Vistas de página en total

jueves, 16 de mayo de 2013

EL FARO VIII






LIBRO SEGUNDO
OCTAVA PARTE
 


-XXV-




¡Gachupín!, volvió a repetir el hombre saliendo de la sombra a la claridad grisácea de la tarde, y de ese modo lo pudieron distinguir: era Héctor. Martín le soltó la mano a Erika, suavemente, de un gesto rápido y sin brusquedad, y siguieron avanzando hacia el faro,  a su encuentro, la gravilla crujiendo bajo ellos, como si tal cosa.  Trataba, Martín, por todos los medios de no mirarlo como a un aparecido:
—¡Hostia puta! —exclamó, mirando a la silueta del Jaguar aparcado junto al Mercedes—. Por lo que veo, en esta familia es costumbre presentarse de improviso.
—¡Así somos los mejicanos! —una línea blanca bajo el bigote era su risa.
La imagen de John Wayne enfundando el Winchester porque no iba a hacerle maldita la falta, pasó fugazmente por la mente de Martín. Esta noche no, lamentó para sí viendo truncados los planes. Esta noche, no. Y, maldita sea, no habrá más ocasiones. Ahora miraba por el rabillo a Erika, caminando a su lado, permanecía inalterable, ausente, sin mover un músculo de la cara, como una máscara azteca.
Héctor anduvo unos pasos a su encuentro. Nada en el semblante de su viejo amigo parecía advertir que estuviera enfadado o que sospechara algo. No, ni tampoco les había visto besarse abajo, en la cuesta, confirmó aliviado cuando llegados a su altura, en ademán exagerado éste abrió los brazos y le abrazó enérgicamente dándole palmadas en la espalda.
—¿Gachupín, ahorita le haces de remolcador a esta viejita?
—La cuesta del sendero es empinada —explica, átono—, y a Erika le faltaba el resuello al final. He tenido que ayudarla un poco.
—¡Todo un caballero español!
Se separaron un poco: Vestía un traje claro, sin duda muy caro, pañuelo de seda oscura en lugar de corbata, Rolex de oro asomando por el puño de la camisa a rayas azules y rojas. Parecía salido de las páginas de una revista de moda. Héctor saludó a su mujer quien le puso fríamente las mejillas y entraron en la casa. Los hombres se sentaron en el sofá en tanto que Erika lo hizo en uno de los dos sillones, cruzando las piernas y mirando fijamente para el mar, a través del ventanal. Y no musitó ninguna palabra, limitándose a, de vez en cuando, mover el pie izquierdo al compás de una música que solamente ella oía. La cosa iba deprisa, aún no había tenido Martín tiempo de asumir la presencia del marido e iban a tener que conversar. Afortunadamente fue Héctor quien empezó. Qué bueno, dijo. Me gusta más improvisar que hacer planes. Y al cabo, les narró cómo, tras colgar el aparato, nada más terminar de hablar por la mañana con Erika, había tomado, a la una, el primer avión en Barajas para Asturias, «al carajo con la posproducción, allí nomás que necesitan lana, no mi opinión técnica para montar las escenas, porque lo que es «montar» ya montaron de lo lindo los actores», y después pasado por la casa de Quintueles a recoger el Jaguar del garaje, «¡carajo, prendió a la primera éste pinche carro inglés!», viniéndose a continuación al faro. En pocas horas todo. Y aquí estaba. Tenía verdaderas ganas de verte, exclamó con una expresión extrañamente forzada, ¡hacía tanto tiempo!, y de charlar,  bueno —Mirando hacia ella— de platicar y de verlos a los dos, estar los tres juntos como otras veces. A continuación le estuvo hablando de los pormenores del rodaje, de las actrices —puso dos manos vueltas frente a sí, indicando el tamaño de los pechos—, de los actores —ahora las palmas, paralelas, indicaban longitud—, de los lugares donde rodaron exteriores, que Martín conocía a la perfección de su periplo policial  madrileño, de que todo había ido la mar de bien y de que esperaba sacar  bastante más lana de la que había invertido. Pero bastante requetemás.
