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lunes, 20 de abril de 2026

Zanjas y culatazos: Guardia Civil contra Policía Municipal

 Zanjas y culatazos: Guardia Civil contra Policía Municipal





Madrid, 1922. Una ciudad todavía manejable, pero ya con pretensiones de capital europea y, sobre todo, llena de zanjas. No eran cicatrices de guerra, sino promesas de futuro: el Metro, con apenas tres años de vida, rápido, moderno y demasiado popular. Y donde hay éxito, la política huele dinero.

El alcalde, Álvaro Figueroa, marqués de Villabrágima —hijo del conde de Romanones y político de cuna—, decidió que aquello había que ordeñarlo. Impuso al Metro un canon desorbitado, treinta veces mayor que el de los tranvías. La compañía se negó. El alcalde, ofendido, hizo lo que hacen algunos cuando la realidad no coopera: prohibió la realidad. Suspendió las obras.

El 20 de marzo de 1922 la comedia se volvió tragedia con toques de sainete. Técnicos municipales, escoltados por un teniente de alcalde, se presentaron en la estación en obras de Puerta de Atocha para una inspección que podía implicar la paralización. No llegaron lejos. La seguridad, reforzada por la Guardia Civil, los expulsó sin contemplaciones. Media hora después apareció el propio alcalde, acompañado de concejales y de la Policía Municipal. Tampoco hubo paso.

El sub­jefe de la Guardia Municipal, Manuel Garrido, decidió entonces forzar la entrada. Mala idea. La Guardia Civil lo derribó a culatazos y amartilló las armas. Durante unos segundos, las pistolas apuntaron al grupo formado por el alcalde y sus concejales. Madrid estuvo, literalmente, a un mal gesto de que la autoridad civil y la fuerza pública se liaran a tiros por un agujero en el suelo.

La cosa no quedó ahí. Los incidentes se extendieron por toda la ciudad, porque Madrid era entonces un mapa de zanjas. Frente al Ministerio de la Guerra, el jefe de la Guardia Municipal, Eduardo Martínez Camarero, vio cómo un guardia municipal recibía sablazos de un miembro de la Benemérita. Acudió en su ayuda y un cabo de caballería cargó contra él con el caballo. Hubo detenciones de autoridades, empujones, culatazos y cargas a caballo en la calle de Alcalá. La capital parecía menos una ciudad moderna que un episodio de pronunciamiento decimonónico.

Mientras tanto, el ministro de Gobernación, el aragonés Vicente Piniés, decidió cortar por lo sano. Fue al Teatro Real, donde estaba el rey, con un decreto bajo el brazo. Alfonso XIII —accionista del Metro, para mayor ironía— lo firmó sin pestañear. Aquella misma noche, Villabrágima dejó de ser alcalde.

Madrid, que siempre ha tenido el sarcasmo afilado, remató la faena.
—¿Pasa el Metro por debajo del Ayuntamiento? —preguntaba uno.
—No —respondía otro—, le ha pasado por encima.

Y así quedó la historia: una ciudad con zanjas, un alcalde cesado y la confirmación de que, en España, el progreso a veces avanza entre culatazos, decretos de madrugada y mucho humor negro.



 

jueves, 26 de marzo de 2026

Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936


 Oviedo cercada: promesa y acero en el otoño de 1936





La noche del 17 de julio de 1936 cayó sobre Oviedo con una gravedad que no traían los relojes, sino los rumores. En los cafés se hablaba bajo; en los balcones, las sombras parecían escuchar. Llegaban noticias desde Marruecos, noticias de pólvora y de disciplina, de columnas que se alzaban como si el mapa de España hubiese decidido erguirse sobre sí mismo. Y, como si la ciudad hubiese oído un toque de campana invisible, el Frente Popular llamó a sus militantes, y Oviedo comenzó a llenarse de pasos apresurados y de voces tensas. 

A la mañana del día 18, aún con la bruma del amanecer apoyada en las torres, el coronel Aranda —recto como una espada en su vaina— ordenó la concentración de la Guardia Civil. Desde los caminos asturianos comenzaron a llegar, silenciosos y firmes, los guardias, mientras la ciudad, por su parte, se llenaba de obreros y mineros descendidos de las cuencas. Venían con mono y pañuelo rojo, como si el trabajo y la lucha se hubieran fundido en un mismo uniforme. Algunos traían armas guardadas desde la tormenta del 34; otros sólo traían la determinación, que a veces pesa más que el hierro. 

El gobernador civil pidió armas; Aranda pidió órdenes. La ciudad pidió certezas; nadie las tenía. Y aun así, doscientos mosquetones fueron entregados en Santa Clara, como si aquel gesto fuese una chispa arrojada sobre un campo seco. Mientras tanto, en la estación, partía la llamada expedición de mineros hacia Madrid. El tren avanzó entre vapores, y parecía que Asturias misma, hecha de carbón y de coraje, enviaba su aliento hacia la capital. 

El día 19 amaneció con la inquietud prendida en los tejados. Las armas no bastaban, y la exigencia crecía. Llegó la orden del ministro; llegó también la respuesta de Aranda, escrita con tinta que parecía acero: no cumplir, por honor y por patria. En la Sala de Banderas, los oficiales escucharon palabras que no eran sólo órdenes, sino destino. Había que dominar Oviedo, reducir los focos, evitar una lucha inútil… aunque nadie ignoraba que la lucha ya respiraba en las calles. 

Fue entonces cuando el nombre del comandante Caballero cobró relieve, como esas figuras que, al cambiar la luz, emergen con nitidez del fondo del cuadro. Nacido en Vitoria en 1890, había abrazado la milicia casi desde la adolescencia, y su vida se había ido templando, año tras año, en la disciplina del cuartel y en el cumplimiento silencioso del deber. En la revolución de 1934 defendió el Gobierno Civil, y más tarde mandó el 10.º Grupo de Asalto en Oviedo, donde su figura quedó asociada al orden firme y a la autoridad sin aspavientos. 

Los sucesos políticos de 1936 y la llegada del nuevo poder le apartaron del Cuerpo; pidió la baja y marchó a Zaragoza, como quien se retira con dignidad, sin ruido ni queja. Pero la historia —que a veces llama a los hombres por su nombre— lo trajo de nuevo a Asturias en las vísperas decisivas. Volvió para colaborar con Aranda, y en su gesto había esa serenidad grave del profesional que no improvisa y esa resolución íntima del hombre que sabe que los instantes decisivos no admiten demora, porque la historia, cuando pasa, no concede prórrogas ni segundas oportunidades

Cuando llegó al Regimiento Milán se presentó al coronel Aranda. Las palabras entre ambos fueron breves, casi ceremoniales: la guarnición estaba unida al movimiento y sólo quedaban indecisas las compañías de Asalto. Caballero respondió sin vacilar que estaba al servicio de España, y prometió dominar el cuartel de Santa Clara antes de una hora.

Se encaminó hacia allí con unos pocos hombres. Ante el retén que vigilaba el acceso, avanzó solo, con una mezcla de audacia y autoridad. Dio a escoger: obedecerle o disparar. Los guardias, conmovidos por su determinación, se pusieron a sus órdenes. El cuartel estaba lleno de milicianos armándose; subieron por escaleras estrechas, se produjeron disparos, y Caballero recibió un rasponazo en el hombro. Aun así, se asomó y proclamó que el cuartel quedaba bajo control. La confusión se adueñó del patio; los resistentes se replegaron, y en menos de una hora, como había prometido, Santa Clara quedó dominado.
Aranda dispuso entonces la defensa. Se ocuparon posiciones, se aseguró la Loma de Pando, y el 20 de julio, a las diez, una compañía salió con bandera, banda y música. Sonó el himno de Riego, y entre notas y fusiles, se declaró el estado de guerra. Era una escena casi ceremonial, como si la historia, incluso en su crudeza, no quisiera renunciar a cierta solemnidad.
 
