Hoy es Año Nuevo, piensas, mientras la tarde avanza con esa lentitud amable de los días que no reclaman nada. La luz se retira despacio, sin hacer ruido, como si supiera que no conviene alterar la memoria. Pronto seremos mayores, te dices, no con melancolía, sino con una serenidad casi agradecida. El tiempo no parece empujarte: camina a tu lado, acompasando el paso.
Piensas en ella —apenas una desconocida— y no sientes si no reconocimiento. Algo en su forma de estar, en su manera de mirar el mundo como si todavía no estuviera del todo decidido, te devuelve una imagen antigua de ti mismo. No es un anuncio de futuro sino un reflejo del pasado que aún respira. El hombre ante el espejo de unos ojos desconocidos: no como revelación súbita, sino como un reconocimiento silencioso de lo que aún permanece.
Durante años creíste que crecer significaba acumular respuestas, construir una voz firme, aprender a no titubear. Pero ahora, al borde simbólico de otro año, comprendes que la verdadera madurez no consiste en dejar de dudar, sino en hacerlo con honestidad. En conservar, bajo la experiencia inevitable, una sensibilidad que no se ha traicionado. Joven no por desconocimiento, sino por coherencia.
Miras a tu alrededor a quienes habitan la madurez como un uniforme: afectos administrados, miedos bien archivados, vidas funcionales y silenciosamente vacías. Personas que cumplen con todo, salvo consigo mismas. Y al verla —sin que ella lo sepa— recuerdas que tú también estuviste ahí: abierto, vulnerable, sin la necesidad constante de protegerte de la vida.
No piensas en amor, sino en continuidad. En cómo uno puede perderse de sí mismo sin darse cuenta, y en lo fácil que resulta confundir estabilidad con renuncia. Ella no despierta en ti el deseo de poseer ni de acercarte, sino el respeto que se le tiene a lo que alguna vez fuiste y todavía podría salvarse.
Recuerdas aquellos años en que el mundo parecía amplio y respirable, cuando la esperanza no necesitaba justificarse y el miedo aún no había aprendido a disfrazarse de prudencia. No eran tiempos mejores, te dices ahora, sino tiempos más permeables. Y el verdadero riesgo nunca fue envejecer, sino endurecerte; no cansarte, sino dejar de caminar con cuidado sobre los días.
Por eso, en este inicio de año, cuando todo invita a prometer cambios y clausurar etapas, te dices algo distinto: no cerrarte. No volverte ajeno a lo que alguna vez te sostuvo. No entregar tu asombro a cambio de comodidad.
Porque a veces no es el amor quien despierta, sino el espejo inesperado de alguien que, sin proponérselo, te recuerda quién fuiste cuando aún te escuchabas.
Y si todavía queda algo de eso vivo, sabrás qué hacer con el tiempo que empieza.
Vistas de página en total
miércoles, 31 de diciembre de 2025
El hombre ante el espejo de unos ojos desconocidos
martes, 30 de diciembre de 2025
Vera: Poema de mujer
Vera: Poema de mujer
La fama le llegó a Vera como llegan las tormentas: sin pedir permiso y dejando el aire cargado de electricidad. Pasarelas, flashes, hoteles con alfombras que amortiguaban el paso y el ruido de una vida ajena. En Italia la llamaban La Española, como si el adjetivo bastara para explicarla. Sonreía con la precisión de un oficio aprendido a golpes de contrato y disciplina, mientras por dentro algo se le iba deshilachando con una paciencia cruel.
Tenía un amante —y agente— que conocía de memoria el precio de su silencio y la cotización exacta de su cuerpo. Un hombre eficaz, de verbo corto y reloj caro, que hablaba de ella en términos de mercado y de futuro. Vera lo escuchaba con la atención justa, pensando en otra cosa: en el vértigo que se abre cuando el éxito ya no promete nada nuevo. Fue entonces cuando empezó a distanciarse, como se aleja un barco del muelle sin hacer ruido, soltando amarras una a una.Asturias, su tierra natal, recibió a Vera con lluvia fina y silencios largos.Vera buscó a Martín por instinto, como quien regresa a un lugar donde dejó algo olvidado. Martín, policía, no figuraba en revistas ni contratos. Había sido el amor de su juventud, cuando el mundo aún cabía en un coche viejo y una canción repetida. Lo halló en Asturias. O, mejor dicho, se encontró primero a sí misma: en la casa donde creció, un caserón de paredes gruesas y recuerdos que no pedían permiso para volver. Y después, a él.La tarde se deslizaba lenta. La ciudad parecía bajar la guardia. Vera cruzaba la plaza distraída, entre escaparates y vendedores de flores. La gente la rodeaba, hablando, riendo, ignorando la lluvia fina que empezaba a caer.Martín apareció en la esquina opuesta, la mirada fija en el suelo. No la esperaba. No la buscaba. Y aun así, la vio.Se detuvieron frente a frente. Sin sorpresa. Como dos soldados que reconocen cicatrices tras años de silencio.—Sigues igual —dijo él.—Tú no —respondió ella—. Estás mejor.Se abrazaron, y después caminaron hombro con hombro, sin decidirlo. Cada gesto encajaba, como un reloj detenido que vuelve a latir de repente. La plaza bullía a su alrededor, indiferente. No hablaron del pasado. No hacía falta. El tiempo, esta vez, había llegado tarde.Martín era un hombre marcado por la rutina y la experiencia. Había patrullado calles con la violencia acechando detrás de las esquinas, investigado delitos que nunca aparecían en los periódicos y aprendido a contener rabia y compasión con idéntica disciplina. Sus años de policía le habían enseñado que la vida no espera, que los silencios dicen más que las palabras y que la justicia rara vez es perfecta. La calle había moldeado su forma de ser y de mirar: firme, rápida, pero con una suavidad que solo los que han visto demasiado saben ofrecer. Cuando Vera entró de nuevo en su mundo, él era un hombre sólido, sereno, acostumbrado a la incertidumbre ajena y, sin embargo, ante ella, la rigidez se derretía en recuerdos de un amor tan simple y profundo como el mar.Vera recordaba una infancia hecha de ausencias. Un padre que una mañana cerró la puerta y no volvió, dejando a su madre y a ella suspendidas en un silencio que duró años. Aprendió pronto que el abandono no hace ruido, que se instala despacio y se queda. Ese hueco, nunca del todo nombrado, creció con ella y tomó otras formas con el tiempo: éxito, cuerpos ajenos, aplausos que no tocaban el fondo.El vacío seguía ahí, intacto. Ni la fama ni los viajes lograron llenarlo. A veces pensaba que toda su vida había sido una huida elegante de aquel primer desamparo. Las drogas llegaron como una tregua engañosa, una forma de anestesiar el pensamiento, de adormecer la conciencia. Y en las madrugadas más largas, cuando el ruido se apagaba y solo quedaba ella, la idea de desaparecer se le presentaba no como un grito, sino como un descanso.Una tarde, en la antigua habitación de Vera, donde el papel pintado seguía contando la misma historia infantil, descubrió que ni siquiera allí encontraba reposo.—No sé si he vuelto para quedarme o para irme otra vez —dijo, apoyada en el marco de la ventana, con la lluvia empañándole el rostro.Martín la miró en silencio un instante, como midiendo palabras que pudieran sostenerla.—Tal vez no se trate de quedarte o irte —respondió—. Tal vez se trate de aprender a estar aquí, aunque duela.Vera rió; un sonido corto, metálico, que apenas interrumpió el de la lluvia.—Aprender a estar… suena tan fácil, como si uno pudiera decidir respirar y ya.