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domingo, 7 de abril de 2013

EL FARO V





LIBRO SEGUNDO
QUINTA PARTE





-XXII-

La ventana de la cocina es una puerta, con su parte superior de cristal, que da al exterior, a la cornisa acantilada, por donde entran las primeras luces de la mañana. Es temprano, el reloj del salón acaba de anunciar las ocho. Erika Vargas sentada en un taburete, disfruta de los rayos de sol en la cara, entornados los párpados,  y de una taza de café.  Va vestida únicamente con una camisa blanca de Martín, desabotonada. Las piernas desnudas cruzadas. Lleva un rato pensativa sin apartar los ojos del paisaje: un pino verde sobre fondo azul y verde que forman el cielo y el mar. Desde que se levantó ha estado considerando posibilidades, reflexionando sobre todo lo ocurrido hasta el momento. Y mentalmente repasa cada uno de los momentos de la tarde y la noche de ayer pasados con Martín.
Apenas llegaron, tal como le había dicho en el acantilado, se fueron directos a tomar un baño, ella iba delante en todo momento, por la escalera circular, por el pasillo, por la puerta de la habitación. Dominante, como siempre. Abrió el grifo y se volvió a mirarlo, regresando  hacia él, que estaba parado en medio de la habitación observándola con su rostro impenetrable, el flequillo sobre la ceja derecha, peinó su cabello pasando los dedos por las sienes y agarrándolo por la nuca lo atrajo hacia así y lo besó con fuerza, con violencia, con ganas. Así estuvieron un rato, hasta que el ruido del agua anunció que ya estaba al nivel deseado. Desnúdate, quiero verte, le ordenó sacando del armario una cámara fotográfica. Sonreía. Martín, venciendo reparos iniciales, obedeció y se desnudó el primero, introduciéndose en el agua de la bañera. Ella lo fue enjabonando complaciéndose con su cuerpo y cuando lo vio excitado le tomó varias fotos seguidas.
—Me vas a meter en un lío con tu marido.
—Descuida. No te preocupes. Nada ocurrirá.
Y lo besó, mordiendo su labio inferior mientras sostenía la mirada, punzante de miel líquida. Adivinó que algo no iba bien, estaba excitado, era evidente con solo mirar por debajo de la cintura y sobre la superficie jabonosa del agua, pero tenía un punto de melancolía ¿Estaba recordando a María? Tal vez hiciera esto mismo de bañarse con ella ¿O era quizá porque preludiaba el fin de aquella relación? No se lo preguntó por temor a romper un momento, y siguió enjabonándolo. Logró con su sutil e íntima forma de recorrerle la piel con una esponja llena de olorosa espuma, hacerle olvidar y excitarlo lo bastante como para hacerlo dos veces en el agua, y entre la pausa de una y otra acometida, beberse una botella de vino.
Le fascinaba dominar a Martín, que este se plegara a lo que le indicaba. Tocarlo. Verlo excitado. Acorralarlo de tal modo que no le quedara más opción que la huida hacia sus muslos, y entonces rechazarlo. Demorar para aumentar las ansias. Admirar sus ojos vidriosos cuando, con bruscos movimientos de pelvis, lo tenía  dentro. Observarlo después, mientras dormía, exhausto. Pero ¿y ahora qué, Erika? ¿Qué hacemos a partir de ahora?, ¿y de mañana?
Piensa en mañana. «Cada instante de tu vida tiene sentido si aprendes de él». ¿Qué me espera mañana? Podría llegar a amarlo, pero no funcionaría. No, un hombre como Martín y una mujer como ella nunca iban a funcionar. Se acabarían haciendo daño. Su historia estaba  destinada a ser nada más que un bonito, profundo pero breve escarceo de primavera que recordar en los años siguientes, alimentado acaso con la efímera, remota posibilidad de alguna repetición.
También ha pensando en el primer momento, en el comienzo de todo, los dos a solas en el torreón del faro, el «santuario» de Martín para escribir, cuando decidió transgredir y trasladar al mundo físico el pensamiento que le había dado vueltas en la cabeza durante un año, a mitad de la primera copa, sin dilaciones estúpidas ni juegos ambiguos de niña. Directa al grano. Martín, de seguro era el tipo de hombre que se habría prometido a sí mismo no trasgredir la norma de acostarse con la mujer de un amigo y que se abstendría a menos que ella diera el primer paso. Y lo dio, dejando fuera de lugar toda duda de que deseaba y quería lo mismo: comer la fruta prohibida. ¿Por qué decidió ella dar el primer paso y desnudarse delante de él, provocándolo? ¿Por qué lo provocó de tal manera que le fuera imposible no acceder? Era la pregunta que se había formulado sin llegar a una conclusión, no hay razones que expliquen que dos personas adultas tengan sexo entre ellas. Como no la hay para que se atraigan. Pero sí que hay mil razones para que una mujer madura pueda disfrutar del sexo y de la pasión, y volver a sentir por sus venas la dormida miel de la concupiscencia, el inesperado placer de ceder al enredo, el temor al inesperado amor tardío.
El deseo nos saca de nosotros mismos, le había dicho Martín de noche mientras la acariciaba con el pulgar la espalda produciéndole leves descargas eléctricas, nos desubica, nos dispara y proyecta, nos vuelve excesivos, hace que vivamos en la improvisación, el desorden y el capricho, máximas expresiones de la libertad llevada a la locura. El deseo reclama la vida, el placer, la autorrealización, la libertad. Unos planifican su vida, mientras que otros la viven al ritmo que les marca el deseo. El deseo de vivir y de hacerlo a la manera de uno. Manera ajena al mismo proceso de vivir, establecido únicamente por el deseo.
—¿Es solamente sexo? —le preguntó ella.
—Es… Magia.
—¿Y cuánto dura la magia?
—La magia sólo dura mientras persiste el deseo.

