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martes, 12 de diciembre de 2017

En las primeras horas de la madrugada


Frank Sinatra detuvo el coche en un semáforo. Los peatones pasaban presurosos  delante de su parabrisas, pero, como siempre ocurría, hubo alguien que no lo hizo. Se trataba de una muchacha de unos veinte años que se había quedado en la acera mirándolo fijamente. Él la veía de soslayo y sabía, porque sucedía casi a diario, que estaría pensando: «Se le parece, pero ¿será él?».

Cuando el disco iba a cambiar, Sinatra se volvió hacia ella y la miró directamente a los ojos, esperando la reacción de asombro que no tardaría en manifestarse. Así fue, y él le sonrió. Ella contestó con otra sonrisa, y Sinatra salió disparado.

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