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sábado, 31 de enero de 2026

LA LLENA DE GRACIA

 

LA LLENA DE GRACIA

(Reescritura de epíteto mariano clásico)



Nazaret era una aldea florida, recostada sobre la ondulación suave de una loma; un lugar donde el tiempo parecía detenerse y la vida transcurría al ritmo pausado de la fuente cristalina que, fresca y abundante, era orgullo del pueblo y refrigerio seguro de las caravanas. La aurora se insinuaba apenas; el poblado reposaba aún entre sombras, mientras una luz diáfana deshacía la negrura de la noche. Venus, el lucero rezagado que da los buenos días a la mañana, despedía sus últimos fulgores de plata sobre tejados y huertos.

María, la doncella más hermosa de Nazaret, despertaba siempre con las estrellas. Abrió su ventana y dejó que la brisa del alba besara su rostro. Hija de Joaquín y Ana, de la regia estirpe de David, esposa de José, el varón justo de la vara florida, María vivía rodeada de la sencillez y la gracia del hogar. La casa de Joaquín estaba adornada con un emparrado en la puerta y un pequeño huertecillo al costado; de aquel huertecillo asomaba su ventana, y rosales y geranios trepaban con codicia, como deseando contemplar la hermosura que en ella se encarnaba.

Los ojos de María, azules como el cielo y luminosos como estrellas, se elevaban en alabanza y gratitud. Arrodillada, comenzaba su oración, y era tal su belleza que la misma reverencia parecía realzarla: frente tersa como oriente de perlas, mejillas encendidas como rosas de Jericó, párpados entrecerrados semejantes a conchas preciosas, cabellos rubios que relucían como espigas doradas al sol. Sus manos, cruzadas sobre el pecho, recordaban lirios recién abiertos; su talle inclinado, la reverencia de una azucena que se inclina al soplo de la brisa. La blanca túnica y el manto azul, nimbados por la luz de un halo celestial, la hacían parecer un ángel, un ángel de carne y espíritu.

María había sido moldeada en el templo, instruida en las Escrituras, y su alma guardaba con celo las virtudes que el Sabio recomendaba a la mujer perfecta. En los Reyes y los Profetas había bebido inspiraciones nobles y ansias del Mesías, esperando con impaciencia el día y la hora de su encuentro. Su corazón suspiraba por Él, como suspira la Esposa de los Cantares.

De pronto, un resplandor rompió la estancia. Envuelto en luz celestial apareció el ángel, de vestiduras rosadas y alas de armiño. Su voz, semejante al canto de serafines, llenó la habitación al saludar a María:
—Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo.

La doncella se turbó, estremecida por la majestad de la aparición. El ángel continuó:
—Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, llamaráse Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el Trono de David.

Palabras deslumbradoras para la joven de Israel, que jamás habría soñado ser madre del Mesías. María vaciló, guardando la flor de su virginidad. Pero Gabriel, cautivado por aquella pureza, la tranquilizó:
—El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá.

Sus entrañas permanecerán puras, y de ellas brotará el Salvador.

Un estremecimiento de místico gozo recorrió a María. Meditó el alcance del mensaje divino, mientras la naturaleza parecía contener la respiración. Hasta la golondrina, posada en la rama cercana, permaneció inmóvil, testigo silente de aquel instante sagrado.

Al fin, quebrada por la emoción, su voz respondió con solemnidad:
—He aquí la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra.

Y en aquel fiat, cielo y tierra se conmovieron. Los almendros se cubrieron de flores nuevas; los trinos de las alondras sonaron más claros y vivos; las rosas del huerto de la Virgen abrieron sus corolas tempranas, y la fuente de Nazaret murmuró con alegría renovada. Las golondrinas del emparrado gorjearon con insistencia, y el sol se elevó, más brillante que nunca, bañando la aldea en un fulgor que parecía celestial. En lo alto, los ángeles tañeron sus arpas de oro, sintiendo el éxtasis de la bienaventuranza.

¡Y el Verbo se hizo carne!

viernes, 30 de enero de 2026

El último expediente

 El último expediente




A Antonio García —aunque en la nómina del Ayuntamiento figuraba como Antonio García Pérez, nivel 22— lo habían ido borrando de la vida a fuerza de sellos, carpetas verdes y pasillos con olor a café requemado. Jefe de sección en Urbanismo, trabajaba en un despacho sin ventanas de la plaza de la Villa, donde el tiempo no avanzaba: se apolillaba. Bajo fluorescentes moribundos, Antonio despachaba las quejas vecinales como quien espanta moscas en agosto, con frases de manual y una rutina tan afilada que ya no cortaba nada: «No es competencia de esta sección», «Vuelva usted mañana», «Falta un informe».
Madrid podía caerse a pedazos entre papeles timbrados, pero él seguiría firmando con la misma tinta azul y el mismo cansancio antiguo.

Viudo desde hacía años, vivía en un piso gris de Carabanchel con su hijo Luis y su nuera Marta. Ellos hablaban de hipotecas, de ascensos y de cambiar el coche; Antonio escuchaba con atención educada, como quien asiste a una conversación ajena. Luis lo estimaba por la seguridad que representaba. Marta lo trataba con una corrección distante. Antonio lo entendía. Y callaba. Había aprendido que el silencio, bien administrado, también es una forma de orden.

Un día el cuerpo de Antonio rompió la monotonía y decidió pronunciarse: un dolor persistente, hondo, instalado en el estómago como una advertencia tardía. En el hospital, los médicos hablaron con frases cuidadosas y miradas que esquivaban la verdad, pero Antonio, funcionario viejo y lector experto de silencios, entendió lo esencial: cáncer de estómago. Terminal. Un año, tal vez menos. Salió a la calle con el diagnóstico doblado en el bolsillo del abrigo, mientras la Gran Vía rugía a su alrededor, ajena como siempre. Madrid seguía viva; él empezaba a morirse.

No se lo dijo a nadie. Ni a su hijo, ni a sus compañeros, ni siquiera a Elena, la joven administrativa que aún lo trataba con un respeto casi anticuado. En vez de eso, una noche se dejó caer por Malasaña, como quien cruza una frontera sin pasaporte. Entró en una sala de fiestas de luces rojas y música ensordecedora, bebió whisky barato y escuchó historias de jóvenes que hablaban de la vida como si fuera eterna. Trasnochó, caminó al amanecer por calles recién lavadas, sin rumbo y sin explicaciones y, por primera vez en décadas, no tuvo que dar explicaciones.

Durante un tiempo probó vidas ajenas: risas prestadas, madrugadas sin sentido, conversaciones intensas con gente que aún no sabía perder. Pero todo aquello era humo. Un paréntesis inútil. Al final, siempre regresaba la misma pregunta, seca y punzante: ¿y esto para qué?

La respuesta llegó una mañana cualquiera, disfrazada de expediente olvidado. Un grupo de vecinos llevaba años pidiendo que se limpiara un solar infecto junto al Manzanares: un lodazal de aguas residuales, ratas y basura donde jugaban niños ajenos al riesgo. El expediente había pasado por media docena de mesas y siempre regresaba al punto de partida. Aquella vez, Antonio no lo devolvió. Lo abrió. Lo leyó. Y decidió que no.

Empezó entonces una guerra pequeña y sucia contra la inercia municipal. Informes, reuniones interminables, favores antiguos cobrados sin levantar la voz. Aguantó sonrisas irónicas, silencios hostiles y advertencias envueltas en falsa prudencia. Pero Antonio ya no tenía prudencia que conservar. Tenía poco tiempo y una determinación nueva, áspera como el acero. Costó meses. Costó desgaste. Costó desprecio. Pero el proyecto, contra todo pronóstico, salió adelante. Logró que se firmaran permisos y que un buen día entraran las máquinas y empezaran a mover tierra. Donde antes había barro y podredumbre, empezó a crecer, como por ensalmo, un parque.

El día de la inauguración no hubo discursos ni fotógrafos importantes. Solo columpios nuevos, bancos de madera y niños corriendo con una alegría limpia. Antonio observaba desde un banco, encogido en el abrigo, mientras el frío de enero se le metía en los huesos y una satisfacción tranquila —sin alboroto— se le acomodaba en el alma. Nadie sabía que aquel parque era su legado.

Poco después, una noche silenciosa, regresó solo. Se sentó en un columpio y se balanceó despacio, tarareando una canción antigua que su mujer, Carmen, cantaba cuando el futuro aún parecía amplio. A lo lejos, Madrid seguía latiendo con su ruido habitual, indiferente y eterna.

Antonio cerró los ojos. No estaba acompañado, pero tampoco solo. Había hecho algo que importaba. Y en esa certeza sencilla, casi humilde, encontró por fin la manera de vivir.



©Humberto 2026.

jueves, 22 de enero de 2026

La retirada de Aquiles

La retirada de Aquiles

 




Madrid no perdona, como no perdona la Historia, a los hombres que dudan en su hora y, más aún, a los que tienen razón antes de que el mundo esté dispuesto a admitirla; y esto lo aprendió Alejandro Quiles —Aquiles, le llamaban con reverencia y respeto en la unidad, mote ganado a fuerza de valor, temple y decisión— la noche en que decidió renunciar al GEO, esa corporación donde la valentía se mide en segundos y la muerte acecha en cada escalera de vecindad y en cada puerta cerrada con cerrojo.

Quiles dejó atrás la guerra y se encontró de repente en un despacho gris, en la planta cuarta de la Jefatura Superior de Madrid, entre pasillos que olían a papel viejo y a lámparas de neón, en una soledad que no hace ruido pero que aplasta con la pesadez de los años. Allí nadie corría, nadie gritaba; allí las guerras se ganaban con sellos y firmas, como si la ciudad misma fuera una comedia de papeles y trámites en la que los hombres de carne y hueso no contasen nada.

