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miércoles, 25 de abril de 2012

LA REVANCHA






                                                                          Haz bien y no mires a quién

LA REVANCHA





-I-

Es sábado, una tarde gris de mediados de diciembre, el preso fugado camina por la nieve. En su cara se refleja la desesperación. Hace horas que perdió el rumbo y que el frío se le metió en el cuerpo, hace minutos que siente que la vida se le va, y, angustiado, nota como una especie de hormigueo, que empezó primero en los pies, le sube ya hasta las rodillas. No puede evitar la tiritona y caminar o pensar le resulta difícil. La espesa nieve lo cubre todo y lo que deberían ser las proximidades del pueblo de su madre son ahora, para él, un irreconocible  paraje liso y blanco. Un viento helado le recorre a la vez que el desánimo, todo el cuerpo.  ¡Estoy listo!, se dice, sin comida, sin la ropa adecuada, mojado y con este frío que hace… Me moriré. Es el fin. Hasta aquí hemos llegado. Con la mano sobre la frente trata de mirar en todas direcciones, sin conseguir distinguir nada del entorno que le ponga en el camino correcto.
Se llama Avelino Buendía, tiene treinta y un años, diez más que cuando empezó la guerra y, advierte, veinte kilos menos también.

La luz se está yendo, el viento arrecia y la nieve empieza a caer copiosamente. El hombre, vencido por una tenaz somnolencia, dobla  las rodillas y se cae de bruces en el manto blanco, levantando un poco de polvo. Después, totalmente arrecido, se arrastra y trata de llegarse hasta una roca que ve que asoma difusa a tan sólo unos metros, con la intención de si lo logra guarecerse contra ella. No le quedan fuerzas, el hormigueo le atenaza ya todo el cuerpo. No consigue nada más que poner el brazo en la piedra, notando levemente su áspero contacto en una piel que ya no siente, y, acto seguido, con la visión borrosa, se duerme. Se rinde. No puede más. Es la «muerte dulce» de la que tanto oyó hablar. La primera vez se lo escuchó a Venancio, el guerrillero de Sotillos, el mismo que cuando empezó la guerra, desde un vehículo requisado, le dijo que se alistara con él en la misma milicia, la de los Mineros, diez años atrás, y se lo volvió a escuchar en el frente, cuando llegó el primer invierno, tratando de alertar a los más jóvenes de que no durmieran al raso sin un fuego delante. Venancio había sido pastor de merinas y por su oficio de trashumante había dormido mucho por los montes del norte y sabía bien que el frío y el relente de la noche son muy traicioneros, capaces de dejar, en el mejor de los casos, paralítico al tío más fuerte y plantado, que en el peor: tieso. Luego, durante los tres años de guerra siguientes lo de la «muerte dulce», lo volvería a escuchar decir un par de veces cuando hallaron el cadáver rígido y sonriente de algún infeliz,  y hasta él mismo se lo había dicho en alguna ocasión advirtiendo a los más jóvenes que se les unieron al final, cuando presumían ufanamente de no tener frío, de ser unos machotes. «Ten cuidado, chaval, la muerte dulce no duele, a uno le entran ganas de dormir, y cuando  te duermes estás listo». Y años más tarde, en prisión, a los presos del módulo que carecía de cristales en las ventanas. Sí, es la muerte dulce, viene así, sin que lo notes, durmiendo. Avelino Buendía, con los ojos cerrados, siente ahora ese letargo y cómo el hormigueo se apodera de su cuerpo. Ya no tiene frío. Nieva implacablemente sobre los páramos de su memoria. Cuando amanezca, será ya siempre invierno.

Un día y medio antes de este momento, Avelino Buendía saltó del camión que lo trasladaba a la nueva prisión. Muchos decían que al menos en la nueva, recién construida, estarían mejor, que las celdas estaban ventiladas y no tenían humedades como las de la vieja, donde la pulmonía y la tuberculosis los diezmaban, que se comía a diario y el rancho no estaba tan mal, o cuando menos, mucho mejor que el que habían comido hasta ahora. Pero Avelino Buendía no pensaba como ellos, Avelino Buendía hacía tiempo que deseaba ser libre. No podía vivir en aquella atmósfera de confinamiento, encerrado siempre con los mismos, quería ver paisajes, hablar con gente normal, de cosas banales, de tonterías del tipo: la cosecha iba bien o regular o mal, si hoy vendrá la nube, si mañana agostará el sol, si hacía mucho que no había llovido, daba igual; de pasear por donde a uno le diera la gana, a la hora que le apeteciese, de tomarse un chato de vino después del trabajo, de hartarse de comer porque sí, porque te apetecía entrar en la bodega y descolgar una ristra de chorizos recién ahumados, de los que aún están a medio curar, por pura glotonería,  sin tener que esperar, como ahora, muerto de hambre, al próximo rancho exiguo arrebañando el que tienes delante y sin que la sensación de estómago vacío desaparezca; todo lo que hacía antes de ser presidiario, antes de que la maldita guerra y de que el estúpido ideal los arrastrase a casi todos a querer cambiar el mundo por una vida mejor para los obreros que nunca fue, lo llevaran a él y a media España, a esta situación de soñar ahora, con lo que siempre habían tenido: libertad, comida y trabajo. De todos los mineros que se sumaron a la revolución, los que no estaban presos estaban muertos y los que ni una cosa ni otra simplemente  estaban peor que antes de que todo comenzase. Por la cabeza de Avelino Buendía no pasaba sino una sola idea: ser libre. La libertad le faltaba como el oxígeno. Necesitaba sentirse libre, o morirse de una vez, ¡ya estaba bien!, libre o muerto, así que cuando el camión que los trasladaba aminoró la marcha para subir una cuesta, no lo pensó y saltó.  Los guardias que los custodiaban se quedaron sorprendidos, paralizados, viendo como el preso Avelino Buendía daba vueltas por el suelo, alejándose y haciéndose pequeño. Tardaron en reaccionar, quizá porque pensaron que del golpe se mataba. Sólo cuando vieron que se levantaba ileso y corría como una liebre en dirección al monte, ordenaron al conductor detenerse y montaron sus armas. Dispararon a ciegas a la maleza, por donde vieron que había desaparecido el fugado, en vano. Avelino, sintiéndose libre corrió durante media hora hasta que cayó extenuado a la orilla de un arroyuelo. Arrodillado, abrió la boca para tratar de inhalar y recuperar el aliento perdido. «Exhausto, pero libre», pensó. Y por primera vez desde hacía años recobraba la sensación de obrar según su propia voluntad, aquello con lo que tanto había soñado los últimos meses en el camastro de la celda era nuevamente real.
Atenazado por su propio miedo a la vida en cautiverio, buscó cobijo en la huida hacia la libertad efímera.



-II-
Cuando Fernandón  se apea de la jaula que, a través del castillete,  lo ha izado y elevado al exterior de la mina, después de 14 horas dentro, una nevada espesa cae de un cielo nacarado, blanqueándolo todo. Pronto, a medida que camina hacia su caballo, la boina que lleva parece hecha de nieve.  Mira hacia atrás, a la torreta, y piensa que no hace ni unos minutos estaba asado de calor en la galería. Cabalga hacia casa notando el viento helado en la parte de la cara que la manta que se ha puesto sobre los hombros, no cubre. Hoy no se detendrá en su pueblo como acostumbra, a tomar un chato de vino, irá directo a casa, a Pelchas, pues no quiere que la noche se le eche encima con semejante temporal.

En realidad, Fernandón no es de Pelchas. Vive allí hace 15 años, desde que se casó con Aurelia, al poco de decidirse a dejar de ser guardia en Madrid y volver a la mina, en León, la misma en la que había estado desde la infancia. Lo de meterse a guardia fue un pálpito que le entró cuando lo licenciaron del ejército, tras el final de la Guerra del Rif, la idea le sedujo porque entonces pensaba que un guardia iba siempre limpio y no manchado de carbón, lo que era una carbonada, y que ellos, por muy mal que vinieran dadas, no corrían peligro de morir sepultados, lo cual era una cabronada. Pero no tardó en descubrir que la vida del guardia consistía en estar acuartelado mucho más tiempo que un minero dentro de la mina, cobrando muy poco; y entre eso y las algaradas y las turbamultas que se sucedían un día si un día no, y los primeros entierros de guardias muertos por los anarquistas, cambió de parecer. Se empezó a cuestionar si aquello era vida. Para remate, cuando vino la República vio, sin dar crédito, cómo los que habían sido sus enemigos, las personas que les odiaban y que les disparaban desde la multitud, traicioneramente, las mismas que después se mofaban en los entierros, ahora se transformaban en dignos políticos a los que había que obedecer. Sin embargo, lo que de verdad le hizo decidirse a dejarlo fue el anuncio del cambio de bandera. Por ahí no pasó,  no se lo pensó, a los pocos días de saberlo entregó, alegando desacuerdo, la minuta de cese al capitán, adjuntado una póliza timbrada de veinte céntimos; dio un taconazo, media vuelta por la derecha y se fue. Desde entonces, Fernandón vive en Pelchas. Aunque lo escrito fuese nada más una indulgencia favorable que enmascaraba los verdaderos motivos: que no le agujerearan el pellejo y ganas de  volver a la vida mundana del pueblo.
Puede decirse que en los años siguientes, mientras de la fachada del cuartel se arriaba e izaba diariamente la nueva bandera, la que no era el vestido de su madre, Fernandón ascendía y descendía de las oquedades de la mina.