Los meses de julio y agosto pasaron con una calma engañosa. En septiembre, la presión se hizo más dura; en octubre, el cerco se cerró. En los combates de la Loma del Canto cayó el teniente coronel Iglesias, y Caballero, al conocer la noticia, marchó a hacerse cargo de la posición. Recuperó una altura perdida y continuó alentando a los defensores hasta que una herida gravísima en la cabeza lo derribó. No murió, pero perdió un ojo, como si la guerra hubiese querido dejar en su rostro la señal permanente de aquellos días. 
Y cuando todo parecía inclinarse hacia el derrumbe, en la noche del 16 al 17 de octubre, desde El Escamplero avanzó la columna de socorro. Marchaba con urgencia, con ese paso que sólo conocen quienes saben que el tiempo es un enemigo más. Al atardecer del día 17, en la calle Independencia, se produjo el encuentro: defensores y socorristas se reconocieron entre el polvo y la emoción. El cerco se había roto. Y fue como si, de pronto, la ciudad entera hubiese recuperado el pulso, como quien, tras larga congoja, vuelve a sentir el aire limpio en los pulmones. Oviedo respiraba; respiraba con ese aliento hondo y agradecido que sólo conocen las plazas que han mirado de cerca a la muerte y han decidido seguir viviendo. 

Luego vendrían los años, con su cortejo inevitable de cargos, honores y controversias; la vida —que siempre prosigue— llevaría al comandante, ya general, por caminos más serenos, lejos del fragor de aquellos días encendidos. Pero Oviedo, celosa guardiana de su memoria, conservaría en lo más íntimo la estampa de aquel octubre: una ciudad cercada como una fortaleza antigua, unos hombres firmes como columnas, y entre ellos la figura de quien había empeñado su palabra y la había cumplido con la exactitud solemne de un juramento. 

Y la ciudad, herida pero erguida, contempló el crepúsculo con esa emoción silenciosa de quien vuelve a ver la luz después de una larga vigilia. Porque hay instantes en que la historia no se escribe con tinta ni con discursos, sino con el latido obstinado de una ciudad que, aun sangrando, decide no arrodillarse. Y entonces —como en aquella tarde— el cielo parece más alto, las campanas más hondas y la patria, aunque fatigada, vuelve a sentirse viva.

lunes, 23 de marzo de 2026

El entierro a tiros

El entierro a tiros

 



La Segunda República española fue cosa rara, tirando a esperpento, como esas comidas recalentadas que uno no sabe si le van a sentar mal o a matarlo directamente. Y lo peor no fue lo que pasó —que ya tuvo tela—, sino lo que algunos han contado después, con más fantasía que vergüenza. Porque hay que tener cuajo para convertir aquel lodazal en una función de teatro mal ensayada, con héroes de cartón y villanos de opereta. No hacía falta. La realidad ya venía lo bastante torcida.
El 14 de abril de 1936, aniversario de la criatura, Madrid se puso de tiros largos, o eso pretendía. Desfile por la Castellana, banderas, música, autoridades en tribuna. Arriba, Manuel Azaña, serio como una mala noticia, bajo la bandera tricolor. Abajo, milicianos socialistas vestidos con camisa azul, corbata roja y pañuelo al cuello, como si no acabaran de decidir si iban a una romería o a partirle la cara a alguien. España, ese país donde lo grotesco se toma en serio.

El desfile empezó sin novedad, que ya era novedad en sí misma. Pero a los veinte minutos apareció un tal Isidro Ojeda, falangista, con ganas de dejar su firma. Se acercó a la tribuna y lanzó un artefacto que hizo ruido y humo. Una traca, poca cosa. Pero bastó para que el personal se pusiera a correr como gallinas sin cabeza. Durante unos segundos, el miedo se hizo dueño del aire, espeso y caliente. Azaña no se movió. Otros sí. Cada cual se retrata como puede.
La cosa se calmó, pero sólo lo justo. Porque cuando pasó la Guardia Civil, empezaron los gritos: unos aplaudiendo, otros berreando vivas a Rusia y mueras al Cuerpo. Y entonces, como quien no quiere la cosa, sonaron tiros. El alférez Anastasio de los Reyes estaba por allí, de paisano, mirando el desfile como quien mira llover. No tenía obligación de meterse en líos. Pero se metió. Quizá por oficio, quizá por carácter, quizá porque en aquel tiempo uno acababa haciendo lo que no quería. Intentó poner orden. Y acabó en el suelo, con un tiro por la espalda.

Murió allí mismo, en mitad de la calle, sin épica y sin música. Después vino el resto, que es donde la historia se vuelve más sucia. El Gobierno quiso enterrar el asunto deprisa y sin ruido, como quien barre debajo de la alfombra. Funeral discreto, sin alboroto. Pero la familia y algunos mandos dijeron que no, que aquello no se tapaba así. Y entonces pasó lo que pasa cuando la autoridad se queda en palabras: que otros hacen lo que les da la gana.
Fueron al depósito, se llevaron el cadáver y santas pascuas. Sin permiso, sin papeles y sin pedir perdón. A plena luz del día. Nadie los paró. Nadie pudo. O nadie quiso.

El féretro salió a la calle y empezó a rodar Madrid arriba, acompañado por uniformes, por caras tensas, por gente que olía la tormenta. Aquello ya no era un traslado. Era un desafío.

El entierro, fijado para una hora incómoda, se cambió sobre la marcha. Decisión de los presentes. Desobediencia clara. Y el día señalado, la ciudad entera parecía saberlo. A pesar de órdenes y maniobras, la comitiva fue grande. Y fea.

Porque pronto empezaron los tiros. Otra vez. Disparos desde esquinas, desde ventanas, desde donde se pudiera. La gente respondía. Militares y civiles avanzaban armados, escoltando al muerto como si fuera un tesoro o una excusa. Un entierro con fusiles. Un entierro con miedo. Un entierro con ganas de bronca.

Hubo peleas, carreras, insultos. En un punto, asaltaron un edificio desde donde les disparaban. En otro, alguien propuso llevar el cadáver al Congreso, como si aquello pudiera acabar bien. Por suerte —o por cansancio— no se hizo.

Pero la sangre ya corría. En Manuel Becerra, la cosa se desbordó del todo. Allí estaba el teniente Castillo, con sus hombres, intentando poner orden en un lugar donde el orden ya no existía. Y disparó. Contra la gente. Con bala de verdad. Tal vez por miedo, tal vez por rabia, tal vez porque ya daba igual.

El resultado fue el de siempre cuando se pierde la cabeza: muertos y heridos. Seis muertos. Treinta y dos heridos. En un entierro. Conviene repetirlo, por si alguien no lo ha entendido: en un entierro.
Aquello no fue un accidente. Fue una señal. De que el país estaba roto. De que las dos mitades ya no se hablaban, ni se soportaban, ni se reconocían. De que cualquier chispa podía prender fuego a todo.
Y el Gobierno, mientras tanto, hizo lo que peor podía hacer: mirar a un lado. Castigar a unos, perdonar a otros, y dejar que el resentimiento creciera como mala hierba. Ni siquiera cuando un policía disparó contra la multitud se tomaron medidas serias. Nada. Silencio. Y a otra cosa.
Pero las cosas no se olvidan. Se guardan. Poco después, el propio Castillo caería abatido. Y luego vendría lo demás, que ya se sabe: venganzas, represalias, nombres que hoy suenan en los libros y entonces sonaban a muerte.
El entierro del alférez De los Reyes no empezó la guerra. Pero ayudó. Como ayudan las gotas que colman el vaso, o los empujones que terminan tirando al que ya estaba al borde.
En aquella España, la gente empezó a pensar —y no sin motivo— que era más seguro jugársela contra el Gobierno que quedarse quieto esperando. Y cuando un país llega a eso, lo demás viene solo. Sin prisa, pero sin remedio.



©Humberto 2026 

domingo, 22 de marzo de 2026

«Como Cagancho en Almagro»

 «Como Cagancho en Almagro»



 

Hay expresiones que, aun desvaídas por el tiempo, conservan intacto su nervio. Decir que alguien «queda como Cagancho en Almagro» equivale, todavía hoy, a certificar un fracaso clamoroso, público y sin paliativos. Y lo curioso del caso es que no se trata de una metáfora vaga, sino de un hecho histórico preciso, fechado y, por así decirlo, inmortalizado en la memoria popular.