Martín, que no perdía detalle, pensó que la presencia de Héctor era debida a que éste intuía que había sido descubierto en su infidelidad, también en que la realidad imitaba a la ficción y que se hallaba en medio de una comedia de enredo francesa, o algo así. El marido infiel, su mujer infiel y el amante de ésta, amigo infiel del otro, allí reunidos los tres. Actuando todos. Interpretando el papel de no saber que sabían.
Héctor se dirigió hacia la barra del bar, sin dejar de hablar, hizo un gesto señalando con el dedo la botella interpretable como si quería tomar lo mismo, un whisky: Dimple Reserva Dieciocho Años, «mayor de edad», que el otro negó con la mano. ¿Otra cosa?, sugirió. Este dudó un momento. No, nada gracias, estoy bien así, rechazó. Estando sereno no cometería ninguna torpeza, ningún desliz. Repitió el gesto con Erika quien asintió con la cabeza. Sirvió dos copas y le entregó una a su esposa, acariciándola el pelo antes de volverse de nuevo a sentar junto a Martín.
—Haces mal en no tomar una copa. Este líquido pasó una eternidad encerrado esperando  en una barrica de roble a que yo me lo bebiera. 
El tono dorado especialmente oscuro empezaba a diluirse en el hielo, observó Martín, como sus deseos cancelados para aquellas alturas de la tarde. De no ser por la sorpresiva visita ahora, imaginaba,  estaría acabando de festejar egoísta lujuria entre sábanas ebrias de pasión.
Héctor bebió un trago. Miró un momento hacia el techo, paladeándolo. Suspiró satisfecho:
—Tenías que haber estado allí, gachupín. Tanto hacerte el pendejo con lo de estar en soledad con la misma soledad y no ser más que una piedra —aludiendo a su última conversación—. Tenías que haber estado en uno de esos rodajes llenos de mujeres cachondas y de tíos bien armados.
Héctor estalló en una carcajada estruendosa. Martín sonrió cómplice. Las pupilas de Héctor se avivaron. Seguro, pensó Martín, está ahora recordando algún tórrido momento vivido con la tal Lucinda y con alguna actriz porno, o con varias. El muy capullo, sinvergüenza mujeriego. ¿Qué clase de hombre es este que pudiendo tener las amantes que quiera, tiene una funcionaria con trienios acumulados? ¿Qué rey Candaules es este que cuelga un retrato de su mujer desnuda a la vista de cualquiera?,  ¿Quién dejaría solos y en un lugar recóndito, a Erika, la diosa, y a un veleidoso escritor?
—Una experiencia así —continuó ahogado, tratando de no reír—, te vendría bien para luego escribir de ella.
Miraba simultáneamente a Héctor y a Erika. Esta última no abría la boca y su seriedad contrastaba con la alegría de él. Silente, lejana: No estaba para bromas. Decidió por respeto, no seguirle el juego. No, niega con la cabeza:
—Supongo que llegado un momento, la visión se acostumbra a tanto trasero y a tanto cabalgar y succionar, que llega a resultar hasta tedioso.
Tras esto la conversación pasó a Martín quien le habló de lo que habían hecho ellos dos en aquellos días. La villa, el embarcadero, la terraza del Café Moderno, la comida en Casa Antxón, el paseo de aquella tarde por el acantilado, el otro paseo de esta tarde por la playa. Ignoraba cómo sonaba todo lo que decía pero le pareció que resultaba convincente, el mejicano no parecía sospechar nada. Y finalmente quiso interesarse Héctor por su nuevo trabajo.
 —Bueno, tengo un relato inacabado y el borrador de una novela.
