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lunes, 20 de junio de 2011

DIÁLOGOS CON EL CAIMÁN


Para todos aquellos que empiezan; para los que se preguntan sobre cómo serán o cómo eran. Para los que simplemente tienen la curiosidad de saberlo. Ahí va un relato que tratará de explicarlo. Contiene muchas vivencias reales de compañeros, pero cuyo parecido con la realidad es mera coincidencia. También es cierto y hay que tener presente al leerlo, que los tiempos cambian y los hombres viven el tiempo que les toca vivir y que esto que se narra era en los albores de los noventa.







Cuando aquel joven de prácticas llegó a aquel perdido distrito de Madrid, le pusieron, en su primer día, a patrullar con un «veterano» de dos meses de antigüedad efectiva.

En aquel ciclo: mañana, tarde y noche, movidos ambos por la vocación y por sus espíritus jóvenes e inquietos, pasaron 32 filiados y otras tantas matrículas, patrullaron incansables por aquellas largas calles metiéndole al destartalado BX un centenar y medio de Kilómetros más, y fueron con los pirulos puestos a casi todas las llamadas a las que acudieron. Aquel joven de prácticas no tuvo, en aquella ocasión, su primer detenido pero aprendió, según le dijo su veterano, que se debía patrullar entre 9:00 y las 10:00 horas de la mañana insistentemente por las calles con comercios pues es cuando abren y cuando pueden ser atracadas. En general se sentía a gusto con aquel compañero pese a que en una riña domiciliaria les habían ninguneado un poco.

Cuando terminaban y salían del servicio de noche, el viejo guardia que estaba de operador de sala, se acercó a ellos y les echó la bronca:

—¿Os habéis pensado que vosotros estáis aquí para pasar a todos los madrileños y sus coches, y que yo estoy aquí sólo para daros gusto o qué?

«Otro caimanorro», pensaron y se fueron a  dormir sin más.

 

Al volver al siguiente turno, la fortuna ya no sonreía al de prácticas: le habían puesto de compañero a un caimán.

—¿Tienes ganas de trabajar hoy como el otro día con fulano, El Nuevo? —le preguntó aquel gigantón de cincuenta y tantos años, con una voz que hacía que temblara la estancia y cuyo eco se propagaba por los pasillos de Comisaría.

—Pues sí, tengo ganas… para eso nos pagan ¿no?

—¡Pues siéntate ahí hasta que se te pasen! —le dijo mientras el resto de veteranos del grupo, incluido el jefe de turno, le reían la gracia. Cosa que a él, lógicamente, no le hizo ni pizca.

Ya en el vehículo, unos minutos después, le volvió a preguntar: ¿sabes lo primero que hay que hacer por las mañanas?

—Sí, supongo que patrullar los comercios para evitar robos —contestó como creyéndose poseedor de una verdad inmutable.

—Pues no, eso es algo que te habrá dicho ese ‘puto nuevo’ que acaba de salir del cascarón, pero no es eso, lo primero es desayunar. Porque si ‘el guardia’ no desayuna no rinde bien.

 

Tras el desayuno, a eso de las 9:30 horas, aquel barbudo con mirada de león fiero, sin decir ni oste ni moste, le llevó a los límites del Distrito que eran las afueras de la ciudad, donde el paisaje de los comercios, los edificios y el asfalto se cambiaba, en rápida transición, por el de los arrabales, las chabolas y los senderos; donde se acaba todo para los ciudadanos pero empieza el inframundo para los policías y los delincuentes. Le señaló un coche aparcado junto a otros y le dijo: «ése está robado». Efectivamente así era. Recuperó su primer vehículo sustraído esa mañana. Le explicó —con tono irónico— que los ‘choros’ no son madrugadores y que los coches que roban en la noche los abandonan, al amanecer, en sitios como aquel, donde tardarían mucho en ser descubiertos porque los policías “nuevos” se dedican a pasearse por las calles dejando esto para los guardias viejos. Por las mañanas temprano —le dijo— apunta: buscar coches sustraídos.

