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lunes, 16 de diciembre de 2019

PISANDO LA LUZ DEL AMANECER

Pisando la luz del amanecer





La noche de junio, con su oscuro manto, ha caído ya sobre Madrid. Apenas falta un cuarto de hora para las diez de la noche. La temperatura es suave y el asfalto está caliente.
La fachada de la comisaría, como todas las de su especie que son antiguas, es una fachada triste, de un gris ceniciento; quizá porque fueron pensadas más para guardar a sus moradores y retener a los delincuentes que para recibir público; quizá porque nunca llegó el dinero para que fuesen reformadas; quizá porque a nadie le importe y, unos por otros, por todos hayan sido olvidadas. Las comisarías antiguas tienen también todas ellas una gastada y sucia bandera de España, que nunca se arría ni se iza, y algún que otro vehículo estropeado, aspirante al desguace, que duerme sobre el negro asfalto junto a la puerta.

En el vestuario, que alumbra la mortecina luz blanca de unos fluorescentes, los hombres del segundo turno se están cambiando para entrar al servicio. Son hombres que bromean entre ellos y, aunque oyen el rebumbio que se cuela por las juntas de los ventanales, lo ignoran. Afuera está el ronco sonar de las sirenas de los distintos coches de servicio y el bullicio de unas calles que, lentamente, se empiezan a llenar de gentes que hoy saldrán en busca de juerga, mientras otros —siempre ha sido así y así será— trabajarán algo más de la cuenta por eso mismo. Los neumáticos chirrían desgarrando el asfalto; el pavimento truena con los taconeos. Por los bulevares, plazas y avenidas resuenan los ecos de las sirenas que, una y otra vez, se oyen cadenciosas como las olas del mar.

El veterano se cambia despacio junto a la estrecha y larga taquilla; se pone una camisa muy lavada, con los cuellos tiesos, rígidos, que parecen de cartón. El tiempo, ese que pasa y no vuelve y, lo que es peor, no perdona, ha ido escarchando su pelo y agriando su humor. Veinte años de patrullero. Veinte años de noches sin descanso, de amaneceres al alba y de despertares en la tarde. Toda la vida haciendo lo mismo, todos los días igual. Algo le dice que esa noche va a ser puñetera, pues es sábado, y las noches de los sábados siempre son moviditas, y sobremanera en el centro de Madrid: alcohol de más, respeto de menos; drogas que se venden y se consumen; reyertas y riñas de pendencieros con chulos; maltratos de diverso y variado género; chorizos de varias nacionalidades, incluida la española; vandalismo de suevos y suaves, tropelías de los hunos y de los otros, etc.

Al veterano, ese algo —que no es más que el avezado olfato de lobo estepario que se le ha ido desarrollando— le dice, o se huele y husmea, que la noche no va a ser todo lo rutinaria que espera dentro de lo moviditas que solían ser. Hace tiempo que barrunta que le sobrevenga una desgracia. Se anuda la elegante corbata azul frente al espejo y no reconoce a aquel señor ajado y cuarentón, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, que se refleja. Frunce el ceño y se pregunta por el lozano joven que, veinte años atrás, entraba con paso firme en la Academia de Badajoz, aspirante de una profesión que, ahora mismo, ya no le ilusiona; de una profesión de la que empieza a estar harto. Mientras, cae en la cuenta de que ese servicio le tocará patrullar con uno de los «nuevos» y no con el de siempre. Se le hace otro nudo, pero este en la garganta.

El que va a ser esa noche su compañero es un chaval universitario, licenciado en psicología, con un máster; muy pedante, de una pedantería que no puede evitar. Posiblemente no es tanto que sea pedante cuanto que no elige bien el momento ni el público para sus peroratas. El joven ha aprobado ese año para la ejecutiva y se irá en septiembre a Ávila: el horno de alfarero donde se forjan, con mano firme y a fuego lento, los nuevos caballeros; caballeros caídos en desgracia, llamados a unas gestas que ningún juglar cantará.

El veterano piensa, por esto del ascenso, que el joven no solo nunca había funcionado bien, sino que iba a funcionar todavía menos. Algo así como que, teniendo un pie metido en el cielo, no se preocuparía ya por la terrenal y mundanal vida del convento que dejaba atrás. Que esto era como el purgatorio: un capítulo que no iba a finalizar, un alto que se hace en el camino para cambiar de autobús.

El joven hace rato que se ha cambiado y espera sentado en el cuarto de los Zetas, junto con el jefe, que es quien primero llega de todos y el último que se marcha, porque no tiene quién le releve antes de la hora. Los relevos siempre son sagrados, pero los jefes soportan estoicamente la orfandad relevadora porque —piensan— va con el cargo.

Uno a uno, y a veces de dos en dos, van llegando todos. Se hace el silencio y el jefe les habla de lo que deben tener en cuenta durante el servicio. Es lo de siempre, lo acostumbrado, lo de casi todos los días; por eso le restan importancia a las palabras del jefe, porque no se salen de lo habitual. Todos menos el joven, que toma nota para cuando él lo sea. Por un momento se ha imaginado a sí mismo en esa situación y en su mente le ha salido un soliloquio que le ha distraído de los comentarios burlones que hacen algunos de las indicaciones que, sin ímpetu, como una letanía, les va enumerando. Invariablemente, en las comisarías viejas, hay alguno que dice algo que no viene a cuento para que el resto se ría. Es así. En esas situaciones y, dicha la gracia de marras, también ocurre que siempre se ríen todos, o casi todos.

Hace tiempo que los del turno, tanto los más veteranos como los que no tanto, piensan que, pese al nivel intelectual del joven, su número de escalafón y la preparación académica, algo falla. Nadie se fía de su capacidad en la calle. La teoría, sobresaliente; la práctica, deficiente.
—Cosas de «caimanes» —decía, cuando se lo hacían saber.
—O del instinto de perros viejos, que somos —respondían ellos.

Lo que es cierto, aparte de evidente, es que no es nada corpulento; en honor a la verdad, es algo flaco y ha dado la talla por los pelos… afilados con gomina de alta consistencia. Al decir de los que habían estado antes con él: «Le faltan muchas tablas a la hora de imponerse a los malos».

Suben a un desvencijado «vehículo», si así se le puede llamar, reparten sus cosas por donde pueden, dan por el equipo de transmisiones el alta en el servicio y comienzan a patrullar. Se mueven por aquellas calles, desapercibidamente, como unos de tantos que transitan por el neurálgico y comercial pavimento matritense. Por las ventanillas van desfilando los pétreos edificios de la Gran Vía, de Plaza de España, de la Puerta del Sol, iluminados de alicaído, macilento neón. Sus calles van llenas de bullicio, de guiris y de horteras; de parejas de jóvenes que pasean abrazados, de gentes oscuras de negro mirar.

Al veterano le da por pensar que el centro de hoy —el de los cines cerrados, las hamburgueserías y los coffees, que no los cafés— ya no era el de ayer. Lo habían cambiado; no era el que conoció cuando llegó desde las Vascongadas en los ochenta: un Madrid de rasgos propios, castizo, auténtico, menos cosmopolita, aún con sabor e identidad de cheli, de chulapo. El Madrid de la Movida. El Madrid alternativo entre una época que finalizaba y otra que empezaba. Miraba y veía a todos esos extranjeros vagar por las calles: «A esto lo llaman multiculturalismo… ¡y una mierda! No es más que inmigración». El joven piensa, por el contrario, que el centro de Madrid es un pequeño planeta donde todo es moderno y espléndido, ambientado, maravilloso.

Esa noche el joven rompe con la típica conversación de patrulleros (monosilábica, intrascendente y acostumbrada, centrada o en simplezas o en el servicio) y se pone especialmente pedante y pesado. Le da por soltar un discurso sobre la persuasión psicológica ante individuos violentos, que al veterano le parece, además de un coñazo, pura hipótesis: las mismas y calcadas estupideces que había oído ya en los cursos de actualización, de boca de policías convertidos en profesores que nunca pisaban la calle ni iban a poner en práctica lo que decían. «Algo muy bonito de contar, sí, pero que ellos saben y todos sabemos que pocas veces funciona, por no decir nunca» —pensaba él—; en tanto el joven: «Me ha salido un poco intelectual, algo extenso, pero me viene bien como ensayo previo de lo que deberé decir cuando sea jefe. Se me debe de ir notando ya. Tal vez demasiado elevado para alguien sin estudios como este extremeño, al que lo más que le interesará será el fútbol o los toros».
—¡Oye, niño, tú debes de pensar que yo no tengo estudios y que he debido desertar del arado como muchos de mis paisanos, o algo así! Coño. Entérate: yo soy de capital, no de provincias. De Badajoz. Y algo estudié. Terminé el PREU y, si no llega a ser porque dejé a mi Conchi embarazada y me tuve que poner a trabajar, hubiese estudiado una carrera como mis hermanos, a los que les va muy bien. Luego la mili y, de la mili, para no tener que volver a vender libros a domicilio, que no me gustaba nada, hala, a la Policía.

Y esto lo pensó y no se lo dijo: «Coño, cómo han pasado de rápido estos veinte años. Parece que fue ayer cuando entraba en la academia… y aquí estamos hoy. Ay, Badajoz, nunca regresé».
—Cómo sois. No se os puede hablar de nada de lo profesional. Para vosotros, los de tu generación, solo cuenta la experiencia.
—Claro, ¿quién te crees que sabe más, un arquitecto que ha trabajado diez años o uno recién salido de las aulas?
—Sin duda, el joven, que, aparte de haber sido instruido en lo último y más técnico de la profesión, no tendrá la ceguera del viejo, propia de su pésima formación, ni los recelos ni los egoísmos...

