Teniente de Asalto José Castillo.


Tras asistir a una corrida de toros en la plaza de Las Ventas y dar un paseo con su esposa, Consuelo —con la que había contraído matrimonio el 20 del pasado mes de mayo—, el teniente José del Castillo y Sáenz de Tejada camina decidido hacia el cuartel de Pontejos, situado en la plaza del Marqués de Pontejos, junto a la Puerta del Sol, donde está ubicada su unidad, la 2.ª Compañía de Especialidades, para incorporarse al servicio nocturno.
Los relojes marcan las diez de la noche cuando Castillo, desde la calle de Augusto Figueroa, dobla la esquina hacia la de Fuencarral. En ese instante, cuatro jóvenes, al grito de «¡ese es!», disparan sobre él, quedando tendido en el suelo, herido por dos balazos que le alcanzan el brazo izquierdo y la región precordial. La bala que entró por el quinto espacio intercostal fue la que le causó la muerte casi instantánea. José Castillo fue evacuado a la clínica de la calle de la Ternera, donde nada se pudo hacer por salvar su vida.

Castillo era conocido por su manifiesta filiación socialista. Con motivo de la revolución de Asturias de 1934 —un sangriento intento de insurrección contra el gobierno de la República—, José Castillo sería sometido a consejo de guerra al negarse, con la sección de morteros que mandaba, a tomar Villaviciosa y expulsar de ella a los revolucionarios. Castillo argumentó que no disparaba contra el pueblo, negándose a imponer el orden, por lo que fue detenido. Condenado y expulsado del ejército, tan solo cumpliría un año de cárcel, pues con el triunfo del Frente Popular fue amnistiado y se reincorporó al servicio.

Solicitó una plaza en el Cuerpo de Seguridad y Asalto, adonde fue destinado el 12 de marzo, concretamente a la 2.ª Compañía de Especialidades, acuartelada en la plaza del Marqués de Pontejos, en Madrid. Desde ese momento, y ya afiliado a la Unión Militar Republicana Antifascista (UMRA), se comprometió, junto a otros compañeros de armas, a instruir a las milicias de las Juventudes Socialistas Unificadas.

El día 14 de abril de 1936, con motivo de la fiesta del quinto aniversario de la llegada de la II república, un magno desfile militar inundó las principales calles de Madrid. Al paso de las unidades de la Guardia Civil, un grupo de marxistas abucheó e insultó al Benemérito Instituto. El alférez del Cuerpo, Anastasio de los Reyes, que se hallaba entre el público, se revolvió contra aquellos insultos y se enfrentó a los matones marxistas, que lo asesinaron de un disparo por la espalda.

En su multitudinario entierro, que el gobierno intentó por todos los medios prohibir, se daría a conocer, debido a su comportamiento malvado, el teniente de asalto José Castillo. Miles de personas, donde destacaban jóvenes falangistas, requetés, Renovación Española, CEDA y una ingente cantidad de policías, militares y guardiaciviles, acompañaron el féretro del infortunado alférez, en un recorrido por las calles de Madrid, desde los altos del Hipódromo al Cementerio del Este, donde sería cristianamente sepultado. La comitiva fúnebre fue atacada en numerosas ocasiones por pistoleros marxistas, sin que el gobierno enviase a las Fuerzas de Asalto para darle protección.

Sin embargo, cuando el cortejo llegó a la plaza de Manuel Becerra, allí se encontraba una sección de Asalto al mando del teniente Castillo, que le cortó el paso. En ese instante, y sin ningún tipo de aviso, Castillo ordenó a sus guardias abrir fuego contra quienes iban en la primera línea del cortejo, resultando muertos, a consecuencia de los disparos, el primo hermano del Jefe Nacional de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, Andrés Sáenz de Heredia, de 24 años; Manuel Rodríguez Gimeno, de 30; y Luis Rodríguez Verges, de 23 años. Quedó malherido el miembro de la Comunión Tradicionalista, el estudiante Luis Llaguno.

