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martes, 6 de agosto de 2013

EL FARO XIV




 


PARTE DECIMOCUARTA
-XXX-



Ileana se detiene en seco y decide que no va. No va. Es una tontería lo que hago y lo echaría todo a perder. Aunque se haya prometido que es lo justo, que tiene que corresponder así a la generosidad de Martín. Su gesto es tan abrupto que el hombre que viene caminando detrás de ella, casi tropieza y a duras penas logra esquivarla rodeándola por la izquierda. Algo le dice que si se presenta en su casa así, de sopetón, sin avisar, le va a parecer mal, como una invasión de su intimidad. O, al contrario, peor aún, podría estar dando a entender otra cosa: una mujer sola, y un hombre solo, a solas en un piso...Voy. Iré. Camina unos pasos hacia el portal que se encuentra a cinco metros escasos. Está segura de muy pocas cosas, pero esa es una de sus escasas certezas: de bien nacidos, ser agradecidos. Así se lo enseñaron en su país. Se presentará, nada de sutilezas preparatorias. Nada de sabes qué pasa, Martín, que estuve pensando, que tal vez, que podría ser, que qué te parece, o cualquiera de esas formas coloquiales que tiene este idioma; he venido, le dirá, seca y llanamente, a dejarte el apartamento como los chorros del oro, él tratará de negarse, pero será en vano. Se mira en la vidriera del portal. Veintiocho años. Estatura baja, rondando el metro sesenta, algo floja la silueta que, tras el último embarazo, no parece querer volver a su sitio. La nariz ancha, el rostro anguloso. «Mierda», se ve obligada a concluir. No soy nada bonita. Debería haberse vestido, lamenta, con ese traje blanco que tiene para las ocasiones, tan elegante, y llevar tacones que la estilizan y hacen parecer un poco más alta. Pero, de haberlo hecho, muy bien, estaría más mona, vale, pero no encajaría con el motivo que le había llevado a aquella casa, que era limpiar. Por eso, aunque lo pensó antes de salir, decidió vestirse sencilla. Lleva tejanos, una camiseta de tirantes que le marca el pecho y una chaqueta cubriendo  los hombros, y calzado cómodo. La camiseta es lo único llamativo. Pensar en eso la ha puesto más triste todavía. Da dos pasos, como si el movimiento pudiese librarla de esa nueva tristeza adicional, añadida. Se mira de nuevo en el vidrio. ¿Se me notará mucho el maquillaje? Un paso más. Sube el escalón. Ya tiene a treinta centímetros, a mano izquierda, el telefonillo. Mira la hora: doce menos cuarto. Debe estar a ésta hora en casa, escribiendo, tal y como me ha contado suele hacer por la mañana. Gira en redondo. Pone un pie en la acera, y se detiene indecisa. Definitivamente no va. Tal vez otro día, la siguiente semana, cuando vuelva a librar y los niños estén en el cole. No es la primera vez que se le ocurre la idea desde que hace una semana le prestara el dinero y pudiese mudarse con sus hijos al nuevo piso, pero sí es la primera que consigue juntar el suficiente valor que necesita para intentar llevarla a cabo. Le da vergüenza. Una vergüenza horrible que le cala los huesos. Qué puede llegar a pensar de mí. ¿Qué soy una buscona? O tal vez es simplemente que le asusta lo otro, lo de estar a solas con él y provocar de algún modo, que él, llevado por la situación, deje de inhibir un sentimiento y se desate el animal que lleva dentro y acaben acostándose. No, no, eso no ocurrirá. Eres una ilusa, seguramente sigue enamorado de la mujer de Salamanca o de la de Méjico y ni se le pasará por la cabeza. Ni me mirará el escote o el culo. Sí va. Se gira de nuevo y pulsa el timbre. Suena un zumbido eléctrico y, con un leve tirar de la manilla, abre la puerta. Avanza, a paso firme, haciendo ruido con las francesitas de suela sobre las baldosas blancas y negras del pasillo. Mientras espera el ascensor piensa: Ileana, qué coño estás haciendo; no te ha visto, aún estas a tiempo de irte, nunca lo sabría. Llega al séptimo. La puerta está entreabierta. Da dos golpecitos suaves y escucha la voz de Martín decir: adelante. Cuando traspone la puerta, él está parado de pie al fondo del salón, con unos papeles en la mano, lleva puesto un pantalón corto y zapatillas de deporte, el  torso desnudo, sorprendido le pregunta:
―¿A qué es debido el honor de tu visita?
En realidad, le pregunta: ¿qué estás haciendo aquí? y ¿cómo no estás aprovechando tu día libre?, que no es lo mismo. Está incómodo. Pero Ileana quiere evitar enmarañarse en la cuestión de su presencia allí, se disciplina al extremo para concluir que sí o sí, definitiva, total y absolutamente, ha venido para correspondiendo a su generosidad, y le va a limpiar el piso, no solo eso, va a venir todos los martes, su día libre, a hacerlo, y hasta a cocinarle.
Un instante antes de este momento, Martín había tocado el pulsador, entreabierto la puerta y esperado a que subiera quien carajo fuese el que estuviera llamando, mientras lo hacía contemplaba distraído la calle, donde una furgoneta se había detenido junto a la confitería León, y un hombrecillo vestido con mandil blanco introducía bandejas de Carballones, Medias lunas y Milhojas. Eran casi las doce del mediodía, Martín no había desayunado todavía, y la visión de las bandejas acentuó el vacío de su estómago. No había pasado buena noche. Tras escribir hasta tarde, después de repasar los últimos capítulos y ver un poco la tele, se había acostado ya de madrugada y había dormido mal. Un sueño inquieto, interrumpido por accesos de nostalgia. Sombras incómodas, silueta de mujer, ojos de miel líquida; vueltas y revueltas entre sábanas arrugadas, sobresaltos de la memoria, escenas íntimas de alcoba se le aparecían en la duermevela y lo acometían de improviso, produciéndole violentos estallidos de ansiedad. Hacía medio mes que no tenía noticias del matrimonio Vargas. Ni una llamada. No sabía qué había sido de ellos ni lo que les había ocurrido, y eso era desacostumbrado en ambos. No era la forma de ser de ninguno, antes al contrario solían hacerlo al menos una vez por semana. Pensó, en varias ocasiones durante los últimos días, en telefonearlos él mismo, pero desechó la idea pensando que era una intromisión. No tenía derecho. Ya no, después de lo que había hecho. O peor: Erika, faltando a su juramento, podía haberle revelado a Héctor lo suyo con él y todo podría haberse vuelto un caos, y no querer dirigirle la palabra. Con qué cara le hablaría entonces. Qué puede decir un amigo traidor en su descargo. Y Erika, ¿se habría separado de Héctor, estaría libre por ahí?, y si era así ¿Por qué no lo llamaba? A lo mejor Héctor se había salido con la suya y había conseguido su sueño y ahora andaban los tres juntos en el faro tan felices que no se acordaban del amigo escritor para nada. El anhelado trío, la terna mejicana. También pensaba en María, ¿qué habría sido de ella?, ¿que estaría haciendo ahora?, ¿tendría ganas de verlo? ¿Lo amaría? También había tenido una pesadilla. Primero se le apareció una diosa mejicana, ardiente y distante, que lo llevó de la mano por un camino blanco, alejándolo de todo lo que le ataba,  en dirección a los montes, que reía franca todo el tiempo y lo miraba como sólo ella era capaz de hacerlo; y luego apareció una salmantina de melena flamígera, que llegó hasta ellos corriendo, que los separaba y se ponía a discutir muy furibunda con la otra, gritándose y empujándose, y, de improviso, llena de celos, le clavaba un puñal. Y se vio a sí mismo, sereno, compungido, leyendo en el funeral unos versos.
Al despertarse, aún impresionado, anotó en su cuaderno, en el cuaderno a propósito para anotar las citas y frases que se le ocurren de improviso:
Soñé que eras tú la que me llevabas por una blanca vereda, atravesando un campo verde, hacia el azul de las sierras, hacia los montes azules donde nada ni nadie nos echaría de menos ni nos buscaría, una mañana serena de sol de infancia.  Sentía tu mano en la mía, tu mano de compañera, sentía la sal de tu boca en mi boca, tu voz de Troya en mi oído y tus ojos viejos con luz dorada de miel nueva, como una mañana virgen de un alba de primavera. ¡Eran tu voz y tu mano, en sueños, tan verdaderas! Pero al despertar, me vi de nuevo en la noche sin vida, en la vida sin sueños, en los sosegados sueños que desembocan al río del olvido. Viviendo al norte de un amor sucedido, soñando un beso sin labios de hace ya mucho tiempo. Sueño de un amor fallecido que vivirá cuando se te trague la tierra.
 
