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sábado, 29 de agosto de 2026

El hombre que no se resignó a morir


El hombre que no se resignó a morir




La noche del 21 de marzo de 1937, Madrid tenía ese aspecto sucio y cansado de las ciudades que llevan demasiado tiempo en guerra. Desde la Cárcel Modelo apenas llegaba el rumor de la calle, amortiguado por los muros y por una oscuridad que parecía haberse instalado allí para quedarse. Muñoz Grandes llevaba nueve meses encerrado, y nueve meses son mucho tiempo cuando uno sabe que al hombre de la celda de al lado pueden venir a buscarlo de madrugada y que, cuando llegue la mañana, nadie preguntará demasiado. Había aprendido a dormir vestido, a distinguir por el sonido de los pasos quién venía por el pasillo y, sobre todo, a no hacer preguntas. En una cárcel como aquélla la curiosidad podía ser más peligrosa que el miedo. Así que esperaba, sentado en la penumbra, con la espalda contra el muro y las manos quietas, mientras afuera España se desangraba y los nombres de los muertos iban llenando poco a poco la memoria de los vivos.

Quizá fue entonces, en aquellas horas interminables, cuando Marruecos regresó a su memoria. No como un recuerdo ordenado, sino en relámpagos: una loma desnuda bajo un sol que parecía caer a plomo, el polvo pegándose a las botas, una descarga seca al otro lado del barranco, el grito de un hombre y después ese silencio extraño que queda unos segundos después de los disparos. El Rif. Los años en que todavía era posible creer que la guerra tenía fronteras claras y que bastaba con ser más valiente que el enemigo para sobrevivir. En 1924 había destacado durante la retirada de Xauen, cuando las columnas españolas tuvieron que abrirse paso en medio del desastre y la presión de las cabilas. Al año siguiente, en Alhucemas, una bala le atravesó el pecho y estuvo a punto de dejarlo allí, sobre aquella tierra africana que tantos hombres había tragado. Pero Muñoz Grandes rechazó entonces la posibilidad de convertirse en ayudante del rey Alfonso XIII. Podía haber elegido el palacio, el uniforme impecable y una vida más cómoda. Prefirió volver a la harka. Era de esos hombres que, una vez acostumbrados al olor de la pólvora, encontraban difícil respirar lejos de ella.

Y quizá por eso, cuando llegó la hora, los Guardias de Asalto no olvidaron quién había estado al principio de todo. Muñoz Grandes había sido su jefe y uno de los hombres decisivos en la creación y organización de aquel cuerpo destinado a mantener el orden en una España cada vez más ingobernable. Había mandado a aquellos hombres antes de que la política terminara por separar a unos españoles de otros, y muchos conservaron por él un respeto que sobreviviría incluso a la guerra. Después vino Asturias, en octubre de 1934: humo, barricadas, tiros y aquella vieja certeza de que, detrás de cada bandera, siempre hay hombres de carne y hueso que son quienes terminan pagando las cuentas. Luego lo apartaron del mando. Volvió a África, regresó al Rif, ocupó cargos en el Protectorado y ascendió a coronel. Mientras tanto, en Madrid, otros oficiales hablaban en voz baja de la necesidad de salvar España de quienes, según ellos, la estaban destruyendo. Muñoz Grandes escuchó aquellas conversaciones y tomó partido. El 18 de julio llegó con la precisión brutal de las fechas que cambian la vida de un país. Pero la sublevación fracasó en Madrid y, para hombres como él, comenzó entonces otra clase de guerra: una guerra sin frente, sin trincheras y sin posibilidad de saber desde dónde llegaría el siguiente disparo.