El asunto de Vallecas había quedado registrado con la pulcritud hipócrita que acompaña siempre a los expedientes incómodos: el secuestrador, muerto; la rehén, viva; un agente de su unidad, herido de por vida, cojo, recordatorio eterno de lo que es la valentía frente al tedio de la burocracia; y Agamenón, el comisario político, salido indemne y fortalecido, como suele suceder a los hombres que sobreviven sin mancharse las manos, creyendo que la política es arte de engañar y de fingir que todo está bajo control.

Aquiles pidió la baja voluntaria con la discreción de los que han visto demasiado y no necesitan justificarse; sin discursos, sin aspavientos, sin el ruido de la fama que antes le acompañaba en cada entrada, en cada operativo. Y le dieron un despacho “de confianza”, temporal, una celda de luz blanca y ordenador lento, silla metálica que crujía como el reproche de los años, donde el tiempo pasa sin sangre y sin gloria.

Aquella primera noche no subió a casa. Se quedó sentado en el coche, motor apagado, mirando Madrid a través del parabrisas. La ciudad seguía igual: luces que se apagan y se encienden sin preguntarse por nadie, tráfico que corre y olvida, indiferencia de animal grande. Y en ese silencio, más espeso que la negrura de un juicio, volvió a verla. Su madre.
Mujer de barrio, de manos fuertes y mirada clara; viuda de policía cuando aún no le habían salido canas, acostumbrada a vivir con la ausencia y a llamar a las cosas por su nombre, sin rodeos ni indulgencias. La recordó sentada a la mesa de la cocina, muchos años atrás, cuando él decidió seguir los pasos de su padre y ella no intentó detenerlo; no levantó la voz ni pidió promesas: habló claro, como se habla cuando ya no queda tiempo para mentiras ni para excusas.
—Tienes dos caminos, hijo —le dijo—. O te dejas la vida aquí dentro y te recordarán en los pasillos, o sobrevives lo suficiente para que nadie se acuerde de ti.
Aquiles cerró los ojos un instante, como quien comprende la extensión de su destino. El GEO había sido el primer camino; el despacho gris, el segundo.

A la mañana siguiente empezó su nueva guerra: informes, estadísticas, reuniones donde se habla mucho y no se dice nada, y el tiempo pasa en silencio, cruel y paciente, recordando a los hombres que antes le seguían y que ahora solo le saludan con el respeto incómodo que se reserva a las estatuas que aún recuerdan que fueron vida.

Agamenón cruzó el pasillo una vez y se detuvo, sonriendo con la blandura de los vencedores sin épica.
—Todo sea por el bien de esta institución, Quiles —dijo.
Aquiles asintió. No respondió. Había aprendido que en ciertos terrenos, donde la codicia y la mediocridad gobiernan, el silencio es la única forma de dignidad.

Madrid seguía en guerra, aunque él ya no corría por sus calles. Lo sabía. Mejor que nadie. Pero la libraba desde su despacho gris, lejos del ruido, lejos de la sangre, sobreviviendo; justo como su madre le había advertido años atrás.

Y mientras firmaba oficios que no salvaban a nadie, comprendió la peor de las derrotas: no la de perder la batalla, sino la de ganar la vida… al precio de que nadie vuelva a pronunciar tu nombre en los pasillos, salvo aquellos que aún saben quién fue Aquiles, el hombre que eligió la gloria y pagó por ello.


©Humberto 2026. 

miércoles, 21 de enero de 2026

Al este del viñedo

Al este del viñedo



La casa y el valle

En un recodo olvidado de La Rioja, donde el viento seca los viñedos y los muros de piedra parecen sostener siglos de silencio, los Moreno levantaban su casa como si quisieran desafiar al tiempo. Don Julián Moreno, hombre de manos duras y corazón implacable, creía que la vida solo valía si se imponía, y que la bondad era un lujo que debilitaba. Su esposa, Carmen, mantenía la casa con su paciencia y su discreción, sin que nadie jamás notara el peso de su sufrimiento. La casa de los Moreno, vieja y severa, parecía surgir de la misma tierra, con muros de piedra gruesos y ventanas que miraban al valle como ojos cansados. Don Julián Moreno, de rostro anguloso y manos duras, decía siempre que la vida solo valía si se imponía. Carmen, su esposa, sostenía la casa con paciencia y silenciosa constancia, enseñando a sus hijos que la fuerza no siempre se muestra con gritos, sino con la firmeza de cada acto cotidiano.
—Luis, Gabriel —decía Carmen con voz tranquila, mientras los niños correteaban entre las cepas—. La vendimia espera, y no se puede mendigar por la tierra. Cada racimo lleva su precio.
Luis, alto y fuerte, se inclinó sobre una cepa y arrancó un racimo con brusquedad.
—Yo pago la tierra con trabajo, madre. No necesito enseñanzas.
Gabriel, más pálido y pensativo, observaba los surcos y murmuraba:
—No es solo trabajo… la tierra escucha, y recuerda.
Don Julián lo miró con ceño fruncido:
—Recuerda lo que quieras, Gabriel, pero yo solo veo la fuerza. Y quien no la tiene, pierde.

La herencia del carácter

Los años fueron marcando a los hermanos como surcos en la tierra. Luis aprendió a imponer su voluntad en todo: en los trabajadores, en los vecinos, incluso sobre su hermano. Gabriel se refugiaba entre las viñas, con libros robados a la biblioteca del pueblo y las lecciones calladas de Carmen.
—Luis —le dijo una vez Gabriel, mientras recogían uvas bajo el sol del mediodía—, no todo lo que se toma con fuerza permanece.
—Eso lo dice un débil —respondió Luis, lanzándole una uva con precisión—. Aprende que quien no domina, siempre queda atrás.
Los viñedos crecían como testigos silenciosos de la tensión, enseñando que la tierra no olvida ni perdona, y que cada acción deja su marca.

 Amores imposibles

Luis encontró en Juana una aliada. Firme, astuta, y con la mirada clara, comprendía su ambición y compartía su dureza. Gabriel, en cambio, descubrió el primer amor verdadero: Elisa, hija de una familia enemiga de los Moreno. Su relación era clandestina, silenciosa y llena de riesgo, enseñándole a Gabriel que el mundo no siempre recompensa la bondad.
—Elisa —susurraba Gabriel entre las cepas, mientras la brisa mecía los racimos—, si alguien nos descubre, todo esto se acabará.
—Lo sé —respondía ella, rozando sus manos con las de él—. Pero prefiero arriesgarlo todo a no sentir nada.
Luis, enterándose de rumores, frunció el ceño y golpeó la mesa:
—¿Quién osa manchar el nombre de los Moreno? ¡Ese amor no puede existir!

La batalla de la vendimia

El invierno trajo heladas tempranas y una cosecha escasa. Luis exigía el control absoluto de los viñedos, y Gabriel, por primera vez, se rebeló. La discusión duró todo el día, entre barriles, surcos y hojas secas.
—¡Te ordeno que escuches! —gritó Luis, empujando un racimo al suelo.
Gabriel, firme, replicó:
—No obedeceré, Luis. La tierra y la verdad no se compran con gritos.

Carmen, que había seguido la discusión desde la puerta, suspiró:
—Cada uno tiene su camino. La fuerza no siempre gana, y la bondad no siempre pierde… pero ambos dejan cicatrices.
Don Julián, con la espalda encorvada por los años, comprendió que su esfuerzo por imponer un destino había fracasado. La fuerza no puede decidir la conciencia.
Capítulo 5: Decisiones y consecuencias

Los años siguieron su curso. Luis consolidó su poder sobre los viñedos y su familia heredó su carácter: obstinación y dominio. Gabriel, con pocos hijos pero de corazón claro, cultivaba la tierra con paciencia, enseñando a quienes quisieran escuchar que la bondad tiene un precio invisible.

Se sucedieron traiciones y pérdidas, amores imposibles y secretos revelados. Cada acción marcaba los viñedos, como cicatrices en la tierra. Gabriel entendió que la vida no se corrige con castigos, sino con elecciones conscientes, mientras Luis descubrió, demasiado tarde, que la fuerza no siempre gana y que algunas pérdidas pesan más que cualquier victoria.

La última vendimia

Una tarde de otoño, los hermanos se encontraron en los surcos para la última vendimia de Don Julián. La tierra olía a uvas maduras y polvo, y el viento recorría los viñedos con un sonido parecido a susurros.
—Luis —dijo Gabriel con firmeza—. Todo esto, lo que heredamos… no es solo trabajo. Es elección.
Luis bajó la mirada, sin responder. Comprendió que había pasado la vida luchando contra algo que no podía vencer: la conciencia del hermano, la bondad de la tierra, la verdad que nunca se impone.
El sol se hundió entre los viñedos, tiñendo las cepas de rojo y oro. Carmen, desde la casa, miraba en silencio, consciente de que la historia de los Moreno se repetía en cada generación: la lucha entre fuerza y conciencia, orgullo y bondad, destino y libertad.
Y así, entre los surcos de los viñedos y el viento del valle, los Moreno continuaron su historia: trabajando, amando, peleando y eligiendo, mientras la tierra guardaba cada secreto, cada error y cada esperanza, como un testimonio silencioso de lo que significa ser humano.



©Humberto 2026.

sábado, 17 de enero de 2026

La última carrera de servicio (reescritura)




 

Madrid, corazón de España; vieja villa regia crecida a la sombra de los Austrias y transformada con los siglos en un gigante desmesurado, ya muy lejos de la ribera humilde del Manzanares, río sin épica que no trae ni lleva más que sus propias aguas. Cuando cae la noche, Madrid no duerme del todo. Vista desde arriba es un cielo doméstico sembrado de luces. A diferencia de otras ciudades —que él conocería después— donde de noche no ocurre nada, allí ocurre siempre casi todo.

