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jueves, 8 de diciembre de 2022



«Yo hablo en nombre de toda la profundidad de la conciencia de España, que queda más allá de todos los partidos, de todos los distritos. Yo hablo en nombre del viento que entra y sale, como por los ojos vacíos de una calavera, por los huecos de los paredones de los conventos derruidos y las iglesias quemadas, y hablo en nombre del silencio tradicional de la madrugada del Viernes Santo de Sevilla; yo hablo en nombre de las escuelas sin cruces, de los cementerios sin capilla, de las verdades profundas de nuestra tradición».

Pemán


ONDINA

Mauricio, el tonto, sentado en la arena, contempla el vaivén del mar. Va descalzo, vestido de andrajos. En invierno acuden a él todos los despojos de aquel pueblecito costero. De cada casa le arrojan una prenda. En verano se le van cayendo hasta quedar medio desnudo. Le basta un jirón de camisa, un guiñapo del pantalón. Y, para comer, un mendrugo. Sentado en la arena, ve llegar la espuma y se deja salpicar la cara. Se deja lamer los pies. ¡Qué gusto! La espuma le sube por las piernas, le ciñe la cintura. El agua está tibia. Otros niños sólo tienen una muchacha, una madre que los lave. Mauricio tiene el mar: un mar ancho, rizado, ondulante. Verde, blanco y azul. Maravilloso mar que cada mañana le trae un juguete. Otros niños sólo tienen un abuelo o una hermana que les compren juguetes. Mauricio tiene el mar, que un día le regaló un puño de bastón, otro día un zapato, y, otro, un lindo caracol. Y puñados de conchas, y de cosas que él no sabe nombrar, que, a veces, le dan miedo.
—¡Uh! ¡Uh!—grita entonces. Y se adelanta a recoger los juguetes. Huye de las cosas que le dan miedo. Un a vez llegó un hombre destrozado... Juguetes que encierra en una cueva. Nadie conoce el escondite. —¡Uh! ¡Uh!—. Es el dialecto de Mauricio. Porque no sabe hablar como los demás niños. Una tarde le llevaron al colegio, y todos se le reían. El maestro le miraba muy triste. No le llevaron más. Otros niños tienen libros, y acuden al colegio a aprender ciencia y travesuras. Mauricio sólo tiene el mar, que tampoco sabe leer, ni sabe decirle nada. Ruge como Mauricio. Dulcemente, unos días; otros, con furia, según su humor. Mauricio ruge dulcemente, como un leoncillo hambriento. Es dócil, como la arena que se le hunde bajo los pies. Cuando le llaman para darle pan, acude muy alegre. Cuando le dan un cachete lo recibe también riendo. Apenas sabe distinguir una caricia de un insulto. Le dicen: «¡Ven aquí, idiota!» y acude brincando de gozo. «¡Ven aquí, hijito!» y acude también, alborozado. Recoge el pan, las manzanas o el golpe, y vuelve a sentarse en la arena, a mirar el mar, a esperar otro juguete. Cuando el mar se va poniendo sombrío, cuando el agua se va sorbiendo los colores lindos y sólo queda plomo y ceniza sobre su ondulante piel, y las olas empujan al sol y todo el cielo se apaga, Mauricio se alza de la arena, y, despacito se hunde en las callejas del pueblo. Hay allí una casita de mendigos, y, en ella, un montón de paja y unos guiñapos. Allí se tiende Mauricio, a esperar la mañana. Aquello no es tan blando como la arena, pero Mauricio se duerme oyendo el bramido del mar, su camarada.

