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lunes, 19 de noviembre de 2012

EL FARO II




LIBRO SEGUNDO
SEGUNDA PARTE



-X-



E
l ruido del motor de un coche y el rodar de neumáticos en la gravilla lo despertaron. Soñaba que era Ulises, que había navegado por mares prohibidos y arribado a costas e islas donde nunca llegaban agentes editoriales, ni contratos. Que vagó por caminos entre mujeres acompañadas de otros hombres: una mejicana, una salmantina y una rubia del este. Mujeres que lo miraban porque no eran felices, como si quisieran contagiarle su desgracia. Y que buscando respuestas hallaba solo preguntas. La imagen de su visita al oráculo de Delfos aún estaba presente cuando entreabrió los ojos. Resopló y movió la cabeza tratando de volver a la realidad. Eran las ocho. Oyó la puerta de un coche abrirse y cerrarse a continuación, luego pasos en la gravilla. ¿Quién andará ahí abajo? Se preguntaba rascándose la nuca y bajando las escaleras en dirección a la entrada. ¿Quién coño iba a venir a éste lugar? Escuchó, entonces, pisadas de tacones en el porche, deteniéndose en la puerta, y que metían la llave en la cerradura desde fuera. Se quedó parado a un metro escaso. Por el umbral aparecía, sonriente, Erika.
—Pero ¿cómo tú por aquí? —Tratando de no aparentar tanta perplejidad como sin duda tenía.
Ahorita te cuento todo, cielo.
—Y Héctor, ¿no ha venido?
—No. Ayúdame a entrar las maletas. Pero primero de todo dame un abrazote.
Se abrazaron y salieron afuera hasta su coche: un Mercedes convertible blanco que, advirtió Martín por la matrícula, era nuevo. Él cargó con dos maletas enormes de cuero rojo, que extrajo del maletero en tanto que Erika lo cubría con el paraguas de la llovizna. Reparó entonces en que estaba tan desconcertado por la súbita aparición que no se había fijado apenas en ella. Vestía una gabardina crema y llevaba puesto en la cabeza un gorro impermeable a juego, al parecer, para que no se le mojara el pelo. Calzaba unos finos tacones negros que se hundían en la gravilla, mojándose. Todo de marca.
Una vez dentro ella se despojó del gorro que sacudió en el aire para quitarle las gotas de lluvia. A continuación se descalzó los tacones que desplazó con la punta del pie, y se quitó la gabardina colgándola en el perchero, debajo llevaba un vestido de algodón negro ajustado que le afinaba la silueta y que dejaba al descubierto sus rodillas. Tenía las medias mojadas, y la uñas pintadas. Advirtió que estaba más delgada, que había perdido peso y se le habían acentuado los rasgos de la cara, no obstante seguía igual de hermosa, y que su pelo era más rubio, casi dorado, liso, en media melena que, más recortada en la nuca, descendía asimétrica hasta las puntas por cada lado hacia la mandíbula, en dos líneas diagonales. Tenía aspecto de cansada, como de haber conducido durante horas. Sus ojos brillaban y sonreía todo el tiempo, se comportaba como si fuera lo más normal del mundo presentarse sola de improviso y entrar en una casa, la suya, donde había un invitado masculino.
—Estás radiante, Erika.
—Calla, mentiroso. La operación me dejó para el arrastre.
—No. Te lo digo como amigo ¡Estás muy bien! El pelo liso y rubio te sienta muy bien. Felicita al estilista.
— ¿Te gusta? A Héctor no. Dice que me hace más vieja.
—¿Dónde está él? ¿Por qué no ha venido?
—Te cuento: nos vinimos a Madrid para el rodaje de una película que produce. Llegamos anteayer. 
—¿En España? ¿De qué tipo de película se trata?
Erika sonríe maliciosa.
—Porno. Va a rodar una película porno. Será con exteriores y durará una semana. ¿Te imaginas? ¡Toda una semana para rodar esa mierda! Pero bueno, es un negocio muy rentable porque aunque en las salas ya no, tiene mucha salida con los videos, el VHS está dando muchísimos más beneficios que el cine de verdad.
—Héctor estará en su salsa.
—¡No lo sabes tú bien! El viejo verde ese quiere cepillarse a alguna. Ni lo puede ocultar porque se lo leo en la cara ni lo puede evitar, es algo que le pierde, y a estas alturas ya ni me importa. Es ver a esas jovencitas ligeras de cascos y cargadas de implantes y allá que se va tras ellas. Pero en fin, lo tenemos hablado él y yo: se trata solo de sexo. ¡Dale chingón! No quiero saber nada de lo que haces con ella, o con ellas, salvo que utilices un condón, que tampoco quiero saber de venéreas después. Eso sí, ésta de ahorita te va a salir cara, pendejo —y muestra las llaves del Mercedes—. Por eso es que me he ido de Madrid. Me lo aconsejó Héctor. Me dijo: niña, vete a Asturias, llama a Martín y sácalo por ahí. Si todavía está en el faro pasa unos días con él. Os lleváis muy bien y seguro que después de tanto tiempo tiene muchas ganas de verte. Cuando acabe el largometraje y se haya cansado de chingar, se reuniría con nosotros.
—Pues la verdad, me has dado una sorpresa. Grata sorpresa, pues empezaba a sentirme solo aquí. Y sí, de todas las personas del mundo es a ti a la única a la que en este preciso instante más tenía ganas de ver. Desde la operación no había vuelto a verte y celebro comprobar que sigues tal y como te recordaba.
—Qué galante eres. Yo también me alegro de verte, cielo. Te llamé a tu apartamento desde Madrid, al salir, y no obtuve respuesta por lo que supuse que estarías aún acá en el faro. Me alegro de que no me equivocara y fuese así, no soportaba y temía la idea de dormir sola en este rincón apartado.
