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jueves, 7 de junio de 2012

La balada de los buenos burgueses - Pío Baroja

La balada de los buenos burgueses de Pío Baroja. 
(Textos olvidados en torno a una polémica)

Gloria Rey Faraldos




Cuando Pío Baroja publicó en 1919 su libro La caverna del humorismo637, envió algunos fragmentos a diversos periódicos y revistas638. El semanario La Internacional, de ideología socialista, dirigido en aquellas fechas por Antonio Fabra Ribas, recibió el capítulo «La balada de los buenos burgueses», perteneciente a la obra mencionada. No se publicó en su momento, sino que apareció en las páginas de la revista, sin mencionar su procedencia, unos ocho meses más tarde, cuando Fabra Ribas había pasado a dirigir El Socialista y se había hecho cargo de la dirección de La Internacional Manuel Núñez de Arenas.
El capítulo en cuestión era una fuerte diatriba antiburguesa (es posible que Núñez de Arenas estuviese en lo cierto al afirmar que había sido elegido por Baroja para La Internacional por esa razón) con referencias poco reverentes a la religión y a la monarquía:


Nuestro país es una balsa de aceite. Nuestra Santa Madre Iglesia tiene días de gloria; las peregrinaciones abundan; los robustos frailes y los amenos jesuitas brotan como la hierba; Su Majestad el Rey muestra su belfo austriaco en las carreras y en las regatas, más que en las bibliotecas y laboratorios. [...].
¡Viva el lujo! ¡Viva la alegría! Gozad, gozad, buenos burgueses; todavía no viene el bolcheviquismo.
No vendrá, no, porque vosotros sois españoles, y con esto está dicho todo; vosotros tenéis la fe que salva y el Santo Cristo de Limpias, que mueve los ojos y bailará el tango argentino si le conviene a los curas639.

Como responsable de la publicación de un texto que contenía injurias al Rey y a la religión fue procesado Manuel Núñez de Arenas. Ya en 1916, desde la revista España, Álvaro de Albornoz había denunciado lo absurdo y anacrónico de una ley según la cual «Es delito la reproducción de los escritos punibles aunque no hayan sido perseguidos. De este modo, el hecho de trasladar a un periódico una página de cualquier libro de esos que andan por todas las bibliotecas populares puede costar al autor de la reproducción unos cuantos años de prisión»640. La realidad era que en 1920, aunque aplicada de forma más suave, seguía vigente, como lo demuestra el proceso del que nos ocupamos.
La impunidad de Baroja y el procesamiento de Núñez de Arenas provocaron los airados e irónicos comentarios de la revista España, que con un artículo sin firma titulado «Un sacrificio del Sr. Baroja»641 encendió el fuego de la polémica. Desde las páginas de España se acusaba a Baroja de haber cargado toda la responsabilidad en Núñez de Arenas, al haber declarado que el texto que apareció en La Internacional no era un artículo sino un fragmento de un libro publicado, y que no había enviado nada recientemente al semanario socialista. En el citado artículo de la revista España se ofrecía una irónica versión de los hechos:
La declaración del Sr. Baroja ha sido seguramente impuesta por el juez y por el Sr. Núñez de Arenas. El Sr. Baroja querría, como es natural, asumir toda la responsabilidad del trabajo y, si fuera preciso, ir al destierro, a la cárcel y aun a la horca. Pero el juez es quizá un admirador del Sr. Baroja, como lo es el Sr. Núñez de Arenas, y ambos de concierto han querido evitar a su admirado escritor un disgusto. Él, a seguir escribiendo libros admirables; el señor Núñez de Arenas, hombre bondadoso y que no tiene gran cosa que perder, a servir de testaferro forzoso y honorario. Con admiradores así, el Sr. Baroja no ha tenido más remedio que sacrificarse y consentir que procesen al Sr. Arenas.

No cabe duda de que con sus ataques a los socialistas, sus reiteradas manifestaciones de individualismo a ultranza, su postura germanófila durante la Primera Guerra Mundial, Baroja se había creado fama de escritor burgués642; esto le produjo alguna antipatía en círculos socialistas y en concreto, como demostró en alguna ocasión con sus críticas, en Luis Araquistáin, director de España, con quien había coincidido, al igual que con Núñez de Arenas, en la redacción de dicha revista643. Pío Baroja, alejado por aquellos años de las colaboraciones periodísticas, utilizó sin embargo la prensa para puntualizar su postura ante los comentarios suscitados por el proceso al director de La Internacional. La carta que a continuación transcribimos apareció el 20 de agosto de 1920 en El Sol y en El Imparcial, y el día siguiente en el ABC.
Hace un mes aproximadamente el semanario socialista de Madrid La Internacional transcribió de un libro mío titulado La caverna del humorismo un capítulo que lleva por nombre «La balada de los buenos burgueses». El fiscal encontró injurias al Rey en este capítulo y lo denunció. Yo me enteré de la denuncia estando en Vera de Bidasoa, por una carta del Sr. Núñez de Arenas y por un número que me enviaron de este semanario, en el cual se decía que yo estaba procesado. En el artículo de La Internacional en que se comentaba la denuncia se insistía en que, a la aparición de mi libro La caverna del humorismo, yo había enviado este capítulo, «La balada de los buenos burgueses», al periódico, y se añadía que allí, en las cajas de la imprenta, se había perdido. Poco después llegó un exhorto a Vera de Bidasoa. El juez me llamó y me tomó declaración. Yo dije lo que es cierto: que soy el autor del libro titulado La caverna del humorismo, uno de cuyos capítulos se titula «La balada de los buenos burgueses».
No negué ni niego que yo haya enviado al salir mi libro, en otoño de 1919, varios capítulos de él a distintos periódicos, y entre ellos ese titulado «La balada de los buenos burgueses» a La Internacional.
El Sr. Núñez de Arenas, que era ya entonces director de este semanario socialista, quiso publicar el capítulo ahora denunciado, y solicitó de mi editor, Caro Raggio, que le diera un retrato mío para estamparlo con el fragmento que habría de reproducir La Internacional. Este fragmento, según el mismo semanario, se perdió en las cajas. Desde esa época yo no había enviado ningún artículo al citado periódico.
Afirmé esto en mi declaración porque en la nota de La Internacional acerca del proceso se insistía con cierta ansia, demostrando no precisamente el heroísmo del Cid, en que yo había mandado, al aparecer el libro, ese capítulo al semanario socialista.
Si el periódico no hubiese dicho esto, que es cierto, yo no hubiese afirmado, como afirmé, que desde entonces no había enviado ningún artículo a La Internacional, lo que también es cierto.
Hoy, en el número 44 de La Internacional, del 20 de agosto, en un suelto titulado «Un proceso contra el Rey» se dice: «Nuestro director, Manuel Núñez de Arenas, ha sido procesado por el ‘artículo’ de Pío Baroja, titulado ‘La balada de los buenos burgueses’».
No. Esto es falso. No hay tal artículo, señores de La Internacional. Se trata de un trozo de un libro mío que yo ofrecí a La Internacional, por cierto, porque me lo pidieron hace siete u ocho meses, cuando apareció el libro; pero que después ni he vuelto yo a enviar ese trozo ni a manifestar el menor deseo de que se publique.
Bien que se tenga miedo a que lo enchiqueren a uno; es éste un sentimiento lógico y natural en el socialista como en el individualista. Lo que no se debe hacer para defenderse es mentir ni falsear la verdad. Bien está el temor, y yo participo muchas veces de él; pero no hay que exagerarlo. Yo, a pesar de que no tengo ningún deseo de veranear ni de invernar en el bello hotel de los alrededores de la Moncloa, he dicho la verdad, como estoy dispuesto a decirla siempre. Esta verdad, con relación a este asunto, se reduce a lo siguiente: Primero. Que soy el autor del libro titulado La caverna del humorismo. Segundo. Que mandé el año pasado el trozo «La balada de los buenos burgueses» a La Internacional, en donde, según este semanario, se perdió en las cajas. Y tercero. Que desde entonces yo no he enviado ningún artículo a este semanario socialista.
Respecto a que la ley de imprenta sea más o menos lógica, que procese al que reproduzca un trozo de un libro y no al autor de este mismo libro, yo no tengo la culpa de ello, porque no he sido quien la ha elaborado.
Esto no es obstáculo para que esté dispuesto a afrontar las responsabilidades como autor de La caverna del humorismo.
Viviendo en la frontera, fácil hubiera sido, de quererlo, ir a pasar una temporada al otro lado del Bidasoa. Sin embargo no lo he hecho, y he venido a Madrid a cooperar en la solución del proceso a pie firme.
Pío Baroja
Madrid, 20 de agosto de 1920.