Aquella noche de agosto el calor era denso. Un viento tibio movía con desgana las hojas de los pocos árboles de un barrio de callejuelas estrechas y retorcidas. De los edificios salían voces, olores, discusiones domésticas que se colaban por las ventanillas del coche patrulla. La ciudad estaba despierta. Vigilante.

Acudieron —él y su compañera— a una llamada por una riña en plena calle. Serían las cuatro de la madrugada.

Ninguno era zetero por entonces. Él llevaba algunos meses en Judicial; ella llevaba años en Científica y antes había sido oficinista. Aquella noche patrullaban de prestado, por la escasez crónica de personal de un año en el que, tras el Concurso General de Méritos, casi nadie quiso venir y casi todos se marcharon de la capital. Tampoco eran nuevos: rondaban los ocho años de servicio, los suficientes para ir solos y para que algunos ya los considerasen veteranos.

En el caso de la compañera, sin embargo, las bajas, los partos, los cursos y cierta protección bien entendida la habían mantenido demasiado tiempo lejos de la calle. No tenía la escuela que promete la antigüedad. Aquella era una de sus primeras noches. Él, en cambio, ya había aprendido que el asfalto enseña rápido y sin contemplaciones.

Al llegar, el reparto fue evidente: cuatro implicados. De un lado, una pareja de toxicómanos; del otro, dos marroquíes. Y una furgoneta con la luna rota. Bastó un vistazo para recomponer la escena: bronca, forcejeo, un cristal hecho añicos. Indicó a su compañera que separase a los magrebíes mientras él se hacía cargo de los drogatas.

Pero aquello no se dejaba. La compañera no lograba imponerse y los ánimos volvían a subir.
—Agente, esos moros de mierda me han pegado.
—Mírame cuando hables.
—Sin hacerles nada. A mí. Que estoy enfermo.
—Cálmate.
—¡Que se vayan a su país!
Lo sujetó por la ropa.
—Hablas conmigo. No con ellos. ¿Qué ha pasado?
El tipo le escupió casi encima lo de que tenía la muñeca rota y que quería denunciar al más joven. Un cabronazo, dijo. Dicho por alguien con aquel aspecto, la historia empezó a olerle mal.
La compañera, superada, soltó la orden con un hilo de voz tenso:
—Os venís con nosotros.
El joven reaccionó al instante. Mirada alerta. Cuerpo en tensión.
—No papeles —dijo el otro, traduciendo—. Acaba de llegar.
Él pidió apoyo. Llegaron rápido. Y justo entonces todo se rompió. Los compañeros actuaron sin preguntas. Al mayor lo metieron en el coche. Al joven lo esposaron.
—Ponle tus esposas —le dijeron a la compañera—. Tenemos otro aviso.
Ella obedeció. Y en ese segundo, mientras él estaba de espaldas tomando datos y calmando a los drogatas, el joven echó a correr.
—¡Se escapa!
Salió tras él sin pensar. Confiando en una velocidad que ya no tenía. A los pocos metros supo que no lo alcanzaría. El chaval corría con algo más que piernas: corría con miedo.

Cometió tres errores. El peso del uniforme. El laberinto de callejuelas. Y el peor: quedarse solo, sin emisora ni respaldo.
Siguió por inercia, por orgullo o por esa fe mal entendida que a veces se confunde con el deber. Cada esquina agrandaba la distancia. El fugitivo se hacía más pequeño. El aire dejó de llegar.
Al doblar una esquina encontró la calle vacía. Estaba a punto de desistir cuando una vecina, asomada a la ventana, señaló un portal. Allí estaba. Pegado a la pared. Quieto.
Lo sujetó del brazo.
—Ven conmigo.
El joven lo miró. Miedo limpio. Sin rastro de culpa. En esos ojos había desierto, hambre, noches largas y ninguna confianza en la ley escrita.
—No pasa nada —dijo él—. Tranquilo.
Por un instante la calle fue otra cosa. Arena. Tiempo antiguo. El muchacho le besó las manos. Gratitud. Sumisión. Luego negó con la cabeza.
Echó a correr.
Él no lo siguió. No pudo. Y quizá tampoco quiso.
Cuando regresó, la compañera estaba pálida.
—Creí que te había pasado algo.
—No.
—Se me ha escapado.
—No podías hacer nada.
—¿Seguro?
—Seguro.

En comisaría habló con el marroquí mayor, Mohamed. Legal. Trabajaba en el Canal de Isabel II. Le contó lo que no figuraría en ningún atestado: el joven era paisano suyo, recién llegado, sin papeles ni idioma. Por una ley antigua —más vieja que los códigos— le había dado de comer y café y quiso llevarlo a dormir con otros compatriotas. En el camino, los drogatas le rompieron la luna del vehículo y el joven, nada más, se había enfrentado a ellos para devolver el favor.

Meses después coincidieron en el juicio. Los drogatas no aparecieron. Mohamed fue absuelto.
Tomaron café cerca de plaza de Castilla. Pagó él. No por generosidad. Por costumbre. Porque, incluso en una ciudad insomne y descreída, a veces aún se hace lo que se cree justo, aunque nadie lo pida y nadie lo aplauda.



©Humberto 2026.

miércoles, 14 de enero de 2026

Cigarrillos, lluvia y pólizas

Cigarrillos, lluvia y pólizas





La silueta avanzaba por la calle de Alcalá como un borrón de tinta sobre un pergamino húmedo. Madrid, 1944, respiraba pesada, envuelta en mantillas de humo y carbón mojado. Las farolas amarillas, cansadas y temblorosas, iluminaban los adoquines como lágrimas secas; los cafés despedían aroma a café recalentado, pan duro y esperanza maltrecha. Los charcos reflejaban balcones, escaparates y transeúntes de paso, cargados con las bolsas de la cartilla de racionamiento. Sobre aquel escenario, un hombre avanzaba con muletas, abrigo oscuro y sombrero ladeado, marcando un compás desigual. Cada golpe de madera contra piedra parecía el latido de un corazón roto. Cuando la silueta ocupó toda la noche, el mundo se fundió en negro.

Un Dodge del 38, negro y abollado, cruzó la calle sin respetar el semáforo, rozando una furgoneta del Ya. Frenó frente a un edificio gris, austero como los tiempos que corrían, con portero y ascensor de jaula. Del coche bajó Manuel Neira, agente de seguros, pálido y torcido por una herida que dolía más en la memoria que en la carne. El sereno lo miró con mezcla de curiosidad y respeto.
—Vaya usted con cuidado, don Manuel. La calle está para resbalar —dijo el portero, un hombre enjuto que llevaba años viendo pasar miserias y pequeños milagros.
—Ya, Miguel… y que no nos arruinen la noche, ¿verdad? —contestó Neira con una sonrisa que sabía a cansancio.
Hablaron del frío, de la cartilla de racionamiento, de la vida que aprieta a todos. De lo esencial, nadie dijo palabra.

En el duodécimo piso, la compañía Hispania Seguros mantenía su vigilia burocrática. Neira cerró la puerta del despacho con cuidado casi religioso, se dejó caer en la silla y encendió un cigarrillo Celtas, cuyo humo llenó la estancia de derrota y resignación. Colocó el cilindro en el dictáfono y habló, como quien recita un testamento:
—Lo maté por dinero y por una mujer. Y no obtuve ni lo uno ni lo otro. Así se hacen las grandes fortunas del alma.

Volvamos a mayo. Madrid empezaba a dorarse por las tardes. Chamartín era un remanso a medio camino entre campo y ciudad, con jardines secos, verjas de hierro y madreselvas que trepaban por los muros como recuerdos insistentes. Neira había ido a casa de don Ricardo Dávila para renovar el seguro del automóvil. No encontró al marido, solo a Pilar Dávila.

Ella apareció en lo alto de la escalera, envuelta en bata clara, con el porte de quien sabe que un gesto basta para decidir destinos. Bajó después, ya vestida, y Neira vio el tobillo y la pulsera fina. Supo que estaba en el umbral de algo más grande que él.
—Señor Neira —dijo Pilar, juguetona—, ¿por qué no me propone asegurar la vida de mi marido? Que uno nunca sabe, y en este Madrid se cuecen habas que ni el mejor olfato detecta.
Neira tragó saliva. Era una rendija abierta al crimen, un gesto que olía a póliza y a muerte.
—Imagínese —añadió ella—… un accidente en el tren, por ejemplo. Nadie se daría cuenta hasta que fuera tarde. Y todo quedaría en orden.

Madrid aprobaba en silencio. Las calles mojadas reflejaban farolas y tejados como un testigo invisible. Los tranvías chirriaban por la Gran Vía, y en los cafés de la Puerta del Sol, viejos jugadores de dominó discutían sobre política y fútbol, mezclando tabaco rancio con café aguado.

Neira comprendió que cada detalle debía cuadrar: la póliza, la firma, el viaje en tren, la maniobra final. Durante semanas, observó rutinas, memorizó horarios, evaluó rutas. Pilar, paciente y calculadora, lo esperaba siempre con un gesto medido y seguro. Madrid, con su humo, sus portones y sus patios de vecinos, se convirtió en aliado y juez a la vez. Los refranes de la ciudad flotaban en el aire: «Quien juega con fuego, se quema el bolsillo y el alma», «Más vale maña que fuerza, pero la fuerza bien aplicada no hace daño».

Llegó la noche del viaje. Neira esperaba en el coche, abrigo cubriendo heridas, corazón latiendo más rápido que la lluvia sobre el capó. Don Ricardo subió al tren, ignorante de la póliza que le había condenado. Neira simuló un accidente: el coche salió de la curva, rozó el borde del puente y el cuerpo cayó donde la vía se fundía en sombras. Después, él se hizo pasar por el muerto y saltó al tren en marcha, dejando que la confusión hiciera el resto. Madrid, eterno testigo, guardaba silencio entre los adoquines brillantes y balcones mudos.