Lo de que «temía la idea de dormir sola» lo ha pronunciado despacio, modulando el tono, abriendo los ojos. Y después ha hecho una pausa, incómoda para Martín que está parado de pie, tratando de escrutar el efecto que le causa. Fijos los ojos en él.
—Dame un minuto, cielo, para ir a ducharme y ponerme cómoda —prosigue—. ¿Qué te parece si preparas unos gin tonics los llevas al torreón, me esperas tantito y platicamos duro allí hasta la cena?
Sonreía con aquel gesto de hembra hermosa y sabia, serena por consciente de sí misma. Había un cuerpo bajo aquel vestido, pensó él, inquieto. Sin degradar por la edad.  Para nada diferente al que lucía en la foto del salón. Era una diosa aún.
—Vale. Me encanta la idea. Allí te espero.
Erika va subiendo descalza por la escalera de caracol, él la sigue con la mirada, y antes de llegar al primer piso ha abierto la cremallera del vestido y mostrado su espalda bronceada asomando un sujetador negro de encaje y varios lunares moteándole piel. Al instante desaparece engullida por el pasillo. Cuando Martín oye abrir los grifos de la ducha se va hacia la nevera y tantea con los dedos en el congelador en busca de los hielos, que una vez saca de la cubitera vuelca en dos copas. Añade con maestría ginebra azul en abundancia, la preferida de ambos, la misma marca que se ha acostumbrado a tomar por ella, las rodajas de lima y dos tónicas. Se vuelve hacia la escalera y comienza a subir. Echa un vistazo al retrato desnudo de ella, no lo puede evitar. Al pasar por el primer piso ve, al fondo del pasillo, la puerta de su habitación abierta, la luz saliendo rota por la sombra de su silueta que, todo indica, parece estarse vistiendo. Se detiene un momento en el rellano. Las copas tintinean y su contenido oscila levemente. La imagina desnuda untándose cremas en el cuerpo a la luz de una lámpara que le ilumina la piel. Imagina que entra en el cuarto y la volvía hacia él y ella lo dejaba hacer. Imaginó que la tiraba en la cama y se quitaba la ropa. Imaginó todo eso y mucho más como en una secuencia montada a retazos; lo hizo rápida, breve, apasionadamente. «Las manos se me hielan y, sin embargo, me arde la piel bajo la ropa. Vayámonos antes de que se derrita el hielo y ella advierta mi presencia y piense que la espiaba», susurra. Quería acostarse con aquella mujer, pensó mientras subía por la escalera saltando peldaños de dos en dos. Quería hacerlo no una sino muchas, infinitas veces. Quería abrir suavemente sus muslos, adentrarse en ella y besarle la boca mientras lo hacía. Quería ver sus ojos de miel clavados en los de él mientras estaba dentro de ella, oír sus latidos estremeciéndose y sentir su carne pegada a la suya. Llega al torreón. Ha parado de llover, advierte, por fin ha parado de llover. El horizonte humea mortecino y blancos fantasmas van encendiendo estrellas. Decide sentarse en el que hasta ahora ha sido su asiento a diario, frente a la máquina. No, se dice. Esto es solo es un deseo, una concupiscencia. Sencillamente no puede ocurrir. Al fin y al cabo él no era un conquistador, nunca se le había dado bien, y por encima de eso respetaba a Héctor, pese a que Héctor no estaba precisamente respetándola a ella, nada de eso ocurriría a menos que ella lo quisiera, como había pasado con María, y era improbable que alguien como Erika desease a alguien como Martín. Y ríe al pensar que no puede ser, es demasiado: la tía y la sobrina en un mismo sueño.



-XI-


Diez minutos después llega Erika. Lo hace ascendiendo como si de una aparición se tratase, vestida con una bata de seda blanca, los pies descalzos, oliendo a santidad. Desde donde estaba podía percibir el olor de piel recién duchada y perfumada de ella.
Martín le extiende la copa. Ella al cogerla toca suave, calculadamente los dedos de él. Lo ha hecho con absoluta naturalidad, transfiriendo su tacto y su tibieza. Del mismo modo, como si fuera la cosa más normal del mundo, arrastra el otro sillón que coloca junto al de Martín, se sienta y lo toma por el brazo. Está tan próxima a él que puede verle el escote y olerle el aliento y notar la tibieza de la piel.
—¿Has estado escribiendo? —pregunta dirigiendo la vista a la Olivetti.
—Sí, un relato. No va ser muy largo. Pero llevo varios días bloqueado.
—Me alegro de que escribas.
 —Y yo de que hayas venido. Teníamos una conversación interrumpida ¿recuerdas? Cuando lo del premio Ignotus.
—Sí, querido. Pero de eso hace una eternidad ahora tenemos tiempo por delante para retomar esa y todas cuantas queramos.
Ha vuelto a reír y a estrecharle el brazo.
—Y bueno, ¿Qué tal con María? ¿Vino finalmente por el faro?
—Sí. Se marchó justo hoy, temprano.
—¡Ay, pillín! Y no me dijiste nada. ¿Hubo algo entre vosotros?
Silencio administrativo. Esfinge, careta veneciana, máscara azteca. Mudo.
—No sé qué responder a eso —dice receloso al cabo—. Nos acostamos si es lo que preguntas, pero no sé exactamente en dónde estamos ahora. No sé ni si estamos.
Miró por la ventana a la playa, donde apenas se distinguía el mar más que por las crestas de las olas. La claridad del pueblo llenaba la arena de sombras. En ese momento, a lo lejos, en algún lugar invisible a los ojos por la distancia, vio los haces de luz del faro rasgando el cielo oscuro y estrellado. Cuando se volvió de nuevo a Erika, ella lo miraba. Le disgustaba hablar de aquello y ella lo sabía. Era comedido, por hombre, y reacio a hablar de intimidades.
—Seguro que está perdidamente enamorada de ti.
