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viernes, 12 de junio de 2026

Ya está bien. Pemán.


Ya está bien

 

SERÍA ya el momento de que nos preocupáramos de la exclusiva preponderancia, casi de obsesión y monopolio, con que el «deporte» y, muy especialmente, el fútbol se coloca y mantiene en el primer plano de la mentalidad española.

Son cosas que tardan mucho tiempo en decirse. Hay un sistema de frenos —pudores de sentirse arcaizantes, miedo de «no estar al día»— que actúan sobre nuestro espíritu cuando nos vamos a oponer a corrientes tan multitudinarias y masivas.

Vencidos, pues, esos pudores, ese miedo de «qué dirán», yo creo que hay ya signos bastantes para plantarse y decir con un poco de resolución: «Ya está bien».

Ya está bien de que la conversación juvenil esté casi totalmente colonizada por fichajes, Liga y tanteos; ya está bien de que de diez personas que encuentra uno en el metro, ocho estén leyendo un diario deportivo; ya está bien de que los periódicos de los lunes y martes sean como un océano de goles, quinielas y declaraciones en los vestuarios, entre cuyas olas se anegan y naufragan el concierto, la conferencia, el libro y la vida.

Yo no quiero dar crédito a ese clamor que asegura que detrás de este desbordamiento deportivo, sin sobriedad ni economía alguna en su resonancia publicitaria, discurre un taimado y maquiavélico propósito de anestesia de las masas y como una «operación de diversión», como dicen los tácticos, que desvía por flancos laterales atenciones o iracundias.

Hay gente que cree que, por debajo de ese furor deportivo, corre toda una operación psicológica; una combinatoria de evasivas: algo así como una crónica de un más trascendente encuentro que fuera diciendo: «el ministro tal cede el balón a Gento, el cual se lo pasa a Di Stéfano sobre la cabeza del director general de Carreteras».

El «pase de balón» creen algunos que ha educado al público en evasivas laterales. Yo no creo en tan refinadas estrategias psicológicas. Creo más bien que en esa suspicacia funciona algo así como un recuerdo de ciertas fórmulas de clásico tratamiento de muchedumbre.

«Panis et circenses» es la fórmula clásica: «pan y juegos de circo». «Pan y toros» fue luego la fórmula de nuestro castizo despotismo, cantado y reído por las melodías zumbonas de Barbieri. Por eso la malicia popular tiende a figurarse que ahora funciona un parecido sedante de «pan y fútbol».

Lo único indudable es que el «pan» permanece como componente inalterable de toda esa fórmula. «No sólo de pan vive el hombre», sino que el hombre, en lugar de tirar de ese apotegma hacia arriba y añadirle al «pan» espíritu, fe, caridad y gracia, tira hacia abajo y le añade fuerza física, agilidad animal, patadas y golpes.

La obsesión deportiva de las masas, en paridad con el pan más elemental, puede certificarse en lo que ocurre en mi rincón gaditano, en torno a un famoso «Trofeo» de magnífica resonancia internacional que se celebra anualmente. El «Trofeo» ha llegado a tener un impacto sociológico y masivo que antes sólo tenían las dos grandes fiestas —temporal y divina— del año: el Carnaval y el Corpus Christi.

Estas dos fiestas tenían ese periodo preparatorio que los traficantes del Mercado de Abastos suelen llamar «cuaresmilla». La carne es el alimento más caro y más de lujo para el andaluz. Por razones de economía y gusto, es de la carne de lo que más pronto el gaditano prescinde en su alimentación.

Pues bien, esas fiestas —Carnaval, Corpus— tenían «cuaresmillas». Eran precedidas de un período vegetariano y de vigilia en que el pueblo sacrificaba la carne en homenaje de los gastos que había de hacer en esas fiestas.

Ahora es el «Trofeo» futbolístico el que se anuncia con una «cuaresmilla». La carne se retrae para dejarle sitio a los treinta duros del abono de tribuna. Hay una vigilia deportiva o, si queréis más exactamente, un «ramadán» del fanatismo futbolístico.

Cuando se registra, llegado el día, el impresionante lleno del estadio, gran parte del espectáculo está apuntalado por otro semejante y paralelo «lleno» de los almacenes del Monte de Piedad.

Por todo eso me parece que empieza a justificarse el «ya está bien». Porque no siempre el exceso y la libre expansión deportiva sirven para liberar y embotar pasiones masivas; a veces pueden servir involuntariamente para incitarlas o fermentarlas.

Así, por ejemplo, en la zona de la deseducadora pasión española de la insolidaridad. En cuanto el lector oiga decir de dos ciudades españolas, vecinas o limítrofes, que son «hermanas», dé por descontado que los espectadores de sus encuentros futbolísticos andan a palos o, por lo menos, se obsequian con ineducadas pitas.

«Hermanas» es un último recurso literario que la prensa fuerza para cubrir, sin demasiada mentira, la iracundia de los Abeles y Caines urbanos.

En resumen, se equivocaría quien pensara que yo escribo estas líneas desde una posición apasionadamente «anti». No hay tal cosa. Yo soy aficionado al fútbol como cualquier ser humano. Pero también me gusta beber una copa y no apruebo la embriaguez. También me gusta pasear al sol y no suelo llegar, en mi paseo, hasta Málaga o hasta Córdoba.

Y sobre todo no apruebo el desequilibrio de una pasión colectiva sobre tantas otras que podrían encauzar al espíritu popular hacia metas más altas.

Porque, a pesar de todas las condescendencias que tengamos para el espíritu de cada época, la jerarquía de los valores subsiste. Jamás transigiré con que un partido de fútbol, aunque me esfuerce en hallar en el fondo de él los escombros del clásico olimpismo griego, estético y moral, pueda ponerse al nivel de un concierto.

En plena vulgaridad —porque esto se ha dicho mil veces— a mí me apena el desequilibrio entre nuestro furor deportivo y la pasión con que Francia ha seguido, por ejemplo, la crisis y reforma de la Comédie Française. Cada cosa tiene su sitio.

Y en los teatros depurados, en los conciertos, en los festivales, me parece a mí que hay siempre en España un palco vacío… Es el palco que tiene que llenar la convicción directiva de que el orden clásico de los valores humanos no ha sido cancelado.

 

José María Pemán
de la Real Academia Española

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