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miércoles, 18 de marzo de 2026

Dialéctica tras los barrotes

 

Dialéctica tras los barrotes




 

La comisaría estaba en silencio, con ese aire espeso de las madrugadas largas. La luz caía de lado, amarillenta, sobre los barrotes del calabozo. Dentro, el detenido daba vueltas cortas, como un animal encerrado que no termina de acostumbrarse.
El policía, sentado en una silla con ruedas, lo observaba sin prisa. Tenía el gesto tranquilo, casi distraído.
—Esto es siempre lo mismo —dijo el detenido de pronto—. Yo aquí dentro… y ustedes ahí fuera. Y todo por culpa del sistema.
El policía no respondió enseguida. Se levantó, se acercó despacio a los barrotes y apoyó una mano en el hierro frío.
—¿Del sistema, dices?
—Claro. ¿O qué? ¿Se cree que estoy aquí porque quiero?
El policía esbozó una leve sonrisa, como si ya hubiera oído aquello demasiadas veces.
—Mira… eso que dices es tu tesis.
El detenido se detuvo.
—¿Mi qué?
—Tu tesis. Tu forma de ver las cosas. «Estoy aquí por culpa del sistema». Es una afirmación cómoda.
—Cómoda no, real.
—Puede ser —respondió el policía, con calma—. Pero toda tesis tiene su contraria.
El detenido lo miró con recelo.
—¿Y cuál es la contraria? ¿Que soy culpable de todo?
—Esa sería la antítesis —dijo el policía—. Que no es el sistema, que eres tú, tus decisiones, lo que te ha traído aquí.
El detenido soltó una risa seca.
—Claro. Y usted tan tranquilo.
—No te equivoques —replicó el policía, sin perder el tono—. Ninguna de las dos explica todo. Ni tu tesis ni su contraria bastan por sí solas.
Hubo un silencio breve. El detenido frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué?
El policía dio un paso más cerca.
—La síntesis.
—¿Y eso qué arregla?
—No es cuestión de arreglar —dijo—. Es cuestión de entender. Ni todo es culpa del sistema, ni todo es culpa tuya. Es la mezcla, el choque de ambas cosas. Has vivido en unas condiciones, sí… pero también has tomado decisiones dentro de ellas.
El detenido bajó la mirada un instante.
—Eso suena a echar balones fuera.
—No —respondió el policía—. Suena a aceptar la realidad entera, no solo la parte que te conviene.
El zumbido de la bombilla llenó el silencio que siguió.
—Si te quedas en la tesis —continuó el policía—, no cambias nada. Todo es culpa de fuera. Si te quedas en la antítesis, te hundes: todo es culpa tuya. Pero en la síntesis… —hizo una pausa— …ahí tienes margen. Ahí puedes hacer algo distinto.
El detenido volvió a sentarse en el banco, más despacio que antes.
—¿Y usted cree que eso sirve de algo?
El policía se encogió de hombros.
—Es lo único que suele servir.
El hombre apoyó los codos en las rodillas, pensativo.
—Entonces… según usted, no soy solo lo que me ha pasado.
—Ni solo lo que has hecho —añadió el policía.
Otra pausa. Más larga.
—Vaya rollo filosófico para un calabozo —murmuró el detenido.
El policía sonrió levemente y se apartó.
—Los calabozos dan para pensar más de lo que parece.
Se alejó unos pasos, dejando al otro en silencio. Esta vez, el detenido no se levantó. Se quedó quieto, mirando el suelo, como si por primera vez no tuviera tan claro contra quién estaba luchando.


©Humberto 2026.

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