—Tiene a alguien en Salamanca. Según parece es tan serio como para necesitar pensárselo un tiempo. Además, ella es muy joven, y yo estoy cuarentón.
—¡Bah! ¡Qué dices! Estás cañón, cualquier jovencita se pirraría por ti.
—Tú que me ves con buenos ojos. Las jóvenes no me quieren a mí, desean lo que represento: el éxito. El éxito las atrae como el oro a los aventureros. Desde que tuve éxito con mis novelas hay una docena de mujeres que han pasado por mi cama, la mayoría de ellas por una sola noche. Y otras tantas que lo intentaron. Era como si de pronto hubiesen descubierto en mí un atractivo que hasta entonces no tenía o había tenido oculto. Incluso, alguna de aquéllas, que, como la secretaria de la editorial, que me conocía desde hacía años, de cuando paseaba los manuscritos por varios sitios y se los presentaba  a su mesa, me encontraba atractivo pese a que hasta la tercera novela ni siquiera se había fijado en mí. El caso es que, coincidiendo con mi éxito como escritor, comencé también a tenerlo en el terreno amoroso o, al menos, en el sexual. Porque esa es otra. El éxito envenena toda relación. Si no son ellas es uno el que pone tierra de por medio.
—Dices bien. Yo conocí la fama y es así como lo cuentas.
—Con una diferencia.
—¿Cuál?
—Que tú sí eras de veras atractiva. Muy atractiva. Belleza serena de plástica armonía.
Sucede algo. Telepatía. Ambos piensan ahora en el retrato de ella desnuda. Ambos saben lo que están pensado respectivamente.
—Gracias. Eres un poeta. Por eso —prosigue Erika—, querido, los famosos deben relacionarse con famosos.
—Por eso es que me relaciono  con vosotros.
—Y nosotros contigo.
La luz del faro pasó rasgando sus rostros, centelleando sus ojos, y el retrato de Erika, como iluminado por el fogonazo, se les volvió a mostrar a cada uno en sus mentes. El deseo concupiscente de Martín se retroalimentó en la vívida luz del centelleo de ella.
—¿Por qué lo del retrato de abajo? ¿Qué historia hay detrás?
—¡Ah, el retrato! Ese retrato lo hice hace mucho tiempo, cuando aún no sabía más que una cosa: que la belleza física es efímera, y que llegaría un día en que miraría el retrato y querría recordar cómo era aquel esplendor sobre el que todo se cimentaba y para el que yo no había hecho ningún esfuerzo por tener. Y sí muchos por retener. Y que otros, como tú, me vieran tal cual era y no la sombra en que me convertí.
—Erika, con ligeros matices, sigues siendo la misma mujer. Y no lo digo por galantería, cualquier hombre…
—¿Qué? ¿Me desearía? No, cielo. Los hombres deseáis cualquier cosa que se os ponga a tiro.
—Hay una diferencia semántica entre desear y ser deseable, que es lo que pretendía decirte. Que los hombres deseen a casi todas las mujeres no significa que todas ellas sean deseables, ¿entiendes?
—Salió el académico de la lengua.
Ríen.
—Bueno, vale, a lo que refería, pues, es a que mi cuerpo ya no es deseable.
—¿Qué no es deseable?, ¡por Dios! Tú lo que estás tratando es de que te diga lo que pienso.
—Siempre nos gusta oír eso.
—Eres deseable, hoy y ayer y mañana. Una mujer muy deseable.
—No cuela. Hablas de lo que ves, nada más. No puedes juzgar mi cuerpo por la foto sin saber cómo está ahorita.
—En eso tienes razón, hablo — y puso voz de estar recitando— únicamente por lo que intuyo se oculta detrás de esa seda. Hablo por la geometría, la silueta y los contornos cubiertos bajo la nieve de seda. Hablo por la encendida piel en la que aún tiembla la luz sin sol donde se cumple el día...
—¿Te gustaría verme, poeta? —dijo interrumpiendo.
—Sí.
Habría añadido: sí muchísimo, o sí claro, o cualquier otra cosa, pero se dio cuenta de que así quedaba más convincente por conciso. Ella se llevó las manos al cinturón, vaciló apenas un segundo si debía hacerlo, qué diablos pareció decir su gesto, y, resuelta, lo desanudó despacio, sin prisa, con calma estudiada, y abrió de par en par  la bata, que se fue deslizando primero por los hombros y continuó por su espalda hasta arrugarse en pliegues a la altura del trasero, descubriendo sus pechos redondos, aún turgentes, prácticamente iguales a los de la foto, en su sitio, quizá algo más grandes, puede que levemente desviados, pezones oscuros y pequeños de reina azteca. Una barriga con un ligero pliegue de grasa, y el nacimiento de un pubis depilado integralmente, triangulado por la marca de sol de un bañador.  Permanecía con las piernas cruzadas. Ni un atisbo de pudor. Era un animal hermoso y tranquilo, haciendo algo natural, deslumbrados los ojos por la claridad lunar; con una sonrisa desconcertante y cálida, consciente de su desnudez y de la observación de que es objeto por un maravillado voyeur que la examina a placer. Consciente de saber el impacto de su acción, y de lo que pensaba exactamente él en ese momento por su expresión de fascinado y extasiado. Él también sabe lo que ella sabe. Saber todo eso hace que ambos ardan aún más en la hoguera del deseo irracional en la que llevan tanto tiempo quemándose.
—¿Y bien?
