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martes, 28 de enero de 2025

LOS CAIMANES: BREVE OPÚSCULO

 LOS CAIMANES: BREVE OPÚSCULO 

Los caimanes de verdad, los auténticos y genuinos y a los que me voy a referir, entraron en la corporación a finales de los setenta y principios de los ochenta. En la actualidad estarán desaparecidos de primera línea de fuego o a punto de abandonarla. Vistieron los tres colores, y la mitad de su vida profesional estuvieron, digamos que, sublimados militarmente sin ser militares. 
Definir qué es un caimán es tarea harto difícil, puesto que no hay un caimán tipo o modelo, no abundan y probablemente sean una especie o espécimen en vías de extinción. Digamos que el refrán «más sabe el diablo por viejo que por diablo» se les ajusta como un guante. 
Son compañeros muy veteranos, que suman muchos trienios entre pecho y espalda, a quienes el peso del bagaje de su experiencia, les hace ir inclinados ligeramente hacia delante, o bien, buscar asiento a cada poco. Unos peinan canas y otros simplemente ya no tienen qué peinarse, pero todos ellos, sin excepción, tienen la mirada del león, fiera y viva, en la que se reflejan su historia vivida, sufrida y sentida, sus dificultades en tiempos difíciles, y sus servicios realizados buenos, malos y peores, los que no se hicieron porque miraron para otro lado y los que merecieron medalla y no la obtuvieron.
Constituyen una clase de policías y unos policías «con clase», son unos individuos simpáticos, caraduras, golfos, oportunistas, y que no tuvieron recelos a la hora de eludir el cumplimiento de un cargo que juraron defender con, si fuera menester, la vida, y a los que la misma vida, les fue diciendo tras enterrar a los que la perdieron, que nada había tan sagrado como para darla. 
Figuras antagónicas, pueden ser el peor de los compañeros y también el mejor. Al que quieres olvidar cuando por fin se va y al que siempre recordarás. Al que en principio, llegas a odiar y terminas por admirar. Del que temes que te toque en suerte y acabas por temer ser de él separado. El peor cuando piensas que debes de estar a su lado muchas horas y, por la diferencia de edad, sus temas no serán tus temas aún, y, por sus escasas ganas de trabajar, que son inversas a las que tienes como recién salido, harán que sientas ganas de haber estado con uno de tu promoción y maldecirás tu suerte. Pero comprobarás que resulta el mejor cuando crees no poder salir del primer problema del primer servicio complicado y compruebas que el inútil que creías tener a tu lado, lo resuelve fácilmente, y te das cuenta de que es así porque lleva toda la vida haciéndolo. Su filosofía del trabajo: hacerlo con el mínimo esfuerzo y sólo si es imprescindible; su ideología: con las máximas garantías; su doctrina: en el menor tiempo posible y su credo: a ser posible, que no trascienda y que no termine por escrito y en Juicio para no perder una mañana, porque tal y como dicen «al final nada merece la pena, ni sirve para nada», salvo su mañana. Son ingeniosos: siempre tienen la primera palabra, y además la última, hablan cuando tienen que callar silenciando al personal, con el que son deslenguados, irritantes, pero al que, por encima de todo, divierten. Adolecen de la vanidad necesaria para tener siempre una buena historia que contar, que bien vale por una clase de la escuela de Ávila. Son necios, majaderos, testarudos e impertinentes, sabedores de que su veteranía les concede un grado al que nunca renuncian y que siempre te recuerdan.
Todo lo que saben lo saben porque lo han vivido y lo han experimentado, no han leído muchos manuales, pero tampoco los necesitan porque en cierto modo los aciertos que están escritos en ellos, han sido ya sus errores que juraron no volver a repetir. Suelen ser los últimos que llegan a un servicio y los primeros en resolverlo. Los últimos que fichan por la mañana y los primeros que se van en la tarde, puntualmente siempre, antes de la hora. Han perdido la ilusión por el trabajo, pero estarán y sabrán estar, cada vez que se les necesite, porque no son vagos, simplemente ya creen haber cumplido con creces el compromiso adquirido, y haber trabajado lo suficiente y lo necesario, como para poder vivir una especie de retiro en activo, una segunda actividad aún dentro de la primera, un quehacer diario a medio gas. 
El «nuevo» les mirará con desdén, pero con el tiempo, y a fuerza de verles actuar acabará admirándolos cuando las cosas se hayan puesto feas y vea la segura forma en que las resuelven. Quizás acaso algún día, cuando pasen los años, se diga a sí mismo: ¡Qué razón tenía el jodío! No son los más íntegros ni los más temerarios, ni los más justos, no son tampoco los más instruidos, pero saben lo que no está escrito.
Casi siempre denostados por los jóvenes, a menudo desacreditados por sus contemporáneos; sin embargo una cosa ten por segura, siempre responden cuando el compañero está en peligro, siempre tienen una vía de escape para salir de los atolladeros y siempre saben qué decir, y, lo que es más importante, qué callar al jefe y al requirente. El caimán sabe que lo es y se precia de serlo, casi que presume de ello. No se arredra ante la diversidad y, cuando se le conoce más, goza del respeto tanto de los jefes, como de los nuevos. Nunca se le pillará en un renuncio aunque sea parte de él. Y por mucha mierda que se le eche… siempre saldrá a flote. 

P.S.: Como rendido homenaje a todos los caimanes que, a su pesar, y pese a todo, me enseñaron lo poco que sé.


@Humberto 2006 

domingo, 26 de enero de 2025

La psicología del hablante. CONDICIONAL DE POSIBILIDAD

 La psicología del hablante. 

Estas formulaciones verbales tienen mucho que ver con la psicología del hablante (o del escritor). Podemos decir: «Si vinieras, te invitaría a comer». Y también «si vienes, te invitaré a comer». Incluso «si vienes, te invito a comer». Las tres frases significan en esencia lo mismo (en todos los casos la comida es gratis), pero hay diferencias psicológicas entre ellas. La primera —«si vinieras, te invitaría a comer»— retrata nuestra desconfianza respecto a la posibilidad de que la persona en cuestión venga. La segunda —«si vienes, te invitaré a comer»— expresa que ciertamente creemos en la posibilidad de que acepte. Y la tercera —«si vienes, te invito a comer»— refleja nuestra mayor confianza aún en esa posibilidad, que acercamos al momento presente certificando así su inminencia.

