EXCMO. SEÑOR DIRECTOR.
SEÑORES ACADÉMICOS.
Porque la tarea de una Academia de la Lengua está a medio camino entre la pureza de la ciencia y el temblor de la vida, necesita reunir en su seno a los cultivadores de una máxima variedad de disciplinas que recompongan en torno a su mesa de trabajo como una miniatura de la vida toda, de la que la lengua es expresión.
Pero no se crea por ello que esta incorporación del «especialista» signifique su simple utilización para dictaminar sobre los tecnicismos del diccionario, operando sobre la zona más superficial del lenguaje que es el vocabulario, y empleándose en una modesta función de colador o tamiz de exactitudes. Esta idea proviene de esa otra que concibe, con cicatería, al «especialista» como cultivador de una isla de conocimiento tan cerrada y exclusivista que sólo logra mantener la rigidez de su perfil acantilado a costa de la inmensidad oceánica de la ignorancia que la rodea. A ello daban pábulo los mismos especialistas que a menudo se ufanan definiéndose más por lo negativo que por lo positivo, más por lo que ignoraban que por lo que sabían. Yo he conocido poetas que se jactaban de no saber multiplicar. Y he conocido matemáticos que utilizaban, como aquel personaje quinteriano, en sentido despectivo la palabra poesía o la palabra literatura. «¡Eso es poesía!» o «¡Eso es literatura!» era la exclamación de la exactitud desdeñosa que repudiaba la vaguedad.
Ya en 1932, nuestro nuevo compañero D. Julio Rey Pastor, hablando ante la Academia de Ciencias, se lamentaba de ello: «Tenemos—decía—eximios especialistas..., pero carecemos, con muy singulares excepciones, de hombres de cultura general». Si bien, en seguida, se apresuraba a puntualizar este último concepto, explicando que no significa un simple barniz de omni re scibile; un atropellado hojear ese libro imaginario que el burlón de D. Juan Valera llamaba «libro de todas las cosas y otras muchas más»; posición que desemboca inevitablemente en ese atracón de noticias más vomitadas que digeridas, que dan lugar al empleo peyorativo de la palabra «bachiller» o «ubachillera», y acaban en otra manera de paradójico especialista, el peor de todos por su infecunda petulancia, que es el especialismo de las generalidades.
El matemático universal, el científico humanista, que hoy viene a sentarse con nosotros, es la viva realización de esta idea que ya él esbozaba en 1932: el armonioso equilibrio de un especialismo y una cultura general.
No hay especialista de buena cepa que no sienta en algún momento el cansancio de sus propios límites: el gozo y la llamada de un humanismo más integral. Sin que ello sea «dilettantismo» ni dispersión, sino reinstalación de su disciplina especial en la armonía plena del saber. Será un día un insigne otorrino, como el Dr. Tapia, que escapándose de su clínica diaria, se dedica, con visible complacencia, a diagnosticar la sordera de Beethoven, haciendo temblorosa y poética su prosa de clínico al enfrentarse con la magnitud del impalpable cliente; o será nuestro gran arqueólogo y compañero Gómez Moreno, que se deja vencer por la picante tentación de dar gracia de novela—«da novela de España»—a su saber de especialista sobre los orígenes de nuestro pueblo. Así es cómo Rey Pastor tiene en los capítulos de su biografía o en el catálogo de sus obras una soleada periferia no estrictamente matemática; un florido paseo de ronda por otras curiosidades humanas.