La pregunta la formula sabiendo que su reinado ha concluido, la edad biológica llama a la física y su cuerpo se avejenta por momentos, que el abismo de la vejez en que nunca se piensa se abre desde hace un año a sus pies, está cayendo ya; resulta obvio que quiere volver a sentirse deseada o, al menos, admirada. Y Martín es el elegido. Que es con toda probabilidad la última vez que verá esa cara de deseo, sincera, en un hombre joven. Es la última vez en que atraerá a un hombre que no sea un carcamal. Es, así lo ha decidido, la última vez que alguien la verá, como ahora Martín, desnuda sentada en una silla, antes de que acabe totalmente decrépita. Y lo empezó a decidir cuando el premio Ignotus, sólo que la enfermedad se interpuso. Desde aquel día pensó, cuando lo vio de vestido de etiqueta, hablando como si no hubiera hecho otra cosa en su vida, en tener un asunto con el escritor español de ojos penetrantes, sensible, emocional y con una belleza melancólica, el tipo de hombre que una mujer querría cuidar. Trató de decírselo, primero en el salón de congresos y, después, en la cena, pero calculadora como era ella sabía que no tendría ocasión. Esa noche ardía en deseos de llamarlo y quedar con él para acostarse, pero no supo cómo deshacerse de su marido. Optó por dejarlo estar.  Será más adelante o no será. Aquella noche sedujo a Héctor. Él fue el bombero que finalmente sofocó el fuego. Ella no estaba allí. Mientras bombeaba ella se imaginó que el cuerpo sudoroso y jadeante que tenía encima era el de Martín. A la mañana siguiente tramó incluso en fingir perderse en el aeropuerto y quedarse. Pero no se decidió. Y pasó el tiempo. Y llegó su tumor, y con él los temores. Ahora necesita sentirse como nunca antes, deseada, quiere ver unos ojos ardiendo mirarla y una frente por la que trote de nuevo el anhelo desbocado, unos brazos que ciñan su cintura en la madrugada desesperada. Necesita volver a sentir un olor de trigo verde, harta de soñar sin sueño, temerosa de no volver a tener dueño, ni de ser dueña.
—¡Estás de miedo! —sentencia Martín.
—Mentiroso zalamero —le ha encantado—.
—Erika, amiga mía, con conocimiento de causa digo: sigues siendo la misma mujer.
Martín mira sus senos redondos y siente una sensación gruesa y sofocante, el deseo lascivo y cálido de tenerlos entre las manos. Duda. Se decide. Desliza sus dedos por la cicatriz  que tiene debajo del seno izquierdo. Ella le deja hacer. Toca, toca, parece decir su expresión. Y lo hace, acaricia un seno y después el otro. Ella respira hondo. La tiene cerca, muy cerca, más cerca de lo que nunca ha estado, y percibe con más fuerza su olor a carne tibia y limpia. Una suave erección empezó a presionar el bolsillo izquierdo de sus tejanos. «Soy Giges y estoy viendo a la reina; soy Acteón transformado en ciervo, he visto a Diana y ya siento los perros».
Al igual que le ocurriera con María, la escena parece un encantamiento. Duda entre tocar  su cuerpo como si del médico se tratara, fingiendo no sentir placer, o abalanzarse sobre ella y dejar que la parte animal se manifieste. Sus labios entreabiertos, su boca cercana, próxima. Opta por besarla. Lo hace, la besa. Ella no retira la cara, y ha empezado a acariciar su nuca, y esa es buena señal: la de vuelve a casa, soldado, te esperábamos con las puertas abiertas. Siente la tibieza de su lengua, y el sabor mezclado de la saliva tibia con la agria ginebra de frío hielo tocada. Está sorprendido de su irracionalidad animal.
Y sucede. Se buscan, se palpan. Ella recorre el cuerpo de Martín que tiembla y se eriza bajo su camisa. Se abrazan apretándose con suavidad, sintiendo latir los músculos y la sangre rezumar alborotada al compás de una respiración cada vez más jadeante, las dos bocas besándose con ansia inesperada.

Mientras Erika sentía las manos recorrer su cuerpo desnudo, pensaba en la cicatriz que Martín había acariciado antes. La cicatriz era la impronta de una enfermedad que, aunque había terminado bien, lo había precipitado todo: su ocaso como belleza, postergado aquel deseo, aplazado el encuentro. No era tan hermosa ya, las fiestas a las que había acudido últimamente ningún hombre la había mirado, ni ninguna mujer, y sabía que Martín mentía. ¿Lo hacía? Era imposible que no viese aquella piel cuarteada, las arrugas, los pliegues, la morbidez, la flaccidez. Sin embargo, al quitarse la bata y quedarse desnuda su cara fue de fascinación, la estuvo mirando con una franqueza varonil, cual si fuese un camarada, los mismos puñeteros gestos de Pedro Montes, cuando estaba en la flor de su juventud, el mismo modo resuelto de fijar sus pupilas a las suyas como queriendo sondear si el placer que sentía se asomaba y alimentaba su propio placer. Pasaba la mirada por su cuerpo y la examinaba audazmente, como si en lugar de la Erika sexagenaria viera a la veinteañera de la foto. «No, nadie puede fingir así. Me desea realmente». Recuerda un día en concreto en que Pedro Montes, vestido de smoking, sentado en el sofá de un hotel la ordenó desnudarse y pasear y posar en las posturas más vergonzosas que imaginó. Abajo, en el restaurante les esperaban unos amigos con los que estaba cenando. Sin muchas palabras, con seriedad, le había susurrado al oído: sube a la habitación 505, la acabo de alquilar, dales a estos cualquier pretexto. Así lo hizo. Una vez él se ausentó esperó unos minutos y también se levantó de la mesa. Supuestamente él había ido al baño y ella iría a fumar afuera. Cuando llegó a la habitación él se había servido un whisky con hielo y estaba sentado en el sofá, extrañamente calmado, como un espectador antes de que se levante el telón. Quítate la ropa, le ordenó. Pero déjate los tacones.
La excitación pudo más que la vergüenza y lo hizo, obedeció. Sintió humillación, posesión, excitación  y deseo todo a un tiempo. Ahora miraba a Martín, era la viva imagen de Pedro Montes, era la viva imagen del deseo. Ambos la miraban igual. Deseaba a ese hombre del mismo modo salvaje, animal y primigenio en que aquel día lejano, en actitud vergonzante y obediente, deseó a Pedro Montes.