A mitad de camino, al final de unas huellas de pisadas, ve el bulto de lo que parece un hombre que camina tambaleándose. ¡Uy, éste!, piensa, no irá muy lejos. Sabe, que sólo un fugado o un maquis, se aventurarían por estos lugares con la que está cayendo.  Y en efecto, el frío y la hambruna mueven a muchos de los que se ocultan en el monte a arriesgarse a salir de su escondite y tratar de llegar hasta los pueblos donde están familiares, en busca de refugio, en la creencia de que ni los guardias osaran salir con el tiempo así. Cuando lo ve desplomarse, sin apenas dudarlo, acude en su ayuda.
Golpea con los dedos el hielo que se forma en su bigote, exhala como cogiendo fuerzas, agarra en vilo al hombre y lo sube a la grupa del caballo.
—Arrebujado con el tabardo no te arrecirás— le dice cubriéndolo con un viejo tabardo que saca de las alforjas.

Fernandón nunca había entendido muy bien qué cosa era eso de España que tanto se decía por todas partes, y no siempre para bien, se le figuraba que consistía en la tierra que estaba después de los montes que veía, porque nunca había salido del valle y no había ido más allá de lo que se podía ver desde sus cumbres. Lo empezaría entender cuando el capitán instructor les dijo, a  él y a todos los reclutas aquella primera mañana en aquel rincón perdido de África, llamado El Rif,  poblado de moros que se dividían en dos clases, amigos y enemigos, moros que estaban con ellos y moros que estaban en su contra y con los que había que pelear, luego de un viaje interminable en tren por la península y otro, más corto, en barco por el estrecho, que le hizo exclamar ¡hasta mar tenemos!, que España era todo: sus dos pueblos, más el de todos. Todos los pueblos juntos de todos los mozos que estaban con él, incluido el pueblo del señor capitán que, muy bien plantado, de bigote y con los brazos en jarras, les hablaba de todo aquello. Se preguntaba de qué pueblo eran, entonces, los moros y por qué unos eran enemigos y otros no, siendo entre ellos paisanos; aún más, siendo un territorio de España ¿cómo es que no eran españoles?, pero no le pareció prudente preguntar acerca de eso en la creencia de que seguro acabaría entendiéndolo más tarde, como le pasaba siempre. Luego el  capitán les habló de la patria. Esa palabra le gustó enseguida, y, aunque no entendió bien lo primero cuando, a viva voz hinchándosele las venas del cuello, les dijo: «Porque patria es todo aquello que tienes que no es tuyo y es tu gloria: El sol sobre el trigo, la palabra con que nombras, la costumbre silenciosa. Patria es la suma del pasado, del presente y del futuro; el marco común, algo que se hace constantemente y se conserva sólo por la cultura y el trabajo», y aunque apenas si comprendió que había algo más aparte de lo que la vista alcanzaba, más allá de las montañas de su pueblo y de las nuevas que veía ahora, igual de estériles y secas ambas, sí que entendió cuando dijo lo de que «la bandera es como las faldas de la madre». Fernandón le cogió, entonces,  cariño maternal a la bandera.

Muchas noches en el pasado se las había pasado mirando al cielo, le gustaba creer que en alguna de aquellas estrellas que brillaban estaba ahora viviendo su madre, y que ella, desde arriba, le veía y observaba. A partir de ese primer día en Marruecos miró la bandera imaginando que lo que veía ondear era en realidad su vestido. Soñando con que la vida le entregara lo que no había tenido.

Fernandón no había tenido infancia. Huérfano de padre a los seis y de madre a los nueve, no tuvo más remedio que ir a la mina para sobrevivir. Allí se hizo fuerte y grande. No fue nunca al colegio, y no sabía leer ni escribir ni tenía ningún tipo de instrucción. Pensaba que no había cosa mejor en la vida que poder descifrar lo que ponía en los libros y tener madre, una madre que lo cuidara a uno y lo criase como al resto de muchachos. Mitificó a  su madre a la que apenas llegó a conocer, y de la que tenía la imagen de una mujer afable que planta el huerto de casa y cose junto a la luz de la ventana todo el día para mantenerlo. Muerta en plena juventud de una epidemia de gripe que asoló el pueblo, y que fue dejando las casas vacías de moradores, hasta que únicamente quedaron dos vecinos: Fernandón, (a la sazón, Fernandito), y el señor cura. Fernandón ocupó el vacío dejado con el trabajo, y los compañeros pasaron a ser su familia y las galerías su casa. Era bromista y jocoso pese a la dura vida llevada, eso sí, no permitía bromas acerca de las madres. Eso era terreno vedado. Con veinte años se lió a palos fuera de la mina con Aurelio, un bravucón de treinta, porque éste le había mentado la madre queriendo, por ofender. Se dieron diez o doce palos cada uno, algunos dicen que más, hasta que solo uno quedó en pie. Luego Fernandón volvió a la mina, terminando el jornal, y Aurelio a la casa de socorro. Por muchos años que pasaron siempre se oyó hablar de ese suceso, a partir del cual nunca más le llamaron Fernando.

-III-

Estaba en blanco y sentía un dolor que le punzaba todo el cuerpo, pero, suspiró, seguía en este mundo al fin y al cabo. Abrió los ojos. Estoy vivo, exclamó Avelino Buendía para sí con alborozo. Al principio vio borroso, luego la imagen se fue aclarando. Una viga, ennegrecida por el humo, dividía la estancia en la que se había despertado. Se trataba de una caseta pequeña, con un único ventanuco por el que se veía caer la nieve. A su lado había una chimenea prendida con urces, vivo fuego, amoroso, que le devolvía el riego sanguíneo que avanzaba palpitando por las venas, cuyo resplandor iluminaba el catre en el que se encontraba, dejando ver entre penumbras aperos de labranza y otros cachivaches, y la tosca puerta por cuyas rendijas se colaba el viento helado de la noche. En su memoria empezaron entonces a cobrar forma algunos recuerdos borrosos: alguien le había recogido tirado en la nieve, medio muerto. Se trataba de un hombre corpulento, al que no vio su cara embozada con una larga bufanda, que le había subido a un caballo; recordaba el vaivén de sus lomos y el tacto de su pelaje hirsuto en la cara, una breve marcha, durante la que la consciencia se le iba y venía, y cómo, al cabo, le introducía en aquella caseta en la que se encontraba, le tapaba con esta raída manta que tenía encima, y prendía fuego. Volveré más tarde, aquí estarás a salvo, le había dicho. ¿Quién era y por qué me ayudó? Sería un caminante, alguien que pasaba y que trata de ayudarme. Bien puedo decir que tengo la fortuna de mi parte —pensaba Avelino Buendía — ¿Acaso no sospechó que yo podía ser un fugitivo? Igual no dice nada y vuelve como, efectivamente me dijo; pero ¿y si ahora ha ido a delatarme a la guardia civil? 

Sus ojos contemplaban pensativamente las llamas; luego el humo que subía, y por último las pupilas se clavaban en la puerta por cuyas rendijas se colaba el viento. ¿Qué hay afuera? Y si el hombre ha ido al cuartelillo y ha dado parte de mí, y si ahora se está formando la mesnada que vendrá a prenderme. Estaba a las puertas de la muerte y me salvó, sí, pero no me gustaría que se hubiera tomado esa molestia para entregarme. Abundan los tipos así, se chivan y te entregan solo para congraciarse, para dejar de estar significado  o para significarse con los vencedores.
Notó que la sangre se abría camino por las arterias y la vida volvía, dolorosamente, a sus extremidades.
Oyó pasos en la nieve y se estremeció. La cerradura de la puerta sonó abriéndose y por el marco penetró una persona embozada en la bufanda envuelta en chispas de nieve. Por un momento temió que entrasen además la pareja y sus tricornios, capotes y fusiles, pero no ocurrió tal cosa. Suspiró aliviado a medias. El hombretón cerró la puerta tras de sí, dejando primero dos sacos en el suelo, miró para Buendía y farfulló a través de la bufanda: sigues vivo, ¿eh? A continuación abrió uno de ellos y echó un tronco que extrajo al fuego.
—Con éste, que es de encina, durará el fuego toda la noche.
Ahora se quitaba la bufanda y Avelino Buendía podía verle la cara y oír nítidamente su voz.
Lo había dicho como para romper el silencio reinante, pero Avelino Buendía no dijo nada. Se había quedado mudo, paralizado sin atreverse a hablar ni saber qué decir al no saber si estaba con amigo o enemigo, si a salvo o perdido sin remisión.
Examinó, en cambio, el rostro del hombre. Los surcos en los ojos y los callos en las manos atestiguaban vicisitudes, trabajo. Del otro saco extrajo una cazuela de barro que puso al fuego sobre un pie metálico y oxidado.
—Son sopas de ajo, las hice yo mismo. A mí me gustan fuertes de pimentón ¡Lo mejor para el frío!
—Gracias —respondió secamente.
Buendía sigue sin saber qué decir. Estudia al hombre que tiene delante, está como indiferente, bien porque es tonto y desconoce las consecuencias de ayudar a un fugitivo o bien porque, sibilino, disimula y le tiene preparada alguna celada. Es corpulento y de manos grandes: un trabajador sin duda, por la región probablemente se trate de un minero. Un hermano proletario, se dice con cierta ironía.
—Toma —le dice extendiéndole el cazo humeante—. Te quitará enseguida el frío que tienes metido en el cuerpo.
A continuación atiza de nuevo el fuego, mira por la ventana como cerciorándose de que no haya nadie fuera. Recoge uno de los dos sacos, el que contenía la cazuela, se lo carga al hombro y enfundándose la bufanda abre la puerta y se marcha.
—Volveré por la mañana.
Avelino Buendía oye el eco de sus pasos en la nieve que se van adelgazando hasta que el viento se los traga. Parece que sí que habrá un mañana, después de todo.