—Me satisface que hayas vuelto a escribir. Te lo dije, el faro es el lugar idóneo para esto de teclear. Aquí escribí yo muchos guiones, en su momento, ¿verdad, mi chula?
Erika, pegó un trago largo, y asintió con la cabeza, fríamente, los ojos graves.
Hablaron del proceso creativo. De la soledad. De muchas cosas que les eran comunes a ambos. Afuera ya estaba oscuro, la luna rielaba sobre el mar y una lechuza cantaba. Mirando el Rolex de oro Héctor dijo que quería celebrarlo, lo del fin del rodaje y lo del reencuentro, que los convidaba a un buen sitio a cenar.
—Langosta del Cantábrico y champán francés.
—Por mí, vale —asintió Martín.
—¿Tú, cielito? ¿Estás lista?
  Erika, con la mirada vacía, dijo:
—Les dejo. Voy arriba a ducharme y a arreglarme. La caminata me ha dejado sucia.
Martín la siguió con la vista por si le daba alguna señal, pero no se giró, hasta que desapareció, los hombros pasivos, cabizbaja, por el rectángulo al final de la escalera. Notó sus pasos arriba en el pasillo, y luego abrir el agua de la ducha.
—¿Algún lugar en especial?—ahora se había vuelto hacia Héctor, que lo miraba con cara de estar esperando hacer una pregunta sobre su mujer y su actitud.
—Sí, una marisquería en el pueblo —hizo una pausa. Puso la mano derecha bajo la barbilla, como de pose estudiada—. Oye, gachupín, amigo, ¿tú sabes qué le pasa a Erika?
Lo observó atentamente, tratando de que su rostro fuera lo más impenetrable, y esperó cinco segundos mascullando la forma de responder más oportuna.
—No. No lo sé, Héctor, porque nada me ha dicho. Pero es obvio que le pasa algo. Lleva así desde esta mañana, por lo menos.
—Sí, ésta mañana hablamos por teléfono. ¿Pero no te ha dicho nada?
—No. nada. Pero tengo mi suposición. Como tú tienes la tuya, ¿no es cierto?
Sostuvo la mirada, frunció la frente. Tocado, decía el gesto, tocado y hundido.
—Lo sabe —dijo al fin.
—¿Tienes un lío, no es eso? Un lío de larga duración.
—Pinche policía sabueso. ¿Cómo sabes eso?
—No lo sabía pero ahora ya lo sé, porque me lo acabas de confirmar: saqué mentira de verdad. Y ya que estamos, cuéntame.
Héctor entornó los ojos, recordando: Lucinda, su frondosa melena negra, el hermoso rostro de piel tostada, sus pechos redondos, sonriéndole en aquella habitación del hotel de Madrid del mismo modo que siempre lo había hecho en las animadas terrazas de los hoteles de Acapulco, en Texas, en California, en las Bahamas y en tantos lugares donde a lo largo de toda una vida se habían encontrado, para tener sexo, engañando a sus respectivos cónyuges, al menos el tiempo que ella estuvo casada (ahora estaba divorciada de su cuarto marido, el Gringo). Siempre provocativa y ardiente, con su acento de Jalisco, a la vez suave y a la vez rudo, dispuesta a todo, a transgredir cualquier convencionalismo, a ir más allá, a pasar cualquier frontera, culminar la más baja pasión, satisfacer el más oscuro deseo.

Una gaviota levita en el aire frente al ventanal, y al segundo, volando entumecida, se aleja y se pierde en la bruma y en la noche. Martín lo está mirando  en silencio, atento y con los ojos graves, sintiendo el rumor del mar al otro lado del grosor de las paredes que lo separaban del tiempo detenido, de la eternidad: su particular isla de Ogigia. Héctor, que con su pelo blanco le parece un Ulises viejo llegando a Ítaca sin ser reconocido por nadie, apura la copa, se cerciora de que Erika no le escucha, y en voz queda empieza a contar su historia.



Continuará... 
        ©Humberto, 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario