedió. «Bueno», dijo secamente. Así que se quitaron las capas y los tricornios, se cubrieron con unas  túnicas de terciopelo, se ciñeron  las cabezas con sendas coronas de hojalata, y, cayendo la tarde con los últimos ecos mortecinos de sol, tomaron para las afueras, camino del hospicio.

Mariano, de camino, ataviado toscamente de rey Baltasar,  pensaba en cómo se había dejado convencer por aquellos dos para tal embajada. Él era renuente a arrostrar semejantes compromisos. Esas cosas no iban con él. No era de los de ese tipo. Lo que le empujó a decirles que sí fue oír: «Tú también fuiste huérfano».  Esa frase que ahora resonaba una y otra vez en su cabeza fue el anzuelo con el que salió del mar de su soledad interior. La peor de las soledades. Le hizo recordar una ocasión en que siendo niño se despertó al oír la algarabía  de los otros niños del pabellón. Los reyes les habían dejado regalos. Se levantó y miró a los pies de la cama hallando una bolsa de caramelos y un soldadito de plomo —que él creyó siempre un guardiacivil—. Su nombre siempre había estado fuera de las listas de los reyes magos, por lo que la dicha le duró varios años: No habría más visitas de los de oriente. Conservó siempre aquel ‘guardia’ de plomo.

***
Al llegar el griterío es abrumador. Los niños les reciben con alborozo. Cantan y ríen a su alrededor. Funciona la magia de la representación. Hay verdadero delirio cuando reparten el contenido de los sacos. Todos parecen olvidar su infancia perdida, su desgracia, su desamparo.
— ¡Vamos, que hay para todos¡ ¡Venid!¡Tomad!
La alegría de los niños compite con el asombro de los adultos por el insospechado éxito de su representación, sólo la inocencia de los niños impide ver las perneras verde oliva asomar por las túnicas. Eso les alienta en su tarea, han captado la esencia de la magia que ellos mismos irradian y se han contagiado y metido de lleno en el papel. Ríen, cantan y gastan bromas con los niños. Mariano ya no es Mariano, el solitario y silente guardia, el que tiene menos sensibilidad que la suela de un zapato: es Baltasar.

El cura se dirige a Mariano, y le lleva a un aparte.
—Disculpe pero, ¿no podría hacer usted el favor de llegarse a la enfermería?, es que allí tenemos a Alfonsito, una criatura gravemente enferma de tuberculosis, que por lo delicado que está el pobre no puede acercarse hasta aquí donde están ustedes y...
—Por supuesto, Páter —dijo cortando al entender lo que se le solicitaba—. Yo mismo le llevaré las cosas al pequeñín, señor cura. Pierda cuidado. Me hago cargo.
—¡Está muy grave! No sé cuánto durará el pobre, el señor dirá, pero esto creo que le anime mucho.

En la tenue habitación, postrado en una cama y envuelto en luz dorada de un candil, el niño, de exánime respirar y con ojos de esperanza, recibe al rey mago. Carita blanca enmarcada por cabellos rizados; ojos grandes, oscuros, y mirada angelical.
—Señor Rey Mago — dijo con trémula voz —, no le parezca mal pero yo no quiero regalos; yo, si puede ser, y como sé que usted viene del cielo, quería que volviese y me buscase a mi madre, y me la trajese hasta aquí para me diese un beso. Cambio todos esos regalos por un beso de mi madre que, como nunca la conocí nunca me lo pudo dar.
— ¿Un beso de tu madre, dices, hijo mío?
— Yo no sé lo qué es eso, rey mago de mi corazón, pero para mí que no debe haber en el mundo cosa más grande que el beso de una madre.