La carta de Baroja suscitó la respuesta de Manuel Núñez de Arenas, publicada en El Sol (21 de agosto de 1920) y en ABC (22 de agosto de 1920). Los textos enviados por el director de La Internacional a uno y otro periódico diferían en algunos matices pero básicamente expresaban las mismas ideas.
Señalaba Núñez de Arenas el alarmismo de Baroja ante un suceso al que él, el procesado, no había dado excesiva importancia, «hasta el punto de que, dirigiendo yo La Internacional y conociendo mi procesamiento hace unos quince días, se me olvidó dar la noticia del suceso en el número de la semana pasada». Apuntaba una inexactitud en la carta de Baroja; no era él, sino Fabra Ribas, el director de La Internacional cuando se recibió el texto de La caverna del humorismo, «libro en que el novelista Sr. Baroja pretendía la plaza de filósofo, ¡oh perniciosa emulación de Ortega!»644. Según Núñez de Arenas, Fabra Ribas «a pesar de mis buenos oficios no lo quiso publicar» y la explicación enviada a Baroja sobre la «pérdida» del texto sólo había tenido como razón la cortesía. Núñez de Arenas daba en su escrito la siguiente versión del proceso:
Ante la denuncia el Sr. Baroja se alarma, se inquieta, moviliza a su familia, a sus dependientes; me preguntan si debe emigrar, qué precauciones ha de tomar. Al tiempo escribe a un gran amigo de Madrid para que procure arreglarle el asunto.
Yo le respondo que no pasará nada, que sólo la casa editorial de su familia y él mismo ganarán con el reclamo que se está haciendo a La caverna, obra que fue poco apreciada por las personas habituadas a leer. Es decir, que iba a dar salida a unos volúmenes en almacén.
Pero, no satisfecho, viene a Madrid. Se entrevista con el juez y le envuelve en razones.
Me llaman a las Salesas y me comunican mi procesamiento, basado en el siguiente razonamiento del juez: lo que se persigue es el hecho de que se haya publicado en La Internacional el trabajo del señor Baroja. Ahora bien; la voluntad de publicar allí, ¿de quién es, del autor o del director? Preguntan al autor sobre el envío de un trabajo a La Internacional; contestó que ACTUALMENTE no había mandado nada, callándose que lo había mandado siete meses antes. De ello deduce el juez que si ahora no ha mandado nada y ahora se publica el trabajo, el trabajo no está mandado por él. Y me procesa a mí.
Yo comprendí en seguida el razonamiento del juez y la situación de ánimo del señor Baroja al declarar como lo hizo; y como yo, sin ser el Cid, sé comprender las debilidades ajenas y afrontar molestias e incomodidades, declaré que me conformaba con la decisión del juez y con la declaración del Sr. Baroja.
¿Se podía dar mayor prueba de amistad y mayor delicadeza? Pues aún ha habido más. No le dije una palabra del caso al señor Baroja. Comenté con mis amigos lo absurdo del punto de partida del razonamiento del juez, castigando la reproducción de un trozo de libro no perseguido. Pero extremé la corrección con el Sr. Baroja hasta el punto de que, al dar la noticia en La Internacional de mi procesamiento, sólo copiaba al pie de la letra la exposición del juez y no comentaba. Cierto que al trabajo del Sr. Baroja se le llamaba artículo; pero en una gacetilla eso no tiene importancia.
Y después de esa conducta mía, el Sr. Baroja publica la carta conocida645.

En la carta enviada a ABC (en la de El Sol no se hace referencia al tema) Núñez de Arenas acusa a Baroja de oportunista, por la elección del capítulo para La Internacional:
En este libro sólo había un capítulo ameno, el que se ocupaba del Rey y escarnecía al Cristo de Limpias. Siguiendo la costumbre, envió algunas galeradas de su libro a los periódicos para que le sirviesen de anuncio, y a La Internacional, teniendo en cuenta que era un semanario socialista, mandó el capítulo ese divertido, claro que con el fin de que los lectores obreros creyeran que todo el volumen del Sr. Baroja era de la misma índole, es decir lleno de donosuras respecto al Rey y a la religión.

