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martes, 14 de abril de 2026

En la muerte de Dionisio Ridruejo

 

En la muerte de Dionisio Ridruejo
Pedro Laín Entralgo




Nos juntó el azar, que por azar se juntaron o se apartaron las vidas de los españoles, cuando a todas las hizo saltar de su cauce la terrible guerra civil. Nos vinculó el destino, porque vinculación había de nacer entre quienes entendíamos o soñábamos del mismo modo el sentido histórico que esa no querida guerra pudo tener y no tuvo. Nos unió al fin, y de un modo cada vez más apretado, la mutua amistad, el hecho de sentir y saber que ya no se puede ser con integridad «uno mismo», sin la viviente existencia del otro. Ha muerto Dionisio Ridruejo, y desde la íntima, irreparable pérdida de un hombre que así era amigo mío tengo que hablar de él.

Otro día contaré con detalle las vicisitudes del proceso a lo largo del cual ese encuentro azaroso se hizo vinculación en el destino, y ésta fue convirtiéndose en amistad más y más entrañable. Sacando fuerzas de flaqueza, porque el dolor me hace ahora muy difícil dar figura de palabra a lo que sólo debiera ser sollozo, me limitaré a exponer en grandes rasgos cómo ante mis ojos -los ojos de alguien para el cual, agustinianamente, sólo por el amor puede accederse con derechura a la verdad-, fue la egregia persona real de mi amigo muerto. Seis rasgos principales vi yo en ella, cuando en pocos años pasó de ser precoz espiga verde, que así la conocí yo, a ser definitiva espiga dorada: lucidez, valentía, nobleza, abnegación, exigencia y melancolía.

Lucidez. «Eres hombre luciferino», solía decirle, jugando en primera potencia con la etimología, y en segunda, con la semántica, nuestro malogrado Ángel Álvarez de Miranda. Siempre habló Dionisio de lo que sabía o de lo que podía adivinar, nunca de lo que no sabía; y cuando la palabra -descriptiva, definitoria, interpretativa o adivinadora- brotaba de su boca, en todo momento fue luz que esclarecía, lumbre que hacía ver con claridad lo que por su naturaleza puede ser visto y que a la vez era capaz de respetar lo que para nuestra inteligencia sólo penumbra debe ser. Literatura, política, concreta realidad de un hombre, de una ciudad, de un país, de una situación; cualquiera que fuese el tema, Dionisio, de una manera cada vez más serena, menos arrebatada, sabía presentarlo al oyente con luminosidad eficaz y matizadora. Más o menos articuladamente, quien había tenido la suerte de escucharle se despedía de él con esta firme convicción en su alma: «Todo más claro».

Valentía. Precisaré: valentía sin jactancia y sin dureza. Hay valientes jactanciosos; los que para ejercitar su arrojo necesitan de un público. Hay valientes duros; los que no conciben el valor sin una armadura de violencia. Bien distinto el de Dionisio. Nadie con más llaneza y suavidad -sólo la sonrisa era su armadura-, en el trance de asumir un riesgo sólo propio. Nadie con tal decisión para hacer suyo, únicamente suyo, un riesgo que por su condición tuviera que ser compartido. La recatada y fina valentía de quien no sabía ni quería ser valentón; esa fue siempre, desde que en la puerta segoviana de San Quirce le conocí, la de este Dionisio que todos hemos perdido. Esa «clara valentía, del viento entre los árboles», que hace años cantaron dos hermosos versos de Luis Rosales.

Nobleza. ¿En qué consiste la nobleza? En ser preclaro, ilustre, generoso, honroso y estimable, dice nuestro diccionario. No me basta ahora la definición oficial. Noble es para mí quien sobre ese conjunto de cualidades, dando a todas ellas oportuna y cambiante realidad convivencial, sabe transformar el buen trato en amistad delicadamente personalizada, y con hidalguía tan ingénita como cultivada es totalmente incapaz de transformar la hostilidad en odio. ¿Quién como mi amigo muerto para ser a la vez amigo de éste, y de éste, y de éste, y nunca, con la baratera y trivial amabilidad de los héroes de sainete, «el amigo Dionisio»? ¿Qué adversario suyo -no pocos tuvo-, fue por él jamás tratado con injusticia o con rencor?

Abnegación: la virtud del que negándose o esfumándose a sí mismo, dispuesto siempre a decir: «Aquí estoy», sabe regalar a los demás la existencia, una ventaja sobreañadida o una dignidad que sin él nunca hubiese podido conseguir. En su puesto de mando o en la celda de una prisión, ¿cuándo dejó de ser abnegado, noble y valientemente abnegado nuestro Dionisio? Del león, baste una uña: durante nuestro común trabajo en Burgos, calladamente, clandestinamente Dionisio -luego lo supe- hacía pasar a mi módico sueldo cierta parte del suyo, para que mi mujer y mi hija pudiesen pagar su hospedaje en un albergue incomprensiblemente llamado «hotel»: ocho pesetas diarias.