El 24 de julio lo detuvieron y lo llevaron a la Cárcel Modelo. Durante nueve meses vio entrar hombres que no volvía a ver salir. A veces llegaban rumores, a veces órdenes, a veces simplemente el ruido de los camiones que se detenían ante la prisión. Eran las famosas «sacas»: grupos de presos llamados por sus nombres, conducidos fuera de la cárcel con cualquier pretexto y cuyo destino, demasiado a menudo, era una tapia y un pelotón de fusilamiento. En aquellos meses, la muerte tenía muchos procedimientos y todos eran bastante sencillos. Muñoz Grandes sabía que su nombre podía aparecer en cualquier lista y que, una vez pronunciado, de poco servirían sus galones, sus antiguos cargos o sus servicios en Marruecos.

Pero había algo que los milicianos no podían borrar tan fácilmente: la memoria de los hombres que él había mandado. Los Guardias de Asalto conservaban por su antiguo jefe un respeto intacto. Algunos intercedieron para que se respetara su vida y pidieron que fuera absuelto, y ese vínculo personal resultó decisivo en aquellos días en que una detención podía terminar convertida, en cuestión de horas, en un linchamiento o en una «saca». Hombres que ahora vestían el uniforme de un bando distinto recordaban todavía al oficial que los había formado, al jefe que había estado con ellos antes de que España se partiera en dos. Y en una guerra civil, donde casi todo puede ser borrado por el odio, aquella memoria podía valer más que cualquier documento.

Tal vez también ayudó el doctor Gómez Ulla, viejo conocido de Marruecos, cirujano de guerra, hombre acostumbrado a trabajar con la muerte sin concederle nunca la última palabra. Gómez Ulla había visto a Muñoz Grandes llegar herido desde el frente y había intervenido aquel cuerpo donde otros sólo veían un cadáver. Ahora había que intervenir otra cosa: su destino. La fuga que se preparó meses después no tuvo nada de cinematográfica. No hubo centinelas degollados ni puertas derribadas ni nada de eso. Hubo algo mucho más eficaz: ayuda, silencios, complicidades y cálculo. La noche del 21 de marzo de 1937, Muñoz Grandes salió de la cárcel, enfermo, en una ambulancia que tenía como destino Valencia. Pero nunca llegó a la ciudad. En algún punto del trayecto, se bajó del vehículo y desapareció.

Durante unas horas dejó de ser coronel, conspirador, antiguo jefe de la Guardia de Asalto o cualquier otra cosa que pudiera costarle la vida. Fue sólo un fugitivo. Un hombre que caminaba deprisa, que miraba antes de cruzar una calle y que sabía que cualquier uniforme podía ser una sentencia. Madrid quedó atrás poco a poco. Después vinieron los caminos, las precauciones, los nombres falsos y el avance hacia el territorio controlado por los sublevados. Quizá entonces comprendió que aquella fuga no era el final de nada, sino el comienzo de otra vida.

El 25 de marzo alcanzó finalmente la zona nacional. Debió de parecerle extraño volver a encontrarse entre soldados, escuchar órdenes, ver uniformes conocidos y sentir otra vez bajo los pies un suelo que ya no pertenecía al enemigo. Quizá alguien le estrechó la mano. Quizá simplemente siguió andando. No hacía falta hablar demasiado. Los hombres que habían pasado por la Modelo sabían que algunas cosas no se cuentan y que otras se llevan encima para siempre. Muñoz Grandes llevaba las dos. Y mientras delante se extendía una guerra que todavía tardaría más de dos años en terminar, detrás quedaban la cárcel, los muertos y aquellos antiguos Guardias de Asalto que, pese a encontrarse en el bando contrario, habían recordado al hombre que los mandó y, con ello, habían contribuido a que siguiera vivo.

Entonces, durante un instante, pudo volver a ser el hombre de Marruecos. El que caminaba hacia el fuego mientras otros lo seguían. El que conocía el olor de la pólvora antes de que empezaran los disparos. El que había aprendido, muchos años atrás, que las guerras cambian de uniforme, de bandera y de nombre, pero que al final siempre terminan pidiendo lo mismo a los hombres: que avancen cuando lo razonable sería quedarse quietos. Aquella fuga no terminaba una historia: allí comenzaría la leyenda del hombre que, con el tiempo, llegaría a ser Capitán general.



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