Al ver a Ileana se ha quedado un poco perplejo, las gotas de sudor resbalándole por la piel brillante, las cejas muy arqueadas sobre los ojos negros. Supuso que se trataría de algún mensajero de la editorial ―andan revueltos y le envían uno a diario para que firme el contrato definitivo, renuente a hacerlo con el anterior porque con algunas cláusulas no estaba conforme si no las eliminaban―. Unos instantes antes sonreía pensativo al rostro sudado que lo miraba desde el espejo tras volver de correr. El correr le resultaba útil en lo de echar el recuerdo de Erika Vargas fuera, y que sus palabras, hechas de silencios y reflejos de miel líquida, no lo asaltasen como lo estaban haciendo. Como en el pasado, corriendo liberaba los demonios, o se le figuraba que lo intentaba al menos. Había decidido recuperar esa sana forma de hacer ejercicio y cargarse de buenas vibraciones. Salió, temprano, a correr por la falda del monte Naranco. Diez kilómetros. Cuarenta y cinco minutos. No más de sesenta pulsaciones. Y cuando sonó el timbre estaba justo pensando en ducharse, lo que habría hecho ya si antes no le hubiera dado por releer lo escrito ayer, y, antes de eso, no le hubiera dado por hacer flexiones.
―He venido para limpiarte la casa —empezó a decir ella, sintiéndose súbitamente torpe. Insegura de dónde se había metido y arrepentida ya de haberse presentado de sorpresa.
―De ningún modo. Ya puedes irte por donde has venido ―había un punto de dureza en sus palabras.
―Insisto.
―Que no. Me enfado ―el punto seguía ahí.
―Lo siento.
Ileana entiende que, para variar, ha metido la pata. Por muy buenas que fueran sus intenciones llegó en mal momento e invadió su intimidad hasta el punto de pillarlo sin camiseta. Pero no había remedio ya, irse era peor que quedarse. De modo que trata de no seguir esa conversación que se podría prolongar hasta el infinito, se quita la chaqueta, dejando al descubierto sus hombros, se va hasta una alacena donde, ha intuido, guarda los productos de limpieza y para evitar volver al salón, donde todavía se encontraba Martín, al que oía negar y renegar de su presencia allí, se introdujo en el despacho y se puso a la tarea, tratando de no mover ninguno de los papeles que tenía sobre la mesa al entender que era el tipo de hombre a los que les disgusta toquen sus cosas. Después, cuando de soslayo, a través de la puerta entreabierta, lo vio cruzar  por detrás de ella y, al segundo, lo escuchó entrar en el cuarto de baño y abrir los grifos de la ducha, decidió pasar a la cocina: allí sí había tarea. A la media hora había terminado y como no se atrevió a entrar en su dormitorio, por si volvía de la ducha donde sin duda permanecía, decidió pasar el aspirador por el salón. Al poco entró Martín. Percibió que olía a jabón y a algo de perfume. Al cabo Ileana se giró a mirarlo: llevaba la cartera en las manos, se había afeitado y vestido. Estaba muy guapo.
—Lo siento ―repitió―. ¿Te he molestado?
Martín se tocó la nariz y no dijo nada.
No me conoces ―dijo un momento después―. Lo ignoras todo sobre mí.
De nuevo tenía un punto de dureza en la voz. Ileana miró a un lado y luego a otro y siguió pasando el aspirador. Curiosamente no se sentía intimidada, ni fuera de lugar. Había ido a verlo, haciendo lo que creyó debía hacer. Y habría dado cualquier cosa por ser una mujer elegante, que hablara bien, sin acento. O al menos con cultura. Con algo que ofrecer, aunque fuese sexo. Pero no era su caso, no estaba atraído por ella, eso lo tenía claro. Por eso callaba, y estaba allí plantada de espaldas a él, con la mayor sencillez de que era capaz, y se limitaba a ser su amiga, y a limpiarle la casa. Y eso no era mucho, pero era todo.
―Ya que eres necia, que no obedeces y no me haces maldito el caso; ya que no te voy a convencer, dándolo por imposible, te dejo hacer. Tú ganas. Adelante. Voy a salir un momento enfrente. Vuelvo ahora. Bienvenida.
Sonaron las palabras sin el punto de dureza. Detuvo el aspirador, se giró y había una sonrisa en la boca de Martín. Una sonrisa reflexiva, casi expectante, la primera de ese día. Pero sobre todo una sonrisa familiar. Por un instante fugaz, le pareció que era una de esas sonrisas que los maridos ponen a las mujeres al irse a trabajar y que a ella nunca el suyo puso jamás, ni siquiera al principio. Se había estado arrepintiendo de su osadía, sin embargo, tras encajar aquella sonrisa ya no, aún más, empezaba a pensar que hizo lo correcto.
―Gracias. Bien hallada.
Martín abrió la boca como para decir algo, tal vez entonar una disculpa, pero cambiando de parecer no dijo nada y salió.
Ahora estaba sola en aquella casa, en la casa de Martín. Apagó el aspirador y se dispuso a echar un vistazo. Sentía curiosidad: fijándose podría encontrar respuestas en pequeños detalles. Las ventanas del salón, la cocina y el despacho se abrían a la misma calle que ella veía desde Casa Juanito, comprobó que desde aquella altura le parecía muy diferente, y al edificio de la Estación del Norte, con el reloj en su frente. Lejana, por encima de los tejados asomaba, imponente, la torre de la Catedral en el casco antiguo y, más próxima, la cúpula del Hotel de La Reconquista que a esa hora relucía en tonos de oro viejo. Al otro lado de los automóviles estacionados junto a la acera, entre los bancos existentes, unos viejitos charlaban en corro. Martín había dejado música puesta. Se trataba de una melodía quebrada y triste que ninguna vez antes había escuchado y en la que sonaba un instrumento que le recordaba al acordeón. El piso no era lujoso pero andaba por encima de la media, con sillones de cuero de buena calidad, diseño italiano, y un cuadro auténtico en la pared, un óleo moderno de vivos colores, y cortinas de buen gusto en las ventanas; y la cocina en la que ella había estado antes, tenía aspecto limpio, vanguardista y luminoso, con un microondas, un frigorífico de aluminio y una mesa de cristal y cuatro taburetes de cuero y acero, todo ello de diseño muy actual. El salón lo formaban cuatro estanterías lisas y blancas; la del centro, al fondo, tenía un televisor grande y un equipo de alta fidelidad. Se acercó a él y leyó en la portada del disco abierto: ASTOR PIAZZOLLA/EL INFIERNO TAN TEMIDO (1979).  Ni idea, pensó, de quién era el tal Astor, pero es agradable. Miró en torno suyo. El resto de anaqueles estaba ocupado con películas, discos y principalmente con libros. Muchos libros; aquel lugar ―esa había sido la impresión al entrar― era una biblioteca, estaba lleno de todo tipo de libros, arracimados, en hilera, en pilas, en rimeros… Los había hasta en el pasillo, dispuestos en pequeños muebles libreros de un metro y medio que rellenaban los espacios entre puertas, y se preguntó, admirada, si los habría leído todos. Avanzó por el pasillo y antes de entrar en el dormitorio, se alisó el cabello ante el espejo del fondo del pasillo, pasando primero una mano y después la otra por las sienes. Allí estaba ella, los ojos negros y grandes, sintiendo que cometía una profanación. Son sólo cuatro paredes, dijo tratando de convencerse de lo contrario. Hizo su cama que, se notaba, no había cambiado ni hecho en varios días. Y mientras estiraba los pliegues de la colcha,  reparó en una foto que había sobre la cómoda: él, adolescente y con calzón corto de deporte y una camiseta de tirantes, luciendo una medalla al pecho; a su izquierda un hombre de