—No es fácil —admitió él—. Pero si alguien puede intentarlo, eres tú. Y si caes, yo estaré ahí.La infelicidad tiene formas astutas. A Vera le habló en susurros nocturnos, en el peso de la madrugada sobre el pecho, en el deseo de desaparecer sin hacer ruido. Probó a desprenderse de la realidad con sustancias que prometían treguas breves y cobraban intereses altos: drogas como salvavidas de plomo. Martín lo intuyó sin saberlo del todo; la vio perder brillo, caminar por el borde de un abismo que no se nombraba. No hubo reproches. Entre ellos quedó suspendida una ternura impotente.El amante llegó un día cualquiera, con su abrigo italiano y su determinación práctica. La encontró más delgada, más ausente. La llevó consigo a Italia, hablándole de contratos pendientes, campañas y compromisos que no podían esperar. Vera lo siguió casi por inercia, dejándose arrastrar por la corriente del orden y la fama que él representaba. Pero mientras recorría carreteras y aeropuertos, su mente viajaba en otra dirección: recordaba la bruma de Asturias, la casa de su infancia y, sobre todo, a Martín, cuyo recuerdo nunca se había desvanecido. La seguridad del amante no lograba llenar el vacío que sentía en el pecho.Después de semanas entre pasarelas y reuniones interminables, Vera tomó una decisión. Se detuvo, respiró hondo y regresó a Asturias, a reencontrarse con Martín, el amor que nunca había olvidado. El éxito había vuelto a cercarla con su abrazo profesional y sus exigencias, y quiso escapar de todo aquello, del brillo que ya no iluminaba nada.Vera y Martín volvieron a encontrarse en una cafetería sin nombre, donde se dijeron verdades incómodas. Ella habló de su angustia como quien confiesa una derrota sincera. Él escuchó sin interrumpir, por primera vez sin calcular consecuencias.—No sé si estoy lista para nada —murmuró Vera—. Ni para ti ni para mí misma.—Entonces empecemos por un momento —dijo Martín—. Solo este momento.Aquella misma tarde, mientras se dirigían al coche bajo un cielo gris, la tensión flotaba en el aire como un presagio.—Siento que algo va a cambiar de verdad —dijo Vera, apretando su mano contra la de él—. Esta vez… esta vez quiero creer que podemos.Martín la miró con la calma aprendida en años de oficio, y una sombra de miedo cruzó su rostro.—No prometo nada —susurró—. Solo estar contigo mientras dure este instante.El coche arrancó y avanzó por la carretera mojada. Un instante de distracción, un resbalón del asfalto, y Vera perdió el control. El impacto fue brutal: metal retumbando bajo la lluvia. Martín salió ileso, con el corazón en un puño, mientras Vera quedaba atrapada entre los restos del vehículo.El silencio cayó. La carretera seguía húmeda y gris, pero algo esencial se había perdido. Vera había muerto. Martín permaneció allí, sosteniendo su recuerdo, con la sensación de que parte de él también se había ido. La calma, la respuesta, todo quedó suspendido en la eternidad de un instante que nadie pudo salvar.***
Martín se hizo escritor con los años, o tal vez siempre lo fue y solo necesitó perderla para descubrirlo. Escribía de noche, cuando el silencio se parecía al de aquellas carreteras mojadas y la memoria no ofrecía resistencia. Nunca habló de Vera en voz alta. La llevaba en frases cortas, en imágenes que regresaban sin permiso, en la forma exacta de nombrar la ausencia. Nunca volvió a amar del todo. Nunca volvió a conducir bajo la lluvia sin recordar aquel instante. En uno de sus cuadernos escribió:
La tarde en que el sol caía en ángulos imposibles, tiñendo el cielo de naranja y violeta, Vera avanzaba por un campo de hierba alta. Cada brizna que rozaba su piel parecía resonar con un eco secreto; el viento, cómplice silencioso, jugaba con los pliegues de su vestido y las sombras de sus gestos.Se detenía ante un árbol torcido, y con movimientos delicados comenzaba a dibujar sobre su cuerpo formas que imitaban las ramas y hojas. Era un ritual silencioso: la naturaleza y ella se encontraban en un diálogo íntimo, donde cada curva, cada línea, era una palabra, y cada postura, un verso. Sus ojos, grandes y contemplativos, reflejaban el cielo cambiante y la tierra que se inclinaba bajo su presencia.Más tarde, apareció frente a un lago, cuya superficie era un espejo líquido que multiplicaba su imagen. Allí se sumergió lentamente, dejando que el agua transformara su piel en un lienzo vivo. Cada onda que rompía la calma era un poema que nadie escuchaba, excepto ella. En la quietud del reflejo, Vera parecía dividirse en múltiples figuras: una danzaba sobre la arena, otra flotaba entre las flores, y una tercera se perdía en la profundidad azul, como si explorara los límites de su propia existencia.Mientras el día se apagaba, el horizonte se volvió un lienzo surrealista de colores imposibles. Vera caminaba entre sombras alargadas, cubriéndose de polvo y luz, fusionándose con las piedras, los árboles y el viento. Sus gestos se volvían cada vez más abstractos, más cercanos a la pintura que al cuerpo humano, hasta que la última luz del sol la envolvió por completo, dejándola suspendida entre el mundo tangible y un sueño eterno.Y en ese instante, nadie podría decir dónde comenzaba Vera y dónde terminaba la poesía que era ella misma.
Espejo de luz
de carne y aire, sombra y oro.
Cerró el cuaderno. Durante años se preguntó qué habría pasado si hubiera dicho algo distinto, si hubiera frenado antes, si el amor bastaba para salvar a quien no quería seguir viviendo. Aprendió tarde que la culpa no busca respuestas: solo compañía.
Vera no envejeció. No tuvo tiempo. Permanecía allí, intacta, caminando para siempre en un paisaje detenido. Y Martín, condenado a recordarla, comprendió que sobrevivir no siempre es una victoria, sino una forma lenta y silenciosa de expiación.
Al final, no fue el accidente lo que la mató, sino el cansancio de seguir viviendo.©Humberto 2025.
Cien días de amor loco
Cien días de amor loco
En el París que aún olía a humo de Gauloises y a promesas de madrugada, Brigitte Bardot y Serge Gainsbourg se reencontraron como si el tiempo hubiese estado ensayando ese momento durante años. No era la primera vez que se veían —se habían conocido mucho antes, en 1959, en un rodaje donde todo fue apenas un cruce de miradas distraídas—, pero ahora algo distinto vibraba entre ellos. La atracción se reconoció despacio, con silencios densos y sonrisas que llegaban tarde a los labios. Él, con su ironía tímida; ella, libre y luminosa, inevitable.Cuando Serge la invitó a su casa para escuchar Harley Davidson, la noche parecía suspendida en un compás distinto. La aguja cayó sobre el vinilo y la música llenó el espacio con una cadencia insolente. Brigitte escuchaba con los ojos entrecerrados, como si cada acorde le rozara la piel. Gainsbourg la observaba, consciente de que algo estaba a punto de encenderse. No hubo declaraciones grandilocuentes: bastó un gesto, una sonrisa ladeada, el roce casi accidental de unas manos.Así comenzaron aquellos cien días de amor secreto, intensos y frágiles, vividos a contraluz. Se encontraban lejos de los flashes, en habitaciones donde la complicidad se volvía palpable. Él escribía de noche, con ella cerca, respirando al ritmo de sus palabras; ella se dejaba envolver por esa mezcla de melancolía y deseo que solo Serge sabía destilar. Entre ellos no había promesas, solo una urgencia compartida: vivirlo todo antes de que el mundo reclamara su parte.Je t’aime… moi non plus nació así, en una madrugada febril, como un susurro que se convierte en confesión. La canción era el eco de su intimidad, una verdad demasiado desnuda para ser mostrada entonces. Aunque el destino la guardó en silencio por un tiempo, aquella pasión ya había dejado su marca: en la música, en la memoria, y en ese rincón del corazón donde las historias breves arden con más fuerza.
Bardot aceptó grabarla, abandonándose a ese murmullo entre deseo y confesión, pero el resultado fue tan sensual que el miedo se filtró entre las notas. Temió la reacción de su marido, el millonario Gunter Sachs. «Serge, no puedo arruinar mi matrimonio. Guarda la cinta», le pidió ella, con la voz cargada de ternura y despedida.
Cuando se separaron, no hubo reproches, solo la certeza de haber compartido algo irrepetible. París siguió girando, pero para ellos, durante un instante perfecto, el mundo había sido solo una melodía, una piel cercana y la certeza de un amor tan intenso como fugaz.