En su corazón sombrío florecía la humanidad como una flor al alba de primavera.
—Y no lo hay. Criatura. No, no la hay. Nada hay más grande bajo el cielo estrellado que el beso de una madre, y nada hay mejor que dormirse arrullado por uno de sus besos.
Y aquel adusto hombretón se vio reflejado en los dos lagos claros que eran los ojos del chiquillo y pudo contemplar al niño que él mismo había sido. Y una melancolía purificadora le invadió el tuétano. Lo comprendió perfectamente: «¿Cómo es el beso de una madre?», esa era la pregunta que se había formulado siempre sin respuesta, tortura que lo había acompañado incesante en su infancia perdida.
El niño escuchaba esperanzado lo que decía, como si después de tanto tiempo, el silencio vencido se hubiese convertido en aroma.
—…No hay cosa más grande —continuó— (Y recordó los versos), «¡Ah, volver a nacer, y andar camino,/ ya recobrada la perdida senda!/ Y volver a sentir en nuestra mano aquel latido de la mano buena/ de nuestra madre... Y caminar en sueños por amor de la mano que nos lleva.»  «¿Por qué sumida en la doliente ausencia/ te erige sus cadalsos el dolor?/Tu delito fue darme la existencia,/¡fue tu delito tu materno amor!»
— ¿Me la traerá, rey mago, me traerá a mi mamá?
—Pues claro que sí, hijo mío, soy un mago y de los buenos ¡el mejor!, y, como hay un Dios en el cielo, que esta misma noche, antes de que te duermas te traeré a tu madre, la madre que no conoces, para que te dé ese beso que tanto deseas. Pero toma estos regalos que te he traído.
Y cuidadosamente  fue dejando sobre la mesita un caballo de madera de los que el Venancio había tallado por las tardes con su navaja, uno de los cochecitos que Pedrito, el hijo del cabo, había pergeñado soldando unas latas de conserva, y hasta unos calcetines de lana que la mujer del sargento había tejido.
Se agachó para besarlo y cuando este le dijo: «gracias rey mago, no sabe usted qué contento estoy», no pudo evitar que una lágrima traicionera se escapase surcando la mejilla como una estrella fugaz, cayendo en el bigote, contristado por el engaño que le hacía. La primera en toda una vida.
Se quedó un rato con él muy a gusto pues en aquella habitación había una extraña a la vez que familiar atmósfera de paz, y, al cabo, el niño se durmió. Se palpó el bolsillo y sacó el ‘guardia de plomo’ que dejó a los pies de la cama. Luego salió del cuarto de espaldas y de puntillas para no despertarlo, muy despacio.

Se reunió con los otros que ya habían acabado y se marcharon. Atrás quedaban unos niños que se dispersaban jugando con los regalos y comiendo dulces. Aseguró que tenía algo en los ojos que le picaba. Juan y Miguel se rieron. Al llegar al cuartel se separó de ellos. Les dejó y siguió con el carro.
—Tengo algo que hacer —les dijo.
Se fue alejando ante la atónita mirada de sus amigos «de reparto».

El plan era sencillo: si se había hecho pasar por rey y mago, y funcionó, bien podría María pasar por la madre del niño. Era perfecta para el papel, su cara tenía cierto aire angelical. Sólo había un problema: convencerla. Azuzó el caballo, corrió como un poseso a la venta, buscó a la mesonera y le habló con la firmeza que la ocasión requería.

María se quedó sorprendida al ver que aquel hombretón, siempre tan parco en palabras y al que no recordaba haber oído nunca ni un susurro siquiera, la estuviese hablando. Estaba como cambiado, no era por todo el insólito torrente de palabras con que la sacudía sino porque, de alguna manera, aquel hombre le estaba abriendo su corazón. Estaba como poseído de una fuerza animosa. Y eso la conmovió profundamente. Además, hacía tiempo que María se había fijado en Mariano. Sus silencios le parecían, en cierto modo, más atractivos que el hablar todo el tiempo de la mayoría. De hecho, el que fuera tan callado lo hacía situarse como fuera de este mundo.
Le habría dicho que sí a cualquier cosa que le hubiese pedido sólo por conocerlo.
— ¿Entonces vienes conmigo al hospicio y te haces pasar por la mamá de ese niño?
—Sí.
No entendía muy bien pero captó la idea, se trataba de hacer algo bueno por un niño enfermo. Le pareció bonito.

