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sábado, 25 de abril de 2026

Anécdotas del servicio diario: La citación

Anécdotas del servicio diario:

La citación




Mi compadre y yo tocamos el timbre del telefonillo para entregarle una citación a una señora, en un barrio cualquiera de Madrid, en un año cualquiera del siglo pasado, una mañana cualquiera de abril.
Nadie respondió al telefonillo, pero la puerta del portal sonó abriéndose.
Subimos las escaleras hasta el segundo piso y nos encontramos la puerta del domicilio entreabierta, dejando ver un pasillo y, al fondo, un salón iluminado por amplios ventanales.
Llamamos con los nudillos.
Entonces oímos una voz de mujer que salía desde dentro:
—Te estaba esperando, pasa, tontorrón.
Antes de poder aclarar que no éramos «el tontorrón», sino nosotros —la policía—, ella salió al pasillo sonriente y con los brazos abiertos, como para albergar en ellos una columna.
No llevaba ropa ninguna: como Dios la trajo al mundo.
Dijo:
—¡Opps!
Y desapareció sobre sus propios pasos.
Justo un segundo después volvía a salir. Ahora llevaba puesto un exiguo mantón de Manila, que apenas cubría sus carnes y que, aunque nosotros no lo veíamos, tampoco debía de proteger gran cosa de la retaguardia.
—Es una citación. Firme aquí —advirtió mi compadre, carraspeando.
Hubo un instante de silencio.
Ella nos miró con expresión elocuente, como diciendo: «¿Y dónde coño voy a llevar yo un bolígrafo para firmar?».
—¿Me dejan un boli?
Y se rompió el hechizo.
No puedo asegurar si se nos caía la baba, porque ninguno mirábamos al otro. Estábamos profundamente concentrados en… la diligencia.
—Sí, tenga —dijo mi compadre, extendiéndole uno que, con cierta demora estratégica, sacó de la chaqueta.
Ella firmó, siempre sonriente, con la mano que le quedaba libre, mientras con la otra sujetaba el mantón, no fuera a enseñar de nuevo el monte de Venus.
Devolvió el bolígrafo y, muy educadamente, cerró la puerta, privándonos de la contemplación de su… iluminado salón.
Nos fuimos algo alterados.
Mirábamos la puerta, luego nos mirábamos entre nosotros y luego a todas partes.
No dábamos crédito.
¿Sería una cámara oculta?
Si mi compadre hubiese sido de letras, quizá le habría dicho que era la misma Venus de Botticelli; pero era de ciencias, así que me limité a soltarle:
—¿Así que hacer citaciones era algo aburrido?
—¡Qué buena estaba la tía, tú! —respondió, muy de ciencias, mi compadre.
—En las citaciones nadie dijo que habría excitaciones —contesté yo, muy de letras.
Luego, ya dentro del vehículo, patrullando adelante sobre el negro asfalto bajo aquella mañana luminosa, y como éramos unos guardias, ambos coincidimos en que era una pena que ninguno de los dos hubiésemos sido el sustituto del tontorrón.
O los dos a la vez, que también.
Y otras lindezas que me van a perdonar que no les cuente.
—Espera a que lo cuente en comisaría.
—Tenías que escribirlo.
—¡Quién sabe! Quizá algún día.


© Humberto 2011. 

Anécdotas del servicio diario: La fiesta de espuma


Anécdotas del servicio diario:
La fiesta de espuma





Según me la contaron.
Hace unos quince años —que ya son años—, en las afueras de uno de esos pueblos perdidos de Asturias donde la niebla parece formar parte del catastro y los perros ladran con resignación, dos policías nacionales acudieron de madrugada a un incendio en una casa destartalada.
El humo salía a borbotones por la puerta principal, que permanecía entreabierta como la boca de un borracho dormido. Era una vivienda antigua, de las de antes: pasillo largo, habitaciones pequeñas, humedad en las paredes y la cocina al fondo, allá donde siempre terminan las tragedias domésticas.
Entraron pasillo adelante hasta la cocina, nunca mejor dicho.

