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domingo, 17 de diciembre de 2017
SEGUIMOS SIENDO LO QUE SOMOS.
martes, 12 de diciembre de 2017
En las primeras horas de la madrugada
viernes, 23 de junio de 2017
Hay cosas que sabemos que sabemos
Donald Rumsfeld
martes, 20 de junio de 2017
Etimología de matrimonio y patrimonio
Pero podemos ir algo más allá: la palabra latina MATER hereda la forma indoeuropea MATER. La lengua indoeuropea es la lengua madre del latín y de muchas otras (entre ellas el griego clásico) y se habló aproximadamente entre 3500 a.C. y 1500 a. C. en un territorio vasto entre Europa y la India. Lo que a mí me interesa reseñar aquí es la etimología de esta bellísima palabra: MATER. En aquella remota lengua de las estepas centroeuropeas, «mamá» se decía «ma», y está demostrado que el sufijo indoeuropeo que indicaba parentesco era «-ter», por lo que la construcción del término MATER fue temprana. Este es, pues, el origen de las hermosas palabras (mère, mâe, madre, mother, mutter, etc.) con las que desde tiempo inmemorial designamos a nuestras madres.
La otra palabra, «patrimonio», presenta un origen y una evolución paralelos. El término latino PATRIMONIUM significaba lo mismo que en español («conjunto de bienes poseídos»), pero, al igual que la palabra anterior, también compuesta, tuvo en sus orígenes un valor semántico levemente distinto: «bienes que se poseen de los padres» o lo que es lo mismo: «bienes heredados de los padres». Los dos términos de esta forma compuesta son PATRES («los padres»), y MONEO («hacer recordar», como se indica más arriba), por lo que en su origen la voz PATRIMONIUM no era sino «bienes que perpetúan el recuerdo de los padres», algo de especial relieve en una sociedad como la romana en la que revestía una particular importancia el culto a mayores y antepasados.
martes, 28 de marzo de 2017
LOS POLICÍAS CANOROS
La Policía Especial de Tánger la formaban, a partes iguales, 103 policías franceses, de la Gendarmería, y 103 policías españoles, de la Policía Armada, cuyo mando corría a cargo del teniente coronel don Matías Sagardoy. Su misión era el mantenimiento del orden público, la seguridad y el control, así como la vigilancia de las entradas y salidas de la ciudad marroquí del entonces protectorado francés.
Corrían los años cincuenta y, entre uno y otro escuadrón, había en general muy buena camaradería y una excelente relación. Así, cuando los gendarmes celebraban su patrón o su fiesta nacional, los españoles lo celebraban con ellos, y viceversa. Un año, los franceses, tras la comida, improvisaron un coro, y gustó tanto que, en lo sucesivo, se estableció por costumbre celebrar un duelo polifónico entre ambos escuadrones. Dos coros se enfrentaban cantando canciones propias de cada país.
El coro de los franceses, para desesperación del orgullo del capitán español, daba sopas con hondas al suyo. Una vergüenza. Un desastre. Porque la formación de los policías armados no sabía cantar más que aquello de La rana debajo del agua. Y regular. Eso sí: formaban un corro muy apañado, en círculo, echándose el uno la mano sobre el hombro del otro, lo cual al menos hacía gracia. Los gendarmes, en cambio, deleitaban con un variado repertorio de canciones folclóricas, sin repetir, y contaban además con un divo: un hombre que cantaba realmente bien y que sabía de música lo suficiente como para organizar un coro como Dios manda, con sus respectivos ensayos.
Hasta que un buen día ocurrió algo inesperado. Coincidiendo con la festividad del Santo Ángel, patrono de la Policía Armada, el barítono español Pedro Terol estaba pasando unos días de visita turística en Tánger, y el capitán Sánchez, que era muy amigo suyo —paisanos de Orihuela—, fue a visitarlo al hotel en el que se hospedaba. Entre copas, le expuso su drama y allí, en ese momento, urdieron el plan de desquite: Terol se vestiría de uniforme y se haría pasar por policía para arrancarse a cantar en la comida lo que él quisiera, pero sin darse a conocer.
Y así fue. Pedro Terol se calzó el uniforme de la Policía Armada y aguantó, fusil en ristre, la revista que pasaron el embajador español y el francés al contingente, y todo el tiempo que duró la celebración, sin levantar la más mínima sospecha. Ya en los comedores, estando en los postres, el capitán pidió, como era costumbre, la venia de los embajadores para que uno del escuadrón español cantase algo. Para amenizar, concretó. El embajador de España, cansado de lo de la rana, le miró con benevolencia y dijo:
—Bueno, que cante.
Y Pedro Terol se levantó. Contrajo el diafragma y, mirando a todos, se arrancó con divina voz:
Si vas a Calatayudpregunta por la Dolores;que una copla la matóde vergüenza y sinsabores…Se hizo el silencio más absoluto en toda la sala. Aquella voz prodigiosa, aquella canción que hablaba de una mujer deshonrada, cayó sobre las cabezas como un espíritu y se adueñó por completo de la estancia y de los ánimos de los presentes. Se coló a través de puertas y ventanas y llegó hasta las cocinas y los patios, atrayendo la atención de los empleados del acuartelamiento, que se apresuraron a asomarse, arracimándose como podían en los umbrales.
El capitán francés se iba quedando cada vez más atónito ante cada nuevo registro de la voz de aquel policía español, más y más perplejo a medida que la canción subía de tono. Los embajadores, extrañados, se miraban y clavaban la vista en el capitán Sánchez, que disimulaba su regocijo, como diciendo: «aquí hay tongo».
Cuando Terol hubo acabado la que probablemente fue la mejor Jota de la Dolores que había interpretado en su vida profesional, se quedó de pie, sonriente, la frente alta, y todos, sin excepción, le aplaudieron a rabiar, entusiasmados. A los vítores enardecidos de la parte española se sumó el silencio derrotado del capitán francés, que hasta entonces no había conocido la derrota en lo canoro y se quedó literalmente hecho polvo, negando con la cabeza. ¿Quién demonios era aquel policía y de dónde había salido?
Finalmente, el capitán Sánchez reveló el engaño, así como la identidad del barítono disfrazado. Rieron con cierto alivio. El teniente coronel Sagardoy, que encajaba muy bien ese tipo de humoradas, ladeó la cabeza y le dijo al oído:
—Ya era hora de que aprendieran.