La noche azul ardía toda sembrada de estrellas. El carro retornaba al hospicio con su traqueteo de siempre y el mismo cansino andar del viejo caballo por el camino nevado. En las montañas se oía silbar el viento y el Duero repetía su monótono canto.
Al llegar estaban fuera, en la puerta, el señor cura y el señor médico.
—Padre, ¿y Alfonsito?—preguntó, angustiado, figurándose lo peor.
—Su cuerpecillo no aguantó la fiebre. El Señor quiso que no sufriera más… Se nos ha llevado a Alfonsito. Ahora estará en el cielo, junto a su madre.
—No, no puede ser, ¡he llegado tarde! Se lo había prometido...Traía a su madre…María.
El páter, comprendiendo, le pasó a Mariano la mano por el hombro y le dijo aquel cantar popular:
 «En una carroza dicen que vino, la acompañaban todos los Ángeles y la seguían las estrellas, posándose en la habitación a su niño del alma ha besado. Por el cielo vuelan ahora los dos camino del cielo».
Afuera dejó de nevar, cesó el silbar del viento y una estrella iluminó fuerte, brillante, límpida, el camino de vuelta.

EPÍLOGO

Todo está relacionado, conectado por hilos providenciales. El final de un sentimiento es siempre el germen de otro que nace y que se cosechará: Tal fue siempre el motor de la vida. Al cabo de un año y dos meses, Mariano se casará con María, y al primero de los tres hijos que tendrán le llamarán… Alfonso.
Bajo un viejo olmo se encuentra una pequeña tumba que tiene una cruz blanca, a cuyos pies se oxida un soldadito de plomo que, fijándose un poco, parece un guardia.
«No hay vez que el corazón derrame sangre con rumor de lluvia que no se ilumine la niebla».

FIN



PD: A mi abuelo, un huérfano que no tuvo más madre que su patria.
A mi bisabuelo, otro huérfano que no supo de ella sino su nombre.
A todos los que, de alguna manera, sentimos la orfandad.

© Humberto 2009

Pintura: Monica Dixon


La voz de lo ausente
«Cabe lograrlo muy rápidamente y dirigirse hacia el espacio exterior descartado que define nuestras dudas majestuosa aunque negativamente».


Tres Poemas, John Ashbery

Caminar al lado de lo que vives puede ser el silencio más vertiginoso. Aunque en el caso de la pintora Mónica Dixon (New Jersey 1971), comenzaríamos por preguntarnos por esa barcarola en la que se mece la vida común, con sus sordinas y sus hallazgos, con su quehacer en calma, siempre en la sospecha de que quisiéramos encontrar una manera de entender lo que nos rodea que se amolde a nuestra naturaleza.
Transitamos por espacios que vivimos sin saber qué guardamos de ellos. Transcurre el tiempo que no denuncia lo que en él ocurre, sino que nos lleva al abrigo de una tímida luz que conversa con nosotros a la hora de cenar o en medio de la tarde, cuando la luz quiere hablar más de lo que significa: de dentro a fuera; entre el cielo y la tierra como entre lo crudo y lo cocido, insinuando una presencia en figuras que se han detenido en medio de su quehacer como aquellos náufragos sin atributos de Edward Hopper, simples habitantes de su momento al resguardo de la proximidad de sus distancias.