El incendio resultó ser una simple sartén olvidada al fuego. El aceite se había achicharrado y soltaba una humareda negra, espesa y venenosa, como una locomotora vieja o como ciertos discursos oficiales, pero de llamas, por fortuna, nada.

El humo era tan denso que no se veía un palmo delante de la nariz, y tan tóxico que cada bocanada parecía una puñalada en los pulmones. Retiraron la sartén de los fogones a toda prisa; pensaron en abrir las ventanas, pero los ojos les lloraban como a viudas de guerra, así que optaron por la táctica más sensata: salir de allí cagando leches, previa localización de la inquilina, una anciana diminuta y testaruda que parecía más preocupada por la sartén que por su propia vida.

Encararon con ella el pasillo de regreso, que ahora se les antojaba más largo que una posguerra.

Y fue entonces cuando apareció el tercer actor de la comedia.

En el otro extremo, ajeno a todo aquello, entraba un policía local con un extintor en la mano y expresión de héroe de cine americano de tercera regional. La cantidad de humo lo había convencido de que aquello era el infierno de Dante con licencia municipal. Iba pensando en Llamaradas, en esas películas donde los bomberos mueren con nobleza mientras una viuda guapa llora al fondo, y se preparaba mentalmente para su momento de gloria.

Mientras tanto, los otros dos, que seguían sin ver absolutamente nada, encendieron las linternas buscando el final de aquel maldito pasillo, más largo que un día sin pan y más traicionero que una promesa electoral.
Y entonces ocurrió.
El municipal vio la luz al fondo y pensó, con esa lógica aplastante que sólo concede el pánico:
—Ésta es la mía. A mí no me vas a quemar, cabrona.
Y apretó la maneta del extintor con la fe ciega de los conversos.
No oyó los gritos.
No supo nunca que, en lugar de sofocar el incendio, estaba blanqueando a conciencia a sus compañeros y a la anciana, como si los preparase para una procesión de Semana Santa.

Cuando salieron a la calle, la escena era digna de Goya con resaca: tres figuras completamente blancas, espectrales, irreales, cubiertas de espuma seca y dignidad arruinada, mirándose unas a otras con esa expresión de quien acaba de descubrir que Dios no existe y, además, se ríe.
Allí fuera esperaba el respetable.
Un grupo de gitanos, tan ociosos como atentos, seguía el espectáculo con el entusiasmo de quien presencia gratis su particular Coloso en llamas local. Cuando distinguieron en la noche las siluetas níveas de los dos maderos, estallaron en aplausos, vítores y carcajadas de una sinceridad admirable.

Aquello desató un rosario de insultos contra el municipal, que bastante tenía con intentar pedir perdón sin encontrar las palabras adecuadas. Pobre hombre: la épica le había durado exactamente ocho segundos.

Uno de los policías, quizá herido en su orgullo más que en su uniforme, sintió que se le subían los humos —nunca mejor dicho—. Sacó la defensa reglamentaria, blanca como la nieve y tan ridícula como una espada de merengue, e hizo ademán de lanzarse a repartir democracia entre los espectadores.
Pero se vio. Se vio a sí mismo: cubierto de polvo blanco, con la porra en la mano, oliendo a extintor y haciendo el payaso bajo una farola de pueblo.
Y entonces, como sucede en los grandes momentos de lucidez, le entró la risa.
Una risa fea, descompuesta, inevitable. Tuvo que guardar la defensa. Y envainársela.

Cuando llegaron a comisaría todavía dejaban huellas blancas por el suelo. Uno de los compañeros, al verlos entrar, levantó la vista del café, los observó en silencio unos segundos y dictó sentencia con la gravedad de un juez asturiano:
—¿Qué ye, que habéis estado en una fiesta de espuma o qué, ho?


© Humberto 2008. 

Anécdotas del servicio diario: El brindis

Anécdotas del servicio diario:

El brindis




Aquella mañana no había venido nadie a comisaría. Lo más normal otros días era que, a las doce del mediodía, no parase de entrar y salir tanta gente por la puerta principal como sale del vomitorio de un estadio de fútbol. Era una de las de Distrito, y en cualquier otra jornada la sala de espera habría estado abarrotada, pero aquella mañana no: no había venido ni un alma ni se habían producido llamadas.