Cuando el veterano está a punto de mandarlo a la mierda —pues tiene a la experiencia en muy alta estima, y más que a esta al bagaje y acumulación de ellas—, algo le contiene. Sorpresivamente detiene el coche, porque ha visto en un callejón que dos «moritos» estaban trapicheando con hachís, con todo el descaro que las sombras de la noche les proporcionaban. Al ver que paraban y saberse sorprendidos, estos emprenden la huida.
—¡Retén a los compradores! —le dice al nuevo mientras él va a por uno de los dos que corrían, justo el que se apreciaba que menos aguante iba a tener.
No se equivocaba su olfato: cincuenta metros después sucumbía. Le detiene, le acerca hasta el coche y, resoplando por la carrera, pregunta a su compañero:
—¿Y los compradores?
—Los dejé ir, ellos no habían hecho nada.
El veterano, con un gesto, le indica al que ha detenido que se vaya.
—Hala, con Dios. Hoy es tu día de suerte. Si no hay chocolate ni comprador, no ha habido venta; y para que sea sobreseído por falta de pruebas mañana, y para no perder yo un día, lo mando al carajo ahora.
El hombre que ha venido del otro lado del estrecho suspira y se aleja con estupor en los ojos, mirando para atrás varias veces, sin dar crédito a su buena baraka.
—¡Niño, tú y yo es la última vez que patrullamos! Me explico. No te pego una leche… porque… ¡Joder! —está que se lo llevan los demonios por la insubordinación.
—Hay que aplicar la ley a rajatabla; es un aspecto simple y puramente legal —acertó a explicarse.

El veterano guardó unas malas palabras que se enmudecieron en sus labios, como mudo se quedó a continuación y por bastante tiempo.
«Veinte años en esta jodida casa y, ahora, de viejo, me van a poner con este gilipollas, niñato, que se las da de profesor, que encima va a ser jefe y no sabe todavía cómo coño se debe hacer una intervención completa por tráfico», piensa uno. «La verdad es que tiene ojo clínico. Yo ni me había dado cuenta de que estaban trapicheando. Debo estar más atento», piensa el otro.

Pasan circulando por la Gran Vía, el «Broadway» madrileño. La gente se agolpa y hace cola en las entradas de los teatros. Los que salen se interrumpen y se mezclan con los que quieren entrar. Ellos no se hablan, aunque la emisora ya lo hace por los dos: no deja de hacerlo; el locutor no calla nunca, comisiona y comisiona indicativos. Continúan, suben por la calle de Fuencarral y bajan por la de Hortaleza. Sus numerosos comercios están cerrados, pero las aceras tienen una gran animación. Un par de mozas exhiben, más que muestran, sus escotes, sus piernas y su falta de consideración, saludándoles al pasar. El joven sonríe y les devuelve el saludo con un tímido gesto. El veterano contrae levemente el pómulo izquierdo y en la frente se le marcan más las arrugas. «Este es gilipollas, pero integral».

Transitan por delante de un edificio público. Un vigilante, de pie en la puerta, les mira al pasar y les saluda. El veterano devuelve el saludo con la mano. El vigilante envidia a los policías porque patrullan, viajan, transitan, se mueven. El joven se siente envidiado por eso mismo. El veterano, sin embargo, envidia la tranquilidad del vigilante, que está en su sitio expectante, mirando a un lado y al otro, alegre en esa madriguera como un oso hibernando en la cueva, que se sabe seguro, al que no van a molestar con problemas ni va a tener que solucionarlos.


La emisora, que no calla, esta vez les comisiona a una reyerta: «Diríjase a la cafetería Manila de Gran Vía donde, al parecer, tienen problemas con un individuo». Detienen el vehículo ante la puerta y bajan. El joven se adelanta a paso ligero, pero, con un gesto, el veterano le hace parar y ponerse tras de él. El veterano mira por la ventana y ve lo que pasaba en el interior: en una parte, los clientes cariacontecidos; debajo de una mesa, sangrando a borbotones por la nariz, un conocido «yonqui»; el personal refugiado tras el mostrador; y, en la otra parte, junto a la barra, dos metros de joven culturista, descomunal, anabolizado y ebrio, marcando bíceps y sacando pecho en desafiante postura, esperando un nuevo contendiente. Una mala copia de un colectivo que abunda en las noches de Madrid: el de los buscapleitos bullangueros.

Sí, nada más verlo, el veterano se da cuenta de que es un claro ejemplar de pendenciero redomado, de esos que, por culpa de, a partes iguales, la genética y la (mala, pésima) educación recibida, están especialmente dotados para pegarse y destrozarlo todo, siempre, por cualquier chorrada. No evitan jamás un jaleo; de hecho, no solo tienen propensión a la riña y son un imán para los problemas, sino que cualquier pretexto les sirve, máxime si han mojado antes el gaznate. «Este tío tiene toda la pinta de no importarle nada pisar los calabozos y los juzgados; de traérsela al pairo la autoridad y, muy especialmente, floja, sus agentes. El jodío tiene toda la traza de bruto y de bronco, toda la cara de un animal. Habrá baile, eso seguro, ¿aguantará el nuevo, me ayudará o estaré jodido?».

Entran; la violencia aún se palpa en el ambiente. El veterano habla e intenta una negociación sin daños colaterales, pero obtiene un insulto por respuesta. Esto es algo que siempre le ha enfurecido: lo de insultar. Mira a su compañero que, pese a ser psicólogo, ya ha entendido que la negociación se da por finalizada y ha comprendido, solo con ver su mirada de fiero león, que es el toque de trompeta que anuncia la carga de la brigada ligera.

Como en todos los matrimonios, las parejas del zeta no son una excepción y, por muy peleados y desavenidos que estén, se tienen que congeniar, velis nolis, en la adversidad o, si no, están perdidos. Al poco, el agua y el fuego habrán de soldarse, resultando agua caliente.
—¡A mí no me va a sacar nadie de aquí! ¡No me van a llevar preso y, mucho menos —mirando con desprecio y clavando sus pupilas en las cuatro de ellos dos— un viejito y un joven pollo! ¡Maderitos de mierda! —espeta el Músculos.

Desenvainan y se baten el cobre, bien batido, para tratar de reducir al Mihura. Le aplican «calor negro» suficiente y por diversas partes de su inacabable y dura anatomía, hasta que el coloso se viene al suelo, como se desploma finalmente una gallina clueca. Le esposan y meten, a rastras y en volandas, en el coche, como el toro que retorna a los toriles, no sin antes mirar bajo la mesa diciendo: «¡Hala, ya puedes salir e irte a ver al médico. Luego pasa por comisaría!».

Al veterano le duele todo, desde las pestañas hasta el tuétano de los huesos, y suda a raudales. El joven está impoluto y sin sudar una gota, a pesar de que ha movido su defensa como un leñador el hacha, sin cejar, hasta conseguir hacer caer el árbol.
—Pero tú no habías estudiado psicología. ¿Dónde dejaste tu psicología? ¿Dónde el método de persuasión? —se burla el veterano.
—Yo sí, pero él no ha estudiado «psicología».
—¿Has tomado nota de todo? Pues, hala, a curarse y a comparecer.

De nuevo en la gris y cenicienta comisaría, de nuevo alumbrados por la luz blanca, fría y mortecina de unos fluorescentes siempre encendidos, comparecen —adjuntando un parte de lesiones— ante el instructor del atestado y presentan como detenido a Juan, Hulk, alias el Músculos, por atentado y resistencia contra agentes de la autoridad, una falta de lesiones y otra contra el orden público.

Al lado hay una pareja de jóvenes denunciando el robo de un bolso. Por el pasillo viene y va el inspector de servicio, que pega el oído a todo lo que se va diciendo en las mesas, asintiendo cuando cree que es correcto, señalando con el dedo cuando no. El veterano dicta al también veterano instructor lo que ha ocurrido. De vez en cuando, mientras este termina de escribir, el otro cuenta alguna cosa graciosa.
—No acabo de decirle, de buen rollo, que se venga para comisaría y que no complique las cosas, y va el tío este y, sin pensárselo mucho, se me caga en mis muertos… ¡con el coraje que eso da! ¿Te has fijado, niño, cómo se cubría a lo Tyson cuando nos hemos acercado con las defensas? De poco le ha valido. Estuviste bien, pensé por un momento que no me ibas a seguir.

El joven se ríe, aunque más que a la conversación está atento a lo que escribe el instructor: quiere aprender. De repente cae en la cuenta de que ha escrito haber donde debiera ir a ver. Y no duda en decírselo; eso sí, le da un poco de apuro, y no bien ha acabado de hacerlo cuando ya se ha arrepentido, pero es tarde: el experto, humillado, arquea la ceja y le mira fijamente.
—¡Coño, con estos jóvenes! No fuman, no beben y no andan con… mujeres feas. Niño, no me vuelvas a corregir delante del jefe, que te pego una hostia —y, riéndose, hace el ademán—. Hala, campeón, si tan capaz te crees, ponte al ordenador.
El joven, sin acabar de creérselo, se pone a las teclas y comienza a escribir. Mecanografía durante unos diez minutos; finalmente se detiene, posa las manos en la mesa, mira a los dos veteranos y dice:
—Ya está.
—¿Sí? A ver, déjame leer —y lee—. Pedazo de burro, has puesto dos gerundios seguidos, varias veces, lo cual es intolerable en el lenguaje culto. Todo está confuso y no queda claro quién es quién y quién hace lo que hace. El juez, embrollado, os va a fundir. Y, para colmo, has confundido propinar con propiciar: no se «propician» los golpes, animal, sino que se «propinan». Pero tú ¿dónde coño has estudiado?… ¡Dime, para no mandar allí a mis hijos!

Todos, incluidos el jefe de la guardia y el joven, y hasta la pareja de jóvenes hurtados, ríen, porque la verdad es que el veterano tiene gracia, mucha gracia. También tiene razón en su comentario y eso da que pensar al joven. No es tan fácil escribir una «comparecencia» como se pensaba. De hecho, además de no ser clara, examinando la redacción ve que no es tan brillante como se espera, y se supone, de un licenciado universitario ni de un futuro inspector.

Antes de volver a la calle, la pareja visita los calabozos para ver a su detenido. Los calabozos de las comisarías, aunque no tengan huéspedes, siempre huelen a pies sudados; nadie sabe por qué, pero es así: esa hedentina nunca se va, no se marcha ni con salfumán. Junto a Hulk, que mira por las rejas con odio, como una fiera enjaulada, está un conocido gitano, apodado Pisha, que, a fuerza de costumbre, por reincidente y habitual, mira sin odio y sin cariño; parecen los ojos de un ciervo disecado.
—A ti, chaval, no te enseñaron una lección de niño. Ahora que ya la aprendiste… la próxima vez que veas un policía, ¡ya sabes...! —dice, mientras clava en los de él sus ojos de fuego, de león fiero, ojos que representan una ley inveterada que va más allá de la escrita y de un orden que es el que es: el de siempre, el de toda la vida, el de como Dios manda.
Salen fuera. El de seguridad cierra la puerta y les dice a los detenidos:
—Y ahora, tranquilos y calladitos. ¡A dormir! Que no tenga que volver por tonterías, ¿entendido?