camisa blanca, cabello corto y tez morena. Unos cincuenta años la edad del hombre, calculó. Y tal vez catorce o quince, la de Martín. Había al fondo lo que parecía un cuartel: dos torres, un águila como escudo sobre la puerta y un mástil con la bandera; y también se advertía un evidente parecido entre el muchacho de la fotografía y aquel hombre: la forma de la frente, los ojos serenos, la línea de la cara, el mentón suave. Su padre. Era su padre, dedujo. Al lado derecho de la foto, un reloj muy viejo con leontina y la inscripción en el reverso: Vulnerant omnes, ultima necat, y, al otro lado, el izquierdo, una bola de cristal con un pingüino dentro. El interior, advierte, se veía borroso porque era muy antiguo. Pasa la mano por las camisas del ropero, una por una, alienadas y no muy bien planchadas. Le gustan las camisas de Martín y aún más cómo le sientan de bien. Sobre el respaldo de una silla ve que está colgada su veterana cazadora de cuero, algo raída en las mangas. Por la ventana entreabierta que da al patio, y que hacía de tendedero ―en ese momento sin ropa colgada―, llegaba el sonido de una radio lejana, mezclado con los ecos de distintas voces.
***
Martín e Ileana comen en la cocina lo que aquel acababa de comprar y traerse de la confitería León: menestra de verduras salteadas y entrecot de buey en salsa de setas silvestres. Comida preparada para llevar. También hay media docena de pasteles, para cuando lleguen al postre. Los que no nos comamos te los llevas para los críos, le había dicho, abriendo el papel de su envoltorio. Después, no sin insistirle para que ella lo hiciera, se habían sentado a la mesa a comer y él había abierto una botella de Ribera del Duero de las que, de vez en cuando, le mandaba Asier, mientras que Ileana, locuaz, recuperada la confianza, desterrado el punto de dureza, le había estado hablando del piso que alquilara gracias al dinero prestado durante bastante rato, tras lo cual se quedó callada mirándolo como si lo viera por primera vez, esperando a reunir el valor de hacer la pregunta que le había estado rondado por la cabeza desde la noche en que le atizara a su exmarido. El momento propicio llegó cuando él había pedido disculpas por su actitud, justo cuando terminaba de abrazarla y le decía: soy como un lobo estepario, me gusta la soledad y reacciono mal cuando me visitan, perdona, sabes que te aprecio. ¿Por qué a mí?, había soltado ella finalmente. ¿Por qué eres amigo mío? Quiero decir, ¿por qué yo, que no soy bonita ni espectacular, no tengo cultura, ni distinción soy tu «amiga especial»? Y ¿Por qué me dijiste aquello de «la chica del este»?
Martín le está respondiendo a sus preguntas:
―Es lo más cerca que he estado de una chica del este. Sí.
―Cuéntame algo más ―el tono quejoso.
―Solo bromeaba. Me caes bien y te tengo aprecio. Y, no lo voy a negar, me interesa el hecho de que seas de la Europa oriental.
―Pero habrá algo más ¿no? ¿Por qué te parecemos interesantes?
―Pues me han interesado de siempre.
―Pero por qué, ¿a qué se debe? No seas tan misterioso.
―Tuve durante un tiempo un sueño recurrente ―explicó―, en el que aparecía una mujer arrebatadoramente bella. Y era tan fuerte el sueño que en ocasiones no sabía si la imaginaba o la veía realmente. Si estaba soñando despierto, o si tenía visiones.
―¿Era del Este?
Una mueca nostálgica arribó a la boca de Martín, que la miró como preguntándose hasta qué punto era bueno hablarle de sus obsesiones.
Una vez, siendo un inspector primerizo y novato, con la tinta del nombramiento del despacho aún fresca, Martín se había cruzado con una mujer en el curso de una investigación. El encuentro duró un par de minutos, el tiempo exacto que la puerta de la casa en la que estaban y por la que la veía a ella, permaneció abierta. Habían ido aquella mañana a una lujosa mansión de Aravaca, para hacerle preguntas al líder de una organización criminal instalada recientemente en España al empezar a desaparecer la URRSS, acerca de un asesinato ocurrido en la calle de Princesa y del que tenía todos los boletos para ser el sospechoso, autor de asesinato por inducción. Un pez gordo, fichado y con antecedes en la OIPC, del que sabían, aunque no se le había conseguido probar, movía numerosos entramados por todo el país dedicados al tráfico de drogas. Acompañaba esa mañana al jefe del grupo, quien, desde la altiva veteranía, le había dicho antes de entrar: tú calladito, hablaré yo ¿de acuerdo? Preguntaron por el señor de la casa, identificándose con sus placas al individuo con pinta de sicario y cara de pocos amigos, que les abrió la puerta, justo un segundo antes de que casi la cerrara en las narices, y que a regañadientes, perdonándoles la vida por haber osado venir a molestar,  les condujo hasta lo que anunció como su despacho, pasando pasillos y puertas sin cuento hasta llegar a una puerta donde había otro gorila, con peor cara aún que el anterior. Por toda la casa había gorilas de aquellos y criados, dieciséis había contado Martín hasta el momento. «Son de la pasma, vienen a hablar con el señor», dijo el primero. El segundo, impasible, miró a su colega y luego a Martín y a su compañero, puso la mano en señal de esperen, y abrió la puerta. Dentro había un hombre sentado tras de una mesa de despacho vuelto hacia el ventanal, y tras dos puertas corredizas que daban a otro salón, una mujer tumbada en su diván que leía un libro. Martín dirigió hacia ella su mirada: era rubia, con el pelo recogido sobre la nuca, y su aspecto evocaba a mujeres vestidas de blanco que uno había visto muchas veces en las películas. Mujeres bellas e indolentes, protegidas bajo el ala amplia de un sombrero o un quitasol,  apareciendo a través de la ventanilla de un tranvía. Esfinges que entornaban los ojos contemplando el mar azul, leían o callaban. Espías con rostro angelical que venían del otro lado del telón de acero. Enfermeras que tocaban la balalaika. Amantes de revolucionarios que lo mismo inspiraban un poema que una melodía o un lienzo. Martín siguió con mal disimulada avidez aquel rostro a través de la abertura de las puertas, estudiando el perfil, el mentón inclinado, los ojos bajos, concentrados en la lectura ―Wuthering Heights by Emily Brontë, alcanzaba a ver en la cubierta―, el cabello tirante en las sienes. Era rusa o polaca, tal vez húngara, desde luego no era española. Del este en todo caso. De siempre, pensó, los hombres morían o mataban o se arruinaban por mujeres como ésa. Entonces el matón, tras intercambiar unas palabras con el jefe en un idioma eslavo, o de por ahí, sin dejar el rostro indiferente y de pocos amigos, hizo con la mano la señal de adelante. Y entraron, pudo entonces ver al tipo que estaba con la chica, cuando éste se volvió por fin hacia ellos: nariz aguileña, ojos claros, cabello gris, piel bronceada contrastando con una ridícula vestimenta deportiva blanca ―era evidente  que con aquella barriga no hacia deporte alguno―. Nacional de Rusia, Georgia, exmilitar y exkagebé, ponía su ficha. Martín no atendió a la conversación que se desarrollaba entre su jefe y el jefe de los gorilas de la puerta, dueño de la casa, ni a las técnicas del interrogatorio que éste de seguro estaba poniendo en práctica con aquel,  y volvió a observar a la mujer, quería confirmar el color que suponía de sus ojos. Un segundo más tarde ella alzó el rostro y miró directamente a Martín, clavando