Puede que se debiese a que era domingo y el pulso de la ciudad latía lento y perezoso, como el de un enfermo, sin apenas dejarse sentir; puede que porque fuese primer día de mes o porque fueran los primeros días del año; quizá porque la noche anterior había sido Nochevieja y los ciudadanos dormían todavía la cogorza y la «vigilia»; o quizá, quién sabe, porque era el jodido día de Año Nuevo, arrancaba todo de nuevo y nadie tenía nada que denunciar.
Lo cierto es que, a esas alturas, no se había vendido ni una triste escoba.

Sin nada mejor que hacer en un día tan inusual como aquel, el grupo de agentes que componíamos el servicio (pringábamos, mejor dicho) charlábamos amigablemente en la sala de seguridad, junto a los teletipos y la emisora, contando anécdotas, chistes, chascarrillos y demás tonterías típicas de esas fechas y tópicas entre policías.

Sobre la mesa había unas veinte botellas de cava, comida variada y un sinfín de dulces procedentes de distintos regalos de comerciantes que, por costumbre, enviaban a la comisaría por Navidad.

Alguien dijo que era el momento oportuno de hacer un brindis y propuso abrir una de aquellas botellas. Otro eligió la que, según él, era la mejor por ser la más cara: un cava catalán, por supuesto. Tiró del corcho, pero se quedó con la cabeza en la mano y el cuerpo dentro, obturando la salida del ansiado y espumoso vino.
—¡Ya la cagaste, Burt Lancaster! ¡Anda, abre otra!
—No. Yo sé cómo abrirla. En Asturias lo hacemos así cuando se queda el corcho de la sidra —dijo un asturiano resueltamente.
Y acto seguido cogió la botella seleccionada y un cojín, salió del cuarto y se fue al fondo del pasillo. Puso el cojín contra la pared con una mano y, con la otra, sin dudarlo, con fuerza y ganas, golpeó resueltamente el culo de la botella contra la pared, amortiguando y protegiendo el casco con el cojín.
No pasó nada, aparte del ruido del golpe.
Nos miró y le miramos sin pestañear, como los lagartos.
(Risas generales y generalizadas).
—Te habrás cagado del esfuerzo, ja, ja, ja…
—¡Pues esto siempre funcionaba! —dijo con gesto de incredulidad.
—Anda, déjalo. Vamos a abrir otra. Si es que estás muy mayor, asturiano, y eso sería cuando eras crío; ahora ya no va.
El asturiano miraba con sus ojos verdes la verde botella y las burbujas que se batían con furia en su interior, sin comprender qué había fallado.
«No le di con suficiente fuerza», debió pensar.
Y decidió, como Moisés a la roca, darle otro golpe aún más duro, más contundente.
Volvió a repetir la operación, esta vez soltando un «¡ah!».
Sonó una explosión.
Para los que estábamos dentro del cuarto se hizo la noche. Una nube vino perpendicular al suelo, regándonos: un tsunami de burbujas.
Luego volvió la luz.
La pared de detrás de nosotros estaba completamente manchada, a excepción de unos huecos: nuestras siluetas.
Pegado sobre el cuadro del Rey estaba, algo aplastado, lo que debía ser el corcho.
Todo olía a cava avinagrado y los damnificados por la catástrofe nos limpiábamos los ojos sin dar crédito, profiriendo los insultos acostumbrados en acontecimientos similares.
El asturiano, un poco sordo por la explosión, con ojos de pasmo miraba unas veces la botella, que ya no tenía nada en su interior, y otras a nosotros, que debíamos de tener la misma cara de susto que quien recibe un rayo y no lo mata.
Quería pedir perdón y disculparse, pero no le acertaban a salir las palabras.
«¡Menudo papelón!»
También quería dar una explicación científica de lo sucedido, pero no encontraba los términos. Solo acertaba a decir:
—Yo… yo, es que… si no era mi… coño, perdonad, pero es que…
Alguno ya estaba pensando en tirarse a su chepa cuando, en eso, entró una señora mayor: era la primera clienta de la mañana.
Una de «las de antes», que debía venir de misa.
Al principio, al ver al policía que la recibía con una botella en la mano, sonrió picaronamente diciendo:
—¿Qué, de brindis por el Año Nuevo, no?
Luego se puso algo seria cuando acertó a mirar dentro del cuarto y nos descubrió de aquella guisa: empapados, oliendo a cava y tratando inútilmente de aparentar normalidad.
Al punto, su gesto fue de extrañeza al fijarse en nuestras siluetas dibujadas a gotelé en la pared; y, al final, de espanto al ver el insólito punto que tenía el retrato del Rey en la frente.
¿Qué peregrino juego de puntería, qué macabro procedimiento de vudú o qué irreverencia de lesa majestad era aquello, por Dios bendito?


