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lunes, 12 de enero de 2026

ÁLGEBRA DEL LENGUAJE. PEMÁN

 


 

 

    ÁLGEBRA DEL LENGUAJE

    (contestación a Julio Rey Pastor), 1954

 

EXCMO. SEÑOR DIRECTOR.
SEÑORES ACADÉMICOS.

Porque la tarea de una Academia de la Lengua está a medio camino entre la pureza de la ciencia y el temblor de la vida, necesita reunir en su seno a los cultivadores de una máxima variedad de disciplinas que recompongan en torno a su mesa de trabajo como una miniatura de la vida toda, de la que la lengua es expresión.

Pero no se crea por ello que esta incorporación del «especialista» signifique su simple utilización para dictaminar sobre los tecnicismos del diccionario, operando sobre la zona más superficial del lenguaje que es el vocabulario, y empleándose en una modesta función de colador o tamiz de exactitudes. Esta idea proviene de esa otra que concibe, con cicatería, al «especialista» como cultivador de una isla de conocimiento tan cerrada y exclusivista que sólo logra mantener la rigidez de su perfil acantilado a costa de la inmensidad oceánica de la ignorancia que la rodea. A ello daban pábulo los mismos especialistas que a menudo se ufanan definiéndose más por lo negativo que por lo positivo, más por lo que ignoraban que por lo que sabían. Yo he conocido poetas que se jactaban de no saber multiplicar. Y he conocido matemáticos que utilizaban, como aquel personaje quinteriano, en sentido despectivo la palabra poesía o la palabra literatura. «¡Eso es poesía!» o «¡Eso es literatura!» era la exclamación de la exactitud desdeñosa que repudiaba la vaguedad.

Ya en 1932, nuestro nuevo compañero D. Julio Rey Pastor, hablando ante la Academia de Ciencias, se lamentaba de ello: «Tenemos—decía—eximios especialistas..., pero carecemos, con muy singulares excepciones, de hombres de cultura general». Si bien, en seguida, se apresuraba a puntualizar este último concepto, explicando que no significa un simple barniz de omni re scibile; un atropellado hojear ese libro imaginario que el burlón de D. Juan Valera llamaba «libro de todas las cosas y otras muchas más»; posición que desemboca inevitablemente en ese atracón de noticias más vomitadas que digeridas, que dan lugar al empleo peyorativo de la palabra «bachiller» o «ubachillera», y acaban en otra manera de paradójico especialista, el peor de todos por su infecunda petulancia, que es el especialismo de las generalidades.

El matemático universal, el científico humanista, que hoy viene a sentarse con nosotros, es la viva realización de esta idea que ya él esbozaba en 1932: el armonioso equilibrio de un especialismo y una cultura general.

No hay especialista de buena cepa que no sienta en algún momento el cansancio de sus propios límites: el gozo y la llamada de un humanismo más integral. Sin que ello sea «dilettantismo» ni dispersión, sino reinstalación de su disciplina especial en la armonía plena del saber. Será un día un insigne otorrino, como el Dr. Tapia, que escapándose de su clínica diaria, se dedica, con visible complacencia, a diagnosticar la sordera de Beethoven, haciendo temblorosa y poética su prosa de clínico al enfrentarse con la magnitud del impalpable cliente; o será nuestro gran arqueólogo y compañero Gómez Moreno, que se deja vencer por la picante tentación de dar gracia de novela—«da novela de España»—a su saber de especialista sobre los orígenes de nuestro pueblo. Así es cómo Rey Pastor tiene en los capítulos de su biografía o en el catálogo de sus obras una soleada periferia no estrictamente matemática; un florido paseo de ronda por otras curiosidades humanas.

Por eso, «aureolada su didáctica de tan excepcional aliento humano»—como decía Puig Adam—, ha sido tan inestimable maestro; tan fecundo creador de obras y eficacias vivas como la Revista Matemática o el Laboratorio Matemático; tan excelente vulgarizador, capaz de herir los problemas más abstrusos con haces de luminosa y humildísima claridad, hasta poder enorgullecerse, en frase de Esteban Tetradas, de «haber demostrado por primera vez la posibilidad de popularizar la quinta esencia de la Matemática superior»; tan curioso, en fin, de toda curiosidad, como lo demuestra en sus discursos y artículos periodísticos, donde ha tocado problemas de toda especie, desde los que casi podríamos llamar de matemática recreativa, como el tan reciente sobre la forma de la tierra en la revista «Origen», pasando por los que abordan cuestiones pedagógicas o administrativas, hasta los que sondean profundamente la historia de la ciencia y se recrean en las figuras de Raimundo Lulio, de Juan de Herrera, de los matemáticos españoles del Siglo de Oro como Sánchez Ciruelo, Martínez Silíceo, Álvaro Tomás; de Copérnico, de Descartes, de Echegaray, de Galdeano; de la contribución de los judíos a la Ciencia; de los matemáticos suizos; estudios todos en que el rigor del técnico se proyecta hacia mil ampliaciones humanas, o hasta se dispara hacia altas trascendencias emocionadas como en aquel libro sobre la Ciencia y la Técnica en el descubrimiento de América, donde, valorando del todo por vez primera la influencia del error en la determinación de la longitud geográfica, casi nos la ofrece como providencial designio que con aquella equivocada cercanía de la distancia física anticipaba una auténtica y futura cercanía del espíritu y del amor.

Aún quiero destacar, aparte, el tenaz esfuerzo de investigación que Rey Pastor ha consagrado, sin apoyo oficial alguno, a la cartografía medieval, en paciente búsqueda de muchos años por las bibliotecas de ambos continentes. Un naufragio, en 1951, estuvo a punto de malograr todo este esfuerzo, si la riojana tenacidad de nuestro nuevo compañero no se hubiera decidido a una reconstrucción de todo lo andado, cuyos frutos nos permitirán apreciar nuevos valores de los famosos «Beatos» y de los portulanos mallorquines. Rey Pastor ha andado mucho por esos mundos. Pero España ha andado siempre con él.

He dejado de intento para el final de este recuento de su catálogo bibliográfico no estrictamente matemático, el rico capítulo que Rey Pastor ha dedicado a la Epistemología o filosofía de la Ciencia; porque es esa parcela de su curiosidad vivísima la que nos lleva ya directamente al discurso que acabamos de escuchar y a través de él a la zona de mi particular vocación donde yo puedo brevísimamente comentarlo.

Rey Pastor se pone resueltamente al lado del insigne profesor de la Sorbona, Painlevé, cuando, escandalizando vulgares beaterías de los profanos, afirma el valor muy relativo que la experiencia ha tenido en la formación de la Ciencia moderna. El fracaso de los postulados científicos aristotélicos nace precisamente de su carácter groseramente empírico y experimental. El éxito de la Ciencia de Galileo y Copérnico nace, en cambio, de que, habiendo transcurrido entre Aristóteles y ellos largos siglos de filosofía escolástica, eran poseedores de unas ideas a priori, anteriores a toda experiencia, que les guiaron en la creación de la Mecánica, cuyos axiomas fueron casi totalmente deducidos por un gran esfuerzo lógico del principio de causalidad, sin que el método experimental jugara más que un papel auxiliar y comprobatorio. Sin una coordinación previa, lógica y sistemática del universo físico—ha dicho Einstein—, los hechos experimentales son caóticos y no alcanzan categoría científica. Cuando el físico, manipulando un aparato—ha añadido Poincaré—certifica que por un determinado conductor pasa una corriente eléctrica, el simple profano cree que está presenciando una pura experiencia. Pero la parte de la experiencia no pasa, estrictamente, en este caso, de afirmar que una aguja se mueve sobre una graduación o una señal luminosa sobre una escala, según el aparato empleado en la comprobación. Un positivista consecuente no podría afirmar nada más. Afirmar que aquello revela que pasa una corriente eléctrica no puede ya hacerse sin poseer una estructura teórica previa, sin entrar en plena inducción especulativa, puesto que la corriente eléctrica es un puro postulado teórico cuya realidad nos es ignorada y está totalmente fuera de nuestro conocimiento experimental.

Si tan importante es, pues, para Rey Pastor este ángulo de visión epistemológico de la Ciencia, hasta el punto de afirmar que el primer aparato que se necesita para penetrar la Física actual es una adecuada conformación del cerebro, hay que empezar a curarse de todo espanto al ver cómo él, al acercar su cerebro poderosamente conformado para la matemática y para la filosofía, o la lingüística, relaciona, con pulso tan seguro, zonas que, a primera vista, pudieran parecer tan dispares como el álgebra y el idioma.

La lengua es un hecho social, una realidad viva. Ya en su más empírico y elemental tratamiento—la Gramática—lleva implícito un enfoque no ajeno a la matemática, porque es un enfoque estadístico. Y no debe extrañarnos porque toda la Sociología recibe hoy un poderoso auxilio matemático de la estadística y el cálculo de probabilidades. «El uso», escribe Rey Pastor, «razón suprema en que se apoyan las autoridades de cada idioma para dictar sus normas, significa mayorías de votos recontados ad sensum». Al afirmar esto no se lleva el hecho lingüístico hacia ninguna abstracción, sino que se acentúa su realismo y se acerca a la realidad física, hoy tantas veces fijada por meras leyes estadísticas. Cuando matemáticamente se calcula que en tal región el promedio de hijos de cada familia es de dos hijos y medio o de dos y tres cuartos, no cabe duda que ninguna mujer ha tenido nunca ese medio hijo ni esos tres cuartos, pero tampoco cabe duda que el crudo realismo de los dividendos de una sociedad de seguros o de los cupos de un sistema de abastos se basa, sin error, en la absoluta realidad subyacente, en esas cifras irreales en sí. Lo mismo en el plano lingüístico. El lenguaje que emplean los personajes de Cervantes, de Benavente, de Palacio Valdés o de Balzac es un lenguaje que no habla exactamente nadie y que, no obstante, es realista, porque tiene la misma realidad estadística que ese medio o esos tres cuartos de hijo que nunca parió ninguna madre y sin valorar los cuales, sin embargo, fracasarían todos los seguros y todos los abastos.

Si, pues, no es desecación del idioma, sino hallazgo de su más cierta realidad, ese primer enfoque matemático y estadístico que ya la Lexicografía y la Gramática suponen, tampoco hay que pensar asustadizamente que lo sea ese intento que Rey Pastor ha aventurado de algebraización del lenguaje.

El nuevo compañero se ha adelantado a prevenir ese recelo. «El lema álgebra del lenguaje», escribe, «es ya despropósito bastante para irritar a oradores, poetas y escritores». He aquí, sin embargo, frente a él, un modesto escritor, orador y poeta que no está irritado.