Es esta otra compostura. La que encontramos en el origen de nuestros actos, donde tanto la pintura como nuestra vida real, se tornan caligrafía de la  memoria que atravesamos sin propósito, o conscientes de que en muchas ocasiones no hay rumbo y acaso andábamos detrás de alguna persona que se nos adelanta y dejamos pasar como quien esboza un apunte.
Está aquí también una realidad que prescinde de lo artificioso y como mostraba Walker Evans en sus fotografías: carece de estrategias innecesarias que la publiciten, porque la realidad también nos es revelada en la naturaleza del fragmento, en las situaciones “sin Historia” y la certeza de que permanecen abiertas en lo insignificante, manteniendo una distancia que podemos  contemplar sin contaminación.
Es el objeto anónimo apilado en cualquier parte de la casa o la sala descubierta en el pudor de su deshabito, o quizá la fachada ante la que nos detenemos y que muy probablemente se parece a la cara de las personas anónimas que la habitan; representaciones de un entorno que no evita su entramado salvo lo que en sí ya es, horma del sentido común y en ocasiones, extrañeza y cesura intranquila del pensamiento que se detiene ante ellas.
Mónica establece una línea de calle paralela a ese sentimiento de traslado, en el que la realidad esta a la altura de los ojos, como un documento sencillo que encontramos al atravesar un pasillo o subiendo la escalera, porque nos hemos convertido en el paisaje externo cuyo remite dejamos atrás inmerso en otro. Circulación que determina la fugacidad de lo que existe, las estancias como compartimentos que describen la escenografía de tu vida y el lugar, en el que el paisaje íntimo se ha despoblado en la añoranza de otra arquitectura.
En esta pintura, es el tramo de una sutil ausencia el cristal que nos enmarca, pero no con enmudecimiento o amnesia, sino como un lugar preciado y preciso, necesario para no volatilizarnos, regado por nuestra experiencia más cotidiana que lo reduce de nuevo a la materia, como puede admirarse en el espacio ensimismado de aquellas casas humildes, aisladas en medio del misterio del paisaje que las rodea, verdadera fisonomía del silencio o más bien, respeto a quebrarlo y encuentro con su retiro. Donde al aproximarnos, debiéramos entender que pertenecen a esa escala cuya melancolía tiene la capacidad de un retrato que ya es intocable y son ellas las que nos observan, abandonadas en la soledad de su voz en off.
El hallazgo de la pintura de Mónica reside en intentar lo impalpable a través de un cierto sentimiento de desasosiego en la mirada (que no pesadumbre), y con ello intenta la voz de lo callado, sin duda alguna, un espacio externo que ha medrado en la calma de su interior hasta conseguir el sonido personal y audible de su pintura, como precisamente escribiera Pessoa en su Libro del Desasosiego: «Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedara de mañana: el ansia insaciable de ser siempre el mismo y otro».
Es en definitiva, la armonía de una realidad cuyos extremos se hacen también con lo personal de nuestros abismos, pero realidad entera, dentro y fuera, a la vez, y por un instante la más preciada quimera de contar aquello que fueron nuestros días.
Jose Luis Pastor

 


Texto para el catálogo de la exposición "In & Out" en la Galería Mada Primavesi de Madrid, Noviembre 2010

martes, 8 de mayo de 2012

Paddy Mcaloon-Sleeping Rough














Paddy McAloon – Sleeping Rough

Es una canción que habla de la soledad, de la sombra que habita el silencio de la tarde, de quien ya no desea hacer otra cosa que encerrarse en una habitación y escribir en absoluta soledad, envuelto por una música perfumada con el vapor de las emociones internas. Y pensar en esa nueva compañera llamada soledad, que desde ahora ocupa el espacio dejado por el humo de los recuerdos dolorosos.

I'm lost
Yes, I am lost
I'll grow a long and silver beard
I'll grow a long and silver beard
And let it reach my knees

I'm lost
Yes, I am lost
And duty will not track me down
And duty will not track me down
Asleep among the tres

Estoy perdido
Sí, estoy perdido
.
Voy a dejar crecer una larga barba plateada.
Voy a dejar crecer una larga barba plateada, que llegue a las rodillas.

Estoy perdido

Sí, estoy perdido
.
Y el deber no me va a localizar.

Y el deber no me va a localizar, sino dormido entre los árboles.

viernes, 4 de mayo de 2012

LA ÚLTIMA CARRERA DE SERVICIO




LA ÚLTIMA CARRERA DE SERVICIO


Madrid, corazón de España; regia Villa Matritense que creció sobre el esplendor de los Austrias, que al final se ha convertido en el descomunal gigante que es, muy lejos ya de la ribera del río Manzanares; río, que no trae ni lleva más que sus aguas. Cuando llega la noche, Madrid, nunca está enteramente a oscuras. A vista de pájaro es un pequeño firmamento lleno de estrellas rutilantes. A diferencia de otras ciudades, que luego he ido conociendo, donde por la noche nunca pasa nada, allí pasa siempre casi de todo.