Por otra parte, en El Sol Núñez de Arenas señalaba que Baroja se había mostrado conforme con el desarrollo de los hechos, y no hubiese escrito la carta en la que intentaba justificar su postura si no hubiera sido provocado, desde España, por un «espíritu maligno» que le había afeado su conducta.
Baroja volvió a utilizar las columnas de El Sol (21 de agosto de 1920), ABC y El Imparcial (22 de agosto de 1920) para replicar a Manuel Núñez de Arenas, con el siguiente texto en el que Baroja daba por finalizada la polémica:
Al decir Para terminar no quiero indicar que este asunto no siga, sino que yo no pienso insistir en él, porque creo que para el lector a quien le interese queda ya aclarado.
El Sr. Núñez de Arenas ha publicado un artículo contestando al mío, y de sus explicaciones se ve que lo que he dicho yo acerca de este proceso de imprenta por injurias al Rey es cierto. Lo que asegura Núñez de Arenas es casi lo mismo que lo indicado por mí con ligeras variantes y algún que otro arabesco de polémica periodística para entretenimiento de la galería.
Indicaré las variantes. El Sr. Núñez de Arenas dice que yo envié unos grabados al periódico La Internacional al aparecer La caverna del humorismo, lo que no es cierto. No sé qué grabados puedan ser éstos. Yo digo que él estuvo en la librería de mi editor, Caro Raggio, en donde el encargado de ella, D. Benedicto Pérez, le entregó una fotografía mía que el Sr. Núñez de Arenas había pedido.
Él asegura que yo le envié unas galeradas; yo digo que le envié un trozo de mi libro con esta nota (De la caverna del humorismo), como a los demás periódicos. Si yo quería hacer propaganda de mi libro, ¿cómo iba a omitir el nombre de éste?
A la costumbre de enviar trozos de una obra a los periódicos el Sr. Núñez de Arenas llama hacer reclamo, palabra que acepto sin ningún reparo. Este sistema de enviar capítulos de un libro a su aparición empleamos los autores porque no tenemos medios de anunciar en grande y porque, además, hoy los asuntos internacionales apenas dejan sitio para la crítica literaria en los diarios. Por otra parte, yo creo que he empleado este procedimiento con bastante discreción. No se puede decir de mí que haya abusado de este sistema ni de publicar retratos míos en los periódicos.
El Sr. Núñez de Arenas dice que en esta cuestión que nos divide no hay ninguna posibilidad de drama; pero si es así, ¿por qué ponerse tan pronto el parche?
Había en este proceso algo como una carga que caía sobre los hombros del Sr. Núñez de Arenas y sobre los míos; él, sabiendo según dice que no tenía importancia, esquivó el hombro al no expresar que lo que publicaba en su periódico era un trozo de un libro mío; yo, en vista de esto, lo esquivé también, afirmando que el capítulo denunciado era de un libro mío publicado hacía meses.
En el exhorto del Juzgado dirigido a mí no había más alternativa que afirmar que yo era autor de un artículo suelto denunciado como tal artículo o declarar lo que declaré: que era autor de un libro del que se había reproducido un trozo suprimiendo la procedencia.
Si el Sr. Núñez de Arenas me hubiera propuesto una solución en que las responsabilidades de este asunto (sean o no de importancia) se hubieran repartido entre él y yo, yo hubiera aceptado la solución con gusto; pero él tendió a desentenderse de la cuestión, considerando el proceso como una broma, naturalmente mientras se refería a mí. Yo seguí su ejemplo e hice lo mismo.
Ahora, para entretenimiento y solaz del público, un comentario a los arabescos del Sr, Núñez de Arenas. Este dice que no contó la razón de no aparecer a su debido tiempo el trozo de mi libro en La Internacional por no molestarme a mí. ¿A mí por qué me va a molestar esto? Que Fabra Ribas, que parece que era el director de La Internacional, tuviera mala opinión de mí o dijera, por ejemplo, que yo soy un reaccionario, un tonto o un germanófilo, no es cosa que me vaya a quitar el sueño. Esto me tiene sin cuidado, tan sin cuidado como las insinuaciones del espíritu maligno de España. ¡Espíritu maligno! ¡Qué risa!
Respecto de que yo sintiera al escribir La caverna del humorismo deseo de hacer una obra filosófica por influencia de Ortega Gasset, ¿qué tiene de particular? Mientras frecuenté la revista España influyó en mí el hombre que más valía en la Redacción: Ortega Gasset. Esto no es más que una prueba de buen sentido y de buen gusto.
En resumen, yo he hablado en serio, y hasta si se quiere en tono dramático, en este asunto, porque creía que el Sr. Núñez de Arenas se consideraba en peligro de sufrir dificultades y molestias en este proceso.
Él dice en su artículo que no hay tal cosa. ¿No hay tales peligros? ¿No hay tales dificultades? ¿No hay tales molestias? Pues mejor que mejor. Yo, encantado. Yo me voy mañana mismo al pueblo a cultivar en la huerta mis coles y mis espárragos y a no ocuparme para nada de esto. El Sr. Núñez de Arenas seguirá, al parecer, en su periódico tranquilamente. Yo lo único que haré es no enviar más trozos de mis libros a gente que no conozca bien. Al Sr. Núñez de Arenas quizá en vista de sus servicios a la causa le hagan diputado, de lo cual yo me alegraré, porque le tengo por hombre culto e inteligente. Cierto que sospecho que él, como yo, no es de la madera de los héroes, aunque ninguno de los dos hemos llegado todavía, como ciertos espíritus malignos, a correr por la azotea y a escondernos en las tinajas.
Pío Baroja
Madrid, 21 de agosto de 1920.

Dos cartas más en torno al asunto aparecieron, con la misma fecha y en la misma página, en El Sol: una de Núñez de Arenas, «Las elecciones de Fraga», y la otra de Antonio Fabra Ribas, «Al margen de una polémica»646.
El director de La Internacional resumía en su carta la versión de los hechos que ya conocemos y aclaraba que la palabra «grabado» a la que alude Baroja, aparecida en el texto enviado a El Sol, era evidentemente una errata, ya que la palabra empleada había sido «galerada». Por otra parte, molesto por las alusiones a sus posibles intereses políticos, le recuerda a Baroja su frustrado intento de ser nombrado candidato a diputado:
Y seguidamente el Sr. Baroja me asegura que yo seré diputado. No lo creo y no lo deseo, pero aunque lo deseara puede el Sr. Baroja estar seguro de que jamás me esperarán los éxitos grotescos que él obtuvo cuando partió a conquistar un acta y, como decía Bagaría, el título de higo adoptivo de Fraga.

Una relación de esta aventura política nos la da el propio Baroja en su libro publicado en 1918 Las horas solitarias (Notas de un aprendiz de psicólogo), donde cuenta que la idea surgió en la revista España y precisamente de Núñez de Arenas647.
La carta de Antonio Fabra Ribas era una réplica a las alusiones de Núñez de Arenas sobre su negativa a publicar en La Internacional el texto enviado por Baroja, y expresaba respeto por el novelista:
Lejos de tener «mala opinión» del autor de Paradox, rey o de decir «que es un reaccionario, un tonto o un germanófilo», he sentido siempre un gran respeto hacia su persona y una sincera admiración por su fecunda labor de literato.
Me propuse que La Internacional se ocupara del importantísimo libro La caverna del humorismo. Cuando Núñez de Arenas -que era entonces secretario de dicha revista- me entregó el trozo del libro al que se refiere Pío Baroja en su carta, quise publicarlo en seguida. Desistí de ello al ver que en varios diarios, entre ellos El Sol, habían aparecido diversos trozos de la obra en cuestión y que, por consiguiente, no podía constituir ya una verdadera novedad para nuestros lectores, pero no renuncié, ni mucho menos, a que La Internacional hablara de la última obra de Baroja en un trabajo digno del libro y el autor.

Si tal reseña no apareció en La Internacional se debió, según Fabra Ribas, a su abandono del semanario para dirigir El Socialista, periódico en el que tenía pensado organizar una sección donde se practicase la crítica literaria con auténtico rigor y seriedad:
Y si llego, como espero, a llevar a la práctica mi propósito, ya verá Pío Baroja cómo no se cometerá la insensatez ni se dará la prueba de mal gusto que supondría el hacerle el vacío o tratarle con desconsideración.
Ni Baroja ni Núñez de Arenas volvieron a hacer ninguna declaración pública sobre el proceso.
El periódico El Sol se había mantenido también al margen de la polémica, limitándose a insertar en sus páginas las cartas enviadas por los interesados. La primera carta de Núñez de Arenas en respuesta a Baroja se introdujo con la siguiente nota, en la que el diario demostraba su deseo de mantener la imparcialidad:
Ayer publicamos unas cuartillas de Pío Baroja, a quien convenía publicar la aclaración que en aquéllas se hacía sobre un asunto que interesa a tan querido amigo nuestro. Hoy el Sr. Núñez de Arenas, querido amigo nuestro también, desea contestar al Sr. Baroja. Y aunque, en este género de cuestiones no tenemos por qué intervenir, acogemos lo que el Sr. Núñez de Arenas dice por las mismas razones por que acogimos ayer lo que decía Pío Baroja648.

ABC, sin embargo, se mostró menos imparcial al manifestar su adhesión a la postura de Baroja:
Estamos, por nuestra parte, de acuerdo completamente con el ilustre escritor y creemos que en las columnas de la Prensa no requiere nuevas explicaciones649.