-IV-

Los ojos del hombre cabrillean a la luz del alba. Su mirada, su rostro y su voz de repente le empezaron a ser familiares a Avelino Buendía que se acababa de despertar sin haberse dado cuenta de su presencia, le recordaban a alguien. Sí, ya estaba, como un rayo el recuerdo apareció clarividente y cobrando fuerza. ¡Era Fernandón!, el vigilante de la galería tercera. El que zurró a Aurelio. Entorno a aquella cara compuso el recuerdo de aquella mañana de septiembre del 34 que, ahora, le parecía tan lejana, en que Venancio, el del sindicato, el guerrillero de Sotillos, reunió a los mineros fuera, y les habló a todos, ilusionando corazones, de que había llegado el momento de hacer la revolución, que todo estaba preparado, que todos los proletarios de España, que eran legión,  unidos iban a tumbar el sistema dominado por la derecha oligarca y los curas, y de que una vez hecha, entonces, ya no habría nunca más amos ni siervos, no habría patrones que explotaran a los obreros, quienes pasarían a ser los dueños en un sistema nuevo e igual. Una voz sonó de entre los reunidos.
— ¡Si todos son jefes no sé quién coño va a querer trabajar, entonces!
Sonaron carcajadas ahogadas. Venancio, el líder sindical, no dijo nada, ni nadie de los presentes tampoco, pues el tal Fernandón tenía malas pulgas y sobrada fuerza, y era conocido el episodio de cuando se dio de palos y al cabo de propinarse mutuamente muchos solo él permaneció en pie, pero una vez se hubo ido los que habían hablado, los cabecillas, le juraron venganza por vendido y por traicionar la causa obrera.
Corría el rumor de que era un esbirro de los patronos porque había sido guardia y veterano de guerra. Rumores que matan.
Sí, aunque se le respetaba y parecía buen tipo, jovial y campechano, siempre dispuesto a echar una mano con aquellos que no llegaban al jornal, bien apuntándoles el excedente de otros, bien cargando él mismo un vagón, todos los revolucionarios lo creían: era un esbirro.
En octubre, cuando ocurrió por fin y los mineros de Asturias, León y Palencia se sublevaron, un grupo de diez implicados capitaneados por Venancio, se fueron a casa de Fernandón, en Pelchas. Estaban sólo su mujer, embarazada, y sus cuatro hijos pequeños. Eso no les amilanó. Venancio exhibía un cartucho de dinamita y amenazaba con hacerlo volar todo por los aires si «aquella rata cobarde no salía». La mujer siguió jurando que no estaba. Avelino se fijó que Venancio llevaba un sable atravesado en el cinturón, en cuya hoja figuraba la inscripción «Ayuntamiento de Huelva».
Por la mañana, en Olleros, donde los comunistas eran mayoría, los revolucionarios asaltaron el polvorín de la mina, apoderándose de los explosivos. También cercaron la casa del guarda, a quien, exhibiendo cartuchos de dinamita, convencieron para que les entregara todas las armas que custodiaba.
Luego, uno que había venido de León y que era concejal o algo así, les ordenó que formasen pequeños grupos y practicasen registros en todas las casas de aquellos que no habían secundado la huelga y la revolución, cogiendo todas las armas que hallasen y saqueándolas. Sacando un revólver, anunció a voces que algunos se iban a llegar a casa del patrón «para hacer justicia». Todos gritaban enfebrecidos con esa decisión. A la primera casa a la que se fueron los de su grupo, que era comandada por Venancio, fue a la de Fernandón. Nunca se atrevió a preguntarle al Venancio por qué aquella casa ni de dónde había sacado el sable que, indudablemente, pensó entonces, le confería aires de capitán. Algunos, cuando les daba una orden, se cuadraban dando un taconazo, cosa que él agradecía sonriendo con su cara de bruto.

Fernandón añade ahora un tronco al fuego, avivándolo. Se oye el crepitar y una luz irradia fuerte.
—Casi estaba apagado. Nunca hay que dejar que se apague el fuego pues cuesta volver a encenderlo.
A continuación, posa con cuidado un cuenco de leche sobre el fuego incipiente.
—Lo peor que hay en la vida es que llegue el invierno y no tener con qué calentarse ni alimento que comer.
«Que llegue el invierno y no tener con qué calentarse ni alimento que comer», repitió Avelino para sus adentros.

Ella, a pesar de la amenazas —pensaba Avelino Buendía, siguió diciendo que Fernandón no se encontraba, y añadió que no era de los que se escondían, que tenía agallas, y que de haber estado a ver si iban a ser tan valientes como lo eran con una mujer sola con sus hijos. Vamos a comprobarlo, respondió Venancio e hizo ademán de entrar en la casa. Ella se interpuso, y el Venancio la apartó tirándola al suelo. Los niños lloraban al ver a su madre en el suelo. Todos entramos dentro y rompimos, cegados por la ira, cuanto encontramos. Seguidamente de la alacena nos llevamos comida: un jamón, ristras de chorizos, sacos con garbanzos…Lo que encontramos. La dejamos vacía. Esto nos vendrá bien para la causa, decía el Venancio. La mujer de Fernandón, al verlo, nos gritaba que qué hacíamos, que ese era el alimento de sus hijos para el invierno y que se morirían de hambre, que les dejaran algo. Pero nadie le hizo caso, es más, se rieron de ella. Y así la dejaron, llorando y soltando imprecaciones. Uno de los hijos, que representaba tener once años, se levantó y, encarándose, nos dijo: 
Cuando mi padre se entere os va a faltar terreno para escapar de él.
Venancio se volvió y enseñó el cartucho con una mano, moviéndolo por encima de su cabeza, mientras en la otra blandía el sable.
— ¡Ganas me dan de volar la casa!

La revolución se había sostenido en ilusiones que se desvanecieron al despertar en la cruda realidad vidriosa que se impuso. Bastó que el médico de Crémenes se pusiera a la cabeza de trescientos vecinos armados dispuestos a enfrentarse con los mineros, para que, disuadidos, comenzaran las deserciones, y que las tropas de infantería entrasen a los pocos días en los pueblos para que lo escasos sublevados que quedaban huyeran a las montañas. Subiendo hacia el monte el Venancio se deshizo del sable que tiró debajo de un piorno, como librándose con ese gesto del cuerpo del delito y de las dotes de mando. Con esta clase de capitanes no se puede hacer ninguna revolución, recuerda que pensó. Por eso no tomó parte al salir de prisión en la venganza que dos de ellos prepararon, por eso y porque ya entonces quería recuperar su vida y volver a ser lo que era antes, pero era tarde, la mina no aceptaba a los revolucionarios y para sus vecinos era un rojo más de los revolucionarios que habían estado matando, destrozando y saqueando en el valle; una especie de apestado. Tanto para los que ideológicamente estaban con la revolución como para los que no, la herida no cicatrizaba, al contrario, se avivaba en el fuego de la ira con nuevos bríos, y se abriría de nuevo en julio de 1936, esta vez de forma mucho más trágica, dando la posibilidad de nuevos y mayores atropellos.
Después de ese día turbio en que se unió a los revolucionarios, la vida de Avelino Buendía ya no fue nunca más suya. Y lo lamentó cada uno de los días siguientes. Desde entonces quedó estigmatizado sin remedio por las consecuencias, avocado a tomar el mismo y único camino que el de sus compañeros, el de un bando, como el viajero que se equivoca de tren y se ve forzado a viajar a un destino que no era el suyo.
Los diez de ese grupo, una vez terminó aquella aventura y las cosas volvieron a la relativa normalidad sobre las cenizas de un fuego extinguido, acabaron en la cárcel. Alguien dio sus nombres a las autoridades. En realidad los de todos: Doscientos y pico sindicalistas, el total de afiliados. El odio de Venancio por Fernandón no hizo sino crecer y su propósito no fue otro a partir de ese día que inocular ese odio por donde pudiera, avivándolo sin dejar que se apagara. Cumpliendo condena supieron que lo habían hecho vigilante de sección, seguramente como premio  por haberse chivado. Para Venancio no podía ser otra cosa.

—Toma, es leche caliente. La acaba de ordeñar uno de mis hijos. A mí esas cosas nunca se me dieron bien, ¿sabes? Pero al chaval parece que no le cueste, lo hace en un santiamén.
Avelino vuelve al presente. Y responde:
—Gracias…
Ha dicho esas «gracias» mecánicamente, sin atreverse a seguir hablando. Sorbe el cuenco de leche sin dejar de observar a Fernandón que, como indiferente, sigue atizando el fuego y hablándole acerca de algo. No escucha. Esa leche que bebe con fruición la ha ordeñado el mismo niño que, con los ojos llenos de ira, se les encaró diciendo: os va a faltar terreno para escapar de él.

