Nos juntó el azar, que por azar se juntaron o se apartaron las vidas de los españoles, cuando a todas las hizo saltar de su cauce la terrible guerra civil. Nos vinculó el destino, porque vinculación había de nacer entre quienes entendíamos o soñábamos del mismo modo el sentido histórico que esa no querida guerra pudo tener y no tuvo. Nos unió al fin, y de un modo cada vez más apretado, la mutua amistad, el hecho de sentir y saber que ya no se puede ser con integridad «uno mismo», sin la viviente existencia del otro. Ha muerto Dionisio Ridruejo, y desde la íntima, irreparable pérdida de un hombre que así era amigo mío tengo que hablar de él.
Otro día contaré con detalle las vicisitudes del proceso a lo largo del cual ese encuentro azaroso se hizo vinculación en el destino, y ésta fue convirtiéndose en amistad más y más entrañable. Sacando fuerzas de flaqueza, porque el dolor me hace ahora muy difícil dar figura de palabra a lo que sólo debiera ser sollozo, me limitaré a exponer en grandes rasgos cómo ante mis ojos -los ojos de alguien para el cual, agustinianamente, sólo por el amor puede accederse con derechura a la verdad-, fue la egregia persona real de mi amigo muerto. Seis rasgos principales vi yo en ella, cuando en pocos años pasó de ser precoz espiga verde, que así la conocí yo, a ser definitiva espiga dorada: lucidez, valentía, nobleza, abnegación, exigencia y melancolía.
Lucidez. «Eres hombre luciferino», solía decirle, jugando en primera potencia con la etimología, y en segunda, con la semántica, nuestro malogrado Ángel Álvarez de Miranda. Siempre habló Dionisio de lo que sabía o de lo que podía adivinar, nunca de lo que no sabía; y cuando la palabra -descriptiva, definitoria, interpretativa o adivinadora- brotaba de su boca, en todo momento fue luz que esclarecía, lumbre que hacía ver con claridad lo que por su naturaleza puede ser visto y que a la vez era capaz de respetar lo que para nuestra inteligencia sólo penumbra debe ser. Literatura, política, concreta realidad de un hombre, de una ciudad, de un país, de una situación; cualquiera que fuese el tema, Dionisio, de una manera cada vez más serena, menos arrebatada, sabía presentarlo al oyente con luminosidad eficaz y matizadora. Más o menos articuladamente, quien había tenido la suerte de escucharle se despedía de él con esta firme convicción en su alma: «Todo más claro».
Valentía. Precisaré: valentía sin jactancia y sin dureza. Hay valientes jactanciosos; los que para ejercitar su arrojo necesitan de un público. Hay valientes duros; los que no conciben el valor sin una armadura de violencia. Bien distinto el de Dionisio. Nadie con más llaneza y suavidad -sólo la sonrisa era su armadura-, en el trance de asumir un riesgo sólo propio. Nadie con tal decisión para hacer suyo, únicamente suyo, un riesgo que por su condición tuviera que ser compartido. La recatada y fina valentía de quien no sabía ni quería ser valentón; esa fue siempre, desde que en la puerta segoviana de San Quirce le conocí, la de este Dionisio que todos hemos perdido. Esa «clara valentía, del viento entre los árboles», que hace años cantaron dos hermosos versos de Luis Rosales.
Nobleza. ¿En qué consiste la nobleza? En ser preclaro, ilustre, generoso, honroso y estimable, dice nuestro diccionario. No me basta ahora la definición oficial. Noble es para mí quien sobre ese conjunto de cualidades, dando a todas ellas oportuna y cambiante realidad convivencial, sabe transformar el buen trato en amistad delicadamente personalizada, y con hidalguía tan ingénita como cultivada es totalmente incapaz de transformar la hostilidad en odio. ¿Quién como mi amigo muerto para ser a la vez amigo de éste, y de éste, y de éste, y nunca, con la baratera y trivial amabilidad de los héroes de sainete, «el amigo Dionisio»? ¿Qué adversario suyo -no pocos tuvo-, fue por él jamás tratado con injusticia o con rencor?
Abnegación: la virtud del que negándose o esfumándose a sí mismo, dispuesto siempre a decir: «Aquí estoy», sabe regalar a los demás la existencia, una ventaja sobreañadida o una dignidad que sin él nunca hubiese podido conseguir. En su puesto de mando o en la celda de una prisión, ¿cuándo dejó de ser abnegado, noble y valientemente abnegado nuestro Dionisio? Del león, baste una uña: durante nuestro común trabajo en Burgos, calladamente, clandestinamente Dionisio -luego lo supe- hacía pasar a mi módico sueldo cierta parte del suyo, para que mi mujer y mi hija pudiesen pagar su hospedaje en un albergue incomprensiblemente llamado «hotel»: ocho pesetas diarias.