©Humberto 2025.
lunes, 29 de diciembre de 2025
Código de averías
Código de averías
Madrid no es una ciudad cruel; es algo peor: funciona. Tritura sin odio y sigue adelante. A Marcos eso le quedó claro hace tiempo, cuando comprendió que la decencia es un lujo y la justicia una palabra que se pronuncia mejor que se practica.Vivía en un piso compartido cerca de Cuatro Caminos, de esos donde nadie pregunta demasiado porque nadie quiere respuestas. Había estudiado Historia. Error clásico. Ahora trabajaba corrigiendo textos ajenos para una editorial que pagaba tarde y mal. Conocía bien la miseria respetable: facturas ordenadas, nevera medio vacía y dignidad administrada en dosis pequeñas.La mujer del asunto se llamaba Berta. No era un monstruo. Eso habría sido demasiado fácil. Era una propietaria puntual, legal y despiadada. Alquileres inflados, cláusulas abusivas y una sonrisa de funcionaria satisfecha. Gente así no mata con cuchillos, sino con plazos.Marcos la observó durante semanas. No con rabia, sino con curiosidad. Como se estudia una grieta en un muro viejo. Pensó —sin épica ni grandilocuencia— que el mundo no empeoraría sin ella. Pensó también que nadie importante la echaría de menos. Ese fue el razonamiento. Pobre, pero eficaz.El día señalado subió las escaleras con calma. Llevaba el objeto adecuado en una mochila corriente: un hacha vieja encontrada en un armario. Nada de dramatismos. Los crímenes solemnes solo existen en las novelas malas y en los juzgados llenos de periodistas.Todo ocurrió como ocurren las cosas decisivas: deprisa y mal. Un error mínimo. Un golpe suficiente. El cuerpo en el suelo. El silencio posterior, espeso como aceite usado. Marcos no dijo nada, las palabras suelen llegar tarde.En la calle, Madrid seguía con lo suyo. Un repartidor casi lo atropelló. Una pareja discutía por el móvil. Un camarero sacaba mesas con cara de lunes perpetuo. Nadie notó la ausencia recién inaugurada de Berta.El castigo no vino en forma de remordimiento clásico. Nada de pesadillas literarias. Fue algo más práctico: la conciencia como una herramienta mal calibrada. Insomnio. Desconfianza. La sensación de haber cruzado una línea que no llevaba a ningún sitio interesante.Conoció a Irene en un bar de Malasaña. Hablaban de libros, de guerras antiguas, de la estupidez contemporánea. Ella tenía la rara cualidad de mirar de frente sin invadir. Marcos pensó —con un cansancio nuevo— que ciertas personas no deberían ser engañadas.—Tienes cara de haber perdido algo —le dijo ella una noche.Marcos pensó que no, que lo que había perdido nunca fue suyo.Días después entró en una comisaría. Sin discursos. Sin coartadas ingeniosas. Contó los hechos con la prosa exacta que le quedaba. El agente tomó nota, impasible. La justicia, como Madrid, también funciona.Mientras esperaba, sentado bajo una luz blanca y desalmada, Marcos entendió algo simple: no había hecho justicia, ni historia, ni siquiera un buen crimen. Había ejecutado un error coherente con su tiempo. Nada más. Y eso —pensó con una lucidez amarga— era lo verdaderamente imperdonable.
domingo, 28 de diciembre de 2025
Brigitte Bardot: El Icono
Hoy, el mundo se detiene en su tristeza, y es imposible no sentir que una parte del alma del cine se ha apagado. Brigitte Bardot, musa inalcanzable, figura que desbordó los límites de su tiempo, ha dejado este mundo, pero no la huella indeleble de su presencia.En ella, como en pocas, se fundían los ideales del ser humano: la belleza, la libertad y la eterna juventud. No solo fue la cara que iluminó las pantallas de los cines del mundo, sino un símbolo que trascendió la simple imagen, una fuerza de la naturaleza que, como la marea, arrastró consigo todas las convenciones de una época. Con su mirada franca y su sonrisa que desbordaba todo lo que los poetas quisieran decir, Brigitte Bardot fue la revelación de una nueva era, en la que lo prohibido se tornaba aceptable, lo oculto se hacía visible y la sensualidad se alzaba como bandera.La era dorada de la cinematografía francesa nunca sería la misma sin su presencia. A ella le debemos la creación de una nueva iconografía del cine, donde la mujer dejó de ser solo un objeto de deseo, para convertirse en un sujeto de admiración. Su belleza, en su imperfección tan humana, se erigió como un estandarte de autenticidad, y de su carne se hizo poesía. La francesa indómita, rebelde en su ser, tocó los corazones de generaciones enteras, en una época en que su nombre no era solo una firma de estrella, sino un suspiro que recorría las arterias de París, de Cannes, de todo el mundo.Pero no sólo se nos fue la actriz. Brigitte Bardot fue también la mujer que desafió las convenciones, que, como una moderna Diana, se entregó a la causa de los animales y a una vida menos visible, menos mediática, pero tan intensamente personal. El arte y la lucha por la justicia, en su forma más pura y sencilla, nunca se separaron de su esencia. En su vida, no hubo espacio para la falsedad, solo para la valentía de ser uno mismo, por encima de todas las expectativas.Hoy, al escuchar su nombre, evocamos el brillo inconfundible de su juventud, pero también la sabiduría adquirida en los años, que hicieron de su vida un testimonio de resistencia frente a la corriente. Y mientras sus huellas permanecen en las pantallas, en las canciones y en los recuerdos de todos quienes vivieron su época, podemos decir, sin lugar a dudas, que Brigitte Bardot no fue simplemente un símbolo, sino un faro. Un faro que, aunque hoy se apague, continuará iluminando el camino de aquellos que aún creen en la autenticidad, en la belleza que transciende la superficialidad y en la libertad del ser.Brigitte Bardot se ha ido, pero nunca dejará de ser. Su nombre quedará grabado en el firmamento del cine y de la cultura, como aquel sol que nunca deja de brillar, aunque ya no esté.
El Regreso de Héctor
Madrid, 1995. El frío de otoño te cala hasta los huesos. El ruido constante de la ciudad —el tráfico, las sirenas, el bullicio— te envuelve como una niebla densa, pero te has acostumbrado. En la Comisaría, el teléfono de tu despacho suena con insistencia, el timbre agudo cortando la monotonía del día. Tu mirada se desvía hacia el aparato con cansancio. Ya has pasado más de 10 años en las calles de Madrid, enfrentándote a todo tipo de delitos, y aún te preguntas por qué sigues aquí. ¿Es por el sueldo? ¿Por la adrenalina? O quizá, lo sabes en el fondo, es porque no hay salida, no hay más vida que esta, entre papeles y sangre.Levantas el auricular.«Romero, necesitamos que te acerques al distrito de Salamanca, en la calle Velázquez. Hay un cadáver. Pero es... raro». La voz del jefe te suena familiar, aunque esa urgencia en su tono te da escalofríos.—¿Raro? —repites, con un suspiro, mientras el cansancio se acomoda en tus hombros.—Te esperamos, Héctor. Está todo acordonado, pero tienes que verlo. No es algo común.El aire es gélido cuando llegas a la mansión. La propiedad parece un vestigio de otra época, un lujo decadente que se enfrenta al paso del tiempo con dignidad. En el jardín, la quietud es tan profunda que casi puedes oír tus propios latidos. Una patrulla te abre paso, pero apenas les prestas atención. Caminas solo, con ese paso firme que te caracteriza, pero hoy, por alguna razón, no sientes el control de siempre. El lugar, el ambiente, te afecta de una forma extraña.Cuando entras en la mansión, te enfrentas a la escena del crimen. El cadáver de un hombre yace en el suelo, vestido con una túnica blanca y una corona de laurel sobre su cabeza. El contraste entre la muerte y la luz dorada que entra por las ventanas altas te desconcierta.