Avelino Buendía sigue pensando en el resto de la historia, en que cuando los excarcelaron al ganar los del Frente Popular, en febrero del 36, varios de ellos trataron de vengarse de Fernandón y le esperaron en el camino de vuelta de la mina. Les salió mal porque enterado de alguna forma y armado con un palo les dio como para el forro igual que años atrás hiciera con Aurelio, el bravucón. Él no quiso tomar parte en aquello no sabía muy bien por qué. Quizá porque en los ojos de aquella madre vio reflejada la suya propia, a la que tantos padecimientos hizo pasar por su mala cabeza; quizá porque lo que hicieron fue una vileza, el odio engendra odio.  Comprendía como justo que Fernandón les denunciase por aquello. Vaya una cosa por otra.
Lo último que supo de Fernandón fue ya en la cárcel, tras la guerra, y es que lo intentaban hacer somatén.
Un sudor frío le recorrió el cuerpo y un temblor se adueñó de sus manos que sostenían el cuenco con leche. El «terreno» entre ambos, advierte, se mide por centímetros.
— ¡Me va a matar aquí mismo! He huido para nada, para morir a manos de un somatén. Se va a vengar de mí por lo que le hice —Rumia entre dientes.
—No podré volver hasta la noche, así que para comer te dejo este trozo de cecina. A poder ser, te traeré algo caliente para que cenes. Adiós.
Y el hombre volvió a irse. Una fría corriente de otro mundo pareció entrar y atravesar la estancia. Sintió cerca una premonición: algo se extendió por su alma, apoderándose de ella, y se convenció de que morir era lo justo. El calor volvió gradualmente al cerrarse la puerta.


-V-

El resto de la tarde lo pasó pensando que eran sus últimas horas de vida, que la nieve no había conseguido lo que Fernandón sí.
—Las últimas horas de la vida de un condenado.
Avelino Buendía ya había pasado por ese trance de verse ante el cadalso cuando fue hecho prisionero tras la guerra y condenado a muerte. Fueron dos meses angustiosos de lenta espera, hasta que llegó el indulto.
—Avelino te libras por tu juventud. Para que luego digas del bando vencedor —le espetó el carcelero una mañana.

Trata de incorporarse en vano, sus huesos y músculos no obedecen y la cabeza le estalla. Se encuentra muy débil.
—Estoy a merced de mi verdugo —lamenta resignado.
Había dejado de ventisquear. Se oían los graznidos lastimeros de un grajo. Alzó la mirada dirigiéndola lejos y atravesó el ventanuco para ver el cielo que hoy era, por fin, azul. Azul, recordó, como los ojos de Alba, la cantinera de Tolle que había conocido un mes antes de la revolución tras la barra, en la cantina a la que con otros mineros se había dirigido para quitarse con unos chatos de vino el hollín y las penas que llevaban dentro. Le gustó en ese instante. Era una moza de diecisiete años, rubia y de ojos azules, como las de las fotos y las películas; delgada y frágil, algo tímida. ¿Qué tomas?, le preguntó. Y se quedó mirándola fijamente sin responder. ¿Que qué tomas?, repitió. Sonrió un segundo antes de responder: a ti.
Se la encontró por casualidad tres días más tarde, camino de una fiesta y la acompañó sin que ella le dijera que no podía hacerlo. Bailaron toda la noche y al volver, delante de su casa, se hicieron novios.
— ¿Me quieres en serio?
—Sí.
— ¿Me quieres para toda la vida?
—Que sí. Dame un beso.
—No, que pensarás que soy una fresca.
Alba siempre se negaba pero al final y tras mucho insistir cedía, y pasaban minutos antes de despegarse. El momento para hacerlo era cuando ella, poniendo delicadamente la mano en medio, lo empujaba. Durante el mes que estuvieron pasó con ella cuanto tiempo libre tuvo. La visitaba en la cantina, la veía en misa, la buscaba por el pueblo hasta encontrarla. De noche tiraba piedras en su ventana para que se asomara y verla. Adoraba, más que todo, sus silencios elocuentes. Su mirada vidriosa, lánguida, que hablaba de lo que por pudor callaba.
Todo era felicidad y no corría el tiempo entre un encuentro y el siguiente y no lo había para él más verdadero que el sobrevenido entre uno y otro.
—Las rubias son las más difíciles— bromeaba Venancio.
—Eso es que me tienes envidia.

Después, se arrepiente, cometió la estupidez de querer cambiar el mundo y se fue con los sindicalistas, y acabó en la cárcel.  Allí, cuando justo empezaba, acabó todo. No permitieron que ella, menor de edad, entrase en la cárcel a visitarlo pese a venir varias veces, según le refirieron. Y cuando en marzo del siguiente año, lo excarcelaron, su padre le prohibió tajantemente verlo, anunciando una zurra si desobedecía. Le escribió cientos de cartas pero nunca obtuvo respuesta. Por las noches acudió a su ventana en balde, pues enterados la cambiaron de habitación. Finalmente, en julio,  sobrevino la guerra y sin otra opción se echó al monte con los suyos, con los únicos, con los que llevaban todas la de perder. Y allí se quedó todo el tiempo hasta ser capturado en el año 41 por la guardia civil.
Una noche del año 39, recuerda ahora, a punto de terminar la guerra, arriesgándose a ser prendido o muerto, bajó a Tolle, reconcomido con la idea de verla y, desde la penumbra, esperó oculto a que saliese de casa. Pasaron horas en medio de un silencio oscuro en el que solo oía su respiración y el ladrido lejano de algún perro. ¿Me querrá aún?, se preguntaba, ¿habrá fuego o ya sólo es ceniza, como me dicen todos los camaradas? Venancio le había dicho por la tarde que hasta el más grande amor se termina, que la olvidase, que mujeres había muchas pero futuro sólo uno y que su futuro era «la lucha». Avelino Buendía se negaba a aceptar la idea de que todo hubiera terminado con Alba. No, respondía, si consigo verla volverá. En el monte, no había momento en que no recordara, con dolor punzante, el tacto de sus labios y sus manos, el olor de su pelo, su voz susurrante diciendo: abrázame Avelino. Imaginaba, esperanzado, la siguiente  escena: Él que le llama. Ella que corre a su encuentro y ambos que se deshacen en explicaciones, perdones y ruegos. Fuego nuevamente avivado. Llamas que brotan. Ambos que se abrazan y, tras de un largo beso, acuerdan ilusionados escaparse juntos. Volver a empezar de nuevo, en otro sitio donde no les conocieran, con otra identidad.
Lo tenía todo bien pensado: esperaría oculto sin ver a nadie, la noche entera si era preciso, hasta que ella saliera a buscar agua o de camino a la cantina. Entonces la llamaría y le hablaría, tenía pensadas todas las palabras que le iba a decir y hasta las había ensayado mentalmente.
«Abrázame Avelino» goteaban esas dos palabras como un conjuro cuando el rumor de las esquilas de un rebaño de ovejas lo despertó. Esperando se había dormido. La luz de la aurora rayaba en el horizonte poniendo en peligro su ocultación. Casi estaba decidido a llamar a la puerta, y que fuera lo que sea, cuando por fin ella salió. Le palpitaba el corazón al verla de nuevo después de tres años. Estaba más hecha, era más mujer y, advirtió,  más hermosa de lo que recordaba. Alba llevaba un par de calderos. Va por agua al caño, dedujo Avelino, iré por las huertas dando un rodeo y la esperaré allí. «Abrázame Avelino» ansiaba que dijera al verlo mientras corría como un poseso lleno de anhelo a través de los sembrados, camino del reencuentro. Tardó más de lo que esperaba y para cuando enfocó el caño la imagen que vio le atravesó el alma, despezándosela: Alba estaba abrazada a otro.
Avelino se fue despacio por la vereda, como una de tantas sombras que han de diluirse tan pronto acabe de amanecer. Fue la última vez que vio su rostro.
Como ahora ante la fatal venida de su verdugo aceptaba la muerte, aquel día aceptó que el amor se había terminado.
—Abrázame Avelino —dice emocionado—. ¡Abrázame Avelino…! —repite enflaqueciéndosele la voz.
En diez años no hubo día que no pensara en ella, unas veces con rencor otras justificando el haberse ido con otro, pero siempre amándola. Aún la ama. El fuego permanece avivado, inalterado, en ese lugar recóndito que alberga la fuerza de los amores que nunca fueron, que no pudieron ser, y, que por eso mismo, su viveza permanece inalterada, inmutable.
Vuelven a desfilar ante él todos los dulces recuerdos del mes que pasó con ella; y los días de revolucionario, el presidio que le privó de verla, el frente en la guerra, el monte, y la cárcel de nuevo, el día en que fueron a casa de Fernandón, a su esposa preñada llorando, a su hijo maldiciendo, «os va a faltar terreno para escapar de él», la huida del camión, la nieve, el frío, la congelación, la muerte dulce, y, por último, esta estancia en la que se encuentra: el postrero solar que verá.
Avelino Buendía que era aficionado a escribir, y algo poeta, dolido como estaba por perder a Alba e inspirado por ese desamor, una tarde luminosa en el monte, bajo un chopo, se puso a escribir. El papel lo conservó todo este tiempo guardado entre los pliegues de su piel. Y ahora le han entrado ganas de leerlo.