Se levanta y lo abraza y puede sentir en su piel desnuda los botones de la camisa y, bajo  ella, el cuerpo duro, los abdominales y el corazón latiendo de Martín. Se separa un palmo para ver su mirada. Quiere asegurarse. Sus ojos son dos hogueras brillando en la negrura y su boca una línea recta que confirman su excitación. Desabotona su camisa y toca aquel pecho glorioso, compacto, que emerge.
—¡Mamasita! ¿Qué os dan de comer a los hombres aquí?
Martín ríe complacido. Una vida deportiva regular le ha mantenido duro y en forma pasados los cuarenta.
Acaricia el torso y después el estómago de aquel cuerpo que está parado frente a ella, y nota cómo cada centímetro de sus músculos se contrae al paso tibio de su contacto, sigue bajando hasta  posar las manos en su cinturón que, con dedos expertos, quita y arranca de su cintura de un tirón, arrojándolo en el suelo con un gesto extrovertidamente teatral.
—¡No lo necesitas! —susurra en un hilo de voz.
Desabotona también su cremallera quedamente, sin dejar de mirarlo, e introduce los dedos dentro de los calzoncillos.
—¿Vas armado o es que te alegras de verme? —dice  irónica y provocativa, en un guiño al cine que sabe que él comprenderá.
Se acabó, parece decir el gesto de Martín que termina de desnudarse bajándose los pantalones y quitándose los calzoncillos, pegándose a ella en un nuevo abrazo y besándola de nuevo con renovadas ansias.
Quiere atracar como una mala bestia en el aquel puerto y saquear la ciudad. Se siente Ulises después de haber matado a todos los pretendientes, al diablo la espera y el tensar el arco, la tomará ahora mismo. Sucumbirá al canto de sirena aunque se vaya al averno después. Montará esta yegua alazana sin bridas y sin estribos.
La arroja en el suelo, boca arriba, separa sus piernas que se abren como jacintos al sol, y se pone encima. Por varias veces posiciona su proa para entrar en el puerto de Ítaca y atracar en la húmeda concavidad de aquellos muslos. Pero se encuentra con que la mano de Erika agarra con fuerza el enhiesto timón. Va a ser a su manera, al trote lento y seguro. Un amarre perfecto, bien dirigido, de experto y veterano práctico.
—No, querido no. Yo te diré cuándo y cómo. No tengas prisas.
Continúan un rato entrelazados, besándose en el suelo en una lucha tácita por ver quién subyuga a quién. Lo vuelve a intentar, arremete. No, repite ella cerrando sus piernas. Lo único que logra meter es su nariz entre su mata de pelo y oler el viento en el trigo. No hay quien dome esta yegua, piensa Martín turbado, mientras dos ojos felinos traspasan los suyos de acero y se ganan su voluntad, las murallas de músculos se destensan. Desaprensándose del nudo de dos lazos que forman sus brazos, levantándose como una columna, ella se erige en vencedora. De acuerdo, tú ganas, cede él. Después lo agarra de la mano y lo lleva, sin dejar de mirarlo sabiéndose ganadora, dominante, escaleras abajo hasta el dormitorio, él va sumiso cruzando el pasillo, como un toro entrando los toriles. Entran en el dormitorio matrimonial, no en el de invitados como cabría esperar. El sacrilegio aún le parece mayor, no contento con profanar a la sacerdotisa lo van a hacer en el propio templo, y sobre el ara. Demasiado tarde. El embrujo ha enviado al desagüe cualquier atisbo de moralidad que Martín tuviera. Su deseo cabalga por encima de todo y la marea lo arrastra. Al diablo Héctor, su marido y amigo, al diablo María, su sobrina y, hasta hace unas horas, mi amante. Al diablo con Ítaca, los principios rectores. Al diablo con todo. Al fin y al cabo mañana será otro día. Erika se tiende majestuosa en la cama redonda. Martín la contempla en el reflejo del espejo y ve también el suyo propio. Eres, amigo, la viva imagen del deseo, piensa sorprendido al verse. Cae en la cuenta de que nunca antes, cuando ha estado con una mujer, se ha visto a sí mismo.  También en que todo esto es real. No es un sueño. Erika está aquí, me ha seducido y vamos a navegar juntos por el mar de la rosa y de la espina, sin bandera, aunque después seamos dos ríos oscuros y vacíos, dos lunas, dos espadas, dos espaldas; hoy somos dos cinturas, dos bocas enlazadas y dos arcos de amor de un mismo puente.

Ella lo contempla todavía un rato más en silencio, parece estar examinando su conquista con ojos a un tiempo provocadores y de deseo que a él le renuevan las ansias de tirársela. Tras del cual le dice, por fin, ven, y el hombre acude extasiado, se ha acabado el tanteo. Se sube al tálamo, cauteloso como un gato y armado como un guardián, se desliza a su encuentro. Ahora sí, se adelantan el uno al otro en una misma entrega, deseada desde su mismo origen, postergada por la que se ha erigido en dueña del cotarro. Los muslos cálidos que escondían el único de los reales misterios, el enigma demorado, se abren. Siente su cuerpo entero junto al suyo; siente su carne como un ascua, arderle la frente avivada por su aliento de menta, y siente que está fluyendo, atravesando un mar de miel, lento y serpenteante, hacia la caverna cada vez más tibia cada vez más húmeda. Siente de nuevo sus labios en los suyos y su lengua experta entrando en su boca, su piel desnuda y ávida. Su embrujo. Y sucede, está sucediendo, el espejo devuelve dos siluetas juntas y los jadeos se acompasan con el quejido del mar. El mar hacia el que ella lo ha arrastrado, borrando el presente y el pasado. María es ya sólo el penúltimo nombre de una lista pospuesto por el de Erika. Y nada importa en este momento de súbita llamarada, como de una eternidad, en la que ha resuelto el enigma que tantos hombres durante siglos trataron de descifrar, justo cuando la carne dejaba de serlo, y se ha quedado quieta, silente, en calma, entre un pasmo y un rebrillar.  El espejo devuelve la imagen de dos siluetas abrazadas a gusto, que no hacen por separarse, las manos de Erika en los glúteos de Martín.