—¿Esto qué es? —murmuras, mirando la escena con incredulidad.Uno de judicial se acerca a ti. «Lo extraño es que parece morir... feliz. No hay signos de lucha. Y, mira esto». Te señala una carta que el hombre muerto tiene entre las manos, amarilla por el paso de los años, pero aún legible. Un fragmento de texto te hace fruncir el ceño. Habla de un viaje sin fin, de regresar a casa, de un héroe perdido. Algo te hace clic, una memoria olvidada que trae consigo una sensación inquietante.Después del descubrimiento, te deslizas por las calles de Madrid como si la ciudad misma te estuviera observando. No puedes dejar de pensar en esa carta, en la extraña serenidad del cadáver. Caminas sin rumbo, buscando respuestas que no sabes cómo formular. Sabes que en tu trabajo la fuerza no lo es todo. Como Ulises, entiendes que la métis —esa astucia profunda— es lo que realmente marca la diferencia. No se trata solo de ser rápido o fuerte, sino de ver lo que otros no ven, de anticipar los movimientos antes de que ocurran. En cada caso eres un estratega guiando los hechos hacia donde otros no se atreven a mirar. La verdad no siempre se encuentra a simple vista, pero tú sabes cómo leer entre líneas y actuar cuando menos lo esperan.En el parque de la Vaguada, te detienes. El aire frío te golpea la cara, y ahí, entre las sombras, la ves. Una mujer. Vestida con un largo vestido blanco, con el cabello oscuro cayendo sobre su espalda. No sabes por qué, pero todo en ti te dice que es diferente, que su presencia no es de este mundo. Algo en ella te arrastra, como si la misma gravedad de la ciudad hubiera dejado de existir.Se acerca a ti sin prisa. Te mira con ojos que parecen vacíos, pero profundos, tan profundos que sientes que te sumergen en un mar desconocido.—¿Quién eres? —preguntas, pero tus palabras parecen poco.—Soy Calíope. —Su voz tiene algo de eco, como si viniera de otra época. —He estado esperando.El nombre te suena, lo sabes. La musa de la poesía épica, de la mitología griega. ¿Qué tiene que ver ella contigo, aquí, en Madrid?—¿Esperando qué? —Tu voz se quiebra un poco. No entiendes nada, pero todo parece más claro que nunca.Calíope sonríe, con una dulzura triste. «Esperando que el hombre perdido regrese a su hogar. Y tú, Héctor, llevas mucho tiempo perdido».Al día siguiente, el sol apenas ilumina tu apartamento. El teléfono de la comisaría suena. Y otra vez, el ruido de las sirenas y el caos de la ciudad se mezclan en tus oídos. Pero ahora, sabes que algo mucho más grande se mueve entre las sombras de Madrid, algo que no puedes ignorar.Decides investigar más sobre la carta y el cadáver. Una búsqueda que te lleva a una red secreta de familias antiguas, entre ellas los feacios, una élite madrileña que nunca dejó de estar conectada con el mar Mediterráneo, con los viejos relatos de dioses y héroes. La mansión del muerto, la corona de laurel, todo encaja en un rompecabezas que te lleva a un solo nombre: Alcínoo.En su despacho, el hombre que ves te recuerda más a un rey antiguo que a un empresario de éxito. Su mirada, fría y calculadora, te observa como si ya supiera todo sobre ti.—¿Qué quieres de mí? —pregunta, sin desviar la vista de los papeles.No sabes cómo responder, porque lo que vas a decirte parece de locos, pero la verdad es que no puedes quedarte callado. Algo está en juego.—Quiero saber qué está pasando. Este cadáver, esta mujer... Calíope. ¿Qué está pasando con todo esto?Alcínoo se ríe con suavidad, como si todo fuera un juego que él ya había ganado.—No entiendes, Héctor. La historia nunca muere. Solo cambia de forma. Los feacios no son un mito. Están aquí, en Madrid, donde todo comienza y termina.Ahora, lo sabes: Madrid es una ciudad que jamás perdona, donde las historias antiguas y las vidas cotidianas se entrelazan de formas oscuras y misteriosas. Y tú, Héctor, te has convertido en parte de esa historia, sin saber cómo. Sigues perdido, pero algo en ti sabe que no hay vuelta atrás. Ya no puedes ser el policía de siempre. La ciudad te está pidiendo que te enfrentes a lo imposible.
sábado, 27 de diciembre de 2025
Una mañana cualquiera
Carmen cerró la puerta con dos vueltas de llave. Siempre dos. No por miedo, sino por orden. El mundo era confuso; la cerradura, no. Bajó las escaleras pensando en las flores, en que pensar en flores era una forma discreta de no pensar en otra cosa.La calle ya estaba despierta. Autobuses, bocinas, el murmullo continuo del Madrid de los noventa: una ciudad que había aprendido a correr sin preguntarse adónde. Caminó despacio. No tenía prisa. La prisa se le había gastado con los años.Pensó en su casa, demasiado grande. Pensó en su marido, correcto, educado, distante como un mueble bien colocado. Pensó que la vida había acabado siendo una sucesión de habitaciones ordenadas y conversaciones previsibles.Luis se despertó tarde. Otra vez. El despertador llevaba semanas sonando como una obligación ajena. Se sentó en la cama sin encender la luz. El cuerpo le pesaba como si hubiera pasado la noche patrullando, aunque llevaba meses en Informes, un destino de segunda actividad.Miró el uniforme colgado detrás de la puerta. Planchado. Impecable. El uniforme siempre estaba bien, aunque él no lo estuviera. Había aprendido pronto a mantener las apariencias: en la academia, en la calle, en los despachos.Encendió un cigarro aun sabiendo que no debía. Fumar era una manera de marcar el tiempo cuando el tiempo se había vuelto viscoso.Recordó un callejón. Una intervención rápida. Un segundo de duda. El informe posterior, limpio, aséptico, correcto. Nadie le preguntó cómo dormía después.Carmen entró en la floristería. Dudó. Dudaba mucho últimamente. Antes decidía sin esfuerzo. Pensó que algo se había estropeado en ese tránsito silencioso de los años.—Claveles —dijo al final.Los claveles no exigen explicaciones. Mientras pagaba, oyó un frenazo en la calle, un alboroto breve. Nada grave. Nunca pasa nada grave cuando debería.Pensó, sin saber por qué, en Luis. En aquel policía al que había conocido años atrás en una cena: callado, educado, con una mirada siempre en guardia. Pensó que era un hombre cansado. Y que el cansancio también era una forma de soledad.Luis salió a la calle sin un motivo claro. Quizá por costumbre. Quizá porque quedarse en casa era peor. Caminó con el paso aprendido en años de servicio: atento sin parecerlo, observando sin mirar directamente.Pensó que la ciudad descansaba sobre hombres que ya no podían descansar.Se detuvo frente a una floristería. Enumeró cuántas veces había llegado tarde con flores inútiles, intentando compensar ausencias que no tenían arreglo. No entró.Carmen cruzó la plaza. El sol golpeaba con una luz sucia, urbana. Pensó en la reunión de la tarde, en el vino, en la cordialidad como armadura. Se sentó un momento. Observó, como siempre había sabido observar.Vio a un hombre solo, fumando, con el cuerpo rígido, como si aún cargara un chaleco invisible. Reconoció algo: un cansancio distinto, de los que no se curan con descanso.Luis notó la mirada. Alzó la vista. Sus ojos se encontraron un segundo más de lo normal. No fue incómodo. Fue exacto.Carmen se levantó con el ramo envuelto en papel marrón. Dio unos pasos y se detuvo. A veces el cuerpo decide antes que la cabeza.—Hace calor para ser otoño —dijo, sin pensarlo.Luis apagó el cigarro con cuidado, como si ese gesto aún importara.—Madrid siempre aprieta —respondió—. Da igual la estación.—Eso nunca se sabe.Ella sonrió brevemente y siguió su camino. Él se colocó la chaqueta por puro reflejo y se alejó en dirección contraria.Carmen pensó en aquella frase suya, tan poca cosa, y en el poso extraño que le había dejado, como si hubiera hablado con alguien que entendía el cansancio sin necesidad de explicarlo.Luis caminó con la sensación incómoda de haber sido visto de verdad por primera vez en mucho tiempo.Madrid los absorbió de inmediato.La ciudad no guarda memoria de estos cruces mínimos. Pero a veces, en una esquina cualquiera, dos desconocidos se reconocen durante un instante y continúan su camino sabiendo —sin decirlo— que no estaban tan solos.Y eso, aunque no cambie nada, lo cambia todo.Al atardecer, Carmen cruzó la Castellana de regreso. El cielo seguía gris, contenido, como si estuviera decidiendo algo. Sintió un cansancio dulce, una melancolía leve. Pensó de nuevo en la frase. Sonrió sin darse cuenta.Luis salió a fumar al patio interior de la comisaría. Alzó la vista. Ni una gota. Apagó el cigarro con gesto lento.«Eso nunca se sabe», pensó. Le pareció una buena definición de casi todo: el trabajo, el amor, la ciudad misma.Madrid seguía avanzando. Y aunque ninguno de los dos volvió a verse, aquella frase —mínima, casual— quedó instalada en sus días como una certeza discreta: la vida no avisa, pero a veces deja señales pequeñas, casi invisibles, para quien sabe mirarlas.