sus ojos azules y claros en los de él. Azules, o hechos de azul, ratificó. Le dirigió una mirada ni fugaz ni detenida, ni curiosa ni indiferente. Tan serena y segura de sí que no parecía de este mundo. Y Martín se preguntó cuántas sesiones de espejo eran necesarias para mirar de ese modo. En aquel momento sintió una confusión terrible y apartó un poco la vista, azorado, por estar observándola tan de cerca. Era tan atractiva que contemplarla quemaba un poco. Ella se levantó seguidamente y se acercó hasta las puertas, dijo algo en un idioma desconocido, un idioma que bien podía ser del este, como el de todos allí, puso una mano en cada hoja sin dejar de mirar a Martín, y este pudo ver más cerca todavía sus ojos y las líneas perfectas de su rostro esculpido, durante apenas un segundo, después, sin mover un músculo de la cara, la mujer cerró de golpe las puertas, juntándolas, y a partir de ese momento no pudo verla más. Ni la volvería a ver más tampoco en su vida, viva. Años después le tocaría reconocer el cadáver desfigurado de una mujer sin identificar que hacía varios días que descansaba bajo una sábana manchada de sangre en la morgue del Instituto Anatómico Forense,  y que una patrulla había encontrado en un descampado, con los dedos quemados con ácido y la tráquea rota. Había muerto torturada salvajemente ―comentaba el forense―, nunca había visto algo así. Comprobó que los ojos de aquel cadáver eran idénticos a aquellos ojos azules que había sentido penetrar hasta sus entrañas una vez, una mañana lejana. Que el azul sin vida que aparecía al abrirle los párpados era el mismo azul, frío y distante, de aquella chica de la que nada más pudo saberse, ni su nombre ni de dónde era, salvo que era una chica del este.
―Sí, era una chica del este, rubia y de ojos azules ―dijo después de haber evocado aquel recuerdo, pasando inmediatamente la hoja y guardando el álbum en el lugar correspondiente de la memoria, decidiendo en ese instante explicarle el sueño prescindiendo de su fulminante―. Te vas a reír de mí. Se me aparecía vestida únicamente con una gabardina, como la Romy Schneider en la película francesa El Cordero Enardecido (traducido absurdamente como El trepa).
Ileana niega con la cabeza: no ha visto la película.
―Bueno, en la escena a la que me refiero, ella que tenía una mirada capaz de cortar la leche del café que estuvieras tomando, aparece en casa del amante vestida con una gabardina blanca. Viene de la calle. Una vez dentro él se la quita y se queda totalmente desnuda, inexpresiva, con absoluta normalidad. No llevaba ropa interior.
Soñé mucho con esa chica del Este que se me aparecía como un fantasma. Aún me ocurre alguna vez.
―Ah. Comprendo ―dijo agitando con suavidad el vino de su copa―. ¿Y por qué tenía que ser del Este?
―Siempre me ha gustado el cine y el tipo de mujeres que salían en ellas. Sofisticadas. Aquellas mujeres en blanco y negro, o tecnicolor, que antes se hubieran muerto o saltado por la ventana, que salir mal vestidas a la calle. Esas medias con costura sobre zapatos de aguja ―la sonrisa nostálgica―. Esas siluetas, gloriosas e inconfundibles: cintura ceñida, curva de caderas y falda de tubo ajustada hasta las rodillas, que las obligaba a moverse de un modo determinado, con suave contoneo, y un garbo propio e inconfundible.
Debería haberme puesto finalmente el vestido y los tacones, lamenta Ileana.
―Pero también ―continúa― estaban otras, como Julie Christie representando a la adolescente Lara Antipova, en Doctor Zhivago. La intensidad de su mirada azul y aquel rostro anguloso es la quintaesencia, para mí, de la belleza y la sensibilidad que requería el papel de ésta joven rusa, que fue amante, enfermera y madre, y que luchó por sobrevivir en un tiempo convulso, y por querer a un hombre casado y con familia, y que  inspiró en el doctor, unos poemas que llevan su nombre. Pasiones y desamores con la misma cadencia de un tango, pero con el escenario de la nieve blanca y los crudos inviernos detrás. Hay una secuencia sublime, su amante, un mecenas aprovechado, le cubre la cabeza con un estimulante velo que luego doblará libidinosamente sobre sus labios, dejando al descubierto toda la provocadora belleza de su mirada, para después enfrentar, en un plano contra plano, la impúdica lascivia reflejada en los ojos del hombre y el rubor no exento de deseo que intentará ocultar Lara, cuando éste  retira bruscamente el velo de su boca.
Calló y miró al vacío, detrás de Ileana, a las apagadas cristaleras de las casa de enfrente. Recordaba que era la misma mirada embriagadora y azul que la de la chica rubia, compañera del ruso mafioso. Cada vez que ve la película la ve a ella: Sensual, hermosa, delicada, dura... Extremadamente deseable.
Sus ojos, pensó Ileana, tenían el brillo de los videntes. Y volvió a mover la cabeza, tampoco la había visto.
―Supongo ―prosigue― que yo me muevo, fiel a mis mitos, y aúno los rostros y actitudes de muchas de aquellas estrellas en una sola. Y mi imaginación hace el resto. Y supongo también que es debido a que compruebo que ya no quedan de aquellas mujeres, sino en ese lugar de Europa donde el tiempo se detuvo tras el telón de acero. Luego está la literatura: Ana Karénina, Doctor Zhivago ―además de excelente película una buena novela―, La insoportable levedad del ser, En brazos de la mujer madura. Etcétera. En resumen: Actrices y mujeres del Este.
―Actrices y mujeres del Este ―repitió Ileana.
―Lo más cerca que he estado de una actriz ha sido de Erika Vargas. Y lo más cerca que he estado de una mujer del Este, ha sido contigo ―sonríe burlón.
Los ojos de Ileana parpadean, soflamados. Y ha carraspeado tratando de decir algo. Pero en ese momento suena el teléfono y Martín se levanta a cogerlo, apenas descuelga Ileana ve que su expresión pasa de la camaradería gozosa a la sorpresa y después a la preocupación, quizá incluso a la inquietud. Se trata de la tal María, la de Salamanca, que ha puesto una conferencia desde algún lugar de «la provincia de Valladolid», y aunque no oye más que parte de sus palabras, las expresiones de Martín son lo bastante claras para que comprenda lo que le dice. Parece que ha habido una desgracia, un accidente. ¡Cómo están ellos!, inquiere Martín, despacio, sin obtener respuesta; ella en cambio le dice que ya hablarán, que está viniendo, viajando en un autobús para Oviedo, que han hecho un alto en el camino y que ha aprovechado para llamarlo, que con las prisas no se le había ocurrido hacerlo antes. ¿A qué hora llegas?, pregunta Martín y tras escucharse que a las siete, añade: a esa hora estaré allí, en la estación, esperándote, e iremos juntos al hospital. Un abrazo.
Ha colgado el auricular y ha apretado el puño de la mano libre contra la pared. Después se ha quedado un rato así, de pie, quieto, mirando los tendones de su puño. Y luego se ha vuelto hacia ella con suavidad, abriendo la boca como para decir algo que se le ahogaba dentro sin salir. Los iris le relucían, agresivos, preocupados. Aquello duró un momento, y en ese espacio de tiempo Ileana se despidió mentalmente de cualquier esperanza  de poder llegar a ser su chica del Este y de todo el singular ensueño que la había llevado hasta él, esa mañana. Y entendió que con respecto a aquel hombre que tenía enfrente ella no sería más que una muy buena amiga. Una amiga especial. La mejor y más leal de sus amigas.



