El Almanaque de 1935
Angelines soplaba sobre las brasas con el empeño de quien sabe que, en ciertas noches de invierno, mantener vivo un fuego equivale casi a mantener viva la casa. Su abuela dormitaba en la penumbra, envuelta en mantas cuyo color original se había perdido. Más allá de aquella pequeña burbuja de calor y luz que apenas resistía el avance de las sombras, la noche engullía las piedras de la vieja casa, las calles desiertas de la aldea y las tierras devastadas por una guerra que parecía haber pasado por allí dejando tan solo silencio, ruina y ausencia.Entre las dos habían intentado reparar la pared destrozada por el último bombardeo, y a Angelines le dolía todo el cuerpo; le dolían los brazos, la espalda y las manos agrietadas por el frío. Pero sonreía. Sonreía porque sabía que su madre habría estado orgullosa de verla trabajar con aquella obstinación silenciosa.Muchas veces le había contado que, cuando llegó la hora de dar a luz, la matrona le pidió que cerrase los ojos y se imaginase en un lugar tranquilo. Y ella, sin vacilar, se vio caminando por un inmenso prado cubierto de margaritas. Todo era verde, amarillo y blanco. Todo respiraba una paz luminosa que parecía no tener fin. Por eso le puso aquel nombre.Angelines se imaginaba el cielo de la misma manera: un horizonte infinito cubierto de flores que se mecían bajo una luz suave y eterna. Allí veía a su madre sonriéndole, con aquella sonrisa capaz de convertir cualquier desgracia en algo soportable.El lugar donde podría estar su padre no lo tenía tan claro. Decían que lo habían fusilado por traidor, y ella sabía que los traidores no iban al cielo. Aun así, rezaba todas las noches a la Virgen María con la esperanza de que algún día pudiera perdonarlo, porque le parecía imposible que un hombre que la había llevado tantas veces sobre sus hombros, que le había enseñado los nombres de los pájaros y que la había hecho reír junto al río, pudiera haberse vuelto indigno de la misericordia de Dios.Angelines removió el contenido del puchero. Las berzas estaban listas y aquella noche, además, había un trozo de pan. La porción de su abuela la ablandó en el caldo, sabiendo que ya apenas podía masticar.Cuando le acercaba el plato, la anciana parecía despertar de su letargo y, como quien retoma una oración aprendida de memoria, comenzaba a hablar de los viejos tiempos; de los días en que el sol maduraba las espigas de trigo, de las mañanas de siega, de las eras llenas de gente y de los inviernos en que toda la familia se reunía alrededor del fuego. Hablaba quedamente y sin mirar a su nieta, como si las palabras brotasen solas desde algún rincón remoto de la memoria.Pero a veces, mientras evocaba aquellos veranos perdidos, una claridad fugitiva cruzaba sus ojos apagados, semejante al último resplandor de una lámpara que se resiste a extinguirse.Después de la frugal cena, Angelines se arrebujaba en la manta junto a ella, extraía del sayo una sobada revista de historietas y, antes de comenzar a leer, la acercaba a su rostro y aspiraba el aroma del papel impreso en vivos colores, como si aquel olor pudiera abrir una puerta secreta hacia otro mundo.«Almanaque 1935», podía leerse en la primera página, la fecha de la última Navidad que Angelines recordaba.En la trébede, donde siempre se colocaba el pequeño Nacimiento de loza, ahora solo había hollín y cascotes. El alegre crepitar del carbón que antaño calentaba la cocina se había convertido en el chisporroteo de unas pocas ramas secas de piorno. Y como si alguien hubiese borrado un mundo entero de la memoria de los hombres, tan solo una anciana y una niña permanecían allí como testigos de algo que empezaba a parecer un sueño.Pero para Angelines aquellas páginas tenían más verdad que la realidad misma, pues allí seguían floreciendo las Navidades, intactas como un milagro guardado entre dos cubiertas de papel. Allí la luna era amiga de los muñecos de nieve, los pavos acudían como convidados a la mesa de Nochebuena y los acebos crecían sin conocer el hollín ni la ceniza. Cada hoja abierta era una ventana; cada ilustración, una rendija por la que escapaba el alma para refugiarse en un reino donde la guerra no había conseguido entrar.Y, por encima de todas había una a la que regresaba siempre, como si guardase un tesoro secreto. Era la historieta de la página central, «Viajes extraordinarios del perro Top», el único relato seriado de la revista, que comenzaba con un breve resumen del episodio anterior y concluía invariablemente con la promesa de un «continuará».Angelines la releía cada noche con una fidelidad casi ritual. Sus manos recorrían despacio las hojas gastadas; sus ojos seguían el dibujo de cada línea y de cada color, demorándose en los detalles como quien contempla un paisaje amado, y sus labios, apenas entreabiertos, iban repitiendo las palabras en voz baja, temerosos de quebrar el hechizo de aquella aventura interminable. Entonces acudía a su rostro una sonrisa serena y luminosa, una sonrisa que parecía no pertenecer al mundo de las ruinas y de las privaciones, sino al de quienes aún conservan la capacidad de encontrar una esperanza donde los demás solo alcanzan a ver sombras.Por eso, cuando el relato llegaba al «continuará», la imaginación de Angelines continuaba también. Continuaba en una nueva historia cada noche, en aventuras de mares imposibles, islas remotas y tesoros enterrados. Allí no existían las ruinas, el hambre ni los inviernos interminables. Allí siempre amanecía.Y cuando el sueño terminaba por vencerla, su rostro hablaba de calma en la tempestad y de serenidad en la amargura. La niña dormida parecía guardar un secreto que el mundo había olvidado.Su abuela la observaba entonces y comprendía que aquella criatura frágil, aquella huérfana que apenas poseía más riqueza que una revista gastada y un mendrugo de pan, sostenía sin saberlo algo más valioso que los tejados derruidos, los campos abandonados o las viejas casas vacías, pues era ella quien mantenía viva la esperanza en medio de tanta ruina.Algunos copos de nieve descendían por las grietas del tejado, como si el cielo quisiera entrar en la casa para velar el sueño de sus últimos habitantes. Eran muchas las ruinas que aún aguardaban unas manos capaces de devolverles la forma perdida, y ella no era ya más que una anciana cansada, una sombra rezagada en el camino de los años; pero, al volver la vista hacia la niña dormida a su lado, comprendía también que mientras Angelines siguiese soñando, mientras hubiese en su corazón espacio para las aventuras imposibles y en sus ojos lugar para la maravilla, ninguna piedra caída estaría del todo vencida, ninguna derrota sería definitiva y ninguna noche, por larga y oscura que pareciese, lograría adueñarse por completo de la tierra de los hombres.
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