Luego tras terminar de hacer el papeleo en Comisaría, le dio un par de vueltas por su sector y en un momento dado le dijo que «ya estaba bien de hacer kilómetros» y le llevó «a hacer gestiones», que al joven le sonaron a «escaqueo feroz». Paró el vehículo y se fue andando a varios Bancos, en alguno de los cuales tenía cuenta y donde aprovechó para hacer unos pagos. En otros simplemente se dedicaba a hablar con los empleados, todos parecían conocerle y agradecer la visita. Aparte de banalidades, le hablaron sobre varios sujetos que habían tratado de cobrar cheques falsos y sobre un par de sudamericanos que les parecían “cogoteros”.

Al joven de prácticas no le gustaba nada que el zeta estuviese parado, le parecía que al no circular se estaba perdiendo algo en la gran ciudad. Lo suyo era ir a toda velocidad, creía que patrullando por muchos lugares a la vez, por probabilidad, se encontrarían con los servicios buenos. En su ingenuidad pensaba que no era de infantería sino de caballería.

 

El veterano siguió a lo suyo y hacía con el joven como si este no existiese: detenía el vehículo y se bajaba a hablar con la floristera, con la tendera, o con el charcutero, y se ponía a charlar con ellos de fútbol o de lo que fuera, sin mirar para él. Al final de cada conversación sus contertulios siempre le advertían de algún ‘pájaro’ al que habían visto merodeando; y esto al joven siempre le parecía una excusa para salvar el hecho de haber estado perdiendo el tiempo. Su aversión contra el espíritu de aquel hombre le sostenía en su lucha secreta; lucha profunda que llega a dar cierta serenidad estúpida al que la siente, y una seguridad entre épica y altiva al que al padece.

Luego, como para fastidiar y no contento con esto, el veterano paraba el vehículo para hablar además con los jardineros, los barrenderos y todos los operarios municipales, que se encontraba en el camino.

—¡El tío éste, gañán, no hace otra cosa que hablar con todo Dios! —pensaba.

Uno de estos, un barrendero, le entregó una cartera que alguien había perdido. Hicieron una minuta.

Cuando ya eran la 13.00 horas, le preguntó:

—¿Qué has aprendido hoy, novato?

—Pues… como no sea teoría y práctica de la plática.

—¡No coño, no! ¡Hemos sembrado para el día de mañana recoger! Esa gente son tus ojos cuando tú no estás. Te han visto de cerca y no desde un vehículo, te conocen por tu nombre y no por tu número. Te avisarán un día de algo. Descuida. Y, entretanto, te ponen al día de todo lo que se mueve y menea por aquí. Desde el zeta no te ven, y así además piensan que te preocupas por ellos. Se recogen cosillas que luego te pueden servir. Hala págate una caña, pringao.

Y el joven pagó su primera ronda: de caña y de zumo.

Al salir, cuando les llegó el relevo, el de la sala, que era amigo de éste,  se les acercó y les dijo:

—Le estás enseñando bien, ¡así da gusto! Una placa; un recuperado. No como el otro día, vaya cantamañanas: pasasteis hasta la placa de un vehiculo camuflado.

 

Al día siguiente, en el servicio de tarde, el veterano le seguía cayendo antipático al joven de prácticas. Al pasar frente a unos chavales que estaban sentados en un banco, se armó de valor y le preguntó si no pasaba filiados.

—¡Para qué y por qué!

—¿Cómo que para qué? para ver si están en Búsqueda y por pillar algún malo.

—En este Distrito a los que están en Búsqueda ya los pillará la Secreta. Yo no identifico a nadie sino tengo un motivo, y el que vayan por la calle sin más o tengan malas pintas no lo es. Aquí a los que buscan tienen buena pinta, porque aquí hay mucho choro de guante blanco. No se puede ir por ahí pidiendo los ‘carneses’ como el que pide tabaco. Otra cosa es que hubieran estado fumando porros o bebiendo litronas, pero no es el caso. Una mala intervención da problemas casi siempre. Una intervención que no se hace, casi nunca —sentenció.

La tarde se fue pasando, pues, sin filiados. Parando en alguna taberna que otra para hablar de lo suyo, de alguna batallita, y de algún malo que el tabernero había visto merodeando; mientras uno se tomaba una cerveza siempre y el otro, invariable, un Biosolan Multifrutas. La emisora (que los coordina) sacó al joven de sus malos pensamientos para con la salud de su compañero. Acudieron a  una riña en un domicilio. Los gritos de la discusión se oían desde el portal. Llamaron a la puerta y nada más abrir el matrimonio de treintañeros se quedó como mudo al ver el aspecto del veterano, que más parecía que venía a matarles a ambos que a mediar en un conflicto.

