La Policía Especial de Tánger la formaban, a partes iguales, 103 policías franceses, de la Gendarmería, y 103 policías españoles, de la Policía Armada, cuyo mando corría a cargo del teniente coronel don Matías Sagardoy. Su misión era el mantenimiento del orden público, la seguridad y el control, así como la vigilancia de las entradas y salidas de la ciudad marroquí del entonces protectorado francés.
Corrían los años cincuenta y, entre uno y otro escuadrón, había en general muy buena camaradería y una excelente relación. Así, cuando los gendarmes celebraban su patrón o su fiesta nacional, los españoles lo celebraban con ellos, y viceversa. Un año, los franceses, tras la comida, improvisaron un coro, y gustó tanto que, en lo sucesivo, se estableció por costumbre celebrar un duelo polifónico entre ambos escuadrones. Dos coros se enfrentaban cantando canciones propias de cada país.
El coro de los franceses, para desesperación del orgullo del capitán español, daba sopas con hondas al suyo. Una vergüenza. Un desastre. Porque la formación de los policías armados no sabía cantar más que aquello de La rana debajo del agua. Y regular. Eso sí: formaban un corro muy apañado, en círculo, echándose el uno la mano sobre el hombro del otro, lo cual al menos hacía gracia. Los gendarmes, en cambio, deleitaban con un variado repertorio de canciones folclóricas, sin repetir, y contaban además con un divo: un hombre que cantaba realmente bien y que sabía de música lo suficiente como para organizar un coro como Dios manda, con sus respectivos ensayos.
Hasta que un buen día ocurrió algo inesperado. Coincidiendo con la festividad del Santo Ángel, patrono de la Policía Armada, el barítono español Pedro Terol estaba pasando unos días de visita turística en Tánger, y el capitán Sánchez, que era muy amigo suyo —paisanos de Orihuela—, fue a visitarlo al hotel en el que se hospedaba. Entre copas, le expuso su drama y allí, en ese momento, urdieron el plan de desquite: Terol se vestiría de uniforme y se haría pasar por policía para arrancarse a cantar en la comida lo que él quisiera, pero sin darse a conocer.
Y así fue. Pedro Terol se calzó el uniforme de la Policía Armada y aguantó, fusil en ristre, la revista que pasaron el embajador español y el francés al contingente, y todo el tiempo que duró la celebración, sin levantar la más mínima sospecha. Ya en los comedores, estando en los postres, el capitán pidió, como era costumbre, la venia de los embajadores para que uno del escuadrón español cantase algo. Para amenizar, concretó. El embajador de España, cansado de lo de la rana, le miró con benevolencia y dijo:
—Bueno, que cante.
Y Pedro Terol se levantó. Contrajo el diafragma y, mirando a todos, se arrancó con divina voz:
Si vas a Calatayudpregunta por la Dolores;que una copla la matóde vergüenza y sinsabores…Se hizo el silencio más absoluto en toda la sala. Aquella voz prodigiosa, aquella canción que hablaba de una mujer deshonrada, cayó sobre las cabezas como un espíritu y se adueñó por completo de la estancia y de los ánimos de los presentes. Se coló a través de puertas y ventanas y llegó hasta las cocinas y los patios, atrayendo la atención de los empleados del acuartelamiento, que se apresuraron a asomarse, arracimándose como podían en los umbrales.
El capitán francés se iba quedando cada vez más atónito ante cada nuevo registro de la voz de aquel policía español, más y más perplejo a medida que la canción subía de tono. Los embajadores, extrañados, se miraban y clavaban la vista en el capitán Sánchez, que disimulaba su regocijo, como diciendo: «aquí hay tongo».
Cuando Terol hubo acabado la que probablemente fue la mejor Jota de la Dolores que había interpretado en su vida profesional, se quedó de pie, sonriente, la frente alta, y todos, sin excepción, le aplaudieron a rabiar, entusiasmados. A los vítores enardecidos de la parte española se sumó el silencio derrotado del capitán francés, que hasta entonces no había conocido la derrota en lo canoro y se quedó literalmente hecho polvo, negando con la cabeza. ¿Quién demonios era aquel policía y de dónde había salido?
Finalmente, el capitán Sánchez reveló el engaño, así como la identidad del barítono disfrazado. Rieron con cierto alivio. El teniente coronel Sagardoy, que encajaba muy bien ese tipo de humoradas, ladeó la cabeza y le dijo al oído:
—Ya era hora de que aprendieran.
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martes, 28 de marzo de 2017
LOS POLICÍAS CANOROS
Humberto 2017
martes, 28 de febrero de 2017
INVISIBLE
INVISIBLE
Pablo, que se ha bajado del vehículo patrulla, cruza tranquilo la calle en dirección a una tienda para comprar agua, tal vez algo de picar. Va ensimismado en sus cosas; se ha vuelto un par de veces hacia su compañero, quien ha decidido esperarlo sentado dentro. Está en la zona sur de la ciudad. Es una noche de verano del año 2012.
Tiene treinta y seis años, una novia de toda la vida, compañeros que lo respetan, jefes que lo valoran, unos amigos que lo quieren mucho, una buena colección de vinilos y un perro.