Castillo, a duras penas, pudo abandonar el lugar de los hechos, protegido por sus propios hombres, ante la ira de centenares de manifestantes que quisieron lincharlo allí mismo. Tras prestar declaración en la Dirección General de Seguridad, Castillo fue puesto en libertad sin cargos y regresó al servicio.

En aquella ocasión, Castillo sí disparó contra el pueblo, sin ningún problema, como se había negado a hacer durante la revolución de octubre de 1934. El «pequeño matiz» fue que, en esta ocasión, los españoles no eran de izquierdas ni marxistas. El gobierno, de manera cómplice e indigna, protegió al sanguinario teniente, que, abusando de su cargo, había dejado tres cadáveres en las calles madrileñas, sin siquiera abrir una investigación oficial de los hechos.


Tras aquellos indignantes sucesos, José Castillo, por derecho propio, pasó a encabezar las listas de la «media España que no se resignaba a morir», Se convirtió en el centro de amenazas e incluso llegó a sufrir dos intentos de atentado.

Durante años se dio por buena la teoría de que el asesinato del teniente Castillo fue el que encendió la chispa de la venganza y que, en un ajuste de cuentas, movidos por la irritación del momento y cegados por la ira, compañeros del propio Castillo decidieron, por su cuenta y de forma precipitada, llevar a cabo un escarmiento de gran magnitud, acudiendo a los domicilios de los líderes derechistas José Calvo Sotelo y José María Gil Robles para asesinarlos.


Sin embargo, el paso del tiempo ha generado numerosas dudas sobre si aquel comportamiento asesino de Fernando Condés, Cuenca, Máximo Moreno y compañía fue producto del momento o estaba premeditado con anterioridad, ya que a la comisión de tan grave delito le faltaba un móvil, que ahora, con el asesinato del teniente Castillo, se presentaba claramente..


Con motivo del asesinato, el 7 de mayo de 1936, del capitán Carlos Faraudo —destacado socialista, inspector de las milicias de las JSU y afiliado a la UMRA—, ocurrido cuando se dirigía, acompañado de su esposa, hacia su domicilio en la madrileña calle de Alcántara, por un hombre que le disparó a corta distancia, las tenidas masónicas y los miembros más reaccionarios e izquierdistas de las Fuerzas de Asalto y de la Guardia Civil prepararon una acción destinada a eliminar a las voces discordantes de la oposición.


                                                                        Portada de El Imparcial de septiembre de 1978.



En 1978, el antiguo miembro de las Fuerzas de Asalto, Teniente Urbano Orad de la Torre, el mismo que mandó una pieza artillera que cañoneó el 20 de julio de 1936 a los patriotas encerrados en el cuartel de la Montaña de Madrid, con su consiguiente asesinato en masa, tras su rendición, declaró en las páginas del diario El Imparcial (24 de septiembre de 1978) lo que sigue: «La decisión de asesinar a Calvo Sotelo la tomó la masonería el 9 de mayo del 36». El motivo del crimen, según Orad, era que Calvo Sotelo denunciaba el papel preponderante que tenía la masonería en el Frente Popular. No podemos obviar que el presidente de la república, Manuel Azaña era masón, al igual que el presidente del gobierno, el coruñés Santiago Casares Quiroga. Masones eran también el presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio; el ministro de Estado, Augusto Barcia; ministro de Marina, el boticario José Giral; el director general de Seguridad, José Alonso Mallol; el jefe del acuartelamiento de Pontejos de la Guardia de Asalto, Teniente Coronel Sánchez Plaza. Posteriormente, Orad de la Torre desmentiría -presionado por sus familiares más cercanos, que acusaron al Imparcial de abusar de su precario estado de salud-, esas manifestaciones, en carta enviada al diario El País, unos días después. Urbano Orad fallecería en Sevilla, en 1982, seis años después de dicho reportaje.