De cuando en cuando, el joven mira al veterano. Ve su delgada figura, su pelo escarchado, sus ojos furibundos. Piensa que sabe imponerse a los malos y que tiene todo el aspecto de distribuir concienzudamente su tiempo entre ir al fútbol y ocuparse de la familia; se lo imagina perdiendo el tiempo entre hijos, tele y familia. El veterano, en cambio, apenas mira al joven; no le hace falta. Hace muchos años que ha aprendido, aunque no sabe de qué modo, a leer en la forma de mirar de la gente, a auscultar los gestos de las personas como la tensión de la sangre por las venas de la vida. Sabe que el joven tiene un montón de inseguridades que trata de pagar con su suficiencia. Sabe que sabe mucho, pero que no sabe nada.

Para el veterano, la comisaría es la noche oscura entre los días luminosos que son su casa y su familia. Para el joven, en cambio, es el centro del universo, el espacio alegre que hay entre cada viaje de salida y entrada al aburrido piso que comparte con otros compañeros. La comisaría se le figura un teatro donde representa, en cada servicio, una función de la que aspira, anhela, ser la estrella.

A la derecha de la calle de San Bernardo, que es sinuosa como el cauce de un río, el veterano mira por la ventanilla y se fija en las ventanas de los edificios. Están abiertas y se ve luz en su interior. Se adivina la presencia de sus inquilinos.
—Míralos, los vecinos están ahí adentro expectantes. No se dejan ver, pero vigilan. La democracia les ha perjudicado. Antes, si tenían un problema, el que fuese —un tío cantando borracho, dando la serenata—, llamaban a la policía y se lo llevaban. Era muy cómodo y no tenían que dar la cara: el orden funcionaba. Ahora, si toda una muchedumbre de jóvenes se emborracha bajo sus ventanas, lo llenan todo de mierda y no les dejan dormir en toda la santa noche… llaman, llegamos, escuchamos y decimos: «Denuncie usted, señora». Tienen que dar la cara e ir a juicio, y eso no les gusta, es incómodo. Por eso vigilan a ver qué hacemos. Antes de la democracia no vigilaban. La democracia, niño, les ha jodido: ¡ya no hay orden!

El joven piensa que no se sabe nada de cómo eran las cosas y la vida antes de la democracia, solo lo que le han dicho: que fue muy mala; pero no se imagina que pueda haber nada mejor. También piensa que su compañero es un nostálgico del anterior régimen. Se equivoca: fue, es, en ello anda, y será, si no se tuerce, un liberal; pero, eso sí, le gusta el orden. Es un hombre de orden y liberal. Un hombre paradójico, ambivalente y complejo como todos los que pueblan esta desvencijada piel de toro.

El veterano ha ido aprendiendo, a fuerza de beber todos los días en la acidez de la desilusión humana y de nadar en el estanque emponzoñado de las sinrazones e injusticias, a ver el lado malo de las cosas; el joven todavía no ve nada más que el bueno. Entre el blanco y el negro del joven, el manual y la ley, el veterano ya hace década y media que se mueve en las infinitas posibilidades de los grises.

En la calle de Montera se detienen cerca de unas cuantas prostitutas que hacen, como ellos, la ronda. La luz de los faroles ilumina el acto como, en un teatro, las candilejas a los protagonistas de una obra. El que se supone que es el chulo se va distraídamente, se sale de escena, echa el telón. Dos de ellas se acercan sonrientes al vehículo. Son sus dientes de nácar y su pelo de azabache. El veterano se baja para hablar con la más guapa, a la que parece que conoce. Es una joven pálida y hermosa, de mirada radiante. Lleva los brazos y las piernas al aire, tacones de vértigo, corta falda. Su busto prominente parece querer asomarse a la ventana de su escote.
—¿Cómo va todo esta noche? ¿Te sigue molestando el prenda ese del otro día?
—Bien, de momento nada raro y, después del repaso que le diste aquel día, no le he vuelto a ver.
—¿Por qué no me sacas de esto y me llevas contigo? Prometo que iba a ser buena —dice riendo, un deseo que sabe que nunca se hará realidad.
—Je, ¿y qué hago con mi parienta? No te preocupes, cariño, el día que sea rico y me toque la lotería te voy a poner un piso en La Castellana. O mejor aún, voy a tener dos como tú —responde con algo que sabe que tampoco nunca se hará realidad.
—¿Quién es tu compañero? ¿Es nuevo?
—Sí, pero se nos va; se hará jefe en septiembre.

El joven no les oye. No ha podido evitar fijarse en la otra mujer de anchas caderas, turgente y levantado pecho. Ella se sabe diosa, surgiendo esplendorosa de entre los fuegos del instinto que provoca, sueño hecho carne, y él, que no acierta a articular palabra y la lengua se le ha secado en el gaznate, no puede sino seguir mirando sus tersos ojazos. Finalmente decide arriesgarse; lo intenta, pero solo acierta a decir:
—¿Hace mucho que trabajas aquí? —dándose cuenta, al instante, de que ha metido la pata.
—Vaya, pues como que un poquito más del tiempo que llevas tú de madero —responde ella, sonriendo, con acento que revela su origen colombiano.

Los cuatro hablan durante un rato breve; luego ellos vuelven al vehículo y a su quehacer: transitar, patrullar, circular hasta la hora del alba. Y ellas… también.
—Siempre me he llevado bien con las lumis; será porque nunca fui cliente y porque ellas saben que no lo voy a ser. Desarrollan un sexto sentido, son muy psicólogas; solo con verte ya saben a qué atenerse y de qué pie cojeas, si tienes dinero o si eres un golfo. Te leen el pensamiento. Como policía me han llamado tantas veces hijo de puta que, en cierto modo, las he llegado a ver como de la familia —y ríe—. Por eso, si puedo y está en mi mano, algún favor les hago: espantarles a un pesado que quiere ser su chulo o a alguien que les quiere sacar los cuartos por ponerse en esa calle… ya sabes, esas cosas; ellas, a cambio, me dan soplos de lo que escuchan y ven por ahí. Como asociación, bien, pero más no; yo soy hombre de familia y la familia es lo primero. Niño, nunca lo olvides: todo falla, pero eso, la familia, permanece. Por cierto, mañana mi hijo pequeño, el de quince años, hará la prueba con el Atleti; el lunes la hizo con el Madrí. Me gustaría que fichara, que no se quedase fuera. Pero, de poder elegir, daría mi brazo derecho porque fichase por el Madrí; es que soy hincha, ¿sabes?, «el mejor equipo del mundo» —dice riendo.
—¿Y no estudia?
—Sí, claro. Pero esto es más importante. Es un crack, solo a unos pocos se les da, como a él, muy bien jugar al fútbol, y si llega al equipo «grande» se hará millonario, y yo seré entonces padre de un millonario. Se retirará, como todos, a los 35 y, forrado, ¡ya estudiará entonces, que aún será joven!
—No sé. Al final algo podría salir mal, por ejemplo una lesión, y quedarse entonces sin estudios y sin carrera futbolística.
—Leñe, que eres cabezón, se puede jugar al fútbol y estudiar a la vez. Anda, págate algo, niño. Y deja de pensar en la morena, que bien sabe ella, como bien lo sabes tú, que estáis condenados a no entenderos. Policías y prostitutas: aceite y agua.


En la glorieta de Ruiz Jiménez hay una cafetería, llamada «Iberia», que abre las 24 horas. Sus clientes prácticamente son taxistas, policías y barrenderos. Paso obligado para los que terminan o empiezan, o continúan, y quieren comer o tomar café. Apoyados en la barra beben, uno su negro cortado, el otro su Cola Cao color de tierra. Todos los seres que habitan trabajando en la noche oscura tienen, a esas horas de su ecuador, la mirada cansada, el ánimo abatido y un aire de melancolía. Son espíritus alicaídos que se mantienen de pie por la cafeína que corre por sus venas. Anhelan el fin de la noche y la llegada del día; el final de la jornada y el comienzo del sueño entre sábanas blancas. De día, el café se convierte en el momento para la conversación, pero de noche esa sustancia que nutre y destruye con idéntico gesto no les suelta la lengua. Callan. Café, tabaco y silencio. Sobre la costra de silencio de los policías se alza la algarabía de quienes no son trabajadores o se van a retirar antes. A los dos aún les quedan las horas más pesadas: las últimas.

El joven mira a los taxistas. Se le ocurre que ambas profesiones, la suya y la de ellos, tienen algo en común, ya que trabajan con un vehículo, recorren las calles y conocen todos los días a gentes diferentes. El veterano está pensando: «Hay que ver lo mucho que nos parecemos a los barrenderos, siempre limpiando la “basura” de las calles».

Sobre las 5:30 horas, la emisora que los coordina les comisiona a un banco de la Plaza de España, porque ha saltado la alarma, indicándoles que esperen allí la llegada de un equipo de subsuelo.

Llegan cuatro «Topos» en una furgoneta. Uno levanta la tapa de la alcantarilla, otro pone una leva y un tercero, atado a un arnés, se adentra y desaparece por el agujero como engullido por la tierra.

El joven, curioso como un niño, se asoma a mirar como si este fuera el brocal de un pozo y pudiese ver el principio de un submundo desconocido e ignoto. Piensa en lo maravilloso que es que exista un Madrid recóndito, oculto y subterráneo, una red de laberintos enterrados allí abajo y viajeros como aquel que transiten por ellos.
—¿No debería bajar otro para apoyarle?
—No, chaval, tranquilo, que si necesita apoyo porque hay un «malo» le azuzará a las ratas, que nos conocen y están de nuestra parte. Entra uno solo —le explica— porque hay algo que nosotros sabemos y que tú no, un secreto profesional, algo que no te voy a desvelar porque, si no, tendría que matarte —y ríen todos—.
—Comprobado, falsa alarma —dice el «Topo», saliendo de las entrañas de las cloacas.

Los cuatro recogen acto seguido sus bártulos, se despiden y, al punto, se van.

Sobre las 7:00 horas les solicitan apoyo para interceptar a un vehículo cuyos ocupantes se han dado a la fuga en un control; les indican que salgan a la calle de Alberto Aguilera. El veterano piensa: «Ya está liada, he aquí el problemón que me llevo oliendo desde que empezó el servicio, que o me hará salir tarde o me costará un disgusto gordo. Últimamente hay mucha violencia y aquí el más tonto tira de “hierro”». Al final, los que huyen no pasan por el punto en que ellos están. El joven piensa que se ha ido la oportunidad de oro, el servicio distinguido que espera; el veterano, que se aleja una premonición aciaga.