Por eso si mezclamos los elementos («si vinieras, te invito») perdemos expresividad, puesto que arruinamos la diferenciación psicológica. Si decimos «si vinieras, te invitaré a comer», ¿qué estamos pensando realmente, que se cumplirán los hechos que enunciamos o que será más bien difícil que ocurra así? Para verlo más claro aún, invirtamos los términos: «Si vienes, te invitaría». ¿Qué hemos querido decir en este caso? Habremos perdido una parte de la riqueza del lenguaje y de nuestra capacidad de comunicación.

Ralph Penny, en su libro Gramática histórica del español, divide en tres grupos las oraciones condicionales.

 POSIBILIDAD ABIERTA

1. En tiempo pasado: «Si hizo eso, fue imprudente». El hablante deja abierta la pregunta de si la condición planteada se cumplió o no. Ahora ponemos entre paréntesis, en la frase del ejemplo, lo que el hablante da a entender que está pensando: «Si hizo eso (y yo no lo sé), fue imprudente». 

2. Y en tiempo no pasado: «Si puede (y no lo sé), lo hará»; «si puede (y no lo sé), lo hace». Las oraciones condicionales abiertas pueden emplearse con cualquier forma verbal del pasado en indicativo, como el pretérito («si hizo eso, fue imprudente»), el imperfecto («si podía, lo hacía»), el perfecto («si ha podido, lo ha hecho»)... Cuando la primera cláusula se expresa en presente («si puede...»), la segunda cuenta con la posibilidad de tomar tanto la forma del presente («... lo hace») como la del futuro («... lo hará»).

 POSIBILIDAD IMPROBABLE: «Si pudiese, lo haría». El hablante apunta que es probable que no se cumpla la condición planteada. Con el mismo ejemplo, y poniendo entre paréntesis lo pensado que subyace en la expresión: «Si pudiese (pero no creo que pueda) lo haría».

 POSIBILIDAD IMPOSIBLE (valga la paradoja): «Si hubiese podido, lo habría hecho». El hablante quiere significar que no hubo manera de que se cumpliese la condición, ni tampoco su consecuencia. «Si hubiese podido (pero no pudo), lo habría hecho (pero no lo hizo)». Tiene importancia esta segunda parte («pero no lo hizo») porque el potencial «habría» se usa con harta frecuencia en los periódicos para significar una «posibilidad posible» —uso que sí admite el idioma francés, donde se evidencia otra lógica a este respecto—, cuando en español el uso de «habría» sólo implica imposibilidad. Pero de eso hablaremos más extensamente en otro apartado (el dedicado a los verbos).

 Las condicionales abiertas se expresan siempre en modo indicativo; mientras que las condicionales improbables y las imposibles precisan del subjuntivo tanto en la prótasis (la cláusula subordinada, «si hubiera») como en la apódosis (la cláusula principal, «habría»).

A veces querremos expresar en primer lugar la cláusula principal (también por un factor psicológico, según la importancia que demos a cada una de las dos cláusulas), pero eso no debe hacer que perdamos el sentido de la concordancia. Por ejemplo: «Habría saludado a Juan si él hubiera venido». La cláusula principal pasa a encabezar la frase, pero sigue siendo la principal. Para no equivocarnos, intentemos siempre reducirlo todo al tiempo simple, mentalmente: si tenemos la idea (confusa en su sintaxis) «hubiera saludado a Juan si él hubiera venido» y deseamos averiguar con certeza cuál de los dos verbos debemos sustituir por «habría», cambiemos la expresión de este modo: «Saludaría a Juan si él viniera». Está claro así cuál de los dos hubiera debe terminar en ía.

 Tiempo compuesto: «Hubiera saludado a Juan si él hubiera venido».

Tiempo simple: «Saludaría a Juan si él viniera».

Por tanto: «Habría saludado a Juan si él hubiera venido».

 El latín tardío no diferenciaba entre condicionales improbables e imposibles, ni entre las que apuntaban al pasado o al futuro. Tampoco en todo el periodo medieval existió esa diferencia, como recuerda Ralph Penny. Se trata, pues, de una evolución magnífica en el idioma castellano, y debemos cuidarla para que no se pierda entre las confusiones actuales.

Como se ve, las condicionales requieren una especial consideración debido a que la relación entre las dos cláusulas que las componen es mucho más estrecha que la existente entre la principal y la subordinada en otros tipos de oraciones complejas. Y ahí desempeña un importante papel la correcta concordancia. Y hay que fijarse en ella cada vez que se acuda a esta fórmula.

 Si el coste laboral de la maternidad recae exclusivamente sobre las trabajadoras se habría puesto en marcha uno de los mecanismos más eficaces que se pueda imaginar para disuadirlas: bien de trabajar, bien de tener hijos. (El País, 1 de diciembre de 2000. Editorial).

 En vez de esa mala concordancia (la correlación temporal carece de sentido), y como se puede deducir de todo lo antedicho, el editorialista debió haber escrito:

 Si el coste laboral de la maternidad recayese exclusivamente sobre las trabajadoras se pondría en marcha uno de los mecanismos más eficaces...

 O bien:

 Si el coste laboral de la maternidad hubiera recaído exclusivamente sobre las trabajadoras se habría puesto en marcha uno de los mecanismos más eficaces...

 O mejor aún:

 Si el coste laboral de la maternidad recae exclusivamente sobre las trabajadoras se pondrá en marcha uno de los mecanismos más eficaces...

El condicional del rumor.

 «Habría», «sería». El condicional del rumor. Uno de los peores fallos de lenguaje que puede cometer un periodista se produce con el mal uso del condicional, para hacerlo pasar por una posibilidad o probabilidad informativa. A veces se dan ahí muchos errores a la vez en una sola palabra. Por ejemplo:

 Es más: la directora general habría detectado que tras ciertas filtraciones que la consideraban dimisionaria estaba alguna larga mano con residencia en un despacho monclovita. Ello habría provocado en la joven directora general un fugaz deseo de retirar la dimisión. (Tribuna, 10 de febrero de 1997. Fernando Ónega).

 Según el entorno de Navarro, Grunfeld habría desestimado las ofertas de hasta diez clubes. (As, 1 de agosto de 2007. Sin firma).

 Se trataría de monedas pertenecientes a la época de Poncio Pilato, que, al parecer, habrían pasado inadvertidas hasta ahora por los sucesivos investigadores. (El País, 17 de abril de 1998. Lola Galán).

 De ser ciertas estas imputaciones, reforzarían la hipótesis según la cual los GAL habrían sido una laxa organización criminal. (El País, 12 de mayo de 1996. Javier Pradera).