Si ABC estaba de acuerdo con Baroja, la joven revista La Pluma se apresuró a exponer su disconformidad en una nota publicada en el número de septiembre:
NOSOTROS NO. Ambos interesados nos han contado el caso en sendas cartas publicadas en los periódicos. La Internacional publicó una «Balada de los buenos burgueses» escrita por D. Pío Baroja, quien al saberla denunciada por el fiscal de Su Majestad solicitó de su amigo el Sr. Azorín que intercediera, dadas sus relaciones con personajes influyentes, por ver de arreglar el asunto. Ello es que el juez, oídas las declaraciones al Sr. Baroja, ha procesado al director de La Internacional, Sr. Núñez de Arenas (!!!), quien, acostumbrado a padecer persecución por la justicia en calidad de socialista, ha aceptado sin protestar el endoso.
Pero el Sr. Baroja, soliviantado por un justo comentario del semanario España, se confiesa cobarde (quizá por emular a otro amigo del Sr. Azorín, Montaigne, no por su cobardía glorioso, sino por filósofo) y aún dice que el señor Núñez de Arenas no es un Cid...
El ABC manifiéstase conforme con el insigne escritor. Nosotros, no650.

Recordemos que Baroja había sido objeto del desdén de La Pluma y se le había incluido en la lista de «no colaboradores» publicada en el número primero de la revista651.
Fue el semanario España quien primero habló de la participación de Azorín y sus influencias para resolver los problemas de Baroja. El semanario parecía interesado en mantener viva la polémica; para ello publicó otro artículo, también sin firmar, titulado «No fue un sacrificio del Sr. Baroja». Se acusa al novelista, al que se califica de «cavernario humorista», de haber utilizado la influencia de Azorín y la amistad de éste con el conde de Romanones para desviar la responsabilidad hacia Núñez de Arenas. Se dirigían duros ataques a Baroja que no se limitaban a su personalidad sino que se hacían extensivos a su obra:
Todo esto, que puede figurar en una antología del cinismo, es lamentable para el Sr. Baroja. Su filosofía nos pareció siempre una filosofía para bosquimanos; su literatura, una literatura para boys-scouts, y su castellano, el de un extranjero un poco torpe, acaso el de un Sylok mitad italiano y mitad blondosemita del Norte de África, nacido casualmente en el país vasco. Pero teníamos fe en su carácter, y ahora descubrimos que su carácter -el sentimiento de la dignidad y la responsabilidad- es aún peor que su estilo, su literatura y su filosofía.
Este percance, que a un hombre delicado le haría llorar, al señor Baroja pretende darle risa652.

El artículo de España no provocó réplicas ni comentarios en la prensa de aquellos días.
Todavía nos encontramos, sin embargo, con una alusión a esta polémica en una obra de Luis Araquistáin, la «farsa novelesca» Las columnas de Hércules653 publicada en 1921. En el capítulo XI, «Recuerdo de Linos, maestro de Hércules» en el que se hace un recorrido crítico por la literatura de la época (las resonancias cervantinas parecen evidentes) se ofrecen los siguientes juicios sobre Baroja:
Pío Baroja, ante la burguesía mezquina que refleja Galdós, busca hombres que están situados de hecho o en idea al margen de la sociedad, anarquistas y parias más o menos auténticos. Le obsesiona la literatura rusa, aunque no la más fuerte sino la más exportada en aquel tiempo, que es tal vez la de Gorki; pero la literatura rusa es casi siempre autobiográfica: historia de miseria, de dolor, de presidio y de locura, que cada autor ha vivido o visto de muy cerca. En Baroja ese género tenía que ser una mala imitación, porque ningún otro escritor de su tiempo ha llevado una vida tan burguesa, con un espíritu tan conservadoramente burgués; si alguna vez ha corrido el peligro, no de ir a la cárcel, que eso sería absurdo pensarlo, sino de ser procesado por delito de imprenta, nuestro hombre ha eludido heroicamente su responsabilidad y se ha agenciado un testaferro a la fuerza. Su vida no ha sido precisamente la de un Gorki654.

Ninguna otra referencia a la polémica entre Pío Baroja y Núñez de Arenas volvemos a encontrarnos en la prensa de aquellos días, más preocupada por los problemas planteados por la Real Orden del 13 de junio de 1920, que regulaba el papel de los periódicos, su precio y tamaño, y que había llevado a la supresión de
El Sol entre los días 14 y 19 de agosto, por la crisis de gobierno tras la dimisión de Bergamín, la muerte de Miguel Moya y los conflictos sociales.
Pensamos que los textos aquí recogidos no sólo sirven para rescatar del olvido una anécdota biográfica, sino también para poner de relieve algunos aspectos de la personalidad de Baroja, contradictoria y siempre interesante

viernes, 18 de mayo de 2012

Mariano, el solitario

                                    
   Mariano, el solitario




«A una madre se la quiere siempre con igual cariño y a cualquier edad se es niño cuando una madre se muere»
                                                                                                                                                                (Pemán)

Declina la tarde. Nieva cadenciosamente, un manto blanco y virginal se ha extendido por la llanura, ennegrecida acá y allá por árboles deshojados. Un manto que deshonran las rodadas de un carro que tira un viejo caballo de andar cansino, en el que van tres hombres. Son tres guardiaciviles que, en la víspera de Reyes, han tenido la ocurrencia de disfrazarse de reyes magos y acercarse hasta el hospicio para llevar regalos. Han cambiado tricornios y capas por túnicas y coronas, y  se han propuesto repartir, mediando la magia, felicidad a unas criaturas infelices.

Fuera porque ellos, Miguel y Juan, habían sido huérfanos; fuera porque era tiempo de navidad y de compartir, de estrecha amistad y de unión; o tal vez por quitarse un rato de los sinsabores de un servicio duro haciendo cosas más humanas, más gratificantes; o, quizá, porque la bondad también es divisa que está en el fondo de sus cartillas, debajo del honor; fuera por lo que fuese el caso es que allí estaban ellos más el persuadido y siempre silente Mariano, aquel año, la tarde de un 5 de enero, siempre fieles a una solicitud del páter director.

Un año atrás, mediando la década de los cincuenta, en una España que se recuperaba del hambre tímidamente y tímidamente olvidaba sus heridas, se habían venido a aquel paraje castellano un grupo de monjes con unas cuantas criaturas a ocupar un viejo caserón, situado a orillas del Duero y a las afueras del pueblo, cedido por la Diputación. Era más la disposición que tenían para la empresa que los medios con que contaban. Pero echaban adelante.

Al llegar las navidades, y los rigores del frío, el páter director solicitó un poco de ayuda al comandante de puesto. Todos arrimaron el hombro. Todos los beneméritos y sus familias se entregaron a la tarea. Hicieron  acopio de todo aquello que fuera susceptible de serles regalado, desde fabricar ellos mismos juguetes tallándolos en madera o haciéndolos de hojalata, hasta esquilmar la despensa del cuartel. Temiendo se quedasen cortos solicitaron a los vecinos del pueblo algo de colaboración. La respuesta fue contundente: todo el mundo se rascó la despensa y hurgó en los desvanes y horneras, y, en cajas, fueron llegando al cuartelillo: caramelos, dulces, frutos secos... Hasta el carnicero regaló un jamón. También dejaron infinidad de juguetes usados. El día antes de la noche mágica, consiguieron tener listo un carro lleno de regalos y comestibles.


A Miguel y a Juan se les ocurrió entonces lo de hacer de reyes magos porque, como huérfanos de padre que ambos fueron, bien sabían ellos lo que se pasa y bien conocían lo que estas cosas, aunque poco, ayudan.
Les faltaba un tercero. Tenían que convencer a Mariano, el solitario.
—Pero, Mariano, si con ese bigotazo eres la misma imagen del rey Baltasar.
—Que no, que no me disfrazo.
—Venga hombre, no seas así, que tú también fuiste huérfano.
—No.