Martín, entretanto, está tumbado en la cama mirando el techo. Desde que llegó Erika no ha dormido apenas, y el esfuerzo físico lo ha dejado exhausto, para el arrastre. A pesar de que tiene sueño sabe que ya no dormirá aunque lo intente, así que le valdrá más levantarse. No, decide, aún permanecerá un rato dentro de las sabanas, es un buen momento para reflexionar, necesita hacerlo en esos primeros momentos del día, cuando aún no se ha despejado del todo. Le encanta aquella mujer mexicana, pero siente un imperioso deseo de estar solo de nuevo, lleva ya once días en el faro y en todo ese tiempo no ha escrito más que una veintena de páginas, quedándose la historia parada cuando, como un inesperado ciclón, ella apareció. Debe retomarla pero la presencia de la diosa es un muro, un tapón en la esclusa del embalse creador. Ha perdido su sombra: mal asunto. Es un escritor sin sombra del modo en que Erika es una mujer con cicatriz. O tal vez sea aún una herida abierta, la herida que le hace por momentos bajar la vista o suspirar, de la que no habla, ¿por qué no me habla de ello? ¿A qué espera? No, no es del tipo de mujer que esperaría a ser preguntada. Si no lo hace es seguramente porque Héctor sea el causante y yo la pomada que, a partes iguales, es venganza y es paliativo. ¿Yo el instrumento de una venganza? Sonríe, ahora, al pensar en las fotos.  Hace unas horas, entretanto Erika se duchaba, hurgó en el armario donde ella había guardado la cámara tras la sesión hasta dar con ella, abriendo la tapa del carrete expuso a la luz el carrete, girando el rotor justo el trozo de película que contenía las ocho fotos que le tomó. Si en el futuro decide vengarse, ríe, necesitará otra cosa de prueba que mostrarle a Héctor para convencerlo de lo suyo. Bosteza. Estira los brazos. Se peina el cabello con los dedos. Da media vuelta y agarra la almohada. Otro minuto más. Hace rato ha oído el gorgotear de la cafetera y después abrir de puertas y el tintinear de las tazas cuando se posan sobre la mesa. Ahora se oye, muy bajo, casi imperceptible,  el tema FlamencoSketches, cara B del mítico LP de Kind of Blue (1959), el disco más vendido de la historia del jazz. El maestro Miles y su sexteto entraron en el estudio con algo mínimo y sacaron algo eterno a base de transitar por las escalas partiendo solo  de alguna nota, sin ensayos, en apenas diez horas, improvisando cada pieza.  Ha debido de prender el equipo de sonido con el CD que estaba puesto. El que le había regalado María, su sobrina. María. Se acuerda de María: con ella, por el contrario, todo era perfecto, no solo era una total desconocida con sus misterios por descubrir, con la que había recuperado la inspiración, sino que además era una excelente crítico literario, inteligente, atrevida hasta el punto de haberle hecho una corrección; podía escribir sin horarios, sin ataduras, y ella trabajar en su tesis, y ambos se buscaban en las pausas de sus trabajos respectivos. Era una maldad pensar en María en aquel momento, teniendo abajo a la, hasta hace algo más de veinticuatro horas, inalcanzable Erika Vargas, pero los hombres somos así, al fin y al cabo. Pensamos en la que ya no tenemos. Y hasta, de vez en cuando, lo que tendríamos de no tener lo que tenemos.
Se acabó el minuto, decide. Salta de la cama, entra en el baño y deja el grifo abierto para asegurarse de que está bien fría.
Mientras se daba agua a la cara tratando de despejarse y resoplaba y movía luego la cabeza como un mastín mojado, algo se despertaba en su creatividad. Acudían frases y retazos de personajes, llamando a su puerta, esperando para ser escritos, que se fueron materializando, tomando forma mientras se afeitaba y echaba la loción francesa de Héctor mirándose ante el espejo, con una pizca de culpabilidad (su mujer, su loción, su cama), y ahora cuando baja por la escalera de caracol le viene como un destello la historia. Tiene ganas de escribir un libro sobre Erika. Pero para disimular, mejor la transformará en hombre. Con un personaje masculino, además, será más sencillo que con uno femenino. Tratará de un actor, un hombre mayor que atraviesa una crisis como la que por varias días a él mismo ha acometido, y que tanto teme se trasforme en permanente,  en este caso será que sus dotes histriónicas parecen haberse desvanecido, y que lo confronta a las realidades de la vejez, la enfermedad y la muerte. En medio de ella, el deseo vuelve en una forma inesperada para trastornar su vida por última vez. La indescifrable naturaleza del deseo —esa «pregunta cuya respuesta nadie sabe», como sentenciaba Luis Cernuda, que algo sabía del asunto— es la interrogante que presidirá la novela. Una historia cruda, sin lugar para consuelos metafísicos. Carne y muerte es todo lo que hay.
Como a Erika, a su actor  tampoco lo llaman para ofrecerle papeles y su mujer lo ha abandonado por su eterno rival en la escena, cuando ya todo está perdido y su descenso anímico y profesional entra en espiral, encuentra un motivo para vivir. El motivo: conoce a una mujer joven y lesbiana, que a su vez, mantiene otra relación tortuosa.
