CORRIENDO AL ATARDECER, EN RIBADESELLA
Hace unos minutos que ha parado de llover. Aún flota la humedad en el ambiente y se propagan, amplificados, los olores invernales. El aire limpio huele a una mezcla de castaño, eucalipto y pastizales de hierba verde empapada; huele a barro y a charcos, a las entrañas de la tierra misma. Huele a la esencia de la campiña que solo aparece cuando las nubes, despertando de su letargo, descargan, ahora sí, ahora no, su llanto sobre los tejados, los prados y los bosques. La tarde es fría y gris, y un sol perezoso y macilento se duerme tras una espesa cortina de niebla.El viento helado burla la ventana cerrada de mi casa y se cuela, traicionero, por sus resquicios, silbando a su paso por toda ella y anunciándome que ha llegado la hora. Como tantas otras veces, me ato las zapatillas y me enfundo el chubasquero. Me estiro; siento cómo se destensan las articulaciones y los tendones. Caliento. Tras cruzar el jardín, salgo a la calle, cerrando la puerta enrejada tras de mí. Conecto el MP4. La música empieza a sonar, inundándolo todo. A partir de ahora, y hasta que termine de correr, no oiré otra cosa que lo que vomiten los auriculares. Permaneceré concentrado, envuelto en ella; sus notas traspasarán mi alma y acompasarán el ritmo de los latidos de mi corazón. Me animarán cuando desfallezca y conseguirán que, pese al tráfico o al frío, permanezca abstraído, desconectado de la realidad, sumido en su armonía.Respiro una vez, profundamente, y comienzo a correr.—Suena Shout to the Top—.Recorro una carretera de unos dos kilómetros que discurre sinuosa a la vera del río Sella. A lo lejos, al otro lado de la orilla, se alzan las montañas; las primeras nieves han coronado ya sus cimas. Las aguas diáfanas se deslizan pausadamente hacia el mar para entregarse en él. No puedo evitar pensar que los siglos resbalaron por tu cauce y se perdieron, olvidados, en la mar océana. En las orillas de los ríos nacieron todas las grandes civilizaciones de la humanidad. El agua es la fuente de la vida.Dos ancianas que salen a pasear me saludan sonrientes, girándose a mi paso. Seguro que han pensado:—«¿Adónde irá ese… con el frío que hace?»—Sin caer en la cuenta de que ellas hacen exactamente lo mismo, aunque a otro ritmo.
En las tranquilas aguas del Sella se refleja, como en un espejo, la imagen invertida de las montañas, que baila temblorosa sobre su corriente mansa. Es el río del tiempo, que muere en el mar de la eternidad. Mientras troto, veo cómo el sol se va ocultando lentamente detrás de las cimas. Cae la tarde y el día se despide, moribundo, con su claridad difusa.
Cambio de dirección y me alejo del río. Tomo una empinada cuesta. El río queda ahora a mi espalda y, a medida que asciendo, lo veo cada vez más lejano, más pequeño, hasta que llega un punto en que apenas logro distinguirlo. He ganado altura. El paisaje adquiere una amplitud infinita, tan vasta como alcanza mi vista y, si cabe, aún más hermosa que la anterior. Veo toda la cadena montañosa de los Picos de Europa y sus cientos de cumbres. Veo el pueblo, con sus casas arracimadas a ambas orillas del río, el puente que las une y los coches que llegan y se marchan.
Extasiado por la contemplación de cuanto me rodea, se me olvida que corro. Hace rato que lo hago de manera mecánica, inconsciente, como si el cuerpo se hubiera separado de mí y siguiera adelante por su cuenta; como si yo viajara sentado sobre los hombros de otro corredor. Hace rato, también, que he dejado de sentir frío.Las notas de la música se acompasan con mi respiración. Me siento bien, en armonía con el entorno, con la mente y con el espíritu. Me siento fuerte, capaz. Sin querer, inicio una conversación conmigo mismo: una más, una de tantas.—Suena Realms of Gold—.
Alcanzada la cima, el esfuerzo disminuye. Respiro pausadamente. La senda de tierra mojada, en la que aún se percibe el olor de los frutos recién caídos, discurre entre un bosque. Al fondo, a mi izquierda, un acantilado parece querer abrir sus entrañas para dejarme entrar. A mi derecha custodian el camino, como centinelas, hileras de abetos, encinas y pinos. Los árboles sacuden sus ramas como si advirtieran mi presencia. Paso también por un hayedo y por una granja.
Un perro sale a mi encuentro y me recibe con sus ladridos. Corre un trecho a mi lado y, finalmente, se detiene para contemplar cómo me alejo. Cuando ya es apenas un punto en la distancia, lanza un último ladrido: el de la despedida.Salgo por fin a la costa y, mientras corro por la carretera que desciende hacia la playa, contemplo absorto el mar, teñido de un azul profundo. Abajo se alzan los acantilados. Empiezo a percibir el olor a salitre e incluso el quejumbroso retumbar de las olas, que golpean una y otra vez las rocas. Llego a la playa. Frente a la inmensidad del Cantábrico, observo una bandada de gaviotas que revolotea sobre las olas, describiendo círculos y rompiendo el silencio con sus gritos. El ocaso va tiñéndolo todo de un tono cobrizo.La playa está desierta. Las luces del paseo marítimo se encienden justo cuando lo atravieso. Los primeros paseantes han salido ya a recorrerlo y, atraídos como luciérnagas por la hilera de faroles, contemplan mientras conversan el reflejo tembloroso de las luces sobre el agua. La oscuridad se ha ido adueñando de todo, y también el frío. Es hora de regresar. La noche ha caído con su negro telón.—Suena Me & Mrs. Jones—.El pueblo se ilumina bajo la luz de los faroles. En las sombrías hoces de sus calles, las brisas de los valles, el aire de la montaña y el viento del norte forjan su carácter. El mío es volver. Las sombras se han adueñado de los recodos del camino.
Llego a casa. Aún en el jardín, mientras estiro y destenso los músculos, repaso las maravillas que he contemplado durante el recorrido. Desconecto el MP4, interrumpiendo Sara. Ha vuelto el sonido de la realidad. A lo lejos se oye el murmullo del río, que cuenta a la noche su eterna y monótona queja. Ha regresado el silencio, roto únicamente por el rumor constante de la lluvia.Vuelve a llover.Por mi frente, bajo el ceño fruncido, discurren hilos de sudor que me ciegan, mientras de mis brazos se elevan pequeñas volutas de vapor. Cuando por fin entro en la ducha y el agua caliente cae sobre mí, pienso que, si el cielo existe, debe de parecerse mucho a esta sensación.He terminado.Mañana volveré a empezar.Será una más. Otra más...
© Humberto 2008
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