7:30 horas, se acaba el servicio. Ha venido el relevo de primeras horas. Es casi de día. Las luces de los fluorescentes se apagan. El veterano, ya cambiado, se va de la vieja comisaría pisando la luz del amanecer que se cuela por debajo de la puerta de entrada. Tras de sí se quedan las sombras humeantes de una noche más, una de tantas. Piensa en que no se ha cumplido el augurio, el mal fario del que le advertía su olfato en forma de comezón. El olfato de veterano no falla nunca una vez que se desarrolla, pero no le da más vueltas. «No habrá funcionado, cosas de la edad».




***

No fue esa noche de sábado, no serían las siguientes tampoco, ni siquiera fue en ese año ni en los tres que le sucedieron. Ocurrió cuando cambió el milenio, al poco de haber aprobado para oficial, una noche de los idus de marzo, la del primer sábado y a última hora de la noche, rayando el sol tímido sobre los edificios en penumbra; fue, cuando ya venía la aurora, cuando los anunciados elementos se confabularon y la mala suerte se le alineó para hacer realidad el funesto augurio, aquello que se barruntaba siempre en el vestuario al inicio de cada servicio.

Amanece. Llueve mansamente sobre Madrid; su monótono sonido al golpear los tejados y el pavimento es como una letanía fúnebre, de mal fario. Un dueño de un garito cerca de la Plaza de Santo Domingo pulsa la alarma porque acaban de dispararle en la pierna a un camarero que opuso resistencia, el pobre, y porque se llevan la recaudación de toda la noche dos tíos con pinta de ser de un país del este: altos, rubios, de rapada y cuadrada cabeza, ancha y única ceja sobre sus ojos azules, con cara de pocos amigos y armados con sendas pistolas. Dos multiculturalistas de esos que, a lo último, tanto abundan por la Villa y Corte.

Primero sale uno de los compinches a la calle, perdiéndose en dirección al Teatro Real. Luego, a continuación, el otro, pero se topa de frente con el veterano, que le da el «alto, policía». Sale huyendo como una liebre ante el perro de presa. El veterano y su compañero corren tras él. En un momento dado se gira y dispara con la misma pistola con la que descerrajó el tiro al camarero. No sirvió de nada que, por instinto y por olfato, se hubiera ido parapetando detrás de los coches, ya que la bala era perforante: traspasó un lateral del vehículo, salió por el otro y, silbando, seccionó su carótida. Sonó un trueno que creyó el clarín del último tercio; vio un relámpago y ya solo sintió el frío que deja la sangre embalsada al abrirse de golpe la esclusa.

Tocado por la pálida muerte, el veterano se ve ya con un pie en sus negros corrales; sabe que se le va la vida entre un estertor y el otro. Ni siquiera oye la ensalada de tiros que se está produciendo entre su compañero y el ucraniano. Aún tarda diez segundos en morir desangrado. Resignado, vuelve los ojos a su interior y se siente banal, estúpido por la estúpida forma de morir, pero la asume. Su penúltimo pensamiento es para su Conchi: «Hace muchos días que no te decía “te quiero” y, carajo, ya no va a poder ser…». El último fue para su hijo menor: «Ya no te veré jugar al fútbol ni vestir la camiseta del Madrí, ni nada de nada…».

Acababa de amanecer y en su ser, sin embargo, anocheció para siempre.

EPÍLOGO





Día de los Difuntos, en el cementerio de la Almudena. Es de mañana; junto a una tumba rezan una mujer y un joven de 20 años. En la lápida pone: «Oficial de Policía muerto en acto de servicio. D. E. P.». Sobre ella, ligeramente inclinada, una corona fúnebre en cuya cinta, con letras púrpuras, dice: «Tus compañeros no te olvidan». Se les acerca un policía al que reconocen por sus galones como inspector. Les da el pésame. Le abrazan.
—Es usted quien ha mandado traer esta corona y el que escribió esas cosas tan bonitas de él en la revista, ¿verdad?
—Sí, solo estuve una noche con él, pero le aprecié mucho desde entonces por lo que, sin saberlo, me enseñó.
—Y tú, al final, ¿qué? ¿Fichaste por el Madrid o por el Atlético? —mirando al chaval.
—Por ninguno, señor; he decidido presentarme a policía.
—Bien hecho. Si lo consigues, llámame o ven a verme —le extiende una tarjeta.
«¡Policía! Ay, amigo, ni tú ni yo tuvimos razón aquel día en nuestros deseos. Al final, cada uno es dueño de sus decisiones; la muerte separa a unos de su destino y condiciona el de otros».

ADENDA

En una revista policial, firmado por un inspector, se podía leer el siguiente obituario:

«Había andado por muchas veredas, entre olivares, antes de ingresar a finales de los setenta y vestir el gris. Después, vistiendo el marrón, recaló con su familia en las frías montañas y verdes valles del norte, cabe a la ría de Bilbao. Pasó un bienio en el que no se libró del odio de sus gentes, como sí de los disparos que un canalla, en nombre de la serpiente y el hacha, les disparó una mañana mientras hacían deporte; perdió aquel día dos amigos y el humor para siempre. Decidió irse, no establecerse allí. Pidió el traslado y se vino a Madrid, echó más raíces, tuvo otro retoño, se hizo vecino de Móstoles. Se fue un año, pasó un lustro, cambió al azul. Cayeron cadenciosos los años, pasó el milenio y, cuando ya empezaba a contar los días de los muchos que llevaba y los pocos que le quedaban, ayer, mientras amanecía sobre el horizonte de los tejados madrileños, un malnacido, que el diablo confunda, sin más mérito que el de apretar un gatillo, segó su vida; hizo que sonase su última hora. Aquella mañana llovía en la calle del adiós, como las lágrimas del recuerdo llueven ahora sobre nuestras mejillas. En un lugar del centro, con la guadaña ensangrentada, cantando, la muerte se alejaba: «Te libraste en Basauri, mas no en Madrid». Y tras de sí se oía el eco de sus pasos y el caer de las gotas contra el asfalto. “Todas hieren, la última mata”, que rezaba el lema grabado en la esfera de los relojes clásicos, recordándonos la futilidad de nuestra existencia. Las dos manillas de ese reloj que ignora la marcha atrás indicaron al viajero, mucho antes de que este llegara a la vejez, que la verja de la aduana de la otra vida ya se había levantado, y se fue. Tuvo que irse.

En el corazón y en el alma de nuestro compañero no habían sonado aún las suficientes campanadas; no, mas el reloj de la vida tocó su última hora y el destino caprichoso lo quiso así esta vez. Con un pie en la esperanza del lugar adonde se encamina y el otro en la mucha vida que ha dejado atrás, vida de capítulos inconclusos, pero de párrafos densos y tupidos, se ha ido hoy tragado por los vientos de la maldad de un semejante. Se va él, pero no es el final de una existencia, no mientras su recuerdo perviva en la memoria de los que le querían y admiraban: su familia y amigos. Las vidas son caducas; sin embargo, los recuerdos son perennes. No temáis, no sufráis: una gran estrella de escarcha se ha forjado desde hoy para toda la eternidad y, desde arriba, arroja sobre vosotros una luz calcárea que os mostrará el camino, eliminando las sombras.

In memoriam.»

FIN


©Humberto 2009

CUANDO EL CANSANCIO SILBA

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Fernando llegó esa noche al servicio agotado. Completamente agotado. Saludó al de puertas, se puso el uniforme en el vestuario y, camino del cuarto de los Zetas, pensó que no podía más, que en algún momento las fuerzas le abandonarían del todo. Escuchó atento durante el briefing, frotándose los ojos para evitar que se le cerraran y anotó las matrículas que el subinspector iba diciendo así como los nombres de los reclamados y los lugares donde, según los de Información, podrían ser hallados. Arrancó y, dando la entrada en el servicio, se incorporó al tráfico de las calles. Patrulló la ciudad. Intervino, mediando en peleas de bar, en discusiones entre familiares, entre cónyuges, entre vecinos; socorrió a personas caídas en la calle, salvándolas al menos durante 24 horas de ellas mismas y de sus adiciones. Comió en mitad de la noche su bocadillo mientras, como acostumbraba, leía la prensa recién salida del horno que le entregaba un repartidor, levantando de vez en cuando la vista para asentir a lo que le decía el compañero. Se daba cuenta de que muchos comunicados eran con «resuelto con presencia», lo cual era un claro síntoma de veteranía. Llevaba demasiado tiempo ya en esto, se decía.

El alba llegó finalmente, sorprendido de haber aguantado toda la noche y de seguir en pie Fernando se quitó el uniforme, dando gracias de no salir tarde, que dejó colgado con los recuerdos humeantes y se fue.
Regresó a casa al borde del desmayo. Besó en la frente a sus hijos dormidos y se acostó a medio vestir con cuidado de no despertar a su mujer.
Se levantó a la una. En la mesa de la cocina le habían dejado la comida preparada con una nota que decía: «PAPÁ, TE QUEREMOS». Comió solo. Luego a las diez, volvió a comisaría. Llegaba agotado, convencido de que se derrumbaría antes de que acabara el turno, pero iba silbando.


© Humberto 2019

jueves, 28 de noviembre de 2019

Drinking Again





Drinking Again



 

Bebía otra vez, como quien se sienta a conversar con la sombra interminable de su propio recuerdo. El vaso, tibio de tanto naufragio, brillaba a la luz amarillenta de la taberna, y el humo —prestado, ajeno— dibujaba en el aire las volutas de un tiempo más noble. Aquella noche, como tantas, hacía rondas sin rumbo, aceptando invitaciones de desconocidos, tentando al destino con la cortesía cansada de quien se sabe derrotado y, aun así, sigue haciendo reverencias.
—¿Otro trago?— preguntaban.
Y yo, pobre caballero desarbolado, asentía. No por sed, sino por nostalgia.
Porque beber no era beber: era rezar. Era implorar al silencio que, por caridad, pronuncie tu nombre. Era llevar a los labios ese amargo sacramento que promete olvido y sólo ofrece memoria.
Hablé, incluso, con algún bromista de sombrero ladeado, conté chanzas viejas y poco graciosas, esperando arrancar alguna carcajada que despejara mi espíritu. Pero nadie ríe del corazón roto; a lo más, se vuelve la mirada, se remueven las monedas, se brinda sin ganas.
Y, entre sorbo y sorbo, aguardé tu aparición —como se espera a la aurora en víspera de tormenta— sabiendo bien que no vendrías. Porque al final de todas las fiestas, después de los brindis y las patadas del destino, queda esta pobre alma, pequeña y confundida, abrazada al sueño derrotado de lo que un día fue amor.
Y así bebí.
Y bebí de nuevo.
No por olvidar, sino para seguir recordando.
©Humberto 2025


 

Mar eterno




Digamos que no tiene comienzo el mar
Empieza donde lo hallas por vez primera
y te sale al encuentro por todas partes.




martes, 29 de octubre de 2019

EL TRANSEÚNTE








«La vida cambia rápido. La vida cambia al instante. 
Te sientas a cenar, y la vida que conoces se acaba».

