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jueves, 8 de febrero de 2018

EL LOBO SE VISTE CON PIEL DE CORDERO


 
 
Reescritura y adaptación de texto leído en internet.
Resultado de imagen de el lobo se viste con piel de cordero


Abrió los ojos. Desconocía cuánto tiempo había estado inconsciente. Parpadeó varias veces; todo era difuso. El olor a líquido antiséptico le penetraba la nariz. Al enfocar, vio los viales en su brazo derecho conectados a dos goteros. La luz azulada de un monitor dibujaba en la penumbra sus latidos y constantes. Pronto comprendió que aquella cama en la que estaba postrado y aquella habitación eran las de un hospital.

Trató de hablar, en vano: algo no iba bien en su garganta, como si se la hubieran lijado por dentro. Minutos después —que, en la desoladora soledad, le parecieron horas— vio entrar a una joven con bata blanca. Era una enfermera. Levantó el brazo libre para llamar su atención, pero apenas pudo moverlo unos centímetros; no obstante, fueron suficientes para que ella se acercara y le hablara, sonriente.

No atinaba a escuchar bien su voz, pero pudo entender, leyendo sus labios, que lo habían «operado» y que «todo había salido bien», así como el día que era: «sábado».
¿Sábado?, se preguntó. Hizo memoria. Su último recuerdo era de un miércoles; llevaba allí tres días. ¡Tres días inconsciente!

Los recuerdos pugnaban por salir. Ese miércoles —recordó— conversaba con un compañero en la puerta de la comisaría sobre los recientes incidentes que habían costado la vida a varios policías. Hacía hincapié en la necesidad de extremar las medidas de autoprotección, aunque supusieran un esfuerzo mental y un estrés insoportable. La situación no se estaba poniendo negra: ya lo estaba desde hacía tiempo, por ETA, por GRAPO y por los demás que se sumaban. Eso le decía, y el otro asentía todo el tiempo.

Acababan de relevar al del puesto de seguridad un rato, para que pudiera tomarse un café. Todo parecía en calma: no había abierto el DNI y la sala de espera estaba vacía, cuando, cortando la conversación, apareció ella en el umbral.

Se trataba de una vieja conocida de la policía, de cuyas obras y andanzas daban cuenta medio centenar de folios en legajos apilados en una estantería del Archivo; de las que pasan mucho tiempo en dependencias sin abonar su estancia. Alguien que los había hecho trabajar en más de una ocasión.

Comprobaron enseguida que su estado era lamentable: desaliñada, vestida con harapos, con el pelo mal cortado y grasiento, peinado de manera estrafalaria. Desprendía un olor nauseabundo, mezcla de orín y sudor; parecía que hacía tiempo que no conocía ni el agua caliente ni el jabón. Ese hedor contrastaba con el antiséptico del hospital, que ahora se mezclaba en su memoria.

Había tenido su primera intervención con ella cinco años antes, cuando trató de matar a su marido. Sufría de celos enfermizos, hasta el punto de decidir que, si no era para ella, lo mejor era que no fuera para nadie. Una noche apuñaló a su esposo mientras dormía. Por suerte, él logró protegerse: el primer cuchillo alcanzó su hombro y los siguientes, sus antebrazos. Sus gritos alertaron a los patrulleros que pasaban por la calle. Entraron raudos por la ventana y la detuvieron, tras desarmarla y evitar arañazos y mordiscos.

De no haber sido por la rápida intervención de él y de su compañero, su marido no lo habría contado. Ella estaba resuelta a terminar lo que había empezado, con la determinación de alguien juramentado.

A la semana siguiente, el juzgado la dejó en libertad por «enajenación mental transitoria», con orden de alejamiento hacia el marido. Pero no tardó ni cuatro días en atentar nuevamente contra él: intentó quemar su vivienda con un trapo impregnado en gasolina. Denunciada, fue detenida otra vez, y volvió a salir jurando venganza.

A la mañana siguiente, envalentonada por su falsa sensación de impunidad, se dirigió en coche al bar donde sabía que su marido desayunaba. Dio varias vueltas a la manzana sin localizarlo. En la última, vio a la camarera en la terraza. Se le cruzaron los cables: aceleró y se lanzó hacia ella. Los clientes saltaron de sus asientos; la camarera soltó la bandeja y retrocedió apenas. Mesas, sillas, vasos y platos volaron por los aires. El coche, sin frenar, terminó empotrado contra la fachada. Nadie resultó atropellado, solo daños materiales y susto. Fue, según testigos, un espectáculo de locura.

