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lunes, 15 de diciembre de 2014

BAJO LA ARMADURA


BAJO LA ARMADURA

«Dice la leyenda que ningún hombre que lleve la ufanía de una estrella en el pecho y tenga por horizonte el lucero de la justicia caerá en Navidad».


Menos de media hora antes del tiroteo, cuando los atracadores entran en el banco el reloj marca las doce horas, treinta y cinco minutos y trece segundos. Se cruzan con una empleada que salía del establecimiento que los mira por su aspecto. Se llama Carmen y es la cajera, acaba de terminar su turno debido a que está a media jornada por conciliación de la vida familiar. No ha advertido nada. Dirá, entrevistada por una periodista días después, que intuyó que los individuos no venían a nada bueno, pero que jamás pensó que llegaría a pasar todo eso.

Es el día del sorteo de Navidad. Aún no ha salido el gordo. En el vestíbulo se encuentran únicamente dos clientes: una chica joven que hace cola —lleva en las manos un libro y a la espalda una pequeña mochila— y un hombre algo mayor, de origen marroquí, vestido como un camarero, al que atienden en la ventanilla. Parece, por lo que discute, que hay un problema con un cargo irregular en su cuenta. Se llama Mohamed Nasser, tiene cuarenta y dos años y está enfadado: sabe que cuando te clavan un recibo que no es tuyo, te lo comes. También sabe que si, doce años antes, cuando se vino a España, le hubieran dicho que tendría una cuenta y algo de dinero en ella, no lo habría creído. Tampoco la tarde en que, por fin, tras una regularización y años sin papeles, pudo ser contratado y convertirse en camarero: justo lo que era en Nador. Ese mismo día llamó a su casa desde la pensión, a cobro revertido, se lo contó a su madre y los dos lloraron. Anoche, al comprobar en el extracto un cargo de mil euros por una compra en Nueva York, durmió con sofocones creyéndose víctima de una estafa; por eso pidió, hace un rato, permiso a su jefe en la cafetería y se encuentra ante la ventanilla.

Tuvo dos pesadillas: soñó con la ruina y con que lo desahuciaban por impago. De cada sueño se despertó con palpitaciones. Pero no soñó ni de cerca, ni durante la víspera, en que sería atracado. No soñó con que sería testigo de un tiroteo.

 Ahora, la chica que tiene detrás mira por encima del hombro del señor para calcular, por la expresión de la empleada, si tendrá mucho que esperar. Está de vacaciones, por fin, y ha convencido a una amiga para irse a un bar a celebrarlo. No se lo ha revelado, pero quiere ver si aparece su amor secreto. Y luego mira detrás, a los tipos que acaban de entrar. No puede evitar, al verlos, apretar fuerte contra su pecho el libro en cuyas páginas lleva oculto el dinero que su madre le ha dado para tapar un descubierto. Están en números rojos y quieren evitar las comisiones metiendo todo el dinero de la extra recién cobrada. Se llama Corina; vino de Rumanía hace cinco años, cuando contaba doce. No le va bien en el colegio y ha repetido un curso, porque nunca aprendió a leer en español, aunque todos piensan que es porque no se esfuerza lo suficiente. Su padre no trabaja y el único sueldo que entra es el de su madre.

Afuera llueve mansamente y hace frío. Por la vidriera esmerilada de gotas, pasan varias personas, indiferentes, pensando quizá en ser agraciadas en el sorteo.

Son dos hombres: uno alto y calvo y el otro muy moreno y fuerte. El hombre alto se ha ido hacia la puerta y mira con fijeza al exterior; siguiendo Corina la dirección de su mirada, comprueba que no la dirige a la lluvia, sino a los transeúntes y a los vehículos, en especial a uno negro que está estacionado en marcha. El hombre fuerte sigue detrás de ella, esperando inmóvil; lleva una gabardina y la mano sobre un bulto que le sobresale del costado.

Se llaman Pedro: Barrull, el hombre calvo; García, el hombre fuerte. Aunque todo el mundo los conoce por los motes: el Paleta y el Lejía, respectivamente. Ambos nacieron en aquella misma ciudad, el mismo año, 1966, en el mismo barrio; y fueron juntos al mismo colegio, los dos se drogaron a la misma temprana edad de quince y formaron parte de la banda con la que participaron en muchos atracos y robos, los dos estuvieron entrando y saliendo de la cárcel desde que cumpliesen los dieciocho hasta la actualidad; los dos llevan dos y tres años de condena; los dos están libres porque se les ha concedido un permiso por Navidad; y los dos están convencidos, a las doce horas, treinta y seis minutos y veintiún segundos, de que será fácil dar «el palo» en esa sucursal de barrio. Llevan un arma. Lo tienen bien estudiado y hablado en «el talego».

Raudo y con pasos cortos, el Lejía sale de la fila, saca una pistola y encañona a la cajera. De servir en el tercio le queda un diente mellado que le partió un sargento de un golpe, un tatuaje, cierto aire marcial y conocimientos de armas lo suficientemente sólidos.

La cajera se llama Mónica, tiene treinta años, está divorciada, es madre de una niña de seis y lleva únicamente dos días en ese empleo. Está tan concentrada en no cometer errores con el ordenador que no reacciona al ver el agujero negro del cañón de un arma tan cerca de su rostro. Es necesario un «¡Esto es un atraco!», seguido de un «¡Mete la pasta en la bolsa o te pego un tiro!», para que finalmente se ponga en pie. Antes de eso parpadea tres veces y luego deja escapar un gritito.

Del despacho situado a su espalda sale, al oír las voces, Javier, el otro empleado y director accidental. Tiene cuarenta años, es economista de formación, está casado y tiene dos hijos. En quince años en banca ha sufrido diez atracos. Con el presente, once.

—¡Esto es un atraco! —repite el Paleta, corriendo las cortinas del ventanal. No lleva armas. Nunca. Ni siquiera una navaja. Aprendió esa lección muy joven, de juzgado en juzgado, viendo cómo sentenciaban con el agravante de ir armado. Lo apodan así desde crío por el oficio de su padre y porque su madre era de pueblo. El mote no le hace justicia, porque laboralmente nunca dio un golpe. Aunque sí «golpes» como el de hoy, más de treinta. Y hasta tumbos.

Javier se queda quieto y levanta, mecánicamente, las manos.

—¿No me has oído? ¡Meted todo el dinero en una bolsa! —ordena el Lejía.

Ha pasado dentro del mostrador y ahora manda a Javier abrir la caja fuerte, la que sabe que se encuentra en su despacho.

—Si la abro y retiro todo el dinero, saltará una alarma silenciosa —le advierte, avanzando encañonado hacia el despacho mientras mantiene las manos en alto.

—Me la suda. Para cuando lleguen los maderos estaremos lejos. Tú ábrela —responde el Lejía, apuntando alternativamente a la caja y al director.

—Si os portáis bien, no habrá ningún problema. Pero si no es así, os matamos; estamos dispuestos a todo —vocifera en la sala el Paleta.


Corina y Mohamed se miran, desconcertados, sin saber qué hacer. Mohamed piensa que también es mala suerte ser víctima dos veces seguidas. Mil euros y ahora esto, se dice. Corina que llegará tarde a la cita con su amiga y que ya no verá, como era su deseo, al policía guapo del que lleva enamorada en secreto desde septiembre. Mantenía el libro apretado contra el pecho, resignada e inmóvil. Tenía un perfil precioso, pero nadie se lo había dicho aún. Arrastraba complejos por ser foránea. Los de su país, solía decirse, no estaban bien vistos allí. Curiosamente los marroquíes como el señor de enfrente tampoco lo estaban.

Mónica miraba a su jefe mientras metía el dinero de la caja en una bolsa de plástico, y Javier  miraba al hombre calvo, el Paleta. Desde lejos el Lejía miraba a todos. La única que no miraba a nadie era la niña. Tenía la vista, obstinada, al frente, y le caía por la cara una lágrima gruesa, brillante. Un reguero denso que se le quedó suspendido a un lado de la barbilla. En los diez segundos que han trascurrido, las amenazas se han repetido a dúo constantemente y la tensión ha subido, el Lejía los apunta con furia.

Mohamed lee el título del libro que ella tiene: De los Amores que Nunca Fueron, Víctor Laso (1963).

Afuera, la lluvia amenaza con no cesar, lo que antes eran pequeños charcos, se han convertido en profundos lagos. Llora el cielo sobre los tejados.

En la misma calle, doblando la esquina, en el bar al que Corina no acudirá, están Martín y Pablo. Esos son sus nombres, pero todos los conocen como los Guapos, porque de siempre hubo otro binomio en el turno al que llamaban los Feos.

Martín es el veterano de la pareja, con siete trienios, licenciado en Filosofía y Letras, viudo y padre de un hijo de trece años. Pablo, el nuevo, tiene treinta, es soltero y deportista. Forman parte del servicio más ingrato de la policía, el que pocas veces sale a su hora, el que se come todos los marrones, el que hace domingos y festivos: Atención al Ciudadano. Aunque para ellos sea el más honorable según ciertos momentos del día, decidieron hace un año, al llegar procedentes de fuera, estar allí por voluntad propia.

Acodados en la barra, le dan tientos a un café muy caliente que les ha servido Erika, una venezolana de 28 años, de pelo negro y sonrisa blanca. Son asiduos de ese bar por el café y las sonrisas que les dispensa la camarera, suficientes por sí mismas para alumbrar el local y aliviar un poco los diciembres con que sangra el ánimo de Martín.

No había mucha gente aquella mañana. Al fondo, pendientes del televisor que retransmite el sorteo, un grupo de hombres, trabajadores del barrio, charlaban y hacían horas extras con un carajillo.

Comentaban lo de la compañera gallega, una desgracia, y hablaban de los chalecos. Desde aquel día, todos se los han puesto. Se dé o no se dé, los policías saben que tarde o temprano pueden hallarse frente a la negra abertura de un cañón, en una línea de tiro. Y bajo la armadura, por mucho calor que dé y por incómoda que sea, se puede tener una oportunidad de contarlo.