viernes, 26 de diciembre de 2025
La pistola y el espejo
El policía se dio cuenta al amanecer. Buscó la pistola por puro hábito, antes incluso de levantarse del todo. El gesto automático de quien lleva demasiados años confiando su vida a un trozo de metal. La funda estaba vacía. Se quedó sentado en la cama unos segundos, inmóvil. Conocía bien esa sensación: el vacío no estaba en la cartuchera, sino un poco más arriba, en el estómago. Pensó en la noche anterior, en el final del turno, en el cansancio. No recordaba haberla perdido. Eso era lo peor.Salió a la calle. El barrio despertaba despacio, con la indiferencia habitual. Panaderías abriendo, persianas a medio subir, gente que no mira a los policías porque prefiere no verlos. Caminó sin rumbo fijo, repasando mentalmente cada movimiento, cada parada, cada conversación.Entonces se cruzó con su compañero.Lo conocía desde hacía años. Demasiados. Habían compartido madrugadas, cafés malos, silencios largos y alguna que otra situación en la que confiar en el otro no era una opción, sino una necesidad. Le saludó, como siempre.—Buenos días.La respuesta fue también la de siempre. Pero algo chirrió. No supo decir qué. Tal vez el tono. Tal vez la forma de sostener la mirada. El caso es que la idea apareció sin avisar, sucia y rápida: ¿y si ha sido él?La sospecha es así. No pide permiso.Empezó a observarlo con ojos nuevos. Ojos injustos. Cada gesto se volvió sospechoso. Cada palabra, una coartada mal ensayada. Pensó que sonreía demasiado. Que movía las manos con nerviosismo. Que hablaba como quien esconde algo. Lo pensó con la misma facilidad con la que otros disparan.Siguió andando. No quería mirarlo más.Sus pasos lo llevaron, casi sin darse cuenta, al descampado donde había terminado el turno la noche anterior. Allí se detuvo. Miró al suelo. Y la vio.La pistola estaba allí. Medio cubierta de polvo. Donde él mismo la había dejado al sentarse un momento, agotado, convencido de que no pasaría nada.La recogió despacio. Pesaba lo mismo que siempre, pero parecía otra cosa. Volvió a guardarla sin mirar alrededor.Regresó por el mismo camino. Se cruzó de nuevo con su compañero. Esta vez lo vio como era: el mismo de siempre. El mismo gesto. La misma voz. Nada había cambiado, salvo su propia mirada.No dijo nada. No pidió perdón. En el oficio aprendió hace tiempo que algunas disculpas se hacen en silencio.Siguió caminando.Pensó que lo más peligroso no es perder un arma, sino perder la lealtad. Y que el miedo, cuando se mezcla con cansancio, convierte a cualquiera en un juez mediocre. De esos que condenan sin pruebas y luego se esconden detrás del reglamento.Apretó el paso.En ese trabajo, como en la vida, hay errores que se pagan caro. Y otros que, por suerte, sólo dejan una cicatriz invisible.
Cuando quieran
No siempre la Historia se escribe con estrépito. A veces pasa de puntillas, envuelta en humo, pólvora y silencio, y sólo deja tras de sí el eco grave de unos nombres que el tiempo, si no se le vigila, corre el riesgo de olvidar. Así ocurrió en Oviedo, en aquel octubre sombrío en que la ciudad despertó bajo el fragor de la rebelión y el temblor de las conciencias.Mientras Asturias ardía y la patria se debatía entre el deber y la furia, un pequeño grupo de hombres, vestidos con el uniforme humilde y honrado de Carabineros, sostuvo sin alarde la dignidad del Estado. No eran héroes de proclama ni buscaban la gloria del gesto grandilocuente. Eran, sencillamente, servidores. Y eso, en tiempos de confusión, es la forma más alta de valentía.El comandante don Norberto Muñoz Ortiz descansaba aquella noche en su modesta casa de huéspedes, ajeno aún a la magnitud del desastre que se abatía sobre Oviedo. El estruendo de los disparos lo arrancó del sueño como un aldabonazo de la Historia en la puerta de su conciencia. Se asomó al balcón, eran las dos y media de la madrugada, y vio lo que no olvidaría jamás: hombres armados, gritos exaltados, la calle convertida en un campo de batalla. Comprendió, sin necesidad de órdenes, que su sitio no estaba allí, sino junto a los suyos.Intentó salir. No pudo. Las calles eran un infierno de bombas y fusilería. Esperó durante horas. Y cuando el fuego amainó, ya con el alba, salió. Caminó hacia la Comandancia con la serenidad de quien no huye ni se esconde. Allí se unió al puñado de carabineros que, desde un edificio castigado por el bombardeo, resistían con una entereza que hoy llamaríamos milagrosa.Durante horas, y luego durante días, aquel reducido núcleo sostuvo el envite de una multitud enfurecida. Disparaban con medida, no por prudencia, sino por necesidad: la munición escaseaba. Frente a ellos, el número; de su parte, el valor. Y el valor, cuando es limpio, siempre deja huella.El asalto final llegó como llegan todas las tragedias: inevitable. El oleaje humano se abatió sobre el cuartel, rompió puertas, desarmó a los defensores. Los carabineros, vencidos por el peso de la masa, no lo fueron por el espíritu. Desarmados, sacados a empujones, formados en la calle. Allí, sin ceremonia, apartaron al comandante Miguel Cátala Clemente.—Avance unos pasos.Avanzó. El primer disparo no lo tumbó. El segundo tampoco. El tercero, entre varios, terminó el trabajo. Nadie gritó. Nadie corrió.A don Norberto Muñoz y al teniente coronel don Andrés Luengo los llevaron a Turón. La madrugada del 9 de octubre fue testigo de una escena que no cabe en los libros de cuentas ni en las estadísticas de la violencia, pero sí en la memoria moral de un país.Cuando uno de los milicianos intentó quitarle el correaje al comandante Muñoz, lo hizo torpemente. Don Norberto lo miró con una calma casi paternal y le dijo, sin ironía ni miedo:—Permítame. Voy a enseñarle cómo se coloca.Y se lo enseñó.Después, separados unos pasos del pelotón, los dos jefes se abrazaron. No hubo discursos. Sólo un grito que no era político, sino esencial:—¡Viva España!Se cuadraron. Saludaron. Y dijeron, con voz firme, como quien da una orden por última vez:—Cuando quieran.Sonó la descarga. Y la tierra, piadosa, recibió a aquellos hombres que no pidieron clemencia ni la necesitaron.Así mueren los que han entendido el deber no como una consigna, sino como una forma de vivir. Y así, también, se escribe la verdadera historia: no con ruido, sino con ejemplo.
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Advice For The Young At Heart -Tears for Fears
Consejos para los jóvenes de corazón
(basado en la canción del mismo nombre)
Pronto seremos mayores, se decía a sí mismo mientras observaba el paso lento de la tarde, ese modo delicado con que la luz se retira sin hacer ruido, como quien no quiere molestar a la memoria. No era una frase triste; era, más bien, una constatación serena, casi amable, como aceptar que el tiempo no avanza contra nosotros, sino a nuestro lado.Había pasado la vida creyendo que crecer consistía en acumular certezas. Y sin embargo, con los años comprendió que la verdadera madurez no estaba en saber más, sino en dudar mejor. En conservar, bajo la capa inevitable de la experiencia, un corazón aún dispuesto a asombrarse. Joven, no por ignorancia, sino por fidelidad a una promesa antigua.Veía a su alrededor a hombres y mujeres que jugaban a ser adultos con la gravedad de quien interpreta un papel ajeno: padres sin ternura, madres sin alegría, funcionarios del afecto, empleados del deber. Cumplían con todo, salvo con ellos mismos. Y en ese mundo ordenado y secreto, donde cada cual ocultaba sus miedos tras la rutina, él seguía creyendo —quizá con cierta obstinación— que la vida debía funcionar de otro modo.El amor, pensaba, no es una conquista ni una garantía: es un recuerdo entregado al porvenir. Un objeto frágil que, una vez dado, no puede reclamarse sin perderlo. Por eso duele cuando se abandona, no por lo que fue, sino por lo que pudo seguir siendo. Amar exige una valentía que no se aprende en los manuales ni en los horarios laborales; exige prometer sin saber si se podrá cumplir.Recordó entonces aquellas horas en que todo parecía posible, cuando el mundo cabía entero en unas manos jóvenes y la esperanza no pedía explicaciones. No eran tiempos mejores —se dijo—, eran simplemente tiempos más abiertos. Y comprendió que el verdadero peligro no es envejecer, sino cerrarse; no perder fuerzas, sino perder la capacidad de caminar de puntillas sobre los días, con respeto y curiosidad.Cuando el trabajo termina y el alma amenaza con dormirse, es cuando más falta hace ese consejo callado que nadie escribe: no renuncies a sentir. No entregues tu asombro a cambio de comodidad. No confundas prudencia con miedo.Porque llegará un día —llega siempre— en que alguien nos mire a los ojos, con esa claridad que no acusa ni exige, y nos recuerde, sin decirlo, que el mundo sigue estando ahí, entero, esperando ser sostenido.Y entonces, si aún somos jóvenes de corazón, sabremos qué hacer con él.