A eso se añadiría que el 10 de julio de 1936, según refirió en 1977, a través de las páginas del diario madrileño Ya, Julián Cortés Cavanillas, vicesecretario general de Renovación Española, se conocían rumores de que se proyectaba asesinar a Calvo Sotelo. El propio Cavanillas se entrevistaría, aquella mañana, con Don José, informándole de asuntos muy graves que tenían que ver con su seguridad. Uno de ellos atañía a su chófer, que según los informantes, se había «ido de lengua», al señalar algunas reuniones tenidas por Calvo Sotelo en su propio coche, con diferentes personas, en apartados lugares, fuera de Madrid. El segundo atañía a rumores dentro de la Casa del Pueblo, recogidos por un confidente que teníamos en el Partido Socialista, de que se proyectaba asesinarle, juntamente con Antonio Goicoechea y José María Gil Robles. La tercera cuestión se refería a su seguridad personal, al cambiar, como así había hecho la Dirección General de Seguridad, sin motivo aparente, la escolta que tenía asignada el líder del bloque Nacional, de plena confianza de Calvo Sotelo, por otra compuesta por funcionarios de conocidas ideas izquierdistas. Y continua Julián Cortes: 

«Con el tono severo y el gesto preocupado de quien se sabía protagonista de dramáticos acontecimientos, me respondió, sorprendiéndose mucho de las noticias suministradas por su chófer, diciéndome que extremaría la prudencia, aunque ya eran escasas las entrevistas que aún debía de celebrar, dado que lo que se esperaba, para que el movimiento militar se llevara a cabo, era un respuesta afirmativa de fuera de la Península. En cuanto a los rumores de un atentado contra él por elementos .Socialistas no lo creía, y sí, en cambio, que un golpe criminal podría partir de los propios aledaños del Gobierno, si eran ciertas otras noticias qué él poseía y que había transmitido tanto a Goicoechea como a Gil Robles”. Al despedirme, me añadió qué aquellos días eran difíciles y preocupantes, parque el Gobierno de Casares Quiroga sabía qué sé (preparaba una insurrección militar y civil, pero sin acertar a conocer exactamente las claves, y los personajes de la conjura».


                                            José Calvo Sotelo.



Al día siguiente de aquella entrevista, Cavanillas recibió en su despacho de Renovación Española al confidente que la organización derechista, tenía dentro del partido socialista, comunicándole de que era inminente el asesinato de Calvo Sotelo, Goicoechea y Gil Robles. A las preguntas de Cortés Cavanillas, a fin de conocer detalles de la operación, el confidente dijo que no era fácil obtenerlos, pues en los ámbitos socialistas se comenzaba a desconfiar de él. Eso sí, señaló que en su creencia aquellos que planeaban asesinar a Calvo Sotelo, Gil Robles y Goicoechea, estaban en busca de un pretexto, alguna acción, que justificara ante la opinión nacional e internacional el asesinato de los tres jefes políticos de la derecha.

A las 10 de la noche de aquel 12 de julio, a los que maquinaban el siniestro plan, se le presentó la justificación en bandeja de plata. El asesinato del Teniente Castillo. Es más, tras minuciosas pesquisas, el gobierno del Frente popular, nunca averiguó quien o quienes habían asesinado al Teniente Castillo. Sin aportar ningún tipo de pruebas, se lo atribuyó a jóvenes, en unos casos de filiación falangista, -se dio el nombre de Alfonso Gómez Cobían- en otros requetés o incluso a miembros militares, pertenecientes a la Unión Militar Española.

Seguimos leyendo a Julián Cortés Cavanillas, en aquella colaboración con el diario que pertenecía entonces a la Editorial Católica. “Sin pérdida de tiempo hablé con Goicoechea, y me contestó que también había recibido noticias semejantes por otros conductos, pero que se estaban tomando las oportunas precauciones, bien para que los amenazados no durmieran en sus domicilios o para no abrir las puertas ante cualquier intento de asalto nocturno. No. obstante, el jefe de Renovación se negaba a creer que cualquier atentado contra ellos sé asumiera por él Gobierno la responsabilidad de organizarlo y ordenarlo a través de elementos secundarios del poder. Entendía, en cambio, que era necesario precaverse contra los pistoleros y asesinos de las organizaciones de Izquierda y advertir al presidente del Consejo y al ministro de la Gobernación del deber que tenían de defenderles y ampararles”.