Hace un rato ha entrado don Ibrahim, el profesor de historia del instituto al que asiste Corina, y se ha unido a la conversación.

—La culpa fue del gobierno, por no dotarla de chaleco —está diciendo don Ibrahim.

—Muerte no vengas que disculpa no traigas —replica Martín.

—La culpa es de quien apretó el gatillo —dice Pablo.

—La culpa, estimado profesor —interviene Martín, con tono profesoral— es de la ley. No puede ser que la ley permita que alguien con tantos antecedentes haya cumplido tan pronto su condena como para salir y seguir delinquiendo.

Se callan todos unos segundos, asimilando aquellas palabras. Ibrahim se limpia las gafas y dice:

—Recibir un disparo debe ser algo tremendo, ¿no?

—Un tiro es como el rayo: a unos fulmina y a otros espanta —dice Martín.

—Esa chica fue una valiente —asegura don Ibrahim.

Martín arruga el ceño y se pone serio:

—Si la valentía fuera un complemento, Vanessa debería cobrar la máxima retribución.

—¿Vosotros lleváis chaleco? —pregunta don Ibrahim.

—Sí, profesor, llevamos «lorica».

Ríe el profesor. Martín y él fueron compañeros de facultad; su amistad se fraguó en muchas conversaciones de lengua, literatura e historia. Lo recuerda como un tipo brillante que decidió no esperar más la convocatoria de oposiciones a cátedra, suspendidas por segundo año, y se enroló en el oficio familiar para casarse.

—¿«Lorica segmentata»? —pregunta burlón don Ibrahim.

—No, «lorica musculata». El músculo lo ponemos nosotros. Y todo lo demás: corazón, alma, cerebro.

Ríen todos.


En septiembre pasado lo invitó a que diera una charla a sus alumnos: Las FFCCS como salida profesional. Pudo haber sido un buen profesor, pues todavía al explicar, al exponer, se le notan maneras. Recuerda cómo al terminar se sentó sobre un pupitre en el centro del aula y les hizo preguntas, sobre sus aspiraciones, sobre si sabían lo que era esto o aquello; quería saber hasta dónde habían aprendido. Luego había charlado con una alumna a quien regaló un libro. Me gusta comprobar que en esas cabecitas has sembrado algo de cultura, el esqueleto al menos de la idea, le había dicho Martín ya afuera, en los pasillos, camino de la salida.

—Le has regalado un libro a Corina. ¿Cuál era?—quiso saber el profesor.

—Uno que a mí, a su misma edad, me hizo cambiar después de leerlo. Lo escribió mi mentor, un viejo policía.

—No es buena estudiante y —moviendo la cabeza—me parece que no lee.

Martín sonrió de medio lado.

—Tampoco yo lo era. Por eso se lo di.

—¿Qué quieres decir, Martín?

—Esa cría es inteligente pero no sabe leer de corrido. No está escolarizada en su lengua materna. El día que lea correctamente estudiará y pensará tan bien como el resto.

—Ya entiendo, el efecto Pigmalión, estimular a un estudiante haciéndole creer en sus posibilidades. Como en la película, My Fair Lady, donde hacían de una florista vulgar toda una dama.

—Uno jamás se ríe haciéndose cosquillas a sí mismo, sino cuando se las hacen. Procura, Ibrahim, que la muchacha lea el libro.

 

A veces, mientras hablaba Martín, sus ojos se habían encontrado con los de Erika. La mujer había permanecido atenta a ellos, escuchando la conversación, y sólo a veces hacía un comentario breve o deslizaba una pregunta, cuya respuesta aguardaba con atención cortés.

Martín se había criado en aquel barrio, un barrio pequeño y populoso de la ciudad, donde el mar se asoma a las ventanas para verse bonito en los cristales, justo un par de calles más allá, es conocido y bien considerado por la gente del barrio, quienes saben que puede contar con él para todo.

Cóbrate, le dice a Erika dejando un billete sobre el mostrador.

Junto con la vuelta, en un platillo, Erika entrega un décimo de lotería que deja, suavemente, entre el espacio de las dos manos de Martín. Éste mira el décimo y sus uñas lacadas repiqueteando.

—Es el último que me queda —dice ella.

—¿Y esto?—quiere saber el policía.

—Aún no ha salido ‘el gordo’. Todavía puede tocar. Y si no para que te dé suerte.

La sonrisa del inveterado policía es amistosa y segura. Casi benévola. La de la camarera encierra claves milenarias hechas de reflejos femeniles: El décimo, más que un regalo es una invitación. Una noche, después de mucho insistirle ella, salieron y lo pasaron bien. Pero el recuerdo de su esposa fallecida lo atormentaba tanto que no dio el paso siguiente. Erika no ha perdido la esperanza de que lo dé.

 Dentro, los atracadores están nerviosos: la caja no acaba de abrirse. Un atraco habitualmente suele durar un minuto o un minuto y medio. Pero cinco minutos son como dos horas. Sin hacer nada, es una eternidad. Y para colmo, en la ventanilla apenas había mil quinientos. El cabreo del atracador calvo, alias el Paleta, es tal que revienta uno de los ordenadores de una patada que le pega. Mónica, del susto, pulsa el botón del pánico. Rebobinará mil veces el vídeo en el futuro. Verá su acción vehemente, casi de pánico, mientras ninguno de los dos atracadores se da cuenta de ello. Comenzará, en enero próximo, a tener problemas de ansiedad, cuando en la prensa sensacionalista le culpen de haberlo provocado todo.

Entonces, el Lejía, consultando  el reloj y volviéndose para el Paleta, le grita:

—Quítales el móvil a todos, para que no avisen nadie.

El Paleta se vuelve hacia el marroquí y la chica rumana y sin muchas contemplaciones, más bien ninguna, exige que se los entreguen. Mohamed Nasser obedece, pero la chica no. Tiene su móvil en la mochila, y es su única posesión en este mundo aparte del libro. No, dice resuelta. El Paleta arruga la nariz, y le pega una bofetada. Fuerte, seca y eficaz, la mano abierta y los dedos juntos. Espera tres segundos y pega otra. Han restallado como dos latigazos.   

—¡El móvil he dicho!

Un hilillo de mocos cuelga de uno de los orificios de la nariz de Corina. Que aún tiene el cuajo de torcer un poco los labios y mirar con enojo al atracador mientras saca el móvil de la mochila y se lo entrega.

Se volvía ya hacia los empleados para quitarles los suyos también, cuando algo llama la atención del Paleta que se queda mirando la pantalla que tiene en la mano. La luz azulada ilumina sus ojos parpadeantes. La niña tiene como fondo de pantalla, nada menos que a un par de policías. Suelta un exabrupto y tira el aparato al suelo que se desarma como antes el ordenador, y que pisa varias veces aplastándolo.

—Hijoputa.

Otra bofetada, seca como un disparo. Mohamed da un paso adelante, dispuesto a intervenir, pero el atracador lo detiene con un ademán: el de mostrar el puño. Tiene para todos, parece decir. Y Mohamed avergonzado, retrocede y agacha la cerviz. Le habría gustado ser valiente y fuerte, pero desgraciadamente no lo es. Corina mira el montón de trocitos rotos de lo que era su única posesión, llorando. Recuerda cuando fotografió a los policías, sin que se enteraran. Fue un domingo de hace un mes. Los Guapos, así los llamaba la propietaria, entraron en el bar en el que estaban ella y su grupo de amigas, y el de mayor edad de los dos la reconoció como la alumna del instituto al que habían acudido para dar una charla, y se acercó a saludarla, habló un rato con ella y le preguntó por el libro que le había regalado. El mismo que llevaba ahora, y que no sin ruborizarse, confesó, que había leído dos veces. El otro, el que le gustaba, se limitó a mirar desde la distancia, sonriendo de vez en cuando. En realidad nunca decía nada, cuando estuvieron en clase únicamente habló todo el rato el otro, pero daba igual era su amor platónico, desde entonces, y cada vez que veía un coche patrulla se quedaba mirándolo pasar por si iba él. Así que no lo dudó, sacó el móvil y, protegida por sus amigas, zas, se la hizo. Amplió mil veces la foto para ver el rostro del joven, el policía guapo. El mayor, se decía a veces, no estaba mal, interesante, pero el que realmente le gustaba era el joven.

Ahora, gime para sus adentros, mientras nuevas lágrimas se suman al surco de las anteriores: ya no tiene ni foto ni móvil.

El Paleta, echa entonces un nuevo vistazo afuera para ver si todo está en orden. Desde el vehículo estacionado afuera alguien le hace una señal interrogativa, que éste devuelve pegando la palma de la mano sobre el cristal. Un poco más de tiempo parece decirle.

En el vehículo está el Viti, flaco, sienes rapadas, arriba los pelos de punta y largos por detrás, veintiún años, la inteligencia justa para pasar el día. En el tiempo que lleva de espera ha fumado tres cigarrillos, uno tras otro. Le tiembla el pulso. Es sobrino del Lejía y ese día los acompaña a dar el golpe porque le han prometido cien euros únicamente por esperarlos con el coche en marcha, salir pitando cuando terminen, dejarlos en lugar seguro y no hacer preguntas. No sabe que dentro de tres minutos matará a un hombre accidentalmente con el arma con la que también disparará  por vez primera y que ahora, nervioso, palpa cada poco. Durante muchas noches del futuro, en la celda pensará qué habría ocurrido si en lugar de aparecerse esos maderos hubieran podido largarse con el botín. 

Deberías, le está diciendo Pablo al salir a la calle, prestar más atención a la camarera.

Detiene el paso Martín, media sonrisa en los labios.

—No puede ser. No funcionaría. Le saco una «mayoría de edad».

—Vamos, qué importa eso. Todos necesitamos amor.

—¿Amor?

No se ha echado a reír, piensa Pablo con alivio. Tampoco dice ninguna inconveniencia, como llegó a temer. Su escepticismo sólo suena grave. Correcto. Parece sinceramente inclinado a soltarle una de sus famosas frases lapidarias, para evitar la explicación de por qué no hacer lo que le sugiere.