—Échate a un lado y quédate quieto —le ordena al cabo de un rato.
Su voz es intoxicante, y esas palabras suenan retadoras.
—¿Qué pretendes?
La pregunta es obvia y no obtiene respuesta. Aún no ha acabado. La diosa azteca quiere más. Y sabrá cómo hacer para que Martín vuelva  a perderse en sus jardines.   



-XII-
«El placer priva de sus facultades al hombre tanto como el dolor»
PLATÓN


A esa misma hora, a muchos kilómetros de distancia, María estaba también haciendo el amor. Ninguno de los dos sabría nunca de esa casualidad. La semana que estuvo en Asturias creyó firmemente olvidado a Carlos, caso cerrado y archivado, Martín aparentemente había conseguido llenar el hueco, reemplazándolo, pero nada más apearse del autobús, apenas puso el pie en las calles de salamanca, sintió de nuevo el vacío y la sensación de necesidad. Exactamente era una necesidad de saber si lo necesitaba aún. Lo llamó, él se hizo el duro, ella también. Hablaron con monosílabos, sin emoción, desabridos. Quedaron para tomar un café en media hora, algo que aparentemente no comprometía a nada. A los cinco minutos él la telefoneó para decir que mejor que no fueran a ninguna cafetería, que hablarían en el apartamento porque temía que alguien los viera, jurando y perjurando que la respetaría, que no insistiría. Ella dijo finalmente sí, calculando el riesgo de no saber dominar sus sentimientos. En realidad no supo decir no. Ese fue su error. No podía imaginar que a Carlos lo iba a encontrar irresistible, elegante, cambiado, rejuvenecido, ni que las palabras que pronunció a continuación, casi llorando, implorando que no le dejara, le iban a causar tanta mella por entrañables y que la conexión afectiva volvería a activarse agolpándose de nuevo en su cabeza los recuerdos de los días felices que pasaron juntos, ni mucho menos que apenas media hora después de tocar el timbre iban a estar besándose con frenesí. Volvía a conseguir persuadirla como siempre, era todo un maestro de la persuasión. Se sentía arrastrada. Tenía que volver con él, no podía perderlo, pensó, no de momento al menos, es hermoso y me hace mucha falta. No hubo preámbulos: se desnudaron, se tumbaron en el sofá y, tras girarla, murmurando una retahíla de obscenidades la tomó por la espalda, agarrándola por las caderas y sacudiéndola con vehemencia. Carlos acabó rápido, como si de tanto contener la pasión a la primera llamarada hubiera deflagrado y consumido en su totalidad lo que llevaba dentro, y con la respiración jadeante fue a lavarse al baño, donde se le oyó abrir los grifos y frotarse con jabón sus partes, una manía de médico, volviendo a su lado con el pene fláccido cimbreándole entre las piernas, con la expresión impávida y la mirada puesta en ella, sonriente, como satisfecho de haberse salido con la suya. Ella había aprovechado para apagar las luces y dejado el salón en penumbra. Una débil luz de farolas se colaba por las cortinas de la ventana. Qué estoy haciendo, se preguntaba María, qué coño estoy haciendo, y se notó muy incómoda. Algo marchaba mal, todo marchaba mal. Estaba como ausente, como sin espíritu ni voluntad, vencida. Se quedaron hasta bien entrada la noche hablando desnudos encima del sofá. María, al principio, tumbada junto a él, le estuvo acariciando el pecho mecánicamente, como por costumbre, en realidad no sabía por qué lo hacía, pero a los minutos se dio cuenta de que se comportaba como la amante insatisfecha que quiere así compensar el hecho de que no le hubiera producido el más mínimo placer aquel polvo y de que quizá estaba tratando de desenterrar, excavando con los dedos en un acto reflejo, algo muy sepultado, yerto y frío, por lo que retiró la mano y se incorporó para fumar un cigarro, despegándose de su cuerpo. En la penumbra la llamarada del mechero iluminó unos segundos su cara en tonos naranjas, la mirada era errática, la sonrisa cínica. Mientras él le hablaba del futuro con las acostumbradas mentiras (qué falta de imaginación) ella sonrió fingiendo creérselas pero dejó de prestar atención y recordó a Martín. La nostalgia y la traición le dieron una bofetada, ya no deseaba seguir exhibiendo ante aquel tío su desnudez más tiempo por lo que se cubrió con una camiseta. Quiso decírselo entonces, lo tenía en la punta de la lengua, a punto de decirlo, pero sabía que no iba a hablar de ello en aquel instante. Necesitaba un tiempo, temía su propia reacción tanto como la de él. Esperó. Siguió sonriendo de modo forzado y cínico. Estaba tendido boca arriba junto a ella, el pene se le había achicado, empequeñecido resultaba ridículo. Carlos debió de advertirlo al tiempo de la hora que era, porque a continuación se levantó y comenzó a vestirse: pantalones, camisa, zapatos. Fue entonces, cuando se enfundaba la americana, que se lo dijo.
—He conocido a otro. Esta será la última vez, Carlos. 
—Pero, y…
—Ahórrate lo de que vas a dejar a tu mujer —le interrumpió—. No me llames, no vengas tampoco por aquí. Necesito estar sola.
Carlos, entreabriendo la puerta, con el cuello vuelto la sonrió cáustico, porque sabía que así la molestaría y porque hacerse el desinteresado puede que la hiciera cambiar de decisión.