«Y a mí solo me resta ya guardar la vida entre páginas de nostalgia y pasar el tiempo ocupado en deshojar la tarde, viendo al cielo verter su llanto sobre la calle de mi pueblo viejo, vetusto, espejando los tejados, ensombreciendo las fachadas, humedeciendo los recuerdos, a través de los hilos de seda que resbalan por el cristal de mi silencio interior, pensando  melancólico en lo que ya no es,  mientras el arpegio de la lluvia golpea el vaso de arcilla de mi corazón tibio donde un día ardió todo el fuego de la pasión, que es la más arrolladora y rotunda de cuantas pasiones florecen en la vida de un hombre. Diecisiete abriles que, con la fuerza de mil primaveras, entraron un día ya lejano y perdido enardecidas por mi ventana, sin llamar, sin ser esperadas, de improviso, iluminando con su mirada azul el poniente  de oro vivo de lo que acaso no fuera más que un sueño, fruto de la imaginación ferviente. Una primavera que vino igual que marchó, dejándome como buque varado en cementerio de barcos: hundido, abandonado, sin salvación, fantasma sacudido por el fuego y la sombra de su época. No valgo ni el óxido que me corroe y no ocupo ya ni el sitio en que irremisiblemente me hundo en silencio, evocando recuerdos dulces que se van desdibujando como las gotas discurriendo por un cristal herido»

En la vida de todo hombre hay mujeres que lo marcan para siempre. En ocasiones, algunos individuos más o menos afortunados vislumbran claves ocultas, secretos de la vida a través de los ojos de esas mujeres. Avelino llegó a conocer mejor el mundo y a él mismo gracias a lo que vio o creyó ver en la mirada de Alba, y también en sus actitudes, sus palabras y especialmente sus silencios. Nadie habla con silencios mejor que las mujeres.

-VI-

Camino de la caseta, un saco al hombro, va pensando Fernandón en la conversación que días atrás mantuvo con el sargento, comandante del puesto de la guardia civil del valle.
— ¿Pero por qué diantre no quieres ser somatén, Fernando? Nos vendría de perillas, estando como está la cosa con el maquis acorralado en el monte sin víveres, uno en el pueblo para evitar  que los traidores y simpatizantes les auxilien y conseguir, de una vez, capturarlos. Coño. Que ya hace que terminó esta guerra y estos cabrones ahí siguen, jodiendo la marrana. Robando cuando no les dan. Matando.
Fernandón mira un segundo al suelo antes de encarar de nuevo al sargento, como tomando impulso para lo que va a decir.
—Mi tiempo pasó ya. Lo único que quiero hacer en lo que me queda es vivir en paz.
El sargento Martínez se ha echado atrás en el respaldo de la silla del despacho en el que están, y mira a Fernandón con autoridad.
—Pero fuiste un veterano de guerra, coño, condecorado, aquí delante tengo tú ingreso en la orden, sé lo que le hiciste a los moros cuando fuiste capturado, y guardia en Madrid, en los años jodidos; tú, además, eres alguien respetado que conoce a todo el mundo, y en esta España nueva necesitamos de gente así como tú eres, a la que respeten y que se haga respetar, que sepa imponer el orden en este valle pero sin pasarse de la raya.
—Va a ser que no. Soy minero, es lo que he sido toda la vida.
—Pero mira que eres terco. ¿A qué le tienes miedo?
Miedo, se dice, más miedo que pasé en El Rif ya no voy a pasar jamás. Y juré que no habría más armas. Para Fernandón la idea de un día perfecto es terminar en el tajo sin haberse manchado mucho de hollín y, a ser posible, sin sobresaltos de derrumbes, acodarse después, camino de casa, un par de horas en una taberna y trasegar vino de Toro, cuanto más recio mejor, y que al llegar a casa haya qué comer, da igual lo que sea mientras sea en abundancia. Cogió alergia a las armas hace tiempo, y le disgusta la sola idea de ponerse en situación, por el hecho de ir armado, de estar en el punto de mira de un contrario que te pique el billete a mitad de camino. Ni miedo ni hostias, lo que quiero es vivir en paz sin tener que dar explicaciones. Sin deber nada a nadie. Mirarme cada mañana al espejo sin tener que renegar del tío reflejado, de no pensar que es otro que no decide por sí y que tiene que rendir cuentas de un juramento. No quiero saber nada de obediencia debida, deber cumplido ni demás historias.  Todo eso está mascullando pero finalmente no lo suelta, pues es de los que no entra sino sabe bien cómo salir.
—Tiene usted a sus guardias, y yo cinco hijos a los que mantener.
—No, coño, con los que tengo apenas puedo cubrir todo el valle, necesito tu ayuda. Además, ¿has pensado en todo lo que conlleva el cargo?
Dice eso y mira al interesado con transparente mezcla de sentimientos: algo de rabia y un resquemor suspicaz. En su mundo de vencedores, cualquier individuo que se niega a tomar un cargo así resulta sospechoso.
—…El poder, la autoridad que vas a representar, —prosigue, el sargento—. Hay muchos interesados, sobre todo camisas viejas, pero no me fio de ellos, son, como decirlo,  muy revanchistas, en cambio tú eres un tipo cabal. Cabal y decente.
Alza la mano abierta Fernandón, pidiendo cuartel. Un minuto más, tan sólo.
— Me hago viejo y no estoy para nada. Sintiéndolo mucho, mi sargento, no estoy interesado. Gracias.
Y dicho esto se ha ido hacia la puerta.
— ¿Y hay algo que te interese, joder?
Desde el umbral y con una sonrisa irónica.
—Sí, una cosa tan sólo. Tengo ganas de un reloj con leontina, ¿sabe usted?  Para saber siempre la hora que es. Supongo que de aquí a unos años habré ahorrado para comprarme uno.
Dejémoslo por imposible, no le pego dos hostias porque el tío tiene hasta gracia, dice el gesto sin palabras del sargento.
—Adiós, si cambias de idea házmelo saber.

Camina lento por la nieve procurando pisar sobre las mismas huellas, sin formar nuevas que le delaten. Va pensando:
Soy un minero que fue a la guerra por casualidad, por no saber leer y no haber echado unos papeles a tiempo. Qué cosas. Un guardia accidental que, renegado, siguió calzándose años el uniforme por compromiso, por no parecer cobarde o traidor, porque los juramentos son para siempre, o eso creo, o así debe ser al menos, hasta que con la disculpa del cambio de bandera, yo y otros descontentos, pudimos salirnos sin deshonor. La entrevista le ha hecho pensar en todos esos años en que bajó a la boca del infierno y pudo contarlo, y que ha olvidado enterrándolos en la memoria. Hace el esfuerzo de recordar pero el recuerdo se le muestra indeciso y vago como una piedra que brilla y tiembla en el fondo del agua sin concretarse su forma. Sombras apenas, que van y vienen, de  compañeros avanzando en formación ante el enemigo, a los que en la niebla oscura de la pólvora no veía, pero que se movían estrechamente con él, notando sus hombros pegarse al oírse los fogonazos de los disparos; «adelante muchachos, vamos allá»; que gritaban por lo bajo lo que se alegraban de no ser tocados, y, viendo  la proximidad del enemigo, aullaban «vamos a por ellos, cagüentodo, rediós y la Virgen santa». Y ruido de disparos. Y tropezar con cuerpos de caballos y de hombres, unos inmóviles y otros agitándose y el empezar a clavar la bayoneta en todo cuanto se pone delante que no hablase cristiano. Tenía presente, sí, el olor a sangre y pólvora de después de la batalla, y la sensación de sentirse vivo. Vivo y entero el pellejo.
Trata de ponerle caras y nombres a esos compañeros que venían de sitios de España que ignoraba, y empiezan a dibujársele imágenes. Antonio, el sevillano que cantaba por soleares rasgando una guitarra, tumbado en las rocas con un agujero en toda la frente y los ojos abiertos en protesta al poco de levantarse y haber asomado fuera de la trinchera para gritar a los cabileños del otro lado: «moros de mierda, no tenéis puntería». Pepe, el de Soria, un tipo que nunca reía y que el día que lo mataron quedó, el pobre, sonriente de contraída que se le fue quedando la cara en las dos horas que estuvo agonizando desde que un moro sin dientes y sin media hostia, le apuñalara en el estómago estando tendido en el suelo, herido de bala en el hombro, sin poder defenderse. Juan, su paisano de Cistierna, al que los rifeños capturaron en una retirada desordenada por quedarse rezagado y que fríamente degollaron para que todos los españoles lo vieran, sin que ninguno osase volver grupas para impedirlo, sin hacer otra cosa más que presenciar la escena cagándose, a coro, en los muertos de todos ellos. La lista seguía pero la dejó ahí. Sintió, ahora, reflejos de pesadillas en los que, maniatado como un cerdo por San Martín, era degollado como su paisano por rostros oscuros de dientes negros, que se repitieron con insistencia a partir de esa fecha, un día tras otro, siempre el mismo sueño premonitorio; la angustia de despertarse repentinamente en el catre y de tocarse presuroso el cuello para ver si aún estaba intacto.  Se trataba de un augurio funesto semejante al que tuvo, siendo más joven, de morir enterrado en la mina. Por eso cuando fue capturado en su puesto y arrastrado al desierto por los cabileños, supo lo que tenía que hacer. Y lo hizo. Aprovechó la noche y le abrió la cabeza de un trancazo al centinela cuando vio de reojo que éste doblaba la cabeza y se quedaba traspuesto al calor de la hoguera. ¡Zaca! ¡A dormir el sueño eterno! Y después, con el alfanje que le quitó, uno a uno, fue atravesando el gaznate de los otros cuatro captores que dormían, tapándoles previamente la boca para que no gritaran. Cuatro crujidos y cuatro estertores. Cinco cadáveres. No hubo ensañamiento. Ni cargo de conciencia tampoco, había sido como un día de matanza cualquiera en el pueblo. Y una vez hecho lo olvidó, y, salvo a sus superiores, nunca habló más de ello con nadie. Eso no lo ponía en la orden al mérito. Que no hubo en ese episodio más mérito que las ganas de salir vivo de aquello, la cuestión práctica de o ellos o él. Ni que trató de desertar yendo hacia la costa, montado en dos caballos moros, pero en esas, cerca de Melilla, se topó de frente con todo un batallón de infantería, y no le quedó más remedio que recular. Le mintió a aquel comandante, de bigotes grandes y mirada inquisitoria, sobre el final de la historia. Y el comandante se la creyó e informó al Coronel del regimiento, de modo castrense: « […] que habiendo sido hecho prisionero en campaña por el enemigo, y en la primera ocasión, ha matado a sus captores fugándose en los caballos aprehendidos, y tratando de reincorporarse a su regimiento, la fatiga por el calor y la deshidratación ocasionaron que se desorientara y perdiese en el desierto hasta ser encontrado por esta fuerza expedicionaria, etcétera». Lo cual le supuso una medalla y el seguir «guerreando» hasta licenciarse. Bien mirado, mejor era eso que un pelotón al alba. Miró con escepticismo muchas veces aquel trozo de plata que únicamente sirvió para que su capitán, los últimos meses, lo rebajase y destinara a cocinas, y a seguro, entre fogones y sartenes que crepitaban, entre humos de guisos y no de pólvora, contara, con tranquilidad, los días que le faltaban. Se había librado, había bajado a la boca del infierno y regresado, como en la mina tantas veces. «Baraka» lo llamaban los moros.

