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lunes, 20 de junio de 2011

MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)






MARTÍN (Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria)



LIBRO PRIMERO
 —I—


En la periferia de la ciudad,
asomado a la ventana de un viejo edificio, Martín mira las afueras. A lo lejos se divisa la Ciudad Universitaria, con las carreteras que llevan y traen vehículos a sus pies, y, al fondo, recortándose bajo un cielo gris y azul plata, los montes nevados. Tiene treinta y siete años y una taza de café en la mano. Observa cómo el sol de invierno resbala, macilento, por las fachadas de las facultades y relampaguea al aparecer en los cristales, mientras las manadas de estudiantes entran por las puertas de forma rutinaria, a centenares, como engullidos por un gigante. Da un sorbo y se le vienen a la cabeza sus tiempos de estudiante, lejanos ya. «No era bueno, algo vago, pero era brillante».

Entra. Por todo el salón hay recuerdos de ella. Aquella misma habitación en la que había vivido horas felices ahora le parece hostil. Se sienta después en el escritorio, remata de un trago el café, respira y, repentinamente, como si en el último sorbo hubiera estado la decisión, empieza a retirar los libros de ascenso sobre los que llevaba meses apretando los codos, preparándose para subir de categoría. Los mete en un cajón, dejándolos caer. Ayer mismo tuvo noticia por su jefe de que no aprobará la entrevista. «No va a ser porque —le dijo secamente— toca a otros este año, quizá el siguiente, Martín».

Encima de la mesa pone un manuscrito que lleva interrumpido dos años, desde el mismo instante en que, como ahora lo del ascenso, decidió dejarlo: desde el día en que el terrón de azúcar del amor se disolvió en el café del hastío y ella desapareció de su vida para siempre, y con ella la ilusión. La ilusión, como los motores, marcha bien al principio; empieza luego a tener achaques y, por fin, queda inservible. Y aquel motor se paró, exhausto, hace ahora dos años. Lo intenta, pero no puede seguir; se da cuenta de que le falta el aceite.

De pronto, como movido por un resorte, Martín sale a la calle y dirige sus pasos a la Ciudad Universitaria. Necesita engrasarse, que el aire fresco de febrero le dé en la cara y conseguir librarse de la mujer de cabellos negros, con brillo de antracita, que tanto le observa, dejando encerrado en las paredes de casa su fantasma. Buscando encontrarse consigo mismo, Martín se halla frente a las puertas de la Facultad de Ciencias de la Información. Corre un viento frío. Buenos recuerdos le asoman justo un segundo antes de decidir entrar, al comprender que en el suelo de aquellas aulas, como en un espejo, flota el paisaje de la orilla en la que sueña atracar y que le proporcionará la identidad de esa verdad perdida que busca.

Son las diez y suena un timbre. Martín entra con otros alumnos en una clase y se sienta en uno de los muchos pupitres vacíos. El aula es grande, amplia y moderna, tipo anfiteatro, muy diferente de los arcaicos y planos cuartos que tenía la facultad de su ciudad, donde cursó estudios de filología y donde se arracimaban para oír al profesor. Aquí la acústica es buena por la forma curvada y al profesor se le oye por megafonía, aunque muchos no escuchan. Se oye un rumor de fondo de alumnos que, en susurros, hablan entre sí.
La mañana pasa pronto. Martín disfruta oyendo disertar a aquel profesor acerca de la escritura como modo de vida, y al que viene después, sobre la narración periodística, y al último de todos, que se alegra de que los nuevos periodistas no recurran ya a ninguno de los formatos canónicos del periodismo: la pirámide invertida ni ningún derivado de esa otra fórmula, la estructura focal. Después, por la tarde, se va a trabajar. Al día siguiente vuelve, y al otro. Y así permanece durante un buen tiempo, acudiendo por las mañanas a clases, sobre todo a las de Lengua Española, Redacción Periodística y Análisis de Textos.


Las explicaciones de los catedráticos sobre los mecanismos del lenguaje iluminaban de nuevo lo contenido en las celdas apagadas de su cabeza y hacían resucitar su creatividad dormida, y para evitar que las ideas que le nacían se le escapasen empezó a tomar notas en un cuaderno. Otra vieja costumbre que, asimismo, recuperaba. Luego, en casa, esas notas, breves párrafos, a veces pequeñas frases, las desarrollaba en un texto más o menos largo o las dejaba en barbecho, para otra ocasión.
Por un lado estaba maravillado con aquello de aprender por el puro placer de aprender, por el otro, se sentía como un polizón que navegaba de forma furtiva a bordo de las aulas de aquella universidad, con temor a ser sorprendido. A cuyo sostenimiento, pensaba sin embargo, contribuía de manera infinitesimal.