Esa irritación y recelo que Rey Pastor se adelanta a prevenir son los que podrían resultar de la confusión de técnica y ciencia, que él señala, puesto que, ciertamente, no la Ciencia, pero sí la Técnica, parece que no florece sino a costa de un tanto de deshumanización de la vida. Mientras la cultura fue esencialmente humana parece que había como una pantalla antropomórfica o animista que entorpecía esa directa manipulación de la Naturaleza en que la técnica consiste. El avión no pudo inventarse hasta que el puro problema físico-matemático se sobrepuso a la sugestión de la realidad animal de la forma y vuelo de los pájaros, que pretendieron calcar los inventores de aparatos de volar desde Leonardo de Vinci; como la invención del reloj necesitó robarle la idea del tiempo al individuo, deshumanizarlo, para lograr que la hora de dormir o de comer no fuera la hora subjetiva del sueño o el apetito, sino la cifra que señalara un aparato sin imaginación. El día en que un hombre de la Edad Media se sentó a comer sin ganas porque un recién inventado instrumento así lo señalaba, había empezado el dominio de la máquina y había empezado, como veis, a costa de la espontaneidad de lo humano. Todo esto produce cierto horror antitécnico en el hombre español, tan profundamente subjetivista que no sabe ver ni la naturaleza sino desde su observatorio íntimo, y tiene en su lenguaje matices tan expresivos como el «nos amaneció por el camino» o «des llovió por la carretera», porque hasta los fenómenos y meteoros celestes supone el español que son episodios que sólo ocurren en el área insobornable de su individualidad.

Pero el intento algebraico de Rey Pastor sobre el lenguaje no tiene nada que ver con una desecación técnica de ese grande y caliente tesoro personal y humano. No se trata, como en el caso de la Pleremática de Jens Holt, de clasificar los pleremas o unidades de contenido del lenguaje y los morfemas de género, número, modo, etc., que lo modifican, pretendiendo llegar a una especie de notación matemática del idioma que, automáticamente y sin apelación posible, clasificaría las voces dentro de las categorías gramaticales.

No se trata de esto en Rey Pastor: casi pienso que se trata de todo lo contrario. Rey Pastor se da cuenta de que la Gramática se limita a aplicar al lenguaje la lógica aristotélica, organizando simplemente, según ella, las palabras y oraciones. Pero no hay una sola lógica, sino varias. Hay la lógica aristotélica, toda ella basada sobre el razonamiento apodíctico estrictamente racional; pero hay también la lógica que se ha llamado vital o luliana o hegeliana, que se basa en el argumento de congruencia que afirma de cada cosa aquello que, sin ser a menudo estrictamente demostrable, es congruente con su naturaleza. Esta es la lógica de toda creación humana en movimiento. No la lógica aristotélica propia del ser inmóvil de Parménides, sino la lógica viva propia del fluir dinámico del río de Heráclito. Y es en esta lógica caliente, humana, donde Rey Pastor instala su tratamiento algebraico del lenguaje, sobre todo en su función semántica y creadora, que no trata de formular unas igualdades de tipo aristotélico, sino una amplia correspondencia que él llama «isomorfismo» entre un orden de símbolos y un orbe de significados. Estamos, pues, en plena lógica de congruencia... Y estamos, le añadiría yo a Rey Pastor, en plena lógica española.

El dinamismo psíquico del español tiende a ese tipo de lógica; como lo revela ese tamiz del idioma que cuando dice «es lógico que esto ocurra», «¡es lógico que mañana llueva!», lo dice precisamente de aquellas cosas que no son estricta y racionalmente demostrables, sino congruentes con la naturaleza de la cosa misma. Esa es la lógica que mueve y calienta nuestras hipérboles, nuestros pleonasmos; la lógica subyacente en ese ilogismo (1) esencial a todo producto lingüístico de que hablaba Charles Bally y que se acentúa en nuestro español creador e imaginativo, desde el pleonástico «lo vi con mis ojos», al hiperbólico «cuesta un ojo de la cara», pasando por la antítesis «bonito negocio» para decir que fue malo; ilogismo antiaristotélico que es mecanismo usual de la mente andaluza, que dirá «Fulano viene a pie», para celebrar su hermoso caballo, o «está viudo Zutano», para celebrar su hermosa mujer, y que, pese a las mil explicaciones eruditas que de ello se han dado, yo creo que llamó «flamencos» a los gitanos porque, al atraer éstos la atención por atezados y negros, tomaron, por ilógica y riente antítesis, el nombre de los caballeros flamencos, que, por blancos y rubios, escandalizaban a la morena Bética.


¿Cómo va, pues, a irritarnos a los poetas que Rey Pastor, dentro de un terreno de lógica simbólica, aplique esa ancha relación algebraica de símbolos y significados, si es esta precisamente la lógica de la creación poética? Rey Pastor lo sabe, y por eso el lenguaje poético sale tan bien parado de su estudio; hasta el punto de que bien puedo yo dedicar la última parte del mío a transmitirle la gratitud del gremio.

El poeta, para Rey Pastor, colabora al dinamismo del lenguaje y lo corrige y depura con una continua labor de re-creación. Yo soy lego en el problema del origen del lenguaje. Me tranquiliza de mi ignorancia el oír a autoridad tan cimera como Charles Bally que este es un «problema límite», casi conexo con el problema mismo del origen del mundo. Me consuela pensar que este es de los casos en que, al ascender de lego a especialista, si ambos son honrados, no se hace otra cosa sino, a través de un largo camino de hipótesis insuficientes y de suficientes petulancias, transitar de una humildad primera a una definitiva humildad.

No creo que en ningún caso se pueda avanzar en esto mucho más allá de aquellas palabras de Humboldt que consideran ese fenómeno «por completo inexplicable». No se concibe—explica—la formación del lenguaje como un proceso lento de invención humana. El lenguaje es característica propia del hombre. El hombre es un ser que habla. «El hombre—dice exactamente—es hombre por el lenguaje. Para inventar el lenguaje, tenía ya que ser hombre». El lenguaje es algo que le fue dado al hombre de un modo espontáneo, adherido a su propio desarrollo cognoscitivo, como un «instinto intelectual de la razón».

Pues bien, sentado esto, el poeta es el ser que reproduce en su zona individual ese mismo proceso instintivo que se produjo en una zona social y colectiva. «Yo no conozco—dice Charles Bally—destino más trágico que el de la poesía». Nadie disputa al escultor su piedra, ni sus colores al pintor. Piedras y colores son materias inertes que, anteriores a toda configuración, están ahí esperando pasivamente la configuración que el artista les dé. No tienen, frente a éste, más que una resistencia pasiva. Pero la palabra—materia prima del poeta—le es disputada por todos los hombres y llega al encuentro del poeta influida por una enorme presión social; desgastada como una moneda que todos usaron para comprar sus urgencias materiales, mientras que el poeta la requiere para comprar sus sueños y sus estrellas. Por eso la palabra tiene, frente al poeta, además de la resistencia pasiva propia de toda materia artística, una resistencia activa que es su propia inercia y su tenaz resistencia a cambiar de servicio y significación. He aquí por qué la poesía, en su esfuerzo de re-creación del lenguaje, se toma la máxima licencia dentro de esa correspondencia algebraica que Rey Pastor encara entre símbolos y significados. La poesía—dijo Maurice Barrès—será siempre «la lucha con el ángel, de la cual no se puede salir más que gloriosamente derrotado»; y Antonio Machado, forzando estas ideas hasta el límite, decía que no hubo más poeta total que el padre Adán el día que, en la mañana del Génesis, fue dándole su nombre a cada cosa. Ese es el único poema que se escribió estrenando palabras ingenuas y virginales. Aquel día la rosa fue nada más que rosa y el corazón nada más que corazón, sin que interfirieran la desnudez del signo, pura, la manipulación utilitaria del botánico que clasifica la rosa, o del cardiólogo que ausculta el corazón.

El proceso de correspondencia de símbolos y significados recibe así de la función poética un continuo esfuerzo re-creador que lo rejuvenece y lo reorganiza. El símbolo tiende a esquematizarse y quedarse retrasado de su contenido. Aquella primera correspondencia viva, creada por una lógica de congruencia en pleno dinamismo, tiende a paralizarse en una igualdad quieta, de tipo lógico aristotélico, de la que a menudo resulta un engaño. Decimos «agostar» tomando el verbo de funciones agrícolas que se hacen en agosto en los pueblos europeos y dándole sentidos figurados de acabamiento o de sequedad: «Se agostó su ingenio». Pero los americanos del Sur dirán mecánicamente lo mismo, utilizando ya un símbolo frío, vaciado de su contenido, puesto que «agosto» allí es pleno invierno y no ocurre en la vida agrícola ninguna de las peripecias que nutrieron el símbolo. Como cualquier periodista dice hoy, en son de elogio, «la bien cortada pluma», expresión nacida cuando, por ser de ave, las plumas se cortaban, y hoy ya seca de todo significado. Ya los estudiosos de la «mímica» y de la «fisionómica» anotaron el hecho general del retraso de los gestos que se van secando de sus contenidos expresivos. Cualquier hombre de hoy, al anunciar a otro que le telefoneará, acompañará sus palabras moviendo en el aire la mano como si girara la manivela de los antiguos teléfonos, en vez de emplear el gesto con que se manipula el disco del aparato automático. Es la creación poética el esfuerzo más eficaz para mantener el lenguaje en pleno dinamismo y hacer revivir los símbolos que se desecan.

Como también es esa creación la que tanta intervención tiene en muchos procesos formativos del lenguaje. Rey Pastor se detiene, por ejemplo, ante el ilogismo de los géneros masculino y femenino otorgados a tantas cosas sin sexo. La verdad es que en el origen de las lenguas indoeuropeas no existía la división de géneros por sexos, sino únicamente la división de lo inanimado y lo animado. Realmente, el sexo tenía poca importancia, puesto que, aparte del hombre y la mujer, apenas había un corto número de animales domésticos en los que el sexo interesara, y a los que atendía la lengua por un procedimiento de heteronimia, empleando palabra distinta para el masculino o el femenino: así el caballo y la yegua, el toro y la vaca. Porque es la domesticidad la que exige la distinción del género. Los primeros poetas romanos dicen columbus, lo mismo para el palomo que para la paloma; pero Virgilio dice columbus, columba, porque ya se utilizaban los palomares e interesaba el sexo de dichas aves. El aumento de la domesticidad animal es lo que hizo ya que resultara demasiado gastoso el procedimiento de la heteronimia y empezara a distinguirse el masculino y el femenino por un cambio de desinencia con la misma raíz: perro, perra. La prueba es que los animales no domesticados—el ruiseñor que canta en el bosque fuera de nuestro alcance, la liebre que corre ante nuestros ojos, la perdiz que mata el cazador—no tienen masculino y femenino, porque sus sexos no son utilizados por el hombre en ninguna función doméstica.