Quirós, jefe de siniestros, comenzó a atar cabos. El suicidio no cuadraba: el tren iba despacio. Lola Dávila, la hija, habló de un vestido de luto comprado con antelación, de una muerte antigua que olía mal. Neira comprendió que la marioneta que había sido estaba a punto de romper los hilos.

Fue a casa de Pilar para detener la rueda. Hablaron de huir, de separarse. Ella disparó primero; él respondió, herido y lúcido. El disparo quedó suspendido como un eco en la estancia, mientras la lluvia golpeaba los cristales con ritmo grave y definitivo. Madrid escuchaba. Los portones cerraban ecos; la madreselva persistía, testigo de la traición y del deseo.
—Aquí se paga con la misma moneda, Pilar —dijo Neira, mientras el humo del cigarrillo se mezclaba con el de la pólvora—. Y a veces, quien mucho miente, acaba solo como un gato en la lluvia.

De vuelta en la oficina, Neira completó la confesión. Colocó el dictáfono frente a él y habló con voz quebrada:
—Nunca llegaré a la frontera —susurró.
Quirós entró despacio, con la calma de los que saben que la verdad siempre llega tarde pero llega.
—Ni al ascensor —dijo.
—¿Sabe por qué no lo vio? —contestó Neira—. Porque lo tenía enfrente, justo delante de usted.
—Más cerca que eso, Manuel —replicó Quirós.
Neira se dejó caer en la silla. Quirós encendió el último cigarrillo como quien reza un responso. Afuera, Madrid seguía lloviendo, viejo y solemne, con su corazón de piedra y su alma de humo. La silueta con muletas avanzó hasta cubrirlo todo. Luego, se hizo la noche.

 

©Humberto 2026. 

martes, 13 de enero de 2026

All in Your Mind. Swing Out Sister


 



TODO EN TU MENTE

(Versión libre y adaptada sobre la letra de la canción) 

 

Caes en el sueño ajeno,
hoja que el viento arrastra
sobre tierras secas y llanas.

Despertarás cuando tu alma
quiera aprender;
no puedes robar la imaginación
ajena.

Mira la verdad,
o tu futuro arderá
como el sol que muere
tras la llanura.

Vuelas alto, ave,
tocando el cielo un instante;
tal vez sientas alivio en el aire,
pero se nota tu caída,
pues todo…
todo está en tu mente.

Cada viaje sacude tus sentidos,
como río que despierta piedras dormidas.
El tiempo no vuelve,
pero sabrás avanzar
cuando descubras que no hay mentira:
todo está en tu mente.

Al salir al mundo, extenso y silencioso,
toma aire,
no dejes que te pierdan
los caminos torcidos.

Hay miradas bajas, crueles,
que buscan engañarte,
y ojos hipnóticos
siguen tu paso
como sombras entre trigales.

Vuela, ave,
sobre campos y cielos;
se nota tu tristeza
en la caída,
pues todo…
todo está en tu mente.

Cada viaje despierta tu ser,
y aprenderás a seguir
al comprender que no hay engaño:
todo está en tu mente,
todo… en tu mente.


La llanura interior


Caíste sin ruido en el sueño de otro, como quien no pesa lo suficiente para dejar huella. Eras apenas una hoja desprendida, viajera involuntaria, empujada por vientos que no preguntan ni explican. La llanura, seca y antigua, te recibió con la indiferencia solemne de lo eterno, y allí comprendiste que no todo descanso es despertar, ni todo viaje pertenece al que camina.

El alma, celosa maestra, no concede lecciones antes de tiempo. Hay imaginaciones que no se toman prestadas, porque nacen del silencio interior y no del deseo ajeno. Quisiste mirar sin ver, huir sin avanzar, y la verdad —como sol poniente— empezó a arder en el horizonte de tu porvenir. No castiga: ilumina hasta quemar. Y en ese fulgor aprendiste que negar la luz no apaga el día, solo lo vuelve más cruel.

Te alzaste entonces, ave de instante, rozando el cielo con la osadía del que confunde altura con salvación. El aire alivió por un momento la herida, pero la caída ya estaba escrita: toda huida que no nace del conocimiento regresa al origen. Cada trayecto sacudió tus sentidos como río impaciente, despertando piedras que creías muertas, recordándote que el tiempo no se arrodilla ante nadie.

Al salir al mundo —amplio, callado, vigilante— respiraste hondo. Supiste que los caminos torcidos no siempre se reconocen por sus curvas, sino por las miradas que los custodian: bajas, duras, engañosas. Ojos que prometen abrigo y solo ofrecen sombra. Entonces volviste a volar, no para escapar, sino para comprender.

Y al fin lo supiste, sin estruendo ni orgullo: no había mentira fuera, ni enemigo oculto. Todo ardía, caía, volaba y dolía dentro de ti. Porque el viaje, como el destino, no estaba en la llanura ni en el cielo, sino —irremediablemente— en tu mente. 


©Humberto 2026.

EL REQUETÉ. PEMÁN

 EL REQUETÉ






El general Redondo y el comandante Zabala han escrito un libro claro, vivo, directo, que se llama El Requeté. Sea el origen de esta palabra el toque de atención de uno de los batallones de Zumalacárregui o el toque de jauería de los cazadores bearneses, lo evidente es que entraña algo onomatopéyico. Imita una corneta. Es grito, más que palabra. No expone ideas: convoca voluntades. La «e» es la vocal que mejor se sostiene y se lanza a distancia al aire libre. Por eso, de huerta a huerta, los valencianos crearon, antecediendo a todo recado, el «che». Los tenores les piden a los libretistas una «e» baja para notas que desean prolongar. Para jujarse.

Esa entraña de onomatopeya parece bien expresiva del contenido mismo del vocablo. El «requeté» es, primero que nada, una actitud humana. Redondo y Zabala pueden llenar páginas bellísimas de su libro con anécdotas pasmosas de los requetés navarros, levantinos, andaluces. Pero por eso mismo importa mucho no concentrar la exaltación de ese gran tipo humano —el requeté— en esa sola y gloriosa explosión vital. Redondo y Zabala dedican muchas páginas, como contenido de ese grito y onomatopeya, al tradicionalismo. Un grito no es nada si no arrastra palabras detrás.

Pero esto es ya mucho más delicado. El perfil legendario del tipo humano —requeté— puede gravitar sobre su objetivo mental y hacer que este se piense también como algo legendario; inserto en un tipo de «tradición» que casi se entiende como un modo de «evocación». Eso no. Sabido es que «tradición» viene de «tradere»: entregar. Y solo es tradicional lo que se entrega al presente. La Tradición es esencialmente una dimensión del Progreso. El hombre primitivo, frotando dos piedras, inventó el fuego, realizó un progreso. Pero ese progreso se hubiera secado si él no se lo transmite a su hijo, y este a su nieto; es decir, si no se convierte en Tradición. La Tradición es como esa fila y cadena de operaciones que se van pasando las cosas, de mano a mano, desde la fábrica al carro. Tan Tradición es la fila mirándola por una punta como por otra: en la fábrica o en el carro; en los siglos pretéritos o en el minuto presente.

Es más: cuando la Tradición se hace política —es decir, tradicionalismo— apoya su acento más en su actual eficacia que en su sustancia pretérita; porque la política es siempre cosa de hoy. Ese «ismo» que se le añade, como una contera, a la palabra Tradición, no es nada si no nos alcanza a nosotros y nos hurga y cosquilla. Por eso casi todo lo que llamamos castizo o tradicional —trajes populares, danzas, folklore, romerías, cerámicas— está cuajado en los siglos XVIII y XIX. No escapa de esta ley el «tradicionalismo» político. La plena conciencia de una Tradición española, utilizaba políticamente, nace cuando en la gran crisis de finales del siglo XVIII algunos «ilustrados» católicos, como Jovellanos, piensan que entre absolutismo y liberalismo hay un término equilibrado: la Monarquía reformada según la constitución social y tradicional de España. La idea de recurrir a la tradición como moderadora de la Monarquía, por ser vitalizadora de los núcleos naturales, nace más vencida hacia el lado del progreso que hacia el lado de la evocación.

El tradicionalismo se encarna, con el Rey, con un aire popular y orgánicamente democrático, que merecería calificarse de liberal si todas estas palabras no las hubieran monopolizado y desgastado los revolucionarios. Porque las Cortes doceañistas traicionan luego esa idea; pero ya nunca podrán sepultarla. Como un corcho, reaparece y sobrenada en la superficie, con el «Manifiesto de los Persas», con los «apostólicos», con las guerras de la Regencia y, al fin, con el Carlismo.

La verdad es que el Carlismo estalla, al fin, como una condensación de todo esto que se ha apartado mucho de los ideológicos equilíbrios de Jovellanos. El liberalismo ha explotado con tal violencia que el Carlismo tiene que hacerse grito, onomatopeya de corneta que pronto será «requeté». Buscar pulcritudes científicas e históricas en ese estallido es tarea vana. Libertad y tradición son dos emociones en aquel momento: en definitiva, dos modos de nombrar la incredulidad y la fe. Los dos bandos violentan su antecedente histórico en aquel instante. Los liberales sostienen, en Isabel, la herencia directa del absolutista Fernando que odian. Los carlistas se amparan en la Ley Sálica, afrancesada, excluyente de las hembras, sustancialmente ajena a la tradición del pueblo de Isabel la Católica. Si bien el absolutismo de esta, hasta con injusticia para el europeo don Fernando el Católico, es obra, en gran parte, de historiadores liberales.