—Buenas tardes o malas, depende ¿no? —dijo con aquella voz autoritaria que tenía, clavando su fieros ojos en los de ambos.

«¡Coño qué manera de entrarles!» , pensó el joven, cuando el ambiente hostil aún se podía cortar con cuchillo, aunque también veía que lo que sí se había cortado era el escándalo, y de cuajo.

Pasaron dentro del piso y le dijo a ella que hablara. Ella contó su versión y cuando le llegó el turno a él, el veterano preguntó: ¿eso que huelo es café?

—Pues sí, ¿quiere una taza?

—Sí, gracias. Yo a estas horas mataría por un buen café. Ande tráigame uno si es tan amable, mujer.

La señora, un poco chocada, se fue y mientras, en su ausencia, el marido, que era un poco meapilas, les contó su versión. Justo lo contrario de la de su parienta, claro. Para cuando volvió la señora con la taza, el veterano ya tenía convencido a aquel tipo de qué era lo mejor, y de que debía hacer las paces y seguir con la vida, ya que para cuatro días que estaba uno... Se tomó el café en tanto que la pareja aquella de mojigatos se terminó de reconciliar. Cuando se marchaba por la puerta, se volvió y les dijo:

—Dentro de un par de días vuelvo por aquí a veros. Si no hay problemas me hacéis un café, y si los hay… pues también. Y se fue dejando tanta paz como ira había al entrar.

El joven de prácticas alucinaba en colores, aún no entendía cómo aquel gañán barbudo sin conocimientos de psicología, sin formación y sin apenas vocabulario se había hecho con la situación, pero le encantó la forma en que dominó la situación, muy diferente a la otra en que los había ninguneado. Ya fuera, de regreso en el coche, le dijo:

—Recuerda: cuando haya una riña o una reyerta separa las partes siempre, con la excusa que sea, pero tenlos separados, así te será más fácil hablar e imponerte.

 

El veterano cuando se juntaba con otros como él hablaban de los viejos tiempos, del compañerismo, del 24x24, de circunscripciones y de banderas (la doce y la once), de Radiopatrullas e Inspecciones de Guardia, y de cabos y sargentos; en tanto que él sólo hablaba de vocación, de los cinco turnos, de Bases y Brigadas y Unidades, y de la ODAC y el SAC, de oficiales y de subinspectores. Eran dos mundos y dos generaciones separados por un alto muro de incomprensión mutua.

 

Al tercer día, la noche se le hizo muy larga con aquel aldeano con el que apenas si tenía cosas de las que hablar y con el que, quedaba claro, no hablaba el mismo idioma ni había conexión posible. El veterano le llevó a varios sitios donde había «mujeres solitarias que fuman». Charlaba con ellas y ellas con él, sin ningún pudor, como si sus dos profesiones perteneciesen a la misma esfera social y marginal. Era una idea, la de mezclarse promiscuamente con cierta gente residual, que le martirizaba tanto como la de llegar a contratar, de servicio, sus «servicios». Pero no pasó nada de eso. De nuevo le contaron, al final, como para justificar tanta parla, de alguna ave nocturna de las de mal agüero a la que veían planear por entre las sombras de aquellas calles, de vez en cuando. Al joven, una de las más jóvenes y también de las más guapas de entre aquellas trabajadoras autónomas del amor, le guiñó el ojo cuando se iban. Él pensó en devolverle el guiño pero no se atrevió. Sintió, no obstante, algo raro, algo que empezaba a cambiar en su interior.

—Hijo, la morena te ha mirado ¡Ay, si yo tuviera tú edad y treinta kilos menos! Si quieres que te respeten habla con ellas, pero no mezcles trabajo con placer. Eso como filiar a lo tonto: casi nunca sale bien.