martes, 23 de diciembre de 2025
Paladines del honor
Paladines del honorEl teniente Cabello no era hombre de gestos inútiles. Ni de palabras largas cuando bastaba una orden corta y un silencio bien colocado. Aquella madrugada del cinco de octubre salió de Oviedo sabiendo —porque lo sabía— que quizá no volvería. Lo sabía como saben las cosas los soldados de verdad: por oficio, por experiencia… y por ciertas ausencias que pesan más que los presentimientos.Hacía poco que había llegado a la plaza. Lo justo para reconocer las calles, medir a los hombres y advertir ese nervio sordo que precede siempre a las tormentas. Venía de más al sur, de otros destinos y otros climas, con el polvo africano aún prendido en la memoria y una forma de moverse que no se aprende en academias. Allí había aprendido a avanzar cuando todo aconseja quedarse quieto. Y a quedarse quieto cuando otros avanzan sin pensar.En Oviedo dejaba cosas. Una mujer joven, casi demasiado para la viudez que vendría después. Dos niños pequeños, aún lejos de comprender qué significa que un hombre no vuelva. Pensó en ellos lo justo. Pensar más habría sido peligroso.La carretera estaba negra y húmeda, y los focos del camión barrían cunetas y laderas como ojos inquietos. A la altura de La Gargantada empezaron los tiros. Primero sueltos, de tanteo. Luego cerrados. El teniente ordenó bajar, desplegar, avanzar. Lo hizo sin alzar la voz. No hacía falta. Los hombres lo conocían. Sabían que cuando Cabello iba delante, lo prudente era seguirle.Avanzaron así, metro a metro, perdiendo hombres y ganando terreno a fuerza de sangre y barro. No era su primer combate. Eso se notaba en cómo leía el terreno, en cómo dosificaba el fuego, en cómo distinguía cuándo una retirada es cobardía y cuándo simple sentido común. Y en Sama no había lugar para lo segundo.Cuando llegaron a La Felguera, el aire ya olía a pólvora y dinamita. Sama rugía al fondo como una bestia herida. El cuartel de la Guardia Civil estaba cercado, y dentro había hombres esperando refuerzos que quizá no llegarían nunca.En el puente del Nalón los esperaban. Bien parapetados, con ametralladoras, fusiles y dinamita. El teniente miró el puente como quien mide una herida antes de meter el dedo. Luego dio la orden.—Pie a tierra.Cruzaron bajo el fuego. Algunos cayeron. Otros siguieron. Cabello siempre el primero, avanzando a saltos, arrastrándose cuando tocaba, disparando cuando había blanco. Llegaron a la fonda Miramar y la tomaron a la fuerza. Allí montaron la ametralladora. Desde allí contuvieron a los que bajaban en oleadas desde las casas y los cerros.No había épica en aquello. Sólo cansancio, miedo bien gobernado y la obstinación profesional de no ceder un metro más de lo imprescindible. El teniente iba de un punto a otro, repartiendo órdenes, corrigiendo posiciones, cargando cajas de munición, levantando a los heridos. Cuando un sirviente de ametralladora cayó, lo sacó en brazos. Cuando faltaron bombas, las improvisó con dinamita ajena.Al caer la tarde, las municiones escaseaban. El chalet cercano les dio un respiro. Desde allí, Cabello estableció enlace por señas con el capitán Alonso Nart, atrincherado en el cuartel. Subió al tejado para localizar al jefe enemigo, expuesto al fuego como si la muerte fuese una molestia menor.—Ni un disparo que no sea blanco.Cuando ya no quedó nada que defender fuera, decidió el paso más peligroso: cruzar al cuartel. Lo hizo él primero. Desde allí, a gritos, fue guiando a los suyos por el espacio batido. Uno a uno. Sin perder a ninguno en el tránsito. Dentro, la noche fue interminable.La dinamita abrió boquetes. Los muros cedían. Los hombres caían. Cabello seguía disparando, lanzando bombas, animando a otros que ya no tenían fuerzas ni para el miedo. Al amanecer del día seis, la defensa era imposible. Sin munición, sin refuerzos, sin esperanza razonable.Pero aún quedaba una cosa.La retirada se hizo bajo su protección. Él fue el último. Abrió paso con las últimas bombas de mano. Consiguieron salir al monte. Allí vagaron heridos, sedientos, exhaustos. Creyeron ver fuerzas propias. No lo eran. Los perros los encontraron.Cuando lo capturaron, estaba herido en la rodilla. El médico que lo reconoció diría después que su ánimo era excelente; que no pidió nada para sí y que sólo encargó recuerdos y una manera de educar.***El amanecer en Sama no trajo claridad, sólo una luz gris y baja, como si el día dudara de sí mismo. El cementerio olía a tierra removida y humedad vieja. No hubo formación ni palabras. Sólo hombres armados, un muro y tres figuras que avanzaban despacio, con ese andar torpe de los heridos que ya no esperan nada.El teniente Ramos Cabello cojeaba. La rodilla se le había endurecido durante la noche. No pidió apoyo. No miró alrededor. Se detuvo cuando se lo indicaron. Miró el muro sin curiosidad, como quien reconoce un lugar ya conocido.Pensó brevemente en Oviedo. En una casa silenciosa. En dos niños demasiado pequeños para recordar nada con nitidez. Pensó también —eso sí— en no caer de rodillas. En no concederles ese detalle.—Cuando quieran.No hubo venda. No la necesitaba.El disparo fue seco. Breve. Definitivo. Después, el silencio volvió a ocupar su sitio, como si nada hubiese ocurrido.
***
En otra ciudad, a otra hora, un hombre mayor doblaba un periódico. El comisario Ramos Bazaga había leído la noticia de pie, sin sentarse. La letra era pequeña. El tono, administrativo: «Sama de Langreo. Fusilado. Teniente del Cuerpo de Seguridad y Asalto. Heroica conducta». Nada más, lo suficiente.No llamó a nadie. No levantó el teléfono. Se limitó a dejar el periódico sobre la mesa, bien alineado, y a mirar durante un instante la pared desnuda del despacho. Había aprendido, con los años, que ciertas confirmaciones no admiten réplica.Pensó en África. En aquel muchacho que volvió más serio, más callado, con otra manera de observar las esquinas. Pensó que había llegado hacía poco a Oviedo: demasiado poco para que la ciudad lo conociera y lo suficiente para que la ciudad lo reclamara. Pensó también —inevitablemente— que nunca se lo había dicho en voz alta, pero que siempre supo cómo acabaría algo así.Se quitó las gafas. Las limpió con el pañuelo. Se las volvió a poner.Había visto muchos muertos. Demasiados. Pero ése era distinto. No era un nombre en un informe. Era la consecuencia lógica de una educación, de un oficio, de una forma de entender el deber que no admite atajos.No lloró. Los hombres como él lloran cuando nadie los ve, o no lo hacen nunca. Cerró el despacho con cuidado. Ajustó el abrigo. Salió a la calle.La ciudad seguía igual. Tranvías. Voces. Pasos apresurados. Nada había cambiado. Y, sin embargo, todo estaba definitivamente en su sitio.En Sama, el Ejército reinstauraba el orden.En Oviedo, la tierra cubría ya el cuerpo.En Madrid, un padre comprendía que hay noticias que no matan de golpe. Sólo confirman. Y en algún lugar impreciso, entre el disparo y el silencio, un apellido quedaba fijado para siempre en la memoria de quienes saben que el valor no hace ruido, pero permanece.El teniente Cabello murió como había vivido aquellas horas: de pie, sin negociar, cumpliendo una orden que nadie le obligó a aceptar. Y quizá por eso, muchos años después, cuando se habla del puente, de la fonda Miramar o del cuartel derruido, todavía hay quien baja la voz.Porque algunos hombres no ganan batallas.Ganan memoria.