 

—II—



En el ecuador de una noche, cuando ya la sala de espera se encontraba vacía de público y, por la hora que era, no se esperaban más visitas y el papeleo de los detenidos estaba terminado, entra en la oficina de denuncias en la que trabaja Martín una muchacha que pide hablar con un responsable en privado, no sin cierto aire de misterio. Martín la invita a pasar a su despacho y a sentarse, cerrando la puerta. La muchacha es rubia, muy atractiva, representa veinte años, lleva puesta una gabardina muy elegante. Antes de que pueda preguntarle el motivo de su visita le hace la confidencia de que debajo de la gabardina no llevaba nada, y dicho esto se levanta y, con una mirada fiera y torva, como de deseo, empieza a desabrochársela. Martín se incorpora haciendo aspavientos con las manos en señal de que pare, de que no haga eso, de que respete el lugar en el que se encuentra. Parpadeó volviendo a la realidad. Aún tenía extendidas las manos, con las palmas hacia fuera, que movía. No había nadie frente a él. Se había quedado traspuesto. Afuera se oía el ronco gemido del tráfico circulando por la rotonda y la brisa que movía blandamente las hojas de los árboles del patio de la comisaría.
Acabado el turno de noche, ya por la mañana, al salir de la boca de metro Martín tomó para la facultad en lugar de a su casa, a descansar. Los árboles del campus se alienaban a su paso y las ramas, trenzadas por su copa, parecían marcarle el camino. Se encontraba a gusto en aquella onírica dimensión a la que le trasportaba la clase. Era una pequeña droga que le proporcionaba sumo placer.


A tercera hora hubo un cambio de alumnado, marcharon unos y entraron nuevos provenientes de otras clases. La compañera que le toca al lado es rubia, comprueba, turbado, que lleva puesta una gabardina idéntica a la de la chica del sueño. Hasta la muchacha se parecía. No, corrigió, era igual. Era ella. De repente se gira y le mira con sus ojos azules. Parecía querer decirle algo. Entonces sonríe y acercándose a su oído le dice en voz baja que no llevaba ropa interior puesta.
Martín abrió los ojos. Un sudor frío le recorría el cuerpo. Se había vuelto a quedar dormido. «Es hora de irse a casa», piensa.
***
Un mes después, tumbado en la cama, junto a un reproductor de música, Martín pensaba. Por la ventana se veían el cielo azul, los arboles desnudos y las calles desiertas.
Relee la carta un antiguo compañero de facultad que está de director en un colegio privado de su ciudad natal, en la que le propone dar clases de Lengua y literatura. «El sueldo no es muy allá pero yo sé que tú vales para esto, y que aunque lo niegues es lo que mejor sabes hacer. No te lo pienses mucho pues tengo la junta esperando y ellos apuestan por otros candidatos. Un abrazo».
Encima de la mesa, alumbrada por la mortecina luz de un flexo, está la petición de excedencia, que le dirige al director general, mecanografiada a doble espacio y sin firmar.
Martín es filólogo, o lo era, porque en vez de ejercer vocación se hizo de oficio policía. Todo un cambio. Siempre pensó que su vida era una continua sucesión de interrupciones: Abandonó un trabajo como profesor para hacer la tesis doctoral, y el doctorando para escribir un libro que dejaría, a los años, para ingresar en la policía y poder tener algo fijo con lo que vivir, y con ello, al cambiar de ciudad y de latitudes, a un amor de toda la vida por otro que era para el «resto de la vida», y a la literatura que tanto amaba por éste nuevo amor de cabello de antracita, amor que finalmente lo acabaría abandonando una fría mañana, largándose con otro que no tenía más que dinero y un descapotable. Y la lista seguía: Un ascenso que se le negaba, un destino que no se producía, una medalla que no se le concede…
—III—