Pero al crearse así, por el procedimiento de la desinencia, los dos grandes grupos masculino y femenino, quedaba en el centro una inmensa zona neutra y asexuada, que por una ley ineludible había de ser afectada por la distinción de género. ¿Cómo había de desarrollarse este proceso? Ahí de la creación poética. Las lenguas más lógicas, en sentido aristotélico, menos imaginativas, formaron un gran género neutro central. Las lenguas imaginativas ampliaron a todo la distinción de género, por un proceso, en el fondo inexplicable, pero en el que corresponde la mayor parte a la impulsión poética. Por congruencias imaginativas—totalmente dentro del mecanismo de la creación poética—fue masculino el Sol y femenina la Luna, por correspondencia de magnitud; y por fuerza y vigor, masculino el viento y femenina la brisa; y por evocación de los dioses que lo personificaron, femeninas la Victoria y la Fortuna; y «el mar» fue masculino para el hombre que lo teme en su orilla, y femenina «la mar» para el marinero que con ella se familiariza de un modo casi matrimonial. Todos estos son productos de puros hallazgos poéticos. Aunque quede un enorme campo para lo ilógico e inexplicado, movido muchas veces por fútiles azares fonéticos, como ocurre en el diente y la muela, donde se da hasta la descortesía de que el varón pasa por delante de la hembra.

En realidad, la benevolencia que el algebrista ha tenido para el poeta, atribuyéndole hasta una función de coherencia lógica, correctora de los empirismos de la gramática, proviene de la esencia mucho más cognoscitiva de lo que el vulgo cree que lleva en sí la creación poética. La poesía no es una forma de emoción ni de vaguedad sentimental. Es una forma superior de conocimiento, un modo de intuición. Cuando Platón expulsaba a los poetas de su República ideal, no los expulsaba por desordenados o bohemios, como hoy pensaríamos, sino por poseedores de una fuerza cognoscitiva—la intuición—demasiado supra-racional, detonante y peligrosa, por eso, como un explosivo, para el buen orden de una Ciudad que él señalaba regida por la pura sabiduría racional.

No nos asustemos, pues, tanto de esta imprevista amistad del Álgebra y la Poesía. El poeta no está fuera del mundo cognoscitivo. No son los poetas, que crean en una espléndida vacación de todo esfuerzo racional, los que se vuelven locos, sino los ajedrecistas o los contables que fuerzan la elasticidad de la potencia racional. Yo, que como escritor de espíritu hospitalario recibo no pocas visitas de locos mansos y sueltos, he observado que pocos me traen versos o sentimentalidades, sino que casi todos me traen proyectos de ley, cálculos cronológicos y, sobre todo, cuadros sinópticos donde pretenden meter a dos tintas todo el universo conocido. La locura es un vicioso empleo de la razón que ha roto su instrumento. No son los locos los exaltados de la emotividad. Son los borrachos de la razón.

De tal modo se mueve con legítima autenticidad la creación poética, dentro de esa correspondencia que nuestro compañero ha cifrado en términos de álgebra y que en el fondo pertenece a la función cognoscitiva, que se ha llegado a decir que las cosas no se conocen del todo hasta que se conocen poéticamente. No son los naturalistas ni los botánicos los que nos dan la imagen más vivida y usada de la Naturaleza. Son los poetas. Son Teócrito o Garcilaso o Keats. Cuando decimos «la rosa», la resonancia espiritual que nos produce la audición de la palabra o la visión del objeto, no es la rosa analítica de los científicos, clasificada en tal género y familia. Eso no está vivo en nuestra conciencia. Eso es preciso reanimarlo en ella con una buscada excitación espiritual. La rosa que está viva en nuestra conciencia, la que espontáneamente asociamos al objeto o la palabra, es la rosa de Anacreonte o de Rioja: esa acumulación de perspectivas estéticas y sentidos trascendentes que, conocida por los poetas de todos los tiempos, ha sido entregada al lenguaje como la rosa última y total.


Es fácil que alguien le coloque a este sabio esfuerzo del profesor Rey Pastor, como a mis modestísimas palabras de comentario, el consabido membrete que quisiera ser lápida sepulcral de todo intento especulativo: «¡cuestiones bizantinas!». Fue lo que se dijo de la famosa disputa de los «universales» entre los «realistas», que creían en una cierta realidad de los conceptos comunes, y los «nominalistas», que creían que éstos eran meras palabras: «cuestión bizantina» que aún sigue latente en toda la filosofía y que Rey Pastor sabe—y nos lo ha dicho—que está subyacente en el mismo pleito del lenguaje entre los empíricos y los idealistas. En el terreno neutral de la Lógica, Rey Pastor ha querido apaciguarlos con su tratamiento algebraico del lenguaje. «¿Cuestión bizantina también?» Quizá, si nos acordamos de que Bizancio, gran catalogador y ordenador de una herencia clásica que ya no era creadora, dio a muchas cosas el perfil, la forma y el orden con que nos son conocidos. ¿Y qué es una civilización sino se nos da de este modo: como algo codificado, reglado y teorizado? Toda esa tendencia actualista y pragmática, desnudismo intelectual y sinsombrerismo del espíritu, desaseo de formas y ruptura de respetos, que alcanza con sus demoliciones desde la cortesía a la filosofía, acaso no es otra cosa sino un temerario repudio irresponsable de esa gigantesca «cuestión bizantina» que es toda nuestra civilización occidental.

Permitidme, pues, este último bizantinismo, que es la establecida y cortés bienvenida al nuevo compañero. Bienvenido a nuestra casa el gran matemático, que en su primer paso en ella, lejos de secar el idioma, lo ha encarado desde un ancho sistema de correspondencias algebraicas que aloja tan hospitalariamente la creación verbal de los poetas. Vecinas han estado en esta sesión la Matemática y la Poesía, como en el viejo cuadrivium escolástico, frente a una cultura ordenada hacia la suprema Unidad, lo estuvieron la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. No olvidaron del todo los poetas estas viejas amistades. No hace mucho que Rafael Alberti cantaba aquellas vírgenes con escuadras y compases, que velaban las celestes pizarras donde el Ángel de los Números volaba, pensativo, «del uno al dos, del dos al tres, del tres al cuatro». Ni hace mucho que otro poeta, encarando el sentido pitagórico de la música del maestro Falla, le decía:

«tu arte es el arte que el esfuerzo crea
sobre el segundo cielo sin aurora
donde cantan el Número y la Idea».

Hoy, D. Julio Rey Pastor viene a pagar con sus fórmulas la visita que los versos le hicieron a sus predios. Y por eso, porque la Real Academia no quiere estar acampada en ninguna estrechez exclusivista, sino, al contrario, frente a ese mundo clásico de armonías superiores y fecundas vecindades, al entrar en nuestra Casa un gran matemático, por delegación de ella, ha salido a recibirle un pequeño poeta.




(1) Ilogismo: lo opuesto, un razonamiento no lógico, incoherente o que contradice las reglas de la lógica formal. En el texto se usa para describir cómo ciertas expresiones del lenguaje o del español popular funcionan de manera no estrictamente racional, pero siguen un tipo de lógica «viva» o de congruencia poética, distinta de la lógica formal.

domingo, 21 de diciembre de 2025

Las cuatro frases de la necedad.





 

Hay ciertas frases que una persona repite sobre sí misma y que, lejos de fortalecer su imagen, la delatan. No son afirmaciones de carácter, sino defensas del ego. Entre ellas destacan cuatro, cuya reiteración revela no firmeza, sino fragilidad.

La primera es: «Yo siempre tengo razón». Quien necesita proclamar constantemente su verdad demuestra, en el fondo, que duda de ella. La sabiduría no se anuncia: se reconoce en el silencio y en la coherencia de los actos. Las personas maduras comprenden que tener razón no es una identidad, sino una circunstancia pasajera, y que defender el ego resulta mucho más agotador que admitir un error.

La segunda afirmación es: «Yo lo sé todo sobre esto». El conocimiento auténtico no necesita exhibirse. Quien verdaderamente sabe escucha más de lo que habla. La necedad, en cambio, se refugia en la certeza absoluta, porque quien cree saberlo todo dejó de aprender hace tiempo. Una mente cerrada no es una mente segura: es una mente estancada.

La tercera frase habitual es: «Nadie me entiende». Suele ser el refugio de quien evita mirarse a sí mismo. No siempre es incomprensión ajena; con frecuencia es incapacidad propia para expresarse con claridad. La víctima perpetua culpa al mundo de su confusión interior, cuando la incomprensión suele ser, en realidad, falta de autoconocimiento. Quien se entiende, se explica.

La cuarta y más peligrosa de todas es: «No necesito a nadie». Esta afirmación no es fortaleza, sino orgullo herido. Todos necesitamos a otros en algún momento. La autosuficiencia extrema no es independencia: es miedo disfrazado. Quien rechaza toda ayuda rechaza también la posibilidad de una conexión verdadera, y termina solo, no por elección, sino por incapacidad.

Estas cuatro frases no protegen: aíslan. Construyen muros entre la persona y la realidad. Quien las repite vive encerrado en una prisión de ego y soledad. Porque la estupidez no consiste en no saber, sino en creer que ya no hay nada más que aprender. Y esa creencia erosiona relaciones, oportunidades y paz interior.

La persona verdaderamente sabia reconoce sus límites sin vergüenza. Entiende que admitir ignorancia es el primer paso hacia el conocimiento, y no teme decir «no lo sé» o «me equivoqué», porque su valor no depende de parecer perfecto. La humildad intelectual no es debilidad: es madurez. Solo quien acepta el error puede corregir su rumbo.

Existe una diferencia esencial entre confianza y arrogancia. La confianza camina en silencio; la arrogancia necesita público. Quien confía en sí mismo no busca convencer a nadie de su valor. Quien es arrogante vive persiguiendo validación externa, disfrazada de superioridad. La verdadera fortaleza interior no hace ruido.

Basta observar cómo alguien habla de sí mismo cuando nadie se lo ha pedido. Esa necesidad de validación suele revelar un vacío interior. Las personas plenas no necesitan llenarse de palabras. La autoafirmación constante es el grito de quien no cree del todo en lo que proclama. Y el mundo, siempre atento, distingue entre ser y aparentar.

La madurez llega cuando se deja de defender una imagen y se empieza a habitar una esencia. Cuando ya no importa tener la última palabra en cada discusión, cuando es posible estar equivocado sin sentir que la identidad se derrumba. Ese es el instante en que comienza la libertad: cuando dejamos de ser prisioneros de nuestro propio personaje.

Las personas inteligentes hacen preguntas. Las sabias escuchan las respuestas. Las necias creen tenerlas todas antes incluso de escuchar. Ahí reside la diferencia entre evolucionar y estancarse, entre conectar con los demás y quedar atrapado en una narrativa mental cerrada.

El conocimiento verdadero genera humildad, no soberbia. Cuanto más se comprende, más consciente se es de la vastedad de lo desconocido. Los sabios caminan con duda consciente; los necios, con certeza ciega. La diferencia no está en lo que saben, sino en lo que admiten no saber.

