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viernes, 5 de junio de 2026

Casas Viejas

 

Casas Viejas







Enero de 1933. La madrugada había descendido sobre la campiña gaditana con esa tristeza mansa que tienen los inviernos del sur. No era una noche de tormenta ni de viento. Era peor. Era una de esas noches inmóviles en las que parece que hasta los perros callan para escuchar cómo respira la tierra.

Los campos, empapados por las lluvias recientes, despedían un olor oscuro de barro removido y raíces mojadas. A lo lejos, las encinas dibujaban manchas negras sobre un horizonte sin luna, y las humildes luces de Casas Viejas temblaban como luciérnagas enfermas en medio de la llanura.

El guardia de Asalto Julián Ortega viajaba en la parte trasera del camión, envuelto en su capote. Tenía veintitrés años y aquella edad incierta en la que todavía se cree que los hombres pueden arreglar el mundo con decretos, discursos y buena voluntad.

Había nacido en un barrio obrero de Sevilla. Su padre, ferroviario, había celebrado la llegada de la República como quien recibe la lluvia después de una larga sequía. En su casa se hablaba de escuelas, de jornales dignos y de un país nuevo que parecía asomarse, tímidamente, detrás de los viejos siglos de pobreza.

Ahora, mientras el vehículo avanzaba entre charcos y surcos, Julián contemplaba la oscuridad del campo andaluz y pensaba que aquella tierra seguía siendo la misma de siempre. La tierra de los señoritos y de los gañanes. 
La tierra de los cortijos blancos bajo el sol de agosto y de las chozas donde el hambre pasaba el invierno sentada junto al brasero. La tierra donde los hombres discutían de política con palabras grandiosas mientras las mujeres seguían amasando pan escaso y los niños aprendían demasiado pronto el significado de la necesidad.

A su lado viajaban otros guardias, envueltos también en sus capotes oscuros. El traqueteo del camión apenas permitía conversar, pero de vez en cuando alguna cerilla iluminaba fugazmente un rostro cansado. Estaba Morales, un malagueño flaco que llevaba siempre una copla en los labios y que aquella noche permanecía callado; estaba el gallego Souto, que fumaba sin descanso mirando la oscuridad como si esperara ver surgir algo de ella; y estaba también el sargento Valcárcel. Julián sentía por él una mezcla de respeto y temor. Valcárcel rondaba los cuarenta y cinco años y tenía el rostro curtido de los hombres que han pasado demasiado tiempo bajo el sol y demasiado cerca de la muerte. Lucía un bigote entrecano y una cicatriz que le cruzaba la mandíbula izquierda desde la oreja hasta el mentón. Decían que se la había hecho una gumía rifeña en una emboscada cerca de Annual. Había combatido en Marruecos durante años. Pocas veces hablaba de aquello. Pero cuando lo hacía, los demás escuchaban.

Aquella noche permanecía sentado junto a la portezuela, inmóvil, con las manos apoyadas sobre el fusil. Parecía uno de esos viejos centinelas de piedra que vigilan las fortalezas olvidadas.
—Esto me recuerda al Rif —murmuró de pronto, sin dirigirse a nadie en particular.
Algunos levantaron la vista.
—¿Por el barro, mi sargento? —preguntó Morales.
Valcárcel negó lentamente.
—No. Por el silencio.
Nadie respondió.
El veterano escupió por un lado del camión.
—Cuando un pueblo entero calla de esa manera es que algo malo ha pasado... o está a punto de pasar.
Volvió a guardar silencio.
Julián observó el perfil endurecido del sargento recortado contra la noche. Pensó que aquel hombre había visto morir a compañeros en barrancos africanos cuyos nombres apenas figuraban ya en los periódicos. Había sobrevivido a Annual, a las cabilas, a las marchas interminables bajo el sol marroquí. Y, sin embargo, había algo en su mirada que parecía más preocupado aquella noche que en cualquiera de las historias que contaban sobre él. Quizá porque en Marruecos el enemigo estaba lejos, al otro lado de una trinchera o de una loma. Aquí no. Aquí eran españoles.
Cuando aparecieron las primeras casas del pueblo, nadie habló. El silencio se había instalado entre los guardias como un pasajero más. Todos sabían que habían corrido disparos. Todos sabían que había muertos. Y todos intuían, aunque ninguno quisiera decirlo, que aquella noche no iban a asistir a un simple servicio de orden público.

Valcárcel fue el primero en distinguir las luces dispersas entre las sombras.
Las observó durante unos segundos y luego se acomodó la guerrera con un gesto cansado.
—Ojalá me equivoque —dijo en voz baja.
Julián no supo si hablaba para ellos o para sí mismo.
España llevaba demasiado tiempo acumulando agravios para que aquello fuera tan sencillo.
Mientras el camión se alejaba por los caminos embarrados, Julián volvió la cabeza una última vez.

Casas Viejas quedaba atrás, envuelta en humo. Las primeras luces del amanecer comenzaban a derramarse sobre los tejados y las huertas, dorando con una piedad engañosa aquel escenario de muerte. Parecía un pueblo cualquiera. Uno de esos pueblos andaluces donde los campanarios marcan las horas lentas de la vida, donde los hombres hablan en las plazas y las mujeres riegan los geranios cuando llega la primavera.

Y, sin embargo, algo se había roto para siempre. Quizá no sólo en Casas Viejas. Quizá en toda España. Porque las naciones, igual que los hombres, poseen heridas invisibles que tardan años en abrirse y apenas unos segundos en desangrarse.

Julián contempló por última vez la columna de humo que ascendía recta hacia el cielo claro de enero. Pensó en los muertos. En los campesinos. En los guardias. En los hijos que no volverían a ver a sus padres y en las madres que aquella mañana llorarían sin comprender del todo por qué. Y sintió que sobre aquella tierra antigua, hermosa y desdichada, estaba cayendo una sombra larga. Todavía nadie la llamaba guerra. Todavía faltaban tres años. Pero ya caminaba entre los surcos. Ya avanzaba por los caminos. Ya respiraba en los corazones de los hombres. Como esas tormentas del Atlántico que los marineros presienten mucho antes de divisar las primeras nubes sobre el horizonte.