 Los arqueólogos de Túcume manejan la hipótesis de que la momia hallada hace más de una semana en la pirámide La Muralla habría sido una adolescente de unos quince años. (El Comercio, de Lima, 1 de mayo de 1998).

(Doblemente innecesarios estos tres últimos «habrían», puesto que ya se está hablando de hipótesis y de «al parecer»).

 Los inciertos resultados electorales del 17 de noviembre y las numerosas acusaciones de fraude que habrían propiciado Milosevic y los comunistas son la cobertura de una indignación creciente. (ABC, 9 de diciembre de 1996. Editorial).

 José María Aznar negó ayer en Roma que su política respecto a Cuba esté dictada por EE UU o responda a la devolución de un favor al exilio cubano por la ayuda financiera que éste le habría prestado en su última campaña. (El País, 17 de noviembre de 1996. José Miguel Larraya).

 López Arriortúa se habría llevado documentos estratégicamente relevantes sobre avances tecnológicos e industriales de General Motors. (El País, 16 de diciembre de 1996. Editorial).

 Pero Amedo fue más lejos. Puso al juez sobre la pista de unos empresarios que habrían donado ese dinero. (El País, 23 de marzo de 1996. Francisco Mercado).

 Lo que se está diciendo con esas frases difiere mucho de lo que se quiso decir. Porque realmente se asegura que Amedo habla de unos empresarios que se plantearon donar un dinero pero finalmente no lo hicieron: «Habrían donado ese dinero»... si hubiesen podido. Es decir, implica la seguridad de que no ocurrió así. Y lo que se quiere decir consiste en que tal vez unos empresarios donaron dinero. Por tanto, una probabilidad. En otro de los ejemplos se cae en el absurdo, porque plantea que Aznar agradece un favor que en realidad no se le hizo. «Ayuda que le habrían prestado».

Otros casos:

Hallan el poema épico más antiguo del mundo. Habría inspirado la leyenda de Noé. (El Comercio, de Lima, 17 de noviembre de 1998. Título y antetítulo de primera página).

 La justicia federal ya comenzó a investigar si algún funcionario público u organismo oficial es el autor del rastreo de llamados y la intervención ilegal que se habrían hecho sobre los teléfonos del fiscal Carlos Stornelli. (Clarín, de Buenos Aires, 17 de noviembre de 1998. Gerardo Young).

 Marco Polo habría descubierto América antes que Colón. (Clarín, de Buenos Aires, 10 de agosto de 2007).

 La pareja habría discutido por la supuesta infidelidad de Tiger con alguna de estas mujeres. (El País, 6 de diciembre de 2009. Yolanda Monge).

 El PP, en algunas de sus organizaciones territoriales, habría pagado al menos 12 millones de euros en dinero negro por sus actos electorales. (El País, 4 de abril de 2010. José M. Romero, José A. Hernández).

Michael Jackson habría pagado millones para silenciar el abuso a 24 niños. (Abc, 1 de julio de 2013. Titular).

El Movimiento al Socialismo (MAS), la formación liderada por el presidente boliviano, Evo Morales, se habría hecho con la victoria [...]. La oposición derechista habría conseguido mantener el control en los distritos de Santa Cruz, Beni y Tarija [...]. Aunque habrían conseguido peores resultados en los comicios municipales [...]. Los candidatos del MAS sólo habrían conseguido la victoria en tres de las cuatro ciudades más pobladas. (El País, 5 de abril de 2010. Reuters).

Según el comisario, la policía inglesa habría establecido un filtro semejante en la escala de varios vuelos procedentes de Inglaterra en Dubai, donde un número mayor de hoolingans [...] habrían sido retenidos y enviados de vuelta a Inglaterra. (El Mundo, 13 de junio de 2010. David Gistau).

 Las primeras hipótesis apuntan a una sobredosis de medicamentos que el actor habría estado tomando por prescripción médica. (El País, 15 de julio de 2012. Carolina García).

 El autor de los disparos se habría dado a la fuga. [...] El presunto asesino habría huido a pie del edificio. (El Nacional, de la República Dominicana, 3 de junio de 2010. Agencia Efe).

 El deportista mejor pagado del mundo podría tener que abandonar a causa del Parkinson. (El Mundo, 5 de enero de 2013. Subtítulo en la sección Deportes).

 A veces estos errores emergen con toda la contradicción de sus palabras vecinas, como cuando se dice: «Según fuentes seguras, el ministro habría llegado a presentar su dimisión». Primero se dan garantías sobre las fuentes y luego se desconfía de ellas. En otras ocasiones, alguien asegura algo... pero no tanto:

 La denuncia de Stornelli se apoyó en un artículo del diario La Nación, donde se aseguró que algunos funcionarios públicos habrían tenido acceso a un estudio del sistema Excalibur —un procesador de datos de alto poder— que habrían puesto a trabajar para que analice [analizase] los llamados salientes y entrantes de la casa de Stornelli. (Clarín, de Buenos Aires, 17 de noviembre de 1998. Gerardo Young).

El siguiente titular establece como cierto lo que luego condiciona el subtítulo:

Trágico final para McRae (título). El piloto escocés habría muerto en un accidente de helicóptero a 600 metros de su casa / También habría fallecido su hijo de cinco años. (El Mundo, 16 de septiembre de 2007).

El titular da por cierto que McRae ha sufrido un trágico final. Pero eso luego no parece tan seguro, a tenor de los subtítulos.

Para hacernos mejor idea de estos errores, tomemos esta frase: «Me habría gustado ir». No queremos decir en ella que es probable que nos gustara ir, sino que no fuimos.

El error se repite muchas veces también en el tiempo simple: «El Ministerio de Agricultura estaría estudiando, según fuentes seguras, una nueva política ganadera».

 ... Este segundo grupo también estaría guiado por los temibles interahamwes. (El País, 25 de noviembre de 1996. Ramón Lobo).

 En 2 o 3 años, Argentina volvería a ser importadora de petróleo. (Clarín, de Buenos Aires, 27 de agosto de 2006. Titular a cuatro columnas).

 Determinados sectores estarían presionando para la designación del obispo de Palencia. (El País, 24 de agosto de 1995. Aitor Guenaga).

 San Gil hizo público el pasado 18 de abril que padecía un carcinoma, del que ahora estaría restablecida. (El País, 2 de agosto de 2007. Aitor Guenaga).

A menudo, el uso de este verbo —y de otras expresiones que pueden sustituirlo, como «al parecer», «tal vez», «probablemente», «posiblemente»...— no hace sino demostrar ante el lector que el periodista no está seguro de lo que dice, que traslada un rumor y no una información comprobada. Lo cual resta crédito al redactor y al periódico.