Cuando aún se está preguntando el porqué de que la chica sea lesbiana, Erika lo saca de sus abstracciones. Sin darse cuenta había estado parado a mitad de la escalera.
—Siéntate, he hecho desayuno.
Había avanzado hacia él, oscilantes los senos tras las dos aberturas de la camisa,  y lo esperaba de pie en medio de la cocina. Que llevara puesta su camisa, reflexionó Martín, establecía un vínculo íntimo, sutil, silencioso. Era algo que también había hecho María.
Se abrazaron. Él notó que llevaba la cara lavada, desacostumbradamente lavada. Sin rastro de maquillaje alguno: dejando al descubierto finísimas arrugas. Ella volvió a olerlo —lo mismo que venía oliendo la camisa— y no pudo evitar acariciarlo, pasando ambos manos por sus hombros, en un gesto que era mitad de amante, mitad maternal.
Tomaron asiento en la mesa. Comenzaron a desayunar, hablaron coloquialmente, y, en un momento dado, él pregunto:
—¿Por qué tienes una cicatriz, Erika?
Pensó en unas horas antes cuando le lamía la cicatriz de la operación en su piel desnuda. Afuera se deshilachaba la bruma del amanecer. Pero no era esa cicatriz por la que le preguntaba.
—Si por algo me gustas es porque jamás podré llamarte estúpido. ¿Por qué supones que me pasa algo, que tengo una «cicatriz»?
—Bueno, hay mujeres que tienen cosas en la mirada, y las hay que llevan una carga pesada e invisible a la espalda. Y hombres, acostumbrados, que saben ver. Eso es todo.
Ella le sonrió.
—Se trata de Héctor —hizo una pausa, dio un suspiro—. Me engaña.
Martín pestañeó. Su cara es de vaya, no se trata de un escarceo.
—Héctor siempre lo ha hecho, él es así, mujeriego, pero esta vez no se trata de eso, habrá algo más ¿verdad? —inquiere.
—Sí, es más grave.
—¿Quieres hablar de ello, Erika?
—Lleva toda la vida pegándomela con una mujer de Jalisco.
—¿Toda la vida?
—Casi treinta años.
Martín hizo un cálculo rápido.
—O sea, desde casi el principio de vuestro matrimonio.
Ella calla. Frunce el ceño. Se produce una pausa que permite oír la rapsodia del viento y los dedos de ella tamborileando en la taza de café mezclándose con las letras de la canción del estéreo: The Look Of Love, Dusty Springfield (1967). Está incomoda, no quiere hablar de ello, no al menos en este momento, advierte Martín. Pocas veces había visto tanto desprecio como el que hacía relampaguear los ojos. Ojalá, se dijo fugazmente, nunca me mire de ese modo una mujer.
—Necesito irme al pueblo. Tengo que telefonear a Héctor— dijo encendiendo un cigarrillo.
Martín alzó una mano y le acarició el mentón.
—Lo comprendo. ¿Necesitas que te acompañe?
—No, no te molestes pero prefiero ir sola. Aprovecharé y hare unas compras. Traeré comida y bebida.
—No. No me molesto, yo aprovecharé para escribir algo.
Entonces ella, pregunta ¿Sí? Y Martín empieza a hablarle del actor y la lesbiana. ¿Una lesbiana? Y por qué una lesbiana, pregunta extrañada. No lo sé, le responde encogiendo los hombros. Supongo que porque encaja en el papel de ambigua que necesito que tenga, de mujer que juega y se debate entre dos personas, a dos bandas, de forma totalmente compatible, sin falsos prejuicios ni convencionalismos. Quiero explorar eso: la posibilidad de amar y estar con dos personas a la vez. Y durante un largo trecho hablan del nuevo proyecto de novela de Martín. Eso, parece ilusionarla y hace que, momentáneamente, se alejen sus malos pensamientos: una tirita sobre la herida tierna. Se le aclara el gesto. Y la sangre indígena le ha devuelto el tono mate a su rostro. Ya no mira con odio contenido. Incluso hay ocasiones en que ella ríe echando la cabeza para atrás, de una forma sana, juvenil, la profesión del protagonista parece hacerle ilusión y no ha caído en la cuenta de «actor mayor en declive y en horas bajas». Él aprovecha para mirarla y grabar, capturando el recuerdo del que, supone, es uno de los últimos desayunos que tendrá en calidad de amante de la diosa mejicana que tiene enfrente. Es probable que no vuelva otra ocasión en que habiendo pasado la noche con ella, le hable en la mañana de un proyecto, medita disimulando, mientras le sigue explicando la relación, tortuosa, que mantiene la joven estudiante de arte dramático, camarera entretanto llega un papel, con una pintora, que la mantiene, y con el admirado actor con el que ha crecido. Le habla apartando la vista al trozo de mar enmarcado en la ventana para no distraerse con los pechos redondos y proporcionados, apenas cubiertos por la camisa desabotonada que, oscilantes, parecen querer asomarse a cada movimiento que ella hace. Después Erika se pone a hablar de su experiencia en la escena, de lo que es un casting, del triunfo que supone conseguir un papel y del abatimiento que le entra cuando no. De los directores, buenos, malos y peores; de los compañeros de reparto reunidos, hablando después de cada escena, criticándose. De los intentos de que una idea del actor sean tenidos en cuenta por el director. De las escenas eliminadas… Figurándose que todo esa información le valdrá para el libro.
«Podría ser el comienzo de tantas noches como ésta», estaba diciendo, en inglés, la sensual voz de Dusty Springfield.