 

En algún bar de los que es necesario tener mucha sed para verte en la necesidad de entrar, el veterano llevó al novato y tomaron lo de costumbre. Allí, entre tanto personaje noctámbulo y tanto humo flotando en el ambiente, se apareció el jefe de servicio. El joven se puso más tieso que una vela. Pero observó, con alivio, que aquel hombre no venía pedir cuentas sino a charlar un poco. Encima se hablaba con el veterano como si de dos antiguos camaradas se tratase. Pidió una cañita, se la bebió y, cuando ya se iba, les recordó que estuviesen pendientes de un par de coches que se habían dado en la fuga, no nos fueran a hacer un “alunizaje” y otro par de ellos que habían sido sustraídos.

—Bien —pensó el joven ilusionado—, algo de acción por fin.

 

Pero no, hacia el ecuador de aquella noche, cuando cesó el ajetreo y la actividad disminuyó gradualmente hasta hacerse el silencio, y la emisora se quedó callada, el veterano detuvo el coche en un lugar apartado, donde reinaban las sombras de la noche, y se echó a dormir.

El joven se puso a pensar en todo lo que había anhelado que llegase ese momento: el de estar subido a un zeta por fin, en su vocación, en lo que se había esforzado en la oposición, lo estudiado en las clases de Ávila, todo lo sufrido hasta salir de la Academia. Y ahora estaba en uno de esos momentos, tan temidos por él como anunciados por todos, y se vio y sintió ridículo. Por pensar pensó en el otro veterano, “el nuevo”, en su espíritu y animosidad…y le echó de menos.

La emisora rompió su silencio y el soliloquio interior del joven. Se estaba produciendo un alunizaje en una calle céntrica, muy próxima a su punto. Despertó al caimán, éste arrancó y salieron zumbando. Llegaron a tiempo de detener a uno de los dos individuos que se encontraban junto al escaparate fracturado de una tienda de ropa: El joven creyó estar viviendo en una película. Era su primer detenido. Se fijó que el viejo, sin embargo, actuó como si fuera algo normal, de toda la vida, algo a lo que parecía estar muy acostumbrado, dando la descripción y la situación del compinche que se iba por pies del lugar: al que detuvieron tres calles más allá.

Los rayos de sol que se filtraban por las rendijas de la ventana de la Inspección de Guardia anunciaban que llegaba el día y se acababa, por fin, el servicio.

 

Luego vendrían más días de servicio y más detenidos, y más compañeros. Y el joven de prácticas supo, mucho tiempo después de aquel día, que aquel veterano barbudo y gañán era un policía dos veces condecorado con La Blanca porque había sido herido en un atentado y había tenido muchos enfrentamientos armados con atracadores de bancos en los setenta, cuando era joven, aunque él decía que se la habían dado por idiota e inconsciente; que se pasaba todo su tiempo libre velando, como un esclavo, a un hijo pequeño que tenía con leucemia en el hospital. Motivo por el cual, en ocasiones, tenía falta de sueño. Para entonces ya no le caía tan antipático; para entonces empezó a comprender muchas cosas que antes no, como que es posible quedarse traspuesto si tienes razones, aunque no las digas por orgullo, y a entender que, libre de prejuicios, otras tantas cambiarían en adelante su forma de pensar. A partir de entonces aceptaría los guiños que le iba ofreciendo el azar, a tomarle el pulso a la ciudad y a escuchar lo que decían sus gentes. Para entonces se podría decir que empezó a admirarlo y que se le fue desprendiendo algo de la ingenuidad que traía adherida en los laterales de la pequeña maleta de viaje con la que iniciaba el recorrido de su vida. Y poco a poco, con los años, se quitó la coraza de impasibilidad por donde habían estado resbalando todas las lecciones que le habían ido enseñando aquel, y otros caimanes que vendrían después. 
 

¿Dónde están que no se les ve? ¿Ya no quedan de aquellos caimanes?


FIN

© Humberto

viernes, 17 de junio de 2011

El ruiseñor, el canario y el buey

El ruiseñor, el canario y el buey



Junto a un negro buey cantaban
un ruiseñor y un canario,
y en lo gracioso y lo vario
iguales los dos quedaban.
"Decide las cuestión tú",
dijo al buen el ruiseñor;
y metiéndose a censor
habló el buey, y dijo: Mu.