Decir «nadie me entiende» es renunciar a la responsabilidad de comunicarse. Decir «no necesito a nadie» es negar la naturaleza relacional de lo humano. Nadie llega lejos completamente solo. La verdadera independencia consiste en saber pedir apoyo sin perder el propio centro.

Hay poder en decir: «Esto no lo entiendo, ¿puedes explicármelo?»
Hay dignidad en reconocer: «Me equivoqué y voy a corregirlo».
Hay sabiduría en aceptar: «Tu perspectiva me ha permitido ver algo que no había considerado».

Estas frases no empequeñecen: humanizan. Y lo humano es siempre más fuerte que lo perfecto.

La necedad no es falta de inteligencia, sino exceso de ego. Puede haber mentes brillantes atrapadas en la estupidez si el orgullo les impide aprender. Porque la estupidez no habita en el cerebro, sino en la actitud. Y la actitud más peligrosa es creer que se ha llegado cuando en realidad nunca se ha salido del punto de partida.

El silencio de quien sabe es más elocuente que el ruido de quien aparenta. No hace falta anunciar la inteligencia cuando las acciones la sostienen. Quien realmente posee algo valioso no necesita exhibirlo constantemente.

La evolución personal comienza cuando se sustituye el «tengo razón» por «puedo estar equivocado»; el «lo sé todo» por «quiero aprender»; el «nadie me entiende» por «debo comunicarme mejor»; y el «no necesito a nadie» por «elijo con quién caminar».

Ahí, y solo ahí, la estupidez empieza a transformarse en sabiduría.

miércoles, 3 de diciembre de 2025

Perfiles de la nueva barbarie

 



Perfiles de la nueva barbarie

Proyecciones de la literatura romántica sobre la política liberal



Vengo dedicando, hace tiempo, mi atención y mi curiosidad al estudio de cuanto debe el repertorio vulgar de las ideas políticas liberales, del que, hasta hace poco, se ha venido nutriendo el hombre medio, a la abusiva generalización de los tópicos, los desplantes y las excentricidades de la literatura individualista y romántica del siglo XIX…

Y me viene pasando como a aquel infante del viejo romance que «andando de tierra en tierra hallose do no pensaba». Porque, hallándome voy, lector, casi en las riberas, de una gran ley general, las peripecias de cuyo hallazgo son ya, en mi espíritu, tentación y promesa de libro futuro. Me he encontrado con el hallazgo gozoso de que tirando de cualquier hilo de los que forman la vasta trama del ideario liberalesco de principio de siglo, se acaba por encontrar algún tópico romántico, del siglo anterior, al que, como cable o boya, dicho hilo está amarrado. Hemos creído durante estos últimos años en la libertad individual, en el progreso indefinido, en la irresponsabilidad de las ideas y en mil cosas más, a causa de tal o cual frase ingeniosa que dijo años antes un poeta o un novelista, con pura intención individualista de señalarse y asombrar un poco: o sea con intención, totalmente antípoda, a todo propósito político, o de dirección colectiva. Mis hallazgos son múltiples y divertidos. Siento ya en mí la tentación pedante de revestirlos de letra bastardilla –que es como la voz ahuecada y solemne de la tipografía– y compendiarlos en una ley: La mitad de la política del primer cuarto del siglo XX se ha elaborado con proyecciones de la literatura del siglo anterior.

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Resumiré, antes de entrar en el tema propio y concreto de estas líneas, algunos de los hallazgos, ya dados por mí a la publicidad en otros trabajos anteriores.

El primero es el que se puede cifrar en estas palabras: la mitad de nuestra política y de nuestra sociología ha venido viviendo de una generalización abusiva y tardía, de los trucos que el individualismo del siglo pasado inventó «pour épater les bourgeois»… La esencia de estos trucos consistía invariablemente en invertir totalmente los valores de la moral y de la vida. La novela, la comedia o la poesía se construía con un premeditado propósito de que las cosas fueran en ellas lo contrario de lo que debían ser. Era indudablemente un modo simplista y directo de asegurarse la originalidad. Con que la prostituta fuera inmaculada de alma, y el canalla sublime de fondo, y el mar amarillo y el cielo violeta, se tenía indudablemente ganado mucho para conseguir el asombro del lector. He aquí el precedente literario. No hay más que violentarlo con una elástica generalización y ya tenemos hecha una política: la política, romántica y liberal, que construye sus leyes un poco al modo de las comedias y las novelas del siglo XIX; la política que legisla sobre la base de que las pecadoras son inmaculadas y los canallas son sublimes; la política que convierte en cuerpo central de la ley lo que sólo debe ser el apéndice misericordioso para el error o la excepción. Las tres cuartas partes de la legislación liberal están inspiradas en la obsesión de asegurar sus fueros y garantías al error o al pecado. Se ve que al legislador, como al comediógrafo o al novelista, el pecador le es irresistiblemente simpático, y sin poderlo remediar, hace de él el protagonista de su ley, como el otro de su novela o su comedia.

Todo esto podría profundizarse un poco y sistematizarse, llegando a puntualizar las dos columnas de frágil cristal de literatura sobre que se apoya la mitad de la política liberal. De una parte, la columna de la simpatía invencible para la mujer caída (la «Dama de las Camelias»), para el judío (literatura del «Affaire Dreyfus»), para el bandido generoso (romanticismo popular andaluz), para el pícaro aventurero (Crispín) y, al fin, ahora, rezagadamente, para el pistolero sublime (pero ¡«todavía», señor Oliver!). Y de otra parte, como contrapartida, la columna del recelo invencible contra la señora austera («Doña Perfecta») o la dama caritativa («Los malhechores del bien») o el simple abogado (el doctor de «Los intereses creados») o el simple agente, de la autoridad (el eterno «guindilla» ridículo, de nuestro género chico). Media política se construyó sobre generalizaciones de estos tipos escogidos por la literatura, precisamente a causa de sus caracteres excepcionales, para producir la risa o el asombro. Media política se basó en una literatura cómica, romántica o psicológica que era, por esencia, colección de piezas raras para un museo de pasiones secretas o de tipos extraños.

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Mi segundo hallazgo sorprendente y divertido puede resumirse así: otra generalización abusiva sobre la que se cimentó también buena parte de nuestra política, ha sido aquella que convertía en verdades generales y normas directivas comunes aquellas pequeñas verdades parciales y ocasionales que los autores lanzaban como simples desahogos íntimos, individuales y líricos. Para el siglo XIX, la verdad artística y literaria, no tenía que ser verdad en sentido filosófico, bastaba que fuera verdad parcial y pasajera del poeta o del autor. No se trataba, en arte, de decir verdades, sino de exhibir estados de alma y de conciencia. La antología romántica no es una antología de principios o ideas, sino la antología de los desahogos, malhumores, indigestiones o alegrías personales y momentáneas de unos cuantos seres privilegiados. Hasta aquí no hay peligro. Nada es peligroso mientras no se saca de quicio y no se le pretende dar uso distinto del suyo propio. El ácido nítrico no es peligroso mientras no se pretende usar indebidamente como aperitivo. Tampoco son peligrosos los gritos monárquicos de Baudelaire o los chistes irreverentes de Anatole France mientras no se les pretende usar, con indebida generalización, como principios políticos, sacándolos del plano íntimo e individual en que nacieron.

Pero esta tentación generalizadora, llega inevitablemente. La frase brillante y famosa, la paradoja emitida por el poeta o el ensayista en tal momento y ocasión determinada, es lo que se queda con más facilidad grabado en la memoria del lector, precisamente por el atractivo de su vistoso contraste con las ideas, principios y usos generales. Así, poco a poco, conservada en la memoria la frase o la paradoja, y olvidado el resto, del pasaje en donde galleaba o lucía, la paradoja o la frase, se despersonaliza, se abstrae de las circunstancias de tiempo y ocasión en que fue dicha y llega a convertirse en máxima colectiva y general. La mitad del ideario del hombre medio se ha formado así, por ese proceso de abstracción y generalización. De este modo, por ejemplo, fueron elevados a la categoría de máximas filosóficas y de normas de buen sentido, muchas de las sentencias que D. Ramón de Campoamor introduce en sus obras, y que no son más que arabescos de ingenio con los que un hombre bueno y tranquilo –que le llevaba la silla a su señora los domingos cuando iban a misa– se entretenía en asombrar un poco. Nuestros padres se ahorraban, en muchas ocasiones, el trabajo de pensar y discurrir por cuenta propia, saliendo del paso con un dístico campoamoriano, que, por la mielecilla de la rima, se les había pegado, desde la juventud, a la memoria. Llegado el caso, nuestros padres levantaban solemnemente la voz, y como final de tal discusión fallaban:

En este mundo traidor
nada es verdad ni mentira:
todo es según el color
del cristal con que se mira.

O bien:

Cada quisque celebra, y es muy justo
lo que es más de su gusto.

Y se quedaban tan tranquilos, sin comprender que habían dicho dos solemnes enormidades y habían promulgado todo un escepticismo y un relativismo filosófico y estético. Es curioso pensar en los muchos varones píos, austeros y creyentes que han repetido mil veces, como si fueran versículos del Evangelio, esas frases, sin que el frívolo sonsonete de la rima les permitiese darse cuenta de que, por convertir en filosofía las humoradas de un poeta, estaban afirmando cosas que no creían y que, en prosa, jamás se atreverían a firmar. Sin embargo, por esta trayectoria que va de la humorada de un poeta a la generalización mecánica en la mente del vulgo y de aquí a la formación de una conciencia colectiva, es por donde se llegó a la instauración de toda una política, organizada sobre la base de que «nada es verdad ni mentira», y de que es justo que cada uno celebre lo que le dé la gana.

Dos casos típicos de esta segunda clase de generalizaciones abusivas son los casos característicos de Benavente o Unamuno. A Benavente, el día del estreno de «La Ciudad alegre y confiada», lo llevaron en hombros hasta su casa los grupos mauristas y el día del estreno de «Pepa Doncel», en plena Dictadura, los grupos liberales hicieron lo mismo. Y él, que está dispuesto a decir en cada momento su pequeña y parcial verdad de aquel minuto, él que está dispuesto a contradecirse cuantas veces haga falta para el efecto artístico de una obra, se reiría olímpicamente al ver con qué cándida docilidad iban, unos tras otros, doblando la cerviz bajo sus piernas, todos los sectores ideológicos de España. Castigo de dar enfáticas dimensiones políticas a los arabescos de un ingenio burlón.