Bárbara, a la misma hora de la misma noche, camina con paso firme hacia el hospital, que se encuentra en la zona norte. Es enfermera en prácticas —le va muy bien— y va a hacer una sustitución en Hemoterapia. Bárbara tiene veintiún años, un amigo que quizá podría ser un novio, dos padres que no están separados, etcétera. Su abuela diría que tiene toda la vida por delante.
Pablo, de treinta y seis años, y Bárbara, de veintiuno, no se conocen. No tienen edades similares ni gustos afines. Ni siquiera viven cerca. No comparten amigos en común. Y el destino nunca los ha puesto a menos de varios centenares de metros el uno del otro, pese a vivir en la misma ciudad. Ni han comido siquiera en el mismo restaurante.
Pero esa noche de 2012, mientras ella va al hospital a hacer su sustitución y él camina hacia la tienda de veinticuatro horas, pasará algo.
Para empezar, a Bárbara el jefe de planta le comunica que están muy contentos con ella y que le ofrecen un puesto en el hospital. Tras su alegría, le dice que pase por Personal. Ella sube las escaleras y va adonde le indican para dar unos datos y firmar unos papeles para ser contratada.
A esa misma hora, pero a unos dos kilómetros, en el sur, Pablo, que abría la puerta sin mirar al interior, recibe a corta distancia dos disparos de un atracador que permanecía escondido tras unos estantes, nervioso y asustado. Ni siquiera le da tiempo a reaccionar y cae desplomado al suelo. La dependienta comienza a dar gritos y el individuo huye, pistola en mano. Pablo agoniza en la calle. No puede escuchar el tiroteo que se ha organizado entre su compañero y su agresor.
Media hora más tarde, Bárbara le está contando a otra enfermera la noticia de que, finalizadas las prácticas, tal vez trabaje allí —se lo cuenta con alegría— cuando, a sus espaldas, entra en camilla Pablo. Está inconsciente y entubado. Bárbara no lo ve ni tampoco sabe que, a esa hora de la madrugada, las posibilidades de que Pablo sobreviva a los disparos son de un siete por ciento.
Sin embargo, en las siguientes dos horas, Bárbara nota un cambio en la rutina del hospital. De repente empieza a llegar muchísima gente, sobre todo gente uniformada. Ojos como platos, rostros desencajados. Todos preguntan por un tal «Pablo».
Por lo visto, piensa Bárbara, Pablo, además de policía, es alguien muy bien considerado entre sus compañeros, con muchos amigos; todos quieren donar sangre, todos le lloran, todos se prestan a hacer lo que sea. El nombre y el apellido de Pablo se convierten en el sonido más recurrente del primer día de trabajo como enfermera de Bárbara.
Al tercer día, Bárbara conoce por fin al personaje, que está en un coma inducido desde su ingreso en el hospital. Entra a verlo por curiosidad. Elige una tarde en la que no hay nadie visitándolo. Bárbara pasa a la habitación, sigilosa, porque quiere ver quién es esa persona por la que tanta gente se deja sacar sangre todo el tiempo.
Y en esa habitación, esa tarde, pasa algo que no tiene lógica: Bárbara se enamora de la persona que duerme en la cama. Se enamora sin una razón, pero al mismo tiempo sin remedio y para siempre.
Dos años después, Pablo sigue internado. Bárbara nunca jamás le ha dirigido la palabra. Él, paulatinamente, empieza a mejorar. Acaba de entrar al quirófano para someterse a la vigésima operación de médula, que también será la última. En esos dos años, a Bárbara la hicieron fija y, aunque le salieron otras ofertas, decidió quedarse en el hospital. También tomó la decisión de amar a Pablo en silencio. Incondicionalmente. Sin contraprestaciones.
Ella conoció e incluso charló varias veces con la novia de Pablo, con algunos de sus compañeros y amigos, con sus padres y con el cirujano; pero nunca jamás insinuó nada sobre sus sentimientos. Las únicas personas que conocían su secreto eran un par de enfermeras de su mismo turno y el médico, a quien Bárbara preguntaba a menudo por Pablo de un modo que evidenciaba su interés más allá de lo profesional.
En 2015 a Pablo le dieron el alta médica y dejó por fin el hospital. Volvió a su casa. Bárbara sufrió muchísimo por no verlo ya tan a diario, aunque había dos buenas noticias que la sosegaban: Pablo debía volver una vez por semana para hacerse chequeos; esa era la primera buena noticia.
La segunda era más bien una sospecha: Bárbara tenía la certeza, por algunos detalles, de que Pablo y su novia lo habían dejado. La novia, al final, ya no venía tanto y, cuando lo hacía, el trato con sus suegros era distante.
En 2016, cuatro años después del atentado, Pablo volvió una mañana al hospital para hacerse unos controles y entonces su médico, antes incluso de saludarlo, le dijo:
—Pablo, perdóname, pero tengo que hacerte una pregunta.
El médico lo miró a los ojos y se puso algo colorado, porque los médicos no están acostumbrados a convertirse en cupidos. Hizo una pausa y siguió:
—Lo dejaste con tu novia, ¿no? ¿Ahora estás soltero?
Pablo dijo que sí, pero no sabía a qué venía esa pregunta. Entonces el médico sacó un papel del bolsillo y se lo dio.
—Toma —le dijo—. Llama a esta chica, por favor, porque aquí ya no la aguantamos más.
En el papel estaban el nombre de Bárbara, su apellido y su número.