Joan Didion 



            Martín despierta creyéndose en Madrid, pero no, al abrir los ojos comprueba que está en el cuarto de la casa de sus padres, en su vieja cama de adolescente. Otras veces, en la somnolencia, creía encontrarse saliendo de un vehículo patrulla, o encañonado por un arma de fuego sostenida por un atracador, otras, en una cama y con una mujer que no eran las suyas. Las menos, en el pueblo, con la nariz fría, al alba de la montaña leonesa: donde fue más feliz y donde menos tiempo estuvo. Era Asturias, comprueba enseguida, mirando la lluvia golpear en los cristales y al recordar el motivo por el que estaba allí siente una inquietante punzada de melancolía. Esa sensación le acompaña mientras se viste y al bajar a la calle. Era otoño, llovía mansamente y un sol pálido se colaba entre un claro dorando las fachadas de los edificios. Entra en la primera cafetería que ve abierta y se sienta junto al ven­tanal, al fondo. Había venido al entierro de su padre, fallecido anteayer y enterrado ayer a las cinco de la tarde, hora torera. La muerte le había hecho darse cuenta de que el tiempo pasaba, que la vida empezaba a quitarle cosas, que había ausencias y silencios. Silencio, repite para sus adentros, silencio antes de nacer, silencio después de la muerte, la vida es puro ruido entre dos insondables silencios.
Consulta un número de teléfono en la agenda del móvil, la lista de nombres va pasando de arriba abajo en orden alfabético: nombres en mayúsculas con la relación entre paréntesis: compañero, amigo, familia, jefe, confite
Carmen: un amor pasa­jero, ahora casada. Pablo, El Ñapas: herido grave durante un tiroteo, jubilado desde entonces. El gran Márquez, compañero de patrulla, ¿vivía o había muerto? Don Mariano: recién ascendido a comisario, jefe en un lugar de la Costa del Sol. Pedro, el juez, se chifló después de la separación y de haber sido denunciado por su ex, ahora apartado de la carrera, decían. Barbie Carol: había oído que había regresado a su país. La atolondrada, alegre María Ferro: era extraño pensar que ella también, tan boba, podía morir. Padre. No, negó con la cabeza, aún no había borrado ese contacto, y cerró la agenda. Martín tenía la extraña impresión, ahora mismo, de que todo sucedía por azar, de que estábamos de paso, como el viajero que va caminando por una carretera muy larga pero que sabe, que más tarde que temprano,  ésta se termina en un precipicio.  Y siente vértigo.
Fue en ese preciso instante, cuando alza la mirada al ventanal, que ve pasando por la acera a su exmujer. Isabel era una de las transeúntes que caminaba muy cerca, pegada a la fachada, al otro lado del vidrio, despacio, con la mirada perdida, absorta en sus pensamientos. Al desaparecer del marco, el asombro se torna en estupefacción. Voces, caras y gestos se agolpaban en su mente así como un impulso de hacer algo. Deja unas monedas en la barra y sale presuroso a la calle. Isabel estaba al fondo de la calle esperando a que se abriese el paso de cebra. Se va hacia ella pero ésta cruza antes de que le pueda dar  alcance. La sigue, acortando distancia. Cuando ya casi llega a su altura detiene el paso sin saber por qué, y deja que empiece a alejarse nuevamente. Llevaba el cabello recogido con sencillez, tan negro y ondulado como siempre. Recuerda, ahora, que su padre había dicho una vez de ella que era «distinguida». Isabel dobla la esquina y Martín toma su dirección, aunque ya sin intención de abordarla para saludarla. Repara en que está agitado, que le late fuerte el corazón y que le falta el aliento. Hace unos ocho años que no la ve. Supo que se había casado y que tenía niños. Rara vez ha pensado en ella en todo este tiempo, aunque justo tras el divorcio, reconocía, estuviera hundido, derrotado los primeros meses. Hasta que encontró a otra mujer, y luego a otra y otra más. Cuando la lista se hizo lo suficientemente larga y muchos rostros de mujer se interpusieron, dejó de pensar no ya en ella sino en el sentimiento que tuvo por ella. Ahora tenía a Daniela, y estaba bien, o al menos eso pensaba. Desde luego, el amor que sintiera por su exmujer se había disuelto como un azucarillo en el proceloso mar de la vida. ¿Por qué, entonces, tiene ahora ese desasosiego? Su corazón nublado estaba extrañamente en consonancia con aquel día otoñal, piensa de repente. Es entonces que se detiene bruscamente, da la vuelta y, andando garboso, casi co­rriendo, vuelve a casa.
Abre una cerveza y se hunde en un sillón, abatido. Pega un trago mirando abstraído a la línea entrecortada de tejados que se asoma a la ventana. Tenía todo el día por delante hasta mañana. Repasa mentalmente la agenda: Hacer algunas compras, cenar con viejos amigos, tal vez liarse y salir de noche hasta tarde con ellos, confirmar el vuelo... ¿algo más?
En otro tiempo habían sido almas gemelas que se comprendieron, se aceptaron y sin más se amaron porque se necesitaban o porque necesitaban amarse. Fue una relación a distancia los primeros años, hasta que Martín consiguió venir destinado. Se casaron, y todo fue bien otro par de años más. Pero lo suyo tenía un ciclo vital que no sobrevivió a la segunda separación, cuando Martín ascendió de nuevo e iba a ser trasladado. Para esas alturas, Isabel quería tener hijos mientras que Martín, por el contario, anhelaba aquel ascenso y el pasar varios años fuera destinado hasta que se produjera vacante, aunque lo que realmente añoraba era volver a la relación a distancia, a tener su espacio, recuperar su independencia. A todo ello se le unían, además, los celos de Isabel que empezaron a salirse  de los límites rayando en lo patológico. Isabel había perdido la confianza en Martín: había demasiadas mujeres en su agenda y eran continuas las veces que se apartaba para recibir llamadas o para responder a mensajes.
Da el último trago al botellín y, de nuevo, consulta la agenda del móvil. La decisión de llamar a su ex es impulsiva. Lo marca sin reflexión alguna. Se habían intercambiado únicamente mensajes de feli­citaciones en Navidad, pero no había ninguna razón para no llamar. Mientras espe­ra, bip, bip, la duda empieza a inquietarlo. Isabel contesta. Su voz familiar es para él un nuevo choque. Tiene que repetir su nombre dos veces, pero cuando ella dice por fin el suyo parece alegre, y eso le anima. Le dice que estaba en la ciudad, que se iría al día siguiente y que le apetecía saludarla. Ellos tenían un compromiso por la noche —responde Isabel—, pero que se pasara en la tarde por su casa y les visitara. Martín acepta, encantado.
Mientras se prepara, piensa en cómo se lo contaría a Daniela. «Me encontré por casualidad, diría, con mi antigua mujer. Pasé unas horas con ella... y con su marido, claro, en su casa. Fue extraño verla después de tantos años…»
Niega con la cabeza. No, eso suena a disculpa.
Isabel vivía en un barrio nuevo del extrarradio, cuando sube al taxi en el centro todavía se  vislumbra el ocaso prolongado, pero al llegar es ya de noche. El edificio en cuestión es vistoso, con un portal muy moderno. Va nervioso. Desasosegado, tal vez, de confirmar lo que piensa del encuentro. En el ascensor se cuenta ante el espejo las arrugas como quien enumera la lista de una agenda: nombres propios con sus propias historias.
—Hola. Entre, señor.
Martín se queda asombrado ante el chico rubicundo que le ha abierto la puerta. No había hecho el ejercicio de imaginárselos, de ponerles cara a los hijos de Isabel. Sonríe torpemente ante el desconcierto.
—Hola. ¿Cómo te llamas? —dijo entrando.
—Mario —responde el niño.
En el salón, el marido le provoca otra sorpresa para la que Martín tampoco estaba preparado. Luis, que se adelanta para tenderle la mano, era un hombre grueso y grande, también rubicundo. A Isabel no le pegaba nada un hombre así.
—Soy Luis. Encantado. Isabel vendrá en seguida... Ya sabes, las mujeres. Está acicalándose.
Sonríe Martín, cómplice. Aquellas palabras afloran recuerdos. Isabel, desnuda antes de entrar en la ducha. A medio vestir delante del espejo, cepillándose el cabello negro. El encuentro de su cuerpo y el de ella, las carnes ávidas de poseerse sobre sábanas blancas. Martín aleja de sí los recuerdos obligándose a sostener  la mirada de Luis.
—Mario, ¿puedes traer, por favor, hielo de la cocina?
El niño obedece, diligente, y cuando se hubo ido, Martín dice:
—¡Qué crío más educado tenéis!
—Lo intentamos.
Se hace silencio hasta que el niño regresa con una cubitera, Martín pasea la vista por el salón deteniéndola en el piano. Después, copas en mano, debidamente estimulados, van entrando en animada conversación: hablan de lo de Cataluña, del tiempo en Asturias en general y la lluvia en particular, y del problema del gobierno en funciones así como de las nuevas elecciones.
—Martín se vuelve mañana a Madrid —le dice Luis al niño, que permanecía sentado observándolos a ambos—. ¿A que te gustaría ir a ti también?
Mario sonríe:
—Yo quiero ir al Bernabéu.
—¿Eres merengue, chaval? —quiere saber Martín.
—Ya lo creo. Sus dos pasiones son el Madrid y la policía —aclara Luis.
—Pues si alguna vez vienes a Madrid, te llevaré a ver un partido en un coche patrulla.
El niño levanta los brazos entusiasta.
Entra Isabel, en ese instante, llevando en brazos una niña. Se hace un silencio roto únicamente por el hielo de las bebidas. Las miradas de ambos se cruzan y él sostiene la de ella. «Distinguida», la  palabra de su padre discurre insistente por la mente. Vaya si es distinguida, piensa Martín.
—¡Cielos, Martín! —dice colocando a la niña en el regazo de su padre—. Cuánto tiempo. Me alegro tanto de que hayas podido venir.
Martín se levanta para saludar a Isabel, dando la espalda a Luis, que sostenía a la pequeña, y estudia de cerca a Isabel. Estaba muy hermosa, más de lo que recordaba o creyera recordar. Al besarla puede oler su cabello limpio y a piel entibiada con perfume. Su rostro seguía igual de suave pero más sereno.
—No has cambiado nada —dice Isabel, retirándose un poco para verlo.
—Ha pasado mucho tiempo.
—¡Ocho años!
—Llevas la cuenta.
Casi inconscientemente, Martín se lleva la ma­no al pelo que ya tenía algunas canas.
—Parece que fue ayer.
Martín continuaba de pie, frente a ella. Sonriente.