Los malos recuerdos, al regresar a Pelchas, se guardaron junto con la medalla en el cajón del olvido. Y allí se quedaron. Hoy, por vez primera, por la conversación sostenida con el sargento y su mención de la medalla,  los ha reflotado con vaga tibieza. El aire frío y el repicar de las campanas de Pelchas llamando a misa, le devuelven a la realidad. Ya está frente a  la caseta. Advierte, antes de abrir, que el fuego se ha apagado pues no ve la línea de luz colándose por las rendijas de la puerta.
—Buenas noches. Lo prometido deuda es. Hoy cenarás caliente. Son garbanzos ¿te gustan?
Avelino, que acaba de incorporarse, lo mira con un gesto inexpresivo. ¿Se trata de una burla al condenado?, parece decir.
—A mí me encantan los garbanzos —Prosigue—. Son de los que sobraron en casa para comer. Yo muchas noches hasta los ceno. Ya se sabe, comiendo bien y fuerte te reirás de...
Su tono es de una amabilidad que, de no ser por las circunstancias, parecería sincera. Fernandón, de rodillas ante la chimenea, se afana en encender de nuevo el fuego. Ha dejado el refrán a medias pues no ha considerado oportuno mentar la palabra «muerte» ante alguien que acaba de escapar por los pelos de ella, pero al que le espera seguramente un pelotón. Pronto brotan llamas que iluminan cenitalmente la estancia. La cara del fugitivo parecía una máscara sombría a la luz sinuosa de la hoguera.
— ¿Es mi última cena?
Mira como sin comprender. Ahora pone la cazuela de garbanzos en una esquina para que el fuego, de  soslayo, la vaya calentando.
—No, tranquilo, mañana también podré venir.
Ahora es Avelino el que mira sin comprender. Aquel hombretón actúa como si no lo conociera, pero es evidente que sí lo conoce, y como si no fuera a vengarse.
— ¿Cómo te encuentras hoy?
—De cuerpo para arriba mejor, en cambio las piernas todavía no me obedecen —responde con cara de preguntarse «adónde quiere ir a parar el artista».
—Pues eso, aún no te puedes ir, no estás para caminar. La nieve sigue ahí y en tu estado no llegarías muy lejos. Por estas fechas la nieve es muy tozuda, ha habido años en que se plantó a primeros de noviembre y ya no se fue hasta el mes de febrero. Y sería una pena librarte el sábado para el lunes volver a caer.
Ambos sonríen. La escena es curiosa. Avelino cree estar entendiendo que no serán, como con desolada resignación tenía creído, sus últimas horas, que aún verá un nuevo día; Fernandón, por su parte, que está perdiendo el tiempo pues aquel infeliz acabará o congelado o muerto por la ley de fugas.
Ya está, dice, y le entrega la cazuela humeante. A continuación, sin venir a cuento le empieza a narrar historias del pueblo, anécdotas graciosas de hechos reales que, es evidente, exagera para hacerlas más amenas. Enlaza una tras otra, mientras Avelino, cuchara de madera en mano, engulle ávido los garbanzos conciliatorios. «Resulta gracioso de cojones, este hombre. Cada vez más». Por varias veces lo que cuenta le arranca la risa y tiene que parar de comer. Hacía mucho tiempo que no reía, demasiado. Me da igual si me mata ahora, me ha alegrado el día y levantado el ánimo. La risa, piensa, es el único consuelo que tenemos los desgraciados.
Refiere luego una historia sobre el hambre que pasó de niño. Cambio de tercio.
—Mientras tenga manos, y me valga, ninguno de los míos pasará hambre. El hambre es una cosa mala.
Se produce una pausa.
—Y aquel invierno del 34 casi la paso, Avelino. Casi.
De repente se quedó callado, mirándolo. Era la primera vez, advirtió, que pronunciaba su nombre en todo este tiempo.
Sobreviene otro silencio.
—Aquel día cuando llegué a casa —comienza a decir—, la Aurelia, al principio no me lo quiso contar, ella era así, sabía el pronto que tenía y de las malas pulgas que me gastaba, y prefería callarse, dejar las cosas estar y no tener más jaleos, porque esto de la venganza se sabe cuándo empieza pero no cuándo y cómo acaba, lo único que se sabe es que una vez empieza no hay marcha atrás, pero al final no tuvo más remedio pues me di cuenta, había cosas rotas por todas partes y los críos tenían el miedo en su caras, tal que si hubieran visto al diablo, y cuando insistí, y la dije que si no me lo contaba ahora después sería peor, pues lo hizo. Monté en cólera. Me enteré bien de vuestros nombres, de los diez «valientes» que fuisteis a mi casa a buscarme y que al no encontrarme os propasasteis con mi mujer, en cinta,  y mis hijos.  Y con mi comida. No dejasteis nada. Pero nada. Ese día Juré que os buscaría y os daría vuestro merecido. El hambre es una cosa muy mala. Lo peor. Yo fui un muerto de hambre pero mis hijos no. Ellos no. Los meses siguientes tuve que trabajar más horas para tener dinero con que comprar lo que me robasteis. Pasé las de Caín, salimos de chiripa.
Avelino mira para el plato vacío. El hambre, efectivamente, junto con la falta de libertad, o el miedo a morir, es lo peor que le puede pasar a un hombre.
—Sabes quién soy. Lo has sabido en todo momento ¿Verdad?
—Sí, trabajabas en la segunda galería, debajo de la mía. Muy joven. Eras trabajador pero te juntaste a un vago como Venancio que te llevó a su vera como a un ternero su madre.
— ¿Vago?
— ¡Un vago empedernido! —asevera—. Hay dos clases de hombres: los vagos y los trabajadores. Venancio era un vago. Nunca quiso trabajar, no doblaba el lomo ni aunque le mataran. Por eso cuando empezó con la cantinela del sindicato le calé enseguida: este lo que quiere es no hincarla más y vivir del cuento.
—Y además de vago, cobarde.
A Avelino se le viene ahora el recuerdo de Venancio deshaciéndose de la espada.
—Le ofrecí un día un par de hostias y se calló como un putas. Era el año 32. Pretendía que le asignase el tajo de otros, como solía hacer a diario con los que por enfermedad o porque tenían un mal día no podían y no llegaban al mínimo. Tú no estás malo, le dije, a ti lo que te pasa es que eres un vago. No te añado nada que bien puedes. Trabaja. Entonces me amenazó con matarme, me llamó esbirro y se cagó en la leche que mamé. A mí. Se las ofrecí, claro. Allí mismo se las iba a dar, ya había cogido el cayado. Se cagó. Salió corriendo, el muy cobarde, galería arriba. «A ti te enderezó los nudos del cayado, mamón», le grité y prometí. No volvió más por mi galería, no —Que por mi madre que en gloria esté, que le hundía todos los nudos en el lomo—. Ni a pasarse junto a mí. No. Como tenía mano con lo del sindicato consiguió irse a la segunda. Y tampoco pió el día de la asamblea cuando juraba lo de que los obreros serían los amos y yo le dije: ¡Si todos somos jefes no sé quién coño va a querer trabajar! Iba a decir algo más por si no sabíais quién era Venancio, pero para qué: en el país de los ciegos el tuerto es el rey. Y me fui. Seguro que cuando no estaba me puso de vuelta y media.
—Sí, te llamó esbirro y vendido.
Venancio era un vago. Y un cobarde.
—Es cierto, no era buen trabajador: holgazaneaba todo el día. Y le tenía demasiado aprecio al pellejo, aunque no era mala persona.
Fernando sonrió, mirando al techo.
— ¿Buena persona? ¿Cuántas veces os dejó tirados durante la guerra?
Avelino piensa un segundo la respuesta.
