LA LLENA DE GRACIA
Nazaret era una aldea florida, recostada sobre la ondulación suave de una loma; un lugar donde el tiempo parecía detenerse y la vida transcurría al ritmo pausado de la fuente cristalina que, fresca y abundante, era orgullo del pueblo y refrigerio seguro de las caravanas. La aurora se insinuaba apenas; el poblado reposaba aún entre sombras, mientras una luz diáfana deshacía la negrura de la noche. Venus, el lucero rezagado que da los buenos días a la mañana, despedía sus últimos fulgores de plata sobre tejados y huertos.
María, la doncella más hermosa de Nazaret, despertaba siempre con las estrellas. Abrió su ventana y dejó que la brisa del alba besara su rostro. Hija de Joaquín y Ana, de la regia estirpe de David, esposa de José, el varón justo de la vara florida, María vivía rodeada de la sencillez y la gracia del hogar. La casa de Joaquín estaba adornada con un emparrado en la puerta y un pequeño huertecillo al costado; de aquel huertecillo asomaba su ventana, y rosales y geranios trepaban con codicia, como deseando contemplar la hermosura que en ella se encarnaba.
Los ojos de María, azules como el cielo y luminosos como estrellas, se elevaban en alabanza y gratitud. Arrodillada, comenzaba su oración, y era tal su belleza que la misma reverencia parecía realzarla: frente tersa como oriente de perlas, mejillas encendidas como rosas de Jericó, párpados entrecerrados semejantes a conchas preciosas, cabellos rubios que relucían como espigas doradas al sol. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, recordaban lirios recién abiertos; su talle inclinado, la reverencia de una azucena que se inclina al soplo de la brisa. La blanca túnica y el manto azul, nimbados por la luz de un halo celestial, la hacían parecer un ángel, un ángel de carne y espíritu.
María había sido moldeada en el templo, instruida en las Escrituras, y su alma guardaba con celo las virtudes que el Sabio recomendaba a la mujer perfecta. En los Reyes y los Profetas había bebido inspiraciones nobles y ansias del Mesías, esperando con impaciencia el día y la hora de su encuentro. Su corazón suspiraba por Él, como suspira la Esposa de los Cantares.
De pronto, un resplandor rompió la estancia. Envuelto en luz celestial apareció el ángel, de vestiduras rosadas y alas de armiño. Su voz, semejante al canto de serafines, llenó la habitación al saludar a María:—Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo.La doncella se turbó, estremecida por la majestad de la aparición. El ángel continuó:—Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, llamaráse Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el Trono de David.Palabras deslumbradoras para la joven de Israel, que jamás habría soñado ser madre del Mesías. María vaciló, guardando la flor de su virginidad. Pero Gabriel, cautivado por aquella pureza, la tranquilizó:—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá.Sus entrañas permanecerán puras, y de ellas brotará el Salvador.
Un estremecimiento de místico gozo recorrió a María. Meditó el alcance del mensaje divino, mientras la naturaleza parecía contener la respiración. Hasta la golondrina, posada en la rama cercana, permaneció inmóvil, testigo silente de aquel instante sagrado.
Al fin, quebrada por la emoción, su voz respondió con solemnidad:—He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.Y en aquel fiat, cielo y tierra se conmovieron. Los almendros se cubrieron de flores nuevas; los trinos de las alondras sonaron más claros y vivos; las rosas del huerto de la Virgen abrieron sus corolas tempranas, y la fuente de Nazaret murmuró con alegría renovada. Las golondrinas del emparrado gorjearon con insistencia, y el sol se elevó, más brillante que nunca, bañando la aldea en un fulgor que parecía celestial. En lo alto, los ángeles tañeron sus arpas de oro, sintiendo el éxtasis de la bienaventuranza.
¡Y el Verbo se hizo carne!
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