Continuará... 
        ©Humberto, 2013




 

miércoles, 31 de julio de 2013

EL FARO XIII







DECIMOTERCERA PARTE
-XXIX-

David Abellán se consideraba el último de los editores. A un año y pico de jubilarse, llevaba publicando libros más de treinta años, cosechando a partes iguales triunfos y fracasos. Sentía que el mundo de las editoriales tal y como lo había conocido cambiaba. No sólo eso, se moría. Creía pertenecer a una rara estirpe de editores independientes, cultos, ilustrados, que amaban la literatura por la literatura misma, de los que leen, y sobre todo a quienes publican, y que como principal misión tienen la de descubrir nuevos talentos y darlos a conocer sin, en principio, importar el asunto de que fuera rentable. Así, hace ocho años, había decido publicar a Martín tras leer un manuscrito suyo inédito que le llegó por correo, titulado: De los Amores Que Nunca fueron. Le gustó tanto que lo leyó dos veces, nadie había escrito así antes, nadie escribía así; resultó que era de un tipo que vivía allí mismo, en la ciudad, y que devolvió firmado por correo el contrato que le había remitido a la dirección que figuraba al dorso del sobre. Desafortunadamente la editorial Alfaomega que había fundado en los setenta, y que contaba entre sus firmas con algunos de los principales escritores de esa década y de la siguiente, los ochenta, empezó a dar pérdidas, ejercicio año noventa y uno, en un país en el que hay que pagar impuestos independientemente de que obtengas beneficios; donde apenas se lee, y casi todos los libros que se compran se venden por ser anunciados en televisión, lo cual es carísimo para los pequeños; los grandes parecen en cambio campar a sus anchas; y como única salvación, para no despedir a sus fieles empleados —una veintena de personas con las que había empezado y que eran como de la familia— y que estos que no se quedaran en la calle, consintió en que fuera absorbida por una multinacional, con sede en Madrid. Antes de eso creó una revista dominical que se distribuyó como suplemento en varios periódicos regionales, y se pasó al libro de bolsillo y a las guías de viajes, pero fue en vano. Quebraba igualmente por la nula fiscalidad y el alto coste de la impresión. Ahora, ocupa un puesto ejecutivo, acude de lunes a viernes por las mañanas a lo que fueran las oficinas de Alfaomega, y que actualmente son la delegación para todo el norte, y supervisa la marcha de la imprenta y del almacén, que se encuentran en la parte baja de la nave. Dirige la revista de la que es redactor jefe, la cual se distribuye ahora ampliada a más diarios, entre ellos dos de tirada nacional propiedad del grupo empresarial, y visita, y ésta es la parte que más le gusta, a los escritores de la casa, firmando nuevos contratos, jaleándolos para que terminen y entreguen a tiempo según se acerque la campaña de Navidad, la feria del libro, los premios tales o los certámenes cuales, y esas cosas; en realidad es mera figura decorativa ya, si algo sabe David del mundillo empresarial es de eso, y espera a jubilarse para dedicarse a la vida contemplativa y segura, exenta e responsabilidades, y a, quién sabe, tal vez escribir sus memorias: vida del último de los editores, o tal vez un manual: teoría general de la novela fenecida, pero, sobre todo, a tratar de que los cuatro o cinco escritores que aún permanecen junto a él, o por él, no se vayan antes de que cumpla la edad.

Cada quince días suele telefonear a Martín, desde que lo conociera personalmente, la mañana en que lo convocó para la revisión del libro antes de maquetar, hace ocho años, y descubriese que era profesor y que tenía el hermoso cometido de enseñar literatura en un colegio a los mocosos, que había hecho, simultaneándolos con su trabajo en la policía, labores de corrector y que tenía, como él mismo, amplia formación clásica, ha sido así, y se tira charlando al teléfono unos veinte minutos del proceso creativo, del estilo, eso que maldita sea nadie aprecia ya, de la exactitud de las palabras, del fiel reflejo del pensamiento, y de cómo va lo que esté haciendo, y en alguna ocasión comen juntos. Puede decirse que es una relación de amistad antes que profesional. Al principio David elegía los lugares (restaurantes caros, todos ellos), pero desde hace año y medio, suelen hacerlo en Casa Juanito, una taberna que se ha convertido, no sabría decir porqué, en la oficina de Martín. Se siente muy a gusto conversando con alguien al que considera uno de los últimos escritores puros. De los que son capaces de emprender cada día un viaje hacia lo desconocido y pintar mundos enteros para el lector, no obstante estar sentados en una habitación, confinados, sin moverse, todo con la imaginación y el talento. Son dos estirpes las suyas en extinción. Con Martín se cumplió, como con ningún otro, su viejo sueño de llegar a descubrir a un absoluto desconocido que llegara a ser un autor genial. Las cuatro novelas han sido hasta ahora lo mejor que ha publicado y no sólo eso, además se han vendido muy bien. Razonablemente muy bien. La siguiente más que la anterior. Un éxito de una independiente. El potencial de Martín para escribir literatura vendible y rentable fue uno de los principales motivos para que la multinacional los absorbiera. En términos económicos: un activo de la empresa. Ahora los de Madrid quieren que lo persuada para firmar un nuevo contrato que les daría derecho a explotar su imagen. Están convencidos de que para vender han de aprovechar el atractivo de Martín y sacarlo mucho en la televisión hasta crear un personaje famoso y han enviado a uno de sus mejores agentes para ello.

―No vas a lograrlo ―le está diciendo David a Asier Echebesti White―. Martín no entrará por el aro, los de Madrid no conocen a los autores como los conozco yo, quizá porque no los leen, quizá porque para ellos no existe la literatura, sólo números.

Asier sonríe de medio lado, seguro de lo que va a decir, girando entre sus dedos una copa de un Ribera del Duero, gran reserva, que ha ordenado abrir para él solo, y que le ha servido Marifé a quien éste, acto seguido preguntarle su nombre, ha dedicado un piropo.

―Todo son números. Esto es una industria como otra cualquiera: producción, promoción y venta ―conviene.

―Los libros se elaboran como un reloj, pero han de venderse como salchichones ―reconviene el otro.

―El mismo salchichón se puede vender con la publicidad adecuada, diez veces más. Inclusive si es una mierda de salchichón.

―De todos modos a Martín no le gusta la fama. Él es de otra pasta. Ya lo comprobarás.

Ha mirado el reloj, faltan veinte minutos para la hora. Prefirió venir un poco antes para hablar primero con el joven aunque sobradamente preparado ejecutivo de Madrid.

―A todos les gusta el dinero. Es cuestión de negociar su precio.