© Humberto 2009.

Anécdotas del servicio diario: El marido de Ramona



Anécdotas del servicio diario:
El marido de Ramona


«El marido de Ramona», así le llamaban, según la costumbre asturiana al uso, a aquellos de fuera que se casaban con una mujer de aquí. De nada le valía a don Camilo Alonso Vega haber sido veterano de la guerra de Marruecos; de nada haber defendido Villarreal (Álava) del asedio de la columna de Carrillo, participado exitosamente en la campaña del Norte al mando de una brigada y vuelto a defender Navarra de la invasión del Valle de Arán, que desde Francia, otra vez, comandaba Carrillo, en el año 44; de nada ser en la actualidad director general de la Guardia Civil, con grado de teniente general; de nada tener trato de excelentísimo señor; de nada ser caballero de la Orden Militar y Hospitalaria de San Lázaro de Jerusalén con el grado de Gran Cruz; tampoco el hecho de que fuese amigo de infancia, paisano y compañero de armas del mismísimo Caudillo.
Nada, no había manera: era llegar de Madrid a su casa de Noreña, de donde era natural su señora, y pasaba a ser simplemente el «marido de la Ramona». El ferrolano, que ya sabía que iba a ser en breve ministro de la Gobernación (Interior), encajaba todas estas cosas del lugar con filosofía y chanza gallegas, sin darles mayor importancia. «Los asturianos son asina», decía, imitando el acento en las tertulias del café donde iba a echar por las tardes la partida.

Como antiguo cadete del arma de Infantería y exjefe legionario que fue, gustaba de mantenerse en forma y, para ello, solía ir a trotar por senderos apartados, seguido a distancia por su chófer, quien, para no estar importunándole ni gastar combustible, y siguiendo sus indicaciones, paraba el vehículo, esperaba y, cada cierto tiempo, emprendía la marcha hasta hacer contacto visual, para volver a apagarlo. Así, sucesivamente.

Sucedió un día de verano, en un camino solitario de las afueras de la villa, estando en esas de lo que ahora llamaríamos footing (o más recientemente, running), años antes de inventarse. Ataviado con un chándal, resoplando y cubierto de sudor, don Camilo se topó con una pareja de la Guardia Civil: uno a cada lado del camino, tricornio, capa y mosquetón al hombro. Al verlo de aquella guisa, le dieron el consabido:
—¡Alto a la Guardia Civil!
Don Camilo se detuvo, extrañado de que no le reconociesen.
—¡Buenas, identifíquese!
El general había estado en tantas campañas, en tantos frentes, y había mandado a tantos hombres distintos, de toda condición y laya (moros, legionarios, vascos, navarros…), que creía saber hacer ver quién era sin necesidad de sacar ningún documento. Así que lo que sacó fue una voz gutural y profunda, y dijo:
—Soy el director general de la Guardia Civil.
Acompañaba el tono con un gesto muy serio, grave y circunspecto, de legionario, pero ya en el momento de decirlo supo que había metido la pata. Repasó mentalmente:
«No llevo documentación, menuda facha que tengo, desde luego nada viril. Este ha hecho la guerra y seguro que hasta se las ha visto con el maquis a tiros, y el chófer aún va a tardar. Estamos en la España del año 57, donde se actúa primero y se pregunta después... ¡La que me van a liar!».