©Humberto 2025.
José Ramos Cabello nació en la ciudad de Antequera el veintisiete de marzo de 1905. Era hijo del comisario general de Vigilancia de Antequera, don José Ramos Bazaga y de doña María Cabello.El nueve de abril de 1922 ingresó en el Ejército. Siendo alférez en el Batallón de Montaña Estella n.º 4, fue destinado al Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Ceuta n.º 3. Hallándose en este destino, participó a primeros de agosto de 1925, junto con sus compañeros, en la heroica defensa de la posición denominada Casa Hamido, donde se distinguió notablemente por su valentía y arrojo. Por estos hechos fue citado en la Orden General del Ejército de Operaciones de aquella Comandancia, presentándolo como modelo de soldado.Ascendió al empleo de teniente el treinta de junio de 1926.Continuó en operaciones y, en julio de 1927, tomó parte en el socorro de la posición de Sidi Meskín, que se hallaba asediada por fuerzas rifeñas. Tras un duro combate de más de siete horas, el enemigo fue rechazado. El encuentro se saldó con la muerte de un corneta y varios soldados, resultando heridos un sargento, dos cabos y cuarenta soldados, así como el oficial al mando de la posición.El dieciséis de noviembre de 1927 le fue concedida la Cruz de María Cristina, y el veintiuno de junio de 1929 la Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo.En agosto de 1929 se hallaba destinado en el Regimiento de Infantería Príncipe n.º 3, fecha en la que obtuvo licencia para contraer matrimonio con doña Carmen Aspíroz Luis.El quince de junio de 1932 fue trasladado al Centro de Movilización y Reserva n.º 3, con sede en Sevilla.A primero de enero de 1934 figuraba destinado en el Cuerpo de Seguridad y Asalto, en la decimoctava Compañía del décimo Grupo, con guarnición en la ciudad de Oviedo.En la madrugada del cinco de octubre de 1934 se produjo el alzamiento armado en la cuenca minera asturiana. Una vez proclamada la revolución en los distintos pueblos, los sublevados, perfectamente armados, atacaron de forma sorpresiva y contundente los puestos y reductos de la fuerza pública existentes en la zona. En líneas generales, dichos puestos contaban con escaso personal y deficiente equipamiento, lo que permitió que la insurrección triunfara en un primer momento.Sama de Langreo fue una de las localidades asaltadas. Los alzados atacaron con ímpetu el cuartel de la Guardia Civil, cuyos defensores opusieron una tenaz resistencia. Sin embargo, ante la escasez de medios defensivos y el creciente acoso enemigo, enviaron aviso a Oviedo, solicitando auxilio a la Sección de Asalto, pues la situación se tornaba crítica.Los encargados de acudir a Sama de Langreo fueron los hombres de la sección mandada por José Ramos Cabello, pese a que aquel día no le correspondía salir al frente, ya que por turno debía hacerlo otro teniente. No obstante, se presentó voluntario para encabezar la expedición, entre otras razones por su conocimiento de la conflictiva situación político-social de la cuenca minera.Se dispusieron dos camionetas, que partieron de inmediato hacia Sama de Langreo. El trayecto resultó sumamente peligroso, pues fueron hostigados por los rebeldes. Al llegar al puente de la localidad, hubieron de sostener un intenso y vivísimo fuego con los alzados, que pretendían impedirles el paso hacia el cuartel de la Guardia Civil. El paso fue finalmente franqueado, no sin que el teniente perdiera a la mitad o más de sus hombres, entre muertos y heridos, viéndose obligados a continuar el avance pie a tierra.
How Many Lies? · Spandau Ballet
How Many Lies? (versión adaptada y libre de las letras)
Hubo un tiempo claro y verdadero,
cuando la palabra era hogar
y el verso nacía sincero
como un pan partido en el altar.
Todo era entrega y confianza,
todo se daba sin temor;
tú eras abrigo y esperanza,
muralla frente al vendaval atroz.
Hoy los sueños, cansados y viejos,
duermen lejos del corazón.
Míranos ahora, míranos bien:
con la mano en el pecho jurando,
y en la frente la huella del ayer
que el engaño fue dibujando.
¿Cuántas mentiras diremos aún?
¿Cuántas más habremos de ver?
¿Cuántas veces, en nombre del bien común,
sacrificaremos la fe?
Y la verdad, desnuda y herida,
caerá en silencio, sin defensa ni voz.
¿Lees el sentido oculto del verbo
o te rindes al ruido y al papel?
¿Dónde hallar otros ojos abiertos
para aprender de nuevo a ver?
Se fuerza al hecho, se adorna el error,
se grita «lobo» sin lobo ni honor,
y a mí me entregas palabras
que ya no conocen a Dios.
Míranos ahora, míranos bien:
promesas rotas, fe cansada.
¿Cuántas mentiras diremos aún
para salvar la mentira alzada?
La verdad es áspera y exige valor;
por eso, cuando escriban la historia,
preferirás la cómoda ficción
a la dura grandeza de la memoria.
Es libre tu elección —nadie lo niega—,
mas sabe el alma que el engaño encadena,
pues la mentira, cuando gobierna,
es cáncer que mata la democracia entera.
Te pintaste el rostro de gestos piadosos
y manchaste el verbo que debía unir;
te armaste de palabras de amor hermoso
para aprender mejor a fingir.
Mas si la mente está firme y el alma despierta,
aún queda un camino hacia la altura cierta.
Sé lo que quieras ser, ven conmigo;
si hay verdad latiendo en el pecho,
quizá rompamos, juntos, el castigo
de vivir de espaldas a lo eterno y recto.
¿Cuántas mentiras diremos aún?
¿Cuántas más habremos de ver?
¿Cuántas veces diremos «es por el bien»
y dejaremos morir la fe?
¿Cuántas veces más, por temor o costumbre,
diremos «es lo mejor»
y dejaremos, en nombre del orden,
que no quede nada, ni honor?
Hubo un tiempo en que decir la verdad no requería valentía. Bastaba con pronunciarla. Las palabras caminaban solas, sin escolta ni disfraz, y nadie dudaba de su peso ni de su destino. Entonces creíamos que el mundo se sostenía por acuerdos invisibles: la palabra dada, la mirada limpia, el silencio oportuno.Con los años, algo se torció sin hacer ruido. No fue una gran traición, sino muchas pequeñas renuncias. Cada una parecía necesaria, prudente, incluso buena. «Es por el bien de todos», se decía, y la frase, repetida, fue perdiendo alma hasta quedarse en costumbre. La verdad empezó a llegar tarde, o a no llegar.Los hombres seguían llevándose la mano al pecho cuando hablaban de honor, pero en la frente se les dibujaba una arruga nueva, nacida de la duda. Leían titulares como si fueran sentencias y confundían el ruido con la certeza. Ya no se buscaba comprender, sino confirmar lo que convenía creer.A veces alguien alzaba la voz. No gritaba: preguntaba. ¿Cuántas mentiras hacen falta para sostener una tranquilidad falsa? ¿Cuándo empezó a parecernos excesiva la verdad? Pero las preguntas incomodan más que los errores, y solían quedarse sin respuesta.Sin embargo, no todo estaba perdido. Bastaba con que una persona se negara a mentir, aunque perdiera ventaja; bastaba con que otra escuchara con atención, sin aplausos ni consignas. En ese gesto pequeño, casi invisible, la libertad encontraba refugio.Porque la verdad no muere de golpe. Se apaga cuando nadie la defiende. Y también, silenciosamente, vuelve a encenderse cuando alguien, sin ruido ni orgullo, decide no traicionarla.
lunes, 22 de diciembre de 2025
Metti una sera a cena
Pasa un año entero
y el tiempo cae en silencio,
día tras día
nos miramos como si no estuviéramos.
Entre tú y yo crece una distancia
hecha de gestos que no volvieron,
de instantes perdidos
que un día supieron llamarse amor.
Ya no nacen palabras.