Pablo introdujo el número en la agenda de su móvil y buscó el perfil que aparecía en WhatsApp, porque no tenía ni idea de quién podría tratarse. Bárbara había sido más que extremadamente discreta durante esos cuatro años; había sido invisible. Entraba a verlo cuando él estaba en coma o dormía. Nunca le había dirigido la palabra. Asépticamente profesional en todo momento, oculta bajo su bata blanca como un ángel guardián. Por eso él no tenía la menor idea de su existencia.
El perfil era únicamente una cita de Neruda:«De la vida no quiero mucho. Quiero apenas saber que intenté todo lo que quise, tuve todo lo que pude, amé lo que valía la pena y perdí apenas lo que nunca fue mío».
Lo intentó con Facebook. En su perfil no había más que una foto donde salía un grupo de jóvenes enfermeras sonrientes en lo que parecía una graduación. Sin nombres. Pero él supo inmediatamente cuál de todas era ella.
Antes del atentado, Pablo pensaba que había sido feliz. De esa felicidad superficial, de juguete, en la que resultaba inmoral no rebosar de alegría ante los demás: trabajo, amigos, salud y una compañera. Pero nada de eso quedaba ahora.
Reflexionó unos instantes mirando su reflejo en los cristales de las ventanas. La silla de ruedas, con el perro tumbado a su lado, era la constatación de la desgracia. Ya no había trabajo al que acudir, no podía sino soñar con caminar y estaba sin una mujer a su lado. En términos matemáticos había perdido algo así como dos tercios de lo que le hacía feliz.
¿Por qué no tratar de sumar para recuperar al menos la mitad?, se preguntó mientras acariciaba el lomo de su perro, que emitió un aullido que sonó a afirmación.
Al día siguiente, Pablo llamó por teléfono a Bárbara. Y hablaron, por primera vez en cuatro años. Del mismo modo que supo quién era viéndola en una foto, supo, oyendo su voz, que encajaban de repente todas las piezas de un puzle compuesto de breves imágenes de cuatro años, materializándose en una historia con sentido. Como si de un prefacio se tratase, al que ahora se sumarían el resto de los capítulos.
Quedaron esa misma tarde en un bar y, a los veinte minutos exactos de estar charlando, improvisadamente, Bárbara lo besó. Luego, al separar los labios, apartó la cabeza y lloró.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Pablo.
—No, nada.
Bárbara le acarició suavemente el rostro y le pidió disculpas por aquel arrebato de pasión.
—Jamás me habían pedido perdón por amarme.
—FIN—
© Humberto 2017
martes, 10 de enero de 2017
Asomada a la ventana

Se
acercó a la ventana. La lluvia rompía en los cristales en ese momento, pero
Sara estaba mucho más allá, en ese mucho más allá ilocalizable adonde ponen
proa los ojos de todas las mujeres cuando miran por una ventana y la convierten
en punto de embarque, en andén, en alfombra mágica desde donde se hacen
invisibles para fugarse. Nadie puede enjaular los ojos de una mujer que se
acerca a una ventana, ni prohibirles que surquen el mundo hasta confines
ignotos, pensaba Martín mientras estudiaba su rostro como si fuera la primera
vez. O como la última.
miércoles, 23 de noviembre de 2016
LAS VÍAS DE LA VIDA
Prólogo
La vida policial es una
compleja red de estaciones y vías ferroviarias. Unos marchan por trenes de
cercanías y otros en largo recorrido, los hay que van en interprovinciales y de
alta velocidad, o que discurren bajo tierra, subterráneos, como el metro... El
tiempo se pasa en tratar de sacar billete y tomar uno, el tren para el destino
soñado, en un inútil correr hacia una nueva estación, partiendo todos de una
central. Pasan montañas y valles para el viajero, se suceden los andenes, se
cambia de vagón…
LAS VÍAS DE LA VIDA
Se apagan las luces de las farolas, se enciende el día. El tímido sol de mayo se desparrama lentamente por la fachada de la comisaría mientras Jacinto, el de puertas, sale a su puesto. Allí se cruza con las señoras de la limpieza que lo saludan. Echa un vistazo a su alrededor y comprueba la misma escena de todos los días: en el bar de enfrente sacan el toldo y preparan las mesas y sillas, en la barra ya hay un madrugador que toma café; la cola de la parada del autobús esperando indolente a ser engullida; las madres que llevan a sus hijos al colegio cercano…Los árboles en flor son la única novedad.
Jacinto consulta el reloj, «ya queda menos», piensa. Su tren procedente de Segovia se detuvo en aquel lugar hace ya veinticinco años.
Doña Julita reza en misa de diez. Es su costumbre. Lo hace todos los días, pero en esta ocasión reza con más recogimiento que nunca pues pide por su nieto que está gravemente enfermo. Luego sale, y de camino a su casa, como siempre, pasa por delante de la comisaría y saluda al policía que hace servicio de puertas.
—Buenos días, señor guardia.
—Buenos días, doña Julita.