Por eso, «aureolada su didáctica de tan excepcional aliento humano»—como decía Puig Adam—, ha sido tan inestimable maestro; tan fecundo creador de obras y eficacias vivas como la Revista Matemática o el Laboratorio Matemático; tan excelente vulgarizador, capaz de herir los problemas más abstrusos con haces de luminosa y humildísima claridad, hasta poder enorgullecerse, en frase de Esteban Tetradas, de «haber demostrado por primera vez la posibilidad de popularizar la quinta esencia de la Matemática superior»; tan curioso, en fin, de toda curiosidad, como lo demuestra en sus discursos y artículos periodísticos, donde ha tocado problemas de toda especie, desde los que casi podríamos llamar de matemática recreativa, como el tan reciente sobre la forma de la tierra en la revista «Origen», pasando por los que abordan cuestiones pedagógicas o administrativas, hasta los que sondean profundamente la historia de la ciencia y se recrean en las figuras de Raimundo Lulio, de Juan de Herrera, de los matemáticos españoles del Siglo de Oro como Sánchez Ciruelo, Martínez Silíceo, Álvaro Tomás; de Copérnico, de Descartes, de Echegaray, de Galdeano; de la contribución de los judíos a la Ciencia; de los matemáticos suizos; estudios todos en que el rigor del técnico se proyecta hacia mil ampliaciones humanas, o hasta se dispara hacia altas trascendencias emocionadas como en aquel libro sobre la Ciencia y la Técnica en el descubrimiento de América, donde, valorando del todo por vez primera la influencia del error en la determinación de la longitud geográfica, casi nos la ofrece como providencial designio que con aquella equivocada cercanía de la distancia física anticipaba una auténtica y futura cercanía del espíritu y del amor.
Aún quiero destacar, aparte, el tenaz esfuerzo de investigación que Rey Pastor ha consagrado, sin apoyo oficial alguno, a la cartografía medieval, en paciente búsqueda de muchos años por las bibliotecas de ambos continentes. Un naufragio, en 1951, estuvo a punto de malograr todo este esfuerzo, si la riojana tenacidad de nuestro nuevo compañero no se hubiera decidido a una reconstrucción de todo lo andado, cuyos frutos nos permitirán apreciar nuevos valores de los famosos «Beatos» y de los portulanos mallorquines. Rey Pastor ha andado mucho por esos mundos. Pero España ha andado siempre con él.
He dejado de intento para el final de este recuento de su catálogo bibliográfico no estrictamente matemático, el rico capítulo que Rey Pastor ha dedicado a la Epistemología o filosofía de la Ciencia; porque es esa parcela de su curiosidad vivísima la que nos lleva ya directamente al discurso que acabamos de escuchar y a través de él a la zona de mi particular vocación donde yo puedo brevísimamente comentarlo.
Rey Pastor se pone resueltamente al lado del insigne profesor de la Sorbona, Painlevé, cuando, escandalizando vulgares beaterías de los profanos, afirma el valor muy relativo que la experiencia ha tenido en la formación de la Ciencia moderna. El fracaso de los postulados científicos aristotélicos nace precisamente de su carácter groseramente empírico y experimental. El éxito de la Ciencia de Galileo y Copérnico nace, en cambio, de que, habiendo transcurrido entre Aristóteles y ellos largos siglos de filosofía escolástica, eran poseedores de unas ideas a priori, anteriores a toda experiencia, que les guiaron en la creación de la Mecánica, cuyos axiomas fueron casi totalmente deducidos por un gran esfuerzo lógico del principio de causalidad, sin que el método experimental jugara más que un papel auxiliar y comprobatorio. Sin una coordinación previa, lógica y sistemática del universo físico—ha dicho Einstein—, los hechos experimentales son caóticos y no alcanzan categoría científica. Cuando el físico, manipulando un aparato—ha añadido Poincaré—certifica que por un determinado conductor pasa una corriente eléctrica, el simple profano cree que está presenciando una pura experiencia. Pero la parte de la experiencia no pasa, estrictamente, en este caso, de afirmar que una aguja se mueve sobre una graduación o una señal luminosa sobre una escala, según el aparato empleado en la comprobación. Un positivista consecuente no podría afirmar nada más. Afirmar que aquello revela que pasa una corriente eléctrica no puede ya hacerse sin poseer una estructura teórica previa, sin entrar en plena inducción especulativa, puesto que la corriente eléctrica es un puro postulado teórico cuya realidad nos es ignorada y está totalmente fuera de nuestro conocimiento experimental.