—Vuelves a tener razón —lamenta reconocer—. Tenía miedo. Mucho miedo. Ya en el 34, cuando se enteró de que venía el ejército por el valle arriba,  salió huyendo al monte y no acertaba a decir palabra; recuerdo que me dije que con gente así poco futuro íbamos a tener. Los primeros meses de la guerra él mandaba una columna de milicianos y el alto mando lo destituyó por cobardía, por rehuir continuamente el enfrentamiento; el tío, al empezar los disparos, sin esperar a ver cómo nos iba, mandaba siempre retirada. Y unos por otros, sin nadie que diera ejemplo ni mandase, terminábamos en desbandada. Venancio, corría que se las pelaba, nunca quedaba de los últimos. Vimos poco frente, la verdad, nos pasamos toda la guerra escondidos en el monte, bloqueados por los nacionales. Y bloqueados seguimos terminada la guerra. Esperando sin fe a que cambiaran las cosas para nosotros. Fue entonces que Venancio y yo reñimos porque él seguía en sus trece con la dichosa causa, cuando ya no había causa ni nada y cada uno se las ingeniaba como mejor sabía, y no volvimos a hablarnos. Y nos separamos, Venancio marchó con los únicos dos que aún le tenían ley hacia Galicia, según dijo, y yo me quedé con el resto. Tengo miedo de que fuera él el que delatara nuestra posición, para cubrirse en su escapada y salvar el pellejo.
Ese día de la captura, Avelino no sintió furia, ni amargura. Fue la materialización de una certeza muchas veces intuida, y otras tantas olvidada, sobre Venancio: un fraude en sí mismo que fingía ser lo que no era. Se hacía llamar guerrillero y hasta pasaba por cabecilla de guerrilleros, pero al primer avistamiento del peligro desertaba desprendiéndose del sable y del arrogado caudillaje, y salía corriendo en dirección contraria al enemigo. Evitaba el combate por cobarde lo mismo que el trabajo por gandul, fingiendo ser un líder sindical. Su triunfo descansaba sobre ajenas espaldas. El tipo de personas que ante el fracaso o para salvarse son capaces de traicionar a los suyos. Bien considerado, la traición, a esas alturas, tenía un gusto especial para él. Descubrió, como le pasara con Alba, que podía ahondar en la herida, gozando de la propia agonía. Y como ocurre al final con los celos, la herida por la traición, al tiempo, podía ser más intensamente saboreada por la víctima que padecía las consecuencias, que por el responsable del acto. Al traidor le toca seguir fingiendo y vivir en permanente conflicto interior, sabiendo que actuó en contra de sus sentimientos, sus ideales, sus fidelidades, sus amigos. Al traicionado solazarse con el perdón, o la indulgencia.
Hablando de todo ello con Fernandón se sentía ante la presencia de una buena persona, pero había más, se sentía, igualmente, y le parecía curioso, ante un cofrade del gremio del infortunio, un compañero de armas y padecimientos, ante otro soldado veterano que sabía de frentes y muerte, de desolación y de traición, de hombres fraude como Venancio; soldados a su pesar, que lo fueron a la fuerza, reclutados para luchar en unas guerras que no eran la suyas, y a jugar forzadamente una partida de cartas esperando con desasosiego a que no pintasen nunca bastos; sí, se sentía un soldado viejo, pese a no haber creído serlo nunca, reviviendo con otro veterano sentimientos contradictorios de supervivientes, cuya lucha fue la lucha por la vida misma, y la persistencia por seguir viviendo en un escenario así los hizo mayores en poco tiempo. La guerra es lo que tiene, vuelve a los hombres mayores y saca lo peor y lo mejor de cada uno. Venancio y Fernandón son socios de un mismo club: el club de los sobrevivientes que perdonan porque necesitan olvidar.
—No sé cómo sería, nada puedo decir, pero muy capaz era de eso y de más. Vendería a su madre. Todos estos suelen ser así, ya sabes, quítate tú pa` ponerme yo.
— ¿Y por qué no te vengaste de nosotros?
—Mayormente porque no tuve ocasión. No sé, pasó el tiempo. Estabais todos, los diez, en prisión. Tuvisteis lo vuestro allí. Luego cuando salisteis no coincidieron las cosas: vino la guerra, os echasteis al monte. Supongo que se me fue curando la herida y pasando las ganas. Menos a Venancio al resto os perdoné. No sabíais lo que hacíais. A Venancio no. A Venancio ni entonces ni ahora se lo perdono, él tenía mala sangre y malas entrañas.
—Pero en el 36, dos de ellos, fueron a buscarte al camino.
—Lo sabía. Se lo habían dicho a la gente para que me lo dijeran. Iba avisado, por lo que no lo consideré una traición, y preparado. Fue una pelea limpia. Mira por dónde ahí di por zanjado el asunto y ya no os busqué más. Solté el veneno que llevaba y ellos, a golpes de palo, la mejor de las medicinas, comprendieron que no me había chivado, ni que los delaté, entendieron, también, que era uno de vosotros: un minero más.
— ¡Pudiste con dos hombres!
Fernando se mira sus manos grandes y ásperas. La expresión pierde fiereza y se torna tranquila.
—Con éstas he dado muchas hostias a los que se lo merecían. Y no me arrepiento. He matado en la guerra, y tampoco me arrepiento. La guerra es eso. Y algo peor. Y lo olvidé. Así que bien podía olvidar esto otro también. Ahora, si os llego a pillar al poco —y las cierra, apretando los puños—. Mi mujer tenía razón y acabé comprendiéndolo. Aquí paz y después gloria. El tiempo pone a la gente en su sitio. Dime, ¿qué fue de todos?
—Por lo que sé únicamente sobreviví yo. Los demás murieron en la guerra o fusilados o en la cárcel de tuberculosis.
— ¿Venancio también?
—Nadie sabe a punto fijo qué fue de él. Es seguro que no se entregó porque lo habrían fusilado y se sabría, y que nunca lo capturaron porque su nombre no apareció en ninguna lista. Unos dijeron que pudo haber escapado al cerco y haberse pasado a Francia, otros que logró embarcar a América en la Coruña.
—O sea, que aún puedo tener la esperanza de darle las dos hostias que no le di en su día.
Ambos hombres ríen, y el eco se propaga fuera de la caseta.
— ¿Cuando me reconociste?
—Desde el principio, justo cuando te subí al caballo. Tu cara no se me había olvidado.
— ¿Por qué me ayudaste? Podías haberme dejado en la nieve, a mi suerte.
—He sido un tío con «baraka». Ni el frío, ni la gripe, ni el hambre me mataron de niño. Me libré de que mi nombre no acabara puesto en la «lista de los caídos», como el de tantos otros, primero, por los moros en Marruecos, y, después, en Madrid, por los anarquistas. También me libré aquella tarde del 34 por no haber estado en casa, de ir a «pasear». Me he ido librando porque tal era mi suerte. Barrunto que tú también tienes «baraka», que escapaste a los disparos de todas las ocasiones en que te pusiste a tiro. Me gusta pensar que, de alguna manera, tu suerte, tu baraka, fue que yo estuviera ahí para que te libraras del frío y del hambre. Tú de joven, yo de niño.
—Sabes, Fernando, joder, todo este tiempo he creído que me ibas a degollar, que no lo contaba.
Ha sentido desprenderse de una carga pesada. Ve como los operarios desmontan el cadalso y siente el alivio de un indulto por segunda vez.
— ¡Ganas me están entrando! No vuelvas a dejar que se apague el fuego, cuesta mucho encenderlo, ¡haragán!
Más risas.