A partir de esa fecha no volvió a verla, aunque supo de otras detenciones por pequeños hurtos y peleas. Tres años después recibió una citación como testigo. Ese día, ella estaba en la sala de espera gritando que era la víctima. Durante el juicio, él escuchó sus sollozos y murmullos mientras declaraba. La sentencia fue leve: un año y seis meses de cárcel, que no cumplió, y la orden de alejamiento se reforzó.

Pasaron otros tres años. Cuando la vio de nuevo, estaba irreconocible. Sus ojos y cierta expresión del rostro eran lo único que conservaba intacto. Su mirada, triste y apagada, reflejaba padecimiento y abandono. A pesar de ser joven, parecía ya una momia.

Entró despacio, deteniéndose a dos metros de él. Sin quitarle la vista, hizo un gesto para que se acercara. La tristeza que emanaba le hizo recorrer el trecho que los separaba. La saludó y preguntó qué necesitaba. Ella comenzó a llorar, entre hipidos, y le contó que estaba abandonada, durmiendo en la calle, mendigando, que recogía sobras de contenedores para comer. Le explicó que sufría un trastorno psicológico, pero no podía costear tratamiento ni recibir ayuda voluntaria. Finalmente, casi arrodillada, le dio las gracias.

—No hay por qué darlas.
—Gracias —repitió—. Aunque tenga esta vida miserable, recuerdo que tú, a pesar de haberme detenido, me ayudaste a comprender mi locura.

Se acercó más, le puso la mano sobre el hombro y pareció pedir perdón. Él permitió que lo abrazara ligeramente. Unos segundos después, sintió un agudo dolor en el pecho. Al apartarla vio el filo ensangrentado de un puñal en su mano. Se palpó la humedad caliente recorriendo su torso y, horrorizado, vio sus manos llenas de sangre. Se nubló la vista y cayó mientras escuchaba gritos y golpes. La oscuridad y el silencio lo envolvieron.

Soñó largo rato. Soñando, volvía por la calle de sus recuerdos, contra el crepúsculo.

Al mirar el reloj de la mesita eran las 21:00 del sábado; hacía apenas veinte minutos que había recobrado la consciencia. Estaba en el área de observación del hospital, fuera de peligro, y la sangre que creyó de ella —un brote de locura y suicidio— era en realidad suya. El apuñalado no era otro que él mismo.

Llevaba más de quince años en el cuerpo y aún le quedaban muchas cosas por aprender. La primera: no dejarse llevar por los sentimientos y no confiar jamás en nadie, por muy ángel desvalido que parezca. La segunda: mantener siempre las medidas de autoprotección. La tercera: que, en caso de duda, no hay dudas. Tres normas que ya no olvidaría.

Una mueca que pretendía ser sonrisa se dibujó en sus labios. Horas después le retirarían el tubo de respiración. Más tarde, recuperada la posibilidad de hablar, sería informado de que ella había recibido finalmente el lugar perfecto donde vivir: el Área de Psiquiatría de la Prisión de Mujeres. Su última frase antes de entrar al calabozo fue:

—Dadles las gracias a vuestro compañero; él siempre me ha ayudado. Gracias a él ya tengo un lugar donde me van a curar.

FIN

 

 

 




 

miércoles, 7 de febrero de 2018

EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA



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En 1970, coincidiendo con la discusión en las Cortes españolas del proyecto de Ley General de Educación —que habría de traer, no tardando, la EGB—, se inició una campaña en Cataluña a favor de que el catalán se enseñara en las escuelas: «Català a l’escola» era el lema. Corporaciones, entidades, prensa e intelectuales de toda Cataluña la secundaron y, de una u otra manera, cada cual en la medida de sus circunstancias, le mostraron su apoyo. La cosa tuvo su difusión, la campana sonaba pero, aun así, se dieron cuenta de que no tenían buen badajo y los ecos no llegarían donde debían; les faltaba el apoyo de algún intelectual de fuera, a quien además los del Régimen, que estaban muy renuentes a la concesión de sus demandas (recordemos que lo que se reclamaba era, en principio, una asignatura llamada catalán), tuvieran en alta consideración.