La Real Academia Española censuraba esta expresión desde el punto de vista gramatical; y también lo hizo su director Fernando Lázaro Carreter (El dardo en la palabra). La nueva gramática académica parece más tolerante al respecto; pero en cualquier caso, insistimos, se debe rechazar la expresión desde un punto de vista profesional, pues encubre el uso de un rumor —tal vez un bulo—, de algo no comprobado.

¿Cómo resolver estos problemas? Muy sencillo: si algo nos parece a nosotros de una determinada manera, traslademos la información que nos hace interpretarlo así, y no la interpretación misma. Si un subsecretario nos cuenta que tiene indicios de que el ministro prepara una nueva política, no demos un paso más allá: «El ministerio estaría preparando...». Quedémonos en lo que sabemos: «Fuentes de Agricultura sospechan que el ministro está preparando...». Así trasladaremos información veraz y no suposiciones. Nunca hay que ir más allá de lo que se sabe con certeza.

En el caso del ejemplo anterior referido a los titulares de El Mundo sobre el piloto de coches Colin McRae —se estrelló su helicóptero, pero no se había comprobado aún la identidad de los cuerpos carbonizados—, la solución estaba en la fórmula empleada por El País:

Temor por la vida de McRae al estrellarse su helicóptero (titular). El agente del excampeón del mundo asegura que éste iba a los mandos del aparato. (El País, 16 de septiembre de 2007).

Confusión total. Poco a poco, el mal uso de los verbos lleva hacia una gran confusión a los periodistas, hasta el punto de mezclar el significado de «sería» con el de «habría sido». Cada uno de ellos tiene su misión en el idioma. Vemos un ejemplo en este titular del suplemento Tentaciones, de El País, en 1996:

Especial 20.º aniversario de El País: ¿Cómo sería el Tentaciones de 1976?

Leído así, parece que se refiere a un año futuro. Por eso debió escribirse: «¿Cómo habría sido el Tentaciones de 1976?». Lamentablemente, los usos erróneos de estas dos formulaciones verbales —habría y sería— nos llevan a desatinos como ése, porque algunos periodistas ya no saben qué significa cada tiempo.

Buena prueba de las dudas a que se ven abocados por enredarse con estos tiempos inadecuadamente la ofrece el hecho de que a menudo no se pueden mantener en un desarrollo largo. Y por ello se escribe un «habría» al principio, tal vez alguno más a continuación y finalmente se vuelve a la querencia natural del castellano, porque su genio interno no puede soportar tamaña adulteración continuada:

Según la prensa holandesa, el jugador habría coincidido con Cheryl hace unas semanas cuando disfrutaba de unas vacaciones en Surinam, encuentro que habría sido observado por una amiga de la chica, quien avisó por teléfono al novio de Cheryl. Éste, Benito Revales, que trabajaba como guardia de seguridad en el aeropuerto de Shiphol, en Amsterdam, mantuvo una fuerte discusión al regreso de la joven. (El Mundo, 3 de agosto de 1996. Amadeu Altafaj).

Al principio, el periodista intenta dar como inseguros determinados hechos. Pero enseguida utiliza verbos que cambian el tono de la información. El futbolista al que se refiere (Clarence Seedorf) «habría» coincidido con una mujer y «habría» sido observado por otra persona, y ésta «avisó» enseguida de lo ocurrido, por lo cual lo que se cuenta pasa de probable a cierto sin miramiento alguno. Si al menos se hubiera escrito que la amiga cotilla «dio esa versión», o «contó los supuestos hechos»...

La confusión que acaba generando el mal uso de los potenciales la vemos en el siguiente ejemplo, donde un periodista huye del «habría» seguramente por no dar a entender una duda. Cuando debió emplearlo sin complejos:

 ... Puede observarse que sólo un 61,5% de quienes afirman haber votado a esta formación en marzo de 1996 lo *harían [lo habrían hecho] de nuevo a esta formación si se hubiesen celebrado elecciones en el mes de octubre pasado. Un 1,4% cambiaría su voto al PP y un 8,9% asegura que lo cambiarían a favor del PSOE. (El País, 6 de enero de 1997. Javier Casqueiro).

El grupo «lo harían de nuevo si se hubiesen celebrado elecciones en octubre pasado» carece de concordancia. La lógica dictaba «lo habrían hecho de nuevo si se hubiesen celebrado elecciones en octubre pasado». Porque «lo harían» nos remite a una eventualidad futura, no a una posibilidad incumplida en el pasado. Y lo mismo en las últimas oraciones, donde se debió escribir: «Un 1,4 % habría cambiado su voto al PP y un 8,9 % asegura que lo habría cambiado a favor del PSOE».

Los periodistas terminan como víctimas, pues, del propio dialecto que ha ido imponiendo la profesión en su conjunto (afortunadamente, aún se puede arreglar).

***

«Si hubiera», «habría». Entramos ahora en las concordancias entre verbos. Y vemos las diferencias: si hubiera, hubiera; si hubiera, hubiese; si hubiera, habría. O con palabras de por medio: «Si hubiera venido, hubiera hablado con él»; «si hubiera venido, hubiese hablado con él»; «si hubiera venido, habría hablado con él». ¿Qué fórmula es mejor? La Academia da por buenas las tres. La estilística nos debe recomendar solamente la última.

La primera fórmula (hubiera-hubiera) provoca por fuerza una reiteración, pues nos obliga a escribir dos palabras iguales en un corto margen:

Otra cosa hubiera sido que Marcelino García hubiera afrontado la etapa de hoy con el jersey de líder... (El País, 26 de mayo de 1996. Eduardo Rodrigálvarez).

 Por eso los que acuden a esta concordancia suelen variar el segundo verbo auxiliar subjuntivo:

Que Cristo hubiese resucitado para volver a predicar y a hacer parábolas hubiera sido imperdonable. (El País, 19 de julio de 1996. Eduardo Haro Tecglen).

 Pero este segundo binomio no tiene tampoco la eficacia de la fórmula hubiera-habría. Si dedicamos la misma forma para la primera parte de la oración que para la segunda (incluso combinando hubiera o hubiese), no estamos distinguiendo morfológicamente entre una y otra. Y perderemos eficacia y claridad.

Porque el primer hubiera y el segundo cumplen misiones sintácticas distintas, y han de estar preparados con su formulación correcta para cada una de ellas. El primer verbo nos expone la posibilidad de un hecho que pudo haberse producido, y el segundo da paso a explicar las consecuencias que se pudieron haber derivado de él y que —atención— no se derivaron. Porque podríamos haber terminado la frase así: «Si hubiera venido, estaría en esta comarca» (es decir, no sé con seguridad si está en esta comarca o no y, por tanto, tampoco sé si ha venido).