Una hora después, Erika vestida con un traje de dos piezas gris marengo y unos tacones altos crema, gafas de sol, cigarrillo en los labios y el pelo recogido en la nuca —que, imaginó él, parecía una isla en el pacífico—, se despidió de Martín con un «Adiós, cariño» y un beso breve, salió por la puerta tan natural en su movimientos como cuando unas horas antes se paseaba desnuda por la habitación o con nada más una camisa por la cocina, entró en el Mercedes arrojando la colilla y desapareció por la carretera.
Martín aún permaneció un rato mirando el lugar por donde se había ido, ocupado por una nube de polvo que se disipaba. Reflexionaba sobre el giro que daban o parecían dar los acontecimientos, y que variaban en mucho los planes que tenía pensados para los próximos días. Quizá después de todo, determinó, su compleja historia con Erika no lo fuera tanto y estuviese llegando al final. Breve pero intensa. Con ese pensamiento se sirvió otra taza de café, añadió azúcar y revolviéndolo subió por la escalera de caracol hasta el santuario donde la Olivetti había enmudecido todo aquel tiempo que pasó envuelto en el feudo de terciopelo del cuerpo ardiente y vivo de la diosa mejicana. Se sentó y empezó a teclear. Al rato, como otras veces, entró en un estado de doble conciencia: por un lado formaba parte de lo que pasaba a su alrededor y por otro se aislaba del entorno y dejaba que su imaginación vagara con toda libertad. Seguía anclado a la silla de la torreta del faro, rodeado de mar,  pero a la vez estaba en Madrid, en el camerino de un teatro al finalizar la actuación. Ya no era Martín sino un actor de sesenta años, enfermo, en el momento en que sostenía una conversación una joven de veintidós, rubia y de ojos azules, muy hermosa, que había venido a hablar con él porque lo idolatraba como maestro, que lo había seguido desde niña y del que, aseguraba entre aspavientos, cariacontecida, era fan. Es una conversación amena que ha ido creciendo en mutuo interés. Esta tan a gusto con la joven que, para que no se vaya, la invita a cenar donde acostumbra a hacerlo desde que su mujer lo abandonara tres meses atrás: un asador modesto pero respetable del viejo Madrid. Mientras comen siguen hablando distendidamente, cada vez más cómodos, cada vez más íntimos, y en él se va despertando el deseo de acostarse con aquella muchacha. Está fascinado con sus ojos, con la caída de párpados, con su cuerpo esbelto y sus piernas delgadas. Pero no se atreve a decírselo, teme llevarse un rechazo que sumar a los que ya tiene como el matrimonial y el profesional, amén del de la salud. Es ella, sin embargo, la que da el paso. Me gustas y no te pido nada, le dice acariciando sus manos de viejo. Sólo que me enseñes a interpretar.
Por la ventana podían oírse perfectamente, entre el jazz proveniente de la escalera, las gaviotas y el mar golpeando a intervalos las roquedas.