«Un periodista continua Cavanillas llamado Benjamín Bentura, con b, que fue más tarde redactor jefe de Logos, y que hacía información de sucesos en la Dirección General de Seguridad, contó que a las cuatro y diez de la madrugada del 13 de julio vio, desde el propio despacho donde trabajaba, un numeroso grupo de guardias de Asalto que salía de la Dirección por la puerta de la calle de Víctor Hugo. A poco llegaba una carroza fúnebre, seguida por buen número de coches oficiales. El féretro que contenía los restos del teniente Castillo fue colocado en la carroza. Un hombre joven, que había salido de la Dirección y del cual unos dijeron que era hermano de Castillo y otros primo carnal, que ejercía el cango de abogado del Socorro Rojo, se dirigió al grupo que formaban el director general de Seguridad, Alonso Mallol, y los comisarios Aparicio, Luna y Rivas, gritando: "¡Cobardes! Sacáis el cadáver a estas horas porque tenéis miedo. Le habéis matado vosotros"».

«Añade Bentura que metieron a aquel hombre en un automóvil y partió la carroza fúnebre a toda velocidad y tras ella los coches oficiales. Pero lo más importante de esta revelación es lo que textualmente cuenta a continuación el mismo testigo: "Tenía yo una Información interesantísima, que hubiera sido locura publicar en "El Debate" o en cualquier otro periódico. Me la había facilitado un amigo mío, inspector de Policía. El tampoco se hubiera atrevido en aquellos momentos, la confiaría a persona en la que no hubiera tenido absoluta confianza. Poco más o menos, lo que me dijo fue lo siguiente: "Recordará usted que cuando me contó´ que Alonso Mallol, (el director general de Seguridad) había dicho que el teniente Castillo fue asesinado por los fascistas, como venganza por suponerle autor de la agresión contra un grupo de falangistas en la calle de Torrijos, le dije que ni usted ni yo podíamos creer tal patraña».

«Habrá observado usted, como he observado yo, que en el asunto del asesinato de Castillo no ha actuado el juez. Esto hizo que mis sospechas aumentaran y decidí enterarme de cómo había sido muerto el teniente Castillo. Si he de decir la verdad, no he sido el único que había tenido interés en averiguar esto. Hemos puesto buen cuidado en que no se tuviera noticia de nuestras actividades, y puedo asegurarle lo siguiente: el teniente Castillo fue asesinado por las mismas personas que horas después secuestraron y asesinaron al señor Calvo Sotelo. Esto es absolutamente cierto. El teniente Castillo era amigo íntimo del teniente Moreno. Ellos, con el capitán Condes, eran los hombres de confianza de Casares Quiroga. Hace ya muchos días que se decretó el asesinato de Calvo Sotelo a fecha fija. Se llamó al capitán y a los dos tenientes y se les confió la criminal tarea. Faltaba por designar cuál de ellos había de ser el que con la gente que había ya preparada diera cima a la empresa de asesinar al ex ministro, de la Dictadura”. Pocos días después, Castillo comunicó a. sus amigos qué lo había pensado bien y que no estaba dispuesto a tomar parte en el asesinato de Calvo Sotelo. Condes y Moreno le tildaron de cobarde y de traidor”. Castillo afirmaba que podían contar con él para planear cuantos asuntos hicieran falta, pero que ni en lo de Calvo Sotelo ni en cualquier otro asesinato quería intervenir. Moreno y Condes prescindieron de Castillo y pencaron un nuevo plan. Aquel desgraciado podía ayudarles aun en contra de su voluntad».