Esa lógica en las terminaciones ra-ría (y no ra-se) se aprecia con claridad en el tiempo simple: si estuviera, estaría. En el castellano actual no cabe «si estuviera, estuviese». O dicho con más palabras en el ejemplo: «Si estuviera aquí, estuviese hablando con él»; habrá de escribirse: «Si estuviera aquí, estaría hablando con él». Por tanto, y analógicamente, si hubiera, habría. Si hubiera estado aquí, habría hablado con él (repetimos: se trata en este último caso de una cuestión de estilo).

Veamos más ejemplos (pero ya con errores gramaticales):

 Aunque fuera en el infierno, siempre es mejor que la nada. (El País, 19 de julio de 1996. Eduardo Haro Tecglen).

 (Las posibilidades correctas eran dos: «Aunque fuera en el infierno, siempre sería mejor que la nada»; y «aunque sea en el infierno, siempre es mejor que la nada»).

 Esta petición aumentaría si, como solicita en su escrito, se incorporan al sumario los documentos sobre la trama. (El País, 22 de mayo de 1996. Editorial).

 (Las fórmulas correctas eran: «Esta petición aumentaría si se incorporasen al sumario…», o «esta petición aumentará si se incorporan al sumario…»).

 El Estado pujaría por La condesa de Chinchón si sale al mercado. (El País 13 de abril de 1996. Titular de la sección Cultura).

 (Lo correcto habría sido «el Estado pujaría por La condesa de Chinchón si saliese al mercado», o bien «el Estado pujará por La condesa de Chinchón si sale al mercado»).

Más ejemplos:

 Harían bien el PP y el PSOE si en los días que quedan de campaña se dedican [se dedicasen] a exponer más claramente sus propuestas. (El País, 27 de febrero de 1996. Editorial).

 Tyson, que ya pasó tres años en la cárcel por un delito de violación, podría volver a prisión si se demuestra [si se demostrase] su culpabilidad. (El Mundo, 18 de abril de 1996. Efe).

 Lo sustancial es que el juez opina que algunas de las diligencias previstas podrían abocar a éste al fracaso si el exjefe de Intxaurrondo permanece [permaneciese] en libertad. (El País, 8 de agosto de 1996. Editorial).

 Otros magistrados estiman que el proceso se cerraría en falso si las acusaciones del exsocialista vasco quedan [quedasen] en el aire. (Abc, 26 de agosto de 1996. Primera página de tipografía).

 Este cuadro, que a muchos nos parecerá [parecería] familiar si no fuera por la violencia y el encono político desbordados, fue sustancialmente empeorado por la dictadura militar. (El Nacional, de Caracas, 1 de febrero de 1998).

 Si el Guagua Pichincha llega [llegase] a erupcionar, los cultivos de las zonas aledañas se verían afectados. (Hoy, de Quito, 5 de octubre de 1999).

 Preguntado si Clinton detendría los bombardeos en Vieques si no logra [lograse] convencer a este Congreso de que devuelva las tierras... (El Nuevo Día, de Puerto Rico, 12 de noviembre de 2000. Leonor Mulero).

 Para que esta previsión se cumpla, convendría que se den [se dieran] desde el Ejecutivo algunas orientaciones. (Presencia, de Bolivia, 18 de julio de 2000).

 El Promesas firmaría la permanencia si gana [si ganase] hoy. (Diario de Navarra, 19 de abril de 2008. Subtítulo en las páginas de Deportes).


jueves, 23 de enero de 2025

Missio Causaria y Missio Honesta

 

Los retiros en las legiones romanas se clasificaban en missio causaria (retiro por razones de salud) y missio honesta (retiro honorable). Aquellos que sufrían heridas graves durante el servicio podían retirarse antes de tiempo, mientras que los que completaban su servicio recibían un retiro honorable. Estos retiros no solo garantizaban la seguridad de los veteranos, sino que también mantenían la moral alta dentro de las legiones, sabiendo que su dedicación sería recompensada.

El ærarium militare era la tesorería militar de la Roma imperial, creada en el año 6 d. C. por Augusto, el primer emperador, como «una renta fija y perpetua» para financiar las pensiones de los veteranos del ejército romano imperial (praemia militiae), desaparecería probablemente durante el segundo o tercer cuarto del siglo III.

sábado, 18 de enero de 2025

Perfiles de la nueva barbarie

 


Perfiles de la nueva barbarie
Proyecciones de la literatura romántica sobre la política liberal

Vengo dedicando, hace tiempo, mi atención y mi curiosidad al estudio de cuanto debe el repertorio vulgar de las ideas políticas liberales, del que, hasta hace poco, se ha venido nutriendo el hombre medio, a la abusiva generalización de los tópicos, los desplantes y las excentricidades de la literatura individualista y romántica del siglo XIX…

Y me viene pasando como a aquel infante del viejo romance que «andando de tierra en tierra–hallose do no pensaba». Porque, hallándome voy, lector, casi en las riberas, de una gran ley general, las peripecias de cuyo hallazgo son ya, en mi espíritu, tentación y promesa de libro futuro. Me he encontrado con el hallazgo gozoso de que tirando de cualquier hilo de los que forman la vasta trama del ideario liberalesco de principio de siglo, se acaba por encontrar algún tópico romántico, del siglo anterior, al que, como cable o boya, dicho hilo está amarrado. Hemos creído durante estos últimos años en la libertad individual, en el progreso indefinido, en la irresponsabilidad de las ideas y en mil cosas más, a causa de tal o cual frase ingeniosa que dijo años antes un poeta o un novelista, con pura intención individualista de señalarse y asombrar un poco: o sea con intención, totalmente antípoda, a todo propósito político, o de dirección colectiva. Mis hallazgos son múltiples y divertidos. Siento ya en mí la tentación pedante de revestirlos de letra bastardilla –que es como la voz ahuecada y solemne de la tipografía– y compendiarlos en una ley: La mitad de la política del primer cuarto del siglo XX se ha elaborado con proyecciones de la literatura del siglo anterior.

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Resumiré, antes de entrar en el tema propio y concreto de estas líneas, algunos de los hallazgos, ya dados por mí a la publicidad en otros trabajos anteriores.