Conviene, ante todo, presentar al protagonista. Joaquín Rodríguez Ortega, «Cagancho», fue una de las grandes figuras del toreo en las primeras décadas del siglo XX. Y decir “gran figura” entonces era decir mucho más que ahora: en una España donde el fútbol aún no había alcanzado su hegemonía y el cine daba sus primeros pasos, los toros constituían uno de los espectáculos de masas por excelencia. Un torero célebre era, en su ámbito, lo que hoy podría ser una estrella global del deporte o de la música.

Por eso, cuando se anunció su presencia en Almagro el 26 de agosto de 1927, la expectación se desbordó. Aquel pequeño núcleo manchego se vio invadido por una auténtica riada humana. El ferrocarril, principal vía de acceso, llegó repleto hasta lo inverosímil: viajeros en los estribos, en los topes, en cualquier resquicio imaginable. Se pagaban sumas desorbitadas en la reventa por una localidad.

La plaza, como tantas de la época, tenía una elasticidad muy española: siempre cabía uno más. Pero aquel día no cabía nadie. Mucho antes del inicio del festejo, el recinto estaba atestado. El calor, según relatan las crónicas, era insoportable; la espera, larga; el ambiente, denso de rumores. Corría la especie de que el diestro no acudiría. Los nervios crecían. Pero Cagancho llegó, puntual al paseíllo.

La corrida la completaban Antonio Márquez y Manuel del Pozo, matadores de menor relieve. Y ya desde los primeros compases se advirtió que algo no marchaba. El público, fatigado por la espera y el calor, comenzó a impacientarse. Cagancho, por su parte, se mostró ausente, desganado, casi ajeno al espectáculo.

Cuando por fin le correspondió su primer toro, la inquietud se tornó en desagrado. El animal lo desarmó en un quite, obligándole a refugiarse precipitadamente en la barrera. Aquella retirada encendió la chispa. La faena posterior no hizo sino agravar la impresión: el torero, inseguro, evitaba el embroque, huía del riesgo, y ejecutaba la suerte suprema de forma impropia, pinchando en lugares vedados por la más elemental ortodoxia taurina.

El público, que había pagado caro y soportado mucho, comenzó a exteriorizar su enojo. Primero, protestas; luego, lanzamiento de almohadillas; después, de cuanto objeto tuviera a mano. La tensión subía por momentos. El mando de la fuerza pública, intuyendo lo que podía venir, ordenó extremar la vigilancia.

Pero lo peor estaba por llegar.

El último toro de Cagancho, de imponente presencia, sembró el pánico entre los lidiadores. Ni subalternos ni picadores parecían dispuestos a acercarse más de lo imprescindible. Y el propio matador, lejos de sobreponerse, optó por una lidia defensiva, distante, casi caricaturesca. En un momento que las crónicas recogen con asombro, llegó incluso a herir al animal en zonas impropias, desatando la indignación general.

El espectáculo degeneró entonces en caos. El toro, malherido y sin rematar, seguía en pie; el torero, refugiado; y el público, fuera de sí. Sonaron los avisos sin que la faena concluyese. Y, finalmente, la multitud invadió el ruedo.

Cuentan que los espectadores, ya sin freno, comenzaron a perseguir a Joaquín Rodríguez Ortega, quien, espada en mano, buscaba la salida con más prisa que concierto. En tal trance, uno de ellos, asiéndolo por el cuello, lo volvió hacia el ruedo y le increpó con una frase que ha quedado como cifra de aquella indignación colectiva:

—¡Al toro, hombre! ¡Cobarde!

Lo que siguió fue una escena de tumulto. La multitud, enardecida, cercó al diestro con ánimo de agredirlo, mientras el toro —aún vivo— añadía peligro a la confusión. Solo la intervención decidida de la Guardia Civil y de fuerzas de Caballería logró, no sin dificultad, restablecer un mínimo de orden y evacuar al torero, protegido por un cordón de agentes y bajo una lluvia de insultos y objetos.

La jornada no terminó ahí. En los alrededores de la plaza se produjeron disturbios, cargas y enfrentamientos. Aquella tarde, Almagro vivió algo más que una mala corrida: vivió una auténtica conmoción colectiva.

El eco fue inmediato y duradero. Desde entonces, «quedar como Cagancho en Almagro» pasó a significar el fracaso más sonoro imaginable. No un simple tropiezo, sino una caída estrepitosa, pública y sin excusa posible.

Las crónicas finales dibujan una estampa casi literaria: el torero, aún vestido de luces, refugiado en dependencias municipales, custodiado para evitar males mayores, fumando en silencio, como quien acepta —con fatalismo muy español— que hay días en que el destino se tuerce sin remedio.

Y acaso sea ahí donde reside la fuerza de la expresión. Porque no alude solo al error, sino a esa forma de errar que ocurre ante todos, cuando ya no cabe disimulo ni componenda. Cuando, en fin, no queda otra cosa que asumir —con mayor o menor dignidad— que no ha podido ser.


©Humberto 2026 

Casas Viejas

 Casas Viejas




La Segunda República Española suele dividirse, en lo tocante a sus gobiernos, en tres tiempos bien definidos. Un primer bienio —llamado constitucional— en el que las izquierdas alumbran la arquitectura legal del nuevo régimen; un segundo, dominado por las derechas, durante el cual tiene lugar la mal llamada Revolución de Asturias de 1934; y un tercero, el del retorno de las izquierdas bajo el Frente Popular.

Cada uno de estos periodos tuvo, por así decirlo, su propia sepultura política. La del Frente Popular fue la guerra civil; la del bienio de derechas, los escándalos que minaron su crédito; y la del primer bienio, más temprana y quizá más trágica en su simbolismo, fue el episodio de Casas Viejas. Tan áspero, tan incómodo, que hasta el nombre del lugar —hoy Benalup-Casas Viejas— parece querer suavizar su memoria.

Corría el año 1933 cuando el anarquismo, fatigado de promesas incumplidas, decidió pasar de la espera a la acción. Hasta entonces había sido compañero de viaje de la República, pero un compañero difícil. Frente al reformismo burgués de muchos republicanos, e incluso frente al socialismo posibilista de figuras como Julián Besteiro, los anarquistas se mantenían fieles a su horizonte de comunismo libertario, sin concesiones ni plazos.

A este divorcio ideológico vino a sumarse el fracaso —parcial, pero dolorosamente visible— de la reforma agraria. Fallos de diseño, resistencia de los propietarios y, sobre todo, la falta de recursos, dejaron a muchos jornaleros en la misma miseria de antes, cuando no en peor. Medidas como la Ley de Términos Municipales, bienintencionadas en su origen, terminaron por encerrar a no pocos trabajadores en comarcas sin empleo posible.

Así, el campo andaluz se convirtió en terreno abonado para la agitación. Tras las acciones de la Federación Anarquista Ibérica en 1932 —que costaron la deportación de líderes como Buenaventura Durruti o Francisco Ascaso—, la insurrección de enero de 1933 extendió su llama por diversas ciudades y, sobre todo, por la baja Andalucía.

En ese contexto se sitúa Casas Viejas, entonces pedanía de Medina Sidonia, en la provincia de Cádiz. Una aldea de unos mil doscientos habitantes, casi todos jornaleros, donde el paro alcanzaba cifras estremecedoras. De las seis mil hectáreas cultivables de la zona, apenas una quinta parte se trabajaba. El hambre no era metáfora, sino costumbre.

El 11 de enero, un grupo de anarquistas locales, siguiendo consignas generales, tomó las armas —escopetas de caza—, izó la bandera rojinegra y se dirigió al cuartel de la Guardia Civil. Hubo tiroteo; dos guardias resultaron heridos. Durante unas horas, los sublevados dominaron el pueblo.