A Martín, los del grupo del taller literario le han parecido unos farsantes, que nada más están allí para ligar y para alabarse mutuamente. Hablan como notarios, muy engolados. Decepcionante cuanto le han leído: vanos ejercicios escolares, superficiales y frívolos.
Lo ha invitado esta mañana Marisa, una chica rubia, compañera de clase, que ahora está sentada a su lado. Al llegar a la vieja cervecería del casco antiguo, los ha visto sentados al fondo, en una mesa redonda sobre la que hay, depositados en desorden, varios libros, ninguno de cuyos autores es español, predominando los americanos, un par de ceniceros y más cafés y más cañas que personas: señal de que los de la tertulia llevan allí bastante tiempo. Cuenta siete chicas de un total de doce. De pie, uno de ellos, que a tenor de cómo lo miran, parece el más admirado por todos, estaba leyendo un poema suyo. Marisa le hace una señal a Martín y éste se sienta junto a ella en la silla que le ofrece, y presta atención. El poeta se lo toma en serio, pone intención, pero así y todo no evitaba con ello que Martín piense que el verso es rematadamente malo, además de libre e insulso. Todos aplauden entusiasmados al orate cuando termina. Uno le dice: ¡viva! Otra, una pelirroja con boina que le confiere un aire como francés, le da un abrazo. Martín guarda un prudente silencio.
Martín se había preparado una respuesta por si, más adelante, se entablaba una conversación y alguien le preguntaba a qué se dedicaba. Les diría que corrector. Lo cual, en parte, era cierto. A tiempo parcial trabajaba para un editorial corrigendo textos. «Lo de este tío sí que necesita de una corrección ¡urgente!».


Ahora se levanta una de las chicas, una morena de mirada lánguida y gruesa cadera, que se empeña en leer un capítulo de su novela. «Esto es aún peor. ¡En primera persona y en femenino!», piensa Martín, con sorna, al inicio de la lectura. Y al final: «¡Qué tostón! Tendría que usar los elementos novelísticos puros: descripciones, personajes, diálogos, monólogos interiores… No estas digresiones pseudoensayísticas. Suena todo pedante y confuso». Sin embargo, el auditorio se entusiasma hasta el delirio extático, lo que el líder del grupo, que se llama Luis, califica de «proeza literaria». —Vosotros, al escribir, ¿con qué soñáis? —pregunta Martín, dejando la cuestión en el aire.
—Yo con poder definir lo inefable, como descubrir el alba dentro de las sombras —dice Luis, que se queda tan ancho.
—Yo con escribir un best seller que me haga millonaria —dice la pelirroja de aire parisino, muy ocurrente y riéndose, con un estilo impresionista, eso sí.
—Lo importante es el nudo, la historia —repuso un tercero que había estado callado—, con tal de que el lector entre en feroz y cordial contacto con la realidad que se le cuenta...



Martín no siguió escuchando más. Le habría gustado decirles que novelar consiste en hacer presente la realidad del segundo mundo en que consiste la novela, el que se sueña, delante del lector, y hacerlo con consistencia y expresividad. Novelar es presentar, no referir ni contar. Pero su atención se desviaba ahora sobre Marisa. De repente, la mujer que había estado a su lado se volvía radiante como un amanecer. ¿Cuál era el color de sus ojos en aquella penumbra de la cervecería? ¿Azul o gris cobalto?
—¿Nos vamos? —preguntó ella en tono que sonaba afirmativo.
—Si tú quieres —respondió él en tono igualmente afirmativo.
—¿Me puedes acompañar a casa?
—Vale.

Salen afuera; el macilento sol de marzo estaba cayendo, sus últimos rayos se iban a clavar sobre las fachadas del viejo barrio que miran a poniente y a esconderse entre los cabellos de oro de Marisa, que a ojos de Martín cobraba apariencia seductora por momentos. Pasean por las calles empedradas entre el gentío. Ella habla poco y sonríe todo el tiempo, clava en él sus ojos como inquiriendo unas respuestas que no se producen. El bullicio callejero suple el silencio. «Azul cobalto», sentencia Martín cuando se paran frente al portal y reciben la luz que viene de dentro. «¡Son azul cobalto!».

Martín cada vez está más convencido de que Marisa, la chica rubia que ahora está allí parada de pie junto a él, cuyos pechos suben y bajan al respirar, es la misma chica rubia con la que ha soñado. Teme despertarse de nuevo y que todo aquello no sea más que una ilusión y desaparezca.