Aquella noche de agosto hacía mucho calor, el viento suave movía blandamente las hojas de los pocos árboles de aquel barrio lleno de callejuelas, estrechas y sinuosas. De los edificios emanaban olores y conversaciones que se adentraban en el interior del coche, confundiéndose. La ciudad, como he dicho, no dormía, parecía estar toda ella de vigilia.


Acudimos, mi compañera de patrulla y yo, a una llamada de una supuesta riña que se estaba produciendo en plena calle, serían las 4:00 horas de la madrugada.
Ninguno éramos «zeteros» por aquel tiempo; yo llevaba meses en ‘PJ’ y ella llevaba años en ‘PC’ y antes de eso había sido oficinista; ambos estábamos de prestado aquella noche por la escasez de personal de aquel año, en que, tras el Concurso General de Méritos, nadie vino y todo el mundo se fue de la Capital. Tampoco éramos «nuevos», llevábamos ya unos cuantos años, tal que ocho; los suficientes para andar solitos, los suficientes para que algunos nos llamasen: veteranos. Pero en el caso de la compañera, las bajas, los partos que había tenido, los cursos que había hecho y el enchufe del que había gozado desde un primer momento, la habían alejado siempre, en esos años, de la calle; no tenía la «escuela» que se le suponía por su antigüedad, pese a llevar los mismos años que yo era de las primeras veces que salía de servicio, y era, también, de las primeras veces que lo hacía de noche. Yo, en cambio, sí había sido «zetero» y ya había hecho unas pocas.


Al llegar observé que en la discusión estaban implicadas cuatro personas: en una parte una pareja de toxicómanos y en la otra dos *moros (marroquíes). Había, además, una furgoneta con la luna rota. Deduje que había habido bronca entre ellos, que se habían peleado y que, a resultas de esa pelea, uno de los ‘drogatas’ le habría roto el cristal. Por lo que le dije a mi compañera que separase a los dos magrebíes que yo haría lo propio con los ‘toxis’ evitando, por todos los medios, una nueva pelea. Pero la cosa se desmadraba, la compañera no conseguía hacerse con los suyos. Volvían a pretender enzarzarse.
—Sr. Agente es que esos moros de mierda me han pegado. Sin hacerles nada. A mí, que estoy enfermo ¡Qué se vayan a… su país!
—Cálmate, coño, y dime qué fue lo que pasó y no te dirijas a ellos, sino a mí —le decía mientras le sujetaba a él y a la bruja de su compañera, y los alejaba de los otros dos.
El varón de la pareja de ‘drogatas’ me hizo saber, casi llenándome de saliva, que tenía una muñeca rota y que quería denunciar a uno de los marroquíes, el más joven, que era —según decía— un «cabronazo». Cosa que, dicha por un ‘pintas’ como aquel, empezó a mosquearme sobre las verdaderas razones y el origen de la pelea. No cuadraba.
Mi compañera le dijo, en el peor tono que pueda decirse, al denunciado y a su amigo «os vais a venir con nosotros», y estos, cómo no, se pusieron como locos, en especial el joven que supuestamente era el autor de las lesiones. Que no podía identificarse, porque no tenía papeles (esto es, estaba «ilegal»). Su amigo, que sí hablaba español y le traducía, no sabía nada de él, «Le acababa de conocer», decía. Previendo que la cosa iba a ir a más, solicité apoyo. Vinieron de inmediato otros compañeros. La tangana se lió justo cuando aparecieron; por lo que al final los recién llegados detuvieron a los dos marroquíes sin contemplaciones. Ipso facto. Introdujeron al de más edad en el coche, esposaron al otro pero, antes de meterlo, le dijeron a la compañera que le pusiese ella sus esposas, puesto que debían de acudir a otro servicio urgente y suponían iban a necesitar las propias. Por lo que se las quitaron. La compañera, inocentemente, se hizo cargo de la situación y se dispuso a esposarlo de nuevo, mientras los compañeros, muy apurados, se subían al vehículo y yo, ajeno a todo por encontrarme de espaldas, tomaba datos a los ‘drogatas’ y les apaciguaba, con infinita paciencia (ahora los soporto menos y entonces: nada). De repente, el joven moro salió corriendo ante los atónitos ojos de la compañera, que se quedó paralizada sosteniendo en sus manos las esposas y sólo acertó a decir: «SE ESCAPA».