Si tan importante es, pues, para Rey Pastor este ángulo de visión epistemológico de la Ciencia, hasta el punto de afirmar que el primer aparato que se necesita para penetrar la Física actual es una adecuada conformación del cerebro, hay que empezar a curarse de todo espanto al ver cómo él, al acercar su cerebro poderosamente conformado para la matemática y para la filosofía, o la lingüística, relaciona, con pulso tan seguro, zonas que, a primera vista, pudieran parecer tan dispares como el álgebra y el idioma.
La lengua es un hecho social, una realidad viva. Ya en su más empírico y elemental tratamiento—la Gramática—lleva implícito un enfoque no ajeno a la matemática, porque es un enfoque estadístico. Y no debe extrañarnos porque toda la Sociología recibe hoy un poderoso auxilio matemático de la estadística y el cálculo de probabilidades. «El uso», escribe Rey Pastor, «razón suprema en que se apoyan las autoridades de cada idioma para dictar sus normas, significa mayorías de votos recontados ad sensum». Al afirmar esto no se lleva el hecho lingüístico hacia ninguna abstracción, sino que se acentúa su realismo y se acerca a la realidad física, hoy tantas veces fijada por meras leyes estadísticas. Cuando matemáticamente se calcula que en tal región el promedio de hijos de cada familia es de dos hijos y medio o de dos y tres cuartos, no cabe duda que ninguna mujer ha tenido nunca ese medio hijo ni esos tres cuartos, pero tampoco cabe duda que el crudo realismo de los dividendos de una sociedad de seguros o de los cupos de un sistema de abastos se basa, sin error, en la absoluta realidad subyacente, en esas cifras irreales en sí. Lo mismo en el plano lingüístico. El lenguaje que emplean los personajes de Cervantes, de Benavente, de Palacio Valdés o de Balzac es un lenguaje que no habla exactamente nadie y que, no obstante, es realista, porque tiene la misma realidad estadística que ese medio o esos tres cuartos de hijo que nunca parió ninguna madre y sin valorar los cuales, sin embargo, fracasarían todos los seguros y todos los abastos.
Si, pues, no es desecación del idioma, sino hallazgo de su más cierta realidad, ese primer enfoque matemático y estadístico que ya la Lexicografía y la Gramática suponen, tampoco hay que pensar asustadizamente que lo sea ese intento que Rey Pastor ha aventurado de algebraización del lenguaje.
El nuevo compañero se ha adelantado a prevenir ese recelo. «El lema álgebra del lenguaje», escribe, «es ya despropósito bastante para irritar a oradores, poetas y escritores». He aquí, sin embargo, frente a él, un modesto escritor, orador y poeta que no está irritado.
Esa irritación y recelo que Rey Pastor se adelanta a prevenir son los que podrían resultar de la confusión de técnica y ciencia, que él señala, puesto que, ciertamente, no la Ciencia, pero sí la Técnica, parece que no florece sino a costa de un tanto de deshumanización de la vida. Mientras la cultura fue esencialmente humana parece que había como una pantalla antropomórfica o animista que entorpecía esa directa manipulación de la Naturaleza en que la técnica consiste. El avión no pudo inventarse hasta que el puro problema físico-matemático se sobrepuso a la sugestión de la realidad animal de la forma y vuelo de los pájaros, que pretendieron calcar los inventores de aparatos de volar desde Leonardo de Vinci; como la invención del reloj necesitó robarle la idea del tiempo al individuo, deshumanizarlo, para lograr que la hora de dormir o de comer no fuera la hora subjetiva del sueño o el apetito, sino la cifra que señalara un aparato sin imaginación. El día en que un hombre de la Edad Media se sentó a comer sin ganas porque un recién inventado instrumento así lo señalaba, había empezado el dominio de la máquina y había empezado, como veis, a costa de la espontaneidad de lo humano. Todo esto produce cierto horror antitécnico en el hombre español, tan profundamente subjetivista que no sabe ver ni la naturaleza sino desde su observatorio íntimo, y tiene en su lenguaje matices tan expresivos como el «nos amaneció por el camino» o «des llovió por la carretera», porque hasta los fenómenos y meteoros celestes supone el español que son episodios que sólo ocurren en el área insobornable de su individualidad.
