Mauricio, el tonto, sentado en la arena, contempla el vaivén del mar; y no es simplemente la visión de las olas lo que lo atrae, sino la cadencia del agua, su respiración rítmica, el modo en que sube y baja como si el mundo entero respirara con él, como si la tierra, el cielo y el océano fuesen un único ser, indiferente y benevolente a la vez, recordándonos que la grandeza de la naturaleza es, en ocasiones, la única que entiende a quienes la sociedad llama inútiles o distintos. Va descalzo, vestido con andrajos que el invierno le ha proporcionado —los restos de casas, los jirones que nadie quiere—; y en verano esos jirones se le van cayendo poco a poco, dejando su cuerpo casi desnudo, sin que él sienta frío, porque su abrigo es el mar, y su calor, el sol que lo toca con generosidad. Apenas le basta un pedazo de camisa, un guiñapo de pantalón; y para el sustento, un mendrugo que alguien le arroja con compasión, un pan que podría parecer insuficiente a ojos de cualquiera, pero que para Mauricio es festín, regalo y milagro de la vida misma.
Sentado en la arena, observa cómo la espuma sube por sus piernas, le ciñe la cintura y le moja la cara; la deja lamer los pies y se entrega al deleite simple de esa caricia salada y tibia; y en ella hay tanto consuelo que los eruditos más doctos y los moralistas más severos podrían aprender, si quisieran, cuán grande es la felicidad de un niño que posee, como único tesoro, la libertad, la inocencia y un amigo que no habla, pero ruge: el mar. Otros niños tienen madres, hermanas, algún abuelo que los cuide, libros que los instruyan, juguetes que les enseñen reglas; Mauricio tiene el mar, ancho, rizado, verde, blanco, azul; y este mar, que algunos podrían considerar indiferente, le trae cada día un regalo inesperado: un puño de bastón, un zapato, un caracol maravilloso, puñados de conchas y objetos que él no sabe nombrar y que a veces lo asustan, y en ese miedo hay ya un primer aprendizaje de la vida: que no todo lo que llega es benigno, pero todo es valioso si se contempla con ojos de asombro.
—¡Uh! ¡Uh! —grita Mauricio, adelantándose a recoger los juguetes, huyendo de lo que teme, guardando lo que le agrada en un escondite secreto que nadie conoce, porque él habla un idioma que los demás niños no comprenden, y que los maestros miran con tristeza o con miedo, como si la diferencia fuera pecado. Una tarde lo llevaron al colegio y los niños se burlaron de él; el maestro lo miraba con compasión, y desde ese día Mauricio no volvió. Otros niños tienen libros y aprenden ciencia, letras y travesuras; Mauricio sólo tiene el mar, que no lee, que no habla, pero ruge como él, a veces dulcemente, otras con furia, según su ánimo, y el mar y él se entienden, porque ambos son inocentes y libres, y ambos conocen la grandeza de la paciencia y del tiempo que fluye sin medida. Mauricio ruge como un leoncillo hambriento, y la arena se hunde bajo sus pies, dócil y paciente, como si también comprendiera la grandeza de aquel pequeño ser, despreciado por unos y admirado por quienes saben ver.
Cuando le llaman para darle pan, acude con alegría; cuando le dan un golpe, lo recibe también riendo. Apenas distingue caricia de insulto; acude brincando de gozo, tanto si le dicen: «¡Ven aquí, idiota!» como si le dicen: «¡Ven aquí, hijito!». Recoge el pan, las manzanas o el golpe, y vuelve a la arena, a mirar el mar, a esperar otro regalo que la vida le depare, con la misma paciencia con que el agricultor espera la lluvia o el navegante contempla el horizonte, sabiendo que todo llega en su tiempo.
Cuando el mar se vuelve sombrío, cuando sus aguas pierden los colores del amanecer y sólo queda plomo y ceniza sobre su piel ondulante; cuando las olas empujan al sol y el cielo se apaga, Mauricio se levanta y se hunde despacito en las callejas del pueblo, hasta llegar a la casita de mendigos, donde hay un montón de paja y guiñapos. Allí se tiende, escuchando el bramido del mar, su camarada fiel, y se duerme, no tan blando como la arena, pero suficiente para sus sueños y para el reposo del corazón que ha aprendido a encontrar la belleza en lo simple, en lo despojado, en lo que los demás desechan.
El domingo bajan los niños a la playa y, en una lancha roja, llega Susana, una niña tostada por el sol, semidesnuda y alegre, con la gracia natural de quienes aún no saben que la vida será algún día más dura que el juego y más corta que la alegría, y Mauricio la mira con sus grandes ojos, donde nada dice, donde sólo hay un poco de azul y un granito de sol. Ella le da bombones: dulces, ternos, como las caricias que un ser humano puede recibir sin pedirlas, y el mundo, por un instante, se convierte en un lugar justo y hermoso.
—Para ti, Mauricio. ¿Quieres jugar con nosotros?—No sabe jugar. Es tonto.—No importa. Se sentará conmigo. Le peinaré, porque va muy sucio.Así empieza la amistad, que es el milagro más grande que puede recibir un niño sin nombre ni fortuna: Susana y Mauricio, y el mar que los acompaña, y los regalos que el viento y las olas traen con generosidad infinita. Susana le acaricia la frente, le atusa el pelo; algunas tardes lleva jabón y peine, otras aguja e hilo, y cose su camisa y un rasguño del pantalón; otro día le lleva una gorrita azul y bombones siempre, dulces como su voz, suaves como sus manos, finas como el musgo recién lavado de las rocas. Mauricio le toca el pelo rubio y las manos, embelesado; algunas veces ella se despide bruscamente, se hunde en la lancha roja, desaparece en el horizonte, pero deja promesas, regalos, cariño; y Mauricio espera, paciente, sentado en la arena, mientras el sol se merienda lentamente en el mar, gran naranja encendida, y la tarde cae y el frío lo alcanza, y el mar se enfurruña, y las nubes riñen con él, y todo se mezcla, arriba y abajo, todo es ya un mar borroso, doble, gris, ceniciento, negro, irritante; y Mauricio le arroja restos de fruta y salchichón y se aleja sin mirar atrás, porque aquel amigo le molesta, porque no trae bombones; sólo quiere a Susana, a la niña forastera, a su amiga, a su compañera de juegos y ternura.
Cuando no llega, se entristece, pero pronto recuerda que ella está en el islote, merendando; traerá salchichón, frutas, pan; y él esperará hasta el último rayo de sol, porque el tiempo es largo para quienes saben mirar y esperar. El mar ruge desesperadamente, hambriento y protector, reclamando luz y calor. Mauricio se cansa de esperar y decide buscarla: se interna en el mar, dejándose llevar, rectilíneo, iluminado, siguiendo la ruta que el viejo amigo, el mar, le indica, hasta la pequeña novia; avanza, desaparece.
…Al día siguiente, las olas dejan en la arena otro regalo: la gorrita azul de Mauricio, enviada por Susana, signo de ternura y de amistad que ni el tiempo ni la distancia podrán borrar; y el mar, que lo ha visto todo, lo acompaña en silencio, guardián de los desposeídos, cómplice del inocente, testigo de la belleza simple que habita aún en el corazón humano.
©Humberto 2022.
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