Giges: belleza, sangre y corona
En Lidia, como en casi todos los reinos donde el oro alcanza para comprar conciencias, los reyes solían tener dos clases de problemas: enemigos al otro lado de las murallas y estupideces al amparo de las mismas. Candaules tenía ambos.Giges era uno de sus hombres de confianza. Soldado, servidor fiel y hombre lo bastante prudente para saber que los asuntos de alcoba de un rey se parecen a las serpientes: lo sensato es no acercarles la mano. Pero Candaules no era un hombre prudente. Amaba a su esposa hasta el punto de haber perdido el juicio y, como si eso no fuera suficiente, tenía la peligrosa costumbre de hablar demasiado.—Es la mujer más hermosa del mundo —le decía a Giges.Giges asentía.—No has visto nada igual.Giges volvía a asentir.—Deberías verla desnuda.Esta vez, Giges no supo qué responder.—No sería apropiado, majestad.Candaules sonrió. Era una de esas sonrisas que anuncian que un hombre está a punto de cometer una estupidez y que, por desgracia, otros tendrán que pagar las consecuencias.Aquella noche, el rey escondió a Giges en la habitación de la reina.—Mírala —le ordenó—. Después me darás la razón.Giges obedeció, porque los reyes tienen esa desagradable costumbre de convertir sus caprichos en órdenes. Se ocultó entre las sombras y esperó. Al poco, la reina entró. Giges apartó la mirada casi de inmediato, pero ya había visto lo suficiente para comprender la fascinación de Candaules. Ante él apareció una belleza serena, de plástica armonía, ajena por completo a la mirada clandestina que la contemplaba desde la oscuridad. No había nada de impúdico en ella. Era la mirada de Giges, y no la reina, la que pertenecía a aquel lugar.Esperó el momento de escapar. Entonces, al abandonar la estancia, la reina levantó los ojos y lo vio. Sus miradas se cruzaron apenas un instante. Fue suficiente. Giges comprendió demasiado tarde que había entrado en un juego cuyas reglas no conocía y del que nadie, probablemente, saldría indemne.A la mañana siguiente, la reina mandó llamarlo. No gritó, no lloró, no pidió ayuda. Aquello fue lo que más miedo le dio.—Anoche estuviste en mi habitación.Giges permaneció en silencio. La reina esperó.—Me viste.Giges bajó la mirada.—Sí.—No por voluntad propia.—No, señora. Fue el rey quien me lo ordenó.La reina guardó silencio y lo observó durante un largo momento, como si estuviera sopesando su vida en una balanza invisible.—Entonces no eres tú quien debe morir.Giges levantó lentamente los ojos.—¿Qué queréis decir?Ella dio un paso hacia él.—Esta noche vas a entrar en su habitación.Giges sintió que se le helaba la sangre.—Señora...—Te acercarás a su lecho mientras duerme.El silencio se hizo más espeso.—¿Y después?La reina sostuvo su mirada.—Después, Giges, ocuparás su lugar.Giges tardó un instante en comprender.—¿Queréis que lo mate?—No —respondió ella, con una calma terrible—. Quiero que dejes de ser su hombre y te conviertas en el rey.Aquella noche, Sardes, la capital del reino de Lidia, parecía contener la respiración. El palacio se extendía bajo la oscuridad como una criatura enorme y silenciosa. Las lámparas de aceite derramaban círculos amarillentos sobre las paredes; más allá de las columnas, los guardias conversaban en voz baja y, de vez en cuando, llegaba hasta los corredores el sonido apagado de alguna risa. Giges oyó una y le pareció un sonido absurdo. ¿Cómo podía alguien reír aquella noche?Llevaba el puñal oculto bajo la túnica. Introdujo los dedos bajo la tela y palpó la empuñadura. Seguía allí. Durante un instante pensó en dar media vuelta. Podía marcharse, abandonar el palacio, cruzar las puertas de Sardes antes del amanecer y cabalgar hasta que la ciudad desapareciera tras él. Podía dejar que otros resolvieran el desastre que Candaules había provocado con su vanidad. Podía fingir que aquella noche no había ocurrido. Entonces recordó el rostro de la reina y sus palabras: O él, o tú.Giges siguió caminando.Llegó ante la puerta de la cámara real y se detuvo. Al otro lado dormía el hombre al que había jurado servir: su rey, su señor, el hombre que podía ordenar su muerte con una sola palabra. Giges apoyó la mano en la puerta, pero no la abrió. Todavía no. Desde el patio llegó el rumor de una fuente. El agua caía con una regularidad casi hipnótica. Después se oyeron pasos. Giges se apartó de la puerta y aguardó. Un guardia apareció al fondo del corredor. La llama de su antorcha avanzó lentamente por las paredes, acercándose, creciendo, hasta iluminar durante un instante el rostro de Giges. El soldado siguió de largo. Giges esperó unos segundos más. Luego abrió.Candaules dormía. Había dejado una lámpara encendida junto al lecho. La llama vacilaba con cada corriente de aire y proyectaba sombras inquietas sobre las paredes. Sobre una mesa descansaban una copa y una espada. Giges miró la espada. Después miró al hombre dormido. Por un momento pensó en despertarlo, decirle la verdad, advertirle. Tal vez todavía hubiera una salida. Pero la idea murió antes de llegar a sus labios. Un rey despierto seguía siendo un rey, y un hombre que había llegado hasta allí para matarlo ya no podía permitirse el lujo de esperar.Desenvainó el puñal. El metal produjo un sonido casi imperceptible. Candaules se movió en sueños y Giges quedó inmóvil. El corazón le golpeaba el pecho con tanta fuerza que temió que su propio cuerpo lo traicionara. Esperó. Candaules volvió a quedarse quieto y la habitación recuperó su silencio. Entonces Giges avanzó.Un paso. Otro.La distancia entre ambos se hizo pequeña, ridículamente pequeña. Ya no había palacio, ni guardias, ni Sardes, ni reino. Solo estaban ellos dos: el hombre que dormía y el hombre que sostenía el puñal.Giges levantó el brazo y, durante un último instante, comprendió algo que ningún oráculo habría podido decirle: aquella hoja no solo iba a atravesar el cuerpo de un hombre; también iba a cortar su propia vida en dos. Después de aquel momento podía perder la vida, podía perder el reino, podía perderlo todo, pero ya nunca podría recuperar al hombre que había sido antes de entrar en aquella habitación.Bajó el puñal.Y Candaules dejó de ser rey.
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