Continuará... 
        ©Humberto, 2013

lunes, 18 de marzo de 2013

EL FARO IV







LIBRO SEGUNDO
CUARTA PARTE

XX



Erika y Martín montan en el descapotable y se van. En la puerta, Antxón y Helena los miran alejarse. Helena observa con apego cómo el vehículo nuevo de Erika se distancia y desaparece al atravesar el arco del muro. Sigue preguntándose de qué le suena la cara de Martín. Lo sabrá dentro de cuarenta días, cuando una mañana le dé por limpiar el polvo acumulado en los libros de las estanterías y encuentre aquel que le regaló Héctor, que nunca leyó. Entonces reconocerá en la fotografía de la solapa el mismo rostro que hoy tanto le sonaba.

Ese día, ya de noche, al acostarse, por primera vez en su vida y siguiendo el consejo de su admirado Héctor, leerá un libro. Será el primero de muchos otros que leerá después. El efecto Pigmalión del que hoy hablaban, esa idea de superarse a uno mismo, le llegaba a oleadas en forma de recuerdos, confirmando las expectativas de inteligencia que Héctor había depositado en ella aquel lejano día en que le regaló el libro cuyo autor, entonces, le pareció un cantante de rock.

En cuanto se hubieron ido y apenas tomaron el camino de regreso, lleno de baches, Martín detuvo el coche, le pasó el brazo por los hombros, la atrajo hacia sí y le plantó un beso. Era un beso de alegría; en cierto modo, el beso de un hombre que llevaba mucho rato esperando, conteniéndose, aguantándose para darlo. Erika rio ante aquel súbito arrebato de cariño, lo abrazó y le devolvió el beso.

Aún había sol. Eran las siete de la tarde, así que ella le propuso aprovechar la luz e ir hasta un acantilado.
—Me gustaría ver una puesta de sol contigo y que me hablaras de cosas profundas.

Martín no dijo nada; solo sonrió. El atardecer evoca meditación, pero también decaimiento, pensó. ¿Por qué te gustan a ti las puestas de sol, amiga mía? ¿Por una cosa o por la otra?
—La gloria del ocaso era un purpúreo espejo,
¡Tenue rumor de túnicas que pasan sobre la infértil tierra!...

Empezó a recitar.

Ella repitió «purpúreo espejo» en voz baja. Había una suave excitación en su voz mientras lo contemplaba con curiosidad. ¿Está recitándome?, parecía decir su expresión. La claridad rojiza se reflejaba en sus ojos, volviendo líquida su miel. Aquella luz en las pupilas, pensó Martín, la hacía parecer una colegiala. De nuevo la foto del retrato vagó fugazmente por su memoria, envuelta en el resto de los versos:
—¡Y lágrimas sonoras de las campanas viejas!
Las ascuas mortecinas del horizonte humean...
—¡Qué lindos versos! Continúa, por favor.
La atención de ella era extrema. Como la intención de él.
—...Detén el paso, belleza esquiva, detén el paso.
Besar quisiera la amarga, amarga flor de tus labios.

Lo dijo entre dientes, muy bajito. Sonriendo para sí, le guiñó un ojo, aceleró el coche y salió disparado hacia el norte, adonde suponía que estaba el mar.

Condujo en la dirección que ella le fue indicando, hacia una playa que se encontraba muy cerca, apenas a un kilómetro. Un momento después bajaron del coche y pasearon por un sendero que discurría paralelo al borde de aquel escalón que parecía haber sido esculpido en la tierra para que un gigante descendiera al mar.