«Claro que su negativa le iba a costar cara, pero para los afanes que perseguían resultaría provechosa. Y como se pensó, se hizo. Unos guardias vestidos de paisano esperaron el paso, del teniente Castillo. Dispararon contra él y fueron a refugiarse en la Casa del Pueblo. Muerto Castillo, se dice que los asesinos han sido los fascistas, y horas después los asesinos del teniente Castillo acuerdan con el teniente Moreno y el capitán Condes, en el cuartelillo de Pontejos, la forma en que se han de llevar a cabo los secuestros y asesinatos de Calvo Sotelo, Goicochea y Gil Robles. Ha querido el Altísimo que únicamente Calvo Sotelo, el elegido, cayera asesinado. Se dice que la muerte de don José Calvo Sotelo ha sido una represalia por la del teniente Castillo, y lo cierto es que este último fue asesinado porque se negó a matar al .señor Calvo Sotelo. Todo, como usted ve, muy bien planeado».


Camioneta Hispano-Suiza rotulada con el número 17 Dirección General de Seguridad. Compañías de Asalto. En ella se asesinó a José Calvo Sotelo en la madrugada del 13 de julio de º1936.



Lo que no admite ninguna duda es la filiación de los miembros que integraron aquellos siniestros convoyes, que recorrieron las calles de Madrid en busca de José Calvo Sotelo, Antonio Goicoechea y José María Gil Robles con la intención de asesinarlos, siendo la mayoría de ellos muy cercanos al socialista Indalecio Prieto.

Al mando de la camioneta rotulada con el número 17 de la Dirección General de Seguridad, que fue en busca de Calvo Sotelo, iba, vestido de paisano, el capitán de la Guardia Civil Fernando Condés, instructor de las milicias socialistas, quien se había reincorporado al citado cuerpo gracias al triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, por el cual fue amnistiado tras haber sido condenado y expulsado del ejército por su intentona de tomar el Parque de Automóviles de la Guardia Civil de Madrid durante la revolución de octubre de 1934.

Junto a él viajaron en la famosa camioneta: José del Rey Hernández, guardia de Asalto, socialista, adscrito a la escolta personal de la diputada socialista Margarita Nelken; el estudiante del último curso de Medicina Federico Coello García, afiliado al Partido Socialista y persona muy cercana a Indalecio Prieto; Luis «Victoriano» Cuenca, autor material del asesinato de Calvo Sotelo, pistolero socialista perteneciente a la «Motorizada», guardaespaldas y persona de absoluta confianza de Indalecio Prieto; y los miembros de las Juventudes Socialistas y de la «Motorizada», Santiago Garcés y Francisco Ordóñez.

Formaron también parte del convoy los guardias de Asalto Orencio Bayo Cambronero, que conducía el vehículo, y los guardias Amalio Martínez Cano, Enrique Robles Rechina, Sergio García, Bienvenido Pérez Rojo, Ismael Bueso Vela, Ricardo Cruz Cousillos y Aniceto Castro Piñeira.

Tras aquella camioneta —toda la operación coordinada por el comandante de la Guardia de Asalto Ricardo Burillo y dirigida por el teniente del mismo cuerpo Andrés León—, salió del acuartelamiento de Pontejos otro vehículo ocupado por los oficiales del Cuerpo de Asalto: los capitanes Antonio Moreno Navarro e Isidro Avalos Cañada, y los tenientes Andrés León Lupión, Alfonso Barbeta y Máximo Moreno. Ellos serían los encargados de ir en busca de Gil Robles y Goicoechea, a quienes, afortunadamente, no encontraron en sus domicilios.

Fernando Condés, una vez cometido el alevoso asesinato, informó de la «acción» a Indalecio Prieto, quien lo escondió y protegió, e incluso, según algunos testimonios, lo disuadió del suicidio. Gracias a otro conspicuo socialista, Juan Simeón Vidarte, Condés fue ocultado en la casa de la diputada socialista Margarita Nelken. Posteriormente, miembros cercanos a Prieto serían quienes robaron, a punta de pistola, el sumario del asesinato de Calvo Sotelo.

Carlos Fernández Barallobre.