—Tú misma. Adiós.
—Adiós.
Se cerró la puerta. Se quedó en el centro de la habitación y escuchó sus pasos en la escalera. Sentía la palidez de su cara, la humillación espantosa, le entró un ataque de furia, gritó a pleno pulmón y comenzó a maldecirlo, golpeando con los puños el mismo sofá donde unas horas antes lo habían hecho, y después a pasearse por el salón con los brazos pegados al pecho, a forcejear con el recuerdo nauseabundo de aquel hombre, a extirparlo de la conciencia, jadeando de rabia. Era más guapo que Martín, pero no era nada más que eso, un crío guapo. Egoísta, pagado de sí mismo, orgulloso, vanidoso. Y lo peor es que lo sabía y aun así había caído de nuevo. Estaba furiosa consigo misma por esa dependencia, por aquella fugaz debilidad que había tenido y de la que temía volver  a ser presa. Se repetía que nunca más volvería a ver a Carlos.
—Me siento terriblemente furiosa y triste a la vez. Y decepcionada. Decepcionada conmigo misma porque aunque he intentado odiarlo y olvidarlo, no lo consigo, y eso le ofrece la posibilidad de hacerme bailar de nuevo al son de sus reacciones y deseos.
Y es que Carlos despertó en ella un violento deseo sexual, pero también una peligrosa e incontrolable pasión. La pasión es una mezcla de dicha y de dolor que se alimenta de sí misma, igual que un cáncer, y como él: devora. Y esta pasión revoluciona y destroza a partes iguales. A María le duele comprobar que ha logrado poseer fácilmente al Carlos hombre, al macho, pero que está lejos de conseguir al Carlos compañero. Él sabe que se ofrece para las dos cosas, pero no le interesa nada más que una. Y que sin embargo, pese a todo, pese a ser parte de un plan sin futuro, le quiere. Le quiere y le detesta. La confusión es enorme.






-XIII-

Lo primero que hizo Erika nada más despertar fue irse a componer al baño caminando de puntillas, sigilosa. Cerró la puerta con cuidado para que su compañero no se despertara, para nada quería que la viera con aquel aspecto que, sospechaba, debía tener recién levantada y tras toda una noche cabalgando sobre un desierto de seda. Qué noche. Qué hombre. Qué locura. Hacía años que se veía horrible en los primeros momentos del día y desde la operación aún más, solo a medida que pasaba el día se reconciliaba con su ego. Eso la deprimía. Para nada quería que Martín la viera con aquel aspecto lamentable que, sin duda, tendría. No quería ni mirarse en el  espejo hasta haberse lavado la cara y echado sus cremas regenerantes, reconstructoras y reafirmantes. Abrió los grifos y se introdujo en la ducha, el agua cayó sobre su piel, su cara y su pelo. Se secó concienzudamente con la toalla al salir de la ducha, y acto seguido se embadurnó el cuerpo con un hidratante que olía jazmín. Me olerá así por la mañana y es lo que recordará siempre de mí. Después hizo lo mismo con la cara, y hecho esto decidió verse por fin.
—Estás horrible de vieja, qué ojeras. ¡Mira qué arrugas!
Le martirizaba la pinche flaccidez que le había aparecido en algunas partes, vestida daba el pego pero desnuda, como ahora lo estaba, no. Le consolaba ver que conservaba los pechos todavía frescos y victoriosos, sin embargo su torso había enflaquecido y se le notaba el esternón;  que las caderas y los muslos eran aún finos aunque la piel, tersa en unos lugares, se aflojaba en otros. Se echó una crema carísima en las comisuras de los ojos para eliminar los rastros de la fatiga de la noche, que extendió con los dedos. Parpadeó varias veces e hizo unas muecas. Y volvió a verse. Ahora sí. Respiró satisfecha al ver que la mirada volvía a ser prácticamente igual que en los tiempos de su gloria. Eso la hizo sonreír por primera vez en la mañana. Ya estaba recompuesta, se dijo satisfecha. Al hacerlo comprobó que seguía teniendo una sonrisa dulce y enigmática. La decadencia avanzaba pero se había detenido piadosa ante la bella expresión de sus labios, cóncavos como una luna en creciente.
Peinó su pelo mojado hacia atrás, se echó unas gotas de perfume y volvió al lecho junto a él. La luz llenaba a esa hora la habitación. Martín todavía dormía plácidamente, tenía el pelo gloriosamente revuelto, y la expresión tranquila y relajada imprimía a su rostro un aire de vulnerabilidad. Parecía incluso más joven. Retiró la sábana para ver de nuevo y a la luz de la mañana el cuerpo de él y poder estudiarlo a placer, libre de su mirada siempre inquisitorial. Sus labios estaban entreabiertos. Acarició muy suavemente con las yemas de los dedos, apenas rozando, su torso y su abdomen. Siguió bajando entreteniéndose entre los surcos de sus abdominales y llegó hasta su pene.
Martín abrió un ojo. Sonrió.
—Buenos días.
—¿Te he despertado?
—Sí.
Parpadeó. Le gustaba comprobar que ella seguía allí.
—Veo que no es lo único que se te ha despertado.
Volvió a parpadear y arqueó su espalda desperezándose. Sintió que ella admiraba su cuerpo y le gustó la idea de que ella disfrutase contemplándolo. Había soñado que estaba en una isla perdida en un mar prohibido y remoto donde nunca llegaba nadie. Habitada tan solo por una hermosa hechicera que, con embrujos, trataba de no dejarlo marchar, de impedir que retornara a su patria y que recobrara su anterior vida.