El primero es el que se puede cifrar en estas palabras: la mitad de nuestra política y de nuestra sociología ha venido viviendo de una generalización abusiva y tardía, de los trucos que el individualismo del siglo pasado inventó «pour épater les bourgeois»… La esencia de estos trucos consistía invariablemente en invertir totalmente los valores de la moral y de la vida. La novela, la comedia o la poesía se construía con un premeditado propósito de que las cosas fueran en ellas lo contrario de lo que debían ser. Era indudablemente un modo simplista y directo de asegurarse la originalidad. Con que la prostituta fuera inmaculada de alma, y el canalla sublime de fondo, y el mar amarillo y el cielo violeta, se tenía indudablemente ganado mucho para conseguir el asombro del lector. He aquí el precedente literario. No hay más que violentarlo con una elástica generalización y ya tenemos hecha una política: la política, romántica y liberal, que construye sus leyes un poco al modo de las comedias y las novelas del siglo XIX; la política que legisla sobre la base de que las pecadoras son inmaculadas y los canallas son sublimes; la política que convierte en cuerpo central de la ley lo que sólo debe ser el apéndice misericordioso para el error o la excepción. Las tres cuartas partes de la legislación liberal están inspiradas en la obsesión de asegurar sus fueros y garantías al error o al pecado. Se ve que al legislador, como al comediógrafo o al novelista, el pecador le es irresistiblemente simpático, y sin poderlo remediar, hace de él el protagonista de su ley, como el otro de su novela o su comedia.

Todo esto podría profundizarse un poco y sistematizarse, llegando a puntualizar las dos columnas de frágil cristal de literatura sobre que se apoya la mitad de la política liberal. De una parte, la columna de la simpatía invencible para la mujer caída (la «Dama de las Camelias»), para el judío (literatura del «Affaire Dreyfus»), para el bandido generoso (romanticismo popular andaluz), para el pícaro aventurero (Crispín) y, al fin, ahora, rezagadamente, para el pistolero sublime (pero ¡«todavía», señor Oliver!). Y de otra parte, como contrapartida, la columna del recelo invencible contra la señora austera («Doña Perfecta») o la dama caritativa («Los malhechores del bien») o el simple abogado (el doctor de «Los intereses creados») o el simple agente, de la autoridad (el eterno «guindilla» ridículo, de nuestro género chico). Media política se construyó sobre generalizaciones de estos tipos escogidos por la literatura, precisamente a causa de sus caracteres excepcionales, para producir la risa o el asombro. Media política se basó en una literatura cómica, romántica o psicológica que era, por esencia, colección de piezas raras para un museo de pasiones secretas o de tipos extraños.

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Mi segundo hallazgo sorprendente y divertido puede resumirse así: otra generalización abusiva sobre la que se cimentó también buena parte de nuestra política, ha sido aquella que convertía en verdades generales y normas directivas comunes aquellas pequeñas verdades parciales y ocasionales que los autores lanzaban como simples desahogos íntimos, individuales y líricos. Para el siglo XIX, la verdad artística y literaria, no tenía que ser verdad en sentido filosófico, bastaba que fuera verdad parcial y pasajera del poeta o del autor. No se trataba, en arte, de decir verdades, sino de exhibir estados de alma y de conciencia. La antología romántica no es una antología de principios o ideas, sino la antología de los desahogos, malhumores, indigestiones o alegrías personales y momentáneas de unos cuantos seres privilegiados. Hasta aquí no hay peligro. Nada es peligroso mientras no se saca de quicio y no se le pretende dar uso distinto del suyo propio. El ácido nítrico no es peligroso mientras no se pretende usar indebidamente como aperitivo. Tampoco son peligrosos los gritos monárquicos de Baudelaire o los chistes irreverentes de Anatole France mientras no se les pretende usar, con indebida generalización, como principios políticos, sacándolos del plano íntimo e individual en que nacieron.

Pero esta tentación generalizadora, llega inevitablemente. La frase brillante y famosa, la paradoja emitida por el poeta o el ensayista en tal momento y ocasión determinada, es lo que se queda con más facilidad grabado en la memoria del lector, precisamente por el atractivo de su vistoso contraste con las ideas, principios y usos generales. Así, poco a poco, conservada en la memoria la frase o la paradoja, y olvidado el resto, del pasaje en donde galleaba o lucía, la paradoja o la frase, se despersonaliza, se abstrae de las circunstancias de tiempo y ocasión en que fue dicha y llega a convertirse en máxima colectiva y general. La mitad del ideario del hombre medio se ha formado así, por ese proceso de abstracción y generalización. De este modo, por ejemplo, fueron elevados a la categoría de máximas filosóficas y de normas de buen sentido, muchas de las sentencias que D. Ramón de Campoamor introduce en sus obras, y que no son más que arabescos de ingenio con los que un hombre bueno y tranquilo –que le llevaba la silla a su señora los domingos cuando iban a misa– se entretenía en asombrar un poco. Nuestros padres se ahorraban, en muchas ocasiones, el trabajo de pensar y discurrir por cuenta propia, saliendo del paso con un dístico campoamoriano, que, por la mielecilla de la rima, se les había pegado, desde la juventud, a la memoria. Llegado el caso, nuestros padres levantaban solemnemente la voz, y como final de tal discusión fallaban:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

O bien:

Cada quisque celebra, y es muy justo
lo que es más de su gusto.

Y se quedaban tan tranquilos, sin comprender que habían dicho dos solemnes enormidades y habían promulgado todo un escepticismo y un relativismo filosófico y estético. Es curioso pensar en los muchos varones píos, austeros y creyentes que han repetido mil veces, como si fueran versículos del Evangelio, esas frases, sin que el frívolo sonsonete de la rima les permitiese darse cuenta de que, por convertir en filosofía las humoradas de un poeta, estaban afirmando cosas que no creían y que, en prosa, jamás se atreverían a firmar. Sin embargo, por esta trayectoria que va de la humorada de un poeta a la generalización mecánica en la mente del vulgo y de aquí a la formación de una conciencia colectiva, es por donde se llegó a la instauración de toda una política, organizada sobre la base de que «nada es verdad ni mentira», y de que es justo que cada uno celebre lo que le dé la gana.

Dos casos típicos de esta segunda clase de generalizaciones abusivas son los casos característicos de Benavente o Unamuno. A Benavente, el día del estreno de «La Ciudad alegre y confiada», lo llevaron en hombros hasta su casa los grupos mauristas y el día del estreno de «Pepa Doncel», en plena Dictadura, los grupos liberales hicieron lo mismo. Y él, que está dispuesto a decir en cada momento su pequeña y parcial verdad de aquel minuto, él que está dispuesto a contradecirse cuantas veces haga falta para el efecto artístico de una obra, se reiría olímpicamente al ver con qué cándida docilidad iban, unos tras otros, doblando la cerviz bajo sus piernas, todos los sectores ideológicos de España. Castigo de dar enfáticas dimensiones políticas a los arabescos de un ingenio burlón.

