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miércoles, 25 de febrero de 2026

El rey sin reino


El rey sin reino


 



Ligeras como sombras dóciles, las manos de Clara le acariciaron la cabeza y luego reposaron con abandono confiado; las yemas de los dedos quedaron inmóviles sobre las sienes del hombre, donde latían con un ritmo lento y cálido, interno, casi solemne. Al final, sus palmas cubrieron aquel cráneo sólido como una certidumbre.
—Todo está vacío —murmuró Andrés.
Las palabras le salieron pesadas, torpes, como si no estuvieran hechas para sostenerse solas.
Clara contempló desde arriba el cuerpo relajado y fuerte que ocupaba toda la longitud del sofá. Un pie —el calcetín arrugado en torno al tobillo— colgaba lacio sobre el borde. Mientras lo miraba, la mano de él abandonó el costado y fue, vacilante, hasta la boca, donde se tocó los labios aún fruncidos.
—Todo es mentira —añadió, hablando ya detrás de los dedos.
Clara no respondió de inmediato. Seguía observándolo con una atención cansada que no era del todo ternura ni del todo paciencia. Pensó —como pensaba siempre en noches semejantes— que los escritores hablan demasiado cuando no escriben, y que cuanto más se les cierra la página, más se les abre la boca, como si las palabras no usadas exigieran salir de cualquier modo, aun deformadas.
—El problema —dijo al fin— es que confundes pensar con decir. Y escribir no tiene nada que ver con ninguna de las dos cosas. Es sentarse cuando ya no queda nadie escuchando.
Andrés sonrió apenas, sin abrir los ojos.
—Eso lo dicen los que todavía creen que van a terminar algo.
Habían apagado la calefacción una hora antes, y el piso —un tercero interior cerca de la glorieta de Bilbao— empezaba a enfriarse con una resignación antigua. Clara miró el reloj: la una. A esas horas Madrid seguía respirando ahí fuera, como si la ciudad se negara a reconocer el cansancio. Dentro, en cambio, el frío avanzaba despacio. No había corrientes; algunas espirales opalinas de humo permanecían inmóviles cerca del techo, suspendidas como ideas que no llegan a nacer.
Su mirada recorrió la habitación con la precisión de quien examina un escenario tras el ensayo: la botella de whisky, las piezas de ajedrez revueltas sobre la mesa camilla, un cuaderno abierto y boca abajo en el suelo —el suyo, con dos páginas escritas y muchas más pensadas—, y las colillas y cerillas consumidas, restos de una velada que había querido parecer brillante.
De repente, recordó a Luis. Había venido aquella tarde, unos días atrás, con su maletín de cuero y sus manos tranquilas, apenas rozando los papeles de su cuaderno. —No quiero interrumpir —le había dicho—, solo venía a recoger el manuscrito que me dejaste. Su presencia había sido un alivio inesperado; sus ojos claros parecían capaces de leer sin juzgar, de sostener la ansiedad que Clara sentía cada vez que Andrés se exaltaba. Ella había sentido, por un instante, que la literatura podía ser algo que se hacía, no solo algo que se decía. Luis se había marchado sin hacer ruido, y su paso calmado había dejado un recuerdo de orden y mesura en aquella habitación que siempre parecía a punto de desbordarse.
—Vamos, tápate —dijo, desdoblando la manta—. Estas casas viejas se llenan de aire malo por la noche. Andrés abrió los ojos. Eran de un azul verdoso, del mismo tono gastado que el jersey que llevaba. En el rabillo de uno, una delicada red de venillas rosadas le daba una inocencia impropia de un hombre que había publicado un libro hacía años y llevaba otros diez hablando de los siguientes. Con la cabeza recostada en las rodillas de Clara, la garganta arqueada sobre el cuello abierto de la camisa, resultaba extrañamente vulnerable.
—Un rey sin reino… —dijo.
Al hablar, bajó los párpados hasta dejar los ojos reducidos a una rendija burlona. Y Clara supo, con un sobresalto seco, que no estaba tan borracho como fingía. Aquello no era alcohol: era resentimiento.
—Luis ya se ha ido —dijo ella—. No queda nadie a quien convencer.
—Siempre queda alguien —respondió Andrés—. Alguien que todavía cree que va a escribir algo que importe.
Clara no replicó. Pensó en su cuaderno, en las frases tachadas, en las que aún no se atrevía a escribir. Pensó también en Andrés, en cómo había convertido la literatura en una patria perdida y la derrota en una forma de estilo.
—Todo está hueco… —añadió él—. Hueco por dentro.
Ella le apoyó la mano en la barbilla.
—No —dijo—. Lo que pasa es que tú ya no sabes qué hacer con el silencio.
El silencio se hizo espeso, casi físico. Andrés no respondió. Permaneció inmóvil, como si aquella frase hubiera terminado por apagarle algo que ya venía fallando desde hacía años. Clara retiró la mano y se levantó con cuidado, como si temiera hacer ruido en una habitación donde ya no quedaba nada que proteger.
Fue hasta la mesa camilla y recogió su cuaderno. Lo sostuvo un instante entre las manos, dudando, como si esperara que pesara más. Luego lo abrió. Las dos páginas escritas seguían allí, torpes y valientes, llenas de tachaduras. Arrancó la primera con un tirón seco, la dobló con precisión y la dejó sobre la mesa, junto al vaso vacío y las piezas de ajedrez caídas.
Andrés abrió los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó, sin alarma, como quien llega tarde a una escena.
—Dejar de ensayar —dijo ella.
Se puso el abrigo sin mirar atrás. En el pasillo, la luz era más blanca, más impersonal. Abrió la puerta y el rumor de Madrid entró como una respiración ajena, viva, indiferente. Antes de salir, se volvió una última vez.
Andrés seguía sentado en el sofá, encorvado, con la manta mal echada y la hoja de papel delante, sin atreverse a tocarla. Por primera vez en toda la noche no hablaba.
Clara cerró la puerta con cuidado.
En el piso quedaron el frío, el humo detenido, la botella vacía. Y un hombre solo, frente a una página que ya no era suya, escuchando cómo la ciudad seguía escribiéndose sin él.

©Humberto 2026

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