Doña Julita no ve bien y le parece que el policía de la puerta siempre es el mismo. A Doña Julita de niña no le caían bien los policías porque pensaban que ellos habían fusilado a su padre en la guerra. De mayor cambió de opinión. Se había casado con Paco, el propietario de un mesón muy cerquita de donde está la comisaría, al que a diario acudían patrullas que charlaban con su marido. Paco fue en vida un hombre afable que se dejaba querer por los guardias que lo apreciaban y quienes constituían su clientela fija. Él no quería otra. Allí, tras la barra, de día en día, Julita fue tomándoles cariño. Llegó un momento en que sintió vergüenza de haberles tenido cierta fobia, de hecho, se ruboriza sólo de pensarlo. En cinco décadas los fue viendo parar a todos y por su cabeza pasan, como en un álbum, muchos de sus retratos y de sus pequeñas historias, «¿qué habrá sido de ellos?», se pregunta evocando un tiempo ya lejano.
***
Mariano vació su taquilla, y metió sus cosas en una maleta; luego pasó a despedirse del Comisario y del segundo, quienes lo saludaron efusivamente. «Esta es tu casa para lo que quieras». Palmadas en el hombro. Se despidió de la secretaria desde la puerta haciendo un gesto con la mano al ver que ella estaba ocupada al teléfono. Lo había hecho como solía, instintivamente, como si fuera a volver mañana. Salió de la Comisaría y atrás quedaron, humeantes, los rescoldos de treinta y tres años. Finalmente se tomó unas cañas con sus allegados de siempre en el bar acostumbrado: el que normalmente existe junto a un edificio público. Risas. Más palmadas, y unos abrazos. «¡Aquí estamos, ya sabes, para lo que sea!».
Luego llegó a casa y la encontró más vacía que nunca, encendió la tele, se sentó en el sofá y no prestó atención a lo que ponían. «Qué bien se está aquí sin hacer nada, sin aguantar al jefe, sin pensar en que mañana he de madrugar o trasnochar». En la mesita había un retrato de su mujer: la última foto que se sacó en vida, hacía ya diez años. Había huellas de ella y de un pasado infeliz por todas partes. Se levantó y miró por la ventana. El sol estaba alto y la ciudad viva, bullente. Entonces pasó un radiopatrulla y lo siguió con la mirada. «Ahora irán a tomar café», pensó por la hora. «Sí, es lo que yo haría de estar de servicio». Era su primer día como jubilado y ya hacía cinco minutos que empezaba a sentirse como un mueble viejo, inútil. Un aire de desasosiego le recorría el espinazo al atisbar el incierto horizonte de los días venideros, el invierno de la vida. A partir de ese momento empezó a comprender que la programación de la tele no era nada comparada con la de la ventana y que esa ausencia iba a ser una presencia íntima y dolorosa, una herida que hasta ahora había estado mitigando el trabajo, pero ya el tren había llegado al final de su destino y tocaba bajarse, y sufrir en silencio.
En el hospital Juan mira también por la ventana. Al fondo se divisa la silueta entrecortada de los edificios altos de la ciudad sobre los que emerge la torre de la catedral. Está de prácticas y este mes le han puesto con el oficial Andrés, sustituyendo a Mariano. Es un chaval despierto que ha decidido retomar los estudios que abandonó.
Andrés se ha recostado en la silla dispuesto a dejar pasar las tres horas que les quedan de custodia; ahora mismo piensa en que Mariano ya cumplió y a él aún le queda todavía un año, y en que esta tarde es una menos, por tanto. O una más, según se mire.
En la habitación hay un preso que acaba de ser operado de un forúnculo. Se las sabe todas y hay que tener mucho ojo con él. Por el pasillo viene una bonita enfermera que se introduce en la habitación contigua, y Juan no puede evitar mirarle el trasero. Estupendo, califica. Por las palabras cariñosas que ella dice, tanto al entrar como al salir, intuye que dentro hay un niño. Se asoma a la puerta y lo ve: sonriente, llenas las venas de tubos de goma. El niño le mira, mira. El niño le está mirando.
—¡Mira mamá, un policía!
—Hola, campeón, ¿a que sé cómo te llamas?
El niño entonces calla y abre sus dos grandes ojos oscuros y profundos.
—Jaime —dice con seguridad—, ¿a que sí?
El niño sonríe. A Juan siempre se le han dado bien los niños. Por su cabeza pasa fugaz un recuerdo de la infancia. Se le aparece delante una escena: se ve huyendo y temeroso, sin saber qué dirección tomar. Hace rato que detrás vienen cinco gitanos que pretenden robarlo; ya le fallan las fuerzas, están a punto de darle alcance cuando, de repente, suena un sirenazo y los perseguidores dan media vuelta y huyen. Ante sí tiene un coche patrulla; es miel sobre hojuelas cuando los policías le invitan a subir para llevarlo a casa.
Siempre, toda la vida, deseó repetir con otro niño aquello mismo. Uno, el más simpático de la pareja, había adivinado su nombre y nunca supo cómo.
—Juan —le dijo, sonriendo aquella tarde mientras abría la puerta del coche frente a casa—, así te llamas ¿verdad?, no te preocupes por nada que aquí estaremos y nos pasaremos todos los días por el cole, por si acaso.
Para los observadores los nombres están siempre escritos por algún sitio, como en la cama, o el gotero; o en la ropa o en la cartera escolares; o los pronuncia un tercero, alguien como la enfermera al entrar, o unos como los que te persiguen.
—No quisiera molestar, señora —dice respetuosamente dirigiéndose a quien en la esquina le sonríe, y volviendo al presente.
—No se preocupe que no molesta en absoluto, al contrario, a Jaime le encanta todo lo que tenga que ver con la policía. Colecciona todo de ellos —responde su madre que está sentada en una silla.