—¿Amor? —Repite.

Espera un segundo y la suelta:

—Vamos, la gente no quiere amor; la gente quiere triunfar, y una de las cosas en las que puede hacerlo es en el amor.

Nunca había triunfado en nada, por su forma de ser, no iba con él. No sabe que dentro de un mes su poema, Bajo la Armadura, escrito en memoria de la compañera asesinada, ganará un premio y se hará famoso su nombre, ni que un poco antes, el ministro lo condecorará con la medalla de plata al mérito que recogerá su hijo de trece años, arropado por cientos de policías de todas partes del país.

Entonces, cuando están a punto de subirse al vehículo, en el reloj: las doce horas, cuarenta y nueve minutos y cincuenta segundos, la emisora los comisiona: acaba de saltar alarma de atraco, adopten —añade la operadora— todas las medidas de precaución. Conocen bien la sucursal de que se trata, está justo al lado. Tardan siete segundos en abocar la calle. Estacionan aparte por precaución, diez metros antes de su entrada, y se acercan a las cristaleras a pie, prudentes, cautelosos. Pablo pega la cara y ahueca la mano en la frente, para echar un vistazo al interior por una de las ranuras de las cortinas y confirmar. Ve a un individuo de espaldas a él, y a otros dos, una chica y un marroquí, que están mirando para éste. Advierte que la cría está llorando y que el otro tiene cara de espanto.

Por su parte, algo llama la atención de Martín: el coche negro estacionado afuera, con el motor en marcha y con la sombra dentro de un ocupante. Su larga vida policial ha hecho de él un perro viejo, con olfato de sabueso; no es la primera vez que ha estado en un atraco. El día y la hora, sabe, son propicios para ello.

 

En el interior de la sucursal la cara del Paleta se ha quedado lívida cuando ha contestado al móvil. Qué pasa, le pegunta el Lejía. La pasma, el Viti dice que están afuera, contesta tartamudeando.

Corina echa un vistazo por un intersticio de las cortinas, disimula su alegría cuando reconoce a su amor platónico, que camina concentrado, la vista puesta en un vehículo, de reojo mirando hacia ella. O más bien, rectifica, hacia la sucursal. Por otro intersticio, ve al otro policía, el conferenciante que le regaló el libro. Ahora se siente, no sabría decir por qué, segura. Ellos le darán su merecido a este tío por lo que me ha hecho.

—¿Qué hacemos? —Pregunta angustiado el Paleta.

El Lejía pasea la vista, penetrante, por los dos empleados y por los dos clientes. En este momento, a las trece horas, un minuto y veintiséis segundos, es él quien cree que será buena idea tomar un rehén y entre todos elige a la chica. El Paleta quiere protestar, sabe de sus extrañas inclinaciones sexuales, pero se calla. No es momento de moralidades.

Afuera, Martín le había indicado a Pablo que neutralizara al ocupante del vehículo mientras que él se quedaba en espera de lo que ocurriese dentro, y Pablo se había encaminado hacia él, alejado unos pasos, cuando de repente la puerta del banco se abrió.

Al verlos salir, de improviso, sacan sus armas, dan unos pasos atrás y se parapetaran cada uno detrás de un coche, apuntando a cada atracador.

El Lejía obligaba a la chica a salir con él, la tenía agarrada del antebrazo pero como no se estaba quieta, pasando el umbral la cogió del cuello y la situó delante, como si fuese un escudo humano, clavándole el arma en la cara. Delante, a un par de metros, iba el Paleta, que se ha quedado parado cuando los policías le gritan: alto. Mira hacia atrás, a su compinche que le hace señas para que avance, pero no lo hace, la pistola de uno de ellos, el que tiene enfrente, lo apunta. Y la del otro apunta al Lejía que aunque «ladra» mucho, tampoco se mueve. Contra el Lejía no dispararán porque tiene a la chica, pero sí contra él.

—No voy armado —anuncia.

—Tírate al suelo, vamos —le ordena Pablo.

El Lejía vacila si obedecer o salir corriendo hacia el coche y que sea lo que Dios quiera. Mira la bolsa con los mil y pico euros. Por esa miseria, está pensando, no merece la pena complicarse con un secuestro ni arriesgar la vida.

En ese momento sale del coche el Viti balanceando la pistola sobre su cabeza, para que se vea que va armado, y la cosa se complica. Y mucho.

—¡Bajad las armas! —grita Pablo.

Martín examina al hombre que se protege detrás de su rehén. Reconoce su careto. Ha cambiado mucho, está más fuerte y avejentado, pero es él.

A las trece horas, seis minutos y veintitrés segundos un rumor de alegría se expande emanando de las radios y de los televisores, y de la gente gritando: acaba de salir el gordo.  Y ha tocado en la ciudad, concretamente en el barrio.

Pero ninguno de los seis están para loterías, ni siquiera interpretan a qué es debido el rumor. Para sorteo, lo que se está rifando. Ahora mira a Corina, sus ojos se cruzan. Comprueba que se acuerda de él y que está llorando. No me falles, parece decir su expresión de angustia, no dejes que me hagan nada malo.

Ni él ni Pablo han necesitado disparar nunca un tiro ni les han disparado, pero sí apuntado con un arma y, en respuesta, han apuntado con la suya. Pero esto de hoy es  diferente. Han repartido y pintan bastos. Conociendo como conoce al Lejía ya sabe que todo acabará mal. Tiene muy mal talante. Sin retirar la vista del alza de su objetivo, le dice a Pablo:

—Si hay problemas tira como sabes… Y haz blanco.

Pablo lo mira de reojo sin despegar la vista del idiota del conductor, cuyo hombro tiene en la mira. «Le disparaste porque lo tenías que hacer y punto», le dirá su hermano Pedro medio año más tarde, borrachos los dos, en un pub. «Parecía que estuviera en un entrenamiento, joder, y que el tiempo se hubiera detenido», le dirá al monitor de tiro  de la escuela de Carabanchel, dos años después, en una clase, en el curso de promoción a oficial, cuando se le pregunte por todo aquello.

Pero ahora no piensa sino que todo es una faena, impropia del día, y que las probabilidades de que salga bien librado son escasas. Casi está a punto de vomitar el café bebido hace menos de quince minutos.

El Lejía mira desafiante a todas partes, se siente protagonista absoluto, y con la sartén por el mango. La docena de vecinos que curiosea en las ventanas retiene su atención. Debería advertirles, se dice. Dar aviso de que en cualquier momento puede llegarles un tiro. Sería interesante ver sus caras. Métanse adentro, porque lo mismo les cae un balazo.

—Oye, —espeta el Lejía con el tono alterado—. Dejadnos ir o…

Lo deja ahí, sosteniendo la mirada y examinando a Martín. O si no, está pensando, te llevo por delante aunque me busque la ruina.

Martín dirige una rápida mirada a ambos lados de la calle. Por la emisora han dicho que estaban a punto de llegar refuerzos. Agudiza el oído por si oye sirenas, o motores zumbando, pero nada de nada. Pueden pasar minutos hasta que lleguen. Decide, mejor, ganar tiempo.

—Vamos, Pedro García, deja a la cría. No te compliques.

Que el otro pronunciara su nombre lo deja sorprendido. Hace memoria. Él también empieza a reconocerlo. Alguien del barrio, que iba al mismo colegio, hijo de madero. Sonríe de medio lado recordando y dice:

—Veo que te hiciste madero como tu padre.

Lo de «madero» hace torcer el gesto al policía. Casi se ríe. A falta de argumentos mejores insultamos, piensa. Se supone que ahora yo debo llamarte «choro». El cañón de la pistola, observa Martin, ya deja en el pómulo de la muchacha una mancha bermeja.

—Veo que tú seguiste los pasos del tuyo.

El padre del Lejía, fue un famoso atracador de bancos en los setenta, violento y sin escrúpulos, igual que su hijo.

—No estamos ya en el cole, Martín.

—Pero sí en el barrio.

—La cría se viene conmigo. Es mi seguro.

—Sigues siendo un gilipollas, abusón, Pedro García. 

Ambos se reconocen y estudian mutuamente. Hay una vieja antipatía. Una cuenta pendiente. Se estudian de abajo arriba con ojo atento, calculando dónde pegar en cuanto el contrario mueva un dedo, si es que lo hace.

—Vamos, deja irse a la cría. No va con ella.

—No.

El atracador permanece inmóvil en el mismo sitio, mirando inquisitivo, con el cañón punzando el pómulo de la muchacha. Mundanamente amenazador. Lo que significa que aunque  matar un rehén es algo que jamás ha hecho, no le importa hacerlo.  El Paleta también permanece quieto, esperando acontecimientos, y al lado se encuentra el Viti, moviendo el arma indiscriminadamente, parece no entender a qué viene tanta charla entre su tío y el policía.  

—Si me obligas, la mato, madero.

Y es cierto, lo sabe. Sabe que la matará. Como sabe que ya está liada. Por un brevísimo momento, fugaz, piensa que lo suyo sería dejarlos irse con el botín, que estará asegurado, y que soltasen luego a la rehén, en algún sitio. Con un poco de suerte sin que hayan abusado de ella. Pero no, reflexiona. No sería digno de llamarse policía si permitiera eso. No es lo que se espera de mí. La niña lo sigue mirando angustiada, con dos ojos llorosos, tan grandes que uno se podría caer dentro. No dejes que me lleven, dice su expresión.

Mira el policía hacia el fondo de la calle, a los tejados de los edificios. Por allí, sabe, anda el de su casa donde estará ahora su hijo, esperándolo mientras monta el Belén tal y como era la tradición cuando su madre vivía. Solo faltaban dos horas para terminar el turno. Y volver a verlo. Sólo dos. Siente unas ganas enormes de tumbar al Lejía a puñetazos, pero no de pegar ningún tiro, con juzgados y declaraciones y abogados. La idea, en un momento así, es absurda. O no tanto. Lo hizo una vez; hace treinta y cuatro años. Recluido dentro de la memoria habita el niño de doce que dejó fuera de combate al macarra de catorce. A ráfagas recuerda ese día. El patio del colegio, el coro de muchachos formado en torno a ellos, la navaja que le muestra. Los de su panda coreando: ¡mójale!