«Mariconadas las justas —se decía—». El corazón de Mariano era de hielo; no había tenido ni padre ni madre, muertos ambos cuando un obús voló por los aires la casa cuartel, en la guerra, tras un asedio, y se había criado en el Colegio De Huérfanos desde el biberón hasta que le llegó la edad para ser guardia. Para él su única familia era la Guardia Civil y como hogar no conocía otra cosa que el puesto en el que servía. Podría decirse que su vida entera era La Benemérita. Hombre adusto, hosco y de pocas palabras, que casi nunca sonreía, algo taciturno y dado a caminar en solitario. Cuando iba de pareja solía ir con un andaluz parlanchín que ya hablaba por los dos y le quitaba de ese trance mundano de conversar.
El silencio intenso con el aire de la sierra soplándole en la cara cetrina y angulosa que tenía, era la mejor manera que encontraba de restañar el corazón de las heridas. Sus silencios le defendían de las preguntas sin respuesta de la gente. Era el guardia perfecto: disciplinado, serio, callado; nunca jamás se quejaba como nunca jamás negó un cambio de servicio —que rara vez se cobraba— a otro compañero.
No puede decirse que tuviera mucha instrucción o poseyera grandes conocimientos, aunque sabía leer con soltura, y algún libro que otro leía por las noches, estando de imaginaria. Había uno de romances que, en particular, le gustaba, y un par de estrofas que se había aprendido de memoria. Detalle este último, de saberse estrofas, que nadie de los del cuartelillo sospechaba siquiera.

En sus ratos libres rondaba a una moza que servía de mesonera, llamada María, o eso creía él. Lo cierto es que nada más hacía que pasarse por la venta cuando sabía que  estaba ella, pedir un chato de vino y mirarla de vez en cuando. Si era sorprendido disimulaba, apartaba la vista y paseaba su enigmática mirada  por ninguna parte. Nunca le decía nada ni tampoco se dirigía a los habituales. En silencio, aislado de todo y de todos, pensando en sus cuitas a la vez que en la bonita sonrisa y el fino talle de María. Cuando se terminaba el chato se iba. Así muchos días.

***

Finalmente el hosco compañero cedió. «Bueno», dijo secamente. Así que se quitaron las capas y los tricornios, se cubrieron con unas  túnicas de terciopelo, se ciñeron  las cabezas con sendas coronas de hojalata, y, cayendo la tarde con los últimos ecos mortecinos de sol, tomaron para las afueras, camino del hospicio.

Mariano, de camino, ataviado toscamente de rey Baltasar,  pensaba en cómo se había dejado convencer por aquellos dos para tal embajada. Él era renuente a arrostrar semejantes compromisos. Esas cosas no iban con él. No era de los de ese tipo. Lo que le empujó a decirles que sí fue oír: «Tú también fuiste huérfano».  Esa frase que ahora resonaba una y otra vez en su cabeza fue el anzuelo con el que salió del mar de su soledad interior. La peor de las soledades. Le hizo recordar una ocasión en que siendo niño se despertó al oír la algarabía  de los otros niños del pabellón. Los reyes les habían dejado regalos. Se levantó y miró a los pies de la cama hallando una bolsa de caramelos y un soldadito de plomo —que él creyó siempre un guardiacivil—. Su nombre siempre había estado fuera de las listas de los reyes magos, por lo que la dicha le duró varios años: No habría más visitas de los de oriente. Conservó siempre aquel ‘guardia’ de plomo.

***
Al llegar el griterío es abrumador. Los niños les reciben con alborozo. Cantan y ríen a su alrededor. Funciona la magia de la representación. Hay verdadero delirio cuando reparten el contenido de los sacos. Todos parecen olvidar su infancia perdida, su desgracia, su desamparo.
— ¡Vamos, que hay para todos¡ ¡Venid!¡Tomad!
La alegría de los niños compite con el asombro de los adultos por el insospechado éxito de su representación, sólo la inocencia de los niños impide ver las perneras verde oliva asomar por las túnicas. Eso les alienta en su tarea, han captado la esencia de la magia que ellos mismos irradian y se han contagiado y metido de lleno en el papel. Ríen, cantan y gastan bromas con los niños. Mariano ya no es Mariano, el solitario y silente guardia, el que tiene menos sensibilidad que la suela de un zapato: es Baltasar.

El cura se dirige a Mariano, y le lleva a un aparte.
—Disculpe pero, ¿no podría hacer usted el favor de llegarse a la enfermería?, es que allí tenemos a Alfonsito, una criatura gravemente enferma de tuberculosis, que por lo delicado que está el pobre no puede acercarse hasta aquí donde están ustedes y...
—Por supuesto, Páter —dijo cortando al entender lo que se le solicitaba—. Yo mismo le llevaré las cosas al pequeñín, señor cura. Pierda cuidado. Me hago cargo.
—¡Está muy grave! No sé cuánto durará el pobre, el señor dirá, pero esto creo que le anime mucho.

En la tenue habitación, postrado en una cama y envuelto en luz dorada de un candil, el niño, de exánime respirar y con ojos de esperanza, recibe al rey mago. Carita blanca enmarcada por cabellos rizados; ojos grandes, oscuros, y mirada angelical.
—Señor Rey Mago — dijo con trémula voz —, no le parezca mal pero yo no quiero regalos; yo, si puede ser, y como sé que usted viene del cielo, quería que volviese y me buscase a mi madre, y me la trajese hasta aquí para me diese un beso. Cambio todos esos regalos por un beso de mi madre que, como nunca la conocí nunca me lo pudo dar.
— ¿Un beso de tu madre, dices, hijo mío?
— Yo no sé lo qué es eso, rey mago de mi corazón, pero para mí que no debe haber en el mundo cosa más grande que el beso de una madre.

En su corazón sombrío florecía la humanidad como una flor al alba de primavera.
—Y no lo hay. Criatura. No, no la hay. Nada hay más grande bajo el cielo estrellado que el beso de una madre, y nada hay mejor que dormirse arrullado por uno de sus besos.
Y aquel adusto hombretón se vio reflejado en los dos lagos claros que eran los ojos del chiquillo y pudo contemplar al niño que él mismo había sido. Y una melancolía purificadora le invadió el tuétano. Lo comprendió perfectamente: «¿Cómo es el beso de una madre?», esa era la pregunta que se había formulado siempre sin respuesta, tortura que lo había acompañado incesante en su infancia perdida.
El niño escuchaba esperanzado lo que decía, como si después de tanto tiempo, el silencio vencido se hubiese convertido en aroma.
—…No hay cosa más grande —continuó— (Y recordó los versos), «¡Ah, volver a nacer, y andar camino,/ ya recobrada la perdida senda!/ Y volver a sentir en nuestra mano aquel latido de la mano buena/ de nuestra madre... Y caminar en sueños por amor de la mano que nos lleva.»  «¿Por qué sumida en la doliente ausencia/ te erige sus cadalsos el dolor?/Tu delito fue darme la existencia,/¡fue tu delito tu materno amor!»
— ¿Me la traerá, rey mago, me traerá a mi mamá?
—Pues claro que sí, hijo mío, soy un mago y de los buenos ¡el mejor!, y, como hay un Dios en el cielo, que esta misma noche, antes de que te duermas te traeré a tu madre, la madre que no conoces, para que te dé ese beso que tanto deseas. Pero toma estos regalos que te he traído.
Y cuidadosamente  fue dejando sobre la mesita un caballo de madera de los que el Venancio había tallado por las tardes con su navaja, uno de los cochecitos que Pedrito, el hijo del cabo, había pergeñado soldando unas latas de conserva, y hasta unos calcetines de lana que la mujer del sargento había tejido.
Se agachó para besarlo y cuando este le dijo: «gracias rey mago, no sabe usted qué contento estoy», no pudo evitar que una lágrima traicionera se escapase surcando la mejilla como una estrella fugaz, cayendo en el bigote, contristado por el engaño que le hacía. La primera en toda una vida.
Se quedó un rato con él muy a gusto pues en aquella habitación había una extraña a la vez que familiar atmósfera de paz, y, al cabo, el niño se durmió. Se palpó el bolsillo y sacó el ‘guardia de plomo’ que dejó a los pies de la cama. Luego salió del cuarto de espaldas y de puntillas para no despertarlo, muy despacio.