La mujer, que representa tener unos treinta años, se ha levantado y se ha acercado un poco más a la luz de la ventana y, entonces, Juan puede ver y notar la fatiga en su rostro terso, las huellas en sus ojos de las largas duermevelas y en su tono de voz alegre disimular el desánimo de malas noticias.
—Sí, ¿qué tienes de los polis? A que no tienes esto…
Y hurgando en su bolsillo saca un soldado de plomo que, mirado de cerca, parece un policía. Pasan los minutos y por boca de aquel policía se suceden las historias que el niño escucha con atención.
Cuando al rato sale de la habitación Juan maldice la buena salud del preso que custodia: «al muy cabrón le ha sobrado siempre para hacer todo tipo de maldades, desearía que en el lugar donde reparten las desgracias hubiesen cambiado una por otra, o mejor ambas al mismo». El niño Jaime, que no piensa en su enfermedad y que en su inocencia adivina su final y lo asume, hace como todos los niños y juega. Lo hace con el soldadito: aprovecha su vida. Su corta vida.
El preso ha echado sus cuentas también. Le queda menos.
Al caer el día por el poniente vinieron las nubes de la lluvia: lloraba mayo. Llovió toda la tarde. Llovió mansamente, con esa infinita mansedumbre de los cielos del norte. La línea del horizonte poco a poco se borró.
Berto lleva años en la oficina de denuncias, nunca pensó acabar así, de escribano, con todo lo que prometía, pero es lo que primero encontró cuando se quiso salir de los servicios centrales. Lo que cuenta la gente le parecen confesiones y se imagina que él es algo así como un confesor. Entre confesión y confesión escribe versos. Siendo más joven estuvo a punto de llevarse unos juegos florales en su pueblo, pero al final el concejal de cultura le dio la máxima nota al sobrino del alcalde. A su lado, en otro escritorio, está don Javier, el jefe, que como es de ciencias siempre anda preguntando «cómo se dice cuándo» porque no da con la palabra que busca.
—¿Oye, cómo se dice cuándo el tío compra objetos robados, hombre?
—Receptador.
—Eso. No me salía.
Nadie sabe por qué Berto sabe tanto de gramática. Es un misterio acrecentado por el hecho de que jamás accede a hablar de ello cuando le preguntan: «No lo sé, cosas que pasan», zanja escueto. Es un portento para corregir cualquier texto que le pongan por delante. Una vez corrigió incluso al señor comisario, bueno, humildemente le hizo ver la conveniencia de escribir «en relación con», lo correcto, en vez de «en relación a», galicismo intolerable. Escribir se le da magníficamente bien desde la más tierna infancia; nada más sigue la regla: Escribe con el corazón y corrige con la cabeza.
Años atrás, un día en que Berto estaba ausente, uno de sus compañeros hurgó en su mochila y sacó lo que parecía una tesis cuyo título era: INFLUENCIA
Y APLICACIÓN DE PAPELES SINTÁCTICOS E INFORMACIÓN SEMÁNTICA EN LA
RESOLUCIÓN DE LA ANÁFORA PRONOMINAL EN ESPAÑOL. Bajo éste y después de la palabra doctorando estaban su nombre y apellidos.
—No, si va a resultar que este tío es doctor honoris causa —dijo perplejo.
La leyenda no hizo sino extenderse con aquel episodio.
Suena el teléfono y Berto lo descuelga. Al otro lado escucha la voz entrañable y familiar de su madre quien lo saluda y le habla de cosas del pueblo.
—Por cierto, hijo, más que nada te llamo porque esta mañana se ha muerto el hijo de la Engracia. El pequeño.
—¡Dios santo! ¿Cómo ocurrió? —pregunta Berto, consternado.
—El pobrecillo se cayó del balcón de casa y se desnucó.
—Vaya, qué horror, cuánto lo lamento. A ver si luego, cuando tenga un rato, les llamo para darles el pésame.
—Sí, fue una desgracia. Los padres lo han dispuesto todo para que el corazón vaya para otro niño, ya sabes, un trasplante de esos.
Berto había salido un día de hace diez años del horno con un billete de primera destino a la Estación Central: la babilonia policial, donde todo se teje. A los seis años, harto de zancadillas, en cuanto pudo tomó el primer tren y se marchó, recalando en aquella pequeña comisaría de distrito de pequeña ciudad. Vía muerta, billete de tercera, estación del desengaño.
Mayo no sonríe: Anochece y llueve. La ciudad se apaga como un ciervo herido de bala. Al fondo, sobre las luces se levanta la negrura de los montes envueltos entre brumas. Con tanta agua deslizándose sobre ellas, las calles se han vuelto marmóreas y reflejan el cielo gris, o hecho de gris, la luminosidad de las farolas y la imagen invertida de viandantes que, de cuando en cuando, saltan sobre los charcos. Por la arteria principal de la ciudad circula un radiopatrulla, en la confluencia más complicada sus ocupantes, el oficial Andrés y Juan, el de prácticas, observan que un vehículo averiado y otro chocado cortan el tráfico. Detrás de ellos hay un atasco de dos kilómetros, por lo menos. Se bajan y ayudan al averiado a moverse empujándolo hasta el arcén. El tráfico vuelve a fluir por ese resquicio y lentamente desaparece la larga línea de luces que ahora, por el movimiento, se transforman en trémulos haces que se espejan sobre el negro asfalto.