Pedro García  iba  a la clase de al lado de Martín, por entonces era un repetidor que cursaba 8º. Aún no tenía el mote del Lejía, se lo pondrían mucho después, al volver de la Legión. Se había convertido en un macarra de catorce años que hacía pellas para frecuentar los billares y los recreativos, y que daba pequeñas sirlas. Se contaba de él que tiraba de navaja en las peleas. Esa mañana, como solía hacer en las pocas ocasiones en que asistía a clase, hostigaba en el recreo a los pequeños para sacarles los cuartos del bocadillo.  Aquella mañana se metió con dos pequeños de 5º y 6º, vecinos de Martín, y les robó. Ellos lo buscaron y llorando le pidieron ayuda. Para aquellos pequeños que fuera hijo de policía, era casi como serlo.

—Devuélveles el dinero, Pedro —dijo, neutro, plantado ante él y sus tres compinches y el resto de chiquillos que se habían arremolinado para verlo.  En el tono adecuado, alzada la cara. Como si lo pensara en voz alta. Nadie podía decir que se echaba atrás.

—No te metas, más te vale. Contigo no va la cosa —negando con la cabeza—. El dinero me lo quedo.

Y Pedro García blande la navaja sin abrir, cuya hoja doblada reluce como su colmillo siniestro.

—Ya me he metido.

Tendrá navaja pero él sabe pegar. Martín lleva varios meses entrenando en el gimnasio de la base con los chicos de la Reserva. Son tipos duros que se las ven a diario con lo peor de la gente y la sociedad —supuestamente civilizada— y un par de veces a la semana practican golpes, proyecciones y luxaciones. El sargento que imparte, un veterano de mostacho espeso, fuerte y con mucha presencia de ánimo, es padrino de uno de sus hermanos y amigo personal de su padre, y le ha tomado afecto por el potencial de la tremenda zurda que posee. Duro, rápido y al mentón y se acabará la pelea, muchacho, le decía siempre. Con el tiempo, tras la unificación, llegará a comisario. Y será jefe de la brigada cuando el joven Martín, egresado de la academia, llegue a Madrid convertido en policía. Aprenderá casi todo de él, todo lo que un buen policía debe saber.

—Tú lo has querido, pues.

Tras una corta vacilación, trata de abrir la navaja con un golpe de muñeca.

Martín ha apretado mucho el puño, y tensado los tendones, y al ver la hoja abriéndose, suelta un directo a la mandíbula de Pedro García, potente y demoledor. Crack. Cuando abre los ojos de nuevo lo ve caer al suelo, inconsciente. Se despertará a los dos minutos, aturdido como si lo hubiera atropellado el tren. Aquel día el director los expulsó a los dos. Martín no se defendió, no dijo nada de la navaja ni del robo pues no era un chivato. Su padre, montó en cólera al enterarse, le dio gritos sin quitarse la guerrera del uniforme, como si fuera uno de los delincuentes con quienes trataba, pero después, una vez se hubo calmado, escuchó las razones de su hijo y calló, como meditando lo que le había contado. Al día siguiente se fue al colegio de uniforme, se entrevistó con el director y le levantaron el castigo a Martín. Sabría mucho tiempo después, cuando fue mayor, que su padre le había dicho al director que su hijo había sido educado en sus mismos valores, con nobleza, para defenderse y defender a quien no pudiera hacerlo, al débil. Que si lo castigaban por eso, adelante, no diría nada y nada objetaría, pero que así era como lo había educado, para ser una persona valiente y recta, con principios, y para no arredrarse ante los abusones. Pedro García ya no regresaría a clase más. En el colegio, aquel año, no se hablará de otra cosa que del valiente Martín, del protector.

Parpadea, retornando al presente. No me dejes, sigue diciendo la mirada de la chica. Era un héroe cansado, con un corazón hecho de goteantes diciembres, pero obligado por el deber a seguir adelante. Siempre adelante.

Despega los labios el policía —con dificultad, pues tiene la boca seca— y pronuncia:

—La cría se queda.

Ha visto al idiota del conductor apuntarles, muy alterado, a él y a Pablo alternativamente, moviendo el brazo a izquierda y a derecha. Tiene una oportunidad que ha calculado geométricamente, como en el billar. Sale del parapeto. Avanza un paso. Baja el arma. El recuerdo de aquel día acompañaba el frotar de la pistola introduciéndose en la funda. Aprieta el puño y siente los tendones bombear sangre por el brazo rígido, como aquella vez. El Lejía, desconcertado, lo observa sin hacer nada. Entonces, por un brevísimo instante, como si cruzase por un punto de la calle donde la lluvia se desvaneciera con sutileza extrema para dejar un insólito vacío, Martín experimenta una incómoda sensación de irrealidad. Se parece, advierte asombrado, a caminar junto a un precipicio con la atracción del abismo tirando fuerte desde abajo: un vértigo desconocido hasta ahora. Sabe que lo que va a hacer no será explicable en la fría sala de un juzgado. Ni a nadie que no sea policía y le pregunte de modo convencional. Exhala aire. Ve las dos líneas de tiro convergiendo lentamente hacia él, y sus negras oquedades, cuando salta, los músculos activados, la respiración contenida, y, con toda la fuerza de que es capaz, golpea violentamente el mentón de un desconcertado Lejía que, ya con la cara desviada consecuencia del impacto, escupiendo saliva, le dispara a bocajarro. Se producen dos disparos más. Secos. Sonoros.

 

Antes de perder el conocimiento, a las trece horas, trece minutos y un segundo de la tarde, el hombre digno, el que como decía su poema «lleva una estrella en el pecho y por horizonte el lucero de la justicia», abre los ojos para ver qué ha pasado, ve que  Corina corre a guarecerse entre el hueco de dos coches y se agacha, las manos pegadas a las sienes, permaneciendo en cuclillas; ve al Lejía inerte un metro más allá, boca arriba, a escasa distancia de la pistola humeante, encasquillada, noqueado de un solo golpe, como entonces, con el colmillo siniestro asomándole en su boca; ve que el Paleta ha caído de bruces en el suelo, y que un torrente de sangre que se mezcla con el agua de lluvia, le mana de un agujero en la cabeza; ve al conductor, con cara de espanto, paralizado, llevándose la mano al hombro para taponar la herida por donde brota bastante sangre que le gotea por la manga, comprende que su compañero ha hecho lo que, a diferencia de todos allí, él sí había previsto, disparando y haciendo blanco, le ve también hacer una mueca de dolor y gimotear; ve a Pablo que emprende la carrera hacia el conductor y retira la pistola de un puntapié mientras lo obliga  a tirarse en el suelo, luego lo ve girar la cabeza varias veces hacia su posición; ve al Feo que salta del vehículo como expulsado por un resorte y al otro, el Feo segundo,  que se agacha para recoger el arma del Lejía y esposarlo; ve a un hombre pelirrojo con un móvil haciendo fotos en la primera ventana de un edificio; ve la línea de tejados del horizonte y recuerda el rostro de su hijo, haciendo el Belén; ve nítidamente a su padre abroncándolo por aquella vez que lo expulsaron del colegio; ve los labios bajo el mostacho del sargento de la CRG cuando le dice: «Duro, rápido y al mentón, muchacho. Qué buen policía ibas a ser si tu padre lo permitiera»; ve a su mentor, el comisario Aguilar, que le dice lo de que «la vida no es sólo el corazón que late, es también el pensamiento flotando sobre el corazón que ha dejado de latir», mientras le entrega una de las escasas copias que quedan de su libro, escrito con el pseudónimo de Víctor Laso; ve el rostro de su padre, malhumorado, mirando por la ventana, negándose a responder, cuando le comunica que no será profesor sino policía; ve el rostro de su madre, con la luz de la cocina cosiéndole el uniforme la vez que se le desgarró en una pelea entre hinchas de fútbol, ve la preocupación con que lo miraba; ve, detrás de las cristaleras del banco, un arbolito de navidad con luces blancas y rojas; ve las uñas pintadas de su primera novia, el día que la conoció, y ve a esa misma chica, ya mujer, amamantando a un crío; ve un féretro y se ve a él mismo, con treinta y siete años, que intenta que no la entierren; ve a su madre y a su padre que lo arrastran, con esfuerzo, por la calle del olvido donde la desgracia tocó su canción de invierno, un diciembre; ve por sexta vez una taquilla, en un vestuario de una nueva jefatura de un nuevo destino, que por sexta vez lleva su nombre y apellidos, y que como al comienzo está destinado en Seguridad Ciudadana, en «zetas», recordando el orgullo lejano al vestirse por primera vez su uniforme, y cómo se fueron desdibujando los lindes de aquella vocación al caer de los años, sin perder, eso sí, la satisfacción por el deber cumplido: el recto camino, el lucero en el horizonte.

 

Sin dejar de apuntar con el arma al Viti, que se tiende en el suelo, rendido y obediente, con el brazo sano extendido, Pablo echa un vistazo a su compañero, se encuentra tumbado sobre un costado y sangrando, le han dado en el tórax, a bocajarro, ¡el maldito chaleco no ha aguantado el impacto!, e informa de todo por la emisora, con honda preocupación. Son las trece horas, trece minutos y diez segundos de la tarde. Balística determinará, tres días después, que la munición empleada por Pedro García, alias el Lejía, era del tipo perforante, con punta de teflón: Capaz de traspasar una plancha de acero.

El Viti, parece mirar indistintamente el cadáver del Paleta y su arma caída al recibir en el brazo un certero disparo del otro policía, el que ahora le pisa el cuello con la rodilla mientras lo esposa; aprieta los dientes, y llora no sabe si por la fatal estupidez que acaba de cometer o por el dolor. O por ambos. En su informe el forense declarará a los dos días que la bala que traspasó la cabeza de Pedro Barull, alias el Paleta, provenía de la pistola reseñada con el número dos, o sea, la que portaba el Viti.