Pero el intento algebraico de Rey Pastor sobre el lenguaje no tiene nada que ver con una desecación técnica de ese grande y caliente tesoro personal y humano. No se trata, como en el caso de la Pleremática de Jens Holt, de clasificar los pleremas o unidades de contenido del lenguaje y los morfemas de género, número, modo, etc., que lo modifican, pretendiendo llegar a una especie de notación matemática del idioma que, automáticamente y sin apelación posible, clasificaría las voces dentro de las categorías gramaticales.
No se trata de esto en Rey Pastor: casi pienso que se trata de todo lo contrario. Rey Pastor se da cuenta de que la Gramática se limita a aplicar al lenguaje la lógica aristotélica, organizando simplemente, según ella, las palabras y oraciones. Pero no hay una sola lógica, sino varias. Hay la lógica aristotélica, toda ella basada sobre el razonamiento apodíctico estrictamente racional; pero hay también la lógica que se ha llamado vital o luliana o hegeliana, que se basa en el argumento de congruencia que afirma de cada cosa aquello que, sin ser a menudo estrictamente demostrable, es congruente con su naturaleza. Esta es la lógica de toda creación humana en movimiento. No la lógica aristotélica propia del ser inmóvil de Parménides, sino la lógica viva propia del fluir dinámico del río de Heráclito. Y es en esta lógica caliente, humana, donde Rey Pastor instala su tratamiento algebraico del lenguaje, sobre todo en su función semántica y creadora, que no trata de formular unas igualdades de tipo aristotélico, sino una amplia correspondencia que él llama «isomorfismo» entre un orden de símbolos y un orbe de significados. Estamos, pues, en plena lógica de congruencia... Y estamos, le añadiría yo a Rey Pastor, en plena lógica española.
El dinamismo psíquico del español tiende a ese tipo de lógica; como lo revela ese tamiz del idioma que cuando dice «es lógico que esto ocurra», «¡es lógico que mañana llueva!», lo dice precisamente de aquellas cosas que no son estricta y racionalmente demostrables, sino congruentes con la naturaleza de la cosa misma. Esa es la lógica que mueve y calienta nuestras hipérboles, nuestros pleonasmos; la lógica subyacente en ese ilogismo (1) esencial a todo producto lingüístico de que hablaba Charles Bally y que se acentúa en nuestro español creador e imaginativo, desde el pleonástico «lo vi con mis ojos», al hiperbólico «cuesta un ojo de la cara», pasando por la antítesis «bonito negocio» para decir que fue malo; ilogismo antiaristotélico que es mecanismo usual de la mente andaluza, que dirá «Fulano viene a pie», para celebrar su hermoso caballo, o «está viudo Zutano», para celebrar su hermosa mujer, y que, pese a las mil explicaciones eruditas que de ello se han dado, yo creo que llamó «flamencos» a los gitanos porque, al atraer éstos la atención por atezados y negros, tomaron, por ilógica y riente antítesis, el nombre de los caballeros flamencos, que, por blancos y rubios, escandalizaban a la morena Bética.
¿Cómo va, pues, a irritarnos a los poetas que Rey Pastor, dentro de un terreno de lógica simbólica, aplique esa ancha relación algebraica de símbolos y significados, si es esta precisamente la lógica de la creación poética? Rey Pastor lo sabe, y por eso el lenguaje poético sale tan bien parado de su estudio; hasta el punto de que bien puedo yo dedicar la última parte del mío a transmitirle la gratitud del gremio.
El poeta, para Rey Pastor, colabora al dinamismo del lenguaje y lo corrige y depura con una continua labor de re-creación. Yo soy lego en el problema del origen del lenguaje. Me tranquiliza de mi ignorancia el oír a autoridad tan cimera como Charles Bally que este es un «problema límite», casi conexo con el problema mismo del origen del mundo. Me consuela pensar que este es de los casos en que, al ascender de lego a especialista, si ambos son honrados, no se hace otra cosa sino, a través de un largo camino de hipótesis insuficientes y de suficientes petulancias, transitar de una humildad primera a una definitiva humildad.