[Juan Bautista Arriaza (1770-1837)]

martes, 7 de junio de 2011

Pemán, anécdota acerca de la tan traída frase: La dialéctica de las pistolas









«La dialéctica de las pistolas»

A medida que la República se descaraba y presentaba toda su torva fisonomía, José Antonio Primo de Rivera iba retocando su posición política. Trató de presentarse como candidato a las Cortes, cuando el general Berenguer dijo que iba a convocar elecciones. Su programa único iba a ser la defensa de su padre: no siquiera la defensa de su política y su obra, sino la de la persona humana. Esas elecciones no llegaron a celebrarse. Ya José Antonio cuando se suspendió la convocatoria, tenía recorrida casi toda la provincia de Cádiz, en campaña electoral. Yo le acompañé en muchas de esas excursiones, en unión de Julián Pemartín. La cosa era para José Antonio bastante confusa y embrollada. En cada pueblo lo recibían los amigos de su padre: y en cuanto José Antonio insinuaba temas de revolución y justicia social, los auditores se sentían defraudados, porque ellos eran, en definitiva, los caciques del pueblo que habían formado en las filas de la Dictadura. Por el camino, José Antonio, Pemartín y yo íbamos haciendo versos. En algún pueblo nos obsequiaron con baile y cante. Al fin y al cabo ¿los americanos no hacen sus campañas electorales con banda de música, carrozas y vicetiples?


Luego esa convocatoria fue sustituida por unas elecciones municipales que son las que trajeron la República. Al fin se convocaron las elecciones a Cortes constituyentes. José Antonio no ganó el escaño que deseaba; ni el que intentó obtener, luego, en unas elecciones parciales por Madrid frente a la candidatura de don Bartolomé Cossío, santón de la Institución Libre, gran historiador del arte y autor de un exhaustivo libro sobre el Greco.
Al fin José Antonio pronunció el famoso discurso de la Comedia y dio vida a la Falange Española. Es excesivo hablar de un sistema o una doctrina joseantoniana. Él mismo dijo que la verdad política no tiene nunca un programa rígido, como el amor no tiene un planteamiento reglamentado de los besos y los abrazos con que se expresa y se comunica con la otra parte. Por eso a los pocos meses de la fundación del partido, aceptó ser candidato por Cádiz en las elecciones a las segundas Cortes: las del triunfo de Gil Robles. En aquella coyuntura declaró que era candidato sin fe y sin respeto. También dijo en otro discurso que las urnas electorales no tenían mejor destino que el de romperse de un garrotazo. A pesar de lo cual aprovecharía los votos que le dieron unas urnas gaditanas, pues eso de romperlas o no romperlas, desdeñarlas o utilizarlas, depende mucho del contenido ocasional que la urna tenga en su cristalina barriga en cada elección en curso. La campaña fue movida. En San Fernando, en el mitin en que José Antonio hablaría, mataron al presidente del círculo electoral, y dejaron ciega a Mercedes Larios, que asistía al mitin. En otro mitin en Puerto Real, Miguel, el hermano de José Antonio, inició el acto, en el vestíbulo del teatro, pegándole un gran puñetazo al alcalde de la villa. El gobernador lo detuvo y le hizo ir a la cárcel. José Antonio, conmigo y con don Ramón Carranza, visitó al gobernador, que lo puso inmediatamente en libertad. No se lo pedimos, sino que se lo exigimos. En mi juventud, en el casino de Cádiz, había una categoría de socios, que eran llamados cojinables, lo que quería decir que, por cierta condición indeterminada que se olfateaba en ellos, se les podían tirar a la cabeza los cojines de las butacas y sofás de la sala de tertulia. También encuentra uno en la vida pública alcaldes, gobernadores o políticos que pueden ser incluidos en la categoría de chillables. O sea que se les puede levantar la voz sin peligro y con eficacia.
Todo esto es preámbulo de uno o varios almuerzos que tuve con José Antonio. Una tarde José Antonio llegó con algún retraso a la sesión de Cortes y ocupó su escaño que era casi siempre el que tenía yo a mi lado. Venía ligeramente pálido: y me explicó lo ocurrido. Había informado aquella mañana en la Audiencia, defendiendo a unos muchachos falangistas. Al regreso en su coche particular, en una esquina próxima a la Audiencia de donde salía, le obsequiaron con una rociada de balas, que no habían ni rozado a José Antonio, y cuyos impactos en la carrocería del coche, nos enseñó luego a la salida. Lo contaba con visible alegría. Aquello le añadía prestigio. Además confirmaba una de sus fórmulas vistosas y punzantes: la dialéctica de las pistolas. Porque no habría dialéctica si no hubiera pistolas en uno y otro lado.
El marqués de la Eliseda, que se sentaba también en un escaño inmediato, nos convidó a cenar en el Nuevo Club.