No es tanto, pues, la Historia bastante maltratada y negada por todos, la que da perfil definitivo al Tradicionalismo. Se lo da, como a toda Tradición, el siglo XIX y el mismo XX: cuando perfilan en inteligencia doctoresca emocional, tradicional, leales carlistas como Nocedal y Aparisi; carlistas disidentes como Mella; cristinos o alfonsinos como Balmes, Donoso, Menéndez Pelayo, Chesterton o Vílum. Cuando le dan estilo actualísimo Maeztu o Pradera. Cuando llega a todos con «Acción Española» y hoy con la «Biblioteca del Pensamiento Actual».

Hay que mirar la Tradición en el último saco de la fila que carga el presente. Hay que valorizar en ella todo lo que tiene de anti-absolutista, de realización de esa ansia vaga de libertad que agita a la juventud. Hay que dialogar anchamente con el hambre «social» tan característico de esta hora. ¡Qué gusto va a dar esto a un movimiento popular, tan señorial, que jamás caerá en ningún señoritismo! Dos requetés cayeron fusilados a derecha e izquierda de José Antonio. Uno era un mecánico; el otro, un agente mercantil. Lo «social» en José Antonio, marqués, jurista y poeta, era una heroica voluntad inteligente, en aquellos muchachos era un lógico problema tan propio que casi no habían tenido que formularlo.

Por eso, por ese cúmulo de contactos y diálogos que le son propios, el Tradicionalismo nunca ha querido llamarse Partido, sino Comunión. La Tradición es, como la Patria, demasiado ancha para poderse sostener con pocas manos. Nadie la puede tener por «suya» ni meterla por vías muertas o narcisistas. Es eso: Comunión. No se puede «excomulgar» a nadie que, en gracia de España, ceda de cualquier parroquia, se acerque al comulgatorio.

Lo que no quita para que el heroísmo del libro de Redondo y Zabala se desprenda de toda la generosidad y centinela que el Carlismo ha ejercido. No quito ni una sílaba a lo que, en días de República, decía uno de sus líderes: «La blancura de vuestra flor es, sin duda, la blancura de un pasado que es una historia sin tacha; y la blancura de un porvenir donde todavía puede escribirse todo porque nada ha fracasado todavía». No hay salida posible del momento actual sino contenido con esa gran libertad y las posibilidades sociales de la Tradición. Frente a cualquier otra volvería a sonar la onomatopeya del incansable toque de atención: «¡Requeté!». Incansable porque la «e» es la vocal que más tiempo se sostiene y alarga a la intemperie.

José María Pemán
de la Real Academia Española

DOCUMENTO Y MANIFIESTO. PEMÁN


DOCUMENTO Y MANIFIESTO

 

Me parece que habría que decidirse a meter los buenos libros que hierven en la literatura universal en una clasificación básica: libros-«documento» y libros-«manifiesto».
Los primeros son los que dan testimonio de los problemas, angustias e inquietudes de cada momento. Los segundos, los que proponen respuestas y soluciones afirmativas.

Todo «manifiesto» o respuesta aloja en su seno una serie de «documentos» o datos parciales con que ha sido elaborado. Así es como se mueve la Historia: resumiendo, como el cine, en una línea sintética y viva, una serie de actitudes parciales, de «fotogramas». Por eso los libros-«documento» suelen ser duros, patéticos y hasta feos. Como son chocantes e inarmónicas las diferentes instantáneas de los gestos de un orador o del galope de un caballo que, luego, sintetizadas por la velocidad, se resuelven en belleza y armonía. Un bello discurso significa la superposición de una sucesión de actitudes grotescas.

Uno de los peligros mayores para el común de los lectores es la confusión de estos géneros: el tomar por «manifiesto» lo que es «documento», tomar por respuesta lo que todavía es pregunta. Ha sido el caso de Unamuno. A Unamuno le han empujado hasta el Index sus admiradores. Se empeñaron en tomar por «manifiesto» su patético documento individual; en que nos enseñara el camino el que nos decía que no había encontrado el suyo propio.

Unamuno es el modelo típico de escritor «documento». Es la exhibición brutal de una actitud. Gabriel de Armas, en un libro duro y agresivo sobre don Miguel, ha llenado página y media con una muestra de sus frases y palabras tabernarias. Ortega decía que el color rojizo que es famoso cada tarde sobre las piedras de la Universidad de Salamanca significaba el rubor de estas al oír hablar al rector. Pero había que advertir que este es el estilo propio de los «documentos»: de las exhibiciones de actitudes intermedias de crisis.

Incluso en el orden ortodoxo se han usado y se usan estos vocabularios extremos. En la crisis reformadora de la Iglesia que se inicia en el siglo XIV hay una serie de «documentos» gritadores. El papa Urbano VI califica a los cardenales disidentes de «imbéciles» y «pillos». Y a la dulce y violenta Santa Catalina de Siena les llama «diablos con cara humana». Todo esto se resolverá, al cabo, en la respuesta y «manifiesto» de Trento. Los cánones de Trento serán tranquilos y hasta elegantes. Los documentos anteriores, incluso de santos y de papas, son malhablados.

Todo este esquema de valores literarios sería conveniente tenerlo claro en la mente para leer gran parte de las novelas o ensayos últimos. Así, por ejemplo, cuando ahora Miguel del Castillo, el niño desgraciado de las tremendas experiencias —el Madrid rojo a los seis años; el campo de concentración alemán; el reformatorio español— da su tercera novela de éxito universal, estamos ante un modelo típico de libro «documento». El que quiera buscar respuestas y caminos, que los busque por otro lado. Pero el que quiera saber cómo pregunta la juventud de hoy, que lea a Miguel del Castillo.

Todo su nuevo libro —Le colleur d’affiches: otra vez un libro de suburbios, guerra civil y dolor— está montado sobre un tema de Camus:
«¡He escuchado tantos razonamientos, que me han mareado la cabeza o han mareado otras cabezas lo suficiente para llevarles a consentir el asesinato!… Por lo cual he resuelto rehusar todo lo que, de lejos o de cerca, por buenas o malas razones, hace morir o justificar que uno mate».

Castillo confiesa en su prólogo que no escribe un libro de «hallazgos», sino de «busca». Está buscando a Dios, a la verdad, y es leal a su busca, ya que no lo pueda ser a su encuentro. De lo único que cree estar ya seguro es de no encontrar a Dios a través de la violencia. Apoyado en esa convicción básica, sus revisiones críticas son implacables.

Así la del marxismo. La mentalidad marxista es la única que trata de ser, en el mundo actual, evidente, precisa, montada sobre «ideas claras». Pero hay que desconfiar de todo lo demasiado claro, porque la vida es complicación. El Partido Comunista ha caído en lo que reprochaba a la Iglesia: la excesiva suficiencia y el tener respuestas listas para todo. Quiere «explicarlo» todo. ¿Pero cómo se explica el cadáver de un niño o de una monja, en que acaban no pocas veces sus explicaciones?

Claro está que sería desleal presentar este «no» al marxismo como pronunciado desde una afirmación contraria: católica o nacionalista. Ya hemos dicho que no es el de Castillo un libro de afirmaciones y que la dialéctica de una guerra civil —blanco o negro, rojo o azul— no sirve para entenderlo. Objetar que del lado contrario al marxismo no hubo ese absolutismo sádico de violencia que significa la monja violada, la checa refinada o el retablo de Berruguete triturado es entrar en una contarriña de más o de menos que al escritor, como a tantos jóvenes, no le convencería nada.

Porque Castillo vota por una solución cualitativa, ambiciosa, que vislumbra, y ninguna respuesta cuantitativa puede satisfacerle. Vota por la revolución profunda del amor, porque toda «revolución» demasiado clara y organizada lo que hace es aplazar con el espejismo de decir que «ya está». Castillo, en el fondo, desdeña la parcelita que cualquier política social puede medio organizar en un mundo donde seguiremos siendo desiguales por el carácter, la belleza, la salud, la estatura.

Su inquietud no tiene nada de política. Es plenamente angustia metafísica. Su actitud es religiosa. Él sabe que se ha empeñado en hacer una cuenta que no puede cerrarse sino en el exterior de la pizarra.

Documentos parecidos se encuentran hoy día por todas partes. En París se presenta una comedia joven donde se pinta, en irrespetuosa y sacrílega broma, el paso de los galos al cristianismo. Por consejo del druida o sacerdote bárbaro, la princesa o sacerdotisa gala, fuerte y primaria como la Naturaleza, se casa con el barón del lugar, adicto a la nueva Iglesia. De este modo la Iglesia bendice la introducción en su seno, como una mina explosiva o una conspiración latente, de una fuerza bárbara y naturista que queda ahí esperando el instante de su revancha.

La ortodoxia reconoce que se asimiló esa fuerza. El joven heterodoxo opina que fue imperfectamente y que sus explosiones en forma de guerra, violencia, Inquisición hacen saltar, de vez en cuando, en pedazos, la obra de Cristo: el Amor.

Es otra vez el «documento» de la exigencia de amor, del repudio de la sangre. Es demasiado simplista resolver que esta actitud, saldo de una generación que sabe de demasiadas barbaridades recientes, se califique con cuatro palabras del vocabulario más a ras de tierra: blandura, «pancismo», afeminamiento. Hay que ser un poco más cautos para calificar a una generación de escritores que se quieren citar en un futuro más misericordioso.

¿Utopía? Hace tiempo que, para curarme de la excesiva facilidad de esta evasiva, yo tengo colgado, en un marco, en mi gabinete de trabajo, un documento curioso. Me lo regalaron en La Habana. Es un recibo de mil novecientos pesos por la compra de seis negros. Su fecha: 1820, ayer como quien dice. Un documento jurídico y tranquilo, escrito sobre la seguridad de que la esclavitud, soporte de todo un orden económico, era inevitable.

¿Cuántas cosas no se escriben hoy sobre una parecida seguridad dogmática de la violencia, la sangre, la guerra? ¿No firmamos, acaso, todos los días nuestros «recibos» por cuatro o cinco ideas establecidas, como aquel, hace un siglo, por su media docena de negros?