—¿Se trata de la chica rubia, la que se me aparece cuando sueño? ¡No, no es ella! Esta no tiene gabardina… Luego ¡es real! Debería serlo —musita en voz baja.

Los labios de ella no dicen nada, pero son una invitación. Se besan compulsivamente y entran dentro.

Por la mañana temprano, aún es de noche aunque ya se adivina el alba, cuando Martín sale del portal. Camina calle abajo y al rato se detiene frente a un escaparate para ver su imagen reflejada. Trata de comprobar si todo ha pasado realmente. Trata de cerciorarse de si no seguirá soñando. «Ha sucedido. Ocurrió. Marisa existe. Y eso me recuerda que se me ha concedido la excedencia y que he aceptado el trabajo; por la tarde, cuando coja el tren, empezará para mí un nuevo día».

Martín, el soñador, ha despertado firmemente anclado en un trozo de lo real y no entre fantasmas, como se temía, y eso será la fuente de un nuevo ímpetu creador que le impulsará por fin hacia la expresión lírica, la ilusión perdida por escribir. El motor de la ilusión, lubricado con el aceite de la vocación, suena rotundo de nuevo, sin achaques.

Todas las notas que ha ido tomando cobran ahora sentido al encajar, como las piezas de un puzle, en una idea general.
—IV—




Han pasado ocho años, en una televisión entrevistan a Martín.
—En su primeras novelas aparece una mujer joven y rubia, ¿en ésta segunda también?
—Pues sí.
— ¿A que es debido? ¿Tiene usted algún tipo de fijación por las rubias?
—No especialmente. Supongo que es debido a que estamos en España, si estuviéramos en Suecia probablemente entonces hablaría en mis novelas de una mujer morena.
(Risas)
Toda realidad —continúa—nace de un ensueño. Y toda obra literaria nace de una mujer. ¡Si ellas se dieran cuenta de lo capacitadas que están para poner al hombre en condiciones de producir!...
— ¿Las mujeres?
—Las mujeres llegan inesperadamente, nos hacen sufrir y nos obligan a pensar.
—Tengo entendido que usted escribió estas dos novelas, del tirón, en apenas un par de años.
—En efecto, cuando llegue de Madrid y me instalé de nuevo en mi tierra, me puse a escribir y a escribir, y no podía parar, me sobraba material para novelar, así que decidí no ponerle fin. Vamos, lo que se dice continuar viaje sin fecha hasta la estación término. Las ideas estaban ahí almacenadas, como el agua en un embalse, y me salían a borbotones por la esclusa. El resultado fueron tres «ladrillos».
— ¿Tres?
—Sí, en realidad es una trilogía. Le digo en primicia que el último se publicará a su tiempo, pero que también está escrito.
— ¿Y cómo fue?
—Cuando hube terminado corregí el primero y lo mandé a varias editoriales hasta que, al tiempo, una me contestó interesada en él. Cuando mi editor, a la vista del relativo éxito de ventas obtenido, me pidió al año que me comprometiera y escribiese otro, le solté encima de la mesa el segundo. ¿Ya lo tienes escrito? me preguntó extrañado, pues sí le respondí, no sólo eso sino que también tengo el tercero.
—En su primera novela habla de la realidad de los sueños, de la memoria de lo soñado, de la otra cara de lo que percibimos, del reverso de los pensamientos ¿De qué hablan las otras dos?
—En esta hablo del amor interrumpido, de aquellos amores que lo son aunque no hubieran cuajado, aunque sólo hubieran estado en una única ocasión, en una noche, o hablando a propósito por qué no podían serlo, de esa clase de amores que ninguno de los dos pueda ya olvidar su cara el resto de su vida. Y en la tercera… Bueno de esa sólo hablaré en presencia de mi abogado.
(Risas)

***
Un ayer de tus labios en mi oído,
una huella sonora, una cadencia,
hizo flor de latidos tu presencia
en el último borde del olvido.