Iban cogidos de la mano, hablando en esa actitud absorta e íntima que solo es posible en la más estrecha de las amistades: la amistad profunda, la amistad cómplice. El viento emitía un quejido que servía de fondo a la voz de Erika y peinaba el verdor compacto de las praderas, produciendo olas entre las hierbas. El sol, brillante, estaba a media altura sobre el horizonte, a unas dos horas de hundirse en el mar. Su luz incierta les iluminaba los rostros con un tono casi místico.

A la derecha veían los tejados del pueblo asomando sobre un hayedo. A lo lejos, el río con sus aguas agrestes; más lejos aún, un hórreo plantado sobre un mosaico de praderías de distintas tonalidades; enfrente, y como telón de fondo, las altas cimas de los Picos de Europa.

—Apenas hablas cuando estás con más gente. Te vuelves como... ¿retraído?
—Algo así. No me gusta pasar por pedante, eso es todo.
—Es otra cosa. Es como si no te gustase destacar.

Martín se volvió a mirarla, sorprendido, como calculando cuánta información había recabado observándolo.
—Puede ser. Tengo mis momentos. Aunque también, en ocasiones, me cuesta conectar según con qué gente. Con Antxón, por ejemplo, nunca conectaría.

Ella se detuvo a contemplar el horizonte y el mar, y cerró los ojos. La brisa y el sol le daban de lleno en la cara. Sin abrirlos, preguntó:
—¿Cómo describirías tú una puesta de sol?
Martín pensó un instante y ladeó la cabeza.
—Cuando el día exhala su último suspiro.
Ella respiró hondo, meditando aquellas palabras, saboreándolas, vibrando con ellas, y cruzó los brazos. La hacía feliz aquel momento, aquella puesta de sol, aquel hombre.
Martín la abrazó por detrás, hundiendo la nariz en su pelo, y así permanecieron un rato, de pie, callados, sin decirse nada, en comunicación directa con el mundo que los rodeaba.
—Eres todo un poeta —susurró ella.

 

Soplaba norte y la temperatura había descendido unos cinco grados, percibió Martín. Lo justo para que el mar, azotado por el viento frío, levantara espumas en su choque contra las rocas y transmitiera hasta donde estaban una humedad desagradable. A ella se le pegaba la falda a los muslos y el cuello de la blusa entreabierta aleteaba con el viento. Estaba muy favorecida.

Martín le tocó la piel. Estaba fría. Tiritaba.
—Es hora de irse —anunció, temeroso de romper aquel momento.
—Sí. Se estaba bien aquí, pero volvamos al faro. Quiero darme un baño caliente y quitarme este frío...

Y entonces, de repente, mirándolo con ese centelleo en los ojos que Martín ya conocía y que era deseo, cambió el tono por otro más provocativo.
—No. Mejor. Lo que quiero es bañarte. Quiero restregarte con jabón. Quiero que te desnudes y fotografiar tu cuerpo.

Martín frunció el ceño y su mirada se ensombreció. Había dejado de sonreír y la observaba pensativo, como si intentara asegurarse de que hablaba en serio. La proposición lo excitaba, pero le asustaban las consecuencias. Él siempre tan cauto. ¿Fotos? Hum... no sé, no sé.

Ella le tiró del brazo.
—Volvamos al faro, cielo.

En ese instante, el deseo era el protagonista absoluto de la película. En su avance, aquel deseo de acostarse de nuevo con Erika cabalgaba por encima de cualquier otra cosa, envolviendo al hombre que habitaba en Martín en un tejido entrelazado con su fascinación por ella, con su belleza evanescente y con aquel lugar. Y el deseo era una pasión que todo lo podía.

Condujo rápido, como a la ida. O más. Estaba ansioso por atracar de nuevo en la mágica oquedad de su misterio, por zambullirse otra vez en el sortilegio de su mirada de miel líquida, por quedar aprisionado entre el nudo de sus brazos, por amarla una y otra vez como si fuera la última.
—Venga, mañana, al fin y al cabo, será otro día.
Y la agarró por la cintura.
-XXI-




Durante las primeras semanas de convalecencia creyó que iba a morir. Se sumió en un mutismo que Héctor Vargas achacó a la depresión que suele sobrevenir tras una operación quirúrgica grave. Por mucho que lo intentara, era incapaz de pensar en otra cosa. Estaba atrapada en un laberinto y no encontraba la salida.

De todas las preguntas que se hizo en la habitación de la clínica tejana, anclada a una cama y a una maraña de goteros, la más importante era el «¿por qué?». Al cuándo, dónde, cómo y cuántas veces ya había decidido no formularlos más; pero el «¿por qué?» regresaba una y otra vez sin hallar respuesta. Aquel interrogante, martilleándole la cabeza, era lo que la sacaba de quicio.

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué aquel engaño?

¿Por venganza?