Pues ¿y Unamuno?… Unamuno es un lírico, un solitario que exhibe, en sus sonetos angulosos o en sus broncos ensayos, su alma torturada de dudas e inquietudes. Sus obras tienen por ello innegables bellezas literarias; pero lo que no tienen precisamente es lo que en ellas se ha querido poner, un propósito directivo y formador. No cabe mayor absurdo que esta generalización y nacionalización de los gritos y suspiros del hombre más rabiosamente individualista y antisocial de nuestra patria. Al gran lírico, al gran desorientado, al gran perplejo, se le ha querido hacer guía y lazarillo de España, director de una generación. Se quiso que nos indicase el camino a todos, el que no ha encontrado su propio camino. Se quiso que todos fuéramos a interrogar, a quien tiene en perpetua interrogación el alma…

No se ha estudiado bien todavía los hondos e insospechados efectos de estas proyecciones de la literatura sobre la política. Nos quedaremos un poco asustados el día en que siguiendo la trayectoria de una frase literaria, nos demos cuenta de sus efectos últimos. Ese Dios bonachón y misericordioso, que empezó siendo el Dios de Don Juan Tenorio, en la última escena del famoso drama de Zorrilla, pasó luego a ser el Dios castelarino del Calvario, absurdamente opuesto al Dios del Sinaí, y acabó por ser el Dios convencional de todos los ingenuos liberales españoles. Así se intentó organizar la política y la sociedad como si efectivamente estuviese regida por un Dios de ancha manga, algo chocho y desmemoriado, olvidado ya de los preceptos rigurosos del bien y del mal.

Pero yo quería hoy ocuparme brevemente de otra generalización literaria, proyectada sobre la política, y causante de mil estragos en ella. Me refiero a la proyección que políticamente ha tenido esa involucración romántica, muy siglo pasado, que exalta la inspiración y menosprecia la técnica.

El poeta romántico se supone, por esencia, un ser inspirado y esto parece que le autoriza a cruzar la vida, como un meteoro, fuera de todas las órbitas retóricas o sociales. Se sitúa por encima del bien y del mal, de lo bello y de lo feo. Y este es el tipo genérico de poeta, que posee la mente de nuestra burguesía media, en su raquítico fichero de tipos y cosas. Al decir de una persona: ¡es un poeta!, quiere decir que es un exaltado, un bohemio, un desordenado. El concepto del poeta sigue siendo, para el vulgo, concretamente el del poeta romántico. Que no tiene nada que ver con el tipo del poeta del Renacimiento, con su equilibrio, con su cultura, con sus ideales precisos, con su «falta absoluta –dijo Valery– de profetismo y patetismo». En la corte de Alfonso V de Aragón, calificaba así Güero de Ribera, enumerando las prendas del galán perfecto:

Capelo, galoche y guantes
el galán ha de traer,
bien cantar y componer
en coplas de consonantes…

¡Qué dirían los inclasificables y semidivinos vates del XIX, si vieran así enumera a su Arte, como una gala o adorno más, al lado de los guantes y del capelo!

Pero ocurre que, en toda sociedad, el tipo del poeta y del artista es el que manda en cierto sentido y el que impone la meta a que han de aspirar todos los ejemplares humanos. La moda literaria del poeta romántico genial, inspirado e irresponsable, influyó un poco en todos los campos: hubo el médico romántico, con poca ciencia pero milagroso e inspirado ojo clínico; y el abogado, despreciador de las leyes, pero con gran sentido jurídico, y hasta el financiero sin números, que acertaba por inspiración súbita. Y hubo también la política de la inspiración, de la improvisación genial, por encima de toda técnica laboriosa. Se hizo un culto de la más inferior de las facultades humanas. «Fulano tiene sensibilidad de poeta», se decía; o de abogado, o de político. ¡Sensibilidad!… ¡Poca cosa esta facultad indecisa que tiembla como una última fogata de la razón, ya casi apagada, en las fronteras de la animalidad!

Y así, bajo esta superstición de la sensibilidad, medraron todas las cosas mediocres y semirracionales: la improvisación oratoria, el parlamentarismo patético, la propaganda emocional. La política ha padecido, tras la literatura, de excesos de genios y de falta de técnicos.

* * *

Esta proyección de la literatura en la política empieza por manifestarse en el modo de hacer la política. Es ella la que engendra en gran parte el favor de todo ese frágil y brillante instrumental político que es el parlamentarismo, la oratoria improvisada, el mitin efectista. ¿Qué es todo esto sino el abandono de la cosa pública a la inspiración sobre la técnica, abandono motivado por las pedantes e interesadas adulaciones que los literatos prodigaron a aquélla sobre ésta, para lucir así más y trabajar menos?

Así se pudo llegar a formar en el vulgo el criterio deformado que revela la siguiente anécdota, narrada por Saldaña: Viviani, que era con Gambetta y Javirés el primer orador de la tercera República, solía preparar sus discursos, repitiéndolos previamente hasta por los pasillos de la Cámara. Un día fue sorprendido por un grupo de amigos en esta operación. ¡Cómo! –le dijeron–; pero, ¿usted prepara sus discursos?… Para aquellos hombres fue una sorpresa y casi una decepción el hallazgo inaudito de que Viviani hacía preceder el pensamiento a la palabra, y meditaba antes lo que iba a decir. Envenenados de literatura romántica, juzgaban que aquello era poco genial. Ellos hubieran querido que Viviani hablase sin preparación. La técnica, el estudio, la documentación, eran, para ellos, actividades inferiores, propias de la mediocridad. Pero en el Parlamento –donde precisamente se habían de decidir las grandes cuestiones públicas– había de procederse por chispazos, por improvisaciones, por genialidades. Quitar el riesgo y el azar de la improvisación en el juego parlamentario, es trampa, como embolar los toros en la plaza o poner la red bajo el trapecio del circo… Esto es lo que acabó pensando una generación que empezó por exigir que el poeta escribiese en pleno arrebato irracional, sin consultar nunca un diccionario, una preceptiva o un modelo clásico.

Pero no sólo influyó esta sugestión literaria que voy estudiando en el modo de hacer la política, sino, más hondamente, en la entraña de la política misma. Si la literatura tuvo buena parte en el favor de esa forma política de improvisaciones y brillanteces que es el parlamentarismo, también tuvo su parte indudable en el favor, más hondo, de la democracia, que es, al fin y al cabo, en todos los campos, el imperio de la improvisación. La exaltación literaria de la inspiración sobre la técnica y el estudio, fue una buena base para esperar optimistamente que el panadero o el herrero pudieran tener –¿por qué no?– una inspiración política más certera que el estudioso o el técnico. Sin libros, sin retórica, sin cultura, se podía gozar la inspiración poética; justo era que se pudiera gozar también el voto. Y esto fue la democracia: el imperio de la muchedumbre que se suponía inspirada, sobre los selectos de la técnica, el estudio o la preparación. Política de improvisadores, de suplentes, de esquiroles, sin título profesional. Toda democracia tiene, por eso, balbuceos y sonsonete de teatro de aficionados.

Y no sólo nos suministró la literatura una confianza irracional en las posibilidades naturales de los hombres, sobre toda preparación o técnica, sino que hasta llegó a acentuar absurdamente su preferencia y su mimo hacia los más indocumentados, creyendo que había como una cierta relación inversa entre inspiración y estudio, de tal modo que éste marchitaba la lozanía de aquélla. Hubo así un cierto ruralismo literario, que se tradujo en plebeyismo político. Hubo unos días en que estuvo de moda el poeta montaraz y rústico, que componía sus versos sin más documentación que los campos y el cielo. Esto enterneció a la democracia, y la afianzó en su rosada creencia de que puesto que cualquier pastor puede hacer versos, también puede hacer política. Mentira pura. Jamás un pastor ha acertado del todo con un buen verso, ni jamás muchos pastores reunidos acertaron con un buen gobierno. Todos esos tópicos democráticos de la sabiduría del pueblo o el instinto certero de la masa, no son más que generalizaciones abusivas de ese primer tópico literario del pastor con inspiración y genialidad. Pero repito que todo ello es pura mentira. Cuando algún poeta pastor parece triunfar, resulta siempre, al cabo, que lleva en la zamarra un libro en vez de un queso. Uno hubo –Chamizo– que conmovió a los críticos porque era tinajero, bello oficio bíblico y patriarcal. Pero luego creo que resultó que, además de tinajero era abogado del Estado.

Sólo que la democracia es sencilla y crédula, como el romanticismo. Cree en los milagros de las musas. Una escritora ilustre se enternecía todavía hace poco contándonos la visita que le hizo el poeta-pastor, rudo y genial. Se llenó su escritorio –decía con ingenua ufanía– de recio olor de hato y de majada… Y así, empezando por estas literarias exaltaciones de la peste, se acabó aplebeyando, de este modo, la política.

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Estas son algunas de las proyecciones de la literatura romántica (tomando esta denominación en amplísimo sentido que abarque hasta sus últimas derivaciones), sobre la política liberal.

Afortunadamente, parece que se acentúa una reacción literaria y ello nos hace esperar que, por el mismo rodeo y camino, por el mismo mecanismo de proyecciones y generalizaciones, llegaremos a una reacción política.

Primeramente, los modernos estudios sobre el fenómeno poético (Paul Valery, Henri Bremond) empiezan a esclarecer, limpiándolo de exageraciones enfáticas, el discutido problema de la inspiración y la técnica. Ya no es cierto para nadie aquello que decía Anatole France: «los artistas crean, como las mujeres embarazadas, sin saber cómo. Praxísteles hizo sus Venus, como la madre de Aspasia hizo su Aspasia: de la manera más natural y estúpida». No; ni en poesía, ni en política, ni en ninguna otra cosa, puede hacerse nada que merezca la pena de una manera estúpida y natural. El fenómeno de la inspiración –antes embozado en la niebla de mil palabras excesivas: la Musa, el Genio, la Locura –ha quedado ya filosóficamente comprendido y estudiado, como una forma clarísima de intuición, perfectamente clasificada ya por Santo Tomás que la distingue de la inspiración sobrenatural (Sum. Teol. T. II. q. 68, art. 1 y 2). Esta inspiración humana –dice Jacques Maritain– se buscará en vano en las penumbras del sueño abandonado e inconsciente, porque se encuentra al extremo de la vigilancia y la atención. No supone, por lo tanto, abandono del mecanismo racional y discursivo, sino, al contrario, fina acentuación del mismo. No son los elementos intuitivos –explica Valery– los que dan valor a la obra, sino al contrario la obra –que es trabajo, estudio y técnica– la que da valor al elemento intuitivo, que, sin ella, que le da cuerpo y perfil, sería llamarada estéril y pasajera.

Conocido de este modo el verdadero mecanismo de toda creación (literaria o política) y jerarquizados ya debidamente y sin exageraciones esos valores de inspiración y técnica, justo es que, olvidando las frívolas opiniones de ayer, volvamos a relegar toda improvisación al humilde concepto clásico: «juego de ingenio en el cual el azar, décima musa, reemplaza a las nueve hermanas».

Limpiemos nuestra política, como nuestras letras, de esos juegos de ingenio. El improvisador literario o político deber otra vez ser emparejado, como lo emparejaba Marcial con «el bufón que cambia fósforos por pedazos de vidrio y se traga manojos de víboras». Nada de escamoteos y prestidigitaciones: estudio, rigor, precisión, en todo. En la cuartilla o en la vida hay que lamer otra vez virgilianamente, una y mil veces, nuestra obra «como la osa a sus cachorros».