No creo que en ningún caso se pueda avanzar en esto mucho más allá de aquellas palabras de Humboldt que consideran ese fenómeno «por completo inexplicable». No se concibe—explica—la formación del lenguaje como un proceso lento de invención humana. El lenguaje es característica propia del hombre. El hombre es un ser que habla. «El hombre—dice exactamente—es hombre por el lenguaje. Para inventar el lenguaje, tenía ya que ser hombre». El lenguaje es algo que le fue dado al hombre de un modo espontáneo, adherido a su propio desarrollo cognoscitivo, como un «instinto intelectual de la razón».
Pues bien, sentado esto, el poeta es el ser que reproduce en su zona individual ese mismo proceso instintivo que se produjo en una zona social y colectiva. «Yo no conozco—dice Charles Bally—destino más trágico que el de la poesía». Nadie disputa al escultor su piedra, ni sus colores al pintor. Piedras y colores son materias inertes que, anteriores a toda configuración, están ahí esperando pasivamente la configuración que el artista les dé. No tienen, frente a éste, más que una resistencia pasiva. Pero la palabra—materia prima del poeta—le es disputada por todos los hombres y llega al encuentro del poeta influida por una enorme presión social; desgastada como una moneda que todos usaron para comprar sus urgencias materiales, mientras que el poeta la requiere para comprar sus sueños y sus estrellas. Por eso la palabra tiene, frente al poeta, además de la resistencia pasiva propia de toda materia artística, una resistencia activa que es su propia inercia y su tenaz resistencia a cambiar de servicio y significación. He aquí por qué la poesía, en su esfuerzo de re-creación del lenguaje, se toma la máxima licencia dentro de esa correspondencia algebraica que Rey Pastor encara entre símbolos y significados. La poesía—dijo Maurice Barrès—será siempre «la lucha con el ángel, de la cual no se puede salir más que gloriosamente derrotado»; y Antonio Machado, forzando estas ideas hasta el límite, decía que no hubo más poeta total que el padre Adán el día que, en la mañana del Génesis, fue dándole su nombre a cada cosa. Ese es el único poema que se escribió estrenando palabras ingenuas y virginales. Aquel día la rosa fue nada más que rosa y el corazón nada más que corazón, sin que interfirieran la desnudez del signo, pura, la manipulación utilitaria del botánico que clasifica la rosa, o del cardiólogo que ausculta el corazón.
El proceso de correspondencia de símbolos y significados recibe así de la función poética un continuo esfuerzo re-creador que lo rejuvenece y lo reorganiza. El símbolo tiende a esquematizarse y quedarse retrasado de su contenido. Aquella primera correspondencia viva, creada por una lógica de congruencia en pleno dinamismo, tiende a paralizarse en una igualdad quieta, de tipo lógico aristotélico, de la que a menudo resulta un engaño. Decimos «agostar» tomando el verbo de funciones agrícolas que se hacen en agosto en los pueblos europeos y dándole sentidos figurados de acabamiento o de sequedad: «Se agostó su ingenio». Pero los americanos del Sur dirán mecánicamente lo mismo, utilizando ya un símbolo frío, vaciado de su contenido, puesto que «agosto» allí es pleno invierno y no ocurre en la vida agrícola ninguna de las peripecias que nutrieron el símbolo. Como cualquier periodista dice hoy, en son de elogio, «la bien cortada pluma», expresión nacida cuando, por ser de ave, las plumas se cortaban, y hoy ya seca de todo significado. Ya los estudiosos de la «mímica» y de la «fisionómica» anotaron el hecho general del retraso de los gestos que se van secando de sus contenidos expresivos. Cualquier hombre de hoy, al anunciar a otro que le telefoneará, acompañará sus palabras moviendo en el aire la mano como si girara la manivela de los antiguos teléfonos, en vez de emplear el gesto con que se manipula el disco del aparato automático. Es la creación poética el esfuerzo más eficaz para mantener el lenguaje en pleno dinamismo y hacer revivir los símbolos que se desecan.