(Un inciso, por amor a la precisión. Con la intención que sea, déjeseme reservar mi juicio sobre ella, cierta pluma ha escrito: «En Roma estuvo Dionisio tres años. Eran entonces angustiosamente parvos los sueldos de los corresponsales del Movimiento. Dionisio se había casado. Honesto y limpio hasta el sacrificio, contrajo deudas en la capital de Italia. Un día recibí orden de cancelarlas todas: me la dio personalmente don Francisco Franco».
: con más sentido de la generosidad que de la economía, Dionisio contrajo entonces —bien parvas— algunas deudas: las correspondientes al magnánimo decoro de un modesto representante de España, que se creía en la obligación de atender, aunque fuese en una trattoria del Trastevere, a los muchos españoles que pasaban por Roma. Yo, que en Roma gocé de sus atenciones y contemplé sus apuros, puedo hablar ahora como testigo de mayor excepción.)


«Valentía sin jactancia y sin dureza»


Prosigo. No es necesaria mucha imaginación para saber que Dionisio, de no haber querido ser abnegadamente fiel a sí mismo, hubiese podido ser ministro, o embajador, o beneficiario de permisos de importación o directivo de una empresa gobernada por el Estado, o gerente de cualquier favorecida organización inmobiliaria; y no imaginación, sino muy elemental memoria basta para recordar que por abnegada fidelidad a sí mismo Dionisio no conoció esas prebendas, sino la prisión, el exilio, la deportación, el silencio v la calumnia. Con orgullo de lo que vuestro padre fue, Gloria, Dionisio, Eva, decid a los que acaso maliciosamente hayan comentado las líneas antes transcritas: «De los que un tiempo estuvieron al lado de mi padre, muchos pudieron ser ministros, y lo fueron; y embajadores, y lo fueron; y beneficiarios de permisos de importación, y lo fueron; y directivos de empresas gobernadas por el Estado, y lo fueron; y gerentes de favorecidas empresas inmobiliarias, y lo fueron. Desde nuestra honrosa pobreza, preguntamos nosotros: ¿cuáles son las fortunas que todos ellos legarán, cuando les llegue su última hora, a sus mujeres y a sus hijos?». Quien tenga los oportunos datos, que responda. Buena falta hace, añado yo, si queremos ser tan sensibles a la contaminación moral como a la polución atmosférica).

Exigencia. Con su ejemplo, no con su palabra, exigía Dionisio. Viéndole, oyéndole, el juicio íntimo —«Algo debo hacer yo»— surgía ineludiblemente en el seno del alma, por escasa que fuese la sensibilidad personal ante el mandamiento del destino histórico, el imperativo de la libertad civil, la sed de justicia social y el requerimiento de la dignidad moral de nuestro pueblo. Aunque la desesperanza terrenal —la desesperanza mundana de la españolía en cuanto tal— tantas y tantas veces hiciera presa en el hondón más secreto de uno mismo. Porque Dionisio, sin proponérselo, tenía la virtud unamuniana de convertir en otro Manuel Bueno a quien con él seriamente trataba.


Melancolía. Melancolía, sí, en el fondo último de la acción o en el invisible acaso insospechable envés de la palabra o que definitoria o suasoriamente con tan irrestañable vocación, Dionisio se entregaba. Melancolía que él, salvo en las efusiones de la más íntima y sincera amistad, con tanta delicadeza y tan bien disimulado esfuerzo ocultaba, y que en los penetrables de su alma fue poco a poco creciendo, desde que adquirió cabal conciencia de lo que en no escasa parte es nuestra sociedad y, sobre todo, desde que la certidumbre de llevar mortalmente herido el corazón se le fue metiendo en la raíz misma de su vida cotidiana. La lúcida, valiente, noble, abnegada y exigente melancolía de este gran hijo de España, de este Manuel Buenísimo de nuestros últimos treinta años. «España, tierra de luz y de melancolía», escribió hace nueve lustros Xavier Zibiri. En esa tierra se hincaron las raíces de nuestro Dionisio, y a ella -como el varón que ya enriquecido y depurado por la total realidad del mundo vuelve a su amor primero-, le vi poco a poco regresar, para en ella morir.