En el interior de una ambulancia que marcha de nuevo, el conductor le dice al enfermero:
—Menos mal, pensé que nos quedábamos aquí una hora y que no llegábamos a tiempo. No me gustan los atascos cuando llevamos eso.
—No sé cómo te las arreglas que siempre te quedas atascado. Pareces nuevo, tío. Dentro van dos hombres pero laten tres corazones.
***
María llega para entrar en el turno de noche. En la entrada se ha cruzado con Berto que ya se marchaba, le ha saludado, ha intercambiado unas palabras con él y se han despedido. María se vuelve para mirar la nuca de Berto, su maestro. Siempre le ha gustado contemplarla.
Un año antes, cuando María aún estaba de prácticas, se presentó en el despacho de su tutor y jefe para quejarse porque en el mes que llevaba en la oficina de denuncias ningún compañero le enseñaba nada.
—Todos pasan de mí y me tienen como un comodín para hacer recados, fotocopias y coger el teléfono. Tiene usted que hacer algo.
María era y sigue siendo algo feminista, menos de lo que aparenta y más de lo que se piensa. Está convencida de que todos la infravaloran por ser mujer. En realidad, aquellos hombres, en su mayor parte, iban a lo suyo, a que pasara lo antes y lo mejor posible el tiempo y a que llegara el momento de salir, y no estaban para ser profesores porque eso no les gustaba, acaso ni valían, y sí, la veían un poco verde para coger denuncias o redactar oficios, y por eso la mandaban otras tareas. «Ya aprenderás, tienes toda la vida para hacerlo», le decían.
El jefe, un buen hombre, resolvió cambiarla al turno de don Javier y de Berto porque sabía que eran de otra pasta. Y con ello todo cambió entonces.
Desde el principio Berto la trató como a una compañera más. No parecía importarle el hecho de perder el tiempo que fuese en enseñarle de todo. Cada frase pronunciada con aquel tono suave se grababa automáticamente en su cabeza.
—Hala, estrénate. Toma declaración al detenido —le dijo el primer día, nada más llegar.
—Nunca lo he hecho antes.
—No te preocupes yo estaré a tu lado, tú sólo teclea rápido la conversación.
La cosa salió bien: él preguntaba, el detenido respondía y ella escribía. Después le dijo en qué cosas había fallado y le habló de los tiempos verbales que regían en el estilo indirecto (el que tradicionalmente se emplea en los escritos policiales).En ocasiones, cuando ya cogía denuncias y tenía delante al denunciante, Berto se aproximaba a su mesa para ver lo que estaba escribiendo. Luego, cuando el denunciante se había ido, la corregía y daba consejos; solía, para ello, dejar caer alguna metáfora.
—Pregunta lo que no sepas, nunca te quedes con ninguna duda; las dudas son como los borrones de un escrito: por bueno que sea lo afean a ojos de un tercero.
—Me encantan estas lecciones.
—No, no son lecciones, María, prefiero llamarlo consejos, pautas. Los alumnos sois un álbum, es decir, un libro en blanco —de ahí la palabra albo—, tenéis las tapas, el envoltorio con el que se sale de la academia, incluso algunos el prólogo, pero os faltan los capítulos, y debéis ir escribiendo, capítulo a capítulo, vuestro propio librillo de maestro, para que así, algún día, cuando tú estés ante un alumno como ahora estoy yo ante ti, le puedas explicar y pautar; dando continuidad a una cadena transmisora tal y como ahora hago yo y, como en su día, los sumerios escribanos hacían con los aprendices, pues eso y no otra cosa es lo que hacemos aquí: constatar, certificar, registrar lo que nos cuentan.
Ella se acostumbró a aquellas clases que consideraba un regalo, a su forma de hablar y de expresarse, a su tono de voz suave y, por supuesto, a su nuca. De vez en cuando levantaba la vista y miraba aquella nuca que, no acertaba a comprender el porqué, le parecía tan perfecta.
María le envió todas las señales que pudo en el tiempo que estuvieron juntos trabajando, pero el receptor, Berto, no se dio nunca por enterado. Finalmente desistió. Pasó el tiempo, terminó sus prácticas. Ya con el cargo jurado sacó billete de vuelta y regresó con la esperanza de despertar algo y de poder seguir contemplando aquella nuca más veces, y solicitó entrar en la oficina de denuncias. Le tocó otro turno distinto. Llovió. Pasó el tiempo y conoció a un chico con el que hace un mes que se fue a vivir. Ahora, de madrugada, mientras hace de maestra del alumno que le han asignado, en tanto pone en orden un nuevo librillo y discurre una metáfora para ejemplificar, piensa en su maestro y en cómo sacar un nuevo billete, pues si uno no viaja las plantas echan pronto raíces en el andén del olvido.
***
Juan entra en el Hospital y se dirige a la habitación del niño. Va de paisano pues está libre de servicio. Cuando llega a planta saluda al que custodia al preso.
—¿Cómo es que estás tú solo, compañero?
—Cosas de la superioridad, ya sabes: no hay personal —encogiéndose de hombros, con la indolencia del que tiene mucho vivido.
—Pues ten cuidado porque es un pájaro de cuenta.