–Lo de esta tarde– decía José Antonio, desdoblando la servilleta, aclara mucho las cosas. Me han disparado una bala y una justificación ¿no os parece?
–Yo odio la violencia, pero pienso que la mansedumbre que aconseja el Evangelio, poner la otra mejilla agota en el número dos el pacifismo del receptor de bofetadas. A mí me parece que otorga una implícita licencia para la tercera bofetada: puesto que no hay tercera mejilla que ofrecer.
–Pero también ocurre a veces, que la justificación llega tarde si la bala llegó a tiempo y dio en el blanco.
Nos interrumpió el marqués de la Eliseda, nuestro anfitrión, hoy conde de los Andes:
–Creo que debemos celebrar esto de tu salida ileso, José Antonio... ¿Qué champagne preferís?
Y José Antonio:
–El que quieras... Pero que sea francés.
Y José Antonio le gustaba mucho esmaltar su charla, con estas inesperadas posturas que tenían el valor comprimido de una divisa o un manifiesto. El cenar en el Nuevo Club y pedir champagne francés, era tanto, como expeler, de golpe, cualquier fanatismo nacionalista. La solución de España no la esperaba de ninguna demagogia ni de ninguna cursilería. El hombre portador de valores eternos niega y supera toda aceptación de la masa amorfa. La Patria como un destino en lo universal: aplasta todo nacionalismo localista y aldeano.
–Mi padre tenía que vestir con paños de Tarrasa o Sabadell, porque si no, murmuraban de él sus seguidores, afectados de cierto chauvinismo aldeano. Ésta era el área en la que podía operar la Dictadura. Ya, su hijo, puede pedir champagne francés, porque éste forma parte de esa universalidad que buscamos como la tuvimos en nuestros mejores siglos.
–Me contaba mi padre, intervino Eliseda, que hace años los políticos socialistas se disfrazaban, como los actores antes de la representación, cuando iban llegando al pueblo que los esperaban para alguna concentración o mitin.
Me hacía recordar esto, algo que vi con mis ojos siendo casi un niño, yendo en el tren a Granada, donde tenía que examinarme. Viajaba en mi mismo coche de primera, el líder no sé bien si socialista o ácrata, llamado Sol y Ortega. Poco antes de llegar a su estación de destino, donde iba a celebrarse el acto, se quitó la corbata, se pasó a un coche de tercera clase y cambió su sombrero por una boina. Divagamos:
–La boina es como un cráneo blando y de repuesto, que le viene muy bien a este pueblo celtíbero de cráneos resistentes.
Le recordé a José Antonio algunas confidencias hechas por él durante las sesiones de Cortes, muchas veces aburridísimas,
–Ahora es el momento, me dijo en una ocasión, cuando la minoría socialista gritó algunas apreciaciones injuriosas para la Dictadura de su padre. Tras esta fría puntualización del momento, José Antonio, sólo, se arrojó como un portero que se estira para llegar al balón, con un salto elástico, contra toda la minoría; a cuya orilla fue detenido por una porción de brazos amigos y enemigos. De vuelta a su escaño, me explicaba: –Me falta el tiempo y me sobra la tarea. Por eso, porque no hay tiempo para exquisiteces de diálogo, éste ha de ser sustituido siempre que se pueda, por una acción pugnaz y plástica que explique de golpe, lo que queremos dejar bien claro. Ya saben esos energúmenos que no toleraré golpes bajos en la memoria de mi padre.
Yo le recordé que en otra ocasión empleó también esta técnica del ahorro de saliva y abundancia de acción inequívoca. Una tarde la minoría vasca había lanzado alfilerazos reticentes contra la unidad de la Patria. Les contestó Indalecio Prieto con un apasionado discurso españolista. Nos perdonaba el Imperio y la creencia religiosa. El internacionalismo socialista no implica en sí una disolución de las naciones en su seno... Cuando acabó su discurso, José Antonio se levantó, atravesó un cuarto de salón que le separaba de Prieto, llegó a él y le dio un abrazo fervoroso y ostensible, que conmovió al hemiciclo.
Y a la vuelta a su escaño, la misma explicación.
–Veinte mítines y cincuenta conferencias gritando que la Falange no es de izquierdas ni de derechas, no habrán tenido, estoy seguro, la inteligibilidad clara y concreta de este abrazo público a don Indalecio.
José Antonio no era apasionado, y cuando lo parecía era porque con sus herramientas de intelectual había logrado fabricar la apariencia de una pasión.
Se comprende así perfectamente que se negara a aceptar la invitación que le hicieron para el congreso de los movimientos fascistas que iba a reunirse en Montreux, a las orillas del lago de Ginebra. El hombre como portador de valores eternos y la nación como tarea en lo universal, son apotegmas que exceden por arriba o por abajo cualquier nacionalismo de tipo totalitario: o por arriba hacia Dios, o por abajo hacia el universo.