Pues ¿y Unamuno?… Unamuno es un lírico, un solitario que exhibe, en sus sonetos angulosos o en sus broncos ensayos, su alma torturada de dudas e inquietudes. Sus obras tienen por ello innegables bellezas literarias; pero lo que no tienen precisamente es lo que en ellas se ha querido poner, un propósito directivo y formador. No cabe mayor absurdo que esta generalización y nacionalización de los gritos y suspiros del hombre más rabiosamente individualista y antisocial de nuestra patria. Al gran lírico, al gran desorientado, al gran perplejo, se le ha querido hacer guía y lazarillo de España, director de una generación. Se quiso que nos indicase el camino a todos, el que no ha encontrado su propio camino. Se quiso que todos fuéramos a interrogar, a quien tiene en perpetua interrogación el alma…

No se ha estudiado bien todavía los hondos e insospechados efectos de estas proyecciones de la literatura sobre la política. Nos quedaremos un poco asustados el día en que siguiendo la trayectoria de una frase literaria, nos demos cuenta de sus efectos últimos. Ese Dios bonachón y misericordioso, que empezó siendo el Dios de Don Juan Tenorio, en la última escena del famoso drama de Zorrilla, pasó luego a ser el Dios castelarino del Calvario, absurdamente opuesto al Dios del Sinaí, y acabó por ser el Dios convencional de todos los ingenuos liberales españoles. Así se intentó organizar la política y la sociedad como si efectivamente estuviese regida por un Dios de ancha manga, algo chocho y desmemoriado, olvidado ya de los preceptos rigurosos del bien y del mal.

Pero yo quería hoy ocuparme brevemente de otra generalización literaria, proyectada sobre la política, y causante de mil estragos en ella. Me refiero a la proyección que políticamente ha tenido esa involucración romántica, muy siglo pasado, que exalta la inspiración y menosprecia la técnica.

El poeta romántico se supone, por esencia, un ser inspirado y esto parece que le autoriza a cruzar la vida, como un meteoro, fuera de todas las órbitas retóricas o sociales. Se sitúa por encima del bien y del mal, de lo bello y de lo feo. Y este es el tipo genérico de poeta, que posee la mente de nuestra burguesía media, en su raquítico fichero de tipos y cosas. Al decir de una persona: ¡es un poeta!, quiere decir que es un exaltado, un bohemio, un desordenado. El concepto del poeta sigue siendo, para el vulgo, concretamente el del poeta romántico. Que no tiene nada que ver con el tipo del poeta del Renacimiento, con su equilibrio, con su cultura, con sus ideales precisos, con su «falta absoluta –dijo Valery– de profetismo y patetismo». En la corte de Alfonso V de Aragón, calificaba así Güero de Ribera, enumerando las prendas del galán perfecto:

Capelo, galoche y guantes
el galán ha de traer,
bien cantar y componer
en coplas de consonantes…

¡Qué dirían los inclasificables y semidivinos vates del XIX, si vieran así enumera a su Arte, como una gala o adorno más, al lado de los guantes y del capelo!

Pero ocurre que, en toda sociedad, el tipo del poeta y del artista es el que manda en cierto sentido y el que impone la meta a que han de aspirar todos los ejemplares humanos. La moda literaria del poeta romántico genial, inspirado e irresponsable, influyó un poco en todos los campos: hubo el médico romántico, con poca ciencia pero milagroso e inspirado ojo clínico; y el abogado, despreciador de las leyes, pero con gran sentido jurídico, y hasta el financiero sin números, que acertaba por inspiración súbita. Y hubo también la política de la inspiración, de la improvisación genial, por encima de toda técnica laboriosa. Se hizo un culto de la más inferior de las facultades humanas. «Fulano tiene sensibilidad de poeta», se decía; o de abogado, o de político. ¡Sensibilidad!… ¡Poca cosa esta facultad indecisa que tiembla como una última fogata de la razón, ya casi apagada, en las fronteras de la animalidad!

Y así, bajo esta superstición de la sensibilidad, medraron todas las cosas mediocres y semirracionales: la improvisación oratoria, el parlamentarismo patético, la propaganda emocional. La política ha padecido, tras la literatura, de excesos de genios y de falta de técnicos.

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Esta proyección de la literatura en la política empieza por manifestarse en el modo de hacer la política. Es ella la que engendra en gran parte el favor de todo ese frágil y brillante instrumental político que es el parlamentarismo, la oratoria improvisada, el mitin efectista. ¿Qué es todo esto sino el abandono de la cosa pública a la inspiración sobre la técnica, abandono motivado por las pedantes e interesadas adulaciones que los literatos prodigaron a aquélla sobre ésta, para lucir así más y trabajar menos?

Así se pudo llegar a formar en el vulgo el criterio deformado que revela la siguiente anécdota, narrada por Saldaña: Viviani, que era con Gambetta y Javirés el primer orador de la tercera República, solía preparar sus discursos, repitiéndolos previamente hasta por los pasillos de la Cámara. Un día fue sorprendido por un grupo de amigos en esta operación. ¡Cómo! –le dijeron–; pero, ¿usted prepara sus discursos?… Para aquellos hombres fue una sorpresa y casi una decepción el hallazgo inaudito de que Viviani hacía preceder el pensamiento a la palabra, y meditaba antes lo que iba a decir. Envenenados de literatura romántica, juzgaban que aquello era poco genial. Ellos hubieran querido que Viviani hablase sin preparación. La técnica, el estudio, la documentación, eran, para ellos, actividades inferiores, propias de la mediocridad. Pero en el Parlamento –donde precisamente se habían de decidir las grandes cuestiones públicas– había de procederse por chispazos, por improvisaciones, por genialidades. Quitar el riesgo y el azar de la improvisación en el juego parlamentario, es trampa, como embolar los toros en la plaza o poner la red bajo el trapecio del circo… Esto es lo que acabó pensando una generación que empezó por exigir que el poeta escribiese en pleno arrebato irracional, sin consultar nunca un diccionario, una preceptiva o un modelo clásico.