-VII-

Al amanecer del cuarto día, Avelino se levantó comprobando que se encontraba repuesto: movía las piernas. No obstante encontrarse débil la mejora era evidente, lo cual le anima. Mira por la ventana: La nieve no se había ido pero hacía un bonito día soleado y de cielo azul.
Hace frío, el fuego hace horas que se apagó. Recuerda, entonces, las quejas de Fernando y sonríe. «Soy un haragán, capaz de arrecirse por no molestarse en atizar la lumbre». En cuclillas y con un gancho remueve las cenizas con la esperanza de ver aparecer una llama. De repente, suenan pisadas y voces fuera y, presuroso, se dispone a mirar por el ventanuco. Para su estupefacción, se trataba de una pareja de guardiaciviles que caminan, uno al lado del otro, mosquetones al hombro, en su dirección. Los observó un par de segundos para decidir qué hacer. Salir por patas no era aconsejable, pensó, pues no llegaría muy lejos, además, la puerta estaba cerrada por fuera.
Los dos guardias han salido esta mañana temprano de ronda, el viento helado les ha enrojecido la cara. Alejados de las zonas pobladas con la orden de buscar un fugitivo, hace rato que, aburridos, han empezado a hablarse contraviniendo un poco las ordenanzas. Uno es veterano y ha hecho la guerra, luce mostacho. El otro, muy joven, imberbe, apenas hace un año que ha ingresado. Vistos a distancia y a través de un ventanuco esa diferencia de edad no se aprecia. De lejos son, únicamente, dos tricornios y dos capotes atravesando con pasos lentos y cansinos un mar de nieve. Una amenaza que se cierne.
Al llegar a la caseta detienen la marcha.
—Y esta caseta, ¿de quién es?
— ¡Ah!, es de Fernandón. No hay problema,  él no es un rojo, precisamente —Responde el veterano.
El joven da varios empellones a la puerta.
—Está cerrada con llave.
—Normal, tiene ahí los aperos de labranza.
El joven, entonces, se asoma por el ventanuco y mira el interior. Aperos de labranza, repite. Veamos: La horca, la guadaña, el trillo apoyado en la pared, el yugo, el rastrillo... Ya va a retirar la cara cuando algo reclama su atención y, dándose de bruces con el cristal, con  las dos manos cubriendo las cejas para que la claridad no haga reflejos, vuelve a mirar.
— ¡Hay un jergón en el suelo!
— ¿Y qué?
—Pues que ¿para qué coño dejan un jergón en una caseta donde guardan lo de la labranza?
— ¡Anda, tú!, qué ocurrencia. Para qué va a ser, pues para echarse la siesta después de la siega.
Avelino Buendía, oculto debajo del jergón no mueve ni un músculo. Oye la conversación de los guardias y reza al Dios en el que no cree para que no entren.
El veterano se descuelga el Máuser que deja apoyado en la caseta y lía un cigarro. El joven también se descuelga el Máuser, tocándose dolorido el hombro. Lleva varios días haciendo ronda y las cinchas le han hecho rozadura. Los pies los tiene desollados también, y siente deseos de sentarse pero no se atreve si su veterano no se lo dice o no lo hace él.
—Mira que si el fugitivo ese estuviera escondido aquí, dentro de la caseta…
—No seas atontao, ¿Cómo iba  a estar dentro si la puerta está cerrada por fuera? La cerradura está intacta, no se ha forzado nada. Además, él no es de Pelchas, es de Grandoso, por aquí no tiene a nadie ni se le ha perdido nada, ¿para qué se iba a aventurar?
—Llevas razón, además no hay sitio. Lo hubiera visto desde el ventanuco.
Acabado el cigarrillo, hace una señal al joven, se cuelgan de nuevo los mosquetones y prosiguen su ronda, caminando uno a cada lado del sendero que no se ve de cubierto por la nieve que está. Al cabo, las dos figuras hechas de capote y tricornio, desaparecen al doblar un recodo.
***
Es ya de noche cuando Fernandón baja por la calle Real, camino de las eras donde se encuentra su caseta de aperos y el Avelino al que lleva la cena. No esquiva a ningún vecino y no se desvía ni da rodeos. Camina según su costumbre, saludando a los que se encuentra y  pasando junto a las horneras, le gusta oler los chorizos curarse dentro. Las campanas tocan llamando a misa de seis. De unas de las casas, perfectamente audible, suena en la radio: «La sangre de los que cayeron por la patria no consiente el olvido, la esterilidad ni la traición ¡Españoles alerta! ¡España sigue en guerra contra el enemigo!». Se trata de la casa de don Teófilo, él siempre escucha la radio, quizá para que todos sepan que posee una y le envidien.
—Pues no señor, terminada la guerra terminado todo —suelta en voz alta como respondiendo al locutor.
Han sido unos años atroces, de pesadilla, en los que se han sucedido muchas denuncias anónimas. El miedo a los ajustes de cuentas se ha instalado en las conciencias de las gentes, como el hambre en sus estómagos. Una parte trata de significarse mientras que la otra intenta pasar inadvertida. Fernando tan solo quiere vivir en paz, en paz con todos y en especial consigo mismo. Y es que, el ser humano también es un superviviente natural. Necesita vivir tranquilo, olvidar, dejar de arrastrar la culpa con el tormento del recuerdo, no volver la vista hacia ciertas zonas oscuras de sí mismo. Que incluso perdonen a sus verdugos, o sean capaces de convivir con ellos sin recurrir al viejo expediente del ojo por ojo. Al inmenso alivio de la venganza.
Toca el pan y el lomo adobado que lleva consigo. Es lo único que a estas alturas cuenta para él.
—Este es buen año. Las cosechas han dado y hay buenas matanzas —Piensa triunfalista—. Se acabaron las penurias.

***

—Te estás arriesgando mucho por mí, es hora de que me vaya. No quiero arruinarte la vida.
Avelino, acuclillado en el suelo junto a la lumbre,  le acaba de referir a Fernando la visita de la pareja de esta mañana.
—Pero, ¿tú ya te encuentras bien? ¿En condiciones? ¿Puedes caminar?
—Sí.
— ¿Cuándo tienes decidido irte?
—Mañana temprano. Así tendré horas de sol.
—No se te ocurra pasar por la casa de tu madre en Grandoso, han puesto una pareja de vigilancia. Y si no es eso, cualquier vecino podría delatarte.
Los ojos de Avelino se entristecen.
—Lo comprenderá. Te prometo que cuando todo se calme iré a verla y se lo contaré.
—Dile, por favor, que no la olvido, que la quiero mucho, que me perdone por todo lo que la he hecho sufrir. Y que la escribiré.
—Así lo haré. Descuida.
Fernandón se quita la pelliza y se la entrega. En su cara no se dibuja ninguna expresión.
—Es vieja, no la necesito ya.
Gracias, dijo complacido entendiendo el último gesto generoso. Después Avelino se abrazó a él y se lo  quedó mirando un momento, con dolorida impotencia. «Si salgo vivo te escribiré». Fernandón no dijo nada y abrió la puerta embozándose en la bufanda.
—Dime una cosa —volvía a estar acuclillado, mirándolo—. Dime sólo una cosa.
— ¿El qué?
—Aquella tarde, cuando fuimos a buscarte a casa… ¿Dónde estabas?
Fernandón se queda inmóvil en el umbral, con la mano apoyada en el quicio,  pensativo.
—Llevé al patrón al monte para ponerlo a salvo de vosotros.
— ¿Al patrón?—su cara es de desconcierto.
—Supe de vuestros planes de matarlo. Salvarlo era algo que le debía. Una vieja deuda.
Se produce, entonces, un silencio. La imagen del patrón, montado en caballo, soltando un duro de plata a un niño huérfano, descalzo y hambriento, pasa veloz. Y su voz diciendo «desde mañana vas a la mina a trabajar», suena en su cabeza como en la radio de don Teófilo.
—…Es de bien nacidos ser agradecidos. Eso es todo.
—No me preguntaste si me arrepentía de haber ido a tu casa aquella tarde.
—No me ha hecho falta oírtelo. Lo sé.
De nuevo el silencio.
— ¡Me arrepiento no sabes cuánto!
Fernandón hizo un gesto de despedida con la mano, cerró la puerta y se perdió con sus pensamientos de prosperidad alimentaria en el frío de la noche. No le gustaban las despedidas.
Era la última vez que se verían.


-Epílogo-

Cuatro años después, Cipriano el cartero, cosa novedosa, tocó a la puerta de la casa de Fernandón y le entregó una carta. Desconcertado, pues  recibía poca o ninguna correspondencia, se la entregó a su hijo, el seminarista, para que se le la leyera. Leer es algo que hace con dificultad por falta de instrucción, y desde que le falla la vista más. Su hijo, el quinto, el menor de todos, que está de vacaciones de semana santa, la abre y lee.

Estimado Fernando:

Buenos Aires, a 13 de Abril de 1950

Lo prometido es deuda. Sirvan estas líneas para agradecerle nuevamente su generosidad y la ayuda que tan desinteresadamente me proporcionó y que por muchos que sean los años que viva, jamás olvidaré y tendré presente.
Informarle de que finalmente conseguí embarcarme para la Argentina y establecerme acá.  Las cosas, tras mucho esfuerzo, me han empezado a ir bien. Soy otro hombre y hasta estoy pensando en formar una familia.
Ya ve usted qué cosas me tenían deparado el destino. Quién lo iba a decir viéndome en las circunstancias de aquellos días.
Espero que al recibo de la presente goce de excelente salud.

Un saludo cordial 
(Firma)

Fernando ha escuchado con atención la lectura, sin inmutarse. Dice, en bajo, algo así como que «lo consiguió después de todo».
Se queda un rato pensando.
— ¿Dónde está Buenos Aires, hijo?
—En América.
—Y eso, ¿cae muy lejos?
—La distancia exacta, padre, no la sé, pero debe de ser mucha porque hay que cruzar todo el océano Atlántico.
Fernandón desconoce qué lugar es América, donde oye que tantos mozos emigran, pero sí sabe lo que es el Atlántico porque se lo contó un marinero: eran las aguas que estaban a estribor del barco que lo llevaba por el estrecho a Marruecos, y cuyo fin no veía.
— ¡Pues sí que se ha ido lejos el Avelino!




—FIN—



  
©Humberto, 2012

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