Hay historias que nacen dos veces. La primera, cuando suceden; la segunda, cuando los hombres las cuentan. Casi siempre, la segunda acaba siendo más fuerte que la primera. La historia de Hipatia de Alejandría es una de ellas. Durante mucho tiempo nos la han presentado como una especie de santa laica de la razón: mujer extraordinariamente culta, matemática, astrónoma y filósofa, asesinada por una turba de cristianos fanáticos que no podía soportar que una mujer defendiese la ciencia frente a la superstición. Al otro lado queda Cirilo de Alejandría, obispo oscuro y fanático, que habría señalado a Hipatia como enemiga de la fe. La estampa tiene la ventaja de ser sencilla. Demasiado sencilla. Y cuando una historia resulta excesivamente cómoda, conviene desconfiar un poco. Los hombres rara vez son tan ordenados como las historias que se cuentan sobre ellos.
Hipatia existió. Fue una mujer excepcionalmente culta para su tiempo y gozó de un considerable prestigio intelectual. Era hija de Teón de Alejandría, matemático y astrónomo, y recibió una educación extraordinaria. El historiador cristiano Sócrates Escolástico, que escribió relativamente cerca de los acontecimientos, afirma que había alcanzado un conocimiento superior al de muchos filósofos de su época y que enseñaba públicamente filosofía. No estamos, pues, ante un personaje inventado. Tampoco hace falta adornarlo. Las fuentes la relacionan con la tradición matemática y astronómica de su tiempo y con la transmisión y el comentario de obras de autores como Diofanto y Apolonio. Pero no hay fundamento suficiente para convertirla en una especie de Kepler de la Antigüedad, capaz de descubrir mil años antes las órbitas elípticas de los planetas. Tampoco fue la inventora del astrolabio. El instrumento existía antes de ella. Parecen detalles pequeños, pero no lo son. Cuando se fabrica un personaje histórico a nuestra medida, se acaba perdiendo precisamente aquello que lo hacía interesante. Hipatia no necesitaba ser una científica moderna disfrazada de mujer antigua. Era otra cosa: una filósofa neoplatónica, matemática y astrónoma que vivió en una sociedad muy distinta de la nuestra. Su pensamiento pertenecía al mundo intelectual de la Antigüedad tardía, un mundo en el que filosofía, matemáticas, astronomía y religión podían mezclarse de una manera que hoy nos cuesta comprender. No era una atea racionalista, ni tampoco una feminista del siglo XXI que hubiese aparecido por error en Alejandría. Estas categorías hablan más de nosotros que de ella.
Hay, además, un hecho incómodo para la leyenda: Hipatia tuvo discípulos cristianos. Uno de ellos, Sinesio de Cirene, llegó a ser obispo. En sus cartas recuerda a su maestra con admiración y afecto. La realidad histórica, como suele ocurrir, resulta menos cinematográfica que el mito. También suele ser más interesante.
Alejandría tampoco era una ciudad tranquila en la que una mujer de ciencia pudiera vivir pacíficamente entre libros mientras, al otro lado de la calle, los fanáticos esperaban el momento de destruir la cultura clásica. Era una ciudad violenta. Las luchas religiosas, sociales y políticas eran frecuentes. Cristianos y judíos se enfrentaban; las autoridades civiles y religiosas competían por el poder; las multitudes intervenían en los conflictos y, cuando intervenían, no solían hacerlo con delicadeza. En el año 412 llegó a la sede episcopal de Alejandría Cirilo. Poco después comenzó un duro enfrentamiento entre el obispo y Orestes, prefecto imperial de la ciudad. Aquí empieza a deshacerse buena parte de la leyenda, porque Orestes era cristiano. No se trataba, por tanto, de una guerra sencilla entre cristianos y paganos. Había también una lucha por el poder entre dos autoridades cristianas: la autoridad civil del prefecto y la creciente autoridad del obispo.