Salí detrás de él a todo lo que daban mis piernas, no sé por qué pensé que lo iba a alcanzar por velocidad en apenas cien metros. Pero este debía ser primo de El Guerruj (el atleta) ¡Qué manera de correr!
Cometí, como policía, tres errores de procedimiento: el de olvidar que iba de uniforme y no contar con el sobrepeso de la pistola y el inconveniente de calzar unos zapatos que no se diseñaron para correr, ni, dicho sea de paso, para nada que no fuera la incomodidad. El de no recordar, ni tener en cuenta, que estaba en un barrio de callejuelas, donde cada esquina era una ocasión para perder al que huye y ‘perderme’ yo, o ‘encontrarme’ otra cosa. Y por último el más grave: el de quedarme sólo, sin ‘pocket’ (emisora) y sin posibilidad de apoyo.
Ahora que como corredor cometí (y me dolió casi más, como corredor experimentado que era) el craso error de creer, entonces, que todavía a los ‘treinta y algunos’ tenía la misma velocidad de los veinte y el de no calcular el posible potencial de aquel joven.

Por la inconsciencia, o por creer quizá, y todavía, en una razón superior o por lo que fuere, seguí. Pero ya me había dado cuenta que él corría mucho más que yo. Me era imposible acortar la distancia y ésta, encima, cada vez era mayor; cada vez se alejaba más y cada vez lo veía más pequeño. Al poco sólo acertaba a verlo un segundo, justo antes de desaparecer por las esquinas por las que iba doblando. Las pulsaciones estaban a mil y el oxígeno no me llegaba ya.
Al girar por la última esquina miré y vi toda la calle vacía: no se le veía; casi me había dado la vuelta de regreso cuando una vecina que, casualmente o por aquello de la vigilia, estaba asomada a la ventana me señaló donde se ocultaba, escondido en un portal. Me acerque a él, le agarré del brazo y le dije que viniese conmigo; él con su cara cetrina de espanto me miró. Y por su mirada franca, que pedía misericordia, supe en ese instante que era buena persona, que huía sólo por miedo; que era inocente o al menos no merecía pagar por las lesiones infligidas justamente a aquel tipejo (recordé a los otros que eran unos drogatas y tenían todas las trazas de ser delincuentes). No es que creyese entonces, ni ahora tampoco, en ideas justicieras pero empecé aplicar el viejo concepto de la discrecionalidad y le hablé despacio y con buenas maneras, como, con toda seguridad, todavía nadie le había hablado hasta entonces aquí.
Él se me antojó entonces que era el Príncipe Faisal y yo le debí de parecer Lawrence de Arabia y, por un momento, aquella callejuela debió de convertirse en el desierto. Ciertamente, el joven, era una persona ancestral, de otra época, o me lo parecía. Le dije, jadeante, que viniese conmigo que no le iba a pasar nada; que le iba a echar un cable. Comprobé horrorizado que yo no podía ni hablar y él estaba fresco como una lechuga. Me besó las manos (costumbre que, luego supe, era común de los pueblos nómadas) en señal de reconocimiento por mi actitud, pero prefirió no arriesgarse a confiar en la justicia de los «cristianos» (no le culpo) y emprendió la huida de nuevo. En esta ocasión me era imposible seguirle, estaba roto, muerto. Tampoco, de haber podido, hubiera deseado hacerlo.