Luego entra en la habitación esperando encontrar la misma escena del niño y la madre pero se encuentra otra muy distinta: hay una señora mayor que, sin embargo, le resulta familiar. Cuando sus ojos se acostumbran a la penumbra acaba de reconocerla.
—¡Doña Julita!, cómo usted por aquí.
—Ay, hijo, estoy aquí esperando por mi nieto, que anda para el quirófano; me lo «trasplantan» ahora, en este momento al pobrecillo.
Pasado un rato Juan sale de la habitación y se encamina a casa, a vueltas con sus pensamientos sobre el niño, la enfermedad y en el infausto lugar donde las sortean; ya está a punto de coger el ascensor cuando oye ruidos y gritos. Vuelve sobre sus pasos y echa a faltar en el pasillo al policía, mira en la habitación y lo descubre tirado en el suelo, también que la pistolera está vacía. Atendiéndolo hay un enfermero que le dice: he visto salir al preso corriendo, guardándose la pipa, iba en dirección a las ambulancias. «Ambulancias» ya lo escucha Juan desde el pasillo porque ha empezado a correr como un perro de presa. Cruza veloz por los pasillos y baja las escaleras de dos en dos, hasta salir al exterior, donde, además de las ambulancias, se encuentra el aparcamiento. Mira para todos lados en aquella explanada. «Allí al fondo», musita al creer verlo. Pone la proa hacia él, avance toda. El preso al advertir que lo persiguen echa a correr en dirección a las calles que, tras el aparcamiento, adivina, con la intención de darle esquinazo y perderse por la ciudad.
Los dos hombres corren por la misma calle desierta. El joven policía tiene mucho fuelle, le sobran los pulmones que al preso le faltan por el poco ejercicio del presidio y el tabaco, y además le escuece el forúnculo. No consigue zafarse de él, éste le gana terreno por momentos, y entonces piensa en el hierro que lleva entre la ropa y que le ha arrebatado al policía que lo custodiaba, tras dejarlo sin sentido. Se enciende la idea de usarlo contra el madero. Duda. Finalmente se gira y dispara. El disparo, que suena como un trueno, hace que los vecinos de la calle se asomen. Se oyen abrir de persianas y, al punto, voces: «ha sido un tiro». «Llamen a la policía». «Ahí abajo hay un hombre armado». Entonces, la decena aproximada de espectadores oyen otra detonación, inmediatamente giran la cabeza hacia donde sale el fogonazo. Vuelven las voces: «Hay otro hombre armado». «Son dos». «Se van a matar». «Llamen a la policía de una vez». Que callan cuando se produce el tiroteo.
Mariano estaba pensando en el aciago día en que por la emisora le avisaron de que a su mujer le había pasado una desgracia.
—Esa palabra, desgracia, es la que se dice cuando no se quiere decir… ¡Andrés!… ¡Ella se ha suicidado! —le espetó a su compañero.
—No, coño, de eso ni hablar, le habrá pasado algo. No pienses así —respondía Andrés sabiendo que ante él no tenía convicción alguna.
Después venía la imagen de aquel terrible momento, el cuerpo en la acera bajo el papel de aluminio y la sangre brotando. Luego el recuerdo se volvía difuso. Trataba de reflotar lo ocurrido tras el entierro, ¿cómo pude estar hasta tres días sin comer, sin hablar, sin quitarme el traje de luto, tirado en el sofá de casa, sin coger el teléfono?, se preguntaba. Pero era un vacío: no existían en la memoria esos tres días. Recordaba, sí, cuando Andrés vino a casa y le puso firmes, él era así, muy militar, y a voces e imprecaciones lo consiguió: le devolvió a la realidad. En esas estaba cuando un ruido en la calle lo sacó de sus pensamientos. Parpadeó como si acabara de regresar de enterrarla, «¿Eso ha sido un disparo?», se dijo. Corrió a la ventana y vio justo debajo a un individuo con una pistola y, a unos treinta metros, otro, que se encontraba tirado en el suelo. Al punto vio al de suelo sacar otra arma y disparar contra éste. Mariano se fue al vestidor, abrió la caja fuerte, extrajo de una funda un revólver y, con paso decidido, bajó a la calle.
Las luces azuladas de los rotativos iluminan las fachadas. Han ido llegando coches de policía de toda la ciudad que, apostándose por orden de llegada, han cerrado el principio y el final de la calle. Por sus megáfonos suena: Tire el arma y entréguese, no haga las cosas más difíciles. Se oye como respuesta un exabrupto que suena a aullido de alimaña, y el individuo que lo profiere se introduce en un portal, antes de cerrar la puerta y meterse del todo dentro saca a relucir el arma. Unos policías reducen el cerco y otros se acercan a la persona que parece yacer en el suelo.
En el portal, el preso ha pensado en escapar por la azotea y ha llamado al ascensor. Está esperando a que éste llegue pensando en la que ha liado y en si a través de la azotea podrá saltar a otras y salir del atolladero, cuando oye: ¡alto policía! Lo que ve primero es el cañón de un revólver que, a escasos cincuenta centímetros de su nariz, le apunta, y, a continuación, un brazo, y tras él un careto amenazante de un tío con pinta de saber muy bien lo que dice, de no ir de farol, oculto el resto del cuerpo que parapeta tras la esquina. En la oscuridad ve relucir un ojo de hierro pavonado: mal asunto.