No desplacemos tan pronto a los utopistas. Son los purasangres de la ilusión. Pueden llegar antes a metas y lugares adonde, un día, llegarán con retraso los percherones de la lógica.

José María Pemán
de la Real Academia Española



lunes, 12 de enero de 2026

Abrazos eternos




—¡Abuelo! —gritó el niño con ojos brillantes, llenos de risa y de prisa.
—Dime, hijito…
—¿Me das un abrazo? Pero rápido.
—Claro que sí, mi pequeño, pero ¿por qué rápido?
—Porque mamá está a punto de despertarme, y no sé cuándo volveré a tener otra oportunidad.

ÁLGEBRA DEL LENGUAJE. PEMÁN

 


 

 

    ÁLGEBRA DEL LENGUAJE

    (contestación a Julio Rey Pastor), 1954

 

EXCMO. SEÑOR DIRECTOR.
SEÑORES ACADÉMICOS.

Porque la tarea de una Academia de la Lengua está a medio camino entre la pureza de la ciencia y el temblor de la vida, necesita reunir en su seno a los cultivadores de una máxima variedad de disciplinas que recompongan en torno a su mesa de trabajo como una miniatura de la vida toda, de la que la lengua es expresión.

Pero no se crea por ello que esta incorporación del «especialista» signifique su simple utilización para dictaminar sobre los tecnicismos del diccionario, operando sobre la zona más superficial del lenguaje que es el vocabulario, y empleándose en una modesta función de colador o tamiz de exactitudes. Esta idea proviene de esa otra que concibe, con cicatería, al «especialista» como cultivador de una isla de conocimiento tan cerrada y exclusivista que sólo logra mantener la rigidez de su perfil acantilado a costa de la inmensidad oceánica de la ignorancia que la rodea. A ello daban pábulo los mismos especialistas que a menudo se ufanan definiéndose más por lo negativo que por lo positivo, más por lo que ignoraban que por lo que sabían. Yo he conocido poetas que se jactaban de no saber multiplicar. Y he conocido matemáticos que utilizaban, como aquel personaje quinteriano, en sentido despectivo la palabra poesía o la palabra literatura. «¡Eso es poesía!» o «¡Eso es literatura!» era la exclamación de la exactitud desdeñosa que repudiaba la vaguedad.

Ya en 1932, nuestro nuevo compañero D. Julio Rey Pastor, hablando ante la Academia de Ciencias, se lamentaba de ello: «Tenemos—decía—eximios especialistas..., pero carecemos, con muy singulares excepciones, de hombres de cultura general». Si bien, en seguida, se apresuraba a puntualizar este último concepto, explicando que no significa un simple barniz de omni re scibile; un atropellado hojear ese libro imaginario que el burlón de D. Juan Valera llamaba «libro de todas las cosas y otras muchas más»; posición que desemboca inevitablemente en ese atracón de noticias más vomitadas que digeridas, que dan lugar al empleo peyorativo de la palabra «bachiller» o «ubachillera», y acaban en otra manera de paradójico especialista, el peor de todos por su infecunda petulancia, que es el especialismo de las generalidades.

El matemático universal, el científico humanista, que hoy viene a sentarse con nosotros, es la viva realización de esta idea que ya él esbozaba en 1932: el armonioso equilibrio de un especialismo y una cultura general.

No hay especialista de buena cepa que no sienta en algún momento el cansancio de sus propios límites: el gozo y la llamada de un humanismo más integral. Sin que ello sea «dilettantismo» ni dispersión, sino reinstalación de su disciplina especial en la armonía plena del saber. Será un día un insigne otorrino, como el Dr. Tapia, que escapándose de su clínica diaria, se dedica, con visible complacencia, a diagnosticar la sordera de Beethoven, haciendo temblorosa y poética su prosa de clínico al enfrentarse con la magnitud del impalpable cliente; o será nuestro gran arqueólogo y compañero Gómez Moreno, que se deja vencer por la picante tentación de dar gracia de novela—«da novela de España»—a su saber de especialista sobre los orígenes de nuestro pueblo. Así es cómo Rey Pastor tiene en los capítulos de su biografía o en el catálogo de sus obras una soleada periferia no estrictamente matemática; un florido paseo de ronda por otras curiosidades humanas.

Por eso, «aureolada su didáctica de tan excepcional aliento humano»—como decía Puig Adam—, ha sido tan inestimable maestro; tan fecundo creador de obras y eficacias vivas como la Revista Matemática o el Laboratorio Matemático; tan excelente vulgarizador, capaz de herir los problemas más abstrusos con haces de luminosa y humildísima claridad, hasta poder enorgullecerse, en frase de Esteban Tetradas, de «haber demostrado por primera vez la posibilidad de popularizar la quinta esencia de la Matemática superior»; tan curioso, en fin, de toda curiosidad, como lo demuestra en sus discursos y artículos periodísticos, donde ha tocado problemas de toda especie, desde los que casi podríamos llamar de matemática recreativa, como el tan reciente sobre la forma de la tierra en la revista «Origen», pasando por los que abordan cuestiones pedagógicas o administrativas, hasta los que sondean profundamente la historia de la ciencia y se recrean en las figuras de Raimundo Lulio, de Juan de Herrera, de los matemáticos españoles del Siglo de Oro como Sánchez Ciruelo, Martínez Silíceo, Álvaro Tomás; de Copérnico, de Descartes, de Echegaray, de Galdeano; de la contribución de los judíos a la Ciencia; de los matemáticos suizos; estudios todos en que el rigor del técnico se proyecta hacia mil ampliaciones humanas, o hasta se dispara hacia altas trascendencias emocionadas como en aquel libro sobre la Ciencia y la Técnica en el descubrimiento de América, donde, valorando del todo por vez primera la influencia del error en la determinación de la longitud geográfica, casi nos la ofrece como providencial designio que con aquella equivocada cercanía de la distancia física anticipaba una auténtica y futura cercanía del espíritu y del amor.

Aún quiero destacar, aparte, el tenaz esfuerzo de investigación que Rey Pastor ha consagrado, sin apoyo oficial alguno, a la cartografía medieval, en paciente búsqueda de muchos años por las bibliotecas de ambos continentes. Un naufragio, en 1951, estuvo a punto de malograr todo este esfuerzo, si la riojana tenacidad de nuestro nuevo compañero no se hubiera decidido a una reconstrucción de todo lo andado, cuyos frutos nos permitirán apreciar nuevos valores de los famosos «Beatos» y de los portulanos mallorquines. Rey Pastor ha andado mucho por esos mundos. Pero España ha andado siempre con él.

He dejado de intento para el final de este recuento de su catálogo bibliográfico no estrictamente matemático, el rico capítulo que Rey Pastor ha dedicado a la Epistemología o filosofía de la Ciencia; porque es esa parcela de su curiosidad vivísima la que nos lleva ya directamente al discurso que acabamos de escuchar y a través de él a la zona de mi particular vocación donde yo puedo brevísimamente comentarlo.

Rey Pastor se pone resueltamente al lado del insigne profesor de la Sorbona, Painlevé, cuando, escandalizando vulgares beaterías de los profanos, afirma el valor muy relativo que la experiencia ha tenido en la formación de la Ciencia moderna. El fracaso de los postulados científicos aristotélicos nace precisamente de su carácter groseramente empírico y experimental. El éxito de la Ciencia de Galileo y Copérnico nace, en cambio, de que, habiendo transcurrido entre Aristóteles y ellos largos siglos de filosofía escolástica, eran poseedores de unas ideas a priori, anteriores a toda experiencia, que les guiaron en la creación de la Mecánica, cuyos axiomas fueron casi totalmente deducidos por un gran esfuerzo lógico del principio de causalidad, sin que el método experimental jugara más que un papel auxiliar y comprobatorio. Sin una coordinación previa, lógica y sistemática del universo físico—ha dicho Einstein—, los hechos experimentales son caóticos y no alcanzan categoría científica. Cuando el físico, manipulando un aparato—ha añadido Poincaré—certifica que por un determinado conductor pasa una corriente eléctrica, el simple profano cree que está presenciando una pura experiencia. Pero la parte de la experiencia no pasa, estrictamente, en este caso, de afirmar que una aguja se mueve sobre una graduación o una señal luminosa sobre una escala, según el aparato empleado en la comprobación. Un positivista consecuente no podría afirmar nada más. Afirmar que aquello revela que pasa una corriente eléctrica no puede ya hacerse sin poseer una estructura teórica previa, sin entrar en plena inducción especulativa, puesto que la corriente eléctrica es un puro postulado teórico cuya realidad nos es ignorada y está totalmente fuera de nuestro conocimiento experimental.

Si tan importante es, pues, para Rey Pastor este ángulo de visión epistemológico de la Ciencia, hasta el punto de afirmar que el primer aparato que se necesita para penetrar la Física actual es una adecuada conformación del cerebro, hay que empezar a curarse de todo espanto al ver cómo él, al acercar su cerebro poderosamente conformado para la matemática y para la filosofía, o la lingüística, relaciona, con pulso tan seguro, zonas que, a primera vista, pudieran parecer tan dispares como el álgebra y el idioma.