José maría Pemán.

lunes, 6 de junio de 2011

SOMOZA DE LEIVA

SOMOZA DE LEIVA
Por Álvaro CUNQUEIRO




Ayer entré en una taberna en cuyas paredes colgaban doce estampas, impresas en 1899 en Berlín, en las que se contaba la historia de don Hernán Cortés y los amores del capitán con la lengua Marina. Y me acordé de Somoza de Leiva.
Este Somoza de Leiva —Leiva está en un alto, entre castañares, en Tierra de Miranda— sirviera al rey en el regimiento de Otumba, y desde entonces, porque a cada soldado le habían dado un pliego con la historia de la unidad y lo había leído varias veces- y además era la única historia que había leído en su vida, aparte las coplas del crimen del correo de Andalucía- le había entrado un grande amor por el señor marqués del Valle de Oajaca y sus andanzas mejicanas, y sabía todo lo de la Noche Triste. En Lugo compró esas mismas doce estampas que yo estaba viendo ahora en la taberna, y las tenía colgadas en las escaleras y en el comedor de su casa. Siendo yo mocito, fui allá a la fiesta de San Bartolomé, y Somoza, que ya entonces estaba algo cojo por la mordedura de una nutria en el vado de Siguiero, me leía el texto de cada episodio, y siendo bilingüe la literatura de a pie de estampa, me admiraba, que yo leía la parte francesa.
—¡Mira qué piernas más robustas!
Y guiñándome un ojo me mostraba las piernas de Marina, blancas y redondas. Marina se estaba mirando en un espejo que le regalara el señor capitán.
Somoza era memorialista, perito agrónomo de afición y picapleitos. De una estancia en Baños de Molgas, queriendo sacudirse allí un reuma que él atribuía al diente de la nutria, trajo a Leiva un perro raro, la capa amarilla con manchas negras, bragado en blanco, y que orinaba levantando ambas patas traseras, en raro equilibrio sobre las delanteras. Era un perro triste y callado, que comía las manzanas caídas en el prado, y si escuchaba zumbar las abejas, se ponía a pararlas, agachado, como si fueran perdices.
—¡Ese perro no vale nada!— le dijo mi primo de Trasmontes a Somoza.
—Pues es el perro propio para un letrado! respondió éste.
Y le explicó a mi primo que era el más inteligente de los perros que nunca conociera, y que para un abogado famoso, no tendría precio.
—¡Es un perro que solamente le ladra a la parte contraria!
Si Somoza andaba corriendo con los pleitos de algún vecino, y llegaba alguien de consulta y el perro ladraba, era que el visitante venía, mañoso, suasorio, a enredar en el asunto. El perro daba los testigos favorables, y los contrarios o falsos. Nunca fallaba. Cuando el perro enfermó y cegó, Somoza lo llevó a Lugo al oculista de más fama, el señor Gasalla. Lo llevó metido en una cesta, muy envuelto en una manta zamorana. Iban por la plaza de Santo Domingo, y el perro, desde el cesto, ladró. Somoza se detuvo a ver quién pasaba por allí, y pasaba hacia la calle de San Marcos el guardarríos de Crescente, quien hacía un par de semanas le había puesto una multa.
Se me olvidaba decirles que el perro había sido rebautizado por Somoza con el sonoro nombre de Moctezuma.

Álvaro Cunqueiro (La otra gente)