 

***

 

Ese mismo día, por la tarde, se acercó a la comisaría, subió los escalones y en la segunda planta, la del archivo, visitó a un antiguo compañero y amigo. Se saludaron efusivamente y tras regalarle el nuevo libro, debidamente firmado, Martín le pidió un favor por los viejos tiempos.
—Necesito que me encuentres a una amiga, anda, búscame en los archivos a una chica de la que solo sé que se llama Marisa, madrileña, periodista, de unos veintiocho años.
— ¿Sólo tienes eso?
— ¡Bah! Una dirección donde pudo haber vivido hace ocho años.
— ¡Pues estamos aviados! No sé, no sé, es mucho favor. Me llevara diez minutos por lo menos— espeta riéndose—. Anda. Cuando salga el tercero me lo tendrás que regalar también.
—Dalo por hecho.
—Te llamaré mañana con lo que tenga y ahora ¡largo de aquí! ¡A escribir!
Cuando ya en la puerta se despiden.
— ¿Merece la pena?
—Qué, ¿el libro?
—No, coño, la chica ésta, ¡Marisa…!
Martín ha hecho como que se va, ha bajado un escalón y tras meditar un instante se ha girado. Sonriendo, responde:
—Tanto como la vida que soñamos frente a la que tenemos.
-FIN-


© Humberto 2011.

martes, 17 de septiembre de 2013

EL FARO XVI




 


PARTE DECIMOSEXTA
-XXXII-


Yo vuelvo por mis alas,
dejadme volver.
Quiero morirme siendo amanecer,
quiero morirme siendo ayer.


Las esperanzas de encontrar a Erika con vida se disiparon en la sala de urgencias del hospital de Arriondas. Aún no se había terminado de construir, apenas el edificio central y un ala de habitaciones, por lo que la escena no era como en otros lugares que Martín había conocido: ambulancias afuera, sirenas, camillas, voces, gente agolpándose en espera de noticias, trajín de sanitarios. Allí tan solo había una enfermera y un médico que los recibió enseguida, saliendo de la consulta, y se lo confirmó sin rodeos. La mujer por la que preguntan, dijo con aséptica seriedad profesional,  ingresó ya cadáver, falleció durante el traslado. Sus lesiones eran incompatibles con la vida. Lesiones de parecido tenor que las de su esposo.
Luego, un poco azorado, pidió que uno de los dos identificara los cadáveres. María miró a Martín sin decir nada y éste entendió. Lo haré yo, dijo con la serenidad siempre oportuna. Estoy acostumbrado.
Héctor había fallecido en el acto, bebido hasta las cejas, llevándose la peor parte por ir en el asiento del copiloto. Al levantar la sábana que lo cubría casi no pudo reconocerlo: ensangrentado, el rostro hundido, el cráneo abierto.
—Sí, sargento, es él. Don Héctor Vargas.
El sargento de policía judicial que se les había unido en el trámite, un guardiacivil muy veterano, de bigote, enjuto, cetrino, con ojos vivaces y despiertos, anotó en el acta tal extremo.
En la mesa contigua, bajo una sábana ensangrentada, hacia la cual se dirigía ahora el médico, estaba Erika. Era como la otra vez con la chica del este: la sobrecogedora inmovilidad de lo que una vez fue una belleza viva.
No hay nunca un motivo para un recuerdo, llega así de repente, sin pedir permiso. Y nunca sabes cuándo se marchará. Lo único que sabes es que lamentablemente volverá, pensó. Las dos imágenes se le superponían como si las estuviera viendo juntas en sendas fotografías.
La morgue era un cuarto frío con aspecto de esterilizado, azulejado en tonos de nácar e iluminado por luz blanca de fluorescente, que olía a formol, a desinfectante y a sangre coagulada. Como al descorrer el telón de un escenario, el rostro de Erika apareció. No daba la sensación sino haberse dormido, ella que siempre estaba despierta, el pelo hacia atrás, la cara lívida, unos cercos violáceos bajo los párpados cerrados e inflamados. También varias magulladuras surgen, moradas e hinchadas, por cuello, pómulo y hombros, como si centenares de minúsculas venas hubiesen reventado en su interior. Sin embargo aquella mujer ya no estaba allí. No tenía olor. Carne muerta. Vasija de barro viejo vacía de agua. Permaneció en silencio un largo rato, lamentando sin que se le notara haberla visto así. Ahora, maldijo, esa imagen la recordaré siempre. Maldita infalible memoria. Durante el cual posó su dedo índice sobre su rostro, y fue recorriendo con él los labios que tantas veces besó y, seguidamente, los pómulos que tantas otras acarició hasta llegar a las cejas. Allí retiró un mechón rebelde que le caía en la frente.
—Sí, ella es la señora Vargas.
El sargento escribió: Se hace constar que seguidamente el testigo reconoce, asimismo, el otro cuerpo como el de la señora Vargas.
—Parece habituado a estas situaciones —dijo el doctor.
Era cierto, no mostraba afectación porque no experimentaba tristeza, ni temor. Ni nostalgia. Sus ojos tan sólo miraban como el objetivo de una cámara, grabándolo todo.
—Sí. He estado otras veces en sitios así —sin apartar la vista del inerte cuerpo de Erika.
—¿Eres policía? —preguntó el sargento extendiéndole el acta para que la firmara.
—Lo fui hace tiempo.
El sargento arrugó un poco la cara y por compañerismo empezó a hablar, cuando éste le entregó de nuevo el acta firmada.
—Creemos que intencionalmente ella se salió de la carretera. Se trataba de una recta con buena visibilidad, y el vehículo aceleraba en el momento de salirse hacia el río. No hubo frenada ni intento alguno de corregir el rumbo. Ambos iban muy bebidos, especialmente ella… En fin, que todo apunta a suicidio. El Mercedes blanco descapotable ha quedado hecho un amasijo de hierros.
—Ella no se encontraba últimamente bien. Pero nunca supuse que llegaría a esto.