Un alegre renacimiento clásico tiene que ser el vestíbulo de una nueva política, corregida de planta y de estilo. El romanticismo que endiosa al sentimiento, separa; el clasicismo que endiosa a la idea, une. Porque una efusión puede sentirse de mil modos distintos, pero una idea sólo de un modo puede pensarse. Por eso el romanticismo da frutos de anarquía, y el clasicismo de unidad. Por eso sólo sobre este último puede cimentarse una política con ambiciones de orden y de perduración.

Muchos síntomas, afortunadamente, parecen acusar un renacimiento clásico en las letras, que conforta y abre la esperanza. Volar, sí; pero –como dice Gerardo Diego– bien calculado el peso, el motor y la esencia para no perderse como una nube, a la deriva. Esa es la nueva consigna. Los poetas, a volar, pero dentro de una estrofa. Los filósofos a volar, pero dentro de una fórmula… España, a volar; pero dentro de una disciplina.

¿Será así?… Ya es bastante que, al menos los poetas y los escritores, quieran que así sea. Porque hasta ahora, por encima de todo, nuestra política estuvo, como una niña romántica, enferma de mala literatura.




José María PEMÁN.

martes, 2 de diciembre de 2025

ELOGIO DE LA LENGUA CASTELLANA

 



«Elogio de la lengua castellana» es un ensayo en el que José María Pemán celebra, con un tono profundamente literario, la grandeza histórica, estética y moral del idioma español. Más que un texto lingüístico, es una pieza oratoria y emocional que busca despertar en el lector un sentimiento de orgullo y gratitud hacia la lengua propia.

Pemán inicia el ensayo afirmando que las lenguas no son simples herramientas de comunicación, sino creaciones espirituales que condensan la historia de los pueblos. Desde esta perspectiva, presenta el castellano como un idioma que ha nacido, crecido y madurado acompañando a una comunidad histórica compleja, marcada por guerras, mestizajes, religiones y momentos decisivos. Para él, el castellano es «hijo» de ese devenir, y por eso arrastra una profundidad que se manifiesta tanto en su sonoridad como en su vocabulario.

Un elemento central del texto es la belleza fonética y expresiva del español. Pemán describe su equilibrio entre fuerza y suavidad: una lengua capaz de ser enérgica sin dureza, y melodiosa sin fragilidad. Destaca su riqueza en matices, su capacidad para precisar significados y su maleabilidad para la poesía, la prosa o el discurso público. Esta flexibilidad la contrapone implícitamente a otras lenguas europeas, que, según él, carecerían de la misma armonía o de la misma capacidad emocional.

El autor repasa también la historia literaria del castellano como prueba de su calidad excepcional. Evoca la tradición que va desde las Glosas Emilianenses y el Poema de Mio Cid hasta la plenitud del Siglo de Oro con Cervantes, Quevedo, Lope de Vega y Calderón. Para Pemán, esta línea literaria evidencia que el español ha sido durante siglos un vehículo privilegiado para la creación artística y la expresión del pensamiento.
Otro eje del ensayo es la dimensión universal del español. Pemán subraya que el castellano, nacido en un reino pequeño del norte peninsular, llegó a convertirse en lengua de imperio y, posteriormente, en lengua de cultura extendida por tres continentes. Su expansión por América tiene, en su visión, un sentido civilizatorio: el castellano habría servido como puente entre pueblos diversos, generando una comunidad espiritual y cultural que trasciende fronteras políticas. La lengua, por tanto, aparece como un vínculo fraternal entre millones de personas.
El ensayo adquiere un tono moral cuando Pemán afirma que el idioma encarna valores como la claridad, la sinceridad y la nobleza, que él identifica —según su perspectiva ideológica y su tiempo histórico— con el «carácter hispano». Desde esta óptica, hablar bien el castellano es también una forma de cultivar la virtud y de honrar la tradición que se ha recibido.
Hacia el final del texto, Pemán llama a preservar el español con cuidado y gratitud. Señala que la lengua, como organismo vivo, requiere atención, estudio y responsabilidad, pues es una herencia que cada generación recibe y debe transmitir enriquecida. Su tono es exhortativo: invita a querer la lengua, respetarla y hacerla crecer.
En conjunto, Elogio de la lengua castellana es un ensayo de tono emotivo, retórico y culturalista, que no pretende ofrecer un análisis filológico, sino un homenaje literario y sentimental al español como patrimonio histórico, estético y espiritual de los pueblos hispanohablantes.




ELOGIO DE LA LENGUA CASTELLANA

En el Alcázar de Sevilla —donde la piedra toda se hace luz— y conmemorando el centenario de Nebrija, codificador de la gramática castellana —en donde el habla se hizo lengua—, pronunció el Presidente de la Real Academia Española, don José María Pemán, este bello discurso. El tema es el elogio de nuestro idioma, de la sangre que corre unánime y unitiva entre España y América. El eximio poeta, Príncipe de la elocuencia castellana, considera la lengua como una integración, como un paisaje en donde cada uno de los diversos pueblos dominadores aportó sus distintos arreos. Bajo la vestidura de la poesía, bajo la gracia ágil de este discurso late una noble palpitación: la de considerar nuestro lenguaje como un alma, como una concepción total del mundo, que en los dramáticos instantes por que atraviesa, debe de ser considerada como ejemplar. Así sea. Al incluir en nuestras páginas una versión taquigráfica directa de esta loa fervorosa, quisiéramos renovar la eficacia de la palabra del autor del «Poema de la Bestia y el Ángel».


EXCMO. SEÑOR, SEÑORES:

Después del magnífico estudio que habéis escuchado sobre Nebrija, como gramático de la lengua castellana, y del espléndido poema que acabamos de oír a Eduardo Marquina1, a mí se me ha señalado —no lo he señalado yo— un tema con un enunciado un poco vago y decimonónico: «Elogio de la lengua castellana».

Adivino, en quien lo redactara, que yo no sé quién fuera, la recóndita voluntad, entre amable y maliciosa, de brindarme un tema con poco límite y perfil, como quien ofrece una ancha pradera al galope desbocado de mi bético potro verbal. Sin embargo, como realmente el elogio afectivo y cordial del idioma acaba de hacerse de modo admirable, procuraré yo que el mío surja de una fría exposición de conceptos; que, al cabo precisamente por andaluz, como decía hace tiempo un anda luz magnífico, poseo también el sentido de la frialdad, «porque tengo sangre antigua».

Yo no sé si para los historiadores y los políticos y los etnógrafos es un bien o un mal el cruce y trasiego de razas que, a través de los siglos, nos visitaron y nos dominaron. Yo no sé si se llevaron mucho de nosotros y si, a veces, nos torcieron nuestro camino. Sé que todo lo pagaron a precio de palabras, a precio de entregas léxicas. Sé que hay un viejo refrán que dice; «mujer muy cortejada, mujer muy regalada»: España fue mujer muy cortejada, y con los muchos regalos que recibió puso su casa idiomática, construyó uno de los más ricos y policromados idiomas del universo. Todos le fueron dejando algo: nombres de interiores domésticos, de juegos y bailes y costumbres populares, los celtas; cientifismos de intención técnica, los helenos; los hebreos voces de comercio y de religión; palabras de régimen feudal, los godos; gragea colorista, de perfumes, de flores y de adornos, los árabes; exotismos de plantas y anima les nuevos, los indígenas de América; todo el repertorio fundamental del pensamiento, del Estado y de la vida, los roma nos; y todos ellos, sus entregas y ofrendas, sobre la piedra fundamental de un ibérico primitivo que cada vez se va per filando más entre las nieblas de los descubrimientos arqueológicos, porque, por muchas que fueran las aportaciones y acarreos posteriores, es demasiado evidente que en las murallas de Numancia había, por lo menos, palabras suficientes para concertar una voluntad de resistencia y lanzar al aire una proclamación de libertad. 

(Aplausos.)

¿Cómo organizó España todo ese tesoro y ese caudal léxico? Sin meterme en honduras, que no son de mi especialidad —siguiendo el esquema, por ejemplo, de Oliver Asín—, diré que parece que el mapa que pudiéramos trazar sucintamente en el momento de nacer el idioma y la nación, en los principios de la Reconquista, viene a ser éste: arriba, agarrada a las breñas norteñas, el penacho vasco; después, en el Oeste, el gallego, portugués y leonés; en el Este, el catalán, valenciano y aragonés; y abajo, uniéndolos, al mozárabe que se hablaba en toda la zona invadida, y que se parecía en aquel momento extraordinariamente al gallego y al catalán, como éstos se pare cían entre sí, porque, en definitiva, este aro o cinturón lingüístico periférico no era nada más que el romance hispano-gótico, tal como empezaba a desprenderse del latín.

Pero, en el centro de ese aro, allá hacia principios del XI o fines del X, abre una flor espléndida, que es Castilla, y rompe a hablar de un modo cada vez más peculiar; no es una lengua nueva la que nace, es el mismo romance hispano-gótico que, a ritmo con la expansión de castilla, da un salto gigantesco en su crecimiento. El nacimiento del castellano es algo que excede de la marcha pausada y vegetal de una pura evolución lingüística ; es una obra genial de potencia y de originalidad crea doras. Las características de las otras hablas peninsulares eran pervivencias, continuaciones del latín —el grupo pl, el diptongo ai—; en cambio, las características del castellano empiezan a ser apariciones, saltos, creaciones, cosas que van tomando de aquí y de allá; la aparición de la h fuerte, la j sollozante de los árabes, la ll de la que dirá Nebrija que es casi impronunciable para otros muchos pueblos; colonización de nuevas palabras, descubrimiento de nuevos mundos idiomáticos, que parecen anunciar el destino imperial de la raza. Es decir, que no es un idioma más que nace y se pone en fila, es una lengua que salta y se pone delante con la bandera en la mano: en el puesto de los alféreces, en el sitio del Mío Cid el Campeador.

(Grandes aplausos.)

Cuando, después, cabalgando hacia el mar de Andalucía, conquista Castilla toda la zona invadida, roto el engarce mozárabe, poco a poco, aquellas franjas laterales —ese Oeste gallego y portugués, ese Este catalán y valenciano—, van quedando a los lados, como dos columnas de honor que hicieran guardia al castellano: y dejándose influir, por fuera, por el mar, más que influyéndose mutuamente, van derivando, más y más, hacia una casi sustantividad dialectal, hasta que acaba naciendo, por un lado, el gallego adulto de Rosalía de Castro, y por otro lado, el catalán literario de Jacinto Verdaguer.