El olor de tu cabello recién salida del baño; el color de tus ojos en un día soleado; el eco de tu risa perdiéndose en el olvido; tus mejillas, salpicadas de harina, mientras apartas un mechón rebelde de negro zaíno; tus dientes blancos rasgando la piel de una manzana; el aroma de jazmín, estela de tu ausencia; una tarde lluviosa y el reflejo triste de tu rostro en el cristal, perlado de lágrimas y gotas de agua

—Qué lástima que no podamos quedar otro día y salir a comer o a cenar por ahí.
Parpadea Martín, volviendo a la realidad.
—Sí, como te dije vuelo mañana temprano.
—Qué rabia. Teníamos este compromiso de fiesta para esta noche, desde hace meses.
Isabel se sienta en el sofá y le hace una señal a Martín para que se acomode a su lado.
—Pero ¿y cómo es eso de que solamente estás hoy?
El gesto de Martín se vuelve sombrío. La gama de emociones, detalles y recuerdos vividos durante el entierro acompañando al féretro, pujaban ahora por salir al tener que verbalizarlo. 
—Vine porque mi padre falleció anteayer.
—¿Murió tu padre?
—Sí. Llevaba enfermo un par de años. Lo enterramos en León, de donde era, ya sabes.
—Cuánto lo siento, Martín. Tu padre siempre me cayó genial.
—Lo sé. Era mutuo. Él te apreciaba de veras.
—Perdimos totalmente el contacto, vaya si lo siento. Mi más sincero pésame.
Martín responde gracias e Isabel le pasa la mano por el hombro. Luis, el marido, también le da el pésame. 
Martín echa una ojeada al reloj.
—Dejemos las cosas tristes, ¿tenemos hasta las nueve?
Isabel le responde que sí, y vuelve a lamentar no poder suspender el compromiso de esa noche. Le habla del trabajo de Luís, tiene un alto cargo en una multinacional, les va bien, son felices.
Escucha atento, Martín. Y sospesa. Su vida le parecía ahora tan solitaria, un edificio añejo sin cimientos, un barco oxidándose encallado en un puerto abandonado. Sentía, al ver el reflejo de los cinco en los ventanales del salón, que no podría seguir mucho tiempo entre aquella familia en la que era un extraño. Un advenedizo.

—¿Sigues escribiendo?
—No. Perdí el hábito de hacerlo. Cada vez que trataba de escribir algo lo dejaba al poco…Perdí la vocación.
—No debiste dejarlo. Eras bueno.
Una pausa larga, reflexiva. A Martín se le marca una arruga entre las cejas.
—Celebro que lo recuerdes. Perdí la vocación cuando perdí la musa.
Se mira las uñas Isabel, como si buscase respuestas en ellas.
—Tengo por ahí tus dos novelas. No hay mes que no relea algún pasaje o algún capítulo. Sobre todo de la nuestra.
—Nuestra —vuelve a decir, Martín—. La escribimos a medias, cierto.
—Eres muy generoso atribuyéndome la mitad. Yo solo te daba el pie, escribiendo lo que se me ocurriera, y tú, no sé cómo, lo unías a lo tuyo y  lo transformabas en literatura. En tú literatura.
Hace una pausa, tras la cual añade:
—Era la forma de estar unidos en la distancia, los primeros años. Pasabas fuera mucho tiempo.
—Sí, lo recuerdo. Pero la escritura quedó atrás —la antigua sonrisa ancha que le marcaba los hoyuelos y le hacía tan simpático, aparece—. Como esta ciudad. Nada me ata a esta tierra salvo el hecho de haber nacido aquí.
El cuerpo tendido en la seda dorada del ataúd al que habían maquillado la cara de una manera grotesca, haciéndolo irreconocible, yerto con las manos entrelazadas, rodeado de coronas y ramos. El recuerdo se cierra y Martín vuelve a la realidad de la miel de los ojos de Isabel, que lo contemplan.
—Pero, Martín, vendrás cualquier otro día, no sé, en navidad o en verano. ¿No vas a ser siempre un desterrado, no?
—Desterrado —repite Martín—. No me gusta mucho esa palabra.
—¿Qué palabra hay mejor? —pregunta ella.
Él piensa un momento:
—Transeúnte, tal vez.
Martín mira otra vez su reloj e Isabel se excusa:
—Si lo hubiera sabido con tiempo...
—Da igual. Es culpa mía. Soy yo quien debía haberlo previsto, haberte llamado el primer día que llegué.
Suena el timbre de la puerta y Luis sale del salón en dirección a la entrada, excusándose:
—Debe de ser la canguro.
Al cabo entra acompañado de una chica joven muy bonita a la que presenta como Luisa, que saluda a los presentes y se lleva a la niña y al niño a la cocina.
Mario protesta, mirando a Martín —quería quedarse un poco más—. Se le parece mucho a otro crío, el hijo de Daniela, un niño de siete años, de carita ensombrecida y rodillas huesudas, al que Martín evitaba y olvidaba con frecuencia.
Martín e Isabel se quedan solos. El peso de la situación gravita sobre aquellos primeros instantes de silencio. Martín pide permiso para servirse otra copa e Isabel le acerca los hielos. Se lleva el vaso a los labios mirando el piano.
—¿Todavía tocas?
—Aún disfruto tocando.
—Toca algo, por favor.
Isabel camina hasta el piano. Su diligencia para tocar cuando se lo pedían había sido siempre una de sus virtudes. Nunca se hacía de rogar, ni se excusaba. Ahora la luz de una lámpara descubría un ángulo de sonrisa entre el cabello ondulado mientras levantaba la tapa. Martín sintió que su melancolía se mezclaba con muchas otras cosas.
Apenas tarda en reconocer el título de la canción, a los primeros acordes: «Drinking again». Podría decirse que constituía la banda sonora de lo que fue su relación. Vuelve a su mente el recuerdo de aquél día en que le comunicó que había resultado apto. Meses atrás, cuando decidió presentarse, habían discutido, a ella no le hacía gracia separarse de nuevo, así que cuando, armado de valor, se lo hubo dicho, que se iba, ella le preguntó llorando que por qué le hacía aquello; con tristeza le dijo que sería poco tiempo, un par de años como mucho, que era importante para su carrera, lo que necesitaba para realizarse. ¿Recuerdas cuando me pediste que me casara contigo?, dijo ella. Sí, le respondió él. Dijiste que habías soñado que envejeceríamos juntos. También te dije que no acabo lo que empiezo. No dijeron nada más, y le abrazó, con fuerza, mientras continuaba llorando, y  luego, esa noche, hicieron el amor. Y estuvieron inmersos en un abrazo tan cálido, sincero y desgarrador, porque era el último, como el que jamás tendría otro.
Sobre la canción habían hablado muchas veces. La ponían cada poco. Él sostenía que era Sinatra, la voz sonando pasada de whiskey, una noche a las tres de la mañana, llorando la muerte de Marylin y añorando la relación, aunque escabrosa, que mantuvieron. Para Isabel había una relación directa con los cuadros de Hopper de hombres solitarios en barras de bar igualmente solitarias.  Sin darse cuenta, Martín que ha cerrado los ojos, pone mentalmente la letra a las notas que escucha. Es la historia de un perdedor, de un solitario decadente, alguien como él mismo, bebiendo de nuevo, con una copa en la mano navegando por estéticas de Hopper con música de Sinatra de fondo.
La canción se termina y en el silencio que sigue, se escuchan rumores de platos y voces susurrantes, provenientes del otro lado del pasillo entre la que se distingue la de Luis, hablándoles a los niños de una sorpresa. 
El piano comienza a sonar, está tocando otra. Martín sigue con los ojos cerrados, la cabeza sobre el respaldo de la butaca. No reconoce la melodía, pero le era familiar sin lugar a dudas. La está interpretando en modo frigio, es eso. Al fin la reconoce: «Time», de Hans Zimmer, la banda sonora de la película «Inception». Cómo no. Una canción que no había vuelto a escuchar desde entonces y que llevaba mucho tiempo dormida en su corazón, que le hablaba de otro tiempo, de otro lugar: era la que Isabel solía tocar una y otra vez. Y que ahora germinaba un bosque de recuerdos. Martín se perdió en ese bosque.

Pasado ya el tiempo en el que tu cuerpo era el mapa de mis sentidos; olvidamos la canción que sonaba en la última noche, la del apagón definitivo, la del nido vacío sobre el que fue nuestro altar, la que merodea nuestra playa de silencios que enquistan los enojos, las ausencias de pasión que llenan este salón con las cenizas de una hoguera en llamas.