Cuando llegué, la compañera estaba a punto de llorar y pareció alegrarse de verme.
— ¿Dónde estabas? ¡Pensé que te había pasado algo!
Temía por mí, sí, y además por el hecho de que se le hubiese escapado un detenido, y por cómo iba a quedar ante el resto de ‘feligreses’ del turno, ante quienes no gozaba de muy buena prensa; de hecho, nadie, salvo yo, había querido patrullar aquellos días con ella.
—No te preocupes, chavala, yo vi cómo te empujó. Te fue imposible.
— ¿Me empujó?—Dijo, dudando de mi veracidad.
—Sí, yo lo vi. —Le dije, dando a entender lo que iba a decir en la declaración y constar en la comparecencia.
Otros compañeros se llevaron al ‘yonki’ a curar. Mientras nosotros nos llevábamos al otro marroquí a Comisaría, a efectos de identificación/declaración.
Más tarde, hablando en Comisaría con éste, el de más edad, supe que se llamaba Mohamed, supe que estaba legal –trabajaba en el Canal de Isabel II-, y supe, también, cuando se sinceró conmigo (debo decir que tengo buena maña para eso), la verdadera historia del que le acompañaba:
El joven acababa de llegar a España ilegalmente, como tantos otros entonces (y más ahora), no sabía hablar nada de español. Era, como él, de etnia Beréber y además vecino de su pueblo. Se lo había encontrado casualmente vagando por las calles; lo reconoció y le llamó. Hablaron de la infancia. [Me explicó que los beréberes, creen en la ancestral costumbre hospitalaria del desierto y de los pueblos nómadas, esto es, lo mismo, la misma generosa hospitalidad que había en los pueblos en tiempos de nuestros abuelos, antes de las oenegés; antes de ser «ricos» y al tiempo de dejar de ser «pobres»; antes de que se dejara de creer en las gilipolleces de la tradiciones por considerarlas caducas, pretéritas, acaso por ser conservadoras; y antes, también, de abrazar otras ideas como ‘nuevos dogmas’ que, curiosamente, vienen a decir los mismo, pero, eso sí, con otras palabras. (Se rigen aún por aquellas normas atávicas, que mismo parecían de otra época. Algo de lo que rara vez nos acordamos de hacer en la actualidad, pero que, a mí, aún me gusta ver de vez en cuando; virtud que, siempre oí, mis abuelos practicaban con los desvalidos, los transeúntes pobres, los caminantes extranjeros y los peregrinos, recogiéndolos y dándoles de comer, cuando seguramente había poco, muy poco, que ofrecer. Pero lo hacían)].
Mohamed, obligado de alguna manera por la fuerza vinculante de esa ley consuetudinaria, le compró alimentos, ya que no había comido en todo el día, y le invitó a café caliente en una cafetería, donde charlaron hasta el cierre. Y luego decidió llevárselo en su furgoneta y dejarlo en una dirección (que no me dijo) donde había más compatriotas en su misma situación, para que durmiese allí. En el camino se toparon con dos ‘drogatas’ (quienes figuraban con una lista de antecedentes más larga que un día sin pan) que discutían y se pegaban en medio de la calle, interrumpiendo el tráfico.
Él les pitó para que se apartasen y le dejasen paso, pero lejos de eso, al ver que eran «moros» (esto es algo muy recurrente, lo de la xenofobia española, tan recurrente como incierto) la tomaron con él y, con una barra de hierro, le dieron un golpe en el cristal de la furgoneta y lo rompieron. El joven, su paisano, salió, compelido por esa misma ley y para devolver el favor, enfrentándose con el drogata a quien, para quitarle la barra, hubo de retorcerle la muñeca: rompiéndosela.

Casi me alegré de que se me escapase en aquel portal (y a la compañera delante del ‘z’). Mi derrota como corredor, en cierto modo, parecía tornarse ahora en victoria de una justicia, que iba más allá de lo legal y lo administrativo. Me parecía discrecionalmente más justo, que las cosas se quedasen como estaban.

A los pocos meses me lo encontré, a Mohamed, en el juicio. Sólo acudí yo, porque la compañera —para variar— estaba de baja, no recuerdo el motivo. No acudieron tampoco los «drogatas»: La parte ofendida, quienes dejaron de estar ofendidísimos, seguramente al saber de una orden de ingreso en prisión pendiente que tenía él por otras causas. Aún así, el juicio se celebró absolviéndole, claro está, de toda culpa y de todo cargo. Tomamos, a continuación, café junto a la Plaza de Castilla. Nos hicimos algo amigos. Pese a su insistencia pagué yo, quizás por aquello de la hospitalidad perdida o quizás porque, de cuando en vez, uno se siente todavía caballero. Quizás porque me dio por ahí o, simplemente, porque me salió de los mismos.

© Humberto, 2007