De esta forma esquemática, explicada ligera y malamente, es como el «hecho» idiomático español —y esto es lo que me interesa— viene a quedar sellado por esa ley de dualidad que es característica de todo lo hispánico: divido entre un elemento centrípeto de unidad y un elemento centrífugo de dispersión, reflejo de nuestra trabajosa formación unitaria romana, sobre un fondo africano y tribal. Todo está, en España, señalado de este modo. Pueblo el nuestro, he dicho otras veces, de unidad difícil, campo urbanizado a la fuerza; pueblo donde las encinas rústicas llegan hasta la puerta del Palacio Real, o somos regionalistas o ecuménicos; o comuneros de Castilla o capitanes de Flandes; o nos vamos a América y al Concilio de Trento, o nos quedamos caciqueando en nuestra aldea; en una palabra, o nos disparamos hacia el Imperio, eterna lección de Roma, o recaemos en la tribu, eterna tentación de África. Y por eso el hecho lingüístico español, como reflejo de ese dualismo interno, parece que cumple esa misma ley y ese mismo ritmo, y que sus cultivadores más representativos trabajan sobre esas dos líneas: y son el Góngora de las Soledades y de las letrillas; el Quevedo de los sonetos casi marmóreos y de los romances casi plebeyos; la Mística de los donaires de Santa Teresa y las profundidades de San Juan...


Esta es España en todo: dioses y mendigos en la pintura; héroes y graciosos en el teatro; místicos y pícaros en las Letras. Y esta es nuestra lengua: una equidistancia entre lo culto y lo vulgar, entre Lope y Nebrija; un equilibrio salvador que hace que, así como cuando España se va haciendo demasiado afrancesada o europeizante, la salva una alcaldada del monterilla de Móstoles, así cuando nuestro idioma se va haciendo demasiado latinizante o culto, le salva una alcaldada de un villancico, de un refrán o de un «rondel» popular. Esa es nuestra lengua; todos los oros y todos los cobres que contribuyeron a la aleación de este buen metal del alma de España que sonó, luego, tan limpia y bellamente sobre la piedra de toque de la Historia universal.

(Grandes aplausos.)

Ahora bien; esa dualidad de todo lo español —y del «hecho léxico», por tanto, también— es lo que nos da un extraordinario vigor, porque nos provee de los dos elementos precisos, para cada coyuntura: el Imperio, de inspiración romanista, gran fábrica de cultura; la tribu, de inspiración africana, gran fábrica de vitalidad. De la tribu son los momentos de sostenimiento del mínimo vital, de recobro de una independencia o de una libertad: guerra de la Independencia o guerra de la Reconquista. Entonces se exorcizan todos los peligros de la tribu y se convierten en valores aprovechables para la unidad: la anarquía se hace guerrilla o mesnada; el individualismo se hace inspiración de cabecilla o alcaldada de Móstoles; la democracia se hace totalidad fervorosa, y hasta la chabacanería se hace canción o folclore: romance de la Reconquista o jota de la Independencia. Pero cuando, merced a este esfuerzo tribal, de raíz impura, se ha recobrado ese mínimo de unidad, entonces llega el momento de meter toda esa vitalidad en perfiles de cultura y civilidad ; y es el momento del Imperio, de inspiración romanista y unitaria. Y por eso España, «marca» de Europa, pueblo de occidentalidad siempre en precario, de europeidad siempre en peligro, ha tendido, en esos momentos, a abultar e hinchar sus adquisiciones occidentales: un día se romaniza, y en seguida «ya quiere ser más romana que la propia Roma», con los Balbos que ponen en el alma de César el sueño imperial, cuyos máximos constructores serán los emperadores béticos; y otro día se europeiza, y ya quiere ser más europea que la propia Europa, con Carlos V y su lucha por la unidad religiosa, y Felipe II y su política intransigente, inquisitorial, más católica que la propia catolicidad, más papista que el Papa; ritmo y afirmación defensiva, característica de un pueblo que se hizo y nació de la voluntad de vida occidental sobre esa tendencia de africana dispersión, porque el día en que España, invadida por las tropas árabes, tuvo que escoger definitivamente entre su europeidad y su orientalismo, la hubiera bastado un momento de dejadez de su conciencia occidental para haberse entregado fácilmente, como Constantinopla, por el otro extremo de Europa, a un modus vivendi con los vencedores; pero, lejos de esto, afirmando su voluntad de resistencia y haciendo de esa afirmación el eje de la nueva nacionalidad que nacía, se pegó fuerte mente, como un león acorralado, contra la pared de nieve de los Pirineos, y desde allí, zarpazo tras zarpazo —en política, en religión, en lengua, en cultura, en todo—, fue repitiendo y 1 reafirmando durante varios siglos su inquebrantable voluntad de seguir siendo un pedazo de Europa, un pedazo de la Cristiandad. (Aplausos.)

Un momento así de reafirmación, de sentido central y romanista, es aquel en que Nebrija viene a ordenar la lengua castellana. España había prolongado casi dos siglos más que otros países la edad heroica por su lucha con los moros. Parece que Nebrija, con una madrugadora intuición, antes de estar arrojados siquiera los moros de la Península, percibe la magnitud de la hora, y va a Italia a acumular latín, cultura, Renacimiento ; todo lo que iba a hacer falta para «develar la barbarie», para meter en perfiles esa vitalidad recobrada con la Reconquista. Pero cuando, según nos ha explicado perfectamente Julio Casares, llega de Italia, le sale al encuentro la intuición de la Reina, esa intuición de madurez imperial (la misma que la hizo fundar la Casa de Contratación durante el segundo viaje de Colón, cuando todavía no se sabía toda la extensión que iba a tener aquel nacimiento del Nuevo Mundo), y le incita a aplicar esa adquirida sabiduría humanística a la lengua castellana, que ella adivina próxima a una difusión ecuménica. Entonces nace la Gramática que hemos visto todos, con emoción esta mañana en la Exposición bibliográfica, y estampa la famosa frase del prólogo: «Siempre fue la Lengua compañera del Imperio, y de tal modo le siguió, que juntos florecieron y junta fue la caída de entrambos».

El dice que esa gramática servirá para enseñar a los futuros infieles que se civilicen; pero como sabe que la «unidad» es base de toda difusión exterior —porque hay que apretar el arco antes de lanzar la flecha—, dice que también ha de servir para enseñar a los «navarros y vizcaínos». Queda resuelto así el problema de las hablas hispánicas, como lo resolvían, en aquel momento, matrimonial y equilibradamente, los Reyes. La Reina, castellana, decía 'hambre', 'hablar'; El Rey, aragonés, decía 'fambre', ¡fablar'. El pueblo, que los adoraba, había hecho del hinojo —todos lo sabéis— símbolo de aquella unidad nacional, porque en Castilla decían inojo, con la inicial de Isabel (entonces inojo se escribía sin hache), y Aragón decía finojo, con la inicial de Fernando. Y ese problema, ese choque de las hablas, ellos lo resuelven con un amoroso concierto: Don Fernando modera su acento aragonés para hablar a sus súbditos, y cede a su esposa, porque sus vocablos castellanos —dice— son «más propios». Pero el poeta adivina que, en la intimidad de su hogar, a Isabel le gustaría, de vez en cuando, seguirle oyéndole fablar con aquel acento nativo con que la enamorara un día. De esta forma quedaba resuelto el problema de las hablas de un modo matrimonial; con una equidistancia entre lo local y lo estatal: el castellano para el Estado y para el Imperio, y el lenguaje vernáculo para el amor y para la domesticidad.

Pero esto exigía una acentuación del elemento Imperio, del elemento humanístico, romanista; del elemento culto. ¿Para qué? Para prevenir ese declive natural de todo lo español hacia la tribu, hacia el elemento de dispersión. De esto es de lo que se ha en cargado Nebrija. Y Nebrija lo va a hacer con una fórmula de equilibrio y asimilación admirables. En aquel momento, en España, todo fue «asimilación», nada «exclusión»: el Renacimiento, una asimilación: Fray Luis de León es el Renacimiento españolizado; la Reforma, una asimilación: Loyola y Trento, y Santa Teresa, son la Reforma españolizada. Del mismo modo, Nebrija viene a ser el humanismo españolizado. Mientras otros humanistas, como se nos explicaba estos días, cual el Cardenal Bembo, no querían que sus discípulos leyeran las Epístolas de San Pablo para que no corrompieran el latín; mientras Jacopo Sannázaro metía en un poema religioso al dios Mercurio, Nebrija, con el afán de sintetizar su humanismo con la sustancia cristiana, lo aplica al estudio de los Himnos Sagrados; pone sobre Su frente la Thalicrhistia de Álvaro Gómez, porque le parece un poema virgiliano con sustancia ortodoxa; recomienda a sus alumnos el Carmen Paschale, de Seduico, porque le parece que es tan correcto en su doctrina como en su métrica. Nebrija es la cantidad de humanismo que cabe dentro de una ortodoxia intransigente.

Pues esto mismo, este mismo equilibrio y este espíritu de «asimilación» es el que lleva, en realidad, al tratamiento del idioma. No nos damos cuenta de lo que ha perdido el hombre en su lúcida facultad de «ver». Ya explicaba yo, una vez, en la Academia, precisamente en la recepción del Almirante Estrada, cómo el hombre de Altamira, por ejemplo, tenía una lucidez para el movimiento de los animales que, después, no han vuelto a tener ni siquiera los pintores egregios, como Velázquez, cuyos caballos son como una abstracción, tina alusión de gloria, pero no una reproducción gráfica de la realidad que no ha vuelto a ser captada por el ojo hasta que la fotografía instantánea reveló, otra vez, el movimiento de los animales.

Este mismo declive de la visión lo ha habido en el lenguaje. Zonas enteras a las que antes proveían los ojos han sido proveídas, después, por la abstracción y la cultura. Allí donde un hombre moderno dice, pura y crudamente, 'insultar' o 'injuriar', un hombre del siglo XVIII decía «poner cual chupa de dómine», y un hombre del siglo XVI «poner cual no digan dueñas», hablando con los ojos y pintando dos cuadritos de costumbres que aluden, respectivamente, a la chupa llena de manchas del dómine pobrete o al cotorreo de las dueñas en tertulia de antecámara.

