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miércoles, 4 de abril de 2012

Deshojar la tarde







«Se fue. Una línea bastó para despedirse. Y a mí solo me resta ya guardar la vida entre páginas de nostalgia y pasar el tiempo ocupado en deshojar la tarde, viendo al cielo verter su llanto sobre la calle de mi barrio viejo, vetusto, espejando el negro asfalto, ensombreciendo las fachadas, humedeciendo los recuerdos, a través de los hilos de seda que resbalan por el cristal de mi silencio interior, pensando, melancólico, en lo que ya no es, mientras el arpegio de la lluvia golpea el vaso de arcilla de mi corazón tibio, donde un día ardió todo el fuego del infierno de la pasión madura, la más arrolladora y rotunda de cuantas pasiones florecen en la ambigua estación del otoño de la vida.

Cuarenta y cuatro otoños frente a veintisiete abriles que, con la fuerza de mil primaveras, entraron un día, ya lejano y perdido, enardecidas por mi ventana, sin llamar, sin ser esperadas, de improviso, iluminando con su mirada azul el poniente de oro vivo de un invierno que acaso no fuera más que un sueño olvidado, fruto de la imaginación ferviente. Una primavera que vino igual que marchó, dejándome como buque varado en cementerio de barcos: hundido, abandonado, sin salvación, fantasma sacudido por el fuego y la sombra de su época.

No valgo ni el óxido que me corroe y ya no ocupo ni siquiera el sitio en el que, irremisiblemente, me hundo en silencio, evocando recuerdos dulces que se van desdibujando como las gotas que discurren por un cristal herido».


Extracto de novela corta en curso.

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