 

Lejos, al final de la calle, entre la oscuridad uniforme que, pese a la hora, se extendía y las luces azuladas de los rotativos, Martín veía la silueta de Erika acercándose hacia él, corriendo. Se va tornando todo más y más oscuro hasta que el negro lo absorbe. Ya no ve. Siente sueño o tal vez sea desfallecimiento. Le parece oír, fusionado con las sirenas y ahogado por el pitido que le zumba en los oídos debido a la detonación, que pronuncian su nombre. Trata de responder pero la sangre se le agolpa en la boca y únicamente puede vomitarla. Maldice para sí mismo. Sabe lo que eso significa. Ahora distingue la voz de Pablo, es él quien está gritando su nombre, a su lado, «¡Vamos aguanta, compañero!», le anima a la vez que tapona la herida; también la de uno de los Feos solicitando, muy enfadado, ofuscado por cada segundo que se pierde, una ambulancia por la emisora, y la de Erika, cuyos lamentos llegan nítidamente hasta él, pero no lo que está diciendo. Palabras sueltas: suerte, lotería y navidad. Abre los ojos, parpadeando, pero sigue sin ver. Trata de moverse, de alzar la cabeza, pero no responde ningún miembro. Gruñe y un nuevo vómito de sangre lo ahoga. La maldita armadura no aguantó el tiro, después de todo. No puede respirar y no siente el brazo con el que ha golpeado al Lejía, y a su rostro llega la tibieza de la sangre manando del pecho a borbotones, que se mezcla con la que sale de la boca y con el agua de lluvia que le cae blandamente y que, nota, cada vez es más fría. Llega el silencio después de la lluvia. Ni ve ni oye. Así que es esto lo que se siente, delibera, cuando se desangra uno. Hasta aquí hemos llegado en tan largo y azaroso viaje. Y se despide imaginariamente de su hijo y del Belén, de Erika y su blanca sonrisa, de la cría rumana, su «Fair Lady» particular, de su compañero Pablo, quien no tardando tendrá el dudoso honor de clavar su nombre y apellidos en la lista de la placa marmórea de la entrada de la base, la de Caídos en el cumplimiento del deber, a quienes ya no verá más. Y saluda, en el límite de desaparecer,  a ella, a la ausente, a su esposa, con quien ya mismo se reunirá: la vida es el pensamiento flotando sobre el corazón que ha dejado de latir.

En el reloj se marcan las trece horas, trece minutos y trece segundos del día del sorteo de Navidad.

 

***

 

 

 

Media hora después, el Dr. Peláez, terminado su turno en el hospital, ya está a punto salir cuando algo llama su atención y decide quedarse un rato más. En el box de urgencias entra en ese momento un herido muy grave, flanqueado por varios policías y enfermeros. Precisa ser operado urgentemente, le dice el médico de la ambulancia.

—Le han disparado. Inconsciente. La bala ha atravesado un pulmón y astillado no sé cuántos huesos, y está alojada dentro aún, y ya ha entrado dos veces en parada cardiorrespiratoria.

Había arrugado la frente para decir que no le tocaba pero hay algo que hace cambiar de opinión, y es que escucha decir a uno de los vigilantes que el hombre herido se trata de un policía.

—¿Dos veces?

—Sí, es un milagro que no haya muerto aún, es como si su corazón  se negara a dejar de bombear.

Levanta la sábana manchada de sangre y, colocándose las gafas, echa un vistazo al moribundo. Medita. Arruga de nuevo el hocico y decide, dándose la vuelta y tomando para el quirófano, que lo operará él mismo. No es mal cirujano el que entra a relevarlo, pero si existe alguien en toda la provincia capaz de conseguir algo, de obrar un milagro quizá, ese es él. Tiene una deuda de honor con la policía que el vigilante conoce. Y las deudas de honor se pagan.

Cuando todo parecía estar listo, con el cuerpo de Martín sobre la mesa de operaciones, entubado, e inducido a un coma para que aguantase, se presenta un problema al analizar el hematólogo su tipo de sangre.

—¿Qué le  pasa a su sangre?—pregunta el Dr. Peláez con la  mascarilla  puesta.

—No tenemos de ese tipo. Ni una gota

Son las trece horas y cuarenta y tres minutos de la tarde y necesitan ese plasma tan escaso como raro, urgentemente, tienen de plazo para conseguirlo hasta las quince horas como máximo, dice el Dr. Peláez mirando el reloj. Si no se muere antes.

 

La comunidad policial, acostumbrada al silencio administrativo —que es el peor y más ingrato de los silencios— de los gobiernos y a la inveterada orfandad institucional con su siempre renuente inacción, se mueve rápido al conocer la noticia. En diez minutos se cruzan cinco millones de mensajes entre todo aquel que pertenezca a un foro, grupo de mensajería o red social, solicitando sangre del tipo AB para la operación de un compañero herido gravemente en un atraco. Y empieza a expandirse el llamamiento de auxilio como una mancha sobre las cabezas y los corazones de todos ellos. Y todos sin excepción, así son y de esa pasta están hechos, se vuelcan cerrando filas: estatales, autonómicos, locales, portuarios, vigilantes, verdes, azules… Y, hermanados en la desgracia, consecuentes con lo que significaba, no falta ninguno al llamamiento. Ninguno faltó ese día, como las bolas del sorteo dentro del cesto que no han de salir pero que están. Los teléfonos de la jefatura echaban humo con llamadas procedentes de todo el país, incluso del extranjero, ofreciendo modos de transporte para el donante, dinero para cubrir gastos, posibles listas de donantes, lo que fuera. Y nadie de los salientes del turno de mañana se fue a casa, inseparables, sin exigírselo nadie, doblaron para atender las llamadas.

A las trece horas y cincuenta y nueve minutos aparece un donante. Se trata de un ertzainzta de Irún, llamado Asier, que siendo motero andaba con su grupo de ruta por la cordillera cantábrica detenido casualmente en las inmediaciones por la lluvia torrencial que caía, y que al enterarse, saldría disparado, cruzando de punta a punta toda la ciudad y que se plantará, media hora después, empapado, en la sala de trasfusiones y dirá: «saquen toda la sangre que se necesite, pues». Allí se encontrará con Manuel, un guardiacivil perteneciente a la UEI al que han traído desde León, donde pasaba las fiestas, en el helicóptero de Tráfico, sobrevolando los montes con nieve y con un viento racheado peligrosísimo la mayor parte del viaje, y aterrizando, con un par, en el helipuerto al pie mismo de Urgencias. Ambos se reconocerán y hablarán de sus respectivas vidas mientras les extraen sangre, de que  no se lo pensaron mucho cuando se enteraron, nada, de que así eran y así son, que de ésta pasta los fabrican, y al acabar se darán cuenta de la presencia de una tercera persona, una niña que ha estado callada todo ese tiempo. Extrañados le preguntarán qué hace allí. Y ella, ruborizada, les dirá, simplemente: que ha venido a donar sangre para el policía que le enseñó a leer de corrido.

En otro cesto, el inmenso cesto del universo donde se rigen los destinos y dan vueltas las bolas de las vidas humanas, justo dos minutos antes de las quince horas en punto de la tarde, salían tres premios consecutivos: Asier, Manuel y Corina.

A las quince horas en punto, el Dr. Peláez, respira y se deja caer hacia adelante, bisturí en mano, el cuerpo inclinado, y se hace silencio en toda la comunidad policial. Tiene dos horas por delante para devolverle a ese cuerpo una vida que se escapa como el agua entre los dedos, y devolver, de paso, una deuda de honor contraída el verano anterior con otros policías, quienes le hicieron jurar, como si del hipocrático se tratara, que en adelante los trataría como le habían tratado ellos. Puede intuir el futuro mientras avanza entre tejidos y ve un espacio mínimo entre el corazón y la bala que extrae, y sabe que esa vez triunfará sobre la muerte.

Se cumplía la vieja leyenda. No era llegada la hora de que aquel hombre valiente y honrado, de que aquel protector que arriesgó el pellejo a pesar de los pesares, desfilase al otro lado de la barrera. No era llegado el momento de que se reagrupara en el cielo con los otros caídos en el cumplimiento del deber.

Al dejar la bala caer en la bandeja, una de las enfermeras le dirá al Dr. Peláez: Mira, acaba de salir para él el premio gordo.

 



-FIN-

© Humberto 2014.

jueves, 27 de noviembre de 2014

LAS VÍAS DE LA VIDA

                                                                        LAS VÍAS DE LA VIDA


Prólogo

La vida policial es una compleja red de estaciones y vías ferroviarias. Unos marchan por trenes de cercanías y otros en largo recorrido, los hay que van en interprovinciales y de alta velocidad, o que discurren bajo tierra, subterráneos, como el metro... El tiempo se pasa en tratar de sacar billete y tomar uno, el tren para el destino soñado, en un inútil correr hacia una nueva estación, partiendo todos de una central. Pasan montañas y valles para el viajero, se suceden los andenes, se cambia de vagón…



Se apagan las luces de las farolas, se enciende el día. El tímido sol de mayo se desparrama lentamente por la fachada de la comisaría mientras Jacinto, el de puertas, sale a su puesto. Allí se cruza con las señoras de la limpieza que lo saludan. Echa un vistazo a su alrededor y comprueba la misma escena de todos los días: en el bar de enfrente sacan el toldo y preparan las mesas y sillas, en la barra ya hay un madrugador que toma café; la cola de la parada del autobús esperando indolente a ser engullida; las madres que llevan a sus hijos al colegio cercano…Los árboles en flor son la única novedad.
Jacinto consulta el reloj, «ya queda menos», piensa. Su tren procedente de Segovia, se detuvo en aquel lugar hace ya veinticinco años.