Pues bien; cuando Nebrija llega, aquel idioma acabado de formarse a la luz del sol, en el campamento, en aquella España que había prolongado dos siglos su edad heroica, era un idioma construido hacia fuera, por los ojos, y hacia adentro, por las preocupaciones comunales del Imperio y de la religiosidad. Un idioma que para decir una cosa breve decía un santiamén o un credo o una «santiguada»; que hablaba, como habla todavía el pueblo, de la "sal" y del "ángel" para celebrar la gracia de la mujer amada, trasladando a los signos de la gracia humana los de la Gracia divina; que para decir una gran terquedad decía «fijo en sus trece», aludiendo a Benedicto XIII, que había muerto en Peñíscola fijo en la terquedad de su pontificado cismático; que decía «se armó la de Dios es Cristo» para un gran alboroto, aludiendo a las disputas contra los arríanos y nestarianos, que negaban a Cristo en su divinidad; que decía «vale un Perú» para significar un valor supremo; que decía «se armó la de San Quintín» para aludir a un gran alboroto; o sea que convertía los temas americanos y europeos del Imperio, las preocupaciones religiosas, en carne de modismo y de fraseología. Que para lapidar a una persona con su odio decía «tiene cara de judío o de hereje», demostrando así que cuando el dedo doctoral del inquisidor señalaba a los enemigos de la Fe, se rozaba con el dedo paralelo y moreno del gañán que señalaba a los enemigos de su propio espíritu. Y todo este lenguaje, hecho con los ojos y con las palpitaciones realistas y diarias, expresado en una fonética cerrada y contundente, propia de un pueblo que seguía viviendo la «edad heroica», porque mientras otros pueblos podían ya diluir sus vocales en semitonos aterciopelados, propios de cuchicheos de antecámara palaciega, donde la fonética se amortigua entre tapices y cortinas, España, que vivía a la intemperie de la Reconquista, seguía necesitando las cinco vocales exactas como sones de tímpano, como las cinco cuerdas de la lira, para gritar sus alertas, de centinela en centinela, bajo las estrellas del campamento de Santa Fe de Granada.

(Grandes aplausos.)

A este lenguaje lleno de vitalidad aplica Nebrija —como digo— su tratamiento de equilibrio; y, sin ahogar todo ese vigor, le aplica su ordenación gramatical con un enorme sentido histórico, o sea reconociendo todas las aportaciones de los diferentes pueblos: empleando, como aquí se ha dicho, para ejemplo, muchas veces, hasta «rondeles», refranes y villancicos populares. Así, de sus manos sale ese castellano equilibrado y perfecto que ha de servir, en definitiva, a Cervantes para sonreírse de la vida, a Quevedo para reírse de la muerte y a San Juan para hablar de Dios; ese castellano con tal coeficiente de elasticidad que llega a todas las profundidades y anchuras: arriba, la Mística; abajo, la picaresca; de un lado, el teatro; de otro, el romancero; todos los valores y matices del espíritu insertos en esa rosa de los vientos de España, en esa cruz que forma la horizontal del heroísmo al ser cruzada, de arriba abajo, con esa vertical que va desde los abismos humanos de la picardía hasta las cumbres soleadas del amor de Dios.

Esa decadencia del castellano sólo se consuma cuando esos elementos de la síntesis se separan. En definitiva, no hay tiempo de explicar que el «culteranismo» y el «conceptismo» son un poco esto; lo culto y lo popular divorciados; la rotura del equilibro nebricense. Gracián es, un poco, el refranero hecho monomanía; y, si no Góngora, muchos de sus secuaces, son un poco el humanismo hecho pedantería. Adelantan ya tales corrientes esa disgregación de elementos que ha de acabar, en definitiva, en esas promociones intelectuales que se habían de enfrentar poco a poco en España; las unas, españolísimas, pero sin universalidad de estilo; las otras, sin sustancia española, aunque con modos, a veces, muy finos y muy europeos; las unas que olerán demasiado a cocido; las otras que olerán demasiado a rapé. Por eso, viendo las consecuencias definitivas a que este rompimiento llevó, exaltamos como momento central de la lengua y de la Patria aquel de la síntesis nebricense; cuando éste, en la madurez de su vida, cargado con su botín humanístico de Italia, y con su Gramática, y sus Vocabularios, y su Áurea Expositio, al volver a su tierra, enreda, como los claveles en los barrotes de la reja, en sus exámetros latinos, todos los te mas españoles: la peregrinación de los Reyes a Compostela, el matrimonio de la Infanta Isabel y del heredero de Portugal, la Virgen de la Vega, la muerte del Duque de Alba; y, sobre todo, la emoción de esa Salutatio ad Patriam, donde sus dísticos elegíacos no se desdeñan de evocar aquellas escenas tan caseras y tan íntimas, aquellas escenas de cuando se colgaba del cuello de su padre o se refugiaba en el regazo materno; y perdía y ganaba las nueces con otros compañeros: ¡ exámetros latinos y evocaciones aldeanas; versos de magnífica ponderación para desplegarlos, como una bandera de dos franjas, bandera de la cultura española, bandera del Imperio y de la tribu, en el aire de esta Sevilla, dual y equilibrada, cuya Santiponce evoca el nombre de un Poncio senador; cuyo barrio más popular se llama Triana, o Trajana, con el nombre de un Emperador; cuyos rapaces, futuros torerillos, jugando en la Alameda a los mismos juegos clásicos que recogió un día Rodrigo Caro en sus Días lúdricos y geniales, lo mismo pueden esconderse detrás de un naranjo colorista como en una tarjeta postal, que detrás de las sobrias piedras de los Hércules romanos de la Ala meda; sinfonía de lo clásico y lo andaluz, cuyo compás parece que lleva, en el límite mismo entre el último colmado folklórico y la primera piedra de Itálica, esa columna serena y pensativa, batuta de Sevilla, que se alza en los jardines de Castilleja de Guzmán.

(Aplausos.)

Gracias a esa articulación que le dio Nebrija, el castellano conservó ese semblante duro e impertérrito frente a todos los soles y frente a todas, las intemperies. Se cumplió la profecía, y aquellos naturales de las tierras descubiertas, pronto lo aprendieron: y por él recibieron la Cultura con una profundidad desconcertante. ¡Fenómeno único en la Humanidad! porque a una generación de distancia, un nieto de un emperador azteca, reciente, precolombino, Fernando de Alba, era ya casi una autoridad de la lengua, preludiando la gloria del inca Garcilaso; y un indio, con una generación nada más de europeísmo, con sus padres inmersos todavía en las nieblas anteriores a la Conquista, pudo obtener el grado de Profesor de Retórica latina en uno de los Colegios imperiales... 

Bastan estos datos fríos y escuetos para alzar los ojos ante ese concurso de las naciones que en estos momentos andan discutiendo de civilización y de conducta, y lanzarles sencillamente la pregunta de cualquier subasta: «Señores: ¿hay quien dé más?»

(Grandes aplausos, que interrumpen al orador.)

Por eso, todos los que honradamente han estudiado el castellano en América, por cima de todos sus peligros de los «lunfardos» promiscuos de los muelles y de los tipismos camperos, y de los acarreos inmigratorios., han diagnosticado su buena y espléndida salud. ¡Oh la emoción para los que hemos ido allí, en las profundidades de la Pampa, en un día azul y luminoso!, «un día andaluz», que decían los que me llevaban, no sé si por cortesía de anfitriones o por nostalgia de nietos, la emoción de pedirles a los payadores, que estaban con su «quena» y su guitarrilla paraguaya, que cantaran algo, y oír romper el aire de la llanura infinita con aquellos versos inmortales: «ven muerte tan escondida — que no te siento venir»...

Después, sí, cayeron juntos la lengua y el Imperio, como anunció Nebrija. España se encerró en sí misma, lanzó aquella consigna a que aludí otras veces, «escuela y despensa» —buen programa para un ama de casa, programa demasiado modesto para nosotros que habíamos sido amos del mundo— y se dejó colonizar, como aquí recordara Casares, en lugar de •colonizar ella palabras y expresiones, como en otro tiempo.

En ese momento del pesimismo, de América viene la voz de la esperanza. Aquel gran nicaragüense, Rubén Darío, es el primero que abomina del pesimismo: «abominad la boca que predice desgracias eternas»; abominación de 1898. Después, abominación de sus consecuencias: «abominad las manos que apedrean ruinas ilustres»; abominación de los apedreadores del 1931. Y después, tras esta parte negativa, el estallido del optimismo y de la esperanza: «¿Quién será el pusilánime que al rigor español niegue músculos?...». Y la invocación suprema: «ínclitas razas ubérrimas, —sangre de Hispania fecunda».

Y no se había extinguido, casi, todavía, la última sílaba de Rubén, cuando el Premio Nobel, tan cicatero para las cosas hispanas, va a buscar allí, en su retiro de Petrópolis, a una ilustre chilena, Gabriela Mistral, y la saca al proscenio de la Gloria. Y Gabriela se pone a cantar al mundo con voz antigua y nueva:

Hombres que trabajáis en el verso y la prosa

cual trabaja el silencio en la profunda rosa

y mis mineros del cobre apasionado,

tengo una gracia para estar a vuestro lado.

He enseñado a leer a gente americana

amasando verdades en lengua castellana.

Dije mi Garcilaso y de Santa Teresa

sacando de Castilla las normas de belleza.

Y he dicho al descastado que destiñe lo nuestro

que en español es más profundo el Padrenuestro.


Y Gabriela Mistral, verbo de oro en entrañas de fuego, me tiendo la mano en el corazón de la raza y sacándola chorreante de poesía, dice su palabra definitiva, que en esta hora nos suena a bálsamo de justicia y de consuelo:

Soy vuestra y ardo dentro de España apasionada,

como el diente en el rojo millón de la granada.

Os fue dada, españoles, una virtud tremenda:

el ganar el botín y abandonar la tienda...


Y después, el dístico final, que debiera grabarse con letras de oro en todos los frontispicios de las asambleas que están decidiendo el futuro del mundo:

Perder supieron sólo España y Jesucristo,

¡y el mundo todavía no aprende lo que ha visto!


(Grandes aplausos.)

Hermanos todos de las tierras de América, y vosotros, hermanos españoles: vivimos un momento nebricense. Otra vez se ha recobrado la vitalidad española con las vitales fuerzas de la tribu, impuras siempre e incompletas. Llega el momento de darle la universalidad, de darle la plenitud romana, de dar le la precisión de perfiles culturales y humanos a la gran con quista vital. Otra vez, para el idioma, no hay otra fórmula sino la nebricense. Trabajemos, juntos, en ella. Salgamos otra vez a los caminos y a las veredas; enganchemos otra vez la ciencia docta con la sabiduría artesana que sabe mil nombres para cada oficio, y con el grafismo campesino que sabe mil palabras ! chorreantes de color para cada nube y para cada río; y después de bautizar otra vez así el idioma con este rocío matinal, arriesguemos un tratamiento de intervención dura; un entrarse a galope por rótulos de cine y por titulares de prensa y por letreros de tienda; un despegar gozosamente carteles y anuncios; una intervención, dura y académica, que nos recobre para la lengua, como para el espíritu, ese equilibrio entre el vigor nativo y el rigor clásico que es nuestra fórmula única de vida y expresión. Porque nuestra lengua, expresión de este pueblo dual, hecho de Imperio y de tribu, se hará siempre, como se hizo en aquella hora inmortal, con una equidistancia sabia en tre el ceño de Antonio de Nebrija y las sonrisas de la Reina Isabel.

(Grandes y prolongados aplausos.)

JOSÉ MARÍA PEMÁN.

1Se refiere al discurso de D. Julio Casares, Secretario de la Real Academia Española.