La reacción del Estado no se hizo esperar. Desde Cádiz llegaron refuerzos de la Guardia de Asalto al mando del teniente Fernández Artal, que logró restablecer parcialmente el orden. Sin embargo, un pequeño grupo de insurrectos, encabezado por «Seisdedos», se atrincheró en una vivienda, dispuesto a resistir.

Mientras tanto, en Madrid, la maquinaria del poder comenzaba a moverse con inquietud. En la Dirección General de Seguridad, su titular, Arturo Menéndez, bajo presión para sofocar cualquier conato revolucionario, ordenó el envío de refuerzos desde la capital. Al frente de ellos iba el capitán Manuel Rojas.

Es aquí donde la historia adquiere su tono más sombrío. Según diversos testimonios, Menéndez transmitió órdenes de extrema dureza: evitar, en la medida de lo posible, heridos y prisioneros. Una consigna que, en manos de quien debía ejecutarla, podía traducirse fácilmente en licencia para el exceso.

A la mañana siguiente, en Casas Viejas, Rojas decidió poner fin al asedio mediante el fuego. La choza de Seisdedos fue incendiada con medios rudimentarios. Algunos ocupantes lograron salir; otros fueron abatidos al intentarlo; el resto murió abrasado. La tragedia, en sí misma, habría bastado para marcar el episodio.

 Pero no fue el final.

Tras el incendio, se practicaron detenciones masivas. Y en un acto que desbordaba cualquier legalidad, un grupo de detenidos —desarmados, atados— fue ejecutado sumariamente. Aquella decisión convirtió lo que podía haber sido una represión dura en una matanza sin paliativos.

El Gobierno, presidido por Manuel Azaña, reaccionó inicialmente con una versión incompleta y atenuada de los hechos, transmitida por el ministro Santiago Casares Quiroga. Sin embargo, la realidad se abrió paso. Periodistas como Ramón J. Sender y Eduardo de Guzmán llevaron al papel testimonios que desmentían el relato oficial.

Cuando las Cortes reanudaron sus sesiones, el escándalo era ya inevitable. Interpelaciones como la de Eduardo Ortega y Gasset pusieron cifras y nombres a lo ocurrido. La intervención de Alejandro Lerroux forzó a Azaña a responder, y lo hizo con una frase que ha quedado como una losa en su memoria: «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir».

Aquellas palabras, más que aclarar, enturbiaron. La creación de una comisión parlamentaria, resistida primero y aceptada después, no logró disipar la impresión de que el Gobierno había querido, cuando menos, ganar tiempo.

Con el paso de las semanas, las pruebas se acumularon. Declaraciones, careos, informes. El propio Rojas terminó por admitir la realidad de los fusilamientos. Menéndez dimitió. El Parlamento debatió, votó, concluyó. Pero la herida ya estaba abierta.

Políticamente, el daño fue profundo. La confianza en el Gobierno se erosionó, y aunque la mayoría parlamentaria logró sostenerlo a corto plazo, la opinión pública —ese tribunal sin acta pero con memoria— no olvidó. Las derrotas electorales posteriores y la dimisión de Azaña en septiembre de 1933 no pueden entenderse sin la sombra de Casas Viejas.

¿Qué juicio cabe hacer, a la distancia? No es sencillo. Algunos han sostenido la ignorancia de Azaña; otros la niegan. Pero en un sistema democrático, la responsabilidad no se agota en el conocimiento directo. Gobernar es responder, también, de lo que se hace en nombre propio.

Más difusa aún es la figura de Menéndez, cuya orden —si efectivamente fue tal— difícilmente se explica sin un clima político que la hiciese concebible. Y en ese clima, hecho de miedo a la revolución y de urgencia por sofocarla, se incubó la lógica que llevó al desastre.

Casas Viejas no fue solo una tragedia local. Fue, sobre todo, una advertencia. Mostró hasta qué punto un régimen puede verse desbordado por sus propias tensiones internas; hasta qué punto el orden, cuando se defiende sin medida, puede dejar de ser orden para convertirse en otra cosa.

Y dejó, en fin, una lección incómoda: que la legitimidad de un poder no se prueba en sus aciertos, sino en la manera en que afronta sus errores. En Casas Viejas, la República no supo —o no quiso— estar a la altura de esa prueba.







 

viernes, 20 de marzo de 2026

Yeste

Yeste



Como modesto aficionado a los estudios de la Segunda República y de la Guerra Civil, no deja de llamarme la atención el escaso relieve que, por lo común, se concede a los sucesos acaecidos en Yeste durante la segunda mitad de mayo de 1936. Se diría —y no sin fundamento— que la voluntad, entonces patente, de amortiguar su trascendencia por parte del Gobierno ha terminado por filtrarse, a través de la literatura posterior, hasta la mesa de no pocos investigadores y lectores de nuestro tiempo.

Y, sin embargo, Yeste debería ocupar un lugar propio en el imaginario republicano. No tanto por el número de víctimas —comparable, aunque no superior, al de Sucesos de Casas Viejas— como por su hondo significado: el choque frontal entre los movimientos rurales de izquierda y el poder constituido, encarnado, en el campo, por la Guardia Civil.

Conviene, para entenderlo, proceder con orden.

En la aldea albaceteña de La Graya, los jornaleros habían recurrido a una práctica nada infrecuente en aquellos años: trabajar tierras sin previo consentimiento del propietario, para reclamar después el jornal correspondiente. La comarca, ya de suyo conflictiva, arrastraba además una situación particularmente grave desde que la construcción del pantano de Fuensanta anegase extensas zonas de pinar, privando de sustento a cerca de mil familias que vivían de su explotación.

La llegada al poder del Frente Popular trajo consigo algunos intentos de encauzar el problema: se creó una Comisión Gestora y se autorizó la tala en un monte comunal, la Dehesa de Tus. Más tarde, los jornaleros roturaron también la Solana del río Segura. Pero, agotadas estas posibilidades, extendieron su acción a terrenos cuya condición comunal era, cuando menos, dudosa. Los arrendatarios de dichos montes, los hermanos Alfaro, acudieron entonces a las autoridades.

Persistiendo las talas, fue enviada a la zona una fuerza de la Guardia Civil con órdenes de impedirlas. La respuesta de los campesinos, reunidos en asamblea, fue la de proseguir con su actividad. Cuando uno de los guardias fue comisionado para solicitar refuerzos en Yeste, fue interceptado por los jornaleros, lo que elevó de inmediato la tensión.

La noticia llegó a la cabecera del término, donde el brigada Félix Velando Gómez, tras entrevistarse con el alcalde, decidió acudir a La Graya en la noche del 27 de mayo. El alcalde, en su arenga a los campesinos, recomendó formalmente acatar la legalidad; mas, en un gesto final no exento de ambigüedad, levantó el puño y concluyó con un «¡Salud, camaradas! Ya sabéis lo que tenéis que hacer», sembrando inquietud entre los agentes.

Aquella misma noche, reforzada ya la dotación de la Guardia Civil, la casa en que se alojaban los guardias fue rodeada por una multitud hostil. Una salida con disparos al aire bastó para dispersarla momentáneamente, procediéndose a la detención de seis dirigentes campesinos.

El día 28 transcurrió sin incidentes visibles, aunque no inactivo: fue jornada de preparativos. Al amanecer del 29, cerca de dos mil campesinos se habían concentrado entre La Graya y Yeste, dispuestos a impedir el traslado de los detenidos. A pesar de conocer el riesgo, la fuerza —diecisiete hombres— emprendió la marcha.

Entre tanto, en Yeste se buscaba una solución. El brigada Velando aceptó, no sin reservas, liberar a los detenidos bajo la condición de que compareciesen ante la autoridad municipal en el plazo de veinticuatro horas. Con tal propósito salió al encuentro de la fuerza.

El encuentro, sin embargo, se produjo en condiciones ya irreversibles. La Guardia Civil, ante la presencia de la multitud en posición elevada, ocupó un cerro cercano. Fue entonces cuando, pese al anuncio de la liberación de los presos, la masa campesina, excitada por consignas y gritos, se lanzó al asalto.