Asier Echesbeti moduló una sonrisita estoica. Era rubio, con mentón prominente. Ojos verdes. El pelo largo recogido en una coleta. Impecablemente vestido, llevaba siempre ropa de marca y zapatos ingleses hechos a medida. Padre vasco y madre inglesa, había estudiado Marketing Empresarial en una universidad privada de Estados Unidos y realizado un máster de Economía en la prestigiosa Cambridge. Era todo un triunfador a sus treinta y un años. Deportivo aparcado a la puerta, apartamento en la Castellana de Madrid, otro arrendado en Miami (donde la multinacional tenía una sede que dirigía el mercado hispanoamericano y las respectivas delegaciones). No había leído un solo libro de literatura en su vida, estaba en el negocio de la edición como podía haberlo estado en cualquier otro que diera dinero. El dinero, los coches y las mujeres eran sus tres únicas pasiones. 

―Lo más importante para un editor es el autor —dejando David la copa vacía sobre la mesa, tras rematarla de un gran sorbo, el tono profesoral.

―No. Lo único verdaderamente importante son las ventas. Lo del buen paño bajo el arca se vende, ya no sirve. Ahora todo se reduce a la publicidad. Y haré de Martín un escritor famoso que venda, aunque no escriba nada.

David Abellán se rio por dentro del optimismo de su contertulio. Sabrás todo lo que hay que saber del negocio, pensó, pero yo lo sé casi todo de todos, y Martín no tragará.

―Martín al principio colaboró. Se dejó asesorar e hizo cuanto le dijimos. Acudió a televisión para hablar de su libros, se trataba de un programa cultural ―aclara―, a presentaciones, a coloquios académicos y a los certámenes literarios a los que lo invitaron, pero de tres años para acá declina ir a ninguno y prefiere estar aislado, en su casa. Son sus condiciones y yo le entiendo. Es un creador, no quiere saber nada de saraos ni de tener vida social. De hecho, ¡ya ves dónde nos cita!

David hizo un gesto abriendo las manos, abarcando el local donde estaban.

―Ya. Pudiendo ir a cualquier otro ―confirmó con fastidio, Asier―, de tantos restaurantes buenos como hay, nos trae a este antro. Es una falta de respeto. Otro en su lugar, pagando la empresa, nos hubiera metido el clavazo. El clavazo del siglo.

Se produce un silencio y es entonces cuando pueden escuchar, durante un breve espacio de tiempo, la conversación que las dos camareras sostienen con un hombre mayor y con el dueño del bar, el tal Juanito. Al parecer un vecino le dio un puñetazo ayer al exmarido de una de ellas cuando la estaba maltratando y, con solo uno, bastó, qué pedazo de hostia, lo «acojonó» lo suficiente para que saliera por patas y no volviera.  El viejito está dramatizando e imitando con su cuerpo, cual mimo, el modo en que el vecino golpea, ha puesto pose de boxeador, y al punto, cambiando de posición y asumiendo otro papel, la forma en que el ex vuela por los aires, se da en la cabeza contra una banqueta y cae al suelo. Todos ríen cuando en su gráfico estilo, el viejito hace como que se levantara viendo estrellas, y el suelo bajo sus pies se moviera, y agarrándose la cabeza con ambas manos comprobara que estuviera en su sitio o que no fuera a desprendérsele de un momento a otro.

Asier, que no ha prestado atención a lo que hablaban, ha levantado la copa y hecho un brindis a la camarera, la asturiana del culo prieto y prometedor, a quien ha piropeado antes, cuando le escanciaba el vino. Ha valido la pena conocer este sitio, tengo que venir más por aquí, fue lo que le dijo. Marifé miró primero sus ojos que decían: interés, y, después, al Rolex de oro de su muñeca, que decía: más interesante todavía. Un año o año y medio de sueldo, calculó costaba un peluco de  esos. Al final contestó: estoy siempre de mañanas, o lo que es lo mismo que tenía las tardes libres. Y cuando ya se retiraba se volvió a mirar de soslayo, girando solo un poco el cuello, mientras se acomodaba el pelo y hacía cimbrear las caderas. Ahora, la otra le devuelve el gesto con una inclinación de cerviz, dejando de reír y sonriendo levemente, con cierto punto de malicia. Está claro que al salir la esperará y querrá quedar. Es probable, piensa, que el Alfa Romeo GTV de color granate que hay estacionado afuera, sea propiedad de un tipo que gasta un reloj así.

―Bueno, eso es cosa tuya, yo me lavo las manos en este asunto ―prosigue David Abellán.

Asier no le da importancia a lo que le ha dicho y asiente al viejo editor sin apartar la vista de Marifé. Sólo conoció a Martín en una ocasión, en Madrid, cuando le entregaron el premio Ignotus. Y no era momento de proponerle nada. Ahora lo es. Su libro está conquistando el mercado americano. Principalmente en países como Méjico, Venezuela y Chile. Lo cual significa que Martín va a ganar más y la empresa, porcentualmente, menos. Los derechos de imagen y una reducción en el porcentaje de los royalties de ventas, actualmente fijados en el 30 %,  que espera dejar en 25 %, o menos, son el objetivo que persigue. Así como cinco años más de permanencia y el compromiso de dos novelas, quizá tres. Es hora de exprimir a la gallina de los huevos de oro en la que se va a convertir porque él mismo se va a encargar de crear, dándole un empujón a su imagen. Si no lo hace ahora cuando aún son inocentes, no lo hará nunca, pues una vez la cosa marcha y corre el dinero todos se vuelven avariciosos y se hacen con un abogado, y entonces no hay modo ni manera de firmar un contrato así de ventajoso para la empresa y para él, ni de llevarse, por tanto, su comisión, que ronda el 45%.  Cuanto más rebaje los beneficios de los autores más cobra.

―Todos tenemos nuestro precio ―sentencia.

En ese momento, puntual, cuando faltan dos minutos para las dos y media, entra Martín, los saluda con la mano, el aire impasible, indicando: tan solo un minuto, y se va hacia el mostrador, donde tras la barra están las dos camareras, saluda a la extrajera mientras el viejito y el dueño del bar le dan palmadas y alaban lo que hizo ayer. También saluda a la otra camarera, a Marifé, quien parece disgustada con él. Asier lo ha seguido con la mirada y ha visto la reacción de la mujer. Está acostumbrado a ver ese tipo de cosas en los bares que frecuenta: está desengañada con Martín porque éste prefiere a la extranjera; ¡tanto mejor!, él será la mora verde que quite la mancha de la primera mora. David, por su parte, se ha fijado en que la extranjera se ha dirigido a él con un alarmante gesto de admiración en la mirada y una familiaridad propia de las novias de los marineros en los puertos, y, pronto deduce, que Martín era el tipo de quien hablaban antes, el «vecino» que zurró al ex. Qué extraña mezcla de hombre, dice para sus adentros. Alguien capaz de traducir a Virgilio, o de escribir sobre Dante o sobre la generación del 98, dándose de hostias en una taberna. Supongo que le queda mucho del policía que fue, y, a su pesar, la nobleza obliga.

Cuando Martín se sienta a la mesa que ocupa el tipo que no le quita el ojo de encima,  Marifé le dice al oído a Ileana:

―¿Te has fijado? Al principio eran miradas furtivas ―confidencial, la mano delante los labios para no ser escuchada por el cartero ni por Juanito, el dueño―, pero después empezó a mirarme fijamente, en plan descarado. Y se la devolví. Los dos empezamos a mirarnos fijamente. Llegó un momento en que ninguno de los dos podíamos apartar la mirada el uno del otro: es como si hubiese sido un flechazo. Luego, cuando fui a preguntarles qué querían, me soltó un piropo.