Se reunió con los otros que ya habían acabado y se marcharon. Atrás quedaban unos niños que se dispersaban jugando con los regalos y comiendo dulces. Aseguró que tenía algo en los ojos que le picaba. Juan y Miguel se rieron. Al llegar al cuartel se separó de ellos. Les dejó y siguió con el carro.
—Tengo algo que hacer —les dijo.
Se fue alejando ante la atónita mirada de sus amigos «de reparto».

El plan era sencillo: si se había hecho pasar por rey y mago, y funcionó, bien podría María pasar por la madre del niño. Era perfecta para el papel, su cara tenía cierto aire angelical. Sólo había un problema: convencerla. Azuzó el caballo, corrió como un poseso a la venta, buscó a la mesonera y le habló con la firmeza que la ocasión requería.

María se quedó sorprendida al ver que aquel hombretón, siempre tan parco en palabras y al que no recordaba haber oído nunca ni un susurro siquiera, la estuviese hablando. Estaba como cambiado, no era por todo el insólito torrente de palabras con que la sacudía sino porque, de alguna manera, aquel hombre le estaba abriendo su corazón. Estaba como poseído de una fuerza animosa. Y eso la conmovió profundamente. Además, hacía tiempo que María se había fijado en Mariano. Sus silencios le parecían, en cierto modo, más atractivos que el hablar todo el tiempo de la mayoría. De hecho, el que fuera tan callado lo hacía situarse como fuera de este mundo.
Le habría dicho que sí a cualquier cosa que le hubiese pedido sólo por conocerlo.
— ¿Entonces vienes conmigo al hospicio y te haces pasar por la mamá de ese niño?
—Sí.
No entendía muy bien pero captó la idea, se trataba de hacer algo bueno por un niño enfermo. Le pareció bonito.

La noche azul ardía toda sembrada de estrellas. El carro retornaba al hospicio con su traqueteo de siempre y el mismo cansino andar del viejo caballo por el camino nevado. En las montañas se oía silbar el viento y el Duero repetía su monótono canto.
Al llegar estaban fuera, en la puerta, el señor cura y el señor médico.
—Padre, ¿y Alfonsito?—preguntó, angustiado, figurándose lo peor.
—Su cuerpecillo no aguantó la fiebre. El Señor quiso que no sufriera más… Se nos ha llevado a Alfonsito. Ahora estará en el cielo, junto a su madre.
—No, no puede ser, ¡he llegado tarde! Se lo había prometido...Traía a su madre…María.
El páter, comprendiendo, le pasó a Mariano la mano por el hombro y le dijo aquel cantar popular:
 «En una carroza dicen que vino, la acompañaban todos los Ángeles y la seguían las estrellas, posándose en la habitación a su niño del alma ha besado. Por el cielo vuelan ahora los dos camino del cielo».
Afuera dejó de nevar, cesó el silbar del viento y una estrella iluminó fuerte, brillante, límpida, el camino de vuelta.

EPÍLOGO

Todo está relacionado, conectado por hilos providenciales. El final de un sentimiento es siempre el germen de otro que nace y que se cosechará: Tal fue siempre el motor de la vida. Al cabo de un año y dos meses, Mariano se casará con María, y al primero de los tres hijos que tendrán le llamarán… Alfonso.
Bajo un viejo olmo se encuentra una pequeña tumba que tiene una cruz blanca, a cuyos pies se oxida un soldadito de plomo que, fijándose un poco, parece un guardia.
«No hay vez que el corazón derrame sangre con rumor de lluvia que no se ilumine la niebla».

FIN



PD: A mi abuelo, un huérfano que no tuvo más madre que su patria.
A mi bisabuelo, otro huérfano que no supo de ella sino su nombre.
A todos los que, de alguna manera, sentimos la orfandad.

© Humberto 2009

Pintura: Monica Dixon


La voz de lo ausente
«Cabe lograrlo muy rápidamente y dirigirse hacia el espacio exterior descartado que define nuestras dudas majestuosa aunque negativamente».


Tres Poemas, John Ashbery

Caminar al lado de lo que vives puede ser el silencio más vertiginoso. Aunque en el caso de la pintora Mónica Dixon (New Jersey 1971), comenzaríamos por preguntarnos por esa barcarola en la que se mece la vida común, con sus sordinas y sus hallazgos, con su quehacer en calma, siempre en la sospecha de que quisiéramos encontrar una manera de entender lo que nos rodea que se amolde a nuestra naturaleza.
Transitamos por espacios que vivimos sin saber qué guardamos de ellos. Transcurre el tiempo que no denuncia lo que en él ocurre, sino que nos lleva al abrigo de una tímida luz que conversa con nosotros a la hora de cenar o en medio de la tarde, cuando la luz quiere hablar más de lo que significa: de dentro a fuera; entre el cielo y la tierra como entre lo crudo y lo cocido, insinuando una presencia en figuras que se han detenido en medio de su quehacer como aquellos náufragos sin atributos de Edward Hopper, simples habitantes de su momento al resguardo de la proximidad de sus distancias.



Es esta otra compostura. La que encontramos en el origen de nuestros actos, donde tanto la pintura como nuestra vida real, se tornan caligrafía de la  memoria que atravesamos sin propósito, o conscientes de que en muchas ocasiones no hay rumbo y acaso andábamos detrás de alguna persona que se nos adelanta y dejamos pasar como quien esboza un apunte.
Está aquí también una realidad que prescinde de lo artificioso y como mostraba Walker Evans en sus fotografías: carece de estrategias innecesarias que la publiciten, porque la realidad también nos es revelada en la naturaleza del fragmento, en las situaciones “sin Historia” y la certeza de que permanecen abiertas en lo insignificante, manteniendo una distancia que podemos  contemplar sin contaminación.
Es el objeto anónimo apilado en cualquier parte de la casa o la sala descubierta en el pudor de su deshabito, o quizá la fachada ante la que nos detenemos y que muy probablemente se parece a la cara de las personas anónimas que la habitan; representaciones de un entorno que no evita su entramado salvo lo que en sí ya es, horma del sentido común y en ocasiones, extrañeza y cesura intranquila del pensamiento que se detiene ante ellas.
Mónica establece una línea de calle paralela a ese sentimiento de traslado, en el que la realidad esta a la altura de los ojos, como un documento sencillo que encontramos al atravesar un pasillo o subiendo la escalera, porque nos hemos convertido en el paisaje externo cuyo remite dejamos atrás inmerso en otro. Circulación que determina la fugacidad de lo que existe, las estancias como compartimentos que describen la escenografía de tu vida y el lugar, en el que el paisaje íntimo se ha despoblado en la añoranza de otra arquitectura.
En esta pintura, es el tramo de una sutil ausencia el cristal que nos enmarca, pero no con enmudecimiento o amnesia, sino como un lugar preciado y preciso, necesario para no volatilizarnos, regado por nuestra experiencia más cotidiana que lo reduce de nuevo a la materia, como puede admirarse en el espacio ensimismado de aquellas casas humildes, aisladas en medio del misterio del paisaje que las rodea, verdadera fisonomía del silencio o más bien, respeto a quebrarlo y encuentro con su retiro. Donde al aproximarnos, debiéramos entender que pertenecen a esa escala cuya melancolía tiene la capacidad de un retrato que ya es intocable y son ellas las que nos observan, abandonadas en la soledad de su voz en off.
El hallazgo de la pintura de Mónica reside en intentar lo impalpable a través de un cierto sentimiento de desasosiego en la mirada (que no pesadumbre), y con ello intenta la voz de lo callado, sin duda alguna, un espacio externo que ha medrado en la calma de su interior hasta conseguir el sonido personal y audible de su pintura, como precisamente escribiera Pessoa en su Libro del Desasosiego: «Al final de este día queda lo que quedó de ayer y quedara de mañana: el ansia insaciable de ser siempre el mismo y otro».
Es en definitiva, la armonía de una realidad cuyos extremos se hacen también con lo personal de nuestros abismos, pero realidad entera, dentro y fuera, a la vez, y por un instante la más preciada quimera de contar aquello que fueron nuestros días.
Jose Luis Pastor