Lo que siguió fue menos un combate que una explosión de violencia desordenada. Un guardia, Pedro Domingo Requena, murió en la primera acometida; varios más resultaron heridos. Hubo desarme parcial, disparos cruzados, confusión absoluta. Solo la acción sostenida de unos pocos agentes logró, finalmente, dispersar a los atacantes.

El balance fue trágico: diecisiete campesinos muertos, además de las bajas en la fuerza pública. Los supervivientes regresaron a Yeste con sus heridos y su muerto, dejando atrás un episodio que, por su crudeza, difícilmente podía ser reducido a una simple nota marginal.

Pese a ello, así ocurrió. En los días siguientes, y singularmente tras la intervención parlamentaria de figuras como Antonio Mije, se impuso una interpretación que, a la vez que denunciaba el supuesto exceso represivo, exoneraba al Gobierno de toda responsabilidad, desplazando la culpa hacia factores secundarios. Era, en cierto modo, una forma de no mirar de frente.

Yeste no es Casas Viejas. Allí hubo ejecución de detenidos; aquí, en gran medida, defensa desesperada. Pero ambos episodios comparten un rasgo inquietante: la dificultad del poder para asumir, sin ambages, las consecuencias de su propia política de orden público.

Yeste revela, además, el estado del campo español en la primavera del 36: un mundo en el que la esperanza había empezado a trocarse en impaciencia, y ésta, con demasiada facilidad, en violencia. No se trataba ya de un fenómeno circunscrito al sur; alcanzaba, como vemos, a provincias como Albacete, señal de una extensión más profunda del malestar.

El Gobierno, atrapado entre la comprensión hacia sus bases sociales y la obligación de mantener el orden, osciló peligrosamente entre ambas exigencias. Y en esa oscilación, al no afirmar con claridad la legitimidad del uso de la fuerza cuando era atacada, transmitió a amplios sectores de la sociedad una impresión de debilidad que no podía sino agravar la crisis.

Tal vez por eso Yeste fue, en su momento, silenciado. No convenía a nadie: ni a quienes querían ver en la República un orden perfecto, ni a quienes preferían reducirla a un caos absoluto. Pero la historia, cuando es verdadera, no admite tales comodidades. Yeste permanece, así, como un episodio incómodo, sí, pero también revelador: un espejo, acaso, en el que se reflejan las tensiones irresueltas de toda una época.


©Humberto 2026 

sábado, 7 de marzo de 2026

Acordes Suspendidos

Acordes Suspendidos




En la apacible Atherton, donde las tardes se estiraban sobre avenidas de árboles altos y las casas guardaban silencio como viejos conventos, coincidieron por primera vez dos jóvenes que aún no sabían que el destino —ese director invisible de las grandes tragedias sentimentales— ya había escrito sus nombres en la misma partitura.

Ella se llamaba Stevie Nicks. Su voz no parecía aprenderse en ninguna escuela; más bien se recogía del viento, como si trajera ecos de otras épocas, susurros de lunas ya olvidadas. Él era Lindsey Buckingham, muchacho de dedos inquietos, capaz de arrancarle a la guitarra sonidos que parecían pensamientos dichos en voz baja.

Se encontraron en la misma escuela, cuando la vida todavía no pesa y el porvenir es una palabra que se pronuncia con ligereza. Al principio solo fueron dos más entre los pasillos y los cuadernos. Pero incluso entonces había en sus conversaciones una electricidad tenue, como la de tormentas lejanas que todavía no descargan.

Pasaron los años, y la música —a veces vocación, otras fatalidad— los reunió en un grupo llamado Fritz. Ella cantaba, él tocaba. Entre ensayos y escenarios modestos, entre aplausos tímidos y luces que apenas se encendían, se descubrieron el uno al otro.

Como suele suceder en la juventud, la música y el amor comenzaron a confundirse.

Abandonaron la universidad —esa patria prudente de caminos seguros— para perseguir el sueño incierto de la canción. Así nació su primer intento serio: el álbum Buckingham Nicks, publicado en 1973. No fue un triunfo clamoroso; más bien pasó como una carta que nadie abre. Sin embargo, en él había una canción, Frozen Love, que llevaba dentro una promesa.

Esa promesa llegó a oídos de Mick Fleetwood, quien los invitó a unirse a su banda: Fleetwood Mac. Y así comenzó la historia tal como la recuerda el mundo.

Porque Stevie Nicks no era un simple acompañante en aquella aventura musical. No era —como se dice a veces con injusta ligereza— «la novia de». Tenía canciones propias, versos nacidos de una sensibilidad casi mística, y una presencia escénica que convertía cada concierto en ceremonia.

Junto a ellos, la banda grabó Fleetwood Mac y más tarde Rumours, discos que parecían escritos para quedarse a vivir en la memoria de una generación.

Pero mientras los discos ascendían, la relación descendía.

En 1976, Stevie y Lindsey pusieron fin a su romance. Lo extraordinario fue que no rompieron la música; al contrario, hicieron de la música el escenario de su ruptura. Él escribió Go Your Own Way, canción amarga, casi una carta abierta donde la decepción se vuelve ritmo. Ella respondió con Dreams, balada etérea, tan suave que parecía flotar, pero con la firmeza de una verdad irrebatible.

Dos canciones.
Dos versiones del mismo amor.
Dos heridas cantadas ante millones.

Y aún quedaba otro capítulo.

Entre las composiciones de Stevie Nicks, hay una que guarda el temblor más íntimo de aquella historia: Silver Springs. La escribió poco después de la ruptura, pero quedó fuera de Rumours, y aquello la dejó, dicen, profundamente herida.

Los años pasaron. El tiempo, que suele apagar brasas, solo las cubrió de ceniza.

En 1997, durante la gira The Dance, Stevie cantó Silver Springs mirando directamente a Lindsey sobre el escenario. No hizo falta discurso; una sola mirada bastó para recordar que algunas historias no terminan nunca del todo. Ni siquiera cuando parecen haber terminado.

Hubo reuniones, separaciones, reconciliaciones musicales y nuevas disputas. En 2018, Lindsey Buckingham dejó la banda en medio de tensiones que nunca quedaron del todo claras. Parecía el último acto de una obra demasiado larga.

Y sin embargo…

En julio de 2025, algo hizo sonreír a los románticos del rock. En sus redes sociales, primero Stevie publicó una frase de Frozen Love:
«And if you go forward…»

Poco después, Lindsey respondió:
«I’ll follow you there».

Cincuenta años después de aquella canción que los unió.

¿Un mensaje secreto? ¿Una reconciliación? ¿O simplemente la nostalgia inevitable de quienes compartieron juventud, música y tormenta?

Nadie lo sabe.

Pero hay historias —sobre todo las que nacen entre canciones— que nunca se cierran con un punto final.
Solo con un acorde suspendido en el aire.

©Humberto 2026.

sábado, 3 de enero de 2026

Plano corto para un amor en fuga


Plano corto para un amor en fuga



Fue una boda con aire de trinchera y promesa de victoria, como esas que se celebran antes de que empiece la batalla. Jean-Luc Godard y Anna Karina se casaron el 3 de marzo de 1961 convencidos —como solo se convence la gente joven y peligrosa— de que el futuro estaba de su parte. El cine, París y la vida entera parecían alineados con ellos. Luego, como suele ocurrir, el destino afiló el cuchillo.

Aquello no empezó en un altar, sino en una bañera. Un anuncio de jabón, verano del 59. Godard, crítico con fama de implacable y mirada de pistolero cansado, vio en la pantalla a una muchacha de ojos enormes y silencio antiguo, sumergida en espuma como una aparición. No preguntó si era prudente; preguntó cómo se llamaba. Y fue a buscarla.

La joven no se llamaba Anna Karina todavía. Era Hanne Karin Blarke Bayer, danesa, con una infancia que parecía escrita por Andersen en una noche triste. Padre ausente, madre distante, padrastro violento, casas ajenas, huidas tempranas. A los catorce años trabajaba de ascensorista y a los diecisiete decidió que quedarse era más peligroso que marcharse. París la esperaba como esperan las ciudades míticas: sin prometer nada y dispuesta a cobrarlo todo.