Doña Julita reza en misa de diez. Es su costumbre. Lo hace todos los días, pero en esta ocasión reza con más recogimiento que nunca pues pide por su nieto que está gravemente enfermo. Luego sale, y de camino a su casa, como siempre, pasa por delante de la comisaría y saluda al policía que hace servicio de puertas.
—Buenos días, señor guardia.
—Buenos días, doña Julita.
Doña Julita no ve bien y le parece que el policía de la puerta siempre es el mismo. A Doña Julita de niña no le caían bien los policías porque pensaba que ellos habían fusilado a su padre en la guerra. De mayor cambió de opinión. Se había casado con Paco, el propietario de un mesón muy cerquita de donde está la comisaría, al que a diario acudían patrullas que charlaban con su marido. Paco fue en vida un hombre afable que se dejaba querer por los guardias que lo apreciaban y quienes constituían su clientela fija. Él no quería otra. Allí, tras la barra, de día en día, Julita fue tomándoles cariño. Llegó un momento en que sintió vergüenza de haberles tenido cierta fobia, de hecho, se ruboriza sólo de pensarlo. En cinco décadas los fue viendo parar a todos y por su cabeza pasan, como en un álbum, muchos de sus retratos y de sus pequeñas historias, «¿qué habrá sido de ellos?», se pregunta evocando un tiempo ya lejano.
***
Mariano vació su taquilla, y metió sus cosas en una maleta; luego pasó a despedirse del Comisario y del segundo, quienes lo saludaron efusivamente. «Esta es tu casa para lo que quieras». Palmadas en el hombro. Se despidió de la secretaria desde la puerta haciendo un gesto con la mano al ver que ella estaba ocupada al teléfono. Lo había hecho como solía, instintivamente, como si fuera a volver mañana. Salió de la Comisaria y atrás quedaron, humeantes, los rescoldos de treinta y tres años. Finalmente se tomó unas cañas con sus allegados de siempre en el bar acostumbrado: el que normalmente existe junto a un edificio público. Risas. Más palmadas, y unos abrazos. «¡Aquí estamos, ya sabes, para lo que sea!».
Luego llegó a casa y la encontró más vacía que nunca, encendió la tele, se sentó en el sofá y no prestó atención a lo que ponían. «Qué bien se está aquí sin hacer nada, sin aguantar al jefe, sin pensar en que mañana he de madrugar o trasnochar». En la mesita había un retrato de su mujer: la última foto que se sacó en vida, hacía ya diez años. Había huellas de ella y de un pasado infeliz por todas partes. Se levantó y miró por la ventana. El sol estaba alto y la ciudad viva, bullente. Entonces pasó un radiopatrulla y lo siguió con la mirada. «Ahora irán a tomar café», pensó por la hora. «Sí, es lo que yo haría de estar de servicio». Era su primer día como jubilado y ya hacía cinco minutos que empezaba a sentirse como un mueble viejo, inútil. Un aire de desasosiego le recorría el espinazo al atisbar el incierto horizonte de los días venideros, el invierno de la vida. A partir de ese momento empezó a comprender que la  programación de la tele no era nada comparada con la de la ventana y que esa ausencia iba a ser una presencia íntima y dolorosa, una herida que hasta ahora había estado mitigando el trabajo, pero ya el tren había llegado al final de su destino y tocaba bajarse, y sufrir en silencio.

En el hospital Juan mira también por la ventana. Al fondo se divisa la silueta entrecortada de los edificios altos de la ciudad sobre los que emerge la torre de la catedral. Está de prácticas y este mes le han puesto con  el oficial Andrés, sustituyendo a Mariano. Es un chaval despierto que ha decidido retomar  los estudios que abandonó.
Andrés se ha recostado en la silla dispuesto a dejar pasar las tres horas que les quedan de custodia; ahora mismo piensa en que Mariano ya cumplió y a él aún le queda todavía un año, y en que esta tarde es una menos, por tanto. O una más, según se mire.
En la habitación hay un preso que acaba de ser operado de un forúnculo. Se las sabe todas y hay que tener mucho ojo con él. Por el pasillo viene una bonita enfermera que se introduce en la habitación contigua, y Juan no puede evitar mirarle el trasero. Estupendo, califica.  Por las palabras cariñosas que ella dice, tanto al entrar como al salir, intuye que dentro hay un niño. Se asoma a la puerta y lo ve: sonriente, llenas las venas de tubos de goma. El niño le mira, mira. El niño le está mirando.
— ¡Mira mamá, un policía!
—Hola, campeón, a que sé cómo te llamas.
El niño entonces calla y abre sus dos grandes ojos oscuros y profundos.
—Jaime —dice con seguridad—, ¿a que sí?
El niño sonríe. A Juan siempre se le han dado bien los niños. Por su cabeza pasa fugaz un recuerdo de la infancia. Se le aparece delante una escena: se ve huyendo y temeroso, sin saber qué dirección tomar. Hace rato que detrás vienen cinco gitanos que pretenden robarlo; ya le fallan las fuerzas, están a punto de darle alcance cuando, de repente, suena un sirenazo y los perseguidores dan media vuelta y huyen. Ante sí tiene un coche patrulla; es miel sobre hojuelas cuando los policías le invitan a subir para llevarlo a casa.
Siempre, toda la vida, deseó repetir con otro niño aquello mismo. Uno, el más simpático de la pareja, había adivinado su nombre y nunca supo cómo.
—Juan —le dijo, sonriendo aquella tarde mientras abría la puerta del coche frente a casa—, así te llamas ¿verdad?, no te preocupes por nada que aquí estaremos y nos pasaremos todos los días por el cole, por si acaso.
Para los observadores los nombres están siempre escritos por algún sitio, como en la cama, o el gotero; o en la ropa o en la cartera escolares; o los pronuncia un tercero, alguien como la enfermera al entrar, o unos como los que te persiguen.
—No quisiera molestar, señora —dice respetuosamente dirigiéndose a quien en la esquina le sonríe, y volviendo al presente.
—No se preocupe que no molesta en absoluto, al contrario, a Jaime le encanta todo lo que tenga que ver con la policía. Colecciona todo de ellos —responde su madre que está sentada en una silla.
La mujer, que representa tener unos treinta años, se ha levantado y se ha acercado un poco más a la luz de la ventana y, entonces, Juan puede ver y notar la fatiga en su rostro terso, las huellas en sus ojos de las largas duermevelas y en su tono de voz alegre disimular el desánimo de malas noticias.
—Sí, ¿qué tienes de los polis? A que no tienes esto…
Y hurgando en su bolsillo saca un soldado de plomo que, mirado de cerca, parece un policía. Pasan los minutos y por boca de aquel policía se suceden las historias que el niño escucha con atención.
Cuando al rato sale de la habitación Juan maldice la buena salud del preso que custodia: «al muy cabrón le ha sobrado siempre para hacer todo tipo de maldades, desearía que en el lugar donde reparten las desgracias hubiesen cambiado una por otra, o mejor ambas al mismo». El niño Jaime, que no piensa en su enfermedad y que en su inocencia adivina su final y lo asume, hace como todos los niños y juega. Lo hace con el soldadito: aprovecha su vida. Su corta vida.
El preso ha echado sus cuentas también. Le queda menos.

Al caer el día por el poniente vinieron las nubes de la lluvia: lloraba mayo. Llovió toda la tarde. Llovió mansamente, con esa infinita mansedumbre de los cielos del norte. La línea del horizonte poco a poco se borró.
Berto lleva años en la oficina de denuncias, nunca pensó acabar así, de escribano, con todo lo que prometía, pero es lo que primero encontró cuando se quiso salir de los servicios centrales. Lo que cuenta la gente le parecen confesiones y se imagina que él es algo así como un confesor. Entre confesión y confesión escribe versos. Siendo más joven estuvo a punto de llevarse unos juegos florales en su pueblo, pero al final el concejal de cultura le dio la máxima nota al sobrino del alcalde. A su lado, en otro escritorio, está don Javier, el jefe, que como es de ciencias siempre anda preguntando «cómo se dice cuándo» porque no da con la palabra que busca.
— ¿Oye, cómo se dice cuándo el tío compra objetos robados, hombre?
—Receptador.
—Eso. No me salía.
Nadie sabe por qué Berto sabe tanto de gramática. Es un misterio acrecentado por el hecho de que jamás accede a hablar de ello cuando le preguntan: «No lo sé, cosas que pasan», zanja escueto. Es un portento para corregir cualquier texto que le pongan por delante. Una vez corrigió incluso al señor comisario, bueno, humildemente le hizo ver la conveniencia de escribir  «en relación con», lo correcto, en vez de «en relación a»,  galicismo intolerable. Escribir se le da magníficamente bien desde la más tierna infancia; nada más sigue la regla: Escribe con el corazón y corrige con la cabeza.
Años atrás, un día en que Berto estaba ausente, uno de sus compañeros hurgó en su mochila y sacó lo que parecía una tesis cuyo título era: Influencia y aplicación de papeles sintácticos e información semántica en la resolución de la anáfora pronominal en españolBajo éste y después de la palabra doctorando estaban su nombre y apellidos.
—No, si va a resultar que este tío es doctor honoris causa —dijo perplejo.
La leyenda no hizo sino extenderse con aquel episodio.

Suena el teléfono y Berto lo descuelga. Al otro lado escucha la voz entrañable y familiar de su madre quien lo saluda y le habla de cosas del pueblo.
—Por cierto, hijo, más que nada te llamo porque esta mañana se ha muerto el hijo de la Engracia. El pequeño.
—¡Dios santo! ¿Cómo ocurrió? —pregunta Berto, consternado.
—El pobrecillo se cayó del balcón de casa y se desnucó.
—Vaya, qué horror, cuánto lo lamento. A ver si luego, cuando tenga un rato, les llamo para dales el pésame.
—Sí, fue una desgracia. Los padres lo han dispuesto todo para que el corazón vaya para otro niño, ya sabes, un trasplante de esos.
Berto había salido un día de hace diez años del horno con un billete de primera destino a la Estación Central: la babilonia policial, donde todo se teje. A los seis años, harto de zancadillas, en cuanto pudo tomó el primer tren y se marchó, recalando en aquella pequeña comisaría de distrito de pequeña ciudad. Vía muerta, billete de tercera, estación del desengaño.