—¡Tira el arma, o te dejo seco!, ¡vamos! —grita Mariano, con voz de promesa y advertencia juntas.
El preso levanta el arma. Suena un disparo.
***
Viene el alba. Jacinto, madrugador como siempre, llega a la comisaría y ve el revuelo: aparcados en la calle hay muchos vehículos con matrículas que no reconoce, y el grande, con inhibidores y de alta gama, es señal inequívoca de que hay un pez gordo de visita; en la oficina de denuncias hay un inusitado trajín, se oye desde fuera el teclear y el sonar el teléfono. Los pasillos están llenos de caras nuevas, de policías de otras dependencias. Entra y ve a María que está repasando lo escrito en las últimas comparecencias, frente a ella tiene a varios policías que leen una copia. ¡Es el atestado más largo que he escrito nunca!, grita.
—¿Qué ha pasado? —pregunta Jacinto a quien estas novedades de mañana no gustan nada.
—Qué lío. Ha venido el Jefe Superior. Todo el mundo quiere que se le informe. Hasta tú —toma aliento y continúa—. Anoche se fugó un preso del hospital llevándose el arma del que lo custodiaba, que ya veremos en qué para todo para el que nombró el servicio autorizando que estuviese uno solo, y Juan, el de prácticas, que estaba por allí casualmente visitando a alguien, se dio cuenta y lo persiguió hasta la calle del Desengaño donde el tío le disparó.
—¿Le disparó a Juan?
—Sí, afortunadamente no acertó. Ni un rasguño, eso sí, Juan, a continuación, abrió fuego contra éste, y se inició un tiroteo: ¡Nueve casquillos han recogido y ni una diana! Lo mejor es que cuando llega el séptimo de caballería el tipo entra en un portal, para refugiarse, y ¿a que no adivinas quién vive allí?
—¿En la calle del Desengaño? pues Mariano, claro —responde Jacinto.
—Pues eso, nuestro Mariano, que lo ha estado viendo todo desde su casa, baja él muy seguro y encañona al tipo, quien ni corto ni perezoso trata de dispararle… y ¡pum!
—hace la señal con el dedo.
—¿Lo mató?
—No, pero lo dejó malherido: le dio en el hombro. Ahora el menor de sus problemas es el forúnculo: se va a quedar meses en dique seco.
En el bar junto a Comisaría, sentados en la barra al fondo, entre Jacinto y Mariano, por un lado, y Berto, por el otro, Juan está diciendo:
—Al sonar el primer disparo sentí un latido menos. Creí que me doblaban la servilleta, tíos. Pero falló, y lo que más rencor me da es que yo también fallé. No di una. Disparar desde el suelo y con esa tensión, puf, no tiene nada que ver con el tiro en galería.
—¿Y qué sentiste cuando el tiroteo? —pregunta Jacinto.
—Pues no vi una luz al final ni nada de eso; me sentí idiota allí tirado en el suelo dándole al gatillo. Es raro porque cuando acabó me quedé paralizado, como pegado, y no me podía mover. Me tuvieron que ayudar para poder ponerme en pie.
Mariano está en silencio, le va dando tientos a su café; no piensa en su disparo, ni en antes ni tampoco en después, cuando el preso cayó al suelo con su hombro humeando, por su memoria nada más supura la herida de un único recuerdo, preciso como un reloj.
—Porque esquivasteis figurar en la losa del vestíbulo —dice Berto solemne, elevando su taza.
Y tomaron aquel café como si de champán y de un brindis se tratara. Sí, habían evitado las letras doradas y la fría losa de mármol bajo el título: Caídos en el cumplimiento del deber. Algo que todo policía sabe que, se dé o no se dé, puede llegar a ocurrir.
Hubo un silencio, hasta ellos llegaban las campanadas de la iglesia vieja anunciando las ocho.
—Me voy, hoy tengo que hacer algo en la universidad —dice Berto, posando su taza vacía.
Ninguno ha reparado en que hoy va de traje. En la mañana pura se ve la risa ambigua del sol.
EPÍLOGO
Al principio todo era negro, luego hubo luces y, al poco, una silueta que, cuando por fin dejó de ser vaporosa, pudo reconocer como la cara de su madre que le miraba sonriente. Después vio a su abuela, y al fondo a un joven, el policía, y sonrió.
Su tren se enganchaba con fuerza a la locomotora de la vida con un corazón prestado.
Tres pisos más abajo, en el quirófano, un cirujano sesudo extraía un trozo de plomo del hombro de un paciente. Tendrá suerte si con este brazo puede hacer algo más que pegar sellos, exclamaba.
Entraba en un túnel oscuro que desembocaba en una vía muerta.
Juan, policía en ciernes, y Mariano, el último de los viejos policías, primavera e invierno, cruzan sus miradas en el despacho del juez que los mira a ambos; en la universidad Berto lee su tesis y, mientras, en algún lugar de la gran Babilonia donde alguien decide estas cosas, a María le sacan billete para La Estación Central. La vida con su monótono fluir impasible les va llevando a todos.
«El niño de Julita se ha salvado», se oyó por la emisora de los radiopatrullas.
Nuestras vidas son como los trenes, que van a dar, discurriendo por largas vías de hierro, a un mar de distintas estaciones donde olvidar y, acaso, recordar.
©Humberto 2010
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