Los pasos de Martín sonaron a su espalda y María se giró para verlo y esperó a que se sentara junto a ella. La sala de espera estaba en penumbra, nadie había encendido las luces. Atardecía. Quedaba una línea de claridad sobre el horizonte y las luces de la calle brillaban iluminando el río.
—Eso fue todo.
Ella no dijo nada. Martín se inclinó un poco hacia ella muy pensativo y callado. Se oía la respiración de María. Al fin habló y dijo:
—Los habrá que repatriar. Que descansen en su tierra, México.
Estuvieron un rato de nuevo en silencio. Cuando se hizo de noche, miró la hora en el reloj que Erika le había regalado: las diez y cuarto.
—Es tarde para volver a Oviedo. ¿Te parece si buscamos un hotel aquí, dormimos y mañana empezamos con todos los trámites?
Ella, confusa, como congelando el llanto, susurró que sí, que claro. Que Oviedo estaba lejos y que habría que volver al día siguiente para el papeleo, el tanatorio, una misa, etcétera. Y se levantó y le cogió de la mano. La tenía fría, advirtió Martín mirando su propia mano como si no fuera suya, caminando ambos hacia la salida como dos novios, tan fría como el cuerpo que iba quedando atrás, bajo la sábana.
Encontraron hotel cerca: una casona de estilo colonial junto a la orilla del río Sella con  fantásticas vistas a los Picos de Europa.
—Todas nuestras habitaciones tienen un diseño diferente y están equipadas con baño y TV. El desayuno se sirve en la terraza —les informaba el recepcionista del hotel.
—Perfecto —respondió Martín.
—Matrimonial, ¿verdad?
El hombre les extendió sonriente una única llave. Martín miró a María y en voz baja le dijo si no era más conveniente tomar dos. Pero ella negó con la cabeza.
—Hoy no quiero estar sola, Martín.
Aquel fue su cuarto error: No dormir en habitaciones separadas. Lo perdido sigue ardiendo dentro de la memoria, pugnando sus ascuas por volver a prender.
Se acostaron en ropa interior, como si fueran dos familiares, separados unos centímetros el uno del otro y empezaron a hablar. Desde la ventana se veía la luna dibujando una moneda de plata sobre las cadenciosas aguas del río que bajaban quejosas a morir en el mar.  María hablaba animadamente de esto y de aquello. Trataba de no pensar en sus tíos y en la desgracia. Que estuviera Martín junto a ella la había emocionado, y así todo surgía al mismo tiempo, las preguntas que había ido acumulando a lo largo del mes de separación. Mientras que Martín acumulaba un insoslayable deseo de acariciarla, de besarla, observando el canal de sus pechos asomando por el sujetador negro de encaje que ya había tenido ocasión de ver antes, cuando se despojaban de la ropa, a juego con una tanga minúscula que le confería un aspecto muy sensual, y percibiendo la tibieza de su piel desde el hiato de diez centímetros que lo distanciaba de su cuerpo. 
«¿Qué estás ahora escribiendo?», «¿terminaste el relato?», «¿De veras te has embarcado en una nueva novela?» Cada interrogante evidenciaba cuánto la maravillaba (ella usó esa palabra) la vida que él llevaba, y que definía como: «coherente y apacible vida intelectual». Martín le preguntó por su tesis, por cómo era su vida después de haberse doctorado, y ella le dijo que, tras haberla terminado y haberla leído ante el jurado, se había acabado el leitmotiv por el cual había estado trabajando durante años enteros, y se encontraba ahora con que no sabía a qué dedicarse. Había conseguido por fin cerrar una puerta, pero no sabía muy bien qué puerta abrir a continuación. Que a partir de septiembre