Las fuentes antiguas muestran esa tensión. En medio de ella apareció Hipatia. Era una mujer prestigiosa, perteneciente a las élites cultas de Alejandría y relacionada con Orestes. Su influencia sobre determinados sectores de la ciudad era conocida. Entonces comenzó a circular un rumor: Hipatia estaría impidiendo que Orestes se reconciliara con Cirilo. Sócrates Escolástico considera aquella acusación una calumnia. Pero los rumores tienen una propiedad desagradable: no necesitan ser ciertos para producir consecuencias. En marzo del año 415, durante la Cuaresma, un grupo de cristianos interceptó a Hipatia cuando se desplazaba por la ciudad. La sacaron de su carruaje, la llevaron hasta un edificio público y allí la asesinaron brutalmente. No hay que suavizar el hecho. Fue un crimen, y quienes lo cometieron eran cristianos. La muerte de Hipatia fue espantosa, y la propia fuente cristiana que nos la transmite no intenta justificarla. Sócrates Escolástico afirma que el asesinato produjo escándalo y descrédito para Cirilo y para la Iglesia de Alejandría. Hasta aquí, los hechos son bastante claros. Lo que ya no resulta tan claro es por qué murió.
Ésta es la pregunta que suele desaparecer cuando la historia se convierte en leyenda. ¿Fue asesinada porque era científica? ¿Porque era pagana? ¿Porque era mujer? ¿Porque defendía la razón frente al cristianismo? Las fuentes no permiten contestar de una manera tan cómoda. Sócrates Escolástico, que escribió cerca de los acontecimientos, sitúa el asesinato en el contexto de los conflictos políticos de Alejandría. Hipatia habría caído víctima de las luchas y de los celos políticos de aquel momento, en particular de la creencia de que ella impedía la reconciliación entre Orestes y Cirilo. Esto no quiere decir que la religión careciese de importancia. En aquella sociedad, política, religión, prestigio y poder estaban mezclados. Pretender separarlos con la precisión de un bisturí moderno sería probablemente falsear el mundo antiguo. Pero tampoco parece legítimo dar el salto desde ahí hasta afirmar que Hipatia fue asesinada porque el cristianismo odiaba la ciencia. Eso es otra historia, una historia escrita mucho después. Y las historias escritas mucho después tienen una ventaja sobre las verdaderas: suelen saber perfectamente quiénes son los buenos y quiénes los malos. La vida, en cambio, tiene la mala costumbre de no aclararlo.
Con los siglos, Hipatia fue cambiando. En el siglo XVII, autores como Voltaire la utilizaron como ejemplo de los males del fanatismo religioso. Más tarde, otros escritores contribuyeron a consolidar la imagen de Hipatia como mártir de la razón frente a la Iglesia. En tiempos recientes, la cultura popular terminó el trabajo. La película Ágora, de Alejandro Amenábar, presentó una Hipatia moderna, racionalista y casi anticipadora de la ciencia de la Edad Moderna. Cinematográficamente, la historia funciona; históricamente, es mucho más discutible. El cine necesita personajes reconocibles y conflictos claros. La historia rara vez los proporciona. El problema comienza cuando confundimos una buena película con un buen documento histórico. La Hipatia cinematográfica es una mujer de nuestro tiempo vestida con ropas de la Antigüedad. La Hipatia histórica era una mujer de la Antigüedad. La diferencia parece pequeña, pero no lo es. También se ha dicho que fue la última bibliotecaria de la gran Biblioteca de Alejandría y que su muerte estuvo relacionada con la destrucción de la biblioteca. No hay evidencia suficiente para sostenerlo. Tampoco es cierto que con Hipatia muriese la ciencia de Alejandría. Después de ella continuaron trabajando filósofos y estudiosos en la ciudad y en otros centros intelectuales del mundo antiguo. La historia real no se acaba porque muera un personaje famoso. Eso sucede, sobre todo, en las películas.
