El horizonte y la esperanza
Cada tarde, cuando el sol comenzaba a inclinarse sobre los campos dorados, don Álvaro acostumbraba a detenerse en la loma que dominaba el valle. Desde allí contemplaba el horizonte. Era una línea sencilla, apenas un encuentro entre la tierra y el cielo, pero para él encerraba un misterio que nunca terminaba de comprender.Los muchachos del pueblo solían preguntarle por qué permanecía tanto tiempo mirando aquella lejanía.—Porque el horizonte es la promesa de algo que aún no vemos —respondía—. Y el hombre vive de promesas tanto como de pan.Don Álvaro había conocido tiempos mejores. En su juventud, la comarca prosperaba; los campos producían cosechas abundantes y las familias crecían en paz. Sin embargo, los años difíciles llegaron poco a poco. Una larga sequía castigó la tierra, muchos jóvenes marcharon a la ciudad y las casas comenzaron a cerrarse una tras otra.El desaliento fue extendiéndose entre los vecinos como una sombra silenciosa. Los más ancianos hablaban del pasado con nostalgia; los más jóvenes apenas encontraban motivos para permanecer allí.Una tarde, reunidos en la plaza, varios hombres discutían sobre el porvenir del pueblo.—Todo se acaba —decía uno.—No queda nada que hacer —afirmaba otro.Don Álvaro escuchó aquellas palabras sin interrumpirlos. Luego señaló hacia los campos que se extendían más allá de las últimas casas.—¿Veis aquel horizonte?Los hombres asintieron.—Parece siempre el mismo y, sin embargo, nunca lo es. Cada amanecer trae una luz distinta; cada estación cambia sus colores. Lo que nos engaña es la costumbre. Creemos que porque hoy vemos dificultad, mañana veremos lo mismo.Nadie respondió.—La esperanza no consiste en esperar sentados a que ocurra un milagro —continuó—. Consiste en trabajar como si el milagro pudiera llegar.Aquellas palabras quedaron resonando en el ánimo de algunos vecinos.Durante los meses siguientes comenzaron a reparar acequias abandonadas, limpiaron caminos y recuperaron tierras que llevaban años sin cultivarse. El trabajo era duro y los resultados tardaban en aparecer, pero poco a poco el pueblo empezó a recobrar algo que había perdido: la confianza.La primavera siguiente llegó acompañada de lluvias generosas. Los campos reverdecieron y las cosechas mejoraron. No fue una transformación repentina ni prodigiosa; fue simplemente el fruto de muchas voluntades que habían decidido no rendirse.Una tarde, cuando el sol descendía sobre el valle, varios jóvenes acompañaron a don Álvaro hasta la loma.El anciano contempló una vez más la línea lejana donde el cielo parecía descansar sobre la tierra.—Ahora lo comprendéis mejor —dijo con una sonrisa.—¿El qué? —preguntó uno de ellos.—Que el horizonte siempre está lejos. Si caminamos hacia él, se aleja otro poco. Y, sin embargo, gracias a él seguimos avanzando.Los muchachos guardaron silencio.La tarde se volvió lentamente dorada. Una brisa suave recorrió los sembrados y las campanas del pueblo comenzaron a sonar a lo lejos.Entonces comprendieron que la esperanza se parece al horizonte: nunca se alcanza del todo, pero ilumina el camino de quienes tienen el valor de seguir caminando hacia ella.
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