Héctor no era de la clase de hombre que actuaba por venganza ni necesitaba demostrar que podía hacer lo que se le antojara. Eso ya había quedado acordado muchos años atrás, desde que rondaban la treintena: ambos eran libres de acostarse con quien quisieran. Y viceversa, por supuesto.

Habían decidido ser liberales y que una aventura jamás constituyera un problema en su matrimonio, con la única condición de que, una vez terminada, fuera confesada. Y así lo hicieron. Con sus más y sus menos.

De hecho, tal era la complicidad alcanzada que Héctor jamás le ocultó nada. Le fue relatando todas las mujeres con las que había estado, cada escarceo, sin dejarse ninguno. La lista era tan larga que parecía un censo. Insaciable, se acostaba con la primera que se le ponía a tiro.

Muchas veces, al día siguiente, ambos se reían del asunto y él incluso le comentaba detalles en tono jocoso. En especial le gustaba contar cómo, llegado el momento de seducirlas, recurría al viejo tópico:
—Es que mi mujer no me comprende.

Aquello casi siempre la hacía reír.

Hubo una temporada en que incluso le dio por fotografiar a sus amantes mientras dormían para enseñárselas después. No pocas veces un gesto así terminaba con los dos en la cama.

También era cierto que, en ocasiones, Héctor se había pasado de la raya y Erika no lo había llevado nada bien, provocando crisis importantes. Como aquella vez que organizó una bacanal en casa e invitó a tres prostitutas pretendiendo que ella participara en un cuarteto lésbico. O cuando intentó convencerla para atarla al más puro estilo bondage y filmarla mientras un negro la azotaba, con la intención de proyectar luego la grabación a sus amigos en la sala de cine de la mansión. O aquella madrugada en que apareció completamente ebrio, acompañado de una pelandusca, pretendiendo que los tres se acostaran juntos, después de haber desaparecido una semana entera.

No, papito.

Ella era liberal, pero esas cosas no las hacía. Tan bajo no caía y tan degenerada no estaba.

No, no podía ser por eso.

Porque, tarde o temprano, siempre terminaban reconciliándose. Las aguas regresaban a su cauce.

Entonces, ¿por qué?

¿Para buscar compensaciones en la vida? ¿Consideraba acaso que merecía una mujer mejor?

No. Imposible.

Porque estaba a gusto con ella; en eso siempre había sido sincero. De no haber sido así, la habría dejado hacía mucho tiempo. Era su mejor compañera. Eso se lo había dicho infinidad de veces.
¿Para aumentar su autoestima? Tampoco. Tenía el ego demasiado sólido para necesitarlo.
¿Una crisis de la mediana edad? Menos aún. No era de los hombres que se acomplejan por el deterioro físico.
¿Romper la rutina? Ni hablar. Con aquella interminable lista de amantes, ¿qué rutina podía sufrir?
Entonces, ¿por qué mantenía aquella relación en secreto? ¿Por qué nunca le había hablado de Lucinda? ¿Por qué, pudiendo tener mujeres mucho más jóvenes, estaba con una sexagenaria? ¿Y por qué durante tanto tiempo?
¿Casi cuarenta años? ¡Cuarenta años!

Permaneció encerrada en sí misma hasta que, coincidiendo con el alta médica y ya instalada de nuevo en su casa de Acapulco, recuperada físicamente aunque no del todo en el ánimo, encontró por fin la salida del laberinto.
Fue algo casi repentino.
—La infidelidad —sentenció ante el espejo— es uno de los mayores misterios de la naturaleza.
Pero tampoco era para tanto. No, al menos, como para destruir un matrimonio tan largo.
Él la quería. De eso estaba convencida.
¡Qué carajo!
Ella siempre había sido una mujer adelantada a su tiempo, inteligente y liberal. Estaba preparada para superar las adversidades. Para cualquier adversidad. Y que le fueran infiel era una de ellas.
No la última.

Ellos serían dos, pero ella era una leona que no retrocedía jamás.

Recuperó la fortaleza moral y anímica que creía perdida. La cicatriz de la operación acabó convirtiéndose también en la cicatriz de aquella otra herida que llevaba en el alma. Lamió sus heridas. Se levantó de las cenizas. Y al poco tiempo logró convencerse de que aquello era como en las películas o las telenovelas: a ella le había correspondido el papel protagonista y a Lucinda el de antagonista. No era ella quien se había perdido, sino Héctor. Él no buscaba otra cosa que el complemento que le faltaba.

La abstinencia sexual a la que ella lo había sometido era la causa; Lucinda, la consecuencia. Una mujer perdida, seguramente una ninfómana con la que estaría cómodo por razones que solo él conocería: ausencia de reglas, ausencia de compromisos.