La Castilla en llamas y en armas de sus primeros cinco lustros, la Cataluña que paisajística, conyugal y amistosamente le descubrió, la para él inédita dulzura de España, y, luego, la férrea Alemania, y una Rusia que no podía serle enemiga, porque la miraba con un amor nuevo, y Roma, cuya melada y ocre belleza él había de cantar como nadie, y un forzoso París donde, si ello fuera posible, se empapó todavía más de libertad e inteligencia, y la América plácida y convivencial de los campuses universitarios en que gozó el placer inédito e inesperado de aprender enseñando... Pero al término de todo, llevándolo todo en su ya doliente y cansado corazón -ahí está su insuperable Castilla la Vieja, ahí las conmovedoras, últimas palabras de su postrera entrevista en las páginas de Destino-, Dionisio, español y hombre universal, desde su alta y pobre Castilla quiso mirarse a sí mismo y ver a España entera.
Acaba de llamarme desde Santiago, para compartir con palabras nuestra común desolación, Domingo García Sabell. «Se me han acercado estudiantes que no conocían a Dionisio —me ha dicho— para darme testimonio de su dolor. Como cuando murió Albert Camus». Es verdad. Porque a todos los españoles se nos ha muerto este hombre limpio, que ha dado a su pueblo su vida, su obra, su truncada posibilidad, su incumplida y final esperanza secreta. Y ojalá, suprema herencia, logre darle su ejemplo.

lunes, 13 de abril de 2026

Noche de San Juan

Noche de San Juan



Madrid, 24 de junio de 1965: el solsticio se despliega como una herida luminosa que no termina de cerrarse. La ciudad, bajo ese día imposible —el más largo del año— parece suspendida en una vigilia sin noche, como si el tiempo hubiese olvidado caer. Las calles arden sin consumirse, y cada sombra se resiste a morir, estirándose con la terquedad de lo que sabe que será vencido.

Cuando caía la noche, la ciudad parecía despojarse de su prisa y adoptar una elegancia antigua, casi de zarzuela. Las luces amarillas de la Gran Vía se alineaban como un collar fatigado sobre el cuello de la madrugada, y el aire, aún tibio, traía ecos de conversaciones que se deshacían lentamente en los cafés, como si la ciudad exhalara su propio cansancio.

Emilio caminaba entonces con una sensación discreta de pertenencia, como si la noche le hubiera concedido una ciudadanía provisional. Era un joven sin dinero y con un modesto trabajo de administrativo. A sus 26 años —ocho vividos en Madrid— seguía siendo solitario y soñador; nunca había mantenido una conversación significativa ni tenido amigos. Lo que más lo definía era su tono literario al hablar y su extrema timidez; aun así, siempre intentaba ayudar a los demás. Era sencillo, noble y generoso. De día, en cambio, Madrid era otra cosa: áspera, ruidosa, poco hospitalaria. La gente cruzaba las aceras con un gesto de urgencia que lo dejaba al margen, como si la ciudad fuese un salón al que él no había sido invitado, o al que siempre llegaba demasiado tarde.

Vivía en un piso estrecho de Lavapiés, sin ascensor. Doña Remedios, la portera, fregaba el portal cada mañana con una paciencia que parecía heredada de otras décadas. Emilio la observaba a veces y pensaba que aquella mujer, con su delantal de rayas grises y su silencio respetuoso, era una reliquia doméstica de un Madrid que se iba borrando sin ruido.

Fue aquella noche de San Juan, con la luz mortecina aún estirada por la inercia del día más largo, cuando la vio en el puente de Segovia. El Manzanares corría oscuro, con esa modestia antigua que nunca había perdido, y la muchacha se apoyaba en la barandilla como si el río fuese un confidente serio. Lloraba. Emilio dudó; quizá lo prudente era no interrumpir. Pero un borracho se acercó, dijo algo insolente, y la escena adquirió de pronto un tono desagradable. Emilio intervino, apartándolo con una firmeza que no sabía que poseía. El hombre, contrariado, se alejó mirándolo de soslayo.

La joven le tomó del brazo con una firmeza inesperada, aún con los ojos húmedos. Bajaron hacia La Latina, donde las calles estrechas olían a verano y a conversación tardía. Se llamaba Carmen. Emilio, sorprendido por su propia franqueza, le confesó su soledad: nunca había sabido hablar con mujeres; vivía imaginando diálogos que jamás llegaban a suceder. Ella lo escuchaba con una sonrisa leve, jugando distraídamente con el borde del bolso, como si aquella torpeza tuviera algo noble, casi antiguo, una fragilidad que no era del todo triste.

Al despedirse, frente a un portal en penumbra, ella le dijo que volvería al día siguiente. Podía acompañarla si quería, pero con una condición: que no se enamorara. Lo dijo con ligereza, como quien establece un pequeño orden en la noche. Emilio aceptó; no se le ocurría otra respuesta posible.