Pero no sólo influyó esta sugestión literaria que voy estudiando en el modo de hacer la política, sino, más hondamente, en la entraña de la política misma. Si la literatura tuvo buena parte en el favor de esa forma política de improvisaciones y brillanteces que es el parlamentarismo, también tuvo su parte indudable en el favor, más hondo, de la democracia, que es, al fin y al cabo, en todos los campos, el imperio de la improvisación. La exaltación literaria de la inspiración sobre la técnica y el estudio, fue una buena base para esperar optimistamente que el panadero o el herrero pudieran tener –¿por qué no?– una inspiración política más certera que el estudioso o el técnico. Sin libros, sin retórica, sin cultura, se podía gozar la inspiración poética; justo era que se pudiera gozar también el voto. Y esto fue la democracia: el imperio de la muchedumbre que se suponía inspirada, sobre los selectos de la técnica, el estudio o la preparación. Política de improvisadores, de suplentes, de esquiroles, sin título profesional. Toda democracia tiene, por eso, balbuceos y sonsonete de teatro de aficionados.

Y no sólo nos suministró la literatura una confianza irracional en las posibilidades naturales de los hombres, sobre toda preparación o técnica, sino que hasta llegó a acentuar absurdamente su preferencia y su mimo hacia los más indocumentados, creyendo que había como una cierta relación inversa entre inspiración y estudio, de tal modo que éste marchitaba la lozanía de aquélla. Hubo así un cierto ruralismo literario, que se tradujo en plebeyismo político. Hubo unos días en que estuvo de moda el poeta montaraz y rústico, que componía sus versos sin más documentación que los campos y el cielo. Esto enterneció a la democracia, y la afianzó en su rosada creencia de que puesto que cualquier pastor puede hacer versos, también puede hacer política. Mentira pura. Jamás un pastor ha acertado del todo con un buen verso, ni jamás muchos pastores reunidos acertaron con un buen gobierno. Todos esos tópicos democráticos de la sabiduría del pueblo o el instinto certero de la masa, no son más que generalizaciones abusivas de ese primer tópico literario del pastor con inspiración y genialidad. Pero repito que todo ello es pura mentira. Cuando algún poeta pastor parece triunfar, resulta siempre, al cabo, que lleva en la zamarra un libro en vez de un queso. Uno hubo –Chamizo– que conmovió a los críticos porque era tinajero, bello oficio bíblico y patriarcal. Pero luego creo que resultó que, además de tinajero era abogado del Estado.

Sólo que la democracia es sencilla y crédula, como el romanticismo. Cree en los milagros de las musas. Una escritora ilustre se enternecía todavía hace poco contándonos la visita que le hizo el poeta-pastor, rudo y genial. Se llenó su escritorio –decía con ingenua ufanía– de recio olor de hato y de majada… Y así, empezando por estas literarias exaltaciones de la peste, se acabó aplebeyando, de este modo, la política.

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Estas son algunas de las proyecciones de la literatura romántica (tomando esta denominación en amplísimo sentido que abarque hasta sus últimas derivaciones), sobre la política liberal.

Afortunadamente, parece que se acentúa una reacción literaria y ello nos hace esperar que, por el mismo rodeo y camino, por el mismo mecanismo de proyecciones y generalizaciones, llegaremos a una reacción política.

Primeramente, los modernos estudios sobre el fenómeno poético (Paul Valery, Henri Bremond) empiezan a esclarecer, limpiándolo de exageraciones enfáticas, el discutido problema de la inspiración y la técnica. Ya no es cierto para nadie aquello que decía Anatole France: «los artistas crean, como las mujeres embarazadas, sin saber cómo. Praxísteles hizo sus Venus, como la madre de Aspasia hizo su Aspasia: de la manera más natural y estúpida». No; ni en poesía, ni en política, ni en ninguna otra cosa, puede hacerse nada que merezca la pena de una manera estúpida y natural. El fenómeno de la inspiración –antes embozado en la niebla de mil palabras excesivas: la Musa, el Genio, la Locura –ha quedado ya filosóficamente comprendido y estudiado, como una forma clarísima de intuición, perfectamente clasificada ya por Santo Tomás que la distingue de la inspiración sobrenatural (Sum. Teol. T. II. q. 68, art. 1 y 2). Esta inspiración humana –dice Jacques Maritain– se buscará en vano en las penumbras del sueño abandonado e inconsciente, porque se encuentra al extremo de la vigilancia y la atención. No supone, por lo tanto, abandono del mecanismo racional y discursivo, sino, al contrario, fina acentuación del mismo. No son los elementos intuitivos –explica Valery– los que dan valor a la obra, sino al contrario la obra –que es trabajo, estudio y técnica– la que da valor al elemento intuitivo, que, sin ella, que le da cuerpo y perfil, sería llamarada estéril y pasajera.

Conocido de este modo el verdadero mecanismo de toda creación (literaria o política) y jerarquizados ya debidamente y sin exageraciones esos valores de inspiración y técnica, justo es que, olvidando las frívolas opiniones de ayer, volvamos a relegar toda improvisación al humilde concepto clásico: «juego de ingenio en el cual el azar, décima musa, reemplaza a las nueve hermanas».

Limpiemos nuestra política, como nuestras letras, de esos juegos de ingenio. El improvisador literario o político deber otra vez ser emparejado, como lo emparejaba Marcial con «el bufón que cambia fósforos por pedazos de vidrio y se traga manojos de víboras». Nada de escamoteos y prestidigitaciones: estudio, rigor, precisión, en todo. En la cuartilla o en la vida hay que lamer otra vez virgilianamente, una y mil veces, nuestra obra «como la osa a sus cachorros».

Un alegre renacimiento clásico tiene que ser el vestíbulo de una nueva política, corregida de planta y de estilo. El romanticismo que endiosa al sentimiento, separa; el clasicismo que endiosa a la idea, une. Porque una efusión puede sentirse de mil modos distintos, pero una idea sólo de un modo puede pensarse. Por eso el romanticismo da frutos de anarquía, y el clasicismo de unidad. Por eso sólo sobre este último puede cimentarse una política con ambiciones de orden y de perduración.

Muchos síntomas, afortunadamente, parecen acusar un renacimiento clásico en las letras, que conforta y abre la esperanza. Volar, sí; pero –como dice Gerardo Diego– bien calculado el peso, el motor y la esencia para no perderse como una nube, a la deriva. Esa es la nueva consigna. Los poetas, a volar, pero dentro de una estrofa. Los filósofos a volar, pero dentro de una fórmula… España, a volar; pero dentro de una disciplina.

¿Será así?… Ya es bastante que, al menos los poetas y los escritores, quieran que así sea. Porque hasta ahora, por encima de todo, nuestra política estuvo, como una niña romántica, enferma de mala literatura.

José Mª Pemán