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jueves, 19 de febrero de 2026

La cuesta y el destino


La cuesta y el destino





Recuerda —como si el aire aún trajera aquel olor a mañana incierta— que hace muchas lunas bajaba por la cuesta de Canillas, con una maleta de madera en una mano y quinientas pesetas en el bolsillo. No llevaba más equipaje que la esperanza, ni más patrimonio que una fe juvenil en el porvenir. Y, sin embargo, ¡qué caudal tan inmenso le parecía entonces!

Han pasado ya cuarenta y cuatro años. Cuarenta y cuatro campanadas —como dijera un buen amigo suyo— son muchas para una profesión como aquélla; demasiadas quizá, cuando cada jornada trae su afán y su zozobra, y uno aprende a rumiar, al clarear el día, los sinsabores con que se desayuna al cruzar la puerta del servicio. Catorce trienios son algo así como dos vidas profesionales encadenadas; demasiado tiempo para una sola digestión del alma, demasiadas madrugadas y demasiadas noches para un único corazón.

Y, sin embargo, en el rincón más íntimo de su memoria siguen vivos los rostros de quienes dejó atrás. Grandes guerreros, hombres de temple recio, cuya singularidad no se la dio el uniforme sino la calle; porque es en la calle donde se forjan los espíritus de cuerpo y se cincelan las lealtades que no figuran en ningún reglamento. Eran policías, son policías, y él sólo pide que se les permita seguir siéndolo con la dignidad que conquistaron paso a paso, esquina a esquina.

Aún recuerda su primer día. Iba a vivir su primera y, sin saberlo, la más grande de sus aventuras. No había épica en los papeles ni música en los despachos; la épica estaba en el deber callado, en la mirada cómplice del compañero, en el silencio que precede a la decisión justa.

Y si alguna vez el camino pareció conducir al infierno, fue sólo porque toda vocación verdadera exige atravesar su propia sombra. Pero incluso en esa senda áspera, el hombre descubre quién es y por qué eligió quedarse.

Así fue aquel comienzo: una cuesta, una maleta humilde, quinientas pesetas… y un destino.


Adaptación de texto.

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