El guardia observó detenidamente aquellas prendas de algodón ajustadas y llenas de sudor, sus zapatillas deportivas de goma, como las que llevaban algunos veraneantes; le miró finalmente la cara de seriedad y su jadeo. Frunció el ceño, movió el bigote y resopló.
—¿Con que sí, eh? ¿Y puede saberse por qué ye que corres?
El otro guardia, desde lejos, preguntó a su compañero:
—¿Qué ye lo que diz esi, ho?
—Na, oh, diz que ye el director general de la Guardia Civil.
—¡Day dos hosties! —ordenó.

Ya el rudo brazo picoleto había girado para coger impulso y dar un sonoro bofetón al hombre que era, o parecía, un maquis disfrazado, cuando de pronto apareció el vehículo oficial. El retrato de su director general les era desconocido, pero reconocieron enseguida las tres estrellas del banderín. Esas eran inconfundibles.
—A las órdenes de vuecencia, mi general. Perdone vuecencia el «atrevimientu».
—Perdonados, prosigan.

© Humberto 2010.

domingo, 19 de septiembre de 2021

LA CAPA










Cuenta Pemán una anécdota que recuerdo haber leído, pero que no consigo encontrar en la red (todo lo de este hombre parece desaparecido), sobre el golpe de Pavía, y que osaré versionar. Parece ser que, justamente diez minutos después de que los diputados hubieran jurado morir allí dentro antes que el deshonor de salir, uniéndose a la proclama de Salmerón —quien, en un enardecido discurso, lo había dicho primero («Yo declaro que me quedo aquí y aquí moriré» )—, ante el anuncio de un oficial de que al término del plazo impuesto serían pasados por las armas si no desalojaban el hemiciclo, y al oírse algunos disparos en la galería inmediata al salón de sesiones, se produjo una desbandada: todos, marica el último, corrieron a la calle a ponerse a salvo; algunos incluso saltaron por las ventanas, presas del pánico.

El caos y la premura fueron tales que muchos diputados no pudieron recoger el gabán del guardarropía y se vieron en la calle, en las primeras horas de la glacial mañana madrileña, vestidos nada más que con levita. Ese fue el caso de un taquígrafo de escasa figura, flaco y bajito, que cuando ya, jadeante, de tarde, llegaba a su domicilio se encontró con un diputado y vecino, al que contó lo sucedido:

—Ya ve, ni honor ni capa me han quedado.
—¿Y no podría acercarse al Congreso ahora que la cosa se habrá calmado y recuperar la capa? Quien encuentra la albarda y no el burro, ni todo lo pierde ni todo lo halla.

El vecino, que era un gigantón, le prestó su propia capa y le animó, dándole fuertes golpes en la espalda, a que desanduviera el camino, se diera a valer ante los guardias que hubiera de custodia y recuperase la suya. Y el hombrecillo, con aquella prenda que le sobraba por todas partes y que arrastraba por el suelo como cola de penitente, así lo hizo: volvió sobre sus pasos y, de aquella guisa, se encaró con el primer guardia que estaba de centinela en las Cortes.

—Mire usted —le espetó—, le exijo encarecidamente que me deje pasar.
El guardia lo miró un instante de arriba abajo, movió el mostacho y dijo:
—¿Pero cuántos venís ahí dentro?



©Humberto 2021

martes, 28 de marzo de 2017

LOS POLICÍAS CANOROS







La Policía Especial de Tánger la formaban, a partes iguales, 103 policías franceses, de la Gendarmería, y 103 policías españoles, de la Policía Armada, cuyo mando corría a cargo del teniente coronel don Matías Sagardoy. Su misión era el mantenimiento del orden público, la seguridad y el control, así como la vigilancia de las entradas y salidas de la ciudad marroquí del entonces protectorado francés.