Y, al fin y al cabo, tampoco estaba tan mal. Mejor una que cientos. Volvió a ser ella misma. Todavía había un hombre sobre la tierra al que gustaba. Y ese hombre podía ser su complemento: Martín.
Pensando en todo aquello, unas veces se recreaba en el dolor de la traición. Lo que no te mata te hace más fuerte. Otras, la posibilidad de una aventura, de una doble infidelidad concebida como revancha, parecía cerrar parcialmente la herida y aplazar el mal recuerdo.

Cada instante de tu vida tiene sentido si aprendes de él.

Volvieron a México y a la rutina matrimonial anterior a la operación y al descubrimiento de la infidelidad. Durante todo el invierno continuaron como si nada hubiera ocurrido.

Salían a cenar. Viajaban. Leían juntos los capítulos de la novela inédita que Martín les enviaba por entregas. Repasaban las cartas de respuesta antes de introducirlas en el sobre. En marzo leyeron por fin la novela completa, Tras los pasos de abril perdido, que poco o nada tenía que ver con el manuscrito original. Por aquellas fechas comenzaron a telefonearlo con más frecuencia, casi a diario, para convencerlo de que se instalara en el faro.
O eso creía Héctor. Porque, sin que él llegara jamás a percatarse, era ella quien lo influía utilizando toda su sutileza: dejando caer frases oportunas en los momentos adecuados, estimulándolo, tejiendo una telaraña de pequeños ardides femeninos que lo impulsaban a estrechar aún más su amistad con Martín.

Y lo consiguió.

En mayo, Héctor estaba más entusiasmado que nunca con la idea. Tanto, que incluso se felicitó por su propio poder de persuasión.

Justo poco antes de que surgiera la posibilidad de rodar una película en Madrid. Una propuesta que Erika había favorecido discretamente, dejando sobre la mesa de su despacho la documentación correspondiente junto a fotografías cuidadosamente seleccionadas de las jóvenes actrices que participarían en el reparto.

—Si vas a irte a rodar, quiero ir contigo —le dijo unos días antes.
Héctor la miró sorprendido, como si aquel deseo alterara unos planes que había concebido para sí mismo.
—¿Y para qué quieres venir ahora? Si de todos modos iremos a España en verano.
—Me apetece ir ahora, en primavera. ¿Sí? —rogó—. Adelantemos el viaje, quedémonos en junio y enlazamos con todo el verano.
—Pero te vas a aburrir —protestó—. Voy a estar completamente absorbido por el rodaje. Ya me conoces. Luego no me vengas con que no te presto atención o con que te dejo abandonada.
Ella rio. Él escuchó aquella risa suave y contenida entre las sombras del dormitorio.
—No quiero quedarme sola en Cancún. Eso es todo. Quiero irme a Madrid, hacer compras, distraerme y dejar la VISA temblando.
Él sonrió con indulgencia, como se sonríe a una niña caprichosa.
—Bueno. Vente. Pero luego no te quejes.
La primera parte del plan estaba cumplida. Iba a ir a España de inmediato. Ni hablar de esperar a julio. Una vez allí, ya encontraría la manera de dejar a Héctor absorbido por el rodaje y subir a Asturias para encontrarse con Martín. Después decidiría sobre la marcha. Según le apeteciera. Según resultara viable. Si lo seduciría o no. Eso, claro, si su sobrina no se le había adelantado ya.

Parecía muy interesada en él por teléfono y, conociéndola como la conocía, no le extrañaría nada que hubiera aprovechado la estancia de Martín en el faro para visitarlo y que ahora estuvieran juntos.
Durante el vuelo pensaba en la frase grabada en su pulsera: «Cada instante de tu vida tiene sentido si aprendes de él». Se preguntaba adónde la llevaba todo aquello, si era revancha o una vieja pasión dormida. Pensaba en Lucinda. Pensaba en Héctor. Y, sobre todo, pensaba en Martín.

Pensaba en el deseo que había despertado durante su anterior viaje y que la había consumido desde entonces; un deseo que la enfermedad y la traición no habían apagado, sino renovado. Se recreaba en las imágenes impúdicas que acudían a su mente como prólogo de lo que quizá ocurriría. Curiosa forma de motivarse a su edad. Quién se lo iba a decir. Volver a sentir el latido de un tiempo niño. Pero funcionaba. Era estimulante. Renovador.

Y pensaba también en ese instante suspendido entre desear y conseguir lo deseado. Era dulce la espera. Era dulce el anhelo. Aquel hundirse exasperado en el abismo que se abre entre el deseo y su inasible objeto.


Continuará... 
        ©Humberto, 2013