Y es aquí donde entra, en ese momento histórico para las pretensiones de reconocimiento de los catalanohablantes, alguien, una persona cuyo artículo publicado en el ABC tendría una importancia singular. Nos estamos refiriendo al académico de la lengua y prolífico escritor don José María Pemán, hombre de ideas monárquicas y conservadoras. Se lo pidió su amigo y tocayo José María Areilza, igualmente monárquico pero más liberal, por teléfono, a resultas de una petición que le hizo Josep Andreu Abelló, abogado militante de ERC, vuelto del exilio en los sesenta. Y Pemán, sin titubear, aceptó escribir el artículo que se le solicitaba, como erudito y como defensor que era de causas nobles. Al día siguiente, Pemán estaba en Madrid y, al cabo de unas horas, entregaba a Areilza una copia del artículo que había escrito y que, magistral como solía, había titulado: «El catalán: un vaso de agua clara».

El artículo fue reproducido en la mayor parte de la prensa española de la época, incluida La Vanguardia, y mereció el agradecimiento sincero de todos los catalanes, que ni de lejos soñaban con que apenas tres décadas después lo que se llegaría a tener que solicitar, pero de la Generalitat, sería justamente lo contrario: que se pudiera enseñar —también y además— en español en las escuelas de Cataluña. «El castellano en la escuela».

Hoy, cuando Pemán está siendo objeto de un enconado ataque que trata de desprestigiarlo como escritor e intelectual únicamente por sus ideas, conviene recordar este artículo.



EL CATALÁN: UN VASO DE AGUA CLARA
1970 (ABC)
Por José María Pemán

Venir a Madrid, de cuando en cuando, es un modo de encontrar los problemas sociopolíticos ya planteados, ya en su período emocional y confuso. Es como llegar a una comedia en el segundo acto, cuando el desenlace se vislumbra cercano y las fuerzas dramáticas presionan para que ese desenlace sea de este modo o del contrario.

En esta ocasión me encuentro —¡otra vez!— el problema del idioma catalán revivido con ocasión de la enseñanza en las escuelas. Pienso que el primer problema del catalán como idioma es este de calificarlo como «problema». En este caso, como en otros muchos, el problema es el modo de manipular una cosa que en sí misma no lo es. El catalán, en sí, no es un problema: es una evidencia. Lo que ocurre es que las evidencias cobran fisonomía contorsionada de problema cuando son manejadas por los políticos, ¡que esos sí son un problema!

Ahora el tema echa chispas, porque en las Cortes, con ocasión de discutirse la Ley de Enseñanza, se ha dicho que se tuviera cuidado con el catalán, que podía ser portador de virus políticos. Es otra vez la suspicacia renacida. Desde el día siguiente de la liberación de Cataluña se vio el camino que iban a emprender algunos, reincidiendo en pasados errores. Estuve en Barcelona en los primeros días. Aparecieron calles y esquinas empapeladas de tiras o rótulos inoficiales con este texto: «No hables catalán, habla la lengua del Imperio». Se iniciaba esa fórmula que había de emplearse en muchas cosas: contestar a los hechos con los vocabularios.

A mí me invitaron poco después para ser mantenedor de los Jocs Florals, que iban a reanudar la vieja tradición provenzal. La invitación iba acompañada de unas notas en las que se me adelantaba que no admitirían poemas escritos en catalán. También, confidencialmente, se me rogaba que no hiciera la exaltación de Joan Boscán, el primer poeta catalán que, a finales del siglo XV, escribió versos en castellano. Contesté excusándome, porque vi claramente que se organizaba un acto «separatista»: que de una raya o frontera tanto puede uno separarse de un lado como de otro; y por una ley dinámica social el tirón hacia dentro es correlativo e inseparable del empujón hacia fuera.

Estaba claro que algunos estaban dispuestos a reincidir en la viciosa distribución arbitraria de buenos y malos. Por aquellos días, en el orden cultural, se armó revuelo cuando D’Ors publicó una «lista de las cosas que los griegos no tenían», en la que enumeraba, al lado de las gafas o la bufanda, la confesión vocal. Ahora se redactaba la nueva lista de cosas malas con igual convencionalismo: los partidos, el parlamento, la prensa…, el idioma catalán.