La lengua es un hecho social, una realidad viva. Ya en su más empírico y elemental tratamiento—la Gramática—lleva implícito un enfoque no ajeno a la matemática, porque es un enfoque estadístico. Y no debe extrañarnos porque toda la Sociología recibe hoy un poderoso auxilio matemático de la estadística y el cálculo de probabilidades. «El uso», escribe Rey Pastor, «razón suprema en que se apoyan las autoridades de cada idioma para dictar sus normas, significa mayorías de votos recontados ad sensum». Al afirmar esto no se lleva el hecho lingüístico hacia ninguna abstracción, sino que se acentúa su realismo y se acerca a la realidad física, hoy tantas veces fijada por meras leyes estadísticas. Cuando matemáticamente se calcula que en tal región el promedio de hijos de cada familia es de dos hijos y medio o de dos y tres cuartos, no cabe duda que ninguna mujer ha tenido nunca ese medio hijo ni esos tres cuartos, pero tampoco cabe duda que el crudo realismo de los dividendos de una sociedad de seguros o de los cupos de un sistema de abastos se basa, sin error, en la absoluta realidad subyacente, en esas cifras irreales en sí. Lo mismo en el plano lingüístico. El lenguaje que emplean los personajes de Cervantes, de Benavente, de Palacio Valdés o de Balzac es un lenguaje que no habla exactamente nadie y que, no obstante, es realista, porque tiene la misma realidad estadística que ese medio o esos tres cuartos de hijo que nunca parió ninguna madre y sin valorar los cuales, sin embargo, fracasarían todos los seguros y todos los abastos.

Si, pues, no es desecación del idioma, sino hallazgo de su más cierta realidad, ese primer enfoque matemático y estadístico que ya la Lexicografía y la Gramática suponen, tampoco hay que pensar asustadizamente que lo sea ese intento que Rey Pastor ha aventurado de algebraización del lenguaje.

El nuevo compañero se ha adelantado a prevenir ese recelo. «El lema álgebra del lenguaje», escribe, «es ya despropósito bastante para irritar a oradores, poetas y escritores». He aquí, sin embargo, frente a él, un modesto escritor, orador y poeta que no está irritado.

Esa irritación y recelo que Rey Pastor se adelanta a prevenir son los que podrían resultar de la confusión de técnica y ciencia, que él señala, puesto que, ciertamente, no la Ciencia, pero sí la Técnica, parece que no florece sino a costa de un tanto de deshumanización de la vida. Mientras la cultura fue esencialmente humana parece que había como una pantalla antropomórfica o animista que entorpecía esa directa manipulación de la Naturaleza en que la técnica consiste. El avión no pudo inventarse hasta que el puro problema físico-matemático se sobrepuso a la sugestión de la realidad animal de la forma y vuelo de los pájaros, que pretendieron calcar los inventores de aparatos de volar desde Leonardo de Vinci; como la invención del reloj necesitó robarle la idea del tiempo al individuo, deshumanizarlo, para lograr que la hora de dormir o de comer no fuera la hora subjetiva del sueño o el apetito, sino la cifra que señalara un aparato sin imaginación. El día en que un hombre de la Edad Media se sentó a comer sin ganas porque un recién inventado instrumento así lo señalaba, había empezado el dominio de la máquina y había empezado, como veis, a costa de la espontaneidad de lo humano. Todo esto produce cierto horror antitécnico en el hombre español, tan profundamente subjetivista que no sabe ver ni la naturaleza sino desde su observatorio íntimo, y tiene en su lenguaje matices tan expresivos como el «nos amaneció por el camino» o «des llovió por la carretera», porque hasta los fenómenos y meteoros celestes supone el español que son episodios que sólo ocurren en el área insobornable de su individualidad.

Pero el intento algebraico de Rey Pastor sobre el lenguaje no tiene nada que ver con una desecación técnica de ese grande y caliente tesoro personal y humano. No se trata, como en el caso de la Pleremática de Jens Holt, de clasificar los pleremas o unidades de contenido del lenguaje y los morfemas de género, número, modo, etc., que lo modifican, pretendiendo llegar a una especie de notación matemática del idioma que, automáticamente y sin apelación posible, clasificaría las voces dentro de las categorías gramaticales.

No se trata de esto en Rey Pastor: casi pienso que se trata de todo lo contrario. Rey Pastor se da cuenta de que la Gramática se limita a aplicar al lenguaje la lógica aristotélica, organizando simplemente, según ella, las palabras y oraciones. Pero no hay una sola lógica, sino varias. Hay la lógica aristotélica, toda ella basada sobre el razonamiento apodíctico estrictamente racional; pero hay también la lógica que se ha llamado vital o luliana o hegeliana, que se basa en el argumento de congruencia que afirma de cada cosa aquello que, sin ser a menudo estrictamente demostrable, es congruente con su naturaleza. Esta es la lógica de toda creación humana en movimiento. No la lógica aristotélica propia del ser inmóvil de Parménides, sino la lógica viva propia del fluir dinámico del río de Heráclito. Y es en esta lógica caliente, humana, donde Rey Pastor instala su tratamiento algebraico del lenguaje, sobre todo en su función semántica y creadora, que no trata de formular unas igualdades de tipo aristotélico, sino una amplia correspondencia que él llama «isomorfismo» entre un orden de símbolos y un orbe de significados. Estamos, pues, en plena lógica de congruencia... Y estamos, le añadiría yo a Rey Pastor, en plena lógica española.

El dinamismo psíquico del español tiende a ese tipo de lógica; como lo revela ese tamiz del idioma que cuando dice «es lógico que esto ocurra», «¡es lógico que mañana llueva!», lo dice precisamente de aquellas cosas que no son estricta y racionalmente demostrables, sino congruentes con la naturaleza de la cosa misma. Esa es la lógica que mueve y calienta nuestras hipérboles, nuestros pleonasmos; la lógica subyacente en ese ilogismo (1) esencial a todo producto lingüístico de que hablaba Charles Bally y que se acentúa en nuestro español creador e imaginativo, desde el pleonástico «lo vi con mis ojos», al hiperbólico «cuesta un ojo de la cara», pasando por la antítesis «bonito negocio» para decir que fue malo; ilogismo antiaristotélico que es mecanismo usual de la mente andaluza, que dirá «Fulano viene a pie», para celebrar su hermoso caballo, o «está viudo Zutano», para celebrar su hermosa mujer, y que, pese a las mil explicaciones eruditas que de ello se han dado, yo creo que llamó «flamencos» a los gitanos porque, al atraer éstos la atención por atezados y negros, tomaron, por ilógica y riente antítesis, el nombre de los caballeros flamencos, que, por blancos y rubios, escandalizaban a la morena Bética.


¿Cómo va, pues, a irritarnos a los poetas que Rey Pastor, dentro de un terreno de lógica simbólica, aplique esa ancha relación algebraica de símbolos y significados, si es esta precisamente la lógica de la creación poética? Rey Pastor lo sabe, y por eso el lenguaje poético sale tan bien parado de su estudio; hasta el punto de que bien puedo yo dedicar la última parte del mío a transmitirle la gratitud del gremio.

El poeta, para Rey Pastor, colabora al dinamismo del lenguaje y lo corrige y depura con una continua labor de re-creación. Yo soy lego en el problema del origen del lenguaje. Me tranquiliza de mi ignorancia el oír a autoridad tan cimera como Charles Bally que este es un «problema límite», casi conexo con el problema mismo del origen del mundo. Me consuela pensar que este es de los casos en que, al ascender de lego a especialista, si ambos son honrados, no se hace otra cosa sino, a través de un largo camino de hipótesis insuficientes y de suficientes petulancias, transitar de una humildad primera a una definitiva humildad.

No creo que en ningún caso se pueda avanzar en esto mucho más allá de aquellas palabras de Humboldt que consideran ese fenómeno «por completo inexplicable». No se concibe—explica—la formación del lenguaje como un proceso lento de invención humana. El lenguaje es característica propia del hombre. El hombre es un ser que habla. «El hombre—dice exactamente—es hombre por el lenguaje. Para inventar el lenguaje, tenía ya que ser hombre». El lenguaje es algo que le fue dado al hombre de un modo espontáneo, adherido a su propio desarrollo cognoscitivo, como un «instinto intelectual de la razón».

Pues bien, sentado esto, el poeta es el ser que reproduce en su zona individual ese mismo proceso instintivo que se produjo en una zona social y colectiva. «Yo no conozco—dice Charles Bally—destino más trágico que el de la poesía». Nadie disputa al escultor su piedra, ni sus colores al pintor. Piedras y colores son materias inertes que, anteriores a toda configuración, están ahí esperando pasivamente la configuración que el artista les dé. No tienen, frente a éste, más que una resistencia pasiva. Pero la palabra—materia prima del poeta—le es disputada por todos los hombres y llega al encuentro del poeta influida por una enorme presión social; desgastada como una moneda que todos usaron para comprar sus urgencias materiales, mientras que el poeta la requiere para comprar sus sueños y sus estrellas. Por eso la palabra tiene, frente al poeta, además de la resistencia pasiva propia de toda materia artística, una resistencia activa que es su propia inercia y su tenaz resistencia a cambiar de servicio y significación. He aquí por qué la poesía, en su esfuerzo de re-creación del lenguaje, se toma la máxima licencia dentro de esa correspondencia algebraica que Rey Pastor encara entre símbolos y significados. La poesía—dijo Maurice Barrès—será siempre «la lucha con el ángel, de la cual no se puede salir más que gloriosamente derrotado»; y Antonio Machado, forzando estas ideas hasta el límite, decía que no hubo más poeta total que el padre Adán el día que, en la mañana del Génesis, fue dándole su nombre a cada cosa. Ese es el único poema que se escribió estrenando palabras ingenuas y virginales. Aquel día la rosa fue nada más que rosa y el corazón nada más que corazón, sin que interfirieran la desnudez del signo, pura, la manipulación utilitaria del botánico que clasifica la rosa, o del cardiólogo que ausculta el corazón.

