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viernes, 20 de febrero de 2026

Un asunto turbio

Un asunto turbio




Madrid, en la primavera de 1994, amanecía cada día con una gravedad antigua, como si sus calles, sus fachadas ennegrecidas y sus árboles veteranos hubieran visto pasar demasiadas historias como para sorprenderse ya de ninguna, y Javier Maulén, mientras caminaba bajo los soportales de la calle Alcalá con el abrigo bien cerrado y la mirada distraída, sentía que aquella ciudad lo observaba con la misma paciencia implacable con la que observa a todos los que creen que pueden atravesarla sin dejar rastro.

Aparentaba la seguridad de un hombre instalado en su sitio, con traje caro y modales heredados, aunque bastaba mirarlo con un poco de atención para advertir en sus ojos una fatiga antigua, una sombra que no procedía del trabajo ni de la edad, sino de un pasado que se resistía a quedarse quieto.

La vio por primera vez en el Café Comercial, una tarde lluviosa en la que Madrid parecía recogerse en sí misma con cierta melancolía elegante, como una actriz veterana que conoce de memoria su papel. Clara Roche estaba sentada junto a la ventana, fumando con calma, y cuando alzó la vista para mirarlo, Javier tuvo la sensación incómoda de que aquella mujer ya lo estaba esperando.

—Madrid está especialmente triste hoy —dijo ella, sin preámbulos, mientras apagaba el cigarrillo.
—Madrid siempre está triste —respondió Javier—. Lo que pasa es que a veces disimula mejor.

Hablaron de cosas inofensivas, del ruido de la ciudad, de la lluvia, de los cafés que ya no eran lo que habían sido, y sin embargo, bajo aquella conversación trivial, Javier percibía una corriente subterránea que lo mantenía en guardia, como si cada palabra tuviera un doble fondo cuidadosamente calculado.

Mientras Clara hablaba, la memoria lo arrastró a otro tiempo, a otro encuentro en el mismo lugar, cuando todavía creía que la vida se podía ordenar con cierta lógica.

Aquel día, su padre, don Rafael Maulén, le había presentado a un alto cargo del Ministerio del Interior con una cortesía impecable, y después, ya a solas, le había dicho con voz serena:

—Escucha más de lo que hablas, Javier. En este país sobrevive el que sabe cuándo callar.

—¿Y si no estás de acuerdo? —preguntó él entonces.
Don Rafael sonrió con paciencia.
—Eso también se aprende a callarlo.

La relación con Clara avanzó sin declaraciones ni compromisos, como suelen hacerlo las historias que se sostienen sobre silencios compartidos, y pronto comenzaron a verse en un piso discreto de Argüelles, con las persianas siempre a medio bajar, no por romanticismo sino por prudencia, porque ambos sabían que la luz directa no favorece a ciertas verdades.

Clara hablaba poco de su marido y aún menos de su pasado, pero de vez en cuando dejaba caer frases que a Javier le resultaban inquietantes.

—La gente cree que el pasado se queda atrás —comentó una noche, sirviendo dos copas—. Pero el pasado tiene muy mala memoria para el olvido.

—A veces no queda más remedio que convivir con él —respondió Javier, midiendo las palabras.
Clara lo miró con una leve sonrisa.
—O pagarle la cuenta.

Aquella frase lo persiguió durante días, mezclándose con el recuerdo de la carretera secundaria que llevaba a Colmenar, del frío de aquella noche y del rostro de Luis Montalvo, iluminado por la luz amarillenta del coche.

—Tu padre no es intocable —le había dicho Luis, con una mezcla de cansancio y obstinación—. Sólo ha tenido suerte.
—No sabes de lo que hablas —respondió Javier.
—Lo sé demasiado bien.

El empujón fue torpe, más fruto del miedo que de la ira, y el silencio posterior, espeso y definitivo, se le quedó grabado como una losa que ya no abandonaría su conciencia.

Desde entonces, la culpa se manifestaba en pequeños detalles, en el insomnio recurrente, en ciertas miradas esquivas, mientras Madrid seguía funcionando con la serenidad distante de una ciudad acostumbrada a sobrevivir a dramas ajenos.

Las llamadas comenzaron poco después, siempre mudas, siempre a deshora, y a ellas se sumó la presencia de un hombre con gabardina gris que parecía conocer sus rutinas, una figura que Javier aprendió a aceptar como parte del decorado urbano, del mismo modo que se aceptan las estatuas o los edificios antiguos.

Su padre lo citó una mañana en el despacho de Serrano, rodeado de madera noble y fotografías de otros tiempos, y fue directo.

—Estás siendo imprudente.
—No he hecho nada —respondió Javier.
Don Rafael lo miró con una paciencia fatigada.
—Eso es lo que más me preocupa.

Recordó entonces los documentos amarillentos que había encontrado años atrás, pruebas silenciosas de cómo su padre había atravesado épocas más duras sacrificando a otros con una calma casi elegante, y comprendió que su apellido no era un refugio, sino una deuda.

La desaparición de Clara no lo sorprendió tanto como hubiera cabido esperar. Al reconstruir los hechos entendió que ella había sido el vínculo entre su presente y aquel pasado mal enterrado, que había amado a Luis antes que a él y que quizá nunca buscó justicia.

Tal vez sólo equilibrio.

Aquella última noche caminó durante horas por las calles, sin rumbo, observando la dignidad silenciosa de una ciudad que seguía hermosa incluso en su indiferencia, y entendió que no existía salida limpia para alguien que había vivido demasiado tiempo entre silencios.

Al amanecer entró en la comisaría.

—Vengo a declarar —dijo al funcionario de guardia.
—¿Sobre qué asunto?
Javier respiró hondo.
—Sobre uno antiguo. Y turbio.

Madrid continuó su rutina con la elegancia distante de siempre, porque la ciudad no castiga ni consuela, simplemente permanece, y los asuntos turbios, tarde o temprano, acaban cerrando su círculo con la puntualidad de lo inevitable.


©Humberto 2026


 

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