Ileana sonríe, conmiserativa, a su compañera de trabajo y de piso. Pero no comparte su optimismo, tiene pinta de ser de la clase de hombres de hola y adiós. Claro que su amiga también es blanco fácil de esa clase de hombres, canallas, presuntuosos envueltos en la golosina del  poder adquisitivo. Con el rabillo del ojo, sin embargo, ha estado observando a Martín, le ve hablando con los otros dos. Se pregunta qué tiene que ver con el joven de la coleta que quiere ligar con Marifé, y con el hombre mayor y distinguido al que recuerda haber visto en alguna ocasión en el pasado.

―¿Los señores van a comer?―pregunta Marifé.

―¿Cuál era tu nombre, bonita?―finge olvido Asier.

―Marifé.

―¡Qué cabeza la mía! Bien, Marifé, por supuesto que vamos a comer pero como quiero agasajar aquí a este hombre ―y señala a Martín con las palmas vueltas hacia arriba―, te ruego que seas tú la que nos recomiendes lo mejor de lo mejor, porque se ve que eres una gran profesional y, de seguro, estamos en buenas manos ―ahora las palmas apuntan hacia ella.

―Gracias, señor, les recomiendo el menú de degustación.

―Sea pues.

―¿El vino, el mismo?

Consulta a los otros que no objetan nada.

―Sí, otra botella ―la mirada ha vuelto, las manos seguían tendidas hacia ella.

Sus ojos verdosos cabrillean al hablar, el apunte de una sonrisa al lado de la boca, el tono seguro que pretende ser grandilocuente. De vendedor, de embaucador, advierte sin embargo Martín. «Nos está tratando embaucar a los dos, piensa, a mí hacerme la cama; a ella llevársela a la cama». Pero a Marifé le gustan esa clase de hombres prepotentes, con dinero, y correr ese tipo de riesgos. Y le gusta aún más la idea de atraer a otro hombre delante las propias narices de quien hizo caso omiso de ella cuando en el pasado le mostró interés. En otras circunstancias Martín le habría dedicado más atención a las sonrisas de la joven camarera de falda estrecha y piernas razonables, cuando se acercaba, bandeja en mano, preguntándole qué deseaba u ofreciéndole otro café al enfriársele el anterior, apenas tocado, en la mesa, sin duda sensible a su aspecto de misántropo: descoloridos pantalones tejanos y playeros, y una cazadora de cuero. A Martín  le gustaba mucho aquella cazadora; tal vez porque al llevarla se sentía vinculado de alguna manera a Madrid y a un pasado perdido, sobre todo cuando al caer la tarde paseaba por las calles del casco antiguo que se parecían tanto al Madrid de los Austrias, y se veía soñando con tiempos en que aún era policía y vivía los peores cinco minutos de la gente, y existían peligros de los que todo el mundo escapaba y hacia los que él corría y sumaba amaneceres despierto sintiendo, al finalizar, esa imponderable satisfacción del deber cumplido. Un tiempo virginal en que aún nada sabía de suspensiones de empleo y sueldo por hacer justicia en vez de aplicar la justicia. Era una cazadora hecha a medida, por un peletero de la plaza de Cascorro, diecisiete años atrás, al ascender a inspector de segunda; y con ella investigó todo el tiempo que estuvo en la Brigada de Sol, usándola en los fríos inviernos con un jersey debajo, o en primavera y otoño con una camiseta, hasta que cometió la estupidez de partirle la cara a un chulo que había rajado la cara de una de sus prostitutas, desfigurándola, y tuvo la desfachatez de pavonearse de ello y jurar que lo volvería a hacer, cuando Martín y su compañero lo localizaron, en la pensión en la que se ocultaba, y volviera a bajar las escaleras que acababa de subir antes de ser sorprendido, esta vez de culo y sin frenos. Penalmente quedó en nada ―el juez fue indulgente, habida cuenta de que el elemento no pudo presentarse al juicio porque otro rival del gremio, le había hecho dos ombligos nuevos con una 9 milímetros―, pero disciplinariamente no se libró. Cuando se reincorporó tras un mes de suspensión, lo destinaron al único sitio donde no podría volver a repetir su acción justiciera: la inspección de guardia de una comisaría de distrito. Para los restos. Esa fue su etapa de bohemio. Quedaba muy lejos Madrid, la vieja comisaría, la inspección de guardia. «Los restos de aquella vida, a excepción de la cazadora, quedaban muy lejos de aquella mesa», solía decirse, nostálgico. Sin embargo, en las actuales circunstancias, habiéndose convertido en un escritor que baja por el despeñadero de los cuarenta y pico abriles con cierto gusto por aislarse para crear, en la actual etapa de misántropo, una mujer así no le interesaba lo más mínimo, y ninguna vez la coquetería de la joven camarera fue recompensada o correspondida en forma alguna. Martín, contra todo pronóstico, mostraría interés únicamente por Ileana: una chica del este. Su origen foráneo, su acento, venir del otro lado del Telón de Acero, sí le eran interesantes.

―¿Negocios? ―pregunta indiferente, anotando el pedido.

―Por supuesto, Marifé.

―Este es buen lugar para ellos ―dando un golpecito con el lápiz en el bloc y cerrándolo de golpe, con un giro de muñeca.

Comen. Negocian. David Abellán ha empezado hablando un poco del estado actual de la narrativa y luego ha intentado pasar al estado del mercado. Pero Asier le ha cortado, y ha monopolizado la conversación todo el rato. Trata de dejar claro que es él quien lleva la voz cantante y que va al grano. El asunto que los ha traído es el de la imagen, ha estado diciendo. Hay que potenciar la imagen de Martín, que su foto salga por todas partes, hasta en la sopa, hacerlo famoso, que aparezca tanto en los hogares que su rostro llegue a ser un rostro familiar.

Martín va contestando sereno, grave en ocasiones. En su voz hay una inflexión que parece sugerir que no baja la guardia. Las camareras están ajetreadas, van y vienen de la cocina, ocupadas sirviendo platos a las mesas del comedor que a esta hora se ha llenado de comensales, y Juanito ha ocupado su puesto tras la barra, donde los obreros de una construcción próxima toman el café. Asier  tiene enfrente a Martín, y David está sentado a su izquierda; cara a cara con el impenetrable y siempre estoico Martín. Sin embargo, no sostiene la mirada todo el tiempo, de vez en cuando sus ojos se distraen y estudian a Marifé. La serenidad de Martín lo está dejando confuso. Se pensaba que era pan comido el hacerlo firmar y que con su labia lo iba a camelar convenciéndolo de ceder sus derechos de explotación de imagen. No traga. No es estúpido. Ni iluso, conoce el terreno dónde pisa.

―Joder, ni que fuera un futbolista ―le ha respondido.

―Tienes cara de buen tío. La clase de cara que tienen los amigos que siempre quisimos tener, los yernos que las suegras adoran, los hijos que vuelven por navidad. La tienes, tío, solo se trata de explotar eso, tú imagen, sin menospreciar tu rollo intelectual, lo que potenciaría ventas.

―¿Sabes qué aspecto tenían Unamuno o Baroja?

―No. ¿Eran feos? ―el tenedor trinchado con una croqueta.

―Da igual. Se los leía porque tenían algo que escribir y sabían cómo hacerlo, no por su aspecto. Es más, Unamuno, al decir de Baroja, era un pretencioso y un egocéntrico. Y hoy en día aún se los continúa leyendo. Siguen vendiendo después de muertos. Eso es lo que cuenta, el legado.

―La tele. Tienes que salir en la tele.

―Nadie ve los programas culturales.

