©Humberto 2026Ayuda vecinal, ley ancestral
Al clarear el día, cuando el sol aún se despereza entre dudas, Elena abrió la puerta del patio y se quedó inmóvil. Allí estaban: cuarenta y siete postes de cerca, alineados con una dignidad casi litúrgica, como si la noche hubiera trabajado en silencio para dejarle un mensaje. El suelo, todavía vencido por la tormenta, era un lodazal triste y espeso.
Y entonces —como una marea que vuelve— le asaltó el recuerdo. Días atrás, con el barro aún fresco y la pena reciente, el contratista había hecho un gesto de cálculo y cansancio, y le soltó la cifra con voz neutra, casi piadosa: nueve mil euros. Nueve mil euros para recomponer la tierra, para levantar una cerca que pusiera orden donde la tormenta había sembrado ruina. Elena había asentido sin discutir, sabiendo que aquella cantidad no le pertenecía.
Volvió al presente al oír pasos. Sus vecinos, leoneses de la montaña, recogían las herramientas con la sobriedad de quien no busca aplauso. Fue el mayor de todos ellos, encorvado por los años pero de mirada firme, quien se acercó despacio. Dijo que había aprendido de su padre, y éste del suyo, una norma que no figura en los papeles: al vecino que saluda cada día, se le ayuda sin preguntar.
Entonces Elena comprendió. Aquella cerca no se había levantado contra el barro, sino contra la soledad. No la habían pagado cifras ni presupuestos, sino los buenos días constantes, la cortesía sin interés, la vecindad vivida como deber. Había construido, sin saberlo, el muro que no podía costear: uno hecho de humanidad callada, más firme que la madera y más duradero que cualquier contrato.
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sábado, 21 de febrero de 2026
Ayuda vecinal, ley ancestral
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