tendría que ponerse a trabajar y que había pensado, como primera cosa, en la enseñanza. Martín se la imaginaba decorosa y altiva con su melena flamígera, enfundada en una bata blanca ante la atenta mirada de los alumnos, el tesoro del aula en una universidad o un colegio  privados. Y tuvo una erección. Hacía que no tenía relaciones desde la noche que se marchara del faro, ignorando que a la mujer con la que compartió cama y fluidos ya no volvería a verla nunca más. Y ahora aquellos ojos de miel de nuevo. Los de su sobrina, que eran idénticos, también en otra cama, como un sueño repetido. No, se dijo. Ahora no. Sería una infamia. Y trató de no pensar en ello hablando de otra cosa. Filosofía puede ser un buen tema, aprobó. Ambos la estudiamos.
—¿Cómo eras de niña?
Ella sonrió por la pregunta. Martín era como un confesor y sabía tirar de la lengua. Hizo una pausa pensando la respuesta y, al cabo, dijo:
—¿Por qué me preguntas por esto ahora? No sé: Inocente y alegre. Soñadora. Siempre quise dejar de crecer, no convertirme en adulta. Me ponía triste pensar en dejar de ser niña.
—En mi opinión, la vida humana se divide en dos edades: la infancia y la añoranza de la infancia.
Prendió un cigarro con el mechero cuya llama, por un instante, iluminó su rostro y sus ojos en tonos anaranjados. Dio una calada profunda, dijo:
—Debe ser por eso que, excepto el doctorado, lo dejo todo a medias… Porque añoro la infancia.
Recalcó las tres últimas palabras, arrastrándolas. Martín seguía luchando por no mirarle el hermoso surco entre los senos. Pero lo cierto era que, de soslayo, una y otra vez, lo miraba. Usa sujetador de copa D, se dijo aprobador, tiene unos pechos voluminosos, rotundos y pugnantes. Y la piel nueva, joven, de una tonalidad muy blanca, una piel que, en cuanto la ves, te provoca el deseo de pasar sus dedos sobre ella. En la penumbra del cuarto, toda aquella inhibición era asfixiante. ¿Qué podía ser más erótico en esa situación que la aparente ausencia de cualquier intención erótica?
—¿Y tu relación salmantina? —soltó finalmente.
María lo miraba fijamente con un extraño brillo en la mirada. No, no debo hablar ahora de eso en estos momentos, parecía decir, no debo dar pie a lo que vendrá después. Sin embargo pensaba: todo esto no es más que un desvío en el camino hacia el que vamos. Supongo que forma parte de los convencionalismos, andarse con la hipocresía de tratar de evitar sucumbir al sexo porque estemos de luto. La vida sigue y la naturaleza sigue siempre su curso. Me dejaré llevar por el deseo sin poner ni imponer límites. Abrió los labios y habló:
—Tardé pero también la acabé cerrando a los días de regresar del faro. Para siempre. Y ahora estoy aquí...
No acabó la frase. Era evidente que quería decir que estaba aquí para ver qué pasaba con la suya entreabierta: si la volvía abrir o la cerraba también para los restos. Él se giró, quedando boca arriba, entornó los ojos. Cerró sus párpados para no verla. María entonces le empezó a tocar el pelo, al principio muy suave, después acariciándolo, para al final terminar echándole el flequillo hacia atrás. No, esta noche no vamos a hablar de filosofía, dijo sintiendo su respiración cada vez más cerca. Después se incorporó y acercó sus labios a los suyos. Martín se dejó hacer. Y al abrir de nuevo los ojos, encontró reflejos dorados de miel líquida que parecían llaves que abrían puertas hacia dimensiones eternas de todo cuanto el hombre ignora. Fue su quinto error.


Continuará... 
        ©Humberto, 2013