Llegó haciendo autostop, durmió bajo tejados sin agua, sobrevivió con timidez y hambre. Pero tenía belleza, y la belleza es un pasaporte que no pide visado. Las revistas, las marcas, la moda: Balmain, Cardin, Chanel. Fue Coco quien le regaló un nombre nuevo, elegante y literario, como una pistola bien equilibrada: Anna Karina. En pocos meses ganó dinero, aprendió a callar y a mirar, y gastó lo justo para ir al cine. Allí se estaba entrenando sin saberlo.

Godard la llamó para À bout de souffle. No para el papel principal, sino para uno breve y arriesgado. Ella dijo «no» cuando él creyó que diría sí. No se desnudaba. Punto. El director no entendió nada; ella entendió demasiado. La escena la hizo otra mujer, y la historia siguió adelante, tensa como un duelo aplazado.

Volvieron a cruzarse con El soldadito. Godard insistió, ella dudó. Aceptó, pero no podía firmar: era menor. Llamó a su madre desde París, con la vida temblándole en la voz. La mujer voló por primera vez, firmó, y volvió a Dinamarca sin comprender del todo qué acababa de poner en marcha.

Luego vino el malentendido, el anuncio maldito, los rumores de cama y favoritismo. Karina se sintió sucia en un mundo que aún no había aprendido a perdonar la inocencia. Godard respondió como sabía: telegramas literarios, metáforas de cuentos, flores tardías. «Los personajes de Andersen no lloran», le dijo. Pero lloran. Vaya si lloran.

Ella desconfiaba; él observaba. En una prueba de cámara la interrogó como si fuera un personaje más: libros, música, hombres. Karina se plantó. Aquello no era cine; era una frontera. Godard retrocedió, sorprendido. Quizá ahí empezó todo de verdad.

Lo que vino después —amor, celos, películas, destrucción— ya pertenece a la leyenda. Pero durante un instante, breve y luminoso como un plano bien rodado, dos personas creyeron que podían cambiar el cine y salvarse mutuamente. Y eso, aunque acabara mal, fue una forma respetable de vivir.

Y el final llegó, como llegan siempre los finales que nadie quiere ver venir: sin música y con factura pendiente.

El matrimonio no fue un refugio, sino un campo minado. Godard no amaba a Anna Karina como se ama a una mujer, sino como se posee un territorio creativo. La filmaba, la moldeaba, la vigilaba. Ella era su musa y su rehén, su actriz y su espejo. En la pantalla la convertía en mito; en casa la reducía a sospecha. Los celos eran constantes, el silencio más aún. Godard hablaba con el cine y callaba con ella. Karina, que había huido de una familia para no ser golpeada, descubrió que hay violencias que no dejan moratones.

Rodaron juntos películas que hoy son catedrales: Vivir su vida, Banda aparte, Pierrot le fou. En cada una, Anna se desangraba un poco más para que el plano saliera perfecto. Sonreía delante de la cámara y se rompía cuando se apagaban las luces. Intentó suicidarse en 1965. Godard estaba rodando. Siempre estaba rodando.

Se separaron ese mismo año. Sin épica, sin reconciliación final, sin travelling de despedida. El divorcio fue seco, administrativo, casi cobarde. Godard siguió adelante con sus teorías, sus consignas, su cine cada vez más abstracto y menos humano. Karina tuvo que aprender a existir fuera del encuadre que la había hecho eterna. Actuó, cantó, escribió. Vivió. No fue poco.

Nunca volvieron a ser lo que habían sido. Tal vez porque eso solo existe una vez. La nouvelle vague siguió su camino, el mundo cambió, y la boda que había prometido el futuro quedó como una fotografía amarillenta: dos jóvenes creyendo que el amor y el arte eran la misma cosa.

No lo eran.

Al final, lo único que quedó fue el cine. Y en él, para siempre, Anna Karina caminando por París con mirada triste y paso decidido, mientras Godard, desde algún lugar fuera de campo, aprendía demasiado tarde que las musas también sangran, se cansan y se van.


©Humberto 2026.

viernes, 26 de diciembre de 2025

Centinelas de la Tormenta: Cuando quieran




Centinelas de la Tormenta:
Cuando quieran


No siempre la Historia se escribe con estrépito. A veces pasa de puntillas, envuelta en humo, pólvora y silencio, y sólo deja tras de sí el eco grave de unos nombres que el tiempo, si no se le vigila, corre el riesgo de olvidar. Así ocurrió en Oviedo, en aquel octubre sombrío en que la ciudad despertó bajo el fragor de la rebelión y el temblor de las conciencias.
Mientras Asturias ardía y la patria se debatía entre el deber y la furia, un pequeño grupo de hombres, vestidos con el uniforme humilde y honrado de Carabineros, sostuvo sin alarde la dignidad del Estado. No eran héroes de proclama ni buscaban la gloria del gesto grandilocuente. Eran, sencillamente, servidores. Y eso, en tiempos de confusión, es la forma más alta de valentía.
El comandante don Norberto Muñoz Ortiz descansaba aquella noche en su modesta casa de huéspedes, ajeno aún a la magnitud del desastre que se abatía sobre Oviedo. El estruendo de los disparos lo arrancó del sueño como un aldabonazo de la Historia en la puerta de su conciencia. Se asomó al balcón, eran las dos y media de la madrugada, y vio lo que no olvidaría jamás: hombres armados, gritos exaltados, la calle convertida en un campo de batalla. Comprendió, sin necesidad de órdenes, que su sitio no estaba allí, sino junto a los suyos.
Intentó salir. No pudo. Las calles eran un infierno de bombas y fusilería. Esperó durante horas. Y cuando el fuego amainó, ya con el alba, salió. Caminó hacia la Comandancia con la serenidad de quien no huye ni se esconde. Allí se unió al puñado de carabineros que, desde un edificio castigado por el bombardeo, resistían con una entereza que hoy llamaríamos milagrosa.
Durante horas, y luego durante días, aquel reducido núcleo sostuvo el envite de una multitud enfurecida. Disparaban con medida, no por prudencia, sino por necesidad: la munición escaseaba. Frente a ellos, el número; de su parte, el valor. Y el valor, cuando es limpio, siempre deja huella.
El asalto final llegó como llegan todas las tragedias: inevitable. El oleaje humano se abatió sobre el cuartel, rompió puertas, desarmó a los defensores. Los carabineros, vencidos por el peso de la masa, no lo fueron por el espíritu. Desarmados, sacados a empujones, formados en la calle. Allí, sin ceremonia, apartaron al comandante Miguel Cátala Clemente.
—Avance unos pasos.
Avanzó. El primer disparo no lo tumbó. El segundo tampoco. El tercero, entre varios, terminó el trabajo. Nadie gritó. Nadie corrió.
A don Norberto Muñoz y al teniente coronel don Andrés Luengo los llevaron a Turón. La madrugada del 9 de octubre fue testigo de una escena que no cabe en los libros de cuentas ni en las estadísticas de la violencia, pero sí en la memoria moral de un país.
Cuando uno de los milicianos intentó quitarle el correaje al comandante Muñoz, lo hizo torpemente. Don Norberto lo miró con una calma casi paternal y le dijo, sin ironía ni miedo:
—Permítame. Voy a enseñarle cómo se coloca.
Y se lo enseñó.
Después, separados unos pasos del pelotón, los dos jefes se abrazaron. No hubo discursos. Sólo un grito que no era político, sino esencial:
—¡Viva España!
Se cuadraron. Saludaron. Y dijeron, con voz firme, como quien da una orden por última vez:
—Cuando quieran.
Sonó la descarga. Y la tierra, piadosa, recibió a aquellos hombres que no pidieron clemencia ni la necesitaron.
Así mueren los que han entendido el deber no como una consigna, sino como una forma de vivir. Y así, también, se escribe la verdadera historia: no con ruido, sino con ejemplo.