Le resulta extraño a Martín que eligiera Time, y que lo interpretara en aquella escala tan baja que imprimía a la canción mucha más nostalgia y hondura de la que de por sí poseía. La ensoñación queda rota por la aparición de Luis.
—Venid a la cocina, el picoteo está listo.
Todavía, después de sentarse a la mesa, la interrupción de la partitura le oscurece el hu­mor. Está algo achispado.
—¿Alguna vez has confundido un sueño con la vida real? O ¿has creído que tu tren se movía estando parado? —dijo mirando a Luis—. No hay nada que te haga darte tanta cuenta de la impro­visación de la existencia humana como una canción sin terminar, o una agenda de teléfonos con abonados que no existen.
—¿Una agenda de teléfonos? —repite Luis. Luego se calla, prudente.
—Sigues siendo el mismo —dice Isabel con algo de la antigua ternura.
Sobre la mesa había bandejas con embutidos y quesos variados, y una botella de vino, todo ello dispuesto sobre un mantel blanco. Durante la comida Isabel mantiene viva la conversación cuando los silencios se hacen demasiado largos, en eso era genial. Y así Martín tuvo ocasión de hablar de Daniela.
—La conocí el otoño pasado, por estas fechas. Le va bien en su trabajo. Como a mí en el mío. Lo mismo nos casamos un día de estos.
Lo que cuenta parece tan verídico, que Martín no se da cuenta de que miente. Él y Daniela no habían hablado nunca de matrimonio. Y en realidad, ella seguía casada con un tipo en su país, del que lle­vaba separada cinco años. Pero era demasiado tarde para rectificar.
—Me alegra mucho saberlo. Enhorabuena, Martín.
Así que tratando de compensarlo, cuenta cosas verdaderas.
—Me encanta el otoño en Madrid: los árboles teñidos de ocre y rojo, el manto de hojas secas sobre las aceras, las temperaturas suaves...
Da un sorbo a la copa de vino que Luis le sirve. Y añade:
—Daniela tiene un niño de seis años. Un crío simpático y dicharachero; lo llevo algunas veces a la Warner.
Miente otra vez. Había llevado sólo una vez al pequeño al parque de atracciones. Era un día de verano de mucho calor, el niño había montado en un par de atracciones y habían comido una hamburguesa. El niño quiso entrar en la Casa del Terror. Pero no había tiempo, porque Martín quería ir al gimnasio de tarde, aunque le dijera como excusa que tenía que ir a trabajar. Le había prometido que volverían otro día. Desde entonces, solamente lo había sacado otra vez para ir a la hamburguesería de debajo de casa.
Hubo un revuelo. La canguro trae un pastel con velas rojas. Los niños empiezan a aplaudir. Martín parece no comprender.
—¡Felicidades, Martín! —dice sonriente Isabel— ¡Sopla las velas!
Martín se rasca la cabeza cayendo en la cuenta: era el día de su cumplea­ños. Lo había olvidado por completo. En realidad, era al día siguiente, pero quedaban menos de cuatro horas para el cambio de día. Isabel era así. Martín apaga de un soplido las velas y la estancia se llena de humo y de olor a cera quemada. Cuarenta y tres velas. Las venas de su cuello se oscurecen y laten de una manera visible.
Cantan el Cumpleaños Feliz. Todos ríen y aplauden. Incluso Martín, aunque la suya sea una risa disimulada, porque sigue sintiéndose ajeno y advenedizo allí. Bebe un sorbo de la nueva copa y mira a Isabel a través del cristal, que también lo está mirando.

…que estoy con dolor queriendo
lo que muero y lo que vivo,
lo que vivo y lo que muero
de tenerlo sin vivirlo.


Es casual, apenas dura un segundo. Ella les está diciendo algo a los suyos y simplemente ha coincidido con sus ojos. O puede que tal vez no, que haya disimulado apartando la vista en el momento preciso. Frustra la melancolía que le punza dando un trago. Ha pasado mucho tiempo desde que hablaron por última vez, a los meses de  haberse ido y haberse separado, cuando el divorcio. También aquel día buscó deliberadamente su mirada. Pero la miel de su iris se había pavonado.
Luis interrumpe, por segunda vez, el momento:
—Es hora de irnos.
Martín agradece a Isabel la sorpresa de la tarta de cumplea­ños, dice los adioses apropiados a los niños, aprieta fuerte la mano de Luis, besa la mejilla que le ofrece Isabel, la mujer a la que conoció y a la que ya no conoce, y se va.
En la calle, una luna alta, fina, brilla sobre los oscuros edificios. Hace frío y un viento desapacible anuncia lluvia. Martín duda entre llamar a un taxi o buscar un bar y acodarse en su barra. Opta por lo segundo.

***
En la radio del taxi que lo lleva a casa suena música lounge. Los edificios de La Castellana pasan por la ventanilla y sobre ellos, contempla Martín, que lleva la cabeza apoyada sobre el cristal, un sol pálido y un cielo limpio y azul. Lleva un rato así, pensativo sin apartar  los ojos del paisaje. Busca respuestas a preguntas que se formula.
Estaba solo. Aún tenía algo de resaca de la noche anterior, había visto por la mañana temprano su ciudad desde el cielo, entre brumas imprecisa. Luego, Asturias se había quedado atrás, y cuando sólo se veían las tostadas llanuras de Castilla, fue que pensó en Isabel y en su familia, a medio camino entre el deseo y la envidia, sintiendo  una honda pena, inexplicable. Había tarareado Drinking Again y Time, llevando el compás imaginariamente tamborileando con los dedos sobre la rodilla, recreándose en la  cadencia, en algunos sonidos dis­persos, en la interrupción, era todo lo que le quedaba de aquellos tres días y aquellas pocas horas con Isabel. A mediodía, cuando el avión aterrizaba en  Barajas empezó a pensar con desapasionamiento en la muerte de su padre. De algún modo, concluyó, el tiempo pasa y el amor y la vida finalizan, y es natural que lo que primero fueron hogueras y luego brasas, acaben convirtiéndose en ceniza.

Ahora, camino de casa, piensa en todo eso. Comprende el desorden de su vida, las cosas a medio hacer entre la sucesión de amores transi­torios,  y el tiempo, el siniestro deslizarse de los años, siempre el tiempo.
—¡Cambio de planes! —comunica al taxista—. Por favor, lléveme a Usera.
Quien abre la puerta no es Daniela, sino el niño, que estaba en pijama, con una bata roja que le quedaba grande. Sus ojos grises ensombrecidos, al ver a Martín en el rellano, chispearon momentáneamente.
—Mamá no está.
Daniela no estaba. Era cantante y bailarina y la compañía que la había contratado se había ido de gira al sur. No regresaría a casa hasta la noche. El niño vuelve a lo que estaba haciendo antes de abrir la puerta, arrodillándose sobre un papel extendido en el suelo junto a lápices de colores desparramados. Martín echa una ojeada al dibujo: Una mujer con el pelo rubio platino cantaba a un público, alumbrada por un foco. Se podía leer en un globo, como en los cómics, «Despacito, quiero respirar tu cuello despacito. Deja que te diga cosas al oído».
—¿Y tu madre te deja solo aquí?
—La vecina me cuida. Tiene su puerta abierta y entro cuando quiero. Pero ahora estaba dibujando.
El niño levanta la cabeza y Martín lo aúpa y sienta a las rodillas. La melodía, la música sin terminar que Isabel había tocado le vino de repente a la me­moria. Sin pedírselo, la memoria desembarcaba en él su carga. Paz convaleciente.
—Martín, ¿lo viste? —pregunta el niño.
Confuso Martín, piensa en el hijo de Isabel, el niño rubicundo al que gustaban el Madrid y los policías.
—¿A quién?
—A tu papá.
El niño añade:
—¿Estaba bien?
Martín se apresura a decir:
—¿Sabes qué?, hoy es mi cumpleaños. Iremos a la Warner, a montar en todas las atracciones y a la Casa del Terror. Y ésta vez no tendremos prisa.
—Martín —dice el niño muy seguro—. El parque está cerrado ahora.
Muerde el labio inferior. Era otoño y únicamente abrían los fines de semana. Consulta el móvil: ningún mensaje de Daniela felicitándolo, se había olvidado. Ella era así. O tal vez se debiera a que no habían hablado de ello, a fin de cuentas él tampoco sabía cuándo caía el suyo. Eran dos perfectos desconocidos. Nuevamente la nostalgia, la aceptación de años desperdiciados, el viajero llegando al final del camino, el vértigo al intuir el borde del precipicio, el silencio. De nuevo la muerte. Todo ello detrás de la memoria entera, como un tren que anduviera sobre dos vidas en la misma rueda. 
El niño se acurruca en su regazo. Es entonces, cuando su  mejilla toca la mejilla suave y siente el roce, que estrecha al niño como si una emoción tan cambiante como su amor pudiera dominar el pulso del tiempo.


—Fin—




© Humberto 2019





DE MÚSICAS QUE ENMUDECEN Y OTRAS QUE RENACEN








Como si de una nebulosa se tratara, nadie puede precisar el primer encuentro entre Marilyn Monroe y Frank Sinatra pero, la más aceptada, es una cena en el famoso restaurante hollywoodense Romanoff's, en el año 1954. Aunque once años les separaban, dos de las mayores celebridades del siglo XX parecían destinadas a cruzar sus caminos. En algún momento, los dos fueron almas extraviadas, los dos, almas gemelas que se comprendieron, se aceptaron y sin más alarde, se amaron porque necesitaban consolarse o se consolaron porque necesitaban amarse. Aunque Marilyn siempre había sido admiradora incondicional de Frank Sinatra y de su música y solía acudir a sus conciertos, no fue hasta octubre de 1954, cuando la actriz rompió su matrimonio con el jugador Joe DiMaggio, que se acercó más amistosamente al cantante, quien también atravesaba su particular crisis con Ava Gardner. Se entendieron porque se necesitaban mutuamente. Ambos estaban destrozados por sus respectivas pérdidas y durante un tiempo, no hubo ningún contacto sexual, solo compañía, soledad compartida, juergas y comprensión.


Según palabras del actor y miembro de Rat Pack, Joey Bishop, durante un concierto que Sinatra ofreció a finales de la década de los cincuenta, mientras él estaba realizando el monólogo de apertura, apareció entre el público Marilyn Monroe y todo el público, por supuesto, dejó de atender a Bishop. No quedaba un sitio libre en todo el local, así que le sacaron una silla y la instalaron en primera fila. Entonces Joey Bishop la miró fijamente a los ojos y exclamó: «Creí haberte dicho que me esperases en la furgoneta». Ella comenzó a reír como sólo Marilyn sabía hacerlo y gritó «¡que entre ya Franky!». Por aquel entonces ella y Sinatra iban juntos a todas partes pero raramente se dejaban fotografiar. A los amigos de Sinatra les parecía muy extraño que entre una de las mujeres más deseadas y el mejor cantante del momento no existiese más que una limpia amistad pero, en ese momento, ni Marilyn ni Frank necesitaban nada más. En cualquier caso, todo cambió durante una temporada larga (más de un mes) que la actriz pasó en casa de Sinatra. Durante la madrugada, Frank se despertó y fue a la cocina donde encontró a Marilyn completamente desnuda (como solía ir siempre por la casa) frente a la nevera, mordisqueándose el dedo meñique e intentando decidirse entre un zumo de naranja o un pomelo. «¡Oh, Frankie! No sabía que te levantaras tan temprano», exclamó Marilyn. Ese fue el final de cualquier amor platónico que hubiera entre ellos ya que, ese mismo instante, hicieron el amor contra la puerta de la nevera. Ese fue el principio de una larga relación íntima, llena de idas y venidas, de altibajos, de luces y sombras, pero que perduró hasta la muerte de Marilyn Monroe, en 1962.