―Me refiero a salir en esos magacines de por la mañana, en cuyas tertulias se habla de todo un poco, y que tienen tanta audiencia.

Las carcajadas de Martín se escucharon en todo el local. Luego mira a David y dice, irónico, qué te parece. Tratan de convertir en un personaje a alguien que se gana la vida, precisamente, creando personajes.

―Bueno, la verdad es que sabes hablar. Tan mal no quedarías. Alguna aparición en la tele, por ejemplo en este momento, cuando el libro está recién salido, sería una muy buena publicidad ―trató de terciar David, rellenando de vino las copas.

―He visto a otros. Y quedaron de pena —moviendo oscilante el dedo índice.

―La culpa fue de la presentadora. No supo hacerles las preguntas oportunas.

―La culpa fue del que tomó la decisión de ir. Allí no van para conocer al hombre que habita tras las líneas, sino para cotillear sobre su vida sentimental y descubrirle sus trapos sucios. Y buscando, y esa gente sabe buscar, todos tenemos trapos sucios.

―Vamos, no seas así, tampoco es eso ―reconvino Asier, tratando de retomar el monopolio de la conversación que se le iba y pasándose la mano por el pelo.

― ¿Sabes, quién fue Gilgamés?

 El otro negó con la cabeza. Y añadió: ni idea.

Un rey sumerio, aclaró. Lo traspasó con los ojos y añadió: No sabes nada de literatura. La Epopeya de Gilgamés: está considerada como la narración escrita más antigua de la historia. No sabemos quién lo escribió ni el aspecto que tenía aquel cabrón escriba, ni falta que hace, pero gracias a ello, a que le dio por escribirlo en una tablilla de arcilla, sí sabemos quién fue aquel rey y lo que hizo hace cuatro milenios en su reino, allá entre el Tigris y el Éufrates. Y eso es lo que importa. El texto. No el fulano.

―No. No sé nada de literatura, tienes razón. Pero sé de ventas. Y sé que quien no va primero, como mucho va segundo. Y que tú, si no aceptas mi consejo, serás un segundón. Malo para ti, malo para nosotros.

―Lo que importa no son las ventas, ni con quién me acuesto o me levanto, sino los lectores. Da igual que el libro lo compren un millón o un billón si no lo leen. Lo que importa es que aunque sean diez los únicos que se acerquen a una librería a comprarlo, mientras lo lean, mientras estén dispuestos a viajar por sus líneas, a entender el mensaje añadiendo su propio punto y sabor, y a pasar unas horas conectados con el autor, desentrañando lo que este pensaba y despertando el pensamiento propio, habrá valido —dio un suspiro y cambió su tono átono por otro más entusiasta—. Que se conviertan en espeleólogos que viajen por una caverna cuyo final termine en ellos mismos. Ser una jodida ordalía de plenitud vital en la mente de otros, cuando haga cien años que la hayas palmado ya. Que los  libros que firmaste nunca envejezcan como tampoco dejen de crecer, libros por los que no pasen los años. Solo habrá que leerlos, o volver a leerlos empezando, eso sí, por el primer capítulo. Allí donde comienza su eternidad.

—¿Esto es una clase magistral, profesor? —suelta Asier, ligeramente contrariado, echando el vino restante en la copa de David Abellán.

—Pide otra botella. La vas a necesitar —el rostro impenetrable.

No había nada qué hacer. No tragó con lo de los derechos de imagen, ni tampoco con reducir el porcentaje de beneficios por ventas: El siguiente punto de la reunión. Asier trató de envolverlo con su maraña de términos económicos, hablando siempre de estimación de ganancias en la península, arrojando cifras y no porcentajes reales, sin mentarle la campaña del mercado hispanoamericano. Astuto, Martín se había guardado el dato de cómo marchaban las ventas en Hispanoamérica, que conocía por un librero de Madrid, amigo suyo y coleccionista también de libros antiguos, Presidente de una asociación internacional de libreros, en contacto directo con las estadísticas y los rankings de las principales librerías del mundo, que le había puesto al corriente, contento al descubrir que al «madero» le iban bien las cosas con su última novela. Por tanto, lo único que le quedaba era conseguir la permanencia.

―Lo único que te firmaré es, si mantienes las cláusulas actuales, dos novelas.

―Cinco años.

― Sin años.

―Cuatro, y un compromiso de que tenemos prioridad en la negociación y la última palabra de igualar siempre la oferta  que te hagan en la competencia, antes de irte con otra editorial.

―Redáctalo así y te lo firmo hoy mismo, pero quiero un talón a cuenta de doscientas mil pesetas, como señal de buena voluntad.

―¿Algo más? ―sarcástico.

―Sí. El talón necesito que me lo extiendas ahora mismo ―impasible.

―¿Ahora?

―Sí.

Asier, resignado, buscó en el maletín que tenía en el suelo, apoyado junto a su asiento, y sacó el talonario que depositó, ceremonioso, sobre la mesa y que abrió. Apenas empezó a rellenarlo con una pluma Mont Blanc, levantó la cabeza y preguntó:

―¿Nominativo?

―No. Al portador.

¿Al portador? Preguntaron extrañados, al unísono, David y Asier.

―Habéis oído bien.

Encogiéndose de hombros escribió: páguese al portador la cantidad de doscientas mil pesetas. Rasgó la página, separándola del talonario, y, cogiendo el cheque con dos dedos por una punta, se lo extendió a Martín que lo recogió, hizo un doblez por la mitad y guardó en el bolsillo de la cazadora colgada atrás, en el respaldo.

―Bueno, confío en tu palabra.

―Y yo confío en que haya fondos.

Estrecharon sus manos y las apretaron. Ninguno estaba satisfecho con el resultado, y Asier menos que nadie, pero es lo que había. Le quedaba el recurso de la letra pequeña, la que nadie lee jamás, en la que nadie repara, de tratar de colar a la firma una cláusula apartada donde, de forma rebuscada, se dijera que en caso de ser traducidas las obras a otros idiomas, los beneficios para el autor en las ventas serían sólo del 5%. Eso bastaría.

 

Más tarde cuando con la mirada ha visto a Marifé subirse al deportivo de Asier y desaparecer, mirándose y riéndose muy acaramelados, y, prácticamente seguido, a David Abellán alejarse en un taxi camino de casa, Martín vuelve adentro y busca a Ileana a la que encuentra, el bolso colgando del brazo, la cara abatida por el cansancio, la otra mano en alto, despidiéndose de Juanito, su jefe, y de los cuatro clientes que aún quedan acodados en la barra. Al verlo se sorprendió y, arqueando mucho las cejas sobre los dos ojos negros, ojos que eran dos puertos, aguardando un horizonte de sueños en un silencio prolongado de su marino, abrió la boca y dijo:

―¿Pero no te habías ido?

Que un hombre como él, tuviera el gesto de volver para despedirse o para contarle lo que había estado negociando, la hacía sentir la mujer más interesante del mundo.

―Una última cosa. Se me olvidaba darte esto.

Martín introduce la mano en el bolsillo y saca algo, media sonrisa apuntillada en la boca.

Ileana observa sin comprender el trozo de papel que le ha dado, desdoblándolo. Mira a Martín y luego al cheque, lee, y nuevamente otra vez a Martín. Parpadea incrédula diciendo la cantidad en voz baja. Blasfema en rumano.

―Ya es hora de que empiecen a irte mejor las cosas.

―¡Pe-ro! ¿Por qué? ―tartamudea

Martín le da un abrazo y ella le deja hacer. Dice:

―Porque es lo más cerca que he estado nunca de una chica del Este.
Continuará... 
        ©Humberto, 2013