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miércoles, 4 de febrero de 2026

Antes del último día



Antes del último día


 




Caminas por Lavapiés como quien atraviesa un tribunal invisible, con la solemnidad obligada de quien sabe que la sentencia no requiere testigos. No hace falta que nadie te señale: la ciudad, vieja y sabia, ha dictado su veredicto desde el primer instante en que pusiste un pie en sus calles. Las farolas derraman sobre los charcos una luz cansada, y en cada reflejo se asoma un rostro que ya no reconoces como propio. Madrid no se inmuta; ha visto demasiados hombres como tú creer que podían escapar de sí mismos y, sin embargo, ninguno logra sustraerse a su destino.

El teléfono sonó de madrugada, tres veces, con la insistencia de una campana de difuntos que llama a los vivos para recordarles la fragilidad de su existencia.

—Tienes que volver —te dijeron—. Todo lo que creías saber es mentira.

Colgaste, y supiste, con una certeza tan fría como inevitable, que no habría marcha atrás. Porque hay verdades que no llaman: reclaman.

Llegaste a Madrid huyendo, creyendo que el ruido de la capital ahogaría las preguntas que te perseguían desde niño. Te equivocaste. Aquí las preguntas no se callan: se reproducen, multiplicándose con obstinación cruel. En los bares de Malasaña, entre humo rancio y vasos pegajosos, la música suena como una burla constante de tu ignorancia. En Gran Vía, los neones iluminan tu rostro como focos de un interrogatorio eterno. Todo te observa. Todo espera.

Buscas la verdad con la obstinación de quien confunde la luz con la salvación. Quieres saber quién eres, de dónde vienes, qué error cometiste antes incluso de tener memoria. No lo haces por soberbia —te dices—, sino por justicia. Pero hay justicias que no fueron hechas para los hombres; y hay verdades que, una vez reveladas, pesan más que cualquier pecado.

El destino te alcanza una noche en la M-30. El asfalto, brillante y traicionero bajo la lluvia, parece querer recordarte que nada escapa a la ley de las causas y los efectos. Un choque seco, metal contra metal. Sales ileso. El otro hombre no. Más tarde sabrás que era tu padre; no el que te crió, sino el verdadero, aquel que debía morir por tu mano aunque tú ignoraras su existencia. Madrid no necesita oráculos: usa carreteras y espera pacientemente.

En la comisaría conoces a Lucía. Periodista, mirada clara, voz firme, con la serenidad antigua de quien ha aprendido a leer la vida sin asirse a las ilusiones. Investigáis juntos: archivos polvorientos, hospitales con luces que deforman la piel y la memoria, papeles amarillentos que huelen a polvo y a culpa. Cada documento cae como una losa, con la precisión inexorable de la justicia divina. Ella sabe más de lo que dice; tú preguntas más de lo que deberías.

—Hay verdades que no se buscan —te advierte—. Se soportan.

No la escuchas. Nunca lo hiciste.

Entonces lo entiendes. No de golpe, sino con la lentitud cruel con que se acomodan las verdades definitivas: el hombre muerto en la M-30, la mujer que ahora te observa con mezcla de piedad y horror, las fechas, los silencios, las medias palabras que pesan más que cualquier sentencia. Comprendes que no hubo error ni desviación posible: ellos eran tus verdaderos padres. Siempre lo fueron. Y tú, sin saberlo, has cumplido cada paso de la sentencia dictada antes de que aprendieras siquiera a nombrarte.

Recuerdas los oráculos, las advertencias que despreciaste con la soberbia del hombre moderno. Oráculos —pensabas—, supersticiones para cobardes. Y sin embargo, aquí estás: habiendo matado al padre, habiendo amado a la madre, habiendo confirmado, una a una, todas las predicciones que juraste evitar. No huiste del destino; lo recorriste paso a paso, con la obediencia inadvertida de un instrumento dócil.

La ciudad no dice nada. Madrid sigue su curso: el metro ruge bajo Sol, los camareros limpian la barra, los taxis pitan con la furia heredada de generaciones. La ciudad no se detiene por las tragedias privadas. Y tú, que creíste dominar tu destino, comprendes demasiado tarde que solo has cumplido con él.

La noche que todo se cerró sobre ti estaba viva de ruidos y luces, como una plaza mayor en vísperas de condena. Gran Vía brillaba bajo tus pasos como un río de neón y humo, con escaparates cargados de vanidades inútiles y carteles de cines donde la violencia se anunciaba como entretenimiento trivial. Madrid exhibía su fulgor sin pudor, ajena al drama del hombre que camina creyéndose libre.

En los callejones de Malasaña, la lluvia caía con la paciencia de un juez antiguo sobre adoquines rotos. Los grafitis, torpes y desafiantes, murmuraban verdades que no querías oír, como si la ciudad entera se hubiera conjurado para hablar cuando ya era tarde. Cada esquina era una advertencia; cada sombra, un reproche.

Te maldices. Maldices tu hambre de verdad, tu fe arrogante en la voluntad, tu empeño en mirar cuando debiste aceptar la sombra. Maldices al destino, a los dioses mudos, a esa maquinaria invisible que te utilizó sin concederte siquiera el consuelo de la ignorancia. Pero incluso en la blasfemia comprendes la última humillación: todo reproche llega tarde.

Frente al espejo empañado de tu piso lo ves todo con una lucidez que ya no necesitas. Comprendes, por fin, que ver fue siempre tu mayor falta. No hubo error mayor que querer saberlo todo. No hubo castigo más justo que este. No gritas: el silencio es más severo.

Te arrancas los ojos no por desesperación, sino por justicia: porque quien ha mirado demasiado no merece seguir viendo. Y mientras cumples el castigo, Madrid continúa rugiendo detrás de los cristales —neones, motores, voces, lluvia— indiferente y despiadada, como toda verdad que llega cuando ya no puede salvar a nadie.

Ningún mortal puede considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último día, hasta que llegue al término de su vida sin haber sufrido nada doloroso

©Humberto 2026.

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