Mayo no sonríe: Anochece y llueve. La ciudad se apaga como un ciervo herido de bala. Al fondo sobre las luces se levanta la negrura de los montes envueltos entre brumas.  Con tanta agua deslizándose sobre ellas, las calles se han vuelto marmóreas y reflejan el cielo gris, o hecho de gris, la luminosidad de las farolas y la imagen invertida de viandantes que, de cuando en cuando, saltan sobre los charcos. Por la arteria principal de la ciudad circula un radiopatrulla, en la confluencia más complicada sus ocupantes, el oficial Andrés y Juan, el de prácticas, observan que un vehículo averiado y otro chocado cortan el tráfico. Detrás de ellos hay un atasco de dos kilómetros, por lo menos. Se bajan y ayudan al averiado a moverse empujándolo hasta el arcén. El tráfico vuelve a fluir por ese resquicio y lentamente desaparece la larga línea de luces que ahora, por el movimiento, se transforman en trémulos haces que se espejan sobre el negro asfalto.
En el interior de una ambulancia que marcha de nuevo el conductor le dice al enfermero:
—Menos mal, pensé que nos quedábamos aquí una hora y que no llegábamos a tiempo. No me gustan los atascos cuando llevamos eso.
—No sé cómo te las arreglas que siempre te quedas atascado. Pareces nuevo, tío.
Dentro van dos hombres pero laten tres corazones.
***
María llega para entrar en el turno de noche. En la entrada se ha cruzado con Berto que ya se marchaba, le ha saludado, ha intercambiado unas palabras con él y se han despedido. María se vuelve para mirar la nuca de Berto, su maestro. Siempre le ha gustado contemplarla.
Un año antes, cuando María aún estaba de prácticas, se presentó en el despacho de su tutor y jefe para quejarse porque en el mes que llevaba en la oficina de denuncias ningún compañero le enseñaba nada.
—Todos pasan de mí y me tienen como un comodín para hacer recados, fotocopias y coger el teléfono. Tiene usted que hacer algo.
María era y sigue siendo algo feminista, menos de lo que aparenta y más de lo que se piensa. Está convencida de que todos la infravaloran por ser mujer. En realidad, aquellos hombres, en su mayor parte, iban a lo suyo, a que pasara lo antes y lo mejor posible el tiempo y a que llegara el momento de salir, y no estaban para ser profesores porque eso no les gustaba, acaso ni valían, y sí, la veían un poco verde para coger denuncias o redactar oficios, y por eso la mandaban otras tareas. «Ya aprenderás, tienes toda la vida para hacerlo», le decían.
 El jefe, un buen hombre, resolvió cambiarla al turno de don Javier y de Berto  porque sabía que eran de otra pasta. Y con ello todo cambió entonces.
Desde el principio Berto la trató como a una compañera más. No parecía importarle el hecho de perder el tiempo que fuese en enseñarle de todo. Cada frase pronunciada con aquel tono suave se grababa automáticamente en su cabeza.
—Hala, estrénate. Toma declaración al detenido —Le dijo el primer día, nada más llegar.
—Nunca lo he hecho antes.
—No te preocupes yo estaré a tu lado, tú sólo teclea rápido la conversación.
La cosa salió bien: él preguntaba, el detenido respondía y ella escribía. Después le dijo en qué cosas había fallado y le habló de los tiempos verbales que regían en el estilo indirecto (el que tradicionalmente se emplea en los escritos policiales).
En ocasiones, cuando ya cogía denuncias y tenía delante al denunciante, Berto se aproximaba a su mesa para ver lo que estaba escribiendo. Luego, cuando el denunciante se había ido, la corregía y daba consejos; solía, para ello, dejar caer alguna metáfora.
—Pregunta lo que no sepas, nunca te quedes con ninguna duda; las dudas son como los borrones de un escrito: por bueno que sea lo afean a ojos de un tercero.
—Me encantan estas lecciones.
—No, no son lecciones, María, prefiero llamarlo consejos, pautas. Los alumnos sois un álbum, es decir, un libro en blanco —de ahí la palabra albo—, tenéis las tapas, el envoltorio con el que se sale de la academia, incluso algunos el prólogo,  pero os faltan los capítulos, y debéis ir escribiendo, capítulo a capítulo, vuestro propio librillo de maestro, para que así,  algún día, cuando tú estés ante un alumno como ahora estoy yo ante ti, le puedas explicar y pautar; dando continuidad a una cadena transmisora tal y como ahora hago yo y, como en su día, los sumerios escribanos hacían con los aprendices, pues eso y no otra cosa es lo que hacemos aquí: constatar, certificar, registrar lo que nos cuentan.
Ella se acostumbró a aquellas clases que consideraba un regalo, a su forma de hablar y de expresarse, a su tono de voz suave y, por supuesto, a su nuca. De vez en cuando levantaba la vista y miraba aquella nuca que, no acertaba a comprender el porqué, le parecía tan perfecta.
María le envió todas las señales que pudo en el tiempo que estuvieron juntos trabajando, pero el receptor, Berto, no se dio nunca por enterado. Finalmente desistió. Pasó el tiempo, terminó sus prácticas. Ya con el cargo jurado sacó billete de vuelta y regresó con la esperanza de despertar algo y de poder seguir contemplando aquella nuca más veces, y solicitó entrar en la oficina de denuncias. Le tocó otro turno distinto. Llovió. Pasó el tiempo y conoció a un chico con el que hace un mes que se fue a vivir. Ahora, de madrugada, mientras hace de maestra del alumno que le han asignado, en tanto pone en orden un nuevo librillo y discurre una metáfora para ejemplificar, piensa en su maestro y en cómo sacar un nuevo billete, pues si uno no viaja las plantas echan pronto raíces en el andén del olvido.

***
Juan entra en el Hospital y se dirige a la habitación del niño. Va de paisano pues está libre de servicio. Cuando llega a planta saluda al que custodia al preso.
—¿Cómo es que estás tú solo, compañero?
—Cosas de la superioridad, ya sabes: no hay personal —encogiéndose de hombros, con la indolencia del que tiene mucho vivido.
—Pues ten cuidado porque es un pájaro de cuenta.
Luego entra en la habitación esperando encontrar la misma escena del niño y la madre, pero se encuentra otra muy distinta: hay una señora mayor que, sin embargo, le resulta familiar. Cuando sus ojos se acostumbran a la penumbra acaba de reconocerla.
— ¡Doña Julita!, cómo usted por aquí.
—Ay, hijo, estoy aquí esperando por mi nieto, que anda para el quirófano; me lo «trasplantan» ahora, en este momento al pobrecillo.
Pasado un rato Juan sale de la habitación y se encamina a casa, a vueltas con sus pensamientos sobre el niño, la enfermedad y en el infausto lugar donde las sortean; ya está a punto de coger el ascensor cuando oye ruidos y gritos. Vuelve sobre sus pasos y echa a faltar en el pasillo al policía, mira en la habitación y lo descubre tirado en el suelo, también que la pistolera está vacía. Atendiéndolo hay un enfermero que le dice: he visto salir al preso corriendo, guardándose la pipa, iba en dirección a las ambulancias. «Ambulancias» ya lo escucha Juan desde el pasillo porque ha empezado a correr como un perro de presa. Cruza veloz por los pasillos y baja las escaleras de dos en dos, hasta salir al exterior, donde, además de las ambulancias, se encuentra el aparcamiento. Mira para todos lados en aquella explanada. «Allí al fondo», musita al creer verlo. Pone la proa hacía él, avance toda. El preso al advertir que lo persiguen echa a correr en dirección a las calles que, tras el aparcamiento, adivina, con la intención de darle esquinazo y perderse por la ciudad.
Los dos hombres corren por la misma calle desierta. El joven policía tiene mucho fuelle, le sobran los pulmones que al preso le faltan por el poco ejercicio del presidio y el tabaco, y además le escuece el forúnculo. No consigue zafarse de él, éste le gana terreno por momentos, y entonces piensa en el hierro que lleva entre la ropa y que le ha arrebatado al policía que lo custodiaba, tras dejarlo sin sentido. Se enciende la idea de usarlo contra el madero. Duda. Finalmente se gira y dispara. El disparo, que suena como un trueno, hace que los vecinos de la calle se asomen. Se oyen abrir de persianas y, al punto, voces: «ha sido un tiro». «Llamen  a la policía». «Ahí abajo hay un hombre armado». Entonces, la decena aproximada de espectadores oyen otra detonación, inmediatamente giran la cabeza hacia donde sale el fogonazo. Vuelven las voces: «Hay otro hombre armado». «Son dos». «Se van amatar». «Llamen a la policía de una vez». Que callan cuando se produce el tiroteo.

Mariano estaba pensando en el aciago día en que por la emisora le avisaron de que a su mujer le había pasado una desgracia.
—Esa palabra, desgracia, es la que se dice cuando no se quiere decir… ¡Andrés!… ¡ella se ha suicidado! —Le espetó a su compañero—.
—No, coño, de eso ni hablar, le habrá pasado algo. No pienses así — Respondía Andrés sabiendo que  ante él no tenía convicción alguna.
Después venía la imagen de aquel terrible momento, el cuerpo en la acera bajo el papel de aluminio y la sangre brotando. Luego el recuerdo se volvía difuso. Trataba de reflotar lo ocurrido tras el entierro, ¿cómo pude estar hasta tres días sin comer, sin hablar, sin quitarme el traje de luto, tirado en el sofá de casa, sin coger el teléfono?, se preguntaba. Pero era un vacío: no existían en la memoria esos tres días. Recordaba, sí, cuando Andrés vino a casa y le puso firmes, él era así, muy militar, y a voces e imprecaciones lo consiguió: le devolvió  a la realidad. En  esas estaba cuando un ruido en la calle lo sacó de sus pensamientos. Parpadeó como si acabara de regresar de enterrarla,  «¿Eso ha sido un disparo?», se dijo. Corrió a la ventana y vio justo debajo a un individuo con una pistola y, a unos treinta metros, otro, que se encontraba tirado en el suelo. Al punto vio al de suelo sacar otra arma y disparar contra éste. Mariano se fue al vestidor, abrió la caja fuerte, extrajo de una funda un revólver y, con paso decido, bajó a la calle.

Las luces azuladas de los rotativos iluminan las fachadas. Han ido llegando coches de policía de toda la ciudad que, apostándose por orden de llegada, han cerrado el principio y el final de la calle. Por sus megáfonos suena: Tire el arma y entréguese, no haga las cosas más difíciles. Se oye como respuesta un exabrupto que suena a aullido de alimaña, y el individuo que lo profiere se introduce en un portal, antes de cerrar la puerta y meterse del todo dentro saca a relucir el arma. Unos policías reducen el cerco y otros se acercan a la persona que parece yacer en el suelo.
En el portal, el preso ha pensado en escapar por la azotea y ha llamado al ascensor. Está esperando a que éste llegue pensando en la que ha liado y en si a través de la azotea podrá saltar a otras y salir del atolladero, cuando oye: ¡alto policía! Lo que ve primero es el cañón de un revólver que, a escasos cincuenta centímetros de su nariz, le apunta, y, a continuación, un brazo, y tras él un careto amenazante de un tío con pinta de saber muy bien lo que dice, de no ir de farol, oculto el resto del cuerpo que parapeta tras la esquina. En la oscuridad ve relucir un ojo de hierro pavonado: mal asunto.
—¡Tira el arma, o te dejo seco!, ¡vamos! —Grita Mariano,  con voz de promesa y advertencia juntas.
El preso levanta el arma. Suena un disparo.
***
Viene el alba. Jacinto, madrugador como siempre, llega a la comisaría y ve el revuelo: aparcados en la calle hay muchos vehículos con matrículas que no reconoce, y el grande, con inhibidores y de alta gama, es señal inequívoca de que hay un pez gordo de visita; en la oficina de denuncias hay un inusitado trajín, se oye desde fuera el teclear y el sonar el teléfono. Los pasillos están llenos de caras nuevas, de policías de otras dependencias. Entra y ve a María que está repasando lo escrito en las últimas comparecencias, frente a ella tiene a varios policías que leen una copia. ¡Es el atestado más largo que he escrito nunca!, grita.
— ¿Qué ha pasado? —pregunta Jacinto a quien estas novedades de mañana no  gustan nada.
—Qué lío. Ha venido el Jefe Superior. Todo el mundo quiere que se le informe. Hasta tú —Toma aliento y continúa—. Anoche se fugó un preso del hospital llevándose el arma del que lo custodiaba, que ya veremos en qué para todo para el que nombró el servicio autorizando que estuviese uno solo,  y Juan, el de prácticas, que estaba por allí casualmente visitando a alguien, se dio cuenta y lo persiguió hasta la calle del Desengaño donde el tío le disparó.
— ¿Le disparó a Juan?
—Sí, afortunadamente no acertó. Ni un rasguño, eso sí, Juan, a  continuación, abrió fuego contra éste, y se inició un tiroteo: ¡Nueve casquillos han recogido y ni una diana! Lo mejor es que cuando llega el séptimo de caballería el tipo entra en un portal, para refugiarse, y ¿a que no adivinas quién vive allí?
— ¿En la calle del Desengaño? pues Mariano, claro —Responde Jacinto.
—Pues eso, nuestro Mariano, que lo ha estado viendo todo desde su casa, baja él muy seguro y encañona al tipo, quien ni corto ni perezoso trata de dispararle… y ¡pum! —hace la señal con el dedo.
— ¿Lo mató?
—No, pero lo dejó malherido: le dio en el hombro. Ahora el menor de sus problemas es el forúnculo: se va a quedar meses en dique seco.

En el bar junto a Comisaria, sentados en la barra al fondo, entre Jacinto y Mariano, por un lado, y Berto, por el otro, Juan está diciendo:
—Al sonar el primer disparo sentí un latido menos. Creí que me doblaban la servilleta, tíos. Pero falló, y lo que más rencor me da es que yo también fallé. No di una. Disparar desde el suelo y con esa tensión, puf, no tiene nada que ver con el tiro en galería.
—¿Y qué sentiste cuando el tiroteo? —Pregunta Jacinto.
—Pues no vi una luz al final ni nada de eso; me sentí idiota allí tirado en el suelo dándole al gatillo. Es raro porque cuando acabó me quedé paralizado, como pegado, y no me podía mover. Me tuvieron que ayudar para poder ponerme en pie.
Mariano está en silencio, le va dando tientos a su café; no piensa en su disparo, ni en antes ni tampoco en después, cuando el preso cayó al suelo con su hombro humeando, por su memoria nada más supura la herida de un único recuerdo, preciso como un reloj.
—Porque esquivasteis figurar  en la losa del vestíbulo –dice Berto solemne elevando su taza.
Y tomaron aquel café como si de champán y de un brindis se tratara. Sí, habían evitado las letras doradas y la fría losa de mármol bajo el título: Caídos en el cumplimiento del deber. Algo que todo policía sabe que, se dé o no se dé, puede llegar a ocurrir.
Hubo un silencio, hasta ellos llegaban las campanadas de la iglesia vieja anunciado las ocho.
—Me voy, hoy tengo que hacer algo en la universidad—dice Berto, posando su taza vacía.
Ninguno ha reparado en que hoy va de traje.
En la mañana pura se ve la risa ambigua del sol.

Epílogo.

Al principio todo era negro, luego hubo luces y, al poco, una silueta que, cuando por fin dejó de ser vaporosa, pudo reconocer como la cara de su madre que le miraba sonriente. Después vio a su abuela, y al fondo a un joven, el policía, y sonrió.
Su tren se enganchaba con fuerza a la locomotora de la vida con un corazón prestado.
Tres pisos más abajo, en el quirófano, un cirujano sesudo extraía un trozo de plomo del hombro de un paciente. Tendrá suerte si con este brazo puede hacer algo más que pegar sellos, exclamaba.
Entraba en un túnel oscuro que desembocaba en una vía muerta.
Juan, policía en ciernes, y Mariano, el último de los viejos policías, primavera e invierno, cruzan sus miradas en el despacho del juez que los mira a ambos; en la universidad Berto lee su tesis y, mientras, en algún lugar de la gran Babilonia donde alguien decide estas cosas, a María le sacan billete para La Estación Central. La vida  con su monótono fluir  impasible les va llevando a todos.
«El niño de Julita se ha salvado», se oyó por la emisora de los radiopatrullas.

Nuestras vidas son como los trenes, que van a dar, discurriendo por largas vías de hierro, a un mar de distintas estaciones donde olvidar y, acaso, recordar.

miércoles, 11 de junio de 2014

Estaba seguro de que vendrías


Estaba seguro de que vendrías






La calle, después del tiroteo, se había llenado de coches de policía, y montones de curiosos se asomaban a las ventanas. En la entrada del banco se veía el cuerpo tendido de un policía, sobre un charco de sangre, y el de uno de los atracadores, en decúbito supino, con un agujero en la sien y una mueca de imbécil, consecuencia del rigor mortis.

Según algunos testigos, los atracadores habían descerrajado varios tiros a bocajarro al agente cuando este se asomó para ver qué ocurría dentro, pues algo parecía haber levantado sus sospechas, y se topó con ellos al salir. Aun así, le dio tiempo a efectuar un único y certero disparo, desde el suelo, que mandó al otro barrio al que parecía el cabecilla. Después, el resto de la banda —unos cinco en total— había respondido con subfusiles al fuego del compañero de dotación, a quien todo le había sorprendido en el exterior y que hizo lo que pudo y supo: rodilla en tierra, el brazo estirado con el arma, disparo a disparo, tratando de evitar que volvieran a rematar a su compañero. La respuesta fue una ráfaga que lo regó todo de casquillos y sembró el terror en la calle. A continuación, los atracadores, al verse bloqueados, cerraron las puertas tras de sí y se hicieron fuertes en el interior, capturando rehenes y disparando, a las primeras de cambio, contra todo lo que se moviera o se acercara a las puertas.

Mariano, compañero del Zeta del agente abatido, sorteando furgones y ambulancias, se acercó al comisario, que estaba parapetado tras un blindado, y le dijo:
—Es mi compañero el que está ahí tirado, señor. Solicito permiso para ir a recogerlo.
El comisario miró primero a Mariano, frunciendo el ceño, y después al cuerpo del policía. Negó con la cabeza.
—No. Ni hablar. Denegado —replicó—. No quiero que arriesgue usted su vida ni la seguridad del operativo por un hombre que, probablemente, ha muerto. Ya está bien por hoy.
Había arrastrado la palabra «probablemente».
Se hizo un silencio. Al cabo de unos segundos, Mariano se giró, dándole la espalda. Hizo ademán de volver a su puesto, pero, de repente, haciendo caso omiso de la orden, soltó una imprecación, se saltó el cordón policial y, corriendo como un galgo, se lanzó hacia la entrada.

Los de dentro abrieron fuego al verlo llegar. Y los policías del cordón también. Todo se quebró en fogonazos, chasquidos de impactos y esquirlas volando. Las cristaleras, ya dañadas por refriegas anteriores, terminaron de fragmentarse y venirse abajo, y el techo de pladur se desprendió, cayendo sobre el interior del banco y levantando una nube de polvo blanco que se mezcló con el de la pólvora.

Cuando se produjo un alto el fuego y cesaron los silbidos de las balas, tan pronto como se disiparon el humo y el polvo, los policías pudieron ver que Mariano se levantaba y, tambaleante, herido de varios disparos, regresaba cargando el cadáver de su compañero.

El comisario estaba furioso; las venas del cuello se le hinchaban.
—¡Ya le dije que estaría muerto!
Mariano permanecía sombrío, con una firmeza que dejó al otro pensativo. La sangre le manaba del brazo y del costado y, al bajar por la pernera, empapaba y teñía de rojo el uniforme. De pronto, cayó desplomado.
Entonces el comisario tragó saliva y reculó. Se agachó, se acercó a él y le habló de cerca:
—Dígame, ¿merecía la pena ir hasta allí para traer un cadáver?
Y Mariano, moribundo, en el último impulso de la agonía, respondió:
—Claro que sí, señor. Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: «Estaba seguro de que vendrías».