Como también es esa creación la que tanta intervención tiene en muchos procesos formativos del lenguaje. Rey Pastor se detiene, por ejemplo, ante el ilogismo de los géneros masculino y femenino otorgados a tantas cosas sin sexo. La verdad es que en el origen de las lenguas indoeuropeas no existía la división de géneros por sexos, sino únicamente la división de lo inanimado y lo animado. Realmente, el sexo tenía poca importancia, puesto que, aparte del hombre y la mujer, apenas había un corto número de animales domésticos en los que el sexo interesara, y a los que atendía la lengua por un procedimiento de heteronimia, empleando palabra distinta para el masculino o el femenino: así el caballo y la yegua, el toro y la vaca. Porque es la domesticidad la que exige la distinción del género. Los primeros poetas romanos dicen columbus, lo mismo para el palomo que para la paloma; pero Virgilio dice columbus, columba, porque ya se utilizaban los palomares e interesaba el sexo de dichas aves. El aumento de la domesticidad animal es lo que hizo ya que resultara demasiado gastoso el procedimiento de la heteronimia y empezara a distinguirse el masculino y el femenino por un cambio de desinencia con la misma raíz: perro, perra. La prueba es que los animales no domesticados—el ruiseñor que canta en el bosque fuera de nuestro alcance, la liebre que corre ante nuestros ojos, la perdiz que mata el cazador—no tienen masculino y femenino, porque sus sexos no son utilizados por el hombre en ninguna función doméstica.
Pero al crearse así, por el procedimiento de la desinencia, los dos grandes grupos masculino y femenino, quedaba en el centro una inmensa zona neutra y asexuada, que por una ley ineludible había de ser afectada por la distinción de género. ¿Cómo había de desarrollarse este proceso? Ahí de la creación poética. Las lenguas más lógicas, en sentido aristotélico, menos imaginativas, formaron un gran género neutro central. Las lenguas imaginativas ampliaron a todo la distinción de género, por un proceso, en el fondo inexplicable, pero en el que corresponde la mayor parte a la impulsión poética. Por congruencias imaginativas—totalmente dentro del mecanismo de la creación poética—fue masculino el Sol y femenina la Luna, por correspondencia de magnitud; y por fuerza y vigor, masculino el viento y femenina la brisa; y por evocación de los dioses que lo personificaron, femeninas la Victoria y la Fortuna; y «el mar» fue masculino para el hombre que lo teme en su orilla, y femenina «la mar» para el marinero que con ella se familiariza de un modo casi matrimonial. Todos estos son productos de puros hallazgos poéticos. Aunque quede un enorme campo para lo ilógico e inexplicado, movido muchas veces por fútiles azares fonéticos, como ocurre en el diente y la muela, donde se da hasta la descortesía de que el varón pasa por delante de la hembra.
En realidad, la benevolencia que el algebrista ha tenido para el poeta, atribuyéndole hasta una función de coherencia lógica, correctora de los empirismos de la gramática, proviene de la esencia mucho más cognoscitiva de lo que el vulgo cree que lleva en sí la creación poética. La poesía no es una forma de emoción ni de vaguedad sentimental. Es una forma superior de conocimiento, un modo de intuición. Cuando Platón expulsaba a los poetas de su República ideal, no los expulsaba por desordenados o bohemios, como hoy pensaríamos, sino por poseedores de una fuerza cognoscitiva—la intuición—demasiado supra-racional, detonante y peligrosa, por eso, como un explosivo, para el buen orden de una Ciudad que él señalaba regida por la pura sabiduría racional.
No nos asustemos, pues, tanto de esta imprevista amistad del Álgebra y la Poesía. El poeta no está fuera del mundo cognoscitivo. No son los poetas, que crean en una espléndida vacación de todo esfuerzo racional, los que se vuelven locos, sino los ajedrecistas o los contables que fuerzan la elasticidad de la potencia racional. Yo, que como escritor de espíritu hospitalario recibo no pocas visitas de locos mansos y sueltos, he observado que pocos me traen versos o sentimentalidades, sino que casi todos me traen proyectos de ley, cálculos cronológicos y, sobre todo, cuadros sinópticos donde pretenden meter a dos tintas todo el universo conocido. La locura es un vicioso empleo de la razón que ha roto su instrumento. No son los locos los exaltados de la emotividad. Son los borrachos de la razón.