Corrían los años cincuenta y, entre uno y otro escuadrón, había en general muy buena camaradería y una excelente relación. Así, cuando los gendarmes celebraban su patrón o su fiesta nacional, los españoles lo celebraban con ellos, y viceversa. Un año, los franceses, tras la comida, improvisaron un coro, y gustó tanto que, en lo sucesivo, se estableció por costumbre celebrar un duelo polifónico entre ambos escuadrones. Dos coros se enfrentaban cantando canciones propias de cada país.

El coro de los franceses, para desesperación del orgullo del capitán español, daba sopas con hondas al suyo. Una vergüenza. Un desastre. Porque la formación de los policías armados no sabía cantar más que aquello de La rana debajo del agua. Y regular. Eso sí: formaban un corro muy apañado, en círculo, echándose el uno la mano sobre el hombro del otro, lo cual al menos hacía gracia. Los gendarmes, en cambio, deleitaban con un variado repertorio de canciones folclóricas, sin repetir, y contaban además con un divo: un hombre que cantaba realmente bien y que sabía de música lo suficiente como para organizar un coro como Dios manda, con sus respectivos ensayos.

Hasta que un buen día ocurrió algo inesperado. Coincidiendo con la festividad del Santo Ángel, patrono de la Policía Armada, el barítono español Pedro Terol estaba pasando unos días de visita turística en Tánger, y el capitán Sánchez, que era muy amigo suyo —paisanos de Orihuela—, fue a visitarlo al hotel en el que se hospedaba. Entre copas, le expuso su drama y allí, en ese momento, urdieron el plan de desquite: Terol se vestiría de uniforme y se haría pasar por policía para arrancarse a cantar en la comida lo que él quisiera, pero sin darse a conocer.

Y así fue. Pedro Terol se calzó el uniforme de la Policía Armada y aguantó, fusil en ristre, la revista que pasaron el embajador español y el francés al contingente, y todo el tiempo que duró la celebración, sin levantar la más mínima sospecha. Ya en los comedores, estando en los postres, el capitán pidió, como era costumbre, la venia de los embajadores para que uno del escuadrón español cantase algo. Para amenizar, concretó. El embajador de España, cansado de lo de la rana, le miró con benevolencia y dijo:

—Bueno, que cante.

Y Pedro Terol se levantó. Contrajo el diafragma y, mirando a todos, se arrancó con divina voz:

Si vas a Calatayud
pregunta por la Dolores;
que una copla la mató
de vergüenza y sinsabores…

Se hizo el silencio más absoluto en toda la sala. Aquella voz prodigiosa, aquella canción que hablaba de una mujer deshonrada, cayó sobre las cabezas como un espíritu y se adueñó por completo de la estancia y de los ánimos de los presentes. Se coló a través de puertas y ventanas y llegó hasta las cocinas y los patios, atrayendo la atención de los empleados del acuartelamiento, que se apresuraron a asomarse, arracimándose como podían en los umbrales.

El capitán francés se iba quedando cada vez más atónito ante cada nuevo registro de la voz de aquel policía español, más y más perplejo a medida que la canción subía de tono. Los embajadores, extrañados, se miraban y clavaban la vista en el capitán Sánchez, que disimulaba su regocijo, como diciendo: «aquí hay tongo».

Cuando Terol hubo acabado la que probablemente fue la mejor Jota de la Dolores que había interpretado en su vida profesional, se quedó de pie, sonriente, la frente alta, y todos, sin excepción, le aplaudieron a rabiar, entusiasmados. A los vítores enardecidos de la parte española se sumó el silencio derrotado del capitán francés, que hasta entonces no había conocido la derrota en lo canoro y se quedó literalmente hecho polvo, negando con la cabeza. ¿Quién demonios era aquel policía y de dónde había salido?

Finalmente, el capitán Sánchez reveló el engaño, así como la identidad del barítono disfrazado. Rieron con cierto alivio. El teniente coronel Sagardoy, que encajaba muy bien ese tipo de humoradas, ladeó la cabeza y le dijo al oído:

—Ya era hora de que aprendieran.





Humberto 2017