Frank y Marilyn se amaron de la misma manera. El cantante, según sus propias palabras, pensaba que era una mujer inteligente, ingeniosa, sexy y excitante. Marilyn creyó realmente que su destino era el matrimonio con Sinatra pero, quizá, esa fatídica noche de 1962 lo evitó para siempre. Y la única razón por la que Frank Sinatra no se tomó más en serio su relación con Marilyn fue porque, según él, todavía se sentía destrozado por culpa de Ava, era demasiado pronto y, además, se había jurado no compartir su vida nunca más con otra actriz. Pero, en definitiva, ahí estuvo después Mia Farrow. Lo que a Sinatra realmente le fascinaba o le atraía de la actriz era su fragilidad, al igual que había sentido por Kim Novak o Judy Garland, pero multiplicado por mil. Frank veía reflejadas sus debilidades, como en un espejo, cuando miraba a Marilyn.


Pero a pesar de que actriz y cantante acabaran teniendo una relación sólida, la actitud de Frank Sinatra, antes de intimar con Marilyn, fue desconcertante y una vez más, desafortunada. El cantante había fraguado amistad también con Joe DiMaggio, cuando este era el marido de Mariyln Monroe, según las malas lenguas, para acercarse más a la actriz. Una vez separados, DiMaggio se enteró que Sinatra alojaba en su casa a Marilyn, montó en cólera y retiró el saludo al cantante. Pero una noche del 5 de noviembre de 1954, antes de retirarse el saludo mutuamente, DiMaggio telefoneó a Sinatra ya que, según sus informaciones, estaba pasando unos días en Hollywood. El jugador de béisbol necesitaba que Frank le acompañara al hotel donde estaba alojada, en West Hollywood, Marilyn Monroe. La intención de DiMaggio era sorprender a Marilyn teniendo relaciones sexuales con una amiga y así, reunir pruebas en contra para el proceso de divorcio. El problema fue que Frank Sinatra y Joe DiMaggio irrumpieron en la habitación equivocada, cámara fotográfica en mano y fueron demandados por una mujer de treinta y siete años que estuvo a punto de sufrir un infarto. La demanda fue de 200.000 dólares pero DiMaggio y Sinatra le pagaron, fuera de los tribunales, 7.500 y la mujer aceptó. Realmente Marilyn Monroe se hospedaba en ese mismo hotel, pero en el piso de arriba y estaba, efectivamente manteniendo relaciones sexuales, pero no con una amiga (aunque sí que lo hizo en repetidas ocasiones) sino con el pianista Hal Schaefer. Al final el asunto se solucionó casi sin repercusión mediática, aunque la revista sensacionalista Confidential sacó partido de la información tres años más tarde. Marilyn recordaría más tarde el incidente como «una mala pasada para Frank Sinatra, que se dejó llevar por DiMaggio».
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Fue a finales de la década de los cincuenta, y a principios de los sesenta cuando Marilyn y Frank mantuvieron una relación más estable, basada en compasión mutua e intereses comunes. Incluso durante el matrimonio de Marilyn con Arthur Miller (que duró de 1956 a 1960), siguieron viéndose a escondidas. Los dos se hallaban en un mismo nivel de comprensión y podían pasar horas y horas hablando sobre literatura, arte o política. También en el terreno sexual, fue una pareja innovadora. En una ocasión, Frank, Marilyn y una mujer de color se encerraron en la habitación de un hotel para tener un encuentro sexual en grupo. Pero el trío no funcionó ya que, según Jimmy Withing (amigo de la pareja) la mujer de color y Marilyn empezaron a montárselo entre ellas y Frank se puso furioso. Otras veces, en mitad de una fiesta, solían desaparecer por alguna discreta puerta trasera para acceder a la azotea del hotel y hacer el amor a la intemperie, algo a lo que acabaron aficionándose. A principios de 1962 Marilyn contaba con treinta y cinco años y Frank Sinatra, cuarenta y seis. En febrero de dicho año, Marilyn que ya había terminado su relación con John Fitzgerald Kennedy, empezó un pequeño idilio con su hermano Robert, algo que nunca se llegó a demostrar y de lo que Frank nunca se enteró, ya que la actriz fue siempre muy reservada en sus relaciones con los Kennedy, a pesar de que todo había llegado gracias al cantante. En cualquier caso, Frank y Marilyn comenzaron a hacer vida social, iban juntos a todas partes, se hospedaban en la misma habitación, prácticamente eran inseparables. Sin embargo, pocas veces admitían que les fotografiaran juntos. En más de una ocasión, Frank acabó enfrentándose con los fotógrafos e incluso llegaban órdenes del propio Sands de Las Vegas (donde se organizaban la mayoría de las fiestas), de que se permitía fotografiar cualquier persona o habitáculo del hotel excepto al señor Sinatra junto a la señorita Monroe. Marilyn solía acabar todas las fiestas tambaleándose, borracha. Frank Sinatra en este aspecto, como ya hiciera con Judy Garland, le mostraba su desaprobación diciéndole que le molestaba profundamente su adicción al alcohol, a las pastillas y su fuerte naturaleza autodestructiva, algo que el propio cantante ya había experimentado en sus propias carnes.
 En verano de 1962 Frank Sinatra inició su gira mundial benéfica ALL OF GOD’S CHILDREN que terminó visiblemente afectado y tras romper su fugaz relación con Juliet Prowse, retomó su relación con Marilyn Monroe, cuya vida se hallaba sumida en el más absoluto caos y su carrera cinematográfica entraba una crisis definitiva. Tanto es así que Sinatra consideró seriamente la idea de contraer matrimonio con la actriz. Además, ofreció un millón de dólares por los derechos de la película Nacida ayer (Born yesterday), para protagonizarla él mismo junto a Marilyn en el papel de Judy Holliday. Finalmente nunca se llevó a cabo el proyecto. Por aquella época la pareja pasó unos días en el yate del cantante, junto a otros amigos del Rat Pack entre los que se encontraba Dean Martin. El estado de Marilyn durante esos días en el mar era lamentable (como se puede advertir en las fotografías), pues no dejaba de beber en ningún momento. De hecho, Sinatra tuvo que pedirle que abandonara el yate y alojarla en un hotel del primer puerto donde atracaron.
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Tras el incidente del yate, Marilyn Monroe acudió a pasar un fin de semana en la casa que Frank Sinatra tenía en Palm Springs. Ese mismo fin de semana, el cantante fue invitado a un almuerzo en la Casa Blanca, invitación que rechazó ya que Marilyn había salido de compras y había desaparecido. Frank estaba preocupado, no sólo por la seguridad de la actriz, sino por quién sería su compañía. En esta época, según el representante Milt Ebbins, Sinatra estaba realmente enamorado de Marilyn y le pidió matrimonio, abiertamente. Al parecer, en ese momento, Marilyn rechazó a Sinatra. Del 27 al 29 de julio, una semana antes de la muerte de Marilyn, la actriz se alojaba en el Cal-Neva Lodge, complejo residencial del que Sinatra era propietario, en el chalet número 25 Dos semanas antes, se rumoreaba que Marilyn había abortado pero, cuando Frank le preguntó por el tema, la actriz lo negó todo. Se supo que, durante su estancia en Cal-Neva, Marilyn alternó con su exmarido Joe DiMaggio (que se alojaba en otro hotel para esconderse de Sinatra) y con el gánster Sam Giancana. Apenas probó bocado, bebió todo lo que pudo y sufrió una intoxicación, una madrugada, en la que Sinatra montó en cólera. Según fuentes del servicio del Cal-Neva que realizaban servicio esa misma noche, Frank Sinatra llamó a los camareros del bar, desde la habitación de Marilyn y gritó: «¡rápido, necesitamos café para el chalet número 25!». La escena que se vivió en la habitación de Marilyn debió ser algo semejante a la escena de El apartamento, cuando Jack Lemmon hace caminar a Shirley MacLaine, después de haber ingerido un bote de pastillas, solo que en esta ocasión, los protagonistas fueron Peter Lawford, Frank Sinatra y Marilyn Monroe, y no se trataba de ninguna película. El médico del Cal-Neva trató la indisposición de la señorita Monroe sin más informes médicos que una simple complicación estomacal. Esta fue la última vez que Sinatra vio a Marilyn Monroe. Al parecer, la noche de la intoxicación en el Cal-Neva, Frank Sinatra se quedó en la habitación de Marilyn. Al día siguiente, intentó animarla a empezar de nuevo, a sacar el máximo jugo a la vida. Pero Marilyn abandonó el Cal-Neva y Frank nunca más la vio. Pero el cantante relataría esa última conversación con Marilyn Monroe a Jilly Rizzo y Taraborrelli la plasmó en su libro Sinatra: A su manera.
¿Para qué molestarme? No voy a estar aquí mucho tiempo, Frankie.
 ¿De qué estás hablando? quiso saber Sinatra.
Me iré muy pronto. Pero no te preocupes, Frankie. Vendré a verte, en tus sueños.



Eterna Marilyn

sábado, 20 de julio de 2019

EL RETROVISOR





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Había salido de viaje al terminar el turno,  la idea de arañar horas al sueño y amanecer en mi cama de Asturias, aunque fuera tarde, me pudo.  A medida que caía la noche, la autopista se había ido quedando en calma. Escuchaba música en la radio cuando, surgido de la nada, apareció frente a mí el Kamikaze. Los focos me deslumbraron. Logré esquivarlo de un volantazo.
Miré por el espejo retrovisor,  atrás, a la carretera marchando, sintiendo que yo era ya mi pasado, que el futuro estaba sucediendo a mis espaldas.