©Humberto 2025


martes, 23 de diciembre de 2025

Centinelas de la Tormenta: Paladines del honor




Centinelas de la Tormenta:

Paladines del honor



 


El teniente Cabello no era hombre de gestos inútiles. Ni de palabras largas cuando bastaba una orden corta y un silencio bien colocado. Aquella madrugada del cinco de octubre salió de Oviedo sabiendo —porque lo sabía— que quizá no volvería. Lo sabía como saben las cosas los soldados de verdad: por oficio, por experiencia… y por ciertas ausencias que pesan más que los presentimientos.

Hacía poco que había llegado a la plaza. Lo justo para reconocer las calles, medir a los hombres y advertir ese nervio sordo que precede siempre a las tormentas. Venía de más al sur, de otros destinos y otros climas, con el polvo africano aún prendido en la memoria y una forma de moverse que no se aprende en academias. Allí había aprendido a avanzar cuando todo aconseja quedarse quieto. Y a quedarse quieto cuando otros avanzan sin pensar.

En Oviedo dejaba cosas. Una mujer joven, casi demasiado para la viudez que vendría después. Dos niños pequeños, aún lejos de comprender qué significa que un hombre no vuelva. Pensó en ellos lo justo. Pensar más habría sido peligroso.

La carretera estaba negra y húmeda, y los focos del camión barrían cunetas y laderas como ojos inquietos. A la altura de La Gargantada empezaron los tiros. Primero sueltos, de tanteo. Luego cerrados. El teniente ordenó bajar, desplegar, avanzar. Lo hizo sin alzar la voz. No hacía falta. Los hombres lo conocían. Sabían que cuando Cabello iba delante, lo prudente era seguirle.
Avanzaron así, metro a metro, perdiendo hombres y ganando terreno a fuerza de sangre y barro. No era su primer combate. Eso se notaba en cómo leía el terreno, en cómo dosificaba el fuego, en cómo distinguía cuándo una retirada es cobardía y cuándo simple sentido común. Y en Sama no había lugar para lo segundo.
Cuando llegaron a La Felguera, el aire ya olía a pólvora y dinamita. Sama rugía al fondo como una bestia herida. El cuartel de la Guardia Civil estaba cercado, y dentro había hombres esperando refuerzos que quizá no llegarían nunca.
En el puente del Nalón los esperaban. Bien parapetados, con ametralladoras, fusiles y dinamita. El teniente miró el puente como quien mide una herida antes de meter el dedo. Luego dio la orden.
—Pie a tierra.
Cruzaron bajo el fuego. Algunos cayeron. Otros siguieron. Cabello siempre el primero, avanzando a saltos, arrastrándose cuando tocaba, disparando cuando había blanco. Llegaron a la fonda Miramar y la tomaron a la fuerza. Allí montaron la ametralladora. Desde allí contuvieron a los que bajaban en oleadas desde las casas y los cerros.

No había épica en aquello. Sólo cansancio, miedo bien gobernado y la obstinación profesional de no ceder un metro más de lo imprescindible. El teniente iba de un punto a otro, repartiendo órdenes, corrigiendo posiciones, cargando cajas de munición, levantando a los heridos. Cuando un sirviente de ametralladora cayó, lo sacó en brazos. Cuando faltaron bombas, las improvisó con dinamita ajena.
Al caer la tarde, las municiones escaseaban. El chalet cercano les dio un respiro. Desde allí, Cabello estableció enlace por señas con el capitán Alonso Nart, atrincherado en el cuartel. Subió al tejado para localizar al jefe enemigo, expuesto al fuego como si la muerte fuese una molestia menor.
—Ni un disparo que no sea blanco.
Cuando ya no quedó nada que defender fuera, decidió el paso más peligroso: cruzar al cuartel. Lo hizo él primero. Desde allí, a gritos, fue guiando a los suyos por el espacio batido. Uno a uno. Sin perder a ninguno en el tránsito. Dentro, la noche fue interminable.
La dinamita abrió boquetes. Los muros cedían. Los hombres caían. Cabello seguía disparando, lanzando bombas, animando a otros que ya no tenían fuerzas ni para el miedo. Al amanecer del día seis, la defensa era imposible. Sin munición, sin refuerzos, sin esperanza razonable.
Pero aún quedaba una cosa.
La retirada se hizo bajo su protección. Él fue el último. Abrió paso con las últimas bombas de mano. Consiguieron salir al monte. Allí vagaron heridos, sedientos, exhaustos. Creyeron ver fuerzas propias. No lo eran. Los perros los encontraron.
Cuando lo capturaron, estaba herido en la rodilla. El médico que lo reconoció diría después que su ánimo era excelente; que no pidió nada para sí y que sólo encargó recuerdos y una manera de educar.
***
El amanecer en Sama no trajo claridad, sólo una luz gris y baja, como si el día dudara de sí mismo. El cementerio olía a tierra removida y humedad vieja. No hubo formación ni palabras. Sólo hombres armados, un muro y tres figuras que avanzaban despacio, con ese andar torpe de los heridos que ya no esperan nada.
El teniente Ramos Cabello cojeaba. La rodilla se le había endurecido durante la noche. No pidió apoyo. No miró alrededor. Se detuvo cuando se lo indicaron. Miró el muro sin curiosidad, como quien reconoce un lugar ya conocido.
Pensó brevemente en Oviedo. En una casa silenciosa. En dos niños demasiado pequeños para recordar nada con nitidez. Pensó también —eso sí— en no caer de rodillas. En no concederles ese detalle.
—Cuando quieran.
No hubo venda. No la necesitaba.
El disparo fue seco. Breve. Definitivo. Después, el silencio volvió a ocupar su sitio, como si nada hubiese ocurrido. 

*** 

 

En otra ciudad, a otra hora, un hombre mayor doblaba un periódico. El comisario Ramos Bazaga había leído la noticia de pie, sin sentarse. La letra era pequeña. El tono, administrativo: «Sama de Langreo. Fusilado. Teniente del Cuerpo de Seguridad y Asalto. Heroica conducta». Nada más, lo suficiente.

No llamó a nadie. No levantó el teléfono. Se limitó a dejar el periódico sobre la mesa, bien alineado, y a mirar durante un instante la pared desnuda del despacho. Había aprendido, con los años, que ciertas confirmaciones no admiten réplica.
Pensó en África. En aquel muchacho que volvió más serio, más callado, con otra manera de observar las esquinas. Pensó que había llegado hacía poco a Oviedo: demasiado poco para que la ciudad lo conociera y lo suficiente para que la ciudad lo reclamara. Pensó también —inevitablemente— que nunca se lo había dicho en voz alta, pero que siempre supo cómo acabaría algo así.
Se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo. Se las volvió a poner.
Había visto muchos muertos. Demasiados. Pero ése era distinto. No era un nombre en un informe. Era la consecuencia lógica de una educación, de un oficio, de una forma de entender el deber que no admite atajos.
No lloró. Los hombres como él lloran cuando nadie los ve, o no lo hacen nunca. Cerró el despacho con cuidado. Ajustó el abrigo. Salió a la calle.
La ciudad seguía igual. Tranvías. Voces. Pasos apresurados. Nada había cambiado. Y, sin embargo, todo estaba definitivamente en su sitio.
En Sama, el Ejército reinstauraba el orden.
En Oviedo, la tierra cubría ya el cuerpo.
En Madrid, un padre comprendía que hay noticias que no matan de golpe. Sólo confirman. Y en algún lugar impreciso, entre el disparo y el silencio, un apellido quedaba fijado para siempre en la memoria de quienes saben que el valor no hace ruido, pero permanece.

El teniente Cabello murió como había vivido aquellas horas: de pie, sin negociar, cumpliendo una orden que nadie le obligó a aceptar. Y quizá por eso, muchos años después, cuando se habla del puente, de la fonda Miramar o del cuartel derruido, todavía hay quien baja la voz.

Porque algunos hombres no ganan batallas.
Ganan memoria.

©Humberto 2025. 





Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

Nuestra invicta Bandera debemos
con laureles de gloria adornar,
y en defensa del Orden sabremos,
cual centauros, con fuego luchar.
Los deberes del noble soldado
con denuedo sabremos cumplir,
siempre fieles al lema sagrado:
¡Por la Patria se debe morir!

Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

Nuestro Cuerpo es crisol refulgente
de heroísmo, lealtad y unión,
y al peligro gritamos: ¡Presente!
en las filas de nuestra Legión.
Nuestra sola ilusión es España,
nuestra sola ambición, el Deber;
nuestra gloria mayor, en campaña,
dar la vida y su honor defender.

Titanes de la Patria,
paladines del honor,
alerta estad, que España
fía en vuestro valor.

José Ramos Cabello nació en la ciudad de Antequera el veintisiete de marzo de 1905. Era hijo del comisario general de Vigilancia de Antequera, don José Ramos Bazaga y de doña María Cabello.

El nueve de abril de 1922 ingresó en el Ejército. Siendo alférez en el Batallón de Montaña Estella n.º 4, fue destinado al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta n.º 3. Hallándose en este destino, participó a primeros de agosto de 1925, junto con sus compañeros, en la heroica defensa de la posición denominada Casa Hamido, donde se distinguió notablemente por su valentía y arrojo. Por estos hechos fue citado en la Orden General del Ejército de Operaciones de aquella Comandancia, presentándolo como modelo de soldado.

Ascendió al empleo de teniente el treinta de junio de 1926.

Continuó en operaciones y, en julio de 1927, tomó parte en el socorro de la posición de Sidi Meskín, que se hallaba asediada por fuerzas rifeñas. Tras un duro combate de más de siete horas, el enemigo fue rechazado. El encuentro se saldó con la muerte de un corneta y varios soldados, resultando heridos un sargento, dos cabos y cuarenta soldados, así como el oficial al mando de la posición.

El dieciséis de noviembre de 1927 le fue concedida la Cruz de María Cristina, y el veintiuno de junio de 1929 la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.

En agosto de 1929 se hallaba destinado en el Regimiento de Infantería Príncipe n.º 3, fecha en la que obtuvo licencia para contraer matrimonio con doña Carmen Aspíroz Luis.

El quince de junio de 1932 fue trasladado al Centro de Movilización y Reserva n.º 3, con sede en Sevilla.

A primero de enero de 1934 figuraba destinado en el Cuerpo de Seguridad y Asalto, en la decimoctava Compañía del décimo Grupo, con guarnición en la ciudad de Oviedo.

En la madrugada del cinco de octubre de 1934 se produjo el alzamiento armado en la cuenca minera asturiana. Una vez proclamada la revolución en los distintos pueblos, los sublevados, perfectamente armados, atacaron de forma sorpresiva y contundente los puestos y reductos de la fuerza pública existentes en la zona. En líneas generales, dichos puestos contaban con escaso personal y deficiente equipamiento, lo que permitió que la insurrección triunfara en un primer momento.

Sama de Langreo fue una de las localidades asaltadas. Los alzados atacaron con ímpetu el cuartel de la Guardia Civil, cuyos defensores opusieron una tenaz resistencia. Sin embargo, ante la escasez de medios defensivos y el creciente acoso enemigo, enviaron aviso a Oviedo, solicitando auxilio a la Sección de Asalto, pues la situación se tornaba crítica.

Los encargados de acudir a Sama de Langreo fueron los hombres de la sección mandada por José Ramos Cabello, pese a que aquel día no le correspondía salir al frente, ya que por turno debía hacerlo otro teniente. No obstante, se presentó voluntario para encabezar la expedición, entre otras razones por su conocimiento de la conflictiva situación político-social de la cuenca minera.

Se dispusieron dos camionetas, que partieron de inmediato hacia Sama de Langreo. El trayecto resultó sumamente peligroso, pues fueron hostigados por los rebeldes. Al llegar al puente de la localidad, hubieron de sostener un intenso y vivísimo fuego con los alzados, que pretendían impedirles el paso hacia el cuartel de la Guardia Civil. El paso fue finalmente franqueado, no sin que el teniente perdiera a la mitad o más de sus hombres, entre muertos y heridos, viéndose obligados a continuar el avance pie a tierra.

martes, 2 de diciembre de 2025

Veronica Lake: La luz que se escondía a sí misma

 




La cortina dorada

La primera vez que la vieron entrar al despacho de la Paramount, algunos ejecutivos pensaron que era demasiado pequeña para la pantalla. Demasiado callada. Demasiado… común. Pero cuando la luz del ventanal le rozó el cabello, ese resplandor dorado que caía como una cascada sobre un ojo, supieron que habían encontrado algo que no se fabrica: un misterio.
Constance Ockleman —todavía no era Veronica Lake— avanzó por el corredor como quien camina sobre un hilo invisible. Había aprendido desde niña a sostenerse en el aire: entre mudanzas, entre discusiones familiares, entre la ausencia súbita de un padre cuyo recuerdo se volvió rumor. En Hollywood, ese equilibrio se transformó en encanto.

La creación del mito

La joven aspirante se sentó frente a un fotógrafo que le indicó que relajara la mirada, que bajara un poco la cabeza, que dejara caer el pelo. Y así, casi por accidente, nació el peinado que daría la vuelta al mundo: el peek-a-boo, esa media cortina sobre un ojo que la hacía parecer salida de un sueño que alguien olvidó cerrar del todo.
—Ahí lo tienes —murmuró el fotógrafo—. La chica que no quiere que la mires, pero te obliga a hacerlo.
La Paramount firmó el contrato la misma semana.

Fuego en la pantalla

En los sets de filmación, Veronica se movía con precisión de reloj suizo. En This Gun for Hire, su primera gran aparición, la cámara la perseguía como si fuera consciente de que tenía frente a sí una figura que no debía perder. Alan Ladd, su compañero de reparto, decía que en pantalla ella parecía «hecha de humo y acero».

Pero fuera de esa zona iluminada por reflectores, la actriz poseía bordes menos amables: una rebeldía silenciosa, un cansancio prematuro, una impaciencia que chocaba con directores y productores. A veces parecía que la fama le quedaba grande; otras veces, que ella era demasiado grande para la fama.

La guerra la alcanza

Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, miles de mujeres acudieron a las fábricas para reemplazar a los hombres que marchaban al frente. El gobierno lanzó una advertencia: el peinado de Veronica Lake, tan imitado por trabajadoras de todo el país, era peligroso. Podía enredarse en la maquinaria.
Ella, aún en la cima de la celebridad, apareció en público con el cabello recogido y pidió a sus admiradoras que hicieran lo mismo. El gesto fue aplaudido, pero también marcó el principio de un cambio: el mito comenzaba a desdibujarse.
El peinado que la había convertido en estrella ya no era un símbolo de glamour, sino un riesgo. Y en Hollywood, nada envejece más rápido que un símbolo que deja de servir.

Dorado que se apaga

Con los años, los papeles empezaron a menguar. La actriz, tan celebrada unos años antes, se convirtió en un problema para los estudios: «difícil», «inestable», «impredecible». Los titulares cambiaron de tono. Las luces también.
Veronica no cayó de golpe; cayó como caen las sombras al atardecer, sin que nadie note el momento exacto en que dejan de ser largas para volverse apenas un borde oscuro.
Hubo matrimonios rotos, deudas, noches interminables en bares donde nadie sabía si quería recordar o olvidar. Hasta que un día, en un hotel de Nueva York, alguien la reconoció detrás del mostrador, llevando una bandeja con la serenidad de quien ya ha decidido no huir más.
—¿Es usted…?
—Fui —respondió ella, sin detenerse—. Ahora sólo sirvo café.

Epílogo sobre mármol

Veronica Lake murió antes de envejecer lo suficiente como para dejar de ser bella. Su mito sigue intacto, preservado en blanco y negro, en ese brillo que se posa sobre su cabello como la última luz del día.
Quienes la recuerdan, recuerdan sobre todo eso: la cortina dorada que parecía protegerla del mundo, o esconderla de él. Quizás ambas cosas a la vez.
Porque Veronica Lake fue, en esencia, una mujer que vivió entre penumbras: la que daba la cámara y la que ella misma llevaba adentro. Y en ese contraste nació un icono que, incluso apagado, sigue ardiendo en la memoria del cine.