El proceso de correspondencia de símbolos y significados recibe así de la función poética un continuo esfuerzo re-creador que lo rejuvenece y lo reorganiza. El símbolo tiende a esquematizarse y quedarse retrasado de su contenido. Aquella primera correspondencia viva, creada por una lógica de congruencia en pleno dinamismo, tiende a paralizarse en una igualdad quieta, de tipo lógico aristotélico, de la que a menudo resulta un engaño. Decimos «agostar» tomando el verbo de funciones agrícolas que se hacen en agosto en los pueblos europeos y dándole sentidos figurados de acabamiento o de sequedad: «Se agostó su ingenio». Pero los americanos del Sur dirán mecánicamente lo mismo, utilizando ya un símbolo frío, vaciado de su contenido, puesto que «agosto» allí es pleno invierno y no ocurre en la vida agrícola ninguna de las peripecias que nutrieron el símbolo. Como cualquier periodista dice hoy, en son de elogio, «la bien cortada pluma», expresión nacida cuando, por ser de ave, las plumas se cortaban, y hoy ya seca de todo significado. Ya los estudiosos de la «mímica» y de la «fisionómica» anotaron el hecho general del retraso de los gestos que se van secando de sus contenidos expresivos. Cualquier hombre de hoy, al anunciar a otro que le telefoneará, acompañará sus palabras moviendo en el aire la mano como si girara la manivela de los antiguos teléfonos, en vez de emplear el gesto con que se manipula el disco del aparato automático. Es la creación poética el esfuerzo más eficaz para mantener el lenguaje en pleno dinamismo y hacer revivir los símbolos que se desecan.

Como también es esa creación la que tanta intervención tiene en muchos procesos formativos del lenguaje. Rey Pastor se detiene, por ejemplo, ante el ilogismo de los géneros masculino y femenino otorgados a tantas cosas sin sexo. La verdad es que en el origen de las lenguas indoeuropeas no existía la división de géneros por sexos, sino únicamente la división de lo inanimado y lo animado. Realmente, el sexo tenía poca importancia, puesto que, aparte del hombre y la mujer, apenas había un corto número de animales domésticos en los que el sexo interesara, y a los que atendía la lengua por un procedimiento de heteronimia, empleando palabra distinta para el masculino o el femenino: así el caballo y la yegua, el toro y la vaca. Porque es la domesticidad la que exige la distinción del género. Los primeros poetas romanos dicen columbus, lo mismo para el palomo que para la paloma; pero Virgilio dice columbus, columba, porque ya se utilizaban los palomares e interesaba el sexo de dichas aves. El aumento de la domesticidad animal es lo que hizo ya que resultara demasiado gastoso el procedimiento de la heteronimia y empezara a distinguirse el masculino y el femenino por un cambio de desinencia con la misma raíz: perro, perra. La prueba es que los animales no domesticados—el ruiseñor que canta en el bosque fuera de nuestro alcance, la liebre que corre ante nuestros ojos, la perdiz que mata el cazador—no tienen masculino y femenino, porque sus sexos no son utilizados por el hombre en ninguna función doméstica.

Pero al crearse así, por el procedimiento de la desinencia, los dos grandes grupos masculino y femenino, quedaba en el centro una inmensa zona neutra y asexuada, que por una ley ineludible había de ser afectada por la distinción de género. ¿Cómo había de desarrollarse este proceso? Ahí de la creación poética. Las lenguas más lógicas, en sentido aristotélico, menos imaginativas, formaron un gran género neutro central. Las lenguas imaginativas ampliaron a todo la distinción de género, por un proceso, en el fondo inexplicable, pero en el que corresponde la mayor parte a la impulsión poética. Por congruencias imaginativas—totalmente dentro del mecanismo de la creación poética—fue masculino el Sol y femenina la Luna, por correspondencia de magnitud; y por fuerza y vigor, masculino el viento y femenina la brisa; y por evocación de los dioses que lo personificaron, femeninas la Victoria y la Fortuna; y «el mar» fue masculino para el hombre que lo teme en su orilla, y femenina «la mar» para el marinero que con ella se familiariza de un modo casi matrimonial. Todos estos son productos de puros hallazgos poéticos. Aunque quede un enorme campo para lo ilógico e inexplicado, movido muchas veces por fútiles azares fonéticos, como ocurre en el diente y la muela, donde se da hasta la descortesía de que el varón pasa por delante de la hembra.

En realidad, la benevolencia que el algebrista ha tenido para el poeta, atribuyéndole hasta una función de coherencia lógica, correctora de los empirismos de la gramática, proviene de la esencia mucho más cognoscitiva de lo que el vulgo cree que lleva en sí la creación poética. La poesía no es una forma de emoción ni de vaguedad sentimental. Es una forma superior de conocimiento, un modo de intuición. Cuando Platón expulsaba a los poetas de su República ideal, no los expulsaba por desordenados o bohemios, como hoy pensaríamos, sino por poseedores de una fuerza cognoscitiva—la intuición—demasiado supra-racional, detonante y peligrosa, por eso, como un explosivo, para el buen orden de una Ciudad que él señalaba regida por la pura sabiduría racional.

No nos asustemos, pues, tanto de esta imprevista amistad del Álgebra y la Poesía. El poeta no está fuera del mundo cognoscitivo. No son los poetas, que crean en una espléndida vacación de todo esfuerzo racional, los que se vuelven locos, sino los ajedrecistas o los contables que fuerzan la elasticidad de la potencia racional. Yo, que como escritor de espíritu hospitalario recibo no pocas visitas de locos mansos y sueltos, he observado que pocos me traen versos o sentimentalidades, sino que casi todos me traen proyectos de ley, cálculos cronológicos y, sobre todo, cuadros sinópticos donde pretenden meter a dos tintas todo el universo conocido. La locura es un vicioso empleo de la razón que ha roto su instrumento. No son los locos los exaltados de la emotividad. Son los borrachos de la razón.

De tal modo se mueve con legítima autenticidad la creación poética, dentro de esa correspondencia que nuestro compañero ha cifrado en términos de álgebra y que en el fondo pertenece a la función cognoscitiva, que se ha llegado a decir que las cosas no se conocen del todo hasta que se conocen poéticamente. No son los naturalistas ni los botánicos los que nos dan la imagen más vivida y usada de la Naturaleza. Son los poetas. Son Teócrito o Garcilaso o Keats. Cuando decimos «la rosa», la resonancia espiritual que nos produce la audición de la palabra o la visión del objeto, no es la rosa analítica de los científicos, clasificada en tal género y familia. Eso no está vivo en nuestra conciencia. Eso es preciso reanimarlo en ella con una buscada excitación espiritual. La rosa que está viva en nuestra conciencia, la que espontáneamente asociamos al objeto o la palabra, es la rosa de Anacreonte o de Rioja: esa acumulación de perspectivas estéticas y sentidos trascendentes que, conocida por los poetas de todos los tiempos, ha sido entregada al lenguaje como la rosa última y total.


Es fácil que alguien le coloque a este sabio esfuerzo del profesor Rey Pastor, como a mis modestísimas palabras de comentario, el consabido membrete que quisiera ser lápida sepulcral de todo intento especulativo: «¡cuestiones bizantinas!». Fue lo que se dijo de la famosa disputa de los «universales» entre los «realistas», que creían en una cierta realidad de los conceptos comunes, y los «nominalistas», que creían que éstos eran meras palabras: «cuestión bizantina» que aún sigue latente en toda la filosofía y que Rey Pastor sabe—y nos lo ha dicho—que está subyacente en el mismo pleito del lenguaje entre los empíricos y los idealistas. En el terreno neutral de la Lógica, Rey Pastor ha querido apaciguarlos con su tratamiento algebraico del lenguaje. «¿Cuestión bizantina también?» Quizá, si nos acordamos de que Bizancio, gran catalogador y ordenador de una herencia clásica que ya no era creadora, dio a muchas cosas el perfil, la forma y el orden con que nos son conocidos. ¿Y qué es una civilización sino se nos da de este modo: como algo codificado, reglado y teorizado? Toda esa tendencia actualista y pragmática, desnudismo intelectual y sinsombrerismo del espíritu, desaseo de formas y ruptura de respetos, que alcanza con sus demoliciones desde la cortesía a la filosofía, acaso no es otra cosa sino un temerario repudio irresponsable de esa gigantesca «cuestión bizantina» que es toda nuestra civilización occidental.

Permitidme, pues, este último bizantinismo, que es la establecida y cortés bienvenida al nuevo compañero. Bienvenido a nuestra casa el gran matemático, que en su primer paso en ella, lejos de secar el idioma, lo ha encarado desde un ancho sistema de correspondencias algebraicas que aloja tan hospitalariamente la creación verbal de los poetas. Vecinas han estado en esta sesión la Matemática y la Poesía, como en el viejo cuadrivium escolástico, frente a una cultura ordenada hacia la suprema Unidad, lo estuvieron la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. No olvidaron del todo los poetas estas viejas amistades. No hace mucho que Rafael Alberti cantaba aquellas vírgenes con escuadras y compases, que velaban las celestes pizarras donde el Ángel de los Números volaba, pensativo, «del uno al dos, del dos al tres, del tres al cuatro». Ni hace mucho que otro poeta, encarando el sentido pitagórico de la música del maestro Falla, le decía:

«tu arte es el arte que el esfuerzo crea
sobre el segundo cielo sin aurora
donde cantan el Número y la Idea».

Hoy, D. Julio Rey Pastor viene a pagar con sus fórmulas la visita que los versos le hicieron a sus predios. Y por eso, porque la Real Academia no quiere estar acampada en ninguna estrechez exclusivista, sino, al contrario, frente a ese mundo clásico de armonías superiores y fecundas vecindades, al entrar en nuestra Casa un gran matemático, por delegación de ella, ha salido a recibirle un pequeño poeta.




(1) Ilogismo: lo opuesto, un razonamiento no lógico, incoherente o que contradice las reglas de la lógica formal. En el texto se usa para describir cómo ciertas expresiones del lenguaje o del español popular funcionan de manera no estrictamente racional, pero siguen un tipo de lógica «viva» o de congruencia poética, distinta de la lógica formal.