Miró a Erika en silencio y pensó que era bueno estar allí, en aquel lugar perdido, con ella. Que era bueno amar y ser amado. Que era bueno desear y ser deseado. Se sintió extrañamente feliz. Era, qué duda cabe, la perfecta fantasía sexual, una mujer que había conquistado la posibilidad de disfrutar de y con su cuerpo en perfecta simbiosis con el amante. Con total ausencia de moral. No cabe ser amoral a los 62. Al fin y al cabo lleva liberada sexualmente décadas, concluía. Pero, y esto le entristecía, esto tiene un límite; aquel sitio junto a la diosa, junto a la hechicera, tenía una fecha y un fin, aquellos días nada más, no se atrevía a cifrarlos, hasta que Héctor regresara y fuese expulsado y pasara a ser simplemente algo que ocurrió y se esfumó.  Un recuerdo. Otro Pedro Montes. Entonces, se daba cuenta, él perdería un lugar en su vida. Y le angustiaba la posibilidad de no ocupar más ese lugar, ni siquiera como el amigo que fue: todo por unas noches de sexo.
—Los hombre sois previsibles —se arrancó a decir Erika.
—¿Por qué lo dices?
—Seguro que ahora estás recordando aquella conversación que tuvimos y te preguntas si has sido buen amante.
Martín sonrió por la ocurrencia.
—No, amiga mía, no pensaba en eso. Pensaba en por qué estoy aquí y en cómo había ocurrido todo. Pero ya que hablas de ello ¿Qué tal lo hice?
—¡Padrísimo!
En realidad en lo que pensaba es que nunca, hasta esa noche, se había sentido violado por mujer alguna. Nunca él se había quedado al margen, consintiendo. Nunca había sido el objeto pasivo. No soy yo, razonaba en la última frontera del pensamiento. No es a mí a quien abraza, ni es a nadie a quien pueda asignársele un rostro, una voz, una boca. No es ni tan siquiera por mí. Está tratando de volver a sentir lo que tuvo con aquel hombre al que tanto le recuerdo, hace un cuarto de siglo y que, a lo que parece, no ha olvidado. ¿Ocuparé yo un lugar en su mente en el futuro, cuando ya no ocupe un lugar en su vida?
 —¿Padrísimo?
—Sí, padrísimo: buenísimo, excelente.
Martín sonrió, gozoso. Ella hundió el rostro en el hombro de él, encajando como si en toda su vida no hubiera hecho otra cosa y acarició con los dedos el vello del pecho. Estuvo así un rato y al cabo suspiró.
— Por nada del mundo Héctor debe saber esto.
—Me alegro de que saques el tema. No sabía muy bien cómo preguntártelo.
—Júramelo —ordena.
—Te lo juro —responde solemne.
Ella le besa.
—Siempre nos lo hemos dicho todo pero esto… esto le mataría. Nunca lo entendería. No debe saberlo.
—Me llevaré el secreto a la tumba.
Ahora es él el que la besa a ella. Apasionado.
 Mientras juntaba con los suyos aquellos labios entreabiertos y húmedos, confuso, advirtió que se deslizaba un breve suspiro, que parecía decir: Lo que estás viviendo ahora se perderá en el olvido, desaparecerá de tu corazón de igual manera que la belleza lo hizo de mi cuerpo. Es esta de ahora una realidad que se superpone a otra realidad anterior, la realidad con Héctor, en la que ella no era feliz, en la que por alguna razón que no sabe, ella sufre, pero que irremediablemente volverá a ser engullida por la primera.
—Tampoco María debe saber lo nuestro.
—¿La quieres?
—No sé. Es siempre difícil saber si algo puede funcionar, aún cuando no funciona. Pienso que, de darse otras circunstancias, podríamos llegar algo… Pero la verdad es que ahora no sé, como te dije, dónde estamos —se daba cuenta de que divagaba para no hablarle de sentimientos y había que salirse por la tangente—. Las mujeres siempre ganan porque tienen la facultad de olvidar primero, mientras que los hombres entramos con paso firme en una nueva relación.
—Es gracioso, ambos estamos engañando, Martín. Somos cómplices de un engaño.
—La clave está en que entre nosotros no nos engañemos nunca.
—Yo confío en ti.
—También yo. Eres unas de las personas más francas y directas que conozco.
Y se juntaron de nuevo en un beso apretado, dulce y lento.
Probablemente, pensó Martín, en aquella realidad de Héctor no sea feliz y en la de ahora sí, no lo sé, pero estoy seguro de que está sufriendo, de que actúa maravillosamente y aparenta lo contrario. ¿Es por las infidelidades de Héctor? ¿Es por el adulterio que está cometiendo conmigo? Adulterio, qué palabra. No, no es por eso, deja claro que esto es mera atracción. Libres nos encontramos y libres nos separamos y todo eso. ¿Será porque ve que el ocaso de su belleza cabalga? ¿Se siente mayor? Y haciéndose ésta pregunta despegó sus labios para mirarla. Y recorrió su cuerpo desnudo de arriba a abajo que se le incrustó con júbilo en la cabeza. ¿Belleza exangüe de flor marchita? Es bella, es hermosa, y lo seguirá siendo a pesar de las imperfecciones que se extienden lentamente sobre su piel como la hiedra sobre una pared. Rosa efímera, pronunció en medio de un suspiro que se le escapaba. ¿Cómo dices? Preguntó ella. Nada, respondió él. Pero las dos palabras, rosa efímera, se le repitieron en su cabeza acordándose del párrafo:
«Y el geógrafo le explicó al Principito que efímero quiere decir amenazado de pronta desaparición. Cuando el principito escuchó esto, se entristeció mucho. Se había dado cuenta de que su rosa era efímera.»
—Una cosa más te pido, Erika.
—Dime.
—Pase lo que pase, ocurra lo que ocurra, prométeme que jamás dejemos de ser amigos.
La idea de que acabe siendo un recuerdo menguante o ni eso, le atormenta.
—Prometido.

   
Continuará... 
        ©Humberto, 2012

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