(Un inciso, por amor a la precisión. Con la intención que sea, déjeseme reservar mi juicio sobre ella, cierta pluma ha escrito: «En Roma estuvo Dionisio tres años. Eran entonces angustiosamente parvos los sueldos de los corresponsales del Movimiento. Dionisio se había casado. Honesto y limpio hasta el sacrificio, contrajo deudas en la capital de Italia. Un día recibí orden de cancelarlas todas: me la dio personalmente don Francisco Franco».
Sí: con más sentido de la generosidad que de la economía, Dionisio contrajo entonces —bien parvas— algunas deudas: las correspondientes al magnánimo decoro de un modesto representante de España, que se creía en la obligación de atender, aunque fuese en una trattoria del Trastevere, a los muchos españoles que pasaban por Roma. Yo, que en Roma gocé de sus atenciones y contemplé sus apuros, puedo hablar ahora como testigo de mayor excepción.)
«Valentía sin jactancia y sin dureza»
Prosigo. No es necesaria mucha imaginación para saber que Dionisio, de no haber querido ser abnegadamente fiel a sí mismo, hubiese podido ser ministro, o embajador, o beneficiario de permisos de importación o directivo de una empresa gobernada por el Estado, o gerente de cualquier favorecida organización inmobiliaria; y no imaginación, sino muy elemental memoria basta para recordar que por abnegada fidelidad a sí mismo Dionisio no conoció esas prebendas, sino la prisión, el exilio, la deportación, el silencio v la calumnia. Con orgullo de lo que vuestro padre fue, Gloria, Dionisio, Eva, decid a los que acaso maliciosamente hayan comentado las líneas antes transcritas: «De los que un tiempo estuvieron al lado de mi padre, muchos pudieron ser ministros, y lo fueron; y embajadores, y lo fueron; y beneficiarios de permisos de importación, y lo fueron; y directivos de empresas gobernadas por el Estado, y lo fueron; y gerentes de favorecidas empresas inmobiliarias, y lo fueron. Desde nuestra honrosa pobreza, preguntamos nosotros: ¿cuáles son las fortunas que todos ellos legarán, cuando les llegue su última hora, a sus mujeres y a sus hijos?». Quien tenga los oportunos datos, que responda. Buena falta hace, añado yo, si queremos ser tan sensibles a la contaminación moral como a la polución atmosférica).
Exigencia. Con su ejemplo, no con su palabra, exigía Dionisio. Viéndole, oyéndole, el juicio íntimo —«Algo debo hacer yo»— surgía ineludiblemente en el seno del alma, por escasa que fuese la sensibilidad personal ante el mandamiento del destino histórico, el imperativo de la libertad civil, la sed de justicia social y el requerimiento de la dignidad moral de nuestro pueblo. Aunque la desesperanza terrenal —la desesperanza mundana de la españolía en cuanto tal— tantas y tantas veces hiciera presa en el hondón más secreto de uno mismo. Porque Dionisio, sin proponérselo, tenía la virtud unamuniana de convertir en otro Manuel Bueno a quien con él seriamente trataba.
Melancolía. Melancolía, sí, en el fondo último de la acción o en el invisible acaso insospechable envés de la palabra o que definitoria o suasoriamente con tan irrestañable vocación, Dionisio se entregaba. Melancolía que él, salvo en las efusiones de la más íntima y sincera amistad, con tanta delicadeza y tan bien disimulado esfuerzo ocultaba, y que en los penetrables de su alma fue poco a poco creciendo, desde que adquirió cabal conciencia de lo que en no escasa parte es nuestra sociedad y, sobre todo, desde que la certidumbre de llevar mortalmente herido el corazón se le fue metiendo en la raíz misma de su vida cotidiana. La lúcida, valiente, noble, abnegada y exigente melancolía de este gran hijo de España, de este Manuel Buenísimo de nuestros últimos treinta años. «España, tierra de luz y de melancolía», escribió hace nueve lustros Xavier Zibiri. En esa tierra se hincaron las raíces de nuestro Dionisio, y a ella -como el varón que ya enriquecido y depurado por la total realidad del mundo vuelve a su amor primero-, le vi poco a poco regresar, para en ella morir.
La Castilla en llamas y en armas de sus primeros cinco lustros, la Cataluña que paisajística, conyugal y amistosamente le descubrió, la para él inédita dulzura de España, y, luego, la férrea Alemania, y una Rusia que no podía serle enemiga, porque la miraba con un amor nuevo, y Roma, cuya melada y ocre belleza él había de cantar como nadie, y un forzoso París donde, si ello fuera posible, se empapó todavía más de libertad e inteligencia, y la América plácida y convivencial de los campuses universitarios en que gozó el placer inédito e inesperado de aprender enseñando... Pero al término de todo, llevándolo todo en su ya doliente y cansado corazón -ahí está su insuperable Castilla la Vieja, ahí las conmovedoras, últimas palabras de su postrera entrevista en las páginas de Destino-, Dionisio, español y hombre universal, desde su alta y pobre Castilla quiso mirarse a sí mismo y ver a España entera.