La segunda noche, Carmen le contó su historia. Vivía con una abuela casi ciega que la vigilaba con una mezcla de ternura y autoridad. Habían alquilado una habitación a un estudiante de último curso de Derecho, que comenzó a acercarse a ella de forma discreta y afectuosa. Le regalaba libros y, gracias a él, Carmen descubrió la lectura de autores como Proust, Baroja o Cela. Poco a poco, entre ambos nació un vínculo silencioso. El joven la llevó una vez al cine a ver Un ángel tuvo la culpa, pero al terminar el curso tuvo que marcharse a Granada. Antes de irse, Carmen le pidió que se casara con ella; él la rechazó, prometiéndole que volvería en un año cuando tuviera estabilidad. Carmen, sin embargo, lo seguía esperando con una fidelidad sin estridencias.

Emilio escuchaba y sentía que la ciudad, a su alrededor, adquiría un tono más íntimo: los balcones cerrados, las farolas encendidas, el rumor lejano de los coches. Todo parecía inclinarse hacia aquella confidencia.

La tercera noche le ayudó a escribir una carta. Fingía entusiasmo; por dentro le nacía una melancolía serena, como esas tardes madrileñas en que el cielo se vuelve pálido y el ruido pierde consistencia. Ella le agradecía su amistad; decía que lo quería porque no estaba enamorado. Emilio pensó que se equivocaba, pero no quiso romper la delicada armonía de aquellas conversaciones que parecían sostenerla.

La cuarta noche llovía. Madrid, bajo la lluvia, adquiría una dignidad casi teatral: los soportales devolvían la luz como espejos sucios y los transeúntes caminaban con la solemnidad de una escena detenida. Emilio le confesó su amor. Carmen dudó, bajando la mirada y deslizando los dedos por la barandilla mojada. «Quizá, con el tiempo», dijo finalmente. Hablaron entonces de un futuro modesto: vivirían en la habitación de arriba de su casa, traerían a la abuela; una vida sin sobresaltos. Parecía posible, incluso natural, como si la ciudad entera lo autorizara por un instante.

Entonces apareció frente a ellos un joven de gabardina clara que la llamó por su nombre. Carmen soltó el brazo de Emilio y corrió hacia él con una alegría inmediata, casi luminosa. Se abrazaron. Ella volvió un segundo, le besó la mejilla y se marchó sin mirar atrás. La carta, pensó, había dado, desgraciadamente, resultado. Emilio quedó bajo la lluvia, viendo cómo la ciudad recuperaba su indiferencia habitual. Madrid volvía a ser grande, demasiado grande, otra vez ajena.

A la mañana siguiente recibió una carta que leyó en las escaleras, junto a los buzones. Ella se disculpaba, le daba las gracias y lo invitaba a la boda. Lloró en silencio. Doña Remedios entró diciendo que había quitado las telarañas del pasillo. Emilio, disimulando, la miró: le pareció más vieja, como si el tiempo hubiera decidido instalarse definitivamente en aquel piso.

Y, sin embargo, no se desesperó. Aquellas noches, breves y claras, habían sido suyas. Salió a la calle. Madrid amanecía con una luz dorada, casi solemne, prolongada como un resto del día más largo. Emilio caminó con una resignación tranquila, guardando en el ánimo la impresión intacta de haber vivido, por un instante, una pequeña y delicada forma de felicidad.


©Humberto 2026.

viernes, 10 de abril de 2026

El fuego de la barbacoa en la fiesta del pueblo

El fuego de la barbacoa en la fiesta del pueblo


 

Llegaste sin hacer ruido y, sin ser de nuestra sangre,
pasaste a ser familia.
Como llegan las cosas sencillas que, sin saber cómo,
echan raíces, prenden y se quedan.
Prendiendo en lo hondo, sin hacer ruido,
hasta volverse costumbre y latido;
presencia callada, firme y segura,
que ya no se nombra, pero perdura.

Te quedas en lo simple, en lo de cada día,
en la risa que brota con limpia alegría;
en anécdotas que vuelven, sin perder su encanto,
y en la mesa compartida, donde todo es tanto.

En el humo que asciende, festivo y ligero,
con el sol en lo alto,  brillante y sincero;
en la fiesta del pueblo, en su gozo sencillo,
donde el tiempo se aquieta y reluce el brillo.

Y en tu forma callada, de estar sin pesar,
sin querer ocupar, sin venir a mandar;
como quien no reclama ni busca lugar,
y, sin embargo, todo lo sabe llenar.

Ahora el tiempo, vuelto más frágil, parece detenerse,
y las palabras, como si supieran, pesan más.
Pero hay una serenidad honda,
una paz que nace de un cariño que no entiende de finales.

Porque quien ha sido hogar en la memoria
no conoce la ausencia.
Permanece, fiel, en la raíz de lo vivido,
en la huella limpia que deja lo verdadero.

Y cuando el silencio llegue,
será tu nombre en voz baja,
tu risa en los recuerdos,
y tu presencia, sencilla y cierta,
viviendo —por siempre— en nuestros corazones.


©Humberto 2026.