La voz se quiebra
antes de llegar a ser frase,
y apenas sobrevive un «sí»
débil, cansado.
No viaja ningún pensamiento
de tu pecho al mío.
Tu corazón calla,
el mío espera,
sin saber qué espera,
sin saber por qué.
Imagina una noche cualquiera,
una más entre tantas,
la mesa, la cena,
solo tú y yo frente al vacío.
Alzamos los ojos
y de pronto comprendemos:
en nuestros rostros
no queda huella de nosotros.
Ya no nacen palabras.
El silencio ocupa su lugar,
se sienta entre ambos
como un invitado eterno.
No hay pensamientos que crucen,
no hay latidos que se busquen.
Solo dos corazones inmóviles,
esperando algo
que ya no sabe regresar.
Imagina una noche cualquiera,
la misma de siempre,
la misma de nunca,
tú y yo,
y esa nada
que ahora nos nombra.
Pasó un año —quizá más— y nadie supo decir en qué instante exacto el tiempo dejó de hablar. No hubo estruendo ni despedida: solo ese callar lento con que se apagan las lámparas antiguas. Día tras día nos miramos con la cortesía de los desconocidos, como si la costumbre hubiese ocupado el lugar de la sangre, y el hábito, el del amor.
Entre tú y yo fue creciendo una distancia sin forma ni medida, hecha de gestos que no regresaron y de palabras que se quedaron a medio camino, como cartas nunca enviadas. Hubo instantes —lo recuerdo bien— que supieron llamarse amor; hoy apenas saben llamarse recuerdo.
Ya no nacían palabras. La voz, fatigada, se rompía antes de alcanzar el aire, y de aquel diálogo que un día fue hogar apenas sobrevivía un «sí» resignado, débil como una hoja al final del otoño. No viajaba pensamiento alguno de tu pecho al mío. Tu corazón guardaba silencio; el mío esperaba. Esperaba sin saber qué, sin saber por qué, como esperan las estaciones que ya han olvidado su nombre.
Imagina una noche cualquiera —una más, una menos—. La mesa dispuesta, la cena tibia, la lámpara derramando una luz cansada. Solo tú y yo frente a ese vacío que aprendió a sentarse entre ambos. Alzamos los ojos casi al mismo tiempo, y en ese instante —tan breve como definitivo— comprendimos la verdad: en nuestros rostros ya no quedaba huella de quienes fuimos.
El silencio, entonces, ocupó su lugar con la naturalidad de un viejo conocido. Se sentó entre nosotros como un invitado eterno, sin pedir permiso, sin intención de marcharse. No hubo pensamientos que cruzaran la distancia ni latidos que se buscaran en la penumbra. Solo dos corazones inmóviles, detenidos en la espera de algo que ya no sabía regresar.
Y así, en esa noche cualquiera —la misma de siempre, la misma de nunca— quedamos tú y yo, nombrados por la nada, sostenidos apenas por la memoria de un amor que un día fue voz… y hoy es solo silencio.
©Humberto 2025
domingo, 21 de diciembre de 2025
Las cuatro frases de la necedad.
Hay ciertas frases que una persona repite sobre sí misma y que, lejos de fortalecer su imagen, la delatan. No son afirmaciones de carácter, sino defensas del ego. Entre ellas destacan cuatro, cuya reiteración revela no firmeza, sino fragilidad.La primera es: «Yo siempre tengo razón». Quien necesita proclamar constantemente su verdad demuestra, en el fondo, que duda de ella. La sabiduría no se anuncia: se reconoce en el silencio y en la coherencia de los actos. Las personas maduras comprenden que tener razón no es una identidad, sino una circunstancia pasajera, y que defender el ego resulta mucho más agotador que admitir un error.La segunda afirmación es: «Yo lo sé todo sobre esto». El conocimiento auténtico no necesita exhibirse. Quien verdaderamente sabe escucha más de lo que habla. La necedad, en cambio, se refugia en la certeza absoluta, porque quien cree saberlo todo dejó de aprender hace tiempo. Una mente cerrada no es una mente segura: es una mente estancada.La tercera frase habitual es: «Nadie me entiende». Suele ser el refugio de quien evita mirarse a sí mismo. No siempre es incomprensión ajena; con frecuencia es incapacidad propia para expresarse con claridad. La víctima perpetua culpa al mundo de su confusión interior, cuando la incomprensión suele ser, en realidad, falta de autoconocimiento. Quien se entiende, se explica.La cuarta y más peligrosa de todas es: «No necesito a nadie». Esta afirmación no es fortaleza, sino orgullo herido. Todos necesitamos a otros en algún momento. La autosuficiencia extrema no es independencia: es miedo disfrazado. Quien rechaza toda ayuda rechaza también la posibilidad de una conexión verdadera, y termina solo, no por elección, sino por incapacidad.Estas cuatro frases no protegen: aíslan. Construyen muros entre la persona y la realidad. Quien las repite vive encerrado en una prisión de ego y soledad. Porque la estupidez no consiste en no saber, sino en creer que ya no hay nada más que aprender. Y esa creencia erosiona relaciones, oportunidades y paz interior.La persona verdaderamente sabia reconoce sus límites sin vergüenza. Entiende que admitir ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento, y no teme decir «no lo sé» o «me equivoqué», porque su valor no depende de parecer perfecto. La humildad intelectual no es debilidad: es madurez. Solo quien acepta el error puede corregir su rumbo.Existe una diferencia esencial entre confianza y arrogancia. La confianza camina en silencio; la arrogancia necesita público. Quien confía en sí mismo no busca convencer a nadie de su valor. Quien es arrogante vive persiguiendo validación externa, disfrazada de superioridad. La verdadera fortaleza interior no hace ruido.Basta observar cómo alguien habla de sí mismo cuando nadie se lo ha pedido. Esa necesidad de validación suele revelar un vacío interior. Las personas plenas no necesitan llenarse de palabras. La autoafirmación constante es el grito de quien no cree del todo en lo que proclama. Y el mundo, siempre atento, distingue entre ser y aparentar.La madurez llega cuando se deja de defender una imagen y se empieza a habitar una esencia. Cuando ya no importa tener la última palabra en cada discusión, cuando es posible estar equivocado sin sentir que la identidad se derrumba. Ese es el instante en que comienza la libertad: cuando dejamos de ser prisioneros de nuestro propio personaje.Las personas inteligentes hacen preguntas. Las sabias escuchan las respuestas. Las necias creen tenerlas todas antes incluso de escuchar. Ahí reside la diferencia entre evolucionar y estancarse, entre conectar con los demás y quedar atrapado en una narrativa mental cerrada.El conocimiento verdadero genera humildad, no soberbia. Cuanto más se comprende, más consciente se es de la vastedad de lo desconocido. Los sabios caminan con duda consciente; los necios, con certeza ciega. La diferencia no está en lo que saben, sino en lo que admiten no saber.Decir «nadie me entiende» es renunciar a la responsabilidad de comunicarse. Decir «no necesito a nadie» es negar la naturaleza relacional de lo humano. Nadie llega lejos completamente solo. La verdadera independencia consiste en saber pedir apoyo sin perder el propio centro.Hay poder en decir: «Esto no lo entiendo, ¿puedes explicármelo?»Hay dignidad en reconocer: «Me equivoqué y voy a corregirlo».Hay sabiduría en aceptar: «Tu perspectiva me ha permitido ver algo que no había considerado».Estas frases no empequeñecen: humanizan. Y lo humano es siempre más fuerte que lo perfecto.La necedad no es falta de inteligencia, sino exceso de ego. Puede haber mentes brillantes atrapadas en la estupidez si el orgullo les impide aprender. Porque la estupidez no habita en el cerebro, sino en la actitud. Y la actitud más peligrosa es creer que se ha llegado cuando en realidad nunca se ha salido del punto de partida.El silencio de quien sabe es más elocuente que el ruido de quien aparenta. No hace falta anunciar la inteligencia cuando las acciones la sostienen. Quien realmente posee algo valioso no necesita exhibirlo constantemente.La evolución personal comienza cuando se sustituye el «tengo razón» por «puedo estar equivocado»; el «lo sé todo» por «quiero aprender»; el «nadie me entiende» por «debo comunicarme mejor»; y el «no necesito a nadie» por «elijo con quién caminar».Ahí, y solo ahí, la estupidez empieza a transformarse en sabiduría.