 


Texto para el catálogo de la exposición "In & Out" en la Galería Mada Primavesi de Madrid, Noviembre 2010

martes, 8 de mayo de 2012

Paddy Mcaloon-Sleeping Rough














Paddy McAloon – Sleeping Rough

Es una canción que habla de la soledad, de la sombra que habita el silencio de la tarde, de quien ya no desea hacer otra cosa que encerrarse en una habitación y escribir en absoluta soledad, envuelto por una música perfumada con el vapor de las emociones internas. Y pensar en esa nueva compañera llamada soledad, que desde ahora ocupa el espacio dejado por el humo de los recuerdos dolorosos.

I'm lost
Yes, I am lost
I'll grow a long and silver beard
I'll grow a long and silver beard
And let it reach my knees

I'm lost
Yes, I am lost
And duty will not track me down
And duty will not track me down
Asleep among the tres

Estoy perdido
Sí, estoy perdido
.
Voy a dejar crecer una larga barba plateada.
Voy a dejar crecer una larga barba plateada, que llegue a las rodillas.

Estoy perdido

Sí, estoy perdido
.
Y el deber no me va a localizar.

Y el deber no me va a localizar, sino dormido entre los árboles.

viernes, 4 de mayo de 2012

LA ÚLTIMA CARRERA DE SERVICIO




LA ÚLTIMA CARRERA DE SERVICIO


Madrid, corazón de España; regia Villa Matritense que creció sobre el esplendor de los Austrias, que al final se ha convertido en el descomunal gigante que es, muy lejos ya de la ribera del río Manzanares; río, que no trae ni lleva más que sus aguas. Cuando llega la noche, Madrid, nunca está enteramente a oscuras. A vista de pájaro es un pequeño firmamento lleno de estrellas rutilantes. A diferencia de otras ciudades, que luego he ido conociendo, donde por la noche nunca pasa nada, allí pasa siempre casi de todo.

Aquella noche de agosto hacía mucho calor, el viento suave movía blandamente las hojas de los pocos árboles de aquel barrio lleno de callejuelas, estrechas y sinuosas. De los edificios emanaban olores y conversaciones que se adentraban en el interior del coche, confundiéndose. La ciudad, como he dicho, no dormía, parecía estar toda ella de vigilia.


Acudimos, mi compañera de patrulla y yo, a una llamada de una supuesta riña que se estaba produciendo en plena calle, serían las 4:00 horas de la madrugada.
Ninguno éramos «zeteros» por aquel tiempo; yo llevaba meses en ‘PJ’ y ella llevaba años en ‘PC’ y antes de eso había sido oficinista; ambos estábamos de prestado aquella noche por la escasez de personal de aquel año, en que, tras el Concurso General de Méritos, nadie vino y todo el mundo se fue de la Capital. Tampoco éramos «nuevos», llevábamos ya unos cuantos años, tal que ocho; los suficientes para andar solitos, los suficientes para que algunos nos llamasen: veteranos. Pero en el caso de la compañera, las bajas, los partos que había tenido, los cursos que había hecho y el enchufe del que había gozado desde un primer momento, la habían alejado siempre, en esos años, de la calle; no tenía la «escuela» que se le suponía por su antigüedad, pese a llevar los mismos años que yo era de las primeras veces que salía de servicio, y era, también, de las primeras veces que lo hacía de noche. Yo, en cambio, sí había sido «zetero» y ya había hecho unas pocas.


Al llegar observé que en la discusión estaban implicadas cuatro personas: en una parte una pareja de toxicómanos y en la otra dos *moros (marroquíes). Había, además, una furgoneta con la luna rota. Deduje que había habido bronca entre ellos, que se habían peleado y que, a resultas de esa pelea, uno de los ‘drogatas’ le habría roto el cristal. Por lo que le dije a mi compañera que separase a los dos magrebíes que yo haría lo propio con los ‘toxis’ evitando, por todos los medios, una nueva pelea. Pero la cosa se desmadraba, la compañera no conseguía hacerse con los suyos. Volvían a pretender enzarzarse.
—Sr. Agente es que esos moros de mierda me han pegado. Sin hacerles nada. A mí, que estoy enfermo ¡Qué se vayan a… su país!
—Cálmate, coño, y dime qué fue lo que pasó y no te dirijas a ellos, sino a mí —le decía mientras le sujetaba a él y a la bruja de su compañera, y los alejaba de los otros dos.
El varón de la pareja de ‘drogatas’ me hizo saber, casi llenándome de saliva, que tenía una muñeca rota y que quería denunciar a uno de los marroquíes, el más joven, que era —según decía— un «cabronazo». Cosa que, dicha por un ‘pintas’ como aquel, empezó a mosquearme sobre las verdaderas razones y el origen de la pelea. No cuadraba.
Mi compañera le dijo, en el peor tono que pueda decirse, al denunciado y a su amigo «os vais a venir con nosotros», y estos, cómo no, se pusieron como locos, en especial el joven que supuestamente era el autor de las lesiones. Que no podía identificarse, porque no tenía papeles (esto es, estaba «ilegal»). Su amigo, que sí hablaba español y le traducía, no sabía nada de él, «Le acababa de conocer», decía. Previendo que la cosa iba a ir a más, solicité apoyo. Vinieron de inmediato otros compañeros. La tangana se lió justo cuando aparecieron; por lo que al final los recién llegados detuvieron a los dos marroquíes sin contemplaciones. Ipso facto. Introdujeron al de más edad en el coche, esposaron al otro pero, antes de meterlo, le dijeron a la compañera que le pusiese ella sus esposas, puesto que debían de acudir a otro servicio urgente y suponían iban a necesitar las propias. Por lo que se las quitaron. La compañera, inocentemente, se hizo cargo de la situación y se dispuso a esposarlo de nuevo, mientras los compañeros, muy apurados, se subían al vehículo y yo, ajeno a todo por encontrarme de espaldas, tomaba datos a los ‘drogatas’ y les apaciguaba, con infinita paciencia (ahora los soporto menos y entonces: nada). De repente, el joven moro salió corriendo ante los atónitos ojos de la compañera, que se quedó paralizada sosteniendo en sus manos las esposas y sólo acertó a decir: «SE ESCAPA».