Clasificadas así las cosas, se les aplicaban soluciones absolutistas, enmendándole la plana a Dios, que, por ejemplo, prohíbe el adulterio, pero no prohíbe, curándose en salud, que salgan las mujeres a la calle, que las puertas tengan llavines, que los hombres se suban el cuello del abrigo y otra porción de cosas que indudablemente facilitan la consumación del pecado. Guillotinando al enfermo se cura evidentemente su dolor de cabeza. Prohibiendo aprender a hablar el catalán, es seguro que en catalán no se dirá ninguna cosa desagradable o contraria al pensamiento del que hace la prohibición.

Para darse cuenta de que el catalán es una realidad evidente y biológica basta observar el actual episodio. Plantean el tema restrictivamente los políticos y le replican a coro la cultura, la antropología, el romanticismo. Se cita la Pacem in Terris, de Juan XXIII, donde se dice que hay que «promover el desarrollo humano de las minorías, con medidas eficaces en favor de su lengua, su cultura o sus costumbres». Se citan también parecidas consignas de la UNESCO.

Está bien claro que el tema tiene raíces trascendentales muy por encima de la pura política. Es bien claro que si se anuncia un proyecto de ley económica, mercantil o financiera acuden a opinar, convocados o espontáneamente, las cámaras profesionales, las empresas, los sindicatos. Pero cuando lo que se plantea, como ahora, es el tema de la lengua catalana, acuden con una ensordecedora espontaneidad los ateneos, los clubes de fútbol, los catedráticos, los teatros de aficionados, las parroquias, los grandes almacenes… Está bien claro: es la vida en su totalidad espiritual y física la que se ha sentido convocada.

Todas estas realidades vivas se sienten dolidas al ver que, como se propone cachear a los viajeros de las líneas de aviación previendo la piratería aérea, se propongan algunos cachear al catalán por si lleva virus escondidos. No se comprende que estamos ante hechos biológicos que se escapan de las manos. El día en que Menéndez Pelayo fue mantenedor de unos Jocs Florals, pronunciando en catalán parte de su discurso, y en que el poeta premiado con la «englantina de oro» era Jacinto Verdaguer, que declamó parte de su Atlántida, desde ese día había un hecho irreversible que la política no podía desconocer, porque no era de la familia de las leyes o los decretos, sino de la familia de la biología y la física, como la montaña de Montserrat, el Llobregat o el Mediterráneo.

Todavía son muchos los que escriben preguntando si el catalán o el gallego son lenguas o dialectos. Creen que esta es una jerarquía administrativa que se dictamina desde fuera. Se es lengua cuando se tiene alojada en sus palabras una gran literatura. Nadie puede votar a Curros Enríquez, Rosalía de Castro, Verdaguer, Maragall o Sagarra. Hay pueblos bilingües, eso es todo. Son muchos los catalanes que, aunque hablen perfectamente el castellano, piensan en catalán. No vale dar distinto valor al hecho de pensar en una lengua cuando hay dos, según el enfoque polémico del tema. En Puerto Rico, cada día más, se habla el inglés por personas que piensan en español. Le puede salir el tiro por la culata y herir a la Hispanidad al que no valora en el pleito del catalán lo que es la lengua del pensamiento.

Hay que superar esa tendencia muy española a enfocar las cosas en un sentido positivo y resignado, en vez de creador y activo. Es el caso de los beatos y escrupulosos que, cuando el Papa decretó el permiso de beber agua, sin límite de tiempo, antes de la comunión, encaraban el hecho como una condescendencia melancólica a la que había llegado el Papa porque no tenía más remedio, sin entender que el episodio tenía un valor positivo y que lo que el Papa hacía era ensanchar las posibilidades de los comulgantes frente a las dificultades y limitaciones de la antigua regla del ayuno, a la que quería poner remedio. Lo que nos asombra no es que lo hiciera así, sino que durante tantos años y siglos se mantuviera esa suspicacia de impureza frente a una criatura tan limpia y transparente como el agua.

Del mismo modo, el catalán no es un hecho que se «conlleva» o al que uno se resigna. Es un hecho no pasivo, sino activo, que significa enriquecimiento y aumento para España. Transparente el contenido y cristalino el continente, nada hay en este tema que sea resignación o componenda. Hablar, leer o aprender el catalán es un hecho simplicísimo. Se trata de beber un vaso de agua clara.