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sábado, 19 de septiembre de 2026

What Kind Of Fool Are You? - Swing Out Sister

 

¿Qué clase de tonto eres?


 


Traducción libre inspirada en la canción «What Kind of Fool Are You?»

 

En algún lugar,
de alguna manera,
llévame al lugar que un día conocí,
a aquel tiempo en que la vida
era sencilla y verdadera,
y todo parecía estar en su sitio.

Ámame,
ódiame,
vuélveme invisible otra vez.
Quizá así pueda olvidar
que alguna vez aprendí tu nombre,
que alguna vez fue mío
el camino que llevaba hasta ti.

¿Qué clase de tonto eres,
si quieres para ti el mundo entero?
¿Qué clase de tonto eres,
si no quieres mi amor?

Quién sabe.
Qué importa ya.
¿Por qué jugaste
a este juego sin sentido?
Bien sabes que al final
solo queda tu culpa,
como una sombra al borde del camino.

¿Qué clase de tonto eres,
si quieres para ti el mundo entero?
¿Qué clase de tonto eres,
si no quieres mi amor?

¿Cuántas veces me dijeron
los amigos que debí saberlo,
que hay caminos que se pierden
mucho antes de llegar?

¿Cuántas veces oí sus voces
y dejé pasar sus palabras
como pasa el agua
sin detenerse en la piedra?

¿Cómo iba yo a saber
que no había nadie más,
que no era otro el nombre
que guardabas en tu corazón?

¿Cómo iba yo a saberlo,
si amarte era mi certeza
y a dudar, todavía,
no había aprendido?

¿Qué clase de tonto eres
cuando al final descubres
que aquello que buscabas
no era nada?

Nada.

Porque todo lo que parece serlo
se vuelve sombra y silencio
cuando no queda nadie
que camine a tu lado.




El lugar que conocíamos

Volvió al pueblo una tarde de noviembre. Los árboles habían empezado a perder las hojas, que el viento llevaba de una calle a otra. Hacía años que no regresaba. Al bajar del coche, tuvo la impresión de que el pueblo se había encogido, aunque quizá era ella quien había crecido demasiado lejos de allí. Caminó despacio hasta la casa. Seguía en pie, detrás de la verja oxidada, con las ventanas a oscuras. Se quedó un momento frente a la puerta. Recordó que él siempre dejaba la llave debajo de la maceta azul. La maceta ya no estaba.

Siguió andando hacia la plaza. Él solía decir que algún día se marcharían de allí. «Hay que conocer otros caminos», repetía. Ella se reía. «Primero tendremos que aprender a caminar por este», le decía. Entonces todo parecía sencillo. Había inviernos, domingos interminables, habitaciones de hotel y conversaciones que duraban hasta la madrugada. También había silencios, aunque de eso se acordaba menos. O quizá no quería acordarse. Le venían a la memoria algunas tardes en las que él intentaba hablar y ella encontraba cualquier otra cosa que hacer: ordenar unos papeles, contestar una llamada, preparar café. Siempre habría tiempo para hablar mañana.

Una noche él hizo una maleta. Ella lo observó desde la puerta del dormitorio.

—¿Hay alguien más? —preguntó.

Él negó con la cabeza. Después pareció esperar algo. Ella no supo qué, o quizá no supo cómo expresarlo. Él cerró la maleta con cuidado, como si temiera hacer ruido. Antes de salir, se volvió hacia ella. Durante un instante, ninguno de los dos dijo nada. Años después, ella seguiría recordando aquel instante, aunque nunca estuvo segura de si él había esperado que lo detuviera.

En la plaza encontró el banco donde solían esperar el autobús. Se sentó. Ya no pasaba ninguno. Una mujer cruzó con una bolsa de pan y un perro se detuvo a olisquear un árbol. Desde la iglesia llegaron unas campanadas lentas, apagadas. Ella metió las manos en los bolsillos del abrigo y encontró una fotografía doblada. No recordaba haberla guardado allí. En ella estaban los dos, todavía jóvenes, bajo un sol demasiado brillante. Él sonreía. Ella también. Miró la fotografía durante un rato y pensó que había algo extraño en aquella sonrisa. No sabría decir qué.

Por detrás había una fecha escrita a bolígrafo, con la letra de él. La reconoció enseguida. Durante unos segundos contempló las palabras, como si estuvieran escritas en una lengua que había olvidado. Luego volvió a guardarla.

Tomó el camino que salía del pueblo. Al llegar a la curva, recordó una tarde de otoño, muchos años atrás. Él se había detenido junto a los árboles. «Mira», le había dicho, «ya están cambiando de color». Ella tenía prisa. No recordaba adónde iban. Recordaba, en cambio, haberle dicho que siempre se entretenía con las mismas cosas. Sonrió al recordarlo, pero la sonrisa duró poco. Había algo más. Algo que no conseguía colocar.

Continuó caminando hasta que el pueblo quedó atrás. Entonces se detuvo. El viento movía las ramas desnudas sobre su cabeza y algunas hojas cruzaban el camino antes de perderse entre la hierba. Pensó que los recuerdos no se borran; aprenden, con los años, a guardar silencio. Sacó de nuevo la fotografía. Esta vez no miró los rostros. Miró la fecha, aquella pequeña cifra que parecía contener una vida entera. Permaneció allí, bajo la lluvia fina que comenzaba a caer, mientras el camino se iba desdibujando delante de sus ojos. Y comprendió que no había vuelto para recordar aquel día. Había vuelto porque, después de tantos años, todavía no sabía en qué momento había dejado de esperarlo. Siguió andando. Hay personas que no se pierden de repente. Un día, simplemente, dejan de esperar que volvamos.

 

© Humberto 2026.

 

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