Salí detrás de él a todo lo que daban mis piernas, no sé por qué pensé que lo iba a alcanzar por velocidad en apenas cien metros. Pero este debía ser primo de El Guerruj (el atleta) ¡Qué manera de correr!
Cometí, como policía, tres errores de procedimiento: el de olvidar que iba de uniforme y no contar con el sobrepeso de la pistola y el inconveniente de calzar unos zapatos que no se diseñaron para correr, ni, dicho sea de paso, para nada que no fuera la incomodidad. El de no recordar, ni tener en cuenta, que estaba en un barrio de callejuelas, donde cada esquina era una ocasión para perder al que huye y ‘perderme’ yo, o ‘encontrarme’ otra cosa. Y por último el más grave: el de quedarme sólo, sin ‘pocket’ (emisora) y sin posibilidad de apoyo.
Ahora que como corredor cometí (y me dolió casi más, como corredor experimentado que era) el craso error de creer, entonces, que todavía a los ‘treinta y algunos’ tenía la misma velocidad de los veinte y el de no calcular el posible potencial de aquel joven.

Por la inconsciencia, o por creer quizá, y todavía, en una razón superior o por lo que fuere, seguí. Pero ya me había dado cuenta que él corría mucho más que yo. Me era imposible acortar la distancia y ésta, encima, cada vez era mayor; cada vez se alejaba más y cada vez lo veía más pequeño. Al poco sólo acertaba a verlo un segundo, justo antes de desaparecer por las esquinas por las que iba doblando. Las pulsaciones estaban a mil y el oxígeno no me llegaba ya.
Al girar por la última esquina miré y vi toda la calle vacía: no se le veía; casi me había dado la vuelta de regreso cuando una vecina que, casualmente o por aquello de la vigilia, estaba asomada a la ventana me señaló donde se ocultaba, escondido en un portal. Me acerque a él, le agarré del brazo y le dije que viniese conmigo; él con su cara cetrina de espanto me miró. Y por su mirada franca, que pedía misericordia, supe en ese instante que era buena persona, que huía sólo por miedo; que era inocente o al menos no merecía pagar por las lesiones infligidas justamente a aquel tipejo (recordé a los otros que eran unos drogatas y tenían todas las trazas de ser delincuentes). No es que creyese entonces, ni ahora tampoco, en ideas justicieras pero empecé aplicar el viejo concepto de la discrecionalidad y le hablé despacio y con buenas maneras, como, con toda seguridad, todavía nadie le había hablado hasta entonces aquí.
Él se me antojó entonces que era el Príncipe Faisal y yo le debí de parecer Lawrence de Arabia y, por un momento, aquella callejuela debió de convertirse en el desierto. Ciertamente, el joven, era una persona ancestral, de otra época, o me lo parecía. Le dije, jadeante, que viniese conmigo que no le iba a pasar nada; que le iba a echar un cable. Comprobé horrorizado que yo no podía ni hablar y él estaba fresco como una lechuga. Me besó las manos (costumbre que, luego supe, era común de los pueblos nómadas) en señal de reconocimiento por mi actitud, pero prefirió no arriesgarse a confiar en la justicia de los «cristianos» (no le culpo) y emprendió la huida de nuevo. En esta ocasión me era imposible seguirle, estaba roto, muerto. Tampoco, de haber podido, hubiera deseado hacerlo.

Cuando llegué, la compañera estaba a punto de llorar y pareció alegrarse de verme.
— ¿Dónde estabas? ¡Pensé que te había pasado algo!
Temía por mí, sí, y además por el hecho de que se le hubiese escapado un detenido, y por cómo iba a quedar ante el resto de ‘feligreses’ del turno, ante quienes no gozaba de muy buena prensa; de hecho, nadie, salvo yo, había querido patrullar aquellos días con ella.
—No te preocupes, chavala, yo vi cómo te empujó. Te fue imposible.
— ¿Me empujó?—Dijo, dudando de mi veracidad.
—Sí, yo lo vi. —Le dije, dando a entender lo que iba a decir en la declaración y constar en la comparecencia.
Otros compañeros se llevaron al ‘yonki’ a curar. Mientras nosotros nos llevábamos al otro marroquí a Comisaría, a efectos de identificación/declaración.
Más tarde, hablando en Comisaría con éste, el de más edad, supe que se llamaba Mohamed, supe que estaba legal –trabajaba en el Canal de Isabel II-, y supe, también, cuando se sinceró conmigo (debo decir que tengo buena maña para eso), la verdadera historia del que le acompañaba:
El joven acababa de llegar a España ilegalmente, como tantos otros entonces (y más ahora), no sabía hablar nada de español. Era, como él, de etnia Beréber y además vecino de su pueblo. Se lo había encontrado casualmente vagando por las calles; lo reconoció y le llamó. Hablaron de la infancia. [Me explicó que los beréberes, creen en la ancestral costumbre hospitalaria del desierto y de los pueblos nómadas, esto es, lo mismo, la misma generosa hospitalidad que había en los pueblos en tiempos de nuestros abuelos, antes de las oenegés; antes de ser «ricos» y al tiempo de dejar de ser «pobres»; antes de que se dejara de creer en las gilipolleces de la tradiciones por considerarlas caducas, pretéritas, acaso por ser conservadoras; y antes, también, de abrazar otras ideas como ‘nuevos dogmas’ que, curiosamente, vienen a decir los mismo, pero, eso sí, con otras palabras. (Se rigen aún por aquellas normas atávicas, que mismo parecían de otra época. Algo de lo que rara vez nos acordamos de hacer en la actualidad, pero que, a mí, aún me gusta ver de vez en cuando; virtud que, siempre oí, mis abuelos practicaban con los desvalidos, los transeúntes pobres, los caminantes extranjeros y los peregrinos, recogiéndolos y dándoles de comer, cuando seguramente había poco, muy poco, que ofrecer. Pero lo hacían)].
Mohamed, obligado de alguna manera por la fuerza vinculante de esa ley consuetudinaria, le compró alimentos, ya que no había comido en todo el día, y le invitó a café caliente en una cafetería, donde charlaron hasta el cierre. Y luego decidió llevárselo en su furgoneta y dejarlo en una dirección (que no me dijo) donde había más compatriotas en su misma situación, para que durmiese allí. En el camino se toparon con dos ‘drogatas’ (quienes figuraban con una lista de antecedentes más larga que un día sin pan) que discutían y se pegaban en medio de la calle, interrumpiendo el tráfico.
Él les pitó para que se apartasen y le dejasen paso, pero lejos de eso, al ver que eran «moros» (esto es algo muy recurrente, lo de la xenofobia española, tan recurrente como incierto) la tomaron con él y, con una barra de hierro, le dieron un golpe en el cristal de la furgoneta y lo rompieron. El joven, su paisano, salió, compelido por esa misma ley y para devolver el favor, enfrentándose con el drogata a quien, para quitarle la barra, hubo de retorcerle la muñeca: rompiéndosela.

Casi me alegré de que se me escapase en aquel portal (y a la compañera delante del ‘z’). Mi derrota como corredor, en cierto modo, parecía tornarse ahora en victoria de una justicia, que iba más allá de lo legal y lo administrativo. Me parecía discrecionalmente más justo, que las cosas se quedasen como estaban.

A los pocos meses me lo encontré, a Mohamed, en el juicio. Sólo acudí yo, porque la compañera —para variar— estaba de baja, no recuerdo el motivo. No acudieron tampoco los «drogatas»: La parte ofendida, quienes dejaron de estar ofendidísimos, seguramente al saber de una orden de ingreso en prisión pendiente que tenía él por otras causas. Aún así, el juicio se celebró absolviéndole, claro está, de toda culpa y de todo cargo. Tomamos, a continuación, café junto a la Plaza de Castilla. Nos hicimos algo amigos. Pese a su insistencia pagué yo, quizás por aquello de la hospitalidad perdida o quizás porque, de cuando en vez, uno se siente todavía caballero. Quizás porque me dio por ahí o, simplemente, porque me salió de los mismos.

© Humberto, 2007