Y queda Cirilo. Aquí tampoco conviene fabricar un santo ni un demonio. Cirilo fue una figura de enorme importancia en el cristianismo antiguo y uno de los grandes teólogos de los primeros siglos. Desempeñó un papel decisivo en el Concilio de Éfeso y en las controversias cristológicas de su tiempo. Pero una cosa no borra la otra. Que Cirilo fuera un importante teólogo cristiano no demuestra que ordenara matar a Hipatia. Y que no tengamos una fuente contemporánea que pruebe que dio la orden tampoco demuestra que no tuviera ninguna responsabilidad política o indirecta. Hay que aceptar la incertidumbre. Eso es lo que distingue al historiador del propagandista. Un autor pagano, Damascio, escribió aproximadamente un siglo después de la muerte de Hipatia y responsabilizó a Cirilo de una manera mucho más directa. Pero su testimonio debe valorarse teniendo en cuenta la distancia temporal y su abierta hostilidad hacia el cristianismo. Sócrates Escolástico escribió mucho antes y tampoco era un admirador incondicional de Cirilo. Lo critica en otros episodios y señala algunos de sus excesos. Sin embargo, no afirma que el obispo ordenara asesinar a Hipatia. No sabemos, por tanto, si Cirilo dio la orden. Y decir «no lo sabemos» no es una cobardía. A veces es la única respuesta honrada.
La historia de Hipatia debería servirnos para algo más que para alimentar una guerra cultural entre creyentes y no creyentes. Debería servirnos para desconfiar de las historias demasiado perfectas. Una mujer culta fue asesinada brutalmente por una turba cristiana. Esto es cierto y no necesita maquillaje. Que aquel crimen fuera cometido por cristianos tampoco obliga a ningún cristiano de hoy a justificarlo. Del mismo modo, un crimen cometido por personas pertenecientes a una religión, una ideología o una nación no convierte automáticamente a todos sus miembros, presentes o futuros, en responsables del crimen. La historia no funciona así. Tampoco funciona al revés. No hace falta convertir a Hipatia en una heroína racionalista moderna para condenar su asesinato, ni hace falta convertir a Cirilo en un monstruo para reconocer que en la Alejandría de aquellos años hubo violencia religiosa y política.
Podemos sostener varias verdades a la vez: Hipatia fue una mujer extraordinariamente culta; fue filósofa neoplatónica y estudiosa de las matemáticas y la astronomía; tuvo discípulos cristianos; fue asesinada brutalmente por una multitud cristiana; el asesinato se produjo en un contexto de fuertes luchas políticas y religiosas; y las fuentes antiguas no permiten afirmar con seguridad que fuera asesinada por ser científica ni que Cirilo ordenara directamente su muerte. Todo esto es menos espectacular que la leyenda. Pero la verdad histórica suele tener esa mala costumbre: es menos espectacular y bastante más difícil de manipular.
Quizá ésa sea la verdadera lección de Hipatia. No que la ciencia venciera a la religión, ni que la religión destruyera la ciencia, sino que los hombres, cuando entran en conflicto por el poder, son capaces de encontrar justificaciones para casi cualquier cosa. Los hombres de Alejandría no eran muy distintos de nosotros. Tenían sus partidos, sus autoridades, sus disputas, sus prejuicios, sus rumores y sus multitudes. También tenían intelectuales que intentaban comprender el mundo mientras, alrededor de ellos, otros discutían por quién mandaba en la ciudad. La diferencia es que nosotros disponemos de mejores archivos. Y, sin embargo, seguimos contando las mismas historias.
Tal vez porque una historia complicada exige pensar, mientras que una historia sencilla sólo exige elegir bando. Por eso conviene volver de vez en cuando a Hipatia, no para convertirla en santa de la ciencia ni en mártir de una determinada causa, sino para dejarla en paz; para devolverle su época, sus ideas, sus discípulos, sus límites y, sobre todo, su condición de ser humano. La Historia no necesita héroes fabricados. Necesita lectores que sepan desconfiar de quienes les cuentan una historia demasiado redonda. Porque los hombres tienen una curiosa afición a redondear aquello que les incomoda. Y, cuando una historia queda demasiado redonda, suele ser porque alguien ha limado las aristas. Las aristas son precisamente lo que queda cuando se ha pasado el tiempo. Y quizá por eso convenga conservarlas.
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