El domingo, bajan los niños a la playa; y, en una lancha roja, se acerca una niña tostada por el sol, semidesnuda.
—¡Mira el idiota, Susana!
—¡Pobrecillo!—Y se acerca a acariciarle.
Mauricio la mira con sus dos grandes ojos que nada dicen, que sólo tienen dentro un poco de azul, un granito de sol. Le da bombones.
—Para ti, Mauricio. ¿Quieres jugar con nosotros?
—No sabe jugar a nada. Es tonto.
—No importa. Se sentará conmigo. Le peinaré, porque va muy sucio.
—¡Quiere ser su novia! ¡Susana quiere a un idiota!
Pero siguen jugando y se olvidan de Mauricio y de Susana. Los dos se sientan muy juntitos, y ella le acaricia la frente, le atusa la pelambre. Una tarde, Susana lleva a la playa su pastilla de jabón y un peine. Otra tarde, lleva su aguja y un carrete de hilo. Cose a Mauricio la camisa y un rasguño del pantalón. Otro día, le lleva una gorrita azul, y siempre, bombones... Mauricio tiene ya dos amigos: Susana y el mar. La voz de Susana es dulce, como los bombones, y sus manos son finas como de seda, como el musgo recién lavado de las rocas. Mauricio le toca el pelo rubio y las manos, embelesado... Alguna veces ella se despide bruscamente, se hunde en su lancha roja, se borra en el mar.
—¡Adiós, adiós! ¡Te traeré queso y manzanas!—Y Mauricio, plantado en la arena, la ve marchar hacia un islote verde que sirve de merendero a los turistas. Mauricio no puede ir allá, pero a la vuelta, Susana le traerá merienda: queso, frutas, algún trozo de embutido. Mauricio lo come lenta mente, sentado en la arena, mientras el mar se merienda también muy despacio el sol, gran naranja encendida. Cuando termina la merienda, ya hace frío, y el mar se enfurruña como todas las noches. Hay riñas entre él y las nubes. Todo se mezcla. Arriba y abajo, todo es ya mar, un mar borroso, sin colores verdes, azules y violetas. Un doble mar gris, ceniciento, negro, fosco, irritante. Mauricio le arroja los despojos del salchichón y de la fruta y se aleja sin volver la cabeza. Aquel amigo le fastidia un poco. Le trae juguetes muy sucios. Nunca bombones, como Susana. Desde entonces ya solo quiere a la niña forastera.

Aquel domingo vienen los muchachos, riendo, saltando, como siempre. Mauricio busca entre ellos a Susana. Susana no viene. Espera un poco... ¡No viene, no viene! Mira con sus grandes ojos azules a los niños. No sabe preguntarles de otro modo. Pero los niños sólo saben el idioma del colegio, aun no saben el idioma del instinto. Al fin uno de ellos grita:
—¡Eh! ¡Susana ya no viene! ¡Susana ya no viene! ¡Ni vendrá!
El sólo oye una palabra. El sólo ve un gesto de burla. Mauricio no conoce los tiempo del verbo. Viene... Vendrá... Para él es lo mismo. Sólo oye: Susana... Susana... Como un perrillo entiende el nombre de la niña
Se sienta muy triste en la arena, frente a los rapaces. Pero, de pronto, le entra una alegría... ¡Ya, ya lo sabe! Susana fue a merendar. Sólo que él no estaba allí cuando zarpó la lanchita. Susana está en el islote. Le traerá salchichón y manzanas. Y un trozo de aquel pan tan sabroso, que amasan para los dientecillos blancos de Susana. Mauricio espera. Ella volverá más tarde, al ponerse el sol. La traerán las sombras. Cuando Susana abandona el agua, el mar se queda muy triste y muy frío, merendándose el último pedazo de sol rojo... Espera, hasta muy tarde. No ha comido nada, desde la mañana. Todos han merendado, hasta el mar. Él esperaba el regreso de la lanchita color de sangre donde brinca la risa de Susana, donde se alzan aquellas manitas blancas brindándole fruta. No viene. Ya es de noche, muy de noche. El mar ruge desesperadamente, como león hambriento. ¡Que se trague la fría rodaja de la luna! Pero esa no le gusta. Ruge toda la noche, llamando al sol, siempre nuevo, siempre tan sabroso, tan caliente. Mauricio se cansa de esperar. Allí en el islote, Susana le habrá olvidado. Y él tiene hambre. Lo mejor es ir a buscarla. Sí, sí. Lo mejor es ir a buscarla. Vacila un instante... Por fin se interna en el mar. Va hundiéndose... Allí, en el islote, le aguarda Susana, con su pastilla de jabón de olor, con sus bombones. Rectilíneo, iluminado, va siguiendo su ruta, en brazos del mar, su viejo amigo, hacia la pequeña novia. Avanza, desaparece.
…Al día siguiente, las olas dejan en la arena otro regalo de Susana, la gorrita azul de Mauricio.