De tal modo se mueve con legítima autenticidad la creación poética, dentro de esa correspondencia que nuestro compañero ha cifrado en términos de álgebra y que en el fondo pertenece a la función cognoscitiva, que se ha llegado a decir que las cosas no se conocen del todo hasta que se conocen poéticamente. No son los naturalistas ni los botánicos los que nos dan la imagen más vivida y usada de la Naturaleza. Son los poetas. Son Teócrito o Garcilaso o Keats. Cuando decimos «la rosa», la resonancia espiritual que nos produce la audición de la palabra o la visión del objeto, no es la rosa analítica de los científicos, clasificada en tal género y familia. Eso no está vivo en nuestra conciencia. Eso es preciso reanimarlo en ella con una buscada excitación espiritual. La rosa que está viva en nuestra conciencia, la que espontáneamente asociamos al objeto o la palabra, es la rosa de Anacreonte o de Rioja: esa acumulación de perspectivas estéticas y sentidos trascendentes que, conocida por los poetas de todos los tiempos, ha sido entregada al lenguaje como la rosa última y total.
Es fácil que alguien le coloque a este sabio esfuerzo del profesor Rey Pastor, como a mis modestísimas palabras de comentario, el consabido membrete que quisiera ser lápida sepulcral de todo intento especulativo: «¡cuestiones bizantinas!». Fue lo que se dijo de la famosa disputa de los «universales» entre los «realistas», que creían en una cierta realidad de los conceptos comunes, y los «nominalistas», que creían que éstos eran meras palabras: «cuestión bizantina» que aún sigue latente en toda la filosofía y que Rey Pastor sabe—y nos lo ha dicho—que está subyacente en el mismo pleito del lenguaje entre los empíricos y los idealistas. En el terreno neutral de la Lógica, Rey Pastor ha querido apaciguarlos con su tratamiento algebraico del lenguaje. «¿Cuestión bizantina también?» Quizá, si nos acordamos de que Bizancio, gran catalogador y ordenador de una herencia clásica que ya no era creadora, dio a muchas cosas el perfil, la forma y el orden con que nos son conocidos. ¿Y qué es una civilización sino se nos da de este modo: como algo codificado, reglado y teorizado? Toda esa tendencia actualista y pragmática, desnudismo intelectual y sinsombrerismo del espíritu, desaseo de formas y ruptura de respetos, que alcanza con sus demoliciones desde la cortesía a la filosofía, acaso no es otra cosa sino un temerario repudio irresponsable de esa gigantesca «cuestión bizantina» que es toda nuestra civilización occidental.
Permitidme, pues, este último bizantinismo, que es la establecida y cortés bienvenida al nuevo compañero. Bienvenido a nuestra casa el gran matemático, que en su primer paso en ella, lejos de secar el idioma, lo ha encarado desde un ancho sistema de correspondencias algebraicas que aloja tan hospitalariamente la creación verbal de los poetas. Vecinas han estado en esta sesión la Matemática y la Poesía, como en el viejo cuadrivium escolástico, frente a una cultura ordenada hacia la suprema Unidad, lo estuvieron la Aritmética, la Geometría, la Astronomía y la Música. No olvidaron del todo los poetas estas viejas amistades. No hace mucho que Rafael Alberti cantaba aquellas vírgenes con escuadras y compases, que velaban las celestes pizarras donde el Ángel de los Números volaba, pensativo, «del uno al dos, del dos al tres, del tres al cuatro». Ni hace mucho que otro poeta, encarando el sentido pitagórico de la música del maestro Falla, le decía:
«tu arte es el arte que el esfuerzo crea
sobre el segundo cielo sin aurora
donde cantan el Número y la Idea».
Hoy, D. Julio Rey Pastor viene a pagar con sus fórmulas la visita que los versos le hicieron a sus predios. Y por eso, porque la Real Academia no quiere estar acampada en ninguna estrechez exclusivista, sino, al contrario, frente a ese mundo clásico de armonías superiores y fecundas vecindades, al entrar en nuestra Casa un gran matemático, por delegación de ella, ha salido a recibirle un pequeño poeta.